La literatura y la Revolución Alemana de 1918: Alfred Döblin (III)

Brose-Zenk descagó su ira con el pacífico Motz:

–¡Ja! ¿Qué me dices ahora de esta historia? ¿Van a prender fuego a Berlín mañana, o sólo hacen como si fueran a hacerlo?

–No van a prender fuego a Berlín –canturreó el otro, que fue a encenderse un cigarrillo, lo que Brose le impidió:

–No fumes ahora, está en juego nuestra existencia. Respóndeme.

–Ya he oído muchas veces a Liebknecht. Siempre habla así. No sé más.

–¿Y?

–¿Qué?

–¿Y si prende fuego a todo? ¿Entonces qué? ¡Has visto la furia que tiene ese hombre! ¡Y desfilan durante horas! Y le escuchan a él, el pirómano, el Nerón. Y quieren que estemos tranquilos.

Motz pareció no inmutarse. Brose le dio un codazo:

–¿Por quién apuestas tú, por Liebknecht o por quién?

–¿Por quién apuesto? No lo sé. Puedes apostar por Liebknecht. ¿Por qué tienes que apostar?

–Eso es problema mío.

–Puedes apostar por Liebknecht.

–¿A que prenderá fuego a Berlín?

–No, a que no hará nada. No hará nada, Brose, créeme. No prenderá fuego a nada. No hará ningún daño.

–Pero habla.

–Eso es cierto, habla. Un montón. Los otros también. No hay que hacerles caso. Cuando tienen sus banderas y bandas de música y pueden imprimir lo que quieren, se sienten bien. Y ¿por qué no se les va a conceder eso después de una guerra tan larga? De comer no se les da nada. Al menos así pueden quejarse.

Brose escucha en tensión:

–¿Eso es lo que crees?

–Banderas y bandas, sí. Por lo demás –susurraba, rodaban suavemente sobre el asfalto, el cochero podía oír–, si su hermoso emperador hubiera ganado la guerra, estarían entusiasmados, y en lugar de La Internacional oirías por Berlín, de la mañana a la noche, ‘Salve, corona de laurel y patatas con piel’, y esos mismos saldrían a la calle con banderas y tambores y desfilarían. La única diferencia es que los discursos los habrían pronunciado otros.

–Más agradables, creo.

–Yo tampoco los habría escuchado. ¡Brose, cómo te excitas con esta gente! Si Guillermo hubiera vencido, hubieran engordado con él. Ahora sienten alegría por el mal ajeno, le niegan el pan y la sal y maldicen porque todo ha quedado en nada. ¿Para qué todo esto? Ellos no lo saben. Por eso salen a pasear y piensan: se va a enterar todo el mundo de lo que vale un peine. Y desfilan hasta fundir la nieve, y Barth y Molkenbur y Liebknecht tienen que hablar.

Brose contempló pensativo a su amigo.

–Y luego qué.

–Todo volverá a calmarse.

–Eres muy optimista.

–Al contrario, soy un avezado pesimista –dijo Modz, y encendió de todos modos un cigarrillo–, perdona, pero pasadas las dos mi estómago ya no aguanta. Pesimista, porque, ¿en qué va a terminar todo este pasear y hablar? Hoy es miércoles 20. El 9 empezaron su revolución, y tú y yo seguimos tan libres como el 1 de noviembre o el 1 de octubre. Esto no es una revolución. Si yo fuera revolucionario, metería en el trullo a gente como tú y como yo el primer día.

Brose, indignado:

–¿Por qué a mí?

