“El cyberabismo” (Ilán Semo)

El cyberabismo

Ilán Semo / II

Si algo ha mostrado la pandemia del Covid-19 es que, acaso, vivimos una era distópica. En la actualidad, la gente alberga una visión en la que el futuro ha dejado de ser el lugar de una sociedad mejor para reducirse, tan sólo, a una estación donde lo único que se espera es salir vivos del trance. Sea donde sea, Berlín, Washington o París, el discurso que se escucha desde el Estado es siempre el mismo: la solución está en la vacuna. Una vez inoculada la mayoría de la población, estaremos del otro lado.

Como si el antígeno fuera una suerte de fetiche mágico-religioso. No es que los antídotos no ayuden, pero todas las discusiones sobre la forma en cómo llegamos hasta aquí han sido relegadas o abiertamente reprimidas, como ha sido el caso en Colombia o en Bélgica: la crisis ecológica, la matanza de animales, la descomposición de las redes de salud pública, el anacronismo de las actuales escuelas, la futilidad del hiperconsumismo. Y, sobre todo, la estadística central de la pandemia: en México, por ejemplo, 93 por ciento de las defunciones corresponden a personas sin estudios de primaria, es decir, los ámbitos de la pobreza o la miseria.

Mientras tanto, los políticos fascinados con la canción de la vacuna que todo lo puede. Las poblaciones pueden enloquecer, pero nunca han sido imbéciles. Ni en París, ni en Berlín, ni en México o Estados Unidos. En este último 40 por ciento de la población se niega a inocularse; en México la mayor parte de los padres de familia no enviarán a sus hijos a las escuelas; en Alemania, las cuarentenas cuasi militares de Angela Merkel han derrumbado su histórico rating. Tal vez estemos frente a un fenómeno mucho más complejo que una crisis de confianza. Y en principio, por su tenacidad, se podría hablar de una huelga contra el cinismo de Estado. La pregunta es: de dónde proviene la supina creencia en la legitimidad del discurso sobre la cura inmediata que deja intocadas a las estructuras profundas de la sociedad.

Sus orígenes se encuentran probablemente en el contra-mundo que hoy define la forma en cómo la pandemia ha transformado cada uno de los confines de la vida cotidiana y el trabajo: el mundo digital. La pandemia, es decir, el autoencierro, ha provocado una aceleración desconcertante en el proceso de digitalización del mundo, cuyo corazón se encuentra en la mano de cada quien: el teléfono celular. ¿Por qué la gente no puede desprenderse de sus celulares? ¿Por qué la mitad de la población occidental se arroja en promedio cuatro horas y media diarias al sumidero digital? ¿Por qué se autoconfinan en la denominada jaula 5.0?

Las razones no son evidentes, aunque algunas sean consignables.

1. La era de la técnica, escribe Heiddeger, corresponde a la clausura de la metafísica. Léase: el fin de las certidumbres suprasensibles. Ni la religión, ni la ciencia, ni el progreso ofrecen certidumbre alguna. El teléfono celular, en cambio, es un dispositivo que produce la fantasmagoría de que nos encontramos conectados de manera instantánea con nuestros otros significantes, por quiénes más tememos. Es decir, podríamos responder a su cuidado. Además, es el centro de todo lo que se anuncia como un sistema de seguridad/certidumbre.

2. El teléfono celular no sólo es un dispositivo tecnológico, es un objeto trascendental: prolija el sentimiento de que no estamos solos. Una premisa que es la base de cualquier forma religiosa. Además, alivia la soledad inmediata, así sea por unos cuantos minutos.

3. Es un dispositivo de placer instantáneo, es decir de la forma más tóxica y adictiva del placer, el goce. A cada carácter, su goce. Sea el generoso, el sádico, el avaro, el militante o el hombre de fe. Su plasticidad al respecto es infinita. Y en una sociedad donde se exige que la satisfacción del deseo sea instantánea –es decir, que no conoce ese tipo de anacronismos como el de la voluntad de una vida, etcétera–, es predecible que su noción de cura y sus expectativas correspondan a esta misma intensidad.

4. Contiene toda la logística (y la hermenéutica) del control en sociedades de control. En las sociedades disciplinarias del siglo XIX no habría tenido sentido alguno. Así como la máquina de vapor no lo tuvo entre los griegos, que la profetizaron desde entonces. Sus órdenes de control permiten al jefe controlar a sus subordinados; al maestro a sus alumnos; el doctor a sus pacientes, pero sobre todo ofrecen al mundo subalterno la posibilidad de escabullir (y por ende resistir), simulando, el control de las jerarquías.

5. Garantiza un blindaje emocional impresionante. Todo lo que en otras épocas eran catástrofes emocionales o sentimentales, hoy aparecen como caídas o recaídas superables en la licuefacción de las relaciones personales.

6. Tiene un efecto sólo atribuible al mundo del arte: permite suprimir la tiranía del yo sobre el yo mientras se navega sin rumbo por alguna de sus redes.

7. Por último, el corazón de la filosofía de Hegel sobre el espíritu lleva un nombre preciso: el reconocimiento. Toda la fantasmagoría del like está destinado a ponerla al servicio de cual sea.

Estas son partes de la estructura profunda del cyberabismo, cuyos límites resultan hoy indefinibles.


Hoy, 21 hs., Sarau Brasil e Argentina


“En los límites del control” (Hermann Bellinghausen)

Lo bueno para nuestros antepasados, incluidos los más recientes, es que ya no están aquí para ver en lo que andamos. Algunos lo previeron, con la esperanza de equivocarse. En lo que nos hemos convertido. Avanzamos cada día más rápido hacia los establos del control, y conforme pasa el tiempo, de mejor gana. Si nos falta entusiasmo es indolencia, ni siquiera fatalismo. Nos han curado del espanto de pensar que la vigilancia y el control constante son enemigos de lo humano. Aprendemos que la libertad es relativa, no muy importante. Preferimos la seguridad. Cómplice clave del control es el miedo.

Se trivializa lo ominoso y todos tranquilos. La omnipresencia del Gran Hermano de George Orwell y la limitación del pensamiento en Farenheit 451 hace rato se cumplieron, son antecedentes de una realidad más obtusa, y sin embargo más sofisticada. La intimidad, la soledad y el derecho al secreto desaparecen rápidamente, con el total respaldo de las víctimas que lo ven como algo lleno de ventajas. Ríanse del síndrome de Estocolmo. Estamos enamorados de los carceleros y en el fondo soñamos con ser como ellos.

