#Artes | The Chapman Brothers

Jake and Dinos Chapman · Come and See

 

The Chapman Brothers – ‘Come and See’ at the Serpentine Gallery

 

Fucking Hell – Jake and Dinos Chapman (whole view)

 


#Música: Spinifex Gum – Make It Rain (Tom Waits Cover)

* Y abajo una versión en vivo del propio Tom Waits, para la TV.

 

An Aboriginal choir hailing from Cairns, Queensland, Australia, Spinifex Gum performed this gorgeous rendition of “Make It Rain”, sung partly in the traditional Aboriginal Yindjibarndi language.

The voices of Marliya from Gondwana Choirs – young Indigenous women singing in English and Yindjibarndi – come together with The Cat Empire’s Felix Riebl and special guests Emma Donovan, Peter Garrett and Briggs for a powerful collaboration of voice, sound, movement and change, in musical snapshots of life in the Pilbara, north Western Australia.

Commissioned to write a song cycle for the choir, Felix Riebl spent several years visiting the Pilbara to build relationships and gather stories. He and co-creator Ollie McGill went on to write the album Spinifex Gum about the region’s local tales and characters, true stories of racism and injustice, and the legacies of colonisation with music production that’s staunchly modern, built from found sound samples of the Pilbara – rustling leaves, bouncing basketballs and chugging trains.

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Tom Waits – Make It Rain (Letterman 09.09.04)


“El último de Tasmania. Un ensayo” (Kurt Vonnegut)

El último de Tasmania Un ensayo. Sagaponack, 1992

¿Por qué duró tanto? Observo los mapas y, francamente, no entiendo cómo pudo durar tanto. Me refiero al no-descubrimiento de América por los europeos. ¡Duró hasta 1492! ¡Hasta antes de ayer, como si dijéramos! Y yo os pregunto: ¿Quién podría no haber encontrado medio planeta tan pequeño y navegable como éste?

Desde entonces, ha habido audaces que han cruzado el Atlántico en botes de remo y veleros del tamaño de un sofá, siendo premiados con todo tipo de bostezos y breves menciones en el Libro Guinness de los Records. Pienso en lo europeos de antes de 1492 y me viene a la mente el comandante de mi regimiento durante la II Guerra Mundial, en el cual serví como soldado raso. Solíamos decir de él que sería incapaz de encontrar su propio trasero con ambas manos.

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Hace cosa de veinte años, escribí un texto para The New York Times en el que hablaba de lo inhóspitos que eran las lunas, los asteroides y los demás planetas del sistema solar; tanto, que lo mejor sería dejar de tratar a este planeta como si, en el caso de que acabáramos cargándonoslo, hubiese muchos otros disponibles. Me llegaron montones de cartas de los lectores, y la mayoría de ellos decían que yo era de esa clase de gente que le habría dicho a Cristóbal Colón que se quedara en casa. Creían sinceramente que si no llega a ser por Colón, nosotros, los europeos, seguiríamos desconociendo la existencia del hemisferio occidental, por lo que ahora la General Motors no estaría despidiendo a setenta mil trabajadores, Los Angeles no se estaría quedando sin agua, no nos habríamos cargado a una profesora de instituto tratando de ponerla en órbita, y así sucesivamente.

El excelente artista gráfico Saul Steinberg, nacido en Rumanía y actual residente en la ciudad de Nueva York, por cortesía de Cristóbal Colón y Adolf Hitler, me dijo en cierta ocasión que era incapaz de relacionar la historia política con la memoria —la época de César, la de Napoleón y tal— hasta saber qué artistas había en esos tiempos. La historia del arte era lo que a él le interesaba. Y la convirtió en una base sobre la que situar cualquier otra cosa que pudiera pasar.

Mi hermano mayor, el doctor en física y química Bernard Vonnegut, que estudia la electrificación de las tormentas, aporta a su visión de la historia una base científica —la ley de la gravedad de Newton o la fórmula E=mc2 de Einstein, etc.— sobre la que sitúa reyes, generales, políticos, exploradores y toda la pesca. Yo, por mi parte, como escritor, aporto una base de obras literarias. Pero casi todos los ciudadanos de los Estados Unidos, que carecen de entusiasmos tan especializados, han recibido de sus maestros una base de datos a memorizar, entre los que destacan el año 1066, cuando los normandos invadieron Inglaterra, dado que todos recibimos la historia y las actitudes británicas junto con el idioma; el año 1492, sin el cual no existiríamos; 1776, cuando nos convertimos en el faro de la libertad para el resto del mundo, pese a la esclavitud y demás; y 1941, el 7 de diciembre para ser exactos, cuando los japoneses, sin avisar, hundieron gran parte de nuestra flota en Pearl Harbor, Hawai, en lo que Franklin Delano Roosevelt definió como «una fecha que pasará a la historia de la infamia».

Pero construir una base para la historia a partir de fechas memorizadas tiene el efecto secundario de enseñar que el destino humano está regido por unos acontecimientos repentinos y explosivos, estrictamente localizados en el espacio y en el tiempo. Lo cierto es que somos los juguetes de unos sistemas tan complicados y turbulentos como los sistemas climáticos tan ponderados por mi hermano Bernard. Así pues, la manera más razonable de juzgar a Colón —y su armada de juguete— es considerarle parte de un sistema exploratorio europeo, una especie de tormenta tropical llamada a azotar las islas del Hemisferio Occidental —la otra mitad de este pequeño planeta, a fin de cuentas— en 1492: hace treinta años, como quien dice.

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Nos gusta aparentar que muchos descubrimientos de importancia tuvieron lugar cierto día, de manera inesperada y a cargo de una persona concreta más que de un sistema en busca de dicho conocimiento porque, creo yo, confiamos en que la vida sea como una lotería en la que cualquiera puede acabar enarbolando el boleto ganador. Pablo de Tarso, a fin de cuentas, se convirtió en líder teológico de la Cristiandad en un periquete, mientras iba de camino a Damasco, ¿no? Newton, tras ser golpeado en la cabeza por una manzana, fue capaz de enunciar la ley de la gravedad, ¿no es cierto? Darwin, mientras observaba tranquilamente a los pinzones de las islas Galápagos durante un viaje alrededor del mundo, dio de repente con la teoría de la evolución, ¿verdad? ¿Quién sabe? Mañana por la mañana, algún genuino don nadie como usted o como yo puede acabar cayéndose por una alcantarilla y volver a la superficie con una contusión y una cura para el cáncer.

Tal vez, como nos gustan tanto los descubrimientos instantáneos, me vea obligado a ponerme didáctico y decir que San Pablo y Newton y Darwin, al igual que Colón, llevaban mucho tiempo dándole vueltas al enigma que acabaron resolviendo, o hicieron como que resolvían, y que tuvieron muchos acompañantes con la misma inspiración mientras trataban de desentrañarlo.

No hace mucho, le dije a un amigo judío, Sidney Offit, un novelista que a veces ejerce de comentarista político en televisión, que había oído en alguna parte que Cristóbal Colón podría haber sido judío.

—Oh, Dios mío —exclamó—. Espero que no.

—Lo he dicho para halagarte —le comenté con sinceridad—. ¿Por qué dices que esperas que no?

—Porque ya tenemos suficientes problemas —repuso.

Sidney estaba reconociendo dos temas peliagudos a un tiempo: la costumbre de los gentiles de convertir a los judíos en chivos expiatorios, evidentemente; y la creciente corriente de opinión según la cual la conducta de Colón —y de muchos europeos venidos después— hacia los Nativos Americanos, la gente que ya había descubierto América, era repugnante, por no decir algo peor. Un amigo común, el historiador y ardiente conservacionista Kirkpatrick Sale, acababa de publicar un libro bastante bien recibido, La conquista del paraíso, que demostraba, a través de documentos de la época, que Colón, lejos de ser un héroe, era un hombre de una codicia y una crueldad rayanas en la demencia.

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Nuestro amigo Kirkpatrick concluye en su libro que los europeos llegaron a las costas de «lo que ellos consideraban un lugar paradisíaco… pero lo único que encontraron fue medio mundo de tesoros naturales que sustraer y gente simple a la que se podía sojuzgar, cosas que acabaron haciendo, pero nunca reconocieron y nunca aprendieron el auténtico poder regenerativo que allí había, y esa oportunidad se perdió. Fue la suya, ciertamente, una conquista del Paraíso, pero como resulta inevitable en toda guerra contra el mundo de la naturaleza, los que ganan, pierden… Se pierden de nuevo y puede que esta vez para siempre».

¡Zas! De repente, Kirkpatrick nos transporta al momento actual, ¡en el que seguimos destrozando este lugar como vándalos! La cantidad de basura que yo genero cada semana es, sin duda alguna, un buen ejemplo. La recogen cada día en este pueblo con nombre indio situado en la punta de Long Island. No sé a dónde se la llevan. Se limita a desaparecer como cualquiera de esas cosas que parecían tan importantes hace unos días por televisión. Sólo se me permiten tres cubos de basura a la semana. Lo que sobre, me toca a mí deshacerme de ello, y ya tengo tres cubos llenos de basura. ¿Qué hacer? El The New York Times del domingo, que recogeré mañana por la mañana, ya ocupa el espacio suficiente como para llenar un cuarto cubo de basura.

