Trotsky y la cultura, los escritores y el futuro

Noé Jitrik ha escrito una nota, “Íconos y alcohol”, publicada en Página/12 el pasado 26 de abril, que comienza refiriéndose a mí.

No puedo dejar de emocionarme al leer ese primer párrafo –sensible, imaginativo, poético– que, pensándolo desde otro ángulo, no sólo habla de mí (y de la amistad, y de la militancia), sino también del mismo Noé. Quiero decir: habla del rango de sus preocupaciones vitales –o existenciales, si se prefiere el (como lo llamarían muchos) “arcaísmo setentista”–, y que son, ni más ni menos, las que hacen al destino de las sociedades contemporáneas y al de los seres humanos insertos en ellas, viniendo (como venimos) de más de tres décadas de restauración capitalista neoliberal.

Como escritor y crítico literario agudo que es (y ya sé que acá no dije nada original), Noé Jitrik observa, analiza, señala, como si por momentos hablara de un Aleph, algún aspecto llamativo (para el presente) de la vida y obra de León Trotsky (como Noé mismo lo recuerda, ya escribió sobre la biografía de Lenin escrita por Trotsky; sobre las actas del “contraproceso” en México, y ahora de cómo Trotsky pensó en cambiar la vida cotidiana de las amplias masas, intentando reemplazar la iglesia y el alcohol con el cine); cuestión que se emparenta con toda una importante tradición del siglo XX, que es la historia de las profusas relaciones –directas e “indirectas”– de Trotsky (y también los trotskistas) con los artistas en general, y con los surrealistas en particular.

Variopinta lista: André Malraux, H. G. Wells, Pierre Naville, Diego Rivera, André Breton, Frida Kahlo, el filósofo John Dewey y hasta Georges Simenon fueron algunos de los importantes artistas y personalidades –entre ¿decenas, cientos?– que tuvieron contacto, relación política, intercambios y debates varios con Trotsky a lo largo de su vida. Yendo a la corriente surrealista, es conocida la declaración de título –si se quiere– tan poético, “Planeta sin visado”, que Breton y su grupo dieron a conocer en 1934, cuando Trotsky fue expulsado de territorio francés, proveniente de un difícil y duro periplo que había comenzado en 1928, cuando el régimen burocrático de Stalin lo había desterrado de la URSS a Alma Atá, a más de 3.000 kilómetros de Moscú; un pueblo cercano a la frontera con China. Y en 1936 los surrealistas también denunciaron la farsa stalinista (y trágica: con fusilamientos de la “vieja guardia” bolchevique) de los Juicios de Moscú, afirmando al mismo tiempo que Trotsky, acusado también él, junto a su hijo León Sedov, de “terrorista”, estaba “muy por encima de cualquier sospecha”, y que era para ellos “un guía intelectual y moral de primer orden”.

Tenemos entonces lo que se suele llamar “el Trotsky cultural”: un campo donde abundan los escritores y escritoras y se puede incluir desde un George Orwell (recordar al cerdo que enfrenta a “Napoleón” en Rebelión en la granja, o el “Goldstein” –apellido muy parecido al original de Trotsky, Bronstein– conspirador y supuesto causante de todos los males del régimen del Gran Hermano en 1984), pasando por gente tan disímil como los brasileros Humberto de Campos y el surrealista Benjamin Péret, el español Jorge Semprún, el genial cubano Guillermo Cabrera Infante con su sección de parafraseos en Tres tristes tigres, la argentina Tununa Mercado, los argentinos Luis Franco, Héctor Tizón, Andrés Rivera, Martín Kohan, hasta Sylvia Molloy… todos y todas han hecho referencia a Trotsky en sus obras, y en algunos casos, más de una vez.

Esta tradición, la de Trotsky como sujeto de fascinación para los artistas (lo hayan conocido en persona o no), se mantiene en el presente: sumemos, por ejemplo, a El hombre que amaba a los perros, novela del cubano Leonardo Padura –quien tiene el mérito de hacer una gran novela policial… superando nada menos que el pequeño gran escollo de que al comenzar la historia, el lector ya sabe quién es el asesino–, y a Laguna, otra novela, de la norteamericana Barbara Kingsolver. Y, como contracara reaccionaria de esto, están la pésima comedia canadiense titulada The Trotsky (2009), y Liova corre hacia el poder, olvidable novela del escritor liberal Marcos Aguinis.