Motz respondió, alzando la voz:

–¿Por qué a mí? ¿Por qué a ti? ¿Por qué? A mí porque he sido un inútil, un parásito, durante toda la guerra, y porque la terrible miseria que veo todos los días, pero rehúyo, no me mueve a hacer nada. Porque acepto con fatalismo el desplome del imperio. Brose, tú sabes que digo la verdad. Así es como soy. Ahora voy contigo en coche de punto. Luego comeré contigo. Ayer también estaba satisfecho, a ratos feliz. Todo esto no  puede ser. Tendrían que detenerme por parásito. Y a ti…

–Sí, ¿por qué a mí? Además, esos obreros que se pasan todo el día desfilando, haciendo huelga o yendo a entierros, ¿no es eso también no hacer nada?

Motz:

–Yo también los metería en la cárcel a ellos. Pero a ratos trabajan. Sin embargo, a ti habría que arrestarte, en primer lugar, porque me dejas hacer el vago, lo que es un crimen contra mí, debería educarme para hacer de mí un miembro consciente de la sociedad humana. Y en segundo lugar –movió lentamente la mano abierta de un lado a otro, con gesto equívoco–, porque –susurró al oído de Brose– eres un traficante.

Brose sonrió:

–Dios lo permita.

Motz:

–Amén.

 

BURGUESES-Y-SOLDADOSAlfred Döblin, Noviembre de 1918. Una revolución alemana (Obra en tres partes. I: Burgueses y soldados), Barcelona, Edhasa, 2011 (ed. original 1939), pp. 358, 359 y 360.


La literatura y la Revolución Alemana de 1918: Alfred Döblin (II)

“–No he tocado nada, pensado nada, sabido nada. Madre, vivimos en un abismo. Cómo podía ser aniquilado y desaparecer, madre, como un grano de polvo al que se sopla, lo que nos ha enviado a millones de nosotros a la guerra y ha sacrificado y matado jóvenes y viejos: eso desaparece como un fantasma con el canto de un gallo, el imperio, el imperio alemán, el marco de nuestra existencia. No he leído periódicos, pero sé lo bastante. El emperador de Holanda, el príncipe heredero, todos los príncipes se han ido, y una chusma de gente que nadie conoce ocupa su lugar… y nosotros, ¿cómo debemos pensar? Qué desenmascaramiento, madre.

–Es la derrota, Friedrich.

–Y ni siquiera el hecho de que millones estén ahí abajo, los muertos, y que haya millones de mutilados, los ha mantenido unidos. Qué vergüenza, y eran nuestro sustento, el marco de nuestra existencia.

–Friedrich, ¿qué habrían debido hacer tras la derrota?

Cruzó los brazos y no dijo nada durante largo tiempo. Luego tocó la mano de su madre:

–¿De qué derrota hablas?

–De ahora, de 1918.

–La derrota está mucho más atrás. Aún no he encontrado sus raíces. Se puede ser vencido, pero no se sucumbe, y no así. Esto es desenmascarador. No podían morir, temían a la muerte como burgueses. No tenían la debida relación con la vida y la muerte… –miró a su madre, que lo miraba expectante, y añadió–: No eran auténticos” (p. 337).

 

***

“[…] hoy era un gran día, el entierro de las víctimas de la revolución, y quería tomar parte en él como tranquilo espectador. Porque el señor Brose-Zenk especulaba, y quería hacerse una idea de qué cabía esperar de esta revolución.

Siempre había estado al lado de los burgueses, claro, dónde si no había dinero. No había logrado convertirse en un auténtico beneficiario de la guerra. No se había acercado a la gran industria y a los verdaderos suministros al ejército. Por eso se había dedicado a pequeños negocios de alimentación y al juego, por el que, además, sentía inclinación. Pero ahora venteaba el aire de la mañana. También su momento había llegado. Los grandes caen, y los pequeños ascienden. Hay justicia en el mundo. Con tales pensamientos se vistió, o se desvistió. El arrugado traje era inutilizable por el momento. Contempló en el armario un traje oscuro con algunas rayas blancas, que podía emplear eventualmente, y le pareció adecuado. Mientras se lavaba, observó su rostro, cansado, sin duda, pero, con la mojada barba, benevolente, inspirador de confianza, incluso divertido, ¿o es que no tengo imaginación? Se volvió, aún con las mejillas enjabonadas, hacia la mesa, donde yacía una revista ilustrada que tenía en el reverso, en medallones, fotos de varios miembros del gobierno, comisionados del pueblo, etcétera. Al fin y al cabo, tengo tan buen aspecto como ellos, pensó; consejeros todos, consejeros de soldados, consejeros de obreros. Mi madre me aconsejó que me hiciera consejero de comercios; ellos aún no tienen consejeros de comercio, podrían necesitar alguno” (pp. 342-343).