Del panóptico en prisiones, clínicas y cuarteles pasamos al mercado libre, o el mercado negro, gracias a la obligación de entregar nuestros datos biométricos y existenciales. La unicidad de nuestro rostro es detectable en medio de una multitud y la meta es que pronto no haya calle, corredor, rincón, sótano o ático fuera del alcance de cámaras, micrófonos y alarmas.

Colaboramos alegremente; sin que nos lo pidan hacemos pública y notoria nuestra localización exacta todo el tiempo. Si alguien quisiera clavarnos un misil en la mollera ahora mismo, sólo necesitaría una rápida consulta a las bases de datos para dispararlo derechito y sin daños colaterales, o no muchos; los drones antiislámicos de Israel y Estados Unidos tienen cierto margen de error en bodas y entierros donde los objetivos se confunden con familiares e invitados.

Si alguien quiere halagarnos o envenenarnos, sabe perfectamente qué nos gusta más comer y cómo. Pero no temamos, las intenciones son buenas. Nos conviene. Si el banco y las aduanas ya poseen nuestra huella, nuestro rostro y nuestro antecedentes íntimos, qué más da que los grandes consorcios y los gobiernos nos tengan bien checados. De por sí saben dónde localizarnos, es inútil esconderse. Traemos la señal en el bolsillo o pegada al oído, cerca del cerebro.

Las nuevas generaciones desconocen qué era lo clandestino, lo privado, lo secreto, lo oculto, lo especial y único en las zonas de júbilo o refugio. De manera automática lo personal deviene clientelar (ya no político, como proclamábamos hace medio siglo).

Si alguien cultiva algún vicio o peca de tal o cual modo propio, está en condiciones permanentes de pasar al dominio público. Vivimos la ilusión de que todo lo visible está permitido. Uno se masturba en público si quiere, y si no quiere también. El infierno omnímodo de Los juegos del hambre (Suzzane Collins, 2008) puede ser un blando paraíso, según anuncian quienes dicen protegernos: Evitemos que los delincuentes se salgan con la suya; suavecito y cooperando, total no tenemos nada que esconder. Y nos conviene acumular puntos sociales (¿recuerdan Black Mirror?) Claudicamos ante el control sin la necesidad de conceder un clic.

La nota sigue, completa en La Jornada.


Venta indigna de Siglo XXI (Elena Poniatowska)

Elena Poniatowska

 

¡Qué capacidad de destruirnos tenemos los mexicanos! Esa habilidad se evidenció ahora con la venta de la editorial Siglo XXI por su pésimo director Jaime Labastida. ¿Consultó a los accionistas? ¿Los previno que algo podrido se estaba gestando?

Una de las confrontaciones más hermosas entre el gobierno de México y los intelectuales en 1966, durante el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, fue la lucha de más de 300 escritores, científicos, pintores, investigadores, universitarios y politécnicos (como asienta Iván Restrepo en su artículo del lunes 15 de marzo en estas páginas). Alzaron su voz indignada contra el atraco del gobierno de Díaz Ordaz, quien quitó la dirección del Fondo de Cultura Económica (FCE) a don Arnaldo Orfila Reynal por haber publicado Los hijos de Sánchez, del antropólogo Oscar Lewis.

–¡Vamos a hacer otra editorial que va a dirigir Orfila! –propuso Guillermo Haro.

El apoyo de intelectuales a Orfila fue definitivo. Jesús Silva Herzog, Guillermo Haro, Fernando Benítez, Fernando Canales, Carlos Fuentes, Enrique González Pedrero, Víctor Flores Olea, Carlos Monsiváis y Vicente Rojo se indignaron. Don Arnaldo tenía fama de ser el mejor editor de América Latina y lo comprobó en Siglo XXI, última editorial que habría de dirigir durante 20 años en los que publicó 21 colecciones, mil 700 títulos, 6 mil ediciones, un tiraje de 20 millones de ejemplares.

Ganar la batalla a la injusticia y a la ignorancia, y fundar una editorial con una emoción sólo superada por la indignación que causaba la destitución de Orfila Reynal fue el punto de arranque de la editorial Siglo XXI.

Una pésima noticia vuelve a indignarnos en marzo de 2021 después de más de 50 años, la venta de Siglo XXI. Muchos la consideramos una victoria sobre la injusticia. El más entusiasta de los fundadores, don Jesús Silva Herzog, creador de Cuadernos Americanos, hizo oír su voz de órgano catedralicio en esa primera reunión en el Club Suizo. Los intelectuales pusieron en Orfila toda la fe del nuevo siglo y llamaron a la editorial Siglo XXI.

Ya Javier Aranda publicó en La Jornada su opinión sobre esta infamia que constituyó una bárbara traición a la cultura.

Consumada la venta de Siglo XXI, su director, Jaime Labastida, nos comunica su venta para que sólo nos quede lamentarla. Si 1964 anticipó la intolerancia que habría de seguir en nuestro país hasta llegar al movimiento estudiantil en 1968, este aciago año para la cultura de 2021 confirmo que no sabemos ni actuar en defensa propia.

Con la dirección de Orfila Reynal, el FCE lanzó Los hijos de Sánchez, que denuncia la miseria de una vecindad cercana a la cárcel de Lecumberri y describe el hacinamiento de hombres, mujeres y niñas sujetas a un padre machista. La Sociedad de Geografía y Estadística acusa el libro de difamatorio y condena a Oscar Lewis. La expulsión del FCE de don Arnaldo Orfila Reynal actúa como condena final.

La indignación en la voz de Jesús Silva Herzog y la capacidad de Guillermo Haro logró reunir a un grupo de intelectuales. Fernando Benítez, primer orador; Pablo González Casanova; Fernando Canales, entonces gerente del periódico Novedades; Víctor Flores Olea, y Enrique González Pedrero se reunieron para decirle a Orfila:

–Pronto tendrá una nueva editorial. Vamos a levantarla nosotros.

Ofrecí la casa de mi hijo mayor, Mane, en la calle de Morena 430, esquina con Gabriel Mancera. ¡Qué padre, una editorial financiada por intelectuales! Laurette Sejourné y Arnaldo se instalaron en el segundo piso; Siglo XXI lanzó su primer libro y la cochera se llenó de libros bien impresos y empaquetados. Arnaldo publicó en noviembre de 1966 la primera novela de Fernando del Paso, José Trigo, fenómeno literario

* La nota sigue, completa en La Jornada.


