La ¿eterna? búsqueda de la revolución

Se estrenó, con demora, la nueva película de Nemesio Juárez

“En la película están planteados sin ninguna exageración algunos de los problemas que tuvo la Revolución de Mayo. […] Sobre la Revolución de Mayo y fundamentalmente sobre Castelli, sobre ciertos aspectos de Moreno, como su Plan de operaciones. Hubo siempre un cono de sombras arrojado desde la historiografía oficial, desde Mitre, y no del todo revelado desde el revisionismo histórico. […] ni siquiera estos días agitados del Bicentenario, donde positivamente se instó a revisar la historia; yo creo que tampoco se enfocó sobre estos personajes y los problemas de la Revolución de Mayo y la luz que pueden traer al presente”

Nemesio Juárez, entrevista de septiembre de 2010

Esta película de Nemesio Juárez se basa en la novela homónima de Andrés Rivera. Estrenada tras varios años de espera, lamentablemente es exhibida en un solo cine porteño, mientras que otras están en decenas, como en su momento Belgrano. ¿Será porque hay, en el INCAA y el gobierno, alguna preferencia por versiones menos crudas y contradictorias de nuestro “proceso independentista”? El propio Juárez explica los condicionantes económicos: “llevó tiempo [hacer la película] porque un proyecto de este tipo no es fácil de encarar […] el cine argentino, por diversas razones (económicas, ideológicas, etc.), no es entusiasta para afrontar un cine histórico. […] desde el punto de vista económico, el cine se ha ido reduciendo cada vez más a la posibilidad de contar con un crédito del instituto (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales) […]. Vos con 700.000 pesos no podes plantear una película histórica. Podes plantear una película en época actual, sin mayores problemas de vestuario, sin problemas de locaciones, más o menos contenida en cuanto a la cantidad de espectadores, al tema”.

La película es interpretada por Lito Cruz en el papel principal de Juan José Castelli: “el orador de la revolución”, junto a Luis Machín, Ingrid Pelicori y Juan Palomino, entre otros/as.

Juárez debió adaptar al lenguaje cinematográfico esta obra literaria, sumando escenas que no aparecen en la novela, como una forma de dar “nueva carnadura” a esta historia de la revolución de 1810. (La novela es una suerte de soliloquio: un largo y poéticamente reiterante monólogo donde Castelli reflexiona, se lamenta, se exalta, ambiciona, llora y ríe, por escrito, al calor de las aventuras y desventuras políticas y personales que le tocó vivir, a la par que un cáncer le pudre la lengua.) Juárez recupera diálogos y parlamentos completos de la novela, cosa que ha sido criticada –injustificadamente– en algunas reseñas, ya que sería una “apuesta arriesgada”(?). De conjunto es una buena adaptación, acompañada con cierta imagen “de serie televisiva” (hay abundantes interiores) y una buena dinámica; solventes actores y un tema siempre presente: las penas de los hombres (y mujeres), sus ideales (sus ansias de libertad y cambios), y las posibilidades (o no) de concretarlos.

En este sentido película y novela dejan en claro los límites de aquella “gesta de patriotas” que, en 1810, cambiaron a un amo (España) por otro (Inglaterra), obteniendo cierto nivel de “libertad política”… a cambio de caer en el dominio económico de la potencia imperialista en apogeo entonces. Por algo Castelli (quien fusila al realista Liniers, quien arenga en nombre de la Primera Junta a los pueblos originarios en pos de libertad e igualdad al cumplirse el primer aniversario del 25 de mayo en Tiahuanaco, en Alto Perú), “ala jacobina” de este proceso, dirá con amargura: “somos revolucionarios sin revolución”; es decir, importantes políticos (agitadores, organizadores, cuadros militares) sin clases sociales “sustanciales” que se puedan sumar al proceso.

