“El farmer”: un discurso de la memoria (y del poder)

TEATRO // OBRA EN CARTEL

“El farmer”: un discurso de la memoria (y del poder)

Comentarios a partir de la obra basada en la novela de Andrés Rivera, puesta en escena de miércoles a domingo, a las 20 hs., en la Sala Casacuberta del Teatro General San Martín.

El telurismo de una serie de novelas de Andrés Rivera de las décadas de 1980 y 90 (La revolución es un sueño eterno, El amigo de Baudelaire, La sierva, El farmer, Ese manco Paz), se abre o presta a la dramaturgia y al cine: ya pasó con La sierva, puesta en escena varias veces, al igual que con La revolución…, dirigida por Raúl Serrano y también llevada al cine por Nemesio Juárez (en 2010), y con El farmer (por ejemplo en 2002, por Adrián Blanco), esta vez recreado-adaptado por Rodrigo de la Serna y Pompeyo Audivert, quienes también actúan y, junto a Andrés Mangone, dirigen la obra.

Se mencionó lo telúrico. Hay que agregar algunas palabras más: criollismo, poder, crueldad. Si la escritura de Rivera se caracteriza por el discurso seco, casi lacónico (al mismo tiempo directo y punzante), por una crudeza que desnuda en muchos casos alguna crueldad, ello se hace más patente cuando toma carnadura, especialmente, en personajes poderosos, en lo político y económico, en nuestro siglo XIX (sean comerciantes o patrones de estancia, como Saúl Bedoya, o militares y políticos, como –el también estanciero– Rosas).

La amargura al final de la vida, la reflexión y la autoreflexión –como temas y práctica “universal”– sostienen esta obra: son los últimos momentos de Juan Manuel de Rosas, exiliado en Southampton, Reino de la Gran Bretaña. Así, la puesta en escena de De la Serna y Audivert, toma la nouvelle de Rivera para realizar un nuevo montaje –o un re-montaje, o una rearticulación– de ese fluir discursivo del General Rosas, caído en desgracia ya hace más de veinte años. Es discurso, declamación, exhorto (político) incluso, que busca, rememora, su vida personal-familiar y la pública, en el ejercicio del poder, ahora perdido. (Sarmiento, indudablemente, será, además de respetado y casi admirado por su pluma, permanentemente recordado como enemigo implacable.)

El soliloquio y la polifonía de voces que acompañan los recuerdos de Rosas (interlocutores que aparecen fantasmáticamente: varios visitantes ingleses, su hija Manuelita, su madre) se sostienen en el cuerpo de los dos actores (donde De la serna tiene un papel muy dinámico, de metamorfosis para esas apariciones), que encarnan al mismo hombre devenido –como se dice en las “Palabras de los directores”, texto del programa de mano– en “el doble mítico”. Hay un Rosas, entonces, real, concreto: un viejo decrépito que, junto a sus recuerdos, sigue pendiente del presente ante los peligros y amenazas al orden que surgen (como la insurrecta Comuna de París, como los panfletos y llamamientos de Marx y la Primera Internacional obrera); y otro, un “otro yo”, joven y aguerrido Rosas, en la cúspide de su poder (al mando de la Confederación Argentina), que acompaña y recrea aquella gobernanza durante la época de “la suma del poder público”, las montoneras, y los conflictos y guerras entre unitarios y federales. El contrapunto y contrastes entre ambos Rosas ofrecen un caleidoscopio del personaje histórico –juventud y cambio de apellido incluidos–, no sin alguna adaptación significativa para con nuestro presente y actualidad. Por ejemplo: declama –o mejor, proclama– en un momento el Rosas de De la Serna: “Demoré una vida en reconocer la más simple y pura de las verdades patrióticas: quien gobierne podrá contar, siempre, con la cobardía incondicional de los porteños”. Y sin embargo –aunque no existía todavía como tal el “Estado argentino”–, el libro original de Rivera habla de “la cobardía incodicional de los argentinos”, queriendo significar otra cosa (una denominación más abarcativa o global). Cuando lanza, feroz, indignado, la acusación este “joven Rosas”, el público –porteño en gran medida– reacciona ante lo dicho.

También, el Rosas viejo y derrotado recuerda una orden dictada: el fusilamiento de Camila O’Gorman –embarazada– y su amante el cura Gutiérrez (tema caro al surrealismo argentino, en las obras de Enrique Molina y Aldo Pellegrini). Dice el libro, y se dice en la obra: “Yo, de puertas adentro, señores míos, permití que el Demonio habitase a quien quiera cediese a la lascivia y la obscenidad. De puertas afuera, no. De puertas afuera, decencia.

Y cuando ordeno que se fusile a Camila y su amante, el mestizo Gutiérrez, proclaman que soy una bestia sedienta de sangre. ¿Acaso lord Palmerston no me dijo que Romeo y Julieta, la más aplaudida obra de teatro del canciller Bacon, justifica la ejecución de los dos amantes cuando sus procacidades afligieron a la sociedad veneciana?

¿Acaso son sordos? Si no lo son, escuchen mi consigna:

“El que está abajo, respeta al que está arriba”.

Este bonapartismo, este ejercicio del poder –que se jacta de velar (y también de “conocer”, por espiar, para vigilar y castigar) “el sueño de los argentinos”–, preocupado por la Internacional (“una máquina de guerra destinada a abolir el capital e instaurar el comunismo”), lleva a este exiliado Rosas de Rivera a sostener: “Escribo que la circular de M. Favre menciona que los comités, caudillos y cómplices de la Internacional funcionan en Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica, Rusia, Suiza, Austria, Italia y España.

