dos cuentos de Witold Gombrowicz

El drama de los señores barones

La baronesa era una criatura encantadora. El barón la tomó de una familia de muchos principios y sabía que podía confiar plenamente en ella, a pesar de que el paso del tiempo había hecho mella en él de forma bastante profunda; y sin embargo, dormitaba en ella un inquietante elemento de gracia y encanto que fácilmente podía complicar la aplicación práctica de los imponderables del barón (ya que el barón era una persona sumamente escrupulosa). Tras cierto tiempo de una convivencia iluminada por la silenciosa felicidad del deber conyugal, un buen día la baronesa fue corriendo hasta su marido y le echó los brazos al cuello.

-Creo que debo decírtelo. Henryk está enamorado de mí., ayer me declaró su amor tan rápida e inesperadamente que no tuve tiempo de impedírselo.

-¿Y tú también estás enamorada de él? -preguntó.

-No, yo no lo quiero porque juré amarte a ti -respondió ella.

-Está bien -contestó él-. Si estando enamorada de él, no lo quieres, ya que tu deber es quererme a mí, acabas de ganar doblemente a mis ojos y te quiero dos veces más. Y sus sufrimientos son un castigo justo por haber demostrado tal debilidad de carácter que se ha prendado de una mujer casada. ¡Principios, querida! Si te vuelve a declarar su amor, contéstale que tú le declaras. tus principios. Quien tiene unos principios inquebrantables puede pasar por la vida con la cabeza bien alta.

***

Pero al cabo de cierto tiempo al barón le llegaron unas noticias funestas. Henryk no tenía ni la más mínima fortaleza de carácter. Rechazado por la baronesa se dio a la bebida y a la vida licenciosa; después se puso melancólico, no le interesaba nada, el mundo perdió para él todo su encanto y estaba ya a punto de estirar la pata. El rumor general decía que la causa de su esperado e inminente óbito era un amor infeliz.

-¡Menuda historia! -dijo el barón a su mujer-. Nosotros aquí comiendo entremeses, mientras que él ahí no puede tragar nada, ¿entiendes?, porque tiene constantemente tu imagen delante de los ojos. Me gustaría saber qué es lo que ve en ti, al fin y al cabo llevo viviendo contigo tantos años y nunca he sentido hacia ti nada que pudiera calificarse de impetuoso. En todo caso el asunto es serio y me extraña que tengas tan buen aspecto sabiendo que ese infeliz está sufriendo por tu culpa.

Una semana más tarde llegó a casa de un humor todavía peor.

-¡Te felicito! -dijo irónicamente-. ¡Puedes estar contenta! Tus encantos han resultado tan eficaces que Henryk ya tiene un pie en el otro barrio.

-¿Qué quieres que haga? -contestó ella con lágrimas en los ojos-. Yo no coqueteé con él, no tengo nada que reprocharme.

-¡Lo que faltaba oír! Tú eres la causa de su deplorable estado, tus filigranas, tus rasgos y tus formas son el bacilo que lo roe.

-¿Y ahora qué hago? Se ha vuelto loco. ¿Sabes de qué hablaba cuando se me declaró? ¡De divorcio!

-¿Qué? ¿Divorcio? Espero que aún no te hayas convertido en una pelandusca. Por lo demás, recibirás el divorcio, pero ¿sabes cuándo?, cuando yo exhale mi espíritu, que profesa ciertos principios inquebrantables.

-¿Y si él muere?

-¿Si él muere? -gritó en un ataque de cólera-. ¡Eso es chantaje! ¡Pero no me hará romper el juramento de conservarte hasta la muerte!

La baronesa estaba pasando unos momentos terribles. Por nada del mundo quería actuar de manera deshonrosa, pero por otra parte se le partía el corazón al pensar en los sufrimientos del pobre Henryk. Además, el barón, miembro de diversas sociedades, le tomó una auténtica tirria. Sencillamente no podía sufrir su belleza. Su vida fisiológica se le volvió repugnante. En una ocasión le propuso: “¿Un panecillo?”, y cuando ella lo rechazó él se rio con un sarcasmo inaudito: “Ja, ja, él allá agonizando y ella no se puede comer ni un panecillo”. Cuando ella deambulaba por las habitaciones contorneando con gracia sus caderas, cuando sonreía pálidamente, cuando dormía o se peinaba, él veía en todo ello unos actos de vil crueldad y de sombría sexualidad. Un buen día ella lo abrazó. “Por favor, ¡no me toques!”, gritó él. “¡Asesina! Me has metido en un buen lío, habrase visto. Ahora veo que un hombre moralmente responsable no debe unirse a una corporalidad ajena bajo ningún concepto.”

-¡Vamos a ver! -dijo el barón-. Esto no puede seguir así. Esta mañana me he enterado de que quería suicidarse. ¿Es que no te das cuenta de que empujar a alguien a cometer un suicidio es mucho peor que estrangularlo con las propias manos? Este mequetrefe carente de principios nos perderá a nosotros y a sí mismo. He tomado una decisión. No podemos cargar sobre nuestra conciencia una responsabilidad tan espantosa. Si no hay más remedio, qué le vamos a hacer, te doy mi beneplácito, estoy de acuerdo, y tú, en nombre de la necesidad superior, haz lo que tengas que hacer, es decir, lo que te dicte tu sucia feminidad.

-¡Esposo mío!

-¡Qué le vamos a hacer! ¿Acaso podía yo prever al desposarte que algún día tendrías que escoger entre el asesinato y el adulterio?

-Si realmente no hay nada que hacer y tú crees que es lo más correcto, estoy de acuerdo -dijo ella-. A mí también me pesa, pero tomo a Dios por testigo que soy del todo inocente.

-¡Sí, seguro! -contestó el barón.

A partir de entonces el joven empezó a recobrar la salud. En cambio, la baronesa cada día estaba peor. Su casa se había convertido en un auténtico infierno. El marido exigía que comiera en una mesa separada y le compró unos cubiertos sólo para ella. En una ocasión, al tocarlo ella involuntariamente, le dijo con fría indiferencia:

-Me ensucias. ¡Mira! Me has tocado y ahora tengo que interrumpir la lectura e ir al baño a lavarme. -A menudo se le escapaba la insultante palabra “adúltera”. A las cuatro sacaba el reloj. -Bien -decía-, debes marcharte, es la hora de la filantropía lasciva-. En vano le explicaba ella que era inocente. -Solo te pido una cosa -respondía él-, no introduzcas en casa una atmósfera de indulgencia y de tolerancia hacia el pecado. Porque en ese caso deberíamos invitar a comer a unas fulanas cualquiera que, a decir verdad, también son inocentes-. La baronesa, desesperada, intentó en varias ocasiones interrumpir su obligado romance, pero cada vez el joven amenazaba con suicidarse y estaba claro que no lo decía porque sí.

***

-No -dijo la baronesa-, no lo aguanto más. Mi vida se ha convertido en un indescriptible tormento. He caído en terribles pecados, ¿y por qué? Pues porque soy tentadora. Nadie, que no lo pueda experimentar personalmente, entenderá qué extraño es desde el punto de vista moral ser tentadora. Estoy harta. Voy a desfigurarme la cara, lo único es que no sé si Henryk podrá soportarlo.

-¡Ahora te reconozco! -exclamó con entusiasmo su marido-. Efectivamente, puede que Henryk se vuelva loco, pero en una situación tan desesperante como la nuestra hay que arriesgarse; además lo prepararemos adecuadamente. Y como prueba de que yo, tu marido, siempre me solidarizo contigo cuando se trata de una carga moral, también yo me desfiguraré la mía.

-La verdad es que no te va a costar mucho trabajo -dijo ella con una ironía mordaz.

Se dirigieron a sus habitaciones de donde poco tiempo después salieron dos monstruos. El barón abrazó y besó a su mujer.

-Ahora hay que preparar adecuadamente a Henryk para que resista este golpe. -Y escribió una carta:

Estimado Señor,

Con gran pesar debo informarle del terrible accidente de mi mujer. Uno de sus amantes, en un ataque de celos por otro admirador suyo que justo recientemente había dejado de ser platónico, la roció con ácido sulfúrico. La pobre ha perdido los encantos de los que tan vasto uso sabía hacer. Venga a verla. Nota bene, yo mismo, al rescatarla, he sufrido una terrible desfiguración.

