Video: Entrevista al poeta Darío Canton

Demian Paredes

Publicado el 22 jun. 2019

Entrevista al poeta y sociólogo Darío Canton, en base a “Nue-Car-Bue (1928-1960). De hijo a padre”, tomo VI de su monumental autobiografía “De la misma llama”.

La ciudad de Buenos Aires en la década de 1950, sus costumbres y cultura, y las propias experiencias y vivencias de Canton son motivo de charla aquí: Gardel y Piazzolla, los tranvías y librerías, su educación y estudios, viajes y proyectos poéticos.

Luego de la entrevista el Darío Canton comentó y leyó sus poemas. El registro audiovisual de los mismos se encuentra en los siguientes links:

El poeta Darío Canton lee “Beckettiana”: https://youtu.be/cJ2MPFyjlOo

 

El poeta Darío Canton lee “Pavana”: https://youtu.be/pO9alR_nq20

 

El poeta Darío Canton lee “Muerte de un justo”: https://youtu.be/B6IIlnac3qo

 

El poeta Darío Canton lee “Plegarias”: https://youtu.be/KIrIVmn_B_Q

 

Darío Canton comenta la historia de “ASEMAL. Tentempié de poesía” (1975-1979) y lee un poema del suplemento: https://youtu.be/Q0VDdavrzKM

 

El poeta Darío Canton muestra y comenta los volúmenes de “La yapa II (2007-2016)”, última entrega de su autobiografía “De la misma llama” (última parte de la presente entrevista): https://youtu.be/VzVatOwJkI8

 

Darío Canton lee y comenta sus poemas: https://youtu.be/6A5bGwZm65E

 

Su página web: http://dariocanton.com/

 

Entrevista: Bruno Delbecchi

Edición: Romina Migueles

Cámara: Juliette Igier

Coordinación general: Demian Paredes

 

Monserrat – Buenos Aires 2017


#Fotos: entrevista al poeta Darío Canton

A modo de anticipo, se postean algunas capturas del registro audiovisual (actualmente en proceso de edición) de una entrevista realizada al poeta Darío Canton.

En él, Canton contesta preguntas relacionadas a su biografía y obra literaria, explica y comenta el último tomo (dos volúmenes), el octavo, de su magna obra autobiográfica De la misma llama –publicado y presentado en dos ocasiones, en 2017–, y luego lee algunos poemas.

 

(hacer clic en las fotos para agrandarlas)

 


#Poesía: “El gran mínimo” (G. K. Chesterton)

 

El gran mínimo

 

No ha sido poca cosa llorar como lloramos,

no ha sido poca cosa hacer lo que hemos hecho,

no ha sido poca cosa mantenerse despierto

mientras todos los hombres dormían,

o contemplar estrellas que nunca han visto el sol.

 

No ha sido poca cosa oler la rosa mística,

aunque se haya tronchado

y solamente queden las espinas,

no ha sido poca cosa sentir un hambre igual

a la de quienes probaron el pan que hacen los dioses.

 

Haberte visto a ti, tu rostro inolvidable

–valiente como el solo de clarines

que llama a la lucha,

puro cual lirio blanco junto al agua–,

no ha sido poca cosa, aunque de mí

te separaras hoy, ya para siempre.

 

Aprender los asuntos, cerrados a los débiles,

pasiones milenarias, arriesgadas,

altas y misteriosas,

no es poco ser más sabio que este mundo,

no es poco ser más viejo que los cielos.

 

En un tiempo de escépticas polillas

y de cínicos óxidos,

y de vidas cebadas y hastiadas de dulzor,

en un mundo de amores huidizos

y ansias que se diluyeron,

no es poco estar seguro de un deseo.

 

Benditos sean nuestros oídos pues ellos escucharon,

benditos sean nuestros ojos pues también ellos vieron.

Dejemos que el relámpago y el trueno

descarguen sobre el hombre, y la bestia, y el pájaro.

No ha sido poca cosa haber vivido.

 

G. K. Chesterton, El gran mínimo. Antología poética, Salto de página, 2014, [Selección, traducción y prólogo de Miguel Sala Díaz], pp. 131-132.


#Poesía: [sin título] (Ben Lerner)

 

En esa época, la desnudez parcial estaba permitida,

siempre y cuando los pechos en cuestión fueran de indígenas.

 

Las nubes tenían facilidad de dicción,

y a la muerte le iba muy bien con las mujeres

y por las noches nuestros documentos se abrían

para emitir sus fragrantes confesiones.

 

En esa época, se sumergían cebollas enteras y pueblos enteros

en grasa transparente y semisólida de cerdo.

Los niños aspiraban líneas de oro en polvo,

inhalaban pegamento hecho de tachas,

fumaban mirra sepulcral y luego tiraban unos tiros

en sus escuelas.

