Chamuyando sobre Bob Dylan y el Premio Nobel…

nknfrnswnlezdc92eiin* Hace unos diez días me solicitaron desde Venezuela que respondiera unas preguntas (rápidamente) sobre el reciente Premio Nobel de Literatura otorgado a Bob Dylan (y temas aledaños). Lo hice, y salió publicado ayer.

¿Por qué el Nobel de Literatura a Bob Dylan?

Creo que le dieron el premio por dos razones, una más evidente, y la otra, no-explícita. La primera, la que llamo evidente, tiene que ver con la trayectoria y calidad artística (y “letrística”) de Bob Dylan: 67 discos (con músicas y letras –podríamos decir– inmortales, como “Blowin in the Wind”, “Like a Rolling Sonte”, “Things Have Changed”, “A Hard Rain’s a-GonnaFall”, “Masters of War”, “Tombstone Blues”, “Knockin’ on heaven’sdoor”…), algunos libros (como el experimental Tarántula, y su primer volumen autobiográfico Crónicas), la actuación y las pinturas, y una historia que comienza, en la década de 1960, con la crisis (interna) del imperialismo yanqui con la Guerra de Vietnam, y el surgimiento de distintos movimientos contraculturales, contestatarios, de los que el mismo Dylan fue parte (desde la canción de protesta, la fusión del folk con el rock y con el country, hasta sus lazos e influencias con la llamada “generación beat”, de escritores y poetas). Como fue anunciado públicamente, se le dio el premio, específicamente, “Por crear nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción [norte]americana”.

La otra cuestión, la segunda a analizar, viniendo el premio de la Academia Sueca (en este caso de un comité de 18 personas, que además guarda cada acta de discusión, votos y fundamentos por 50 años), es la significación política, o político-ideológica, que tiene el premio en sí: suele ser un reconocimiento artístico, a lo que se suma alguna expresión de lo llamado “políticamente correcto”, dentro de la situación internacional dada cada año. Generalmente, el Premio Nobel termina siendo así un “llamado de atención” al trabajo de algún artista en particular, pero, más en general, a las cuestiones que atañen a un país o región, desde un punto de vista que excede lo artístico o cultural (entendido esto en sentido amplio): hablo de lo geopolítico. Así como hace unos años se lo dieron a Mo-Yan (reconociendo en este personaje,un académico militar maoísta, el peso creciente de China –un ex Estado obrero reconvertido al capitalismo– en la arena mundial), o el año pasado a la bielorrusa Svetlana Aleksiévich (una periodista y cronista que recopiló “las voces de Chérnobil” y de otros conflictos militares), el Nobel a Dylan probablemente signifique que hay que mirar a los Estados Unidos, quienes actualmente están dirimiendo la presidencia entre Donald Trump y Hillary Clinton, en el marco de una crisis económica internacional, y con una situación de crisis y movilizaciones dentro de EEUU por parte de diferentes sectores (como en su momento la juventud con Ocuppy Wall Street, o más recientemente las comunidades negras, bajo el lema Black Live Matters).

Dicho esto, seguramente valga la pena mencionar, a modo de “datos biográficos”, que Dylan, que comenzó tocando en los festivales juveniles en la década de 1960, en el auge de los movimientos sociales y civiles contra el propio imperialismo yanqui, terminó, en esta última etapa de su carrera (y vida), realizando un concierto en 1997 para Juan Pablo II, y recibiendo hace muy poco, de manos de otro premio Nobel (en este caso el –supuestamente– “de la Paz”), el presidente Obama, la llamada “medalla de la libertad”. Del mismo modo, para graficar ese camino biográfico que va de los festivales populares a los salones de las instituciones (contrarrevolucionarias) establecidas y consagradas –el Vaticano, la Casa Blanca–, pasando además por la autorización (venta) de su músicas y canciones para publicidades de bancos o automóviles, se pueden leer las incomodidades que dice haber pasado Dylan en su autobiografía, por haber sido sindicado masivamente, en las décadas de 1960 y 70, como “ídolo popular”, “de la juventud”, “antiguerra”, etc.

¿Qué significa que un músico haya ganado el Nobel?

En primer lugar significa que los integrantes de la Academia sueca no instauraron –hasta el momento– una categoría de premio Nobel para la música. En segundo lugar, significa que –tal vez como tantas otras cosas en la vida– las artes no pueden reducirse, constreñirse o acomodarse a un compartimento estanco, a una sola categoría o “rama” del arte. En muchos casos son disciplinas y obras que están cruzadas, que se influencian mutuamente, y lo lírico alude (históricamente) tanto a la poesía como a la música. En este sentido –y aunque no le haya gustado esta premiación a otro Nobel de Literatura, a Vargas Llosa, quien no tuvo mejor idea que decir, muy pobremente, a modo de “crítica”, que el año próximo el premio podría ir… a un futbolista–, Dylan es uno de los tantos artistas que no se restringieron en sus actividades, realizando o priorizando una sola: el músico nacido en Minnesota ha pintado, ha escrito, ha compuesto y cantado, y su talento ya le había valido varios premios: el Príncipe de Asturias de las Artes en 2007, y el Pulitzer en 2008, además de un “Óscar musical”. Solo para no hacer una larga lista, creo que se puede mencionar a Leonard Cohen (quien además de sacar discos publicó libros con poemas, y dos novelas), a Joni Mitchell (la gran cantautora norteamericana que además pinta cuadros), al brasileño Vinicius de Moraes (el ex diplomático devenido en poeta y gran compositor de la Música Popular Brasileña) o a Laurie Anderson (cuya combinación de letras, músicas, luces e imágenes es única). Menciono todos artistas –a modo de ejemplo– cuyas obras son difíciles de encasillar en un solo “rubro” (o “estilo”), tal como podría mencionarse también a la “poesía concreta” del Brasil, donde sus creadores, hasta la actualidad, como Augusto de Campos (quien realiza “shows multimedia”), no se limitaron a escribir sobre el papel e hicieron de la ciudad y los lugares públicos “soportes” de sus creaciones poéticas (lo verbi-voco-visual joyceano).

