29 de junio: presentación de “Limbo”, novela de Noé Jitrik

Más info sobre el libro, en la página

de la editorial Final Abiertohttp://finalabiertoweb.com.ar/libro-limbo.html


Fausto(s)

El sábado pasado cubrí, para La Izquierda Diario, la presentación del libro Fausto, publicado por la editorial Caterva, con dos versiones: el clásico criollo de Estanislao del Campo, publicado en el siglo XIX, y un Fausto sudaca, escrita ahora, en el siglo XXI, por el chileno Omar Saavedra Santis. (Este tema clásico, incluso, tiene su versión fílmica -criolla-, realizada en 1979.) A continuación, algunos fragmentos de la nota.

Noé Jitrik, agradecido por la invitación, y tras bromear sobre “lo fáustico de su situación” con su edad, y ante la “gente joven” que veía a su alrededor, dijo que recuperaría durante la charla “lo que está en mi memoria, lo que está en mi imaginario sobre la cuestión del Fausto propiamente dicho”.
Tras comentar que el Fausto, proveniente de una leyenda a través de los siglos, se ha transformado en mito, y compararlo con el de Ulises tapándose los oídos “para no ceder a las tentaciones de las sirenas”, Jitrik explicó que “la perduración del mito es porque toca algunas zonas que parecen inherentes al ser humano y a las relaciones que este entabla con la naturaleza, con el tiempo, con la muerte y con la vida. Es una especie de coagulado de todas esas cosas, y eso garantiza esa transmisibilidad, esa perduración. El mito de Fausto atravesó los siglos y lo interesante es que además se liga –no sé si conscientemente, en el caso de Goethe es más evidente, y en el caso de Marlowe, que es el antecedente del drama de Goethe– con el mito de la juventud, y con la Fuente de la Eterna Juventud. Eso que funcionó mucho durante la Conquista y que dio lugar a esa empresa, totalmente utópica, de Ponce de León buscando la fuente de la Eterna Juventud en la Florida, y perdiendo la vida buscando la fuente de la Eterna Juventud”. Y otro chiste: “La verdad es que, buscando la Fuente de la Eterna Juventud, uno se hace viejo. Se convierte en viejo. No hay modo de escapar de esta cuestión. Pero ahí está: la juventud. Y lo que implica, las características o los atributos tan atractivos de la juventud”.

Luego Jitrik recordó distintas versiones de Fausto: desde la ópera de Gounod –que es la que utiliza Del Campo como motivo o “disparador” para su propia versión– al extraordinario Doktor Faustus, de Thomas Mann. Y el enfrentamiento de “principios” que hay: “la lucha, una ancestral lucha que tiene dos principios, que tiene curso incluso hasta nuestros días: la oposición entre pensamiento y acción. Pensamiento o ‘ciencia’, y fe como ‘vida’, como atractivo vital. Eso está gobernando lo que hay en el drama de Goethe”. Y otra cosa: “la aparición encubierta del romanticismo. Goethe está a caballo del racionalismo clásico, y del romanticismo que está despuntando”.

Yendo al poema de Estanislao del Campo, donde centró su charla, Jitrik recordó la época en que se publicó, y la situación a la que se alude al comienzo del mismo poema paródico: una larga fila de autos, y mucha gente amontonada, en la puerta del “tiatro de Colón”. Algo que plantea “no en materia de mercancías sino en términos de cultura, las tradicionales relaciones entre la cultura local y la cultura exterior. En otro términos, entre los ‘modelos foráneos’ –por decirlo de alguna manera- y la capacidad propia de elaboración”. “Está en ciernes un estado de ánimo de lo que después, posteriormente, se pudo haber llamado “la oligarquía”, o que podríamos llamar, más bien, la aristocracia argentina, con nuevas fortunas, con la ganadería, que ya empieza a proyectarse… en fin: con la acumulación de riqueza a la que el poema de Estanislao del Campo alude. Como cuando se menciona a ‘Anchorena’. Es 1866. Ya Anchorena es un punto de referencia en cuanto a la riqueza. O cuando habla de Lezama. Cuando menciona al pasar a Lezama. Y esto marca una diferencia con el Fausto sudaca. Estanislao del Campo maneja estas alusiones con una delicadeza extraordinaria, como para que las podamos entender; mientras que el chileno pega golpes; no hace alusiones, sino declaraciones muy estrepitosas”.

 

La nota completa en La Izquierda Diario.


Victor Serge: tomando mate frente al río Nevá

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Días atrás Página/12 publicó en su contratapa “Años perdidos, decepción y promesa”, de Noé Jitrik. Allí comenta un libro que le presté: Los años sin perdón, novela del militante y escritor (de nacionalidad belga-rusa) Victor Serge.

Como una forma de retribuir la generosidad de Noé, y para los lectores interesados en lo que contó, quiero sumar algunos datos acerca de este libro y su autor, y cerrar con una anécdota muy particular sobre el mismo, la que aludo en el título.

Serge, nacido en 1890 en Bélgica, fue socialista desde muy joven, apenas adolescente. Con su familia, en una situación de humildad y penurias, recorrió varios países de Europa (Francia, España), y fue anarquista por esos años. Conoció la cárcel en varias oportunidades y, en 1917, con la Revolución Rusa, se hace bolchevique: llegó a Rusia en 1919 y trabajó junto a Máximo Gorki. Fue parte de la Internacional Comunista, también conocida como III Internacional. Fue editor, traductor y periodista. Estuvo junto a Gramsci y Lukács, e integró, durante un tiempo, la Oposición de Izquierda de León Trotsky, en lucha contra la burocracia de Stalin. Nuevamente encarcelado, encerrado en el gulag, hacia fines de la década de 1930 una amplia campaña internacional pidiendo por su libertad –con importantes personalidades de la cultura– consigue sacarlo, y Serge, aunque debió dejar (perder) varios libros terminados, que le confiscaron, partió al exilio, para terminar recalando en México.

Junto a Los años sin perdón, una novela publicada en la colección de Ficción de la Editorial de la Universidad Veracruzana en 2015, y El caso Tuláyev, novela inspirada en el “affaire Kirov”, Serge es autor de otros libros. Junto a su literatura (que recoge temas y “estilos”: la novela “psicológica”, el “thriller político”; ciertos “aires” que recuerdan a otras importantes escrituras, como las de Sebald y Semprún, además de John Dos Passos, influencia reconocida por Serge, aunque su “impresionismo literario” no le gustaba; tenemos “una mirada excepcionalmente refinada y sabia”, como dice Noé), las obras más “puramente” históricas y políticas se destacan por su calidad, contundencia y precisión. Se encuentra, por ejemplo, Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión, un pequeño folleto, también llamado La lucha contra el zarismo, que da cuenta de los métodos y el accionar de la Ojrana, la policía secreta del Zar, tras poder acceder, luego de la revolución, a los documentos y archivos, donde encontraron “biografías y hasta buenos tratados de historia de los partidos revolucionarios” y “entre treinta y cuarenta mil expedientes de agentes provocadores que habían sido activos durante los últimos veinte años”. Otro libro fundamental es El año I de la revolución rusa, un importante trabajo del mismo parangón que los Diez días que conmovieron al mundo de John Reed, aunque aquí, claro, el imponente fresco histórico recorre todo un año (Serge, además, fue quien recibió a Reed cuando llegó a Rusia). (El año II de la revolución rusa, quedó perdido, y seguramente destruido para siempre, entre otros libros, por obra y gracia de la burocracia estalinista.) Está también Literatura y revolución, “‘librito’ que se alzaba contra el conformismo de lo que llamaban la ‘literatura proletaria’”. Y tenemos Vida y muerte de León Trotsky, una obra que si bien no tiene la monumentalidad de la famosa trilogía de Isaac Deutscher, es sumamente valiosa, habida cuenta de los largos párrafos –entrecomillados– de Natalia Sedova, la compañera de Trotsky, quien charló largamente con Serge y dio su testimonio, recogido en el libro.