Escribo que la Internacional exige la legislación directa del pueblo por el pueblo, la supresión de la herencia individual, el ingreso del suelo en las propiedades colectivas.
Escribo: Cuando en las clases vulgares desaparecen el respeto al orden, las leyes y el temor a las penas eternas, sólo los poderes extraordinarios, en manos de los jefes de las naciones cristianas, restaurarán la obediencia a los mandamientos de Dios.
Escribo: En Londres vive el más insidioso, petulante y audaz apologista de la Comuna. Vive, me informan, en Maitland Park Road, y lo vigilan, discretamente, policías que ni siquiera llevan garrotes en la cintura. Ese intenso apologista no es inglés: es, como yo, un desterrado. Me informan que los aberrantes panfletos que escribe son una prosa como no hay otra en Europa. Me informan que The Times acoge y publica algunas de sus incesantes cartas. La reina Victoria es una mujer bondadosa.

Dicen de ese conspirador, quienes me informan, que es un soñador que piensa, un pensador que sueña. Escribo que, por lo tanto, es inofensivo. Escribo: No lo pierdan de vista. Vigílenlo.

Escribo: No hay en el mundo enemigo más esforzado de las asociaciones clandestinas, de la anarquía y del comunismo, que el general Rosas”.

El Rosas de El farmer es un exponente de cómo es en su conjunto, cómo está articulada, toda la literatura de Rivera: como un mecanismo narrativo (una historia, una vida o personaje, un discurso, una anécdota) que conecta, remite y asocia otros hechos y épocas históricas. Así, el derrotado de la batalla de Caseros (1852) mantiene el nervio, la atención, ante lo que se destaca políticamente en Europa y Gran Bretaña. Así, es posible un Rosas coqueteando con (y al mismo tiempo condenando a) Marx.

Otro ejemplo/otro tema: esto lanza el “Rosas joven”:

“¿Cómo es, señores, cuando se tira, a los ríos, amarrados dentro de una bolsa, a los subversivos?

¿Cómo es cuando se los capa?

¿Cómo es, señores, cuando se les corta la lengua?”.

¿Acaso la primera pregunta no (nos) remite a otros “subversivos”, a otras “tiradas al río”, por ejemplo a las que se ejecutaban bajo órdenes de la última dictadura militar?

La imaginación de Rivera genera un destilado, verosímil, posible. Rivera le hace decir (elegir, definirse) breve y sencillamente a este Rosas: “El manejo del Estado me apasiona. El manejo de los intereses del Estado me apasiona. No la guitarra. No el sexo”.

Si este Rosas, expansivo en amores y odios –también, como ocurre con las otras obras de cierta similitud temática, ya mencionadas al comienzo de esta nota–, abrió o abre cierta oportunidad al “revisionismo histórico” contra la “historiografía liberal” (es decir, la representante de los vencedores de Rosas en Caseros), para discutir nuevamente “nuestra historia nacional” y el accionar de sus hombres más salientes, con poder y capacidades dirigentes, en realidad El farmer y la literatura de Rivera cruzan o planean por sobre ese debate dicotómico, lo superan, apuntando hacia otra cuestión: la de una historia (proveniente del pasado, también presente) de los humillados y ofendidos, por una parte (la clase trabajadora, los sectores populares, las grandes personalidades revolucionarias), y, por otra, la de esos mismos poderes que dominan (sea el zarismo ruso y el pogrom, un terrateniente o empresario, un policía o burócrata sindical). Mediante una poderosa fuerza histórica (y biográfica, personal) que la anima, la literatura de Rivera se cincela mediante un fino discurso, delineado por el sentimiento y la pasión que expresan cada uno de sus personajes. Y la Historia, como telón de fondo; cada época, deja su marca en la subjetividad de los personajes (que al mismo tiempo reactúan sobre la realidad en la que están, y la hacen). Y el conflicto, el disfrute o el padecimiento del poder –de poder ejercerlo o de tener que sufrirlo (se luche o no)– es la clave o centro del discurso.

El Rosas de Rivera es un “campesino” o farmer muy particular, instalado en la lejanía, abandonado por sus viejos “socios”, mencionados a los gritos por el Rosas joven cuando recuerda el viejo cómo lo olvidaron; apellidos como Anchorena, el del General Pacheco, Chilavert…

Un Rosas desterrado, agobiado, destemplado –pese al gran brasero donde quema el carbón, y alguna otra cosa, mientras cae la nieve–, en Inglaterra. Con un discurso –un largo sueño–, en la realidad del exilio, referido a la memoria y al poder, y a la pérdida del mismo


#Cine: Alexander Kluge: Noticias de la antigüedad ideológica: Marx – Eisenstein – El capital

 

 

 

 

Publicado el 10/11/2013

Noticias de la Antigüedad ideológica: Marx/Eisenstein/El capital (2008) es una de las películas más complejas y monumentales de la historia del cine reciente. A lo largo de casi nueve horas de duración, su director, Alexander Kluge (Alemania, 1932), propone una reconstrucción del proyecto inacabado de Eisenstein de rodar El capital de Karl Marx tras un febril encuentro con James Joyce en 1927. Noticias de la Antigüedad ideológica es también un nuevo giro de tuerca para entender el espectro contemporáneo de Marx a partir de una imagen fantasmagórica, constituida por la asociación libre y el montaje de ideas, capaz de volver a imaginar el cine como un medio crítico y de conocimiento.
Si bien esta película participa de la pulsión actual hacia El capital, Kluge se distancia de las celebraciones y retornos literales dominantes para armar un relato alegórico en el que, mientras el texto es la potencia melancólica de un proyecto radical irrealizado, el subtexto es la redención del presente a partir de una rigurosa excavación del pasado. De esta forma, Noticias de la Antigüedad ideológica se plantea como un amplio archivo transversal que contiene el cine dentro del cine, las imágenes de historia y catástrofe del s.XX, fragmentos de ópera, entrevistas a distintos pensadores (Peter Sloterdijk, Oskar Negt, Hans Magnus Enzensberger…), ficciones interpretadas, esfuerzos pedagógicos o textos y fragmentos de discurso proyectados entre las imágenes. Dentro de este torrente, Kluge parece referirse a cómo los media son tanto ruinas del pasado como modelos de futuro. “La historia del cine sigue siendo un desafío”, escribe; “es un Fénix, y sigue sin cumplirse. Alrededor de 1929, cuando Eisenstein quiso realizar su versión de El capital de Marx, en el umbral del cine sonoro, el viejo cine muere por primera vez por motivos comerciales para volver a surgir en otra parte. Hoy es lo mismo: el cine está muriéndose en los cines y vuelve a surgir en Internet”.