León Ferrari, artículos: “Sobre el infierno” y “Carrió y el diablo” (2004)

* Dos artículos, en el marco de la polémica y los ataques religiosos y reaccionarios por la muestra retrospectiva del Recoleta en el año 2004, para homenajear al gran León Ferrari (1920-2013) en su centenario (y aquí, las actividades, exhibiciones y muestras del MNBA).

 

 

“Sobre el infierno”

[Artículo publicado en Página/12 el 16 de diciembre de 2004.]

 

1) En una nota publicada en Clarín, el vocero del Episcopado Guillermo Marcó dice que no tiene que pedir perdón (por la responsabilidad de la Iglesia durante la dictadura) porque tenía dieciséis años cuando ocurrió el golpe de 1976. Marcó desvía el debate: nadie le pidió que pida perdón por algo que no hizo. A la Iglesia se le pide mucho más, se le pide que diga todo lo que supieron y saben de los 250 capellanes que visitaban los 300 chupaderos o vivían en ellos, y los sacerdotes y obispos que se reunían con los criminales uniformados en fiestas religiosas y militares en la Casa Rosada y en la Catedral, sin que nunca denunciaran los crímenes. La Iglesia no se sacará esa mancha mientras no ayude a las Madres a castigar a los responsables y a las Abuelas a encontrar los chicos robados. Me parece lamentable que se recurra a Angelelli para justificar a los Pío Laghi, Tortolo y Quarracino.

2) En varios programas radiales he repetido que el mayor desacuerdo que tengo con el cardenal Bergoglio se reduce a una diferente opinión sobre la tortura. Marcó parece no saber que la Iglesia sostiene en el Catecismo editado por la Conferencia Episcopal Argentina, de la cual el cardenal Bergoglio es su presidente, prologado por Juan Pablo II, que La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno (n. 1035). Esto significa que hay millones de almas que son castigadas en algún lugar desde hace años, siglos o milenios, que están esperando que llegue el Juicio Final para recién entonces ser juzgados, luego de resucitados sus cuerpos, y sometidos a un nuevo suplicio en carne y hueso (n. 1038). Con las obras de la Recoleta quiero decir lo contrario: estoy, como muchos habitantes del planeta, contra toda tortura, física o mental, a buenos o malos, católicos o ateos, aquí o en el más allá. No creo en el infierno, pero creo que discriminar a la humanidad en buenos y malos y alentar el castigo al diferente es una de las causas de los exterminios que jalonan la historia del cristianismo.

3) ¿Cómo explica la Conferencia Episcopal la contradicción de respaldar los derechos humanos en este mundo y violarlos en el más allá?

***

 

“Carrió y el diablo”

[Artículo publicado en el diario Página/12 el 20 de diciembre de 2004.]

 

La señora Carrió, en el programa de Grondona, se pronunció contra la muestra retrospectiva, clausurada a instancias de la Iglesia, porque, según ella, ataca a los católicos, porque se hace en una sala del gobierno en ‘tiempo de adviento’, y porque está cerca de la Iglesia del Pilar donde ella escucha misa. Dijo que es una ‘imbecilidad’ que el gobierno la haya permitido y expuesto.

En la Iglesia del Pilar, como en muchas iglesias en todo el mundo, se repite y predica la campaña de la Iglesia en contra de los anticonceptivos, es decir, se promueve la muerte de víctimas del sida y de abortos clandestinos. Carrió, ¿usted acepta que en el Pilar se apoye esa forma cristiana de matar gente pero cree que es una imbecilidad que el gobierno permita una muestra donde se expone una foto del Papa sobre un frasco con preservativos? ¿Es necesario que le explique que el significado de ese frasco es sólo una condena a aquella campaña?

En el Pilar, y en tantas otras iglesias, se leen en Pascua (como lo indica la edición del 2004 del Calendario Litúrgico editado por la Conferencia Episcopal Argentina) los cinco versículos de Hechos en los que Pedro repite la acusación de que los judíos mataron a Jesús. Carrió, ¿usted no cuestiona que en el Pilar se siga haciendo antisemitismo pero no admite que el Gobierno de la Ciudad me permita hacer una muestra que ataca ese racismo, porque está cerca del Pilar?

En todas las iglesias y en el Pilar se reitera la amenaza del castigo en el más allá a los llamados pecadores, castigo que, si bien la Iglesia atenuó (ya no es el fuego que anunció Jesús, pintó Miguel Ángel y describió la Virgen de Fátima, ahora es ‘sólo’ un sufrimiento mental), la actualiza el ‘Catecismo de la Iglesia Católica’ –editado por la Conferencia Episcopal que preside el cardenal Bergoglio y prologado por el papa Juan Pablo II– donde se afirma que las almas de los que mueren en pecado mortal son castigadas en el infierno y que, una vez resucitados, los cuerpos son torturados en carne y hueso en la eternidad. Diputada, ¿usted cree conmigo que esto significa que hay una multitud de almas que en este momento están siendo castigadas? ¿Usted no cree que sería más pertinente que usted se ocupe de esa pobre gente, en lugar de tratar de impedir que el Gobierno de la Ciudad respete la libertad de opinión permitiéndome exponer mis críticas a la tortura, esa arma principal usada por la Iglesia durante dos milenios para evangelizar a nuestro prójimo?

Los cambios de opinión pueden hacerse en varios niveles, el académico, el coloquial, y el que usted usa que puede llamarse de la ‘imbecilidad’. Carrió, ¿si yo me comunicara con usted en su lenguaje de la ‘imbecilidad’, qué adjetivo le parece que podría usar para calificar su singular idea de que los pintores no podemos exponer nuestras obras en una sala pública si no son antes revisadas o aprobadas en alguna forma que no explicó? Dicho de otro modo, ¿cuál es la palabra al nivel de ‘imbecilidad’ que puede describir sus ideas sobre el arte y la libertad de expresión?

 

León Ferrari, Prosa política, Bs. As., Siglo XXI, 2005, pp. 232-233 y 234-235.


Reproducción social y pandemia (entrevista a Tithi Bhattacharya por Sara Jaffe)

Entrevista a Tithi Bhattacharya

Reproducción social y pandemia

10/04/2020 | Sarah Jaffe

La pandemia del coronavirus ha demostrado a muchas de nosotras, con una claridad brutal, la rapidez con que la sociedad puede cambiar y qué necesitamos –y no necesitamos– para vivir. Resulta que gran parte de una economía capitalista puede mantenerse paralizada en tiempos de crisis, mientras que los recursos se encaminan a la atención sanitaria. Muchas cosas que antes nos decían que eran imposibles –desde liberar presos de las cárceles hasta suspender alquileres e hipotecas y desembolsar a cada habitante del país un dinero en efectivo–, ahora se están haciendo.

