Discurso para la presentación de El escritor, soñaba, novela de Juan Maldonado


Invitación: se presenta “El escritor, soñaba”, novela de Juan Maldonado (viernes 10 de mayo, 19 hs.)


#Poesía: “El gran mínimo” (G. K. Chesterton)

 

El gran mínimo

 

No ha sido poca cosa llorar como lloramos,

no ha sido poca cosa hacer lo que hemos hecho,

no ha sido poca cosa mantenerse despierto

mientras todos los hombres dormían,

o contemplar estrellas que nunca han visto el sol.

 

No ha sido poca cosa oler la rosa mística,

aunque se haya tronchado

y solamente queden las espinas,

no ha sido poca cosa sentir un hambre igual

a la de quienes probaron el pan que hacen los dioses.

 

Haberte visto a ti, tu rostro inolvidable

–valiente como el solo de clarines

que llama a la lucha,

puro cual lirio blanco junto al agua–,

no ha sido poca cosa, aunque de mí

te separaras hoy, ya para siempre.

 

Aprender los asuntos, cerrados a los débiles,

pasiones milenarias, arriesgadas,

altas y misteriosas,

no es poco ser más sabio que este mundo,

no es poco ser más viejo que los cielos.

 

En un tiempo de escépticas polillas

y de cínicos óxidos,

y de vidas cebadas y hastiadas de dulzor,

en un mundo de amores huidizos

y ansias que se diluyeron,

no es poco estar seguro de un deseo.

 

Benditos sean nuestros oídos pues ellos escucharon,

benditos sean nuestros ojos pues también ellos vieron.

Dejemos que el relámpago y el trueno

descarguen sobre el hombre, y la bestia, y el pájaro.

No ha sido poca cosa haber vivido.

 

G. K. Chesterton, El gran mínimo. Antología poética, Salto de página, 2014, [Selección, traducción y prólogo de Miguel Sala Díaz], pp. 131-132.


#Poesía: [sin título] (Ben Lerner)

 

En esa época, la desnudez parcial estaba permitida,

siempre y cuando los pechos en cuestión fueran de indígenas.

 

Las nubes tenían facilidad de dicción,

y a la muerte le iba muy bien con las mujeres

y por las noches nuestros documentos se abrían

para emitir sus fragrantes confesiones.

 

En esa época, se sumergían cebollas enteras y pueblos enteros

en grasa transparente y semisólida de cerdo.

Los niños aspiraban líneas de oro en polvo,

inhalaban pegamento hecho de tachas,

fumaban mirra sepulcral y luego tiraban unos tiros

en sus escuelas.

 

En esa época, la policía se llevó detenidos a todos los insectos, luego a los pájaros, después a las estrellas,

y el cielo se escapó bajo la tierra.

 

The litchenberg figures [2004], en Ben Lerner, Elegías doppler, Bs. As., Zindo & Gafuri, 2015 [traducción de Ezequiel Zaidenwerg], p. 39.

 


#24DeMarzo: Ricardo Piglia sobre Estado y dictadura, sociedad y relato(s), política y ficción

* Fragmentos de dos entrevistas:

[1984]

La concepción conspirativa de la historia tiene la estructura de un melodrama: una fuerza perversa, una maquinación oculta explica los acontecimientos. La política ocupa el lugar del destino. Y eso en la Argentina no es una metáfora: en los últimos años la política secreta del Estado decidía la vida privada de todos. Otra vez la figura de la amenaza que se planifica desde un centro oculto (en este caso ‘la inteligencia del Estado’) y se le impone a la realidad. Es lo que sucedió con el golpe de 1976. Antes que nada se construyó una versión de la realidad, los militares aparecían en ese mito como el reaseguro médico de la sociedad. Empezó a circular la teoría del cuerpo extraño que había penetrado en el tejido social y que debía ser extirpado. Se anticipó públicamente lo que en secreto se le iba a hacer al cuerpo de las víctimas. Se decía todo, sin decir nada.

