un poema (sin título) de Bernard Noël

[del libro Sobre un pliegue del tiempo]

 

la carne del silencio

el humo de la edad

un poco de memoria

oblicuo

el espejo visto

luego el más allá

lo inestable de un pensamiento

 

Bernard Noël, El rumor del aire / Sobre un pliegue del tiempo, Buenos Aires, Botella al Mar, 2001, p. 131.

 


Videos: presentación de la Historia crítica de la literatura argentina, vol. 12: “Una literatura en aflicción”

* Tomado del canal de You Tube de Ana Abregú.

 

 

 

 

 

 

 


“La conversación infinita de Noé Jitrik” (Guillermo Saavedra)

* Publicado en revista La Barraca.

A propósito de Siete miradas. Conversaciones sobre literaturade Noé Jitrik y Demian Paredes. Alción, Córdoba, 2018.

 

por Guillermo Saavedra

 

Celebramos hoy aquí al querido, al generoso, al lúcido, al tenaz, al diverso, al inagotable Noé Jitrik.

Y lo celebramos por ser siempre fiel a sí mismo, lo que en buen romance implica que por ser capaz de renovarse en las aguas siempre distintas del río de las letras y de las ideas pero sin dejar de llamar a ese río por su antiguo nombre necesario: imaginación crítica.

Lo celebramos, también, por el merecidísimo premio de ensayo Pedro Henríquez Ureña que la Academia Mexicana de la Lengua acaba de otorgarle y que le será entregado el próximo 14 de noviembre en ese país a cuya vida intelectual Noé ha contribuido enormemente antes, durante y después de su exilio allí durante la última dictadura cívico militar argentina.

Y lo celebramos hoy, muy especialmente, por este libro de conversaciones habladas y escritas con la inestimable colaboración de Demian Paredes y la prodigalidad de ese valioso editor que es Juan Maldonado.

He pedido hablar en primer lugar porque no me detendré a analizar puntualmente lo que ambos discuten, con rigor, lucidez y generosidad recíprocos, a lo largo de sus páginas luminosas, en la convicción de que quienes me acompañan en esta mesa sabrán hacerlo luego y mejor que yo.

Quiero en cambio detenerme en ese rasgo eminente y distintivo de la acción pública y cultural, del papel que Noé viene representando para sí mismo y para todos nosotros, sus agradecidos discípulos, desde hace más de 60 años y que este libro pone en primer plano por la modalidad de su realización.

Y es precisamente el carácter conversacional de su tarea, el modo dialógico, y también dialéctico, en que su labor como ensayista, teórico, narrador, poeta, docente y propulsor de empresas más amplias como el Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA o la imprescindible Historia Crítica de la Literatura Argentina, sabe desplegarse, diseminarse y complicarse para interesarnos no a través de la seducción sino de la inducción o, si se prefiere, de la perlocución, uno de los efectos del discurso que es precisamente el de provocar en los demás acciones concretas, una capacidad de despertarnos del estupor, del letargo o de la pereza instándonos a hacer cosas con palabras, como diría John Austin, en este caso, con palabras que se proponen como guías o como herramientas para dar paso a las propias, a las nuestras, pero que tal vez sin las de Noé no habrían sabido cómo o por dónde prosperar.

En el acto de conversar, hay por los menos dos actores, dos interlocutores, en un intercambio, en un encuentro, que es maravillosamente descripto en este pasaje de un ensayo de Lezama Lima titulado precisamente “De la conversación”, que me permití incluir en mi libro de entrevistas con narradores argentinos, La curiosidad impertinente, y que creo que viene aquí muy a cuento:

“El ritmo de una conversación es en extremo riesgoso y pocos han logrado sobrepasarlo, quedando los más mareados y lo que es peor aún, mareantes. Se trata de un ritmo invisiblemente entrecortado, pero del cual sacamos después una cinta, como si la imaginación, pinchada por lo fruitivo anhelante de su reconstrucción, tuviese que unir el pez que salta con el que dispara como una flecha, la plata miliunochesca de la sardina con el pez espada. Avanza la conversación como deshaciéndose en cada una de sus irisaciones, se disculpa con el cejijunto trascendental al cual percibe de inmediato como insensible a sus diminutas flechas, procura no subrayar para provocar el placer de una súbita inmersión en el acuario, pues le interesa hasta la pasión secreta que el que escucha mantenga su libertad para ocultarse y reaparecer ante la diversidad que frente a él se ejercita. Pues mantener el acecho en el otro es su pasión, casi su locura.”

