“El viejo León y Natalia en Coyoacán” (Paulo Leminski)

 

El viejo León y Natalia en Coyoacán

 

esta vez no tendrás nieve como en Petrogrado aquel día

el cielo va a estar limpio y el sol brillando

vos durmiendo y yo soñando

 

ni sacos ni cosacos como en Petrogrado aquel día

apenas vos desnuda y yo como nací

yo durmiendo y tú soñando

 

no tendrás más multitudes gritando como en Petrogrado aquel día

silencio en los dos murmullos azules

yo y vos durmiendo y soñando

 

nunca más habrá un día como Petrogrado aquel día

nada como un día yéndose y el otro viniendo

vos y yo soñando y durmiendo

 

* Poema que cierra la biografía de León Trotsky escrita por Leminski.

** En Paulo Leminski, Leminskiana. Antología variada, Bs. As., Corregidor, 2006, p. 167.


Victor Serge: tomando mate frente al río Nevá

arton38579-ca341

Días atrás Página/12 publicó en su contratapa “Años perdidos, decepción y promesa”, de Noé Jitrik. Allí comenta un libro que le presté: Los años sin perdón, novela del militante y escritor (de nacionalidad belga-rusa) Victor Serge.

Como una forma de retribuir la generosidad de Noé, y para los lectores interesados en lo que contó, quiero sumar algunos datos acerca de este libro y su autor, y cerrar con una anécdota muy particular sobre el mismo, la que aludo en el título.

Serge, nacido en 1890 en Bélgica, fue socialista desde muy joven, apenas adolescente. Con su familia, en una situación de humildad y penurias, recorrió varios países de Europa (Francia, España), y fue anarquista por esos años. Conoció la cárcel en varias oportunidades y, en 1917, con la Revolución Rusa, se hace bolchevique: llegó a Rusia en 1919 y trabajó junto a Máximo Gorki. Fue parte de la Internacional Comunista, también conocida como III Internacional. Fue editor, traductor y periodista. Estuvo junto a Gramsci y Lukács, e integró, durante un tiempo, la Oposición de Izquierda de León Trotsky, en lucha contra la burocracia de Stalin. Nuevamente encarcelado, encerrado en el gulag, hacia fines de la década de 1930 una amplia campaña internacional pidiendo por su libertad –con importantes personalidades de la cultura– consigue sacarlo, y Serge, aunque debió dejar (perder) varios libros terminados, que le confiscaron, partió al exilio, para terminar recalando en México.

Junto a Los años sin perdón, una novela publicada en la colección de Ficción de la Editorial de la Universidad Veracruzana en 2015, y El caso Tuláyev, novela inspirada en el “affaire Kirov”, Serge es autor de otros libros. Junto a su literatura (que recoge temas y “estilos”: la novela “psicológica”, el “thriller político”; ciertos “aires” que recuerdan a otras importantes escrituras, como las de Sebald y Semprún, además de John Dos Passos, influencia reconocida por Serge, aunque su “impresionismo literario” no le gustaba; tenemos “una mirada excepcionalmente refinada y sabia”, como dice Noé), las obras más “puramente” históricas y políticas se destacan por su calidad, contundencia y precisión. Se encuentra, por ejemplo, Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión, un pequeño folleto, también llamado La lucha contra el zarismo, que da cuenta de los métodos y el accionar de la Ojrana, la policía secreta del Zar, tras poder acceder, luego de la revolución, a los documentos y archivos, donde encontraron “biografías y hasta buenos tratados de historia de los partidos revolucionarios” y “entre treinta y cuarenta mil expedientes de agentes provocadores que habían sido activos durante los últimos veinte años”. Otro libro fundamental es El año I de la revolución rusa, un importante trabajo del mismo parangón que los Diez días que conmovieron al mundo de John Reed, aunque aquí, claro, el imponente fresco histórico recorre todo un año (Serge, además, fue quien recibió a Reed cuando llegó a Rusia). (El año II de la revolución rusa, quedó perdido, y seguramente destruido para siempre, entre otros libros, por obra y gracia de la burocracia estalinista.) Está también Literatura y revolución, “‘librito’ que se alzaba contra el conformismo de lo que llamaban la ‘literatura proletaria’”. Y tenemos Vida y muerte de León Trotsky, una obra que si bien no tiene la monumentalidad de la famosa trilogía de Isaac Deutscher, es sumamente valiosa, habida cuenta de los largos párrafos –entrecomillados– de Natalia Sedova, la compañera de Trotsky, quien charló largamente con Serge y dio su testimonio, recogido en el libro.

Serge también publicó su autobiografía, intitulada Memorias de mundos desaparecidos, renombrada posteriormente Memorias de un revolucionario. En esa apasionante historia que cuenta, la suya y la de las primeras cuatro convulsivas décadas del siglo XX (“crisis, guerras y revoluciones”, decía, sumamente sintético, Lenin), Serge da cuenta o explicita su ruptura con Trotsky, por diferencias políticas, nada menores por cierto; por ejemplo qué política tener, en medio de la guerra civil española, ante el gobierno del Frente Popular (mientras que Trotsky y los suyos criticaron al POUM de Andrés Nin, Serge estaba de acuerdo con que esta fuerza política, “filotrotskista” por así decir, ingresara al gobierno, a la Generalitat de Cataluña, para intentar “controlar e influir en el poder desde el interior”).

Con todo, Victor Serge continuó siendo hasta el último día de su vida un férreo opositor al sistema capitalista, un marxista y un libertario (“sufrí un poco más de diez años de cautiverios diversos, milité en siete países, escribí veinte libros. No poseo nada”, escribió en la autobiografía. Y también, que sus libros, “completamente documentados, escritos con la única pasión de la verdad, han sido traducidos en Polonia, en Inglaterra, en Estados Unidos, en Argentina, en Chile, en España: nunca, en ninguna parte, han impugnado una sola línea, nunca me han opuesto un argumento. Nada más que la injuria, la denuncia y la amenaza”). Finalizó sus días como un militante más de la clase trabajadora, en 1947, en México. El mismo México que recibió a Trotsky, y que fue testigo, unos años atrás, del encuentro entre éste y el “pope” del surrealismo, André Breton, y vio nacer, junto con la participación del muralista Diego Rivera, el “Manifiesto por un arte revolucionario independiente”. (Una historia que se puede conocer en una publicación recientemente aparecida de Ediciones IPS/CEIPEl encuentro de Breton y Trotsky en México, que trae además un excelente ensayo introductorio de Eduardo Grüner.)

Para finalizar: la anécdota. Cuenta el mítico “boedista” Elías Castelnuovo, en una semblanza de Serge, que lo conoció cuando viajó a Rusia, hacia finales de 1931: “Residía entonces en la ciudad de Leningrado y se hallaba aún, aparentemente, en buenas relaciones con el partido”. Serge presidía la Asociación de Hispanistas, una “agrupación de intelectuales integrada por setenta rusos que hablaban todos perfectamente el castellano”. Castelnuovo estaba instalado en Dom Uchoney, en un “viejo edificio” frente al río Nevá. Y relata: “Yo me había llevado de aquí un cilindro de yerba, conocida allí por paraguaysky chay, té del Paraguay, y a cada hispanista que me visitaba lo recibía como si hubiese estado en la República Argentina. Esto es: encendía el calentador y le cebaba mate. Confieso que experimenté más de un fracaso en este sentido. A pesar de la curiosidad que mostraban todos por conocer ‘eso’ que únicamente conocían a través de las novelas de Eduardo Gutiérrez o de Benito Lynch, algunos, no bien chupaban un poco la bombilla y le sentían instantáneamente el gusto al yuyo paraguayo se ponían colorados de golpe y escupían violentamente el líquido contra el piso como si hubiesen ingerido un veneno. Otros, más precavidos, succionaban con cautela, mas, en cuanto tragaban un poco, estiraban el pescuezo y se quedaban duros. Para disimular su impresión, éstos, en vez de ponerse colorados, se ponían amarillos”.