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Los europeos suelen mostrarse incómodos cuando me defino como alemán. El año pasado acepté un premio en Sicilia y dije que lo recibían con todo su agradecimiento un americano y un alemán. Después, varias personas dijeron que no sabían que yo había nacido en Alemania, lo que, en realidad, no era mi caso. Si hubiese nacido en Alemania en vez de en Indianápolis, Indiana, en 1922, seguro que habría acabado convertido en un cadáver del Frente Ruso. Mis padres y mis abuelos también habían nacido en Indianápolis, la primera comunidad de los Estados Unidos, por cierto, en la que un hombre blanco fue colgado por el asesinato de un indio. Los inmigrantes eran mis bisabuelos, todos ellos alemanes, alfabetizados y de clase media, dedicados al campo y a los negocios. Llegaron demasiado tarde para presenciar el ahorcamiento. Y aún mejor: llegaron demasiado tarde para tener nada que ver con la esclavitud de los negros africanos o el exterminio de los indios, un logro espantoso de los anglosajones, los españoles y los portugueses, con la ayuda de algún que otro holandés y francés por aquí y por allá; además de, evidentemente, mercenarios como Colón.

Lo peor del trabajo sucio ya había sido llevado a cabo, así que mis antepasados pudieron sentirse tan inocentes como Adán y Eva mientras construían sus casas y fundaban sus escuelas y bibliotecas y orquestas sinfónicas y demás en una tierra fértil en la que nadie había vivido antes, o eso parecía. Y fueron fructíferos y se multiplicaron, pero siguieron considerándose, al igual que yo, alemanes.

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«Detrás de toda gran fortuna hay un gran crimen», dijo Balzac en referencia a esos aristócratas europeos convencidos de que entre sus antepasados nunca hubo un sociópata. Es imposible no pensar en el conde Drácula. Y las monedas de todas las naciones del hemisferio occidental deberían estar estampadas con las palabras de Balzac, para recordar incluso a los recién llegados desde la otra mitad del planeta, puede que de Vietnam, que son herederos de maníacos como Colón, de gente que les rajaba la nariz a los indios, les arrancaba los ojos, les cortaba las orejas, los quemaba vivos y otras lindezas.

Y aunque yo y mis hijos y mis nietos podamos asegurar, mientras las secuelas de viejas atrocidades continúan atormentando a indios y negros, que nuestra familia nunca mató a un indio ni esclavizó a un negro, apenas podemos opinar que los alemanes sean más buenos, más amables y más cabales que los demás europeos. ¿Cómo podríamos atrevernos? ¿Alguien recuerda por casualidad la Segunda Guerra Mundial? Para quienes nunca hayan oído hablar de ella ni de su siniestro preámbulo, hay películas que pueden ver. Palabra de honor: eso ocurrió de verdad. Todo ello.

Sí, y Heinrich Himmler, un alemán que tenía una granja de pollos y al que Adolf Hitler puso a matar judíos y eslavos y homosexuales y Testigos de Jehová y gitanos y mucha otra gente en cantidades industriales, pronunció en cierta ocasión un emotivo discurso ante sus subordinados, que eran quienes torturaban y mataban a diario, en el que les alabó por sacrificar sus impulsos humanos en aras de un bien mayor.

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Otro alemán llamado Heinrich —aunque apellidado Böll y que es un gran escritor— y yo nos hicimos amigos pese a haber sido cabos en ejércitos enemigos. Una vez le pregunté cuál era para él el defecto principal del carácter alemán y me contestó, «la obediencia». Cuando pienso en las siniestras órdenes obedecidas por los secuaces de Colón, o en esos sacerdotes aztecas que supervisaban los sacrificios humanos, o en esos burócratas chinos seniles dispuestos a silenciar a los que protestaban pacíficamente y sin armas en la Plaza de Tian’anmen hace apenas tres años, cuando escribo esto, debo preguntarme si la obediencia no será el defecto básico de la humanidad.

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Ya es lunes. Que no se me olvide: en esta parte del Nuevo Mundo, el martes es el Día de la Basura.

Cuando estaba en Sicilia, aceptando un premio por mi libro Galápagos, en el que yo sostenía que los seres humanos eran unos animales tan terribles porque tenían el cerebro demasiado grande, todo el mundo se puso a hablar de repente de una historia que acababa de aparecer en la prensa y en la televisión. Resulta que soldados americanos con excavadoras habían enterrado vivos a miles de soldados iraquíes en los túneles donde se refugiaban de nuestras bombas, cohetes y misiles. Respondí sin dudarlo que los soldados americanos serían incapaces de llevar a cabo algo tan mezquino.

Me equivocaba de nuevo.

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Las palabras clave del párrafo anterior son «televisión» y «excavadoras». Se trata de artefactos creados por el hombre, como los cohetes, la artillería y los aviones militares, y al igual que los aparatos individuales más onerosos jamás fabricados por el Homo Sapiens, los submarinos nucleares, aportan más consuelo a los subordinados pusilánimes, en el caso de que se les ordene cometer atrocidades, que cualquier inspirado discurso de Colón o Heinrich Himmler. Yo nunca habría considerado que una excavadora pudiera ser uno de esos instrumentos, de no ser porque fui entrenado durante la Segunda Guerra Mundial para conducir los tractores más grandes que había en el ejército, aunque no eran para excavar, que es para lo que han acabado sirviendo, si no para arrastrar cañones de 240 mm. por terreno rugoso. Si me hubiesen puesto una pala ahí delante, habría podido excavar cualquier cosa, sin enterarme mucho de lo que pasaba delante o debajo, mientras avanzaba convenientemente encaramado a una bestia ominosa, chirriante, rugiente, tintineante y de una insensibilidad cósmica.

En cuanto a la televisión: pensaba decir que era un líder fundamental de nuestra época, pero ahora, en la jornada previa al Día de la Basura, me veo obligado a declararla el único líder de nuestro tiempo, por lo menos en los Estados Unidos de América. Así pues, sugiero añadir 1839 a la lista de fechas a memorizar por nuestros críos junto a las de 1066, 1492, 1776 y 1941, aunque tampoco es que tengan éstas muy presentes, gracias precisamente a la televisión. Fue en 1839 cuando el físico francés Alexandre-Edmond Becquerel, según asegura la Encyclopaedia Britannica, «observó que cuando dos electrodos están inmersos en el electrolito adecuado y son iluminados por un rayo de luz, se genera una fuerza electromotriz entre dichos electrodos». Si la luz podía convertirse en electricidad, y ésta en ondas radiofónicas, y éstas de nuevo en electricidad, y si la electricidad pudiera convertirse nuevamente en luz… ¡Pues ya está! ¡La tele!

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Mi hijo adoptivo, Steve Adams, se tiró un tiempo en Los Ángeles escribiendo para programas de humor en televisión. Ganó mucho dinero, pero lo tuvo que dejar. Ya no podía soportar más que cada chiste que escribía tuviese que estar relacionado con algo de lo que se hubiese hablado mucho en la tele a lo largo de las últimas dos semanas. De no ser así, la audiencia no sabría de qué se tenía que reír. Se suponía que la televisión iba a ser una gran maestra, pero sus programas están tan bien hechos que se ha convertido en la única maestra; y en la peor posible, ya que es incapaz de conseguir que sus alumnos aprendan a base de hacer algo. Para empeorar aún más las cosas, la tele insiste en que todo lo que ha enseñado en el pasado ya es irrelevante, pues ha encontrado cosas mucho más interesantes de mirar.

Así pues, la televisión norteamericana es muy parecida a una excavadora, en el sentido de que lo convierte todo en algo limpio, pulcro, plano y carente de vida y de personalidad. De todos modos, la mejor analogía de la tele en el continuo espacio-temporal sería un agujero negro en el que los mayores crímenes y estupideces, por no hablar de continentes enteros, podrían hundirse hasta desparecer de nuestras conciencias.

Hace muchos años, en la Universidad de Chicago, estudié para antropólogo, pero no pude encontrar trabajo como tal porque no tenía un doctorado. Desde entonces, he hecho indagaciones sobre el destino de mis compañeros de clase que sí se doctoraron aunque ya no quedaran muchos seres primitivos por ahí. Me dijeron que se habían convertido en «antropólogos urbanos». Las afueras de la nación más rica de la tierra son ahora sus desiertos, sus casquetes polares, sus oscuras selvas, los lugares en los que todo el mundo, a excepción de los antropólogos urbanos y por cortesía de la Segunda Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos de América, parece disponer de un arma de fuego. Las balas vuelan que da gusto.

La Segunda Enmienda, redactada por el anglosajón James Madison, propietario de esclavos, reza: «Una milicia bien regulada es necesaria para garantizar la seguridad de un Estado libre, y el derecho del pueblo a tener y portar armas no debe ser infringido». Mientras los pobre de este país se matan entre ellos, que es lo que hacen muchos a diario, el gobierno federal, evidentemente, se limita a considerarles, como podría haber hecho Colón, una milicia bien regulada.

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¡Oh, Dios mío, casi me olvido! ¡Es martes por la mañana! ¡Hoy es el Día de la Basura! Tendré que ponerme a dar saltos sobre el contenido de un cubo lleno a rebosar para hacerle sitio al Times del domingo.

Vale, eso ya está solucionado. El gran problema que tenemos aquí con la basura, aparte de dónde se supone que se la llevan los basureros, proviene de los mapaches (Procyon lotor) y de las zarigüeyas (Didelphis virginiana), mamíferos de natural omnívoro y nocturno dotados de una gran habilidad para levantar la tapa de los cubos de basura. He oído que el norte y el sur del continente americano estuvieron separados tiempo atrás por el agua, mucho antes de que apareciese Colón y mucho antes de que lo hiciera ningún ser humano. Cuando un puente de tierra unió finalmente las dos masas terrenas, nos dedicamos al intercambio de animales pintorescos. Ellos acogieron a nuestros mapaches y nosotros a sus zarigüeyas, que son, por cierto, los únicos marsupiales en todo el Nuevo Mundo y, por consiguiente, la mayor desgracia posible para los cubos de basura situados entre Tierra del Fuego y la Bahía del Hudson.

