“El farmer”: un discurso de la memoria (y del poder)

TEATRO // OBRA EN CARTEL

“El farmer”: un discurso de la memoria (y del poder)

Comentarios a partir de la obra basada en la novela de Andrés Rivera, puesta en escena de miércoles a domingo, a las 20 hs., en la Sala Casacuberta del Teatro General San Martín.

El telurismo de una serie de novelas de Andrés Rivera de las décadas de 1980 y 90 (La revolución es un sueño eterno, El amigo de Baudelaire, La sierva, El farmer, Ese manco Paz), se abre o presta a la dramaturgia y al cine: ya pasó con La sierva, puesta en escena varias veces, al igual que con La revolución…, dirigida por Raúl Serrano y también llevada al cine por Nemesio Juárez (en 2010), y con El farmer (por ejemplo en 2002, por Adrián Blanco), esta vez recreado-adaptado por Rodrigo de la Serna y Pompeyo Audivert, quienes también actúan y, junto a Andrés Mangone, dirigen la obra.

Se mencionó lo telúrico. Hay que agregar algunas palabras más: criollismo, poder, crueldad. Si la escritura de Rivera se caracteriza por el discurso seco, casi lacónico (al mismo tiempo directo y punzante), por una crudeza que desnuda en muchos casos alguna crueldad, ello se hace más patente cuando toma carnadura, especialmente, en personajes poderosos, en lo político y económico, en nuestro siglo XIX (sean comerciantes o patrones de estancia, como Saúl Bedoya, o militares y políticos, como –el también estanciero– Rosas).

La amargura al final de la vida, la reflexión y la autoreflexión –como temas y práctica “universal”– sostienen esta obra: son los últimos momentos de Juan Manuel de Rosas, exiliado en Southampton, Reino de la Gran Bretaña. Así, la puesta en escena de De la Serna y Audivert, toma la nouvelle de Rivera para realizar un nuevo montaje –o un re-montaje, o una rearticulación– de ese fluir discursivo del General Rosas, caído en desgracia ya hace más de veinte años. Es discurso, declamación, exhorto (político) incluso, que busca, rememora, su vida personal-familiar y la pública, en el ejercicio del poder, ahora perdido. (Sarmiento, indudablemente, será, además de respetado y casi admirado por su pluma, permanentemente recordado como enemigo implacable.)

El soliloquio y la polifonía de voces que acompañan los recuerdos de Rosas (interlocutores que aparecen fantasmáticamente: varios visitantes ingleses, su hija Manuelita, su madre) se sostienen en el cuerpo de los dos actores (donde De la serna tiene un papel muy dinámico, de metamorfosis para esas apariciones), que encarnan al mismo hombre devenido –como se dice en las “Palabras de los directores”, texto del programa de mano– en “el doble mítico”. Hay un Rosas, entonces, real, concreto: un viejo decrépito que, junto a sus recuerdos, sigue pendiente del presente ante los peligros y amenazas al orden que surgen (como la insurrecta Comuna de París, como los panfletos y llamamientos de Marx y la Primera Internacional obrera); y otro, un “otro yo”, joven y aguerrido Rosas, en la cúspide de su poder (al mando de la Confederación Argentina), que acompaña y recrea aquella gobernanza durante la época de “la suma del poder público”, las montoneras, y los conflictos y guerras entre unitarios y federales. El contrapunto y contrastes entre ambos Rosas ofrecen un caleidoscopio del personaje histórico –juventud y cambio de apellido incluidos–, no sin alguna adaptación significativa para con nuestro presente y actualidad. Por ejemplo: declama –o mejor, proclama– en un momento el Rosas de De la Serna: “Demoré una vida en reconocer la más simple y pura de las verdades patrióticas: quien gobierne podrá contar, siempre, con la cobardía incondicional de los porteños”. Y sin embargo –aunque no existía todavía como tal el “Estado argentino”–, el libro original de Rivera habla de “la cobardía incodicional de los argentinos”, queriendo significar otra cosa (una denominación más abarcativa o global). Cuando lanza, feroz, indignado, la acusación este “joven Rosas”, el público –porteño en gran medida– reacciona ante lo dicho.

