“Aula Aristóteles” (Tununa Mercado)

El recuerdo y la narración de la experiencia Tununa Mercado en su adolescencia, en tiempos de estudiante, tras asistir a una conferencia de Jorge Luis Borges.
Escritora
Sábado 25 de junio | Edición del día

arton42782-e0d1cEn el primer semestre de 1957, en la ciudad de Córdoba, el diario La Voz del Interior, que por su nombre dice tanto sobre la realidad provinciana como sobre los avatares de un espíritu que se concibe hacia adentro y en profundidad, el interior siendo lo inaudible que pretende hacerse oír por la capital de un país, y al mismo tiempo el sitio desde donde el alma susurra su estupor por el destino del ser que la cobija, apareció el anuncio de una conferencia de Jorge Luis Borges sobre las paradojas de Zenón de Elea. En ese entonces la Facultad de Filosofía y Letras estaba en una casa viejísima del centro, espacio ya insuficiente para una generación de estudiantes que desbordaba los patios y asistía de pie a las clases y que aún no me incluía entre sus huestes. Estudiante secundaria y foránea, entré a la casa de estudios con bastante anticipación, para colarme en algún banco de alguna fila, y pasar inadvertida. El principal temor era que alguien pudiera descubrir que no tenía estatuto universitario y que no vacilara en burlarse de mi apetito de saber desubicado y prematuro. La conferencia de Borges fue en el Aula Aristóteles, magna por ser la habitación más amplia pues el edificio no tenía otra solemnidad que la de ser viejo y, ciertamente, por el nombre que la había laureado desde los orígenes de la Facultad. No podía yo imaginar entonces que los dos nombres, Zenón y Aristóteles, viejos amigos, habían dialogado en el Parménides de Platón, ni tampoco prever que esa unión fortuita Borges-Zenón-Aristóteles tal vez era un tramo de aquel diálogo de la antigüedad clásica cuyo relato rashomónico, vale la pena recordarlo, empieza con lo que cuenta Céfalo que le dijo Antifón, el herrero a quien le había contado Pitodoro acerca de la llegada de Zenón y Parménides a Atenas. Que se alojaron en casa de Pitodoro, textualmente en extramuros de la ciudad, en el Cerámico, decididos, como quien acomete una batalla, a escuchar la lectura de los escritos de Zenón, tal y como ahora estábamos, ni más ni menos, los estudiantes cordobeses escuchando a Borges. En aquella reunión, tan ficcional como la que para mí tenía lugar en torno a Borges, tan de escena teatral como la que podría construirse al infinito en ese Aula de Córdoba, habría estado también Sócrates, inquisitivo, se diría el disparador del debate sobre los seres múltiples y de la pregunta acerca de su semejanza o desemejanza. El Zenón paradójico que contaba Borges, cuenta Antifón sofista que Pitodoro no menos sofista le dijo, era un cuarentón esbelto, de aspecto encantador, que pasaba por haber sido en su juventud el favorito de Parménides el Viejo, quien en la circunstancia evocada tenía noble figura y la cabeza enteramente blanca. Acaso también, y no estábamos en condiciones de anticiparnos a ello, ni tampoco Borges, en esa reunión tan festiva, se estaría gestando el Libro Segundo de la Poética de Aristóteles sobre la risa que tantas lamentables muertes produjo en El nombre de la rosa.

Al parecer ya entonces mi retentiva era fugaz y dispersa en el orden de la acumulación de saber, y no podía entender todavía que ese atributo que en apariencia se me negaba, en realidad tenía su propia forma compensatoria de proceder por saturación y decantamiento y que trabajaba para un futuro que sólo cuando lo fuera, es decir cuando adviniera, habría de dar cuenta de sus frutos. No creo que en 1958 Borges hubiera sido ya sacralizado por la academia, y menos aún que yo supiera entonces de sacralizaciones y mitos. Yo era demasiado inocente para detectar cualquier toma de distancia o inquina política respecto de él, y sólo muchos años después supe qué se le pedía, detrás de cuáles filas y de cuáles posiciones se pretendía que él se encolumnara. Borges era Borges y es difícil que la imagen de aquella tarde pudiera haberse separado con una entidad propia de las imágenes que año a año habrían de sumarse a la gran constitución del Borges concebido como modelo y, sin embargo alguien, yo en la circunstancia, la había aislado sin saberlo como destello de un instante y de un acontecimiento; la había desprendido para que tuviera esa ulterioridad que ahora ejecuto en el presente y ella, la imagen, había quedado suspendida en una especie de borrón grisáceo en medio de la gente que le abría paso, una aparición que sólo rompería su niebla mediante la voz que empezaba a brotar desde muy atrás de la garganta. Como una tubería de órgano arranca desde la reserva de aire que empuja el sonido en su ascenso y lo vuelve música encadenada, esa voz de Borges, inconsciente aún de ser borgiana, salía en esa tarde, casi anochecer porque era invierno en Córdoba, como desde el nacimiento de la lengua, constituyéndose espasmódica, recuperando el aliento en una cadencia constantemente interrumpida, poblada de comas en su ritmo, con esa modulación que es propia de los poetas cuando dicen sus versos y que no deja de ser ligeramente enfática, entre el canto y el recitado. Esa nube grisácea que apareció entre hombres de letras y que algunos apenas pudimos ver por recato o por real interferencia de público, estaba ahora profiriendo esa plegaria acompasada que se cortaba en jadeo o se entrecortaba en comas y puntos suspensivos y luego proseguía, dando la impresión de que buscaba decir lo que decía en algún depósito e, incluso, que entraba en él trastabillando, con andar ciego, para hacer la lengua, que es lo que finalmente se sentía que estaba sucediendo: el efecto de una operación tangible de la mente que extraía de sí, dictaba, conferenciaba o confería sentido a las palabras y signos de la lengua. Podía sentirse, si se agudizaba la percepción, que la voz de Borges en ese final de tarde estaba siendo incorporada en varios de los presentes como objeto de imitación, arte que en Córdoba tuvo siempre sus cultores virtuosos en las mesas de café y en las casas de familia, y no tardaríamos mucho tiempo en saber que había quienes “hacían” también a Borges en un repertorio que incluía a Neruda o a Perón.