Carlos Weber: “Es bueno que Marx esté entre nosotros”

Leemos hoy en la contratapa de TiempoArgentino:

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Protagoniza Marx ha vuelto, una miniserie para Internet pensada en el arranque con cuatro capítulos, ya estrenados, pero que debido a la gran repercusión alcanzada en las redes, ahora rueda nuevas entregas. En la ficción, Carlos Weber se pone una vez más en la piel del pensador alemán, después de haber protagonizado durante varios años Marx en el Soho. Y lo hace de una manera genial, en un producto que también lo es, y que tiene algunas singularidades. El proyecto, basado en el Manifiesto Comunista, cuenta con armado general del Instituto del Pensamiento Socialista, realización del grupo de cine Contraimagen y difusión a cargo de la señal web TVPTS del Partido de los Trabajadores Socialistas. Aunque ya está en Youtube y Vimeo, entre otros sitios de descarga. Pensado como aporte a los cursos y actividades del Instituto, y con la producción de Javier Gabino y Matías Maiello, la miniserie también muestra excelentes trabajos de varios peces que se mueven muy bien en el agua del teatro independiente, como Martín Scarfi, Hilda Frisari y Laura Espínola.

–Se acaba de afeitar, pero en los afiches de la miniserie, con barba, usted “es” Marx ¿Cómo juega en los espectadores el parecido físico?
–Constantemente me dicen que somos iguales, pero no estoy muy convencido de eso. Todos vieron a Marx alguna vez en retratos, daguerrotipos o láminas. Pero afortunadamente, nadie lo escuchó hablar.
–Ahí terminan de confirmar que, además, “están viendo” al mismísimo Karl en persona.
–Claro (se ríe). Lo que en su momento pasó con la obra de teatro, y ahora en la serie, es cruzarme con estudiantes de Economía o Ciencias Políticas que agradecen, porque después de verme comprendieron mejor los textos que habían leído.
–Marx en el Soho se estrenó en el ámbito de la CTA, y Marx ha vuelto fue producida por el PTS. Una especie de continuidad en querer establecer la conjunción entre lo político y lo artístico.
–Es así. La obra arrancó en 2007, con puesta de Manuel Callau y asistencia de dirección de Liliana Andrade, mi actual coach. Fue increíble, porque no teníamos sala, a los productores no les interesaba, y tampoco podíamos entrar en festivales. Hasta que aparecieron los compañeros de ATE y nos invitaron a que hiciéramos funciones allí. Recorrimos municipios, sindicatos, cooperativas, el teatro SHA. Y justo un 1º de mayo estrenamos en un lugar de Boedo. Hasta que los muchachos del Instituto me propusieron hacer algo para sumarme a los cursos que brindan en todo el país.
–¿Cómo lo tomó?
–La idea me pareció genial. Sobre todo porque me interesaba generar un hecho artístico, aportando mi trabajo a la construcción que estos compañeros llevan adelante con tanto esfuerzo. En la obra, Marx vive con su familia, desnuda sus penas y conflictos durante el período en que escribe El Capital, deja ver conflictos personales y penurias económicas de todos los días. Para la serie, los chicos también querían a un Marx coloquial, simple, que se sentara en un bar con los pibes a tomar cerveza o mate.
–Lo contrario al mito, o en el peor de los casos, a esa imagen lavada y pasada de moda que el liberalismo intentó colgarle.
–Por supuesto. A Marx lo atacaron siempre desde distintos flancos. También dijeron que era confuso, o lo reducían a un ícono vacío usado por los partidos de izquierda. Para romper eso, tampoco es casual que la obra teatral haya sido escrita por Howard Zinn, el primer gran revisionista que denunció el genocidio de pueblos originarios en Estados Unidos. Es bueno que Marx esté entre nosotros para analizar estas cosas, pero también podés mirarlo del otro lado. Si en el mundo los hombres hubiéramos alcanzado la igualdad, la inclusión, y pudiéramos vivir dignamente de nuestro trabajo, el bueno de Karl hubiera quedado como una figura que aportó en su momento, y ahora estaríamos leyendo a otros pensadores. Pero “lamentablemente” sigue vigente.
–¿Cuál fue su reacción cuando le dijeron que la serie se difundiría por Internet?
–A veces me siento un neardental, recién hace menos de un año uso celular (se ríe). Para mí es todo un descubrimiento protagonizar una ficción que va más allá del mero entretenimiento, y apunta a contar cosas que tienen como objetivo mejorar la vida de la gente. Lo que se produce cuando alguien pincha algo en la Web es impresionante. La serie ya salió subtitulada en cinco idiomas, la piden de muchos lugares, gracias a una herramienta de difusión que es muy difícil dimensionar.