Termina Castelnuovo: “Serge por el contrario, se había aficionado al mate en España y se prendía al cimarrón exactamente igual que un criollo”.

Son para sumarse los deseos de Noé Jitrik de que la obra de Victor Serge –alguien que no es “reclamado” ni en Rusia, ni en Francia o Bélgica, ni en España– se pueda recuperar y volver a publicar, que se difunda y conozca.


“Años perdidos, decepción y promesa” (Noé Jitrik)

CONTRATAPA

Años perdidos, decepción y promesa

Por Noé Jitrik

na40fo01Gracias al buen gusto y al afecto de mi amigo Demian Paredes, de inagotable curiosidad por la buena literatura, pude conocer a lo largo de los últimos años varios textos inexcusables, tanto como inexcusable fue no haberlos conocido antes.

En particular, pero no sólo en ese ámbito, literatura concerniente a lo que fue la Unión Soviética, en ese poderoso momento de su creación y luego en su exilio, durante la larga noche estalinista. Parecía obvio que Demian me hiciera llegar nuevas ediciones de obras de Leon Trotsky, en un proyecto editorial del sello IPS, en el que colabora, pero luego textos de otros autores recogidos en envidiables andanzas libreriles.

En cuanto a los de Trotsky leí una original biografía de Lenin, que comenté, nuevamente la extraordinaria Mi vida así como reuniones de artículos sobre España, México y, por supuesto, sobre el estalinismo, por no mencionar Literatura y revolución, tan discutible como apasionante. Pude volver en estos días a un fragmento de ese libro, una discusión que mantuvo en 1925 con un grupo de escritores: es increíble la continuidad de sus ideas, el vigor sin desfallecimiento de la formulación, la seguridad en sus juicios, no se me ocurre otra palabra que “genialidad” para calificar esa intervención y esa personalidad. Más allá de las tesis de orden político, nunca ausentes de todas sus intervenciones, en todos los textos a los que pude acercarme brota, si la vieja definición de estilo sigue siendo útil, una poderosa individualidad y, correlativamente, una fuente de escritura que, en su caso, unió casi sin fallas cantidad con calidad.

Pero no sólo eso mi amigo me acercó: si he mencionado a Trotsky a quien me refiero ahora es Victor Serge, que fue su amigo, partidario, y todo lo que se puede decir de una asociación político-ideológica-filosófica, incluso de a ratos conflictiva, como todo lo relacionado con Trotsky: en una composición sobre tela que hizo Magdalena Jitrik, las efigies de ambos personajes, a partir de la correspondencia que mantuvieron durante mucho tiempo, se contraponen y se complementan y en el espacio que se establece entre ellas las figuras de otros bolcheviques configuran una especie de olimpo revolucionario pero entregado a la muerte a la que Stalin, con dudosa (tramposa) argumentación condujo a todo el conjunto.

Sólo leí dos libros de Serge; el primero fue El caso Tulaiev, de 1947; el otro, Los años sin perdón, terminado en 1946. Sobre El caso escribí hace un tiempo una nota que publiqué en este mismo diario; brevemente, ficcionaliza un hecho determinante en la historia soviética, el asesinato de Kirov, un prominente cuadro del estalinismo, proyectado a sucesor del todopoderoso georgiano: el crimen fue el comienzo de los paranoicos juicios que acabaron con lo que quedaba de los primeros y revolucionarios bolcheviques, menos con Trotsky a quien la mano vengadora terminó por acabar unos pocos años después. Serge realiza en esta historia lo que después de su auge la novela policial puso en evidencia, o sea que la novela policial es política aunque dio vuelta los términos, abordó lo político por el camino de los procedimientos narrativos de lo policial de un modo diferente al que singulariza la obra de los maestros de esta especie narrativa, tan atractiva. Este giro le permitió acercarse y apartarse de los crudos hechos que son su punto de partida y trazar un cuadro tan animado como certero de esos duros años para el mundo en general y para la Unión Soviética en particular. Lo que pude observar, considerando los modos predominantes del relato soviético, fue que Serge procedía con un saber implícito de la literatura contemporánea, en un camino que no podía ser juzgado como de posvanguardia pero sí como de posrealismo, lejos tanto de la disidencia, tipo Pasternac, Solyenitsin o Nabokov, como de los cultores del realismo socialista, cuyo “teórico” fue el olvidado Zdanov.

La otra novela, Los años sin perdón, escrita antes, tiene una estructura más compleja pero, sobre todo, un lenguaje desbordante que me remite, tal vez es arbitrario de mi parte, a la lección joyceana, un relente de escritura automática pero no como flujo incontrolado de inconciencia sino, al contrario, por un desborde objetivo, de descripciones minuciosas y relieves poéticos tanto en relación con lo ambiental, el cruel sistema persecutorio soviético, la helada destrucción de Alemania después de los bombardeos de 1944, la lujuriante naturaleza mexicana, la angustiosa soledad de los fugitivos, la orfandad de las traiciones, como producto de una mirada excepcionalmente refinada y sabia.

Pero no, esa mirada, como un intento panorámico acerca de ese mundo al que Serge había en parte contribuido a construir y que luego, lamentable, tristemente, iba siendo destruido sin que esa destrucción tocara las convicciones, eso, por ejemplo, que Trotsky había seguido sosteniendo obstinadamente acerca del destino histórico de la sociedad, la “revolución permanente” y ese conjunto de tópicos que, al parecer, Serge pone por otra parte en cuestión por el camino de la decepción y la melancolía. Casi, inclusive, alguien, incidentalmente en la novela, se atreve a dudar, una herejía para un universo de afirmaciones rituales, acerca de la eternidad del pensamiento de Marx, sabiendo, el narrador, que eso implica un futuro desolado, un destino incierto y que concluye, nuevamente, como un anticipo de lo que se desprende en El caso Tulayév, en la muerte, como si la muerte, política, fuera el broche de lo que se presentaba como la alborada gloriosa de una humanidad mejor.

Lo que leí sobre esta novela –hubo comentarios en su momento y años después, lo que se conoce como “crítica”– la describe en sus partes y en sus personajes: ahorraré esa facilidad; sólo puedo apuntar que si hay, habría que demostrarlo, una conexión con el proceso literario europeo heredero de la vanguardia, también de lo que abrió el psicoanálisis que, como se sabe, no había cundido en la Unión Soviética pero que penetró en la literatura al introducir una dimensión subjetiva que el realismo tradicional había ignorado.

