Sobre ‘Reunión de extraños’, de Esteban Moore

Esteban Moore, Reunión de extraños: Borges, Buenos Aires, el café, Jack Kerouac y otras cuestiones, Córdoba, Alción Editora, 2020.

Este volumen misceláneo de Esteban Moore —poeta, traductor y ensayista— contiene textos de los últimos tres lustros, provenientes de presentaciones, prólogos, artículos, y un trabajo inédito, referido a Inventando a Irlanda, la literatura en la nación moderna, de Declan Kiberd. Titulada por el editor Juan Carlos Maldonado, esta Reunión posee un hilo conductor, una preocupación constante del artista: su interés e indagación por la palabra, su producción, traducción, proliferación y consolidación en torno a autores, épocas y espacios, con tratamientos, enfoques, tonos y énfasis que varían de acuerdo al contexto en el que fueron surgiendo.

Así, se abre con “Borges, el escritor poeta”, ensayo donde Moore subraya el reconocimiento a Roberto Arlt por parte de Borges, repetidas veces, contra el planteo —bien establecido y algo maniqueo— del enfrentamiento literario entre dos bandos: “Florida contra Boedo”. Por el contrario, Moore sostiene que las corrientes literarias más que combativas, terminan siendo colaborativas. De ahí un planteo de orden general: “Las poéticas no se imponen unas a otras: interactúan, cooperan, se hibridan, como en las ciencias se fundan en aquello que las precede”. Moore defiende la tesis de que la poesía –como poética– constituye la médula de la escritura borgeana, y recupera un comentario de Jaime Rest, sobre cómo cada fragmento u obra aislada, en Borges, “se integran en un solo argumento sostenido”.

“El café porteño: espacio de la lengua cotidiana” se enfoca en la dinámica urbana, en el intercambio y surgimiento de lo inesperado en la socialización cultural. Tal como pasó con Witold Gombrowicz, quien, varado en Buenos Aires, se propuso traducir, sin conocer el idioma local, su novela escrita en polaco. Llevando algunas páginas traducidas con esfuerzo, de la pensión al Rex, dice Moore: “se produjo un milagro propio de un café porteño. La mesa en la que trabajaban comenzó a ser rodeada por poetas, escritores, curiosos y algún parroquiano, que aportaban sus opiniones. Hubo días en que se reunía una pequeña multitud a su alrededor, por lo tanto, la versión argentina de Ferdydurke podría ser considerada el resultado de una tarea comunitaria, social y abierta a varias voces, sólo posible en un lugar público”. Otro texto referido al ámbito del café, observa su aporte al surgir de la voz —todas las letras— del tango, desde la conversación animada al soliloquio, del sentir al decir (y luego cantar).

“La escritura de la dorada eternidad, un legado trascendente” y “El ángel de las musas” son introducciones a traducciones del propio Moore, presentando obras de Jack Kerouac y Gregory Corso, respectivamente. Sustentadas en documentación fundamental (biografías y correspondencias), Moore expone, comenta y recrea “vida y obra” de los autores, enlazando sus biografías al contexto, con el desarrollo de sus propios proyectos literarios, etc., en aras de una mejor/mayor comprensión de la obra en cuestión.

Más allá del aporte de cada escrito, de su enfoque y tema particular, todo el volumen permite conocer y palpitar los ritmos de la literatura, y de la ciudad, como una cultura viva, abierta y plural. En permanente movimiento y cambio.

Demian Paredes

* reseña en Hispamérica. Revista de literatura, nº 148 (2021), pp. 125-126


Marc Ribot: Musical Improvisation in the Marlene Dumas Exhibition (2015)

FondationBeyeler

The American avant-garde guitarist and composer Marc Ribot plays to individual works of the MARLENE DUMAS exhibition at Fondation Beyeler.


#Colombia: Juan Manuel Roca (La casa sin sosiego)

* Visto y leído en el blog de Esteban Moore. (Publicado originalmente en La Otra, revista de México.)

Juan Manuel Roca

“Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”.                                                                     