También, el Rosas viejo y derrotado recuerda una orden dictada: el fusilamiento de Camila O’Gorman –embarazada– y su amante el cura Gutiérrez (tema caro al surrealismo argentino, en las obras de Enrique Molina y Aldo Pellegrini). Dice el libro, y se dice en la obra: “Yo, de puertas adentro, señores míos, permití que el Demonio habitase a quien quiera cediese a la lascivia y la obscenidad. De puertas afuera, no. De puertas afuera, decencia.

Y cuando ordeno que se fusile a Camila y su amante, el mestizo Gutiérrez, proclaman que soy una bestia sedienta de sangre. ¿Acaso lord Palmerston no me dijo que Romeo y Julieta, la más aplaudida obra de teatro del canciller Bacon, justifica la ejecución de los dos amantes cuando sus procacidades afligieron a la sociedad veneciana?

¿Acaso son sordos? Si no lo son, escuchen mi consigna:

“El que está abajo, respeta al que está arriba”.

Este bonapartismo, este ejercicio del poder –que se jacta de velar (y también de “conocer”, por espiar, para vigilar y castigar) “el sueño de los argentinos”–, preocupado por la Internacional (“una máquina de guerra destinada a abolir el capital e instaurar el comunismo”), lleva a este exiliado Rosas de Rivera a sostener: “Escribo que la circular de M. Favre menciona que los comités, caudillos y cómplices de la Internacional funcionan en Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica, Rusia, Suiza, Austria, Italia y España.

Escribo que la Internacional exige la legislación directa del pueblo por el pueblo, la supresión de la herencia individual, el ingreso del suelo en las propiedades colectivas.
Escribo: Cuando en las clases vulgares desaparecen el respeto al orden, las leyes y el temor a las penas eternas, sólo los poderes extraordinarios, en manos de los jefes de las naciones cristianas, restaurarán la obediencia a los mandamientos de Dios.
Escribo: En Londres vive el más insidioso, petulante y audaz apologista de la Comuna. Vive, me informan, en Maitland Park Road, y lo vigilan, discretamente, policías que ni siquiera llevan garrotes en la cintura. Ese intenso apologista no es inglés: es, como yo, un desterrado. Me informan que los aberrantes panfletos que escribe son una prosa como no hay otra en Europa. Me informan que The Times acoge y publica algunas de sus incesantes cartas. La reina Victoria es una mujer bondadosa.

Dicen de ese conspirador, quienes me informan, que es un soñador que piensa, un pensador que sueña. Escribo que, por lo tanto, es inofensivo. Escribo: No lo pierdan de vista. Vigílenlo.

Escribo: No hay en el mundo enemigo más esforzado de las asociaciones clandestinas, de la anarquía y del comunismo, que el general Rosas”.

El Rosas de El farmer es un exponente de cómo es en su conjunto, cómo está articulada, toda la literatura de Rivera: como un mecanismo narrativo (una historia, una vida o personaje, un discurso, una anécdota) que conecta, remite y asocia otros hechos y épocas históricas. Así, el derrotado de la batalla de Caseros (1852) mantiene el nervio, la atención, ante lo que se destaca políticamente en Europa y Gran Bretaña. Así, es posible un Rosas coqueteando con (y al mismo tiempo condenando a) Marx.

Otro ejemplo/otro tema: esto lanza el “Rosas joven”:

“¿Cómo es, señores, cuando se tira, a los ríos, amarrados dentro de una bolsa, a los subversivos?

¿Cómo es cuando se los capa?

¿Cómo es, señores, cuando se les corta la lengua?”.

¿Acaso la primera pregunta no (nos) remite a otros “subversivos”, a otras “tiradas al río”, por ejemplo a las que se ejecutaban bajo órdenes de la última dictadura militar?

La imaginación de Rivera genera un destilado, verosímil, posible. Rivera le hace decir (elegir, definirse) breve y sencillamente a este Rosas: “El manejo del Estado me apasiona. El manejo de los intereses del Estado me apasiona. No la guitarra. No el sexo”.