De ello resulta, en esta novela, no sólo una denuncia sino una idea de destino, que quizás retomó años después Vassili Grossman, en una doble vertiente, por un lado lo que pudo ser ese sueño de redención social, perseguido durante siglos y comenzado en ese país contradictorio, campesinos proletarios atrasados y elites de pensamiento refulgente y hecho trizas, convertido en un mero aparato de control y de persecución; por el otro, el de los concretos protagonistas que iluminados por una doctrina que todo lo preveía y consideraba pensaron que estaban a punto de consumarlo, su destino no fue esa gloria sino el pelotón de fusilamiento o la muerte anónima en un perdido arrabal del mundo. La novela relata, sin declararlo, esa suerte en un tono líricamente pesaroso que establece una pálida atmósfera de pérdida y de tristeza que bien puede ser lo que las tragedias del siglo veinte, la frustración comunista, el ascenso del fascismo, la implacabilidad del sistema, aportaron a la historia de la cultura mundial.

Señalé al pasar que se comentó, módicamente, esta novela: uno no se resigna a admitir que lo que siente como un hecho de peso haya podido ser ignorado o menospreciado por quienes deberían considerarlo del mismo modo aunque no por eso crea en las luces que lo que se designa como crítica hayan sido por fuerza enceguecedoras. Pero de ahí a la ignorancia total hay un paso y, al menos, llama la atención cuando se verifica. Desde luego, esa atención raramente es universal, seguramente lo que consideramos un hecho literario de indiscutible valor en la Argentina es más que probable que no reciba ni siquiera una mirada en Finlandia o en Siria o en China, pero debería recibirla en la Argentina. Análogamente, que un hecho literario vinculado con la Unión Soviética, o con Rusia, haya sido ignorado en la Unión Soviética no puede ser indiferente. Es lo que creo que ha ocurrido con Victor Serge o, al menos, lo que pude vislumbrar al asomarme a la información que proporciona, a falta de mi parte de otras fuentes, el servicial pero también elemental Google: en ningún repertorio de literatura soviética o rusa figura, el borramiento es notorio, pareciera que lo que quisieron hacer con él en la noche staliniana irradió sobre su obra literaria y la hizo, a medias, desaparecer.

Digo a medias porque recuperar a un autor tan representativo de una manera de ser intelectual del siglo XX y que, por añadidura es un gran novelista, comienza a ser un proyecto importante: pasó con Marái, puede pasar con Serge. Lástima, solamente, que él no lo puede ver.


Falleció el cineasta Adolfo García Videla

Captura de pantalla 2016-01-21 a la(s) 16.34.55El pasado domingo 17 de enero falleció el cineasta, profesor universitario y activista Adolfo García Videla. Autotitulado “argenmex” –“nacionalidad” adoptada por tantas y tantas personas que tuvieron que exiliarse de Argentina tras el golpe militar, y aun antes–, García Videla llegó ese mismo año del golpe, 1976, a México, país donde se radicaría definitivamente.

“Siempre escribí. Aterricé en el cine allá por los 18 años de edad”, comentó en una obra inédita, Detrás del miedo, aludiendo a sus comienzos en la actividad artística. Como director, productor, guionista deja más de media docena de obras, entre documentales, series y películas, como La Venus maldita (1967, inédita en nuestro país), Los paseos con Borges (1975-77, disponible online) y Testimonios Zapatistas (1987). Su cortometraje Del viento y del fuego obtuvo, en 1984, el premio Ariel al Mejor Cortometraje Educativo, Científico o de Divulgación Artística. La Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC) hizo público su pesar ante el fallecimiento del cineasta.

En 2006 García Videla lanzó Trotsky y México. Dos revoluciones en el siglo XX. Ese mismo año, presentando su película en Buenos Aires, en el Hotel Bauen (recuperado por sus trabajadores), junto a Esteban Volkov –nieto de León Trotsky, también radicado en México–, explicó en un reportaje: “lo que me interesaba fundamentalmente era reconstruir esta historia en este momento como una posibilidad de volver a pensar el socialismo y los caminos posibles, los errores cometidos. Trotsky era un gran defensor de la democracia dentro del socialismo. Y cuando le gana Stalin, ya sabemos que se forma una dictadura feroz, cerrada, vertical absolutamente. Entonces, ése es uno de los factores por los que lucha. Repensar esto era mi idea fundamental”.

La nota completa, en La Izquierda Diario.


#Entrevista con Leonardo Padura: “Percibir la realidad cubana a través de la literatura”

lo prometido es deuda…

LITERATURA // ENTREVISTA

Leonardo Padura: “Percibir la realidad cubana a través de la literatura”

De paso por la Argentina unos pocos días para participar de la entrega de un premio literario, conversamos con el escritor cubano Leonardo Padura. Su último libro publicado, la novela que está escribiendo actualmente y su trabajo en el cine son algunos de los temas tratados.

Demian Paredes
@demian_paredes

 

Fotografía: Lucía Feijoo

 

La primera pregunta que quiero hacerte es sobre tu último libro publicado aquí este año, Aquello estaba deseando ocurrir. ¿Cómo y cuándo surgió la intención de publicarlo? Abarca nada menos que ¡veinticuatro años! El cuento más antiguo data de 1985, y el último de 2009.

Este es un libro que tiene una historia larga. Es realmente una especie de antología personal de mis cuentos. Desde hace 10, 12 años, estamos con el plan de publicarlo por Tusquets –mi editorial habitual–. Pero como iban saliendo novelas, siempre se posponía la salida del libro de cuentos. Y en ese período, escribí dos, tres cuentos más, porque últimamente me cuesta mucho escribir cuentos: las historias que se me ocurren son historias de cuatrocientas páginas; y entonces, finalmente, cuando publicamos Herejes, sabíamos que íbamos a tener un espacio de tiempo sin que saliera ninguna novela –como de hecho ha ocurrido–, porque estoy, apenas, en el principio de una nueva novela. Estuve trabajando mucho en los guiones de cine –una serie de cuatro películas con el personaje de Mario Conde–, y, finalmente, vimos que era un momento adecuado para sacar el libro. Y creo que toda esa demora actuó a favor del libro…, porque si lo hubiéramos publicado hace 10, 12 años, yo todavía no era el autor de El hombre que amaba a los perros. Y salió siendo yo el autor de El hombre que amaba a los perros y, por ejemplo, en España, donde vender cuentos es tan difícil, en un mes se vendieron tres ediciones. Ha circulado aquí en Argentina bien, ya la traducción al francés está lista –sale a principios del año próximo–, va a salir en alemán también –por mi editorial también habitual en Alemania–, y ha tenido muy buena suerte el libro. Así que me parece que, lo que a veces a uno le desespera un poco que ocurra, “estaba deseando ocurrir” en el momento determinado.

En este libro se nota cierta “trasposición” de las cuestiones sociales e históricas de Cuba en la amplia mayoría de los cuentos…

Es que eso siempre está en mi literatura, Demian. No podemos ver los cuentos desligados de mi otro trabajo literario. Son una parte, que se resuelve en muchas menos páginas. Pero las preocupaciones sociales, literarias, humanas, el carácter de los personajes… hay muchos personajes aquí que perfectamente podrían estar en algunas de mis novelas, y es parte de la totalidad, del conjunto de mi percepción de la realidad cubana a través de la literatura.