Serge también publicó su autobiografía, intitulada Memorias de mundos desaparecidos, renombrada posteriormente Memorias de un revolucionario. En esa apasionante historia que cuenta, la suya y la de las primeras cuatro convulsivas décadas del siglo XX (“crisis, guerras y revoluciones”, decía, sumamente sintético, Lenin), Serge da cuenta o explicita su ruptura con Trotsky, por diferencias políticas, nada menores por cierto; por ejemplo qué política tener, en medio de la guerra civil española, ante el gobierno del Frente Popular (mientras que Trotsky y los suyos criticaron al POUM de Andrés Nin, Serge estaba de acuerdo con que esta fuerza política, “filotrotskista” por así decir, ingresara al gobierno, a la Generalitat de Cataluña, para intentar “controlar e influir en el poder desde el interior”).

Con todo, Victor Serge continuó siendo hasta el último día de su vida un férreo opositor al sistema capitalista, un marxista y un libertario (“sufrí un poco más de diez años de cautiverios diversos, milité en siete países, escribí veinte libros. No poseo nada”, escribió en la autobiografía. Y también, que sus libros, “completamente documentados, escritos con la única pasión de la verdad, han sido traducidos en Polonia, en Inglaterra, en Estados Unidos, en Argentina, en Chile, en España: nunca, en ninguna parte, han impugnado una sola línea, nunca me han opuesto un argumento. Nada más que la injuria, la denuncia y la amenaza”). Finalizó sus días como un militante más de la clase trabajadora, en 1947, en México. El mismo México que recibió a Trotsky, y que fue testigo, unos años atrás, del encuentro entre éste y el “pope” del surrealismo, André Breton, y vio nacer, junto con la participación del muralista Diego Rivera, el “Manifiesto por un arte revolucionario independiente”. (Una historia que se puede conocer en una publicación recientemente aparecida de Ediciones IPS/CEIPEl encuentro de Breton y Trotsky en México, que trae además un excelente ensayo introductorio de Eduardo Grüner.)

Para finalizar: la anécdota. Cuenta el mítico “boedista” Elías Castelnuovo, en una semblanza de Serge, que lo conoció cuando viajó a Rusia, hacia finales de 1931: “Residía entonces en la ciudad de Leningrado y se hallaba aún, aparentemente, en buenas relaciones con el partido”. Serge presidía la Asociación de Hispanistas, una “agrupación de intelectuales integrada por setenta rusos que hablaban todos perfectamente el castellano”. Castelnuovo estaba instalado en Dom Uchoney, en un “viejo edificio” frente al río Nevá. Y relata: “Yo me había llevado de aquí un cilindro de yerba, conocida allí por paraguaysky chay, té del Paraguay, y a cada hispanista que me visitaba lo recibía como si hubiese estado en la República Argentina. Esto es: encendía el calentador y le cebaba mate. Confieso que experimenté más de un fracaso en este sentido. A pesar de la curiosidad que mostraban todos por conocer ‘eso’ que únicamente conocían a través de las novelas de Eduardo Gutiérrez o de Benito Lynch, algunos, no bien chupaban un poco la bombilla y le sentían instantáneamente el gusto al yuyo paraguayo se ponían colorados de golpe y escupían violentamente el líquido contra el piso como si hubiesen ingerido un veneno. Otros, más precavidos, succionaban con cautela, mas, en cuanto tragaban un poco, estiraban el pescuezo y se quedaban duros. Para disimular su impresión, éstos, en vez de ponerse colorados, se ponían amarillos”.

Termina Castelnuovo: “Serge por el contrario, se había aficionado al mate en España y se prendía al cimarrón exactamente igual que un criollo”.

Son para sumarse los deseos de Noé Jitrik de que la obra de Victor Serge –alguien que no es “reclamado” ni en Rusia, ni en Francia o Bélgica, ni en España– se pueda recuperar y volver a publicar, que se difunda y conozca.


“Años perdidos, decepción y promesa” (Noé Jitrik)

CONTRATAPA

Años perdidos, decepción y promesa

Por Noé Jitrik

na40fo01Gracias al buen gusto y al afecto de mi amigo Demian Paredes, de inagotable curiosidad por la buena literatura, pude conocer a lo largo de los últimos años varios textos inexcusables, tanto como inexcusable fue no haberlos conocido antes.

En particular, pero no sólo en ese ámbito, literatura concerniente a lo que fue la Unión Soviética, en ese poderoso momento de su creación y luego en su exilio, durante la larga noche estalinista. Parecía obvio que Demian me hiciera llegar nuevas ediciones de obras de Leon Trotsky, en un proyecto editorial del sello IPS, en el que colabora, pero luego textos de otros autores recogidos en envidiables andanzas libreriles.

En cuanto a los de Trotsky leí una original biografía de Lenin, que comenté, nuevamente la extraordinaria Mi vida así como reuniones de artículos sobre España, México y, por supuesto, sobre el estalinismo, por no mencionar Literatura y revolución, tan discutible como apasionante. Pude volver en estos días a un fragmento de ese libro, una discusión que mantuvo en 1925 con un grupo de escritores: es increíble la continuidad de sus ideas, el vigor sin desfallecimiento de la formulación, la seguridad en sus juicios, no se me ocurre otra palabra que “genialidad” para calificar esa intervención y esa personalidad. Más allá de las tesis de orden político, nunca ausentes de todas sus intervenciones, en todos los textos a los que pude acercarme brota, si la vieja definición de estilo sigue siendo útil, una poderosa individualidad y, correlativamente, una fuente de escritura que, en su caso, unió casi sin fallas cantidad con calidad.

Pero no sólo eso mi amigo me acercó: si he mencionado a Trotsky a quien me refiero ahora es Victor Serge, que fue su amigo, partidario, y todo lo que se puede decir de una asociación político-ideológica-filosófica, incluso de a ratos conflictiva, como todo lo relacionado con Trotsky: en una composición sobre tela que hizo Magdalena Jitrik, las efigies de ambos personajes, a partir de la correspondencia que mantuvieron durante mucho tiempo, se contraponen y se complementan y en el espacio que se establece entre ellas las figuras de otros bolcheviques configuran una especie de olimpo revolucionario pero entregado a la muerte a la que Stalin, con dudosa (tramposa) argumentación condujo a todo el conjunto.

