Acerca de “La yapa II (2007-2016)”, de Darío Canton (revista Hispamérica)

* Breve comentario a propósito de la aparición del último tomo de la autobiografía del poeta Darío Canton, aparecido en la revista Hispamérica nº 138 (2017, pp. 117-118) que dirige Saúl Sosnowski.

 

Darío Canton, De la misma llama, Buenos Aires, Hernández Editores, 2017.

Con la aparición de La yapa II (2007-2016), el poeta y sociólogo Darío Canton cierra un monumental ciclo literario que comenzó hace más de cuarenta años: una saga amparada bajo una frase de una carta que le envió a Pablo Picasso, aludiendo a la (misma) sustancia que los unía: De la misma llama. Esta segunda yapa, en dos volúmenes, es el tomo VIII de la Summa (dixit Juan Andralis) autobiográfica de Canton.

Una vez más Canton (nos) invita a transbordar espacios, a viajar por el tiempo (pasado, y el “pasado reciente” y “recientísimo”, en este caso). Son sus vivencias, y una amplia época histórica a las que se accede mediante la lectura y la infinidad de imágenes y documentos de toda índole que reproduce (vía la fotografía, el escaneo, etc.), y también experiencial: la primera sección del primer volumen trae 128 páginas intonsas, lo que demanda a quien quiera leer que primero corte el libro –“antigua” actividad hoy perdida–. Y, por supuesto, está la poesía: una sección, “Fuero íntimo”, reúne poemas con ilustraciones de Guadalupe Marín.

Así, en la proustiana búsqueda (y publicación) del tiempo (y la poesía) vivido(s), Canton, (también) a la manera de un Balzac “moderno”, ha construido un gran fresco histórico-cultural, una suerte de “comedia humana” –mala suerte e inevitables tragedias incluidas–, donde amigos y familiares, colegas y personalidades de distintas disciplinas interactúan y se relacionan. Con el método benjaminiano de la cita y el fragmento, la acumulación de materiales propios y ajenos ofrece interminables posibilidades en cuanto a cantidad y variedad de temas (poéticos, literarios, culturales, económicos, históricos, teóricos, sociológicos –lo que promueve la aparición de cuadros, índices, listas–) en los cuales adentrarse.

Los ocho tomos/nueve volúmenes que componen De la misma llama suman 4328 páginas. Un trabajo mayúsculo, tan monumental como (a veces suele parecer) “secreto”. (La poesía de Canton aparece en la mítica Antología de la poesía argentina, de Raúl G. Aguirre, y en Poesía 200 años, antología preparada y prologada por Jorge Monteleone.) Protagonista de la historia y del recuerdo que la sustenta, Canton realiza un notable montaje visual, una singular combinatoria donde están el diario íntimo y la anotación casual, el género epistolar (sean cartas por correo o e-mail) y la “novela de formación” (tomo Berkeley), los dilemas existenciales (la política, el psicoanálisis –tomo Los años en el Di Tella–) y los familiares (avatares con los hijos, esposas, padres; reproducción de documentos médicos, comerciales, judiciales; y una investigación que llega hasta casi comienzos del siglo XIX, con un linaje en Francia –tomo Nue-Car-Bue. De hijo a padre 1928-1960). Como “reconstrucción de época”, hay diversos episodios y momentos históricos (tomos De plomo y poesía y Malvinas y después), y el suplemento unipersonal que publicó y difundió entre 1975 y 79: Asemal. Tentempié de poesía.

El antiguo dilema de “literatura vs. vida”, o “escribir vs. vivir”, encontró una articulación y superación potentes, sorprendentes, en el proyecto poético y autobiográfico de Darío Canton. Algo que apenas pareciera “la novela de una vida”, pero que es mucho más que eso: la llama de una vida dedicada a la poesía; su testimonio en tomos que nos contienen.

 

Demian Paredes

 

 


“Descansa en paz” (Nicanor Parra)

* Un poema de Hojas de parra para homenajear, como corresponde, de manera risueña, al (anti)poeta, fallecido hoy. ¡Viva el antipoeta!

 

Descansa en paz

claro — descansa en paz
y la humedad?
y el musgo?
y el peso de la lápida?
y los sepultureros borrachos?
y los ladrones de maceteros?
y las ratas que roen los ataúdes?
y los malditos gusanos
que se cuelan por todas partes
haciéndonos imposible la muerte
o les parece a ustedes que nosotros
no nos damos cuenta de nada…

estupendo decir descansa en paz
a sabiendas que eso no es posible
sólo por darle gusto a la sin hueso

sepan que nos damos cuenta de todo
las arañas corriendo por las piernas
no nos permiten dudas al respecto
dejémonos de pamplinas
ante la tumba abierta de par en par
hay que decir las cosas como son:
ustedes al Quitapenas
y nosotros al fondo del abismo

 

(De Hojas de Parra, 1985)


“Mejor mudar de Narciso” (Eduardo Espina)

Mejor mudar de Narciso

(Más fácil que en un espejo transparente)

 

I

Si en la pleamar amaestrada

de una fuente vino a mirarse,

en un espejo hubiera nadado.