El tiempo, Marx y “la talla del hombre” (John Berger)

“El cuerpo envejece. El cuerpo se prepara para morir. Ninguna teoría del tiempo nos presta alivio alguno en este punto. La muerte y el tiempo siempre han estado aliados. El tiempo se lo llevaba a uno con mayor o menor presteza; la muerte de un modo más o menos súbito.
Antes, sin embargo, también se pensaba en la muerte como la compañera de la vida, como la precondición necesaria para aquello que se convertía en el Ser a partir del No-ser; la una no era posible sin la otra. Como resultado de ello, la muerte quedaba limitada por lo que no podía destruir o por lo que habría de volver.
La brevedad de la vida era objeto de un lamento continuo. El tiempo era el agente de la muerte y uno de los componentes de la vida. Pero lo intemporal –aquello que la muerte no podía destruir– era el otro. Todas las visiones cíclicas del tiempo mantuvieron unidos estos dos componentes: la rueda que gira y la superficie sobre la que ésta gira.
Las principales corrientes del pensamiento moderno despojaron al tiempo de sus componentes, transformándolo en una fuerza activa simple y todopoderosa. Y al hacerlo, traspasaron el carácter espectral de la muerte a la propia noción del tiempo, que se ha convertido con ello en la Muerte triunfante sobre todas las cosas.”
[…]
“La era moderna de la cuantificación empieza con el álgebra y las series infinitas. El resultado de todo ello es que uno ya no cuenta lo que tiene, sino lo que no tiene. Todo se convierte en una pérdida.
El concepto de entropía es la figura de la muerte trasladada a un principio científico. No obstante, mientras que en el caso de la muerte se la consideraba una condición de la vida, en el de la entropía se mantiene que acabará por agotar y extinguir no sólo las vidas, sino también la vida. Y la entropía, según la definición de Eddington, ‘es la flecha del tiempo’.
La transformación moderna del tiempo, de condición a fuerza, empieza con Hegel. Para él, sin embargo, la fuerza de la historia era positiva; difícilmente encontraríamos un filósofo más optimista. Posteriormente, Marx se propuso demostrar que esta fuerza –la fuerza de la historia– estaba sujeta a la acción y la elección del hombre. El eterno conflicto en el pensamiento de Marx, la oposición original de su dialéctica, se deriva del hecho de que no sólo aceptaba la transformación del tiempo en una fuerza suprema, sino también deseaba volver a poner en manos del hombre esta supremacía. Ésta es la razón por la que su pensamiento es gigantesco, en todos los sentidos de la palabra. Marx confiaba en que la talla del hombre –su potencial, su fuerza prometedora– habría de sustituir a lo intemporal.”
Berger PáginasJohn Berger, Páginas de la herida, Madrid, Visor Libros, 2003 (ed. original 1995), pp. 105-106 y 107-108.

“Necesariamente, algo nuevo saldrá de esto” (‘Marx en el Soho’)

¡No os burléis! Ha pasado antes. Puede pasar otra vez, en una escala mucho mayor. Y cuando pase, los que mandan en la sociedad, todas sus riquezas y ejércitos no podrán evitarlo. Sus siervos rechazarán servir, sus soldados desobedecerán las órdenes.

Sí, el capitalismo ha creado maravillas sin igual en la Historia, los milagros de la tecnología y la ciencia. Pero está preparando su propia muerte. Su voraz apetito por el beneficio – ¡más, más, más! – crea un mundo de caos. Todo lo convierte en mercancías para ser compradas y vendidas: arte, literatura, música, belleza incluso. Transforma al ser humano en mercancía. No sólo al trabajador de la fábrica, sino al médico, al científico, al abogado, al poeta, al artista: todos deben venderse para sobrevivir.

¿Y qué pasará cuando toda esa gente se dé cuenta de que son todos trabajadores, que tienen un enemigo común? Se unirán con otros para realizarse. Y no sólo en su propio país, porque el capitalismo necesita un mercado mundial. Su grito es ¡mercado libre! Porque necesita recorrer libremente todas las partes del globo para generar más beneficio. ¡Más, más, más! Pero haciendo eso, crea, sin darse cuenta, una cultura mundial. La gente cruza las fronteras como nunca antes en la Historia. Las ideas cruzan las fronteras. Necesariamente, algo nuevo saldrá de esto.

 

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Video: ‘Marx en el Soho’, interpretado por Carlos Weber, con dirección de Manuel Callau

Publicado el 26/04/2013

“Marx en el Soho” es un unipersonal que invita a debatir ideas con humor e ironía. Nos lleva a pensar también en quiénes somos y en quiénes queremos ser y a hacernos cargo de ello”.


La segunda juventud de Marx (El País)

VIDA & ARTES »

La segunda juventud de Marx

El marxismo, desterrado tras el derrumbe soviético, revive en algunos círculos académicos y culturales

En el 15-M los referentes van desde Hessel a Mafalda

 27 JUN 2013 – 21:22 CET

El libro más vendido de la historia es la Biblia. El segundo es el Manifiesto comunista, de Karl Marx, una obra que ha visto resurgir sus ventas en los últimos años. Lo mismo sucede con El Capital, otra obra del filósofo alemán que vende cientos de miles de ejemplares en todo el mundo en versiones que sorprenderían sobremanera a su autor. En España, acaba de llegar a las librerías una edición de El Capital en versión manga (Herder), traducción de un volumen japonés del que se han vendido la friolera de 120.000 ejemplares. Se trata de una adaptación libre en la que se ha inspirado el director chino de teatro He Nian para convertirlo en un musical.

Reaparecen, además, obras centradas en analizar la figura del pensador, como la biografía Karl Marx: A Nineteeth-Century Life, que acaba de publicar el profesor de la Universidad de Missouri Johathan Sperber. Y a ambos lados del Atlántico asistimos a representaciones de Marx en el Soho, del estadounidense Howard Zinn, una obra en la que el filósofo es enviado por error al SoHo neoyorquino de finales de los noventa en lugar de al Londres de la revolución industrial. El actor Brian Jones ha llevado esta obra durante los últimos años a decenas de salas universitarias (en abril la representó en el Massachusetts College of Liberal Arts) en EE UU y en Madrid se estrenó recientemente la versión adaptada Marx en Lavapiés.

