Feria del libro: presentación el 8/5 de las Obras Escogidas de León Trotsky

* Más información sobre este libro que se presenta en la página de Ediciones IPS, y en la del CEIP “León Trotsky”

 

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El análisis del fascismo que Trotsky hizo con el método marxista sigue vigente, dice su nieto

Presentan libro conmemorativo por el 73 aniversario luctuoso del revolucionario ruso

El análisis del fascismo que Trotsky hizo con el método marxista sigue vigente, dice su nieto
Merry MacMasters

“El tema del fascismo abordado por León Trotsky –cuando su surgimiento en Alemania– con gran precisión y profundidad mediante el análisis marxista, contrariamente a lo que muchos pudieran pensar para nada ha perdido su gran actualidad y relevancia”, expresó Esteban Volkow, nieto del revolucionario ruso, en la presentación de La lucha contra el fascismo en Alemania, dentro de las actividades conmemorativas del 73 aniversario del asesinato del dirigente perpetrado el 20 de agosto de 1940.

Coeditado por el Instituto del Derecho de Asilo Museo Casa de León Trotsky, de México, y el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones León Trotsky (CEIP), de Buenos Aires, el libro comprende una selección de textos que el revolucionario escribió sobre el ascenso de Hitler y la lucha contra el fascismo.

Volkow observó que el fascismo es la carta habitual que saca el sistema capitalista en momentos de crisis extrema para mantener su hegemonía y poder, y para ello saca a la calle todos sus aparatos de represión. América Latina ha vivido hasta el cansancio dichos regímenes que usualmente han sido encabezados por militares prestos para desempeñar dichas labores.

Testigo del crimen cometido contra su abuelo, para Volkow el CEIP es un ejemplo y una muestra de lo que debe ser el actuar de auténticos revolucionarios trotskistas: encauzar sus energías y entusiasmo hacia metas valiosas y concretas, entre ellas, educar políticamente a las nuevas generaciones víctimas del sistema capitalista al poner a su alcance el vasto arsenal ideológico para que sepan qué tierra pisan y qué rumbo deben tomar para su emancipación y liberación.

Un clásico de la literatura política

En nombre del CEIP, Jimena Vergara dijo que la lectura de los textos que conforman el volumen, parte de la colección Obras escogidas de Trotsky, es de vital importancia, no sólo por representar un análisis sociológico preciso de dicho fenómeno, sino porque integran un complejo teórico articulado con la necesidad de dar respuestas políticas inmediatas a los problemas, no sólo de la lucha contra el fascismo, sino de la revolución socialista.

Para José Antonio González de León, director del Museo Casa de León Trotsky, lugar de la presentación, la actualidad de La lucha contra el fascismo en Alemania consiste en que hay varios elementos analizados por el creador del Ejército Rojo que están vivos hoy, transformados y actualizados.

El lector encontrará que tenemos similitudes en estos años de crisis con aquellos años de crisis que explican el deterioro de un Estado que buscó arreglarse descomponiendo sus mundos sociales y políticos, al hacer intervenir grupos y organizaciones desorganizadas que podemos reconocer hoy en grupos delincuenciales.

Guillermo Iturbide, del CEIP de Buenos Aires, en una misiva enviada al acto, dijo que el presente tomo es uno de los más grandes clásicos de la literatura política del siglo XX, y que las páginas que componen el volumenfueron escritas como textos urgentes, de combate político

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* Más sobre este libro y el plan de las Obras Escogidas de León Trotsky en http://www.ceipleontrotsky.org/; y en http://edicionesips.com.ar/


Videos: presentación de las ‘Obras selectas’ de Lenin en la Feria del libro

Presentación en la Feria del Libro de las “Obras selectas de Lenin”, con Christian Castillo, Eduardo Grüner y Cecilia Feijoo. Realizada el Viernes 26 de abril, 20.30 hs. Sala José Hernández, Pabellón Rojo, Feria del Libro

* Videos de Tv PTS

 

* Ver acá fotos de la presentación.

** Ver acá reportaje a los compiladores de la obra.

*** Ver acá presentación e índices de los dos tomos.


Otro crimen social más y van… (Eduardo Grüner)

1.

