Comentarios de libros en suplemento “Radar”, de Página/12 (Bernhard, Grüner, Auerbach, Magnus)

Thomas Bernhard

La plaza de los héroes

En 1988, a cincuenta años de la entrada de Hitler en Viena y a punto ya de morir, Thomas Bernhard publicó el drama Heldenplatz, donde el suicidio de un profesor judío convoca los fantasmas del pasado y las asperezas del presente. Un Bernhard de pura cepa en lucha contra los poderes y las instituciones, que ahora vuelve en una oportuna edición en castellano.

 

Por Demian Paredes

Austria, en las décadas de 1920 y 30, fue codiciada y reclamada por el fascismo alemán. Pequeña nación alpina, su geografía y materias primas la hicieron estratégica y económicamente importante, “apetecible”, para las potencias imperialistas en Europa. El historiador Ian Kershaw, en su gran biografía sobre Hitler, consigna que en la primera página de Mi lucha, publicado en 1925, Austria aparece como objetivo: “La Austria alemana debe regresar a la gran patria alemana, y no debido a ninguna consideración económica. Una sola sangre exige un solo Reich”.Tanto la política del nazismo (el interés económico y el antibolchevismo de Göring) como su doctrina e ideología racista llevaron, en 1938 a la “anexión” (Anschluss) de Austria al Tercer Reich. Cincuenta años después, “conmemorando” aquellos hechos históricos (doscientos cincuenta mil austriacos vitoreando a Hitler cuando este llegó a Viena, el 15 de marzo), el escritor Thomas Bernhard entrega lo que será su última obra antes de morir, situada en el mismo presente de 1988: el drama Heldenplatz.

Publicada por la editorial argentina El cuenco de plata (que ha seguido de inmediato con otro libro de Bernhard, En las alturas), Heldenplatz toma y discute los tópicos preferidos-permanentes de Bernhard, sea en su teatro, en su obra narrativa o poética: la aniquilación sin remedio que persigue al ser humano,las catástrofes políticas (el fascismo, las guerras) que hunden a millones en la crisis y corroen, individuo por individuo, su existencia, su espíritu y mente. Las instituciones, de las que es enemigo acérrimo, la Iglesia y el Estado. La gran farsa que es la existencia humana y todo su sistema social-económico-político-cultural-artístico. En definitiva, desarrolla una negatividad pura y dura, completamente desesperanzada, oscura; una crítica feroz, sin compasión alguna, por el individuo y sus anhelos, la sociedad, su ideología, moral e instituciones. En 1977, en una “conversación nocturna” en su propia casa de Ohlsdorf, con Peter Hamm, Bernhard dijo que en su país “todos hablan siempre de gasear”. Hamm le dijo: “¿El cura de su pueblo habla de gasear? Eso es imposible”. A lo que Bernhard replicó: “¿Por qué? En Austria, casi todos, sin pensarlo mucho, hablan siempre de gasear. ‘Ese se le cayó a Hitler de la parrilla’ o ‘Habría que gasearlos’”.

Heldenplatz propone nada más y nada menos que un suicidio –el de un profesor judío que se vio obligado a emigrar por varias décadas, Josef Schuster– para comenzar a desarrollar la obra, en la que distintas generaciones y temperamentos discuten alrededor del muerto, recién enterrado, pero también de los vivos, los motivos o causas que pudieron haber llevado todo a tal desastre. La viuda, por su parte, tiene una enfermedad mental monstruosa: no puede dejar de oír, cuando está en Viena, por la ventana que da a la “Plaza de los Héroes” –la Hendelplatz–, a las muchedumbres vitoreando, exaltadas, al Reich aquel año 38.

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Eduardo Grüner

La imaginación dialéctica

En Iconografías malditas, imágenes desencantadas, que acaba de publicar la editorial de Filosofía y Letras, el sociólogo y ensayista Eduardo Grüner indaga en los síntomas de la cultura entendida como un campo de batalla. Un recorrido por monstruos, metamorfosis e imágenes malditas y desencantadas en un mundo de terror global.

 

El nacimiento de Venus de Botticelli
El nacimiento de Venus de Botticelli 

La editorial de la Facultad de Filosofía y Letras (EUFyL) acaba de publicar Iconografías malditas, imágenes desencantadas, de Eduardo Grüner. Allí, el sociólogo, ensayista y crítico cultural reúne y enlaza diversos trabajos entre artículos publicados e inéditos, conferencias y apuntes, intervenciones en mesas redondas, entre otros, revisados y reescritos, desarrollando diversas temáticas: teóricas y políticas, literarias e históricas, culturales y críticas. Todos con un mismo objetivo: interrogar las imágenes ante sus múltiples (re)presentaciones: pintura, cine, literatura, música.