Si este Rosas, expansivo en amores y odios –también, como ocurre con las otras obras de cierta similitud temática, ya mencionadas al comienzo de esta nota–, abrió o abre cierta oportunidad al “revisionismo histórico” contra la “historiografía liberal” (es decir, la representante de los vencedores de Rosas en Caseros), para discutir nuevamente “nuestra historia nacional” y el accionar de sus hombres más salientes, con poder y capacidades dirigentes, en realidad El farmer y la literatura de Rivera cruzan o planean por sobre ese debate dicotómico, lo superan, apuntando hacia otra cuestión: la de una historia (proveniente del pasado, también presente) de los humillados y ofendidos, por una parte (la clase trabajadora, los sectores populares, las grandes personalidades revolucionarias), y, por otra, la de esos mismos poderes que dominan (sea el zarismo ruso y el pogrom, un terrateniente o empresario, un policía o burócrata sindical). Mediante una poderosa fuerza histórica (y biográfica, personal) que la anima, la literatura de Rivera se cincela mediante un fino discurso, delineado por el sentimiento y la pasión que expresan cada uno de sus personajes. Y la Historia, como telón de fondo; cada época, deja su marca en la subjetividad de los personajes (que al mismo tiempo reactúan sobre la realidad en la que están, y la hacen). Y el conflicto, el disfrute o el padecimiento del poder –de poder ejercerlo o de tener que sufrirlo (se luche o no)– es la clave o centro del discurso.

El Rosas de Rivera es un “campesino” o farmer muy particular, instalado en la lejanía, abandonado por sus viejos “socios”, mencionados a los gritos por el Rosas joven cuando recuerda el viejo cómo lo olvidaron; apellidos como Anchorena, el del General Pacheco, Chilavert…

Un Rosas desterrado, agobiado, destemplado –pese al gran brasero donde quema el carbón, y alguna otra cosa, mientras cae la nieve–, en Inglaterra. Con un discurso –un largo sueño–, en la realidad del exilio, referido a la memoria y al poder, y a la pérdida del mismo


Trotsky y la literatura


Por Demian Paredes

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Hablar de Trotsky y la literatura (y, también, de Trotsky en la literatura) es, se podría decir, un tema clásico, conocido, visitado… y –como hacemos acá– revisitado.

Se puede comenzar por él mismo: como se sabe, Trotsky fue un atento lector; un gran lector –además de escritor–, tanto de escritores clásicos rusos (como Tolstoi y Gogol) como de contemporáneos (Esenin, Maiakovsky, Céline, Malraux, Jack London, los surrealistas). Sobre ellos escribió –antes, durante y después de la Revolución Rusa de 1917–, y, con muchos, tuvo además encuentros y relaciones políticas. Y a esto debemos sumar sus conocidos trabajos como Literatura y revolución, y los agrupados bajo el título de Problemas de la vida cotidiana, donde se ve (se lee) a las claras su atención para con los temas del arte y la cultura –a los que además se podría sumar el por entonces novísmo psicoanálisis–. De conjunto tenemos entonces a un revolucionario marxista que, lejos de la manipulación del arte y sus expresiones –como hizo la burocracia stalinismo con el tristemente célebre “realismo socialista”– tuvo una amplia mirada (y diversas propuestas políticas) sobre éstos, e incluso fue el autor, junto a André Breton, en México, en 1938, del “Manifiesto por un arte revolucionario independiente” (un conocido texto del que ha dado cuenta recientemente un artículo en la revista mensual Ideas de Izquierda). Tan es así que hasta el día de hoy, muchas décadas luego, muchísimos escritos siguen dando cuenta de la potencia, de la vigencia, de muchos planteos de Trotsky en estos terrenos, y por supuesto también de su vida revolucionaria y lucha consecuente contra la degeneración del Estado obrero ruso.

