Fredric Jameson: elogio y crítica a la Escuela de Frankfurt; dialéctica entre “alta cultura” y “cultura popular”

“[…] considero de máximo interés el análisis que hace la Escuela de Frankfurt acerca de la estructura mercantil de la cultura de masas. Si más adelante propongo una forma algo diferente de considerar el mismo fenómeno, no es porque sienta que su enfoque se ha agotado. Al contrario, apenas si hemos comenzado a extraer todas las consecuencias de tales descripciones, y no digamos formular un inventario exhaustivo de modelos variables y de otras características –además de la reificación mercantil– en cuyos términos tales artefactos podrían ser analizados.

Lo que resulta insatisfactorio de la posición de la Escuela de Frankfurt no es su aparato negativo y crítico, sino más bien el valor positivo del cual este último depende, o sea la valorización del tradicional arte alto modernista como locus de cierta producción estética ‘autónoma’, genuinamente crítica y subversiva. En este punto, la obra posterior de Adorno (así como La dimensión estética, de Marcuse) señala un retroceso respecto de la evaluación dialécticamente ambivalente del logro de Arnold Schoenberg formulada en La filosofía de la música moderna: lo que se ha omitido en los juicios posteriores es precisamente el descubrimiento fundamental de Adorno de la historicidad, y en particular del irreversible proceso de envejecimiento de las más grandes formas modernistas. Pero si ello es así, entonces la gran obra de la alta cultura moderna –ya se trate de Schoenberg, Beckett o aun el propio Brecht– no puede servir como un punto fijo o un criterio eterno con el cual medir el status ‘degradado’ de la cultura de masas. Por cierto, algunas tendencias en la producción artística reciente –el hiper-realismo o el foto-realismo en las artes visuales; la ‘nueva música’ al estilo de Lamonte Young, Terry Riley o Philip Glass; textos literarios posmodernistas, como los de Pynchon–, fragmentarias o todavía no desarrolladas, sugieren una creciente interpenetración entre la cultura alta y la de masas.

Por todas estas razones, me parece que debemos repensar la oposición entre alta cultura y cultura de masas, de manera tal que el énfasis en la evaluación al que tradicionalmente ha dado lugar, y el que comoquiera que el sistema binario de valores opere (la cultura de masas es popular y por lo tanto más auténtica que la alta cultura, la alta cultura es autónoma y por consiguiente es cabalmente inconmensurable con una degradada cultura de masas) tiende a funcionar en un reino intemporal de juicio estético absoluto, sea reemplazado por un enfoque genuinamente histórico y dialéctico de esos fenómenos. Tal enfoque exige que consideremos la cultura alta y la de masas como fenómenos objetivamente relacionados y dialécticamente interdependientes, como formas gemelas e inseparables de la fisión de la producción estética bajo el capitalismo. En ésta, la etapa tercera o multinacional del capitalismo, el dilema del doble criterio de la alta cultura y la cultura de masas sin embargo se mantiene, pero ha dejado de ser el problema subjetivo de nuestros propios criterios de juicio para convertirse en una contradicción objetiva que tiene sus propios fundamentos sociales.”

 

IMAG0866Fredric Jameson, Signaturas de lo visible, Bs. As., Prometeo, 2012 (ed. original 1992), pp. 48 y 49.


Videos: presentación de las ‘Obras selectas’ de Lenin en la Feria del libro

Presentación en la Feria del Libro de las “Obras selectas de Lenin”, con Christian Castillo, Eduardo Grüner y Cecilia Feijoo. Realizada el Viernes 26 de abril, 20.30 hs. Sala José Hernández, Pabellón Rojo, Feria del Libro

* Videos de Tv PTS

 

* Ver acá fotos de la presentación.

** Ver acá reportaje a los compiladores de la obra.

*** Ver acá presentación e índices de los dos tomos.


Fotos: presentación de las ‘Obras selectas’ de Lenin en la Feria del libro

La importancia de la reedición de la obra de Lenin

Con la Sala José Hernández del Pabellón Rojo de la Feria del Libro llena, se presentó la reedición de la obra de Lenin. Una presentación a cargo de Eduardo Grüner, Christian Castillo y Cecilia Fijoo, la compiladora. Esto se realizó el viernes 26 de abril de 2013 a las 20.30hs.

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Fotos: Romina Vermelha
Contacto: tvptsfotos@yahoo.com.ar

* Link a todas las fotos: https://www.facebook.com/media/set/?set=a.496674013715414.1073741900.447915911924558&type=3


Presentación e índices de las ‘Obras selectas’ de Lenin

NOTA PARA LA PRESENTE EDICIÓN

 

tapas_lenin_final_tomoIPresentamos estas Obras selectas de Lenin en dos tomos: una recopilación de textos y discursos imprescindibles a la hora de conocer y abordar la obra de uno de los más importantes revolucionarios marxistas del siglo XX. Pretendemos con estas Obras selectas, junto al reciente lanzamiento de las Obras escogidas de León Trotsky, hacer llegar al público en general, y a las nuevas generaciones de trabajadores y jóvenes, los textos de los grandes marxistas clásicos.

Lenin lleva aproximadamente dos décadas de estar casi “desaparecido”, fuera de los emprendimientos editoriales, fuera del “mercado” de la palabra escrita, calumniado por biógrafos liberales y conservadores; demonizada su figura como “representación” de la dictadura estalinista y atacada por la “nueva izquierda”… que en sus prácticas políticas nada han traído de “nuevo”. Sin embargo, Lenin también ha tenido, en este nuevo siglo, algunas pocas y nuevas ediciones. En 2001 se realizó en Alemania un simposio en torno a

las relecturas de sus escritos desde nuestra época, que fueron publicados en Lenin reactivado[1]. También se han publicado biografías, como la de Jean-Jacques Marie, o interesantes investigaciones de aspectos de su vida y obra como la de Philip Pomper en El hermano de Lenin[2]. Las presentes Obras selectas, junto a las nuevas publicaciones sobre Lenin, muestran el atractivo que aún posee su figura a la hora de pensar una alternativa al sistema capitalista.

Y es que hay –teniendo en cuenta la crisis económica internacional del capitalismo– un potencial regreso de las ideas del revolucionario ruso; fantasma que evidentemente asusta al historiador reaccionario Robert Service, quien se ha tomado muy en serio la tarea de “terminar de asesinar” a los revolucionarios del siglo XX. El peligro para este está en la posibilidad de que “se pueda volver a invocar su memoria” “en las muchas partes del mundo en que el capitalismo provoca graves problemas sociales. Lenin no está del todo muerto, al menos aún no”[3].

La presente selección de escritos de Lenin pretende entonces aportar al surgimiento de un genuino interés en su obra, partiendo de la actualidad que tiene la herencia leninista allí donde (re)surge la necesidad de orientar y potenciar la acción de los explotados hacia el combate contra el orden político y social capitalista.