Y sobre esta nueva novela que estás escribiendo, ¿de qué va la cosa?

Estoy muy al principio. Muy al principio… A ver: se me va creando una especie de sentimiento de ansiedad cuando pasa un tiempo y todavía no he empezado una novela nueva. Porque creo que todos los novelistas nos hacemos la misma pregunta: Terminé esta novela, ¿seré capaz de escribir otra?, y si la última novela que has escrito ha sido una novela que ha funcionado bien, entonces te haces dos preguntas: ¿Seré capaz de escribir otra novela?, y ¿Seré capaz de escribirla mejor que la anterior? Porque yo siempre trato de retarme; trato de retarme en cada caso. Y en un momento en que hubo un espacio de tiempo, de dos o tres meses, en el tiempo de escritura que me llevaron estos guiones (que me llevaron bastante tiempo: los escribí con mi esposa, Lucía López Coll), pues tenía una vieja idea y dije: “Dejá probar, a ver si funciona”. Y bueno: tengo escritas setenta, ochenta páginas de lo que es el primer borrador del principio de la novela. Justamente eso es lo que me da la certeza de que puedo escribir la novela. Y es una novela en la que regreso con el personaje de Mario Conde –porque lo tenía muy manoseado en este trabajo de escritura de los guiones–, y es una novela mucho más social que las anteriores, creo que estoy viviendo un proceso en el que cada vez más lo policial interior; es interior el enigma… la búsqueda de la verdad es una esencia de historia –y no “parte” de la estructura–; y como te digo es muy social, porque me muevo por La Habana: de La Habana que se ha ido enriqueciendo en estos últimos años, a La Habana que se ha ido empobreciendo –en estos años– a niveles de pobreza realmente sorprendentes para Cuba. Niveles de pobreza que durante cuarenta años yo no vi en Cuba.

Y en medio de eso hay un objeto: a mí me encantan los objetos perdidos (un cuadro de Rembrandt, una pintura de Matisse, un Buda chino… en fin); y, en este caso, es una virgen negra catalana. De las originales. Que son muy pocas. Y que llegó a Cuba por una historia que no te voy a contar ahora –porque si no estaría revelando una parte importante de la novela–. Y Conde va a buscar esa virgen negra que se la han robado a un viejo amigo de él, pensando que está buscando una Virgen de Regla: una estatua muy común en Cuba, porque es una virgen negra, que viene de Andalucía –la Virgen de Regla es andaluza–, y que tiene muchos fieles en Cuba.
Y buscando esa virgen, que tiene un valor especial, para ese amigo suyo, realmente lo que está buscando es una virgen medieval, con un valor material altísimo, y con un valor cultural incalculable porque de esas vírgenes quedan realmente muy pocas en el mundo.

¿Esta historia sigue la línea temporal de Herejes, de alguna manera? ¿Mario Conde sigue vendiendo libros usados?

Avanza en el tiempo. Posiblemente la historia se cierre en el 2014, justo antes de que comiencen las conversaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Porque creo que a partir del 17 de diciembre de 2014 empieza un proceso histórico diferente en Cuba; del cual no me atrevo a escribir porque siento que estamos como que poniendo las bases de ese proceso y que todavía no se ha desarrollado. Y sería muy desatinado escribir sobre algo que todavía está ocurriendo.

Me interesa ahora charlar un poco sobre vos y el cine. ¿Te considerás cinéfilo (de alguna especie)?

Cinéfilo sí, seguro. Absoluto.

Soy un gran consumidor de cine que está viviendo en estos momentos una crisis de identidad, porque estoy prefiriendo las series. Hay series que son realmente muy buenas. Series danesas, norteamericanas, suecas, que me están centrando la atención últimamente y es lo que más estoy consumiendo. Pero soy un consumidor diario –diario– de cine. Leer y ver películas, para mí, son mis dos complementos culturales básicos. Yo puedo pasarme tiempo sin ir a un museo, sin ir a un concierto; pero no puedo pasarme sin leer y sin ver cine.

Y durante años yo he tratado de escribir guiones; he escrito guiones para algunos documentales en Cuba, que se han hecho –algunos con bastante éxito–, pero en los últimos tiempos he tenido dos experiencias (o tres) muy importantes. Una fue coordinar y escribir con mi esposa Lucía López Coll algunos guiones para la película coral que se llama 7 días en La Habana. Son pequeñas historias para las cuales escribimos nosotros varios argumentos, y tres de los guiones, de los siete que tiene la película.

Después y a partir de eso, escribí para Laurent Cantet el guión de una película que se llama Regreso a Ítaca. Esa película ganó un premio importante en Venecia, ganó el premio del Festival de Biarritz, ha sido una película muy polémica porque en Cuba fue sacada de la programación del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano –se exhibió, finalmente, en la Semana de Cine Francés–, y es una película muy dura, muy visceral… Muy dura por los conceptos. A nivel de imagen la forma es muy tradicional, en el sentido de que es una reunión de amigos en una azotea de La Habana, y lo importante son los personajes, no la forma en que está hecha la película. Creo que quedó muy bien, Cantet es un gran director, con una gran capacidad de trabajo con los actores.

Y después hemos escrito –Lucía y yo– cuatro guiones para una serie de cuatro películas con mis primeras novelas: Pasado perfecto, Vientos de Cuaresma, Máscaras y Paisaje de otoño. Ya vimos el primer corte de una película, la de Vientos de Cuaresma, y realmente estamos muy satisfechos con lo que vimos.

Y esta es una serie española. Según leí, hay otro proyecto de serie también, producido por Estados Unidos y Canadá.

Esa serie está muy en su principio. Tan en su principio que todavía no está escrito el guión del primer capítulo de la primera temporada. Es una serie que se está pensando con gran ambición de llegar incluso a cinco temporadas –si fuera posible–, de diez capítulos cada una, el productor ejecutivo es Antonio Banderas –que hará el personaje de Mario Conde, además–, y está en proceso de creación. Va a ser un producto que va a partir de las novelas, para crear toda una serie de historias –a diferencia de la serie española, que está más basada en los libros (y más cerca de la realidad cubana, en la medida en que Lucía y yo fuimos quienes escribimos los guiones)–.

Respecto a Cantet –de quien supongo apreciás favorablemente su cine–, ¿él dirigió uno de los cortos de 7 días en La Habana; esa fue tu primera experiencia con él? Porque dirigió el corto “La fuente”…

No, ese corto él lo escribió. Él escribió el guión. Yo había escrito un guión para el corto que él iba a filmar, que terminó siendo el largo Regreso a Ítaca. Porque cuando él empezó a montarlo se dio cuenta de que no podía en 15 minutos resolver aquel conflicto y que necesitaba más tiempo.

La relación entre Cantet y yo ha sido muy hermosa. Muy hermosa. Porque partió de la admiración mutua que nos tenemos como artistas. Yo había visto su cine, y me encantaba su cine. Él había leído mis libros, y le encantaban mis libros. Y unos amigos comunes nos pusieron en contacto, y en ese contacto empezó una relación de amistad, y por eso es que cuando a él lo invitan a participar de 7 días en La Habana dice: “Pero con una sola condición”. “¿Cuál?”, le preguntan. “Trabajar con Leonardo Padura”. Y ha sido una relación muy respetuosa. Muy respetuosa: Cantet es un verdadero intelectual –en el sentido más amplio del término–, y es sobre todo una gran persona; y por eso hemos tenido peleas, que nos hemos puesto, y él dice: “Esto es así”, y yo le digo “Esto no puede ser así”, y hemos peleado, siempre desde el respeto, siempre desde el tratar de lograr que sea la mejor película. Y mí, que no me gusta mucho escribir para el cine, si Cantet me dijera “Vamos a trabajar otra vez”, trabajaría otra vez con él.