¿Es el fin de la literatura?

Esta pregunta tal vez podamos pensarla desde dos ángulos, reformulada, incorporando un elemento que la haga más explícita: hablamos de si, con este premio Nobel a un cantante, se terminaron los premios a los literatos “puros” (es decir, a los artistas que se dedican a la creación escrita); la respuesta, para mí, es no. Y al contrario: no solo se escucharán más los discos de Dylan a partir de este premiación y posterior discusión (masiva) en todos los medios (como ya fue noticia: en apenas 24 horas el servicio de música Spotify tuvo más de un 500 % de aumento en las escuchas de canciones de Dylan), sino que también se irá –muy posiblemente– a buscar sus libros, tanto los de sus propios escritos, como los que compilan sus letras (transformadas así en “poemas”, para leer en papel), y las biografías y análisis de otros autores. Es decir que la premiación puede fomentar la lectura (por lo tanto, la lectura como práctica), tanto de Dylan como de otros autores y libros relacionados a él (desde Dylan Thomas, el poeta que sirvió de inspiración para el nombre artístico que adoptó Robert Allen Zimmerman –nuestro actual premiado–, pasando por los beatniks como Gregory Corso, Jack Kerouac y Allen Gingsberg… hasta William Blake, el poeta “dark” que fue mencionado por la secretaria del premio Nobel que anunció al ganador de este año).

Por otra parte, si la pregunta la pensamos más ampliamente –aun apartándonos un poco del tema en cuestión–, acerca de si, además de las decisiones de los premios Nobel (entregando premios a una periodista, o a un músico), el mundo contemporáneo estaría presenciando alguna clase de “fin de la literatura” (por el renovado auge de lo audiovisual y del “mundo de la imagen”, los celulares con cámaras fotográficas, etc.), para este caso también mi respuesta es negativa.

Tratando de decirlo brevemente: la literatura, como parte de los discursos (y objetos) que circulan públicamente, goza –pese a todo– de buena salud. Y no sólo gracias a la tecnología y a una nueva “puesta al día” como con el “libro electrónico”, o el nuevo impulso, en este caso audiovisual, que le dan al libro y a la lectura los jóvenes llamados booktubers. La literatura sigue gozando de prestigio social, de cierto reconocimiento, y –lo más importante, lo fundamental– satisface una profunda necesidad humana. Que haya, entre autores y lectores, diversos espacios e instituciones que favorecen o condicionan sus prácticas (monopolios y mercados, rol de editoriales medianas y pequeñas, la prensa, etc. En una palabra, la industria cultural –o si se prefiere, anticultural– del siglo XXI), es otro asunto a desarrollar, criticar y discutir; lo mismo en lo que respecta a qué se lee (y para qué, y cómo).

En cualquier caso, la premiación a Bob Dylan, con todas las discusiones que ya trajo, no puede provocar nada malo a lo que llamamos literatura, sino, más bien, contribuir a pensarla. Al igual que todos los otros aspectos concomitantes (políticos, ideológicos, etc.) que planteamos.

Sigue acá.


Discusión sobre “literatura peronista” (Omar Genovese)

Leemos en Perfil:

LIBROS Y ALPARGATAS

La literatura peronista no existe

Metáfora o estética, el movimiento, con su tumulto y sus contradicciones, aparece en varios libros desde el siglo pasado. Sin embargo, para el autor, no se transformó en estética.