Queremos ofrecer una recopilación de textos que, a contrapelo de toda falsificación estalinista, de toda propaganda amansada y toda resignación frente al presente político, permita al lector responderse la pregunta con la cual comienza nuestro primer tomo: “¿A qué herencia renunciamos?”. ¿Debemos renunciar a lo mejor de la experiencia que expresó Lenin, por la cual se apostó, se luchó y se padeció? ¿Acaso la derrota que provocó que la revolución y el Estado basado en los sóviets de trabajadores, campesinos y el pueblo que surgió de ella, del cual Lenin fue uno de sus artífices, se transformara en su contrario, en un Estado “totalitario” dirigido por una casta burocrática, justifica esta renuncia? Adelantando nuestra respuesta, con Lenin decimos que no solo “no renunciamos a esta herencia”, sino que también “refutamos los recelos” de muchos de aquellos que han renunciado a la misma. También decimos con Lenin que no guardamos “la herencia como los archiveros conservan los viejos documentos”, sino que lo hacemos porque hoy es vital para el análisis crítico del capitalismo, la lucha de clases y el programa y la organización necesaria para la lucha de los trabajadores y los explotados.

En las últimas décadas, de reacción liberal y restauración conservadora, se atacó uno de los aportes más significativos de Lenin como político marxista. Con él surgió y se desarrolló una nueva concepción (que el lector podrá apreciar a lo largo de los presentes tomos) de la práctica política: la necesidad de una organización, de un partido capaz de conservar las energías y potenciar la lucha de los explotados y los oprimidos; de potenciarla “según todas las reglas del arte” por parte de “personas cuya profesión sea la actividad revolucionaria”[4]. Y esa profesión a la que apostamos junto con Lenin, la revolucionaria, es hoy la más combatida, denigrada y malentendida, no sin ocultas e interesadas razones. Al hacerlo artífice del régimen de partido único y de la dictadura totalitaria, deporte preferido de académicos liberales, conservadores y también de radicales libertarios, autonomistas y “posmarxistas”, se evita abordar verdaderamente al sujeto Lenin, sus combates, y el significado real de su herencia para el marxismo.

Como decía Trotsky frente a este tipo de posiciones: “El error de este razonamiento comienza con la identificación tácita del bolchevismo, de la Revolución de Octubre y de la Unión Soviética. El proceso histórico, que consiste en la lucha de fuerzas hostiles, es reemplazado por la evolución abstracta del bolchevismo. Sin embargo, el bolchevismo es solamente una corriente política. Aunque estrechamente ligado a la clase obrera, no se identifica con ella. En la URSS, además de la clase obrera existen más de cien millones de campesinos de diversas nacionalidades; una herencia de opresión, de miseria y de ignorancia. El Estado creado por los bolcheviques refleja no solamente el pensamiento y la voluntad de los bolcheviques, sino también el nivel cultural del país, la composición social de la población, la influencia del pasado bárbaro y del imperialismo mundial no menos bárbaro. Representar el proceso de la degeneración del Estado soviético como la evolución del bolchevismo puro, es ignorar la realidad social, pues considera uno solo de sus elementos aislándolo de una manera puramente lógica. Basta con llamar a este error elemental por su verdadero nombre, para que no quede nada de él”. Y luego agregaba: “Evidentemente el estalinismo ha ‘surgido’ del bolchevismo; pero no surgió de una manera lógica, sino dialéctica; no como su afirmación revolucionaria, sino como su negación termidoriana. Que no es una misma cosa”[5].

Más allá de este tipo de críticas es claro que su presencia como político revolucionario del siglo XX no puede ser ignorada. El escritor austriaco Stefan Zweig, en su libro llamado, nada menos, Momentos estelares de la humanidad, relata la vuelta de Lenin a Rusia luego de la revolución de febrero de 1917. Exiliado en Zúrich después de 1905, Lenin retorna junto a otros militantes a su país. Escribió Zweig: “El tren se puso en movimiento hacia Gottmadingen, la estación fronteriza alemana. Eran las tres y diez. Y el mundo cambió brutalmente de horario. Millones de obuses destructores habían sido arrojados en el curso de la guerra mundial. Los ingenieros continuaban inventando las armas más pesadas, las más poderosas y las más devastadoras. Pero ningún obús fue más devastador y más decisivo que este tren, con su cargamento de revolucionarios, los más peligrosos y más decididos del siglo, este tren, que de la frontera suiza se lanzaba entonces a través de toda Alemania hacia Petrogrado y se preparaba para hacer explotar el orden de los tiempos”. En Rusia se entrelazaban el hambre, la miseria y la desesperación de la guerra con las esperanzas eléctricas de la revolución. Una vez en la estación Finlandia, “los reflectores instalados en las fachadas de las casas y en el castillo se concentran sobre él, y desde aquel coche blindado dirige su primer discurso al pueblo. Bulle animadamente el gentío por las calles. Ha comenzado el ‘ciclo de diez días que conmovieron el mundo’. El proyectil ha dado en el blanco, ha destruido un imperio y cambiado la faz del mundo”.

 

* * *

 

La revolución socialista y Lenin junto con ella pasaron por los momentos más gloriosos y seductores, así como por los más terroríficos y violentos. Según el historiador Arno Mayer estas son las “dos caras contrapuestas” de una revolución. Y toda revolución social abre una dinámica propia que es relativamente “autónoma” y condicionada[6]. Trotsky, en el exilio mexicano, analizando esta dinámica abierta, poco antes de ser asesinado por un militante estalinista, escribió: “A pesar de las medidas de represión a las que fue necesario recurrir bajo la presión de circunstancias extraordinarias, la Revolución de Octubre impuso un cambio radical en las relaciones sociales en favor de los intereses de las masas trabajadoras. En cambio, la contrarrevolución estalinista dio inicio a conmociones sociales que van en el sentido de transformar el orden social soviético en beneficio de una minoría privilegiada de burócratas termidorianos”[7]. Lo que quedaba de ese Estado gobernado por una “minoría privilegiada de burócratas” se derrumbó estrepitosamente, desacreditado frente a las masas, luego de 1989, en Rusia. Pero “el carácter de los levantamientos de 1989-91 y sus consecuencias sólo puede comprenderse como el último acto de un largo proceso de revoluciones políticas derrotadas que sacudieron los países de Europa del Este, combinado con retrocesos importantes de la clase obrera occidental ante el avance de la ofensiva neoliberal”[8]. Primero fueron los combates de la Oposición de Izquierda, dirigida por Trotsky (y muchos de los mejores militantes comunistas), que culminaron con su expulsión y exilio en 1928; luego las grandes y represivas conmociones del “Gran Terror” estalinista de los años 30; luego vinieron los levantamientos de obreros y campesinos de Berlín, Hungría, Polonia, Checoslovaquia (sólo por nombrar algunos), que plantearon el antagonismo existente entre esa “minoría privilegiada” y las masas obreras y campesinas. Sólo la derrota de los mismos, junto con el agotamiento económico y el cerco capitalista (lo que demuestra lo

utópicamente reaccionario que fue y es plantear el “socialismo en un solo país”), preparó “el último acto” que fue 1989-91: la implosión de la burocracia, en medio de movilizaciones de masas, sin perspectiva revolucionaria.