Otra vez. No terminamos de procesar lo de Once, y siguen los muertos. A esta altura ya es una perogrullada decir que –si bien todos los muertos son indignantes porque son todos igualmente víctimas de la perversión del sistema- son siempre los trabajadores, los pobres, los sectores marginados y excluidos los que sufren las peores consecuencias: no solo porque son más vulnerables y están más desprotegidos por las deficiencias edilicias, la escasez de infraestructura o la precariedad (cuando no directa inexistencia) de sus servicios asistenciales; también por su carencia de recursos simbólicos, de acceso a la opinión pública, de organización social, en fin, por el hundimiento en aquello que clásicamente Oscar Lewis llamaba cultura de la pobreza . Una “cultura” que se ha terminado transformando en una verdadera “segunda naturaleza”, que les impide hacer frente adecuadamente a la “primera”, cuando esta se derrumba sobre sus cabezas, y que ninguna AUH alcanzará, y cada vez menos, a paliar. Es una consecuencia perfectamente lógica del capitalismo, desde ya: el capitalismo no es únicamente un modo de producción extractor de plusvalía, sino –como efecto multiplicado de su “base económica”- un sistema sociometabólico (como lo llama Istvan Meszarós) que afecta a la totalidad de la vidade todos los que vivimos atrapados en sus mallas, pero de manera especialmente dramática a los “humillados y ofendidos” por necesidad del sistema: desde el deterioro de las condiciones de vivienda hasta la caóticamente desigual distribución del espacio urbano, desde la peligrosidad de las redes de transporte a la sobrecontaminación del aire o la superpolución sonora, y por supuesto la insuficiencia de elementales defensas eficaces contra las inundaciones y otras catástrofes “climáticas”, los efectos de un sistema en el cual –como decía el Marx de los Grundrisse – “el hombre es apenas un medio , y el fin es la reproducción de la ganancia”, se hacen sentir de manera trágica sobre aquellos hombres y mujeres que son más medios que otros. Si hay capitalismo, no hay “catástrofes naturales”: los desastres meteorológicos también son una materia prima y un escenario de la lucha de clases. Siempre hay que estar repitiendo estas generalidades, porque siempre corren el riesgo de quedar desplazadas de la vista por las disquisiciones ad infinitum o las discusiones bizantinas (con todo el debido respeto a la exquisita cultura bizantina) a propósito de quien / es detenta / n las responsabilidades particulares e inmediatas. Pero, atención: al mismo tiempo hay que saber que, en sí mismas, son generalidades que corren su propio riesgo, inverso al anterior: el de transformarse en abstracciones verdaderas, sí, pero que terminen diluyendo en la generalización las responsabilidades particulares e inmediatas, que efectivamente existen. Las sociedades capitalistas no son todas iguales: Amsterdam, por caso, es una ciudad virtualmente construida sobre el agua, y donde llueve mucho; nunca se ha sabido que un día de precipitaciones pluviales excesivas causara medio centenar de muertos. Aquí no se trata de postular las ventajas de un mundo “primero” sobre otro “tercero”, mucho menos de afirmar que hay capitalismos “mejores” que otros –después de todo, un país de imperfectísimo “socialismo” y de desarrollo económico y tecnológico incomparablemente menor no digamos ya a Holanda, sino a la Argentina, como Cuba, ha podido capear con menos pérdidas humanas temporales y huracanes mucho peores que las lluvias de Buenos Aires o La Plata: simplemente, les importa un poco más eso que se llama “la gente”-. Pero sí se trata de decir que, si todo capitalismo es por definición “salvaje”, en el nuestro el salvajismo descontrolado de las complicidades entre las clases dominantes, el Estado y los cómicamente denominados “representantes” del pueblo y de la clase política transforma a esa entente (lo supimos siempre, lo supimos de nuevo hace poquito por Once, lo seguimos sabiendo hoy mismo) en una horda “objetivamente” –y a veces muy subjetivamente- embarcada en la siniestra serialidad de los “crímenes sociales”.

2.

Hubiera sido patético, ridículo y hasta risible –si no fuera por la abyecta obscenidad que implica en medio de otra de esas “tragedias inevitables”- ver en los medios a funcionarios del gobierno nacional, de los provinciales y / o municipales, etcétera, invocando a una climatología “imprevisible” y simultáneamente pateándose entre ellos las responsabilidades, deméritos, ineficacias o inoperancias (¿en qué quedamos?: o es igualmente imprevisible para todos, o si hubo inoperancia es que se podía prever). Desde luego que nadie pretende –sería absurdo- que admitan en voz alta que la culpa es de ese capitalismo pluscuamsalvaje que ellos encarnan a plena conciencia y satisfecha corrupción, y con el cual todos -hay grados, como siempre, pero sin diferencias de “naturaleza”, valga la expresión- se han complicado a imagen y semejanza de sus padres y abuelos (porque se trata de una auténtica tradición nacional). Ni nadie pretende –sería impensable- que confiesen públicamente que los impuestos que pagan los ciudadanos, o los dólares con los que practican una retención obsesiva-anal, lejos de invertirse en las obras de infraestructura que pudieran protegerlos mejor contra los “imprevistos”, se usen para seguir pagando (con intereses, como Dios manda) a los fondos buitres (¿se ve la extrema finura de la perversión? al igual que al obrero, no contentos con extraerle plusvalía, se le hace pagar IVA para comprar la mercancía que él mismo elaboró, al pobre tipo que le aumentaron 500 por ciento el ABL lo ahogan , literalmente, porque su dinero fue a parar a las arcas imperialistas que, mediante las correspondientes “correas de transmisión” locales, van a seguir explotando a sus parientes, a su clase, a su pueblo, a su nación). Nadie pretende –sería inconcebible- que reconozcan que la propia lógica, ella sí “inevitable”, de los ultrasalvajes negocios inmobiliarios y la especulación con las tierras urbanas de las que son socios por acción u omisión impiden -no es solo un tema de “voluntad política”- una planificación racional de las estructuras urbanas que solo sería presuntamente posible bajo el control estricto y autónomo de los ciudadanos, los usuarios y los sectores populares más “afectables”. Nadie pretende –sería ingenuo- que expliciten las conexiones (no tan) “secretas” entre este desastre “ecológico” y la “ecología” económica y política que dirige a la megaminería y el genocidio de los Qom. Nadie pretende –sería inimaginable- que se autocritiquen de estar transformando una gran tragedia nacional causada por ellos mismos (continúan las finuras perversas) en un repugnantemente mezquino tironeo para ver quién consigue mejor posición negociadora en la Sociedad de Irresponsabilidad Ilimitada que continuará sin cambios sustanciales después de las elecciones de octubre. Nadie pretende nada de eso. Y sin embargo, nada de eso se puede dejar de decir. No se puede dejar de decir que, si no bastaban los hechos sociales para dejar en claro los límites infranqueables de los múltiples “relatos” con que nos atosigan, ahora llegó la mismísima naturaleza para anegar con su furia las imposturas –queridas o no, tanto da- de unos y otros socios de la gran estafa. Con los “derechos humanos” atragantados de las aguas servidas y las miasmas de nuestras polis, ¿dirán ahora que la Naturaleza misma está entrando en Plaza de Mayo “vestida de rojo”? ¿Estarán pensando en aplicarle la Ley Antiterrorista?