Por Omar Genovese

Peronismo y literatura. Ambos términos no se llevan, ni de la mano mancada del líder siniestro, ni del imaginario extranjero que le brindó carácter de ópera para Broadway, o el menemista predictivo: No llores por mí Argentina, desentonado por Madonna. El peronismo siempre ejerce una magnética conjunción de verdades: siempre hay lugar para uno más. Y resiste, nada le hace mella. El peronismo es alienígena, pero del lado del Octavo Pasajero. De invadir Marte, le cambiaría el color, le daría atmósfera para el choripán.
El año pasado Rodolfo Edwards publicó Con el bombo y la palabra (Seix Barral), allí traza una línea divisoria entre peronismo y antiperonismo en la literatura argentina. Edwards se dice peronista e inviste a Juan Diego Incardona como heredero de cierta tradición de prosapia populista. Ahí disiento, Incardona es un gran narrador, podemos no comulgar con la temática, pero su pincel trata del Conurbano. Ahora, que el Conurbano sea la colonia peronista por excelencia no es su culpa. Edwards orina el territorio a lo puntero, toma el peronómetro y clasifica. Tal centralidad llama a la ironía: ¿con qué se mide lo peronista? ¿Cuál es el artefacto mágico que lo determina?
Esto remite a la batalla histórica que el campo intelectual libra con la política. Echeverría, Sarmiento, Mitre, Wilde, Lugones, componen una larga lista de escritores fascinados por el desmembrado cuerpo político argentino, al que a la vez “escribieron” para representar su epifanía. La pregunta es: ¿la política argentina permite una novela, o cuento, cuando ella misma se comporta como una ficción delirante? En Los Sorias, novela de Alberto Laiseca, la huella del peronismo se eterniza, sacraliza su mácula, encuentra el estigma y lo revuelve hasta el límite que es su propia supervivencia. El desafío literario, entonces, es predecir la próxima mutación genética. Cuál será la nueva forma y conducta, cuál su apetito.
Ejemplo de ello puede ser El Fiord (1969), la inquietante nouvelle de Osvaldo Lamborghini, breve y denso texto que espantara al mismísimo Roberto Bolaño. Existe una reedición corregida publicada por el sello Editores Argentinos en 2013, así como una larga discusión entre académica y marginal en torno a su importancia. Lo escatológico, el descarne de su prosa, se puede pensar como una continuación de El matadero de Echeverría, pero con todos los elementos lingüísticos abandonados por Borges. Sí, Lamborghini fue por una lengua que no tenía voz cultural pero era íntima, una voz de baldío y de desprecio. Una voz del rito de la tortura y el sacrificio. El Fiord predijo al “homo Triple A”, al profanador de hogares del Grupo de Tareas. Anticipó la escena ritual que solidificó el terror, por sí y para sí. Y ése es el lado B del peronismo, su gran deuda histórica con la justicia.

La nota completa acá.


“Yo ya estoy cansado de ver el techo del peronismo reformista” (Norman Briski)

“¿La experiencia de Brazo Largo es una continuación del grupo Octubre?

Brazo largo es una versión distinta, pero claramente un devenir de Octubre: un grupo ligado al tema social, que buscaba su estética dramatizando los problemas de las localidades que visitábamos, al punto de que la calidad de la obra tenía que ver con el modo en que rescatábamos lo que esa comunidad quería reivindicar. Durante la segunda versión del peronismo había un auge de masas, con todo lo que significó la lucha contra la dictadura de Lanusse, de modo que Octubre estuvo enmarcado en un proceso de liberación, asociado a la rebeldía y al coraje. Pero al principio nadie se enteraba de lo que hacíamos. Estábamos ligados a organizaciones y agrupaciones populares y barriales, de carácter reivindicativo, así que íbamos a los barrios, adonde hubiese falta de agua, luz, trabajo o transporte. Otras veces, tratábamos el tema de la lucha política en sí misma, las internas propias del lugar, con los personajes de los punteros, el intendente. Del relevamiento de las necesidades de la comunidad salía la temática de nuestros ‘sociodramas’.

¿Solamente actores intervenían en la interpretación de los ‘sociodramas’?

Actores, público, los habitantes de la zona; en realidad, las combinaciones eran infinitas. Utilizábamos técnicas muy diferentes, desde Stanislavski hasta el rol play del psicodrama: aquella Argentina tenía un carácter cognitivo que hacía posible juntar el proyecto político con el cine de Bergman y Fellini o con los recursos del teatro, ya fuese Moliére o Brecht.

Pero los destinatarios del teatro que hacía Octubre no eran la clase media, precisamente.

No, claro, era para gente de la clase trabajadora. Nuestra primera obra la estrenamos en una villa –en La Rotonda Varela, donde hubo un gran número de muertos porque había resistencia a instalar semáforos– a la que se sumó una obra sobre el copamiento de una fábrica en Garín. Participaban de estos eventos Raimundo Ongaro, Paco Urondo, Rodolfo Walsh. Sabíamos bien lo que estábamos haciendo, estábamos en la búsqueda, diría, de la trascendencia. Las obras en sí eran una mezcolanza: las había cómicas, absurdas, esperpénticas, otras, en cambio, eran escenas de carácter intimista. Todas tenían una escenografía muy rara, porque estaba condicionada a los lugares donde íbamos”.

“¿Y cuál es su visión actual de las ideas progresistas?

Conozco teórica y prácticamente todo aquello que significa el progresismo o, digamos, lo que implica cierto humanismo dentro del capitalismo. Yo ya estoy grande, he visto muchas cosas en mi vida y para mí lo que está pasando hoy termina siendo gatopardismo, un cambiemos algo para que esto siga igual. Creo que se reitera todo y yo ya estoy cansado de ver el techo del peronismo reformista. Nosotros en Brazo largo nos definimos como antiimperialistas, porque estamos en contra del modelo imperial que construye sus sucursales donde quiere, con el afán de agregar una estrella más a su bandera. No creemos que nuestro modelo social deban decidirlo las democracias de criminales de guerra como Bush o Aznar, culpable, ya lo sabemos, de lo que ocurrió el 11 [de marzo] pasado por mandar tropas a Irak. También nos definimos como anticapitalistas. Me pregunto si no será posible saltar del reformismo hacia un socialismo nuestro, argentino, popular, cristiano… diseñado por la gente”.