 

“El arte verdadero, es decir, el que no contenta con variaciones sobre modelos ya hechos, sino que se esfuerza por dar una expresión a las necesidades interiores del hombre y de la humanidad de hoy, no puede no ser revolucionario, es decir, no aspirar a una reconstrucción completa y radical de la sociedad, aunque solo fuese para liberar a la creación intelectual de las cadenas que la atan y permitir a toda la humanidad elevarse a alturas que solo unos cuantos genios aislados han alcanzado en el pasado.”

(Fragmento del “Manifiesto…” de Trotsky y Breton.)

 

Pienso ahora rápidamente en una posible “lista” de importantes escritores y escritoras que tomaron “la historia y vida de Trotsky”; como también de quienes lo abordaron desde diversos ángulos específicos las últimas décadas:

Tenemos por ejemplo La segunda muerte de Ramón Mercader, una novela “policial” (o “trhiller político” se se prefiere) del escritor español ya fallecido Jorge Semprún (quien además, años después, en Federico Sánchez se despide de ustedes –una de sus novelas autogiográficas– rememora las visitas al museo-casa de Trotsky en México, con sus aires de “templo revolucionario”…). Semprún, que fue –además de guionista del conocido director de cine Costa-Gavras– del PC, y luego del PS (es decir, se fue cada vez más hacia la derecha), mantiene sin embargo un respeto enorme por la figura de Trotsky.

Otras obras de escritoras y escritores son:

Tres tristes tigres, novela del gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, donde hay toda una “sección” del libro dedicada a parafrasear a varios escritores, “parodiando” su estilo, y dando cuenta del asesinato de Trotsky;

En estado de memoria, narraciones de Tununa Mercado, donde también se menciona al museo-casa de México como un sitio al que toda persona de izquierda, todo humanista y/o socialista no puede dejar de ir;

Los dos cuentos del jujeño Héctor Tizón publicados en No es posible callar, sobre el sicario stalinista Ramón Mercader;

El relato de Silvia Molloy –también sobre el museo-casa– en Varia imaginación;

La novela de Martín Kohan Museo de la revolución;

Varias novelas de Andrés Rivera, como Nada que perder y El verdugo en el umbral;

Laguna, de la norteamericana Barbara Kingsolver;

El profeta mudo, una novela inédita, que salió el año pasado por una editorial española, del escritor centroeuropeo Joseph Roth;

Y a todo esto hay que sumar la famosa El hombre que amaba a los perros, del cubano Leonardo Pardura.

Junto a esto, no podemos dejar de mencionar tampoco los textos que produjeron el ensayista y sociólogo Eduardo Grüner (“Trotsky, un hombre de estilo”), y el escritor Noé Jitrik –quien nos ha dado unos 5 o 6 textos los últimos años, en muchos casos tomando como referencia o disparador publicaciones del CEIP “León Trotsky” y Ediciones IPS: Mi vida, la biografía de Lenin, y El caso León Trotsky, entre otros–.

 

Para ir finalizando esta lista –que, por supuesto, no es exhaustiva–, podemos sumar un texto más, un capítulo sobre la “cuestión judía” en la autobiografía del escritor, ensayista y crítico George Steiner –llamada Errata–, quien, contra “la barbarie, la estupidez y la ignorancia” propone recordar un fragmento de “un tal Liev Davidovich Bronstein (también conocido como Trotsky). Un texto escrito en el fragor de batallas” “encarnizadas”:

 

“El hombre asumirá como propia la meta de dominar sus emociones y elevar sus instintos a las alturas de la conciencia, de tornarlos transparentes, de extender los hilos de su voluntad hasta los resquicios más ocultos, accediendo de este modo a un nuevo plano […]

El hombre será inconmensurablemente más fuerte, más sabio y más sutil; su cuerpo se tornará más armónico, sus movimientos, más rítmicos, su voz más, melodiosa. Los modos de vida serán más intensos y dramáticos. El ser humano medio alcanzará la categoría de un Aristóteles, un Goethe, un Marx. Y sobre este risco se alzarán nuevas cimas.”

