“Plegaria vespertina” (Günter Grass)

Plegaria vespertina

Lo que de niño

me asustaba hasta ponerme el miembro tieso

era una frase  –‘Dios lo ve todo’–

escrita en los muros con letra picuda;

pero ahora –desde que Dios ha muerto–

da vueltas arriba un dron no tripulado,

que no me pierde de vista

con un ojo sin pestañas que no duerme

y todo lo almacena, no puede olvidar nada.

 

Me vuelvo infantil,

tartamudeo plegarias incompletas incoherentes,

quiero pedir gracia y absolución

lo mismo que mis labios en otro tiempo al acostarme

pedían indulgencias tras cada caída.

Me oigo susurrar en el confesionario:

Ay, querido dron,

te pido perdón

para poder ir al cielo de rondón.

 

Günter Grass, De la finitud, Bs. As., Alfaguara, 2016, p. 16.


BAAL de Volker Schlöndorff – Ouverture

Comienzo del telefilm inédito de Volker Schlöndorff (el director que llevó al cine la novela de Günter Grass, El tambor de hojalata), actualmente estrenado-exhibido en el cine del San Martín, basado en una obra de juventud de Bertolt Brecht.


Günter Grass: dolores de muela, discusiones y guerra

Comentarios a partir de la novela del escritor alemán Günter Grass, Anestesia local.

1

En su obra La ironía, publicada en 1936, el filósofo y musicólogo Vladimir Yankélévitch menciona al pasar una simple verdad: “hasta el filósofo más importante del mundo está a merced de un dolor de muelas”. ¡Lo mismo que cualquier mortal!, donde se incluye, por supuesto, a un “sencillo” profesor de Lengua y Literatura –y también Historia– en el Berlín (occidental) de 1960…

2

Sigamos hablando del dentista, entonces. Se comentó un cuento de la escritora mexicana Margo Glantz, recientemente publicado, y se recordó también un episodio histórico: la caída en manos de los nazis del espía soviético Leopold Trepper cuando concurrió a su dentista. Ahora, podemos tomar Anestesia local, una novela del escritor alemánGünter Grass (1927-2015), publicada originalmente en 1969 –y reeditada hace pocos años por un sello español, con un olvidable (e inmerecido) prólogo, por suerte breve–. (Comenta el mismo Grass en un libro de conversaciones de fines de la década de 1970 que, tras la publicación, en 1963, de Años de perro, último tomo de la “Trilogía de Danzig” que sucede a El gato y el ratón y a El tambor de hojalata, se vuelve “por vez primera hacia temas del momento presente”: la pieza teatral Los plebeyos ensayan la rebelión es la primera, le continúaAnestesia local, y sigue con Del diario de un caracol. Según Grass, la crítica (mal)juzgó esos libros, con el mismo rasero –buscando el mismo “estilo” o “marca”– de su exitoso El tambor…)

3

Anestesia local es un largo –y chispeante, desopilante, divertido– excurso del profesor Eberhard Starusch. La historia comienza en el sillón del dentista, mientras le limpian el sarro y lo invitan a escupir los restos. Durante la primera sesión veremos lo que se desplegará a lo largo de toda la novela: un “centello posterior con acceso simultáneo de saliva, […] rico en hilos de interrupción, [que] producía frases entre paréntesis: interjecciones de mi alumno Scherbaum, disputas privadas entre Irmgard Seifert y yo, chismes cotidianos de la escuela, preguntas al candidato del segundo examen estatal para el magisterio y cuestiones relativas al ser, envueltas en citas”.

Como en un “trance” o “catarsis” en las sesiones, Eberhard dice lo que siente, lo que le pasa, ve e imagina; pasado y presente se confunden incesantemente, y las imágenes desfilan por su mente y en la pantalla de TV… Lo que él mismo necesita exteriorizar o manifestar(se) –“mi lamento” lo llama– pasa por sus recuerdos y relaciones con su familia, su madre, un noviazgo frustrado y demás presiones y mandatos sociales, que pesan o gravitan en forma más o menos permanente sobre todo individuo, a lo que se suman citas de Séneca y de Nietzsche –estamos ante la charla/discusión de un profesor, además de un cultivado y reflexivo dentista–, y el calmante Arantil, además de la condena u odio a “la violencia”. Por momentos, parece que estuviéramos ante algún personaje neurótico –tragicómico– del norteamericano Philip Roth (o de las criticonas y amargadas cartas que se imagina escribiendo y enviando –ante los desastres del mundo– el afligido y ácido Herzog de Saul Bellow). Así lo sintetizó Grass, en el libro de conversaciones mencionado: “Para mí el humor es otro nombre de la desesperación”.