A propósito de todo esto Maurice Blanchot, en un notable ensayo titulado “Los grandes reductores”, señaló que existe “un período en que Trotsky da miedo y en que no tiene más compañero en literatura que André Bretón y luego un período en que como revolucionario, daría miedo todavía, pero, acogido ceremoniosamente en el panteón de los escritores, tranquiliza en su papel de hermoso muerto apacible”. Y sigue: “¿Qué es lo que nos tranquiliza, hoy en día, en ese Trotsky de buena sociedad? La respuesta es fácil: es un escritor que tiene estilo, un literato de gran clase (…), un crítico que sabe hablar de literatura como hombre del oficio”. Y sin embargo, dice Blanchot, Trotsky también es quien “con Lenin, decidió la insurrección de octubre y, antes que Lenin, sacó todas las consecuencias de la declaración de revolución permanente, ya propuesta por Marx, dirigente inflexible de una Revolución no precisamente moderada, (y) quiere concedernos ‘una libertad total de autodeterminación en el dominio del arte’”.

Blanchot critica entonces las “tranquilidades” de las “reivindicaciones parciales” de Trotsky, proponiendo tomar conciencia de que no habría “inocencia” alguna en las libertades u opciones de la escritura y las artes bajo el régimen de explotación capitalista: lo que se hace juega a favor o en contra del sistema. Y sin embargo, en el presente, tenemos la siguiente paradoja: la de que la mayoría de los trabajos literarios, según anotó el historiador Paul Le Blanc (en “Trotsky: realidad y ficción”), son más verídicos que los de los historiadores “sovietólogos”. Éstos, un bando “anti” (anti-Trotsky, anti-Lenin, anti-Revolución Rusa, etc.), defenestran (y falsean) a la historia y a las personalidades dirigentes de Octubre de 1917: Richard Pipes, Orlando Figes y Robert Service son algunos de los que, como indicó en su último trabajo el historiador –fallecido en 2005– Pierre Broué, “brillan por su ignorancia” al desconocer y desestimar por completo la riqueza de información que hay –y ellos han estado ahí– en los archivos abiertos desde 1991 en la ex URSS y en los Estados del Este europeo.

Por ello, y más allá de la (supuesta) “comodidad” de que se mantenga a Trotsky sólo como una personalidad en el “campo cultural”, no deja de ser significativo cómo los artistas han captado, en una importante cantidad de casos, mucho mejor que los historiadores “profesionales” y “científicos” la esencia (profundamente humana, realista, ambiciosa) de Trotsky y su proyecto revolucionario y socialista, tal como lo hizo Jitrik respecto al recurso de echar mano al cine, a mediados de la década de 1920 en la heroica (y pobre) Rusia soviética; y por supuesto también en sus otros artículos.

Ahora que la crisis económica internacional, comenzada en 2008, hizo –o está posibilitando–, entre otras cosas, en medio de rebeliones y revoluciones en Medio Oriente, acampes y ocupaciones de “indignados” en Estados Unidos y Europa (que vive cada tantas semanas alguna gran huelga, parcial o general), el llamado “regreso de Marx”, también podría estar propiciando el “regreso de Trotsky” –como se ve, con admiradores y detractores–.

Es que hay en el revolucionario ruso una cantidad (prácticamente inabarcable, por su gigantesco volumen) de escritos y temas: un impresionante corpus de reflexiones teóricas y políticas, todas ligadas, de una manera u otra, al cambio social revolucionario. ¿No tenemos allí, entonces, un valioso patrimonio político (y cultural) de la humanidad? Yo creo que sí, y de ahí el proyecto de Ediciones IPS junto al CEIP “León Trotsky” y la Casa-museo de México de lanzar una gran colección –que ya comenzó– de Obras escogidas, para que los trabajadores y la juventud puedan acceder fácil y directamente a Trotsky. A las obras de un revolucionario que, desde la perspectiva del socialismo y el comunismo, ambicionaba, como escribió en un impresionante texto de 1939, “El marxismo y nuestra época”, que las palabras “pobreza”, “crisis”, “explotación” salieran de circulación.

Grandes objetivos, que son también –o deberían– un tema “cultural”: el del futuro de la sociedad… y las palabras que la describirán.


Oda a León Trotsky (Luis Franco)

Una certeza fortalecida en la gimnasia de todas las dudas

hasta dominar el vértigo de abismos y sepulcros

y una serenidad más ancha que el ademán de las banderas y los sembradores

tú, cuya biografía comienza a ser levadura del mundo

y cuyo nombre imanta lo que hay de fierro en nosotros.

 

Domicilio de honor te fue la cárcel,

como ya es el destierro tu patria de adopción

(Te recuerdo en Nicolaiev custodiado por los piojos,

tú, dandy de ademanes perfectos; recuerdo tu casi astronómica fuga desde un arrabal del polo

a través de la nieve sin ribera como la sombra;

casi oigo el resuello cansado de los remos incansables)

te recuerdo en Alma Ata, mazmorra de cristal,

con fríos que buscaban coparte es aalma que descongela los miedos.

Pero qué pobre cosa estas patrias para diplomáticos y pedicuros,

ellas que así tiritan de tu sola vecindad, ahora.