-Hemos hecho lo que debíamos- declaró.

Parecía que Henryk iba a volverse loco, pero la noticia sobre la infidelidad de su amante le dio fuerzas. Sobrevivió a sus propios sentimientos, los cuales no pudieron aguantar aquel monstruoso espectáculo. En cambio, la baronesa comenzó a consumirse y en seguida se hizo patente que la causa de su anemia maligna era el amor hacia Henryk, que estalló en ella tras la ruptura con una fuerza impetuosa.

-¿Acaso pesa una maldición sobre mi hogar? -exclamó el barón-. ¡Ahora es ella que empieza!

***

La moribunda pidió ver a Henryk y los médicos apoyaron su deseo.

-Por el amor de Dios- musitó el barón a Henryk-, es capaz de morir con una declaración de amor pecaminoso en los labios.

-Te has vuelto loca -gritó a su mujer-. Yo en tu lugar me alegraría más bien de tener la consciencia limpia; parece que no te das cuenta de tu aspecto monstruoso; mientras tu amante, que solo ardía en deseos por este cuerpo, se burla y te desprecia desde que te desfiguraste por él. Rompe con todo eso, te pondrás bien y volverás al mundo de los principios.

-Esta vez no me dejaré tomar el pelo- respondió la baronesa y expiró.

Los dos hombres se quedaron a solas con el cadáver.

-Falleció como víctima del deber -dijo el barón-, lo hago a usted responsable de su muerte.

-Suya es su mujer y suyo es el cadáver- respondió el joven.

(1933)

Traducción: Bozena Zaboklicka y Pau Freixa

*   *   *

 

El pozo

Naturalmente, Bikle no se casó con ese objetivo, pero cuando se casó su mujer puso en marcha los meses y los meses a su mujer. En vano suplicaba y ponía peros al asunto: los meses se servían de su mujer y su mujer de los meses. Antes de que se diera cuenta ya estaba de nueve meses y, haciendo oídos sordos a toda clase de persuasiones, dio a luz a un niño. Bikle, sin saber demasiado qué hacer, de tanta vergüenza se fue a un internado femenino y, colorado hasta las orejas, anunció:

-He tenido un niño.

-¡Ja, ja, ja! -gritaron las señoritas-. ¡Ha tenido un niño! ¡Ha dado a luz a un niño!

-¡Mentira! -bramó-. ¡No lo he tenido yo, lo ha tenido mi mujer!

-¡Ja, ja, ja! -estallaron en una carcajada las señoritas-. ¡Su mujer ha dado a luz a un niño!

-¡Cállense! -vociferó-. ¡Mi mujer no ha dado a luz, sino que lo ha tenido!

-¡Ja, ja, ja! -aullaban las señoritas doblándose y desternillándose-. ¡Su mujer ha tenido un niño! ¡Bikle con un niño, ja, ja, ja! -Y reventaron todas de risa como un solo hombre.

-Cálmense -dijo con cautela Bikle-, al fin y al cabo yo sólo soy el marido. ¿Y qué pasa si ahora hay un niño? Casi todas las personas tienen niños, no veo ninguna razón para reírse. ¿Acaso he cambiado? Yo soy yo, el niño es algo aparte, el niño es sólo un añadido-. Pero ya era demasiado tarde. Las señoritas habían salido volando a chismorrear por la ciudad.

En seguida vino también a ver a Bikle su jefe.

-Es una vergüenza, señor Bikle, ¿tan joven y ya con un niño? Bueno, bueno, yo no entro en sus razones -añadió relamiéndose con cara de viejo verde-, su mujercita, obviamente, no está mal, lo comprendo, pero usted aquí no durará mucho. No puedo tener en la empresa a un hombre con un niño, eso me pondría demasiado nervioso. Usted estará sentado en su despacho como si nada, pero ¿cómo puedo saber que justamente en ese momento el niño no se está emporcando o que no está babeando? No, no, muchas gracias, hasta da grima pensarlo-. Y se marchó asqueado. Una hermana vino corriendo a verlo y le armó un escándalo.

-¡Te felicito! -siseó-. ¡Me has convertido en tía! ¡Dijimos que no te meterías en mi vida! ¡Te recuerdo que tú y yo habíamos roto!

Se fue, pero acto seguido se presentó un amigo.

-¡Hola! -le dijo Bikle.

-Bueno, bueno -le respondió-, no te tomes tanta confianza. Yo con los padres no entro en confianza. Si eres papá, eres papá. Papá me puede comprar una corbata para Navidad, o un reloj, pero ya no hay trato de igual a igual.

Justo después llegó una amiga de su mujer:

-¿Qué tal tu mujer? ¿Da el pecho? ¿Tiene leche?

-No des el pecho -le dijo Bikle a su mujer con pesar-. Será mejor que lo haga una nodriza. Contrataron un ama de leche bien lechera; la nodriza daba de mamar al niño pegando gritos de vez en cuando. -Y tú -dijo Bikle con aire lúgubre a su mujer- deja tu leche en paz. No tienes vergüenza. -Y se fue a un bar. Pero en el bar no querían darle vodka.

-No, señor Bikle -le dijo el camarero intentando persuadirlo-, el vodka les sienta muy mal a los recién nacidos. -Bikle le dio un sopapo, a lo que el otro respondió-: ¡Cuchi cuchi, pupa nene no, caca!

-¡Nada de “pupa nene no”, ahí va otro directo a la jeta! -se exaltó Bikle.

-¡Pupa nene no! -le respondió el camarero y le dio unos caramelos. Bikle salió del bar, pálido de cólera, y subió a un coche de punto.

-Ah, tendrá prisa para estar con su niño -dijo el cochero-. ¡Es digno de elogio! Yo también tengo un niño, deme la mano, colega, me llamo Pieter. Lo que pasa es que yo tengo siete-. Pero Bikle ya tenía otra cosa en la cabeza, una cosa mucho peor.

Subió a su apartamento, arrancó al niño del pecho sin mediar palabra y se lo llevó furtivamente por la escalera de servicio. En la calle empezaba a anochecer, soplaba un viento cálido y un trueno anunció la inminente tormenta; el tiempo se había vuelto desagradable. Se llevó al niño al río, al juncal, entre dos lunas, una brillando en el cielo y la otra centelleando en las olas, y cuando estaba a punto de tirar al niño, desde el agua asomaron las señoritas, que estaban tomando un baño, y estallaron en una carcajada, primero una, después la segunda, la tercera y finalmente todas juntas:

-¡Miren, Bikle con el niño! ¡Va con el niño al río! ¡A pasear! ¡Le muestra los paisajes! ¡Ja, ja, ja. ji, ji, ji. Bikle con el niño! ¡Con el niño! Ja, jaaa, jaja, ja, ja, ja, ja.

(1935)

 


“Concentração” (Ricardo Lísias)

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Un cuento de Joaquim Machado de Assis: “Misa de gallo”

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Cortesía de Eterna Cadencia y el ADN-Cultura, que lo publica hoy.

*   *   *

Nunca logré entender la conversación que tuve con una señora, hace muchos años. Yo tenía diecisiete, ella treinta. Ocurrió la noche de Navidad. Ya que había decidido ir a misa de gallo con un vecino, preferí no dormir; convinimos en que yo iría a despertarlo a medianoche.

La casa en la que me hospedaba era la del escribano Meneses, quien había estado casado, en primeras nupcias, con una de mis primas. Su segunda mujer, Concepción, y la madre de ésta, me recibieron bien cuando meses atrás llegué de Mangaratiba a Río de Janeiro para hacer mis estudios preuniversitarios. Vivía tranquilo en aquella casa penumbrosa de la calle del Senado, con mis libros, pocas relaciones, algunos paseos. La familia era pequeña: el escribano, la mujer, la suegra y dos esclavas. Costumbres antiguas. A las diez de la noche todos estaban en sus habitaciones; a las diez y media la casa dormía. Nunca había ido al teatro y, más de una vez, oyéndole decir a Meneses que iba, le pedí que me llevara con él. Cuando eso ocurría, la suegra hacía una mueca, y las esclavas reían a escondidas; él no me respondía, se vestía, salía y solo regresaba a la mañana siguiente. Más tarde me enteré de que lo del teatro era un simple eufemismo. Meneses mantenía relaciones con una señora, separada del marido, y dormía una vez por semana fuera de casa. Al principio, Concepción había sufrido por la existencia de la amante, pero al fin se resignó, se acostumbró, y terminó por pensar que era razonable.