La imagen y el pensamiento del pensador alemán, casi desterrados de los círculos políticos, académicos y culturales tras la caída soviética, resurge en un momento en el que una severa crisis promueve la búsqueda de respuestas alternativas al capitalismo convencional. Sin embargo, cuando de lo que hablamos es de grandes movimientos sociales como el 15-M o los Indignados, Marx comparte cartel con una ecléctica lista de referentes filosóficos y morales, que abarcan desde los documentales de Michael Moore hasta la película Inside Job, pasando por las obras de autores como Stéphane Hessel y José Luis Sampedro, el creador de cómics Ivà (Historias de la puta mili) o personajes como Mafalda.

En lo académico, hay autores que llegaron al marxismo en los sesenta y setenta y siguen considerándolo una herramienta válida para interpretar la realidad. Entre ellos figura Juan Ramón Capella, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Barcelona, que sostiene que “el marxismo resulta clave para entender el presente”. Una tesis similar a la del historiador Carlos Martínez-Shaw o el filósofo francés Jacques Rancière. Otros han descubierto a Marx tras una larga trayectoria en la otra orilla. El economista grecoaustraliano Yanis Varoufakis, profesor en la Universidad de Texas tras ser asesor de George Papandreu cuando este gobernaba, declaró recientemente: “La única forma en que he podido hacerme inteligible el mundo es a través de los ojos metodológicos de Marx. Hecho que basta para hacer de mí un teórico marxista”. En una línea similar estaría el filósofo italiano Gianni Vattimo, que llega al marxismo desde el cristianismo y Heidegger.

En los antípodas se sitúan autores como Miquel Porta Perales, autor del libro La tentación liberal, quien sostiene que “el marxismo, como teoría de interpretación y transformación del mundo, entró en crisis hace décadas: el materialismo dialéctico es una entelequia; el materialismo histórico, una manera más de aproximarse a la historia; la lucha de clases, una pugna que busca más trabajo y mayor salario; el proletariado, un ente que desea integrarse en una prosperity capitalista hoy en crisis; la democracia real, una forma de despotismo; la sociedad sin clases, el paradigma de la sociedad cerrada”. Pese a su dura diatriba, Porta Perales reconoce que el marxismo retorna “porque ofrece certeza antiliberal y confort radical: la certeza que permite confirmar ¡por fin! la verdad última del capitalismo explotador; el confort que se obtiene al proponer ¡por fin! una alternativa al sistema”.

El economista Joaquín Trigo, del Instituto de Estudios Económicos, que en su juventud se sintió atraído por el marxismo, sostiene hoy que carece de vigencia y que Marx “nunca estuvo en una fábrica”, así que sus análisis ni sirven ahora, ni servían antes.

Joana García Grenzner, feminista vinculada a los Indignados, sostiene que el marxismo sí sirve para cubrir un vacío a la hora de analizar la realidad social y económica. Grenzner toma a Marx como una de sus referencias a pesar de que apenas trató dos de los asuntos centrales para ella: el feminismo y el ecologismo. La activista insiste en que sus opiniones son solo suyas y no representan a ningún movimiento. Una precisión que también hacen varios adheridos al 15-M en Barcelona, que para pronunciarse sobre este asunto tuvieron que celebrar una asamblea para recoger opiniones, todas “individuales”.

Según estos activistas, su acercamiento al marxismo es indirecto. “Tenemos en común la crítica al capitalismo”, dicen Paco y Pepe. Cuando repasan los autores que les han influido citan a Sampedro, Hessel, Chomsky, Orwell, Huxley y Kropotkin. Un miembro de la asamblea cita también a Marx y Trotsky. Paco destaca la fuerte influencia para él de las historias antimilitaristas de Ivà, las tiras de Mafalda o un libro como La economía no existe (Los libros del lince), del periodista Antonio Baños. Varios de los participantes en el debate señalaron que sus principales fuentes de inspiración son la calle, los movimientos sindicales y vecinales, la plataforma antidesahucios y las redes sociales, además de las llamadas “primaveras árabes”. “Bebemos más de los autores underground que de los clásicos”, “los clásicos son muy duros”, dice Pepe.

La dificultad que algunos de estos textos suponen para parte del público fue algo que tuvo en cuenta la editorial Nórdica Libros a la hora de publicar el Manifiesto Comunista en versión ilustrada, uno de los libros más vendidos en la feria del libro de Madrid de 2012. Según su editor, Diego Moreno, “uno de los motivos por los que publicamos el libro es la vigencia de muchos de sus apartados, pero también queríamos hacer una edición que llegase a un público amplio. Se trata de uno de los clásicos del pensamiento occidental. Queríamos alejarnos de los prejuicios que sienten muchos”. Su colega, Raimund Herder, afirma: “Hemos editado libros como Comunismo Hermenéutico de Gianni Vattimo y Santiago Zabala o la versión manga de El Capital porque, 23 años después del fracaso soviético, tenemos que reconocer que su oponente, el liberalismo, también ha fracasado, con consecuencias fatales para la sociedad, la democracia, la ecología”. “Vattimo no propone volver al comunismo o un marxismo metafísico, señala, sino recuperar sus ideas aún vigentes”.

El aparente reverdecer de Marx ha sido reseñado por autores como Stuart Jeffries, columnista del diario británico The Guardian, que tituló uno de sus recientes artículos casi con una declaración: Por qué el marxismo renace de Nuevo. El escritor Jonathan Sperber se preguntaba en sus mismas páginas: ¿Es Marx aún relevante? Y la respuesta era afirmativa, con mención especial de su valía para entender las crisis recurrentes del capitalismo.

