#Fragmentos de ‘La nieta de Trotsky’, de Jeanne Molinier

(En torno a la valija, de esa valija que ha sido tu legado, papá, se ha ido formando un campo de fuerza que es el campo narrativo del que surge este texto. Desde el momento en que aparece la valija, incluso en su forma anterior cuando eras un niño, esa palabra se carga de una fuerza especial, de una potencia relevante que se convierte en una fuera magnética, un nudo de vínculos invisibles, que busco desentrañar en estas líneas. Me sirvo de esa metáfora para confesarte que en este libro busco encontrar un hombre que se sacaba y ponía distintas máscaras, que se metamorfoseaba. He tratado de llevar adelante lo que pienso que tiene que ver con algunas voces que me ayudaron a rememorar tu historia, a convocar fantasmas que pretendo develar).

[…]

Supimos desde ese día que una trama política se sobreponía a nuestra vida familiar, aún antes de nuestro nacimiento. Entonces me enteré de que aquel por el que tanto preguntábamos y nos contaban historias de su vida, de la familia, no era nuestro abuelo. Le decía el Viejo y para nosotros era nuestro abuelo, pero en realidad, era Lev Davidovich Bronstein. Tampoco Natalia era nuestra abuela, ni Zina ni Lyova a quienes llamábamos tíos lo eran. Sieva no era nuestro primo hermano. Los que habían sido nuestros parientes pasaron de ser nuestra familia a ser los ‘camaradas’ de militancia de mi padre. En esta historia están incluidos Jeanne, la que había sido mujer de mi padre y después lo fue de Lyova. También aclaró roles más destacados, Vera Lanis, a quien llamaban Tatá, y mi medio hermano Raymond, Zazá; además de Gala, hermana de Vera, Allan su hijo, y la que nosotros llamábamos la Poeta, una compañera de ellas de andanzas desde la época en que eran actrices. Una francesa de la Rive Gauche que pertenecía al grupo de poetas surrealistas de esa época. Estos conformaban nuestra recolección de conversaciones en la mesa donde se atravesaba la historia a través de anécdotas y escuchábamos atentos.

Jeanne Molinier, La nieta de Trotsky [biograficción], Bs. As., Voria Stefanovsky, 2020, pp. 115-116 y 128.


Venta indigna de Siglo XXI (Elena Poniatowska)

Elena Poniatowska

 

¡Qué capacidad de destruirnos tenemos los mexicanos! Esa habilidad se evidenció ahora con la venta de la editorial Siglo XXI por su pésimo director Jaime Labastida. ¿Consultó a los accionistas? ¿Los previno que algo podrido se estaba gestando?

Una de las confrontaciones más hermosas entre el gobierno de México y los intelectuales en 1966, durante el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, fue la lucha de más de 300 escritores, científicos, pintores, investigadores, universitarios y politécnicos (como asienta Iván Restrepo en su artículo del lunes 15 de marzo en estas páginas). Alzaron su voz indignada contra el atraco del gobierno de Díaz Ordaz, quien quitó la dirección del Fondo de Cultura Económica (FCE) a don Arnaldo Orfila Reynal por haber publicado Los hijos de Sánchez, del antropólogo Oscar Lewis.

–¡Vamos a hacer otra editorial que va a dirigir Orfila! –propuso Guillermo Haro.

El apoyo de intelectuales a Orfila fue definitivo. Jesús Silva Herzog, Guillermo Haro, Fernando Benítez, Fernando Canales, Carlos Fuentes, Enrique González Pedrero, Víctor Flores Olea, Carlos Monsiváis y Vicente Rojo se indignaron. Don Arnaldo tenía fama de ser el mejor editor de América Latina y lo comprobó en Siglo XXI, última editorial que habría de dirigir durante 20 años en los que publicó 21 colecciones, mil 700 títulos, 6 mil ediciones, un tiraje de 20 millones de ejemplares.

Ganar la batalla a la injusticia y a la ignorancia, y fundar una editorial con una emoción sólo superada por la indignación que causaba la destitución de Orfila Reynal fue el punto de arranque de la editorial Siglo XXI.

Una pésima noticia vuelve a indignarnos en marzo de 2021 después de más de 50 años, la venta de Siglo XXI. Muchos la consideramos una victoria sobre la injusticia. El más entusiasta de los fundadores, don Jesús Silva Herzog, creador de Cuadernos Americanos, hizo oír su voz de órgano catedralicio en esa primera reunión en el Club Suizo. Los intelectuales pusieron en Orfila toda la fe del nuevo siglo y llamaron a la editorial Siglo XXI.

Ya Javier Aranda publicó en La Jornada su opinión sobre esta infamia que constituyó una bárbara traición a la cultura.

Consumada la venta de Siglo XXI, su director, Jaime Labastida, nos comunica su venta para que sólo nos quede lamentarla. Si 1964 anticipó la intolerancia que habría de seguir en nuestro país hasta llegar al movimiento estudiantil en 1968, este aciago año para la cultura de 2021 confirmo que no sabemos ni actuar en defensa propia.

Con la dirección de Orfila Reynal, el FCE lanzó Los hijos de Sánchez, que denuncia la miseria de una vecindad cercana a la cárcel de Lecumberri y describe el hacinamiento de hombres, mujeres y niñas sujetas a un padre machista. La Sociedad de Geografía y Estadística acusa el libro de difamatorio y condena a Oscar Lewis. La expulsión del FCE de don Arnaldo Orfila Reynal actúa como condena final.

La indignación en la voz de Jesús Silva Herzog y la capacidad de Guillermo Haro logró reunir a un grupo de intelectuales. Fernando Benítez, primer orador; Pablo González Casanova; Fernando Canales, entonces gerente del periódico Novedades; Víctor Flores Olea, y Enrique González Pedrero se reunieron para decirle a Orfila:

–Pronto tendrá una nueva editorial. Vamos a levantarla nosotros.

Ofrecí la casa de mi hijo mayor, Mane, en la calle de Morena 430, esquina con Gabriel Mancera. ¡Qué padre, una editorial financiada por intelectuales! Laurette Sejourné y Arnaldo se instalaron en el segundo piso; Siglo XXI lanzó su primer libro y la cochera se llenó de libros bien impresos y empaquetados. Arnaldo publicó en noviembre de 1966 la primera novela de Fernando del Paso, José Trigo, fenómeno literario

* La nota sigue, completa en La Jornada.


#24M | “Se espera un golpe sangriento para marzo” (Haroldo Conti)

En cuanto a la situación aquí, las cosas marchan de mal en peor. Me acaba de informar muy confidencialmente […] [un amigo] militar, que se espera un golpe sangriento para marzo. Inclusive los servicios de inteligencia calculan una cuota de 30 mil muertos. Esto coincide con las apreciaciones de nuestros compañeros que evalúan la situación constantemente. […]

 

* Carta de Haroldo Conti, del 2 de enero de 1976, dirigida a Roberto Fernández Retamar, director de Casa de las Américas (La Habana, Cuba).

 

Palabra viva. Textos de escritoras y escritores desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado. Argentina 1974/1983, Bs. As., SEA, 2009 [3° ed.], p. 63.