3.

Ahora bien: si se me permite parodiar afectuosamente una probadamente eficaz campaña publicitaria, ¿quiénpodrá decir todo esto? Para volver al principio de esta nota: ¿quién  podrá reconectar aquellas “generalidades abstractas” con estas “particularidades concretas”, enunciando con rigor y consecuencia las articulaciones entre ambas que hagan reconocibles e irrefutables los límites “narrativos” –y desde luego fácticos- de la fina perversión que nos rodea? Respuesta obvia: Nosotros, la Izquierda. Y absolutamente nadie más. Ya sé que en estos mismos momentos se está haciendo, que partidos, organizaciones, agrupamientos están produciendo sus declaraciones y documentos en esta dirección, “más allá de sus diferencias”. Pero justamente, ante una circunstancia como la presente –así como sucedió ante Once o ante Mariano Ferreyra-, se debería estar más acá de las diferencias. Se requiere una movilización conjunta de todas las energías de la izquierda –al menos la agrupada en el FIT, si no fuera posible por ahora más amplitud- que “saque a la calle”, por así decir, esta discusión por todos los medios posibles (desde los propiamente “mediáticos” a los actos públicos, desde los manifiestos unitarios a las asambleas en fábricas, barrios, universidades, etcétera) para mostrar que, en efecto, solamente la izquierda está en condiciones de denunciar con argumentos sólidostodo lo que este nuevo episodio condensa en materia de responsabilidades tanto “coyunturales” como “estructurales”, y todo lo que significa como nueva insistencia de una materialidad siniestra que ya ningún “relato” alcanza para desviar de la vista. ¿Sería esto, además de muchas otras cosas, también una “campaña política” con vistas a octubre? Claro que sí. Solo que con la radical diferencia de que permitiría dejar nítidamente establecido que esta campaña no es por una mayor porción de la torta asesina, sino para demostrar que la única manera de que la “torta” no siga matando es cambiando de cuajo los ingredientes y, sobre todo, la receta. Que de no ser así, seguirán ocurriendo “tragedias inevitables”. Y que eso, ni un milagro del Papa nacional y popular podrá evitarlo.

***

* Artículo tomado del blog de debate del IPS “Karl Marx”.


Religiones, modernidad, radicalismo(s) (Terry Eagleton)

“Karl Marx describió la religión no sólo como el alma de una situación sin alma, sino también como ‘el suspiro de la criatura oprimida’. El auge extraordinario de la espiritualidad de la New Age en nuestros días ha sido de esa misma naturaleza. Ésta ofrece un refugio frente al mundo, no una misión para transformarlo. El suspiro de la criatura oprimida, a diferencia de su grito de ira, constituye un mero síntoma patológico de lo que está mal entre nosotros. Como el síntoma neurótico del que hablaba Freud, esta clase de fe religiosa expresa un deseo frustrado que, al mismo tiempo, desplaza. No entiende que podríamos vivir espiritualmente en cualquiera de los sentidos auténticos de la palabra simplemente con que cambiáramos materialmente. Al igual que el Romanticismo, es una reacción frente a un mundo sin corazón que se mantiene confinada en la esfera de los sentimientos y los valores. Representa, por tanto, una protesta contra una quiebra espiritual de la que no deja de ser absolutamente cómplice. Pero esa religión es, pese a todo, un síntoma de descontento, por retorcido y repugnante que pueda parecer […]