 

Amigo profundo de los hombres,

eres como un recién venido de la mar

entre mediterráneos que nunca oyeron hablar de ella

con tu saber de sol que hace fluir las verdades heladas,

con tu pasión que hace trampolín de cada obstáculo.

Donde tú entras los relojes que apresuran la marcha.

 

Se quemaron las naves del pasado sobre las playas vírgenes del alba

cuando amaneció Octubre para siempre,

y el sol descendía a través de todos los cerrojos.

Una vasta esperanza comenzaba ya a colonizar el futuro.

 

Al fin una preñez dolorosamente larga

las masas daban a luz una época nueva.

Natchalo! Naovaia Jizn! Natchalo!

Y tus jornadas eran de veinticuatro horas cabales, Lev Davidovich.

Contra toda la herrumbre y el fierro de Europa

sobre catorce frentes se combatió después,

y un tren fantasma que aventó doscientos mil kilómetros

era tu ferrado caballo de pelea,

capitán.

 

Pero la vida es breve y la guerra es larga.

Sabes que somos un vaivén en marcha

entre la conservación y la invención;

sabes de la sirena llamada Costumbre

cuyo encanto es la muerte de la audacia y el mañana.

 

La vida no es remanso

sino río en marcha.

El único dios que no abdicó aún se nombra Comienzo.

Por eso tu ciencia y tu voluntad se llaman revolución.

 

Es verdad,

como un árbol primaveral se conmueve la humanidad sufrida.

(Todos los siglos podridos son su abono).

Los pueblos van a colgar sus recuerdos inservibles,

y echar la basura como zapatos rotos

sus creencias de ayer y de anteayer.

El filo del alba está segando todos los sueños del miedo.

Los pueblos van a mudar todas sus plumas viejas.

Inútil el cordón sanitario de los gritos de alerta

o de amenaza;

la revolución no conoce fronteras al igual que la brisa.

 

La razón no es el jardín de invierno,

sino el intenso verano del hombre.

Están los días blancos con sus terribles yemas.

Razón, claro silbido de ayuda

en el cruce del oscuro callejón del ser.

 

¡Qué nocturno es el hombre! Pero su amanecer definitivo se acerca.

De las iglesias a los códigos,

todos los becerros de oro y estiércol,

todos los dioses panzudos e hipócritas se irán.

Serán los servidores del hombre o tendrán que irse.

 

No lo creen los que engordan con la sanies llamada provecho

ni los que suponen a la vida coronada de adormideras.

 

Con el perro dinero el perro hambre será desterrado.

Las fábricas no serán los templos

donde obesos sacrificadores alimentan con carne y espíritu de hombre el Ídolo máquina.

La propiedad no expropiará al hombre.

 

La higiene abolirá un día

esos holocaustos malolientes que son las guerras

las que dejan sin pulso o sin figura a los mozos de veinte años

para hacer del mundo un hospital cuidado por viejos.

 

Pero tú sabes, adelantado de todo lo nuestro,

que lo moribundo debe morir,

que lo muerto debe ser enterrado.

¿No inocula el futuro gérmenes en el flanco de todas las muertes?

Que las guerras morirán en la guerra creadora, la nuestra,

la que desuncirá las manos y las mentes,

Libertador.

 

Pero es sabiduría vedada

ésa que tu acrisolas y vives, como ninguno aún,

hombre vertical entre todos,

con el coraje del amanecer,

y el más arduo, el de media noche, que espanta a los fantasmas.

Y por ello no hay tierra firme, para ti, navegante,

por ello eres el varón más solitario del mundo,

tú, viento que alza el amargo oleaje de las ansias en vela.

 

Todo lo que es oblicuo te odia,

todo lo que huele a cucarachas y moho,

y los que viven entre su corbata y su reloj,

y los que arrodillan el espíritu, como el camello, para el fardo:

mientras tú, contemporáneo de lo que nacerá un día,

dices adiós al pasado con una mano

e inauguras con la diestra el porvenir hasta lo más distante.

 

Tú, el ferviente, confías en que podrán ser redimidas en la luz las herencias de lo subterráneo. Tienes fe en el que ha de suceder por fin

a los dioses que sacara de sus costados un día:

el hombre hecho de profundidad terrible y sal de permanencia como el

océano.

Domesticador del mundo ya,

el hijo de la mujer es todavía

la fiera del circo de sí mismo.

 

Más la economía, esfinge del mal de ojo,

será entendida al fin;

la Necesidad entreabrirá como un capullo sus puños de piedra,

y para el nuevo crecimiento del hombre,

una matinal armonía será descubierta.

Esa es tu fe y la mía, camarada.

 

* Esta poesía de Luis Franco fue publicada en la revista Babel, en 1940, poco después del asesinato de León Trotsky (versión tomada de la revista Estrategia Internacional N°15, Bs. As., otoño de 2000, “A 60 años de su asesinato. Homenaje a León Trotsky”).