Reportaje en el diario Página/12, 26 de marzo de 2004.

 

“¿Qué cree usted que va a ocurrir en el conflicto con el campo?

Se va a pactar. Este, no se olvide, es un país con pactos. Nos vamos a enterar un poco más o un poco menos, qué cosas se pactaron o no se pactaron, pero todos sabemos que donde hay dinero los ideales se cambian por pactos. Esto no puede ser de otro modo en una sociedad capitalista. El capitalismo siempre resuelve sus crisis de ese modo porque lo que importa no es la lucha de clases sino los negocios. Y aquí, como la soja es la reina del Plata y de la plata…”

“El progresismo es la forma que tiene el capitalismo para reparar los daños hechos por el libre mercado. No hay que engañarse más. El progresismo es una reparación de lo que nos dejaron Menem, De la Rúa, etcétera. Una reparación que vuelve a dejarle a la derecha el camino libre para las próximas elecciones”.

Reportaje en La Voz, 3 de mayo de 2008

 

“¿Por qué afirma que su teatro no es revolucionario sino revulsivo?

No quier que el público esté muy tranquilo. Creo que la esencia del teatro está ligada a la creatividad, a la imaginación, y tiene que articularse. Cuando una sociedad se propone un cambio de orden, el arte no debe acompañar una estética dogmática, política, porque no se necesita que todo el cuerpo genere el mismo gesto. En la revolución rusa o cubana, el teatro se dedicó a ser revolucionario, cuando lo revulsivo podría llamarse a lo crítico.

¿Cuál debería ser el rol del teatro, entonces?

El cuerpo de un nuevo sujeto revolucionario exige que alguien tenga la fuerza y el coraje necesarios, pero que otra parte se dedique a pensar en lo que está pasando, si no, se está siendo un poco narcisista o ignorante de lo que en realidad pasa. Por eso, el teatro tendría que ser revulsivo, nuestro trabajo tendría que estar azuzando, no hacer el discurso del discurso, sino trabajar sobre lo que no tiene el lenguaje”.

Reportaje en revista Debate, diciembre de 2008

526a0db6c223fReportajes incluidos en Mi política vida. Entrevista a fondo con el periodista Carlos Aznárez, Bs. As., Dunken, 2013, pp. 132-134, 141 y 142, 146-147.

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Mika, el POUM y el trotskismo. Una respuesta a Elsa Osorio

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La escritora Elsa Osorio ha dejado un comentario en mi blog a propósito de la breve reseña que hice a la publicación en Argentina –por primera vez– de las memorias de Mika Etchebéhère, Mi guerra de España. En su breve comentario, Osorio niega que Mika haya sido trotskista durante la guerra civil española (1936-1939), le niega también ese carácter al POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), y aduce que un amigo de Mika, poeta y depositario de sus papeles personales, afirma lo mismo: que Mika no fue trotskista.

Para comenzar a aclarar esta discusión, me parece lo mejor dejar que hable la misma Mika, desde su libro. (Extrañamente, el Diccionario biográfico de la izquierda argentina, Bs. As., Emecé, 2007, adjudica a Hipólito Etchebéhère el carácter de militante trotskista… pero a Mika no. Extraño, ya que ambos se conocieron de muy jóvenes y pasaron por las mismas experiencias vitales y de militancia hasta la muerte de Hipólito, en plena guerra civil.)

Esto relata Mika, cuando ya estaba establecida –luego de la pérdida de su camarada y compañero Hipólito, y tras el episodio del cerco de los franquistas a la Catedral de Sigüenza– como líder militar de fama extendida (debido a que, además de argentina, es mujer), sobre la campaña de calumnias que lanza el estalinismo (el Partido Comunista español, aprovechando la llegada de armas desde la URSS a la necesitada España, junto a agentes de la policía política, la GPU):

“Entre nuestros hombres hay una decena pertenecientes a las Juventudes Socialistas Unificadas, que se incorporaron a nuestra columna al comienzo de la guerra civil, en el tren que nos llevaba a Guadalajara. Los comunistas tienen ahora gran influencia en su organización, pero hasta el presente ellos han combatido a nuestro lado. Esta noche piden hablarme.

–Es para decirte –articula penosamente el delegado– que estamos obligados a irnos de la columna del POUM.

–¿A causa de…?

–A causa del POUM –contesta el delegado–. Parece que el POUM no es una organización revolucionaria. Lo dicen nuestros responsables. El POUM es trotskista, y Trotsky es un contrarrevolucionario enemigo del proletariado que han tenido que echar de la Unión Soviética. Entonces nosotros no podemos quedarnos en la columna del POUM.

Dominando la cólera que comienza a invadirme, trato de convencerlos explicándoles que Trotsky fue el organizador del Ejército Rojo soviético, el compañero de Lenin, el revolucionario más grande del mundo, pero enseguida dejo de hablar, porque leo en sus ojos tercos que lo que quieren es irse cuanto antes.