Borges hablaba sobre las paradojas de Zenón, sin saber que esa para él “joya” del espíritu, cuya perduración a través de los siglos celebraba y cuyo fulgor eran capaces de reconocer quienes habían estudiado a los clásicos en esa misma Aula Aristóteles, estuviera creando en la conciencia adolescente de algunos de los que allí estábamos, una carga tan explosiva de nihilismo. El razonamiento se desplegaba de manera envolvente e iba creando una sucesión de pequeñas muertes encerradas en la recursividad de una partícula que nace, avanza y se aniquila en la propia evolución de su ser. Íbamos de la A a la B como quien ingenuamente se propone unir dos puntos para justificar una recta, la línea se disponía al transcurso, la mano al movimiento, pero algo se fracturaba en el entendimiento primario, un estupor quebraba la razón, como si cabalgáramos sobre un caballo que devorara su propio galope en la marcha, creyera avanzar pero se mantuviera, estupefacto, en el mismo lugar, con los ojos espantados y la crin al viento, ahora mármol inmóvil.No sé si Borges se levantó en algún momento para escribir en el pizarrón que estaba a sus espaldas, a unos pasos del estrado, las cifras de su progresión. Allí debieron estar sin embargo esos trazos diminutos, demasiado cerca unos de otros, verticales y en hilera, como batallón de insectos, dibujando un infinito, erigiendo una escritura autodevorante y suicida de números que se anulan. Creí entender que lo que estaba produciéndose en ese momento era una revelación cuya adopción sería imposible en lo inmediato, pero que había que guardarla para después; que esos corredores de distancias se encontrarían con otros que tenían la misma ambición de superar marcas anteriores insuperables, como el de aquel chiste que Macedonio Fernández, Zenón criollo, clasificó como “representante del no-en-seguida-chiste”: “Disparaba tan ligero y tanto, que de repente tuvo el susto de si no había dado vuelta el mundo y estaba a un centímetro de embestir su espalda”; que el escándalo que desataba la revelación antedicha tenía que ver con categorías que podrían volverse obsoletas en un parpadeo: un Dios derrotado frente a la Razón; una Razón genuflexa ante la Poesía, un principio de certeza arrollado por la magia y el misterio de unas paradojas, una Luz que se extingue y enciende por obra de su propia extinción, y así siguiendo; que esa proyección contagiada años después de otra más inteligible pero igualmente corrosiva –un paso hacia atrás para avanza luego dos hacia adelante– habría de tener investidura de sistema, es decir obrar como una estructura que se habilita cada vez que la condición humana siente, piensa, sueña, discurre.

* Fragmentos iniciales de “Aula Aristóteles”, de Tununa Mercado, reproducido aquí con la autorización de la autora. El texto se encuentra publicado en los libros Relaciones literarias entre Jorge Luis Borges y Umberto Eco (Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla, 1999) y Narrar después (Rosario, Beatriz Viterbo, 2003).