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Si yo valiese algo como antropólogo, lo que no es ni ha sido nunca el caso, ahora me dedicaría a escribir sobre el cruce de las religiones cristiana y nativo-americana, en vez de hacerlo sobre zarigüeyas y mapaches. Pero fuera lo que fuese lo que Colón y tantos europeos después de él practicaran al entrar en contacto con los nativos americanos, seguro que no se inspiraba en esa obra maestra del cristianismo que es el Sermón de la Montaña.

Kirkpatrick Sale habla de los indios taínos que enterraron iconos cristianos en sus campos para incrementar su fertilidad. Era una actitud de lo más reverente, pero el hermano de Colón, Bartolomé, dio la orden de quemarlos vivos a todos. En varias ocasiones, los españoles ahorcaron a trece indios a la vez, con los pies a un palmo del suelo, en honor a Jesús y sus doce apóstoles. Y evidentemente, el cristiano Adolf Hitler, allá en el viejo mundo y no hace tanto tiempo, mandó colgar a los hombres que habían conspirado en su contra de unos ganchos de carne con cuerdas de piano y los pies apenas tocando el suelo; no contento con eso, filmó sus cómicos saltitos mortales recurriendo a un equipo de profesionales.

Démosle un poco de cuartelillo al pobre Colón. Era un hombre de su tiempo, ¿acaso no lo somos todos? Nadie se libra de ser una desgracia para alguien. El sida, leí en alguna parte, fue probablemente importado a este país por un asistente de vuelo canadiense en trayecto internacional. ¿Y cuál había sido su delito? Nada más que amar, amar, amar. Así es la vida a veces. Y seguro que ahora está más muerto que Colón. Y yo me estoy cargando el mundo a base de basura, tres cubos a la semana, en plan tortura china.

Hablando de torturas chinas: en cierta ocasión vi una talla de madera en la que una mujer china aparecía atada, mientras unos cuantos varones chinos animaban a un semental chino a copular con ella, cosa que, como indicaba el texto de acompañamiento, la mataría. Seguro que había hecho algo malo, pues si no, no le estarían haciendo eso. El texto no lo aclaraba, por supuesto, pero seguro que ésa se lo había buscado.

Y luego tenemos al nazi croata y cristiano de mi época, aunque yo era un mozalbete por aquel entonces, que conservaba un bol lleno de ojos humanos sobre su escritorio. Lo más normal era que quienes lo visitaban por primera vez confundiesen los ojos con huevos duros.

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¡Tempus fugit! ¡Hoy es el día siguiente al Día de la Basura! Mis tres cubos vuelven a mostrarse tan vacíos y acogedores como la Indiana en la que mis antepasados inmigrantes, sin oposición alguna, eligieron para instalarse. Ya puedo volver a prestarle toda mi atención al gato, Claude, un macho blanco y sensual con un ojo azul y otro amarillo (vuelvo a hablar de ojos). Estamos solos aquí, en esta casa que ya aparece en un mapa dibujado en 1740. He calculado que esta casa mía y de Claude es el doble de antigua que esa teoría según la cual los gérmenes pueden causar enfermedades. Cierta señora que sabe mucho de gatos, o eso dice ella, me contó que los gatos blancos con unos ojos como los de Claude son sordos del lado donde está el ojo azul.

Aún tengo que diseñar un experimento que me lo confirme o, posibilidad alternativa, que me demuestre que esa mujer tiene más mierda en la cabeza que un pavo de Navidad en la tripa. Tengo sesenta y nueve años, y mi padre no se fue a ese Nuevo Mundo que hay en el cielo hasta los setenta y dos, así que aún me queda mucho tiempo para experimentar con Claude. Necesitaré ciertos artefactos, y Claude verá disminuida temporalmente su dignidad, pero si no experimentáramos con animales, este mundo sería mucho peor de lo que ya es. Y además, Claude bien que tortura a los ratones antes de matarlos. Como Cristóbal Colón, desconoce la Beatitud.

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Esta zona de Long Island se ha convertido en un refugio estival para algunos de los seres humanos más ricos de la historia, muchos de ellos europeos, principalmente alemanes. Se les conoce genéricamente como «los Hamptons». La unidad política de la que formamos parte Claude y yo es Southampton, pero nuestro pueblo, una vez más, tiene nombre indio: Sagaponack.

Y aquí estoy yo en invierno, codeándome con todos esos ricachones que generan basura en Palm Beach, Montecarlo y demás, a causa de ciertos problemas conyugales que tanto mi mujer como yo esperamos que sean sólo temporales. Yo creo que ella es Colón y yo soy los indios, y ella cree que Colón soy yo y que los indios son ella. Pero nos vamos calmando.

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Y ahora es un momento tan bueno como cualquier otro para revisar mi propia relación con lo que queda de los auténticos indios; o, como ellos prefieren ser llamados, nativos americanos. En cierta ocasión, mi mujer y yo invitamos a un señor al que creíamos nativo americano al Russian Tea Room, oneroso restaurante de Manhattan, el Día de Acción de Gracias; la fiesta más entrañable de todas nuestras celebraciones nacionales. Conmemora un festín de 1621 ofrecido por los invasores ingleses de lo que ahora es Plymouth, al que acudieron como invitados muy bienvenidos los nativos americanos.

Nuestro invitado, aunque había nacido en la ciudad de Nueva York, solía llevar encima ropa originaria de diferentes tribus, joyas de los navajos, prendas de piel de ciervo típicas de los iroqueses, mocasines de los cree y así sucesivamente, y era muy respetado como conferenciante y como escritor sobre temas nativo-americanos cuyas excelentes novelas versaban sobre su supuesta gente. Nunca llevaba corbata, y en aquellos tiempos el Russian Tea Room tenía la norma de que todos los comensales de sexo masculino lucieran corbata.

Telefoneé al restaurante y conseguí que hiciesen una excepción a la regla, teniendo en cuenta la orgullosa y respetable etnicidad de nuestro invitado. Si no recuerdo mal, comimos blinis con caviar de salmón y crema agria y bebimos vodka Stolichnaya. Eso fue todo. Y estuvo bien. Pero luego, un par de años después, varias tribus indígenas la tomaron con ese hombre, sosteniendo que, aunque había servido noblemente a la causa, era un blanco que se hacía pasar por nativo americano. ¿Quién sabe? La última vez que le vi, iba vestido como un bróker de Wall Street, pero con un pendiente de color turquesa que, teniendo en cuenta que la piedra estaba engarzada con finos hilos de plata, supuse obra de los zunis, unos aborígenes de Nuevo México con unas supersticiones muy tozudas.

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Otros contactos mantenidos con Nativos Americanos no han sido tan ambiguos. Cuando era joven, pasé dos veranos deambulando con amigos por Arizona, Colorado y Nuevo México, observando, aunque no alternando, con hopis, navajos y, pues sí, zunis. Tuvimos la suerte de escuchar algunas de sus canciones, asistir a algunas de sus danzas y tener la oportunidad de adquirir sus artefactos sin pagarle la comisión a uno o dos intermediarios blancos. Pero debo decir que esa gente contaba con mi solidaridad y mi admiración desde mucho antes de que me acercara lo suficiente a ellos como para poder tocarles, a ellos y a sus críos.

Ya en primer grado de mi colegio en Indianápolis, donde no había indios, o tan pocos que ni te enterabas de su presencia, creí saber que los indios eran las víctimas inocentes de unos crímenes del hombre blanco que ni yo ni nadie podríamos perdonar jamás. Casi todos mis compañeros de clase pensaban igual, y también los profesores. Resultaba de lo más evidente, una vez descubríamos que los indios tenían sus casas donde ahora vivíamos nosotros. Y si nos manteníamos alerta al atravesar los bosques o recorrer las orillas de los ríos, podíamos encontrar auténticas puntas de flecha. Yo llegué a tener una colección de veinte o puede que más. ¿Por qué iba a abandonar nadie de forma voluntaria una región tan saludable?

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Habiendo sido un amante de los indios durante toda mi vida, siempre me escandaliza conocer a blancos que viven cerca de una comunidad india a la que desprecian. No abundan y, por lo que yo he visto, casi todos son miembros de ese partido político que defiende la supremacía blanca y el darwinismo social, el partido de los presidentes Ronald Reagan y George Bush: los Republicanos.

Y aún hay cosas peores: aunque nunca los he visto, he leído acerca de ciertos escritos descatalogados de mi héroe literario particular, Mark Twain, en los que habla de los indios, con los que se ha tratado ampliamente, como si fuesen infrahumanos o, directamente, chusma. Así pues, ¿quién sabe? Puede que sean como esa mujer china atada y asesinada por el pene de un semental. Igual es que los indios se merecen lo que les ha pasado y lo que les sigue pasando.

Me carteo habitualmente con un Sioux llamado Leonard Peltier, quien está cumpliendo dos cadenas perpetuas consecutivas, sin posibilidad de libertad condicional, en la prisión federal de Leavenworth, Kansas. Se ha hecho famoso a medida que cada vez va quedando más claro que fue condenado injustamente por la muerte de uno o ambos agentes del FBI destacados a una propiedad india cercana a Oglala, Dakota del Sur, en el transcurso de un confuso tiroteo en 1975. También falleció un indio, y es indudable que algunos indios dispararon sus armas.

