Joseph Roth: el que “cuando mataron a Rosa Luxemburgo se hizo comunista” (y luego se desencantó) -Juan Forn-

Leemos hoy a Juan Forn en la contratapa de Página12:

Su historia es archiconocida: el pequeño judío pobre, borracho y mentiroso, oriundo de un shtetl de Galizia, que lloró más que todos los Habsburgos juntos el fin del Imperio Austro-Húngaro. Llegado a Viena después de la Primera Guerra, se hizo pasar por ex oficial de la guardia del emperador para conseguir un puesto de preceptor con los hijos de una condesa (en esos tiempos usaba monóculo), cuando mataron a Rosa Luxemburgo se hizo comunista, cuando viajó a Rusia volvió furiosamente desencantado, abrazó y describió como nadie la bohemia de Weimar y olió antes que ninguno lo que significaba para el mundo el ascenso político de ese teutón, austríaco por error, llamado Hitler. Desde el bar de un hotel rasposo de París, en 1933, luego de abandonar su país y romper su pasaporte, escribió a sus compatriotas: “¿A ustedes no les pasa que de repente no saben si están en un cabaret o en un crematorio? Lo dijo Heine mucho antes que yo: donde se queman libros se queman personas, más temprano o más tarde”.

El problema de Roth era que su visión del futuro desembocaba en un desesperado anhelo de pasado: quería restaurar la monarquía de Hasburgo en Austria. Quería convencer a Francia y a Inglaterra de que sólo así se frenaría a Hitler, y a la vez intentaba, con el mismo escaso éxito, convencer de su destino imperial al orondo príncipe Otto, que la pasaba bomba en el exilio y sólo de vez en cuando acudía con desgano a las reuniones secretas de los legitimistas en París, una pandilla de ancianos vestidos con el desdén intencionado del aristócrata, que olían a Yardley y a coñac y a naftalina, y lloraban tiesos como estacas cuando Roth los llevaba con su verba a la cripta de los capuchinos donde yacían los restos de su amado emperador: “Duerme en un sepulcro sencillo, aun más sencillo y austero que la cama en que solía dormir en el palacio de Schonbrunn. Yo lo visito porque es mi infancia y mi juventud, y el futuro que quería. Kaiser de mi niñez, te he enterrado pero para mí nunca estarás muerto”.

Además de escribir las más extraordinarias crónicas de su tiempo, Roth inventó, en su novela La marcha Radetzky, un personaje increíble, un cabo polaco que salva al emperador en la batalla de Borodino y el emperador lo hace noble (“Desde hoy serás Joseph von Trotta”). El cabo Von Trotta sólo atinó a voltear toscamente al emperador de su caballo cuando lo vio alzar unos binoculares cerca de las líneas enemigas (el reflejo lo haría presa instantánea de los francotiradores), pero en los libros de lectura se describe la hazaña como si el conde Von Trotta en su corcel hubiera entrado a los sablazos en un círculo de salvajes soldados enemigos que había rodeado al emperador. Von Trotta se pasa la vida intentando en vano que se corrija la historia como Roth se pasó la vida intentando en vano volver a su patria: a ese pasado donde se podía ser a la vez judío pobre, falso oficial imperial, comunista desencantado, disipado impenitente sin domicilio fijo, cronista sin par de su tiempo, católico monárquico, profeta del derrumbe.

La nota completa acá.


Homosexuales y troskos

que viva mexico imagen[Upton Sinclair y la mano de Stalin manipulando a Serguéi Mijáilovich Eisenstein]

 

Por Demian Paredes y Omar Genovese

 

Hace algunas semanas, el escritor Juan Forn publicó en el diario Página/12 una de sus habituales notas que combinan el género del cuento (o relato) con la historia. En el caso al que nos referimos, el personaje es el gran cineasta, dramaturgo y teórico soviético Serguéi Mijáilovich Eisenstein (SME, siglas con las que lo identificaremos en más de una vez). Forn siempre utiliza conocidos personajes políticos, del arte y la cultura, develando “conexiones”, relaciones y encuentros poco conocidos, y anécdotas varias. Sin embargo, en este caso, hay mucho más para contar (y aclarar). Comencemos con nuestro “cuento”.