En síntesis: el aplastamiento de los procesos de “revolución política” por parte de burocracias estalinistas nacionales, en sus diferentes variantes, estuvo en la base de este enorme retroceso de la revolución y dejó planteada la enorme actualidad de los últimos combates de Lenin contra la burocratización del Partido Bolchevique y la continuidad de esta batalla por parte de Trotsky, que lo llevó, en 1938, a fundar la IV Internacional.

La recopilación que presentamos en estos tomos intenta aportar a esta tarea de retomar la herencia del marxismo revolucionario.

 

* * *

 

Los textos reunidos atraviesan el largo camino trazado entre “dos revoluciones”: la de 1905, con sus “Jornadas revolucionarias”, hasta la de 1917, con sus “Tres crisis”. Además, recopilan las huellas de la lucha por forjar esa organización de hombres y mujeres “expertos en las artes de la política revolucionaria” en “¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento”. El lector podrá descubrir en estos textos la definición de cuál es la alianza de fuerzas que permitiría a Rusia derribar la autocracia; según Lenin, la alianza de los obreros con los campesinos –y no con la burguesía liberal, como proponían los mencheviques–, así como la fundamentación de los métodos insurreccionales frente a las tendencias “pacifistas” en el debate plasmado en “Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática”. Podrá sumergirse también en los duros y francos debates de tendencias y fracciones entre los emigrados luego de la derrota de la revolución de 1905, momento de retroceso y reacción, cuando el zarismo desbarata palmo a palmo las “libertades” que se había visto obligado a otorgar frente a las masas insurrectas. Podrá leer los debates que Lenin lleva adelante contra aquellos que proponían la liquidación del trabajo ilegal del Partido, debate reflejado en “Algunas fuentes de la actual discrepancia ideológica”. O leer las discusiones que Lenin realiza contra la fracción izquierdista en “La fracción de los partidarios del otzovismo y de la construcción de Dios”.

A través de los textos que componen el primer tomo el lector verá desarrollarse la pelea de Lenin por forjar una nueva internacional revolucionaria: la III Internacional. Podrá analizar el cambio en la situación política de las masas, el nuevo ascenso de luchas obreras que se va desarrollando con ímpetu, analizado por Lenin en “El desarrollo de las huelgas y las manifestaciones callejeras”. Podrá ver los giros bruscos que produjo la Primera Guerra Mundial y la ubicación del marxismo frente a la misma en “La bancarrota de la II Internacional”.

Verá los interrogantes que abre la guerra cuando Lenin debate con el programa de Rosa Luxemburg, encarcelada en Alemania por su oposición a la guerra, en “El programa militar de la revolución proletaria” y propone “a la guerra como a la guerra”: a la guerra entre los “bandidos imperialistas”, la guerra civil del proletariado y las masas contra la burguesía. Podrá leer el aún controversial ensayo con el cual Lenin buscó dar una respuesta a los cambios que se estaban produciendo en el capitalismo del siglo XX en “El imperialismo, etapa superior del capitalismo”, con el que sentó las bases para la explicación de la nueva época de crisis, guerras y revoluciones que, con sus diferentes etapas, llega hasta nuestros días.

En los textos que dan inicio al segundo tomo el lector podrá adentrarse en el ambiente de energías liberadas, de impaciencias, posibilidades y peligros que abrió la revolución de febrero de 1917. Leer el combate de los “diez días que conmovieron al mundo” a partir de las “Tesis de abril”, cuando Lenin combate las posiciones sostenidas por los llamados “viejos bolcheviques” confluyendo, de hecho, con las tesis de la revolución permanente sobre la mecánica de la revolución que Trotsky había formulado a partir de las lecciones de la Revolución rusa de 1905[9]. Podrá seguir el curso de las crisis, avances y reflujos del calendario revolucionario a través de su intervención en el “I Congreso de los Sóviets de diputados obreros y soldados”, pasando por las “Tres crisis” y observando “El comienzo del bonapartismo”. Podrá “retirarse” y seguir a Lenin, ahora nuevamente en la clandestinidad, y leer sus tesis sobre una nueva organización estatal transitoria, sin Ejército permanente y sin burocracia, en la que hasta una cocinera pueda ser responsable de la administración del nuevo Estado, así como su gran anticipación de las contradicciones a las que se tendría que enfrentar el partido revolucionario al tomar el poder del Estado durante la transición, en “El Estado y la revolución”.

El lector podrá preguntarse entonces junto con Lenin: “¿Podrán los bolcheviques mantenerse en el poder?”. El instante de peligro que significó esta decisión, derrocar al Estado de la burguesía, puede apreciarse leyendo su llamado urgido contra la mayoría de sus compañeros del Comité Central del Partido Comunista (bolchevique), cuando sólo era apoyado por militantes como Trotsky y Sverdlov y las masas que protagonizaban el “auge revolucionario del pueblo”. En esos momentos les decía: “La historia ofrece pocos momentos como estos para los revolucionarios”, “es ahora o nunca”. Podrá el lector entonces adentrarse y sumergirse luego en la plenaria de aquella tensa madrugada que cambió la “historia universal”, cuando se votó “El decreto sobre la paz”, “El decreto sobre la tierra” y la “Resolución sobre la creación de un Gobierno obrero y campesino”.

El lector podrá sentir el empuje y las esperanzas puestas en la extensión de la revolución internacional y de esa “nueva” democracia de los trabajadores que estaba surgiendo frente a la catástrofe económica y la guerra en sus “Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado”. Podrá observar cómo Lenin, al inicio de la guerra civil rusa, no teme hacerles llegar una “Carta a los obreros norteamericanos” para decirles que es necesario “aplastar la resistencia de los capitalistas” y “recurrir a la violencia”, pero a la violencia de los explotados y oprimidos y no de esa “minoría” de capitalistas que se basa en ella y sólo la recusa si la utilizan “los de abajo”. También el lector tendrá la posibilidad de sopesar la importancia que Lenin dio a los problemas de la revolución internacional leyendo “El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo”, donde debate dura pero fraternalmente con sus compañeros de la III Internacional la necesidad de no “repetir mal” las lecciones del bolchevismo, de buscar y descubrir las particularidades de la lucha de clases de cada nación y aprender de las formas a través de las cuales el partido y la revolución avanzan.