4

¿Hay desesperación en Anestesia local? Si la violencia implica dolor, y hay dolor en las muelas, ante el desesperado paciente se aplica el tratamiento respectivo. El dentista se jacta de la novocaína, un derivado del alcohol, que permite que, con un (apenas) molesto pinchacito, se anestesie la boca y se pueda trabajar y arreglar lo que está mal… ¡Maravillas de la ciencia, de la evolución y avances y mejoras constantes y permanentes! Otras desesperaciones, banales e importantes, como las que pueden surgir tras hojear una revista de la sala de espera (“grandes titulares: A favor o en contra de la píldora. El cáncer es curable. Otra variante del asesinato de Kennedy”; “angustiarse con el mundo acerca de si la Loren volverá o no a perder a su bebé. Esto nos afecta lo mismo que el más intrincado error judicial […] que se aclara después de doce años. La injusticia fotografiada aclama al cielo”), se pueden olvidar, “rápidamente”, “dando vuelta la hoja”.

Lo que el profesor Starusch no podrá dejar de olvidar es la decisión que ha tomado su dolorido y desesperado alumno Scherbaum: prender fuego a su perro públicamente, en las calles de Berlín, para llamar la atención y protestar, así, contra el uso del napalm en la Guerra de Vietnam. No sólo esta decisión lo sacudirá a Starusch, sino que, incluso, en alguna medida, lo cautivará; él fue, además, en el pasado, bajo el nazismo y la guerra, un joven integrante de las pandillas de gamberros que se negaban a dejarse regimentar, y su líder, un tal “Jesús”: ¡Oskar Matzerath, el niño-adulto protagonista de El tambor…! Esos orígenes, y la audaz y meditada decisión incineradora-política de Scherbaum lo seducirán. Por ello arriesga –no sin alguna ingenuidad; pero evidentemente obsesionado con el tema– la típica pregunta“psicologista” a su dentista respecto a las grandes violencias y crímenes: “¿Es posible que algunas decisiones históricas hayan sido influidas por el dolor de muelas?”.

5

Starusch, abrumado por las chicanas de su –radicalizada por la época y el maoísmo– alumna Vero Lewand (“es sólo un profesor de literatura; un tigre de papel”), y su colega, la profesora Irmgard Seifert, quien admira y empatiza con el estudiante Scherbaum y su misión, como forma de “exorcizar” su propio pasado (“A los diecisiete años era yo una fanática de la Federación de Muchachas Alemanas”; “creía obrar adecuadamente cuando me proponía destruir en aquel campesino a un enemigo…”), admite por momentos la justeza de la causa incendiaria: “debería decir: ¡Hazlo! […] ¡Préndele fuego!”. Sus divagues lo hacen “izquierdizarse” por momentos pensar en “Acabar con los mojigatos reformistas y dejar que sople el cálido aliento de la revolución, para que una nueva sociedad…”. Y sin embargo, la voz fuerte que se alza ante todo esto es la del dentista, acérrimo opositor a la violencia, quien (le) diagnostica: “a usted la novia lo dejó plantado, […] usted es un insatisfecho, un fracasado, que ahora quisiera imputar al mundo, por medio de crespas ficciones, el fracaso general, y con objeto de poder destruirlo justificadamente. Lo conozco a usted. Una muestra de sarro basta”. Enojado ante el fracaso del maestro por contener al estudiante y convencerlo de las virtudes de las reformas pacíficas y graduales, el dentista le recrimina a Starusch “su fastidio, su bostezar frente a mejoras ciertamente insignificantes pero útiles con todo”.

“Únicamente cuando la anestesia haya producido todo su efecto volveremos a hablar de ello…”, le dice. Doble anestesia para Eberhard: la que le aplica el dentista con la aguja, y la que le aplica con cada uno de sus speechs durante las sesiones. (Tras las diatribas del dentista, Starusch se encuentra mal, enojado. Y, al modo de aquel –asombroso– ejercicio compilatorio que hizo Hans Magnus Enzensbergeren una sección de su libro Conversaciones con Marx y Engels: parrafadas con todos y cada uno de los epítetos que arrojaron en sus cartas, a lo largo de los años, sobre socios y rivales, lanza: “Sabelotodo fanático del progreso. Idiota profesional diligente. Tecnócrata tratable. Especialista filántropo. Burgués cultivado. Detallista generoso. Modernista reaccionario. Tirano providente. Sádico delicado. Sacamuelas, sacamuelas…”.)

