“Yo quería leer a Gombrowicz en polaco” (Don DeLillo)

“Yo quería leer a Gombrowicz en polaco. No sabía ni una palabra de polaco. Solamente conocía el nombre del escritor y no paraba de repetirlo, en voz baja y también en alta. Witold Gombrowicz. Quería leerlo en su idioma original. Un día estábamos cenando Madeleine y yo, comiendo alguna clase de estofado turbio en cuencos de cereales. Yo tenía catorce o quince años y no paraba de repetir el nombre con voz suave, Gombrowicz, Witold Gombrowicz. Lo veía deletreado en mi mente y lo decía, nombre de pila y apellido –cómo no amarlo–, hasta que mi madre levantó la vista de su cuenco y me dirigió un susurro de acero: Basta.”

Don DeLillo, Cero K, Buenos Aires, Seix Barr1462805245_873039_1462807972_sumario_normalal, 2016, p. 122.


Cosmópolis: fallido intento de llevar la novela al cine

Acerca de la nueva película de David Cronenberg

“ahora era capaz de pensar con claridad, lo suficiente para entender qué estaba sucediendo. Las divisas daban tumbos por doquier. Se extendían como la pólvora los fallos bancarios. […] Los estrategas no eran capaces de explicar la velocidad ni la profundidad del desplome. Abrían la boca, farfullaban palabras. Él sabía que era el yen. Sus actos relacionados con el yen estaban provocando tormentas de total desorden. Estaba tan apalancado, la cartera de su empresa era tan grande y se ramificaba tanto, ligada de manera crucial a los asuntos internos de tantas instituciones clave, todas ellas recíprocamente vulnerables, que todo el sistema empezaba a correr grave peligro.
Fumó mirando los monitores, sintiéndose fuerte, orgulloso, idiota y superior”
Don DeLillo, Cosmópolis, Seix Barral, p. 138

 

Cosmópolis, nueva película de David Cronenberg (VideodromeLa moscaNaked Lunch, entre otras), basada en la novela homónima del escritor norteamericano Don DeLillo, es un intento –fallido, a mi entender– de retratar un día en la vida de Eric Packer, agente del mercado de acciones.
La película comienza con un paneo completo de la gran limusina que llevará a Packer de una punta a la otra de la ciudad, para que éste se corte el pelo. Allí, cómodamente instalado, será visitado, en el mismo vehículo, por varios socios y empleados, por amantes y hasta por un médico, ya que se hace un chequeo diario de salud…
Indolente, alelado, caprichoso, el protagonista de esta historia es víctima de un ataque de jóvenes anarquistas (el mismo día en que hay una aparición del presidente de los Estados Unidos), visita una librería, algunos restaurantes, una fiesta rave y hasta se cruza con el velorio público de su cantante de rap favorito. Finalmente, y tras lograr arribar a la peluquería al final del día, se encontrará con otro personaje, quien encarna para Packer lo que se suele llamar “el destino final”.
Cronenberg, que dijo en un reportaje que tenía presente Líbano El barco –e hizo ver esas películas a su equipo técnico–, en lo que hace a filmar en ambientes cerrados y “claustrofóbicos”, basó su guión (casi idénticamente) en los diálogos originales de la novela de DeLillo. Pero el resultado no es bueno: la película pone demasiado énfasis en el propio viaje de Packer, desdibujándose el propio protagonista. Los diversos diálogos que tiene Packer con cada visitante de la limusina, va hilando la subjetividad de éste: “filosofía de vida”, conclusiones, dudas “existenciales”, conectadas con caprichos (pretende comprar, cueste lo que cueste, una catedral entera) y su riesgosa apuesta contra la moneda china, el yuan, hacen, de conjunto, una mentalidad contemporánea posible: la de los yuppies o brokers; la de aquellos “amos del universo” (masters of the universe) que varios lustros antes ya retratara Tom Wolfe en su renombrada novela La hoguera de las vanidades.
La película de Cronenberg, en cambio, termina dando una serie inconexa de discursos, carentes de (algún) hilo argumental, dejando todo en una suerte de (casi siempre arbitraria) “disquisición filosófica” sobre el presente, apabullando o confundiendo; muy lejos de cierta profundidad que hay en DeLillo, quien toma temas esenciales del ser humano para contrastarlos con su manifestación concreta en el mundo contemporáneo (en la realidad social, económica, política y cultural), y con las (generalmente “sorprendentes”, originales) visiones “personales” de sus personajes.
Por otra parte, la crítica, divida entre detractores y alabadores tout court, en muchos casos no ha leído la obra original; de ahí que haya largas disquisiciones sobre el movimiento Occupy Wall Street y la actual crisis financiera. Pero en realidad, la novela, publicada en 2003, se hace eco de aquella lucha conocida como “la batalla de Seattle” –si se quiere, un antecedente ya remoto de Occupy–, de fines de 1999, y de las crisis de las empresas “punto com”, como WorldCom y Enron, de 2001.
Cronenberg apenas si hizo algo para aggionar la historia: cambió el yen japonés de la novela por el yuan chino… y nada más (otra opción hubiera sido plantar la película en su año original). A lo que hay que sumar que Robert Pattinson, el actor protagonista, es “naturalmente” distante, lo que genera la paradoja de un actor no-creíble para Packer; cuestión que no subsanan algunas interesantes interpretaciones de los personajes secundarios.
En síntesis, hay aquí una película fría y seca: limusina sobredimensionada, actuaciones erráticas (o errantes, producto del guión), que no logra estar (a su modo, por supuesto: nadie pretende una “reproducción fílmica” de una obra literaria) a la altura de la mejor e interesante novela de DeLillo.

