sobre Calvert Casey (I): “O calvo o dos pelucas” (Sylvia Molloy)

O calvo o dos pelucas

Quienes oyen hablar al bilingüe en la lengua de ellos no siempre saben que también habla en otra; si se enteran, lo consideran algo así como un impostor o también, por qué no, un traidor. Esta percepción no es ajena a la que el sujeto bilingüe tiene de sí. Esconde la otra lengua que lo delataría: busca que no se le note y, si tiene que pronunciar una palabra en esa otra lengua, lo hace deliberadamente con acento, para que no crean que se ha pasado al otro lado.

Pero el vaivén entre lenguas tiene su precio. Hay switching y switching, como lo prueba el poco recordado y brillante Calvert Casey, autor, precisamente, de Notas de un simulador. En su obra abundan los títulos que aluden al desplazamiento: The WalkEl paseoEl regresoIn partenza. Su vida misma es puro vaivén y pose. De padre norteamericano y madre cubana nace en los Estados Unidos, escribe un primer cuento (que resulta premiado) en inglés, se marcha a Cuba donde cambia de lengua y se transforma en escritor cubano, deja Cuba por Europa donde trabaja de intérprete, se instala en Roma, escribe una última novela en inglés, la destruye con la excepción de un capítulo que narra el recorrido de un yo dentro del laberíntico cuerpo del amado. Se suicida.

Se podría decir que fue escritor norteamericano al comienzo, cuando escribía en inglés. Luego archivó la lengua durante buena parte de su vida y solo muy al final volvió a ella. En el interregno fue escritor cubano y escribió en español.

Cuentan sus amigos que era tartamudo, como el protagonista del cuento El regreso, y que a veces se quedaba con la boca abierta, sin lengua. Acaso, también como su personaje, hablaba con un ‘vago acento extranjero’. Pero ¿en cuál –o más bien desde cuál– de los dos idiomas se reconoce la extranjería? Y sobre todo: ¿en cuál se traba la lengua?

Detalle nimio que me persigue: Calvert Casey, a quien llamaban La Calvita, se suicidó tomando una sobredosis. Esto lo sé. Pero cada vez que pienso en su muerte en Roma, me imagino que se arroja del piso más alto de un edificio, como quien necesita aterrizar por fin en algún lado. No logro desprenderme de esa imagen.

 

Sylvia Molloy, Vivir entre lenguas, Bs. As., Eterna cadencia, 2016, p. 63.


La patria es la lengua (escrita) (Sylvia Molloy)

Leemos hoy en ADN-Cultura:

Hace unos años escribí un relato sobre mi deseo de regresar a la casa donde me crié y lo titulé “Casa tomada”, copiando deliberadamente a Cortázar. El gesto no era tanto homenaje como intento de alejarme del género confesional y trabajar más en clave literaria. Cuento cómo me entero a través de un amigo de que la casa de mi infancia, en un suburbio de Buenos Aires, ha sido demolida o por lo menos renovada a tal punto que ya no es reconocible. Tanto una como otra posibilidad son extremas, pero cediendo a la urgencia dramática del mensaje escojo por supuesto la primera, más catastrófica, y confiando en mi amigo -que también era del mismo barrio- reacciono indignada: ¡cómo se atreven! Continúa mi texto contando cómo, en un viaje subsiguiente a Buenos Aires, voy a ver la casa el mismo día en que llego: está por cierto cambiada (han construido una extensión de la planta baja, lo cual cambia la fachada) pero todavía es reconocible. A mi regreso a Nueva York le reprocho a mi amigo: ¿qué lo llevó a decir que la casa había sido demolida cuando todavía está allí? Él insiste en que ha sido completamente modificada, demolida y reconstruida, el patio de adelante y el árbol enorme ya no están. Pero tanto el patio como el sauce llorón estaban en la parte de atrás de la casa, y no al frente, le digo, y lo que han agregado es mínimo, la casa ha cambiado muy poco. Pablo porfía que no, que ya no es la misma casa y que el árbol estaba al frente. Mi relato concluye, me doy cuenta de que es inútil que insista en lo contrario: probablemente los dos tengamos razón.