José Eustasio Rivera 


Crear arte en Colombia, y tomo la poesía como nombre genérico para él, muchas veces nos remite a la divisa que René Char dejó registrada para hombres de diferentes entornos y sociedades: “La lucidez es la herida más cercana al sol”.
Ejercer esa lucidez en medio de un país cruento, donde la guerra siempre viene después de la postguerra, no resulta propicio cuando ese mismo país parece fijo, como una bicicleta estática, a un paisaje de barbarie acrecentado por diferentes fases de la violencia: la partidista, la guerrillera, la de la delincuencia común, la del terrorismo de estado y sus eslabones paramilitares, la del narcotráfico… La masacre de hoy borra la masacre de ayer pero anuncia la de mañana.
El creador de poesía tendría que ser muy ciego para que todo ese entorno no se filtrara en su obra. Aunque hay quienes parecen habitantes del país de Catatonia. Son muchos los que operan a la inversa del hombre que come una alcachofa: éste la deshoja hasta encontrar su centro, su corazón. Los poetas en mención, por el contrario, le agregan hojas y hojas a ese centro hasta ya nunca percibir su aliento, su respiración. Por supuesto que la falsa y preconcebida poesía, que quiere a todo trance hacer el registro sociológico de la vida del país, anclándose en una mirada puramente historicista, ha dejado momentos de precaria realización, en los que cuenta más el qué decir que el cómo hacerlo.
La pregunta de Hölderlin, “¿para qué la poesía en tiempos sombríos?”, acá tiene unos matices particulares, lo que nos llevaría a un silogismo y a pensar que nunca tendría sentido la lírica en estos feudos. No voy a intentar, ni lo quisiera, hacer una vez más el diagnóstico de nuestra violencia. Trato, mejor, de señalar esta escindida razón de ser de la poesía en tiempos en los cuales está en crisis la palabra.
Esta doble condición parece antípoda: por una parte el deseo del canto en medio de la guerra, por otra la expresión poética ahogada dentro del caos y la crisis que jalona la falta de credibilidad en el lenguaje, cuando la palabra pan no reemplaza al pan, cuando la palabra libertad casi siempre está en boca de carceleros, cuando la palabra paz está deshabitada. Con la palabra paz, o con la idea de que impera la paz, nos estamos engañando “sólo porque todavía podemos salir a comprar el pan sin que nos acribille un tirador emboscado”, dice Hans Magnus Enzensberger ante las guerras civiles posteriores a la Guerra Fría. Son palabras, ojalá globalizadas, que debían tener fuerte resonancia en un país como Colombia donde, cada vez más, la guerra toca a nuestras puertas, cerca de los reductos urbanos en los que nos creemos a resguardo de una mayor barbarie.
Palabra en crisis
Por esa suerte de vasos comunicantes, casi siempre paradójicos, que hay entre la realidad más inmediata y la poesía que intenta trasgredir y ampliar la realidad, la crisis de la palabra resulta un difícil estímulo —riesgoso o delirante pero estímulo— para buscar el habla justa y las esencias que hay bajo su piel. Se trata de intentar un lenguaje que no sea cortina de humo a la manera de los políticos de tribuna, gentes de la contingencia inmediata que tienen el dudoso don de hacer espuria toda palabra.
Si nos adentramos un poco en la poesía colombiana del siglo pasado, a partir de la llamada generación del Centenario, podemos encontrar cambios estéticos en la manera de abordar uno de los temas más recurrentes en la vida republicana: la violencia. No en vano parece un lema, una divisa para el país, la frase de Rivera que encabeza este texto: “Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, con la que comienza La vorágine, publicada en 1924. Pero aun en tiempos de los centenaristas, confundían la oratoria y la poesía. El tono altisonante de una y de otra retrasaron la entrada en la modernidad lírica de un país siempre a deshoras.
Decir que cada sociedad comporta su estética no es más que una tautología, una reiterada verdad. Acá la premisa de Walter Benjamin[1]: “Hay una esfera hasta tal punto no violenta de entendimiento humano que es por completo inaccesible a la violencia: la verdadera y propia esfera del entenderse, la lengua”, se intuye poco practicable. Las palabras que no se cumplen, los falsos entendimientos y acuerdos en nuestra vida política, son otra forma de la violencia. De ahí la eterna pregunta sobre el quehacer de la poesía en un medio de tal naturaleza ilegítimo e intolerante. Parece ser que la pregunta canónica del poeta romántico, “¿para qué poesía en tiempos sombríos?”, se respondiera a sí misma, como si fueran de la misma materia lo sombrío de todos los tiempos y la necesidad de oponerle, sin grandes ademanes optimistas o mesiánicos, el poema.
La poesía que en Colombia se ha referido a la violencia resulta menos estudiada que su narrativa. Pero hay muestras claras de ese registro desde la Colonia, como el poema “ cautiva”, de Torres y Peña, que escribía versos contra Simón Bolívar, a quien llamaba “fiera que aborta Venezuela”, y en las “Sextinas” escritas por indígenas paeces, donde se registra la violencia española y se elogia al Libertador. Me remito a este paraje tan lejano con el fin de señalar las diferencias al mirar el tema de las luchas violentas que desde la fundación del país nos han asolado. Violenta fue la forma como Luis Vargas Tejada pedía descuartizar a Bolívar para encontrar la paz, durante los sucesos septembrinos de 1828. Vargas, poeta y autor de sainetes teatrales y políticos, participó con otros poetas en la conspiración contra Bolívar. Así trazó sus versos:
Improvisación
(En la última junta que precedió a la conjuración del 25 de septiembre)
 Si a Bolívar la letra con que empieza,
y aquella con que acaba le quitamos,
oliva, de la paz símbolo hallamos.
Esto quiere decir que la cabeza
al tirano y los pies cortar debemos,
si es que una paz durable apetecemos.
La guerra toca a la puerta