 

Este es el final del libro Literatura y revolución, donde Trotsky proyecta, imagina, cómo será la vida del ser humano, una vez acabado el capitalismo –una vez terminado el régimen de explotación asalariada–, en la sociedad comunista. Un “sueño” de una gran potencia, que ha sido destacado una y otra vez por su belleza y su fuerza imaginativa.

Y cierra Steiner ese capítulo diciendo: “Absurdo. ¿Verdad? Pero un absurdo por el que vivir y morir”.

*   *   *

 

* Este texto es la base de una columna realizada para el programa radial “Pateando el Tablero”, que puede escucharse en el siguiente link: http://pateandoeltablero.com.ar/2013/08/24/la-columna-de-arte-y-cultura-trotsky-en-la-literatura/


“Cortesías como ésas…” (Andrés Rivera)

andres-rivera-cuentos-escogidos_MLA-O-116489482_4370Magda, la esposa de Russell, y Russell, se mostraron amables y hospitalarios. Dominaban, a la perfección, el código de los buenos modales. Dijeron que podía dormir en el diván instalado en la biblioteca; y que, hasta que conciliara el sueño, podía entretenerme con la lectura de las obras completas de Ernesto Sabato. Opté, naturalmente, por desafiar a la lluvia: cortesías como ésas terminan por espantarme

Andrés Rivera, “Bialé” (Cuentos escogidos, Bs. As. Alfaguara, 2000, pp. 22 y 23).