Este incidente demuestra que ya ha comenzado una campaña contra el POUM, una campaña taimada, sorda todavía. Está lejos aquel día de julio en que la Pasionaria dijo a Hippo que todos estábamos empeñados en el mismo combate, los trotskistas como los otros. Con los tanques y las ametralladoras rusas llegan los métodos estalinistas, la máquina de triturar que está liquidando a la vieja guardia bolchevique en la URSS.

Mirando de frente al grupo de hombres mudos y visiblemente incómodos, le digo que si es su voluntad pueden irse.

–Pero hemos decidido llevarte con nosotros. Nuestros responsables están de acuerdo, y la comandancia de milicias también. Tendrías el mismo grado y hasta más, porque te lo mereces.

¿Qué decir a estos pobres muchachos cuya ignorancia política raya en la inocencia?

–Pero yo soy trotskista.” (pp. 171-172 de la edición de la española Plaza y Janés, de 1987)

Dice Mika más adelante:

“[…] volveré a mis extremeños que aceptaron voluntariamente seguir defendiendo la ciudad sitiada. Son hombres rudos, herméticos, orgullosos y doloridos, difíciles de tratar en las horas de calma, obedientes, serenos y valerosos en el combate. Sumarles los milicianos de ‘Artes Blancas’ sería un error porque habría una incompatibilidad total, sin contar las posibles fricciones políticas por pertenecer la mayoría de los nuestros al POUM, una organización que los comunistas se disponen a poner en el banquillo. Ya se fue de nuestras filas un grupo de la JSU por imposición de su partido, a causa de nuestra filiación trotskista. Sería lamentable que un incidente de este tipo ser produjera en el frente. Mejor no correr el riesgo.” (p. 217)

Y esto dijo –según relata Mika, sin corregir ni negar nada– Adalberto Miranda sobre la situación que creó el estalinismo con(tra) el POUM:

“[…] los que tienen la sartén por el mango son los comunistas gracias a las armas que vienen de la Unión Soviética. ¿Qué somos nosotros? Cuatro gatos que se han batido el cobre desde el primer día de la guerra civil. La historia no dirá nada de nosotros, porque somos del POUM, trotskistas. No dirá que en proporción al puñado que somos, tenemos más bajas en combate que cualquier unidad comunista. Esto tampoco lo dirá nadie, porque somos los leprosos, los traidores…”. (p. 219)

Podríamos agregar varias citas más, pero creo que estas ya ilustran claramente cuál fue la identidad política que adoptó Mika Etchebéhère: trotskista.

Por supuesto que, tal como señala Osorio, no todo grupo político anti-estalinista era, solo por oponerse a la burocracia totalitaria de la URSS, trotskista. No.

Pero también es cierto que una gran cantidad de organizaciones, agrupamientos y personalidades tuvieron diversos tipos (y períodos) de afinidad y simpatías con Trotsky, con su personalidad y sus ideas. Los centenares de artículos, folletos y cartas que dejó el revolucionario ruso –muchas veces en crítica y polémica–, reunidos en los Escritos 1929-1940, demuestran el valor político que tenían Trotsky y su corriente, la Oposición de Izquierda (luego IV Internacional) ante la lucha que libraban estos contra el estalinismo, en la URSS y en el mundo.

A fines de 1937 esto señalaba Trotsky en un artículo sobre el accionar estalinista, en España y el mundo:

“En España, el P.O.U.M., que mantiene una implacable lucha contra la IVª Internacional, ha sido calificado de «trotskysta». Después del P.O.U.M., le ha llegado el turno a los anarcosindicalistas, e incluso a los socialistas de izquierda.

Actualmente se califica de «trotskystas» incluso a gentes que sólo se han limitado a protestar contra la represión emprendida contra los anarquistas. El número de fusilamientos y de crímenes aumenta a un ritmo acelerado. Bien es verdad que ciertos detalles escandalosos pueden achacarse al excesivo celo de ciertos agentes, pero, en su conjunto, el trabajo está estrechamente centralizado y dirigido por un plan elaborado en el Kremlin. El pasado 21 de abril tuvo lugar en París un pleno extraordinario del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. Las sesiones fueron estrictamente secretas. A la prensa internacional no se filtró sino un breve comunicado que indicaba que los trabajos se habían dedicado a la lucha contra el «trotskysmo». Stalin había enviado directamente las instrucciones desde Moscú.

No se han publicado ni los debates ni las decisiones. Según los testimonios que hemos recogido, y según los acontecimientos posteriores, es evidente que este pleno era en realidad un congreso de los responsables internacionales de la G.P.U. y que su tarea consistía en la preparación de una campaña de calumnias, de denuncias y de asesinatos contra los adversarios del estalinismo en el movimiento obrero mundial.”