Suenan muy lejos los perdigones de esas guerras frente a las nuevas violencias, después del 9 de abril de 1948, cuando sube el calibre de las balas, pocas veces recogido en poemas. El poema de Jorge Artel, “El 9 de abril en Colombia”, cuyo título, de puro escueto parece noticioso, no resultaría particularmente memorable de no ser uno de los pocos escritos a la muerte del caudillo liberal. La vehemencia de sus versos, que señalan lo que Vidales llamó “la insurrección desplomada”, esto es, la falta de norte de la revuelta gaitanista, le otorgan a Artel una voz para ironizar sobre los líderes que, según su entender, “se cruzaban de brazos”: Eduardo Santos y Darío Echandía, son su blancos preferidos y, por supuesto, Mariano Ospina Pérez, son descritos con nombres propios en algo que podría llamarse poesía, de emergencia, aquel mandato individual o colectivo que obliga al poeta al habla sin mediar ni el reposo ni el rigor. Como si en su arrebato no recordara que casi siempre es más importante la mano que borra que la que escribe.
Entre los poetas que señalaron su hora de violencias, Darío Samper, miembro de la generación de Piedra y cielo, logró poemas de mayor fortuna, en ritmos cercanos a las coplas populares, donde se rastrean duras huellas de la violencia. Y lo mismo ocurre con Eduardo Cote Lamus, de la generación de Mito.
“Como si todos los Rivera, Nicanor, Eustaquio, los Granados/ don Ignacio juntos se mataran sin por qué;/ como si todos los niños no nacidos/ y esparcidos en la imaginación de las muchachas/ comenzaran a llorar; como si los árboles/ de pronto se volvieran horcas”. Así veía Cote Lamus la violencia desde una aproximación goyesca, en un poema, “Bábega”, que además es una evocación al hombre del campo. Cote Lamus era militante del Partido Conservador, como algún otro de los escritores de la revista Mito, pero su poema no resulta sesgado ni partidista. Registra allí la violencia de los años cincuenta, tratada por la novela hasta el punto de convertirse, a veces, en un mal endémico de la literatura colombiana.
Lo mismo hace Jorge Gaitán Durán cuando habla del guerrero: “Lleva la muerte en su espalda quien por amor debe morir/ O matar lo que ama, magnánimo en su pena/ Pues no busca olvido sino infierno./ Si el arma hunde en otro pecho, en su pecho la aloja,/ Mas la carroña no es suya sino definitivamente ajena”.
Héctor Rojas Herazo, el poeta que en su novela Respirando el verano traza una saga familiar con el telón de fondo de una de nuestras guerras civiles, decía alguna vez, en un gesto de hondo humanismo, que “ninguna gran idea merece un cadáver”, entre otras cosas, porque los muertos no tienen ideología y pasan a ser militantes del vacío.
Ya Luis Vidales había denunciado el espejismo de la paz donde se esconde el cuchillo: “Lejos, en las ciudades populosas, la paloma de la paz ponía huevos de víbora y había hecho su nido sobre el techo de Tartufo”.
Sí, ocurre que contra las lenguas del terror, la palabra poética, muchas veces sin pretenderlo, sin un acento programático, se opone al “empleo sin escrúpulos de la violencia”, aunque muchas veces sea ella misma, la poesía, una forma de la violencia transgresora de la realidad inmediata. Hablo, claro está, de la poesía insumisa, de la que está lejos de la hipnosis que sufren los poetas cortesanos, siempre alquilando la cabeza para comprarse un sombrero, siempre tras el mejor postor, que casi siempre es el mayor impostor; “cadáveres aplazados”, según el decir de Pessoa. Por algo, Samuel Vásquez dice que sobremuere “en este país que es paisaje, pero nunca patria” y que, a veces, agregamos, ni siquiera es paisaje, ante la imposibilidad del viaje a zonas vedadas por la guerra.
Las diferentes formas de la violencia no tienen ese carácter puramente físico que hacen los largos empadronamientos de muertos desde el trasunto de la historia y de la sociología. No es ese su único registro. También la educación, esa empresa tantas veces deformadora, es un estadio larvado de la violencia institucional, aunque no deja huellas tan evidentes como las de la guerra, tal como ocurre con la crítica sesgada y caprichosa, aquella cuya mayor carencia es su carácter “doctrinario”. Esa supuesta crítica, a veces peor que la ausencia total de ella, es otra cara de la violencia, tiene el acento paródico de la corte. Y a todas estas, “los disparos son la partitura del himno nacional”, diría un poema de Mery Yolanda Sánchez.
La lectura de la poesía colombiana desde el ámbito de la violencia lleva a pensar que no es sencillo para el poeta realizar su obra, tan llena de intuiciones, de alumbramientos muchas veces dictados por la esfera de lo irracional, para, a un mismo tiempo, volcarse hacia el ejercicio de una reflexión sobre su época. En el cuerpo de esta poesía ocurre a veces, como sucede con la plástica, que hay atmósferas abstractas de violencia, pero otras veces se establece una suerte de figuración. Atmósferas veladas, como las de Carlos Obregón: “Todo es la lucha, la violencia del sueño/ donde una fuerza ciega nos crece y nos integra/ en el rumor del bosque/ y en su lenta espesura hoy se escucha el viento/ venir desde más lejos, venir/ vivir la tierra, sus huesos siderales/ los héroes y los potros que marcaron las sendas”. O descarnadas atmósferas figurativas en las que José Asunción Silva habla de un recluta muerto: “Destrozada la cabeza/ por una bala de rémington;/ con la blusa de bayeta/ y la camisa de lienzo,/ un escapulario santo/ colgado al huesoso cuello/ los pantalones de manta/ manchados de barro fresco,/ y la sangre, ya viscosa/ pegándole los cabellos”.
Acá bien vale la pena preguntarse por el trato de lo social en el poema, ¿cómo hacer para que esa irracionalidad a favor, que algunos llaman inspiración o rapto poético, pase por una suerte de aduana del pensamiento y se pueda mirar un entorno, un rastreo de lo que nos ocurre en el otro? ¿Cómo creer en las voces que le piden a la poesía una única utilidad pública y programática, si muchas veces la utilidad de la poesía es de otro orden, de un orden que hace tangible lo intangible? ¿Cómo andar al mismo tiempo en dos orillas de la realidad? ¿Cómo moverse en medio de lo que Simone Weil[2] llama “una comunidad ciega”, escindidos entre la realidad y el deseo? Se puede hacer una relación estrecha entre lo que señala la misma Weil: “cuando se sabe que es posible matar sin arriesgar castigo, ni censura, se mata; o por lo menos se rodea de sonrisas de invitación a hacerlo a los que matan”, y un poema de Omar Ortiz titulado “El espejo”:

No es verdad que los ojos sean el espejo del alma.
Si tal ocurriera, los asesinos caerían fulminados
y nada sucede cuando el torturador cruza y se peina.

Es una clara alusión a esa “comunidad ciega” que no se reproduce en los espejos, que no es castigada por el reflejo de la culpa.
Si bien ya no se expulsa al poeta de La República de Platón, que en nuestro caso podría ser la república de Plutón, el disenso incomoda a los generadores de violencia, por una parte, y a los agentes de una supuesta paz, por el otro. El temor a la ambigüedad, a las verdades que no pertenecen al orden de lo comprobable, la falta de rigor científico y otros aparatos del concepto lógico que le enrostran a la poesía, es otra forma de violencia cultural, es decir, de imposición.
Cómo no señalar a estas alturas al elusivo, al evocador poeta del Sur, Aurelio Arturo. Los primeros poemas suyos, publicados a finales de los años veinte y comienzo de los treinta, son poemas que registran de manera lírica la violencia en Colombia. Su tono, sus no pocas atmósferas, los usos de un lenguaje transparente, son una suerte de umbral que anuncia su espléndida obra de Morada al sur. La recopilación que hizo Santiago Mutis Durán en un pequeño cuaderno titulado Primeros poemas, publicado en 1994, revela la preocupación que nuestro gran lírico tenía entonces por la suerte del país levantado en armas. Baladas como la dedicada a Juan de la Cruz Varela, el legendario guerrillero del Sumapaz, o como la “Balada del combate”, rematan con la “Balada de la Guerra Civil”.
Si me apresurara a decir dónde radica el poder transformador de la poesía, diría que está en lo que queda por fuera de lo ya visto, en lo que suscita la duda. El poema de Fernando Charry Lara, ya citado, “Llanura de Tuluá”, es una larga pregunta sobre la muerte violenta vista desde un estadio amoroso. En su lenguaje hay una andadura entre dos orillas que crean una atmósfera de trágica belleza y la narración episódica de un hecho. Esas dos orillas se mezclan en una condición elusiva del lenguaje, en una sutil manera de pastorear silencios. Se trata de uno de los más intensos poemas de la violencia colombiana, que no hace concesiones a lo tópico, al lugar común, a una simbología de fácil recibo que en poetas como Carlos Castro Saavedra se hace en exceso repetitiva: “fusiles y luceros”. Y no hay en esto una repulsa a la memoria, la desmemoria histórica es una forma de la violencia: mientras la memoria pone cimientos, la viga maestra, la techumbre a su casa, la desmemoria socava sus bases, pudre sus vigas, destecha lo que podría darle cobijo a una identidad.
Por eso el intenso poema de Emilia Ayarza, “A Cali ha llegado la muerte”, sobrecoge. Hay allí una memoria de sangre y polvo, cuando el estallido de un camión de dinamita durante el régimen del general Gustavo Rojas Pinilla estremeció a la capital del Valle del Cauca: “La ciudad era un racimo de plomo derretido/ y la muerte le salía a bocanadas”.  
De alguna manera, lo que más impregna la poesía de la violencia en el pasado de Colombia es la muerte provocada por segmentos partidistas, liberales y conservadores. Ya esto no ocurre, porque como bien lo señala Enzensberger[3] en su lúcido ensayo “Perspectivas de guerra civil”, “en las actuales guerras civiles ha desaparecido todo vestigio de civilización. La violencia se ha desligado totalmente de las justificaciones ideológicas”. ¿No parece hablar del momento colombiano? Ahora, entreverados los conceptos de víctimas y victimarios, opresores y oprimidos, desvanecidas las orillas para la fundación de una tercera orilla del horror, la violencia nace de la lucha por un botín particular. Ante esto, el escritor, aturdido y perplejo, opera como el hombre incongruente que al ver su casa sucia y sabiendo que la van a quemar, duda entre limpiarla o luchar. Pero una cosa es la duda saludable y otra la impotencia castradora. Tal vez por esto, en la poesía colombiana, repito, hay atmósferas que van desde un expresionismo abstracto —poetas que esconden el tema pero no lo ignoran— hasta poetas figurativos que se vuelcan de manera más explícita; esto es, de la elusiva carga de violencia interior ya señalada en Carlos Obregón, a la descripción violenta en poemas como el de Cote Lamus.
En la más reciente poesía colombiana aparece la violencia al unísono con los cambios del tramado social. Así se filtra el tema de los sicarios; de esa forma pérfida de la guerra, ya no sólo en el campo, sino en las ciudades. Algo que me hace recordar el fragmento de un poema escrito por un niño de Medellín: “El mundo es grande para la guerra y pequeño para la vida”. Dice un poema de la poetisa antioqueña Liana Mejía anunciando la abominable presencia de estos nuevos señores de vidas y de bienes:
Desde las alcantarillas
sicarios que se sabencobradores de viejos
errores
asedian la ciudad. (“Desde las alcantarillas”)
Lejos de la ya un tanto resabida fórmula de la novela de sicarios en Colombia, que en buena parte se ha vuelto, al igual que cierto cine, una especie de complejo de Eróstrato, de éxito asegurado para el voyerismo de la violencia, los tratos del lenguaje, de la imagen y el distanciamiento de la crónica roja, hacen que el poema sacuda nuestra indiferencia sin un naturalismo de jergas y cuchillos. No le hace eco a aquello que señala Enzensberger: “La masacre se ha convertido en entretenimiento de masas. El cine y el video compiten por convertir al sicario, al secuestrador, al asesino, en héroe público”. El perverso trato de héroes que se hace de los sicarios, la sociopatía apoyada por los medios de comunicación que valoran un filme por el número de actores muertos después de filmado (Rodrigo D., no futuro o  La vendedora de rosas), la mitología exacerbada del terrorista y del mafioso, hacen diana en las mentes adolescentes que piensan con ironía que “tiene más futuro la semana pasada” y que por ello cultivan de manera fundamentalista una pasión por la muerte. “La espera de lo que vendrá —señala Simone Weil— ya no es esperanza, sino angustia”. Todo esto deviene en miedo. Ni qué decir del método facilista de la sicaresca antioqueña, la de los sicarios y sicarias de todos los tamaños y edades adosados a narraciones  a lo Rosario Tijeras.