Pero también la película hace de la revolución un tema (del) presente. Juárez lo plantea: “esta película nos permitía intentar hacer una reflexión sobre los revolucionarios de cualquier momento, de cualquier etapa de la historia, aun del sesenta. Porque los grandes temas que se plantean en la película, son los temas que seguramente se plantearon todos los revolucionarios de todas las épocas […] en todo el mundo. […] La idea era que estos hombres no son de un pasado remoto, son hombres que vivieron hace 200 años, que pueden ser nuestros tatarabuelos. La intención era traerlos al presente, convertirlos en hombres de carne y hueso como nosotros, no próceres”.

Así las intenciones del realizador coinciden con las del autor de la novela. Tal como se dijo en la Feria del libro, al presentarse Conversaciones con Andrés Rivera, de Lilia Lardone y María Teresa Andruetto, Rivera nos brinda la “metáfora de una batalla ideológica desde el punto de vista de los derrotados”. ¡Y qué metáfora! La crea no sólo con La revolución… y toda su “serie” referida al siglo XIX (Ese manco pazLa siervaEl farmerEl amigo de Baudelaire), sino con toda su obra de las tres últimas décadas (recordemos que, con otro tipo de escritura y militando en el PC –del que sería, cosa nada rara, expulsado por lo que escribía y cómo–, Rivera publica desde 1957).

Nada que perderEl verdugo en el umbralLa lenta velocidad del corajeEstaqueadosPara ellos el paraíso, por nombrar algunos títulos entre decenas, nos brindan la posibilidad no sólo de acercarnos a las revoluciones y grandes luchas “modernas”, sino también a una tradición y a un “discurso” que el neoliberalismo de las décadas de 1980-90 pretendía hacer desaparecer. Es allí donde la letra del escritor, “desde el punto de vista de los derrotados”, se hace potente, subversiva: recuperando –muchas veces desde su “historia familiar”– los hechos de la Europa de comienzos del siglo XX: el pogrom y la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa de 1917 y la degeneración stalinista; las “guardias blancas” en Argentina y las huelgas obreras; el peronismo y su burocracia sindical; las dictaduras militares y el (siempre) nefasto rol del PC. Con todo eso, Rivera fue a contracorriente de la ideología neoliberal del “fin de la historia” y los “grandes relatos”, poniendo en primer plano a los trabajadores y sus dirigentes: desde Lenin y Trotsky, pasando por el histórico Guido Fioravanti, hasta “el petiso” Páez y “goyo” Flores, del Cordobazo.

Rivera, con –aunque parezca un oxímoron- una gran potencia lacónica, con crudeza y agudos destellos poéticos, recrea y nos ofrece personajes del bando de los humillados y ofendidos… y también del de los poderosos y asesinos: ver “Country” o Cría de asesinos, por ejemplo. Y allí están, entonces, los combates, triunfantes y victoriosos, junto a las derrotas, para que desde nuestro presente podamos seguir interrogándonos acerca de la revolución… recuperando su pasado, en pos de su futuro.

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La revolución es un sueño eterno está en el Cine Gaumont: Rivadavia 1635, a las 14.35 y 20.50, todos los días, con una entrada a 8 pesos.


Hablando en la radio…

Estuve el sábado pasado en “Pateando el Tablero” (que se emite por FM La Boca), haciendo una reseña de la película La revolución es un sueño eterno, de Nemesio Juárez, basada en la novela de Andrés Rivera.

Acá pueden ir a escuchar el audio. Y acá pueden estuchar a Lucía Feijoo, historiadora e integrante del IPS “Karl Marx” y de la Asamblea de intelectuales, docentes y artistas en apoyo al FIT.

Y acá pueden escuchar todos los programas, informes y especiales, así como las actualizaciones “entre-semana” que suele haber.

Abajo el trailer de la peli.


La revolución (a veces) es un film eterno…

Leemos en Página/12 hoy:

–¿El hecho de que el film no sea una reconstrucción literal le dio libertad para hablar de otras cosas más allá de la Revolución?