Según el catedrático Juan Ramón Capella, “los instrumentos de análisis de Marx, en general, siguen siendo válidos”. En particular, para explicar “tres fenómenos: las crisis cíclicas del capitalismo, la concentración del poder económico y la contrarrevolución política, consecuencia de la caída del beneficio capitalista”. El profesor considera que no hay que tomar a Marx como un dogma: “Él conoció la primera revolución industrial y nosotros estamos en la tercera”. Además, “era un convencido del progreso técnico y no vio algunos de los peligros del desarrollismo. Por ejemplo, no comprendió la elasticidad indefinida de las necesidades humanas”. Pero la idea que expresa el lema “socialismo o barbarie” sigue siendo válida, opina. “La barbarie es una sociedad sin reglamentar, a merced solo del mercado”, señala, para concluir: “Hay quien defiende el ultraliberalismo con el argumento de que el Estado no entiende de economía. Bueno, el mercado tampoco”.

Que Marx permite formular respuestas a los retos actuales es algo que sostienen también el catedrático Carlos Martínez-Shaw, el economista Carlos Berzosa, el filósofo Manuel Cruz o el dirigente del PCE José Luis Centella, entre otros. Según Berzosa, “Marx nunca ha perdido vigencia, aunque sí ha habido intentos de anularlo, de relegarlo a la historia”. Tras el hundimiento del socialismo real, señala, “se le atacó con el argumento de que había perdido vigencia, pero hoy podemos ver la importancia de sus análisis”. Berzosa, como Capella, no pretende que Marx acertara en todo. “Hay que leer a Marx de forma abierta, porque él no tuvo en cuenta aspectos como la ecología o la lucha de género”. En un sentido similar se expresa Centella. “Marx no es un catecismo ni una máquina de dar respuestas, pero nos permite entender que la crisis no es cosa de unos golfos, sino que está vinculada a la estructura económica del capitalismo”.

Manuel Cruz, profesor de Filosofía en la Universidad de Barcelona, reflexiona: “La crisis del marxismo suele presentarse como algo evidente, a partir del fracaso del denominado socialismo real. Pero el marxismo no es solo eso. No caben descalificaciones genéricas: quienes cuestionen la cientificidad de los análisis marxianos vienen obligados a demostrar científicamente su falsedad o sus errores”. En su opinión, “el elemento que proporciona sentido y coherencia al marxismo es el impulso moral por acabar con la injusticia. Por eso no tiene derecho a reclamarse del marxismo ni el marxista de salón ni el oscuro burócrata del aparato de partido, sino quien, desde el conocimiento y la voluntad de transformar, posee también la sensibilidad que le hace vivir como intolerable el sufrimiento humano provocado por un orden social injusto”.

Para Albert Recio, profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Barcelona, “Marx no solo no ha caducado, es un gran clásico y está ganando vigencia y aceptación social debido a la crisis”. Sus ideas valen especialmente para explicar “los conflictos de clase, la crítica al capitalismo y el empleo del ejército industrial de reserva”, expresión que Marx emplea para referirse a los parados. En El capital, no deja de anotar la relación directa entre el salario y el número de personas en paro. En cambio, dice Recio, “Marx no vio la importancia de las estructuras nacionales, un asunto que llevó a la segunda generación de marxistas [Lenin y Rosa Luxemburgo, sobre todo] a abrir el debate sobre el imperialismo”. Tampoco pudo atisbar “la cuestión ecológica por su visión del progreso tecnológico ni la importancia real de las relaciones de género, pese a que Engels sí hizo algunas aproximaciones”. Donde el marxismo sigue en franco retroceso, apunta Recio, es en la Academia “dominada por el pensamiento neoliberal, que ha emprendido una fuerte ofensiva contra las visiones críticas hacia el capitalismo”.

Joan Coscubiela, diputado por ICV, y Fernando Lezcano, portavoz de CC OO, recurren al pensador italiano Antonio Gramsci para referirse a la “hegemonía” de las ideas liberales. Según Coscubiela, “la ofensiva de la derecha en los ochenta colocó al marxismo a la defensiva”. “La sociedad vio cómo todo se convertía en producto a merced del mercado. Hasta la educación o la sanidad”. Lo peor, asegura, es que aquella gran ofensiva ideológica hizo mella en “cierta izquierda”. Cree Coscubiela que un momento culminante de la rendición ideológica de la izquierda se aprecia en la renuncia del PSOE al marxismo, a propuesta de Felipe González: “Es el gran triunfo de una derecha que obliga a la izquierda a renunciar a su ideología”. Lezcano lo resume así: “La derecha consigue hacer creer a la mayoría de la población que sus valores son los valores de toda la sociedad. Que No caben otros”.


Un homenaje (escultórico) a Marx…

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Dice la noticia: Con motivo del 195 aniversario del nacimiento del filósofo y economista alemán Karl Marx, el artista Ottmar Hörl instaló en la ciudad de Tréveris unas 500 estatuas del pensador, en tamaño reducido.

El homenaje se centra en 500 esculturas de vinilo de un metro de altura y ocho kilos de peso que representan a Marx, dispersas en la plaza pública frente a la famosa Puerta Negra romana, emblema de la ciudad. (…)

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‘Conversation Piece’: leyendo (y conversando) el ‘Manifiesto Comunista’

Vía el amigo Juan (@elzahir2006) nos enteramos de que en el último BAFICI se proyectó varias veces esta interesante videoinstalación de Gabriela Golder (clic acá para más info sobre la artista, curadora y profesora) que posteamos abajo.

 

* Videoinstalación de 3 canales, 2012

Dos niñas leen junto a su abuela el Manifiesto Comunista. Las niñas preguntan, hay muchos conceptos que no comprenden, palabras. Una escena familiar, un retrato de familia.