Sólo leí dos libros de Serge; el primero fue El caso Tulaiev, de 1947; el otro, Los años sin perdón, terminado en 1946. Sobre El caso escribí hace un tiempo una nota que publiqué en este mismo diario; brevemente, ficcionaliza un hecho determinante en la historia soviética, el asesinato de Kirov, un prominente cuadro del estalinismo, proyectado a sucesor del todopoderoso georgiano: el crimen fue el comienzo de los paranoicos juicios que acabaron con lo que quedaba de los primeros y revolucionarios bolcheviques, menos con Trotsky a quien la mano vengadora terminó por acabar unos pocos años después. Serge realiza en esta historia lo que después de su auge la novela policial puso en evidencia, o sea que la novela policial es política aunque dio vuelta los términos, abordó lo político por el camino de los procedimientos narrativos de lo policial de un modo diferente al que singulariza la obra de los maestros de esta especie narrativa, tan atractiva. Este giro le permitió acercarse y apartarse de los crudos hechos que son su punto de partida y trazar un cuadro tan animado como certero de esos duros años para el mundo en general y para la Unión Soviética en particular. Lo que pude observar, considerando los modos predominantes del relato soviético, fue que Serge procedía con un saber implícito de la literatura contemporánea, en un camino que no podía ser juzgado como de posvanguardia pero sí como de posrealismo, lejos tanto de la disidencia, tipo Pasternac, Solyenitsin o Nabokov, como de los cultores del realismo socialista, cuyo “teórico” fue el olvidado Zdanov.

La otra novela, Los años sin perdón, escrita antes, tiene una estructura más compleja pero, sobre todo, un lenguaje desbordante que me remite, tal vez es arbitrario de mi parte, a la lección joyceana, un relente de escritura automática pero no como flujo incontrolado de inconciencia sino, al contrario, por un desborde objetivo, de descripciones minuciosas y relieves poéticos tanto en relación con lo ambiental, el cruel sistema persecutorio soviético, la helada destrucción de Alemania después de los bombardeos de 1944, la lujuriante naturaleza mexicana, la angustiosa soledad de los fugitivos, la orfandad de las traiciones, como producto de una mirada excepcionalmente refinada y sabia.

Pero no, esa mirada, como un intento panorámico acerca de ese mundo al que Serge había en parte contribuido a construir y que luego, lamentable, tristemente, iba siendo destruido sin que esa destrucción tocara las convicciones, eso, por ejemplo, que Trotsky había seguido sosteniendo obstinadamente acerca del destino histórico de la sociedad, la “revolución permanente” y ese conjunto de tópicos que, al parecer, Serge pone por otra parte en cuestión por el camino de la decepción y la melancolía. Casi, inclusive, alguien, incidentalmente en la novela, se atreve a dudar, una herejía para un universo de afirmaciones rituales, acerca de la eternidad del pensamiento de Marx, sabiendo, el narrador, que eso implica un futuro desolado, un destino incierto y que concluye, nuevamente, como un anticipo de lo que se desprende en El caso Tulayév, en la muerte, como si la muerte, política, fuera el broche de lo que se presentaba como la alborada gloriosa de una humanidad mejor.

Lo que leí sobre esta novela –hubo comentarios en su momento y años después, lo que se conoce como “crítica”– la describe en sus partes y en sus personajes: ahorraré esa facilidad; sólo puedo apuntar que si hay, habría que demostrarlo, una conexión con el proceso literario europeo heredero de la vanguardia, también de lo que abrió el psicoanálisis que, como se sabe, no había cundido en la Unión Soviética pero que penetró en la literatura al introducir una dimensión subjetiva que el realismo tradicional había ignorado.

De ello resulta, en esta novela, no sólo una denuncia sino una idea de destino, que quizás retomó años después Vassili Grossman, en una doble vertiente, por un lado lo que pudo ser ese sueño de redención social, perseguido durante siglos y comenzado en ese país contradictorio, campesinos proletarios atrasados y elites de pensamiento refulgente y hecho trizas, convertido en un mero aparato de control y de persecución; por el otro, el de los concretos protagonistas que iluminados por una doctrina que todo lo preveía y consideraba pensaron que estaban a punto de consumarlo, su destino no fue esa gloria sino el pelotón de fusilamiento o la muerte anónima en un perdido arrabal del mundo. La novela relata, sin declararlo, esa suerte en un tono líricamente pesaroso que establece una pálida atmósfera de pérdida y de tristeza que bien puede ser lo que las tragedias del siglo veinte, la frustración comunista, el ascenso del fascismo, la implacabilidad del sistema, aportaron a la historia de la cultura mundial.

Señalé al pasar que se comentó, módicamente, esta novela: uno no se resigna a admitir que lo que siente como un hecho de peso haya podido ser ignorado o menospreciado por quienes deberían considerarlo del mismo modo aunque no por eso crea en las luces que lo que se designa como crítica hayan sido por fuerza enceguecedoras. Pero de ahí a la ignorancia total hay un paso y, al menos, llama la atención cuando se verifica. Desde luego, esa atención raramente es universal, seguramente lo que consideramos un hecho literario de indiscutible valor en la Argentina es más que probable que no reciba ni siquiera una mirada en Finlandia o en Siria o en China, pero debería recibirla en la Argentina. Análogamente, que un hecho literario vinculado con la Unión Soviética, o con Rusia, haya sido ignorado en la Unión Soviética no puede ser indiferente. Es lo que creo que ha ocurrido con Victor Serge o, al menos, lo que pude vislumbrar al asomarme a la información que proporciona, a falta de mi parte de otras fuentes, el servicial pero también elemental Google: en ningún repertorio de literatura soviética o rusa figura, el borramiento es notorio, pareciera que lo que quisieron hacer con él en la noche staliniana irradió sobre su obra literaria y la hizo, a medias, desaparecer.

Digo a medias porque recuperar a un autor tan representativo de una manera de ser intelectual del siglo XX y que, por añadidura es un gran novelista, comienza a ser un proyecto importante: pasó con Marái, puede pasar con Serge. Lástima, solamente, que él no lo puede ver.


Presentación: ‘Materna’, de Ignacio Uranga

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Darío Canton y ASEMAL: una experiencia de poesía y riesgo

A 40 años del Tentempié de poesía

 

Por Demian Paredes para La Izquierda Diario

(notas publicadas el pasado viernes 10 y sábado 11 de abril)

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Tres notas de lectura (primera parte)

Introducción

El célebre postulado de los surrealistas, corriente sobresaliente/integrante de las históricas vanguardias artísticas de comienzos del siglo XX, con el objetivo –ante la imperiosa-urgente necesidad– de “unir el arte y la vida”, tuvo, por así decir, (un) su revival–entre todo lo que se puede encontrar (y contar) durante los llamados “sesenta” y “setenta”– con la extraordinaria experiencia lanzada, desde Argentina, en 1975, por el escritor (y también sociólogo) Darío Canton: ASEMAL. Tentempié de poesía.

