Un fragmento del “novelista atonal” Alberto Laiseca (1941-2016)

[…] pasó diez años de su vida escribiendo la primera novela atonal del mundo. Cuando alguien hablaba de vanguardias, él le sellaba los labios leyéndole algún indigesto pasaje de su obra maestra. Apelaba a ella en sus momentos de duda espiritual. Era discontinuidad pura. Trabajaba en distintos sectores resonantes cuyas respectivas energías consignaba minuciosamente en el papel. Ya tenía escritas más de dos mil páginas. Algunas contenían exclusivamente elementos de joyas y jarrones de la dinastía Ming, porcelanas o todas las variedades del jade. Otras abarcaban ecuaciones diferenciales, o fragmentos de ellas o, en fórmulas clásicas, suprimía partes o insertaba trozos diversos, etc. Tocaba todos los períodos geológicos de la Tierra, los nombres de los minerales, plantas, flores, virus, bacterias, micro partículas, campos electromagnéticos, la teratología (el estudio de las monstruosidades), torturas chinas, pornografía (expresada discontinuamente, por supuesto, como todo lo demás), historia, guerra, batallas, arquitectura, escultura, pintura, la literatura misma (con fragmentos alterados de pasajes pertenecientes a distintos autores). Allí figuraban sus favoritos: Oscar Wilde, Ayn Rand, Shakespeare, el gordo Lezama Lima, Kafka, Bradbury, Hesse. Ni siquiera pudo escapar el pobre Joyce –él, menos que nadie–; (distorsionando la distorsión de los cocheros, se esforzó en ese instante por ser el Joyce de Joyce).

Había fragmentos de partituras de Ricardo Wagner: leit motiv con notas cambiadas hasta dar disonancias irreconocibles. O partía de disonancias hasta hacerlas wagnerianas en un sentido remoto. No era músico, ya se dijo; pero tenía nociones suficientes como para poder efectuar estas modificaciones.

El final de la novela atonal resultaba un poco tramposo. Se parecía a las organizaciones heterodoxas de Stravinsky. Para sorpresa del lector, los últimos párrafos eran tonales. Terminaba con un teorema continuo y completo del matemático Rienmann. El novelista sostenía que era un poema de los más bellos. […]

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Alberto Laiseca, Aventuras de un novelista atonal, Bs. As., Sudamericana, 1982, pp. 30-32.