Tithi Bhattacharya lleva pensando desde hace tiempo en cómo sería una sociedad centrada en la vida humana y no en las necesidades del Mercado Todopoderoso. Es profesora de historia y directora de estudios globales de la Universidad Purdue, así como coautora del Manifiesto de un feminismo para el 99 %, miembra del consejo editorial del nuevo periódico Spectre y editora de un libro reciente titulado Social Reproduction Theory: Remapping Class, Recentering Oppression. Hemos hablado con ello sobre lo que nos puede enseñar la teoría de la reproducción social con respecto al periodo actual, a las demandas que debería avanzar la izquierda en estos momentos y a cómo podemos aprovechar estas lecciones para prevenir una catástrofe climática.

Sarah Jaffe: Para empezar, explícanos brevemente qué es la teoría de la reproducción social.

Tithi Bhattacharya: La mejor manera de definir la reproducción social es decir que son las actividades e instituciones que se requieren para crear vida, mantener la vida y reemplazar la vida generacionalmente. Las llamo actividades de creación de vida.

Crear vida en el sentido más directo es dar a luz. Pero para mantener esta vida necesitamos toda una ristra de otras actividades, como limpiar, alimentar, cocinar, lavar la ropa. Hay instituciones físicas que se precisan: una vivienda; transporte público para acudir a diversos lugares; instalaciones recreativas públicas, parques, programas extraescolares. Escuelas y hospitales son algunas de las instituciones fundamentales que se requieren para mantener y crear vida.

Estas actividades e instituciones que están implicadas en este proceso de creación de vida las llamamos trabajo de reproducción social e instituciones de reproducción social. Pero la reproducción social también es un marco; es una lente a través de la cual contemplamos el mundo que nos rodea y tratamos de comprenderlo. Nos permite ubicar la fuente de riqueza en nuestra sociedad, que es tanto la vida humana como el trabajo humano.

El marco capitalista o la lente capitalista es lo opuesto a la creación de vida: es creación de cosas o generación de ganancias. El capitalismo pregunta: “¿Cuántas cosas más podemos producir?”, porque las cosas generan ganacias. No se piensa en el impacto de esas cosas en la gente, sino en la creación de un imperio de cosas en el que el capitalismo es el nigromante que reina soberano.

La mayoría de estas actividades y la mayor parte del empleo en el sector de la reproducción social –como los cuidados, la enseñanza, la limpieza– corre a cargo de mujeres trabajadoras. Y puesto que el capitalismo es un sistema de hacer cosas y no de hacer vida, estas actividades y estas trabajadoras están gravemente infravaloradas. Las trabajadoras del sector de la reproducción social son las peor pagadas, son las primeras en irse, se enfrentan a un constante acoso sexual y a menudo a una violencia directa.

Jaffe: Nos hallamos en un momento en que hay espíritus malignos como Glenn Beck diciendo que darían la vida por que el capitalismo siguiera funcionando, más claro el agua.

Bhattacharya: La crisis del coronavirus ha sido trágicamente esclarecedora en dos sentidos. En primer lugar, ha aclarado lo que las feministas de la reproducción social vienen diciendo desde hace un tiempo, a saber, que la labor de cuidados y la de crear vida son los trabajos esenciales de la sociedad. Ahora mismo, cuando estamos en confinamiento, nadie dice: “¡Necesitamos corredores de bolsa y bancos de inversión! ¡Mantengamos abiertos estos servicios!” La gente dice: “Que sigan trabajando las enfermeras, las trabajadoras de la limpieza, los servicios de recogida de basuras, la producción de alimentos.” Comida, combustible, cobijo y limpieza: estos son los servicios esenciales.

La crisis también ha revelado trágicamente la total incapacidad de capitalismo para afrontar una pandemia. Lo que busca es maximizar el beneficio y no mantener la vida. [Los capitalistas afirman] que las principales víctimas de todo esto no son las innumerables vidas que se pierden, sino la maldita economía. La economía, parece, es el bebé más vulnerable que todos, desde Trump hasta Boris Johnson, están dispuestos a proteger con espadas afiladas. Mientras, el sector sanitario ha quedado devastado en EE UU debido a las medidas de privatización y austeridad presupuestaria. La gente dice que las enfermeras tienen que hacer máscaras en casa. Siempre he dicho que el capitalismo privatiza la vida y la creación de vida, pero pienso que hemos de reformular la frase después de la pandemia: “El capitalismo privatiza la vida, pero también socializa la muerte.”

Jaffe: Quería hablar más sobre la manera en que se minusvalora el trabajo de cuidados y esas otras formas de reproducción social. El gobernador de Pensilvania tenía una lista detallada de actividades esenciales para mantener la vida a las que autorizó a permanecer abiertas. El personal de limpieza abandonó el trabajo por carecer de equipos de protección individual. Nuestra tendencia a minusvalorar esta clase de trabajo está afectada por y también afecta a lo que pensamos de las personas que lo llevan a cabo.

Bhattacharya: Las residencias de ancianos y el sector de cuidados asistidos acogen actualmente a unos cuatro millones de personas en EE UU. En su mayoría están afiliadas a Medicare. El New York Times informó hace poco de que todos los años mueren 380.000 pacientes a causa de una infección en las residencias permanentes, que a menudo se resisten a invertir en los debidos procedimientos de higiene y salud. Estas instituciones influyen de modo importante en la propagación de epidemias. Esto se agrava sabiendo que en EE UU hay 27 millones de personas que carecen de seguro médico.

Cerca del 90 % del personal sanitario y auxiliar de clínica que presta servicio a domicilio en EE UU son mujeres. Más del 50 % de estas son mujeres de color. No estoy segura –nadie lo está– cuántas de ellas están indocumentadas. Son vulnerables por partida doble, tanto a la pérdida del empleo como a las redadas de los agentes de inmigración. En promedio, ganan unos 10 dólares la hora, y en la mayoría de los casos no tienen derecho a la paga en caso de baja por enfermedad ni seguro médico. Estas son las mujeres cuyo trabajo sostiene tantas instituciones de cuidados en nuestro país.

He seleccionado algunas de las categorías de trabajos que figuran en la lista de servicios esenciales que publicaron Indiana y Pensilvania y he comparado los salarios del personal de estos servicios esenciales con los de los altos ejecutivos. La diferencia es astronómica. Las trabajadoras de estos servicios que ahora nos dice que son esenciales –y que las feministas y socialistas sabemos desde siempre que son esenciales– perciben menos de 10 dólares la hora, mientras los banqueros permanecen sentados en casa.