 

***

“La densa caravana llevaba media hora avanzando –dobló, al otro lado del puente, hacia la Königgrätzer Strasse, para alcanzar la puerta de Branderburgo–, cuando se acercaron timbales y tambores, música fúnebre; las cabezas se descubrían calle abajo, los coches de cuatro caballos con ataúdes se acercaban. Los dos primeros coches llevaban tres ataúdes cada uno, dos el último. En el ataúd blanco yacía la trabajadora. Detrás, caminaban marineros, con el fusil colgado a la funerala. La muerte y los vengadores. Ése era el punto culminante de la caravana. Por donde pasaba, esparcía horror, espanto entre la gente; por eso estaban allí, no se trataba de un simple desfilar y mirar. Fíjate, esto ocurre, también te puede pasar a ti. Y la amenaza, los marineros detrás de los armones. El hechizo no se rompió cuando la inquietante escolta hubo pasado; pasó largo rato hasta que la masa, conmovida, volvió en sí y recobró el habla. Marchaban los obreros de Berlín, los miembros de las agrupaciones electorales, hombres y mujeres, grupos juveniles, tropas de la guarnición de Berlín (pero las del frente aún no habían llegado).

Las bandas de música se sucedían. Una y otra vez, La Internacional y La Marsellesa” (pp. 349-350).

 

***

“[…] cuando ese Liebknecht empezó a hablar, enseguida fue distinto que con los anteriores. Los abanderados alzaron sus banderas con orgullo y asentimiento, saludaron a su líder; el rumor malhumorado de las masas de fuera amainó, se oyeron gritos:

–¡Silencio! Es Liebknecht.

El grito de ‘silencio’ se extendió; hasta en la plaza del palacio supieron que ahora empezaba Liebknecht; ahora hablaría sin altavoz alguno por encima de grandes filas de calles, sobre medio Berlín.

El tribuno de la plebe era delgado, tenía un rostro pálido e inquieto; sus ojos, marcados por la falta de sueño, se volvían sin fijarse a derecha e izquierda; el oscuro bigote colgaba descuidado sobre la boca. De vez en cuando, aquel hombre aún joven apretaba los dientes con una especie de permanente furia e indignación que le impedía seguir el hilo de sus pensamientos. Parecía ser el único en el cementerio que no se daba cuenta de cómo se bebían sus palabras las gigantescas masas humanas. Hablaba alto, con fuerza, a impulsos irregulares, estaba ronco y a veces tropezaba en sus propias palabras.

Su arranque fue tonante como un cántico de venganza y victoria:

–Los Hohenzollern habían esperado desfilar triunfales bajo la puerta de Brandeburgo al final de la guerra. En su lugar, es el proletariado el que lo ha hecho. Los Hohenzollern han huido, todos los tronos de Alemania han caído. Ninguno de estos señores ni sus cobardes adeptos se dejan ver. Se han metido en sus ratoneras. Los señores generales, los terratenientes, no se atreven a presentarse ante nosotros y rendir cuentas, y con razón; esos explotadores, esas sanguijuelas, esos zánganos, huyen del pobre pueblo trabajador, del que han vivido y que ahora se los ha sacudido y pisoteado. El tiempo del genocidio ha pasado, a los criminales del trono se les ha puesto coto al fin; cubiertos de insultos y de vergüenza, malditos y odiados por todo el mundo, proscritos, han escapado miserablemente, detrás de gafas negras, chupasangres incesantes. El odio, la maldición del pueblo hambriento, asesinado, amordazado, les perseguirá hasta el extranjero.