Mi amigo Peter Matthiessen, que vive a un kilómetro de aquí, escribió un libro sobre el incidente y sus consecuencias, El espíritu de Caballo Loco, en el que dice: «La implacable persecución de Leonard Peltier tiene menos que ver con sus propias acciones que con ciertos temas subyacentes y relativos a la historia, el racismo y la economía; en concreto, las reclamaciones de soberanía de los indios y la creciente oposición al desarrollo energético masivo en tierras negociadas y a las precarias reservas». En cualquier caso, ya se han recogido las pruebas suficientes, incluyendo una confesión del tipo que cometió realmente los crímenes, como para demostrar que Peltier no se merecía ni una sola cadena perpetua ni ningún tipo de condena.

Hace unos meses, puede que coincidiendo con algún Día de la Basura, esas nuevas pruebas fueron presentadas a la atención de un juez federal para solicitar un nuevo juicio para Peltier. El juez aún no se ha pronunciado, pero lo que dijo al respecto un fiscal es digno de comentar por lo que tiene de obstinado. Vino a decir —no tengo a mano sus palabras exactas— que si Peltier no era culpable de asesinato, seguro que lo era de algo igual de malo. (Nota del editor: esa petición y todas las acciones siguientes han sido denegadas. Peltier sigue en la cárcel).

A mí esto me sonaba. Ya había escrito algo sobre los anarquistas italo-americanos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, electrocutados en Massachusetts por el asesinato de un guardia de nóminas en 1927, cuando yo tenía tan solo cinco años. Sabía que uno de los fiscales había dicho más o menos lo mismo acerca de ellos, que seguro que eran culpables de algo espantoso, aunque indemostrable en un juzgado. También había confesado el crimen otra persona, pero esos dos acabaron en la «silla ardiente» de todas maneras. Vanzetti se sentó en ella antes de que se lo dijeran, como si estuviera en el salón de su propia casa. Le conté a Peltier en una carta las similitudes entre sus acusadores y los de Sacco y Vanzetti, añadiendo algo que considero cierto: en los años 20, y antes, los italianos le parecían tan poco blancos a la clase dominante de este país como los indios. Y lo mismo parecía ocurrir con griegos, judíos, españoles y portugueses.

En una postdata a esa misiva, le dije que a Al Capone, el gánster de Chicago, le preguntaron si sus compatriotas anarquistas merecían ser ejecutados y contestó, «Sí». Cuando le preguntaron por qué debería hacerlo el estado de Massachusetts, repuso: «Han sido unos ingratos con este maravilloso país». Lo mismo podría decirse de Leonard Peltier. Su apellido se pronuncia «Pelter». La capital de su estado natal, Pierre, Dakota del Sur, se pronuncia «Pirr». Por ahí no se habla mucho francés. Al Capone acabó en la cárcel por evasión de impuestos.

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Pido disculpas por escribir como si los Estados Unidos ocupasen todo el Hemisferio Occidental, y como si Claude fuese el único gato que hay por aquí, medio sordo o no. Pero la primera norma de cualquier curso de escritura creativa, que a mí se me antoja excelente, es: «Escribe sobre lo que conoces».

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Robert Hugues, un australiano que se ha convertido en el crítico e historiador de arte más inteligente de este país, así como del suyo propio, le hizo una mala crítica en Time al libro de Kirkpatrick Sale La conquista del paraíso. Hugues sostiene que, aunque el heroísmo de Colón era un mito del agrado de los supremacistas blancos, Sale no rinde homenaje a la verdad al convertir a Colón en «una especie de Hitler en carabela que desembarca como un virus entre la gente inocente del Nuevo Mundo».

El estado más pequeño de la Australia de Hugues, la isla de Tasmania, es el único lugar en la tierra en que la población nativa al completo murió poco después de la llegada de los primeros blancos, y cuyos genes no se mezclaron con los de los pioneros porque éstos encontraban a los habitantes de Tasmania tan asquerosos que se negaban a practicar el sexo con ellos. No es seguro ni que los aborígenes de la isla hubiesen aprendido a domesticar el fuego.

Hace bastante tiempo, en la Universidad de Chicago, un profesor me sugirió que a la gente de Tasmania, la vida se le hizo tan intolerable tras la llegada de los blancos que dejaron de practicar el sexo entre ellos.

Tanto celibato en el Mar de Tasmania contrasta, ciertamente, con este desinhibido jolgorio en el Caribe de 1493: «Mientras iba en el barco, capturé a una preciosa mujer caribeña que el Gran Almirante me permitió conservar… El deseo me conducía hacia el placer… Pero ella no quiso saber nada del asunto y me arañó de tal manera que más me valdría no haberme puesto a la labor. Pero… Me hice con una soga y la zurré a conciencia, arrancándole unos gritos que había que oírlos para creerlos. Finalmente, llegamos a un acuerdo tan conveniente que os puedo asegurar que la mujer parecía haber sido educada en una escuela para furcias».

Este relato pertenece a un noble italiano y lo he extraído del libro de Sale. El Gran Almirante, claro está, era Colón. Y, desde luego, en nada recuerda a Hitler, del que en ningún momento habla Sale, pues Hitler era prácticamente tan célibe como el último de Tasmania y nada se le podía reprochar sexualmente.

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Durante la Segunda Guerra Mundial, los enemigos de Hitler daban por hecho que sólo tenía un testículo. Confieso que me lo creí. Aunque nunca sabremos, intuyo quién hizo correr ese rumor. Pero los rusos que se hicieron cargo en Berlín de los restos achicharrados de Hitler le contaron los testículos y disponía de dos. Tampoco es cierto que los nazis hicieran jabón y velas a partir de la grasa extraída de los cadáveres de las víctimas de los campos de concentración. Yo mismo contribuí a extender esa historia en una novela, Madre noche, y ya he recibido suficientes cartas de desapasionados recolectores de datos como para convencerme de que había metido la pata. Mea culpa.

En cierta ocasión trabajé para un tío tan tonto que creía que todas las mujeres menstruaban el mismo día del mes y que estaban controladas por la luna. Desde luego, esa información nunca la hice correr.

Pero lo que sí he visto con mis propios ojos, y puedo volver a ver siempre que me apetezca, es un submarino nuclear en construcción y sumergiéndose en el río Támesis de Groton, Connecticut. Varias de esas cosas que funcionan juntas, y tenemos muchas, son capaces de matar a todo el mundo en el otro hemisferio, como si hubiese docenas de hemisferios en vez de tan solo dos. Sí, y la Unión Soviética, que ha tenido el detalle de salirse de la existencia, tenía la misma clase de armatostes submarinos de alta tecnología con la capacidad de cargarse el hemisferio sin experimentar el menor complejo de culpa. No puedo evitar pensar que, de alguna manera, resulta de lo más significante, a nivel simbólico, que en el 500 aniversario del no-descubrimiento de América por los europeos cada hemisferio haya considerado necesario destruir al otro, pero haya acabado por cambiar repentinamente de idea.

A este lado del agua, por lo menos, la televisión, que es nuestra maestra, nuestra siempre errática maestra, nuestra única maestra, ha tenido mucho que ver con este cambio de intención, así como con los elaborados preparativos para el suicidio que lo precedieron. Ha conseguido hacer desaparecer a todos nuestros enemigos en un agujero negro. Es como si nunca hubiesen existido. Hasta anteayer, prácticamente, sólo nos querían algunos países. Y ahora todos nos adoran, por lo que deberíamos sentirnos como Marilyn Monroe sobre un respiradero en la acera, con la falda a la altura de las orejas, ¡absolutamente adorables!

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Si no llega a ser por la televisión, podríamos estar, como dice una de nuestras coloristas expresiones, «papando moscas», dado que nos hemos quedado atrapados tanto tiempo en ese delirio del fin del mundo que no lleva a ninguna parte y que se ha cobrado tanta de nuestra riqueza que los puentes, las escuelas, los hospitales y demás se están desmoronando.

«Estar papando moscas», como le puedo explicar a cualquiera que no viva por aquí, consiste en mostrar un bochorno encantador o puede que cierta tontería victoriosa acerca de la propia participación en una empresa supuestamente necesaria, lógica y chachi piruli que resultó ser exactamente lo contrario. Pero la tele hace desaparecer las armas a base de que miremos hacia otro lado.

No debe confundirse «estar papando moscas» con «ir por ahí con el dedo metido en el culo», lo cual significa no saber dónde le da a uno el aire, al igual que «no saber si defecar o darle cuerda al reloj».

Lo de Robert Hugues denigrando el libro de mi amigo Kirkpatrick Sale es tan sólo una pequeña parte de una larga polémica suya contra todos los que describen a los colonizadores europeos como seres absolutamente malignos, frente a unos nativos de una virtud sin tacha. Pero Hugues, o cualquier otro que lea el documentado relato de Sale sobre lo que hicieron Colón y sus hombres y lo que hicieron los Taíno y los Caribe ante su presencia, tendría serias dificultades para decir lo que las personas con tendencias filosóficas acostumbran a soltar a las primeras de cambio: «Todos fueron culpables».

Hugues ni sugiere dicha posibilidad. Lo que realmente le molesta, por lo que yo sé, es que los historiadores como Sale, aunque fieles a la verdad, animan a mucha gente estúpida de todas las razas a creer que, ahora mismo, las personas de origen europeo de su hemisferio representan el mal absoluto, mientras que los descendientes de los machacados indios o de los esclavos negros son de una inocencia admirable, o lo habrían sido si los blancos hubiesen optado por dejarles en paz.