En el caso del POUM, si bien este no fue trotskista, surgió de la fusión de la Oposición de Izquierda Española/Izquierda Comunista Española, trotskista –de Nin, Andrade y Gorkín–, con el Bloque Obrero y Campesino –de Maurín–. Incluso Trotsky, además de mantener durante años una relación política con Nin, aseguraba que en el POUM, especialmente, había cantidad de seguidores y simpatizantes del trotskismo. (Es bien conocido que, en el proceso de radicalización español, la juventud del Partido Socialista, sensible –como toda juventud impactada por la lucha de clases– a los grandes cambios políticos, desfilaba en las calles llevando retratos de Trotsky. Éste, que buscaba fortalecer una corriente política para mejor luchar contra el estalinismo, propuso una táctica de entrismo.) Con el correr de los años, y con la derrota del proceso español, Trotsky será durísimo –al mismo tiempo teniendo un lamento respetuoso y principista ante el asesinato por parte del estalinismo de Nin– en el balance que haga de la actuación del POUM y su decisión de ceder al estalinismo y al Frente Popular (el mismo Nin llegó a entrar como ministro al gobierno del Frente Popular). Entonces, la afirmación de Osorio debemos relativizarla o, mejor dicho, completarla: el POUM no fue trotskista, y sí un partido de carácter centrista –oscilante entre posiciones reformistas y revolucionarias–, con un origen trotskista (todo un sector fundante del POUM, proveniente de la Oposición de Izquierda).

Como lo demuestran las citas de Mika, y las de otros militantes del POUM que hay en Mi guerra de España, los poumistas se asumían no solo como anti-estalinistas, sino como trotskistas… pese a que su dirección haya tenido una política diferente a la que sostenía el mismo Trotsky.

¿Y esto es raro? Se puede decir que no, si observamos que hasta la misma Mika –lamentablemente– diferenciaba y hasta separaba (demasiado) como “dos mundos” el plano militar (el combate día a día, semana a semana –“hay que vivir al día”, era un dicho además de realista, habitual–) del político. Esto dice Mika –y no es la única afirmación que hace en este sentido–, cuando comenta uno de sus encuentros con sus amigos franceses Marguerite y Alfred Rosmer, un matrimonio de origen anarco-sindicalista… militantes de la Oposición de Izquierda y amigo del matrimonio Trotsky:

“Ya sé que Alfred me reprochará el no estar bien enterada de las presiones políticas que están iniciando los comunistas a cuenta de la ayuda soviética. Pero trataré de explicarle cómo, hasta aquí, en el frente, al menos donde yo estaba desde el comienzo, la política no era nuestra preocupación mayor.” (p. 122)

Más allá de esto –de ciertos límites políticos–, Mika tenía, como “estrategia” para el proceso español… una que la emparentaba con Trotsky: que se desarrollen las juntas obreras y campesinas como órganos de autogobierno de las masas en lucha. (Por ejemplo, le pregunta a Mika un joven periodista “¿Tú crees verdaderamente que, de haber destituido al Gobierno republicando, instalando en su lugar una junta revolucionaria, digamos, a estas horas se habría ganado la guerra?”. Y ella responde: “No sé si se habría ganado, pero sí cambiado el curso con toda seguridad. De no haber frenado el Gobierno ese empuje revolucionario que reconquistó el Cuartel de la Montaña, rescató tantos pueblos y ciudades, inició la defensa de Madrid cuando el gobierno salió huyendo a Valencia, las milicias hubiesen ganado más territorio y habrían conservado ciudades que se perdieron a causa de las dilaciones impuestas por el Gobierno.”) Lamentablemente, las comillas en “estrategia” están para significar que, en España, faltaba algo muy importante –y que para Trotsky era fundamental, y que Mika parece, al menos en su libro de memorias, subestimar–: un partido revolucionario, una organización que adoptara, justamente, un programa y una estrategia de poder basado en las juntas y milicias obreras y campesinas, y que se opusiera al desarme de las mismas que terminó imponiendo el gobierno del Frente Popular, freno al proceso revolucionario –y que permitió la posterior embestida de Franco y su dictadura, que se mantuvo por décadas–.

Y al mismo tiempo, en esta ¿sutil? diferencia, Mika “deja de ser trotskista” y se acerca más a alguna clase de “anarquismo” o posición “libertaria”, al exaltar el proceso de masas y sus luchas, sin ver que también actúan sobre éstas los partidos, sus programas y estrategias. Y que sin un partido revolucionario, trotskista, el proceso sería conducido por otros partidos y organizaciones… como efectivamente ocurrió en la España revolucionaria. Las masas dieron todo de sí, lo que faltó fue una dirección revolucionaria.

Para finalizar: un dato más para Elsa Osorio, tomado del apéndice biográfico de la edición argentina de Mi guerra de España (Bs. As., Eudeba, 2014). Allí se cuenta que, décadas más tarde, Mika, tras haber participado de las barricadas del Mayo francés –ya sexagenaria– y en vísperas de publicar sus memorias, se afiliará a un nuevo partido, nacido hace poco: la Liga Comunista Revolucionaria (LCR). ¿Su carácter? Una organización trotskista.


Un comentario de Elsa Osorio a mi nota sobre Mika Etchebéhère

* Posteo el comentario que dejó en este blog la escritora Elsa Osorio a mi nota sobre las memorias de Mika Etchebéhère, recientemente publicadas.

En un próximo post, mi respuesta.