 

[1987]

[…] diría que la nueva marca en el discurso intelectual es una suerte de conformismo general y de sometimiento al peso de lo real. En lo que se llama ‘los 60’ había un espacio de reflexión diferente que, por no estar conectado a la política inmediata, permitía poner en el centro del debate temas que hoy han sido clausurados, como el de las transformaciones y la revolución.

[…]

El poder también se sostiene en la ficción. El Estado es también una máquina de hacer creer. En la época de la dictadura, circulaba un tipo de relato ‘médico’: el país estaba enfermo, un virus lo había corrompido, era necesario realizar una intervención drástica. El Estado militar se autodefinía como el único cirujano capaz de operar, sin postergaciones y sin demagogia. Para sobrevivir, la sociedad tenía que soportar esa cirugía mayor. Algunas zonas debían ser operadas sin anestesia. Ese era el núcleo del relato: país desahuciado y un equipo de médicos dispuestos a todo para salvarle la vida. En verdad, ese relato venía a encubrir una realidad criminal, de cuerpos mutilados y operaciones sangrientas. Pero al mismo tiempo la aludía explícitamente. Decía todo y no decía nada: la estructura del relato de terror.

Con la transición de Bignone a Alfonsín [cambia ese relato]. Ahí se cambia de género. Empieza a funcionar la novela psicológica, en el sentido fuerte del término. La sociedad tenía que hacerse un examen de conciencia. Se generaliza la técnica del monólogo interior. Se construye una suerte de autobiografía gótica en la que el centro era la culpa; las tendencias despóticas del hombre argentino; el enano fascista; el autoritarismo subjetivo. La discusión política se internaliza. Cada uno debía elaborar su relato autobiográfico para ver qué relaciones personales mantenía con el Estado autoritario y terrorista. Difícil encontrar las responsabilidades. Resulta que no eran los sectores que tradicionalmente impulsan los golpes de Estado y sostienen el poder militar los responsables de la situación, sino ¡todo el pueblo argentino! Primero lo operan y después le exigen el remordimiento obligatorio.

 

 

Ricardo Piglia, Crítica y ficción, Bs. As., Debolsillo, 2014 [ed. original 1986; nueva versión 2000], pp. 34, 100, 101.


#Poesía: “Las cenizas de Gramsci” (Pier Paolo Pasolini)

“Las cenizas de Gramsci”

 

I

[…]

Tú, muchacho, en aquel mayo

en el que el error era aún vida,

delineabas con tu delgada mano

 

el ideal que ilumina (pero no

para nosotros: tú muerto y nosotros

muertos igualmente contigo

 

en el húmedo jardín) este silencio;

tú en aquel mayo italiano

que a la vida aportaba

por lo menos ardor,

al menos aquel apacible e impuramente

sano ardor de nuestros padres; pero

tú no eres padre, sino humilde hermano.

 

No puedes sino ahora reposar

en este extraño y retirado lugar.

Patricio aburrimiento hay a tu alrededor.

 

Y débil apenas te llega algún golpe

de yunque de los talleres de Testaccio,

amodorrado en el atardecer.

 

Tú entre míseros cobertizos, un vicioso

muchacho cierra su jornada,

mientras llueve a su alrededor.

 

 

II

Entre dos mundos la tregua que no tenemos.

Decisiones, altruismo… No existe más sonido

que el de este insalubre jardín 80

 

un tanto noble en el que testarudo

el engaño que apagaba la vida

permanece también con la muerte.

 

Los círculos sarcófagos

no hacen sino mostrar las suertes

que aún quedan de esta gente laica,

[…]

 

 

III

[…]

Y heme aquí, pobre, vestido

 

con las ropas que los pobres

ven en escaparates de burdo esplendor

y que han perdido su suciedad 83

 

en las calles lejanas, en asientos

de tranvías en los cuales he extraviado

las horas de este día: mientras

 

en el tormento de mantenerme con vida

son más escasos estos respiros;

y si amo el mundo sólo es

 

por su violencia e ingenuo amor sensual,

así como, confuso adolescente,

lo odié un día cuando en él me hería

 

el mal burgués que en mí –burgués– había.