El destino y el honor, el poder y la muerte

A propósito de la reedición de Hay que matar

En Hay que matar, novela de 1982 y “obra bisagra” en la obra riveriana, recientemente reeditada[1], la acción se desarrolla en “El Sur del Sur”: “una vastedad sin fronteras, que estuvo allí desde siempre, desde los inicios del tiempo, desde antes de que ningún hombre se echara a andar, y aceptase que hay preguntas para las que ni el infierno ni el cielo, ni las estrellas ni la escritura, tienen respuesta”. Allí, a comienzos del siglo XX, viven Milton y Byron Roberts, padre e hijo, en una modesta estancia. Según el narrador, el padre “nunca quiso tener hombres que dependieran de su dinero –salvo por unas pocas semanas, salvo por un par de meses–, o de sus órdenes o del potaje que les entregaría a la hora de alimentarlos, o de lo que reivindicaran esos que llamaban delegados sindicales, esos que pasaban en limpio las mudeces, los balbuceos, las tardías reflexiones de peones chilenos, españoles, criollos, polacos”. Una situación donde “Los peones, aquí, en El Sur del Sur, peticionaron un salario que supusieron retribuía sus crispados trabajos, un horario posible para sus crispados trabajos; unas horas para lavar sus pilchas; una cama y un colchón para el sueño, para el insomnio, para las masturbaciones; lámparas para mirarse las caras y la fatiga en las caras; trabajo bajo techo cuando el ventarrón o las lluvias atormentasen los campos; botiquines para aliviar las lastimaduras de la carne aún útil, aún en venta”.
Este sur es el de la Argentina, una (supuesta) república, donde allí, en El Sur del Sur, hay en verdad un imperio. Un país donde “Generales y almirantes, soldados y marinos, porteros, torturadores, giles, saludaban la bandera de la república en las fechas patrias”. Donde se asesina y mata por ambición (de dinero) y poder (político).
En este caso, se trata de una empresa dueña de tierras, ganado y petróleo.
En este contexto, se narra la acción de Byron Roberts ante el asesinato de su padre: portando el cargo de policía de una comisaría de la Patagonia, Byron se olvida de su “cargo” y sale en busca de venganza… ¿o justicia?
Andrés Rivera ha contado en numerosos reportajes cuánto demoró en leer a Borges, prohibido –tanto como Trotsky– por el Partido Comunista. (Como recuerda el periodista Isidoro Gilbert en La Fede, Rivera fue, en la década de 1950, redactor del periódico de la FJC Juventud, y luego participó de Plática, una revista cultural también impulsada por el stalinismo criollo, hasta que en 1964 fue expulsado del mismo.) Pese a la demora –a los 30 años, dijo el autor de Cría de asesinos, tuvo que hacer “casi una lectura clandestina”–, el acceso a la obra del genial y controvertido (especialmente en lo que respecta a sus ideas políticas) Borges dejó en Rivera una profunda huella, que puede apreciarse claramente en Hay que matar.
En efecto, se encuentran aquí varios “tópicos borgeanos”: el destino, la muerte, la conciencia de las paradojas en determinadas situaciones y el honor. Todo ello recreado con brevedad y laconismo; lo que consigue sin embargo crear esa concisa prosa “poética-narrativa”, tan característica y típica de Rivera desde entonces. Aunque Hay que matar aún no llega al “total despojamiento” que hay en obras posteriores –las de las décadas de 1980 y 90, y las del nuevo siglo-, ya contiene ese “realismo sucio” (en el que se encuentran las “marcas de la historia”, la lucha de los humillados y ofendidos) que el escritor no tiene el menor problema en aceptar como adjetivo válido para su obra.
Rivera narra esta historia en el sur de un país que “es lento. Y sus ex presidentes, los militares y los civiles, envejecen, vestidos de frac o de smoking, en los palcos del Teatro Colón, en las playas de Niza, en las humedades untuosas del Paraguay, de Caracas, de Ibiza, o encerrados en sus casas, donde contemplan las falsas condecoraciones que recibieron de enviados polares”. Son los miembros de una clase dominante que “Envejecen, lentos”. Rivera habla de un país que “se compadece de los pobres”. Un país de poderosos (lentos, sí, pero despiadados), que se reproducen poco, al mismo tiempo que los pobres “Son tantos. Y se reproducen, ellos sí, velozmente, curioso fenómeno en el país lento, incambiable desde que, sin pruritos lentos, los lentos exterminaron la plaga jacobina”. Un país, entonces, donde se desarrolla la barbarie del poder (económico y político); donde “unos pocos”, estancieros y políticos criollos, y donde “unos pocos” franceses, estadounidenses e ingleses ejercen su dominio.
Como ha señalado la académica María Cristina Pons a propósito de algunas novelas de Rivera, “se trata de contar la historia ‘de abajo’, si se piensa en lo representado y ‘desde abajo’, si se piensa en el punto de vista desde donde se narra. Esta inflexión de la escritura supone una ética: implica la opción de no otorgarles un lugar de privilegio a los agentes artífices de los cambios y las acciones que ‘hicieron historia’, y de reivindicar, en cambio, a los que sufrieron sus consecuencias o a los que actuaron desde los márgenes”[2].
La historia, para Rivera –en esta novela, y en general, en toda su obra–, es una monstruosa cadena de crímenes, abusos y miserias. Una historia donde los poderosos no tienen la menor moral ni escrúpulos, sino sed de (ilimitado) poder; y donde los que podrían ser llamados “héroes” –o “los buenos” o “rebeldes”– también son humanos: fallan, se desorientan, fracasan, cejan en el camino de su misión, son aplastados por una combinación de causas, se hunden ante rivales o enemigos, sucumben ante las contradicciones (propias y ajenas); y así y todo, la cosa(la vida) sigue…
¿Hay que matar? Sí, (nos) dice Rivera, mirando el barro de la historia.
Pero tal vez, también, haya que matar porque –tarde o temprano– hay que morir.

NOTAS:

[1] Andrés Rivera, Hay que matar, Buenos Aires, Seix Barral, 2012.

[2] “El secreto de la historia y el regreso de la novela histórica”, en Historia crítica de la literatura argentina, dirigida por Noé Jitrik, volumen 11, dirigido por Elsa Drucaroff, “La narración gana la partida”, Bs. As., Emecé, 2000, p. 108.

Todavía mata (Andrés Rivera)

Argentina es una república: eso se sabe.

En El Sur del Sur hubo un imperio. Y se conoció por los nombres de las cabezas de ese imperio. Cabezas no coronadas porque, se sabe, la Argentina es una república.

Las cabezas de ese imperio eran uno de los nombres de la riqueza.

Eran el nombre de El Sur del Sur.