Pienso en la desterritorialidad que sentimos muchos de los que escribimos afuera y en la necesidad, como anota Salman Rushdie, de crearse casas imaginarias. En realidad, Rushdie habla de imaginary homelands, es decir, no sólo casas sino también países/casa: el inglés reúne oportunamente en una sola palabra la casa y la tierra, el hogar y la patria. Acaso la palabra querencia, en español, diera idea de la dimensión afectiva que contiene la palabra homeland, por lo menos para un latinoamericano. (En España la querencia es el espacio donde, durante una corrida, ponen al toro a recobrar fuerzas: pese a la brutalidad del escenario la idea de un espacio, un “adentro” reconfortante y regenerativo, me parece adecuada, incluso me agrada.)

Prefiero hablar de la escritura del afuera y no de la escritura del exilio porque la carga a menudo dramática de esta última palabra de algún modo oblitera la noción -engañosamente más simple- de desplazamiento. Si digo “afuera” presupongo un “adentro” al que, en teoría, puedo volver; si digo “exilio” la posibilidad de la vuelta es menos clara. Lo que me interesa principalmente es la escritura que resulta del traslado, la escritura como traslado, como traducción; la escritura desde un lugar que no es del todo propio y sin duda no lo será nunca, un lugar donde subsiste siempre un resto de extranjería y de extrañeza, donde se aprende una lengua nueva pero se escribe en la lengua que se trajo, y donde, si por azar uno oye hablar en castellano en la calle, uno se siente interpelado y se da vuelta: me están hablando. A mí.

Una de las características de escribir afuera es, como es obvio, la doble mirada. El remanido consejo -hay que escribir sobre lo que se conoce- sólo funciona a medias. Lo que se conoce bien está lejos o ha quedado atrás; lo que se conoce menos bien es lo que se tiene delante, la realidad de un lugar otro, donde se habla un idioma otro: no un homeland sino, para usar otra expresión en inglés (porque el mezclar lenguas es característica de quien escribe afuera) un home away from home, una casa fuera de casa; en suma, un lugar provisorio, aun cuando llegue a ser permanente. El imaginary homeland se vuelve homeland portátil, como Venezuela para los venezolanos, casa a la que se acude en el recuerdo, fuente inagotable de relatos que permiten asentarse. “Estoy donde no estoy”, escribe memorablemente Gabriela Mistral en un poema. Hubiera podido decir: “Escribo donde no estoy”.

La nota completa acá.


Trotsky y la literatura


Por Demian Paredes

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Hablar de Trotsky y la literatura (y, también, de Trotsky en la literatura) es, se podría decir, un tema clásico, conocido, visitado… y –como hacemos acá– revisitado.

Se puede comenzar por él mismo: como se sabe, Trotsky fue un atento lector; un gran lector –además de escritor–, tanto de escritores clásicos rusos (como Tolstoi y Gogol) como de contemporáneos (Esenin, Maiakovsky, Céline, Malraux, Jack London, los surrealistas). Sobre ellos escribió –antes, durante y después de la Revolución Rusa de 1917–, y, con muchos, tuvo además encuentros y relaciones políticas. Y a esto debemos sumar sus conocidos trabajos como Literatura y revolución, y los agrupados bajo el título de Problemas de la vida cotidiana, donde se ve (se lee) a las claras su atención para con los temas del arte y la cultura –a los que además se podría sumar el por entonces novísmo psicoanálisis–. De conjunto tenemos entonces a un revolucionario marxista que, lejos de la manipulación del arte y sus expresiones –como hizo la burocracia stalinismo con el tristemente célebre “realismo socialista”– tuvo una amplia mirada (y diversas propuestas políticas) sobre éstos, e incluso fue el autor, junto a André Breton, en México, en 1938, del “Manifiesto por un arte revolucionario independiente” (un conocido texto del que ha dado cuenta recientemente un artículo en la revista mensual Ideas de Izquierda). Tan es así que hasta el día de hoy, muchas décadas luego, muchísimos escritos siguen dando cuenta de la potencia, de la vigencia, de muchos planteos de Trotsky en estos terrenos, y por supuesto también de su vida revolucionaria y lucha consecuente contra la degeneración del Estado obrero ruso.

 

“El arte verdadero, es decir, el que no contenta con variaciones sobre modelos ya hechos, sino que se esfuerza por dar una expresión a las necesidades interiores del hombre y de la humanidad de hoy, no puede no ser revolucionario, es decir, no aspirar a una reconstrucción completa y radical de la sociedad, aunque solo fuese para liberar a la creación intelectual de las cadenas que la atan y permitir a toda la humanidad elevarse a alturas que solo unos cuantos genios aislados han alcanzado en el pasado.”