Cuba: Homenaje a Tununa Mercado en la UNEAC

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La querida escritora argentina Tununa Mercado, reconocida como una de las más grandes representantes de la literatura argentina contemporánea, está de vuelta en Cuba. Esta vez la ha convocado el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, al que ha sido invitada como jurado.
Su presencia en La Habana logró reunir a un grupo de reconocidos escritores y amigos cubanos en la tarde del martes 25 de agosto, quienes la recibieron en la sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC para rendirle homenaje por su persistente y fructífera trayectoria literaria. Se encontraban presentes los Premios Nacionales de Literatura Miguel Barnet, Roberto Fernández Retamar, Eduardo Heras León y Pablo Armando Fernández, acompañados de Abel Prieto, Zuleica Romay, Alex Pausides, Aitana Alberti y Adelaida de Juan, entre otros.
Luisa Campuzano, al hacer las palabras de elogio y bienvenida, recordó que su primer libro de cuentos titulado Celebrar a la mujer como a una pascuarecibió en 1966 una Mención del Premio Literario Casa de las Américas y, desde entonces, ha tenido un vínculo muy estrecho con Cuba y sus colegas de la isla.
Resaltó que haya sido una de las primeras mujeres escritoras que se lanzó de modo brillante, con una literatura de excelente lenguaje y simbología, a presentar el tema del erotismo en todas sus dimensiones y a erotizar todas las maneras de la existencia humana. Pero su obra como narradora y ensayista no se limita a ello, pues abarca una amplia diversidad de temas, desde la historia de su país, su idiosincrasia y la realidad del continente, los temas relacionados con su condición de mujer – llegando a ser editora de la revista Fem, una de las primeras revistas feministas latinoamericanas – hasta uno de los temas más difíciles de la literatura del continente: el exilio y el regreso.
Tununa agradeció emocionada el recibimiento y ni un apagón momentáneo en la sala pudo disuadir la magia del encuentro, cuando recordaba dos visitas anteriores a Cuba: en 1994 al ser invitada para formar parte del jurado del Premio Casa de las Américas y en 2007 para la Feria del Libro de La Habana.
“El tema de la memoria circula en todo lo que yo escribo, cada vez más estoy buscando esa interlocución con cosas que sucedieron”, indicó al referirse a su obra; y señaló que la cuestión erótica no desaparece, porque más que una temática la considera como una forma de escritura, y que el feminismo no lo presenta como alegato, sino entretejido en historias que tienen que ver con la justicia y el respeto.
Tuvo tiempo para compartir con sus amigos cubanos sobre cuanto quiso reflexionar: sobre su recorrido por La Habana Vieja para disfrutar de su “esplendor fragmentado”, sobre la contagiosa música cubana que percibe como un “despertar del cuerpo”, sobre la actualidad argentina y los medios de prensa que calificó de “canallas”, dedicados a manipular la información; sobre arraigos, desarraigos, pérdidas y regocijos en el regreso.
Pero dejó claro que estaba feliz de volver a lo que denominó “el fervor de La Habana”, para compartir la fuerza de su gente y de su arte. Y también tuvo tiempo para regalar, al vuelo, un sublime pensamiento literario: “escribir es delinear ese cubo en el que la persona se refugia y recluye para entender cuál es su naufragio, de cuáles fronteras ha sido arrojada y en cuáles arrecifes podría trabar su ancla, para no perecer en el desarraigo”.

 

Nilda Mercado – “Tununa“, apodo con el que la llaman desde pequeña – nació en Córdoba, Argentina, el 25 de diciembre de 1939. Estudió la carrera de Letras en la Universidad Nacional de Córdoba y en 1964 se mudó a Buenos Aires. Durante algunos años se trasladó a Francia junto con su esposo, el también escritor Noé Jitrik, y sus dos hijos. Publicó su primer libro de relatos Celebrar a la mujer como a una pascua en 1967.
Regresaron a la Argentina en 1970 y al año siguiente comenzó a trabajar como periodista en el diario La Opinión. En 1974 Noé Jitrik viajó a México para dar clases durante seis meses pero, debido a la dictadura, el viaje se convirtió en exilio y no pudieron regresar a su tierra natal hasta 1983.
Durante sus años en México trabajó en la prensa de la Dirección de Artes Plásticas del Instituto Nacional de Bellas Artes. A lo largo de su carrera ha sido distinguida con una Beca Guggenheim y diversos galardones. En 2007 ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela Yo nunca te prometí la eternidad.
La escritora y promotora cultural Basilia Papastamatiu, artífice del encuentro y quien fuera distinguida por Miguel Barnet como la palanca que ha movido el Premio Cortázar al nivel que merece, hizo la invitación para la entrega de estos premios en la tarde del miércoles 26 de agosto en la sala Federico García Lorca del Centro Dulce María Loynaz, cuando podrán compartir nuevamente con la escritora argentina y los demás miembros del jurado.

Publicado en: http://www.uneac.co.cu/noticias/homenaje-tununa-mercado-en-la-uneac


Tierras del sur: viajes y escrituras (Tununa Mercado)

* Publicado hoy en La Izquierda Diario

Jueves 30 de abril de 2015 | Edición del día
LITERATURA

Tierras del sur: viajes y escrituras

En el marco de la “Cátedra del Sur”, instancia de reflexión e intercambio de autores de África, Australia y América Latina, la escritora argentina leyó el siguiente texto, cedido gentilmente para su publicación en La Izquierda Diario.

Tununa Mercado
Escritora

Varios hechos inesperados rodean mi participación en esta mesa. Inesperada elección de mi nombre. Inesperado encuentro con escritores del otro lado del mundo. Inesperadamente, de pronto, tuve que pensar en el Sur desde el borde de una cornisa más allá de la cual estaba el abismo. El sur para mí fue durante mucho tiempo un punto cardinal marcado por la melancolía y el extrañamiento. Cuando la Cruz del Sur no estaba en los cielos que se abrían a mi mirada, ya fuera en México o en Europa. Por un golpe de dados, sin ninguna previsión y también sin provisiones para mi sustento, la Universidad de San Martín encamina mi mirada hacia un sur desconocido: Australia. Juntar “dos sures”. Quiere la geografía que el nuestro sea la Patagonia, tierra otrora incógnita que progresivamente modeló el imaginario de algunos escritores argentinos. Gran tentación la de buscar orígenes en el silencio del desierto atravesado sólo por el sonido de los vientos. Poderosa atracción de unas costas con animales elefantiásicos o de una cordillera de nieves y fuegos eternos.

Magallanes entrando en el Río de la Plata, desechándolo para buscar el paso hacia el Pacífico cobija al primer cronista del Sur, Antonio Pigafetta, cuyo diario de viaje capta la imagen de nuestro ancestro:

“Transcurrieron dos meses antes de que avistásemos a ninguno de los habitantes del país.

