“El cyberabismo” (Ilán Semo)

El cyberabismo

Ilán Semo / II

Si algo ha mostrado la pandemia del Covid-19 es que, acaso, vivimos una era distópica. En la actualidad, la gente alberga una visión en la que el futuro ha dejado de ser el lugar de una sociedad mejor para reducirse, tan sólo, a una estación donde lo único que se espera es salir vivos del trance. Sea donde sea, Berlín, Washington o París, el discurso que se escucha desde el Estado es siempre el mismo: la solución está en la vacuna. Una vez inoculada la mayoría de la población, estaremos del otro lado.

Como si el antígeno fuera una suerte de fetiche mágico-religioso. No es que los antídotos no ayuden, pero todas las discusiones sobre la forma en cómo llegamos hasta aquí han sido relegadas o abiertamente reprimidas, como ha sido el caso en Colombia o en Bélgica: la crisis ecológica, la matanza de animales, la descomposición de las redes de salud pública, el anacronismo de las actuales escuelas, la futilidad del hiperconsumismo. Y, sobre todo, la estadística central de la pandemia: en México, por ejemplo, 93 por ciento de las defunciones corresponden a personas sin estudios de primaria, es decir, los ámbitos de la pobreza o la miseria.

Mientras tanto, los políticos fascinados con la canción de la vacuna que todo lo puede. Las poblaciones pueden enloquecer, pero nunca han sido imbéciles. Ni en París, ni en Berlín, ni en México o Estados Unidos. En este último 40 por ciento de la población se niega a inocularse; en México la mayor parte de los padres de familia no enviarán a sus hijos a las escuelas; en Alemania, las cuarentenas cuasi militares de Angela Merkel han derrumbado su histórico rating. Tal vez estemos frente a un fenómeno mucho más complejo que una crisis de confianza. Y en principio, por su tenacidad, se podría hablar de una huelga contra el cinismo de Estado. La pregunta es: de dónde proviene la supina creencia en la legitimidad del discurso sobre la cura inmediata que deja intocadas a las estructuras profundas de la sociedad.

Sus orígenes se encuentran probablemente en el contra-mundo que hoy define la forma en cómo la pandemia ha transformado cada uno de los confines de la vida cotidiana y el trabajo: el mundo digital. La pandemia, es decir, el autoencierro, ha provocado una aceleración desconcertante en el proceso de digitalización del mundo, cuyo corazón se encuentra en la mano de cada quien: el teléfono celular. ¿Por qué la gente no puede desprenderse de sus celulares? ¿Por qué la mitad de la población occidental se arroja en promedio cuatro horas y media diarias al sumidero digital? ¿Por qué se autoconfinan en la denominada jaula 5.0?

Las razones no son evidentes, aunque algunas sean consignables.

1. La era de la técnica, escribe Heiddeger, corresponde a la clausura de la metafísica. Léase: el fin de las certidumbres suprasensibles. Ni la religión, ni la ciencia, ni el progreso ofrecen certidumbre alguna. El teléfono celular, en cambio, es un dispositivo que produce la fantasmagoría de que nos encontramos conectados de manera instantánea con nuestros otros significantes, por quiénes más tememos. Es decir, podríamos responder a su cuidado. Además, es el centro de todo lo que se anuncia como un sistema de seguridad/certidumbre.

2. El teléfono celular no sólo es un dispositivo tecnológico, es un objeto trascendental: prolija el sentimiento de que no estamos solos. Una premisa que es la base de cualquier forma religiosa. Además, alivia la soledad inmediata, así sea por unos cuantos minutos.

3. Es un dispositivo de placer instantáneo, es decir de la forma más tóxica y adictiva del placer, el goce. A cada carácter, su goce. Sea el generoso, el sádico, el avaro, el militante o el hombre de fe. Su plasticidad al respecto es infinita. Y en una sociedad donde se exige que la satisfacción del deseo sea instantánea –es decir, que no conoce ese tipo de anacronismos como el de la voluntad de una vida, etcétera–, es predecible que su noción de cura y sus expectativas correspondan a esta misma intensidad.