Islandia, 1975: El día en que las mujeres hicieron huelga (The Guardian)

Islandia 

El día en que las mujeres hicieron huelga

10/10/2016 | Annadis Rudolfsdottir

huelga-mujeres-islandia-1975

El 24 de octubre de 1975, el 90 % de las mujeres islandesas se negaron a trabajar, cocinar y cuidar a los niños. El efecto fue increíble, como nos recuerda Annadis Rudolfsdottir.

Gudrun Jonsdottir todavía recuerda lo que llevaba puesto el 24 de octubre de 1975. Contaba 21 años de edad, era recién casada y tenía un niño pequeño; ese día no pensaba cocinar, limpiar ni ir a trabajar. Tampoco mi madre, ni las madres de mis amigas, las empleadas de los supermercados, las maestras… en suma, alrededor del 90 % de las mujeres de Islandia. Una vecina, madre de tres niños revoltosos, se fue de casa a las ocho de la mañana y no volvió hasta el anochecer, dejando a la familia que se las compusiera por sí misma. Curiosamente, pese a que la sociedad islandesa quedó casi paralizada ese bonito día, sus mujeres nunca se habían sentido tan vivas y resueltas.

Cuando Naciones Unidas proclamó 1975 Año de las Mujeres, se formó un comité con representantes de cinco de las principales organizaciones de mujeres de Islandia con vistas a organizar actos conmemorativos. Un movimiento de mujeres radical, llamado Medias Rojas, fue el primero en formular la pregunta: “¿Por qué no vamos todas a la huelga?” Eso sería, según ellas, un fuerte toque de atención a la sociedad sobre el papel que desempeñan las mujeres en su funcionamiento, sobre sus bajos salarios y el escaso valor que se otorga a su trabajo dentro y fuera del hogar. La idea se propagó y finalmente el comité la aprobó, aunque solo después de que la palabra “huelga” fuera sustituida por “un día libre”. Pensaban que esto permitiría que la idea calara más fácilmente entre las masas y pondría en un aprieto a las empresas, que podían despedir a las mujeres que hicieran huelga, pero tendrían problemas si les denegaban “un día libre”.

En los días anteriores al 24 de octubre se formaban corros de mujeres en todas partes, tomando café y fumando sin parar, pero hablando mucho de forma agitada. Mi abuela, que realizaba un trabajo increíblemente duro en una factoría de pescado, no pensaba tomarse el día libre, pero las cuestiones planteadas por los movimientos de mujeres le fueron rondando la cabeza. ¿Por qué los hombres jóvenes se embolsaban salarios más altos que ella si su tarea no era físicamente menos extenuante? Mi madre, que tenía entonces 28 años y trabajaba en una granja lechera, tuvo que hacer uso de todo su arte negociador para convencer a su jefa, una mujer muy trabajadora que superaba la cincuentena, de que ese día debían dejar de trabajar. Cuando mi madre fue a la casa de su jefa para proponerle acudir a una concentración convocada en el centro de Reykjavik, la encontró expiando su sentimiento de culpa por no trabajar cocinando como loca.

En Reykjavik se concentraron unas 25 000 mujeres para escuchar discursos, cantar y debatir: un número espectacular, teniendo en cuenta que la población islandesa sumaba entonces poco menos de 220 000 habitantes. Las mujeres procedían de todos los ámbitos: jóvenes y viejas, abuelas y escolares; algunas llevaban su uniforme de trabajo, otras se habían arreglado. “Fue realmente la base popular”, recuerda Elin Olafsdottir, quien contaba entonces 45 años de edad y más tarde representó a la Alianza de Mujeres en el ayuntamiento de Reykjavik. “Fue, y lo digo en serio, una revolución tranquila.” Este sentido de unidad, de calma y firmeza tranquila es lo que recuerdan la mayoría de mujeres de aquella jornada. Gerdur Steinthorsdottir, que era estudiante de 31 años en la Universidad de Islandia y ahora es maestra, ayudó a organizar la concentración. Afirma que la participación fue tan amplia porque las mujeres de todos los partidos políticos y de los sindicatos se sintieron capaces de cooperar entre ellas y hacer que sucediera.

La atmósfera en la concentración fue increíble. Sigrun Bjornsdottir era una estudiante de 19 años y acababa de descubrir que estaba embarazada. Fue un tiempo difícil, recuerda, pero participar en la concentración le hizo sentir que estaba conectada con una fuerza mayor, que estaba empoderada. Mientras, Gudrun Jonsdottir, de 21 años, se encontraba en medio de la muchedumbre, llorando en silencio. No podía creer que una vieja amiga de la familia, Adalheidur Bjarnfredsdottir, fuera una de las principales oradoras del encuentro. Representaba a Sokn, el sindicato de las mujeres peor pagadas de Islandia. La lectura de su primer discurso público provoca ahora escalofríos. “Los hombres gobiernan el mundo desde tiempos inmemoriales y ¿qué ha sido de este mundo?”, preguntó con su voz profunda y áspera. Respondiéndose a sí misma, describió un mundo ensangrentado, una tierra contaminada y explotada casi hasta la ruina. Una descripción que hoy parece más cierta que nunca.

Los hombres islandeses casi no daban abasto. La mayoría de empresas no montaron ningún escándalo por el absentismo de las mujeres, sino que trataron de prepararse para la llegada de niños sobreexcitados que tendrían que acompañar a sus padres al trabajo. Algunos de estos salieron a comprar dulces y reunieron lápices y papel en un intento de mantener a la prole ocupada. Las salchichas, la comida preparada favorita de la época, se agotaron en los supermercados y muchos maridos acabaron sobornando a los niños mayores para que cuidaran de sus hermanos pequeños. Las escuelas, tiendas, guarderías, factorías de pescado y otros establecimientos tuvieron que cerrar o funcionar a medio gas.

Las mujeres responsables de componer el Morgunbladid, uno de los periódicos más leídos de Islandia, volvieron al trabajo a medianoche, como Cenicienta. Al día siguiente, el diario tenía la mitad de páginas y los artículos solo hablaban de la huelga. Las cajeras de los bancos que vieron cómo sus puestos estaban ocupados por sus superiores hombres, se dieron el gustazo de acudir al banco y hacerles trabajar. Para muchos padres, que al final del día estaban exhaustos, aquello fue un momento de la verdad. No es extraño que ese día fuera bautizado más tarde por ellos con el nombre de “el largo viernes”.

¿Qué ganaron las mujeres islandesas con todo esto? Para muchas, fue un aldabonazo que les abrió los ojos. Yo, como muchas mujeres de mi generación, ese día me volví feminista, a mi tierna edad de 11 años, y eso a pesar de que tuve que quedarme en casa sola con mi hermana de 9 años, enfadada por no poder asistir a la concentración. Fue un acicate para la acción y muchas sienten que la solidaridad que mostraron ese día las mujeres abrió el camino para la elección, cinco años más tarde, de Vigdis Finnbogadottir, la primera mujer del mundo elegida democráticamente presidenta. Finnbogadottir también lo cree firmemente. “Después del 24 de octubre, las mujeres pensaron que era hora de que una mujer fuera presidenta”, dice. “El dedo me apuntó a mí y yo acepté el reto.”