Ese proyecto, que logró una conexión muy particular entre autor y lector/es (mucho más directa que la que permiten los canales oficiales/tradicionales del circuito comercial) fue republicado, el año 2000, por el sello Mondadori: están a disposición desde entonces los 20 números, con sus (varios) bonus track (“El cuento del poema” y otras hojas de comunicación, “extra”) y una selección de la profusa e interesantísima (por lo vital, inteligente, variada) correspondencia y respuestas que generó este (literal) arrojo poético de Canton, que duró hasta 1979 y que se extiende/mantiene por diversos “hilos” y “canales” hasta el presente (este Tomo La historia de ASEMAL y sus lectores es el cuarto de la serie autobiográfica de Canton, intitulada De la misma llama).

Los comienzos/posibilidades de algo como ASEMAL surgen cuando, durante unas vacaciones (en febrero de 1974), Canton –quien estaba publicando ya su quinto libro: Poemas familiares– pegó sobre el vidrio del departamento que ocupaba, que daba a la calle, algunas hojas con poemas. Fueron leídos: “bastantes personas se detenían”, dice; e incluso más: “Hasta hubo quien golpeó y entró: era alguien que también escribía y me invitó a cenar con otros amigos para leer en compañía nuestras cosas, algo que nunca había hecho”. Esto, y la existencia de tres autoproducidas “carpetas-libros” de poemas (Personajes, Cuaterno o Puntos Cardinales, y Anatonuestra), cuyas copias circulaban entre una quincena de amigos y conocidos de Canton, lo decidieron a lanzar el tentempié. (Al recibir poca respuesta o “eco”, el escritor decide “liberar los poemas de los tres libros y, tomándolos uno por uno, clasificarlos en grandes rubros o secciones que serían las que aparecerían en ASEMAL”.) Unas hojas, una publicación entonces, unipersonal, producida por él mismo, con su impronta y objetivos. Hay aquí una intervención, una innovación, un desafío si se quiere, a nivel sistémico –esto es, el mercado de la literatura, con sus circuitos de producción-circulación-consumo, sus instituciones académicas, monopolios de publicidad, mediáticos, etc.– vía la conexión y una rejerarquización de/con la experiencia individual; el objetivo que persigue Canton con ASEMAL consiste –nada menos–, tal como lo explica en la “Presentación” del número 1, en “una tentativa de acortar la distancia temporal entre escritura y lectura”. Además de esta “aceleración” de este “otro-ritmo”, desde el contenido,a nivel comunicación, se busca, alrededor de las reacciones y manifestaciones que puedan surgir: “algún eco, de aceptación, rechazo o reciprocidad, cosas todas que suponen intercambio”. Los poemas, y la particular difusión de ellos, enviados cada número como correspondencia a amigos y conocidos –y a conocidos de estos conocidos y amigos: unos 700 al comenzar, finalizando, con altibajos y diversas cifras, en una edición de casi 630–, formando una moderna “red social” avant la lettre, entrelazó todo un mundo de gente, donde los roles de lectores y escritores se confundieron, se fusionaban, alternaban/combinaban, y donde el arte poético se integraba, se hacía un componente más, de la vida misma, con todos sus avatares.

1.
La poesía
Uno de los tonos que tendrán los poemas de ASEMAL –entrando ahora a comentar algunos (pocos) entre el amplio abanico de temáticas, registros, “temperamentos” y enfoques que se irán ofreciendo número tras número, y que llegaron a la cantidad conjunta de 240 textos– es el de la ironía inteligente y aguda, generada desde una atenta observación del discurrir de la vida diaria y la reflexión/comparación (y, también, del “golpe breve”). Por ejemplo, en la sección “Avisos y prevenciones”, en el número 1, fechado en mayo de 1975, el poema “¡Cuidado!” observa (o mejor, alerta): “Lavarse la cara/ ciertos días/ es/ un rito/ cruel:/ recuerda/ demasiado/ al llanto”.
En el número 2, de 1975 también, en lo que será una “sección fija” de tapa, “Vida cotidiana”, se propone un tópico (que también fue objeto de la poesía de Marechal, por ejemplo en “El amor navegante”): el uno que en realidad es dos, que es par(eja)… aunque acá Canton plantea esta cuestión “en situación” –en una situación, podría decirse, complicada–. En el poema, el “Discurso del viudo” consiste en preguntar(se) cómo “volver a ser uno/ cuando uno era dos”. Otra sección, rotulada simpáticamente “Viajes y turismo”, ofrece, en “Saliendo temprano”, una sorprendente comparación/metáfora por parte de un “sujeto poético” que perfectamente podría ser algún protagonista de un “cuento de oficina” (sea de Roberto Mariani, sea de Abelardo Castillo), o un pobre flâneur asalariado “modelo siglo XX”. Observa que: “Las manijas del subte se mueven/ como las chicas del Maipo/ desparejas”. Y la mirada, desde el rutinario trajín del transporte público, de que alguien que lee el diario y bosteza, además, “se está quedando pelado”…
Junto a esto convive el poema referido a Borges, en la sección “Nuestro vecindario”, donde este idealista (“puro espíritu”), esta “polilla de Alejandría” –como risueñamente ¿y con alguna malicia? lo apostrofa Canton– es también un “Edipo aprovechado”, quien “a cuestas de su madre marcha”. Y está “Ernest Hemingway”, de quien los versos dicen que “un día se propuso olvidar”… y, cuando lo hizo, sencillamente “miró los caños de frente”. En “Taller”, una de las secciones fijas “de contratapa”, nos da un “Credo” (urbano). El “objeto” (u objetivo) es el chofer de colectivo, quien “nos devuelve a casa/ puntual/ con la mano firme/ de un padre/ que guía a su hijo/ al hogar”.
En el poema “Inducción”, título que aduce al sentido de los versos enumerando una situación, al llegar al último concluirá, convencido (o resignado): “Habrá que nacer”.

ASEMAL número 8, de diciembre del 75, desde su “primera página”, siempre desde la “Vida cotidiana”, (se) postula en el poema, contra “los gritos de los carteles, que dicen “mañana será mejor”, así sea “por lo bajo”, la defensa y perspectivas del presente: “hoy”. En “Ayeres”, la sección contiene el poema “Final de Antonio Machado” (cuya “cocina” se podrá conocer en el Tomo I de la serie De la misma llama, referido al período de Canton en Berkeley). Y los versos de “Estaciones”, aparecidos en el ASEMAL que siguió, el número 9, publicado y enviado para el período abril-mayo de 1976, se dedicaban a elogiar los dones, las esencias, de la naturaleza; de “la ciruela y el higo”, saboreados: “iguales/ sin cambios/ eternos”. Y, una vez más, habrá un tratamiento del fin de la vida, en clave humorística: el “Taller” de ese número trae un “Poema con hoy y ay”, donde se lee: “El chino/ en el nicho/ se revuelve/ –¿seré yo?/ ¿será hoy?/ ¡Ay!/ Ya no”.