4. Contiene toda la logística (y la hermenéutica) del control en sociedades de control. En las sociedades disciplinarias del siglo XIX no habría tenido sentido alguno. Así como la máquina de vapor no lo tuvo entre los griegos, que la profetizaron desde entonces. Sus órdenes de control permiten al jefe controlar a sus subordinados; al maestro a sus alumnos; el doctor a sus pacientes, pero sobre todo ofrecen al mundo subalterno la posibilidad de escabullir (y por ende resistir), simulando, el control de las jerarquías.

5. Garantiza un blindaje emocional impresionante. Todo lo que en otras épocas eran catástrofes emocionales o sentimentales, hoy aparecen como caídas o recaídas superables en la licuefacción de las relaciones personales.

6. Tiene un efecto sólo atribuible al mundo del arte: permite suprimir la tiranía del yo sobre el yo mientras se navega sin rumbo por alguna de sus redes.

7. Por último, el corazón de la filosofía de Hegel sobre el espíritu lleva un nombre preciso: el reconocimiento. Toda la fantasmagoría del like está destinado a ponerla al servicio de cual sea.

Estas son partes de la estructura profunda del cyberabismo, cuyos límites resultan hoy indefinibles.


“La crisis viral” (Ilán Semo)

Una larga fila de comentaristas europeos han embestido en contra de dos textos de Giorgio Agamben que reflexionan sobre el estado actual de la diseminación del coronavirus. Los dos escritos son: L’invenzione di una epidemia ( Quadliber, marzo 2020) y Contagio ( Una voce, 11 de marzo, 2020). Disponibles en español, respectivamente, en ficciondelarazon.org y Artilleria Inmanente, el prolífico blog que Alan Cruz coordina diligentemente. La polémica es indicativa de las posiciones que hoy se dirimen en la crisis viral que afecta a gran parte del planeta. Crisis viral en un doble sentido: la aparición de un nuevo virus de rápida diseminación que ha tomado por sorpresa a los epidemiólogos y, a la vez, el carácter viral y súbito de la detención de la maquinaria social debido al temor del contagio.

El texto sobre la epidemia sostiene que si bien la disemenación del Covid-19 representa sin duda una amenaza, comparada con otras pandemias del siglo XX (influenza, virus aviar, ébola, HIV, gripe española…) sus proporciones parecen ser menores. Hasta hoy, después de un mes, los decesos en todo el planeta no alcanzan la cifra de 9 mil (¡En una población mundial de 7 mil 500 millones!) Argumento, por supuesto, que no alivia el terrible sufrimiento en cada caso de amigos y familiares causados por las muertes. Sin embargo, las medidas de control y coersión adoptadas por los estados han alcanzado dimensiones inimaginables o, al menos, nunca vistas hasta ahora: cancelación de libertades civiles, restricción del contacto personal (hoy se habla ya de una distancia sana de 4.5 metros) –en Austria e Italia la fuerza pública puede detener a gente que tose en la calle o se suena sospechosamente–, supresión de la libertad de movimiento, etcétera. En suma, el estado de excepción perfecto, ahora puesto en operación no por las fuerzas del orden, sino por la propia ciudadanía, casi como su demanda. Es decir, auto-impuesto. Me detengo en esta reflexión que resulta simplemente ubicua: hay un virus mucho más peligroso que el Covid-19, el que cercena los cerebros no para evitar el contagio, sino para anunciar una forma nueva de vida, ni siquiera imaginada por la literatura: el individuo autoaislado frente su dispositivo digital como último fragmento de lo que resta de la sociedad.

Que el peligro de la pandemia existe, está fuera de duda. La pregunta es: ¿cómo han reaccionado las diversas franjas de la sociedad política actual para situarse en la ola de shock que ha provocado?

La nota completa en el diario mexicano La Jornada.