Un día en que menos lo esperábamos se nos presentó un hombre de estatura gigantesca. Estaba en la playa casi desnudo, cantando y danzando al mismo tiempo y echándose arena sobre la cabeza. El comandante envió a tierra a uno de los marineros con orden de que hiciese las mismas demostraciones en señal de amistad y de paz: lo que fue tan bien comprendido que el gigante se dejó tranquilamente conducir a una pequeña isla a que había abordado el comandante. Yo también con varios otros me hallaba allí. Al vernos, manifestó mucha admiración, y levantando un dedo hacia lo alto, quería sin duda significarnos que pensaba que habíamos descendido del cielo. Este hombre era tan alto que con la cabeza apenas le llegábamos a la cintura. Era bien formado, con el rostro ancho y teñido de rojo, con los ojos circulados de amarillo, y con dos manchas en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, que eran escasos, parecían blanqueados con algún polvo. Su vestido, o mejor, su capa, era de pieles cosidas entre sí, de un animal que abunda en el país, según tuvimos ocasión de verlo después. Este animal tiene la cabeza y las orejas de mula, el cuerpo de camello, las piernas de ciervo y la cola de caballo, cuyo relincho imita. Este hombre tenía también una especie de calzado hecho de la misma piel. Llevaba en la mano izquierda un arco corto y macizo, cuya cuerda, un poco más gruesa que la de un laúd, había sido fabricada de una tripa del mismo animal; y en la otra mano, flechas de caña, cortas, en uno de cuyos extremos tenían plumas, como las que nosotros usamos, y en el otro, en lugar de hierro, la punta de una piedra de chispa, matizada de blanco y negro. De la misma especie de pedernal fabrican utensilios cortantes para trabajar la madera. El comandante en jefe mandó darle de comer y de beber, y entre otras chucherías, le hizo traer un gran espejo de acero. El gigante, que no tenía la menor idea de este mueble y que sin duda por vez primera veía su figura, retrocedió tan espantado que echó por tierra a cuatro de los nuestros que se hallaban detrás de él.”

Héctor Libertella, gran descubridor, recreó esa crónica en varios de sus textos.

Ese gigante, ese patagón, y los otros indios o aborígenes –pueblos originarios, es la designación que ahora se estila– redescubierto por mí en estos días es el antecesor que elijo: músico, danzante, hombre imponente, descubre una imagen en el espejo y alcanza un estadio constitutivo del ser. Es mi inconsciente el que se reconoce, si el inconsciente pudiera hacer la operación del reconocimiento, en esa imagen inaugural de la especie.

El género “fantástico” que ambicionan nuestros escritores y que García Márquez coronó con su obra, subyace en nosotros, casi se diría como una categoría del espíritu. Una vez más Pigafetta:

“De camino, nuestro viejo piloto moluqués nos contó que en estos parajes hay una isla llamada Amcheto, cuyos habitantes, tanto hombres como mujeres, no pasan de un codo de alto y que tienen las orejas tan largas como todo el cuerpo, de manera que cuando se acuestan una les sirve de colchón y la otra de frazada. Andan rapados y desnudos. Su voz es áspera; corren con mucha rapidez, habitan debajo de tierra y se alimentan de pescado y de una especie de fruta que encuentran entre la corteza y la parte leñosa de cierto árbol. Esta fruta, que es blanca y redonda como los confites de cilantro, la llaman ambulón.”

El otro sur, al que me conducen Coetzee, Nicholas Jose y Gail Jones es mi nuevo territorio. Mi crónica es de la lectura de sus obras: soy la mujer de la edad de hierro, el hombre lento, el chino del cuchillo, el vigía en el basural, la mujer que recupera su amante o el hombre vendedor de helados cuya muerte se intuye. Esos nuevos seres sureños, sujetos de desplazamientos teutónicos, migrantes bajo cielos prestados y perdidos, han entrado en mi vida con sus animales, sus bosques, sus caminos y sus mares. Quiero migrar hacia sus tierras.

 

* Texto leído el 17 de abril, en el marco del seminario “La literatura de Australia”, de la Universidad Nacional de San Martín, en una mesa coordinada por el escritor sudafricano J.M. Coetzee, junto a los escritores australianos Gail Jones y Nicholas Jose, y la participación del argentino Luis Chitarroni.

 


Trotsky y la literatura


Por Demian Paredes

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Hablar de Trotsky y la literatura (y, también, de Trotsky en la literatura) es, se podría decir, un tema clásico, conocido, visitado… y –como hacemos acá– revisitado.

Se puede comenzar por él mismo: como se sabe, Trotsky fue un atento lector; un gran lector –además de escritor–, tanto de escritores clásicos rusos (como Tolstoi y Gogol) como de contemporáneos (Esenin, Maiakovsky, Céline, Malraux, Jack London, los surrealistas). Sobre ellos escribió –antes, durante y después de la Revolución Rusa de 1917–, y, con muchos, tuvo además encuentros y relaciones políticas. Y a esto debemos sumar sus conocidos trabajos como Literatura y revolución, y los agrupados bajo el título de Problemas de la vida cotidiana, donde se ve (se lee) a las claras su atención para con los temas del arte y la cultura –a los que además se podría sumar el por entonces novísmo psicoanálisis–. De conjunto tenemos entonces a un revolucionario marxista que, lejos de la manipulación del arte y sus expresiones –como hizo la burocracia stalinismo con el tristemente célebre “realismo socialista”– tuvo una amplia mirada (y diversas propuestas políticas) sobre éstos, e incluso fue el autor, junto a André Breton, en México, en 1938, del “Manifiesto por un arte revolucionario independiente” (un conocido texto del que ha dado cuenta recientemente un artículo en la revista mensual Ideas de Izquierda). Tan es así que hasta el día de hoy, muchas décadas luego, muchísimos escritos siguen dando cuenta de la potencia, de la vigencia, de muchos planteos de Trotsky en estos terrenos, y por supuesto también de su vida revolucionaria y lucha consecuente contra la degeneración del Estado obrero ruso.