Náufrago del ego al augurar,

atrapa espumas aunque más.

(Oh tan cóncavo caído de la

difícil felicidad, delfín que

por lo desolado se solaza)

 

II

Se miró en un mar enceguecido,

péndulo de apariencias para ser

por célibe levedad a la distancia

siempre, tarde, mañana y noche,

menos un marte mientras pudo.

Rodeó su densidad los aledaños,

a la imagen posterior que le dan.

Días de salir en islas a la deriva.

Y la edad, ¿a partir de deidades,

o adivinada en idea donde lo es?

 

III

Mirar de la pobre transparencia:

el viento escondido en el aire, la

hora al pairo apurando variantes.

Tiembla la blancura al hablarlos.

 

IV

El escalofrío y la fe de las iniciales

saben que la vida impide por fuera.

Desconocido el indicio al decidirlo

cuenta los años anillados, el tiempo

tan poco muerto de cualquier modo.

Cuesta la piel lo que estas palabras,

y el habla, según las ganas de nacer.

Para su azar cuando quieran huir de

ahora, será la h historia el único lugar.

 

V (cinco)

Redive al visir la brisa bucanera,

no más que  viento en el laberinto.

Como si bellas de allá vinieran la

perseverancia y cuanto puede ser,

la sibila de abril en las visiones

vuelve a vencer por enésima vez.

Extraño pretexto de lo invisible

(donde las apariencias engañan):

de lejos, creyó que era él mismo.

 

Eduardo Espina, El cutis patrio, Bs. As., Mansalva, 2009, pp. 116-117.

 


“Desapareció mi nombre de la memoria” (Peter Weiss)

Abel, Babel y Cabel

[…] Cuando uno hablaba callaban los otros dos y escuchaban o miraban a su alrededor y oían otra cosa, y cuando el uno había terminado de hablar, hablaba el segundo, y luego el tercero, y los otros dos escuchaban o pensaban en otra cosa. […]

Una vez fui por una ciudad, fue una caminata que se prolongó durante muchos días y noches. Me había bajado de un autobús, tras haberme preguntado el cobrador varias veces por mi destino, y finalmente, como yo no lo podía decir, haberme echado. Llegué a lugares, donde había diques y astilleros, y al tropezarme varias veces al mismo guardia, en un camino circular, me paró y me pidió papeles. Los tenía, y también sabía cómo me llamaba aunque me era indiferente. Aún no había olvidado mi nombre, pero había olvidado por qué andaba por ahí, y en qué ciudad me encontraba, como mis papeles estaban en orden pude seguir. La primera noche la pasé en una habitación encima de un bar, el suelo descendía en declive, todo estaba inclinado, en la cama al principio estaba con la cabeza hacia abajo, cambié entonces de posición, oí hasta el amanecer el escándalo y los gritos de abajo. Sobre un caballete de tres patas había una jofaina, la puerta del pequeño armario de la esquina estaba encajada con un trozo doblado de papel de periódico, del techo colgaba una bombilla con una pantalla verde,  y detrás de la ventana se podía ver un trozo de río, a veces con un remolcador, una barcaza. La habitación era excepcionalmente pequeña, por la mañana conocía cada una de las desgastadas tablas de madera del suelo, cada trozo de papel pintado de flores, con sus manchas de grasa, huellas dactilares, clavos y grietas, era como si hubiese pasado aquí toda una vida. Al día siguiente por la noche pasaron junto a mí de vez en cuando por la derecha y por la izquierda algunas formas grandes, únicamente las sentí, no las vi. No sé dónde pasé la noche siguiente, creo que dormí por ahí en la escalera de un embarcadero, recuerdo el agua amarilla debajo de mí, una anilla de hierro, en la que me apoyé, el ruido de los botes de motor que pasaban por delante. Hasta la noche del tercer día no me desapareció mi nombre de la memoria, saqué mis papeles, leí la filiación apuntada, no me dijo nada. Cuando estuve cansado me eché, donde estaba en aquel momento, en la proximidad del agua, en una parte asfaltada de la calle, con grietas, escupitajos, boñigas de caballo. Allí me quedé y estaba despierto, me encontraba bien, pero desde lejos, me veía desde lejos tumbado ahí, no me movía. Llegaron algunos hombres y se agacharon sobre mí, sus manos estaban ennegrecidas de aceite, llevaban puesto un cubretodo azul oscuro, gorros azules de visera, con el emblema de una compañía naviera. Cuando dijeron que me querían tirar al agua, no me moví, sabía que únicamente querían ponerme a prueba. Me levantaron, me llevaron hasta el borde del muelle, me balancearon un par de veces de un lado a otro, y yo consentí que hicieran todo conmigo. Entonces me dejaron muy cerca del borde del muro, y se fueron. Cuando volvía mi cara de lado, veía el agua abajo junto a las piedras, con basura arrastrada, trozos de madera, latas de conserva, papel descolorido, un zapato sin suela, cáscaras de naranja, espuma.