Sin embargo, 30 años después también hay una sensación de decepción. Bjornsdottir, la estudiante embarazada que ahora se encarga de las relaciones públicas del departamento de educación del ayuntamiento de Reykjavik, está triste porque su hija ya no se ha beneficiado de lo que ocurrió. Una estadística muy comentada estos días muestra que las mujeres islandesas cobran en promedio tan solo un 64,15 % de lo que suelen percibir los hombres. Así que hay un llamamiento para que el próximo lunes, cuando se celebra el 30º aniversario de aquella huelga, las mujeres abandonen su puesto de trabajo a las 14 horas y 8 minutos, pues a esa hora ya se habrían ganado su salario si ganaran lo mismo que los hombres. Tienen planeado saquear previamente su cocina y llevarse cazos y sartenes al trabajo para organizar caceroladas y armar mucho ruido. Está por ver si las autoridades les escucharán.

18/10/2005
Traducción: VIENTO SUR

Una banda de sonido, un artículo y una película “setentistas”

¿Dónde están, entonces, el clasismo y su historia? En los libros que la cuentan –por supuesto–, y en sus protagonistas (que pueden contarla). Gregorio “Goyo” Flores, delegado y obrero combativo, militante de izquierda, será el personaje principal y el articulador de esta historia: el “obrero que lee” (y lucha y milita y escribe). La otra fuente viva de estas experiencias será Susana Fiorito, militante de la comisión de prensa del Sindicato de Trabajadores de Concord (SITRAC) en aquellas épocas de rebeliones y revueltas obreras –las del Cordobazo–, y actualmente al frente de la Fundación “Pedro Milesi” y la Biblioteca Popular del barrio Bella Vista (además de ser compañera del escritor Andrés Rivera).

Goyo explicará, en distintos momentos (en su casa de Córdoba; en una mesa, recordando, junto a otros tres dirigentes clasistas), la experiencia de radicalización, de organización y politización de los obreros cordobeses. Las imágenes de archivo que utiliza Colombini resultan fundamentales para acompañar y entender el “espíritu de época”: un breve y contundente repaso por la radicalización juvenil, obrera y popular en Francia, Italia, Checoslovaquia (contra el estalinismo), Estados Unidos (contra el racismo, contra la guerra en Vietnam), Uruguay, Argentina… Y el montaje realiza, ya en el plano de la política local, un singular contraste entre las declaraciones a los medios de un burócrata sindical como Rucci y las de los dirigentes clasistas (como “el petiso” Páez), y entre los entrevistados y las autoridades militares que se sucedían en esos convulsivos tiempos de crisis, luchas y golpes de Estado.

Y también, Preguntas a un obrero que lee busca escapar a todo convencionalismo: tomando como herencia cierta concepción “brechtiana”, que pretende de la conciencia del público atención y alerta ante lo que se le presenta –es decir, que no se deje cautivar, envolver, atrapar por el artificio mismo de la obra, por su “magia”–, se dejan ver breves escenas “de backstage”, la “hechura” misma del montaje de las imágenes y de los momentos vividos, para mostrar que lo que se aprecia es fruto, como dice el tradicional cartel callejero, de “hombres trabajando”. Hay momentos graciosos, chistes e imprevistos que “alivian” la tensión del recorrido (memorialístico e histórico), y agregan más elementos de humanidad a una obra que ya tiene enormes cuotas de solidaridad de clase, sensibilidad y ternura.

* El artículo completo en La Izquierda Diario.

** El Facebook y el trailer de la película, acá.

Este video pertenece al DVD oficial de Attaque 77 grabado en el Teatro Opera el 24 de Noviembre de 2011.

SETENTISTAS

Hasta que no te pase a vos, no vas a entender,
Siempre así, tan egoísta
Hasta que no te pase a vos, no vas a entender,
Clásico individualista

Decido que no te quiero escuchar,
Decido no formar parte de tu plan,
Cuantos ríos de sangre han de correr,
Tanta muerte ya, tanto horror, tanta injusticia
Cuanto tiempo para reconocer que la historia es,
Otra vez y todo de vuelta

Deciles que no les sirve luchar,
Decime que no me sirve luchar…
Si estaba en el cordobaza hace tiempo atrás,
Y estaba en el rosariazo y en Tucumán

Espíritu setentista vuelve hoy,
Gente que no puede decir:
Hey, hey, no te metas
En Neuquén resiste Zanon
Lucha obrera, movilización
Los bastones acechan, también voy yo.

Deciles que no les sirve luchar,
Decime que no me sirve luchar…
Si estaba en el cordobaza hace tiempo atrás,
Y estaba en el rosariazo y en Tucumán

Espíritu setentista vuelve hoy,
Gente que no puede decir:
Hey, hey, no te metas

 

La versión y el video oficial, acá.


Videos: Modos de ver (John Berger), BBC, 4 episodios

* A modo de homenaje al gran John Berger, que está cumpliendo 89 años.

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 1 Psychological Aspects

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 2 Women in Art

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio Collectors and Collecting

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 4 Commercial Art

 


“El farmer”: un discurso de la memoria (y del poder)

TEATRO // OBRA EN CARTEL

“El farmer”: un discurso de la memoria (y del poder)

Comentarios a partir de la obra basada en la novela de Andrés Rivera, puesta en escena de miércoles a domingo, a las 20 hs., en la Sala Casacuberta del Teatro General San Martín.

El telurismo de una serie de novelas de Andrés Rivera de las décadas de 1980 y 90 (La revolución es un sueño eterno, El amigo de Baudelaire, La sierva, El farmer, Ese manco Paz), se abre o presta a la dramaturgia y al cine: ya pasó con La sierva, puesta en escena varias veces, al igual que con La revolución…, dirigida por Raúl Serrano y también llevada al cine por Nemesio Juárez (en 2010), y con El farmer (por ejemplo en 2002, por Adrián Blanco), esta vez recreado-adaptado por Rodrigo de la Serna y Pompeyo Audivert, quienes también actúan y, junto a Andrés Mangone, dirigen la obra.

Se mencionó lo telúrico. Hay que agregar algunas palabras más: criollismo, poder, crueldad. Si la escritura de Rivera se caracteriza por el discurso seco, casi lacónico (al mismo tiempo directo y punzante), por una crudeza que desnuda en muchos casos alguna crueldad, ello se hace más patente cuando toma carnadura, especialmente, en personajes poderosos, en lo político y económico, en nuestro siglo XIX (sean comerciantes o patrones de estancia, como Saúl Bedoya, o militares y políticos, como –el también estanciero– Rosas).

La amargura al final de la vida, la reflexión y la autoreflexión –como temas y práctica “universal”– sostienen esta obra: son los últimos momentos de Juan Manuel de Rosas, exiliado en Southampton, Reino de la Gran Bretaña. Así, la puesta en escena de De la Serna y Audivert, toma la nouvelle de Rivera para realizar un nuevo montaje –o un re-montaje, o una rearticulación– de ese fluir discursivo del General Rosas, caído en desgracia ya hace más de veinte años. Es discurso, declamación, exhorto (político) incluso, que busca, rememora, su vida personal-familiar y la pública, en el ejercicio del poder, ahora perdido. (Sarmiento, indudablemente, será, además de respetado y casi admirado por su pluma, permanentemente recordado como enemigo implacable.)