Cuéntate un cuento, DeLillo…

Leemos: 

—Cuando escribo me gusta sentirme arrastrado por algo que tiene una existencia tridimensional. Cuando escribo cuentos, no me gusta hacerlo en clave de ensayo. Si tuviera que escribir acerca de esta conversación hablaría de cómo es la habitación, el escritorio. Es importante que los lectores puedan visualizar el espacio, no basta con que oigan lo que dicen dos individuos. Cuando empiezo un cuento no sé adónde me van a llevar las frases. No tengo en mente ningún tema ni sigo ningún plan. En casi todos los cuentos de El ángel Esmeralda hay dos individuos en conflicto. Esto no es algo que yo decida, sino que parece suceder a medida que voy escribiendo, hasta que llega un momento en que, de manera bastante repentina, descubro que el cuento ha terminado. Mis cuentos no se acaban, se interrumpen. La diferencia es importante.

Leídos de manera consecutiva, el primer y el último cuento de la colección dan una asombrosa sensación de unidad. Es como si Don DeLillo hubiera surgido como cuentista completamente formado desde el primer momento, como si después no hubiera habido jamás ninguna evolución, porque no era necesaria.

—En casi todos los cuentos se repite un esquema básico, un conflicto más o menos latente entre dos personajes. En ‘Creación’ hay un conflicto oculto entre un hombre y su mujer. Él quiere que ella salga de la isla tropical donde están de vacaciones y ella no se da cuenta de que sus intenciones son adúlteras. En ‘La mujer hambrienta’, la historia que cierra el libro, el conflicto adquiere una configuración diferente. Un hombre que va al cine varias veces al día durante décadas descubre un día a una mujer joven que hace lo mismo que él. En Manhattan hay mucha gente así, pero no suele ser joven. El protagonista carece de vida propia, vive a través de las películas que ve. El descubrimiento de que hay una mujer muy joven que hace exactamente lo mismo que él le lleva a seguirla por todas las salas de la ciudad. No sabe muy bien por qué actúa así. La mujer despierta en él un sentimiento que no ha sentido antes, y que no es exactamente erótico. Ella no se da cuenta en ningún momento de que la siguen hasta la escena final cuando él entra en el lavabo.