Y volviendo a la literatura ¿qué estás leyendo actualmente; hay algo que quieras destacar? ¿Y en qué otros proyectos estás trabajando?

Mira, trato de leer lo más que puedo. Justamente ahora estuve como jurado de un concurso del periódico Clarín, lo cual me llevó un tiempo de lectura. Me llegan con cierta frecuencia los libros de amigos que me piden que los lea –hago el esfuerzo, y en algunos casos los leo–, estoy investigando para la novela de la que te hablé que quiero escribir –porque todo ese fenómeno de esas vírgenes negras tiene un trasfondo histórico y místico muy importante–, y ahora trato de leer literatura. Literatura: toda la que puedo. A veces la más ligera que encuentro; a veces la más complicada –depende–.

He hecho algo que ha resultado para mí muy interesante. Y es que estoy preparando un curso, que debo dar el año próximo, en la Universidad de Puerto Rico y en la Universidad Menéndez Pelayo, en España, y es un estudio acerca de para qué se escribe una novela. Y lo hago con mi novela Herejes, y con otras dos novelas que son: La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, y Asesinato en el Comité Central, de Vázquez Montalbán. Son dos novelas que tienen un contenido político evidente. Pero son dos grandes novelas. Y por eso quise analizar para qué fueron escritas esas novelas, y ha sido un ejercicio muy útil. Muy útil porque me ha develado estrategias literarias utilizadas por estos dos escritores, en las cuales, uno, como lector, no suele detenerse en ellas. Así que la literatura y el estudio forman una parte muy importante de mi trabajo.

Como una “clínica literaria”.

Se trata de desmontar. Voy a tratar de desmontar esas dos novelas, desde la estructura, hasta el narrador y los personajes, para llegar a la comprensión de la intencionalidad de las novelas. Kundera habla de “novelas que piensan”. Y Vázquez Montalbán habla de “novelas intencionadas”. Y un poco ahí está la esencia del curso.

 

Leonardo Padura sobre Trotsky: “Siguió creyendo en su ideología, en sus principios revolucionarios”

Fragmento de una entrevista inédita realizada en mayo de 2014, en el marco de la participación del escritor cubano Leonardo Padura en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Demian Paredes
@demian_paredes

 

Te pregunto sobre tu novela El hombre que amaba a los perros: ¿por qué y para qué quisiste rescatar a la figura de Trotsky?

La quise rescatar porque yo necesitaba cumplir una necesidad que era conocer la historia de Trotsky. La historia de Trotsky en Cuba era totalmente desconocida y fue lo que motivó mi primera curiosidad por el personaje.

Después que fui conociendo, que supe que Mercader había vivido en Cuba –y que había muerto en Cuba–, pues ya comencé un proceso de investigación en el que fui clarificando las perspectivas de a dónde quería llegar. Y creo que más que una novela sobre Trotsky es una novela sobre el estalinismo y sobre las formas en que el estalinismo pervirtió la posible utopía igualitaria del siglo XX. Y ahí era a dónde quería llegar al final.

Además, no es la primera vez que se plantea desde tu literatura el problema del estalinismo. En tu libro Adiós, Hemingway hay una discusión, una pelea de John Dos Passos con Hemingway a propósito de la guerra civil española…

Sí. Eso ya venía persiguiéndome desde hacía muchos años.

¡Claro!, “cosa lógica”, ¿no?

Sí: viviendo en Cuba… (Risas.)

Quedándonos en este libro, pero yendo al famoso tema de la “representación en la literatura”, ¿cómo trabajaste esa tensión que surge entre los personajes históricos (ya consolidados, conocidos, presentados por la historia, las biografías y documentales, etc.) y tu propia imaginación y tu propia la necesidad de desarrollar la historia desde determinados ángulos necesarios?

Hay algo cuando uno trabaja con personajes históricos; es algo que complica mucho el trabajo del escritor. Y es que la vida no se rige por los códigos dramáticos con que se rige una obra literaria. Entonces muchas veces los momentos más importantes de la vida de un personaje pueden ser hasta anti-dramáticos. Y tienes entonces que empezar a hacer una construcción de esas vidas para que funcionen en el territorio de la novela que es donde tú los has ubicado.
En este libro había un problema fundamental: y es que tenía dos personajes históricos de carácter completamente diferente. No por ideología, sino por sus características en cuanto a personas, y por la propia lectura histórica que se puede hacer de ellos. De un lado está Trotsky, que es un hombre que está biografiado prácticamente cada día de su vida –incluso hasta el año 1929 existe su autobiografía, que la cierra en el momento del destierro en Alma Ata–, y del que existen numerosísimas biografías sobre él; y por otro lado está Ramón Mercader, que es un personaje que entra en la historia después de que mató a Trotsky; si no llegaba a matar a Trotsky, tal vez nunca habríamos sabido que Ramón Mercader hubiera existido. Habría pasado como una persona más.
Y este personaje hubo que reconstruirlo, a partir de unos pocos datos precisos, y el resto en función de lo que pudo haber sido la vida de Ramón Mercader, a partir de las investigaciones que fui realizando a lo largo de tres, cuatro años.
Entonces, son dos personajes que me exigieron tensiones creativas completamente diferentes. Y fue mucho más amable en el caso de Ramón Mercader, que al haber tantos vacíos, esos vacíos se llenan con ficción; y la ficción entonces me ayudaba a que tuviera un comportamiento mucho más dramático, que en el caso de Trotsky, a quien tuve que ir forzando y encontrando, cortando y modelando su vida en función dramática.

La cuestión es ser fiel ¿a qué?, ¿al personaje histórico o al personaje novelado?

Ser fiel a la verdad histórica. Cuando Trotsky piensa en un momento determinado sobre la relación –por ejemplo– de la filosofía marxista o el poder proletario con el arte, es porque existe un documento de Trotsky en el cual está tratado ese tema. Yo no invento nada para la cabeza de Trotsky. Puede ser que a lo mejor ese documento lo haya escrito seis meses antes o seis meses después; pero existe ese pensamiento en la cabeza de Trotsky y yo lo ubico dramáticamente en función de que es un personaje que está apareciendo en una novela.

Tengo una frase de tu intervención en Café Gijón del año pasado [2013] –cuando diste una charla con Paco Taibo II–, cuando dijiste que escribiste esta novela “por la ignorancia que había sobre Trotsky en Cuba”, como venimos charlando. Ahora que ya salió la novela –y se leyó y discutió, se analizó, y te han preguntado, obligándote a repensar muchas veces–, para vos ¿quién es Trotsky?