¡La buena de Concepción! La llamaban “la santa”, y hacía justicia al título, tan fácilmente soportaba los desplantes del marido. En verdad era un temperamento moderado, sin extremismos, ni grandes lágrimas ni muchas risas. En el episodio a que me refiero parece una mahometana; aceptaría un harén mientras se guardaran las apariencias. Que Dios me perdone si la juzgo mal. Todo en ella era atenuado y pasivo. Hasta tenía un rostro algo intermedio, ni lindo ni feo. Era lo que llamamos una persona simpática. No hablaba mal de nadie, perdonaba todo. No sabía odiar. Puede ser que hasta no supiera amar.

Aquella noche de Navidad el escribano fue al teatro. Era por los años 1861 o 1862. Yo ya debía estar en Mangaratiba, de vacaciones; pero me quedé hasta la Navidad para asistir a “la misa de gallo en la corte”. La familia se recogió a la hora de siempre, yo me metí en la habitación del frente, vestido y listo. De allí pasaría al zaguán y saldría sin despertar a nadie. Había tres llaves de la puerta de calle: una la tenía el escribano, yo me llevaría otra y la tercera quedaba en la casa.

-¿Pero, señor Nogueira, qué hará durante todo ese tiempo?- me preguntó la madre de Concepción.

-Leo, doña Inácia.

Tenía una novela, Los tres mosqueteros , en una vieja traducción, creo, del Jornal do Comércio . Me senté ante la mesa que había en el centro de la habitación, y a la luz de una lámpara a queroseno y mientras la casa dormía, monté una vez más el caballo flaco de D’Artagnan y partí en busca de aventuras. Al instante estaba completamente ebrio de Dumas. Los minutos volaban, al contrario de lo que acostumbran cuando son de espera. Casi sin advertirlo dieron las once. Sin embargo, desde el interior de la casa me llegó un suave rumor que me sustrajo de la lectura. Eran unos pasos en el corredor que iba del salón de visitas al comedor; alcé la cabeza y vi asomar en la puerta de la sala la silueta de Concepción.

-¿Todavía no te has ido? -preguntó.

-No. Aún no es medianoche.

-¡Qué paciencia!

Concepción entró en la pieza arrastrando sus zapatillas. Vestía una bata blanca, apenas anudada en la cintura. Delgada como era semejaba una aparición romántica que en nada disonaba con mi libro de aventuras. Cerré el libro; ella se sentó en la silla que estaba frente a mí, cerca del sofá. Le pregunté si la había despertado sin querer, haciendo algún ruido; ella respondió de inmediato:

-¡No! ¡De ningún modo! Me desperté porque sí.

La miré un rato y dudé de lo que me decía. Sus ojos no parecían los de quien acababa de despertarse, sino los de alguien que aún no había logrado dormirse. Con todo, deseché de inmediato esta observación, que si hubiera estado referida a otra persona podría haber tenido algún valor. No podía sospechar que tal vez no había dormido por mi causa, y que, justamente, mentía para no afligirme o disgustarme. Ya dije que era buena, muy buena.

-Pero pronto debe ser la hora -afirmé.

-¡Qué paciencia la tuya para esperar despierto mientras el vecino duerme! ¡Y esperar solo! ¿No les temes a las almas del otro mundo? Traté de que no te asustaras al verme.

-Me extrañó cuando oí los pasos; pero enseguida apareció usted.

-¿Qué estabas leyendo? No lo digas; ya lo sé: la novela de los mosqueteros.

-Exactamente. Es muy linda.

-¿Te gustan las novelas?

-Mucho.

-¿Ya leíste A Moreninha ?

-¿Del Dr. Macedo? Lo tengo allá en Mangaratiba.

-A mí me gustan mucho las novelas, pero leo poco, por falta de tiempo. ¿Qué novelas leíste?

Nombré algunas. Concepción me oía con la cabeza reclinada en el respaldo, mirándome por entre sus párpados entrecerrados, sin apartar su mirada de mí. De vez en cuando se pasaba la lengua por los labios para humedecerlos. Cuando terminé de hablar no me dijo nada. Nos quedamos así unos segundos. Luego la vi alzar la cabeza, juntar los dedos y posar el mentón sobre ellos, manteniendo los codos en los brazos de la silla, todo sin desviar de mí sus grandes ojos vivaces.

“Tal vez esté aburrida”, pensé.

Y luego, en voz alta:

-Doña Concepción, creo que ya se está cumpliendo la hora, y yo…

-No, no, aún es temprano. Acabo de ver el reloj, son las once y media. Hay tiempo. Tú que has pasado la noche en vela, ¿serías capaz de no dormir de día?

-Ya lo hice.

-Yo no. Si pierdo una noche, al día siguiente no puedo mantenerme en pie; aunque sea necesito dormir media hora. Claro que ya me estoy poniendo vieja.

-¿Vieja usted, doña Concepción?

Tan grande fue el calor de mis palabras que la hice sonreír. Era, habitualmente, una mujer de gestos lentos y actitudes tranquilas; ahora, sin embargo, se había incorporado rápidamente para dirigirse al lado opuesto de la habitación. Allí dio algunos pasos, entre la ventana que daba a la calle y la puerta del escritorio del marido. De esta manera, con su honesto desaliño, me impresionaba de un modo singular. Aunque delgada, al moverse lo hacía con no sé qué cadencia, como alguien a quien le cuesta llevar su cuerpo. Nunca esa manera suya me pareció tan distinguida como aquella noche. Por momentos se detenía para examinar algún fragmento de cortina o para reacomodar algún objeto sobre el aparador; finalmente, con la mesa de por medio, se detuvo ante mí. Era estrecho el círculo de sus ideas; volvió al asombro de verme esperar despierto; yo le repetí lo que ya sabía, que nunca había oído misa de gallo en la corte y que no quería perdérmela.

-Es igual que en el interior. Todas las misas se parecen.

-Le creo, pero aquí habrá más lujo y también más gente. Vea la Semana Santa: en la corte es más bonita que en el interior. Ya no digo San Juan o San Antonio…

Poco a poco se había ido inclinando; había apoyado los codos en el mármol de la mesa y colocado el rostro entre las palmas de sus manos. Como no estaban abotonadas, las mangas cayeron naturalmente y pude ver la mitad de sus brazos, muy pálidos, y menos delgados de lo que podía suponerse.

Verlos no era nuevo para mí, pero tampoco algo común. No obstante, en ese momento me produjeron una honda impresión. Las venas eran tan azules que, pese a la poca claridad, desde mi posición podía contarlas. La presencia de Concepción me había subyugado aún más que el libro. Proseguí diciendo lo que pensaba de las fiestas en el interior y en la ciudad, y otras cosas que se me iban ocurriendo. Hablaba cambiando de tema, sin saber por qué, saltando de un asunto a otro, o volviendo al primero, y riendo para hacerla sonreír y verle los dientes que resplandecían en su blancura, todos iguales. Sus ojos no eran exactamente negros sino oscuros; la nariz, delgada y larga, apenas curva, le daba al rostro un aire interrogativo. Cuando yo alzaba un poco la voz, ella me reprendía:

-¡Más bajo! Mamá puede despertarse.

Y no abandonaba su postura, que me llenaba de gozo; tan cerca estaban nuestras caras. Realmente, no era necesario hablar en voz alta para escucharnos: susurrábamos los dos, yo más que ella, porque hablaba más; ella, a veces, se ponía seria, muy seria, con el ceño un poco fruncido. Finalmente se cansó; cambió de postura y de lugar. Contorneó la mesa y vino a sentarse a mi lado, en el sofá. Me volví y pude ver, furtivamente, la punta de las zapatillas; pero eso duró el breve instante en que tardó en sentarse, la bata era larga y las cubrió de inmediato. Recuerdo que eran negras. Concepción dijo, muy bajo:

-Mamá está lejos, pero tiene un sueño muy liviano. Si la pobre llega a despertarse ahora no podrá volver a dormirse.