Podrá evaluar el lector en los textos seleccionados los avances del nuevo Estado y de la sociedad de transición, el análisis de la situación, en cada momento, de las fuerzas en pugna. Podrá entonces seguir los textos que muestran nuevas encrucijadas, cuando la derrotar militar del antiguo régimen se ha conquistado pero persisten las dificultades de un Estado obrero en condiciones de aislamiento, rodeado de “enemigos” para nada “imaginarios”, con un atraso cultural heredado de siglos de absolutismo y con una devastación económica por la guerra externa e interna. Podrá analizar entonces los “giros” en la situación y la “retirada estratégica” que Lenin propone en la “Nueva Política

Económica” (NEP), cuando plantea la necesidad de que el Estado de los trabajadores refuerce su alianza con los campesinos e introduzca elementos de “capitalismo de Estado”. Hacia finales del segundo tomo encontrará entonces los textos en los cuales Lenin ya entrevé el peligro en esa “podredumbre” que es “nuestra burocracia, tanto de los sóviets como del Partido en el nuevo Estado”, como afirmó en “Mejor poco, pero mejor”. Finalmente, tendrá la chance de ahondar en el último de sus combates leyendo su “Testamento”, escrito en 1922 y ocultado por la dirección oficial… ¡hasta 1956!

Cuando las manifestaciones del décimo aniversario de la revolución (1927) se desplegaron por las calles de la URSS, el eco de sus últimas palabras fue recogido por los militantes de la Oposición de Izquierda: “Remover/desplazar a Stalin”.

 

* * *

 

Sobre el origen de los textos

La presente edición se realizó a partir de una selección de las Obras Completas editadas desde la URSS y publicadas en nuestro país por la Editorial Cartago. La primera edición –como señala Jean-Jacques Marie en su biografía sobre Lenin– fue un conjunto de treinta y cinco volúmenes, que en la época de Jruschov se elevaron a cincuenta y cinco (ya que se reintegraron artículos y fragmentos ocultados); por ello utilizamos esa segunda edición “jruschoviana”.

Debido a la manipulación constante de que se ha hecho de los trabajos de Lenin según conveniencias políticas, por parte del stalinismo, en los presentes volúmenes hemos optado por despojar a los textos de la enorme cantidad citas de los editores, dejando solamente las del propio Lenin, y agregando nosotros las indispensables.

Cada tomo tiene índices que podrán ayudar al lector: uno de conceptos, organizaciones y abreviaciones; otro de publicaciones. En el Tomo dos encontrará además un índice de pequeñas biografías y una línea de tiempo con dos entradas: una se refiere a la vida de Lenin y al accionar del Partido Bolchevique; la otra indica los acontecimientos históricos más importantes en el mundo y en Rusia.

Al final del segundo tomo hay también un listado bibliográfico que da cuenta de los materiales utilizados como referencia para estas Obras selectas y que sirven a modo de “guía de lectura sugerida” para profundizar en torno a Lenin.

 

* * *

 

La presente edición estuvo a cargo de un equipo conformado por Cecilia Feijoo, Valeria Foglia, Demian Paredes y Julio Patricio Rovelli.

Estos tomos no podrían haberse publicado sin la colaboración de Gabriel Piro, Sabrina Chirico, Valeria Rios, Analía Cabral y Lucía Feijoo.


[1] Lenin reactivado, Budgen, Kouvelakis, Zizek (eds.), Madrid, Akal 2010.

[2] Lenin, Jean Jacques Marie, Madrid, POSI, 2011; El hermano de Lenin, Philip Pomper, Barcelona, Ariel, 2010.

[3] Lenin. Una biografía, Robert Service, Barcelona, Siglo XXI, 2001.

[4] Ver “¿Qué hacer…” en el Tomo uno de la presente edición.

[5] “Bolchevismo y estalinismo. Sobre la cuestión de las raíces teóricas e históricas de la IV Internacional” (1937), León Trotsky, Escritos 1929-1940 (versión digital), en http://ceipleontrotsky.org/

[6] Les Furies, 1789-1917. Violence, Vengance, Terreur, Arno J. Mayer, París, Fayard, 2002.

[7] Stalin, León Trotsky, México D.F. Juan Pablos Editor, 1973.

[8] Ver “La actualidad del análisis de Trotsky frente a las nuevas (y viejas) controversias sobre la transición al socialismo”, Claudia Cinatti, Bs. As., revista Estrategia Internacional N.° 22, 2005.

[9] Ver al respecto La teoría de la revolución permanente (compilación), León Trotsky, Bs. As., Ediciones IPS/CEIP “León Trotsky”, 2011.

***

 

Índices

 

Tomo uno (1898-1916)

 

Nota para la presente edición

 

Breve índice de conceptos

 

Índice de periódicos y publicaciones

 

¿A qué herencia renunciamos?

 

Sobre las huelgas

 

¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento

Prefacio

I. Dogmatismo y “libertad de crítica”

II. La espontaneidad de las masas y la conciencia

de la socialdemocracia

III. Política sindicalista y política socialdemócrata

IV. Los métodos artesanales de trabajo de los economistas

y la organización de los revolucionarios

V. Plan para un periódico político destinado a toda Rusia

VI. Conclusión

Anexo: Intento de fusionar Iskra con Rabocheye Dielo

 

Jornadas revolucionarias

 

Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática

Prólogo

I. Una cuestión política urgente

II. ¿Qué nos brinda la resolución del III Congreso del POSDR

sobre el Gobierno provisional revolucionario?

III. ¿Qué es la “victoria decisiva de la revolución

sobre el zarismo”?

IV. La república y la abolición de la monarquía

V. ¿Cómo “impulsar la revolución hacia adelante”?

VI. ¿Desde dónde amenaza al proletariado el peligro

de verse con las manos atadas en la lucha contra

la burguesía inconsecuente?

VII. La táctica de “eliminar a los conservadores del Gobierno”

VIII. La tendencia de Osvobozhdenie y la de la nueva Iskra

IX. ¿Qué significa ser el partido de la oposición extrema durante la revolución?

X. Las “comunas revolucionarias” y la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado

XI. Breve comparación de algunas resoluciones del III Congreso del POSDR y de la Conferencia

XII. ¿Disminuirá el alcance de la revolución democrática si la burguesía le da la espalda?

XIII. Conclusión. ¿Nos atreveremos a vencer?

Epílogo: Otra vez la tendencia de Osvobozhdenie, otra vez la tendencia de la nueva lskra

 

Huelga política y lucha callejera en Moscú

 

Sobre la reorganización del Partido

 

La organización del Partido y la literatura partidaria

 

Nuestras tareas y el Sóviet de Diputados Obreros. Carta a la redacción

 

Enseñanzas de la insurrección en Moscú

 

Prólogo a la recopilación En doce años

 

Marxismo y revisionismo

 

La fracción de los partidarios del otzovismo y de la construcción de Dios

 

Algunas fuentes de la actual discordancia ideológica

 