El radicalismo islámico y el fundamentalismo cristiano podrían parecer, en principio, muy distintos de esas otras formas aquí comentadas. A diferencia del Romanticismo o de la New Age, son movimientos de las masas y no sólo las doctrinas de una minoría desafecta. La religión, en este caso, no es tanto el opio del pueblo como su crack. El fundamentalismo ciertamente se propone cambiar el mundo y no se limita a guarecerse de él. Si, por un lado, rechaza los valores de la modernidad, por el otro, está perfectamente preparado para adoptar su tecnología y sus formas de organización, ya sea en el terreno de la guerra química o en el de las nuevas tecnologías. Esos izquierdistas (o ex izquierdistas) británicos que dieron su apoyo a la invasión de Irak y que, en su manifiesto de apoyo a tal medida, escribieron ‘rechazamos el miedo a la modernidad’ iban errados en dos sentidos: el islamismo no rechaza la modernidad sin más y, por otra parte (y en cualquier caso), hay mucho de esa modernidad que es perfectamente rechazable. El hecho de considerar la guerra química como un motivo de alarma no convierte a uno en un reaccionario nostálgico. Si no hay que temer algo así, cuesta imaginar qué habrá que temer entonces.

Frente a lo que condena como una cultura hedonista y relativista, el fundamentalismo cristiano trata de reinstaurar el orden, la castidad, el ahorro, el trabajo duro, la autodisciplina y la responsabilidad, valores todos ellos que el consumismo desprovisto de divinidad amenaza con erradicar. En ciertos sentidos, sus críticas contra el statu quo son bastante acertadas y eso es lo que muchos buenos liberales no están dispuestos a permitir. El capitalismo tardío engendra ciertamente una cultura  de hedonismo mecánico, obsesión con lo sexual y superficialidad moral. El problema estriba en que el fundamentalismo ofrece un remedio que, probablemente, resulta aún peor que la enfermedad. El fundamentalismo es de otro mundo en el sentido de que sus valores emanan de una fase anterior del capitalismo (la de la producción industrial), y no sólo porque sueñe con la gloria que aguarda tras este valle de lágrimas. No es tanto el suspiro de la criatura oprimida como el de la desplazada. Los fundamentalistas son, en su mayor parte, aquellos a los que el capitalismo ha dejado atrás. Éste ha sido desleal con ellos como lo será con toda persona u objeto que ya no produzca una rentabilidad”.

 Terry Eagleton, Razón, fe y revolución, Barcelona, Paidós, 2012, pp. 63-64.


Eduardo Grüner: su “balance” de 2012

Leemos en el sitio de la Agencia Paco Urondo un texto de Eduardo Grüner, sociólogo, ensayista, e integrante de la Asamblea de intelectuales, artistas y docentes en apoyo al Frente de Izquierda (FIT), a modo de respuesta a partir de una serie de preguntas que le hicieron:

1 – ¿Cuál cree que fue el tema político del año?
2 – ¿Cuál es su visión sobre la ruptura del kirchnerismo con un sector del sindicalismo (Moyano)? ¿Qué cree que expresa la división del sindicalismo en cuatro centrales (2 CGT y 2 CTA)?
3 – ¿Cómo analiza las movilizaciones opositoras (13S, 8N)? ¿Y el acto en Plaza de Mayo del 9D?
4 – ¿Qué evaluación hace de lo que es la disputa en torno a la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual?
5 – ¿Cuáles cree que siguen siendo los temas pendientes en el país?
6 – ¿Qué expectativas tiene para lo que será el escenario político en 2013?

“Decido responder (casi) todo más o menos junto, puesto que evidentemente las preguntas están combinadas, si bien “desigualmente”:

Me parece bien interesante, para empezar –, y me permito hablar respetuosamente de un lapsus – que bajo la rúbrica “movilizaciones opositoras” se pregunte por el 13S y por el 8N, pero no por el 20N. También lo es, en verdad, que se diga “la ruptura del gobierno con Moyano”, y no al revés (¿o alguien cree que un gobierno peronista no hubiera querido seguir teniendo a Moyano de su lado?). “Síntoma”, en efecto, y tal vez “denegatorio”: sencillamente, no se puede creer que una movilización de una parte de la clase obrera y los sectores populares (con los dirigentes que tienen, claro: no perdamos tiempo en aclarar lo que todos sabemos) haya mostrado su oposición a ciertas políticas económicas del gobierno. Este es, desde mi perspectiva, el “tema político del año”: justamente aquel por el cual no se preguntó. ¿Por qué? Pues porque, signifique lo que signifique desde el punto de vista ideológico-político –eso lo veremos-, es un quiebre visible de la supuesta unanimidad de esos sectores sociales en su apoyo al gobierno. Los dirigentes, todos los dirigentes, decíamos, son lo que son. Pero los reclamos eran más que justos. Por sólo mencionar uno, que después de nueve años siga existiendo el mal llamado “impuesto a las ganancias” mientras sigue no existiendo un impuesto a la renta financiera y una profunda reforma impositiva, debería ser una señal clara de cuál es esa política económica. Y voten lo que voten esos sectores el año que viene (tampoco hay tanto para elegir) han empezado a comprender que cuando los reclamos son justos no pueden ser “psicopateados” con el argumento de que se les da pasto a las fieras clarinescas, o cualquier otra falacia por el estilo, que llevada al límite implicaría que no se puede protestar ni siquiera cuando es justo, porque eso beneficia a los “enemigos” del gobierno. Que es, en definitiva, lo que dicen todos los gobiernos –con lo cual hay que concluir que hoy , este es un gobierno más , como cualquiera, aunque no igual a cualquiera, porque los gobiernos son todos distintos-. Esto último es importantísimo, me permito abundar sobre ello en lo que sigue.