Para Grüner, la cultura (y en especial cada obra de arte) es un campo de batalla. Una zona donde “se juega el combate por las representaciones del mundo y del sujeto, de la Imagen y de la Palabra”. De ahí la posibilidad (propuesta desde el subtítulo) de desarrollar una “política warburguiana” –a combinarse con la “dialéctica negativa” de Adorno–, a partir de algo que halla en el Atlas Mnemosyne, la colección de más de dos mil imágenes (de muy variado origen y características) que Aby Warburg organizó (“a su manera”) sobre tela negra. En el “entre”, en los hiatos, en lo inesperado del espacio “en blanco” (“en negro”, en este caso) que hay entre las imágenes –contiguas pero no unidas–, Grüner ve la posibilidad de hacer emerger nuevas lecturas y asociaciones, de permitir “el retorno de lo reprimido” y explorar así obras como las de Pasolini, Lanzmann y Antonioni, de John Cage (con la “silenciosa elocuencia” de su obra de cuatro minutos con treinta y tres segundos para piano) y, en la literatura, de Kafka y Beckett.

Tomando El nacimiento de Venus, de Botticelli –tema warburguiano si los hay–, Grüner intenta (ensaya) una “filosofía crítica de la cultura” (también llamada por él “antropología conflictiva de las imágenes”), estableciendo relaciones entre esta obra del Renacimiento y “la modernidad”. Encuentra significativo la indócil cabellera de Venus, azotada por vientos de direcciones contrarias, en una interpretación que señala la “anticipación del arte” de épocas venideras. En el mismo sentido, Goya y “El sueño de la razón produce monstruos” alude, ya desde el propio título, a las contradicciones de la “época moderna”, donde la sociedad, que se pretende apacible y estable, alberga su “otro yo”, inescindible y relegado: libros como Drácula y Frankenstein lo expresarían simbólicamente. Grüner tiene por objetivo mostrar –vía ejemplos “indirectos”, comentando distintas obras, polémicas y teorías–  que “la Modernidad consiste en esa indecisión entre el esplendor de sus sueños y el abismo pavoroso de sus monstruos”. A los monstruos ya mencionados se suma “lo kafkiano”: el bicho de La metamorfosis, y la maquinaria burocrática de El castillo; y también la “desolación” y “descolocación” humana ante el (casi) desértico páramo de Esperando a Godot –con sus absurdas y vanas esperanzas por alguien (o algo) que nunca llega. Más que “artísticas” metáforas, podrían ser –es la “trans-esteticidad” de las obras– elocuentes “síntomas” del mundo actual: una “modernidad” en la que, explica Grüner, “cuando se limpia el concepto de idealizaciones y eufemismos, quiere decir capitalismo. Y también colonialismo, imperialismo, etnocentrismo racista, genocidio organizado, y otras lindezas por el estilo”.

Crítica, discusión, polémica: tras las huellas de la Escuela de Frankfurt (Benjamin, Horkheimer, Marcuse), Grüner retoma y reactualiza los planteos de la “teoría crítica”. Hoy, bajo un régimen del “ocularcentrismo”, plantea que la “implicación mutua entre cultura y capitalismo ha creado una nueva ‘máquina’ de totalitarismo visual/informático/comunicacional”. Y que ello forma parte (activa) de nuestra diaria tragedia (“moderna”): el Terrorismo –incluyendo el que ejercen los Estados– y un nuevo fascismo. (Soportamos un “régimen de Terror” global; asistimos a un momento de “guerra civil mundial”.) Recordando una pregunta básica de Lévi-Strauss, se trata del futuro y posibilidades de la especie humana en el planeta o, como hubiera dicho un revolucionario ruso, es la catástrofe que nos amenaza y que hay que combatir.

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Erich Auerbach

Hacer historia

Por primera vez se reúnen en un volumen, ahora traducido al castellano, los textos que Erich Auerbach concibió en Turquía, al mismo tiempo y bajo circunstancias similares a la escritura de Mímesis. La cultura como política ofrece conferencias, clases y artículos que el gran romanista dedicó a temas de la guerra y la literatura y el surgimiento de las lenguas nacionales, y a autores como Dante, Maquiavelo, Voltaire y Benedetto Croce.

