#Documental: John Berger or The Art of Looking (2016), de Cordelia Dvorak

* Reciente documental, con subtítulos en castellano, del que diera noticia no hace mucho este blog.

mucho más en http://www.lalulula.tv


“Contadores de historias” (John Berger)

CONTADORES DE HISTORIAS

 

Escribiendo

acurrucados junto a la muerte

somos sus secretarios

 

leyendo a la luz de la vida

completamos su libro mayor

 

donde termina ella,

colegas míos,

empezamos nosotros, a ambos lados del cadáver,

 

y cuando la citamos

lo hacemos

sabiendo que la historia está a punto de acabar.

 

John Berger, Páginas de la herida, Madrid, Visor, 2003 [ed. original 1995], p. 58.


Recuerdan en Madrid a John Berger (y a Santiago Maldonado)

Nota en La Jornada hoy:

Un diverso grupo de artistas e intelectuales rinde homenaje al escritor fallecido en enero

Recuerdan en Madrid a John Berger, creador de resistencias

Con vocación incólume mostró las fronteras, las encrucijadas y las pieles del mundo, expresa el traductor Ramón Vera

Exaltaron su respeto por la amistad y su incansable lucha contra la injusticia, así como su compromiso con los condenados de la historia

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Iba tejiendo redes, y este tren se convierte en todos los vagones que vamos tejiendo entre unos y otros, o que había estado hilando John durante su vida, explicó Leticia Ruifernández, ilustradora de la nueva versión del libro Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, publicada por Nórdica
Foto Armando G. Tejeda
Armando G. Tejeda
Corresponsal
Periódico La Jornada
Domingo 17 de septiembre de 2017, p. 2

Madrid.

John Berger era un hombre bueno. También era sabiogenerosointeresado por el mundo y sus extrañezas, era alguien que sabía escuchar, que nunca miraba por encima del hombro y, ante todo, era un creador de resistencias, que no le dejó de sublevar la injusticia. Que siempre habló y se interesó por los que llamaba los condenados de la historia. Fue alguien, como dijo Ramón Vera durante el cálido homenaje en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, que con esa vocación incólume mostró las fronteras, las encrucijadas y las pieles del mundo.

Un nutrido y diverso grupo de creadores, intelectuales, traductores, ilustradores y músicos se congregó en torno a la figura de John Berger, quien de alguna forma entró en sus vidas en un momento dado y que desde entonces se quedó para siempre en sus experiencias vitales, en su memoria. Todos elogiaron su generosidad y su capacidad para escuchar y aprender también de todos ellos. Era un hombre generoso en ambos sentidos, que daba y sabía recibir, y que todo ello además lo hacía con la construcción de lo que definieron redes de solidaridad y resistencia, que le permitían mantener intacta su capacidad de indignación y de defender hasta el último día su formación marxista y su ideología de izquierda.

Un viaje en tren

En un escenario en el que había una gran pantalla que tenía con letras negras el nombre de John Berger, sobre un fondo gris y blanco, que se iba transformando en riscos montañosos o en paisajes que cambiaban en una especie de viaje en tren, se fueron escuchando los testimonios, agradecimientos, poemas, canciones, bailes o reflexiones que esos creadores querían dar a su amigo y maestro.

Sentados como si estuvieran dentro de un vagón de tren y con un revisor (el periodista Alfonso Armada) haciendo de maestro de ceremonias se fueron sucediendo las intervenciones. De los primeros en tomar la palabra fue su hijo Yves Berger, quien recordó el momento en el que ya muerto su padre –el 2 de enero de 2017– decidió dibujarlo. ¿Qué palabras se pueden añadir al recuerdo de esta experiencia? El dibujo es una actividad silenciosa. O, más bien, el lugar al que nos lleva está allende todo lenguaje verbal, donde el tiempo da la vuelta, como si se pusiera del lado de los muertos. Y añadió: No hay como el dibujo para recordar y mantener los rostros de quienes nos han dejado. Pues lo que aparece en el dibujo expresa lo que une a los muertos con quienes se quedan. Es algo que no se puede expresar con palabras. Algo invisible, que sólo existe dentro de nosotros.