Ese mismo miedo, que es una especie de hijo bastardo de las violencias, aparece en una buena lonja de poemas recientes: “La ciudad por entonces ardía en los puñales/ y el miedo se quedaba tras los pasos” (Luis Aguilera); “Miradme; en mí habita el miedo” (María Mercedes Carranza). De la misma Carranza ya registramos un poema que registra la muerte del político liberal Luis Carlos Galán y que resulta una suerte de pintura tenebrista.
Es el sobresalto, la irrupción del victimario que en Jaime Jaramillo Escobar asalta sus palabras: “Voy a dar la vuelta cuando ¡zas!, el hombre,/ me lo encuentro a boca de jarro, detrás de una columna,/ me está esperando para matarme, tiene el cuchillo en la mano/ me coge por la cabeza,/ en la ventanilla de los tiquetes no hay nadie,/ el asesino, tranquilo, me mira”. Se trata de la violencia urbana del extramuro, la de los nuevos asentamientos de gentes desplazadas cuyo temor es el otro. Es la atmósfera de terror que se recoge en “La balada de los pájaros” de Mario Rivero y que en uno de sus fragmentos habla de la “Medianoche de toque a muerto/ del tañido a sangre/ del hombre turbado en su sueño”. Pájaros era el nombre que se daba en los años cincuenta a los que hoy se llaman paramilitares: gavillas de asesinos amparados por algunos terratenientes y políticos. O la violencia registrada en los números fríos de las estadísticas, a los que Piedad Bonnett quita hibridez para hacerlos materia poética.
Nuestra larga guerra ya no tiene heroísmos ni grandeza, está lejos de cualquier épica, tanto de las gestas libertarias de Independencia como de una romántica y legendaria guerrilla que en el imaginario del país engloba el talante altivo de Guadalupe Salcedo al de Camilo Torres Restrepo. Quizá sea por esa falta de grandeza en la contienda que haya cierta actitud refractaria a cantar desde la épica.
En todo esto parecen ponerse de presente los vasos comunicantes que existen entre la realidad —no necesariamente como una forma de servil naturalismo— y el sentir individual, que a fuerza de necesidad se hace colectivo. “A la lectura de tanteo y falansterio”, de la que hablaba José Martí, le han salido autores que intentan no escamotear lo que tiene ocurrencia en sus conglomerados sociales. Si bien en Colombia siempre está en vilo la vida, como en pocas partes, sí es una aventura descabellada intentar una cultura orgánica en un país inorgánico, y a sabiendas de lo expresado por Borges acerca de cómo “la realidad no es verbal”, hay zonas jamás nominadas por la palabra a las que aspira a llegar la poesía.
La vertiginosa violencia que en los últimos años ha cambiado el perfil de esta nación nos obliga a algo casi siempre desdeñado en el medio, a una permanente reflexión. Si Hegel señalaba que el primer paso en la comprensión de algo está en negarlo, en verlo desde su negación crítica, a la violencia, que ya hemos empezado a llamar una forma de cultura, es posible negarla desde la afirmación del arte. Decía César Fernández Moreno que “la poesía se politiza en vez de poetizarse la política”, algo que como hecho programático podría resultar lamentable. Como lamentable resulta —valga la digresión— que se satanice la poesía política: adiós Ritsos, Hikmet, Char, Cesaire, Brecht, Vallejo y hasta Rimbaud, desde la orilla de los satisfechos.
La violencia en la poesía muchas veces está más bajo la piel del lenguaje, en las atmósferas y en los silencios, que en los enunciados directos, propagandísticos, de quienes adhieren a la idea de ser boca de partido. Pero es rastreable la violencia en la poesía no partidista ni panfletaria; como en los versos de un poema de Samuel Jaramillo que dan cuenta de la geografía de un país en acoso:
Odiamos a quienes nos regalan
con esta cosecha siniestra.
La poesía nos aproxima a esa pulsión entre la palabra y el morir. Aldo Pellegrini, el poeta y ensayista argentino que impulsó el surrealismo, decía que “como organismo vivo, toda cultura está expuesta a la ley de la evolución y de la muerte”. Si acá lo está a causa de los múltiples factores sociales que generan la violencia, resulta cierto que ella intenta crear sus defensas, su estado de alerta o de emergencia para vigorizarse e interpretar la realidad. La poesía ha dado cuenta de esto, quizá de manera no menos explícita que a través de quienes realizan una escritura testimonial o novelar, y como respuesta a una sociedad de viejo cuño. Y no por adentrarse en temas que para algunos aparecen como vedados a la lírica, es decir, por quienes creen ver en ella un aparato verbal distante de lo cotidiano, deja, en los casos que he citado y en otros momentos que se me escapan, de tener un rigor formal.
Nadie, desde la poética, querría señalar la violencia como si fuese un prontuario. No imagino a alguien pensando: voy a escribir un poema sobre la violencia en la lucha de clases o sobre la violencia del poder, uno más sobre las insurrecciones populares y la violencia revolucionaria, acá alguno sobre las guerras civiles, la delincuencia o el crimen organizado del narcotráfico. Sin embargo, es difícil que una de esas formas, o varias, no golpeen y se filtren en las preocupaciones de quien intenta una expresión artística. La crítica política sólo considera un balance de los contenidos, de sus fines. La poética piensa que una verdad mal dicha puede volverse mentira. Piensa, con Raúl Gustavo Aguirre, que “lo inexpresable también forma parte de la realidad del hombre”.
Pero no puede negarse que en la poesía colombiana se refleja el campo minado de nuestra violenta realidad, como ocurre en el poema “Los que tienen por oficio lavar las calles”, de José Manuel Arango:

Los que tienen por oficio lavar las calles
(madrugan, Dios les ayuda)
encuentran en las piedras, un día y otro, regueros de sangre
 Y la lavan también: es su oficio
Aprisa
No sea que los primeros transeúntes la pisoteen.

El poeta, como los lavadores de calles del poema de Arango, ha madrugado en una visión franca del país y lo registra como una memoria en tiempos del olvido. El inxilio, el exilio interior, es posible que lo asedie, pero aún le queda el exorcismo del poema.
“Es un tiempo en que resulta aterrador estar vivo, cuando es difícil pensar en los seres humanos como racionales. Donde quiera que dirijamos la mirada veremos brutalidad y estupidez, tal parece que no hay otra cosa que ver: por todas partes un descenso a la barbarie, que somos incapaces de contener”, dice Doris Lessing en Cuando en el futuro se acuerden de nosotros.
Habría que agregar que si hay futuro, si hay quien se acuerde, si merecemos llamarnos nosotros, a lo mejor alguien pensará que a pesar de todo, y de ser tan inútil como el intento de descarrilar un tren atravesándole una rosa en la carrilera, la poesía se dio en tiempos aciagos, en tiempos de muerte y de letargo.
[1]              Walter Benjamin, escritor y filósofo nacido en Berlín en 1892. Se suicidó en 1940 en Portbou (España), tras ser detenido por paramilitares franquistas cuando huía con un grupo de perseguidos judíos.
[2]              Simone Weil (1909 – 1943), escritora, filósofa y revolucionaria francesa de origen judío. Luchó en la Guerra Civil española en el bando republicano escribiendo la legendaria columna anarquista “Durruti”.
[3]              Hans Magnus Enzensberger, poeta, humanista, nacido en Alemania en 1929. Quizá su más grande poema sea “El hundimiento del Titanic”


Colombia: “cacerolazo sinfónico” (video)

* Video a modo de acompañamiento/ilustración de la nota que se publicó ayer en el suplemento “Radar” de Página/12, a propósito de los cuerpos que luchan y resisten la represión en Colombia, y que crean y recrean la cultura en el marco de la movilización y la protesta.