–Trabajamos sobre una idea de que la historia es imposible de ser reconstruida. Todo trabajo artístico o cinematográfico sobre la historia es una mirada desde el presente sobre esa historia. Es imposible mantener una absoluta objetividad con la historia y frenar la propia subjetividad que es parte de nuestra contemporaneidad.

–A la vez tampoco es una biografía…

–Tampoco. Creo que en ese sentido coincidimos en el abordaje de Castelli. Tomamos la historia desde el punto de vista indicial. Cuando se puso a manejar el proyecto Rey Lear, Peter Brook vio todas las películas históricas que podía. Y llegó a la conclusión de que si uno reconstruye la historia al detalle, es decir escenográficamente, con vestuarios, con utilería, etcétera, cae en un pintoresquismo tal que el espectador va a perder de vista lo esencial. Para nosotros lo importante era ubicar a estos hombres, llamados “próceres”, para acercarlos lo más posible a lo que son los hombres comunes; pero con una salvedad y una diferencia: estos hombres están motivados por ideales y ponen sus vidas al servicio de esos ideales, acortando la distancia entre los ideales y la acción.

–Antes que hablar específicamente de la Revolución de Mayo, ¿esta película profundiza en el debate filosófico acerca de qué significa ser revolucionario, entonces?

–Seguro. Ese es uno de los objetivos. En ese sentido, también es indicial. La película permite hablar y plantear conflictos y contradicciones de tipo ideológico y, a la vez, tratar de abordar cuáles podrían ser las cualidades de esos revolucionarios, distinguiéndolos también entre sí, en el convencimiento de que esas cualidades están implícitas en todo revolucionario que intenta cambiar las realidades y los órdenes sociales injustos. En ese sentido, Castelli fue la pasión revolucionaria. No fue solamente “el gran orador”, sino la pasión revolucionaria y el hombre que, de todos ellos, más acortó la distancia entre los ideales y su propia vida. El convirtió su cuerpo en la combustión para concretar esos ideales, con una inflexibilidad y con una consecuencia que, según suponemos, pensaba que era indispensable para que esos ideales se concretaran en la realidad.

* Es Nemesio Juárez, acerca de La revolución es un sueño eterno, de Andrés Rivera, llevada al cine.

Yo vi una avant premiere en la Feria del libro en el 2010, así que aprovecho para dejar abajo la reseña que hice para el semanario La Verdad Obrera.

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Avant premiere en la Feria del libro

De combates, sueños y revoluciones

¿Qué nos faltó para que la utopía venciera a la realidad? ¿Qué derrotó a la utopía? ¿Por qué, con la suficiencia pedante de los conversos, muchos de los que estuvieron de nuestro lado, en los días de mayo, traicionan la utopía? ¿Escribo de causas o escribo de efectos? ¿Escribo de efectos y no describo las causas? ¿Escribo de causas y no describo los efectos? Escribo la historia de una carencia, no la carencia de una historia.

Andrés Rivera, La revolución es un sueño eterno

Entre las actividades que se hicieron en la Feria del Libro, se realizó la avant premiere de “La revolución es un sueño eterno”, dirigida por el conocido Nemesio Juárez1, y basada en la novela del mismo nombre, de Andrés Rivera –y que le valió el Premio Nacional de Literatura–.

Más de 120 personas –incluyendo al director, al propio Rivera y varias actrices y actores– colmaron la pequeña carpa blanca (la Sala de la Revolución de Mayo), y la gente tuvo que ver la película de pie o sentada en el piso. Cuando la proyección terminó se aplaudió mucho y luego Rivera se mostró muy conforme y dijo que seguramente la película “hará historia”. La misma se estrenará –por falta de financiamiento– a fines de julio/principios de agosto.

La difícil tarea de traducir una obra literaria al lenguaje fílmico salió muy bien, y con conocidos actores (Juan José Castelli interpretado por Lito Cruz; Belgrano por Luis Machín; Mariano Moreno por Adrián Navarro y Monteagudo por Juan Palomino, entre otros). La música es de José Luis Castiñeira de Dios.