Sale no es tan tonto. Lo que viene a decir es que los blancos de por aquí siguen ostentando casi todo el poder y continúan siendo los codiciosos y chapuceros custodios de un sistema ecológico que, con mucho esfuerzo, todavía podría convertirse en algo muy parecido al paraíso.

La revista que emplea a Robert Hugues, Time, lleva saliendo cada semana desde 1923, cuando yo contaba un año de edad. Recurriendo a mi propia memoria, no recuerdo ni un solo número de Time en el que esta publicación pareciera estar papando moscas o con un dedo metido en el culo. Otras podían equivocarse, pero Time, jamás. Su fundador, Henry Robinson Luce (1898-1967), declaró que éste era «El siglo americano», siendo «América» para él y sus lectores los Estados Unidos. Y Time sigue siendo profundamente empática con quienes están en lo alto de la estructura del poder blanco de por aquí, por mal que lo hagan, basándose, supongo, en que no es fácil estar en la cima. Pero es poco probable que los redactores y jefes de sección del Time de hoy en día sientan en sus vidas personales el aplomo de su revista. La enorme corporación de la que sólo constituyen meras partículas acumula una deuda catastrófica en vistas a enriquecer a unos pocos de sus altos ejecutivos. No parece ni que se ingrese lo suficiente como para pagar los intereses de la deuda.

Abundantes empleados de Time han sido despedidos para ahorrar dinero, y los que quedan pueden sentirse como los Taíno y los Caribe en 1492, cuando los primeros europeos aparecieron en sus barcazas, saltaron a la arena con sus armas de fuego y sus espadas preparadas y empezaron a echar un vistazo a su alrededor.

No pretendo insinuar que los despedidos, o a punto de estarlo, de Time puedan correr el riesgo de ser esclavizados, ahorcados de trece en trece ni nada semejante. Pero, sin duda alguna, sufrirán una severa aculturación, como los setenta mil trabajadores recientemente despedidos por General Motors, y muchos se sentirán muy solos y no deseados en esta Tierra hasta que encuentren otro empleo, si Dios quiere, como le pasó seguramente al último de Tasmania. Ellos, y el resto de los que se enfrentan al desempleo en la América de Henry Robinson Luce, son tan inocentes e impotentes como las víctimas de una avalancha.

Y al pensar en avalanchas, o más bien en cualquier tipo de fuerza brutal e imparable, me acuerdo de un amigo inglés que tenemos mi hermano mayor y yo, John Latham, un científico de la atmósfera como mi hermano, pero que también ejerce de poeta y humorista. El hombre lleva años trabajando en un libro de consejos para viajeros en tierra extraña, y en uno de los capítulos te cuenta cómo debes comportarte tras sufrir una avalancha en, pongamos por caso, el Himalaya. La primera regla es no asustarse. La segunda consiste en que después de ser enterrado vivo, y cuando hayan concluido los movimientos de rocas y nieve a tu alrededor, averigües dónde están arriba y abajo. Si no recuerdo mal, John dice que eso puede resolverse balanceando un reloj de bolsillo o un medallón con cadena. Y puedes recoger mucha más información, asegura, si estudias la conducta de las moscas de la nieve que puedan haber sido enterradas contigo.

Poco antes de morir hecho un viejo amargado, Mark Twain estaba escribiendo un libro muy similar al de John Latham, con la intención de ser útil, pero en realidad destacando lo eficaz que puede ser la vida, sobre todo hacia el final, a la hora de ponerte en tu sitio. El texto de Twain se centraba en la etiqueta. Recuerdo que sus consejos sobre el comportamiento en un funeral incluían no traerse al perro. Como Latham, optó por agonizar riendo en vez de agonizar gimoteando sobre esas fuerzas irresistibles —ya sean físicas, económicas, biológicas, políticas, sociales, militares, históricas o tecnológicas— que pueden hacer añicos en cualquier momento nuestras esperanzas de una vida moderadamente feliz y saludable para nosotros mismos y nuestros seres queridos.

Es posible que a Robert Hugues y a mucha gente como él le desagraden los libros como La conquista del paraíso, pues resultan sensibleros y nos llevan a lamentar las desgracias de unos don nadie desaparecidos mucho tiempo atrás, como la belleza caribeña fustigada sin tasa o el último de Tasmania, que también fue una mujer, en vez de celebrar la grandeza de la Historia cuando se la observa de lejos. Pero cuando yo ahora me pregunto en qué podría consistir exactamente esa grandeza, sólo encuentro una respuesta: los millones y millones de personas que, pese a todas esas atrocidades, aún estamos bien.

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Mi primera esposa, Jane Marie Cox, fallecida de cáncer, era una estudiante tan voluntariosa de literatura que en la universidad fue seleccionada por el Departamento de Inglés para el mayor de sus honores, que consistía en ser elegida para entrar en Phi Beta Kappa, una asociación a nivel nacional de nuestros mejores alumnos. A su elección se opuso el Departamento de Historia, cuyos materiales había denunciado ella a menudo por considerarlos tan carentes de decencia como la pornografía infantil. Estaba en buena compañía, claro está, como puedo demostrar con la ayuda de las Citas familiares de Bartlett: «La historia no es más que un amasijo de crímenes y desgracias», Voltaire; «La historia es una pesadilla de la que intento despertar», James Joyce; y así sucesivamente. Los defensores de Jane señalaron esto a sus enemigos y se salieron con la suya. Jane entró en Phi Beta Kappa.

La conocí entonces, cuando era el centro de atracción de dicha controversia, y consideré su tozuda postura tan atractiva como equivocada. En aquel entonces, yo aún creía, aunque ahora ya no, que la condición humana mejoraba pese al elevado número de bajas. La verdad es que somos incorregibles, los animales más asquerosos que pueda haber, como testifica la historia, y no hay nada que hacerle.

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No he dicho prácticamente nada de aquellos norteamericanos que descienden de esclavos negros africanos. Más de la mitad, como sabe todo el mundo, descienden también de ingleses, escoceses, irlandeses o nativos americanos. El hecho de que muchos de ellos sean blancos además de negros apenas se menciona en las conversaciones educadas entre blancos; lo mismo ocurre con el hecho de que las cruces de los tanques y aviones nazis demostraran que los que iban dentro creían estar, como Colón, al servicio de Jesús de Nazaret.

La gente a la que aquí se considera negra, y que se considera negra a sí misma, es una minoría pequeña y fácil de derrotar, cosa del diez o doce por ciento de todos nosotros. No obstante, esa gente ha realizado en este hemisferio la que tal vez sea la contribución que más consuelo e inofensivos estímulos ha aportado a la civilización mundial: el jazz. Después de esta leve mejora de la existencia ya viene, en mi opinión, el esquema terapéutico con el que se tratan las adicciones peligrosas, inventado por dos blancos de Akron, Ohio, y que hoy se conoce como los Principios de Alcohólicos Anónimos.

Otros dos señores de Ohio inventaron la máquina voladora. Pero no creo que merezcan nuestro agradecimiento. Tales artefactos han hecho añicos las esperanzas de individuos indefensos; en Irak, por ejemplo, una matanza superior a cualquiera de hace quinientos años.

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Y así, con estas lúgubres palabras, termino un idiosincrático viaje personal sobre el papel. Una silla de cocina plantada frente a una máquina de escribir ha sido mi carabela. Un gato blanco, mi única tripulación. He navegado por medio de palabras, hechos y personas libremente asociados, empezando por el número 1492. Que me recordaba en cierta manera al jefe de mi regimiento años atrás, el cual me recordaba a su vez la exploración del espacio, y así sucesivamente. Por el camino me topé con mapaches y zarigüeyas; y con Jane, mi primera mujer; y con Jesús y Hitler; y con submarinos atómicos; y con una virtuosa jovencita que fue azotada hasta comportarse como si hubiese crecido en una escuela para furcias; y con Kirkpatrick Sale y Robert Hugues, y mucha más gente.

La oportunidad de unir a Sale con Hugues me aportó la única baratija digna de salvar, en mi opinión, de todo este viaje chiflado; esa definición de la grandeza que Hugues y otras buenas personas han encontrado en la historia cuando se la contempla a distancia: los millones y millones de personas que, pese a todas las atrocidades, seguimos estando bien. Me vienen a la cabeza esos invitados de pago vestidos de etiqueta que acuden a un banquete para recaudar fondos para la Compañía de Danza de la Ciudad de Nueva York en un salón de baile del hotel Waldorf-Astoria. ¿Y cómo voy a hablar mal de esa gente si yo he formado parte de ellos? Me encanta el ballet.

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Acabo de recibir la llamada telefónica de un amigo canadiense, un cineasta que dice que el planeta sólo puede alimentar a seis billones de mamíferos de nuestras dimensiones, a condición de que la alimentación se reparta de manera justa entre nosotros y sea entregada de inmediato a cualquiera que esté a punto de morirse de hambre.

Ha reunido el dinero suficiente para rodar un documental sobre la destrucción del planeta por el Homo Sapiens, sobre la «Nave Espacial Tierra» como un sistema de mantenimiento vital. Me ha pedido que ejerza de asesor porque he escrito, entre otras cosas, que éramos «un nuevo tipo de glaciar, astuto y de sangre caliente, imparable, a punto de zampárnoslo todo y luego hacer el amor… Y luego doblar nuestro tamaño». Pretende despertarnos.