Periódico SURCOS

SURCOS comparte esta muestra de unidad musical que expresa la determinación de seguir por una sociedad justa. Enviado por Óscar Jara Holliday.

* * *

El 5 de mayo, Susana Boreal dirigió a más de doscientos intérpretes en la plaza. Parches, cuerdas y vientos. El repertorio lo constituyeron el himno nacional colombiano –“deconstruido”, con la inserción de un pasaje de la “Marcha imperial” de La guerra de las galaxias–, “Colombia tierra querida”, “Bella Ciao”, y “El pueblo unido jamás será vencido”. Miles de personas participaron con esta última canción, con energía y entusiasmo –como se puede apreciar en los videos que circulan por internet–, escuchando y cantando, y la joven directora, que cuenta con decenas de miles de seguidores en Twitter, se refirió en los medios a la crítica situación del sector de la música: “se ha visto muy afectado, incluso desde antes de la pandemia; hay un déficit muy grande a escala artística en el que muchos de los artistas que conozco, que además son muy tesos (tenaces), se han visto obligados a trabajar en call centers o a renunciar a sus carreras para dedicarse a ser domiciliarios (repartidores)”.

https://www.pagina12.com.ar/342158-la-cancion-de-protesta-llego-a-colombia


Video: Darío Canton lee su poemario ‘La mesa’

* Video producido por Hernán Bergara.

Cultura chaski

Muestra audiovisual del principio del poemario La mesa, de Darío Canton. Lectura por el autor. Producido en Puerto Madryn, Chubut. Gracias en Buenos Aires a: Demian Paredes y Darío Canton.


#Poesía: Paul Celan

* Breve selección de poemas de Paul Celan, que originalmente iban a acompañar la nota que se publicó hoy en “Radar libros”, a propósito de la reciente publicación de una antología poética por parte de Alción Editora.

El declive

Junto a mí vives tú, igual que yo: como una piedra

en la mejilla hundida de la noche.

Oh este declive, amada, donde rodamos sin cesar, nosotros piedras,

de arroyo en arroyo.

Más redondas cada vez. Más parecidas. Más extrañas

Oh este ojo ebrio

que deambula aquí como nosotros y de cuando en cuando nos mira absorto.

Habla también tú

Habla también tú, habla como el último, di tu sentencia.

Habla.

Mas no separes el no del sí.

Dale sombra suficiente,

dale tanta

cuanta sabes distribuida en torno tuyo entre la medianoche y el mediodía y la medianoche.

Mira alrededor:

mira cómo cobra vida por doquier. ¡En la muerte! ¡Viva!

Verdad habla el que sombras habla.

Mas ahora se encoge el sitio donde estás parado: ¿Hacia dónde ahora, despojado de sombras, hacia dónde? Escala. Palpa arriba.

¡Más delgado te vuelves, más irreconocible más fino! Más fino: un hilo,

por el que quiere bajar, la estrella:

para nadar abajo, abajo,

donde se ve relumbrar; en el oleaje de las palabras errantes.

A la altura de la boca

A la altura de la boca, palpable: tumor sombrío.

(No necesitas luz, buscarlo, sigues siendo el hilo de nieve, retienes

tu presa.

Ambos cuentan:

lo tocado y lo intocado.

Amos hablan con culpa del amor, ambos quieren ser y morir.)

Nervaduras, brotes, pestañas.

Parpadeantes, ajenas al día. Vaina, abierta y real.

Labio sabía. Labio sabe. Labio lo calla hasta el final.


Anita Lane (1959-2021)

Ante la noticia de su fallecimiento, van abajo los temas de uno de sus discos, Dirty Pearl (1993), a modo de homenaje a la cantante y compositora australiana.


“En los límites del control” (Hermann Bellinghausen)

Lo bueno para nuestros antepasados, incluidos los más recientes, es que ya no están aquí para ver en lo que andamos. Algunos lo previeron, con la esperanza de equivocarse. En lo que nos hemos convertido. Avanzamos cada día más rápido hacia los establos del control, y conforme pasa el tiempo, de mejor gana. Si nos falta entusiasmo es indolencia, ni siquiera fatalismo. Nos han curado del espanto de pensar que la vigilancia y el control constante son enemigos de lo humano. Aprendemos que la libertad es relativa, no muy importante. Preferimos la seguridad. Cómplice clave del control es el miedo.

Se trivializa lo ominoso y todos tranquilos. La omnipresencia del Gran Hermano de George Orwell y la limitación del pensamiento en Farenheit 451 hace rato se cumplieron, son antecedentes de una realidad más obtusa, y sin embargo más sofisticada. La intimidad, la soledad y el derecho al secreto desaparecen rápidamente, con el total respaldo de las víctimas que lo ven como algo lleno de ventajas. Ríanse del síndrome de Estocolmo. Estamos enamorados de los carceleros y en el fondo soñamos con ser como ellos.