El soliloquio y la polifonía de voces que acompañan los recuerdos de Rosas (interlocutores que aparecen fantasmáticamente: varios visitantes ingleses, su hija Manuelita, su madre) se sostienen en el cuerpo de los dos actores (donde De la serna tiene un papel muy dinámico, de metamorfosis para esas apariciones), que encarnan al mismo hombre devenido –como se dice en las “Palabras de los directores”, texto del programa de mano– en “el doble mítico”. Hay un Rosas, entonces, real, concreto: un viejo decrépito que, junto a sus recuerdos, sigue pendiente del presente ante los peligros y amenazas al orden que surgen (como la insurrecta Comuna de París, como los panfletos y llamamientos de Marx y la Primera Internacional obrera); y otro, un “otro yo”, joven y aguerrido Rosas, en la cúspide de su poder (al mando de la Confederación Argentina), que acompaña y recrea aquella gobernanza durante la época de “la suma del poder público”, las montoneras, y los conflictos y guerras entre unitarios y federales. El contrapunto y contrastes entre ambos Rosas ofrecen un caleidoscopio del personaje histórico –juventud y cambio de apellido incluidos–, no sin alguna adaptación significativa para con nuestro presente y actualidad. Por ejemplo: declama –o mejor, proclama– en un momento el Rosas de De la Serna: “Demoré una vida en reconocer la más simple y pura de las verdades patrióticas: quien gobierne podrá contar, siempre, con la cobardía incondicional de los porteños”. Y sin embargo –aunque no existía todavía como tal el “Estado argentino”–, el libro original de Rivera habla de “la cobardía incodicional de los argentinos”, queriendo significar otra cosa (una denominación más abarcativa o global). Cuando lanza, feroz, indignado, la acusación este “joven Rosas”, el público –porteño en gran medida– reacciona ante lo dicho.

También, el Rosas viejo y derrotado recuerda una orden dictada: el fusilamiento de Camila O’Gorman –embarazada– y su amante el cura Gutiérrez (tema caro al surrealismo argentino, en las obras de Enrique Molina y Aldo Pellegrini). Dice el libro, y se dice en la obra: “Yo, de puertas adentro, señores míos, permití que el Demonio habitase a quien quiera cediese a la lascivia y la obscenidad. De puertas afuera, no. De puertas afuera, decencia.

Y cuando ordeno que se fusile a Camila y su amante, el mestizo Gutiérrez, proclaman que soy una bestia sedienta de sangre. ¿Acaso lord Palmerston no me dijo que Romeo y Julieta, la más aplaudida obra de teatro del canciller Bacon, justifica la ejecución de los dos amantes cuando sus procacidades afligieron a la sociedad veneciana?

¿Acaso son sordos? Si no lo son, escuchen mi consigna:

“El que está abajo, respeta al que está arriba”.

Este bonapartismo, este ejercicio del poder –que se jacta de velar (y también de “conocer”, por espiar, para vigilar y castigar) “el sueño de los argentinos”–, preocupado por la Internacional (“una máquina de guerra destinada a abolir el capital e instaurar el comunismo”), lleva a este exiliado Rosas de Rivera a sostener: “Escribo que la circular de M. Favre menciona que los comités, caudillos y cómplices de la Internacional funcionan en Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica, Rusia, Suiza, Austria, Italia y España.

Escribo que la Internacional exige la legislación directa del pueblo por el pueblo, la supresión de la herencia individual, el ingreso del suelo en las propiedades colectivas.
Escribo: Cuando en las clases vulgares desaparecen el respeto al orden, las leyes y el temor a las penas eternas, sólo los poderes extraordinarios, en manos de los jefes de las naciones cristianas, restaurarán la obediencia a los mandamientos de Dios.
Escribo: En Londres vive el más insidioso, petulante y audaz apologista de la Comuna. Vive, me informan, en Maitland Park Road, y lo vigilan, discretamente, policías que ni siquiera llevan garrotes en la cintura. Ese intenso apologista no es inglés: es, como yo, un desterrado. Me informan que los aberrantes panfletos que escribe son una prosa como no hay otra en Europa. Me informan que The Times acoge y publica algunas de sus incesantes cartas. La reina Victoria es una mujer bondadosa.

Dicen de ese conspirador, quienes me informan, que es un soñador que piensa, un pensador que sueña. Escribo que, por lo tanto, es inofensivo. Escribo: No lo pierdan de vista. Vigílenlo.

Escribo: No hay en el mundo enemigo más esforzado de las asociaciones clandestinas, de la anarquía y del comunismo, que el general Rosas”.

El Rosas de El farmer es un exponente de cómo es en su conjunto, cómo está articulada, toda la literatura de Rivera: como un mecanismo narrativo (una historia, una vida o personaje, un discurso, una anécdota) que conecta, remite y asocia otros hechos y épocas históricas. Así, el derrotado de la batalla de Caseros (1852) mantiene el nervio, la atención, ante lo que se destaca políticamente en Europa y Gran Bretaña. Así, es posible un Rosas coqueteando con (y al mismo tiempo condenando a) Marx.

Otro ejemplo/otro tema: esto lanza el “Rosas joven”:

“¿Cómo es, señores, cuando se tira, a los ríos, amarrados dentro de una bolsa, a los subversivos?

¿Cómo es cuando se los capa?

¿Cómo es, señores, cuando se les corta la lengua?”.

¿Acaso la primera pregunta no (nos) remite a otros “subversivos”, a otras “tiradas al río”, por ejemplo a las que se ejecutaban bajo órdenes de la última dictadura militar?

La imaginación de Rivera genera un destilado, verosímil, posible. Rivera le hace decir (elegir, definirse) breve y sencillamente a este Rosas: “El manejo del Estado me apasiona. El manejo de los intereses del Estado me apasiona. No la guitarra. No el sexo”.

Si este Rosas, expansivo en amores y odios –también, como ocurre con las otras obras de cierta similitud temática, ya mencionadas al comienzo de esta nota–, abrió o abre cierta oportunidad al “revisionismo histórico” contra la “historiografía liberal” (es decir, la representante de los vencedores de Rosas en Caseros), para discutir nuevamente “nuestra historia nacional” y el accionar de sus hombres más salientes, con poder y capacidades dirigentes, en realidad El farmer y la literatura de Rivera cruzan o planean por sobre ese debate dicotómico, lo superan, apuntando hacia otra cuestión: la de una historia (proveniente del pasado, también presente) de los humillados y ofendidos, por una parte (la clase trabajadora, los sectores populares, las grandes personalidades revolucionarias), y, por otra, la de esos mismos poderes que dominan (sea el zarismo ruso y el pogrom, un terrateniente o empresario, un policía o burócrata sindical). Mediante una poderosa fuerza histórica (y biográfica, personal) que la anima, la literatura de Rivera se cincela mediante un fino discurso, delineado por el sentimiento y la pasión que expresan cada uno de sus personajes. Y la Historia, como telón de fondo; cada época, deja su marca en la subjetividad de los personajes (que al mismo tiempo reactúan sobre la realidad en la que están, y la hacen). Y el conflicto, el disfrute o el padecimiento del poder –de poder ejercerlo o de tener que sufrirlo (se luche o no)– es la clave o centro del discurso.