En otras ocasiones hemos insistido –no solo nosotros, evidentemente- en que el elenco K, a partir de 2003, fue el que más inteligentemente percibió que –después de las críticas jornadas de diciembre de 2001 y los procesos del 2002- el sistema político argentino requería urgentemente de una normalización para que el sistema económico (capitalista, se sobreentiende) pudiera volver a funcionar. Desde ya –esa fue la mayor inteligencia de los K- eso no se podía lograr haciendo como si nada hubiera pasado. Como si Néstor Kirchner, ganador de las elecciones del 2003 en las más extremas condiciones de debilidad política, no hubiera asumido aún llevando en sus oídos la “maravillosa música” del Que se vayan todos. Hubo que hacer concesiones (a los Derechos Humanos, a ciertos sentimientos antiimperialistas de la sociedad, al enojo con las privatizaciones menemistas, a las necesidades de los sectores más desprotegidos, etcétera) que aceitaran lo más posible las tuberías de la normalización sin que la lógica básica de la recomposición burguesa se viera dramáticamente afectada. No nos metemos aquí con la cuestión de hasta qué punto esas medidas provinieron de convicciones sinceras o fueron puramente instrumentales: es muy probable que haya habido una mezcla desigual de ambas cosas, pero no podemos saberlo ni importa mucho. El hecho es que estuvieron nítidamente inscriptas en el proyecto global de normalización burguesa. Que incluye, desde luego, al 40 % -entre desocupados estructurales y trabajadores “en negro”-, que no son ninguna “anomalía”, sino la muy necesaria exclusión incluida que disciplina a los trabajadores “blancos”.

Y bien, esta normalización ha quedado hoy plenamente completada (lo que no significa decir que vivamos en un país “normal”, sea lo que sea eso) incluso en el discurso oficial, y ello gracias al “20-N”. Hasta hace un tiempo todavía alguien podía atreverse a emprender sutiles debates semióticos, retóricos, hermenéuticos o estilísticos a propósito de cuánta distancia y / o contradicción podía haber (o no) entre el “relato” K y los hechos reales (ciertamente, “hechos” como la ley antiterrorista o la de las ART deberían haber terminado de liquidar tales debates: pero la ideología, se sabe, suele tener tiempos más lentos que los hechos). Ya no. La semiótica, la retórica y el estilo de todos los funcionarios K, de la presidente para abajo, a propósito de sus críticas al “parazo” del 20N, fue unánime y monocorde: provocación, extorsión, patoterismo, cortes y piquetes que impidieron ir a trabajar a los que lo deseaban (la inmensa mayoría, se supone, o al menos el 54 %), la injusticia de hacerle semejante bolonqui al gobierno “nac & pop”, la perversidad de “hacerle el caldo gordo a Clarín”, su carácter “claramente político” –chocolate por la noticia- y via dicendo.

Y la frutilla “filosófico-política” del postre: la respuesta la daremos en las urnas, como buenos republicanos para quienes la política –esa que, ya sabemos, “retornó” en el 2003 sin que sepamos adónde se había ido- se hace una vez cada dos o cuatro años, durante los minutos que lleve poner una papeleta en la cajita de cartón (en el cuartito oscuro, “solo con su conciencia”, como quien se confiesa). En suma: exactamente lo mismo que vienen diciendo (desde 1890, por decir algo) todos los gobiernos burgueses, sin distinción –en este rubro, entendámonos- entre conservadores, liberales, radicales, militares –salvo por las urnas, claro-, centroizquierdistas, centroderechistas, nacionalpopulistas, neo-libe-conserva-pops o lo que diantres fuere, para desacreditar la poca elegancia de las manifestaciones de protesta auténticamente populares. La mayor “sutileza” que algunos se permitieron (o pudieron pergeñar) fue que las “multitudes” del 20-N eran una “bolsa de gatos” inimaginable donde convivían la izquierda revolucionaria con Buzzi, Barrionuevo y el Momo Venegas (contrachicana obvia: si nos atenemos al relato oficial, ¿la convivencia en los aparatos del Estado, no en la unidad de acción en la calle, de Cristina e Insfrán, de Kiciloff y Caló, de Abal Medina y Gerardo Martínez, y así, hay que suponer que es el colmo de coherencia y homogeneidad político-ideológica? Es muy gracioso que desde el kirchnerismo se suela fustigar a la izquierda por su “purismo utópico”, pero si la izquierda, atemperando ese “purismo”, se une en la acción -no orgánicamente, por supuesto, como hace el gobierno- con otros, entonces es “oportunista” y “se ensucia las manos” ).