Don DeLillo comenta muy brevemente el siguiente grupo de cuentos. En ‘Baader Meinhof’ se da una variación del tema del encuentro fortuito entre un hombre y una mujer, esta vez en la sala de un museo, ante los ominosos cuadros de Richter. En ‘El acróbata de marfil’ se recrea el terremoto que padeció Atenas en 1981. “Entonces yo vivía allí. Ese es el origen del cuento”, afirma escuetamente.

En ‘Momentos humanos en la tercera guerra mundial’ (1983), dos astronautas contemplan el planeta tierra, que tienen que bombardear. De manera inexplicable, su sistema de sonido capta programas de radio emitidos en los años treinta y cuarenta. La prosa de DeLillo alcanza aquí momentos de gran belleza: “Olvida la profundidad de esta visión, el alcance de las cosas, la guerra misma, el terror de la muerte. Olvídate del arco de la noche, de los puntos de las estrellas, estáticos como puntos matemáticos. Olvida la soledad del cosmos, el asombro y el terror que surcan el cielo”. Le digo a Don DeLillo que me parece que su cuento tiene una gran belleza poética.

—Como ocurre tantas veces en lo que hago —responde—, mi escritura surge de una experiencia visual. En este caso la historia me la inspiraron unas fotos de la Tierra tomadas vía satélite. El lenguaje adquiere ahí una potencia muy particular, en los diálogos.

* Es Don DeLillo, entrevistado en El País, acerca de la aparición en español de su libro de cuentos El ángel Esmeralda.

Completo acá.


David Cronenberg sobre ‘Cosmópolis”, basada en la novela de Don DeLillo

Leemos:

La trama se centra en este yupi millonario neoyorquino de 28 años, que decide recorrer la ciudad en su limusina para hacerse un corte de pelo, mientras Manhattan esta paralizada por la visita del presidente de Estados Unidos. El capitalismo está llegando a su fin, el caos se adueña de las calles y las amenazas se ciernen a su alrededor, mientras él asiste, impotente, al hundimiento de su imperio. Un descenso al infierno que lo cambiará para siempre.

[…]”No había leído el libro”, admitió Cronenberg. “Fueron Paulo Branco y su hijo, Juan Paulo, quienes me sugirieron adaptarlo al cine. Conocía otras novelas de Don DeLillo, y también sabía de las grandes películas que Paulo había producido, así que pensé que valía la pena darle un vistazo. Esto es inusual para mí, ya que por lo general prefiero idear mis proyectos. Lo leí en dos días y les dije inmediatamente que contaran conmigo”, explicó orgulloso de su entrega.

Croneneberg quería escribir él mismo el guión. “Sí, y lo hice en seis días, mi mejor récord. Lo que me motivó de este libro fueron precisamente sus increíbles diálogos, que aquí están transcritos intactos, palabra por palabra. La obra de DeLillo es famosa por éstos, pero los de Cosmopolis son especialmente brillantes, al igual que su estructura. El trabajo de Don muestra un excepcional poder expresivo”, explicó el cineasta, quien acotó: “Claro está que en la adaptación al cine se impregna esta fusión de sensibilidades: la del autor, en este caso DeLillo, y la mía. Es como hacer un niño, necesitas dos personas, y la película termina teniendo un poco de ambos ‘padres’”.

El libro fue escrito hace una década. Sin embargo, su contenido es muy actual. “Es sorpresivamente profético. Mientras filmábamos la película, se daban sucesos que estaban descritos allí. La polémica por Rupert Murdoch y luego todo el revuelo por las manifestaciones en Wall Street. Tuve que modificar muy pocas cosas para hacer que la película sea contemporánea”, admitió.

En Cosmopolis hay un tema importante que el realizador no había abordado antes en su cine: el poder del dinero, la forma como éste modela el mundo. “No fue necesario realizar una gran investigación en el mundo de las finanzas. Sus agentes pueden encontrarse en cualquier parte, en televisión, en documentales, los periódicos… Nos bombardean. Ellos hacen y dicen lo que DeLillo escribió; sus patrones de comportamiento son como los de Eric Packer. Para mí, la referencia a Carlos Marx no es trivial. En el Manifiesto comunista Marx escribe acerca del modernismo, de los tiempos en los que el capitalismo habrá alcanzado tal nivel de expansión que la sociedad irá muy deprisa para la gente y donde lo impredecible reinará. ¡Lo escribió en 1848! Y eso es exactamente lo que puedes ver en esta película: el espectro del capitalismo. Suelo preguntarme qué pensaría Marx de ella, ya que muestra todas las cosas que él profetizó”, prosiguió.