Y ahora comparto contigo el mundo.

¿Acaso no aparece como objeto

 

de místico rencor y de desprecio

la parte aquella que el poder posee?

Y, sin embargo, sin tu rigor subsisto

 

porque nada elijo. Vivo en el no desear

de la apagada postguerra, amando

el mundo que odio –perdido en su decepcionante

 

miseria– gracias a un oscuro escándalo

de conciencia…

[…]

 

Pier Paolo Pasolini, Las cenizas de Gramsci, Madrid, Visor [n° 58], 1975 [Traducción y prólogo de Antonio Colinas], pp. 79-81


#Poesía: “Comicio” (Pier Paolo Pasolini)

 

“Comicio”

 

Con su apacible terror aquí es más puro

–si las tardes ya fundidas tiemblan

con los últimos, poéticos susurros

 

de la vida sencilla– el encuentro

de los canalones urbanos con el oscuro cielo.

Y pálidos muros, infecundos

 

céspedes, delgadas cornisas en el misterio

que las empapa de cosmos mientras,

familiar y alegremente, funden el suyo.

 

Pero esta noche algo cambia improvisadamente

en las incultas fantasías del viandante

y hiela su arrobamiento en las queridas,

 

cálidas paredes desconsagradas…

 

Ya no más como en un paraíso

de pasos muy sonoros porque escasos,

de transparentes voces porque apacibles.

 

La plaza se estremece en las oscuras

esquinas, entre esplendores de piedra

humilde: ya no rumorean solitarios

 

los coches de los poderosos,

rozando el costado del joven paria

que embriaga son sus silbidos la ciudad…

 

Una pálida muchedumbre llena el aire

de irreales rumores. Sobre ella un palco

cubierto de banderas cuyo blanco

 

hace sudario, la negra luz

ciega el verde, el rojo se ennegrece

como la sangre seca. Como viento

 

o tétrico vegetal brilla cerúlea,

en el centro, la llama fascista.

 

*   *   *

El dolor, inesperado, me rechaza

casi como si no quisiera verme.

Por el contrario, con las lágrimas que destiñen

 

alrededor de mí un mundo tan vivo,

al atardecer, me lanzo desesperadamente

en medio de esta feria de sombras.

 

Y miro, y escucho. Roma, en torno a mí,

enmudece: se oye el silencio

de la ciudad y el del cielo. Sobre

 

tanto grito no se oye voz humana.

La cálida semilla que mayo hace germinar

incluso en el frescor nocturno, un pesado

 

y antiguo hielo oprime sobre los muros

robustos, ya tristes, como los sentidos

de un niño angustiado. Y cuanto más cuanto más crecen

 

los gritos (y el odio en el corazón),

más desnudo se vuelve el desierto

de la tarde en donde el habitual

 

y perezoso susurro se ha extinguido…

 

He aquí quienes son los ejemplares vivos,

vivos de una parte muerta de nosotros

que nos había ilusionado con su novedad,

 

–para siempre están privados de ella.

Por el contrario, entrevista inesperadamente

en esta plaza oriental, he aquí, espesa,

 

la multitud aullando, que enloquece anunciando

la salud como signo de una raza

que en el pueblo es oscura alegría

 

y en ella triste la oscuridad.

Y su energía es sólo debilidad,

ofensa sexual, ya que no tiene

 

otro camino para llegar a ser pasión

en su encendida mente, acciones demasiado

lícitas o ilícitas: aquí grita tan sólo

 

la burguesa impotencia de trascender

la especie, la confusa fe que la exalta,

y que, desesperadamente, crece en el hombre

que no sabe qué luz lleva dentro de sí.

 

*   *   *

[…]

 

Pier Paolo Pasolini, Las cenizas de Gramsci, Madrid, Visor [n° 58], 1975, pp. 47-49.