Forn dice que SME “quiere filmar El Capital, de Marx, y que para eso necesita conocer el mundo capitalista”, y que con semejante pretexto habría logrado burlar a la autoridades estatales soviéticas. Sin embargo los hechos no sucedieron de esa manera: Eisenstein, que tenía peso propio en el mundo del arte y la cultura –e incluso en la política– de la URSS, contaba con la venia del gobierno para difundir el cine soviético y, a la vez, observar las formas de producción capitalista en torno al cine (más que nada para que explorara la técnica y método en el uso del cine sonoro). No necesitaba “conocer el mundo capitalista” en sí, sino las expresiones artísticas afines con la historia del arte, los museos europeos, por ejemplo. Pero eso tenía más que ver con su formación enciclopédica, que puede considerarse hasta renacentista, ¿acaso su relevancia con el método del montaje de atracciones no es comparable al uso de la luz que hizo Caravaggio? En esa línea es que se entrevistó con James Joyce en París, como bien afirma Forn, pero hay otra versión del encuentro: que el escritor irlandés le hizo escuchar un disco de pasta con su propia lectura de capítulos del Ulises, que no se entendieron en absoluto, y que, frustrado, SME salió apesadumbrado hacia su hotel, con la única certeza de cuáles eran las profundas diferencias prácticas entre cine y literatura.

Escribe Marie Seton (quien lo conoció y además fue su discípula): “Dos ideas le preocupaban: un filme que explicaría El capital de Marx, y que había mencionado a Álvarez del Vayo, y un libro de Albert Londres, El camino a Buenos Aires. Con la esperanza de encontrar respaldo financiero para el filme sobre Londres, SME decidió viajar a París, vía Zurich. Estaba también el asunto de las conferencias que debía dar en Londres y que Ivor Montagu estaba combinando” (Marie Seton, Eisenstein, una biografía, p. 136).

Entonces, su primera estadía fue Berlín, y de ahí terminó un largo peregrinaje que lo depositó en México, traicionado –como veremos más adelante– por Upton Sinclair bajo órdenes de Stalin.

Dice Forn que, ya en Estados Unidos, SME “a través de Chaplin logra convencer a Upton Sinclair, el escritor socialista americano que se carteaba con Stalin, para que le diera 25 mil dólares con los cuales hacer en dos meses una película en México, antes de volver a Rusia. Firman un aparatoso contrato socialista que cede a Sinclair los derechos mundiales menos en la URSS (donde se exhibiría gratuitamente) y fija para Eisenstein un salario de un dólar al día”. Y sigue: “Eisenstein no daba abasto con su propia creatividad, cuando Sinclair cortó de cuajo el chorro: su mujer había quedado baldada por una enfermedad, él tuvo que empeñar hasta la camisa por los gastos de hospital y de la película, los soviéticos se negaban a pagar las excentricidades de su enfant terrible, Sinclair estaba literalmente al borde del colapso nervioso y se desquitó en forma. No sólo hizo que fletaran a Eisenstein de regreso a la URSS sino que se negó a mandar el material crudo a Moscú y recibir la película terminada. Eisenstein llegó con las manos vacías, se lo acusó de parásito, se le exigió que filmara algo y se dejara de teorizar”.

Acá el cuento adolece de varias cosas, a no ser que se quiera hacer un relato lleno de ingenuidad política (o un cuento “apolítico” –si es que tal cosa pudiera llegar a existir–). ¿Qué hubo entre Sinclair y Eisenstein? ¿Meros problemas financieros entre dos artistas “socialistas”? ¿Un desacuerdo entre un “excéntrico” y un “padre de familia” complicado –“nervioso”– por la salud de su mujer y sus consiguientes gastos, como propone Forn? No. Nada de eso. Lo que existió fueron profundas diferencias de vida (lo que, obviamente, también incluye la política). Sinclair no era “socialista”, sino stalinista. Y como tal rendía cuentas a la burocracia del Kremlin, y acataba sus órdenes. En un telegrama, Stalin, el 21 de noviembre de 1931, le decía, entre otras cosas: “Eisenstein perdió la confianza de sus camaradas en la Unión Soviética (punto). Se lo cree desertor que rompió con su propio país” (op. cit., p. 492). Aunque a este telegrama Sinclair respondió con una larga carta defendiendo a SME –explica Seton que porque aún no habían surgido diferencias importantes entre ellos–, el stalinista norteamericano terminaría siendo fiel a su “tradición política” reaccionaria, erigiéndose en comisario político absoluto, como veremos a continuación.