Con la dictadura plenamente instalada, ASEMAL 10, fechado junio-julio de 1976, tendrá, en “Vida cotidiana” un poema con una palabra faltante. Una propuesta de “concurso” (una maniobra) para evitar censuras, persecuciones y demás peligros, Canton propondrá que se complete/adivine la palabra ausente del poema: “El _____ como un manchón/ de tinta se fue extendiendo/ negra/ cubriéndolo todo”. (La palabra original del autor era miedo; hubo incluso quien acertó, aunque indudablemente había más de una opción “correcta” para colocar ahí, ante las vivencias y sentires de entonces.) En el ASEMAL siguiente volveremos a encontrar este tema (mortuorio), nuevamente desde “la vida cotidiana” y con un toque de humor, en el “Aviso” de una línea de colectivos: “Se ruega/ a los señores pasajeros/ que corran a sus muertos/ hacia el interior del coche/ para que puedan/ ascender los vivos”.

ASEMAL 12 (octubre-noviembre de 1976) tendrá, entre otras cosas, poemas dedicados a Caín y a Abel, y a Juana de Arco (otros personajes célebres “poetizados” en anteriores números son: Paul Eluard, Picasso, Rubens, Bach, Verlaine y Rimbaud, Antonio Machado y Richelieu). Y además de esto, se harán “dos anuncios”: la próxima salida del “Diccionario médico Canton” –un nuevo libro–, y un “Pedido de confirmación de suscripción por escrito”, que generará un nuevo ciclo de cartas al autor –muchas, de gente que nunca le escribió–, junto a tres preguntas que esperan respuesta, referidas a la posibilidad de encontrarse para preguntar y reportear a escritores, para escucharlos dar testimonio sobre la “cocina” de la poesía, de la hechura de los versos, y sobre la posibilidad de ir a escuchar a poetas contemporáneos/as “con diálogo posterior”.
En ASEMAL 13, por ejemplo, aparecen, como ya es habitual, los versos con paradojas (por ejemplo: sección “Definiciones”, poema “¡Atención”!: “Eternamente/ es una palabra/ de duración limitada”) con otras referencias y enfoques (o “cierres”) más serios (en el “Taller” de este número, “Parques y paseos” se deleita describiendo cómo reciben cada día las plazas porteñas a personas –adultos y niños– y animales. Con una nota o “recordación” final: “En esos lugares/ no hace tanto/ se fusilaba”).
El ASEMAL 18, del segundo cuatrimestre de 1978, trae en “Vida cotidiana” una ingeniosa “Copla coja”: “El día que nací yo/ a punto de ser/ mi padre/ al ver que ella no llegaba/ debió salirme de madre” (luego será “explicada” en el suplemento “El cuento del poema” que traerá el ASEMAL siguiente). Una nota de melancólica exaltación (valga el oxímoron) hay en la sección “Abstracciones” con “La memoria”: “Diosa/ del olvido y del recuerdo/ como el mar/ te vas y vuelves/ borrando las marcas en la arena/ nos dejas primigenios/ rebosando asombro/ prodigiosa”. Y “Confines”, trae bastante desasosiego… ante la humanidad; nos sindica como posibles (y simplones) “aprendices de payaso/ que equivocan bocadillos”.
En ASEMAL 19 (tercer trimestre de 1978) aparece en “Ayeres” una “canción-poema”, señalando a “La muerte/ ese animal contagioso”. Además de una sección con varios poemas agrupados bajo “Corrupción de la naranja”, título de un poemario suyo. “La vejez” reconoce, con pesar, que esta nos pone en una (lamentable, inevitable) situación: una “pulseada que se resuelve/ lenta, inevitable/ en favor del otro”.
Finalmente, y con un “espíritu”, una intención o tono similar al del “concretismo” brasilero, Canton se despide en el número 20, entre varios poemas, humilde, en la sección “Poeta restante” –imposible no recordar el “poetamenos” de Augusto de Campos–. Allí un Cantonvenido a menos, sin embargo maduro, ante el paso del tiempo, sabe que ella, la poesía, “inalcanzable/ lejana tras sus velos:/ me sabe su fiel amante”.

Firme en sus objetivos poéticos, rumbeando para el mismo lado, siempre, Canton en el último ASEMAL ofrece su “Balance y despedida”. Allí mismo anticipa que quiere “escribir un libro tomando numerosos ejemplos como los que han ilustrado el suplemento ‘El cuento del poema’, a los que espero armar a través de una especie de autobiografía intelectual ([…] algo que tiene que ver con la ‘cocina’ del ‘oficio’ […] sobre lo que siempre pensé que alguna vez daría testimonio)”. También prometía un nuevo número de ASEMAL, un 21, “para que lo conozcan quienes jamás lo recibieron”.

El número 21 –al menos por el momento– no llegó. Pero sí, desde 2000 en adelante, ocho tomos (siete ya publicados, el octavo en marcha) de esta “autobiografía intelectual”, de esta odisea poética que Canton ya perfilaba, a la par que (la) vivía, a fines de los ‘70.

2.

Los/as corresponsales

asemalSi (re)unir en un libro el conjunto de los textos de una experiencia poética (con toda su amplísima cantidad de riesgos) que duró cuatro años fue (y es) necesario, imprescindible fue también que Canton incluyera, ya pasados esos años, una selección de los más destacables ecos, reverberaciones, “efectos” y respuestas, provocados por su proyecto artístico.

La poesía de Canton y la vida: la vida de cada individuo-lector (a veces escritor y/o artista también; corresponsal-amigo/a directo(s) o “por terceros”), surgen, se comunican, entrelazan, y dejaron una inmensa (y muchas veces intensa, emocionante) constelación –o cuadro de época– de saberes y vivires, imaginativos, jugados –no hay que olvidar que estos intercambios se desarrollaron en su mayor parte durante la dictadura–. Cartas, postales, poemas, libros y comunicaciones de todo el país y de otros: Brasil, Estados Unidos, Uruguay, México, Venezuela, Costa Rica, España y más. Sorprenden la cantidad y variedad de asuntos que se tratan, desde los refinamientos del arte y de la escritura (las motivaciones que provocan los diferentes poemas, las asociaciones y comparaciones –Borges, Leónidas Lamborghini y Nicanor Parra se mencionan–, las relaciones entre el arte y la vida, entre las personas), pasando por cuestiones más mundanas como la financiación –hablando de las altruistas motivaciones– del proyecto de ASEMAL, hasta cuestiones más políticas (la situación social, los males del sistema que se padecen), y de la vida cotidiana (familia, trabajo, anhelos, simpatías y deseos de conocer-profundizar la relación con Canton vía encuentro personal –además de lo epistolar mismo–, etc.).

