#Poesía: Marcelo Ariel

El espantapájaros

Para los niños

 

en medio del basural

 

visto de lo alto

 

un pantalón y una camisa

 

Son la

evocación del cuerpo

de un hombre

sin zapatos

 

sus manos

 

dos buitres desgarrando un saco

 

su cabeza

 

un rato

 

 

Motor discontinuo

 

La máquina de despertar

dentro de la máquina

de respirar

La máquina

de hablar

Dentro de la máquina

de pensar

La máquina

de andar

Dentro de la máquina

de cansarse

En la máquina de ser

La máquina de estar

Dentro de la máquina de dormir

y soñar con

La vida afuera

de la máquina de morir

En la máquina de soñar

 

 

Cangrejos aplauden Nagasaki

Para Gilberto Mendes & Mano Brown

 

(Villa Socó)

Cuerpos en llamas se tiran al barro

mujeres y niños primero

cangrejos aplauden Nagasaki

bebé de ocho meses es calcinado

en cuanto Beatriz

ahora entiende el poema último

Beatriz madre soltera antes de morir dio un inútil puntapié en la puerta

 

En el aire

gritos mudos

la noche blanca de humareda envuelve todo

alguien en el bar de la esquina

piensa en Hiroshima

en las voces

horror y curiosidad despertaron la ciudad

mezclándose

dentro del infierno ojos claman

por teléfono

el ministro es informado

–El fuego los consume…

La sirena de las fábricas no

silencia

Dos serafines pasando por el lugar

susurran en el oído

del Creador

“Villa Socó: mi amor”

Una vieja permaneció acostada

alrededor de la cabeza en la aureola

el último pensamiento pasa

el coro de las sirenas

en medio del campo iluminado

una garza vuela asustada

con los humanos y su infierno creado

en el manglar el viento mueve las hojas

 

Un bombero grita:

–¡KSL! El fuego está contra el viento. Cambio…

 

Fue Dios quien quiso

dice el mendigo

que sobrevivió porque estaba durmiendo en la alcantarilla de la avenida.

Un orgasmo es cortado al medio

cuando la pareja percibe el fuego

quemando el espejo.

Retrocediendo en el tiempo

lamentamos

el movimiento del gas

ligerísimo iceberg

que convirtió fuego en fuego, horror en horror

 

Villa Socó

Estacionó en la Historia

al lado de Pompeya, Joelma y Andrea Doria

Pensando en eso

levanto en este poema un memorial

para nosotros mismos

víctimas vivas

del tiempo

donde se moviliza la muerte esparciéndose en el paisaje

como el gas

que también incendia al sol

(bomba de extensión infinita)

 

Beatriz se sentó cerca de la puerta y quedó mirando el fuego.

Hasta que invade la escena la luz suave de otro sol frío.

Fin del juego.

 

(Lo que no quema)

 

Beatriz ahora es otra cosa y contempla:

rayos negros en un cielo negro

después blancos en un cielo blanco

suavemente penetré en un jardín

donde un único árbol existe.

 

(El incendio acaba y la garza se posa en el mangue, donde los ángeles sueñan)

 

En aquella noche uno se despertó

anduvo en medio de las llamas

y las llamas

lo quemaron.

 

* Más poesía traducida e información sobre Marcelo Ariel, en el blog de Esteban Moore.