Durante la crisis hemos de plantear reivindicaciones como la institución inmediata de lo que llamo una paga pandémica para las trabajadoras de cuidados esenciales. Están arriesgando sus vidas. Necesitan salarios mucho más altos. Inviertan de una vez en hospitales y servicios médicos, traten de nacionalizar la sanidad privada, como ha hecho España. Aseguren el cuidado de la infancia y la ayuda económica a todo el mundo, especialmente las trabajadoras y trabajadores que tienen que ir a trabajar. Y déjense de redadas y deportaciones de inmigrantes. Esto es algo que disuade a la gente de acudir a la asistencia médica: tienen miedo de ir al médico y llamar la atención de las autoridades de inmigración. Irlanda y Portugal han promulgado leyes que prorrogan todos los visados y anulan la condición de inmigración indocumentada. Estos son los modelos que hemos de seguir.

Jaffe: Uno de los grandes brotes en el Estado de Washington se produjo debido al pluriempleo de muchas asistentas sanitarias a domicilio que llevaron el virus a numerosas residencias de ancianos. La insuficiencia de la paga que reciben en un solo puesto de trabajo favorece la propagación del virus.

Bhattacharya: El virus, en cierto modo, es democrático. Ha infectado incluso al príncipe Charles. Sin embargo, esto no debe engañarnos hasta el punto de creer que el acceso a la curación será igual de democrático que el virus. Como sucede con todas las demás enfermedades bajo el capitalismo, la pobreza y el acceso al tratamiento determinarán quién vive y quién muere.

Esto tendrá un efecto devastador en mi país, India. El primer ministro fascista Narendra Modi acaba de decretar 21 días de confinamiento. Todas las ciudades han cerrado básicamente las empresas. ¿Qué será de los trabajadores migrantes? ¿Tiene Modi un plan para ellos? No. Millones de trabajadores y trabajadoras migrantes cruzan literalmente el país a pie para volver a sus aldeas, filas de gente caminando por las carreteras, de oeste a este. Modi ha prohibido todas las formas de transporte público y privado para que no vuelvan a casa, ya que pueden propagar el contagio. En cambio, Modi se ha asegurado de que los ciudadanos indios que viven en el extranjero –gente de clase media alta– pudieran volver en avión. Se fletaron vuelos especiales, se dieron permisos excepcionales para permitir que los aviones aterrizaran a pesar del cierre anunciado de los aeropuertos y se extendieron visados especiales.

Este es el modo en que una serie de gobiernos capitalistas del Sur global van a tratar a la gente pobre. Veremos cómo la enfermedad acecha en los arrabales de Calcuta, Mumbai, Johanesburgo, etc. Ya nos llegan declaraciones de nuestros gobernantes de que el virus es una manera de que el planeta se recupere, que se deshaga de los indeseados. Es un llamamiento eugenista a la limpieza social para eliminar a la gente más vulnerable y débil.

Jaffe: Lo que esto demuestra no es que las emisiones disminuyan por la falta de gente, porque la mayoría de la gente no muere; lo que demuestra es que el mundo está mucho más sano sin tanto trabajo, porque la gente solo lleva a cabo, como dijiste antes, el trabajo de crear vida.

Bhattacharya: Este argumento de que el coronavirus es un botón de reset para el mundo es un argumento ecofascista. Lo que debería ser es un botón de reset para la organización social. Si el virus se va y volvemos a la vida de antes, entonces es que no nos ha enseñaddo nada. Puesto que se ha vuelto necesario que nos quedemos en casa, somos capaces de hallar la belleza y el tiempo para gozar de aquellas personas con las que compartimos nuestro hogar. Pero no podemos olvidar que en el capitalismo los hogares, al tiempo que nos proporcionan cobijo y seguridad, también son escenarios de una violencia increíble. Hace dos días recibí un correo electrónico de un refugio local para víctimas de la violencia machista en que yo solía hacer voluntariado, preguntándome si podría plantearme volver allí porque prevén un repunte de casos.

Mis compañeras feministas de Brasil, Sri Lanka e India, todas me dicen lo mismo: un repunte de los abusos domésticos debido a la olla a presión que supone que todos permanezcan en casa. No necesitamos el aislamiento social. Necesitamos aislamiento físico y solidaridad social. No podemos olvidarnos de la vecina anciana que vive enfrente; puede que para ella no sea seguro ir a la tienda. No podemos olvidarnos de nuestra colaboradora que viene demasiado maquillada alrededor de los ojos y dice que se ha golpeado la cabeza contra una puerta. Tenemos que verlas regularmente.

La gente lo hace voluntariamente a pesar de que nuestros gobernantes apenas muevan un dedo para animarles realmente. Hay docentes que se acercan en coche a casa de sus alumnas y alumnos, les saludan con la mano y les dicen “¡vamos a salir de esta!” Mi distrito escolar, como muchos otros, suministra comidas a todas las personas menores de 18 años. En mi Estado, las entregan a domicilio. Es algo que ni el gobierno federal ni ningún político ha hecho. Son el personal docente y los distritos escolares que deciden hacerlo por su cuenta. Hay brillantes actos de solidaridad y amor y asistencia que florecen en medio de esta tremenda crisis. Estas son nuestras fuentes de esperanza.

 

La entrevista sigue; completa en la web de Viento Sur.


“La crisis viral” (Ilán Semo)

Una larga fila de comentaristas europeos han embestido en contra de dos textos de Giorgio Agamben que reflexionan sobre el estado actual de la diseminación del coronavirus. Los dos escritos son: L’invenzione di una epidemia ( Quadliber, marzo 2020) y Contagio ( Una voce, 11 de marzo, 2020). Disponibles en español, respectivamente, en ficciondelarazon.org y Artilleria Inmanente, el prolífico blog que Alan Cruz coordina diligentemente. La polémica es indicativa de las posiciones que hoy se dirimen en la crisis viral que afecta a gran parte del planeta. Crisis viral en un doble sentido: la aparición de un nuevo virus de rápida diseminación que ha tomado por sorpresa a los epidemiólogos y, a la vez, el carácter viral y súbito de la detención de la maquinaria social debido al temor del contagio.