El tribuno de la plebe llevaba una levita negra que le colgaba arrugada y suelta. Su nerviosa cabeza, cuyos oscuros cabellos ondeaban sobre su frente y orejas, se volvió durante las últimas frases hacia arriba, hacia el cielo gris; a él había clamado. Ahora, aquel hombre apretaba y rechinaba los dientes y se entregaba a su ira. Un odio solitario e indomable había explotado: una pica de ese odio. ¿Por qué le escuchaban con tal tensión? Porque no era ningún orador, porque, aunque hablaba, no se dirigía a ellos, porque tan sólo daba expresión ante ellos a su dolor; pero era un sentimiento auténtico, un torrente de dolor, y mientras el torrente se despeñaba lo arrastraba consigo, y quién no llevaba en su interior amargura, ira y odio después de aquella guerra. Ah, el tiempo de la impotencia había pasado. Iban a volver a ser elevados a la altura de seres humanos” (pp. 352-353).

 

A.DOBLINAlfred Döblin, Noviembre de 1918. Una revolución alemana (Obra en tres partes. I: Burgueses y soldados), Barcelona, Edhasa, 2011 (ed. original 1939).


La literatura y la Revolución Alemana de 1918: Alfred Döblin (I)

Bottrowski a Heiberg (dos soldados):

“–El sábado, a las nueve, todos estábamos en la calle. El sargento Rebholz, un tipo fantástico, se encargó de todo. Telefoneó a todos los regimientos diciendo que formaran consejos de soldados, todo fue sobre ruedas. Tan sólo el quince y el diecinueve de zapadores pusieran pegas. Luego, a las diez, fuimos al ayuntamiento, con Peirotes, que aquí es el nuevo alcalde… socialista. Va a formar un consejo de obreros. Y todo el mundo en procesión, con la bandera roja delante, él en coche, hacia la plaza Keber.

–Y luego la policía: la desmantelamos. Y pusimos patrullas en las cárceles –Bottrowski posó ambas manos sobre la mesa, un hombre robusto y de mejillas llenas; su embriaguez se había esfumado, serio, sin odio, orientaba a su antiguo superior–: Estuve con mi chopo en tres sitios. Los carceleros dijeron que había delincuentes comunes entre ellos, ladrones, violentos. Y yo dije: ahora hay amnistía. Cualquier rey tiene derecho a liberar gente por su cumpleaños. Nosotros tenemos el mismo derecho. Y ellos tuvieron que cerrar el pico. No quedó dentro ni una rata. A los de la policía, les quitamos todos los documentos secretos. Algunos que están aquí van a pasar mucho tiempo entre rejas” (pp. 46-47).

*   *   *

“[…] el alto farmacéutico ya está arriba [de una tribuna]: ‘El pueblo alsaciano, la gran hora, añicos, saludamos, como demócratas decimos y prometemos solemnemente ante el mundo entero que reine la paz. ¡Paz!’. Júbilo inmenso. ‘¡Que nadie atente contra nosotros! El pueblo alsaciano necesita su libertad como cualquier otro pueblo. Os tendemos una mano fraterna’” (p. 61).

*   *   *

“Rezaré, se dijo [un cura], al dejar caer los brazos y mirar fijamente ante sí; tengo que rezar. Y se dirigió, sordamente, como hacia una tarea, al escritorio, donde cogió el crucifijo de plata y lo puso en un extremo de la mesa. Y acercándose más se arrodilló, las trompetas tocaban, más alejadas: ‘Oh, Alemania, resiste la tempestad’. Y susurró, de rodillas ante su escritorio, agarrando el crucifijo con ambas manos, con la cabeza apoyada en el canto de la mesa:

–Gran Dios, tengo mucho que rogarte. Soy un anciano. Tienes una infinidad de cosas que perdonarme. Y si yo no supiera quién eres, si tan sólo te imaginara humano, ya no me atrevería a dirigirme a ti. Pero tu bondad es inconmensurable, tu clemencia, infinita. Tú eres el misericordioso del cielo, que nos ha creado y cuyo nombre llevo a diario en mis labios y del que no sé nada, nada de su existencia, de su poder y de su amor. Tienes que prestarme menos atención que a una de las cien personas a las que tutelo, porque ellas son pequeñas e ignorantes, pero yo te conozco y aun así te pierdo. Oh, ahora estoy abatido, señor. Ahora vengo hasta ti de rodillas. Con tu hijo, cuya imagen sostengo en mis manos. ¡Te imploro, Señor, gran juez omnipotente, sálvanos! Hazme una señal, para que sepa que lo imposible, lo impensable, no ocurrirá. El emperador huye, el imperio se disgrega. Gran Dios del cielo, pídeme cuentas por mis pecados, por mi abulia, exígeme lo que quieras. He sido tu servidor a pesar de todo, un mal servidor, inconsciente, lento; la comodidad, la rutina me ha hecho malo. Oh, mi redentor, amadísimo señor Jesús, tú que conoces la naturaleza humana porque caminaste hecho carne, ayúdame a alcanzar el perdón, ya soy un hombre viejo y rígido devuélveme la esperanza en mis últimos días. ¡No nos aniquiles, señor! No nos aniquiles.

Y apretó el crucifijo entre las manos y rechinó los dientes. Se levantó, dejó el crucifijo en su sitio en su pequeño pedestal de mármol, y se dejó caer pesadamente en su silla de trabajo. Sintió: no hay esperanza; no puedo rezar.

Y las amargas lágrimas cegaron lentamente sus ojos […]” (pp. 68-69).

*   *   *

Dos oficiales con rango:

“Y mientras el anciano movía impaciente la gorra en su regazo, el mayor contrajo las mejillas, aguzó los labios y miró el periódico. Un nervio palpitaba junto a sus ojos y en la comisura de los labios. En voz baja y contenida leyó:

–El nuevo gobierno ha asumido la dirección de los asuntos públicos para proteger al pueblo alemán de la guerra civil y el hambre, y para atender sus justificadas exigencias de autodeterminación.

Se detuvo, con la mirada puesta en el papel. El viejo balanceó la gorra:

–Siga.

Las aletas de la nariz del mayor se abrieron, su rostro recobró el color:

–Qué hermoso, mi general: proteger al pueblo alemán de la guerra civil y del hambre…

–Ridículo –graznó el general–, ¿quién causa la guerra civil y el hambre? ¡Ellos!

–No, precisamente ellos no –levantó el papel tal como se coge un gato por el pescuezo–: Ellos no lo hacen. Escuche, mi general –y volvió a bajar la hoja, la apoyó sobre sus rodillas y se lanzó a leer el siguiente párrafo–: Nos habíamos quedado en las justificadas exigencias de autodeterminación. La autodeterminación cotiza alto hoy, Wilson la ha puesto en sus catorce puntos, y en nuestro país los trabajadores, los socialistas, el hombre pequeño, también quiere hablar. ‘El nuevo gobierno sólo podrá cumplir esa misión si todas las autoridades y funcionarios, en las ciudades y en los pueblos, le tienden la mano para ayudar.’

–Ridículo, ya pueden esperar sentados.

Con el periódico en la mano, el mayor recorrió la estancia a zancadas, rodeando la mesa:

–No diga eso, mi general. La mano tendida se la brindaremos nosotros al nuevo gobierno. Pero no debemos ayudarles a salir demasiado pronto de su pequeño apuro.

