“La muerte de Dios” (Raúl Escari)

La muerte de Dios

En el ensayo precedente cité el Dictionnaire d’historie universelle de Michel Mourre, que su autor publicó en París en 1978 en ocho volúmenes ilustrados.

La obra tuvo una acogida favorable, inmediata y unánime, de parte de eruditos e historiadores franceses. Para referirse a ella la llaman le Mourre.

Si el Mourre es conocido en Francia por todo estudiante de Humanidades o Ciencias sociales, todos ellos ignoran olímpicamente la secreta epopeya que fue la vida de su autor.

Yo tengo el privilegio de ser amigo de su hija, Frédérique Mourre, con quien trabajé en la A.F.P.; cuando la conocí, su padre ya había muerto y por ella supe su historia sorprendente, de corte nietzscheano.

De joven, Michel Mourre fue seminarista y cuando estuvo en condiciones de decir misa ya era reconocido en su justo valor por el Arzobispado de París. A los diecinueve o veinte años, lo designaron para celebrar la misa de Once (horas), la más concurrida, en la catedral de Notre Dame de París.

No sé si el escándalo se produjo en su primera misa. Lo cierto es que en una de ellas, en el momento del sermón, Mourre se limitó a decir tres palabras:

¡Dieu est mort!

Las autoridades de la Catedral contactaron al Arzobispado y, al final de la ceremonia religiosa, dos enfermeros lo esperaban para encerrarlo en un manicomio.

Como la noticia se conoció por la prensa, los surrealistas deslumbrados ante semejante acting, se ocuparon del asunto con destreza y discreción. Mourre pudo salir, en poco tiempo y en forma definitiva, de un doble cautiverio: el manicomio y el sacerdocio.

Mourre era autodidacta y es difícil imaginar que una mente, por si sola, haya podido acumular tanta erudición y componer en quince años semejante summa.

Esta obra, dice Mourre en el Prefacio, amplía la noción de historia al conjunto de actividades, instituciones, usos que, por una razón u otra, colorearon o modificaron el curso de las civilizaciones.

El recibimiento favorable incitó a los editores a ir más lejos y poner a disposición de un público más amplio la obra de Mourre en un solo volumen, de fácil manejo, y a un precio más accesible, reza el prefacio del editor Bordas.

Yo tengo el Mourre en un solo volumen, que obtuve con rebaja gracias a la generosa intervención de Frédérique.

Por ella, conocí a la viuda de Mourre, su madre, una bella mujer de cabello largo, negro, ondulado, gran panache, seductora, llena de energía y amabilidad.

En un momento de la cena que disfrutamos de ella, Frédérique y yo en el restaurante Vaudeville frente a France-Presse, en la plaza de la Bolsa, madame Mourre me habló de Borges, que aún vivía. Me dijo que su ambición era convertirse en los ojos del escritor ciego, le faire la lectura, precisó. Después escuché o leí en entrevistas a muchas mujeres decir lo mismo. Este fenómeno, ¿sorprendería a Borges? Sus lectores, en realidad, eran muchachos jóvenes, como Alberto Manguel.

La belleza de madame Mourre y el tono ferviente de su discurso hacía que todo lo que contara se volviera maravillosamente sensual.

 

18-lRaúl Escari, Actos en palabras, Bs. As., Mansalva, 2007, pp. 21-23.


Nuevo libro de Alberto Manguel: curiosidad&lectura

Leemos en el diario español El País, en el suplemento Babelia:

La curiosidad según Manguel

El escritor argentino se embarca en un singular y ambicioso viaje que abarca la pluralidad de sus intereses, sus vivencias personales y su vida dedicada a la lectura

1444408667_870047_1444409933_sumario_normalPodría sonar raro que un autor entre cuyas actividades figura la de traductor, y que como tal ha vertido al español algunos libros, sea en esta ocasión él mismo traducido al idioma del país que le vio nacer. No lo es, sin embargo, para quien sepa algo de este nómada escritor, que nació en Buenos Aires, creció en Tel-Aviv, donde su padre era embajador de Argentina, y ha vivido en Francia, Inglaterra, Italia, Tahití y Canadá, donde reside desde hace más de dos décadas y cuya nacionalidad adoptó. De hecho, la obra de Alberto Manguel es tan variada como la de su peripatética existencia: ficción y no ficción, teatro, antologías y traducciones.