El sentido histórico de la lucha interna del Partido en Rusia

 

Desarrollo de las huelgas revolucionarias y de las manifestaciones callejeras

 

Comunicado y resoluciones de la reunión de Cracovia del Comité Central del POSDR con funcionarios del Partido

 

La bancarrota de la II Internacional

 

Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo

 

El programa militar de la revolución proletaria

 

El imperialismo, etapa superior del capitalismo (Ensayo popular)

Prólogo a la edición rusa

Prólogo a las ediciones francesa y alemana

I. La concentración de la producción y los monopolios

II. Los bancos y su nuevo papel

III. El capital financiero y la oligarquía financiera

IV. La exportación de capitales

V. El reparto del mundo entre asociaciones de capitalistas

VI. El reparto del mundo entre grandes potencias

VII El imperialismo como etapa particular del capitalismo

VIII. El parasitismo y la descomposición del capitalismo

IX. Crítica del imperialismo

X. Ubicación histórica del imperialismo

 

 

Tomo dos (1917-1923)

 

tapas_lenin_final_tomoIIBreve índice de conceptos

 

Índice de periódicos y publicaciones

 

Las tareas del proletariado en la actual revolución (Tesis de abril)

 

Cartas sobre táctica

 

El doble poder

 

Las tareas del proletariado en nuestra revolución (Proyecto de plataforma del partido proletario)

 

La guerra y la revolución (Conferencia pronunciada el 14 (27) de mayo de1917)

 

I Congreso de los Sóviets de Diputados Obreros y Soldados de toda Rusia

 

¡Todo el poder a los sóviets!

 

Tres crisis

 

¿Dónde está el poder y dónde la contrarrevolución?

 

Sobre las consignas

 

El comienzo del bonapartismo

 

El Estado y la revolución. La teoría marxista del Estado y las tareas del proletariado en la revolución

Prólogo a la primera edición

Prólogo a la segunda edición

I. La sociedad de clases y el Estado

II. La experiencia de 1848-1851

III. La experiencia de la Comuna de París (1871). El análisis de Marx

IV. Continuación. Aclaraciones complementarias de Engels

V. Las bases económicas de la extinción del Estado

VI. La vulgarización del marxismo por los oportunistas

VII. La experiencia de la revolución rusa de 1905 y 1917

 

Acerca de los compromisos

 

Proyecto de resolución sobre la situación política actual

 

Los bolcheviques deben tomar el poder (Carta al Comité Central y a los comités del POSDR(b) de Petrogrado y de Moscú)

 

El marxismo y la insurrección (Carta al Comité Central del POSDR(b))

 

La catástrofe que nos amenaza y cómo luchar contra ella

 

¿Podrán los bolcheviques mantenerse en el poder?

 

II Congreso de los Sóviets de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos de toda Rusia

I. A los obreros, a los soldados y a los campesinos

II. Informe sobre la paz

III. Palabras finales luego del debate del informe sobre la paz

IV. Informe sobre la tierra

V. Resolución sobre la creación de un Gobierno obrero

y campesino

 

Proyecto de decreto sobre el control obrero

 

Carta a los obreros norteamericanos

 

La revolución proletaria y el renegado Kautsky

Prólogo

Cómo Kautsky convirtió a Marx en un vulgar liberal

Democracia burguesa y democracia proletaria

¿Puede haber igualdad entre el explotado y el explotador?

Defender que los sóviets no se conviertan en organizaciones del Estado

La Asamblea Constituyente y la república soviética

La Constitución soviética

¿Qué es el internacionalismo?

Subordinación a la burguesía con el pretexto de un “análisis económico”

Anexo I. Tesis sobre la Asamblea Constituyente

Anexo II. El nuevo libro de Vandervelde sobre el Estado

 

I Congreso de la Internacional Comunista

Discurso en la inauguración del Congreso

Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado

Discurso de Lenin sobre sus tesis

Resolución relativa a las tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado

 

La III Internacional y su lugar en la historia

 

Economía y política en la época de la dictadura del proletariado

 

El “izquierdismo”, enfermedad infantil del comunismo

I. ¿En qué sentido podemos hablar de la importancia

internacional de la revolución rusa?

II. Una condición esencial del éxito de los bolcheviques

III. Etapas principales en la historia del bolchevismo

IV. ¿En la lucha contra qué enemigos dentro del movimiento

obrero creció, se fortaleció y se templó el bolchevismo?

V. El comunismo “de izquierda” en Alemania.

Los dirigentes, el partido, la clase, las masas

VI. ¿Deben trabajar los revolucionarios en

sindicatos reaccionarios?

VII. ¿Debemos participar en los parlamentos burgueses?

VIII. ¿Ningún compromiso?

IX. El “comunismo de izquierda” en Inglaterra

X. Algunas conclusiones

Apéndice:

I. La división de los comunistas alemanes

II. Los comunistas y los independientes en Alemania

III. Turati y Cía. en Italia

IV. Conclusiones erróneas de premisas correctas

V. Carta de Wijnkoop

 

Discurso de clausura del X Congreso del Partido Comunista ruso

 

III Congreso de la Internacional Comunista

Informe sobre la táctica de la Internacional Comunista

Informe sobre la táctica del Partido Comunista de Rusia

 

La Nueva Política Económica y las tareas de las comisiones de educación política. Informe en el II Congreso ruso de Comisiones de Educación Política

 

Carta al Congreso (“Testamento” de Lenin)

 

Cómo debemos reorganizar la Inspección Obrera y

 

Campesina (Recomendación al XII Congreso del Partido)

 

Mejor poco, pero mejor

 

Nuestra revolución (A propósito de la notas de N. Sujanov)

 

Breve cronología de la vida de Lenin

 

Breve índice biográfico

 

Bibliografía de consulta


El arte: “reflejo”, trabajo, transformación (Terry Eagleton)

“[…] tanto para Lenin como para Lukács, el verdadero conocimiento no es entonces una cuestión de impresiones sensoriales iniciales: se trata más bien de ‘un reflejo más profundo y completo sobre la realidad objetiva que el de la apariencia’, sostiene Lukács. En otras palabras, se trata de una percepción de las categorías que subyacen a dichas apariencias, categorías reveladas por la teoría científica o por las grandes obras de arte (según Lukács). Esta es sin duda la versión más reconocida de la teoría del reflejo, pero no es muy seguro cuánto lugar ocupa el ‘reflejo’ en ella. Si el pensamiento puede llegar hasta las categorías que subyacen a la experiencia inmediata, entonces la conciencia es claramente una actividad, una práctica que trabaja sobre esa experiencia hasta volverla verdadera. No está claro qué sentido tiene seguir hablando de ‘reflejo’. Lukács quiere entonces mantenerla idea de que la conciencia es una fuerza activa: en su obra más madura sobre estética marxista, concibe la conciencia artística como una intervención creativa sobre el mundo más que un mero reflejo de él.

