Arnaldo Calveyra (IV)

 

EN SEGUIDA DE LA INFANCIA

 

En seguida de la infancia
está morir
sigue la muerte
un dedo titubea
se apacigua
en mitad de los labios
queda la casa
abierta,
afueras nunca afueras
por todo
puertas de la casa
la palmera,
la anochecida blanca,
abrazada a palmeras
quieta, quietas…

 

poetaArnaldo Calveyra, Poesía reunida, Bs. As., Adriana Hidalgo, 2012, p. 556.


Arnaldo Calveyra (III)

 

Palabras, ustedes eran tardes miradas desde un rincón de la imagen, imagen siempre por llegar.

Detenidas en un niño, su atalaya se pone al habla con nosotros, entra en poderes con el rojo pintado de las flores.
Como quien al pasar de un espejo a otro se descubre diferente y el mismo.
A medida que las horas pasaban, otra lengua llegaba, incógnita lengua del poema.

Sentados, era un jardín quedarse a contemplar árboles que por poco se ponían a oscurecer en nuestro regazo.

 

Arnaldo Calveyra, Poesía reunida, Bs. As., Adriana Hidalgo, 2012, p. 245.

Arnaldo Calveyra (II)

Escribir, decidirse a escribir un poema, un poema a lo largo de días, cualidad, pacto, ha de parecerse a la antigua posibilidad curativa –curativa a fuerza de narrativa– de los almanaques de nuestra infancia, leerlos en voz alta podía salvarnos del más temible de los males, la descreencia.

 

Rugosidad de la lengua –lengua arribando a dialecto por necesidades de belleza–, a punto de recoger como el agua dulce de la lluvia las tinas de la galería, los versos de un poema, combinaciones ¡cuánto tiempo, silencio entre verso y verso!, palabras que se yerguen en el punto de mayor hondura de una tierra entrerriana, ustedes, tinas, se iban llenando lentamente de la noche, grávidas de la lluvia que rendía pastizales, lluvia con estas palabras dentro.

 

A esas horas en que tu silencio aprieta, te lleva de la mano como a niño perdido.

 

Arnaldo Calveyra, Poesía reunida, Bs. As., Adriana Hidalgo, 2012, p. 241.


Arnaldo Calveyra (I)

 

Un galope abría ramadas hacia el este de las tunas; no podíamos saber quién era, qué era, tan así, tan a campo traviesa; y luego, los perros, todos, que ladraban y aparecían acometer algo de bulto por su furia momentáneamente ensimismada. Apagamos la luz porque la luna. Y por más que escudriñábamos, se ahogaba ese no saber en la blancura extrema sobre el campo. Papá dijo que las gallinas; a mí me apagaste una suposición con un “no será nada”; pero antes de que él saliera con la escopeta ya volvías de las piezas del frente diciéndole que era Billín, nuestro hermano.

Y ya no te vi sino cuando apareciste de entre los ligustros, con los botines embarrados, del tajamar esplendente, con él por delante, retrasándote, tú, retrasándote para que te copiara la suavidad del paso y no se nos despertara en el pie del sueño, hasta que se entró en la cama.

 

Arnaldo Calveyra, Poesía reunida, Bs. As., Adriana Hidalgo, 2012, p. 52.