Un fragmento de ‘Marxismo y crítica literaria’, de Terry Eagleton

Aparecido -como anticipo de la próxima publicación de Paidós- en el ADN-Cultura:

Si Karl Marx y Friederich Engels son más conocidos por sus escritos políticos y económicos que por sus textos sobre literatura, no es porque la consideraran algo insignificante. Es verdad que, como señalaba León Trotsky en Literatura y revolución ([1924] 1989), “hay muchas personas que piensan como revolucionarios y sienten como filisteos”; pero no es el caso de Marx y Engels. Los escritos de Karl Marx -que de joven fue autor de poemas líricos, un fragmento de drama heroico y una novela satírica incompleta con influencias de Laurence Sterne- contienen abundantes conceptos y alusiones literarias. Marx escribió un voluminoso manuscrito inédito sobre arte y religión, y planeaba un periódico de crítica teatral, un extenso estudio sobre Balzac y un tratado de estética. Como intelectual alemán sólidamente formado en la gran tradición clásica de su sociedad, el arte y la literatura formaban parte del aire que respiraba. Su familiaridad con la literatura, de Sófocles y Lucrecio a la novela española y los folletines ingleses, era de una amplitud asombrosa. El círculo de trabajadores alemanes que fundó en Bruselas dedicaba una noche por semana a discutir sobre arte, y el propio Marx era un aficionado al teatro, recitador de poesía y devorador de todo tipo de arte literario, desde la prosa augusta hasta las baladas industriales. En una carta a Engels, describía su propia obra como una “totalidad estética”, y fue escrupulosamente sensible a cuestiones de estilo literario, comenzando por el suyo propio. Sus primeros textos periodísticos argumentaban a favor de la libertad de expresión artística. Además, en su obra más madura, puede reconocerse por detrás de algunas de sus principales categorías de pensamiento económico la presencia de conceptos estéticos.

De todos modos, Marx y Engels tenían entre manos tareas más urgentes que la formulación de una teoría estética. Sus comentarios sobre arte y literatura son aislados y fragmentarios, alusiones al pasar más que argumentos desarrollados. Ésta es una de las razones por las que la crítica marxista consiste en algo más que en la mera reexaminación de casos establecidos por los fundadores del marxismo. También consiste en algo más que lo que en Occidente se conoce como “sociología de la literatura”. La sociología de la literatura se interesa principalmente por lo que podría denominarse “los medios de producción, distribución e intercambio literarios que existen en una sociedad determinada”: el modo en que se publica un libro, la composición social de los autores y su audiencia, niveles de alfabetización, determinaciones sociales del “gusto”. También examina textos literarios por su relevancia “sociológica”, abordando una obra literaria para abstraer de ella temas de interés para el historiador social. Existen trabajos excelentes en este campo, y constituye un aspecto de la crítica marxista considerada en su conjunto. Pero considerada en sí misma, la sociología de la literatura no es particularmente marxista ni especialmente crítica. De hecho, se trata en gran parte de una versión convenientemente domesticada y digerida de la crítica marxista, apropiada para su consumo en Occidente.

La crítica marxista no es una mera “sociología de la literatura”, interesada en cómo se publica una novela y si hay en ella referencias a la clase obrera. Su finalidad es explicar exhaustivamente una obra literaria, lo cual significa brindar una especial atención a la forma, el estilo y sus significados. Pero también significa comprender esa forma, estilo y sentido como productos de una historia determinada. El pintor Henri Matisse señaló alguna vez que toda obra lleva las huellas de su época, pero que las grandes obras son aquellas en las que estas huellas son más profundas. La mayoría de los estudiantes de literatura aprenden lo contrario: que el arte más significativo es el que trasciende eternamente sus condiciones históricas. La crítica marxista tiene mucho que decir al respecto, pero los análisis “históricos” de la literatura no comienzan con el marxismo. Muchos pensadores antes que Marx habían tratado de examinar las obras literarias en términos de la historia que las producía; y uno de ellos, el filósofo idealista alemán G. W. F. Hegel, tuvo una profunda influencia en el pensamiento estético del propio Marx. La originalidad de la crítica marxista no depende entonces de su perspectiva histórica sobre la literatura, sino de su concepción revolucionaria de la historia misma.

BASE Y SUPERESTRUCTURA

Las semillas de esta concepción revolucionaria se encuentran sembradas en un famoso pasaje de La ideología alemana , de Marx y Engels (1845-1866):

La producción de las ideas, de las representaciones y de la conciencia aparece, al principio, directamente entrelazada con la actividad material y el trato material de los hombres, como el lenguaje de la vida real. La formación de las ideas, el pensamiento, el trato espiritual de los hombres se presentan aquí todavía como emanación directa de su comportamiento material [?] no partimos de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado, representado o imaginado, para llegar, a partir de allí, al hombre de carne y hueso; partimos del hombre que realmente actúa [?]. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia.

Una formulación más completa de lo que esto significa puede encontrarse en el Prefacio de Contribución a la crítica de la economía política (1859):

En la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia.

 

 

 

En otras palabras, las relaciones sociales entre los hombres están sujetas a la forma en que estos producen su vida material. Determinadas “fuerzas productivas” -por ejemplo, la organización del trabajo en la Edad Media- suponen una relación social entre el vasallo y el amo conocida como feudalismo. En una etapa posterior, el desarrollo de nuevos modos de organización productiva se basa en un conjunto diferente de relaciones sociales, esta vez entre la clase capitalista propietaria de los medios de producción y la clase proletaria, cuya fuerza de trabajo el capitalista paga para su propio beneficio. Tomadas en conjunto, estas “fuerzas” y “relaciones” de producción forman lo que Marx llama “la estructura económica de la sociedad”, más comúnmente conocida en el marxismo como “base” o “infraestructura” económica. De esta base económica, en cada época, surge una “superestructura”: determinadas formas jurídicas y políticas, determinado tipo de Estado cuya función esencial es la de legitimar el poder de la clase social propietaria de los medios de producción. Pero la superestructura contiene más que esto: también consiste en “determinadas formas de conciencia social” (política, religión, ética, estética), que es lo que el marxismo denomina ideología. La función de la ideología es también legitimar el poder de la clase dominante en la sociedad; en última instancia, las ideas dominantes de una sociedad son las de la clase dominante.