 

“El arte verdadero, es decir, el que no contenta con variaciones sobre modelos ya hechos, sino que se esfuerza por dar una expresión a las necesidades interiores del hombre y de la humanidad de hoy, no puede no ser revolucionario, es decir, no aspirar a una reconstrucción completa y radical de la sociedad, aunque solo fuese para liberar a la creación intelectual de las cadenas que la atan y permitir a toda la humanidad elevarse a alturas que solo unos cuantos genios aislados han alcanzado en el pasado.”

(Fragmento del “Manifiesto…” de Trotsky y Breton.)

 

Pienso ahora rápidamente en una posible “lista” de importantes escritores y escritoras que tomaron “la historia y vida de Trotsky”; como también de quienes lo abordaron desde diversos ángulos específicos las últimas décadas:

Tenemos por ejemplo La segunda muerte de Ramón Mercader, una novela “policial” (o “trhiller político” se se prefiere) del escritor español ya fallecido Jorge Semprún (quien además, años después, en Federico Sánchez se despide de ustedes –una de sus novelas autogiográficas– rememora las visitas al museo-casa de Trotsky en México, con sus aires de “templo revolucionario”…). Semprún, que fue –además de guionista del conocido director de cine Costa-Gavras– del PC, y luego del PS (es decir, se fue cada vez más hacia la derecha), mantiene sin embargo un respeto enorme por la figura de Trotsky.

Otras obras de escritoras y escritores son:

Tres tristes tigres, novela del gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, donde hay toda una “sección” del libro dedicada a parafrasear a varios escritores, “parodiando” su estilo, y dando cuenta del asesinato de Trotsky;

En estado de memoria, narraciones de Tununa Mercado, donde también se menciona al museo-casa de México como un sitio al que toda persona de izquierda, todo humanista y/o socialista no puede dejar de ir;

Los dos cuentos del jujeño Héctor Tizón publicados en No es posible callar, sobre el sicario stalinista Ramón Mercader;

El relato de Silvia Molloy –también sobre el museo-casa– en Varia imaginación;

La novela de Martín Kohan Museo de la revolución;

Varias novelas de Andrés Rivera, como Nada que perder y El verdugo en el umbral;

Laguna, de la norteamericana Barbara Kingsolver;

El profeta mudo, una novela inédita, que salió el año pasado por una editorial española, del escritor centroeuropeo Joseph Roth;

Y a todo esto hay que sumar la famosa El hombre que amaba a los perros, del cubano Leonardo Pardura.

Junto a esto, no podemos dejar de mencionar tampoco los textos que produjeron el ensayista y sociólogo Eduardo Grüner (“Trotsky, un hombre de estilo”), y el escritor Noé Jitrik –quien nos ha dado unos 5 o 6 textos los últimos años, en muchos casos tomando como referencia o disparador publicaciones del CEIP “León Trotsky” y Ediciones IPS: Mi vida, la biografía de Lenin, y El caso León Trotsky, entre otros–.

 

Para ir finalizando esta lista –que, por supuesto, no es exhaustiva–, podemos sumar un texto más, un capítulo sobre la “cuestión judía” en la autobiografía del escritor, ensayista y crítico George Steiner –llamada Errata–, quien, contra “la barbarie, la estupidez y la ignorancia” propone recordar un fragmento de “un tal Liev Davidovich Bronstein (también conocido como Trotsky). Un texto escrito en el fragor de batallas” “encarnizadas”:

 

“El hombre asumirá como propia la meta de dominar sus emociones y elevar sus instintos a las alturas de la conciencia, de tornarlos transparentes, de extender los hilos de su voluntad hasta los resquicios más ocultos, accediendo de este modo a un nuevo plano […]

El hombre será inconmensurablemente más fuerte, más sabio y más sutil; su cuerpo se tornará más armónico, sus movimientos, más rítmicos, su voz más, melodiosa. Los modos de vida serán más intensos y dramáticos. El ser humano medio alcanzará la categoría de un Aristóteles, un Goethe, un Marx. Y sobre este risco se alzarán nuevas cimas.”

 

Este es el final del libro Literatura y revolución, donde Trotsky proyecta, imagina, cómo será la vida del ser humano, una vez acabado el capitalismo –una vez terminado el régimen de explotación asalariada–, en la sociedad comunista. Un “sueño” de una gran potencia, que ha sido destacado una y otra vez por su belleza y su fuerza imaginativa.

Y cierra Steiner ese capítulo diciendo: “Absurdo. ¿Verdad? Pero un absurdo por el que vivir y morir”.