-Yo soy igual.

-¿Qué dices? -preguntó inclinando su cuerpo para oír mejor.

Entonces me senté en la silla que estaba al lado del sofá y repetí lo que había dicho. Se rio de la coincidencia; también ella tenía el sueño liviano. Éramos tres sueños livianos.

-En ocasiones soy como mamá, cuando me despierto me cuesta volver a dormir; doy vueltas en la cama sin parar, me levanto, enciendo una vela, camino, vuelvo a acostarme y nada.

-Eso ocurrió hoy.

-No, no -me interrumpió ella.

No entendí la negativa; es posible que tampoco ella la entendiera. Tomó las puntas de su cinturón y golpeó con ellas sus rodillas; es decir, la rodilla derecha, porque acababa de cruzar las piernas. Después relató una historia de sueños y me confesó que solo una vez, cuando era niña, había tenido una pesadilla. Quiso saber si yo las tenía. La conversación se reanudó así, lenta y largamente, sin que yo me preocupara de la hora ni de la misa. Cuando terminaba de relatarle o explicarle algo, ella inventaba otra pregunta u otro asunto, y yo volvía a tomar la palabra. De vez en cuando me reprendía:

-Más bajo, más bajo…

También hubo algunas pausas. Un par de veces me pareció verla dormir; pero los ojos, cerrados por un instante, se abrían enseguida, sin sueño ni fatiga, como si ella los hubiese cerrado para ver mejor. Una de esas ocasiones creo que me sorprendió embebido en su persona, y me acuerdo de que los volvió a cerrar, no sé si con prisa o lentamente. Hay impresiones de esa noche que me parecen truncas o confusas. Me contradigo, me confundo. Una que todavía tengo fresca es que hubo un momento en que ella, que solo era simpática, me pareció hermosa, hermosísima. Estaba de pie, con los brazos cruzados. Yo, por respeto, quise levantarme; no lo permitió, puso una de sus manos en mi hombro y me obligó a permanecer sentado. Me pareció que iba a decirme algo, pero se estremeció como si la recorriera un escalofrío; se volvió de espaldas para sentarse en la silla donde me había encontrado leyendo. Desde allí sus ojos vagaron por el espejo que estaba colocado encima del sofá, y habló de dos pinturas que colgaban de la pared.

-Estos cuadros se están poniendo viejos. Ya le pedí a Chiquinho que compre otros.

Chiquinho era el marido. Los cuadros hablaban del principal interés de este hombre. Uno representaba a Cleopatra; no recuerdo el tema del otro, pero eran mujeres. Vulgares los dos, si bien en aquel tiempo no me lo parecía.

-Son lindos -dije.

-Sí, pero están manchados. Y además, francamente, yo preferiría dos imágenes de santas. Estas son más apropiadas para el cuarto de un muchacho o el salón de un peluquero.

-¿De un peluquero? Usted no estuvo nunca en una peluquería.

-Pero me imagino que los clientes, mientras esperan, hablan de muchachas y de amoríos, y que el dueño de casa, naturalmente, debe alegrar la vista de la clientela con imágenes atractivas. No me parecen apropiados para una casa de familia. Eso pienso, pero yo pienso muchas cosas raras como esta. Sea como sea, los cuadros no me gustan. Yo tengo una Nuestra Señora de la Concepción, que es mi madrina, muy bonita; pero es una escultura, no se la puede colgar de la pared ni yo lo quiero. Está en mi oratorio.

La referencia al oratorio me recordó la misa, pensé que podía ser tarde y quise decírselo. Creo que llegué a abrir la boca, pero de inmediato la cerré para oírla contar con dulzura, con gracia, con tal languidez que infundía pereza en mi alma y me hacía olvidar la misa y la iglesia. Hablaba de sus devociones de niña y de muchacha. Luego refirió unas anécdotas de baile, cosas ocurridas durante paseos, recuerdos de Paquetá, todo mezclado, casi sin interrupción. Cuando se cansó del pasado, habló del presente, de los asuntos de la casa, de las fatigas del trabajo hogareño que le habían dicho que eran muchas, antes de casarse, pero que no eran nada. No me lo contó, pero yo sabía que se había casado a los veintisiete años.

Ahora ya no cambiaba de lugar, como al principio, y casi no había modificado su actitud. No tenía los grandes ojos entrecerrados y miraba distraída las paredes.

-Tenemos que cambiar el empapelado del comedor -dijo al cabo de un rato, como si hablara consigo misma.

Asentí, por decir algo, para salir de esa especie de sueño magnético o lo que fuera que me paralizaba la lengua y los sentidos. Quería y no quería terminar la conversación; me empeñaba en apartar los ojos de ella, y los apartaba por un sentimiento de respeto; pero la posibilidad de que aquello pudiera parecerle un gesto de fastidio -cuando no lo era- me hacía dirigir nuevamente la mirada hacia Concepción. La charla iba muriendo. En la calle, el silencio era total.

Llegamos a permanecer durante algún tiempo -no puedo decir cuánto- absolutamente callados. Solo el rumor único y escaso de un ratón que roía en el escritorio me despertó de esa especie de letargo. Quise hablar del roedor, pero no supe cómo. Concepción parecía estar soñando. De pronto, oí un golpe de nudillos en la ventana, del lado de afuera, y una voz que gritaba: “¡Misa de gallo! ¡Misa de gallo!”.

-Ahí está tu compañero -dijo ella incorporándose-. Qué gracioso: quedaste en ir a despertarlo y es él quien viene a despertarte. Ve, que ya debe ser la hora. Adiós.

-¿Ya será la hora? -pregunté.

-Naturalmente.

-¡Misa de gallo! -repitieron afuera, golpeando.

-Ve, ve, no te hagas esperar. La culpa es mía. Adiós, hasta mañana.

Y con el mismo balanceo de su cuerpo, Concepción avanzó por el corredor, pisando suavemente. Salí y encontré al vecino que me esperaba. Nos dirigimos hacia la iglesia. Durante la misa, la figura de Concepción se interpuso más de una vez entre el cura y yo. Quede esto a la cuenta de mis diecisiete años. A la mañana siguiente, durante el almuerzo, hablé de la misa de gallo y de la gente que había ido a la iglesia, sin despertar la curiosidad de Concepción. Durante el día la encontré como siempre: natural, bondadosa, sin nada que hiciera recordar la conversación de la víspera. Para Año Nuevo me fui a Mangaratiba. En marzo, cuando volví a Río de Janeiro, el escribano había muerto de apoplejía. Concepción vivía en Engenho Novo, pero nunca la visité ni la encontré. Oí decir, tiempo después, que se había casado con el escribiente principal de su marido.C

Traducción: Pablo Rocca


“70 verbos” (Leo Maslíah)

70 VERBOS

Dormía, creo. Amanecí anhelando prosperar. Apetecía triunfar. Decidía jugar. Salí corriendo. Conduje volando, arriesgando morir. Calculé. Aposté, proyectando ganar. Logré empatar. Debí parar. Presumiendo, continué. Odié perder. Sufrí, recuerdo. ¿Habría podido acertar?, especulé. Supe olvidar. Recapacité. Elegí renacer. Resolví mejorar. Ansío aprender, ¿entendés? Sigo temiendo fracasar. Pretendo ir volviendo, regresar partiendo. Intentaré llorar, chillar, patalear: podría reventar. Estuve tratando. Desearía conseguir explotar. ¿Llegaré? Detesto alardear. Quiero probar. Terminaría diciendo: llueve.

 

Leo Maslíah, La buena noticia y otros cuentos, Bs. As., Ediciones de la Flor, 1996, p. 12.


¿Les gusta John Cheever? Acá un cuento inédito

En La Jornada Semanal vino con la nota de tapa –junto al fallecimiento de Carlos Fuentes– un cuento de John Cheever: “Reunión”.

Va pegado abajo tb.