En nombre de esos nombres, los jueces y policías, los doctores y los maestros, ultrajaban, curaban, enseñaban.

[…]

Generales y almirantes, soldados y marinos, porteros, torturadores, giles, saludaban la bandera de la república en las fechas patrias […].

 

El imperio no se disolvió: tiene otros nombres, más impersonales. Pero todavía dicta la ley. Todavía mata

 

Andrés Rivera, Hay que matar, Bs. As., Seix Barral, 2012 (ed. original 1982), pp. 43 y 44.


La ¿eterna? búsqueda de la revolución

Se estrenó, con demora, la nueva película de Nemesio Juárez

“En la película están planteados sin ninguna exageración algunos de los problemas que tuvo la Revolución de Mayo. […] Sobre la Revolución de Mayo y fundamentalmente sobre Castelli, sobre ciertos aspectos de Moreno, como su Plan de operaciones. Hubo siempre un cono de sombras arrojado desde la historiografía oficial, desde Mitre, y no del todo revelado desde el revisionismo histórico. […] ni siquiera estos días agitados del Bicentenario, donde positivamente se instó a revisar la historia; yo creo que tampoco se enfocó sobre estos personajes y los problemas de la Revolución de Mayo y la luz que pueden traer al presente”

Nemesio Juárez, entrevista de septiembre de 2010

Esta película de Nemesio Juárez se basa en la novela homónima de Andrés Rivera. Estrenada tras varios años de espera, lamentablemente es exhibida en un solo cine porteño, mientras que otras están en decenas, como en su momento Belgrano. ¿Será porque hay, en el INCAA y el gobierno, alguna preferencia por versiones menos crudas y contradictorias de nuestro “proceso independentista”? El propio Juárez explica los condicionantes económicos: “llevó tiempo [hacer la película] porque un proyecto de este tipo no es fácil de encarar […] el cine argentino, por diversas razones (económicas, ideológicas, etc.), no es entusiasta para afrontar un cine histórico. […] desde el punto de vista económico, el cine se ha ido reduciendo cada vez más a la posibilidad de contar con un crédito del instituto (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales) […]. Vos con 700.000 pesos no podes plantear una película histórica. Podes plantear una película en época actual, sin mayores problemas de vestuario, sin problemas de locaciones, más o menos contenida en cuanto a la cantidad de espectadores, al tema”.

La película es interpretada por Lito Cruz en el papel principal de Juan José Castelli: “el orador de la revolución”, junto a Luis Machín, Ingrid Pelicori y Juan Palomino, entre otros/as.

Juárez debió adaptar al lenguaje cinematográfico esta obra literaria, sumando escenas que no aparecen en la novela, como una forma de dar “nueva carnadura” a esta historia de la revolución de 1810. (La novela es una suerte de soliloquio: un largo y poéticamente reiterante monólogo donde Castelli reflexiona, se lamenta, se exalta, ambiciona, llora y ríe, por escrito, al calor de las aventuras y desventuras políticas y personales que le tocó vivir, a la par que un cáncer le pudre la lengua.) Juárez recupera diálogos y parlamentos completos de la novela, cosa que ha sido criticada –injustificadamente– en algunas reseñas, ya que sería una “apuesta arriesgada”(?). De conjunto es una buena adaptación, acompañada con cierta imagen “de serie televisiva” (hay abundantes interiores) y una buena dinámica; solventes actores y un tema siempre presente: las penas de los hombres (y mujeres), sus ideales (sus ansias de libertad y cambios), y las posibilidades (o no) de concretarlos.

En este sentido película y novela dejan en claro los límites de aquella “gesta de patriotas” que, en 1810, cambiaron a un amo (España) por otro (Inglaterra), obteniendo cierto nivel de “libertad política”… a cambio de caer en el dominio económico de la potencia imperialista en apogeo entonces. Por algo Castelli (quien fusila al realista Liniers, quien arenga en nombre de la Primera Junta a los pueblos originarios en pos de libertad e igualdad al cumplirse el primer aniversario del 25 de mayo en Tiahuanaco, en Alto Perú), “ala jacobina” de este proceso, dirá con amargura: “somos revolucionarios sin revolución”; es decir, importantes políticos (agitadores, organizadores, cuadros militares) sin clases sociales “sustanciales” que se puedan sumar al proceso.