En total participaron en el homenaje 18 personas de las profesiones más diversos. Estaba el escritor Manuel Rivas, la cineasta Isabel Coixet, los traductores Pilar Vázquez y Ramón Vera Herrera, la ilustradora Leticia Ruifernández, los bailarines Pep Ramis y María Muñoz, el cantante vasco Ruper Ordorika –quien le compuso una canción– y el fotoperiodista de guerra Gervasio Sánchez. Todos exaltaron el profundo respeto por la amistad de John Berger, así como su infatigable lucha contra la injusticia, por lo que siempre, a lo largo de su vida, se comprometió hasta la médula en los movimientos de los que llamaba los condenados de la historia, como los zapatistas en México, los palestinos en Oriente Medio o, en su día, con los Panteras Negras en Estados Unidos.

Desde México viajó ex profeso para el homenaje su traductor y amigo Ramón Vera Herrera, quien recordó que una de las veces que John Berger fue a México, país al que le tenía un cariño especial, y después de una lectura de la presentación de su libro, hizo lo que hacía siempre al final: dedicarse a firmar libros a sus lectores. La gente piensa que en ese ritual el actor pone su firma sobre un libro tras otro con fe industrial. Pero John no era así para nada, y lo que ocurrió fue muy bonito, porque había una fila de unas 30 o 40 personas que querían que les dedicara el libro, y a la primera que llegó le preguntó su nombre, qué hacía y así lo hizo con cada persona, los entrevistaba y los reconocía como alguien especial que había llegado a su vida por algo. Vera recordó que aquella ocasión John Berger se fue muy feliz de haber estado con tanta gente y durante tanto tiempo, porque él era un “poeta que mostró las fronteras, las encrucijadas y las pieles del mundo.

Iba tejiendo redes, y este tren se convierte en todos los vagones que vamos tejiendo entre unos y otros, o que había estado hilando John durante toda su vida, explicó Leticia Ruifernández, ilustradora de la nueva versión del libro Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, publicada este mes por la editorial Nórdica como parte del mismo homenaje.

El escritor gallego Manuel Rivas recordó que Berger era un hombre que siempre se interesó por escuchar todas esas voces desaparecidas y así escuchar el vacío. Por ejemplo, hoy aquí podemos escuchar el vacío de Santiago Maldonado, joven argentino que desapareció. Y recordó que decía que entre la esperanza y la desesperanza, un poco de esperanza.

Los bailarines Pep Ramís y María Múñoz, además de interpretar una pieza dedicada a su memoria, le escribieron una carta que resumió el sentido homenaje que le hicieron ayer sus amigos, sus cómplices intelectuales, sus lectores: Siempre fuiste un alma joven, un puente generacional entre el antes y el ahora. Hablabas de los muertos y de los vivos como comunidades que se necesitan y se complementan. Siempre los tuviste en cuenta. Ahora eres parte de esa orilla de la humanidad, John. Están en el otro lado. Quizás estés todavía en camino, no sabemos cuán lejos esta la otra ribera. Aquí, en este lado, nos dejas huérfanos de tu voz cálida y cercana que cortaba finamente la conciencia como un buen cuchillo que corta el pan.

Más información sobre el evento, en esta nota del diario español El País.