Ayer justo hablaba sobre este tema. ¿Trotsky era un “hereje” o un “creyente”? Porque alguien me dijo: “Bueno, porque en todas tus novelas tus personajes son herejes. Y en el caso de Trotsky, también es un hereje”… Y dije: no. Tengo que decir que creo que Trotsky es más un creyente que un hereje. Fue un hombre que hasta el final de su vida –y en los momentos más difíciles– siguió creyendo en su ideología, en sus principios revolucionarios, y si hay algún “hereje” en esa relación es Stalin, no Trotsky, porque Stalin es el que traiciona de una manera alevosa y criminal los principios de la revolución. Por lo tanto creo que Trotsky es un ejemplo de una persistencia en una idea y en una ideología llevada hasta las últimas consecuencias. Incluso cuando estaba más solo, cuando no tenía seguidores –o sus seguidores desaparecían– él seguía empeñado en su proyecto de la revolución, de la dictadura del proletariado, de la toma del poder por los humildes… en fin: mantuvo hasta el final sus convicciones.

¿En este caso sería un “ortodoxo” con el que vos simpatizarías?

Es un ortodoxo al que lo obligaron a ser un heterodoxo. Y simpatizo con él porque creo que alguien que cree tan firmemente en lo que piensa merece el respeto de los demás, aunque uno no esté esencialmente de acuerdo con determinadas ideas suyas.

 


Ida y caída: Leopold Trepper en el dentista

LIBROS // HISTORIA(S)

Ida y caída: Leopold Trepper en el dentista

A propósito de la experiencia de ir al dentista, pensé qué historias se encuentran en los libros acerca este tema. Y el episodio que ahora –y siempre– recuerdo es uno histórico: el de Leopold Trepper. Cuenta Gilles Perrault en su libro La Orquesta Roja que Trepper, cabeza de los servicios de espionaje e información soviéticos –quien se ganó el apodo entre amigos y enemigos de “el Gran Jefe”–, no le quedó más remedio, un día, que ir al dentista. En ese momento (hablamos de fines de la década de 1930 y comienzos de la siguiente), Trepper estaba siendo perseguido por los nazis, quienes avanzaban en ocupar Francia, Holanda y Bélgica, y se dedicaban también a destruir “la orquesta”, descubriendo y capturando a diversos músicos-cofrades del Gran Jefe (especialmente a los “pianistas”, los agentes que transmitían telegráficamente información vital de los alemanes a la URSS, desde sótanos y trastiendas de comercios).

Trepper había logrado organizar desde Bruselas una extensa red de informantes que incluía todos los estamentos sociales y todos los países ocupados, y él mismo se hacía pasar por empresario proveedor para el Ejército alemán, brindando en noches de gala con el alto mando nazi tras la firma de algún contrato… El enojo y frustración de Hitler lo llevaron a reconocer (públicamente) que, en algo, eran superiores los rusos a los alemanes: en el espionaje.

La cuestión es que Trepper, aun con bajas (encarcelados sus agentes y colaboradores, torturados y amenazados sus seres queridos, obligados a actuar como “dobles agentes”, enviando datos falsos hacia Rusia –en una operación que los nazis llamaron Funkspiel–), mantiene como puede la actividad y envío de información, y cuando concurre al dentista, por una (des)afortunada combinación de informaciones que obtienen sus enemigos, van a esperarlo allí y consiguen capturarlo. Vigilado entonces las veinticuatro horas del día por la Gestapo, Trepper asombra a sus vigilantes e interrogadores comentando sus métodos de trabajo, y la profunda infiltración de la que son –vaya paradoja– víctimas, y comienza, tras simular la aceptación de su derrota, “el gran juego”. (Una década después, tras el resonante éxito que tuvo La Orquesta Roja de Perrault, quien había entrevistado al mismo Trepper para hacer su libro, el Gran Jefe también escribirá y publicará sus memorias, a mediados de la década de 1970, con el título de El gran juego.)

En este “juego” (a vida o muerte) entre Trepper y los nazis el primero saldrá triunfante: no sólo logró engañar y huir de sus captores (en una maniobra simple pero genial) sino que mantuvo el envío de informaciones bajo reclusión: incluso llegó a anticiparle a Stalin (al “enterrador de la revolución”, al “astro gemelo” de Hitler –León Trotsky dixit–) la fecha exacta del ataque alemán: el comienzo de la “Operación Barbarroja”. El Gran Burócrata ruso, inepto, cobarde, paranoico, desconfiado, desestimó el anuncio: proveniente de “borrachos o traidores” calificó la información que le llegó de Trepper. (La Orquesta Roja supo del fin del pacto nazi-soviético; incluso se aprovechaban las contradicciones y desavenencias de los generales nazis, disconformes con decisiones del líder imperial del III Reich: opinaban que era una locura –militar– pretender que Alemania mantuviera dos guerras al mismo tiempo, en los frente Occidental y Oriental…)

Tras su huida, Trepper logrará, al fin de la Segunda Guerra Mundial, regresar a la Unión Soviética. Formó fila en una oficina de reclamos y protestó por el ninguneo a sus mensajes y avisos, que tanto podrían haber cambiado los hechos y episodios de la guerra que todos conocemos. ¿Cuál fue el resultado del enojo de este auténtico luchador y patriota soviético? Diez años de cárcel, nada menos que en Lubianka.

Cuando logró salir de allí vivió en su Polonia natal, recluido, hasta que Perrault y su libro le granjearon una nueva notoriedad, y luego terminó en Jerusalén. El gran juego es un libro impresionante; una joya de la memoria militante. Cuenta Trepper que, en sus comienzos, como joven minero en Medio Oriente, lustros previos a su llegada al espionaje, llegó a organizar comités conjuntos de trabajadores judíos y palestinos (luego los gobernantes británicos lo expulsarían, teniendo que recalar en Francia). Toda su vida está relatada en ese libro, y es para destacar la evaluación que hace de los trotskistas en la URRS, a quienes conoció en la cárcel. Habla Trepper de la “revolución degenerada [que] había engendrado un sistema de terror y horror, en el que eran escarnecidos los ideales socialistas en nombre de un dogma fosilizado que los verdugos tenían aún la desfachatez de llamar marxismo”; hace un mea culpa (“Todos los que no se alzaron contra la máquina stalinista son responsables, colectivamente responsables de sus crímenes. Tampoco yo me libro de este veredicto”) y pregunta: “¿quién protestó en aquella época? ¿Quién se levantó para gritar su hastío?”. Y responde: “Los trotskistas pueden revindicar este honor. A semejanza de su líder, que pagó su obstinación con un pioletazo, los trotskistas combatieron totalmente el stalinismo y fueron los únicos que lo hicieron. En la época de las grandes purgas, ya sólo podían gritar su rebeldía en las inmensidades heladas, a las que los habían conducido para mejor exterminarlos. En los campos de concentración, su conducta fue siempre digna e incluso ejemplar. Pero sus voces se perdieron en la tundra siberiana.

Hoy día los trotskistas tienen el derecho de acusar a quienes antaño corearon los aullidos de muerte de los lobos. Que no olviden, sin embargo, que poseían sobre nosotros la inmensa ventaja de disponer de un sistema político coherente, susceptible de sustituir el stalinismo, y al que podían agarrarse en medio de la profunda miseria de la revolución traicionada. Los trotskistas no ‘confesaban’, porque sabían que sus confesiones no servirían ni al partido ni al socialismo”.