 

Turquía, durante la década de 1930, recibió a dos exiliados famosos: a León Trotsky, llegado de la URSS en 1929 (comenzando un largo periplo que lo llevaría de la isla Prinkipo a Francia, en 1933, como lo cuenta Jean van Heijenoort, un secretario del revolucionario ruso, en su libro de memorias De Prinkipo a Coyoacán), y a Erich Auerbach, expulsado de su país por el nazismo. En una Europa convulsionada, camino a una segunda guerra, mientras unos partían –para seguir viaje– otros llegaban: el romanista y filólogo arribó en 1935, afincándose en Estambul. Allí concibió su libro más famoso, Mímesis. Verdadero prodigio (su autor lo produjo en precarias condiciones: sin biblioteca propia, sin acceso a revistas académicas ni a ediciones actualizadas de “los clásicos”), Mímesis es un asombroso despliegue de erudición y agudeza. Como “lado B” de lo que es ese recorrido por grandes obras y autores de las principales “épocas literarias” de la humanidad (occidental y cristiana), existe una serie de trabajos más breves, paralelos, del “período turco” de Auerbach (discursos y conferencias, artículos y ensayos), que se encontraban dispersos. Reunidos por primera vez bajo el título La cultura como política: Escritos del exilio sobre la historia y el futuro de Europa 1938-1947, aparecieron en alemán hace unos años; y ahora El cuenco de plata lo traduce y publica en castellano.

Agrupados en dos grandes secciones, una desarrolla magistrales discusiones de índole histórica y sociológica en su relación con el lenguaje y la literatura (como el notable “Literatura y guerra”); la otra, consiste en el tratamiento de varios autores y de sus obras –Maquiavelo y Rousseau, Voltaire y Croce–, en distintos momentos, desde los comienzos hasta el presente de la actual “modernidad”. La cultura como política contiene indagaciones de procesos históricos (el tránsito del feudalismo al mundo burgués; la presente crisis de la guerra y la posguerra), buscando indagar la relación entre lengua y nación (y nacionalismo), y la significación que posee la literatura, más que como documento o mera “expresión” individual, como elemento actuante (en lo ideológico, político, social) en determinada situación.

El mismo Auerbach realizó estos estudios “en situación”: exiliado, pero como integrante de una institución académica. De ahí que pueda inferirse cierta polémica (o puntos de vista opuestos o alternativos) ante algunas de las medidas “modernizadoras” y tibiamente “laicizantes” del líder Mustafa Kemal Atatürk, respecto a la “lengua oficial”. O el mismo balance que hace, en tono “de funcionario”, de actividades académicas: “nuestro objetivo no es formar eruditos –como se nos reprocha de vez en cuando– ni enseñarles francés antiguo a los estudiantes. Todo lo que pretendemos es que se desarrollen conforme a las necesidades de la época”; “en el ámbito de la lengua y la literatura, ese desarrollo sólo es posible con conocimientos históricos. De lo contrario, en nuestro intento de formar expertos en lengua y literatura no habremos preparado más que un grupo de diletantes”. Pareciera que Auerbach buscara acompañar dicho proceso “modernizador” del país, ¿tal vez a modo de “contribución humanista”? En “El surgimiento de las lenguas nacionales” dice: “La tarea de los reformadores es, por un lado, darle alas al sentimiento nacional para acelerar el desarrollo de la lengua nacional, y por otro, conferir una dirección y una forma correcta a las reformas”. De ahí la importancia que da al “punto de vista histórico” en/para la “formación” de un país, principalmente ejemplificando (o aleccionando) alrededor de la biografía de “personajes célebres” de la política y la cultura, como Dante o Montaigne. A Walter Benjamin –colega y amigo, como se sabe por las pocas piezas de correspondencia rescatadas hasta el momento–, otro exiliado, le escribió en diciembre de 1936: “aquí han lanzado toda la tradición por la borda, dado que quieren edificar un tipo de Estado europeo –nacionalista turco extremo– racionalizado hasta en el más mínimo detalle. Se avanza de manera increíble e inquietantemente rápida”. A lo que agrega: “La ‘romanología’ es prácticamente un lujo y soy, entre los europeos recién contratados, el único verdadero especialista en ciencias humanas”.