6

Starusch se encuentra complicado, entrampado, acosado. Trabado. Pensando en la voz de la razón “responsable”, la de su dentista, y en la de él mismo, reflexionay admite: “su afán de reformas se me antojaba estrafalario, del mismo modo que a él le parecían cómicos, por no decir necios, mis ímpetus revolucionarios. Su asistencia universal contra la enfermedad, mi provincia pedagógica universal: he aquí dos utopistas ciegos a la realidad, exótico él y necio yo”. Y, con todo, también el joven radicalizado Scherbaum sufrirá las presiones discursivas de su entorno. Es consciente de los “razonamientos” con que lo bombardean –infinidad de enemigos– a diario. Oye: “el napalm impide el empleo de las armas nucleares de guerra. La localización de la guerra constituye un triunfo de la razón”. Para él, mientras “nada se mueve”, “seres humanos arden todos los días lentamente”… El “clímax” de si lo hará o no recuerda al que se encuentra en Terrorista (2006), la última novela de John Updike (1932-2009), donde también hay un joven estudiante decidido a llevar su misión a cabo (en este caso, ser un hombre-bomba del radicalismo musulmán en lucha contra los infieles norteamericanos), y un docente que lo aprecia y trata de “salvarlo”…

Más allá del desenlace, de si se quema o no el perro, el dentista terminará comentando con Starusch, a propósito de una película referida a Malcolm X, “Tal parece que el futuro es de la violencia”. (Grass comenta en su libro Cinco decenios. Informe de taller –de 2001– que originalmente Anestesia local, pensada como una obra de teatro, se titulaba Batallas perdidas. ¿Hay acá, además de la historia misma –la novela más philiprothiana o saulbellowiana de Grass–, reflejos de su propia vida, de las elecciones políticas que eligió tomar durante toda su vida el autor: socialdemócrata convencido, militante como escritor-ciudadano, en medio de las opciones extremas del nazifascismo y el comunismo-estalinista?)

7

Para finalizar: no se puede dejar de señalar la conexión entre ficción y realidad en un punto: en el debate entre profesor y alumno –en la época donde surgirá, con el Mayo Francés y demás protestas por todo el mundo, aquel espíritu de revuelta y revolución, “sesentayochesco”– se barajan argumentos de cómo protestar: “Un perro no está hecho para ser quemado”, le dice el razonable (por momentos) Starusch; a lo que el joven Scherbaum contesta: “Tampoco lo están los hombres”… Prácticamente al mismo tiempo de ser escrita esta novela, el cineasta alemán Harun Farocki (1944-2014) hacía su película El fuego inextinguible (dada al público, como Anestesia local, en 1969), quemándose él mismo, en demostración-protesta-explicación, contra el uso del napalm en Vietnam.

Más de una vez –dicho por más de un personaje– aparece en Anestesia local el planteo: “Siempre hay guerra”. Evidentemente, esto ha sido motor principal (por vivencia directa o no; por el peso como episodio histórico fundamental, aquel “peso oprimente”, “de pesadilla”, del que hablaba Marx refiriéndose a lo que provocan las generaciones muertas del pasado en las vivas del presente) de una importante cantidad de trabajos narrativos, ficcionales, biográficos e históricos en Europa y en Estados Unidos (recordar por ejemplo la novela Indignación, de Philip Roth, en la que un joven estudiante universitario devenido soldado durante la Guerra de Corea nos cuenta su historia… desde el limbo), donde Grass tiene una importante ubicación, ganada a fuerza de un delicado y al mismo tiempo portentoso trabajo artístico (dibujos y pinturas) y literario. Ese humor que puede destilar Grass es, como ya se recordó, “el otro nombre de la desesperación”. Humor, ironía, crítica corrosiva ante una desesperanza –personal, ficcional– que avanza, envolvente.


Günter Grass: el dolor que emana la Historia

Literatura // Obituario

Günter Grass: el dolor que emana la Historia

Algunas notas y reflexiones sobre la vida y obra del autor, entre decenas de títulos, de la renombrada novela ‘El tambor de hojalata’.

Por Demian Paredes, para La Izquierda Diario

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Ante el deceso de Günter Grass (escultor, poeta, ensayista, dibujante, dramaturgo, narrador) el pasado 13 de abril, la “excusa” es buena –ya que la noticia mala– para (re)visitarlo o conocerlo. Sólido escritor, novelista de peso, ganador de los premios Nobel de literatura y Príncipe de Asturias de las Letras, autonominado “discípulo” de Alfred Döblin, con más de 30 títulos publicados, Grass es parte de la gran literatura europea del siglo XX que integran otros grandes como Hermann Hesse, Thomas Mann, Hermann Broch y Thomas Bernhard. Surgido de las cruentas experiencias del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, nacido en 1927 (en Danzig, actual Gdansk), Grass enfrentó nada menos que aquella famosa sentencia de Theodor Adorno, dura, pesimista, que hablaba de la imposibilidad de la poesía tras la inmensa muerte, producida a gran escala, industrialmente, perpetrada en Auschwitz y el sistema de campos.