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Su llamada interrumpió mi lectura del correo matutino, en el que una antigua novia de hace siglos, actualmente en proceso de divorcio, me enviaba un recorte de periódico sobre un médico de Virginia especialista en tratamientos de fertilidad para seres humanos. Se había tirado años proporcionando a las mujeres esperma supuestamente donado por jóvenes saludables, inteligentes y atractivos. En un ochenta por ciento, por lo menos, de los tratamientos que acabaron en embarazo y parto, ¡el donante había sido el propio médico! Así pues, hay un hombre que ha añadido, él solo, ochenta personas más a las cargas de este mundo. No quedan tantos osos en toda Alemania, según escuché esta mañana en la radio, ni tantos elefantes en Mozambique. Y cuando sean mayores, todos esos chavales querrán coches y se reproducirán.

El jefe de camareros de un hotel de Haití, escenario de la única revuelta triunfal de esclavos de la historia, se vanaglorió ante mí de tener veintinueve hijos. «Tengo un esperma muy fuerte», me aseguró. Y ahora aparecen en las costas de Long Island cantidades industriales de ballenas muertas. Podría haber una relación. Una vez más, la trementina y los insecticidas que arrojé a los cubos de basura el martes pasado podrían tener la culpa.

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Lamento no estar más animado ni sentirme más animoso con respecto al destino de la humanidad en 1992, dado que yo mismo, con un esperma de una fuerza razonable, he engendrado tres hijos que, a su vez, me han dado siete nietos.

Me alegra poder decir que todos mis descendientes, mestizos con genes escoceses, ingleses e irlandeses, habitan casas seguras en vecindarios apacibles, unas casas llenas de libros, música, amor y cosas buenas de comer. Son claramente beneficiarios de 1492 y del resto de la historia, observada a una prudente distancia. Pero no sé cuánto más puede llegar a durar todo esto, dado que ahora ambos hemisferios están abarrotados de gente que necesita un mínimo de mil calorías diarias en alimentos. Ciertamente, la gente que pasa hambre —hombres, mujeres y niños— se ha hecho tan numerosa y omnipresente que nuestra televisión apenas puede mostrar una pequeña fracción de seres famélicos antes de hacerlos desaparecer a todos por el agujero negro.

Como antropólogo, teóricamente, se podría esperar de mí que dijese algo acerca de las culturas que desaparecen junto a la gente. Pero el hambre, creo yo, se convierte en toda la cultura de alguien que está a punto de morir. Como dijo Bertolt Brecht, «Erst kommt das Fressen, dann kommt die Moral». O en traducción libre: «Cuando se tiene hambre, sólo se piensa en la comida».

Coincido con la Iglesia Católica en que todos los planes para ajustar la población humana a la oferta de alimentos, como no recurramos a la abstinencia observada por los últimos de Tasmania, van de la indignidad al infanticidio. Y además no son prácticos. Mi hijo adoptivo, alumbrado por mi difunta hermana, sirvió en el Cuerpo de Paz en un poblado de la loma oriental de los Andes del Perú. Su misión consistía en descubrir lo que los poco conocidos habitantes de la localidad más necesitaban, aquello que una civilización más avanzada podía ofrecerles. Y resultó que lo que querían eran condones, que son caros y que, evidentemente, sólo pueden ser utilizados una vez antes de deshacerse de ellos. Si hubiera conseguido esos condones, cuyo envío, seguramente, nuestro gobierno no hubiese autorizado, habrían acabado con toda probabilidad en algún afluente del río Amazonas, yendo a parar finalmente, si es que había suerte, a la playa de Ipanema, junto a todas esas chicas núbiles en tanga.

Así pues, no me queda más remedio que decir que esto no hay quien lo arregle.

Como consuelo, ofrezco esta oración atribuida al gran teólogo germano-americano Reinhold Niebuhr (1892-1971), quien puede que la pronunciara en 1937, desde las profundidades de la depresión económica planetaria anterior a la actual: «Dios mío, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que sí puedo cambiar y la sabiduría para distinguirlas».

Sagaponack, 1992.

 

Kurt Vonnegut, La cartera del cretino, Barcelona, Malpaso, 2013.


ciclo “Literatura Viva”: con Margo Glantz (jueves 17/12)


#Poesía: José Luis Díaz-Granados

 

Palabras

 

Yo miro las palabras,

su signo, su estatura,

su forma. Yo las oigo:

me excita su armonía,

su sapiente misterio.

Yo digo las palabras,

las pronuncio, las huelo,

vocalizo sus sílabas:

palabras. Yo adivino

su resplandor perdido,

su melodía inexacta,

su murmullo de ángeles,

su juego demoníaco,

eco de alas atávicas.

Yo canto las palabras

las escribo, las vivo,

las maltrato, las tiño

con afeites inútiles.

Ellas se nombran solas,

se inventan en el sueño,

habitan la obsesión

y peregrinas danzan

por las hojas en blanco

donde descansan ávidas,

esperando unos ojos

que las vuelvan a la vida.

Yo amo las palabras:

uso y abuso de ellas.

Soy su loco, su idólatra,

su marioneta tímida.

En esta estación blanca

me detengo con ellas,

hasta un próximo rito

de duendes liberados.

 

 

Luces de la ciudad

Vivo

entre felicidades y polémicas,

entre catedrales y lagartijas,

intenso entre el deseo sutil

o patético en las madrugadas.

 

Sueño

entre sinfonías y cooperativas,

entre teléfonos y suspiros,

lleno de códigos y cabelleras,

ávido de alas y mandarinas.

 

Trabajo

entre estadísticas y sonrisas,

entre tazas de tinto y metodologías,

sumergido en caricias y máquinas.

 

Canto

entre las tinieblas y los amaneceres,

entre papeles y tragos de ron,

definitivamente recorriendo

mejillas y columnas vertebrales.

 

Y amo

la inminencia de las historietas,

la solidaridad de los aromas,

las autopistas llenas de risas

en las bocas de los centauros.

 

Porque espero

la reforma de los paisajes,

la entronización de la ternura

y la alegría en todos los idiomas.

 

[de Rapsodia del caminante, Bogotá, Proyecto Editorial “Famas y Cronopios”, 1996]

 

 

Artificios

Ocurre que cada día mudamos de entusiasmo,

y al borde de los versos uno olvida

la ropa, los recibos, los mandados,

porque el poema atormenta las horas,

el minuto feliz, ese frágil momento

en que se nos escapa el milagro

o inventamos la magia, y el secreto florece.

 

Entonces la noche se enciende tajante

y esas dulces lucecillas de bengala

regalan esplendor a las más viejas ruinas.

 

[de Silencio y memoria, Bogotá, Editorial Oinopa Pontos, 2006 (Colección El Mar de Oscuro Vino)]

 

José Luis Díaz-Granados, El laberinto. Antología poética, 1968-2008 [con prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda], Bogotá, FCE, 2014, pp. 56-57, 58-59 y 136


Arto Lindsay, Simply Are… (a film by Sarah Teper)

Arto Lindsay, Simply Are …a film by Sarah Teper

An excellent movie that includes a lot of discussions and live music with Arto Lindsay, Melvin Gibbs, Peter Scherer, DJ Spooky, Dougie Bowne, Andres Levin, Vinicius Cantuaria, Caetano Veloso, etc

live music:

00:57 Unsure 3:25 It Only Has To Happen Once 7:05 Anima Animale 11:25 Re-Entry 14:15 Simply Are 18:33 Enxugar 22:15 Noon Chill 28: 27 O Nome Dela 32:14 9 Out Of 10 37:36 Pode Ficar 39:55 Ondina 42:35 Amantes 44:23 Unbearable 46:31 Gods Are Weak 54:51 Whirlwind


“Arquetipos” (Noé Jitrik)

Arquetipos

Es un hecho harto conocido que la revolución francesa de 1789 constituye un episodio de enorme importancia histórica y que así ha sido considerado desde su estallido hasta el presente; lo mismo podría decirse de la revolución mexicana, que ha producido libros de todo tipo desde que comenzó a producirse hasta sus agónicos finales. En ambos casos, investigaciones fácticas e interpretaciones de todo tipo, apasionantes, películas y novelas, biografías y estudios. Están incorporadas a los fastos nacionales, presidentes y enseñantes se llenan la boca al mencionarlas ya sea para recordar lo que fueron ya para falsearlas. Han dado lugar a verdaderas bibliotecas pero pese a la distancia y a la suerte que corrieron tanto sus protagonistas como sus consecuencias inmediatas y lejanas, institucionales y retóricas, siguen siendo también objeto de nuevas miradas, se regresa a ellas, se diría que constituyen inacabables depósitos de significación. Da la impresión de que comprender algo más de lo que encierran ilumina el presente a condición de que el presente no sea confinado a lo inmediato. Dicho sea de paso, la mentalidad tecnologizante que domina gran parte de los modos de la interpretación contemporánea parece, sólo parece, justificar ese confinamiento y respaldar el desdén por la historia.

No me atrevo a decir que parecida suerte haya corrido la revolución rusa, de la que en la Rusia pos soviética se ha convertido en mala palabra, de desdichada invocación, sorprendentemente porque es la que casi de entrada apareció como triunfante, mientras que las otras se debatieron en encontrar su forma hasta, en cierto modo, apenas vislumbrada, perderla.