El Rosas de Rivera es un “campesino” o farmer muy particular, instalado en la lejanía, abandonado por sus viejos “socios”, mencionados a los gritos por el Rosas joven cuando recuerda el viejo cómo lo olvidaron; apellidos como Anchorena, el del General Pacheco, Chilavert…

Un Rosas desterrado, agobiado, destemplado –pese al gran brasero donde quema el carbón, y alguna otra cosa, mientras cae la nieve–, en Inglaterra. Con un discurso –un largo sueño–, en la realidad del exilio, referido a la memoria y al poder, y a la pérdida del mismo


Ida y caída: Leopold Trepper en el dentista

LIBROS // HISTORIA(S)

Ida y caída: Leopold Trepper en el dentista

A propósito de la experiencia de ir al dentista, pensé qué historias se encuentran en los libros acerca este tema. Y el episodio que ahora –y siempre– recuerdo es uno histórico: el de Leopold Trepper. Cuenta Gilles Perrault en su libro La Orquesta Roja que Trepper, cabeza de los servicios de espionaje e información soviéticos –quien se ganó el apodo entre amigos y enemigos de “el Gran Jefe”–, no le quedó más remedio, un día, que ir al dentista. En ese momento (hablamos de fines de la década de 1930 y comienzos de la siguiente), Trepper estaba siendo perseguido por los nazis, quienes avanzaban en ocupar Francia, Holanda y Bélgica, y se dedicaban también a destruir “la orquesta”, descubriendo y capturando a diversos músicos-cofrades del Gran Jefe (especialmente a los “pianistas”, los agentes que transmitían telegráficamente información vital de los alemanes a la URSS, desde sótanos y trastiendas de comercios).

Trepper había logrado organizar desde Bruselas una extensa red de informantes que incluía todos los estamentos sociales y todos los países ocupados, y él mismo se hacía pasar por empresario proveedor para el Ejército alemán, brindando en noches de gala con el alto mando nazi tras la firma de algún contrato… El enojo y frustración de Hitler lo llevaron a reconocer (públicamente) que, en algo, eran superiores los rusos a los alemanes: en el espionaje.

La cuestión es que Trepper, aun con bajas (encarcelados sus agentes y colaboradores, torturados y amenazados sus seres queridos, obligados a actuar como “dobles agentes”, enviando datos falsos hacia Rusia –en una operación que los nazis llamaron Funkspiel–), mantiene como puede la actividad y envío de información, y cuando concurre al dentista, por una (des)afortunada combinación de informaciones que obtienen sus enemigos, van a esperarlo allí y consiguen capturarlo. Vigilado entonces las veinticuatro horas del día por la Gestapo, Trepper asombra a sus vigilantes e interrogadores comentando sus métodos de trabajo, y la profunda infiltración de la que son –vaya paradoja– víctimas, y comienza, tras simular la aceptación de su derrota, “el gran juego”. (Una década después, tras el resonante éxito que tuvo La Orquesta Roja de Perrault, quien había entrevistado al mismo Trepper para hacer su libro, el Gran Jefe también escribirá y publicará sus memorias, a mediados de la década de 1970, con el título de El gran juego.)

En este “juego” (a vida o muerte) entre Trepper y los nazis el primero saldrá triunfante: no sólo logró engañar y huir de sus captores (en una maniobra simple pero genial) sino que mantuvo el envío de informaciones bajo reclusión: incluso llegó a anticiparle a Stalin (al “enterrador de la revolución”, al “astro gemelo” de Hitler –León Trotsky dixit–) la fecha exacta del ataque alemán: el comienzo de la “Operación Barbarroja”. El Gran Burócrata ruso, inepto, cobarde, paranoico, desconfiado, desestimó el anuncio: proveniente de “borrachos o traidores” calificó la información que le llegó de Trepper. (La Orquesta Roja supo del fin del pacto nazi-soviético; incluso se aprovechaban las contradicciones y desavenencias de los generales nazis, disconformes con decisiones del líder imperial del III Reich: opinaban que era una locura –militar– pretender que Alemania mantuviera dos guerras al mismo tiempo, en los frente Occidental y Oriental…)

Tras su huida, Trepper logrará, al fin de la Segunda Guerra Mundial, regresar a la Unión Soviética. Formó fila en una oficina de reclamos y protestó por el ninguneo a sus mensajes y avisos, que tanto podrían haber cambiado los hechos y episodios de la guerra que todos conocemos. ¿Cuál fue el resultado del enojo de este auténtico luchador y patriota soviético? Diez años de cárcel, nada menos que en Lubianka.

Cuando logró salir de allí vivió en su Polonia natal, recluido, hasta que Perrault y su libro le granjearon una nueva notoriedad, y luego terminó en Jerusalén. El gran juego es un libro impresionante; una joya de la memoria militante. Cuenta Trepper que, en sus comienzos, como joven minero en Medio Oriente, lustros previos a su llegada al espionaje, llegó a organizar comités conjuntos de trabajadores judíos y palestinos (luego los gobernantes británicos lo expulsarían, teniendo que recalar en Francia). Toda su vida está relatada en ese libro, y es para destacar la evaluación que hace de los trotskistas en la URRS, a quienes conoció en la cárcel. Habla Trepper de la “revolución degenerada [que] había engendrado un sistema de terror y horror, en el que eran escarnecidos los ideales socialistas en nombre de un dogma fosilizado que los verdugos tenían aún la desfachatez de llamar marxismo”; hace un mea culpa (“Todos los que no se alzaron contra la máquina stalinista son responsables, colectivamente responsables de sus crímenes. Tampoco yo me libro de este veredicto”) y pregunta: “¿quién protestó en aquella época? ¿Quién se levantó para gritar su hastío?”. Y responde: “Los trotskistas pueden revindicar este honor. A semejanza de su líder, que pagó su obstinación con un pioletazo, los trotskistas combatieron totalmente el stalinismo y fueron los únicos que lo hicieron. En la época de las grandes purgas, ya sólo podían gritar su rebeldía en las inmensidades heladas, a las que los habían conducido para mejor exterminarlos. En los campos de concentración, su conducta fue siempre digna e incluso ejemplar. Pero sus voces se perdieron en la tundra siberiana.

Hoy día los trotskistas tienen el derecho de acusar a quienes antaño corearon los aullidos de muerte de los lobos. Que no olviden, sin embargo, que poseían sobre nosotros la inmensa ventaja de disponer de un sistema político coherente, susceptible de sustituir el stalinismo, y al que podían agarrarse en medio de la profunda miseria de la revolución traicionada. Los trotskistas no ‘confesaban’, porque sabían que sus confesiones no servirían ni al partido ni al socialismo”.