Entre las primeras respuestas se encuentra una de Noé Jitrik, exiliado en México. Allí, además de destacar los libros Poamorio y La mesa –por su “juego semántico” y por tener “la tematización como investigación”– plantea que, la sustancia poética y los métodos de Canton contienen una “destrucción-construcción que se resuelve en un plano superior. Poesía hegeliana la tuya”, le dice, “por la que tu espíritu de precisión, por otra parte bien conocido y característico circula con comodidad”.

Un lector, desde Ciudadela, le dice, luego de referirse a los poemas: “Tal vez lo que más me gustó fue esa tu idea de sembrar poesías entre los amigos”; “me sentí muy cerca de ti. Me agradó esa manera que inventaste para acercarte a la gente”. En el mismo sentido, una carta de Enrique Oteiza dirá: “El modus operandi me parece adecuado, porteño y expeditivo. Buena la diagramación”. Y Oscar Lavapeur: “condice contigo esa idea extravagantemente linda de editar poemas a domicilio. Hace bien”. Desde el mismo ángulo, Raúl Castagnino saludará esas “cuotas mensuales de aire fresco” y arriesgará: “La experiencia, por desusada, podría abrir una nueva vía a los poetas, que ya las tienen todas cerradas los pobres”. Un tal “Pucho”, un ordenanza del Banco de la Provincia de Buenos Aires, además de destacar en su carta “Temporalidad” (un poema situado espacialmente en Chacarita y temporalmente en muy diversos años) dice: “Tengo la necesidad de felicitarlo por esa forma tan original de hacerse conocer, además opino que la idea de enviar ASEMAL me resulta brillante y hasta revolucionaria en la literatura”. Ángel Núñez, autodefinido “crítico literario casi de profesión” confirma el proyecto de Canton al analizar: “Uno de los grandes problemas del poeta es –en la Argentina al menos, y salvo casos muy especiales– el de concretar una efectiva comunicación. Ni la misma publicación del libro garantiza el circuito, debido a las razones que también sabemos. Su intento me parece importante”. Desde Chubut, Juan Carlos Moisés le dice: “si algo me ha parecido bueno, aparte de su poesía en sí, es su manera de propagar su poesía, que en definitiva es la poesía, la de todos”. El escritor mexicano José Emilio Pacheco dice, en carta del 22 de diciembre de 1975: “Me parece admirable que en medio de todo lo que pasa como un héroe tengas en pie a la poesía. Es un acto de fe y una esperanza no tanto en la poesía como en la gente”. Y sobre el proyecto: “La idea me parece genial, mucho mejor que un libro, mucho más democrático y de alcance imprevisible pues la lee más gente de la que te imaginas y ya hay intentos mexicanos de imitarte”. En sentido similar piensa Angélica Gorodischer, quien escribe –y sueña y proyecta (así sea a contracorriente de la situación)– desde Rosario, el 18 de marzo del ‘76: “Su idea de la hoja de poesía me parece formidable. Ojalá se pudiera hacer lo mismo con los cuentos. […] lo que en verdad me gustaría sería sentarme en una esquina o en una plaza a contar mis cuentos. Por cierto que terminaría presa por subversiva y/o pornográfica, pero sería estupendo agarrar una de aquellas sillitas bajas en las que se sentaban las costureras, llevarla a una esquina céntrica y sentarse tranquilamente a contar cosas. Con que hubiera uno o dos oyentes me conformaría. Ellos podrían sentarse en el suelo, o en el cordón de la vereda y escuchar, e incluso hacer sugerencias. […] yo podría contar mi cuentos y usted decir sus poemas. […] Y esperemos que los cofrades nos imiten y que en cada esquina haya un cuentista o un poeta diciendo cosas”.

Respecto al “tema económico”, un corresponsal de Mendoza le pregunta “¿de dónde sacás la guita para esto? ¿Sos loco o millonario?” Y Oscar Giardinelli: “¿cuánto le sale este chiste? Mi admiración no puede menos que crecer”. Y desde San Juan: “¿Cómo te las vas a arreglar con el rodrigazo para imprimir-enviar?”.

Volviendo al contenido, Basilio Uribe ve en la publicación algunos casos de “poesía experimental” y, más en general, que “todos los poemas mostrados” en ASEMAL “son siempre frescos y vitales”. Junto a esto, destaca “Felis ber to”, dedicado al escritor uruguayo. Y Marcelo Abadi, enfocando la dimensión “existencial”, le dice: “no sé, en realidad, qué diablos pasa con esas malditas palabras. Uno siente que tiene que decir dos o tres de ellas antes de morirse. Y lucha por decirlas”.

Desde Campinas, Brasil –país desde el cual Canton tendrá una importante cantidad de respuestas–, el joven veinteañero Eustáquio Teixeira Gomes, asalariado y padre de familia, inicia una correspondencia con Canton: hablan de libros, poesías, y le propone participar de un proyecto de revista literaria sudamericana que quiere organizar. Canton, entre otras cosas (suyas personales, de traducción poética y de la hoja), le explica: “ASEMAL es ‘la mesa’ al revés; también una palabra cuyo sonido me gusta; por último, una desmentida respecto a tantas cosas que, según la propaganda comercial o las versiones oficiales, invariablemente nos hacen ‘bien’. Y además: “soy ‘joven’ por mi inquietud, por lo que trato de hacer y porque sólo ahora estoy volcado a la poesía –la escribo desde hace 25 años–, cuando antes trabajé mucho en sociología, pero cumpliré 47 el mes que viene”. Para el 24 de noviembre de 1976, en una nueva carta, Canton le dirá que “la situación política y económica acá está a mi juicio peor que el año pasado y no hay mucho ánimo ni tiempo para la literatura en general y menos para la poesía”, y el joven Teixeira Gomes le dirá, lapidariamente, preso de contradicciones y planes incumplidos, dónde está la fuente de su sufrimiento: “La fábrica me continúa matando”.

Ricardo Talesnik –el autor de la recordada obra de teatro y cine La fiaca– envía también una carta, “25 años antes del 2000”, dando “Gracias por las gracias”. El escritor Vicente Battista envía saludos desde las Islas Canarias. Y Raúl Gustavo Aguirre, poeta y editor, también dirige saludos y felicitaciones, y califica el proyecto deASEMAL de “odisea gráfica”. La Editorial Peña Lillo también envió líneas de apoyo y, por su parte, la escritora Martha Mercader, en mayo de 1975, aludiendo a las matanzas de la Triple A se sorprende: “¿jugar con palabras, con el abecedario, mientras por las calles andan sueltas tres letras que ametrallan y aniquilan? Y sí, también”, y le envía un poema. La escritora y dramaturga Griselda Gambaro le agradece ASEMAL y dice: “No son Tentempiés de poesía, son poesías en pie”. Y además: “A veces pienso que hacés una quijotada, útil e inútil, tan inútil en esta época accidentada que siempre pretende llevarnos por delante”. Y hablando de atropellos, aunque también sea gracioso/anecdótico (visto a la distancia), hay en La historia de ASEMALy sus lectores una carta del joven Pablo Beer, “acantonado en la benemérita Sociedad Rural de Bahía Blanca”. En la posdata habla de un libro de Canton: “Corrupción de la naranja nos ha acompañado en esa estadía en el interior, en momentos difíciles, extraños, novedosos… ‘¿Pero Beer, usté lee esto? Guárdelo o tírelo, porque le van a hacer una ‘información’. Este es comunista…”.