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Ariel Magnus

Novela de ajedrez

En El que mueve las piezas, Ariel Magnus cruza con originalidad y destreza la pasión por el ajedrez, la guerra y la genealogía familiar en la figura de su abuelo, que llegó a la Argentina huyendo del nazismo y escribió un diario que llegará intacto al presente.

 

Por Demian Paredes

Ariel Magnus –que en su nueva novela tiene al ajedrez como un motivo central– no se mantiene fijo en ninguna casilla del tablero literario: sus libros pueden ocupar tanto una referida a las letras de las canciones de los Redonditos de Ricota como otra donde se compila determinado tema (la misantropía o el humor). Otros libros pueden ocupar la casilla “concentrados de lenguajes específicos”, como en La 31, una novela precaria y en A Luján, una novela peregrina (donde absorbe y recrea pero no mimetiza –sino más bien parodia, juega con– determinados “tipos” orales), o contar en La abuela la historia de esa mujer llegada a la Argentina, a fines de la década de 1930, sobreviviente de Auschwitz. O, también, desarrollar en clave “realismo delirante” hechos conocidos (el “caso Fosforito”, en Un chino en bicicleta), o contener una “biografía literaria” del cordobés Juan Filloy. En El que mueve las piezas, subtitulada “novela bélica”, Magnus, bajo la historia real, la que efectivamente sucedió y fue (la Segunda Guerra y los exilios de europeos hacia América; su abuelo Heinz Magnus huyendo del fascismo y posteriormente dejando un diario personal que se salteará una generación hasta llegar al nieto que no conoció) articula otras tantas historias, cada cual con su propio estatuto de realidad: las que están en Novela de ajedrez, de Stefan Zweig, en Borges (con sus paradojales juegos de infinitas “relaciones” y asociaciones entre azares y dioses que mueven las piezas de los tableros), en libros de Sonja Graf, en Cortázar, y así siguiendo. Magnus recompone la atmósfera de una Buenos Aires lejana en lo geográfico pero igualmente ligada y expectante ante la inminente guerra (siendo al mismo tiempo escenario en el que se juega otra guerra, otros combates: los de las partidas del Torneo de Ajedrez de las Naciones); entrelazando intrigas diplomáticas (políticas) con la cultura de la época y las “vivencias familiares”, vía la traducción del alemán de numerosos pasajes del diario de Heinz.

Si, como suele decirse, en la novela –como género– entra todo (o de todo), Magnus hace lo propio: acopio de materiales (los cuadernos del abuelo y otros papeles encontrados), y construye su libro desde diversas fuentes, estableciendo relaciones y asociando; leyendo, traduciendo e imaginando: aparecen y desfilan “personajes” (y sus escritos e ideas) como Ezequiel Martínez Estrada, Witold Gombrowicz –quien llegaría, también por barco como el abuelo Heinz a la Argentina, algunos años después–, Macedonio Fernández, Miguel de Unamuno, Martin Buber. Artículos de los diarios de la época, Roberto Arlt, un Renzi (aunque no el de Piglia), un periodista, Yanofsky, de Crítica, el Mirko Czentovic de la novela de Zweig… todos ellos de algún modo interactúan y conviven con los recién llegados polacos, alemanes, austriacos, judíos, con anarquistas locales. Como se ha señalado muchas veces, es la verdad de la ficción, y la ficción de la verdad, ambas dimensiones tan necesarias para el artista y su obra: tal como advierte Magnus al comienzo de su libro, este consiste en ser una ficción “de punta a punta”, aunque se base en “personajes reales”. Magnus recorre, hila su historia, pero se permite disquisiciones, proyecciones temporales (el café Rex, cercano a la zona del Teatro Politeama donde se realiza la competencia ajedrecística, donde ocurrirá a posteriori la traducción del Ferdydurke de Gombrowicz), y –en más de un caso– sorprendentes conexiones entre las informaciones y personajes con los que trabaja.