Del panóptico en prisiones, clínicas y cuarteles pasamos al mercado libre, o el mercado negro, gracias a la obligación de entregar nuestros datos biométricos y existenciales. La unicidad de nuestro rostro es detectable en medio de una multitud y la meta es que pronto no haya calle, corredor, rincón, sótano o ático fuera del alcance de cámaras, micrófonos y alarmas.

Colaboramos alegremente; sin que nos lo pidan hacemos pública y notoria nuestra localización exacta todo el tiempo. Si alguien quisiera clavarnos un misil en la mollera ahora mismo, sólo necesitaría una rápida consulta a las bases de datos para dispararlo derechito y sin daños colaterales, o no muchos; los drones antiislámicos de Israel y Estados Unidos tienen cierto margen de error en bodas y entierros donde los objetivos se confunden con familiares e invitados.

Si alguien quiere halagarnos o envenenarnos, sabe perfectamente qué nos gusta más comer y cómo. Pero no temamos, las intenciones son buenas. Nos conviene. Si el banco y las aduanas ya poseen nuestra huella, nuestro rostro y nuestro antecedentes íntimos, qué más da que los grandes consorcios y los gobiernos nos tengan bien checados. De por sí saben dónde localizarnos, es inútil esconderse. Traemos la señal en el bolsillo o pegada al oído, cerca del cerebro.

Las nuevas generaciones desconocen qué era lo clandestino, lo privado, lo secreto, lo oculto, lo especial y único en las zonas de júbilo o refugio. De manera automática lo personal deviene clientelar (ya no político, como proclamábamos hace medio siglo).

Si alguien cultiva algún vicio o peca de tal o cual modo propio, está en condiciones permanentes de pasar al dominio público. Vivimos la ilusión de que todo lo visible está permitido. Uno se masturba en público si quiere, y si no quiere también. El infierno omnímodo de Los juegos del hambre (Suzzane Collins, 2008) puede ser un blando paraíso, según anuncian quienes dicen protegernos: Evitemos que los delincuentes se salgan con la suya; suavecito y cooperando, total no tenemos nada que esconder. Y nos conviene acumular puntos sociales (¿recuerdan Black Mirror?) Claudicamos ante el control sin la necesidad de conceder un clic.

La nota sigue, completa en La Jornada.


#Música: “Chacarera del 55” (dos versiones)


#Poesía: Raúl Zurita

“Cielo abajo”

El último manchón del atardecer caía cuando se

abrió el mar. Cortados a pique, los dos inmensos

paredones de agua se irguieron de golpe

rompiendo el horizonte y papá nos dijo que ya

estaba, que ahora podíamos marcharnos. Unas

horas antes, por el este, los tanques habían

terminado de acordonar el ensangrentado desierto

chileno y al mirar el borde de la playa me di

cuenta de que era efectivamente una liberación: el

mar se había abierto y nuestra espera no había

sido en vano. Hundiéndose en la rada, el largo

tajo partía en dos el azul compacto del océano y

al darme vuelta para abrazar a papá, vi primero

sus mejillas surcadas de lágrimas y detrás la

interminable planicie ocre del desierto, la planicie

estéril y muerta que por fin abandonaríamos. Los

primeros gritos de júbilo comenzaban a emerger

por todas partes y al frente los dos acantilados de

agua se abrían brillando en la azulada noche.

Madre dijo que ya era hora de partir y juntando

algunas cosas nos unimos a la multitud. Lejos,

otros soles se iban ocultando tras las estepas de

planetas desconocidos y era tan extraño haber

estado en uno de ellos, haber sentido el latido

profundo de un corazón dentro de ti,

haber alcanzado a contemplar ese último atardecer.

“Cielo abajo”

Las primeras estrellas emergieron por un segundo

en la oscura línea del cielo y luego las olas que

ceñían el paso del mar parecieron tragárselas. A

los gritos de júbilo del comienzo le siguió un

silencio ensimismado y hosco sólo interrumpido

por el rumor de las últimas periferias incendiadas.

Barridas enteras, cuadras y cuadras de calles

planas y monótonas que arden en el desierto sin

fin de la tierra. ¿De la tierra? No, de un pequeño y

angosto país que tuvo un nombre, de un barrio

que hace miles y miles de años tuvo un nombre,

un rigor, un frío. Chillo emergiendo de entre las

piernas de mamá y no me gusta ni la sangre ni la

luz. Papá espera afuera y al rato le mostrarán un

montoncito amoratado que se retuerce con los

ojos cerrados, berreando. Toma las minúsculas

manitas que se cierran y me lleva. Caminamos a

tientas en medio de la multitud, en medio de la

torva humanidad que se arrastra en silencio por la

vulva abierta del océano. Veo entonces una cuna,

luego la ventana abierta hacia el corto antejardín

de una casa e dos pisos que se mantiene

incólume en medio de la infinita tierra cubierta

de cenizas. De pronto el paso se ensancha. El

repentino resplandor de la luz me ciega y grito

resbaloso de sangre. A ambos lados ruge el mar.

Raúl Zurita, Cuadernos de guerra, Bs. As.. Audisea, 2019, pp. 13 y 19.