Grass de joven estudió escultura y dibujo, e integró el Grupo 47, un colectivo de escritores que buscaba irrumpir en la (bucólica) situación cultural alemana, hija de la derrota en la guerra (la pax de los cementerios), el lastre de la ignominia moral (mundial) de haber “generado” a Hitler y al fascismo, y las tendencias autoritarias y moralistas en la República Federal de Alemania, emanadas del gobierno de Konrad Adenauer. Como explicó Grass en una entrevista publicada en 2010 en Der Spiegel: “El idioma alemán había sido dañado durante el período nazi. Pero nosotros, los autores jóvenes –incluyendo Martin Walser y Hans Magnus Enzensberger– no queríamos sentirnos constreñidos y nos negábamos a condenar el lenguaje. Como resultado, mi estilo rebosaba de la intención de querer desplegar todo lo que el lenguaje tenía para ofrecer”. Las vivencias bajo el nazismo y la guerra estarán presentes en toda la producción del artista, desde su primera novela especialmente, El tambor de hojalata, publicada en 1959 (luego llevada al cine y ganadora del Oscar a la mejor película –y también llevada a los tribunales, acusada de “pornógrafa” y “blasfema”–). Y, entre las siguientes, se destacan las dos más importantes y conocidas obras de los 70 y 80: El rodaballo y La ratesa (“novelas épicas”, en palabras del propio autor).

Grass combina sutil y agudamente –y al mismo tiempo con esa “exuberancia” o “abundancia” de lenguaje– experiencias de la historia con el día a día, con la vida cotidiana de sus personajes (en sus “modos” y mentalidades), logrando obras a un tiempo sensibles y asombrosas. Ahí está por ejemplo Mi siglo (1999), colección de pequeñas “viñetas literarias”, una por cada año del siglo XX (recordar por ejemplo “1908”, con el niño sobre los hombros de su padre ante un discurso de Liebknecht). Junto a esto, la fábula, la alegoría y el recurso a “lo fantástico” en varios de sus libros (a la manera de Rabelais, de los hermanos Grimm y otros) no le quitan rigor sino que suman creatividad a esta narrativa que tiene su núcleo viviente en los grandes dramas históricos. Por todo esto, por ser una voz original y potente, y por la temática específica que trató, terminó ocupando un lugar (entre la llamada opinión pública) donde, además de su arte, su “conciencia moral” o “ética” jugaba un rol, tenía un peso (de época), como tantos otros escritores y/o filósofos a lo largo del siglo XX, desde Sartre y Camus a Saramago; desde García Márquez y Juan Gelman al fallecido el mismo día que Grass, Eduardo Galeano. En la tradición de lo que se conoció como “intelectual comprometido”, Grass fue militante afiliado (del Partido Socialdemócrata) mucho tiempo, dio discursos y debates, escribió y habló para la prensa y demás medios, y articuló diversas relaciones con el mundo de la política y los sindicatos.