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Noé Jitrik sobre Armenia (y Trotsky y Auerbach de nuevo)

Leemos hoy al escritor Noé Jitrik en Página12:

A propósito de la pronta publicación en la Argentina de la extraordinaria autobiografía de Trotsky, Mi vida, que pude leer hace años luego de recorrer los tres volúmenes de Deutscher, se me hizo presente otro libro que leí después de éste, publicado en México, titulado De Prinkipo a Coyoacán, y cuyo autor, Jean van Eijenoort, había sido uno de los secretarios del famoso exiliado. Una constelación de textos cuyo centro, Trotsky, había vivido, exiliado naturalmente, en ese lugar, Prinkipo, de 1929 a 1933. En ningún otro lugar, desde que había sido desterrado de la Unión Soviética, había estado tanto tiempo, hasta llegar a México, donde vivió un poco menos, unos tres años, brutalmente concluidos por el asesinato. En el período turco, que consideraba, salvo el hecho de que no podía moverse demasiado, paradisíaco, terminó de escribir Mi vida y, además, infinidad de textos, cartas, declaraciones, artículos. Se debe haber dicho, y no sólo por sus fieles y continuadores sino también por unos cuantos antagonistas, que esa autobiografía es uno de los grandes textos del siglo XX. Esa estimación, que desde luego no es sólo mía, me hizo pensar en otro libro fundamental, el increíble compendio de sabiduría literaria titulado Mímesis, también producido en Turquía por otro exiliado –de 1935 a 1947–, pero por otras razones –el nazismo–, el también judío Erich Auerbach.

Dos libros de alcance e intención muy diversa pero con algo en común: en ambos casos sus autores no tenían al alcance de la mano bibliotecas y si para Trotsky eso podía ser secundario no sólo porque traía consigo ingente documentación, sino porque recordar era básico e indispensable, para Auerbach debía ser dramático porque escribía sobre libros, desde la remota Biblia hasta las novelas de las postrimerías del siglo XIX, pasando por la Edad Media, el Renacimiento y la modernidad. Me imagino que si no aceptaban esa carencia y no la desafiaban y, deprimidos, desconcertados, como muchas veces nos sucede, se entregaban a la imposibilidad, podían ser derrotados por segunda y definitiva vez.

De modo que ambos en Turquía. ¿Sería tierra de exilio? ¿Habrían sido acogidos en virtud de una política que se enfrentaba con dos colosos, Stalin, empeñado en destruir a Trotsky; Hitler, empeñado en destruir a todo judío que pisara la tierra del planeta?

No puedo saber ninguna de esas cosas, pero es más que probable que admitir a esos perseguidos fue una decisión que había sido tomada por Kemal Pashá, llamado también Atatürk, un militar que había terminado con el Imperio Otomano, instaurado una república y al mismo tiempo su dictadura perpetua, y pretendía occidentalizar y modernizar un país que había vivido en las sombras de un despotismo sin igual y que además de diversas lacras propias de un feudalismo feroz tenía en su haber el genocidio armenio, una de las tragedias más notorias de un siglo que no ahorró genocidios tan o más espectaculares como ése, una brutal matanza que sigue siendo recordada con llanto y amargura, como si se hubiera producido ayer, por todos los armenios de dentro y fuera de un país diezmado y, sin embargo, añorado y orgulloso de su identidad.

Por complejas razones y un sentido misional semejante al de otros personajes de las primeras décadas del siglo XX, como si hubiera creído o presentido que la perduración del imperio terminaría por liquidar al país –ningún imperio ha podido detener su decadencia–, Atatürk, creyendo o no en determinados valores más o menos universales, o sea los de las burguesías centrales, modernizó el país a los golpes y si recibió a esos exiliados y los salvó de la muerte quizá fue para instalar una imagen humanitaria que no parece poder sostenerse a la luz de hechos muy concretos y que atañen específicamente a Armenia. Los argumentos armenios, que no cesan de formularse, que se apoyan en esos hechos, parecen conmovedoramente convincentes y los que suelen esgrimir los turcos al exaltar la figura de Atatürk, fundador y creador de todas las cosas, se desvanecen. Por empezar, la palabra Atatürk, que Kemal se aplicó, quiere decir “jefe” o “líder” o “führer” o “caudillo”, lo cual no deja de ser significativo y un primer indicio de que los armenios no dejan de señalar: Kemal como un nazi de segunda categoría, o sea, nada de democracia, sino todo lo contrario. Y a partir de ahí una catarata de argumentos demoledores: no sólo participó como militar en el genocidio del año 15 sino que, de una manera u otra, cuando se convirtió en presidente perpetuo, la suerte de los armenios siguió estando echada; no sólo inició la perdurable tradición –continuada hasta hoy día– de no reconocer que hubo un genocidio, sino que tampoco enjuició a los responsables seguramente no porque el genocidio no existiera sino porque, de una u otra manera, el genocidio prosiguió y aun de una manera indirecta fue reivindicado: lo prueba el mausoleo que se le erigió al principal actor de la masacre, el siniestro Talaat Pashá.