Habla Cordelia Dvorák, autora del documental sobre John Berger ‘The Art of Looking’ (2016)

Leemos la siguiente nota en el diario mexicano La Jornada, a propósito del estreno del documental en ese país. (La película se encuentra en YouTube, aunque -al menos por el momento- sin subtítulos en castellano…)

El humanista se definió como angry young man (joven enojado) que fue y siguió hasta el final de su vida por como estaba el mundo, explica Cordelia Dvorák, autora del filme The Art of Looking, en entrevista con La Jornada 

Armé su retrato desde el espejo de los otros con los que dialogó

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La casa de John Berger (1926-2017), ubicada en el pequeño pueblo de Quincy, en los Alpes franceses, donde el escritor, pintor y crítico de arte británico vivió más de cuatro décadas
Foto Cordelia Dvorák

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Detalle de los brazos de Berger, quien, en palabras de Cordelia Dvorák, fue gran ejemplo en sus convicciones políticas, en su alerta continua sobre las injusticias, en su compromiso con los marginados.
Foto Majade Filmproduction Berlin

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En la imagen, el colaborador de La Jornada en una escena del filme The Art of Looking en París, en 2016
Foto Majade Filmproduction Berlin

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John Berger y su inseparable motocicleta, con la cineasta Cordelia Dvorák, y en la siguiente imagen con su hija Katya en París, en 2016
Foto Majade Filmproduction Berlin

Ericka Montaño Garfias

Periódico La Jornada
Martes 7 de marzo de 2017, p. 4

Una mañana, sentada en su café preferido en Prenzlauerberg, Berlín, la directora de cine Cordelia Dvorák abrió el periódico para encontrarse con una fotografía de John Berger, de gran tamaño.

Ella pensó que era la noticia de la muerte del escritor, pintor y crítico de arte británico, pero no: era un artículo en el que se rendía homenaje a Berger por su cumpleaños 88.

Estaba tan aliviada y contenta que decidí en ese momento, y por una de esas intuiciones de las cuales salen a veces las mejores ideas, que quería hacer una película con él para su cumpleaños 90, explica Dvorák en entrevista con La Jornada.

Así nació la idea del documental John Berger or the art of looking, que el pasado noviembre se estrenó en la Volksbühne de Berlín y cuyo estreno en México se hará con tres funciones en Jalisco: en el pueblo de Ajijic, en el encuentro Docuarte, y en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara.

John Berger, humanista, intelectual y colaborador de La Jornada, falleció el pasado 2 de enero en París. Tuvo tiempo de ver concluido ese documental.

El primer contacto de Cordelia Dvorák con John Berger fue a través de sus textos. “Antes, sobre todo, de sus ensayos sobre arte, de su manera muy única y poco ortodoxa de observar, de acercarse a sus temas, a un cuadro, un artista, un fenómeno o pequeño evento cotidiano que le llama la atención y que desea compartir. Siempre me fascinó su manera de crear conexiones cruzadas completamente inesperadas; por ejemplo: encontrar de plano una especie de ‘eco’ entre la imagen de una Madonna y un dibujo de una rosa suyo… Hasta mucho más tarde empecé a descubrir su prosa, sus novelas y su poesía.

“Fue también siempre un gran ejemplo en sus convicciones políticas, en su alerta continua sobre las injusticias en el mundo, en su compromiso con los marginados, los desplazados, los desprivilegiados.”

–Sus lectores conocen mucho su obra, ¿qué les va a sorprender cuando vean el documental?

–Algo muy sintomático en la obra de John es su concepto de sí mismo: nunca se quería ver como novelista; siempre se definió –muy modestamente–– como un storyteller, alguien que recoge las historias que nos rodean por todos lados y las comparte con el mundo. Por eso tampoco nunca le había interesado su autobiografía o hablar mucho de su persona.

“En ese sentido nuestro documental tampoco es una biografía de John, porque a él le parecían muy aburridos esos artistas o escritores que siempre hablan de sí mismos. De ninguna manera deseaba algo así, hasta no quería ninguna entrevista o preguntas directas o personales, algo difícil como punto de partida para mí, que tenía el encargo con nuestros coproductores, como Arte y la BBC, de hacer un retrato sobre alguien importante que cumple 90 años y tiene toda una obra y vida muy plena.

“Al mismo tiempo yo estaba consciente de que John era alguien que siempre había sido muy curioso e interesado en diálogos con otros artistas, y parte de su obra son justamente colaboraciones muy interesantes y poco comunes con fotógrafos, directores de cine, dibujantes, gente de teatro y otros escritores. Entonces decidí armar el retrato sobre John justamente en el espejo de los demás, de algunos de sus más importantes colaboradores de las últimas décadas, o ‘cómplices’, como él los llamaría.”

