“Para que el muerto siga viviendo” (Elias Canetti)

Demasiado poco se ha pensado sobre lo que realmente queda de vivo en los muertos, disperso en los demás; y no se ha inventado ningún método para alimentar esos restos dispersos y mantenerlos con vida el mayor tiempo posible.

Los amigos de un hombre muerto se reúnen determinados días y hablan sólo de él. Lo matan todavía más si únicamente dicen cosas buenas de él. Más les valdría discutir, ponerse a favor o en contra de él, revelar picardías secretas suyas; mientras puedan decirse cosas sorprendentes sobre él, cambiará y ya no estará muerto. La piedad que intenta conservarlo en un estado concreto no es en absoluto amable. Surge del miedo y sólo quiere mantenerlo en algún lugar donde no sea un peligro, como en el ataúd y bajo la tierra. Para que el muerto, a su manera más tenue, siga viviendo, hay que darle movimiento. Deberá enfurecerse como antes y, en sus ataques de ira, utilizar alguna injuria inesperada, que sólo conozca el que la revele. Deberá ponerse tierno; y quienes lo conocían como una persona severa e inmisericorde, deberán sentir de pronto cómo era capaz de amar. Uno casi desearía que cada uno de los amigos tuviera que representar su propia versión del muerto, y a partir de todas ellas este volvería a estar ahí. También podría admitirse poco a poco en esas fiestas a personas más jóvenes y no iniciadas, a fin de que, en la medida de lo posible, conocieran al que aún no conocen. Ciertos objetos relacionados con este deberían pasar de mano en mano, y sería hermoso que, en cada encuentro anual, además de una revelación se añadiera también un nuevo objeto que hasta entonces había permanecido ignorado.

 

Elias Canetti, El libro contra la muerte, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017 [ed. original 2014], pp. 23-24.


“Plegaria vespertina” (Günter Grass)

Plegaria vespertina

Lo que de niño

me asustaba hasta ponerme el miembro tieso

era una frase  –‘Dios lo ve todo’–

escrita en los muros con letra picuda;

pero ahora –desde que Dios ha muerto–

da vueltas arriba un dron no tripulado,

que no me pierde de vista

con un ojo sin pestañas que no duerme

y todo lo almacena, no puede olvidar nada.

 

Me vuelvo infantil,

tartamudeo plegarias incompletas incoherentes,

quiero pedir gracia y absolución

lo mismo que mis labios en otro tiempo al acostarme

pedían indulgencias tras cada caída.

Me oigo susurrar en el confesionario:

Ay, querido dron,

te pido perdón

para poder ir al cielo de rondón.

 

Günter Grass, De la finitud, Bs. As., Alfaguara, 2016, p. 16.


“Extrañas familias” (Adolfo Bioy Casares)

Extrañas familias

Fulano, según el Diccionario de la Academia Española, procede el árabe Fulán, un tal. Mengano, del árabe man kán, quien sea, cualquiera. Según Corominas, Mengano empieza a usarse a principios del siglo XIX, pero desde 1194 se usaba la forma Mancana. Mengano equivale a Fulano, pero se pone después; y antes, o después, de Zutano. Perengano, de per (preposición inseparable que refuerza o aumenta la significación de las palabras) y Mengano. Corominas le da fecha de nacimiento, 1884, y dice que viene de Perencejs, de 1870, y agrega que este último fue realmente Pero Vencejo, un rústico. Zutano, procede de citans, del latín scitanus, de scitus, sabido (consabido). Para Corominas procede de zut, exclamación para llamar a un desconocido: ¡Señor Zut! o ¡sit! o ¡sst!. A veces al primero, sobre todo si es mujer, pero aun si es hombre, se le agrega el apellido de Tal: Fulano o Fulana de Tal.

N es abreviatura de Nombre Desconocido, según la Gramática de la Academia Española. N.N., en la Argentina, equivale a persona desconocida. Según Abad de Santillán, es la abreviatura que se emplea en el Registro Civil para significar No natus.