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Turquía: 1929-1933; 1935-1947 (Noé Jitrik)

El doctor Kien, personaje principal de Autodafe, la novela de Elías Canetti que le valió el Premio Nobel, es sinólogo, lo mismo que el doctor Albert, personaje secundario de “El jardín de senderos que se bifurcan”, narración de Borges incluida en Ficciones. La novela de Canetti es del ’31, el cuento de Borges del ’41, pero no creo que haya entre ambas ideas acerca de la profesión de los respectivos personajes nada más que una semejanza, a ambos les debe haber resultado atractiva esa curiosa especialidad tal vez porque en ambos casos se trata de bibliotecas. El doctor Kien tiene una muy impresionante, lo mismo que el doctor Albert: el tema, la biblioteca, promete una infinitud, y en la cultura china es insondable y los libros que la recogen son múltiples. Borges, es notorio, asimila la biblioteca al laberinto, pero también la imagina como modelo del mundo y, se podría añadir, como destino: basta recordar su primer empleo, en una biblioteca modesta, y luego, en la Nacional, una mucho mayor, de vastos anaqueles y de resonancias incesantes. Canetti no va tan lejos en su novela, simplemente vincula la obsesión bibliotecaria con una curiosa idea de alienación. Y en eso consiste su relato: el doctor Kien es expulsado de su casa, y de su precisa biblioteca, por una mujer terrible pero, en su kafkiano vagar, se lleva en la cabeza todos sus libros.

Me quedo ahora sólo con esta imagen: tener en la cabeza todos los libros. Pero, aparte del doctor Kien, ¿quién puede lograrlo? Y, más aún, ¿qué ocurre cuando se quiere escribir y no se tiene ni siquiera los necesarios, no ya todos, para hacerlo? En ese caso se apela, no hay otra posibilidad, a la memoria que, salvo el doctor Kien, no puede aspirar a una totalidad (es el caso del común de los mortales); el escritor, entonces, extrae de ella, modestamente, algo, no mucho, de lo que le ha quedado. Así, pues, renunciando a la imposible totalidad, la literatura toma esos restos, los utiliza y los transforma y con ellos, modestamente, ha logrado sin embargo memorables obras.

Escribir sin libros para consultar cuando se intenta mostrar datos o emitir juicios: el historiador no podría hacerlo, el escritor sí. Hay casos. Uno muy notorio es el de Sarmiento que, exiliado en Chile, careciendo de documentos y de libros apeló a tradiciones orales, a informaciones epistolares y, por supuesto, a los libros que guardaba en su memoria, los llevaba consigo en su cabeza no tan obsesivamente como el doctor Kien pero más o menos; el resultado, como es notorio, no se resiente de esa falta y, al contrario, rinde un lleno que todavía permite pensar y disfrutar. Eso es Facundo, un texto tan vibrante, tan pletórico de vida que nos hace dejar de lado ese aspecto, aunque a uno de sus más distinguidos críticos, don Valentín Alsina, se le ocurrió mencionarlo y aun calificarlo. Pero hay más casos.

Creo observar una coincidencia, que me parece evidente entre León Trotski y Erich Auerbach, dos despojados de sus bibliotecas y teniendo notoriamente que trabajar con ellas. Ambos exiliados en Turquía, el primero por las maquinaciones de Stalin a partir de 1929, el segundo por el antisemitismo de Hitler, hacia 1935. Trotski permaneció hasta 1933, Auerbach hasta 1947, aceptados y hasta protegidos por el legendario Kemal Pashá, apellidado Atatürk, primer presidente y fundador de la República, que había modernizado Turquía y había occidentalizado un poco por la fuerza, pero de manera duradera, los restos del Imperio Otomano que tenía en su haber el genocidio de los armenios ejecutado pocos años antes así como diversas derrotas militares. No poco mérito el de Atatürk, pues recibir a Trotski implicaba desafiar a Stalin, aunque seguramente éste no dejó de presionar hasta lograr, como ocurriría luego en Noruega, que el bolchevique emigrara, y a Hitler que, en pleno apogeo, empezaba a arrojar a los judíos a los cuatro vientos, cuando lograban escapar, o a los campos de concentración cuando no.