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“Arte experimental”, artistas, pueblo… (Hélio Oiticica)

Si el arte convencional, la pintura para colgar en la pared, la escultura, acaban en los salones de la burguesía, el trabajo experimental, la ruptura, al no cuestionar cómo existe socialmente ni por dónde circula, ¿no corre acaso el mismo riesgo?
HO: Claro… Por eso quiero hacer esas cosas grandes para los espacios públicos. Lo ideal sería hacer un poco lo que hacía Duchamp, que creaba un lugar espacial para las obras. Esa siempre fue mi idea, y por eso nunca vendí mucha obra, lo único que más o menos vendo son esas obras para la pared: los Bólidos, que son vendibles y se pueden tener en la casa… aunque no despiertan mucho interés, siempre quedan dislocados en el espacio, son muy ambientales, interfieren en el espacio de la casa burguesa, quedan horrendos en las casas burguesas…
 
Las rupturas experimentales en relación a los códigos existentes, que permiten que las personas se identifiquen, ¿no colocan tu trabajo en un área limitada, difícil de identificar?
HO: Yo creo que, con el paso del tiempo, esa área se va identificando. Me parece que antes era peor, en la década de 1950 éramos combatidos por toda la crítica de arte, excepto por Mário Pedrosa y Ferreira Gullar; en la década de 1960 Frederico Morais daba a conocer lo que pasaba en la calle. Todos esos que están ahí, hasta hoy, exponiendo cuadritos y conversando sobre pintura son los mismos que nos combatían, pero que ahora se muestran a favor debido a la repercusión que tuve.
 
En los años sesenta y setenta hubo una explosión de experiencias…
HO: Pero muchos no van a llegar a los ochenta, porque nadie aguanta todas esas teorías populistas; todo eso se va a terminar con los años ochenta.
 
A su entender, ¿cuáles son las perspectivas del socialismo en Brasil?
HO: ¿Socialismo en Brasil? No sé, no estoy capacitado para responder esa pregunta, eso habría que preguntárselo a Mário Pedrosa. Pero, ¿socialismo en Brasil? Me parece casi imposible. Brasil es un país muy fascista…
 
¿Te parece que en algún momento el trabajo del artista radical puede unirse al trabajo de las personas políticamente comprometidas?
HO: Puede ser, por supuesto que sí. Creo que esas tendencias siempre se juntan, como pasó en una época (de 1917 a 1923) en Rusia.”
4e10945c05e62ef5959308e722f735d1Sobre las patrullas ideológicas (1980), en Hélio Oiticica, Materialismos, Bs. As., Manantial, 2013, pp. 84-85.

Crítica a una crítica “crítica” de críticos y artistas

Respuesta a un artículo de Rodrigo Cañete

criticasEscribió Jean-Paul Sartre en El ser y la nada: “de repente escucho pasos en el vestíbulo. ¡Alguien está mirándome! ¿Qué significa eso?”. Al parecer, yo he tenido alguna clase de “suerte”, y alguien me ha estado mirando (leído): un tal Rodrigo Cañete. Veamos qué significa “eso”.

 

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La “crítica” de Cañete a mi reseña sobre la muestra del escultor Ron Mueck –actualmente exhibida en la Fundación PROA– presenta todos los elementos típicos del “francotirador” que busca “escandalizar”, vía la denostación apresurada (mal leída, como veremos en breve), para posar “de crítico”, sin comprender realmente mucho –o, directamente, nada– del tema en cuestión. Al mismo tiempo aclaro que sólo me ocupo de su texto porque demuestra la mala fe (expresada en chicanas a ramonauno de sitios web donde se publicó mi escrito–: “cabe preguntarse sobre la seriedad del proyecto Ramona”, lanza Cañete) que caracteriza este tipo de posturas, que pontifican sobre “el arte”… desde alguna clase de “fascinación” por el “primer mundo”, como veremos hacia el final de este escrito.

 

2.

Cañete dice que yo digo algo al comenzar mi escrito que “inhabilitaría el resto del texto”. ¿Qué? El hablar de “captura fotográfica” de la realidad y al mismo tiempo decir que Mueck “usa el simbolismo, naturalismo” y varios “ismos” más. Primer error, Cañete: yo digo (escribo), justamente, lo contrario: que ponerse a valorar “estilos” (sea naturalismo, sea realismo u otro), “técnicas” y/o “materiales” puede NO ser lo primordial para pensar la obra de Mueck, ya que justamente puede tomarse, como un punto de partida, “el congelamiento” de las “escenas” que nos propone –si así lo queremos/podemos observar/imaginar– con cada una de sus obras. Si este “crítico de críticos” hubiera leído lo que escribí –¡apenas en el primer párrafo!– con menos desesperación por ponerse de inmediato a teclear sus diatribas “críticas”, podría haberse ahorrado algunas pólvoras para tratar de cazar, en serio, algún chimango…

 

3.