En este libro, en el que el escritor y crítico cultural Demian Paredes ha tenido la delicadeza de colocarse en el difícil papel de estimular y acompañar el pensamiento de Noé pero sin limitarse en absoluto a proponer asuntos o a dar pie al lucimiento inevitable de Jitrik sino asumiendo sus propios riesgos de sardina o pez espada, según los casos, la erudición amable de Noé, su claridad de nervio óptico, su precisión de cirujano de relojes blandos à la Salvador Dalí, su nutritiva memoria relacional dejan al desnudo el aparato prodigioso con el que él encara su preocupaciones en torno a la lectura, la escritura, la poesía, la narración, la crítica, la historia y el discurso, siete asuntos como partes de un paradigma cabalístico, como el transcurrir de una semana inaugural del pensamiento, como la escansión semialejandrina o como un heptamerón portátil, apto tanto para el bolsillo del caballero como para la cartera de la dama.

La sola enunciación de esos siete asuntos permite comprender la complejidad de la empresa, pero el talento expositivo de Noé, su talante docente, va exponiendo sus pareceres de manera gradual, en una suerte de strip tease argumentado y progresivo del pensamiento crítico, una danza de los siete velos o temas ya mencionados, hasta llegar, si no a la desnudez del carozo de los temas, a permitirnos palpar su hueso bajo la carne viva de sus razones.

El modo gradual, como por capas de cebolla atenta y perfumada, de sus intervenciones, salpimentado cuidadosamente por la presencia de su activo interlocutor, nos va aprehendiendo hasta convertirnos en ese otro en acecho del que habla Lezama, contagiándonos de su pasión sin subrayarla, invitándonos a zambullirnos en el acuario, en el hermoso espacio de natación que es este libro.

El gran conversador que es Noé, un conversador que parte del supuesto de que su interlocutor es tanto o más inteligente que él, que lejos de intimidarlo lo convida, parece tener siempre presente que, si la literatura nació una noche improbable junto a un fuego alrededor del cual los miembros de la tribu buscaban el hilván de las palabras que les dieran una razón y un sentido, hoy, cuando la letra malvive en digital y se ahoga en las imágenes incesantes y sin otro propósito que acicatear nuestro papel de máquinas deseantes, recuperar para la letra su condición de dicha y escuchada, reencarnándola en una voz, exponiéndola a los riesgos de la enunciación, con sus temblores, interferencias y malentendidos, supondría tal vez una respuesta al desleer, al maldecir, al balbuceo en definitiva, de un tiempo como este, en que el poder degrada la palabra exponiéndola a sus usos más ruines y clausura el diálogo a través de un autismo calculado.

Los invito amablemente a ponerse la ropa de baño y zambullirse, casi desnudos como los hijos de la mar, en las aguas inquietas y al mismo tiempo amigables de este libro que, al fin y al cabo, para decirlo con palabras de otra gran interlocutor, no es más que un nuevo capítulo de esa conversación infinita con la que el querido Noé nos convoca, nos provoca y nos despabila.

Gracias a él, por su disponibilidad de siempre, a Demian, que, haciendo honor a su apellido, ha sabido armar con Noé hermosas paredes no futboleras sino con ideas y palabras, y a su editor, que ha sabido reconvertir el suyo en un don, en un presente valioso y propositivo que hoy recibimos con alegría.

 

(Texto leído en ocasión de la presentación del libro, el viernes 12 de octubre de este año, en el Bar Wallace de la ciudad de Buenos Aires).


“La silla” (Henri Michaux)

 

La silla

 

Orígenes de la silla.

Dwa y Dwabi han caminado todo el día.

Cansados, se sientan sobre una piedra; el frío sube a sus muslos.

Entonces Dwa: ‘Escucha, Dwabi: tú sabes que Dwa es más fuerte que Dwabi; así que ponte de rodillas y baja de tal suerte que yo pueda sentarme sobre tu espalda tibia’.

Así se hizo. Es la primera silla.

 

¡Hum!