León Trotsky sostiene que la creación artística es ‘una deformación, una alteración y una transformación de la realidad según las leyes particulares del arte’. Esta excelente formulación, tomada en parte de la teoría de los formalistas rusos de que el arte consiste en el extrañamiento de la experiencia, modifica cualquier noción simple del arte como reflejo. Pierre Macherey lleva la posición de Trotsky aún más lejos. Para Macherey, el efecto de la literatura es esencialmente deformar más que imitar. Si la imagen coincide punto por punto con la realidad (como en un espejo), entonces es idéntica a ella y deja de ser una imagen. El arte barroco, que presupone que cuanto más nos distanciamos del objeto, más fiel será su imitación, es para Macherey el modelo de toda actividad artística; la literatura es esencialmente paródica.

Podría decirse entonces que la literatura no se encuentra en una relación simétrica, refleja, uno a uno con su objeto. El objeto se encuentra deformado, refractado, disuelto: reproducido menos en el sentido en que un espejo reproduce a un objeto que en la manera en que una performance dramática reproduce un texto dramático o, si puedo arriesgar un ejemplo más aventurado, en la forma en que un automóvil reproduce los materiales de los que está hecho. Una performance dramática es claramente más que un reflejo del texto dramático; por el contrario (y especialmente en el teatro de Bertolt Brecht), es la transformación del texto en un producto único, que implica su reelaboración de acuerdo con las demandas y las condiciones específicas de la performance teatral. Igualmente, sería absurdo decir que un automóvil ‘refleja’ los materiales que intervienen en su construcción. No existe dicha continuidad uno a uno entre esos materiales y el producto terminado, porque lo que ha intervenido entre ellos es un trabajo de transformación. La analogía es, por supuesto, inexacta, puesto que lo que caracteriza al arte es el hecho de que, al transformar sus materiales en un producto, los revela y toma distancia de ellos, lo que obviamente no es el caso de la producción de automóviles. Pero aun siendo parcial, la comparación puede servir para corregir la idea de que el arte reproduce la realidad de la misma manera en que un espejo refleja el mundo.

[…] hay que aclarar que la pregunta por cuán ‘progresista’ debe ser el arte para tener alguna validez es una pregunta histórica, que no puede fijarse dogmáticamente para cualquier época. Hay períodos y sociedades en los que el compromiso político consciente y ‘progresista’ puede que no sea una condición necesaria para la producción de grandes obras de arte; hay otros períodos –el fascismo, por ejemplo– en los que sobrevivir y producir como artista conlleva la clase de cuestionamiento que puede terminar convirtiéndose en un compromiso explícito. En sociedades así, la toma de partido consciente y la capacidad de producir grandes obras van espontáneamente juntas. Tales períodos no se limitan al fascismo. Hay ‘fases’ menos extremas de la sociedad burguesa en las que el arte queda relegado a un estatus menor, se vuelve trivial e impotente, porque las ideologías estéticas de donde provienen no lo nutren de manera suficiente, incapaces de plantear conexiones significativas o de ofrecer discursos convenientes. En tales épocas, la necesidad de un arte explícitamente revolucionario se vuelve urgente. Es una pregunta para considerar con seriedad, aun si no es la época en la que nos toca vivir.”

eagleton marxismo y crítica literariaTerry Eagleton, Marxismo y crítica literaria, Bs. As., Paidós, 2013 (ed. original 1976), pp. 112, 113, 114, 124 y 125.


Lenin, Trotsky, el arte y “el compromiso” (Terry Eagleton)

 

“Al promulgar la doctrina del realismo socialista en el Congreso de 1924, Zhdánov había apelado ritualmente a la autoridad de Lenin; pero su apelación era de hecho una distorsión de la concepción literaria de Lenin. En La organización del partido y la literatura del partido (1905), Lenin censuraba a Plejánov por criticar la naturaleza claramente propagandística de obras como La madre, de Gorky. En contraste, Lenin pedía una literatura abiertamente clasista y partidaria: ‘La labor literaria deber ser el tornillo y la tuerca de un único y grandioso mecanismo socialdemócrata’. La neutralidad del escritor es imposible:

La libertad del escritor burgués no es sino una dependencia enmascarada de la bolsa de oro […] ¡Abajo el escritor apolítico!; lo que se necesita es ‘una literatura vasta, rica y variada, estrecha de indisolublemente ligada al movimiento obrero.

Las palabras de Lenin, que, según la interpretación de críticos hostiles, se aplican a la literatura ficcional en su totalidad, estaban dirigidas de hecho a la literatura partidaria. Al escribir en un momento en el que el Partido Bolchevique estaba en pleno proceso de volverse una organización de masas y necesitado de una fuerte disciplina interna, Lenin no tenía en mente novelas sino los escritos teóricos sobre el partido. Estaba pensando en hombres como Trotsky, Plejánov y Parvus; en la necesidad de que los intelectuales adhirieran a una línea partidaria. Sus propios intereses literarios eran bastante conservadores, limitados generalmente a una admiración por el realismo; y admitía no comprender los experimentos futuristas o expresionistas, aunque consideraba que el cine era en potencia la forma artística políticamente más importante. Sin embargo, en cuestiones culturales, tenía en general una mentalidad muy abierta. En su discurso en el Congreso de Escritores Proletarios del año 1920, se opuso al dogmatismo abstracto del arte proletario, rechazando por irreal todo intento de imponer por decreto un nuevo tipo de cultura. la cultura proletaria sólo podía construirse con el conocimiento de la cultura anterior: toda cultura valiosa legada por el capitalismo, insistía, debe ser cuidadosamente preservada.

Es indiscutible –escribió Lenin– que la literatura se presta menos que cualquier otra cosa a semejante ecuación mecánica, a la nivelación, al dominio de la mayoría sobre la minoría. Resulta indiscutible que es absolutamente preciso, en este campo, conceder un lugar más amplio a la iniciativa personal, a las inclinaciones individuales, al pensamiento y a la imaginación, a la forma y al contenido.

En una carta dirigida a Gorky, Lenin sostiene que un artista puede tomar cosas valiosas de cualquier filosofía. La filosofía puede contradecir la verdad artística que el artista pretende comunicar, pero lo que importa es lo que el artista crea, no lo que piensa. Los propios artículos de Lenin sobre Tolstoi muestran en la práctica esta convicción.