En francés, un tel, une telle. En alemán, ein Gewisser (un tal), Herr Soundso. En inglés, so an so, The butcher, the Baker, the candlestick maker, Tom, Dick and Harry (hombres de la calle); Brown, Jones and Robinson (ricos, guarangos, vulgar rich) para el Brewer’s; John Doe y Richard Roe (cualquier demandante o demandado en una causa; nombres falsos, empleados alguna vez, para no comprometer a los litigantes); John O’Naakes y Tom Styler para igual propósito o en lugar de A y B, para personas imaginarias, en descripciones de procedimientos penales. En holandés, Die en die. En italiano, Tizio, un certo signore, un uomo qualsiasi che non si vuol nominare. Tizio, Caio e Sempronio, personas supuestas (suelen nombrarse juntas). El Fulano de los latinos era un quídam, expresión que aún se usa en español y, si no me equivoco, en francés.

 

Adolfo Bioy Casares, De jardines ajenos, Bs. As., Temas, 1999 [6ta. ed., ampliada y corregida], pp. 264 y 265.


#24M | “Se espera un golpe sangriento para marzo” (Haroldo Conti)

En cuanto a la situación aquí, las cosas marchan de mal en peor. Me acaba de informar muy confidencialmente […] [un amigo] militar, que se espera un golpe sangriento para marzo. Inclusive los servicios de inteligencia calculan una cuota de 30 mil muertos. Esto coincide con las apreciaciones de nuestros compañeros que evalúan la situación constantemente. […]

 

* Carta de Haroldo Conti, del 2 de enero de 1976, dirigida a Roberto Fernández Retamar, director de Casa de las Américas (La Habana, Cuba).

 

Palabra viva. Textos de escritoras y escritores desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado. Argentina 1974/1983, Bs. As., SEA, 2009 [3° ed.], p. 63.


“¿Para qué son las noches?” (Laurie Anderson)

De chica, yo era una especie de adoradora del cielo. Era el medio oeste, y el cielo era tan inmenso, era casi todo el mundo. Yo sabía que había venido de ahí y que, algún día, iba a volver. ¿Para qué son los días? Para despertarnos, para ponerlos entre noches sin fin. ¿Para qué son las noches? Para atravesar el tiempo hacia otro mundo.

Laurie Anderson, El corazón de un perro, Ciudad del Este, Bikini Ninja, 2017, p. 15.

 

 


“Mejor mudar de Narciso” (Eduardo Espina)

Mejor mudar de Narciso

(Más fácil que en un espejo transparente)

 

I

Si en la pleamar amaestrada

de una fuente vino a mirarse,

en un espejo hubiera nadado.

Náufrago del ego al augurar,

atrapa espumas aunque más.

(Oh tan cóncavo caído de la

difícil felicidad, delfín que

por lo desolado se solaza)

 

II

Se miró en un mar enceguecido,

péndulo de apariencias para ser

por célibe levedad a la distancia

siempre, tarde, mañana y noche,

menos un marte mientras pudo.

Rodeó su densidad los aledaños,

a la imagen posterior que le dan.

Días de salir en islas a la deriva.

Y la edad, ¿a partir de deidades,

o adivinada en idea donde lo es?

 

III

Mirar de la pobre transparencia:

el viento escondido en el aire, la

hora al pairo apurando variantes.

Tiembla la blancura al hablarlos.

 

IV

El escalofrío y la fe de las iniciales

saben que la vida impide por fuera.

Desconocido el indicio al decidirlo

cuenta los años anillados, el tiempo

tan poco muerto de cualquier modo.

Cuesta la piel lo que estas palabras,

y el habla, según las ganas de nacer.

Para su azar cuando quieran huir de

ahora, será la h historia el único lugar.

 

V (cinco)

Redive al visir la brisa bucanera,

no más que  viento en el laberinto.