Pero a todo esto hay que sumar otra dimensión de su obra: la abiertamente autobiográfica. Desde Pelando la cebolla (2006) a los siguientes títulos (La caja de los deseos, De Alemania a Alemania –sus diarios sobre el proceso de reunificación del este y oeste germanos en 1990– y el tomo sobre los hermanos Grimm, todavía inédito en castellano), el escritor repasa su vida, volviendo a la experiencia de la regimentación nazi. Desde que se publicó Pelando la cebolla, con la narración detallada de cómo el autor fue parte, en su infancia y juventud (desde los 11 años), del sistema de reclutamiento de las Juventudes Hitleristas, que luego lo llevaría a integrar las Waffen-SS hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, la polémica se transformó en una acusación de ocultamiento (hubo incluso quienes pidieron que se le retirara el premio Nobel), agravada por una (supuesta) hipocresía de haber sido (casi) lo mismo que otros políticos y personajes públicos, que fueron objeto de crítica y condena por Grass: un exmilitante nazi. Aunque no es cierto tal “ocultamiento” (varias veces el escritor admitió o comentó sus vivencias de adolescente –esto está publicado en revistas e incluso en las solapas de sus libros; ver la primera edición deLa ratesa, Madrid, Alfaguara, 1988, por ejemplo–), Grass no entró en combate, terminó huyendo –y compartió un momento con otro recluta, un tal Joseph Ratzinger– y, siendo herido, terminó prisionero del Ejército norteamericano. Luego trabajador minero por un tiempo, Grass con su primer libro demostró preocupación por resituarse y mostrar ese pasado reciente silencioso (silenciado por vergüenza, social y masivamente); a fin de cuentas, Óskar Matzerath, el protagonista de El tambor de hojalata, aunque fue inspirado por un niño que Grass vio a comienzos de los ‘50, alegre con su juguete, es él mismo: la mezcla de fantasía y violencia, de niñez y manu militari, el redoble del tambor como un constante llamado de atención (y alusión) al régimen del Tercer Reich; esa historia que se cuenta (además de los gritos destructores de vidrios de este singular niño que no quiso crecer más, en una sutil referencia a la tristemente célebre “noche de los cristales rotos”) es parte de ese temprano proceso de catarsis del artista, con esebatir el parche ante las atrocidades del régimen nazi. (Otra cuestión es la ligada a la “elaboración” personal, a lo largo del tiempo, de su propia individualidad como parte integrante del sistema nazi –y su tardío relato autobiográfico–, en donde no tuvo sin embargo ninguna responsabilidad, ni política ni efectiva, por muerte alguna.) Esa “mancha”, esa experiencia juvenil (al parecer no muy entusiasta ni convencida), de la que él mismo dijo ser luego plenamente consciente, no empaña ni anula –ni en parte ni en todo, a juicio de quien escribe– el conjunto de su obra, ni sus compromisos con los problemas de su época.

Grass, tras el episodio de 1953, el levantamiento popular y la oleada de huelgas de los obreros berlineses (orientales) contra la burocracia estalinista –un potencial peligro de “revolución política”– terminaría respondiendo críticamente a la pasiva actitud de Bertolt Brecht ante esos hechos con su obra dramática Los plebeyos ensayan la rebelión, escrita en 1964. Siendo un socialista moderado (del SPD, el Partido Socialdemócrata), Grass nunca ahorró críticas, incluso dentro del propio partido del que formaba parte (aunque devolvió el carnet a comienzos de los ‘90), y se pronunció ante cada coyuntura histórica o hecho relevante de la política mundial: desde la “reunificación alemana” (a la que él se opuso y fue crítico, viendo en la restauración capitalista un futuro ciclo de neoliberalismo y pobreza para el Este) y la guerra en Yugoslavia (donde tuvo una posición errada, avalando la acción de la OTAN y el Vaticano), pasando por la guerra de Irak y Afganistán y la política de Bush y Cía. (criticadas), la situación de los inmigrantes encarcelados y deportados en Alemania, hasta el penoso papel de Angela Merkel ante el affaire de escuchas y espionaje y la crisis económica internacional (¡Grecia!). Entre sus últimos planteos y preocupaciones el que más trascendió fue uno en 2012, cuando se publicó (y tradujo de inmediato para todo el mundo –aunque en Argentina extrañamente, o tal vez no tanto, no se le prestó la menor atención a la polémica–) el poema en prosa “Lo que debe ser dicho”. Allí criticaba al Estado de Israel, por su violencia y militarismo, y alertaba del peligro nuclear que representaba (y representa).

Las preocupaciones de Grass consistieron en defender la tradición y recuperar la historia; los trabajadores y sus organizaciones sindicales, sus grandes referentes (Bebel, Liebknecht) fueron siempre tratados. Hizo este planteo: “Los mismos partidos socialistas o socialdemócratas se han creído la tesis de que con la caída del comunismo no queda ya lugar para el socialismo en este mundo; y perdieron toda confianza en el movimiento obrero, que por cierto existe desde mucho antes que el comunismo. Cuando uno abandona su tradición, se entrega a la nada. En Alemania, por ejemplo, apenas si hubo intentos de organizar a los desocupados. Hace años que trato de convencer a los sindicatos de que no pueden representar a los trabajadores mientras tienen trabajo, y abandonarlos cuando son excluidos del mundo laboral. Tenemos que ofrecer resistencia al neoliberalismo global. […] Hay que decir las cosas como son. Y dudo que podamos dejarlas libradas exclusivamente a lo intelectual”.

La vida y la política, la ética y la estética, el análisis, la teoría y la práctica, eran inseparables para él.

Permanentemente contemporáneo, vivaz y atento, crítico, artista de cruces y fusiones (entre prosa y lírica, entre escritura y dibujo), Grass representa con su arte los signos que aluden (a) y recorren las catástrofes del siglo XX (como en la Trilogía de Danzig: El tambor de hojalata, El gato y el ratón y Años de perro). Él sostuvo: “la historia no se puede dar por concluida. Porque nos alcanza… No se trata de un mea culpa continuo, sino de la conversión del sentimiento de culpa en sentido de la responsabilidad”. Ante la destrucción sufrida y las perspectivas del abismo (que se mantienen, acechan y actúan) Grass rescató la tradición y, haciendo sonar persistentemente su tambor, nos contó historias, muchas, con el objetivo de rememorar ese dolor y no olvidar.