En el documental aparecen el director de cine Mike Dib, el grafista e ilustrador turco Selçuk Demirel; el traductor y editor de John en Alemania, Hans Jürgen Balmes; su hijo Yves, “quien es pintor y nos cuenta las razones por las cuales John dejó Londres y su carrera como estrella de la BBC y explica por qué, después de haber recibido el Premio Booker, Berger se fue a vivir más de cuatro décadas a un pueblo chiquito en las altas montañas en Francia y con su hija Katya, crítica de cine, lo vemos jugando en el jardín de la casa de John en París, un juego de infancia, intercambiando asociaciones espontáneas sobre postales de arte. En cierto momento vemos a John subiendo a su moto tan querida para irse de compras, y poco después nos explica qué tienen que ver para él sus idas en moto con escribir y presencia.

“En medio de esas intervenciones vemos a John como hilo conductor en su papel preferido de storyteller,hablando con el espectador con extractos de sus textos, algunos todavía inéditos.

No he conocido a alguien que dominara la cámara como él, con esa voz tan íntima y seductora, grave y simpática a la vez y dirigiéndose a su público de la manera más directa, invitándolo a una complicidad realmente muy especial.

Dealer de miradas y apariencias

–Hablamos de un hombre que hizo del arte y la literatura su forma de manifestarse y de analizar y debatir sobre el mundo actual. ¿Qué es lo que le llamó más la atención como documentalista?

–Muchas veces, John dijo que su verdadera inteligencia era su inteligencia visual. En nuestra película nos comparte un sueño que tuvo donde se experimentó a sí mismo como una especie de “extraño dealer”, “un dealer de miradas y apariencias”.

“En el sueño logra entrar en las apariencias y así entenderlas, sin esfuerzo. Sin embargo, al despertar ya no se acuerda de cómo lo hizo. Es un momento muy conmovedor y, de una manera indirecta, también sumamente íntimo.

“Creo que nunca he encontrado a alguien que mira, que se fija y que observa como John. Mirar es el tema de su vida. Me recordó mucho a uno de sus álter egos, el filósofo Spinoza, con el cual entró también en diálogo en su libro Bento’s sketchbook, especie de encuentro ficticio con el pensador holandés. Lo que muchas personas no saben: Baruch de Spinoza, aparte de su existencia como filósofo, se ganaba la vida como constructor de microscopios y pulidor de lentes. De alguna manera John siempre me pareció un ‘pulidor de lentes’ del siglo XX.

La nota completa acá.


“Plomo sobre papel” (John Berger)

* Publicado en el diario mexicano La Jornada (13/3/2016)

Por John Berger

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Nunca antes en mi vida había visto dibujos como los que estoy mirando, y lo que los vuelve sin precedente –en todo caso para mí– es la experiencia de vida con la que están impregnados.

No describen ni ilustran esta experiencia: simplemente están plenos de ella.

Históricamente hablando, puede ser que esta experiencia tampoco tenga precedente. La historia, pese a lo que dicen los editorialistas, sí hace surgir nuevas formas del sufrimiento.

¿Cuál es esta experiencia de la que están llenos estos dibujos? Es una forma de la entereza, una entereza que es habitual, común e interminable. Una entereza áspera. Una que está presente en cada uno de los cuerpos que circulan, como en el torrente sanguíneo de esos cuerpos.

Las manos y las figuras de los cuerpos le toman el pulso a la entereza del alma. Los rostros de los cuerpos no intercambian posibilidades, porque con sus ojos cerrados todos enfrentan el mismo muro. Las bocas de los rostros simplemente no se abren porque no hay más palabras que pronunciar.

Su silencio me hace pensar en las bocas inmóviles de las estatuas. Pero las figuras no son estatuas; tienen una vida que espera y a la vez se volvieron viejas. Son juveniles y seniles.