*   *   *

 

* Este texto es la base de una columna realizada para el programa radial “Pateando el Tablero”, que puede escucharse en el siguiente link: http://pateandoeltablero.com.ar/2013/08/24/la-columna-de-arte-y-cultura-trotsky-en-la-literatura/


Tununa Mercado fue reconocida como Visitante Distinguida de la FFyH

Leemos en la página de la Facultad de Filosofía y Humanidades de Córdoba:

La escritora cordobesa participó con su marido Noé Jitrik del ciclo “Escritores en casa”, organizado por la Escuela de Letras, el pasado 24 de abril. [25/04/2013]

Uno de los nuevos ciclos, organizado por la Escuela de Letras de la FFyH, llamado “Escritores en casa” está pensado como un encuentro con importantes figuras de las letras, como narradores, poetas, ensayistas y críticos. En la primera actividad, realizada el 24 de abril, Tununa Mercado fue reconocida como Visitante Distinguida de la FFyH.

En el marco de un homenaje coordinado por el Centro de Experimentación y Estudios en Políticas de Escritura en el Centro Cultural España Córdoba, la escritora cordobesa pidió visitar la Escuela de Letras, lugar donde inició sus estudios universitarios. Por ese motivo, la Dirección y el Consejo de la Escuela, propusieron esta distinción.

La resolución destaca  que “a lo largo de su carrera fue desarrollando una obra literaria que alcanzó cada vez más reconocimiento por parte de la crítica especializada y de los lectores de todo el mundo, con novelas como “En estado de memoria” o “Yo nunca te prometí la eternidad” y que su producción obtuvo premios importantes como el de Casa de las Américas, el Kónex y la beca Guggenheim. También se reconocen sus actividades de solidaridad con los exiliados argentinos durante la dictadura.

Nilda “Tununa” Mercado nació en Córdoba y no terminó su carrera en la Facultad debido a los sucesivos exilios en Francia y México junto a su marido Noé Jitrik, que también fue profesor de la FFyH, con quien participó de la charla ante un nutrido público.

La presentación de Mercado estuvo a cargo de Roxana Patiño, directora de la Escuela de Letras y María Calviño, docente e investigadora de la FFyH, que se refirió a su obra literaria. “Estás en tu casa”, subrayó Calviño a modo de bienvenida.

Al ver el diploma con su nombre de pila y luego de escuchar las palabras de las presentadoras, la escritora señaló: “Siento un poco la sensación de que estuvieran hablando de otra persona”.

Tununa, que es conocida así desde pequeña y es como firma sus libros, enseguida rescató una anécdota de cuando cursaba sus estudios universitarios en la FFyH. “Estoy recordando una foto en medio del parque, en la que bajo por la calle Richardson con un cochecito donde viene mi hijo, que en ese momento tenía un año, quizás. En esa época era escabroso el terreno y no estaba tan cuidado como ahora. Llegando la recordé y me vi con una especie de traje sastre, tan elegante, como la señora de un profesor”.

Aunque le quedaron dos materias por rendir, Mercado hizo gran parte de la carrera y fue allí donde conoció a su futuro marido, Noé Jitrik, que era docente de la Facultad y fue expulsado, junto con muchos otros, a mediados de los ’60, durante la dictadura de Onganía.

“Cuando la conocí era una muchacha encantadora, pero era caprichosa y arbitraria y ocurrente y muy bella, y era todo eso, pero todavía la prueba de la escritura no se había dado. Desde que empezó con sus primeros textos, en todos estos años no he dejado de maravillarme y de asombrarme de lo que consigue escribiendo”, declaró Jitrik, su pareja desde hace más de 50 años.

Las preguntas se veían venir. ¿Cómo es vivir con un crítico literario? ¿Le mostrás tus textos? Pero Tununa no se amilana fácilmente: “Si yo pensara que es un crítico no le mostraría mis cosas”. Dijo que se los enseña a Noé en la computadora y se va para el fondo mientras él se queda leyendo. “Cuando me llama y veo que está bien, me gusta tomarme un tequila con limón y hielo como festejo porque ya no voy a tener que escribir”.

Luego de su expulsión de la UNC, Jitrik recibe una propuesta de trabajo en una universidad francesa y la familia se traslada a ese país, donde Tununa reparte su tiempo entre el estudio del francés y el dictado de cursos sobre historia y civilización de América Latina. Después regresan a la Argentina por un breve período, pero deben abandonar el país debido a las amenazas recibidas por parte de la triple A. En 1974 se radican en México hasta el fin de la dictadura en 1983. Allí organizan una comisión de solidaridad con otros exiliados argentinos y Tununa  trabaja como periodista free-lance. También fue editora de la revista Fem, una de las primeras publicaciones feministas latinoamericanas, dirigida por prestigiosas escritoras como Alaíde Foppa, Elena Urrutia, Marta Lamas y Elena Poniatowska.

Regresaron definitivamente a Buenos Aires en 1987 y cada tanto van a La Cumbre, en las sierras de Córdoba, de vacaciones.


Disertación de Tununa Mercado sobre el libro ‘La Perla. Historia y testimonios de un campo de concentración’

Mi querida amiga Tununa Mercado estuvo hace unos días en Córdoba, en la presentación del libro, recientemente publicado, La Perla. Historia y testimonios de un campo de concentración.

(Acá hay más información sobre el libro.)

A pedido mío, comparto (compartimos) abajo el texto que ella escribió y leyó allí.

*   *   *

Tununa Mercado. Presentación. 7/10/2012. Córdoba

Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo. La Perla. Historia y testimonios de un campo de concentración.