Y reapareció su humor primigenio:

–Sé, escribe el nuevo canciller, que a muchos les costará mucho trabajar con los nuevos hombres que han acometido la tarea de dirigir el país. Se imagina lo que pensamos, presiente algo, teme, pero corteja, no renuncia. Dice: Apelo a su amor a nuestro pueblo –el mayor se levantó, apoyó la mano en la mesa y rió reconfortado, agitando el periódico–: Sí, así es. A veces costará trabajo. Pero apela a nuestro amor al pueblo. Es como cuando alguien muere en una familia: se perdonan todas las ofensas, ¿verdad?; él se ha hecho cargo del gobierno, y no es ninguna broma, no es ninguna broma para el camarada Ebert.

El general se dio una palmada en el muslo y gritó:

–Esos tipos son unos sinvergüenzas, habría que echarlos a latigazos.

–Nos invita. Ocupa el poder, es cierto, de lo contrario usted y yo, mi general, no estaríamos aquí y no habríamos tenido que firmar esa porquería de antes. Ocupa el poder y nos invita…

–¿Y qué dice usted a eso?

–Que es un asno increíble, que es un asno de tal envergadura que cuesta trabajo imaginarlo. Se siente débil, mi general. Es un simple burro. Preferiría mil veces haber dejado atrás todo esto del gobierno.

–Entonces, que lo deje y no nos maltrate” (pp. 94-95).

*   *   *

El pensar y el sentir de un soldado:

“–Es la paz, la vida. La vida… Te saludo, amable paz. Ahí estás. Sigue ahí. Sigue siempre ahí. No me abandones más, amable paz. Venimos de la guerra… una larga, cruel y terrible guerra. Hemos hecho lo que hemos podido. Fuimos a ella jóvenes. Volvemos paralíticos, mutilados. Y sedientos, hambrientos de ti, febriles. La guerra era el despertador que rechinaba junto a nosotros, siempre pensamos: ya estamos despiertos, para, y no paraba, pero ahora está silencioso. Viajamos, venimos, paz, aquí estamos. Ah, volver a verte, volver a intentarlo todo, ya no creíamos que nos llenaríamos de esto” (p. 203).

*   *   *

“Los oficiales navales querían ofrecer batalla al inglés, que, mucho más fuerte que ellos, acechaba fuera. Porque, como en aquel noviembre era seguro que no se podía vencer en ningún sitio del mundo, ni por mar ni por tierra, querían al menos sucumbir con gloria. ¿Quiénes? Los oficiales. En cambio, los marineros opinaron que para eso hacían falta dos. Porque en los barcos en los que los oficiales querían morir también estaban ellos. Y no estaban dispuestos a tal cosa. Por eso, cuando llegó la hora de zarpar, no ardía ningún fuego en las calderas de los barcos. Tampoco los fogoneros querían morir. Ya Federico el Grande había tenido que vérselas, en la batalla de Kunesdorf, con la peculiar aversión de los hombres, incluso de los soldados, a ir a una muerte demasiado clara. Había rugido: ‘¿Es que queréis vivir eternamente?’. Pero incluso eso animó a pocos. Los generales pronto averiguan que la gente muere a disgusto cuando se las arrastra de la nariz. Desde luego, cuando han superado ese difícil punto, el de morir, yacen tranquilos, pero eso no sirve de mucho al general” (p. 222).

*   *   *

Dos soldados:

“Jörg, el más joven, confió a su amigo:

–En el fondo, la gente de Estrasburgo es muy razonable. En Schiltigheim estuve hablando con mi tío, y su vecino se nos juntó. Me miran con los ojos muy abiertos porque soy marinero, y preguntan qué clase de teatro estamos haciendo. Deberíamos avergonzarnos, dicen, porque, ¿por qué nos han metido en la marina? Porque somos alsacianos y los prusianos no se fían de nosotros. Y todo lo demás que han hecho… Dicen: Nos hemos librado de los suabos, y está bien así. El cura también lo dice.

-Entonces será verdad.

-No queríamos más, eso es lo que dicen todos.