¿Dónde se encuentran? ¿En el espacio de una sala de espera en la oficina de una corte judicial o de un juez que ha desaparecido, o en ninguna parte?

Sus ropajes son mortajas; sus labios están tan tibios como los nuestros. Están en la nada.

La serie a la que pertenecen estos dibujos se titula Plomo sobre papel. Plomo, como el plomo de un lápiz. Y plomo como el nombre de uno de los metales más pesados.

Estos dibujos fueron realizados recientemente por la artista siria Randa Maddah. Ella nació en 1983 en un poblado druso conocido como Majdal Shams, justo en la línea de cese al fuego que corre por las Alturas del Golán, que alguna vez fue parte de Siria y que ahora está ocupada ilegalmente por Israel desde 1967. Hoy las fuerzas israelíes controlan esa área. A pesar de esto, Randa Maddah vive y trabaja ahí.

El robo metódico e implacable del territorio del pueblo palestino, sustraído de debajo de sus pies, ha ocurrido durante 80 años, y el desagravio de esta injusticia criminal es más remoto de lo que nunca antes ha sido.

La tierra natal palestina está en un No Lugar. Estos dibujos son un mapa de ese No Lugar.

Febrero de 2016

Traducción: Ramón Vera Herrera


Videos: Modos de ver (John Berger), BBC, 4 episodios

* A modo de homenaje al gran John Berger, que está cumpliendo 89 años.

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 1 Psychological Aspects

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 2 Women in Art

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio Collectors and Collecting

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 4 Commercial Art

 


“Un regalo para Rosa” (John Berger)

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Rosa Luxemburgo, ilustración de John Berger

 

Homenaje del escritor a la espartaquista

¡Rosa!, te conozco desde que era niño. Y ahora soy dos veces más grande que lo que eras tú en enero de 1919, cuando te apalearon a muerte, pocos meses después de que tú y Karl Liebknecht fundaran lo que habría de ser el Partido Comunista de Alemania.

Con frecuencia surges de alguna página que leo –y algunas veces surges de la página que intento escribir–, me saludas con la cabeza y una sonrisa, y nos reunimos. No hay página, ni celda alguna de las prisiones donde en repetidas ocasiones te pusieron, que pueda contenerte.

Quiero enviarte algo. Antes de que me fuera obsequiado, este objeto estaba en el pueblo de Zamosc, al sureste de Polonia. Es el pueblo donde tú naciste, y donde tu padre fue comerciante maderero. Pero el vínculo contigo no es tan simple.

El objeto perteneció a una amiga polaca llamada Janine. Ella vivía sola, no en la elegante plaza central donde tú habitaste durante los dos primeros años de tu vida, sino en una casita común en las afueras del poblado.

La casa de Janine y su diminuto jardín estaban llenos de plantas en macetas. Había macetas incluso en el piso de su dormitorio. Y cuando tenía visitas, no había nada que le gustara más que señalar, con sus dedos de vieja trabajadora, la particularidad de cada una de sus plantas. Ellas le hacían compañía. Janine hacía chistes, y contaba chismes, con ellas.

Aunque no hablo polaco, el país europeo donde me siento más como en casa es Polonia. Comparto con los polacos algo de su orden de prioridades. A la mayoría de ellos no les intriga el poder, porque han sobrevivido a toda la mierda del poder que se pueda concebir. Son expertos en darle la vuelta a los obstáculos. No paran de inventar tácticas para irla llevando. Respetan los secretos. Tienen recuerdos duraderos. Hacen sopa de acedera con acedera silvestre (Rumex acetosa. Conocida como agrella, vinagreira o romaza). Quieren ser alegres.