“1908” (Günter Grass)

1908

Es costumbre en nuestra familia: el padre lleva al hijo. Ya mi abuelo, que estaba en los ferrocarriles y sindicado, llevó a su primogénito cuando Guillermo Liebknecht volvió a hablar en Hasenheide. Y mi padre, que estaba también en los ferrocarriles y era camarada, me inculcó, de aquellas grandes manifestaciones que, mientras duró Bismarck, estuvieron prohibidas, aquella frase en cierto modo profética: ‘¡La anexión de Alsacia-Lorena no nos traerá la paz, sino la guerra!’.

Ahora él me llevaba a mí, chaval de nueve o diez años, cuando el hijo de Guillermo, el camarada Carlos Liebknecht, hablaba al aire libre o, cuando se lo prohibieron, en tabernas llenas de humo. También se llevó a Spandau, porque Liebknecht se presentaba allí a las elecciones. Y en el año cinco me dejaron ir en tren –ya que mi padre, como maquinista, podía viajar gratis– incluso hasta Leipzig, porque en el Felsenkeller de Plagwitz hablaba Carlos Liebknecht de la gran huelga de la cuenta del Ruhr, que estaba entonces en todos los periódicos. Sin embargo, no sólo habló de los mineros ni militó sólo contra la nobleza del repollo y la chimenea, sino que se explayó principalmente, y de forma prácticamente profética, sobre la huelga general como medio futuro de lucha de las masas proletarias. Hablaba sin papeles y pescaba sus palabras en el aire. Y ya había llegado a la Revolución de Rusia y el sangriento zarismo.

En medio había, una y otra vez, aplausos. Y para terminar se adoptó unánimemente una resolución en la que los presentes –mi padre decía que sin duda era más de dos mil– se solidarizaran con los heroicos luchadores de la cuenca del Ruhr y de Rusia.

Tal vez fueran incluso tres mil los que se amontonaron en el Felsenkeller. Yo veía mejor que mi padre, porque él me había subido en hombros, como había hecho ya su padre cuando Guillermo Liebknecht o el camarada Bebel hablaban sobre la situación de la clase obrera. Eso era costumbre en mi familia. En cualquier caso, de chaval no sólo vi desde mi atalaya al camarada Liebknecht, sino que lo oí también. Era un orador de masas. Nunca le faltaban palabras. Le gustaba especialmente incitar a los jóvenes. En campo abierto, le oí gritar sobre las cabezas de miles y miles: ‘¡Quien tiene a la juventud tiene al ejército!’. Lo que también fue profético. En cualquier caso, sobre los hombros de mi padre tuve verdadero miedo cuando nos gritó: ‘¡El militarismo es el ejecutor brutal y baluarte férreo y ensangrentado del Capitalismo!’.

Porque, eso lo recuerdo todavía hoy, me daba verdadero miedo cuando hablaba del enemigo interior, al que habría que combatir. Probablemente por eso tenía que hacer pis urgentemente y me movía inquieto sobre sus hombros. Sin embargo, mi padre no se daba cuenta de mi necesidad porque estaba entusiasmado. Entonces no pude contenerme más en mi aventajado puesto. Y, ocurrió en el año mil novecientos siete, que oriné sobre la nuca de mi padre a través de mi pantalón con peto. Poco después detuvieron al camarada Liebknecht y, como el Tribunal del Imperio lo condenó por su panfleto contra el militarismo, tuvo que cumplir un año entero de presidio, el 1908 y algo más, en Glatz.

Mi padre, sin embargo, cuando, en aquella situación de máximo apuro, le meé por la espalda abajo, me bajó de sus hombros en plena manifestación y, mientras el camarada Liebknecht seguía agitando a la juventud, me dio una paliza en regla, de forma que durante mucho tiempo seguí sintiendo el peso de su mano. Y por eso, sólo por eso, después, cuando empezó por fin, fui a la caja de reclutas y me alisté como voluntario, e incluso me condecoraron por mi valor y, tras ser dos veces herido en Arras y ante Verdún, ascendí a  suboficial, aunque siempre, incluso como jefe de fuerzas de choque en Flandes, estuve seguro de que el camarada Liebknecht, al que algunos compañeros del Cuerpo de Voluntarios fusilaron después, mucho después, como a la camarada Rosa, arrojando incluso uno de los cadáveres en el Landwehrkanal, tenía razón cien veces al agitar a la juventud.