Es posible que sí, que tiene una presencia equivalente a las otras, lo probaría la inmensa bibliografía que aparece en la trilogía de Deutscher sobre Trotsky, pero, en una mirada superficial, se diría que su significación histórica, salvo lo que rescata la novela de Leonardo Padura cuyo centro narrativo es no obstante otro, es objeto casi sólo de miradas e indagaciones de irreductibles adeptos o de enemigos jurados, denigratorios y vulgares, sin mayor interés histórico, sobre personajes, Lenin, Trotsky et al., y aun sobre el hecho mismo, la revolución como un error y aun como episodio desgraciado y criminal. Tal vez el estrepitoso final de la Unión Soviética y sus transformaciones chinas o coreanas o aun cubanas, reducen su valor o alejan, es como si se le concediera sólo el valor de un recuerdo y no un espesor que a las otras se concede. Se deja de lado una experiencia única, humana y política, y se la condena a la melancolía cuando en realidad produjo una conmoción sumamente compleja, hizo temblar al sistema, reinterpretó estructuras mentales y modos de vida, prometió utópicas porvenires, en fin, trastornó ese equilibrio al que la burguesía había llegado después de siglos.

Y si bien el hecho “Revolución rusa” fue el fenómeno central, en su momento más dramático se destacan dos figuras, Trotsky y Stalin, que en su enfrentamiento devienen arquetipos, coagulaciones de conceptos inherentes a la civilización misma. Uno encarna el intelectual, universalista, utópico inclusive, heredero de las grandes tradiciones culturales europeas, constructor genial, ilimitado escritor y orador de inigualable fuerza pero, víctima y perdedor en la contienda, y el otro, un pragmático astuto, inescrupuloso urdidor en la sombra, enemigo implacable, constructor de poder, manipulador de hombres y de discursos, localista y cerrado, pírrico triunfador en la contienda. En el fondo, y sin forzar las analogías, dos tipos que pueden encontrarse en el eterno conflicto entre pensamiento y acción, fines fundamentales y objetivos inmediatos, pero, en este caso, vinculados a un intento de cambio que podía haber sido decisivo en la historia de la humanidad y que en un momento lo pareció.

La biografía elaborada por Isaac Deutscher luego de una cuidadosa investigación, en archivos, en libros, en memorias y testimonios, en periódicos soviéticos y europeos, muestra este conflicto desde su gestación hasta su trágico final. Los hechos que recupera informa lo que se sabe pero también lo que no se sabía y que ilumina enceguecedoramente. Historia desde luego, y como tal basada en conocimiento directo y comprometido tanto como en indagación, pero igualmente literatura, tensión narrativa, diseño de personajes, caracteres y conflictos, en la tradición más clásica del arte de historiar. Hace aparecer un panorama sumamente atractivo del personaje central, sus decisiones, sus esquemas mentales, sus intervenciones insólitas para su tiempo y espacio, así como, con el mismo vigor pictórico, los innumerables procesos políticos de al menos seis décadas, finales de siglo XIX y mediados del XX y la “Revolución” como la criatura que nace del encuentro de ambos aspectos: la compleja crisis del despotismo y las nerviosas y tenaces intuiciones de Lenin y Trotsky, el primero arquitecto de la revolución, el otro ejecutor, constructor de un edificio imponente, nada menos que un nuevo país limitado por el viejo, desmesurada empresa perro que se empezó a realizar.

Trotsky, se trata de él, es el centro y el disparador de ese relato y desde sus avatares brotan múltiples situaciones pero, sobre todo, personajes presentados como si fueran protagonistas de una singular tragedia; de hecho, yendo al futuro, todos entraron en la terrible categoría de una frase acuñada no sé por quién que proclama “La revolución devora a sus propios hijos”, así fue durante la revolución francesa, la mexicana y la rusa que no pudo esquivar ese fatídico destino, todos sus actores ejecutados por el implacable georgiano.

Es muy difícil en pocas líneas evocar la cantidad de temas que los tres volúmenes presentan, considerarlos y comprender sus proyecciones pero se puede apuntar que la trilogía invita al menos a dos objetivos de lectura, información, o sea al pasado, y prospección, hacia el futuro. Si la primera satisface porque nos hace saber, documentos y consideraciones mediante, “lo que realmente había pasado” –creo que ahora, pero desde finales de la guerra que acabó en 1945, sabemos, al menos yo, por qué el nazismo liquidó en la dura década del 30 al comunismo alemán y por qué el lenguaje comunista se estereotipó y anuló lo más valioso que tenía, la utopía-, la segunda es inquietante, muchas lecciones se pueden sacar para comprender lo que ocurrió después y sigue ocurriendo. Incluso en nuestro propio país: ceder o resistir, por ejemplo, opción que acecha nuestra historia hasta la actualidad, y que puede parecer peculiar y exclusivamente nuestra, es el meollo de lo que llevó al cadalso en la época de Stalin a los que forjaron la Revolución y crearon la Unión Soviética. Menos a Trotsky, dicho sea de paso, que entregó su vida a lo que había imaginado y creado pero no cedió.

El primer volumen, El profeta armado muestra un fervor, el de la posibilidad y la construcción, el segundo, El profeta desarmado, la dificultad de comprender, el tercero, El profeta desterrado, el heroísmo de la sobrevivencia. En cada uno de ellos a cada episodio le suceden interpretaciones siempre inteligentes, como de alguien que estuvo cerca pero que al mismo tiempo analizó, juzgó, se debatió entre el acierto y el error y mostró los huecos de lo que se había presentado como un pensamiento compacto, fundado y eficaz, a saber que desde un marxismo bien entendido, correctamente considerado, los fines de la revolución habrían podido cumplirse con fulgurante éxito.

Para algunos, tal vez, los interrogantes que puede provocar la lectura son propios de épocas pasadas, una vez que la Unión Soviética cerró sus puertas y transformó lo que era en una pujante empresa capitalista; para mí, un ingreso en una historia y en un destino respecto de los cuales es muy difícil permanecer indiferentes. En cuanto a la historia, lo que podría modestamente decir es que lo que estos libros muestran “significa” mucho del Siglo XX, por momentos es la culminación de un proceso de larga data, marcado por esa dura y feliz expresión, “lucha de clases”. En cuanto al destino el de Trotsky es único: en dos palabras fue “hacer historia”. En parte, al menos como modelo, lo logró, en parte, fue víctima de ese espectacular propósito; el drama es cómo pudo ser derrotado políticamente y la paradoja por quién, pero no en lo que significó.

La obra de Deutscher no es un homenaje, no hay veneración; hay examen, hay evaluación, hay distancia pero respeto intelectual: precisamente lo que Stalin y sus prolongaciones bloquearon, con mentiras, silencios, represión, muerte, en una curiosa –aberrante- interpretación de lo que formuló Marx en su momento y que orientó y orienta a gran parte de la humanidad durante casi dos siglos.

 

* A propósito de la Trilogía de Isaac Deutscher (El profeta armado, El profeta desarmado El profeta desterrado), publicado en 1954 por Oxford University Press, Nueva York/Londres y en traducción castellana de José Luis González en 1966, en México, Ediciones Era. En Chile una edición, que retoma la de Era, de 2007 y otra de 2014, por LOM Ediciones. Finalmente en Buenos Aires, en 2020, la misma, por Ediciones IPS.


Ciclo de diálogos PEN Argentina: último encuentro 3/12

Diálogo entre Silvina Friera y Noé Jitrik

Cierre de Ivonne Bordelois


#Música: Ben Harper – ‘Winter Is For Lovers’ (Live)

@Ben Harper performs the new album ‘Winter Is For Lovers’ in its entirety

Order at https://benharper.ffm.to/wifl

 

Written and arranged by Ben Harper on Lap Steel Guitar

Produced, Engineered and Mixed by Sheldon Gomberg

Assistant engineers: Johnnie Burik, Jason Gossman, Larry Fergusson & Tim Sonnefeld

Mastered by: Gavin Lurssen at Lurssen

Mastering Filmed by Alex Bordoni & Adam Keely

Official Site: http://www.benharper.com/

Facebook: https://www.facebook.com/benharper/

Twitter: https://twitter.com/benharper

Instagram: https://www.instagram.com/benharper/

YouTube: https://www.youtube.com/user/benharper


Michael Löwy: “Georg Lukács sobre Hölderlin y el Termidor: respuesta a Slavoj Žižek”

Georg Lukács sobre Hölderlin y el Termidor: respuesta a Slavoj Žižek

Georg Lukács sobre Hölderlin y el Termidor: respuesta a Slavoj Žižek

Los escritos de Georg Lukács de la década de 1930, a pesar de sus limitaciones, contradicciones y concesiones (al estalinismo), no son por ello menos interesantes. Es el caso, en particular, de su ensayo de 1935 sobre [el poeta Friedrich] Hölderlin, titulado L’“Hyperion” de Hölderlin, traducido al francés por Lucien Goldmann e incluido en el volumen Goethe et son époque (1949)Lukács se muestra literalmente fascinado por el poeta, a quien califica de “uno de los poetas elegiacos más puros y profundos de todos los tiempos”, cuya obra tiene “un carácter profundamente revolucionario”1/. Sin embargo, contrariamente a la opinión general de los historiadores de la literatura, se niega obstinadamente a considerarlo un autor romántico. ¿Por qué?

Desde el comienzo de la década de 1930, Lukács había comprendido, con gran lucidez, que el romanticismo no era una simple corriente literaria, sino una protesta cultural contra la civilización capitalista en nombre de valores –religiosos, éticos, culturales– del pasado. Asimismo estaba convencido de que, por sus referencias al pasado, se trataba de un fenómeno esencialmente reaccionario.