Veinte días de lectura. Con luz diurna el libro en la pantalla se expande en anotaciones en un papel adjunto al teclado, es fervorosa mi necesidad de afirmar lo que acabo de leer, con número de página para que un nombre se fije y también la circunstancia. Un subrayado destaca la importancia de un hecho, un círculo rodea una significación y la enlaza con otro círculo para marcar una inferencia que deberá anticiparse a un esbozo de interpretación. La lectura quiere ser incisiva y exalta las líneas del texto en una fiebre de afirmación que necesita cada vez más papel a medida que transcurre y reproduce lo que se va leyendo. Como si el libro fuera a fugarse lo retengo sobre el papel, como si lo que por la pantalla transcurre hacia el norte imaginario del borde iluminado fuera a desaparecer reescribo este libro, a un costado, a mano, sobre mi mesa. Insomnio, imposible escritura, las anotaciones tapan la escritura real, la que debería estar diciendo lo que este libro es y suscita; crecen como sucedáneo para hacer tiempo, para posponer, como si yo misma estuviera en la antesala misma de una condena. No hay aparato crítico ni bibliografía que pueda sostenerme, los textos clásicos no están a mi alcance, no hay consulta posible y si la hubiera solo retardaría la noción de mi impotencia.

El libro de  Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo ha estado respirando en nuestras vidas sin que lo supiéramos,  preparándose para decir lo que no se podía nombrar. “La Perla”, ahí sobre la derecha, ahí, ahí, mientras el ómnibus avanza y deja atrás sin remisión la imagen que hay que retener, apenas una ráfaga que los ojos del viajero no logran fijar, un amago de casas, un techo, una construcción, para no abundar con explicaciones y, sobre todo, para no delatar a quien ha hecho el señalamiento, el compañero de viaje, el que sabe, y se ha limitado a señalar con un giro de cabeza algo que no se alcanza a ver. Todo en silencio. La Perla no se veía, no se la quería ver aún después del 83; estaba al costado de la ruta a Carlos Paz, ahí nomás, detrás de una lomada, pero era como si hubiera estado en una selva impenetrable, la que ahora muestra sus claros en este libro.

Los primeros testimonios de sobrevivientes en los ochenta iniciaron una narración que tuvo sus hitos en estos treinta años: declaraciones ante organismos internacionales y de derechos humanos en el extranjero; los relatos de boca en boca o transcriptos para su difusión que llegaban hasta el exilio como el de Graciela Geuna que produjo una tremenda conmoción en México; libros, el de Contepomi y Astelarra. Esa palabra incomunicada, empozada, rozando sin proponérmelo el significante más fuerte del campo, el pozo, “ser llevados al pozo”, es decir a la muerte, revivía y respiraba, como dije antes, en nosotros, susurraba lo no dicho o lo insuficientemente dicho en los oídos de los familiares, los amigos, la sociedad, para nombrar en términos amplios lo que excede a las vidas personales.

Las voces diversas que constituyen este libro componen una narración que se presenta en haz, ceñida, articulada en episodios que se entrecruzan y arman una trama colectiva. En una secuencia perdemos a alguien, acongoja su traslado – eufemismo que tardó en ser aceptado como equivalente a la muerte – y de pronto reaparece en el siguiente relato, en otra circunstancia, como si sobreviviera al final previsible para completar su historia.  El relato individual se irradia en una sociedad de pares. El número agiganta o empequeñece, pero siempre es desmesura. Desmesura dos mil muertos o desaparecidos, desmesura una veintena de secuestrados que puede contar lo que pasó. Lo alto y lo bajo de la cifra.  En el espacio de la muerte propiamente dicha, el ritmo de hacinamiento aumenta o se desacelera por diferencias entre los jefes o por estrategias criminales frente a un hecho colectivo, como por ejemplo el Mundial, o el anuncio de una visita internacional de derechos humanos.  Se llevan a muchos y de pronto comienzan a trasladar sólo de a tres. Una nueva figura, el tres, para el desconcierto. En el medio, también en el espacio, las cuadras,  las  víctimas que esperan el traslado, las colchonetas alineadas, una geometría que disciplina la espera con separaciones entre las personas, ciegas, compartimentadas,  que no obstante pueden insuflar ánimo y llegar al otro en medio de la incertidumbre y el riesgo: la boca que emite una voz, la uña que rasca una superficie cuando la voz está prohibida, la mano que toca, aunque a veces no se supiera en qué sentido estaba el cuerpo, de qué lado la cabeza y hacia dónde los pies. En esos repliegues de una historia ya contada o en figuras nuevas que la entrevista pudo suscitar, está la cifra que da sentido a este libro: la preservación de la vida.

Es curioso que la palabra entrevista contenga y se haga cargo de ese “entrever” La Perla que signaba la mirada desde la ruta y definía al mismo tiempo el instrumento de una búsqueda. Mariani y Gómez Jacobo para sacudir una estática de hechos cumplidos referidos en testimonios que a lo largo de estos años ya obraban en actas, para decirlo en términos de justicia, buscaron a los sobrevivientes. Esa experiencia límite tenía que ser nuevamente escuchada y difundida para aquilatar sus valores y dar lugar a revelaciones. La entrevista permite ver, rompe aquel entrever que persistía, aparta sombras y con la mera transmisión de una escucha leal revierte las especulaciones en torno del campo y resitúa la índole del exterminio: una entidad compacta, con efectos múltiples de enajenación y distorsión de la condición humana, una ejecutora con recargas múltiples de asedio sobre la víctima para  anular su voluntad y su deseo. Exterminar entonces no sólo es matar sino apoderarse de la vida, matar al otro mientras se lo deja vivir.