Una historia natural de la curiosidad, la obra que ahora publica Alianza Editorial, tiene un poco de todo esto, de sus plurales intereses, de sus vivencias personales, que afloran constantemente, y de una vida dedicada a la lectura, a la lectura con mayúsculas; esto es, a la de las grandes obras de la literatura y del pensamiento (también, claro, a otras no tan selectas).

Es difícil encasillar este libro —de lectura no necesariamente fácil—, yo diría que precisamente por su grandeza, por la ambición que anima todas y cada una de sus páginas. Pero hay dos ejes que lo vertebran: la curiosidad —“tengo curiosidad por la curiosidad” anuncia desde el principio— y la Divina Comedia de Dante, un libro al que, confiesa Manguel, llegó tarde, “justo antes de cumplir los sesenta” y que “desde la primera lectura, se convirtió en ese libro absolutamente personal y, al mismo tiempo, carente de horizontes”.

“Una de las experiencias compartidas por la mayoría de los lectores”, escribe, “es el descubrimiento, tarde o temprano, de permite como ningún otro una exploración de uno mismo y del mundo, que parecer ser inagotable y que, al mismo tiempo, enfoca la mente en los detalles más minúsculos, de una manera íntima y singular. Para algunos lectores, ese libro puede ser un clásico reconocido, como las obras de Shakespeare o Proust, por ejemplo; para otros, es un texto menos conocido o que concita un reconocimiento menos generalizado, pero que por razones inexplicables o secretas, resuena en ese lector con un eco profundo. En mi caso, a lo largo de mi vida, ese libro único ha ido cambiando; durante muchos años fueron los Ensayos de Montaigne o Alicia en el País de las Maravillas, las Ficciones de Borges o el Quijote, Las mil y una noches o La montaña mágica. Ahora no lejos de la proverbial ‘edad avanzada’, ese libro que para mí lo abarca todo es la Divina Comedia de Dante”.

Coherentemente con su preferencia, cada uno de los 17 capítulos de estaHistoria natural de la curiosidad se abre con una lámina de la Divina Comedia, a la que sigue el título, siempre una pregunta: ‘¿Qué es la curiosidad?’, ‘¿Qué queremos saber?’, ‘¿Cómo razonamos?’, ‘¿Cómo vemos lo que pensamos?’, ‘¿Cómo preguntamos?’, ‘¿Qué es el lenguaje?’, ‘¿Quién soy?’… Como se ve, preguntas no triviales, preguntas que atraviesan constantemente los infiernos, paraísos y purgatorios personales de todos los humanos, no importa cuál sea su condición social o cultural. Preguntas que han ocupado las vidas de pensadores de todo tipo, filósofos, científicos, historiadores, ensayistas… y que permiten a Manguel reflexionar acerca de los grandes libros y autores de la historia de la humanidad: Homero, Sócrates-Platón, los textos de las grandes religiones, Virgilio, santo Tomás de Aquino, Galileo, Hume, Goethe, Dickens, Dostoyevski, Joyce, Rachel Carson, Primo Levi, Oliver Sacks…, además, por supuesto, de sus queridos Montaigne, Lewis Carroll, Borges, Cervantes y Thomas Mann Y así, como si se tratara de un oscilante e imprevisible camino, que responde al diseño de una mente a la vez juguetona y profunda, insegura en la seguridad de que lo más importante es la curiosidad, pasan por los ojos del lector, hacia el depósito insondable de su mente, los grandes temas de la humanidad: justicia, guerras, enfermedad, vida y muerte, esclavitud, culturas e identidades sociales o de género, amor, orgullo, avaricia, cambio climático, Dios, bombas atómicas o Auschwitz.

La nota completa acá.