Más bien a un reumático, atribuyo la idea de la silla.

Ahí donde se sentaba, sentía las piernas como perforadas por flechas.

Sólo la madera seca le era amigable.

Secciona un tronco de árbol, lo hace rodar hasta su caverna, y ahí se sienta sin dolor.

Esa fue la primera silla.

 

¡Que no! Jamás una invención salió de un trabajo premeditado.

Érase un niño, el pequeño Hanali; acababa de comerse media cabra, y hacía la digestión, y jugando paría leña, mezclaba los pedazos.

Resulta que quedan trabados en un montoncito, aguantan bajo sus golpes, bajo su peso.

Como para maravillarse: era un trípode.

 

¿Un haragán, el inventor de la silla?

¿Para qué? Ya había inventado el catre.

Sobrevino el hombre activo, levantó el catre, lo hizo silla.

 

De descubrimiento, en eso no hubo nada.

Nos descansamos tendiéndonos.

Si el suelo es plano, el hombre queda recostado.

Si no, queda sentado.

La naturaleza del suelo hace al lecho y al asiento.

 

Al artista pertenece la creación que otros utilizan.

Dwa manosea, arquea un largo pedazo de madera.

Tras tomar distancia, piensa: ‘Caramba, esto se parece a madre cuando, inclinada hasta el suelo, hace la recolección de los champiñones’.

Entra Dwabi: ‘¡Qué es eso!’, dice.

Dwa: ‘Dwabi, ¿no es así como se ve nuestra madre, cuando, inclinada hasta el suelo, hace la recolección de los champiñones?’.

‘Glu glu –dice Dwabi–, no es más que madera de haya curvada’.

Apoya el pie encima, después las nalgas; y ahora todo el mundo dice que fue Dwabi el que inventó la silla.

 

Henri Michaux, Los que fui, precedido de Los sueños y la pierna, Fábulas de los orígenes y otros textos, Bs. As., Paradiso, 2018, pp. 71-72.


Gauchesca not dead (un comentario a ‘Indiada’, de Osvaldo Baigorria)

* El pasado domingo se publicó en “Radar Libros” de Página/12 un breve comentario a Indiada, libro de relatos de Osvaldo Baigorria, recientemente publicado por la editorial Blatt & Ríos.

 

En Indiada, Osvaldo Baigorria suma una versión festiva y paródica a las numerosas reescrituras de la gauchesca.

Indios, ejército y fiesteros

La gauchesca, un género literario “tan artificial como cualquier otro” al decir de Borges, ha proliferado: desde sus comienzos, desde siglo XIX, con el Martín Fierro como obra fundamental, y aun antes, pasando por todo el XX, hasta nuestro presente, ha sido una lengua imaginaria escrita y reescrita incontables veces. Figuras como gaucho, campo e indio son parte del mito u origen de “lo nacional”, en donde se cruza la ficción literaria y la historia, la política y la ideología. Desde Jorge Guillermo Borges (El caudillo) y Jules Supervielle (El hombre de la pampa), pasando por Borges y Bioy, Mujica Láinez y Leopoldo Marechal, Juan Filloy, Luis Franco y, más acá en el tiempo, Sylvia Iparraguirre en La tierra del fuego, César Aira en Ema la cautiva, Guebel y Bizzio en La china, Carlos Gamerro en El sueño del señor juez, Martín Kohan en Los cautivos y muchos más, el género ha sido inspirador: referenciado y utilizado, recreado y satirizado, alterado y deformado. Indiada, de Osvaldo Baigorria, se suma (¿se monta?) ahora a la pléyade autoral que, como quería Leónidas Lamborghini, juega y parodia con el modelo.