 

gunter-grass-mi-siglo-literatura-alemana-premio-nobel-15743-MLA20107439031_062014-FGünter Grass, Mi siglo, Madrid, Punto de lectura, 2001 (ed. original 1999), pp. 47-50.


Günter Grass irrita otra vez al gobierno israelí con sus poemas (La Jornada)

Leemos:

El premio Nobel de Literatura alemán Günter Grass volvió a provocar a Israel con un libro de poemas donde califica de ejemplo y héroeal técnico nuclear israelí Mordejai Vanunu, condenado a 18 años de cárcel por espionaje.

El israelí dio a conocer en 1986 el programa nuclear de Israel, lo que originó su detención en Roma por parte del servicio secreto israelí Mossad y su entrada en la cárcel, donde permaneció 11 años. En la actualidad se encuentra bajo arresto domiciliario.

El volumen de poemas titulado Mosca de un día (Eintagsfliegen) salió a la venta este fin de semana y está compuesto por 87 poemas, uno de los cuales está dedicado al técnico nuclear israelí.

Con el título Un héroe de nuestros días, Grass escribe sobre Mordejai Vanunu: Así se llama el héroe que esparaba servir a su país al sacar a la luz la verdad.

Mediante su poema, el escritor alemán busca invitar a los ciudadanos a revelar los secretos militares de países con armas de destrucción masiva.

Quien busque un modelo a seguir, que intente parecerse a él, escribe Grass, para dar a conocer todo lo que nos permanece oculto ya sea en Texas, Kiel, China, Irán o en Rusia.

El autor de 84 años ya provocó el enfado del gobierno de Israel hace seis meses con el poema Lo que hay que decir, publicado en el diario alemán Süddeutsche Zeitung, donde calificó a su país de amenaza a la paz mundial.

Comentaristas y políticos alemanes e israelíes respondieron entonces calificando el texto de antisemita, desproporcionado y agresivo. El gobierno de Israel declararó persona non grata a Grass.

*   *   *

Ver también “La poesía, la política y la polémica

 


La poesía, la política y la polémica

Günter Grass vs. el Estado de Israel

El escritor Günter Grass, de 84 años y autor de numerosos libros que retratan el sufrido siglo XX europeo (El tambor de hojalata –novela llevada al cine–, El gato y el ratónMalos presagiosMi siglo, entre otros trabajos) publicó hace algunos días un poema, que se difundió en varios idiomas en diarios y revistas de todo el mundo[1]. En Lo que debe ser dicho, Grass se pregunta: “¿[…] por qué me prohíbo nombrar por su nombre a aquel otro país donde hace ya años –aunque en secreto– hay disponible un creciente potencial nuclear si bien fuera de control, puesto que es inaccesible a cualquier inspección?” Y luego: “¿Por qué digo recién ahora, envejecido y con la última tinta, que la potencia nuclear Israel pone en peligro la ya quebradiza paz mundial? Porque debe ser dicho lo que ya mañana podría ser demasiado tarde”.

“Aquel otro país” es Irán, acusado por los países imperialistas (Estados Unidos, y el mismo Estado de Israel) de estar en busca de una bomba atómica propia.

Grass denunció así el peligro de una conflagración nuclear en Medio Oriente, y la polémica se desató de inmediato.

El gobierno israelí condenó al escritor: el ministro del interior Eli Yisha (del partido ultra nacionalista Shas) lo declaró “persona non grata”, al mismo tiempo que el primer ministro Benjamin Netanyahu dijo: “no sorprende que Grass declare que el único Estado judío del mundo es el mayor peligro para la paz mundial y que le niegue los medios para defenderse. Pero las personas decentes de todo el mundo juzgarán esas declaraciones ignorantes y rehusables”. Y el ministro de Exterior, Avigdor Lieberman, dijo que las afirmaciones del autor alemán son una “expresión de cinismo”.

En su país, Alemania, también hubo detractores: Dieter Graumann, presidente del Consejo Central de Judíos en Alemania calificó el poema de “panfleto agresivo”. “Sus apariciones para apoyar al SPD (Partido Socialdemócrata) quedan excluidas”, dijo Christian Lange, responsable del grupo en el Bundestag (cámara baja del parlamento), y los conservadores de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) dijeron que es un “gran escritor”, pero que “siempre que se refiere a temas políticos tiene dificultades y casi nunca da en el clavo”. Y el diario Die Welt directamente publicó en portada una foto de Grass con el titular “El eterno antisemita”.