Afortunadamente, contra esa pérdida de la historia combatiente del trotskismo contra el stalinismo están, por ejemplo, los trabajos del historiador francés Pierre Broué, ya fallecido, además de la inmensidad (monumental) de libros y otros escritos, documentos y cartas que dejó el mismo Trotsky. Es para subrayar lo que dice Trepper: contra la “revolución degenerada”, “traicionada” (tal como tituló Trotsky uno de sus grandes trabajos: La revolución traicionada, de 1936), existía sin embargo “un sistema político coherente”, alternativo (socialista), el de los trotskistas, para sustituir al del totalitarismo stalinista…

Nacido en 1904 en Galitzia (hoy parte de Polonia y Ucrania), Leopold Trepper falleció en 1982. En su libro autobiográfico pretende, según afirma en el Prefacio, aliviado de no tener nada que ocultar (los –pocos– miembros que quedaban vivos de la Orquesta Roja ya no corrían peligros para ese entonces), “decir la verdad acerca de los cincuenta años de mi vida militante”.


José Manuel Lucía, cervantista, filólogo y poeta publica el libro «Los últimos días de Trotski»

* Nota aparecida hoy en el diario español ABC

LIBROS

José Manuel Lucía: «La poesía puede ser voz de muchas revoluciones»

Día 11/04/2015 – 01.33h

El cervantista, filólogo y poeta publica «Los últimos días de Trotski», un libro subyugante y originalísimo

José Manuel Lucía, poeta y filólogo, Vicedecano de la Facultad de Filología de la Complutense, y uno de los cervantistas más reputados del planeta, aún tiene tiempo de trazar de madrugada versos conmovedores y subyugantes. Como los que recoge en su nuevo libro,«Los últimos días de Trotski» (Ed. Calambur), un poemario sorpendente en el que dibuja un perfil humano y sufriente del que fuera mariscal de mariscales del Ejército Rojo y víctima entre las víctimas del terror de Stalin.

-Con todos los personajes que existen en la Historia, ha elegido versificar la vida de Trotski. Es usted un valiente.

-No crea, siento más bien que él me ha elegido a mí. Y no es presunción por mi parte. Comencé a escribir sobre él y al hacerlo me di cuenta de lo poco que sabía de Trostki, de cómo me habían servido hasta el momento los brochazos de su mito, los datos aislados y poco enhebrados de su biografía mal conocida y peor explicada. Y comencé a leer sobre él. De una manera desordenada, de una manera casi suicida, con la pasión de quien está detrás de algo. Y detrás estaba León Davídovich, el hombre, con sus sombras, sus miserias y sus grandezas diarias. Y entonces no pude dejar de escribir. Lo que iba a ser un poema ha terminado siendo un libro de poesía. En algún momento de la escritura me sentí más copista que autor. Pero ese es otro cantar, que tiene que ver mucho con la fascinación de un personaje como Trotski.

-¿Fue una revelación del tipo San Pablo camino de Damasco?

Más que una revelación fue un camino. Comenzó una mañana en México, en su casa en la calle Ávila de Coyoacán. Mientras que el guía explicaba cómo había sido asesinado en su despacho, yo me dije: «Tengo que escribir sobre este despacho, sobre el tiempo detenido en el despacho de Trotski…». Allí, encima de la mesa están sus libros, sus notas, sus citas apuntadas en el calendario, las plumas, el dactilógrafo, el busto de Lenin, sus libros… ahí estaba él, segundos antes de recibir el golpe cobarde del piolet. Y a los meses recordé aquella sensación y escribí un primer poema (el último del libro, por cierto)… y entonces comencé a darme cuenta que no era suficiente, que tenía que saber más y más… Como un buen líder, Trotski no da respuestas: te hace plantearte las preguntas adecuadas.

-Leyendo su libro, Trotski parece un héroe griego, castigado por los dioses de la represión estalinista.

-Algo de eso hay, de un héroe griego que lo ha tenido todo, incluso la soberbia de no darse cuenta de su propia caída. Trotski lo tuvo todo, estuvo al lado de Lenin y su mano era capaz de mover el destino del Ejército Rojo. Era brillante. Nadie quedaba indiferente ante su palabra, ante sus arengas. Pero fue un mal estratega en un tiempo de estrategias complejas. Pensó que en la industrial Alemania estaba el campo propicio para la revolución proletaria, y terminó triunfando en el territorio más feudal de toda Europa, Rusia. Creyó que iba a ser el sucesor de Lenin y nunca valoró en su justa medida la sombra asesina de Stalin. Y lo pagó caro. Bien caro: se quedó sin revolución, sin tierra, y sin visado. Como «planeta sin vida» fue conocido en su tiempo. ¿Qué más se quiere para construir un mito? Una muerte… pero a eso ya llegaremos.

-¿Stalin es como Zeus, pero en chungo?

-Sin Stalin, el mito de Trotski nunca se hubiera consolidado. Stalin necesitaba acabar con Trotski pues él representaba lo que la revolución comunista hubiera podido ser, lo que podría ser de no haber existido Stalin, el gris de Stalin. Y lo borró de la historia de Rusia como lo hizo de las fotografías en que aparecía junto a Lenin en los momentos previos de la Revolución. Trostki, como tantos otros héroes de la Revolución Rusa del 14, fue declarado Enemigo del Pueblo. Y a pesar de los años, a pesar de todo lo que hoy sabemos, el nombre de Trotski todavía no es pronunciado por los líderes de la antigua URSS. La sombra de Stalin sigue siendo muy alargada.

-Este Zeus, además le echó del Olimpo, en el exilio Trotski parecía Prometeo, una y otra vez subiendo la montaña de la Revolución.

-Un Prometeo con muchos rincones y esquinas. Un Prometeo con varias caras y muchas soledades. La Revolución Permanente, la Cuarta Internacional fueron sus instrumentos de lucha, de resistencia. Pero cada vez más solo. Y de nuevo la soberbia. El enfrentamiento con los compañeros europeos que no admitían su intransigencia, que temían más la sombra de Stalin y su sistema represor que los sueños revolucionarios de Trotski; la soledad que le iba alejando de todos y que no encontraba un espacio donde vivir. Turquía le termina echando, Francia le admite pero con la condición de su silencio; Noruega termina por considerarlo una persona peligrosa y convierte su casa en una cárcel… Cada vez que Trotski habla, las alarmas de la política europea se ponen en funcionamiento. Pero ni Francia ni Noruega pueden estar muy contentas de su comportamiento en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, al poder que le dieron a Hitler, que se hizo fuerte en la debilidad de las potencias aliadas. ¿Quién iba a querer a Trostki cerca, a un Trotski que era conciencia viva de su época?

-A Trotski hoy le llamarían populista y antisistema…

-Y quizás lo era… o quizás hemos perdido el valor de las palabras. Pues claro que Trotski era populista, es decir, alguien “relativo o perteneciente al pueblo”. Y claro que era antisistema, contra ese sistema absurdo que permitió que se considerara una elección democrática la subida de Hitler al poder, de los acuerdos entre Hitler y Stalin (la mayor traición a cualquier sueño revolucionario proletario). Y hoy en día se hace necesario reivindicar ser del pueblo e ir contra los sistemas.

-Además, este libro es la historia de un gran amor, el del líder del Ejército Rojo por Natalia.