Un argumento “desacreditador” contra la izquierda fue, hay que reconocerlo, bien interesante como síntoma de toda una lógica de razonamiento: ¿cómo es posible que, por ejemplo, los partidos revolucionarios se hayan dejado “dirigir” por la Sociedad Rural? ¡”Dirigir”! Un psicoanalista ahí, por favor: es otro estupendo lapsus , revelador de una incapacidad congénitamente burguesa para siquiera imaginar que la clase obrera en su conjunto –no digamos ya la petite izquierda exenta de grandes aparatajes- pueda organizar, conducir, planificar y garantizar paros y piquetes (el tema “piquetes” merecería todo un ensayo irónico: una metodología de autodefensa que la clase obrera utiliza por lo menos desde las revoluciones de 1848 o la Comuna de Paris de 1870 resulta que ahora es –se escuchó así, aunque cueste no creer en una alucinación auditiva- algo “inédito / novedoso / impensable / inaudito”). Para los sedicentes ex montoneros, combativos “peronistas de izquierda”, cultores de “la columna vertebral del movimiento”, adoradores fetichistas de la “masa sudorosa”, un paro nacional obrero y popular sólo podía ser dirigido por la Sociedad Rural, o por Buzzi, o en todo caso por Clarín, y en el mejor de los casos por Moyano y la CTA-Micheli (a quienes, al revés, el gobierno debería agradecerles que el paro no fuera aún más importante, ya que se desvivieron por mantenerlo dentro de una “razonabilidad” que no cerrara todas las vías de negociación). Los oportunistas no son la SR, Buzzi y Clarín, que se “prenden” con el objetivo espúreo de llevar agua al molino de sus tironeos intra-burgueses con el gobierno, sino ¡la izquierda!. ¿Identificación especular invertida, dijo alguien? ¿Hacía falta algo más para certificar sin vuelta atrás la plena solidez de la “normalización burguesa”, al punto de que ya ni siquiera se escamotea en los pliegues discursivos? Say no more.

Por supuesto, es una normalización fallida. Mucho se habló, en su momento, del famoso discurso de Harvard, en el que la presidente argumentó que si fuera cierto que la inflación argentina es superior al 25 %, el país estallaría. Y bien: ahí está. No es, claro, que el país haya exactamente estallado: no hay situación prerrevolucionaria, ni volvió diciembre de 2001 (aunque en cierto sentido se abre potencialmente una situación mejor a la de entonces: ya diremos algo más al respecto). Pero el gobierno, y las fracciones burguesas que él representa, están en serios problemas. Si el 8-N, por su carácter claramente “gorila” y propatronal, con una base social y unas consignas y demandas –muchas de ellas autocontradictorias- que mayoritariamente correspondían a mezquindades materiales y simbólicas propias de cierta pequeña burguesía “antipolítica” (y es por todo eso que la izquierda no tenía que hacerse presente allí), si el 8-N, decíamos, pudo todavía, con grandes esfuerzos comunicacionales, presentarse como poco más que un picnic (gigantesco, eso sí) de “señoras gordas”, el 20-N es otro cantar. No importa cuál fuera –que la hubo, y es un tema que da para discutir mucho- la utilización que una parte de la burocracia sindical y de la centroizquierda hiciera para sus propios intereses particulares dentro de la política sistémica, la gran protagonista de esa jornada fue la clase obrera , levantando reivindicaciones no sólo legítimas en sí mismas sino que tienden a poner en cuestión la lógica y la orientación del “modelo” (y es por eso que la izquierda sí tenía que hacerse presente allí, asumiendo todos los riesgos de que las operaciones político-mediáticas, especialmente las oficialistas, la presentaran como subordinada a los “sellos” burocrático-políticos –, operaciones, por otra parte, a las que la izquierda ya debería estar acostumbrada-).

Más allá de esas dimensiones materiales, hubo un potencialmente poderoso efecto simbólico: es la primera vez en nueve años que el gobierno (y las fracciones burguesas que él representa, repitamos) se ve confrontado por un paro nacional –bien “piqueteado”, para colmo- del pueblo trabajador que supuestamente es el (“¡principal!”) beneficiario del “modelo”. No es que diversos indicadores no fueran perceptibles desde antes; pero esta vez los “indicadores” salieron juntos y encarnados a bloquear calles y rutas, y eso es un primer impulso hacia el canónico “salto cualitativo”.