 

Peter Weiss, La conversación de los tres caminantes, Barcelona, Seix Barral, 1969, pp. 9 y 39-40.

 


sobre Calvert Casey (II): ‘La capacidad de morir es la capacidad de ordenar’ (José Balza)

* Este, y el anterior post, por su temática –el escritor Calvert Casey–, está(n) dedicado(s) a la muchachada amiga de la editorial Final Abierto, quienes publicaron no hace mucho –y con muy buena crítica– un volumen del autor cubano.

 

*   *   *

 

Calvert Casey: ‘La capacidad de  morir es la capacidad de ordenar’

 

¿Cómo hablar de Calvert Casey sin traicionarlo? Antón Arrufat, Cabrera infante, Miguel Barnett, entre otros intelectuales cubanos, fueron sus amigos. Había nacido en Baltimore (1924), pasó larguísimos períodos de su vida en La Habana y se suicidó en Roma (1969). Puede decirse que escribió su obra en un español de tono cubano.

Utilizo una frase de Martí para titular esta nota, porque curiosa (y obsesivamente) esa frase parece ceñir la conducta de Casey, sobre todo si recordamos que Martí celebró el placer, la acción cotidiana y su extraña simbiosis con la muerte siempre secreta, tal como Casey debió concebirla para sí mismo. ‘La muerte es una forma oculta de vida’ anota Martí, y también: ‘la muerte o el aislamiento serán mi único premio’. Ambas expresiones fueron citadas por Casey cuando cumple 37 años.

Yo estaba seguro de haber leído a Calvert Casey a comienzo de los sesenta (¿en Casa de las Américas?) y las Notas de un simulador en 1969. También el escalofriante, seductor fragmento de ‘Piazza Morgana’ en una antigua Revista Quimera. Sin embargo, cuando años más tarde preguntaba por él nadie parecía conocerlo. Sólo J.J. Armas Marcelo compartió una vez mi asombro y recientemente el cultísimo Octavio Armand.

En verdad no me extraña, otras veces también he dudado de mis lecturas; por ejemplo cuando, durante cuatro décadas, no pude hallar a Robert Blackmore o cuando todavía hoy comento al genial Luis Martín Santos, sin hallar eco. Después encuentro otros lectores cómplices: no había imaginado yo a aquellos autores.

Tengo la reciente edición que hace Montesinos (España) de las Notas de un simulador. Tal vez el prologuista peque de arbitrario, cuando se trata de textos ya ordenados por el propio autor. Pero leer a Calvert Casey en cualquier disposición es un prodigio.

No quiero revelar aquí sus anécdotas ni la cruda sutileza de sus atmósferas, sino simplemente considerar que tan brevísima obra es una recompensa para cualquier vida. ¿Cómo no admirar a ese enamorado que se filtra en la sangre del amante –una pequeña herida mientras este se afeita– y confiesa: ‘Ya he entrado en tu corriente sanguínea. He rebasado la orina, el excremento, con su saber dulce y acre, y al fin me he perdido en los cálidos huecos de tu cuerpo. He venido a quedarme’?

Los personajes de Casey (él mismo, a veces) recorren La Habana o Nueva York. Casi siempre es medianoche o va a amanecer. Hay puentes, muelles, casas tan ensimismadas que desde dentro de ellas parecemos estar en la calle. Suena un bolero, un piano viejo. Todo es público y enigmático. Todo son seres laterales u olvidados.

Quizá Casey haya creado el tono minimalista, sin que otro se lo escribiera, como parece haber ocurrido con Carver. Pero sin duda sus raíces corresponden a la penumbra o a lo escatológico, como en El matadero de Echeverría o en El hombre que parecía un caballo de Arévalo Martínez. La elaboración de su obra estuvo próxima a aquello que Pitol iba a lograr. Y hoy resulta ser un hermano mayor de autores inquietantes como Moreno Durán y Mario Bellatín.