-Trotski sin Stalin no hubiera podido construir su leyenda, su mito. Trotski sin Natalia no hubiera podido vivir, sobrevivir. Ella lo era todo para él porque era su sombra, era su amanecer, era su sustento porque ella creía en él, creía en su obra, en su misión… y en esa creencia ella fundó su vida y sacó fuerzas para ir viendo morir a todos sus hijos por seguir la estela del padre. Aquí sí que se puede hablar de una heroína, una verdadera superviviente.

-Pero muchas veces parece un amor a lo Neruda, «me gustas cuando callas porque estás como ausente…».

-Ella tenía claro que era la sombra de Trotski, esa sombra que parece transparente, pero que se sabe, y es, tan necesaria… Sin ese apoyo, ese apoyo en el exilio, en el encierro, en el frío de las casas que habitaron y el de un corazón como el de Trostki hecho para amarse a sí mismo, a su misión en el mundo, sin Natalia, Trotski quizás se hubiera quebrado antes de tiempo.

-¿Y qué pinta en todo esto Frida Kahlo?

-Frida era vida, la vida exuberante, la que hace volver a brotar la energía en las venas agotadas por el esfuerzo. Frida era lo prohibido y, por tanto, lo deseado: la mujer de Diego Ribera, la persona que había intercedido con el presidente mexicano Cárdenas para hacer realidad su exilio en Coyoacán; era quien había abierto las puertas y las ventanas de la Casa Azul. Pero Frida era también la coleccionista de amantes… ¿y cómo dejar escapar una pieza tan suculenta como uno de los padres de la Revolución Rusa? «All my love» se decían cuando se despedían, como adolescentes, como el adolescente que nunca fue Trotski.

-¿No será que Trotski era un poquito machista?

Quizás era una persona deseosa de amar… y de ser amado. Y a veces el amor de siempre se necesita cambiar por un amor de lejos… Pero al final, Trotski fue abandonado. Por Frida (que confiesa a una amiga que nunca tenga a un viejo de amante), por Natalia, que se siente traicionada. Y son muy interesantes las cartas que Trotski le envía a Natalia para que vuelva a su lado, y que solo desde hace unos años se conocen. Primero comienza con la lamentación y la culpa; luego sigue con el deseo sexual describiendo escenas que uno nunca pensaría que pudiera tener como protagonista a ese anciano detrás de sus gafas redondas; y termina por atacar en la parte que a Natalia le convence para volver con él: sin Natalia, sin su Natalia no es capaz de escribir.

-También era un tipo al que admiraban muchos intelectuales, como unos cuantos surrealistas, como Breton, quizá uno de los primeros en adivinar lo que era el terror estalinista, Kolimá y el Gulag.

-Una admiración de un mundo que se pensaba que estaba por construirse, que era posible soñar en revoluciones que devolvieran la esperanza a la Humanidad. Sueños convertidos en pesadillas. Trotski y Breton llegaron a escribir un «Manifiesto por un arte independiente revolucionario», en el que luego Diego Ribera estampó su firma. «La independencia del arte –por la revolución. La revolución –por la liberación definitiva del arte”. ¡Qué actuales siguen siendo todavía estos presupuestos, qué necesarios estos manifiestos!

-¿Al escribir un libro de estas características hay que guardar las distancias o hay que meterse hasta las últimas consecuencias en las tripas del personaje?

No sé cómo hay que escribir un libro así porque nunca tuve intención e hacerlo. Nació de lecturas y de una escritura desordenada, caótica que, con el tiempo, fue llenándose de luz y de orden. Lo que sí que tuve claro a medida que iba escribiendo es que se imponía la primera persona: una personalidad tan arrolladora como la de Trotski no se deja escribir desde la distancia de un narrador… solo unos pocos versos se han mantenido en la barrera del observador. El resto se han llenado de barro, de vida, de una vida que yo he imaginado. Esa vida de papel, de sueños en la que vivió el propio Trotski y que le reprocharon muchos de sus amigos y familiares.

-¿Fue Trotski un poeta frustrado?

-Como revolucionario que fue, como soñador de un nuevo mundo, como defensor del «claro y brillante futuro de la Humanidad» Trotski fue un poeta. Quizás no escribiera en verso, pero lo cierto es que la construcción de su vida es un buen poema épico. Que acaba con un último gesto grandioso, que le afianza como mito: el grito, el revolverse contra su asesino que ha dudado una décima de segundo antes de asesinarle. Ese grito, el famoso grito de Trotski, sin duda, es uno de los versos más desgarradores que nunca se hayan escrito.

-¿Han cambiado sus intenciones de voto después de escribir este libro apasionante y apasionado?

-Comencé a escribir sobre Trotski como una obsesión: la imagen del político que es coherente, fiel a sus ideas, frente a nuestra clase política –y no pienso solo en la española- que es capaz de cambiar de idea como de camisa o de restaurante. El político que es capaz de sacrificar su vida, la vida de sus seres queridos por defender sus ideas, esas ideas que mejorarán el mundo… al menos lo harán un poco mejor… pero poco a poco, también se me presentó en Trotski el intransigente, el soberbio, el que no aceptaba una crítica porque se consideraba poseedor de todas las verdades, el que no era capaz ni de escuchar a su propio hijo, que terminó muriendo solo en un hospital en París… ¿el famoso término medio? No me cabe duda de que la revolución es necesaria… pero quizás no haya que pensar en una revolución llena de líderes, de estructuras, de medios de sumisión o de comunicación, sino más bien en una revolución permanente en nuestras vidas… lejos de las estructuras del poder, haciéndolas más a nuestra imagen y semejanza y no alejadas de quienes son su razón de ser.

-Quizá es que la única Revolución en la que podemos creer es la poesía…

-Y la poesía puede ser voz de tantas revoluciones, pues, como diría el siempre admirado Cervantes, la épica bien puede escribirse en prosa como en verso… ¡hagamos el esfuerzo de poner algo más de poesía en nuestras vidas, ya que la prosa no nos está dando ningún resultado!

All my love!

¡Qué alejadas están las miradas de Frida y de Natalia!

¡Qué abismo de juventud ofrecen las pupilas incendiarias de Frida, de una Frida de

acero y de viento, y de olores nuevos, sabores que forman parte de los

sacrificios aztecas!

Natalia me mira y me siento atrapado en su mirada de siglos, de manos

compartidas y de pan escaso en las interminables noches de exilio.

Natalia me mira y me siento en su mirada tranquilo, viejo, acompasado a los años y

las costumbres compartidas.

Frida me mira y siento rejuvenecer de nuevo mi sangre revolucionaria en el

espasmo de todos mis miembros.

Frida me mira y me faltan las palabras, todas las palabras.

Por primera vez en mi vida.

Sin sangre.

Sin tinta.

No hay recuerdos, no hay penurias, solo libros compartidos y mis mensajes de

amor atrapados entre sus páginas.

Natalia me mira y me siento fuerte, de nuevo Trotski.

Frida me mira y dejo de ser yo, el viejo Trotski de ahora y me imagino a los dos

tumbados en su cama de espejos multiplicando sus caderas en mis renovados

jadeos.

¡Qué lejos estoy de las miradas de Frida y de Natalia!

Con una vivo y con la otra,

sueño.

de noche,