Afortunadamente, contra esa pérdida de la historia combatiente del trotskismo contra el stalinismo están, por ejemplo, los trabajos del historiador francés Pierre Broué, ya fallecido, además de la inmensidad (monumental) de libros y otros escritos, documentos y cartas que dejó el mismo Trotsky. Es para subrayar lo que dice Trepper: contra la “revolución degenerada”, “traicionada” (tal como tituló Trotsky uno de sus grandes trabajos: La revolución traicionada, de 1936), existía sin embargo “un sistema político coherente”, alternativo (socialista), el de los trotskistas, para sustituir al del totalitarismo stalinista…

Nacido en 1904 en Galitzia (hoy parte de Polonia y Ucrania), Leopold Trepper falleció en 1982. En su libro autobiográfico pretende, según afirma en el Prefacio, aliviado de no tener nada que ocultar (los –pocos– miembros que quedaban vivos de la Orquesta Roja ya no corrían peligros para ese entonces), “decir la verdad acerca de los cincuenta años de mi vida militante”.


#Entrevista a Darío Canton: “En la ciudad de Buenos Aires se respiraba mucho tango”

OCHENTA AÑOS SIN CARLOS GARDEL

Darío Canton: “En la ciudad de Buenos Aires se respiraba mucho tango”

Entrevista en el bar La Paz con el poeta y sociólogo Darío Canton, a propósito del nuevo aniversario de la muerte de Carlos Gardel. Una charla, desbordante de memoria, sobre tangos y vivencias, libros y poesía.

Darío, quiero que comentes cómo es la historia de tu libro sobre Gardel.

El libro que salió con Ediciones de la Flor, con el título de Gardel, ¿a quién le cantás?, es de 1972. El título se le ocurrió a Daniel Divinsky, y supongo que pensó que era un título ganchero. Y tuvo una ilustración de Oscar Smöje, que hoy es el director del Palais de Glace. Smöje hizo una tapa con los colores de la camiseta de Boca. Supongo que también pensando que eso iba a favorecer la venta. (Risas.)

El trabajo que aparece allí fue redactado en Estados Unidos, hacia 1961-62. Lo hice para “Sociología de la cultura”, una de las materias que daba un exiliado alemán, Leo Löwenthal, del grupo de [Theodor] Adorno. Con ese trabajo me fue muy bien: no solo obtuve una nota excelente, sino que me permitió ser ayudante de investigación por el mérito que se le atribuyó.

Sin embargo tu relación con el tango viene previo a esto…

¡Claro, claro!

Lo escuchabas de chico…

Exactamente. Lo tengo que haber escuchado en la radio. Estuve en 9 de julio hasta 1935. Hasta mitad de año quizás. Y seguramente lo escuchaba en la radio, porque me sabía de memoria “Cuesta abajo” y otros tangos que cantaba Gardel. E incluso una persona que se llamaba José Altare, que era chofer de mi padre (que era médico, e iba en auto a las distintas consultas –incluso al campo–), me llevaba desde donde yo vivía, en la mitad de la cuadra, a una panadería que estaba en la esquina. Me sentaba sobre el mostrador y yo cantaba con una guitarrita que tenía… Esa guitarrita la he conservado, y aparece una mención a ella, también una foto junto con una pequeña anécdota vinculada con [Héctor A.] Murena en el libro Los años en el Di Tella, 1963–1971 [páginas 33 y 44], a propósito de esta guitarra.

Entonces: yo tenía parte del repertorio de Gardel. Y después, ya de adolescente, cuando estaba de vacaciones en Uruguay, en la casa de mis abuelos, iba por las tardes –me parece que entre las 3 y las 5 de la tarde, aproximadamente– una audición de radio (que no puedo saber cuál era) en que pasaban todos los discos de las distintas orquestas de tango. Las recientes grabaciones. Y yo oía permanentemente eso. Conocía a los cantores de las distintas orquestas, repertorios… Y además en la ciudad de Buenos Aires se respiraba mucho tango porque se tocaba tango en muchos lugares; en bares, acá en el centro.
Digo: el tango era una cosa omnipresente. Porque además coincidía con los años de la Segunda Guerra Mundial. Había menguado mucho la llegada de “novedades discográficas” de Estados Unidos y de muchos países de Europa. Entonces había una gran actividad tanguera.

Y había programas muy lindos. Había por ejemplo un programa que se llamaba “Ronda de Ases”, que iba dos veces por semana, e iba el público al teatro Casino –que era un teatro que estaba, me parece, en Maipú, entre Corrientes y Sarmiento–. Y ahí competían orquestas de tango, y el público votaba. Entonces había un público fervoroso que aplaudía a rabiar a sus favoritos –la orquesta por la que hinchaban… porque cada una tenía su hinchada, por así decir–. Era un clima muy festivo y muy competitivo a la vez. Entonces las distintas orquestas tenían sus seguidores…

Sus fans.

¡Exactamente! No era lo mismo D’Arienzo, que Troilo, que Caló, que Pugliese… Cada orquesta tenía “su sello” y sus cantores también. Era todo algo muy lindo y disfrutable, y los que nos interesábamos por eso conocíamos los tangos y había una especie de “sabiduría tanguera” que hacía que nos valiéramos –por así decir– de esos códigos o de esas letras.

He conocido gente mayor que se valía del Martín Fierro para su “filosofía cotidiana”, por así decir: “Hacete amigo del juez, que siempre es bueno tener palenque ande ir a rascarse” y equivalentes… Todavía tienen vigencia. Pero eso era más en mis mayores; la gente de mi generación –por lo menos los que vivíamos acá en Buenos Aires– estaba mucho más ligada con el tango. Y con las cosas del tango. (Me adelanto al decir algo, alterando la temporalidad: hace dos años, más o menos, descubrí, un día, después de ir al baño, que había sangre en mis heces. Y ahí ¿de qué me acordé? Me acordé de “Cotorrita de la suerte”, que es un tango que cantaba Gardel. “Cotorrita de la suerte” dice algo así: “Pasa un hombre quien pregona: ‘¡Cotorrita de la suerte! Augura la vida o muerte. ¿Quiere la suerte probar?’”. Recordé ese tango porque pensé “¡Sangre! Capaz que me saqué la lotería de un cáncer…” Y lo primero que hice –el tango no lo tenía… digo: lo sabía de memoria–, ese día, o al día siguiente, fue ir a [la disquerías y librería] Zivals, que me queda a dos cuadras de donde vivo, a comprar el tango cantado por Gardel. Y ahí lo tengo… Con esto quiero decir hasta qué punto el tango forma parte de mi vida).

Antes me había referido a la adolescencia. En mi adolescencia, uno de los tangos –¡uno de los grandes tangos!– es “Malena”. A mí me gustaba mucho Troilo –entre otros; pero me gustaba mucho Troilo–. Y hay un solo suyo en “Quejas de bandoneón”, que yo en algún momento, en una audición a la que me invitaron para una entrevista, tenía que llevar sugerencias de música que quisiera oír, y elegí ese; porque me parece que hay un solo de bandoneón sensacional.
Y de esos años es “Malena”, que yo hasta hace no mucho estaba tratando de confirmar qué Malena es la del tango de Manzi. Porque Nelly Omar, en más de una ocasión, reivindicó ser ella. Bueno, no: no era ella; era una mujer que se llamó Malena de Toledo. Pero entonces yo eso, no hace mucho, seguía dando vueltas con esa interrogación, por esa afirmación de Nelly Omar.