Completo acá.


Don DeLillo, la información, el misterio y la verdad

“Existe algo así como un desprecio por el significado. Se trata de escribir fuera de la armazón habitual. Se trata de obligar al lector a que se comprometa con algo que de antemano se sabe no aceptará. Es todo parte de lo mismo. Es que hay una especie de saturación informativa, de excesivo deslumbramiento por la comunicación masiva. Todo el mundo sabe todo. Surge un tema, y en cuestión de días o semanas se agota por completo, gastado por la publicidad y por los medios. Nada es demasiado misterioso como para lograr escapar a ese proceso, a ese tratamiento. Dificultarle las cosas al lector es menos un ataque contra el mismo lector que contra las características de la época, contra su mercantilismo del conocimiento fácil. El escritor es guiado por la convicción de que ciertas cosas son difíciles, que ciertas verdades no son de fácil acceso, que la vida todavía tiene misterio”.

 

* Entrevistas a narradores norteamericanos de hoy, Edición preparada por Tom LeClair y Larry McCaffery, Bs. As., Grupo Editor Latinoamericano, 1986 (ed. original 1983), pp. 111-112.


Don DeLillo y el “misterio” de la escritura…

“Hay determinados libros que vuelven una y otra vez al primer plano, y demuestran las posibilidades de la ficción. Pálido Fuego, Ulises, La Muerte de Virgilio, Bajo el Volcán, El Sonido y la Furia, por ejemplo. Tienen un poder y una audacia que va mucho más allá de los virtuosismos técnicos. Creo que corresponde llamarlos tratados sobre la vida, aun cuando varios de ellos están fuertemente teñidos de muerte. Pero no hay en ellos optimismo ni pesimismo, ni permiten que uno se dedique a lamentar la pérdida de valores ni alguna remota manera de escribir. Esos libros se abren a un misterio mucho mayor. No sé cómo llamarlo. Quizás es lo que Hermann Broch definiría como ‘la palabra más allá del discurso’.”

* Entrevistas a narradores norteamericanos de hoy, Edición preparada por Tom LeClair y Larry McCaffery, Bs. As., Grupo Editor Latinoamericano, 1986 (ed. original 1983), p. 109.


Don DeLillo, la literatura y el cine

¿Podría nombrar escritores con los que siente afinidad?

Don DeLillo: esta pregunta es como la gran pregunta del bar mitzvah. Probablemente, al menos en mis primeros trabajos, hayan influido más los films de Jean-Luc Godard que cualquier cosa que pude haber leído. En general, el cine ejerce una influencia bastante poco disimulada en mucha literatura actual, aunque creo que la atracción que ejerce está disminuyendo. El Cine: la imagen fuerte, las situaciones cortas y ambiguas, la intención onírica de muchas películas, la artificialidad, la arbitrariedad de algunos directores, el montaje y el trabajo de laboratorio. El poder de la imagen. Pensé mucho en esto cuando escribí Americana. Y ese poder tuvo otro efecto. La gente se pasaba la vida diciendo: ‘El cine puede hacer de todo’. Esto fue lo que fomentó la idea de la muerte de la novela. La potencia de la imagen fílmica parecía sepultar para siempre nuestro pequeño mundo impreso. Es cierto, el cine puede hacer de todo. Lo impreso también, pero en el límite de la página. El cine y la novela están íntimamente relacionados. Si la novela muere, el cine morirá con ella.

* Entrevistas a narradores norteamericanos de hoy, Edición preparada por Tom LeClair y Larry McCaffery, Bs. As., Grupo Editor Latinoamericano, 1986 (ed. original 1983), reportaje de septiembre de 1979, p. 109.