El texto sobre la epidemia sostiene que si bien la disemenación del Covid-19 representa sin duda una amenaza, comparada con otras pandemias del siglo XX (influenza, virus aviar, ébola, HIV, gripe española…) sus proporciones parecen ser menores. Hasta hoy, después de un mes, los decesos en todo el planeta no alcanzan la cifra de 9 mil (¡En una población mundial de 7 mil 500 millones!) Argumento, por supuesto, que no alivia el terrible sufrimiento en cada caso de amigos y familiares causados por las muertes. Sin embargo, las medidas de control y coersión adoptadas por los estados han alcanzado dimensiones inimaginables o, al menos, nunca vistas hasta ahora: cancelación de libertades civiles, restricción del contacto personal (hoy se habla ya de una distancia sana de 4.5 metros) –en Austria e Italia la fuerza pública puede detener a gente que tose en la calle o se suena sospechosamente–, supresión de la libertad de movimiento, etcétera. En suma, el estado de excepción perfecto, ahora puesto en operación no por las fuerzas del orden, sino por la propia ciudadanía, casi como su demanda. Es decir, auto-impuesto. Me detengo en esta reflexión que resulta simplemente ubicua: hay un virus mucho más peligroso que el Covid-19, el que cercena los cerebros no para evitar el contagio, sino para anunciar una forma nueva de vida, ni siquiera imaginada por la literatura: el individuo autoaislado frente su dispositivo digital como último fragmento de lo que resta de la sociedad.

Que el peligro de la pandemia existe, está fuera de duda. La pregunta es: ¿cómo han reaccionado las diversas franjas de la sociedad política actual para situarse en la ola de shock que ha provocado?

La nota completa en el diario mexicano La Jornada.


Chamuyando sobre Bob Dylan y el Premio Nobel…

nknfrnswnlezdc92eiin* Hace unos diez días me solicitaron desde Venezuela que respondiera unas preguntas (rápidamente) sobre el reciente Premio Nobel de Literatura otorgado a Bob Dylan (y temas aledaños). Lo hice, y salió publicado ayer.

¿Por qué el Nobel de Literatura a Bob Dylan?

Creo que le dieron el premio por dos razones, una más evidente, y la otra, no-explícita. La primera, la que llamo evidente, tiene que ver con la trayectoria y calidad artística (y “letrística”) de Bob Dylan: 67 discos (con músicas y letras –podríamos decir– inmortales, como “Blowin in the Wind”, “Like a Rolling Sonte”, “Things Have Changed”, “A Hard Rain’s a-GonnaFall”, “Masters of War”, “Tombstone Blues”, “Knockin’ on heaven’sdoor”…), algunos libros (como el experimental Tarántula, y su primer volumen autobiográfico Crónicas), la actuación y las pinturas, y una historia que comienza, en la década de 1960, con la crisis (interna) del imperialismo yanqui con la Guerra de Vietnam, y el surgimiento de distintos movimientos contraculturales, contestatarios, de los que el mismo Dylan fue parte (desde la canción de protesta, la fusión del folk con el rock y con el country, hasta sus lazos e influencias con la llamada “generación beat”, de escritores y poetas). Como fue anunciado públicamente, se le dio el premio, específicamente, “Por crear nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción [norte]americana”.

La otra cuestión, la segunda a analizar, viniendo el premio de la Academia Sueca (en este caso de un comité de 18 personas, que además guarda cada acta de discusión, votos y fundamentos por 50 años), es la significación política, o político-ideológica, que tiene el premio en sí: suele ser un reconocimiento artístico, a lo que se suma alguna expresión de lo llamado “políticamente correcto”, dentro de la situación internacional dada cada año. Generalmente, el Premio Nobel termina siendo así un “llamado de atención” al trabajo de algún artista en particular, pero, más en general, a las cuestiones que atañen a un país o región, desde un punto de vista que excede lo artístico o cultural (entendido esto en sentido amplio): hablo de lo geopolítico. Así como hace unos años se lo dieron a Mo-Yan (reconociendo en este personaje,un académico militar maoísta, el peso creciente de China –un ex Estado obrero reconvertido al capitalismo– en la arena mundial), o el año pasado a la bielorrusa Svetlana Aleksiévich (una periodista y cronista que recopiló “las voces de Chérnobil” y de otros conflictos militares), el Nobel a Dylan probablemente signifique que hay que mirar a los Estados Unidos, quienes actualmente están dirimiendo la presidencia entre Donald Trump y Hillary Clinton, en el marco de una crisis económica internacional, y con una situación de crisis y movilizaciones dentro de EEUU por parte de diferentes sectores (como en su momento la juventud con Ocuppy Wall Street, o más recientemente las comunidades negras, bajo el lema Black Live Matters).

Dicho esto, seguramente valga la pena mencionar, a modo de “datos biográficos”, que Dylan, que comenzó tocando en los festivales juveniles en la década de 1960, en el auge de los movimientos sociales y civiles contra el propio imperialismo yanqui, terminó, en esta última etapa de su carrera (y vida), realizando un concierto en 1997 para Juan Pablo II, y recibiendo hace muy poco, de manos de otro premio Nobel (en este caso el –supuestamente– “de la Paz”), el presidente Obama, la llamada “medalla de la libertad”. Del mismo modo, para graficar ese camino biográfico que va de los festivales populares a los salones de las instituciones (contrarrevolucionarias) establecidas y consagradas –el Vaticano, la Casa Blanca–, pasando además por la autorización (venta) de su músicas y canciones para publicidades de bancos o automóviles, se pueden leer las incomodidades que dice haber pasado Dylan en su autobiografía, por haber sido sindicado masivamente, en las décadas de 1960 y 70, como “ídolo popular”, “de la juventud”, “antiguerra”, etc.

¿Qué significa que un músico haya ganado el Nobel?