Así que el tango era cosa de todos los días. Recuerdo que estaba en Carmelo, en el año ‘40 o ‘41, cuando se inauguró la Radio Carmelo, con mucho bombo, y fue una delegación de artistas argentinos. Y como parte de la delegación que fue estaba Mercedes Simone, que esa noche cantó en el teatro Uamá, y entre las cosas que cantó estaba “Negra María”, una milonga de [Lucio] Demare y [Homero] Manzi. A mí me gustaba mucho su timbre de voz –por ejemplo no me gustaba Libertad Lamarque, que fue mucho más popular. El timbre de voz de Libertad Lamarque no me gustaba–. Esto es más o menos hasta los quince años, dieciséis… Y después siempre seguí interesado. Me gustó mucho [Astor] Piazzolla… (Fracasé con Piazzolla: intenté que le pusiera música a La saga del peronismo, y no fue así.) Y después escuché a gente como Eduardo Rovira, que era menos conocido pero también me parecía muy interesante. Lo escuché una noche, en un local que aparentemente todavía existe, en la calle Paraná, entre Corrientes y Sarmiento: un sótano. Creo que ahora hacen jazz allí.
Bueno: Piazzolla, Rovira, Troilo, Pugliese… Y luego escuchar a Julio Sosa.

¡Al que le decían “el varón del tango”!

¡Sí! “El varón del tango” (Risas.) En un local acá, por la calle Corrientes, de la mano del teatro Metropolitan, más o menos a esa altura… era un galpón enorme, y ahí cantaba Julio Sosa. Lo fui a escuchar una noche con Gerardo Andújar, un gran amigo mío.

Con Gerardo Andújar compartíamos el “conocimiento” de las letras del tango. Y él lamentablemente –en mi opinión– había adoptado excesivamente la “filosofía tanguera”, que es más bien derrotista (o era).

Y volviendo a tu Gardel ¿a quién le cantás?

Y el libro sobre Gardel sale de ese trabajo que yo hice en los Estados Unidos, que era un poco un reexamen (como otros trabajos que hice allí mismo) de parte de mi historia personal. Y en ese sentido puedo decir que me saqué de encima una serie de elementos negativos; así como también trabajé –por ejemplo– sobre los conflictos en las universidades… todo lo que yo había vivido hasta ese momento surgió o afloró mientras yo estudiaba. Y el tango tiene que ver con eso.
Después, cuando se publicó como libro, que fue una idea de Daniel Divinsky, le agregué un prólogo. Ese prólogo está en el tomo [de la serie de libros autobiográficos, llamada De la misma llama] que cubre del ‘72 al ’79 [entre las páginas 15 y 22]. Y en ese libro se rescataron los tangos que son parte de la investigación.

Se reproducen las letras.

Se reproducen las letras. Ahí hay un tema con las letras, y yo en algún lado también lo he mencionado. Una persona que me escribió, que se llamaba Miguel Santamaría me advirtió que varios de los tangos que yo ponía (eran como cien, y él me señalaba unos siete u ocho) no habían sido cantados jamás por Gardel. Bueno: le agradecí mucho y dejé constancia de eso. Lo que pasa es que me había llevado un librito del Alma que canta, que era una revista dedicada a eso, donde se publicaban las letras; y ahí ese librito le adjudicaba esos tangos a Gardel. Digo: haber sido cantados por Gardel. No hice el cotejo puntual y entonces… bueno, dejé constancia de eso.

¿Y el libro cómo funcionó?

El libro funcionó bien. Pero la gente más del “medio tanguero” lo criticó. Porque yo hacía recuentos de los tangos, poniendo que cada tipo de tema aparecía tantas veces…

Una clasificación.

Exacto. Y eso les parecía una “herejía”, que era una incomprensión total de lo que el tango y lo que Gardel… en fin. Ese tipo de personas lo descalificaron totalmente. Después otra gente lo apreció, incluso hace poco tuve una conversación con Julio Schvartzman, que trabaja este tema, desde un ángulo más académico, y me dijo que ese trabajo alguna gente lo apreciaba mucho.


* La página web del escritor: http://dariocanton.com/

 


Günter Grass: el dolor que emana la Historia

Literatura // Obituario

Günter Grass: el dolor que emana la Historia

Algunas notas y reflexiones sobre la vida y obra del autor, entre decenas de títulos, de la renombrada novela ‘El tambor de hojalata’.

Por Demian Paredes, para La Izquierda Diario

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Ante el deceso de Günter Grass (escultor, poeta, ensayista, dibujante, dramaturgo, narrador) el pasado 13 de abril, la “excusa” es buena –ya que la noticia mala– para (re)visitarlo o conocerlo. Sólido escritor, novelista de peso, ganador de los premios Nobel de literatura y Príncipe de Asturias de las Letras, autonominado “discípulo” de Alfred Döblin, con más de 30 títulos publicados, Grass es parte de la gran literatura europea del siglo XX que integran otros grandes como Hermann Hesse, Thomas Mann, Hermann Broch y Thomas Bernhard. Surgido de las cruentas experiencias del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, nacido en 1927 (en Danzig, actual Gdansk), Grass enfrentó nada menos que aquella famosa sentencia de Theodor Adorno, dura, pesimista, que hablaba de la imposibilidad de la poesía tras la inmensa muerte, producida a gran escala, industrialmente, perpetrada en Auschwitz y el sistema de campos.

Grass de joven estudió escultura y dibujo, e integró el Grupo 47, un colectivo de escritores que buscaba irrumpir en la (bucólica) situación cultural alemana, hija de la derrota en la guerra (la pax de los cementerios), el lastre de la ignominia moral (mundial) de haber “generado” a Hitler y al fascismo, y las tendencias autoritarias y moralistas en la República Federal de Alemania, emanadas del gobierno de Konrad Adenauer. Como explicó Grass en una entrevista publicada en 2010 en Der Spiegel: “El idioma alemán había sido dañado durante el período nazi. Pero nosotros, los autores jóvenes –incluyendo Martin Walser y Hans Magnus Enzensberger– no queríamos sentirnos constreñidos y nos negábamos a condenar el lenguaje. Como resultado, mi estilo rebosaba de la intención de querer desplegar todo lo que el lenguaje tenía para ofrecer”. Las vivencias bajo el nazismo y la guerra estarán presentes en toda la producción del artista, desde su primera novela especialmente, El tambor de hojalata, publicada en 1959 (luego llevada al cine y ganadora del Oscar a la mejor película –y también llevada a los tribunales, acusada de “pornógrafa” y “blasfema”–). Y, entre las siguientes, se destacan las dos más importantes y conocidas obras de los 70 y 80: El rodaballo y La ratesa (“novelas épicas”, en palabras del propio autor).