Tú dices algo semejante en una de tus enojadas cartas desde la prisión. Le respondías a la doliente carta que te enviaba alguna amistad, y la autocompasión siempre te hizo enojar.Ser un ser humano, decías, es la cuestión principal, por encima de todo. Y eso significa ser firmes y claros y alegres; sí, alegres, pese a todo y cualquier cosa, porque chillar es el negocio de los débiles. Ser seres humanos significa que, si es necesario, con alegría avientes tu vida entera a la gigante balanza del destino, y al mismo tiempo te regocijes en la brillantez de cada día y en la belleza de cada nube.

En años recientes, en Polonia se ha desarrollado un oficio nuevo. Todo aquel que lo practica es conocido como stacz, que significa ocupar el sitio. Uno paga a algún hombre o mujer para que haga alguna larga fila y le retoma su sitio cuando ya está casi hasta adelante. Son colas para la comida, para los utensilios de cocina, para algún tipo de licencia, para algún sello gubernamental en un documento, para conseguir azúcar o botas de hule.

Inventan muchas tácticas para irla llevando.

A principios de la década de 1970, mi amiga Janine decidió tomar un tren a Moscú, como varios de sus vecinos lo habían hecho. No fue una decisión fácil. Apenas uno o dos años antes, en 1970, había ocurrido la masacre de Dansk y otros puertos marinos: cientos de los trabajadores de los astilleros se habían ido a huelga y la policía y los soldados polacos los acribillaron a tiros por órdenes de Moscú.

Y tú lo anticipaste, Rosa. En tu comentario sobre la Revolución Rusa de 1918 tú anticipaste los peligros implícitos en el modo bolchevique de responder a todo razonamiento. “Una libertad sólo para los miembros del gobierno, sólo para los miembros del partido –aunque éstos sean bastante numerosos– no es, para nada, libertad. La libertad es siempre la libertad de aquéllos que piensan diferente. De esta característica esencial de la libertad política depende todo lo que es aleccionador, pleno y purificante, y no de algún fanático concepto de la justicia. Si la ‘libertad’ se vuelve un privilegio especial, sus efectos se desvanecen”.

Janine tomó el tren a Moscú para comprar oro. El oro valía allá una tercera parte de su costo en Polonia. Al dejar atrás la estación Bielorusski, eventualmente encontró los callejones donde los joyeros autorizados tenían anillos para vender. Siempre había una larga fila de otras mujeresextranjeras que esperaban comprar. En razón de la ley y el orden cada una de estas mujeres llevaba un número con gis en la palma de la mano, que indicaba su lugar en la cola. Un policía era quien dibujaba los números. Cuando por fin Janine llegó hasta el mostrador preparó sus rublos y compró tres anillos de oro.

De camino a la estación, le atrapó la mirada el objeto que quiero enviarte, Rosa. Le costó apenas 50 kopek. Lo compró en el vuelo del momento, porque le hizo ilusión. Éste podría conversar con sus plantas metidas en macetas.

Tuvo que esperar mucho tiempo en la estación para tomar el tren de regreso. Como lo supiste en tu época, estas estaciones rusas se volvieron campamentos para los pasajeros que esperaban largo tiempo. Janine se puso uno de sus anillos en el cuarto dedo de la mano izquierda, y los otros dos se los escondió en sus partes íntimas. Cuando el tren arribó y ella se trepó, un soldado le ofreció un asiento en un rincón. Suspiró con alivio –podría dormir un poco. No tuvo problemas en la frontera.

En Zamosc vendió los anillos por el doble de la suma que pagó por ellos, y aun así eran considerablemente más baratos que cualquiera que se pudiera comprar en una tienda polaca. Después de deducir el boleto del tren, Janine había logrado una ganancia inesperada.

El objeto que quiero enviarte, lo colocó en el quicio de la ventana de su cocina.