Años después, en una carta a la misma Seton, Sinclair escribe –en relación al episodio de la malograda película en México–: “[…] comprendimos que simplemente se estaba quedando en México a costa nuestra, para evitar la vuelta a Rusia. Todos sus colaboradores eran trotskistas y todos homos. Sin duda que Ud. sabe eso”. (“Homo”, era homosexual en “el lenguaje familiar norteamericano”.) Y asegura que Einsenstein “era un hombre sin fe ni honor, que no tenía consideración por nadie excepto por sí mismo” (op. cit., p. 489).

Más allá de su primera reacción en defensa de SME ante la burocracia rusa, Sinclair terminaría aceptando no sólo la condena del stalinismo, sino acusándolo (stalinistamente) de “degenerado” por homosexual –condición de Eisenstein que Forn menciona muy al pasar en su nota–. Y sigue la carta: “Algunos oficiales rus[os] dijeron que querían a E[isenstein] y otros no; uno o dos de ellos dijeron que podría ser fusilado. El jefe de su industria cinematográfica vino de Moscú; un hombre sumamente educado, que se sentó en nuestro hogar de Pasadena y escuchó el relato de cómo aquél nos había tratado, y al final sonrió y comentó: ‘Bien, estuvo más despierto que Uds., eso es todo.’ ¡Y nosotros pensábamos que estábamos tratando con idealistas y con camaradas!”

Es evidente el grado de abyección y sumisión de Sinclair a la burocracia, y contra el cineasta. Por si fuera poco, agrega: “Lo que duele es que otros hayan sido más ‘despiertos’. Eso provocó que mi esposa pronosticara el pacto entre Stalin y Hitler, varios años antes de que se produjera” (op. cit. p. 490).

Así tenemos, entonces, todo un campo delimitado por la burocracia y el terror. Mientras SME luchaba ya en la URSS por hacer florecer su cine –y la burocracia por marchitarlo con imposiciones, controles y censuras–, Sinclair y su esposa aceptaban (e imaginaban por adelantado) el perverso pacto de la burocracia de Moscú con Hitler (pacto, recordemos, que sólo sirvió para envalentonar a Hitler, y para que el stalinismo oprimiera aún más a los pueblos de Europa del Este –todos hechos negativos que no impidieron la Segunda Guerra Mundial, con sus secuelas de hambre, muerte y destrucción–).

Eisenstein, Ribera, Kahlo

Todo esto –que tan complicado no es para que Forn lo cuente– parte del hecho cierto de que SME conoció a Diego Rivera, quien fue expulsado a fines de la década de 1920 del PC mexicano. Rivera viajó a la URSS entre 1927 y 1928, para participar del décimo aniversario de la Revolución de Octubre (ver por ejemplo la nota “Los secretos de Diego Rivera”). Allí fue cuando conoció a Trotsky, momentos previos a su destierro a Alma Ata –perdida una batalla contra la burocracia stalinista– y a la Oposición de izquierda (futura IV Internacional), y por ello Stalin desconfiaba de Eisenstein, quien en México estaba con Diego y Frida Kahlo (hay incluso una fotografía que se sacan juntos). (En relación a la pelea Trotsky-Rivera, ésta se encuentra explicada por los mismos protagonistas en León Trotsky, Escritos Latinoamericanos, ed. CEIP “León Trotsky.)