Así, para el marxismo, el arte forma parte de la superestructura de la sociedad. Forma parte (con las reservas al respecto que haremos más tarde) de la ideología de una sociedad: un elemento en una compleja estructura de percepciones sociales que asegura que la situación por la cual una clase social tiene el poder sobre otras es percibida como “natural” por la mayoría de los miembros de esa sociedad, o bien pasa directamente inadvertida. Entender la literatura quiere decir, entonces, comprender el proceso total del cual forma parte. Como señala el crítico marxista ruso George Plejánov, “la mentalidad social de una época está condicionada por las relaciones sociales de esa época. En ningún lugar esto es tan evidente como en la historia del arte y de la literatura”. Las obras literarias no surgen de una inspiración misteriosa, ni se explican simplemente en términos de psicología del autor. Son formas de percepción, modos particulares de ver el mundo, que se relacionan con esa visión dominante que constituye la “mentalidad social” o la ideología de una época. Esa ideología es, por su parte, producto de las relaciones sociales concretas que los hombres establecen entre sí en un lugar y en un momento determinados, el modo en que esas relaciones de clase son vividas, legitimadas y perpetuadas. Sin embargo, los hombres no son libres de elegir las relaciones sociales de las que forman parte, sino que son forzados a participar de ellas por imperio de la necesidad material, por la naturaleza del modo de producción económica y por la etapa de desarrollo en la que se encuentran.

Entender Rey Lear La dunciada Ulises consiste entonces en algo más que en interpretar su simbolismo, estudiar su historia literaria y añadir notas al pie con los hechos sociológicos contenidos en ellas. Consiste antes que nada en comprender las relaciones complejas e indirectas entre estas obras y el mundo ideológico del que forman parte, relaciones que aparecen no sólo como tema o preocupaciones, sino como estilo, ritmo, imagen, calidad y (como veremos más adelante) forma. Pero tampoco lograremos comprender la ideología, que consiste en una estructura específica de la experiencia relativa históricamente que subyace al poder de una determinada clase social, a menos que logremos aprehender el papel que desempeña en el conjunto de la sociedad. No es una tarea fácil, puesto que la ideología nunca es un simple reflejo de las ideas de la clase dominante; por el contrario, es un fenómeno complejo, que puede incorporar conflictos e incluso visiones de mundo contradictorias. Para entender una ideología, debemos analizar las relaciones precisas entre las diferentes clases de una sociedad; lo que significa captar qué posición ocupa cada una de ellas respecto de los medios de producción.

Todo esto puede parecer una tarea monumental para un estudiante de literatura que piensa que el único requisito es discutir el argumento o los personajes. Puede parecer una confusión de la crítica literaria con disciplinas como la política o la economía, que es mejor mantener separadas. Sin embargo, es esencial para la explicación exhaustiva de toda obra literaria. Tomemos por ejemplo la gran escena del Golfo Plácido enNostromo , de Conrad. Valorar la fuerza estética de este episodio, cuando Decoud y Nostromo se encuentran solos en la más completa oscuridad en la barcaza que se está hundiendo poco a poco, nos lleva sutilmente a ubicar la escena dentro de la visión imaginaria de la totalidad de la novela. El pesimismo radical de esta visión (que, para captar en su totalidad, por supuesto impone relacionar Nostromo con el resto de las ficciones de Conrad) no puede pensarse simplemente en términos de factores “psicológicos” de su autor, puesto que la psicología individual también es un producto social. El pesimismo de la visión de mundo de Conrad es más bien una transformación artística del pesimismo ideológico de la época, la futilidad y el carácter circular de la historia, la soledad y opacidad del individuo, la relatividad e irracionalidad de los valores humanos, lo cual indica una drástica crisis de la ideología burguesa de la que el propio Conrad era aliado. Existían buenas razones para esa crisis ideológica, como parte de la historia del capitalismo imperial de ese período. Por supuesto que, en su ficción, Conrad no se limitó a reflejar esta historia en forma anónima; todo escritor se encuentra individualmente situado en la sociedad, y responde a la historia general desde su punto de vista particular, dándole sentido en sus propios términos. Pero no es difícil ver que desde la posición particular del autor, un “aristócrata” polaco exiliado, profundamente comprometido con el conservadurismo inglés, la crisis de la ideología burguesa británica se volvía más intensa.

También es posible pensar en estos términos la belleza artística con la que está construida la escena del Golfo Plácido. Escribir bien es más que una cuestión de “estilo”; significa también disponer de una perspectiva ideológica capaz de penetrar en la realidad de la experiencia humana en una situación determinada. Esto es lo que precisamente logra la escena del Golfo Plácido; y es capaz de lograrlo no sólo porque su autor resulta tener una excelente prosa, sino porque su situación histórica le permite gozar de semejante mirada. No importa si esta mirada es políticamente “progresista” o “reaccionaria” (como seguramente lo era la de Conrad), más aún si se considera que la mayoría de los escritores más importantes del siglo XX -Yeats, Eliot, Pound, Lawrence- fueron conservadores que tuvieron algo que ver con el fascismo. La crítica marxista, más que disculpar el hecho, lo explica: percibe que, en ausencia de un arte auténticamente revolucionario, sólo un conservadurismo radical, tan hostil como el marxismo a los valores marchitos de la sociedad liberal burguesa, podría producir obras significativas.

Traducción: Fermín Rodríguez