 

El segundo mayor arquitecto de la revolución rusa, León Trotsky, está del lado de Lenin más que del Proletkult o del RAPP [Asociación Panrusa de Escritores Proletarios, surgida a fines de la década de 1920 como “continuación” del Proletkult, NdR] en lo que atañe a cuestiones estéticas, aun cuando Bujarin y Lunacharsky citan los escritos de Lenin para atacar la concepción de la cultura de Trotsky. En Literatura y revolución, un libro escrito en una época en que la mayoría de los intelectuales rusos eran hostiles a la revolución y era necesario ganarlos para la causa, Trotsky combina hábilmente una apertura imaginativa a las tendencias más fecundas del arte no marxista posrevolucionario con una incisiva crítica de sus limitaciones y puntos ciegos. En oposición al rechazo ingenuo de la tradición por parte del futurismo (Nosotros, marxistas, vivimos con tradiciones y no dejamos por eso de ser revolucionarios’), Trotsky insiste, al igual que Lenin, en la necesidad de que la cultura socialista absorba lo mejor del arte burgués. El partido no está llamado a gobernar el campo de la cultura; pero esto no significa tolerar eclécticamente una obra contrarrevolucionaria. Una atenta censura revolucionaria debe ir unida a ‘una política amplia y flexible en el arte’. El arte socialista debe ser ‘realista’, pero no en un sentido estrecho del término, porque el realismo en sí mismo no es intrínsecamente revolucionario ni reaccionario; es, más bien, una ‘filosofía de vida’ que no debe quedar confinada a las técnicas de una escuela particular. ‘En cuanto a pretender que nosotros exigimos de los poetas que describan exclusivamente chimeneas de fábrica o una insurrección contra el capital, es absurdo’. Trotsky, como ya vimos, reconoce que la forma artística es el producto de un contenido social, pero al mismo tiempo le atribuye un alto grado de autonomía: ‘Una obra de arte debe ser juzgada en primer según su propia ley’. Reconoce, por lo tanto, lo que hay de valioso, al mismo tiempo que los critica por su estéril falta de interés en los contenidos sociales y en las condiciones de la forma literaria. En su mezcla de principios marxistas, aunque flexibles, y de su lucidez crítica, Literatura y revolución es un texto perturbador para un crítico no marxista. No sorprende que F.R. Leavis se refiera a su autor como a ‘ese marxista tan inteligente y peligroso’.”

Terry Eagleton, Marxismo y crítica literaria, Bs. As., Paidós, 2013 (ed. original 1976), pp. 96-101.


Un fragmento de ‘Marxismo y crítica literaria’, de Terry Eagleton

Aparecido -como anticipo de la próxima publicación de Paidós- en el ADN-Cultura:

Si Karl Marx y Friederich Engels son más conocidos por sus escritos políticos y económicos que por sus textos sobre literatura, no es porque la consideraran algo insignificante. Es verdad que, como señalaba León Trotsky en Literatura y revolución ([1924] 1989), “hay muchas personas que piensan como revolucionarios y sienten como filisteos”; pero no es el caso de Marx y Engels. Los escritos de Karl Marx -que de joven fue autor de poemas líricos, un fragmento de drama heroico y una novela satírica incompleta con influencias de Laurence Sterne- contienen abundantes conceptos y alusiones literarias. Marx escribió un voluminoso manuscrito inédito sobre arte y religión, y planeaba un periódico de crítica teatral, un extenso estudio sobre Balzac y un tratado de estética. Como intelectual alemán sólidamente formado en la gran tradición clásica de su sociedad, el arte y la literatura formaban parte del aire que respiraba. Su familiaridad con la literatura, de Sófocles y Lucrecio a la novela española y los folletines ingleses, era de una amplitud asombrosa. El círculo de trabajadores alemanes que fundó en Bruselas dedicaba una noche por semana a discutir sobre arte, y el propio Marx era un aficionado al teatro, recitador de poesía y devorador de todo tipo de arte literario, desde la prosa augusta hasta las baladas industriales. En una carta a Engels, describía su propia obra como una “totalidad estética”, y fue escrupulosamente sensible a cuestiones de estilo literario, comenzando por el suyo propio. Sus primeros textos periodísticos argumentaban a favor de la libertad de expresión artística. Además, en su obra más madura, puede reconocerse por detrás de algunas de sus principales categorías de pensamiento económico la presencia de conceptos estéticos.

De todos modos, Marx y Engels tenían entre manos tareas más urgentes que la formulación de una teoría estética. Sus comentarios sobre arte y literatura son aislados y fragmentarios, alusiones al pasar más que argumentos desarrollados. Ésta es una de las razones por las que la crítica marxista consiste en algo más que en la mera reexaminación de casos establecidos por los fundadores del marxismo. También consiste en algo más que lo que en Occidente se conoce como “sociología de la literatura”. La sociología de la literatura se interesa principalmente por lo que podría denominarse “los medios de producción, distribución e intercambio literarios que existen en una sociedad determinada”: el modo en que se publica un libro, la composición social de los autores y su audiencia, niveles de alfabetización, determinaciones sociales del “gusto”. También examina textos literarios por su relevancia “sociológica”, abordando una obra literaria para abstraer de ella temas de interés para el historiador social. Existen trabajos excelentes en este campo, y constituye un aspecto de la crítica marxista considerada en su conjunto. Pero considerada en sí misma, la sociología de la literatura no es particularmente marxista ni especialmente crítica. De hecho, se trata en gran parte de una versión convenientemente domesticada y digerida de la crítica marxista, apropiada para su consumo en Occidente.

La crítica marxista no es una mera “sociología de la literatura”, interesada en cómo se publica una novela y si hay en ella referencias a la clase obrera. Su finalidad es explicar exhaustivamente una obra literaria, lo cual significa brindar una especial atención a la forma, el estilo y sus significados. Pero también significa comprender esa forma, estilo y sentido como productos de una historia determinada. El pintor Henri Matisse señaló alguna vez que toda obra lleva las huellas de su época, pero que las grandes obras son aquellas en las que estas huellas son más profundas. La mayoría de los estudiantes de literatura aprenden lo contrario: que el arte más significativo es el que trasciende eternamente sus condiciones históricas. La crítica marxista tiene mucho que decir al respecto, pero los análisis “históricos” de la literatura no comienzan con el marxismo. Muchos pensadores antes que Marx habían tratado de examinar las obras literarias en términos de la historia que las producía; y uno de ellos, el filósofo idealista alemán G. W. F. Hegel, tuvo una profunda influencia en el pensamiento estético del propio Marx. La originalidad de la crítica marxista no depende entonces de su perspectiva histórica sobre la literatura, sino de su concepción revolucionaria de la historia misma.

BASE Y SUPERESTRUCTURA

Las semillas de esta concepción revolucionaria se encuentran sembradas en un famoso pasaje de La ideología alemana , de Marx y Engels (1845-1866):

La producción de las ideas, de las representaciones y de la conciencia aparece, al principio, directamente entrelazada con la actividad material y el trato material de los hombres, como el lenguaje de la vida real. La formación de las ideas, el pensamiento, el trato espiritual de los hombres se presentan aquí todavía como emanación directa de su comportamiento material [?] no partimos de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado, representado o imaginado, para llegar, a partir de allí, al hombre de carne y hueso; partimos del hombre que realmente actúa [?]. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia.