Ricardo Monti, “Pepe” Nun, Santiago Kovadloff, Héctor Schmucler, un tal Alberto Estanislao Sileoni (¿será el actual ministro?) y un joven poeta de 20 años, Daniel Chirom, serán otros corresponsales, entre decenas y decenas, además de “lectores y amigos que no se expresaban por escrito”, como comenta y lista brevemente Canton al final de su libro: Ramón Alcalde, Josefina Ludmer, Héctor Libertella, Amanda Toubes y Ricardo Piglia, entre otros/as. Como se puede ver, en este breve y rápido racconto de la correspondencia, no hay nada que no se haya discutido: la situación del arte en general y de la literatura y la poesia en particular. Qué métodos, iniciativas e inventivas puede haber para difundir el arte; qué pasa entre la política y la vida cotidiana; qué relaciones se establecen entre el arte y la vida, y hasta el sentido mismo de esta última (en medio de la dictadura). Toda la corresponsalía publicada en La historia de ASEMAL y sus lectores es una montaña (de dimensiones cordilleranas) de experiencias, escrituras e intercambios.

3.

Palabras finales

Darío Canton y su proyecto intitulado globalmente De la misma llama, donde La historia de ASEMAL y sus lectores es el comienzo de una serie que se continúa con la publicación del Tomo I, referido a su período de estudiante, joven sociólogo y poeta, es un constructo verbal y documental, en verdad monumental. (Incluso, ya con el “suplemento natural” de ASEMAL, “El cuento del poema”, Canton demostró, con estas “yapas” –tal como lo hizo últimamente con los dos volúmenes extra que sumó recientemente al plan autobiográfico–, generosidad y valentía, arrojo y creatividad en medio de las situaciones difíciles, duras, complicadas –por decir lo menos–, de la dictadura. En pocas palabras, se manifestó, contra viento y marea, la persistencia poética del escritor.)

Como ya he señalado en otro lugar –a propósito de la presentación, a fines de 2014, del Tomo VII de De la misma llama: el primer volumen de La Yapa–, el proyecto de Darío Canton es proustiano y benjaminiano al mismo tiempo: documenta y va incrustando, a modo de collage (como en el célebre Libro de los Pasajes), fragmentos de su historia y la de los suyos, de su poesía, sus trabajos y afanes, y del entorno social/epocal, mediante variados documentos, fotos, cartas, citas de libros. Rememora y cuenta sin descanso (nos lo ofrece en estos tomos), en una suerte de búsqueda del tiempo vivido.


Escribe, memoria

Reseña a Casa Rosada, nuevo volumen de relatos autobiográficos de Noé Jitrik

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La experiencia vital fluctúa, se debate en determinados momentos, entre otras formas, en memoria y olvido. Los registros de ese vaivén entre recuperación/conservación y la pérdida varían en sus modos, soportes y exhibición: memoirs, cartas, diarios (personales o de vida, de viajes, etc.), charlas, conversaciones, diálogos (entre dos o más personas), comunicaciones (incluyendo hoy al e-mail), reportajes, testimonios biográficos y autobiográficos –y formas híbridas, como las denominadas “memorias ficcionalizadas”, o “ficción autobiográfica”– forman parte, ya, de un amplio género “clásico” de las artes –de la literatura en particular; también del cine–, y de la cultura, entendida en sentido amplio –integrando la política, la filosofía de una época, la historia misma–. Desde aquí, cabe posar los ojos en el nuevo volumen del escritor Noé Jitrik, Casa Rosada. Relatos 1954-1962 (Bs. As., Ediciones Al Margen, 2014), para sumergirse nuevamente en una saga autobiográfica que nos viene ofreciendo los últimos años, volumen tras volumen.

 

Jitrik rememora, una vez más, todo lo que considera que merece ser contado, narrado. Y esto, en particular en este volumen, ocurre durante el transcurso de dos hechos muy importantes para Argentina y para el mundo: la caída de Perón con el golpe militar de 1955 y el posterior ascenso de lo que se denominó “frondizismo”, y la Revolución cubana de 1959.

 

Pero no es que el autor precise de los mencionados “grandes –o importantes– acontecimientos históricos” para narrar. No. Su fervor, tal como lo ha planteado en la introducción “Inicial” de su anterior volumen, publicado en 2012, Mediodía. Relatos 1942-1954, tiene que ver con su Yo; con su vida y experiencias en particular; y con una suerte de “condena”. Dice: “no hay escapatoria, o escribir o que todo eso se pierda”. Como no quiere perder, sino ganar (conocer, comprender, recuperar) se lanza a la escritura una vez más.

 

Así ya lo planteaba en Mediodía: “No es mi propósito referirme a ese trozo de historia argentina [1943-45], frecuentado, recorrido y examinado mil veces y en varios lugares del mundo. Sólo quisiera tratar de recuperar la atmósfera en la cual comenzó lo que podría llamar enfáticamente mi formación y que tuvo por primer escenario ese humilde departamento de la calle Cangallo”. Allí por ejemplo, en ese período, un jovencísimo, todavía adolescente Jitrik leerá toda la obra de Dostoievski durante un largo feriado; una “Semana santa”, y, por los regaños de su madre (leer ¿es o no “hacer algo”?) terminará surgiendo, algún tiempo después, un interesante libro (inédito en Argentina, publicado por Fontamara en México) titulado La lectura como actividad. Así ocurrirá varias veces: experiencias diversas serán “materia prima”, incitantes, de concepciones y futuros trabajos (críticos y literarios) de Jitrik.

 

Volviendo al volumen en cuestión, Casa Rosada da cuenta de vivencias con quienes integraron la revista Contorno (provenientes de la anterior experiencia con otra revista, la universitaria Centro), un grueso de ellos integrado luego al gobierno de Arturo Frondizi; con científicos e investigadores; con artistas (literatos y poetas; pintores y dramaturgos) y gente relacionada al psicoanálisis. Una presencia, una amistad fuerte, también, será la de Paco Urondo, quien será nexo entre Jitrik y la cofradía del grupo Poesía Buenos Aires: Gustavo Aguirre, Edgar Bailey, Rodolfo Alonso “y varios más”. (Y, como parte de los vasos comunicantes entre vida y literatura, Jitrik menciona las “figuraciones” de dos novelas, una de 1992 y otra de 2009, Citas de un día y Destrucción del edificio de la lógica, respectivamente, configuradas con algunos “restos” de la presencia de Jean-Paul Sartre durante la “experiencia Contornista”: “las obras filosóficas y políticas” de las novelas que integran Los caminos de la libertad y las obras de teatro; “ese admirable juego entre vida y muerte o, mejor, entre vivos y muertos, […] una convivencia de lenguajes, el riguroso ‘comprometido’ navegando en zonas inciertas de los sueños”.)