Desde la figura de Castelli, “el orador de la revolución”, como personaje principal, la película sigue el hilo de la novela, que transcurre entre los acontecimientos pre y pos 25 de mayo de 1810. Y muestra a las claras las contradicciones de un proceso de revolución en la periferia del capitalismo: muchos “patriotas de mayo” querían cambiar al amo español en decadencia –en esos momentos atacados por una Francia bonapartista– por otro en pleno desarrollo: Inglaterra. Castelli –representante de la Primera Junta en el Alto Perú– será uno de los integrantes del “ala jacobina” que, sin base social ni plan económico alguno, tendrá que vivir las contradicciones del complejo proceso del siglo XIX.

Castelli se peleará con la iglesia en las jornadas de 1810; intentará llevar adelante las ideas del “iluminismo” francés, por medio de la igualdad entre negros esclavos, criollos e “indios” (dirá que todos “somos hermanos”); y denunciará la avaricia económica de la naciente burguesía –de base rural– en Buenos Aires y pueblos del interior. El “voluntarismo” de este protagonista de un proceso de revolución política, de independencia de la corona española, dirá entonces: “Somos oradores sin fieles, ideólogos sin discípulos, predicadores en el desierto. No hay nada detrás de nosotros; nada, debajo de nosotros, que nos sostenga. Revolucionarios sin revolución: eso somos. Para decirlo todo: muertos con permiso. Aun así, elijamos las palabras que el desierto recibirá: no hay revolución sin revolucionarios”.

Lo único que no logra la película es reflejar la apertura original que hay en la novela. Mientras que la película se cierne a un guión en función de “película histórica”, Andrés Rivera abre las puertas para pensar, tras las contradicciones y fracasos del “proceso independentista”, la revolución moderna, la del siglo XX y hoy, la del XXI.

Por medio del pasado histórico –como ha hecho con varias novelas más, como La sierva2, El farmer o Ese manco Paz– Rivera nos habla siempre de un “presente reciente”. Cuando le hace decir a Castelli “Hombres como yo han sido derrotados, más de una vez, por irrumpir en el escenario de la historia antes de que suene su turno. Esos hombres, que fueron más lejos que nadie, en menos tiempo que nadie, ingresaron al mundo del silencio y la clandestinidad: esperan que el apuntador les anuncie, por fin, que sus relojes están en hora”, está hablando no sólo de 1810, sino también de la Revolución rusa de 1917, que fue un gran “adelanto” para la lucha de los trabajadores y pueblos del mundo a poco de iniciarse el siglo XX, en medio de los horrores de la Primera Guerra Mundial. Rivera habla también de los procesos revolucionarios del siglo XX, y de la degeneración burocrática stalinista del primer Estado obrero, al que se opuso León Trotsky y la IV Internacional, cuando dice “En esas desveladas noches de las que te hablo, pienso, también, en el intransferible y perpetuo aprendizaje de los revolucionarios: perder, resistir. Perder, resistir. Y resistir. Y no confundir lo real con la verdad”.

En definitiva, tenemos una suerte de summa de sueños e historia, basada en el gran objetivo, en la verdad, de una nueva revolución (proletaria).

NOTAS

1 – Nemesio Juárez tiene una larga trayectoria como documentalista. Participó en el Noticiero de la CGT de los Argentinos (1968) y fue parte del “cine militante” trabajando con el Grupo Cine Liberación y el Grupo Realizadores de Mayo. De allí surgió Argentina, Mayo 1969: los caminos de la liberación. Puede verse en Tv PTS un reportaje del programa “Dimensión documental” (http://www.tvpts.tv/spip.php?video=348). Su hermano, Ernesto Juárez, también cineasta y documentalista está desaparecido; en abril de este año el director de Cazadores de utopías, David Blaustein, ha estrenado Fragmentos rebelados, sobre la obra y actividad de Ernesto.

2 – Ver nuestra reseña a la reedición de La sierva en http://www.pts.org.ar/spip.php?article14190