Este objeto tiene algo de enciclopédico. Diderot explicó así, en 1750, la enciclopedia que justo acababa de ayudar a concretar: El objetivo de una enciclopedia es ensamblar todo el conocimiento esparcido por la superficie de la Tierra, con el fin de demostrar el sistema general a la gente que vendrá después de nosotros, de tal modo que los esfuerzos de los siglos pasados no sean inútiles para los siglos venideros, para que nuestros descendientes se vuelvan más letrados, puedan ser más virtuosos y más felices…

Es una caja de cartón delgado, del tamaño de una cuartilla antigua [de las conocidas como quartos. Su medida es de 23×30 centímetros]. Impreso en su tapa está un grabado a color del pájaro conocido en Europa central como papamoscas collarino, y debajo hay dos palabras en cirílico ruso: pájaros cantores.

Abre la tapa. Adentro hay tres hileras de cajas de cerillos, seis cajas por hilera. Y cada caja tiene un etiqueta con el grabado en colores de un pájaro cantor diferente. Dieciocho cantores diferentes. Y debajo de cada grabado, en letra muy pequeña, está el nombre del pajarito en ruso. Tú que escribiste furiosamente en ruso, polaco y alemán habrías podido leerlos. Yo no puedo. Tengo que adivinar a partir de mi vaga memoria de cuando he observado pájaros alguna vez.

Es extraña la satisfacción de identificar un pájaro vivo mientras vuela o desaparece tras unos setos, ¿no crees? Implica una momentánea y peculiar intimidad, como si en ese momento de reconocimiento uno se dirigiera al pájaro –pese al estruendo o las confusiones de otros incontables eventos– por su particular apodo: ¡aguzanieves!, ¡aguzanieves!

De los 18 pájaros en las etiquetas, reconozco tal vez cinco.

Las cajas están llenas de cerillos con cabeza verde. Sesenta en cada caja. Lo mismo que los segundos en un minuto y los minutos en una hora. Cada uno es una flama potencial.

La moderna clase proletaria, escribiste, no desarrolla su lucha de acuerdo con el plan establecido en algún libro o teoría: la actual lucha de los trabajadores es parte de la historia, es parte del progreso social. Y en el centro de la historia, en el centro del progreso, en medio de la lucha, es que aprendemos cómo debemos luchar.

En el interior de la tapa de la caja de cartón hay una breve nota explicativa (era la URSS de la década de los 70) dirigida a los coleccionistas de cajas de cerillos (los filumenistas, como se les conoce).

La nota brinda la siguiente información: en términos evolucionarios los pájaros preceden a los animales. En el mundo actual existe un estimado de 5 mil especies de pájaros. En la Unión Soviética hay 400 especies de pájaros cantores. Por lo general son los pájaros machos los que cantan. Los pájaros cantores han desarrollado cuerdas vocales en el fondo de sus gargantas, por lo común anidan en los arbustos, en los árboles o en el suelo, y son de gran ayuda para la agricultura cerealera porque comen y, por ende, eliminan hordas de insectos. Recientemente se han identificado tres nuevas especies de gorriones cantores en áreas remotas de la Unión Soviética.

Janine guardaba su caja en el quicio de la ventana de la cocina. Le daba placer, y en el invierno le recordaba del canto de los pájaros.

Cuando te encarcelaron por oponerte con vehemencia a la Primera Guerra Mundial, escuchabas a un carbonero, un herrerillo azul que siempre se quedaba cerca de tu ventana. “Venía con los otros a ser alimentado, y diligente cantaba su graciosa cancioncita: tsii-tsii-bey. Sonaba como la broma traviesa de un niño y siempre me hacía reír y yo le contestaba con el mismo llamado. Luego el pájaro se desvaneció con los demás, a principios de este mes, sin duda para hacer nido en otra parte. No vi ni escuché nada por semanas. Pero ayer sus bien conocidas notas vinieron de repente del otro lado del muro que separa nuestro patio de otra sección de la prisión; había alterado su canto considerablemente porque ahora cantaba tres veces seguidas en rápida sucesión: tsii-tsii-bey, tsii-tsii-bey, tsii-tsii-bey y luego se quedaba callado. Y eso se me metió al corazón, porque era tanto lo que me transmitía en este apresurado canto desde la distancia –toda la historia de la vida de los pájaros”.