Dice Cañete: “Lo que me parece interesante de la lectura de Paredes es que sigue los designios de Mueck como si fuera un manual de instrucciones y allí esta el error tanto del critico como del artista. Es, por esto que yo creo que la obra de Mueck está más cerca de los efectos especiales que del arte. Digo esto porque Paredes mismo ve a sus movimientos restringidos por una serie de atributos (sangre escondida de un solo lado) que parecen indicarle un modo de lectura cuando, en realidad, como dije antes hay otros modos posibles que ni siquiera incluyen narrativa alguna. Sin embargo, la evidencia de la intencionalidad del artista como guiando la narrativa nos da la pauta de los limites de este experimento […] esta en la intención de Mueck orientar la lectura. Esto, de más está aclararlo, está muy lejos de lo que Paredes llama ‘polisemia escultórica’”. Observemos entonces cómo el “crítico de críticos (y ahora, de designios de artistas)” censura sin mayores miramientos: TODOS nos equivocamos… menos él.

Pero si hacemos a un lado todos estos intentos de enjundiosa “aristocracia de la crítica” (o esta crítica de críticos críticos y artistas criticados –y sepan disculpar, lectores y lectoras, pero hay que calificar al tal Cañete de alguna manera–), simplemente lo que se postula son… “otros modos posibles” de interpretar (de sentir, imaginar) las obras en cuestión: Cañete, por caso, propone ver en Youth (2009) no un joven “plebeyo” herido, “sino […] un retrato de un actor que está filmando una película de acción”. (¡Claaaro!, ok, digamos que su ejercicio vale: el “actor”, en esta “visión” cañetiana, podría estar  mirando lo bien que le quedó el “kétchup” que simula la sangre.) ¿Pero entonces no es esto acaso –tal como lo propongo yo–, efectivamente, un ejercicio (más) de polisemias posibles?

 

4.

En su último párrafo, el “crítico de críticos críticos (y de artistas criticados)” propone la obra de Mueck –alguien, según Cañete, más digno de “efectos especiales” que de “arte narrativo” (fans de Star Wars, ¡aquí está su artista!, intenta decir el “crítico”)– como una de “monumentalización del detalle”. Podría ser (no tenemos por qué censurar interpretación alguna; más si es otro intento de nuestro crítico de críticos críticos y artistas criticados); aunque esta definición deja por fuera las obras pequeñas de Mueck, que, justamente, no “monumentalizan” nada y, por el contrario, invitan a ver “la perfección” mimética –a escala reducida– de diversos seres humanos. (Al parecer, según intenta interpretar el crítico de críticos críticos, él se impacta con “lo grande” y a esto le sobreviene “la melancolía”…)

Como si esto fuera poco (quiero decir: como si todas sus ambiciones “críticas” no fueran, realmente, un visión sesgada, parcial, de las obras que nos ocupan), Cañete dice: “Mueck no me gusta porque se toma demasiado esfuerzo en magnificar lo bueno para transformarlo en algo malo y esto no es algo dificil de conseguir”. Ajá. ¿Y con qué vara mide nuestro crítico al artista y a sus “esfuerzos”? ¿A cuento de qué viene este “juicio”? Sin más, luego de estas líneas, Cañete intenta asociar a Mueck con Marcos Lopez y agrega: “y no me extraña que el tipo de lectura sea también social, narrativa y profundamente autoritaria”. ¿Cuál(es) lectura(s), “hipercrítico” Cañete: la de los mismos artistas, la de los críticos… la suya? Francamente, el artículo (¿just ideas?) es inentendible a esta(s) altura(s) “crítica(s)”… Lo único claro, sí, es el autoritarismo del “crítico”. (¡Y después se nos trata de adjudicar alguna “pedantería filo-académica”!)

 

5.

Para terminar: resulta “extraño” –por así decir– que el “crítico de críticos críticos (y de artistas)” hable… desde Londres, donde está instalado desde hace unos diez años: “necesitaba un contexto que valorara y cultivara la excelencia per se”, dice Cañete en una entrevista. Extraño porque critica al mercado y “arte argentinos” (donde, sin ninguna duda, hay toda clase de manganetas, negocios y negociados) al mismo tiempo que defiende ¿qué? ¡El “primer mundo”! ¡El “serio” mercado imperialista del arte! (Cañete recuerda en la nota linkeada que estuvo “a cargo de la colección mundial del banco de inversión Morgan Stanley y asesoraba en arte a varios CEOs de Wall Street”. Esto, como resulta evidente, más que “excelencia per se” es “excelencia”… en la búsqueda de dólares y euros. Nada más.)

El tema es que, entonces, tenemos acá a un “crítico”, simplemente, elitista. Algo que se expresa en todas sus concepciones: de ahí que, hablando de “lo difícil que es ser artista”, denomine al público como “extraños que lo van a juzgar superficialmente con un ‘me gusta’ o ‘no me gusta’”; y que, incluso, defiende el hacer “críticas” de muestras que se hacen en Argentina desde Londres o Nueva York –tal como él hace– ya que “con las nuevas tecnologías como Google Art, se puede tener la experiencia de Rembrandt de lejos”(!?).

En síntesis, elitismo (clientes, money), antidemocratismo, toda clase de censuras (tal como existe y funciona estructuralmente en el “mundo del arte”, gracias la imposición capitalista del mercado, sus “modas” y negocios) es lo que nos “enseña” el tal Rodrigo Cañete bajo sus “falsetes críticos”; ningún respeto o consideración por el artista, los públicos y sus miradas. Ya sea mediante algún “servicio Google”, en la realidad… o en la (por supuesto, criticable) “hiperrealidad”.