 

Con cierta esperanza en “la política o la militancia”, Jitrik narra su evolución y la del grupo de Contorno (que “hasta septiembre de 1955 estaba movido por una pasión crítico-literaria [y] luego dejó entrar una dimensión política más aguda y problemática”); sus “ilusiones juveniles” en torno a las posibilidades de la “acción política”, al mismo tiempo que se mantiene (y profundiza) su pasión por “lo literario”. De ahí que conviva en las tertulias de todo tipo y color, con artistas y amigos como Mario Trejo y Alberto Vanasco; que frecuente a César Fernández Moreno (“y a su familia, incluido Baldomero que todavía vivía en una casa de San Telmo; César se convirtió en uno de mis amigos más duraderos y entrañables”); y que tenga contactos con grupos políticos, como los que acompañaron a Rogelio Frigerio en las postrimerías de la llegada a la presidencia de Arturo Frondizi (“personas como Raúl Scalibrini Ortiz, Mario Amadeo, Luis Cerrutti Costa y muchos otros que siempre habían estado al acecho, o más o menos ligados al peronismo, y ahora se encontraban con una voz que los llamaba, convocados todos por añadidura por Frigerio y sus amigos, entre los que tallaban Marcos Merchensky, Dardo Cúneo, Isidro Ódena, […] Narciso Machinadiarena y algunos otros”). La “experiencia frondicista” a Jitrik le aportó y consolidó relaciones, como ya se dijo, variadas: “Aparecieron así Félix Luna, Juan Ovidio Zavala, Ismael Viñas, Aldo Ferrer, Néstor Grancelli Chá, Luis Abel Viscay y muchos otros atrapados en la bruma de los tiempos, todos dignos de ser recordados aunque los vínculos con cada uno de ellos eran diferentes”, dice.

 

Se podría seguir comentando y citando nombres (hay tres, cinco, diez, quince personalidades relevantes por página prácticamente: Miguel Brascó, Gato Barbieri, Ariel Ramírez, Norma Aleandro, Marilina Ross, Rodolfo Kuhn, Jorge Cooke, Pirí Lugones, Julio Lareu y André Malraux, por agregar algunos pocos más), pero no es el objetivo de este escrito –para ello está el mismo libro con su infatigable racconto de nombres, encuentros y relaciones, sean del carácter, tenor y la duración que sean–. Sí importa señalar algo medular, a modo de pregunta: ¿Es en este período cuando Noé Jitrik consolida su vocación, que mantiene continúa –y, si se quiere decir así, hiperactivamente– hasta el día de hoy? Posiblemente, seguramente, y él mismo apunta hacia allí, a propósito de la publicación, en 1959, “por iniciativa y apoyo de Ismael Viñas” –quien desde la Secretaría de Cultura “había creado casi de inmediato una colección de libros, ‘Ediciones Culturales Argentina’, de elegante diseño”–, de un volumen sobre Horacio Quiroga, escrito pocos años antes. (Mientras escribo, un ejemplar de ese volumen lo tengo en mis manos. Para abundar: Horacio Quiroga. Una obra de experiencia y riesgo incluye, además del texto de Jitrik, fotos y documentos, una cronología de Oscar Masotta y Jorge Lafforgue –“con el propósito casi exclusivo de complementar el ensayo de Noé Jitrik”, dicen en una primera nota al pie–, y una bibliografía hecha por Horacio Jorge Becco.) Escribe Jitrik: “Ahora mi preocupación era de otra índole: empecé a interesarme por eso que se conoce como ‘narración’, novelas, cuentos, relatos pero pensando que pese a las diferencias que existen entre todas, en argumentos, en estructuras y en resonancias, algo en común a todo ese acervo debe haber; así, todos tienen personajes, en todos hay descripciones y explicaciones, todos tienen compromisos con el lenguaje, todos tienen un ritmo, etcétera. Sentado en un sofá, en la sala de espera [de la Biblioteca del Congreso], empecé a lucubrar en torno a cada uno de esos núcleos a los que llamé elementos y a convocar textos, críticos, teóricos y mis propias percepciones”.

 

Las posibilidades de incidir verdaderamente en las políticas del gobierno de Frondizi se fueron mostrando vanas; aunque no haya un relato cronológicamente ordenado de esos años 1958, 59 y 60, se ve cómo Jitrik hace lo que puede –por ejemplo, con “picardía” poner en una última sesión parlamentaria del año encima de la pila las carpetas que contenían proyectos para que viudas de grandes escritores, como la de Horacio Quiroga, puedan cobrar una pensión–, y va desencantándose –un poco lo alejan; otro poco se aleja– de la “real politik”, que incluía negociaciones entre el frondizismo y el peronismo, la influencia de Frigerio y sus cofrades provenientes la mayoría del PC, apuntando a recrear una (imposible, como se comprueba hasta el presente) “burguesía nacional”, etc. Un pequeño balance: “en ambos finales de año se aprobaron decenas de escuelas y otras iniciativas que el Poder Ejecutivo jamás pondría en ejecución”.

 

Así, entre su rol en el Parlamento y el del oficio de escritor, la narración gana(rá) la partida.

 

La Revolución cubana será otra –qué duda cabe– fuente de intensas vivencias, visitas a la Isla, debates y expectativas. David Viñas, el permanente polemista –“arrogante” y chicanero, según ejemplifica un par de veces Jitrik– será de la partida. Preso en Venezuela, buscando contactos con una organización guerrillera (“tal vez el ELN”), Viñas será liberado por los oficios de Jitrik, avisado por Adelaida Gigli, en ese entonces esposa del preso. Con todo, Jitrik manifiesta hacia el final del libro la creciente separación “de caminos” entre ellos, reconociendo sin embargo el valor “de un encuentro inicial sin el cual difícilmente yo hubiera podido emprender el camino en el que todavía estoy”.

 

Una última aparición que no se puede dejar de mencionar, porque es una presencia fundamental que se mantiene hasta hoy, es la de Tununa Mercado, por entonces estudiante cordobesa (allí está, entre otros, su libro de memorias La madriguera para conocerla un poco más), con quien tiene un primer encuentro, un contacto “docente-alumna”, en una anécdota con chispa y que deja pendiente la continuación de la misma.

 

Si, como escribió Borges, el olvido es una de las formas de la memoria, otra –sin lugar  a dudas– es la del puro recuerdo; una memoria, incesante, que trae, refiere, convoca una vida, muchas vidas, haciendo de las experiencias pasadas una narrativa que se afirma en el presente. Ésas son las características de estos libros de Jitrik. Una memoria que recuerda, busca su forma, y (la) escribe.

 

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* Este artículo fue escrito en diciembre de 2014 y publicado en la sección Cultura de La Izquierda Diario durante el presente mes de enero.