Tras varias semanas Janine decidió poner la caja en la alacena debajo de la escalera. Pensó que esta alacena sería una suerte de refugio, lo más cercano a una bodega, y en ella guardó lo que ella llamaba su reserva. La reserva consistía en una lata de sal, una lata de azúcar para cocinar, una lata más grande de harina, un paquete de kasha (sémola o gachas de trigo sarraceno, cebada, centeno o trigo) y cerillos. La mayoría de las amas de casa polacas mantenían un guardado como medio de supervivencia mínima para el día en que, repentinamente, las tiendas ya no tuvieran nada en sus estantes, debido a alguna crisis nacional.

Una crisis así llegó en 1980. De nuevo comenzó en Dansk, donde los trabajadores se fueron a la huelga en protesta contra el alza en el precio de los alimentos, y su acción hizo nacer el movimiento nacional conocido como Solidarnosc [Solidaridad] que derrocó al gobierno.

La moderna clase proletaria, escribiste, no desarrolla su lucha de acuerdo con el plan establecido en algún libro o teoría: la actual lucha de los trabajadores es parte de la historia, es parte del progreso social. Y en el centro de la historia, en el centro del progreso, en medio de la lucha, es que aprendemos cómo debemos luchar.

Cuando Janine murió en 2010, su hijo Witek encontró la caja en la alacena debajo de las escaleras y la trajo a París, donde ha estado trabajando como plomero y albañil. Un día me la trajo y me la dio. Somos viejos amigos. Nuestra amistad comenzó jugando cartas juntos, de tarde en tarde. Jugábamos un juego ruso y polaco conocido como Imbecile. En él gana el jugador que pierda primero todas sus cartas. Witek adivinó que la caja me dejaría pensando.

Uno de los pájaros de la segunda fila de cajas de cerillos lo reconocí como un pardillo, por su pico rosado y sus dos estrías blancas en la cola. ¡Tsuuiit. Tsuuiit! A veces varios de ellos lo cantan a coro desde las copas de los arbustos.

“El que más ha logrado restaurarme a la razón es un amiguito cuya imagen les mando en un sobre. Este camarada que sostiene su pico, con gallardía, con su frente en alto y ojos de saberlo todo es llamado Hippolais hippolais, que en lenguaje cotidiano es el zarcero común”.

Estás presa en Poznan en 1917 y continúas tu carta diciendo: “este pájaro es un bicho raro. No canta una sola canción o una sola melodía como los otros pájaros, sino que es un orador público por la gracia de Dios, y se echa para adelante para hacer sus discursos en el jardín y lo hace con voz muy fuerte y plena de emoción dramática, brincándose las transiciones, buscando pasajes hasta llegar al arrebato. Parece plantearnos cuestiones imposibles, y luego se apresura y se responde solo, con sinsentidos, haciendo las aseveraciones más audaces, refutando acalorado opiniones que nadie ha expresado, para salir volando por entre esas puertas abiertas de par en par y de repente exclama triunfal: ‘¿no te dije, no te dije?’ Y de inmediato le advierte a todos, lo quieran escuchar o no: ‘¡te lo dije, te lo dije!’ (Tiene el sagaz hábito de repetir cada uno de sus agudas observaciones dos veces.)”

La caja del zarcero, Rosa, está llena de cerillos.

Las masas, decías en 1900, en realidad son su propio líder, creando dialécticamente sus propios procedimientos de desarrollo.

Cómo te puedo enviar esta colección de cerillos a ti. Si los matones que te asesinaron tiraron tu cuerpo mutilado a un canal en Berlín. Lo encontraron en el agua estancada tres meses después. Algunos dudaron de que fuera tu cadáver.

Puedo enviártela escribiendo estas páginas en estos oscuros tiempos.

Yo fui, yo soy, yo seré, dijiste. Vives en tu ejemplo para nosotros, Rosa. Y aquí está, te la estoy enviando a tu ejemplo.

 

Traducción: Ramón Vera Herrera

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/03/07/politica/002a1pol