 

Reunión

John Cheever

La última vez que vi a mi padre fue en la Gran Estación Central. Yo me dirigía de casa de mi abuela en las Adirondacks, a una cabaña en el Cabo que había rentado mi madre. Escribí a mi padre que estaría en Nueva York entre un tren y otro como hora y media, y le preguntaba si podíamos almorzar. Su secretaria escribió para decir que mi padre me hallaría junto a la caseta de información al mediodía, y a las doce en punto lo vi acercarse entre la muchedumbre. Era un extraño para mí –mi madre se había divorciado de él tres años atrás y desde entonces yo no lo veía–, mas apenas apareció sentí que era mi padre, mi carne y mi sangre, mi futuro y mi sino. Supe que al crecer sería algo como él. Debía planear mis acciones conforme a sus limitaciones. Era un hombre grande y hermoso y yo estaba contentísimo por verlo de nuevo. Me dio una palmada en la espalda y estrechó mi mano. “Hola, Charly –dijo–. Me encantaría llevarte a mi club, pero se halla por la Sesenta y si tú debes abordar pronto el tren, creo que mejor comemos algo por aquí.” Puso su brazo en mis hombros y olí a mi padre del modo en que mi madre olfatea una rosa. Era una rica combinación de whisky, loción de afeitar, betún, lana y la exhalación de un varón maduro. Deseé que alguien nos viera juntos, que alguien nos tomara una fotografía, quería algún testimonio de que estuvimos juntos.

Salimos de la estación y subimos por una calle lateral hacia un restaurante. Todavía era temprano y el lugar se hallaba vacío. El cantinero discutía con uno de los jóvenes repartidores y había un camarero muy viejo de chaleco rojo por la puerta de la cocina. Nos sentamos y mi padre lo llamó en voz alta. “¡Kellner!”, gritó. “¡Garçon! ¡Cameriere! ¡Tú!” Su alboroto en aquel restaurante vacío parecía fuera de lugar. “¡Puede atendernos alguien…! –gritaba–. Rápido, rápido.” Luego batió las palmas de sus manos, lo cual atrajo la atención del camarero, quien se arrastró hasta nuestra mesa.

–¿Era a mí a quien tronaba las palmas?, preguntó.

–Tranquilo, tranquilo, sommelier, –dijo mi padre–. Si no es demasiado pedirte, si no fuese demasiado y estuviese más allá de tu deber, nos gustaría un par de Beefeater Gibsons.

–No me gusta que me truenen las palmas –dijo el mesero.

–Debí traer mi silbato –dijo mi padre–. Tengo un silbato que es audible sólo para los oídos de los viejos meseros. Ahora, extrae tu bloc y tu lapicito y ve que anotas correctamente: dos Beefeater Gibsons. Repítelo tú: dos Beefeater Gibsons.

–Creo que mejor se deben ir a otro lugar –dijo el camarero reposadamente.

–Esa es –dijo mi padre–, una de las más brillantes sugerencias que he escuchado en mi vida. Vamos, Charly, larguémonos de aquí.

Fui detrás de mi padre, de ese restaurante a otro. Esta vez estuvo menos bullicioso. Arribaron nuestros tragos y me interrogó una y otra vez sobre la temporada de beisbol. Luego golpeó el borde de su copa vacía con el cuchillo y empezó a gritar de nuevo. “¡Garçon! ¡Kellner! ¡Cameriere! ¡Tú!” ¡Podemos molestarte con dos más, de lo mismo!

–¿Qué edad tiene el muchacho? –preguntó el mesero.

–Eso es –dijo mi padre– algo que a ti no te importa.

–Lo siento señor –replicó el mesero–, pero no serviré más al muchacho.

–Bien, pero te tengo una noticia –dijo mi padre–. Tengo una noticia muy interesante para ti. Ocurre que no es éste el único restaurante en Nueva York. Han abierto uno en la esquina. Vamos, Charly.

Pagó la nota y lo seguí hacia otro restaurante. Allí los meseros vestían chaquetas rosadas, como los chalecos de caza, y había muchas sillas de montar en las paredes. Nos sentamos y mi padre empezó a gritar de nuevo. “Señor de los lebreles… ¡Hurra! ¡Zorro a la vista! y todo eso… Nos gustaría algo así como la del estribo, o sea dos Bibson Geefeaters.”

–¿Dos Bibson Geefeaters? –preguntó sonriendo el mesero.

–Tú sabes bien lo que quiero –dijo mi padre molesto.

–Quiero dos Beefeater Gibsons, y que sea rápido. Las cosas han cambiado en la alegre y vieja Inglaterra. Eso me dice mi amigo el duque. Veamos qué puede aportar Inglaterra en materia de cocteles.

–Esto no es Inglaterra –replicó el mesero.

–No me contradigas –dijo mi padre–. Sólo haz lo que se te dice.

–Es que pensé que le gustaría saber dónde se halla –dijo el mesero.

–Si hay una cosa que no puedo tolerar –dijo mi padre–, es un sirviente atrevido. Vamos, Charly.

El cuarto sitio al que fuimos era italiano. “Buon giorno –dijo mi padre–. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti, forti. Molto gin, poco vermut

–No entiendo italiano –dijo el mesero.

–Ah, no me vengas con eso –dijo mi padre–. Claro que entiendes italiano y lo sabes bien. Vogliamo due cocktail. Subito.

El mesero se retiró y habló con el capitán, quien se dirigió a nuestra mesa y dijo:

–Lo siento señor, pero esta mesa está reservada.

–Está bien –dijo mi padre–. Danos otra mesa.

–Todas las mesas están reservadas –dijo el capitán.

–Ya entiendo –dijo mi padre–. A ti no te interesa nuestro patrocinio, ¿es así? De acuerdo, al carajo con ustedes. Vada all´ inferno. Vámonos, Charly.

–Debo tomar mi tren –le dije.

–Lo siento, hijo –dijo mi padre–, lo siento mucho, y me abrazó estrechándome. Te acompañaré de vuelta a la estación. Si hubiese habido tiempo de ir a mi club…

–Está bien así, papá.

–Te compraré un periódico –dijo–, te compraré un periódico para que leas en el tren.

Enseguida se acercó a un puesto y dijo:

–Disculpa, ¿serías tan amable de darme una de tus malditas porquerías, uno de esos vespertinos de diez centavos?

El voceador se alejó de mi padre y miró la portada de una revista.

–Disculpa –dijo mi padre–, ¿no es mucho pedirte que me vendas uno de esos abominables especímenes de periodismo amarillista?

–Me debo marchar papá –dije–. Se está haciendo tarde.

–Aguarda un segundo nomás hijo –dijo él–. Sólo un segundo, quiero dar una calentada a este tipo.

–Adiós, papá –le dije, y bajé las estrellas para abordar mi tren. Fue la última vez que lo vi.


Muro (de amor) en Berlín (Tununa Mercado)

Por si no lo vieron: hace un par de días en “Verano12” se publicó este relato de Tununa Mercado. Y acá, la misma Tununa comenta un poco la historia de esta historia -que incluye, junto a Tomás Eloy Martínez, Caparrós y Forn, en la Feria de Berlín, en 1993, una denuncia a Abel Posse y Jorge Asís, entre otras cosas-.

* * *

En el cuarto del hotel había quedado abierta la puerta/ventana. Daba a un balcón y a un jardín encerrado y secreto. Desde ese balcón había oído, los días anteriores, ruidos de agua y un bullicio lejano de niños que nadaban y chapoteaban, tal vez en una pileta en el corazón de la manzana. El calor era intenso, de verano en primavera. Dejaba la ventana abierta aún en la noche, pero ningún aire fresco lograba disipar la barrera tropical que se interponía. Y, como suele suceder en los hoteles, no era posible crear ninguna corriente de aire.