Stalin, siempre paranoico, enojado, inútil como todo burócrata, ordena entonces la condena a Eisenstein, y pone a los comunistas-stalinistas norteamericanos a operar en su contra. La capacidad, la inventiva y el poder creador del gran cineasta eran cosas que Stalin no soportaba, al igual que con Trotsky, gran cerebro estratégico y única oposición revolucionaria a su régimen de miseria y terror. El cineasta languideciendo, y el dirigente revolucionario asesinado en 1940, son, si se quiere, dos cifras de la oscura década negra del fascismo y el stalinismo, la de 1930, que anticipa –junto a la heroica y trágica derrota de la España revolucionaria– la incruenta Segunda Guerra Mundial.

Para terminar. Forn dice que, SME “Hasta su último día de vida en el hospital, esperó que llegara milagrosamente a sus manos al menos una lata del material de ¡Que viva México!, que para entonces estaba en poder del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Nunca llegó a ver siquiera un fotograma de aquellos 70 mil metros de película. Yo sí”. Y sin embargo nosotros tenemos que decir que no fue así. Eisenstein sí vio el material de su film mexicano; Seton misma se lo envió. En 1945, SME “pide que se le envíen copias de los filmes montados sobre ¡Que viva México! Una copia de Time in the Sun le es enviada por Marie Seton, junta indicaciones sobre cómo obtener las de Thunder Over Mexico y del corto Death Day. Los envíos llegan justo antes de que Eisenstein sufra un ataque cardíaco y no le serán entregados hasta la primavera de 1947. La enfermedad le impide así el proyectado montaje de ¡Qué viva México!” (op. cit., Apéndice X, p. 507).

El 11 de febrero de 1948 Serguéi Mijáilovich Eisenstein moría en Moscú. No realizó su pretendido montaje pero sí vio lo filmado. Una pequeña muestra –o un pequeño símbolo– de que lo diktats burocráticos siempre tienen grietas, fisuras e ineficacias. Y que la vida, el arte y la revolución, (siempre) sobreviven al olvido como a las confusiones de una reconstrucción endeble.


Forn sobre Einsenstein

Leemos: “En 1929, Sergei Eisenstein anuncia a las autoridades del cine soviético que quiere filmar El Capital, de Marx, y que para eso necesita conocer mundo capitalista. Sólo Eisenstein era capaz de decir una cosa así y salirse con la suya. Lo que quería en realidad era hacer su primera película sonora, pero no sabía exactamente de qué, y necesitaba con desesperación un poco de aire, después de los agotadores cambios que lo forzaron a hacer en Octubre (cercenando todas las escenas en las que aparecía Trotsky) para que pudiera ser exhibida. Al llegar a Berlín comprueba que todos los colegas que admira se han ido o están en trance de irse a Hollywood (el cine sonoro iba diez años adelantado allá: era la nueva quimera del oro). En París pasa un día entero conversando fascinado con James Joyce: le dice que el efecto de simultaneidad mental que producía en el lector el famoso fluir de conciencia que Joyce había explotado al máximo en su Ulises era lo que él quería producirle al espectador en sus películas, y que el advenimiento del sonido se lo permitiría. Lo que son las cosas: a su regreso al hotel lo estaba esperando un ejecutivo de la Paramount llamado Lasky con un contrato para llevárselo a Hollywood. En la Paramount estaban maravillados de que hubiera hecho Potemkin gastando cincuenta veces menos que Fritz Lang en Metrópolis y Griffiths en El nacimiento de una nación y querían que les hiciera lo mismo, pero con estrellas famosas en los roles protagónicos. Le ofrecían mil dólares a la semana, que subirían a tres mil cuando estuviera filmando. Eisenstein dijo que aceptaba si podía llevar a su guionista Grisha Alexandrov y a su cameraman, Tisse. Déjenme agregar una escena acá antes de ir al previsible desastre en Hollywood: en Berlín, Eisenstein pasa una noche de amor con Ernst Toller y éste le regala una foto de Tina Modotti que el ruso se había quedado mirando fascinado. Es la famosa foto del sombrero mexicano con la hoz y el martillo arriba.”

Completo acá.