El término “anticapitalismo romántico” aparece por primera vez en un artículo de Lukács sobre Dostoyevski, en el que tacha al escritor ruso de “reaccionario”. Según este texto, publicado en Moscú, la influencia de Dostoyevski se debe a su capacidad de convertir los problemas de la oposición romántica al capitalismo en problemas espirituales; a partir de esta “oposición intelectual pequeñoburguesa anticapitalista romántica (…) se abre una amplia avenida hacia la derecha, hacia la reacción, hoy hacia el fascismo, y, en revancha, un sendero angosto y difícil hacia la izquierda, hacia la revolución”2/. Este “sendero angosto” parece desaparecer cuando escribe, tres años después, un ensayo sobre “Nietzsche, precursor de la estética fascista”. Lukács presenta a Nietzsche como un continuador de la tradición de los críticos románticos del capitalismo: al igual que ellos, “opone cada vez a la incultura del presente la alta cultura de los periodos precapitalistas o del comienzo del capitalismo”. A su juicio, esta crítica es reaccionaria y puede conducir fácilmente al fascismo3/.

Hallamos aquí una asombrosa ceguera: Lukács no parece percibir la heterogeneidad política del romanticismo y, en particular, la existencia –junto al romanticismo reaccionario, que sueña con un imposible retorno al pasado– de un romanticismo revolucionario, que aspira a un desvío por el pasado en dirección a un futuro utópico. Este rechazo es tanto más asombroso, cuanto que el propio Lukács, en sus obras de juventud, como por ejemplo en su ensayo Teoría de la novela (1916), pertenece a este universo cultural romántico/utópico4/.

Esta corriente revolucionaria está presente en los orígenes del movimiento romántico. Sirva de ejemplo el Discurso sobre la desigualdad entre los hombres, de Jean-Jacques Rousseau (1755), que cabe considerar una especie de primer manifiesto del romanticismo político: su feroz crítica de la sociedad burguesa, de la desigualdad y de la propiedad privada la realiza en nombre de un pasado más o menos imaginario, el estado de naturaleza (aunque inspirado en las costumbres libres e igualitarias de los indígenas caribeños). Ahora bien, contrariamente a lo que pretenden sus adversarios (¡Voltaire!), Rousseau no propone que las sociedades modernas vuelvan a la selva, sino que sueña con una nueva forma de igualibertad de los salvajes: la democracia.

Encontramos el romanticismo utópico, con distintas formas, no solo en Francia, sino también en Inglaterra (Blake, Shelley) e incluso en Alemania: ¿Acaso el joven Schlegel no era un ardiente partidario de la Revolución Francesa? También fue el caso, por supuesto, de Hölderlin, poeta revolucionario, quien, sin embargo, al igual que muchos románticos desde Rousseau, está poseído por “la nostalgia de los días de un mundo originario” (ein Sehnen nach den Tagen der Urwelt)5/.

Lukács tuvo que reconocer, a regañadientes, que en Hölderlin encontramos “rasgos románticos y anticapitalistas que entonces no tenían todavía un carácter reaccionario”. Por ejemplo, el autor de Hyperion también odia, al igual que los románticos, la división del trabajo capitalista y la estrecha libertad política burguesa. No obstante, “en su esencia, Hölderlin (…) no es un romántico, por mucho que su crítica del capitalismo naciente no esté desprovista de ciertos rasgos románticos”6/. En estas líneas, que afirman una cosa y la contraria, se siente el apuro de Lukács y su dificultad para señalar claramente la naturaleza romántica revolucionaria del poeta. ¿Quiso decir que en una primera época el romanticismo “no tenía todavía un carácter reaccionario”? ¿Significa esto que todo el Frühromantik, el periodo inicial del romanticismo, a finales del siglo XVIII, no era reaccionario? En este caso, ¿cómo se puede proclamar que el romanticismo es, por su naturaleza, una corriente retrógrada?

En su intento, contra toda evidencia, de disociar a Hölderlin de los románticos, Lukács menciona el hecho de que el pasado a que se refieren no es el mismo: “La diferencia en la elección de temas entre Hölderlin y los escritores románticos –Grecia frente a la Edad Media– no es, por tanto, una mera diferencia de temas, sino una diferencia de visión del mundo y de ideología política.” (p. 194) Ahora bien, si muchos románticos se remiten a la Edad Media, no es el caso de todos: por ejemplo, Rousseau, como hemos visto, se inspira en el modo de vida de los “caribeños”, aquellos hombres libres e iguales. También encontramos románticos reaccionarios que sueñan con el Olimpo de la Grecia clásica. Si contemplamos el llamado neorromanticismo de finales del siglo XIX –de hecho, la continuación del romanticismo con nuevas formas–, encontraremos a auténticos románticos revolucionarios, como el marxista libertario William Morris o el anarquista Gustav Landauer, fascinados por la Edad Media.

En realidad, lo que distingue el romanticismo revolucionario del reaccionario no es el tipo de pasado al que se remiten, sino la dimensión utópica del futuro. Lukács parece darse cuenta, en otro pasaje de su ensayo, cuando evoca la presencia, en Hölderlin, tanto de un “sueño de retorno a la edad de oro” como “de la utopía de un más allá de la sociedad burguesa, de una liberación real de la humanidad”7/. Asimismo percibe, con perspicacia, el parecido entre Hölderlin y Rousseau: en ambos hallamos “el sueño de una transformación de la sociedad”, con la que esta “volverá a ser natural”8/. Lukács, por tanto, está a punto de darse cuenta del ethos romántico revolucionario de Hölderlin, pero su prejuicio obstinado contra el romanticismo, catalogado de reaccionario por definición, le impide llegar a esta conclusión. Esta es, a nuestro juicio, una de las principales limitaciones de este ensayo, por lo demás brillante…

 

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La otra limitación se refiere más bien al juicio histórico-político de Lukács sobre el jacobinismo obstinado –postermidoriano– de Hölderlin, comparado con el “realismo” de Hegel: “Hegel acepta la época postermidoriana, el final del periodo revolucionario de la evolución y construye su filosofía precisamente sobre la comprensión de este nuevo giro de la evolución de la historia universal. Hölderlin no acepta ningún compromiso con la realidad postermodoriana; se mantiene fiel al antiguo ideal revolucionario de un renacimiento de la democracia antigua y se ve contrariado por una realidad que ya no tenía cabida en sus ideales, ni en el plano poético ni en el ideológico.” Mientras que Hegel comprendió “la evolución revolucionaria de la burguesía como un proceso unitario en que el terror revolucionario, del mismo modo que el Termidor y el Imperio, no fueron más que fases necesarias”, la intransigencia de Hölderlin le llevó a “un impás trágico. Desconocido, llorado por nadie, cayó como un Leónidas poético y solitario del pedestal de los ideales del periodo jacobino a las Termópilas de la invasión termidoriana.”9/

¡Reconozcamos que este fresco histórico, literario y filosófico no carece de grandeza! Pero no por ello es menos problemático… Y, sobre todo, contiene implícitamente una referencia a la realidad del proceso revolucionario soviético, tal como existía en el momento en que Lukács escribía su ensayo. Esta es, en todo caso, la hipótesis –un poco arriesgada– que traté de defender en un artículo publicado en inglés bajo el título “Lukács and Stalinism”, e incluido en un libro colectivo titulado Western Marxism, a Critical Reader, Londres, New Left Books, 1977. Lo incluí asimismo en mi libro sobre Lukács, publicado en francés en 1976 y posteriormente también en Inglaterra, en 1980, con el título Georg Lukács. From Romanticism to Bolshevism. Reproduzco un pasaje que resume mi hipótesis con respecto al fresco histórico esbozado por Lukács en el artículo sobre Hölderlin:

El significado de estas observaciones en relación con la URSS en 1935 es transparente; baste añadir que Trotsky había publicado justamente en febrero de 1935 un ensayo en el que utiliza por primera vez el término “Termidor” para caracterizar la evolución de la URSS después de 1924 (Estado obrero, termidor y bonapartismo). Salta a la vista que los pasajes citados son la respuesta de Lukács a Trotsky, ese Leónidas intransigente, trágico y solitario que rechaza el Termidor y se ve condenado al impás. Lukács, en cambio, como Hegel, acepta el fin del periodo revolucionario y basa su filosofía en la comprensión del nuevo giro de la historia universal. Señalemos de paso, sin embargo, que Lukács parece aceptar, implícitamente, la caracterización trotskista del régimen de Stalin de termidoriano…10/.

No sin cierto asombro he leído en un libro reciente de Slavoj Žižek un pasaje en que habla del ensayo de Lukács sobre Hölderlin y donde retoma, casi palabra por palabra, mi hipótesis, aunque sin citar la fuente:

Es evidente que el análisis de Lukács es profundamente alegórico: lo escribió algunos meses después de que Trotsky lanzara su tesis de que el estalinismo era el Termidor de la revolución de Octubre. El texto de Lukács debe leerse como una respuesta a Trotsky: acepta la definición del régimen estaliniano de “termidoriano”, pero dándole un sentido positivo. Más que deplorar la pérdida de energía utópica, deberíamos aceptar, de una manera heroicamente resignada, sus consecuencias como el único espacio real del progreso social11/.

No creo que Žižek haya leído mi libro sobre Lukács, pero es probable que tenga conocimiento de mi artículo publicado en el libro colectivo Western Marxism, de amplia difusión. Dado que Žižek escribe mucho, y muy rápido, es comprensible que no siempre tenga tiempo para citar sus fuentes…

La nota sigue, completa en la web de Viento Sur.