De conjunto, el sionismo utiliza, para defenderse de las denuncias del poema, el escándalo desatado en 2006/07, cuando en su libro autobiográfico, Pelando la cebolla, Grass confesó –tras tenerlo guardado 60 años– que había sido reclutado cuando tenía 17 años en la Waffen-SS de Hitler. Aunque Grass aclaró que el reclutamiento fue forzado, que él no tenía conciencia política, y que además no disparó un solo tiro, esta tardía confesión le significó una mancha –probablemente indeleble– a su reconocida carrera (premio Nobel de literatura 1999 incluido) de “memoria y conciencia crítica” de gran parte de Europa.

De ahí los ataques a Grass, quien por el momento no retrocedió: en un par de entrevistas dijo: “Si Israel ataca instalaciones atómicas de Irán, supuestamente con las llamadas bombas normales, convencionales, podría desencadenar la Tercera Guerra Mundial”. Respecto a Irán, calificado en el polémico poema como un país con un pueblo “subyugado por un fanfarrón”, dijo que “hasta ahora no se ha probado que Irán posea la bomba atómica o un sistema de misiles de largo alcance”. Por ello el pedido de que ambos países se sometan a inspecciones de organismos internacionales. E incluso denunció que su propio país, con el tristemente célebre pasado de haber prohijado al nazismo, sea en la actualidad el tercer exportador de armas del mundo. “Es una vergüenza”, dijo.

También hubo varias defensas del escritor. El ministro del Salud del gobierno alemán, Daniel Bahr, calificó de “absolutamente exagerada” la prohibición de que Grass entre a Israel. Jan van Aken, de Die Linke (La izquierda), llamó “medieval” la decisión. Y Renate Knast, del bloque Verde en el parlamento alemán dijo: “Es una pena que Israel reaccione así y que no se discuta lo que dice Grass”[2]. Y por su parte, el historiador israelí Tom Segev dijo: “Israel se aproxima a regímenes fanáticos como Irán”. De conjunto hubo alineamientos a derecha y a “izquierda”, aunque lamentablemente este último sector no se pronunció claramente contra el Estado socio del imperialismo yanqui, gendarme imperialista de Medio Oriente; ni en la defensa de los palestinos expulsados de sus tierras, reprimidos y acribillados por el ejército de ocupación. Sí por la defensa “políticamente correcta” de que no se censure al escritor y se lo deje expresar.

Cabe recordar que Israel utilizó varias veces el anatema y prohibición de ingreso a “sus” territorios: en 2010 Noam Chomsky quedó varado en la frontera con Jordania sin poder entrar, y la Nobel de la Paz irlandesa Mairad Maguire, que había viajado al país para reunirse con activistas pacifistas, luego de una semana de detención, fue expulsada. Y en 2011 cientos de activistas propalestinos tampoco pudieron acceder a Cisjordania. Hasta el director de orquesta argentino Daniel Barenboim sufrió represalias del Estado de Israel, cuando tocó en aquel país, en 2001, a Richard Wagner, rechazado por sus ideas antisemitas. Hubo entonces pedidos para declararlo “persona non grata”, pero al final no se concretó. Con esa misma prepotencia, el Estado de Israel pidió a la academia sueca que se le retirara a Grass el Premio nobel, cosa que fue rechazada.

Ahora bien, ¿alcanzarán la denuncia y el pedido de Grass, en una situación de crisis económica internacional, con países imperialistas sumidos en crisis políticas y militares (tanto Estados Unidos como Israel fuertemente cuestionados en Medio Oriente, sin poder “asentarse” como gendarmes del mundo), para detener el guerrerismo y la destrucción? Segura y lamentablemente no. Pero los “alertas” de los artistas, su intervención en la arena pública tienen valor propio, como aporte a las “causas justas” por más que, muchas veces, o en muchos aspectos, propongan soluciones utópicas (es decir, irrealizables, pasibles de ser trampeadas por diversas políticas burguesas). Con todo, bienvenido sea el poema de Grass, que (re)abre el debate acerca de la situación en esa convulsiva zona del planeta, y del rol imperialista del Estado de Israel.

NOTAS:

[1] Por ejemplo The New York Times (Estados Unidos), Süddeutsche Zeitung (Alemania), El País (España) y La Repubblica (Italia). Yo utilizo en esta nota la traducción del escritor Ariel Magnus publicada el 8/4 en el suplemento Radar Libros del diario Página/12.

[2] En un sentido similar, Der Spiegel llamó la medida “un intento de censura”: “El efecto podría ser que en el futuro los intelectuales extranjeros reflexionen sobre si deben ser críticos cuando expresen su opinión sobre los temas relacionados con Israel”.