Junto a la puerta-ventana había un mueble modular sobre el que se apoyaba un televisor, tan alto que obligaba a mirar hacia arriba, en actitud de contemplación piadosa y, en un estante inferior, una bandeja con copas de distinto tamaño y forma. Como no lograba descubrir cuál era el minibar, supuse que en el hotel había un servicio que llevaba las bebidas y los alimentos a los cuartos, en uno de esos carritos sobre los que se lucen baldes de hielo, soperas con tapa y fuentes de plata. A menos que el minibar fuera una especie de parlante que por razones de diseño compensaba el equilibrio del conjunto, pero cuya puerta no se delataba a simple vista. ¿La puerta disimulada de un recinto que de pronto mostraría sus tesoros, un blanco del Rin o un ron de Puerto Rico? Minucias que cualquier pasajero resolvería en un instante, pero que yo no osaba enfrentar, por pusilanimidad o por falta de mundo. ¿Quería yo acaso beber alcohol de un minibar? ¿Me interesaba aprovechar los lujos corrientes de un hotel?

En cuatro canales, señalados con teclas rojas, pasaban películas pornográficas. Al encender el televisor y elegir cualquiera de ellos, una leyenda advertía que el espectador tenía derecho a ver sólo cuatro minutos sin cargo y que después empezaría a correr un taxímetro para registrar el tiempo transcurrido y establecer la tarifa correspondiente. La advertencia era un alerta roja para quien se dejara tentar por esos canales calificados y, en cierta forma, una restricción a la libertad de ver.

Diez escritores argentinos y tres uruguayos –hombres en su mayoría–, habíamos sido invitados a un congreso de Literatura del Río de la Plata en Berlín. El hotel reunía dos ideas en su nombre, Park Consul, “Park”, en efecto, designaba un jardín lleno de encantos junto al restaurante, y “Consul”, un status de jerarquía. ¿No podían acaso esos escritores de América del Sur presumir de cierta misión diplomática, la de representar a las letras de sus países? ¿No era un privilegio de cónsules escuchar los textos propios en alemán, esa lengua áspera transfigurada por la dicción de actores profesionales, beber cerveza en todas sus variantes, comer bien, recibir viáticos y gastárselos, discurrir sobre literatura, amores, política, imaginar el Muro tal como había existido hasta no hacía mucho tiempo, pero también gozar de un verano anticipado en primavera?

Desde el primer día todos se habían dejado apresar por las imágenes de los canales pornográficos, liberados mentalmente al regresar por la noche de ciertos planteos sin salida que suelen proponerse en encuentros de literatura, por ejemplo, si hay diferencia entre erotismo y pornografía, un tópico que suele concluir con una frase deflatoria que borra cualquier connotación sexual prometedora: “toda escritura es erótica”, o si la ideología, pese a cualquier resguardo, permea la escritura erótica como un “inconsciente” suplementario, inexorable y en perpetua producción.

Sabedor de que sus debilidades de mirón ganarían la partida contra cualquier represión moral o económica, uno de nuestros compañeros de viaje nos había confiado que él se jugaba el todo por el todo, que encendía el televisor al llegar al cuarto y no lo apagaba nunca, ni siquiera cuando iba al baño. Se duchaba acompañado por los suspiros y jadeos de los protagonistas; esas respiraciones entrecortadas, esos gritos contenidos que de pronto francamente se desataban en los momentos más altos del acto, eran los únicos indicios, bastante enfáticos, de la trama de los sexos en su comunicación y eso le bastaba para apostarles todas las fichas. Entendía que la oferta sexual televisiva era lo mismo que el minibar, que el servicio de camareros, y aun que las toallas, el edredón y los artículos de tocador, y estaba decidido a usar todo sin medida.

Primero tímidamente algunos, y después sin reparos los más, todos se habían dispuesto a aceptar el precio de la aventura que el arrogante jugador parecía merecer por derecho propio, admitiendo quizá, con modestia, que para ellos habría de medirse por tiempo, y aun por tiempo en soledad y, ciertamente, en dinero. Habría sido una crueldad imponerse ver sólo los cuatro minutos gratuitos. ¿Quién podía sustraerse a una escena en la que la lengua de un negro estilo modelo Mapplethorpe emergía y buscaba otra boca, la del sexo de una blanca que se prodigaba húmedo y entreabierto? Un primer minuto había transcurrido, y en el segundo apenas la lengua había logrado su máxima longitud y delgadez, como si una gimnasia secreta le permitiera adelgazarse como un estilete y adquirir la movilidad de un latiguillo. En el tercer minuto, cuando ya empezaba a titilar en la pantalla el anuncio de corte de imagen –sin clemencia para el condenado mirón–, la rubia cambiaba de posición y requería al negro, clamaba por su lengua y se rendía a su regodeo de lamer.

En aquella noche los rioplatenses estarían absortos frente a la misma película alemana del negro lengua larga y la rubia en cuatro patas. El dispendio se había instaurado y, pasados los tres primeros minutos, ya no se podía retroceder. Pero, de pronto, desde la ventana-balcón abierta de par en par, irguiéndome apenas, alcancé a ver que en la habitación del piso de abajo, se había encendido la luz y que en la pared de su propio balcón se proyectaban las siluetas de un hombre y una mujer que acababan de entrar. Veía la sombra de los cuerpos proyectados en la vasta superficie; a veces se alargaban las imágenes por los efectos de la luz, pero después se estabilizaban los perfiles recuperando su tamaño natural. Muy libres, el hombre y la mujer comenzaron a besarse; se tomaban y se dejaban; insistían y desistían. Las risas se escuchaban cristalinas, como agua durante las mañanas en los jardines interiores del Park Consul; ella tenía el pelo suelto, alborotado, y él le susurraba propósitos que la hacían reír. Era un escarceo con la elocuencia discreta de quienes saben manejar las cuestiones del amor, una contención que posterga pero que no rehúye.

El acto acababa de comenzar cuando decidí avisarle al pornógrafo de tiempo completo que no se perdiera lo que yo estaba viendo, una escena que sobrepasaba de lejos el naturalismo burdo de una película porno. Golpeé a su puerta pero no me respondió. En su habitación se oía el susurro del televisor encendido.

Busqué el lugar más propicio para ver esas sombras proyectadas que ahora entrechocaban copas de champán. Ella tenía unos pechos enormes y él, arrodillado, abarcaba sus pezones con la boca y los rodeaba con la lengua; bajaba buscando hacia el vientre el ombligo y luego se perdía la imagen por insuficiencia de campo; otra vez se besaban en la boca y en sucesivos giros ella iba mostrando ángulos de desnudez perfecta, cincelada. Sus movimientos eran más procaces que los de él, y en una de las “tomas” se dejó verter y sorber champán entre las piernas. La translucidez de la copa, el modo en que el cristal se trasvasaba a la pared, la secuencia brillante del fluir del líquido sobre el cuerpo, eran imágenes de un arte hecho de luz y sombra en movimiento, de medios tonos y profundidad, formas que sobrepasaban el simple reflejo, como si por una diafanidad inesperada esa noche la pared se hubiera convertido en una pantalla mágica. La contraparte en silueta de los pechos era ahora el perfil del hombre, un cuerpo trabajado pero masivo hasta que por el ángulo de exposición esa masa se quebraba abruptamente dejando emerger el sexo, en línea recta, disparado, acercándose cada vez más a su objetivo, que era acoplarse con varias bocas, primero los labios de ella, glotones, después el hueco entre sus pechos enormes, y luego, más tarde, dejando crecer la urgencia, los labios del sexo, tragones, queriendo más y más.

Las voces gemían, las risas decían, los jadeos resonaban; los requiebros en alemán me descubrían una lengua capaz de rendirse al amor; los cuerpos seguían en la luz, remisos todavía a arrojarse a la ceguera oscura del orgasmo, que no pide ni luz ni sombra, manirrotos todavía, imprevisores, como si con ese derroche pudieran paradójicamente retener el arrebato final. Fundidos los perfiles, se escuchó un solo intenso y alguien apagó la luz.

Todo fue de pronto negro, la pared negra, la noche oscura. En la otra pantalla, ya transcurridos con creces los minutos reglamentarios que habían anticipado, como una tentación, escenas de sexo entre un negro y una blanca, sólo se veían líneas de luz, rectas, homogéneas, de trazado final. Mi vecino, a cuya puerta había llamado, me dijo al día siguiente que no había respondido porque estaba viendo una porno en la que un negro y una blanca recibían la visita de otro negro y, en triángulo, lo ayudaban, a él, a pasar la noche.