–¿Y qué dices tú?

–Que no es tan irracional.

–Eso dices tú, Jörg. ¿Y qué haces con los franceses? Nosotros queremos el socialismo, la revolución. Lo has visto en Wilhelmshaven.

Jörg reflexionó:

–No queríamos salir contra los ingleses. Eso fue lo que hicimos. Y luego queríamos volver a casa.

–Muy bien, Jörg, ahora tirémonos los trastos a la cabeza. Te has dejado convencer por tu gente. Queremos la revolución, y abajo con todo. Para que haya orden en el mundo.

–Eso es lo que dije también en casa. Pero se mantienen en sus trece.

–Entonces deja a esos burros. Como si importase lo que piensan en Schiltigheim. ¿Crees que mi viejo habla de otro modo? ¿Y mi hermano? ¡Ja! No es eso lo que importa.

Se quedaron en silencio. Jörg estaba encogido. Y, en verdad, al cabo de un rato volvió a empezar:

–No puedo imaginarme cómo es lo del socialismo. Ni si los soldados franceses lo querrán también.

–Enseguida. A la primera. Déjalos dos semanas aquí, y cundirá en ellos y por toda Francia.

–¿Abajo los oficiales?

–Exactamente igual que con nosotros. Y abajo con el que no quiera.

Larga pausa. Jörg:

–¿En el socialismo se trabaja?

–Menos que ahora. Puedes imaginarte. No hay ni ejército ni marina, y por tanto hay más gente disponible, y toca a menos trabajo por cabeza. Y luego todos los ricos…

–Será a los primeros que les toque.

–Claro. Ya han descansado bastante. Los vamos a brear. Los banqueros y los consejeros de administración, todos esos panzudos. Imagínate.

–Grandioso. Las mujeres también.

–Claro.

–¡Pues entonces!

–¿Y qué ganaremos?

–Más que hoy. Todo va a repartirse. Ya no nos dejaremos explotar. El beneficio irá a parar al Estado, que lo repartirá. Ya no tendrás que comerte el rancho mientras el señor director se toma cinco platos en el restaurante y encima tiene una señorita al lado. Todo por igual” (pp. 304-304).

*   *   *

“Como por un enjambre de moscas, el millonario ejército en retirada iba rodeado de una nube de dispersados, fugitivos, desertores… El gran monstruo asesino de los dos frentes se había tendido en el pacífico campo. Al fértil suelo no le había importado mucho que lo arañasen por un tiempo con granadas y bombas. Aquellos millones de cadáveres le resultaban inusuales, pero también estaba preparado para eso, y aceptaba sin distingos a jóvenes y viejos, reclutas y reservistas, eruditos, estudiantes y campesinos. Los recibía a todos, sorprendido de que vinieran tantos de una vez. Pero tranquilizaba a los recién llegados y murmuraba, gruñón: Ya veis lo que teníais allí arriba, poneos cómodos conmigo. Y trataba a todos del modo más suave, de forma que pronto olvidaban la crueldad de la superficie.

En los pueblos pequeños y grandes, en las granjas abandonadas y cosidas a balazos, en agujeros en el suelo, en los espesos bosques franceses, había hordas de dispersos y fugitivos. Si se les contaba, eran muchos miles, y cuanto más avanzaba la guerra tantos más se sumaban a ellos. Antes de la guerra, ningún llamamiento a la huelga general habría movido tales masas. Lo que ninguna gran palabra, ninguna orden política, ninguna enseñanza pacifista había conseguido, lo logró la sencilla confusión de la guerra. Franceses, rusos, alemanes, soldados y civiles se sentaban unos junto a otros y se defendían juntos… de la guerra” (pp. 310-311).

 

IMAG0240Alfred Döblin, Noviembre de 1918. Una revolución alemana (Obra en tres partes. I: Burgueses y soldados), Barcelona, Edhasa, 2011 (ed. original 1939).