(Fragmento del “Manifiesto…” de Trotsky y Breton.)

 

Pienso ahora rápidamente en una posible “lista” de importantes escritores y escritoras que tomaron “la historia y vida de Trotsky”; como también de quienes lo abordaron desde diversos ángulos específicos las últimas décadas:

Tenemos por ejemplo La segunda muerte de Ramón Mercader, una novela “policial” (o “trhiller político” se se prefiere) del escritor español ya fallecido Jorge Semprún (quien además, años después, en Federico Sánchez se despide de ustedes –una de sus novelas autogiográficas– rememora las visitas al museo-casa de Trotsky en México, con sus aires de “templo revolucionario”…). Semprún, que fue –además de guionista del conocido director de cine Costa-Gavras– del PC, y luego del PS (es decir, se fue cada vez más hacia la derecha), mantiene sin embargo un respeto enorme por la figura de Trotsky.

Otras obras de escritoras y escritores son:

Tres tristes tigres, novela del gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, donde hay toda una “sección” del libro dedicada a parafrasear a varios escritores, “parodiando” su estilo, y dando cuenta del asesinato de Trotsky;

En estado de memoria, narraciones de Tununa Mercado, donde también se menciona al museo-casa de México como un sitio al que toda persona de izquierda, todo humanista y/o socialista no puede dejar de ir;

Los dos cuentos del jujeño Héctor Tizón publicados en No es posible callar, sobre el sicario stalinista Ramón Mercader;

El relato de Silvia Molloy –también sobre el museo-casa– en Varia imaginación;

La novela de Martín Kohan Museo de la revolución;

Varias novelas de Andrés Rivera, como Nada que perder y El verdugo en el umbral;

Laguna, de la norteamericana Barbara Kingsolver;

El profeta mudo, una novela inédita, que salió el año pasado por una editorial española, del escritor centroeuropeo Joseph Roth;

Y a todo esto hay que sumar la famosa El hombre que amaba a los perros, del cubano Leonardo Pardura.

Junto a esto, no podemos dejar de mencionar tampoco los textos que produjeron el ensayista y sociólogo Eduardo Grüner (“Trotsky, un hombre de estilo”), y el escritor Noé Jitrik –quien nos ha dado unos 5 o 6 textos los últimos años, en muchos casos tomando como referencia o disparador publicaciones del CEIP “León Trotsky” y Ediciones IPS: Mi vida, la biografía de Lenin, y El caso León Trotsky, entre otros–.

 

Para ir finalizando esta lista –que, por supuesto, no es exhaustiva–, podemos sumar un texto más, un capítulo sobre la “cuestión judía” en la autobiografía del escritor, ensayista y crítico George Steiner –llamada Errata–, quien, contra “la barbarie, la estupidez y la ignorancia” propone recordar un fragmento de “un tal Liev Davidovich Bronstein (también conocido como Trotsky). Un texto escrito en el fragor de batallas” “encarnizadas”:

 

“El hombre asumirá como propia la meta de dominar sus emociones y elevar sus instintos a las alturas de la conciencia, de tornarlos transparentes, de extender los hilos de su voluntad hasta los resquicios más ocultos, accediendo de este modo a un nuevo plano […]

El hombre será inconmensurablemente más fuerte, más sabio y más sutil; su cuerpo se tornará más armónico, sus movimientos, más rítmicos, su voz más, melodiosa. Los modos de vida serán más intensos y dramáticos. El ser humano medio alcanzará la categoría de un Aristóteles, un Goethe, un Marx. Y sobre este risco se alzarán nuevas cimas.”

 

Este es el final del libro Literatura y revolución, donde Trotsky proyecta, imagina, cómo será la vida del ser humano, una vez acabado el capitalismo –una vez terminado el régimen de explotación asalariada–, en la sociedad comunista. Un “sueño” de una gran potencia, que ha sido destacado una y otra vez por su belleza y su fuerza imaginativa.

Y cierra Steiner ese capítulo diciendo: “Absurdo. ¿Verdad? Pero un absurdo por el que vivir y morir”.

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* Este texto es la base de una columna realizada para el programa radial “Pateando el Tablero”, que puede escucharse en el siguiente link: http://pateandoeltablero.com.ar/2013/08/24/la-columna-de-arte-y-cultura-trotsky-en-la-literatura/