Como si bellas de allá vinieran la

perseverancia y cuanto puede ser,

la sibila de abril en las visiones

vuelve a vencer por enésima vez.

Extraño pretexto de lo invisible

(donde las apariencias engañan):

de lejos, creyó que era él mismo.

 

Eduardo Espina, El cutis patrio, Bs. As., Mansalva, 2009, pp. 116-117.

 


“Desapareció mi nombre de la memoria” (Peter Weiss)

Abel, Babel y Cabel

[…] Cuando uno hablaba callaban los otros dos y escuchaban o miraban a su alrededor y oían otra cosa, y cuando el uno había terminado de hablar, hablaba el segundo, y luego el tercero, y los otros dos escuchaban o pensaban en otra cosa. […]

Una vez fui por una ciudad, fue una caminata que se prolongó durante muchos días y noches. Me había bajado de un autobús, tras haberme preguntado el cobrador varias veces por mi destino, y finalmente, como yo no lo podía decir, haberme echado. Llegué a lugares, donde había diques y astilleros, y al tropezarme varias veces al mismo guardia, en un camino circular, me paró y me pidió papeles. Los tenía, y también sabía cómo me llamaba aunque me era indiferente. Aún no había olvidado mi nombre, pero había olvidado por qué andaba por ahí, y en qué ciudad me encontraba, como mis papeles estaban en orden pude seguir. La primera noche la pasé en una habitación encima de un bar, el suelo descendía en declive, todo estaba inclinado, en la cama al principio estaba con la cabeza hacia abajo, cambié entonces de posición, oí hasta el amanecer el escándalo y los gritos de abajo. Sobre un caballete de tres patas había una jofaina, la puerta del pequeño armario de la esquina estaba encajada con un trozo doblado de papel de periódico, del techo colgaba una bombilla con una pantalla verde,  y detrás de la ventana se podía ver un trozo de río, a veces con un remolcador, una barcaza. La habitación era excepcionalmente pequeña, por la mañana conocía cada una de las desgastadas tablas de madera del suelo, cada trozo de papel pintado de flores, con sus manchas de grasa, huellas dactilares, clavos y grietas, era como si hubiese pasado aquí toda una vida. Al día siguiente por la noche pasaron junto a mí de vez en cuando por la derecha y por la izquierda algunas formas grandes, únicamente las sentí, no las vi. No sé dónde pasé la noche siguiente, creo que dormí por ahí en la escalera de un embarcadero, recuerdo el agua amarilla debajo de mí, una anilla de hierro, en la que me apoyé, el ruido de los botes de motor que pasaban por delante. Hasta la noche del tercer día no me desapareció mi nombre de la memoria, saqué mis papeles, leí la filiación apuntada, no me dijo nada. Cuando estuve cansado me eché, donde estaba en aquel momento, en la proximidad del agua, en una parte asfaltada de la calle, con grietas, escupitajos, boñigas de caballo. Allí me quedé y estaba despierto, me encontraba bien, pero desde lejos, me veía desde lejos tumbado ahí, no me movía. Llegaron algunos hombres y se agacharon sobre mí, sus manos estaban ennegrecidas de aceite, llevaban puesto un cubretodo azul oscuro, gorros azules de visera, con el emblema de una compañía naviera. Cuando dijeron que me querían tirar al agua, no me moví, sabía que únicamente querían ponerme a prueba. Me levantaron, me llevaron hasta el borde del muelle, me balancearon un par de veces de un lado a otro, y yo consentí que hicieran todo conmigo. Entonces me dejaron muy cerca del borde del muro, y se fueron. Cuando volvía mi cara de lado, veía el agua abajo junto a las piedras, con basura arrastrada, trozos de madera, latas de conserva, papel descolorido, un zapato sin suela, cáscaras de naranja, espuma.

 

Peter Weiss, La conversación de los tres caminantes, Barcelona, Seix Barral, 1969, pp. 9 y 39-40.