Pero también la película hace de la revolución un tema (del) presente. Juárez lo plantea: “esta película nos permitía intentar hacer una reflexión sobre los revolucionarios de cualquier momento, de cualquier etapa de la historia, aun del sesenta. Porque los grandes temas que se plantean en la película, son los temas que seguramente se plantearon todos los revolucionarios de todas las épocas […] en todo el mundo. […] La idea era que estos hombres no son de un pasado remoto, son hombres que vivieron hace 200 años, que pueden ser nuestros tatarabuelos. La intención era traerlos al presente, convertirlos en hombres de carne y hueso como nosotros, no próceres”.

Así las intenciones del realizador coinciden con las del autor de la novela. Tal como se dijo en la Feria del libro, al presentarse Conversaciones con Andrés Rivera, de Lilia Lardone y María Teresa Andruetto, Rivera nos brinda la “metáfora de una batalla ideológica desde el punto de vista de los derrotados”. ¡Y qué metáfora! La crea no sólo con La revolución… y toda su “serie” referida al siglo XIX (Ese manco pazLa siervaEl farmerEl amigo de Baudelaire), sino con toda su obra de las tres últimas décadas (recordemos que, con otro tipo de escritura y militando en el PC –del que sería, cosa nada rara, expulsado por lo que escribía y cómo–, Rivera publica desde 1957).

Nada que perderEl verdugo en el umbralLa lenta velocidad del corajeEstaqueadosPara ellos el paraíso, por nombrar algunos títulos entre decenas, nos brindan la posibilidad no sólo de acercarnos a las revoluciones y grandes luchas “modernas”, sino también a una tradición y a un “discurso” que el neoliberalismo de las décadas de 1980-90 pretendía hacer desaparecer. Es allí donde la letra del escritor, “desde el punto de vista de los derrotados”, se hace potente, subversiva: recuperando –muchas veces desde su “historia familiar”– los hechos de la Europa de comienzos del siglo XX: el pogrom y la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa de 1917 y la degeneración stalinista; las “guardias blancas” en Argentina y las huelgas obreras; el peronismo y su burocracia sindical; las dictaduras militares y el (siempre) nefasto rol del PC. Con todo eso, Rivera fue a contracorriente de la ideología neoliberal del “fin de la historia” y los “grandes relatos”, poniendo en primer plano a los trabajadores y sus dirigentes: desde Lenin y Trotsky, pasando por el histórico Guido Fioravanti, hasta “el petiso” Páez y “goyo” Flores, del Cordobazo.

Rivera, con –aunque parezca un oxímoron- una gran potencia lacónica, con crudeza y agudos destellos poéticos, recrea y nos ofrece personajes del bando de los humillados y ofendidos… y también del de los poderosos y asesinos: ver “Country” o Cría de asesinos, por ejemplo. Y allí están, entonces, los combates, triunfantes y victoriosos, junto a las derrotas, para que desde nuestro presente podamos seguir interrogándonos acerca de la revolución… recuperando su pasado, en pos de su futuro.

*  *  *

La revolución es un sueño eterno está en el Cine Gaumont: Rivadavia 1635, a las 14.35 y 20.50, todos los días, con una entrada a 8 pesos.


Hablando en la radio…

Estuve el sábado pasado en “Pateando el Tablero” (que se emite por FM La Boca), haciendo una reseña de la película La revolución es un sueño eterno, de Nemesio Juárez, basada en la novela de Andrés Rivera.

Acá pueden ir a escuchar el audio. Y acá pueden estuchar a Lucía Feijoo, historiadora e integrante del IPS “Karl Marx” y de la Asamblea de intelectuales, docentes y artistas en apoyo al FIT.

Y acá pueden escuchar todos los programas, informes y especiales, así como las actualizaciones “entre-semana” que suele haber.

Abajo el trailer de la peli.