Publicado por Blatt & Ríos, Indiada contiene una breve serie de relatos que, como Entre los indios, otro libro de Aira, se ubica “del otro lado”: no del gauchaje en proceso estatal “civilizador”, sino del “bárbaro” y “salvaje” de los “indios”. Y, tal como en Aira –en un típico proceso de delirio, al mejor estilo Alberto Laiseca o Ricardo Strafacce–, hay grandes saltos, giros y fugas, torciendo y retorciendo las tradicionales linealidades argumentativas y lógicas, narrativas y genéricas, temporales y espaciales, consagradas y establecidas, cruzando lenguajes y discursos, en una singular combinatoria entre lo tradicional y costumbrista con el neologismo y las más diversas jergas. Así, las historias que se cuentan se sostienen en algunos de los tradicionales elementos (caciques, indios, tolderías, incursiones, excursiones y destierros, malones, libros europeos que llegan a América, diarios privados, investigaciones), y también polimorfias (poliamorosas) sensuales-sexuales, y discusiones,incluso gags, en torno al llamado lenguaje inclusivo, todo en una suerte de gigantesca humorada: una utopía política india (o indígena) que habría podido ocurrir a mediados del siglo XIX; y en otro momento y espacio, ya en el siglo XX, también utópico, hippie-aborigen.

En estas historias de Baigorria se encuentran, por ejemplo, personajes como “una pornóloga de origen esquimal y ciudadanía canadiense que había estudiado Letras en Buenos Aires”; alguien que, criticando los elementos invariablemente presentes en la gauchesca (“el cautiverio, la violación, la matanza”), propone otra literatura y otro cine: “podía imaginarse y producir una película erótica en la que entrarían en acción ranqueles, wichí, guaraníes, tehuelches o el resto de los originarios”. Otro es Ananda, Papa de la comunidad hippie “Anandaland”, que en un discurso seudoconspirativo (con alguna coloración burroughsiana o vonnegutiana) se jacta por la posesión de un producto milenario y originalísimo: “Tubérculos que habían cruzado de sur a norte, desde aquellos nacidos en Pampa Corral hasta las cepas modificadas genéticamente en laboratorios clandestinos. Papas precolombinas, papas poscoloniales, papas americanas que alimentaron a cinco o seis continentes sin contar la Atlántida”. Otra es “una cautiva voluntaria, anarquista, bisexual y partidaria del amor libre”, Annika Van Der Veen. En un programa de alfabetización propone los términos “indixs”, “o indies, según el fonema que enseñaba Annika para pronunciar la indistinción de género”; y, tras haber leído en su momento, en la Biblioteca Nacional de Francia, la novela de Sade, Justine, “adaptó algunos discursos libertinos al temperamento pampeano”.

La utopía india, que se originaría tras una gran orgía de países y pueblos diversos, etnias, géneros y edades (“Vuelta y vuelta, meta y ponga, puje y arrempuje, frote y trote, en pelo y en pelotas”), queda, finalmente, truncada. La ficción literaria se cruza con la historia real. Caudillos y militares son la causa: el “terrorismo de Estado bonaerense, según los historiadores indígenas”; “los saberes, las experiencias, las medicinas, las artes eróticas, las formas de vida anteriores fueron arrasados por la civilización occidental y cristiana”.

El rígido canon de los géneros literarios y sexuales establecidos, se encuentra en Indiada libidinosamente cuestionado, parafraseado, mixturado e ironizado con ingenio y un desbordante humor, en un cruce, no de razas, pero sí de temáticas y estilos: el gaucho y el indio, con los ecos de la “liberación sexual” de 1968 (¿algo así como una posgauchesca posporno?). La tradición y la revolución, desde una particular sátira literaria que ofrece una sorprendente dinámica: resignificaciones y aperturas de inéditos imaginarios.


“Origen del tatuaje” (Henri Michaux)

 

Origen del tatuaje

 

Sobre el pecho de Dwa, hay una cicatriz enorme.

Es de un lobo con el que peleó y al que mató.

Desde entonces, Dwa es temido por todos.

Un día, se encuentra con un lobo; pero no le hace falta luchar. El lobo muere del primer golpe recibido en la cabeza. Entonces Dwa toma la pata del lobo muerto; con la mano izquierda se la apoya contra el pecho y con la mano derecha, tira hasta el vientre.

Este es el origen del tatuaje.

¡Doble cicatriz y nuevo honor!

 

Henri Michaux, Fábulas de los orígenes [1923], en Los que fui, precedido de Los sueños y la pierna, Fábulas de los orígenes y otros textos, Bs. As., Paradiso, 2018, p. 61.


#Hoy: presentación de “Siete miradas. Conversaciones sobre literatura”

* A las 19 hs. en Wallace Bar Cultural (Chacabuco 917, barrio de San Telmo).

* Ver también, en la revista del Canal Siete Artes la gacetilla de prensa.