No es cosa, pues, de minimizar un importante síntoma de resquebrajadura de la identificación masiva que el gobierno –con mayor o menor sincero autoconvencimiento- creía que esos sectores tenían con él. Hay que anotar que este quiebre se produce a pesar de que la “macroeconomía” (en el sentido plenamente patronal) aún no registra una gran crisis, e incluso hay todavía algún resto de “colchón” para otorgar módicas concesiones si fuera necesario (quizá a inicios del año próximo se discuta el vergonzoso impuesto al trabajo –es decir, el tributo que los trabajadores deben pagar… para ser explotados- repugnantemente llamado “a las ganancias”): pero, precisamente, cuando en una situación nacional que todavía dista mucho de ser una crisis terminal (ni hablar de la comparación con el sur de Europa) se puede producir un 20-N, tiene que significar que las papas queman mucho más de lo que el “autorrelato” K se imaginaba. Tiene que significar que las “molestias” que antes sólo se toleraban de mala gana (la inflación, los impuestazos, las misérrimas jubilaciones, las inundaciones, lo que fuera) porque parecían compensadas por los beneficios del modelo ya no lo parecen tanto, y se están volviendo intolerables. Tiene que significar que ya ni siquiera las burocracias sindicales, sean más o menos pro-“K”- alcanzan para contener el agua que empieza a colarse por la grieta en la pared, ensanchando cada vez más el agujero. Y tiene que significar, en fin, que junto a los límites del “modelo” asoman cada vez más nítidos los límites de las pretensiones “bonapartistas”: cuando las papas queman, no hay lugar para la ilusión de que se las pueda reacomodar cuidadosamente, una por una, para emparejar el calorcito.

El gobierno, por cierto, ha tomado nota. Incluso de una manera un poquitín “desesperada”. Como saben los lingüistas y los semiólogos, los tonos discursivos de la enunciación forman parte del sentido de los enunciados. Ante el 13-S y aún ante el 8-N aún prevalecía el sarcasmo, la socarronería, el “gaste” a los chetos finolis que no pisan el césped. Ante el 20-N la tonalidad dominante es la rabia, la frustración, la “firmeza” defensiva / reactiva (“A mí no me van a mover con aprietes”), cuando no el reproche plañidero de los padres decepcionados por el nene desobediente (¿cómo ellos nos van a hacer esto a nosotros, que les dimos la vida, que nos sacrificamos por su futuro?). Y es que la propia composición social mayoritaria del 20-N le quitó al gobierno de debajo de los pies el felpudo “clasemediero” sobre el cual podía ironizar como se hace con un adversario despreciable –se habrá observado que en el relato “pluriclasista” K la única clase que realmente existe es la “media”: es decir, justamente aquella que no es “clase” alguna-. No es nuestra intención seguir practicando psicoanálisis al paso, pero cuesta resistir la tentación de “interpretar” esos brotes de fastidio políticamente, como la bronca, atravesada por la “herida narcisista”, del que empieza a sentir que la posibilidad del “arbitraje” estatal ya empezó a hacer agua (para insistir con las metáforas hidráulicas), y corre el riesgo de que se la tome cada vez menos en serio.

Es por todo lo anterior, y tantas otras cosas que se podrían citar, que nos atrevíamos a decir que la situación –al menos en potencia, o como plataforma de ciertas condiciones de posibilidad- es mejor que la de diciembre del 2001. Tal vez es menos espectacular, menos convulsiva, menos inmediatamente explosiva. Pero está mucho más “estructurada” : la clase obrera está más armada, ha aumentado mucho su presencia en los lugares “fijos” de trabajo, por lo tanto ha aumentado también su presencia sindical (en parte por mérito del propio gobierno, cómo no, aunque sin olvidar que la “informalización” de una fuerza de trabajo superexplotada no ha disminuido). Hay nuevas camadas de obreros jóvenes –y buena porción de los “mayores”- que, después de haber pasado por las jornadas del 2001 / 2002, y se reconozcan o no como “kirchneristas”, ya no se someten tan “automáticamente” a la patronal, a la burocracia sindical o al mismísimo Estado como antes. Y, a riesgo de ser cargosos, repitamos que el “relato” K ya no les suena tan convincente como en los buenos tiempos del primer Néstor, “a la salida del infierno”: después de casi una década, al fin y al cabo, la reiteración ritual y machacona de los argumentos comparativos (con la dictadura y el menemato, con el delarruismo o el duhaldismo, últimamente con la crisis europea) empieza a sonar como una cantilena abstracta y previsible, tediosa, vacía de sentido, mientras a las masas se les hace cada vez más evidente la asociación del gobierno con el gran capital concentrado (“nacional” tanto como externo: Barrick Gold, Monsanto, etcétera) y su subordinación a la lógica financiera global, más allá de los tironeos de siempre, o de los pataleos de un juez yanqui de cuarta categoría (que por otra parte fue rápidamente “puesto en caja” por sus patrones, lo cual no es un azar, sino una demostración de que hay que contar con el gobierno “K” para el salvataje –si todavía se puede- de las grandes finanzas globales). Las masas, hay que convencerse, viven al día: les importa ante todo lo que les pasa hoy.