En primer lugar significa que los integrantes de la Academia sueca no instauraron –hasta el momento– una categoría de premio Nobel para la música. En segundo lugar, significa que –tal vez como tantas otras cosas en la vida– las artes no pueden reducirse, constreñirse o acomodarse a un compartimento estanco, a una sola categoría o “rama” del arte. En muchos casos son disciplinas y obras que están cruzadas, que se influencian mutuamente, y lo lírico alude (históricamente) tanto a la poesía como a la música. En este sentido –y aunque no le haya gustado esta premiación a otro Nobel de Literatura, a Vargas Llosa, quien no tuvo mejor idea que decir, muy pobremente, a modo de “crítica”, que el año próximo el premio podría ir… a un futbolista–, Dylan es uno de los tantos artistas que no se restringieron en sus actividades, realizando o priorizando una sola: el músico nacido en Minnesota ha pintado, ha escrito, ha compuesto y cantado, y su talento ya le había valido varios premios: el Príncipe de Asturias de las Artes en 2007, y el Pulitzer en 2008, además de un “Óscar musical”. Solo para no hacer una larga lista, creo que se puede mencionar a Leonard Cohen (quien además de sacar discos publicó libros con poemas, y dos novelas), a Joni Mitchell (la gran cantautora norteamericana que además pinta cuadros), al brasileño Vinicius de Moraes (el ex diplomático devenido en poeta y gran compositor de la Música Popular Brasileña) o a Laurie Anderson (cuya combinación de letras, músicas, luces e imágenes es única). Menciono todos artistas –a modo de ejemplo– cuyas obras son difíciles de encasillar en un solo “rubro” (o “estilo”), tal como podría mencionarse también a la “poesía concreta” del Brasil, donde sus creadores, hasta la actualidad, como Augusto de Campos (quien realiza “shows multimedia”), no se limitaron a escribir sobre el papel e hicieron de la ciudad y los lugares públicos “soportes” de sus creaciones poéticas (lo verbi-voco-visual joyceano).

¿Es el fin de la literatura?

Esta pregunta tal vez podamos pensarla desde dos ángulos, reformulada, incorporando un elemento que la haga más explícita: hablamos de si, con este premio Nobel a un cantante, se terminaron los premios a los literatos “puros” (es decir, a los artistas que se dedican a la creación escrita); la respuesta, para mí, es no. Y al contrario: no solo se escucharán más los discos de Dylan a partir de este premiación y posterior discusión (masiva) en todos los medios (como ya fue noticia: en apenas 24 horas el servicio de música Spotify tuvo más de un 500 % de aumento en las escuchas de canciones de Dylan), sino que también se irá –muy posiblemente– a buscar sus libros, tanto los de sus propios escritos, como los que compilan sus letras (transformadas así en “poemas”, para leer en papel), y las biografías y análisis de otros autores. Es decir que la premiación puede fomentar la lectura (por lo tanto, la lectura como práctica), tanto de Dylan como de otros autores y libros relacionados a él (desde Dylan Thomas, el poeta que sirvió de inspiración para el nombre artístico que adoptó Robert Allen Zimmerman –nuestro actual premiado–, pasando por los beatniks como Gregory Corso, Jack Kerouac y Allen Gingsberg… hasta William Blake, el poeta “dark” que fue mencionado por la secretaria del premio Nobel que anunció al ganador de este año).

Por otra parte, si la pregunta la pensamos más ampliamente –aun apartándonos un poco del tema en cuestión–, acerca de si, además de las decisiones de los premios Nobel (entregando premios a una periodista, o a un músico), el mundo contemporáneo estaría presenciando alguna clase de “fin de la literatura” (por el renovado auge de lo audiovisual y del “mundo de la imagen”, los celulares con cámaras fotográficas, etc.), para este caso también mi respuesta es negativa.

Tratando de decirlo brevemente: la literatura, como parte de los discursos (y objetos) que circulan públicamente, goza –pese a todo– de buena salud. Y no sólo gracias a la tecnología y a una nueva “puesta al día” como con el “libro electrónico”, o el nuevo impulso, en este caso audiovisual, que le dan al libro y a la lectura los jóvenes llamados booktubers. La literatura sigue gozando de prestigio social, de cierto reconocimiento, y –lo más importante, lo fundamental– satisface una profunda necesidad humana. Que haya, entre autores y lectores, diversos espacios e instituciones que favorecen o condicionan sus prácticas (monopolios y mercados, rol de editoriales medianas y pequeñas, la prensa, etc. En una palabra, la industria cultural –o si se prefiere, anticultural– del siglo XXI), es otro asunto a desarrollar, criticar y discutir; lo mismo en lo que respecta a qué se lee (y para qué, y cómo).

En cualquier caso, la premiación a Bob Dylan, con todas las discusiones que ya trajo, no puede provocar nada malo a lo que llamamos literatura, sino, más bien, contribuir a pensarla. Al igual que todos los otros aspectos concomitantes (políticos, ideológicos, etc.) que planteamos.

Sigue acá.


Discusión sobre “literatura peronista” (Omar Genovese)

Leemos en Perfil:

LIBROS Y ALPARGATAS

La literatura peronista no existe

Metáfora o estética, el movimiento, con su tumulto y sus contradicciones, aparece en varios libros desde el siglo pasado. Sin embargo, para el autor, no se transformó en estética.

Por Omar Genovese

Peronismo y literatura. Ambos términos no se llevan, ni de la mano mancada del líder siniestro, ni del imaginario extranjero que le brindó carácter de ópera para Broadway, o el menemista predictivo: No llores por mí Argentina, desentonado por Madonna. El peronismo siempre ejerce una magnética conjunción de verdades: siempre hay lugar para uno más. Y resiste, nada le hace mella. El peronismo es alienígena, pero del lado del Octavo Pasajero. De invadir Marte, le cambiaría el color, le daría atmósfera para el choripán.
El año pasado Rodolfo Edwards publicó Con el bombo y la palabra (Seix Barral), allí traza una línea divisoria entre peronismo y antiperonismo en la literatura argentina. Edwards se dice peronista e inviste a Juan Diego Incardona como heredero de cierta tradición de prosapia populista. Ahí disiento, Incardona es un gran narrador, podemos no comulgar con la temática, pero su pincel trata del Conurbano. Ahora, que el Conurbano sea la colonia peronista por excelencia no es su culpa. Edwards orina el territorio a lo puntero, toma el peronómetro y clasifica. Tal centralidad llama a la ironía: ¿con qué se mide lo peronista? ¿Cuál es el artefacto mágico que lo determina?
Esto remite a la batalla histórica que el campo intelectual libra con la política. Echeverría, Sarmiento, Mitre, Wilde, Lugones, componen una larga lista de escritores fascinados por el desmembrado cuerpo político argentino, al que a la vez “escribieron” para representar su epifanía. La pregunta es: ¿la política argentina permite una novela, o cuento, cuando ella misma se comporta como una ficción delirante? En Los Sorias, novela de Alberto Laiseca, la huella del peronismo se eterniza, sacraliza su mácula, encuentra el estigma y lo revuelve hasta el límite que es su propia supervivencia. El desafío literario, entonces, es predecir la próxima mutación genética. Cuál será la nueva forma y conducta, cuál su apetito.
Ejemplo de ello puede ser El Fiord (1969), la inquietante nouvelle de Osvaldo Lamborghini, breve y denso texto que espantara al mismísimo Roberto Bolaño. Existe una reedición corregida publicada por el sello Editores Argentinos en 2013, así como una larga discusión entre académica y marginal en torno a su importancia. Lo escatológico, el descarne de su prosa, se puede pensar como una continuación de El matadero de Echeverría, pero con todos los elementos lingüísticos abandonados por Borges. Sí, Lamborghini fue por una lengua que no tenía voz cultural pero era íntima, una voz de baldío y de desprecio. Una voz del rito de la tortura y el sacrificio. El Fiord predijo al “homo Triple A”, al profanador de hogares del Grupo de Tareas. Anticipó la escena ritual que solidificó el terror, por sí y para sí. Y ése es el lado B del peronismo, su gran deuda histórica con la justicia.