Literaria y antropológicamente, ‘Piazza Morgana’ (capítulo de una novela que destruyó) merece estar en cualquier biblioteca. Pero si no contamos sus historias, me permito escuchar el pensamiento de Casey: ‘Esther no es bonita en un sentido inmediato y vulgar, sino de una manera imprecisa’; ‘Sospeché que la tos era una forma de recordarse a sí mismo’; ‘Con los libros voluminosos podía prolongar ciertas vidas’; ‘No es la muerte lo que me obsesiona, es la vida, el humilde y grandioso bien siempre amenazado, siempre perdido’.

[publicado en El Nacional, Caracas, s/f]

 

José Balza, Ensayos crudos, Caracas, Monte Ávila, 2006, pp. 163-165.


sobre Calvert Casey (I): “O calvo o dos pelucas” (Sylvia Molloy)

O calvo o dos pelucas

Quienes oyen hablar al bilingüe en la lengua de ellos no siempre saben que también habla en otra; si se enteran, lo consideran algo así como un impostor o también, por qué no, un traidor. Esta percepción no es ajena a la que el sujeto bilingüe tiene de sí. Esconde la otra lengua que lo delataría: busca que no se le note y, si tiene que pronunciar una palabra en esa otra lengua, lo hace deliberadamente con acento, para que no crean que se ha pasado al otro lado.

Pero el vaivén entre lenguas tiene su precio. Hay switching y switching, como lo prueba el poco recordado y brillante Calvert Casey, autor, precisamente, de Notas de un simulador. En su obra abundan los títulos que aluden al desplazamiento: The WalkEl paseoEl regresoIn partenza. Su vida misma es puro vaivén y pose. De padre norteamericano y madre cubana nace en los Estados Unidos, escribe un primer cuento (que resulta premiado) en inglés, se marcha a Cuba donde cambia de lengua y se transforma en escritor cubano, deja Cuba por Europa donde trabaja de intérprete, se instala en Roma, escribe una última novela en inglés, la destruye con la excepción de un capítulo que narra el recorrido de un yo dentro del laberíntico cuerpo del amado. Se suicida.

Se podría decir que fue escritor norteamericano al comienzo, cuando escribía en inglés. Luego archivó la lengua durante buena parte de su vida y solo muy al final volvió a ella. En el interregno fue escritor cubano y escribió en español.

Cuentan sus amigos que era tartamudo, como el protagonista del cuento El regreso, y que a veces se quedaba con la boca abierta, sin lengua. Acaso, también como su personaje, hablaba con un ‘vago acento extranjero’. Pero ¿en cuál –o más bien desde cuál– de los dos idiomas se reconoce la extranjería? Y sobre todo: ¿en cuál se traba la lengua?

Detalle nimio que me persigue: Calvert Casey, a quien llamaban La Calvita, se suicidó tomando una sobredosis. Esto lo sé. Pero cada vez que pienso en su muerte en Roma, me imagino que se arroja del piso más alto de un edificio, como quien necesita aterrizar por fin en algún lado. No logro desprenderme de esa imagen.

 

Sylvia Molloy, Vivir entre lenguas, Bs. As., Eterna cadencia, 2016, p. 63.


“Técnica del poema social” (Alejandro Rubio)

Técnica del poema social

 

Cuando Pángaro escancia en copas de bacará

un líquido de lo mejor, la historia vuelve como una ola

de naufragio a pedir cuentas, molesta como un pariente pobre.

El tema es la ciudad, siempre, el centro y sus barrios

con sus casas endebles y sus maniquíes tersos

en las vidrieras donde la mercancía muestra su cara insolente

y su promesa de libertad, y en el juego entre esos goznes

se juega, valga la redundancia, el acierto de una visión

que se adhiere y a la vez juzga:

desde el podio de la consumación de la lucha.

Palabras comunes y tiernas,

un tranvía o colectivo, canillitas,

compañeras prostitutas con las medias corridas.

Se termina con un mensaje de esperanza,

soplo vago que anima al muñeco

y lo reúne con el niño en convivio.

Se puede o no agregar un animal explotado:

eso rinde, pero se presta a la parodia.

Lo durable es esa voz recitativa que en la peña

por la garganta de una joven maestra se dirige entre dos truenos

de zamba a los vecinos que sosteniendo empanadas

y vasos de vino carlón se

identifican, aburren, identifican.

 

Alejandro Rubio, Sobrantes, Bs. As., Gog y Magog, 2008, p. 46.