En suma: el 20N, como quiera que se lo juzgue, es lo más importante de este último período, porque es un acontecimiento inaugural: se cruzó una raya, aunque sería prematuro decir exactamente hacia dónde. Pero la cosa se mueve, después de mucho tiempo en que tuvimos que tolerar el mitologema dicotómico según el cual en la Argentina sólo había “K” (= “progresismo”) o “anti-K” (= “derecha”). El 13S y el 8N, en cambio, no aportaron nada nuevo (salvo quizá, en el segundo caso, el número). ¿El 9D? Fue un acto bien masivo, sin duda es una indicación de que el gobierno sigue contando con numeroso apoyo, aunque no se puede comparar a las otras fechas: fue un acto organizado “desde arriba” por el Estado, con abundante desembolso, y con códigos mucho más “festivos” que militantes, y que además tuvo que cargar con la frustración del sobredimensionado 7D. Como sobre este último alfanumérico también se omite prolijamente toda pregunta, aclaro: no soy de los que piensan que el asunto “Clarín” carece de importancia, en una época (mundial, y no solo local) en que vivimos sometidos a lo que sin sonrojo podemos denominar fascismo mediático. (Paréntesis más o menos teórico: soy adversario del concepto “medios de comunicación”; aquí me pongo en buen marxista –en todo lo demás soy malo- y elijo decir medios de producción de contenidos ideológicos comunicables. “Medios de comunicación” alude a la esfera de distribución y consumo –es decir, al mercado -, cuando desde el capítulo I de El Capital queda claro que el secreto está en la esfera de la producción -y sus “relaciones de”-. Ahora bien, ¿estamos bien seguros de que después de tres años de seudoaplicación de la bendita Ley, y aún si se barriera bajo la alfombra a Clarín, hemos afectado en un ápice esa esfera? ¿Lo harán Cristóbal López, Vila-Manzano, Haddad? ¿Podemos decir, con una mano en el corazón, que los medios pro-“K” actúan bajo una lógica radicalmente diferente en la producción de sus “contenidos ideológicos comunicables”?). Retomo: el affaire Clarín puede ser muy importante, pero elegirlos como prácticamente el único blanco (perdón, ahora también está la “corpo” judicial) de las batallas homéricas del gobierno, ¿no es una admisión implícita de que efectivamente hemos alcanzado la plena normalización burguesa (recuerdo al pasar que todos los gobiernos burgueses tuvieron algún problema con los medios, como es lógico; a decir verdad, este fue uno de los que menos problemas tuvo… hasta el 2008)?

En fin, ¿temas pendientes? En cierto sentido, ninguno. Esto es “lo que hay”, como diría mi querido amigo Horacio González. El gobierno no tiene “faltas” que “profundizar”, porque la lógica del “modelo” es esta, y sus “límites” son necesidades de esa lógica de “normalización burguesa”. En otro sentido, por supuesto, está todo pendiente”.


La “política” de Jesús (Terry Eagleton)

“John C. Lennox ha escrito en God’s Undertaker que algunos científicos y filósofos piensan que no deberíamos preguntarnos por el motivo del universo pues, según ellos, no existe ninguno. Eso es algo en lo que, sin saberlo, coinciden con los teólogos. Si somos criaturas de Dios, es –para empezar– porque, como él existe (o deberíamos existir) por el simple placer de existir. El romanticismo radical (que, a estos efectos, incluye también a Karl Marx) planteó precisamente la cuestión de qué transformaciones políticas serían necesarias para que tal cosa llegase a ser posible en la práctica. Jesús, a diferencia de la mayoría de los ciudadanos y las ciudadanas estadounidenses responsables, no parece desempeñar trabajo alguno y es acusado en varios pasajes de ser un glotón y un borracho. Nos lo presentan como un hombre sin hogar, sin propiedades, célibe, que desdeña a sus parientes, que no tiene oficio ni beneficio, que es amigo de marginados y parias, que detesta las posesiones materiales, que no teme por su propia seguridad, que hace caso omiso a las regulaciones en materia de pureza, que se muestra crítico con la autoridad tradicional: una espina clavada en el costado de la autoridad establecida y un azote de los ricos y los poderosos. Aunque no fue un revolucionario en el sentido moderno del término, sí llevó un estilo de vida propio de uno. Parece un cruce entre un hippie y un guerrillero. Respeta el sabbat no porque sea un día para ir a la iglesia, sino porque representa una huida temporal del trabajo entendido como carga. El sabbat tiene que ver con el descanso, no con la religión. Uno de los mejores motivos para ser cristiano –como también para ser socialista– es el hecho de que no nos guste la obligación de trabajar y rechacemos toda esa espantosa idolatría del trabajo que tanto abunda en países como Estados Unidos: en las sociedades verdaderamente civilizadas, la gente no almuerza desayunos energéticos cuando aún no ha amanecido […]

La moral que Jesús predica es imprudente, extravagante, imprevisora, inmoderada, un escándalo para los agentes de seguros y un escollo para los inmobiliarios: perdona a tus enemigos, regala tu capa y tu abrigo, pon la otra mejilla, ama a quienes te insultan, haz más de lo estrictamente necesario, no te preocupes por el mañana”.

9788449326783[2]Terry Eagleton, Razón, fe y revolución, Barcelona, Paidós, 2012, pp. 28-29 y 33.