Grass combina sutil y agudamente –y al mismo tiempo con esa “exuberancia” o “abundancia” de lenguaje– experiencias de la historia con el día a día, con la vida cotidiana de sus personajes (en sus “modos” y mentalidades), logrando obras a un tiempo sensibles y asombrosas. Ahí está por ejemplo Mi siglo (1999), colección de pequeñas “viñetas literarias”, una por cada año del siglo XX (recordar por ejemplo “1908”, con el niño sobre los hombros de su padre ante un discurso de Liebknecht). Junto a esto, la fábula, la alegoría y el recurso a “lo fantástico” en varios de sus libros (a la manera de Rabelais, de los hermanos Grimm y otros) no le quitan rigor sino que suman creatividad a esta narrativa que tiene su núcleo viviente en los grandes dramas históricos. Por todo esto, por ser una voz original y potente, y por la temática específica que trató, terminó ocupando un lugar (entre la llamada opinión pública) donde, además de su arte, su “conciencia moral” o “ética” jugaba un rol, tenía un peso (de época), como tantos otros escritores y/o filósofos a lo largo del siglo XX, desde Sartre y Camus a Saramago; desde García Márquez y Juan Gelman al fallecido el mismo día que Grass, Eduardo Galeano. En la tradición de lo que se conoció como “intelectual comprometido”, Grass fue militante afiliado (del Partido Socialdemócrata) mucho tiempo, dio discursos y debates, escribió y habló para la prensa y demás medios, y articuló diversas relaciones con el mundo de la política y los sindicatos.

Pero a todo esto hay que sumar otra dimensión de su obra: la abiertamente autobiográfica. Desde Pelando la cebolla (2006) a los siguientes títulos (La caja de los deseos, De Alemania a Alemania –sus diarios sobre el proceso de reunificación del este y oeste germanos en 1990– y el tomo sobre los hermanos Grimm, todavía inédito en castellano), el escritor repasa su vida, volviendo a la experiencia de la regimentación nazi. Desde que se publicó Pelando la cebolla, con la narración detallada de cómo el autor fue parte, en su infancia y juventud (desde los 11 años), del sistema de reclutamiento de las Juventudes Hitleristas, que luego lo llevaría a integrar las Waffen-SS hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, la polémica se transformó en una acusación de ocultamiento (hubo incluso quienes pidieron que se le retirara el premio Nobel), agravada por una (supuesta) hipocresía de haber sido (casi) lo mismo que otros políticos y personajes públicos, que fueron objeto de crítica y condena por Grass: un exmilitante nazi. Aunque no es cierto tal “ocultamiento” (varias veces el escritor admitió o comentó sus vivencias de adolescente –esto está publicado en revistas e incluso en las solapas de sus libros; ver la primera edición deLa ratesa, Madrid, Alfaguara, 1988, por ejemplo–), Grass no entró en combate, terminó huyendo –y compartió un momento con otro recluta, un tal Joseph Ratzinger– y, siendo herido, terminó prisionero del Ejército norteamericano. Luego trabajador minero por un tiempo, Grass con su primer libro demostró preocupación por resituarse y mostrar ese pasado reciente silencioso (silenciado por vergüenza, social y masivamente); a fin de cuentas, Óskar Matzerath, el protagonista de El tambor de hojalata, aunque fue inspirado por un niño que Grass vio a comienzos de los ‘50, alegre con su juguete, es él mismo: la mezcla de fantasía y violencia, de niñez y manu militari, el redoble del tambor como un constante llamado de atención (y alusión) al régimen del Tercer Reich; esa historia que se cuenta (además de los gritos destructores de vidrios de este singular niño que no quiso crecer más, en una sutil referencia a la tristemente célebre “noche de los cristales rotos”) es parte de ese temprano proceso de catarsis del artista, con esebatir el parche ante las atrocidades del régimen nazi. (Otra cuestión es la ligada a la “elaboración” personal, a lo largo del tiempo, de su propia individualidad como parte integrante del sistema nazi –y su tardío relato autobiográfico–, en donde no tuvo sin embargo ninguna responsabilidad, ni política ni efectiva, por muerte alguna.) Esa “mancha”, esa experiencia juvenil (al parecer no muy entusiasta ni convencida), de la que él mismo dijo ser luego plenamente consciente, no empaña ni anula –ni en parte ni en todo, a juicio de quien escribe– el conjunto de su obra, ni sus compromisos con los problemas de su época.

Grass, tras el episodio de 1953, el levantamiento popular y la oleada de huelgas de los obreros berlineses (orientales) contra la burocracia estalinista –un potencial peligro de “revolución política”– terminaría respondiendo críticamente a la pasiva actitud de Bertolt Brecht ante esos hechos con su obra dramática Los plebeyos ensayan la rebelión, escrita en 1964. Siendo un socialista moderado (del SPD, el Partido Socialdemócrata), Grass nunca ahorró críticas, incluso dentro del propio partido del que formaba parte (aunque devolvió el carnet a comienzos de los ‘90), y se pronunció ante cada coyuntura histórica o hecho relevante de la política mundial: desde la “reunificación alemana” (a la que él se opuso y fue crítico, viendo en la restauración capitalista un futuro ciclo de neoliberalismo y pobreza para el Este) y la guerra en Yugoslavia (donde tuvo una posición errada, avalando la acción de la OTAN y el Vaticano), pasando por la guerra de Irak y Afganistán y la política de Bush y Cía. (criticadas), la situación de los inmigrantes encarcelados y deportados en Alemania, hasta el penoso papel de Angela Merkel ante el affaire de escuchas y espionaje y la crisis económica internacional (¡Grecia!). Entre sus últimos planteos y preocupaciones el que más trascendió fue uno en 2012, cuando se publicó (y tradujo de inmediato para todo el mundo –aunque en Argentina extrañamente, o tal vez no tanto, no se le prestó la menor atención a la polémica–) el poema en prosa “Lo que debe ser dicho”. Allí criticaba al Estado de Israel, por su violencia y militarismo, y alertaba del peligro nuclear que representaba (y representa).

Las preocupaciones de Grass consistieron en defender la tradición y recuperar la historia; los trabajadores y sus organizaciones sindicales, sus grandes referentes (Bebel, Liebknecht) fueron siempre tratados. Hizo este planteo: “Los mismos partidos socialistas o socialdemócratas se han creído la tesis de que con la caída del comunismo no queda ya lugar para el socialismo en este mundo; y perdieron toda confianza en el movimiento obrero, que por cierto existe desde mucho antes que el comunismo. Cuando uno abandona su tradición, se entrega a la nada. En Alemania, por ejemplo, apenas si hubo intentos de organizar a los desocupados. Hace años que trato de convencer a los sindicatos de que no pueden representar a los trabajadores mientras tienen trabajo, y abandonarlos cuando son excluidos del mundo laboral. Tenemos que ofrecer resistencia al neoliberalismo global. […] Hay que decir las cosas como son. Y dudo que podamos dejarlas libradas exclusivamente a lo intelectual”.

La vida y la política, la ética y la estética, el análisis, la teoría y la práctica, eran inseparables para él.

Permanentemente contemporáneo, vivaz y atento, crítico, artista de cruces y fusiones (entre prosa y lírica, entre escritura y dibujo), Grass representa con su arte los signos que aluden (a) y recorren las catástrofes del siglo XX (como en la Trilogía de Danzig: El tambor de hojalata, El gato y el ratón y Años de perro). Él sostuvo: “la historia no se puede dar por concluida. Porque nos alcanza… No se trata de un mea culpa continuo, sino de la conversión del sentimiento de culpa en sentido de la responsabilidad”. Ante la destrucción sufrida y las perspectivas del abismo (que se mantienen, acechan y actúan) Grass rescató la tradición y, haciendo sonar persistentemente su tambor, nos contó historias, muchas, con el objetivo de rememorar ese dolor y no olvidar.