Una formulación más completa de lo que esto significa puede encontrarse en el Prefacio de Contribución a la crítica de la economía política (1859):

En la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia.

 

 

 

En otras palabras, las relaciones sociales entre los hombres están sujetas a la forma en que estos producen su vida material. Determinadas “fuerzas productivas” -por ejemplo, la organización del trabajo en la Edad Media- suponen una relación social entre el vasallo y el amo conocida como feudalismo. En una etapa posterior, el desarrollo de nuevos modos de organización productiva se basa en un conjunto diferente de relaciones sociales, esta vez entre la clase capitalista propietaria de los medios de producción y la clase proletaria, cuya fuerza de trabajo el capitalista paga para su propio beneficio. Tomadas en conjunto, estas “fuerzas” y “relaciones” de producción forman lo que Marx llama “la estructura económica de la sociedad”, más comúnmente conocida en el marxismo como “base” o “infraestructura” económica. De esta base económica, en cada época, surge una “superestructura”: determinadas formas jurídicas y políticas, determinado tipo de Estado cuya función esencial es la de legitimar el poder de la clase social propietaria de los medios de producción. Pero la superestructura contiene más que esto: también consiste en “determinadas formas de conciencia social” (política, religión, ética, estética), que es lo que el marxismo denomina ideología. La función de la ideología es también legitimar el poder de la clase dominante en la sociedad; en última instancia, las ideas dominantes de una sociedad son las de la clase dominante.

Así, para el marxismo, el arte forma parte de la superestructura de la sociedad. Forma parte (con las reservas al respecto que haremos más tarde) de la ideología de una sociedad: un elemento en una compleja estructura de percepciones sociales que asegura que la situación por la cual una clase social tiene el poder sobre otras es percibida como “natural” por la mayoría de los miembros de esa sociedad, o bien pasa directamente inadvertida. Entender la literatura quiere decir, entonces, comprender el proceso total del cual forma parte. Como señala el crítico marxista ruso George Plejánov, “la mentalidad social de una época está condicionada por las relaciones sociales de esa época. En ningún lugar esto es tan evidente como en la historia del arte y de la literatura”. Las obras literarias no surgen de una inspiración misteriosa, ni se explican simplemente en términos de psicología del autor. Son formas de percepción, modos particulares de ver el mundo, que se relacionan con esa visión dominante que constituye la “mentalidad social” o la ideología de una época. Esa ideología es, por su parte, producto de las relaciones sociales concretas que los hombres establecen entre sí en un lugar y en un momento determinados, el modo en que esas relaciones de clase son vividas, legitimadas y perpetuadas. Sin embargo, los hombres no son libres de elegir las relaciones sociales de las que forman parte, sino que son forzados a participar de ellas por imperio de la necesidad material, por la naturaleza del modo de producción económica y por la etapa de desarrollo en la que se encuentran.

Entender Rey Lear La dunciada Ulises consiste entonces en algo más que en interpretar su simbolismo, estudiar su historia literaria y añadir notas al pie con los hechos sociológicos contenidos en ellas. Consiste antes que nada en comprender las relaciones complejas e indirectas entre estas obras y el mundo ideológico del que forman parte, relaciones que aparecen no sólo como tema o preocupaciones, sino como estilo, ritmo, imagen, calidad y (como veremos más adelante) forma. Pero tampoco lograremos comprender la ideología, que consiste en una estructura específica de la experiencia relativa históricamente que subyace al poder de una determinada clase social, a menos que logremos aprehender el papel que desempeña en el conjunto de la sociedad. No es una tarea fácil, puesto que la ideología nunca es un simple reflejo de las ideas de la clase dominante; por el contrario, es un fenómeno complejo, que puede incorporar conflictos e incluso visiones de mundo contradictorias. Para entender una ideología, debemos analizar las relaciones precisas entre las diferentes clases de una sociedad; lo que significa captar qué posición ocupa cada una de ellas respecto de los medios de producción.

Todo esto puede parecer una tarea monumental para un estudiante de literatura que piensa que el único requisito es discutir el argumento o los personajes. Puede parecer una confusión de la crítica literaria con disciplinas como la política o la economía, que es mejor mantener separadas. Sin embargo, es esencial para la explicación exhaustiva de toda obra literaria. Tomemos por ejemplo la gran escena del Golfo Plácido enNostromo , de Conrad. Valorar la fuerza estética de este episodio, cuando Decoud y Nostromo se encuentran solos en la más completa oscuridad en la barcaza que se está hundiendo poco a poco, nos lleva sutilmente a ubicar la escena dentro de la visión imaginaria de la totalidad de la novela. El pesimismo radical de esta visión (que, para captar en su totalidad, por supuesto impone relacionar Nostromo con el resto de las ficciones de Conrad) no puede pensarse simplemente en términos de factores “psicológicos” de su autor, puesto que la psicología individual también es un producto social. El pesimismo de la visión de mundo de Conrad es más bien una transformación artística del pesimismo ideológico de la época, la futilidad y el carácter circular de la historia, la soledad y opacidad del individuo, la relatividad e irracionalidad de los valores humanos, lo cual indica una drástica crisis de la ideología burguesa de la que el propio Conrad era aliado. Existían buenas razones para esa crisis ideológica, como parte de la historia del capitalismo imperial de ese período. Por supuesto que, en su ficción, Conrad no se limitó a reflejar esta historia en forma anónima; todo escritor se encuentra individualmente situado en la sociedad, y responde a la historia general desde su punto de vista particular, dándole sentido en sus propios términos. Pero no es difícil ver que desde la posición particular del autor, un “aristócrata” polaco exiliado, profundamente comprometido con el conservadurismo inglés, la crisis de la ideología burguesa británica se volvía más intensa.

También es posible pensar en estos términos la belleza artística con la que está construida la escena del Golfo Plácido. Escribir bien es más que una cuestión de “estilo”; significa también disponer de una perspectiva ideológica capaz de penetrar en la realidad de la experiencia humana en una situación determinada. Esto es lo que precisamente logra la escena del Golfo Plácido; y es capaz de lograrlo no sólo porque su autor resulta tener una excelente prosa, sino porque su situación histórica le permite gozar de semejante mirada. No importa si esta mirada es políticamente “progresista” o “reaccionaria” (como seguramente lo era la de Conrad), más aún si se considera que la mayoría de los escritores más importantes del siglo XX -Yeats, Eliot, Pound, Lawrence- fueron conservadores que tuvieron algo que ver con el fascismo. La crítica marxista, más que disculpar el hecho, lo explica: percibe que, en ausencia de un arte auténticamente revolucionario, sólo un conservadurismo radical, tan hostil como el marxismo a los valores marchitos de la sociedad liberal burguesa, podría producir obras significativas.

Traducción: Fermín Rodríguez