Joao Gilberto Noll: existencialismo… ¿y también hastío?

Leemos: “Ah, mis ídolos culturales fueron los hombres y las mujeres del existencialismo. Soy un hombre de la aventura, por eso me gusta el existencialismo. La existencia precede, viene antes que la esencia. La formulación de la esencia humana se hace al caminar. La propia Simone de Beauvoir lo decía en relación con la mujer: no se nace mujer, se hace mujer. Esto me encanta; que no haya una rigidez existencial. Pero la sociedad lucha por la rigidez, por los papeles definidos, y esa insatisfacción de mi protagonista es porque precisa la dimensión de la aventura. Hay muy poco margen para la aventura porque la cristalización social sigue siendo muy fuerte; por eso mis personajes están destituidos de atributos y de identidades. Para bien o para mal…”

* Fragmento de una entrevista publicada hoy al escritor brasilero –que viene siendo traducido a nuestro idioma por Adriana HidalgoJoao Gilberto Noll, presente en nuestro país como invitado al FILBA.

(Acá, un reportaje en 2009, realizado por el escritor Oliverio Coelho.)

(Acá, para el/la que no le entre al portugués, una traducción al español…

* Una última nota: este cuento ha sido incluido también en la antología Terriblemente felices. Nueva narrativa brasileñaacá, el prólogo del libro-.)

* * *

A continuación, un cuento suyo, muy bueno –en lo que mi juicio valga-: “Alguma coisa urgentemente” (tomado de acá).

Alguma coisa urgentemente

 João Gilberto Noll

 

Os primeiros anos de vida suscitaram em mim o gosto da aventura. O meu pai dizia não saber bem o porquê da existência e vivia mudando de trabalho, de mulher e de cidade. A característica mais marcante do meu pai era a sua rotatividade. Dizia-se filósofo sem livros, com uma única fortuna: o pensamento. Eu, no começo, achava meu pai tão-só um homem amargurado por ter sido abandonado por minha mãe quando eu era de colo. Morávamos então no alto da Rua Ramiro Barcelos, em Porto Alegre, meu pai me levava a passear todas manhãs na Praça Júlio de Castilhos e me ensinava os nomes das árvores, eu não gostava de ficar só nos nomes, gostava de saber as características de cada vegetal, a região de origem. Ele me dizia que o mundo não era só aquelas plantas, era também as pessoas que passavam e as que ficavam e que cada um tem o seu drama. Eu lhe pedia colo. Ele me dava e assobiava uma canção medieval que afirmava ser a sua preferida. No colo dele eu balbuciava uns pensamentos perigosos:

— Quando é que você vai morrer?

— Não vou te deixar sozinho, filho!

Falava-me com o olhar visivelmente emocionado e contava que antes me ensinaria a ler e escrever. Ele fazia questão de esquecer que eu sabia de tudo o que se passava com ele. Pra que ler? — eu lhe perguntava. Pra descrever a forma desta árvore — respondia-me um pouco irritado com minha pergunta. Mas logo se apaziguava.

— Quando você aprender a ler vai possuir de alguma forma todas as coisas, inclusive você mesmo.

No final de 1969 meu pai foi preso no interior do Paraná. (Dizem que passava armas a um grupo não sei de que espécie.) Tinha na época uma casa de caça e pesca em Ponta Grossa e já não me levava a passear.

No dia em que ele foi preso, eu fui arrastado para fora da loja por uma vizinha de pele muito clara, que me disse que eu ficaria uns dias na casa dela, que o meu pai iria viajar. Não acreditei em nada mas me fiz de crédulo como convinha a uma criança. Pois o que aconteceria se eu lhe dissesse que tudo aquilo era mentira? Como lidar com uma criança que sabe?

Puseram-me num colégio interno no interior de São Paulo. O padre-diretor me olhou e afirmou que lá eu seria feliz.

— Eu não gosto daqui.

— Você vai se acostumar e até gostar.

Os colegas me ensinaram a jogar futebol, a me masturbar e a roubar a comida dos padres. Eu ficava de pau duro e mostrava aos colegas. Mostrava as maçãs e os doces do roubo. Contava do meu pai. Um deles me odiava. O meu pai foi assassinado, me dizia ele com ódio nos olhos. O meu pai era bandido, ele contava espumando o coração.

Eu me calava. Pois se referir ao meu pai presumia um conhecimento que eu não tinha. Uma carta chegou dele. Mas o padre-diretor não me deixou lê-la, chamou-me no seu gabinete e contou que o meu pai ia bem.

— Ele vai bem.

Eu agradeci como normalmente fazia em qualquer contato com o padre-diretor e saí dizendo no mais silencioso de mim:

— Ele vai bem.

O menino que me odiava aproximou-se e falou que o pai dele tinha levado dezessete tiros.

Nas aulas de religião o padre Amâncio nos ensinava a rezar o terço e a repetir jaculatórias.

— Salve Maria! — ele exclamava a cada início de aula.

— Salve Maria! — os meninos respondiam em uníssono.

Quando cresci meu pai veio me buscar e ele estava sem um braço. O padre-diretor me perguntou:

— Você quer ir?

Olhei para meu pai e disse que eu já sabia ler e escrever.

— Então você saberá de tudo um dia — ele falou.

O menino que me odiava ficou na porta do colégio quando da nossa partida. Ele estava com o seu uniforme bem lavado e passado.

Na estrada para São Paulo paramos num restaurante. Eu pedi um conhaque e meu pai não se espantou. Lia um jornal.

Em São Paulo fomos para um quarto de pensão onde não recebíamos visitas.

— Vamos para o Rio — ele me comunicou sentado na cama e com o braço que lhe restava sobre as pernas.

No Rio fomos para um apartamento na Avenida Atlântica. De amigos , ele comentou. Mas embora o apartamento fosse bem mobiliado, ele vivia vazio.

— Eu quero saber — eu disse para o meu pai.

— Pode ser perigoso — ele respondeu.

E desliguei a televisão como se pronto para ouvir. Ele disse não. Ainda é cedo. E eu já tinha perdido a capacidade de chorar.

Eu procurei esquecer. Meu pai me pôs num colégio em Copacabana e comecei a crescer como tantos adolescentes do Rio. Comia a empregada do Alfredinho, um amigo do colégio, e, na praia, precisava sentar às vezes rapidamente porque era comum ficar de pau duro à passagem de alguém. Fingia então que observava o mar, a performance de algum surfista.

Não gostava de constatar o quanto me atormentavam algumas coisas. Até meu pai desaparecer novamente. Fiquei sozinho no apartamento da Avenida Atlântica sem que ninguém tomasse conhecimento. E eu já tinha me acostumado com o mistério daquele apartamento. Já não queria saber a quem pertencia, porque vivia vazio. O segredo alimentava o meu silêncio. E eu precisava desse silêncio para continuar ali. Ah, me esqueci de dizer que meu pai tinha deixado algum dinheiro no cofre. Esse dinheiro foi o suficiente para sete meses. Gastava pouco e procurava não pensar no que aconteceria quando ele acabasse. Sabia que estava sozinho, com o único dinheiro acabando, mas era preciso preservar aquele ar folgado dos garotos da minha idade, falsificar a assinatura do meu pai sem remorsos a cada exigência do colégio.

Eu não dava bola para a limpeza do apartamento. Ele estava bem sujo. Mas eu ficava tão pouco em casa que não dava importância à sujeira, aos lençóis encardidos. Tinha bons amigos no colégio, duas ou três amigas que me deixavam a mão livre para passá-la onde eu bem entendesse.

Mas o dinheiro tinha acabado e eu estava caminhando pela Avenida Nossa Senhora de Copacabana tarde da noite, quando notei um grupo de garotões parados na esquina da Barão de Ipanema, encostados num carro e enrolando um baseado. Quando passei, eles me ofereceram. Um tapinha? Eu aceitei. Um deles me disse olha ali, não perde essa, cara! Olhei para onde ele tinha apontado e vi um Mercedes parado na esquina com um homem de uns trinta anos dentro. Vai lá, eles me empurraram. E eu fui.

— Quer entrar? — o homem me disse.