Pero la vigorosa occidentalización que Atatürk había promovido y logrado no había alcanzado todavía a las bibliotecas, de manera que para seguir en sus proyectos ambos debieron recurrir a las que habían abandonado, o sea a su memoria, y con ello debían arreglarse. ¡Y cómo lo hicieron! Auerbach escribió entre 1943 y 1945 Mímesis y Trotski terminó Mi vida poco después de llegar, pero luego siguió escribiendo infatigablemente. Como lo recuerda Gabriel García Higueras en el prólogo a la nueva edición, argentina, de Mi vida, para escribirlo, así como sucedió en Alma Ata, la imposibilidad de recurrir a bibliotecas y archivos lo llevó a indagar en sus archivos, a activar su correspondencia –notoria es la carta que le envía a su primera mujer pidiéndole que ella a su vez recuerde– y, por supuesto, él mismo recordó.

Ambos libros, acerca de cuya importancia no hay mucho que añadir, fueron publicados casi enseguida. El de Trotski, en alemán, en 1929 y en varios idiomas, ruso, francés, inglés y en español, al año siguiente. El de Auerbach en 1946 y, muy pronto para estas cosas, en español en 1950 en México.

Se sabe bastante acerca de la persona Trotski y del papel histórico que le tocó desempeñar, lo cual, unido al hecho de la persecución de que fue objeto –implacable y hasta su asesinato– permite comprender por qué su autobiografía fue tomada tan pronto; poco acerca de la persona Auerbach, salvo que fue un prominente filólogo cuyos trabajos sobre el Dante, previos al exilio, le habían valido reconocimientos acordes con los rigurosos parámetros científicos de la universidad alemana, antes de ser devastada por el monomaníaco asesino: vivió en Estambul, trabajó en la universidad, y en 1947 emigró a los Estados Unidos. Su realidad es su libro, un impresionante recorrido por toda la literatura occidental, desde los primitivos griegos hasta los naturalistas del siglo XIX, articulado por la idea de la “representación” y sus variantes y evoluciones: imprescindible.

En cuanto a cómo vivió cotidianamente e incluso cómo compuso ese libro, que en sí mismo es un símil de la biblioteca, tal como la pensaba Borges, carezco de información: quizá la modestia universitaria, el silencio del estudio, el ruido de los estudiantes y, sin duda, el resplandor de los restos de los diversos pasados del Asia Menor, que eso es Turquía. Y no mucho más. Lo contrario de Trotski.

Instalado en la isla de Prinkipo, a orillas del Mar de Mármara, que en ese momento era algo así como un limitado paraíso: “No hay teatros ni cinematógrafos. Los automóviles están prohibidos. ¿Hay muchos lugares como éste en el mundo? Nuestra casa no tiene teléfono. El rebuzno del asno es un sedante para los nervios. Ni por un instante se puede olvidar que Prinkipo es una isla, porque el mar se ve desde la ventana y no hay lugar desde donde no se le vea”, escribe Trotski a modo de despedida según cita García Higuera. Un ideal para un intelectual que no tuviera que tener precauciones, pero él debía tenerlas, o que se hubiera propuesto la gigantesca tarea de recuperar el sentido inicial que había tenido esa Revolución traicionada. La isla es hoy un centro turístico, la casa que Trotski habitó, descrita por Van Eijenoort (Con Trotski: de Prinkipo a Coyoacán, de 1979), uno de sus secretarios más duraderos, es difícil de ubicar pero ahí está, melancólicamente abandonada y semi en ruinas, aunque todavía subsiste el sendero que Trotski seguía para ir a pescar, seguido por sus perros.

Valga la coincidencia entre dos escritores instalados en la historia del siglo XX: un mismo lugar en un momento muy particular de un país cambiante, una severa limitación de recursos para proseguir una obra, dos libros imprescindibles, una paralela causalidad de exilio y, lo esencial, la pérdida de la biblioteca y su compensación en una memoria fiel y obsesiva.

Pero de una manera u otra, de todos estos rasgos uno es determinante: el exilio, o sea el principio de las carencias. Cómo se lo vive en relación con la tarea es lo fascinante del asunto o, dicho de otro modo, en términos más altisonantes, el cumplimiento de un destino o de una misión. Algunos –es el caso– lo han enfrentado; otros se dejaron ganar por la pérdida, quizá no tenían biblioteca para guardar en la cabeza, quizá no tenían escritura para realizar sin ella. Deriva caprichosa, tema abierto, da para conjeturas y exclamaciones. Pero a algo se aproxima, no lo sé muy bien.

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-202620-2012-09-05.html