La nota completa acá.


“Yo ya estoy cansado de ver el techo del peronismo reformista” (Norman Briski)

“¿La experiencia de Brazo Largo es una continuación del grupo Octubre?

Brazo largo es una versión distinta, pero claramente un devenir de Octubre: un grupo ligado al tema social, que buscaba su estética dramatizando los problemas de las localidades que visitábamos, al punto de que la calidad de la obra tenía que ver con el modo en que rescatábamos lo que esa comunidad quería reivindicar. Durante la segunda versión del peronismo había un auge de masas, con todo lo que significó la lucha contra la dictadura de Lanusse, de modo que Octubre estuvo enmarcado en un proceso de liberación, asociado a la rebeldía y al coraje. Pero al principio nadie se enteraba de lo que hacíamos. Estábamos ligados a organizaciones y agrupaciones populares y barriales, de carácter reivindicativo, así que íbamos a los barrios, adonde hubiese falta de agua, luz, trabajo o transporte. Otras veces, tratábamos el tema de la lucha política en sí misma, las internas propias del lugar, con los personajes de los punteros, el intendente. Del relevamiento de las necesidades de la comunidad salía la temática de nuestros ‘sociodramas’.

¿Solamente actores intervenían en la interpretación de los ‘sociodramas’?

Actores, público, los habitantes de la zona; en realidad, las combinaciones eran infinitas. Utilizábamos técnicas muy diferentes, desde Stanislavski hasta el rol play del psicodrama: aquella Argentina tenía un carácter cognitivo que hacía posible juntar el proyecto político con el cine de Bergman y Fellini o con los recursos del teatro, ya fuese Moliére o Brecht.

Pero los destinatarios del teatro que hacía Octubre no eran la clase media, precisamente.

No, claro, era para gente de la clase trabajadora. Nuestra primera obra la estrenamos en una villa –en La Rotonda Varela, donde hubo un gran número de muertos porque había resistencia a instalar semáforos– a la que se sumó una obra sobre el copamiento de una fábrica en Garín. Participaban de estos eventos Raimundo Ongaro, Paco Urondo, Rodolfo Walsh. Sabíamos bien lo que estábamos haciendo, estábamos en la búsqueda, diría, de la trascendencia. Las obras en sí eran una mezcolanza: las había cómicas, absurdas, esperpénticas, otras, en cambio, eran escenas de carácter intimista. Todas tenían una escenografía muy rara, porque estaba condicionada a los lugares donde íbamos”.

“¿Y cuál es su visión actual de las ideas progresistas?

Conozco teórica y prácticamente todo aquello que significa el progresismo o, digamos, lo que implica cierto humanismo dentro del capitalismo. Yo ya estoy grande, he visto muchas cosas en mi vida y para mí lo que está pasando hoy termina siendo gatopardismo, un cambiemos algo para que esto siga igual. Creo que se reitera todo y yo ya estoy cansado de ver el techo del peronismo reformista. Nosotros en Brazo largo nos definimos como antiimperialistas, porque estamos en contra del modelo imperial que construye sus sucursales donde quiere, con el afán de agregar una estrella más a su bandera. No creemos que nuestro modelo social deban decidirlo las democracias de criminales de guerra como Bush o Aznar, culpable, ya lo sabemos, de lo que ocurrió el 11 [de marzo] pasado por mandar tropas a Irak. También nos definimos como anticapitalistas. Me pregunto si no será posible saltar del reformismo hacia un socialismo nuestro, argentino, popular, cristiano… diseñado por la gente”.

Reportaje en el diario Página/12, 26 de marzo de 2004.

 

“¿Qué cree usted que va a ocurrir en el conflicto con el campo?

Se va a pactar. Este, no se olvide, es un país con pactos. Nos vamos a enterar un poco más o un poco menos, qué cosas se pactaron o no se pactaron, pero todos sabemos que donde hay dinero los ideales se cambian por pactos. Esto no puede ser de otro modo en una sociedad capitalista. El capitalismo siempre resuelve sus crisis de ese modo porque lo que importa no es la lucha de clases sino los negocios. Y aquí, como la soja es la reina del Plata y de la plata…”

“El progresismo es la forma que tiene el capitalismo para reparar los daños hechos por el libre mercado. No hay que engañarse más. El progresismo es una reparación de lo que nos dejaron Menem, De la Rúa, etcétera. Una reparación que vuelve a dejarle a la derecha el camino libre para las próximas elecciones”.

Reportaje en La Voz, 3 de mayo de 2008

 

“¿Por qué afirma que su teatro no es revolucionario sino revulsivo?

No quier que el público esté muy tranquilo. Creo que la esencia del teatro está ligada a la creatividad, a la imaginación, y tiene que articularse. Cuando una sociedad se propone un cambio de orden, el arte no debe acompañar una estética dogmática, política, porque no se necesita que todo el cuerpo genere el mismo gesto. En la revolución rusa o cubana, el teatro se dedicó a ser revolucionario, cuando lo revulsivo podría llamarse a lo crítico.

¿Cuál debería ser el rol del teatro, entonces?

El cuerpo de un nuevo sujeto revolucionario exige que alguien tenga la fuerza y el coraje necesarios, pero que otra parte se dedique a pensar en lo que está pasando, si no, se está siendo un poco narcisista o ignorante de lo que en realidad pasa. Por eso, el teatro tendría que ser revulsivo, nuestro trabajo tendría que estar azuzando, no hacer el discurso del discurso, sino trabajar sobre lo que no tiene el lenguaje”.

Reportaje en revista Debate, diciembre de 2008

526a0db6c223fReportajes incluidos en Mi política vida. Entrevista a fondo con el periodista Carlos Aznárez, Bs. As., Dunken, 2013, pp. 132-134, 141 y 142, 146-147.

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