Eu manjei tudo e pensei que estava sem dinheiro.

— Trezentas pratas — falei.

Ele abriu a porta e disse entra, o carro subiu a Niemeyer, não havia ninguém no morro em que o homem parou. Uma fita tocava acho que uma música clássica e o homem me disse que era de São Paulo. Me ofereceu cigarro, chiclete e começou a tirar a minha roupa. Eu pedi antes o dinheiro. Ele me deu as três notas de cem abertas, novinhas. E eu nu e o homem começando a pegar em mim, me mordia de ficar marca, quase me tira um pedaço da boca. Eu tinha um bom físico e isso excitava ele, deixava o homem louco. A fita tinha terminado e só se ouvia um grilo.

— Vamos — disse o homem ligando o carro.

Eu tinha gozado e precisei me limpar com a sunga.

No dia seguinte meu pai voltou, apareceu na porta muito magro, sem dois dentes. Resolvi contar:

— Eu ontem me prostituí, fui com um homem em troca de trezentas pratas.

Meu pai me olhou sem surpresas e disse que eu procurasse fazer outra história da minha vida. Ele então sentou-se e foi incisivo:

— Eu vim para morrer. A minha morte vai ser um pouco badalada pelos jornais, a polícia me odeia, há anos me procura. Vão te descobrir mas não dê uma única declaração, diga que não sabe de nada. O que e verdade.

— E se me torturarem? — perguntei.

— Você é menor e eles estão precisando evitar escândalos.

Eu fui para a janela pensando que ia chorar, mas só consegui ficar olhando o mar e sentir que precisava fazer alguma coisa urgentemente. Virei a cabeça e vi que meu pai dormia. Aliás, não foi bem isso o que pensei, pensei que ele já estivesse morto e fui correndo segurar o seu único pulso.

O pulso ainda tinha vida. Eu preciso fazer alguma coisa urgentemente, a minha cabeça martelava. É que eu não tinha gostado de ir com aquele homem na noite anterior, meu pai ia morrer e eu não tinha um puto centavo. De onde sairia a minha sobrevivência? Então pensei em denunciar meu pai para a polícia para ser recebido pelos jornais e ganhar casa e comida em algum orfanato, ou na casa de alguma família. Mas não, isso eu não fiz porque gostava do meu pai e não estava interessado em morar em orfanato ou com alguma família, e eu tinha pena do meu pai deitado ali no sofá, dormindo de tão fraco. Mas precisava me comunicar com alguém, contar o que estava acontecendo. Mas quem?

Comecei a faltar às aulas e ficava andando pela praia, pensando o que fazer com meu pai que ficava em casa dormindo, feio e velho. E eu não tinha arranjado mais um puto centavo. Ainda bem que tinha um amigo vendedor daquelas carrocinhas da Geneal que me quebrava o galho com um cachorro-quente. Eu dizia bota bastante mostarda, esquenta bem esse pão, mete molho. Ele obedecia como se me quisesse bem. Mas eu não conseguia contar para ele o que estava acontecendo comigo. Eu apenas comentava com ele a bunda das mulheres ou alguma cicatriz numa barriga. É cesariana, ele ensinava. E eu fingia que nunca tinha ouvido falar em cesariana, e aguçava seu prazer de ensinar o que era cesariana. Um dia ele me perguntou:

— Você tem quantos irmãos?

Eu respondi sete.

— O teu pai manda brasa, hein?

Fiquei pensando no que responder, talvez fosse a ocasião de contar tudo pra ele, admitir que eu precisava de ajuda. Mas o que um vendedor da Geneal poderia fazer por mim senão contar para a polícia? Então me calei e fui embora.

Quando cheguei em casa entendi de vez que meu pai era um moribundo. Ele já não acordava, tinha certos espasmos, engrolava a língua e eu assistia. O apartamento nessa época tinha um cheiro ruim, de coisa estragada. Mas dessa vez eu não fiquei assistindo e procurei ajudar o velho. Levantei a cabeça dele, botei um travesseiro embaixo e tentei conversar com ele.

— O que você está sentindo? — perguntei.

— Já não sinto nada — ele respondeu com uma dificuldade que metia medo.

— Dói?

— Já não sinto dor nenhuma.

De vez em quando lhe trazia um cachorro-quente que meu amigo da Geneal me dava, mas meu pai repelia qualquer coisa e expulsava os pedaços de pão e salsicha para o canto da boca. Numa dessas ocasiões em que eu limpava os restos de pão e salsicha da sua boca com um pano de prato a campainha tocou. A campainha tocou. Fui abrir a porta com muito medo, com o pano de prato ainda na mão. Era o Alfredinho.

— A diretora quer saber por que você nunca mais apareceu no colégio — ele perguntou.

Falei pra ele entrar e disse que eu estava doente, com a garganta inflamada, mas que eu voltaria pro colégio no dia seguinte porque já estava quase bom. Alfredinho sentiu o cheiro ruim da casa, tenho certeza, mas fez questão de não demonstrar nada.

Quando ele sentou no sofá e que eu notei como o sofá estava puído e que Alfredinho sentava nele com certo cuidado, como se o sofá fosse despencar debaixo da bunda, mas ele disfarçava e fazia que não notava nada de anormal, nem a barata que descia a parede à direita, nem os ruídos do meu pai que às vezes se debatia e gemia no quarto ao lado. Eu sentei na poltrona e fiquei falando tudo que me vinha à cabeça para distraí-lo dos ruídos do meu pai, da barata na parede, do puído do sofá, da sujeira e do cheiro do apartamento, falei que nos dias da doença eu lia na cama o dia inteiro umas revistinhas de sacanagem, eram dinamarquesas as tais revistinhas, e sabe como é que eu consegui essas revistinhas?, roubei no escritório do meu pai, estavam escondidas na gaveta da mesa dele, não te mostro porque emprestei pra um amigo meu, um sacana que trabalha numa carrocinha da Geneal aqui na praia, ele mostrou pra um amigo dele que bateu uma punheta com a revistinha na mão, tem uma mulher com as pernas assim e a câmera pega a foto bem daqui, bem daqui cara, ó como os caras tiraram a foto da mulher, ela assim e a câmera pega bem desse ângulo aqui, não é de bater uma punheta mesmo?, a câmera pertinho assim e a mulher nua e com as pernas desse jeito, não tou mentindo não cara, você vai ver, um dia você vai ver, só que agora a revistinha não tá comigo, por isso que eu digo que ficar doente de vez em quando é uma boa, eu o dia inteiro deitado na cama lendo revistinha de sacanagem, sem ninguém pra me aporrinhar com aula e trabalho de grupo, só eu e as minhas revistinhas, você precisava ver, cara, você também ia curtir ficar doente nessa de revistinha de sacanagem, ninguém pra me encher o saco, ninguém cara, ninguém.

Aí eu parei de falar e o Alfredinho me olhava como se eu estivesse falando coisas que assustassem ele, ficou me olhando com uma cara de babaca, meio assim desconfiado, e nem sei bem o que passou pela cabeça dele quando meu pai lá no quarto me chamou, era a primeira vez que meu pai me chamava pelo nome, eu mesmo levei um susto de ouvir meu pai me chamar pelo meu nome, e me levantei meio apavorado porque não queria que ninguém soubesse do meu pai, do meu segredo, da minha vida, eu queria que o Alfredinho fosse embora e que não voltasse nunca mais, então eu me levantei e disse que tinha que fazer uns negócios, e ele foi caminhando de costas em direção à porta, como se estivesse com medo de mim, e eu dizendo que amanhã eu vou aparecer no colégio, pode dizer pra diretora que amanhã eu converso com ela, e o meu pai me chamou de novo com sua voz de agonizante, o meu pai me chamava pela primeira vez pelo meu nome, e eu disse tchau até amanhã, e o Alfredinho disse tchau até amanhã, e eu continuava com o pano de prato na mão e fechei a porta bem ligeiro porque não agüentava mais o Alfredinho ali na minha frente não dizendo nem uma palavra, e fui correndo pro quarto e vi que o meu pai estava com os olhos duros olhando pra mim, e eu fiquei parado na porta do quarto pensando que eu precisava fazer alguma coisa urgentemente.