Una de las protagonistas dice: “Nos sentíamos perdidos y recuerdo en algunas oportunidades haberme aferrado con todas mis fuerzas a la colchoneta para no caerme, a pesar de que sabía que estaba en el suelo”. Ha tocado tierra, regresado a su puesto de vigilia, ha vuelto a levantar sus defensas. Y cada vez que reviva el acto de aferrarse revivirá, estrictamente; doblará como en una apuesta, su derecho a un suelo desde donde se expande la red que no llamo social, ni comunitaria, porque esos términos son de disciplinas de uso institucional, sino red de afirmación de los sentidos que para operar exige tener un registro muy abierto y agudo. Saber decir, sin voz; reconocer una voz sin ver; percibir lo que pasa alrededor aguzando el sentido libre; reemplazar el sentido anulado a causa de un golpe, una venda o cualquier otra forma de obturación son los recursos de un sistema defensivo que surge espontáneo, por la fuerza de la naturaleza amenazada, como un reflejo de la especie.

Pero la red es más compleja. Una vez que se ha sorteado la muerte y otro día más se la sortea, se instaura, por así decirlo, un margen de operación, los recursos pueden variar pero el objetivo de conservación sigue sin que tenga estrictamente ese nombre. Subyace, es un sustrato de la conciencia mortificada y de pronto encuentra la apoyatura que el aparato le brinda para no morir. “Decir que eso es ‘colaborar’ es usar un término impuesto por los militares, (…)  su uso significa que ese término le ha ganado a la verdad de lo que sucedió, ha simplificado una situación difícil, compleja y brutal, y victimiza aún más a las víctimas”, dice una exprisionera. La Perla fue una doble prisión: la que hacinaba a la gente bajo el poder militar devenido en Dios que decidía sobre la vida y sobre la muerte; y otra prisión que siguió aherrojando a los que no murieron. Este enorme documento tiene el valor de haber surgido de la fuente misma y de llegar a nosotros sin interferencias.  Los nudos apretados que costaba desatar se han soltado. Los sobrevivientes que hablaron con Mariani y Gómez, han razonado con creces sobre la índole de una experiencia que pudo haberlos destruido: la concentracionaria, cuyos parámetros de exterminio paradójicamente podían llegan a fracturarse, y la de una “liberación” condicionada que para algunos tuvo un costo muy alto.

¿Cómo restablecer la matriz política en un campo de exterminio? En la cárcel donde algunos fueron llevados la  posibilidad de establecer grupos de pertenencia humanizó la situación. La llamada militancia podía llegar a constituirse, en su precariedad podía habilitar sus cuadros. Pero en el campo la aridez fue absoluta. No había otro encuadre político que el que cada uno se forjaba para neutralizar la inminencia de un traslado ni podía haber un reflejo militante frente la tortura. Las organizaciones de pertenencia estaban lejos e, incluso, podía pensarse que los habían abandonado. “La gente estaba muy sola ahí; las organizaciones, derrotadas, literalmente abandonaron a sus militantes. En esas condiciones, las personas se vuelven muy frágiles; se sienten desamparadas, olvidadas”.

Tengo finalmente el libro en mis manos. Llegó tardíamente. Mientras lo leía en PDF me esforzaba por anotar los nombres de quienes fueron los amos del campo; en la lista homologaba sus cargos para sólo marcar la “especialidad” que los caracterizaba en el ejercicio del mando. Era un trazado “subjetivo” de las actitudes que los singularizaban y prometía ser una tarea demencial y acaso inútil. En los anexos hay una lista de los jefes responsables literalmente memorizada y luego reconstruida por varios de los ex prisioneros entrevistados por Mariani y Gómez, y la nómina aproximada del personal que operó en el periodo 1976-1978, en el destacamento 141, en los dos años de mayor producción mortífera en la escala de la represión militar en Córdoba. En la primera están los responsables de mayor rango y sus caracterizaciones más importantes. En la segunda, cada uno de esos nombres se completa con un sobrenombre que alude a un rasgo: “León”, “Hijo de la Tía”, “Ratón”, “Ángel”, “Cata”, “Negro”, “Gordo”, “Turco”, “Ropero”, “Nabo”, “Tarta”, “Quequeque”, “Fogonazo”. Hay capitanes, tenientes, suboficiales, sargentos, muchos civiles. Se apoderaron de personas, hicieron botín de sus bienes. Torturaron, fusilaron, llegaron a hacer parodias de juicios en consejos de guerra, creyeron poder envilecer a sus víctimas.

Este libro está ahora en el centro de la literatura del terror que se inició con el Nunca más. Es mucho más que un registro de muerte. En cada párrafo reverdece la antítesis del aniquilamiento: que sería atender al menor signo de vida para estimular su crecimiento. El relato de quienes protagonizaron esa destrucción cotidiana poniendo a salvo la memoria, el sentido de la propia historia, de su ética y politicidad, sólo podía emerger de una inquisitoria muy elaborada y segura de su finalidad. Mariani y Gómez interrogaron suscitando en el interlocutor un flujo de memoria que fue más allá de lo fáctico. Afloraron razones, aparecieron contradicciones, el drama, como en toda tragedia, permitió inferir lecciones para sostener la humanidad que alimenta el derecho a sobrevivir.


Hoy, “Ciclo de música contemporánea” en Osde: “Momentos del cielo”

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