 

En esa época, la policía se llevó detenidos a todos los insectos, luego a los pájaros, después a las estrellas,

y el cielo se escapó bajo la tierra.

 

The litchenberg figures [2004], en Ben Lerner, Elegías doppler, Bs. As., Zindo & Gafuri, 2015 [traducción de Ezequiel Zaidenwerg], p. 39.

 


#Poesía: “Las cenizas de Gramsci” (Pier Paolo Pasolini)

“Las cenizas de Gramsci”

 

I

[…]

Tú, muchacho, en aquel mayo

en el que el error era aún vida,

delineabas con tu delgada mano

 

el ideal que ilumina (pero no

para nosotros: tú muerto y nosotros

muertos igualmente contigo

 

en el húmedo jardín) este silencio;

tú en aquel mayo italiano

que a la vida aportaba

por lo menos ardor,

al menos aquel apacible e impuramente

sano ardor de nuestros padres; pero

tú no eres padre, sino humilde hermano.

 

No puedes sino ahora reposar

en este extraño y retirado lugar.

Patricio aburrimiento hay a tu alrededor.

 

Y débil apenas te llega algún golpe

de yunque de los talleres de Testaccio,

amodorrado en el atardecer.

 

Tú entre míseros cobertizos, un vicioso

muchacho cierra su jornada,

mientras llueve a su alrededor.

 

 

II

Entre dos mundos la tregua que no tenemos.

Decisiones, altruismo… No existe más sonido

que el de este insalubre jardín 80

 

un tanto noble en el que testarudo

el engaño que apagaba la vida

permanece también con la muerte.

 

Los círculos sarcófagos

no hacen sino mostrar las suertes

que aún quedan de esta gente laica,

[…]

 

 

III

[…]

Y heme aquí, pobre, vestido

 

con las ropas que los pobres

ven en escaparates de burdo esplendor

y que han perdido su suciedad 83

 

en las calles lejanas, en asientos

de tranvías en los cuales he extraviado

las horas de este día: mientras

 

en el tormento de mantenerme con vida

son más escasos estos respiros;

y si amo el mundo sólo es

 

por su violencia e ingenuo amor sensual,

así como, confuso adolescente,

lo odié un día cuando en él me hería

 

el mal burgués que en mí –burgués– había.

Y ahora comparto contigo el mundo.

¿Acaso no aparece como objeto

 

de místico rencor y de desprecio

la parte aquella que el poder posee?

Y, sin embargo, sin tu rigor subsisto

 

porque nada elijo. Vivo en el no desear

de la apagada postguerra, amando

el mundo que odio –perdido en su decepcionante

 

miseria– gracias a un oscuro escándalo

de conciencia…

[…]

 

Pier Paolo Pasolini, Las cenizas de Gramsci, Madrid, Visor [n° 58], 1975 [Traducción y prólogo de Antonio Colinas], pp. 79-81


#Poesía: “Comicio” (Pier Paolo Pasolini)

 

“Comicio”

 

Con su apacible terror aquí es más puro

–si las tardes ya fundidas tiemblan

con los últimos, poéticos susurros

 

de la vida sencilla– el encuentro

de los canalones urbanos con el oscuro cielo.

Y pálidos muros, infecundos

 

céspedes, delgadas cornisas en el misterio

que las empapa de cosmos mientras,

familiar y alegremente, funden el suyo.

 

Pero esta noche algo cambia improvisadamente

en las incultas fantasías del viandante

y hiela su arrobamiento en las queridas,

 

cálidas paredes desconsagradas…

 

Ya no más como en un paraíso

de pasos muy sonoros porque escasos,

de transparentes voces porque apacibles.

 

La plaza se estremece en las oscuras

esquinas, entre esplendores de piedra

humilde: ya no rumorean solitarios

 

los coches de los poderosos,

rozando el costado del joven paria

que embriaga son sus silbidos la ciudad…

 

Una pálida muchedumbre llena el aire

de irreales rumores. Sobre ella un palco

cubierto de banderas cuyo blanco

 

hace sudario, la negra luz

ciega el verde, el rojo se ennegrece

como la sangre seca. Como viento

 

o tétrico vegetal brilla cerúlea,

en el centro, la llama fascista.

 

*   *   *

El dolor, inesperado, me rechaza

casi como si no quisiera verme.

Por el contrario, con las lágrimas que destiñen

 

alrededor de mí un mundo tan vivo,

al atardecer, me lanzo desesperadamente

en medio de esta feria de sombras.

 

Y miro, y escucho. Roma, en torno a mí,

enmudece: se oye el silencio

de la ciudad y el del cielo. Sobre

 

tanto grito no se oye voz humana.

La cálida semilla que mayo hace germinar

incluso en el frescor nocturno, un pesado

 

y antiguo hielo oprime sobre los muros

robustos, ya tristes, como los sentidos

de un niño angustiado. Y cuanto más cuanto más crecen

 

los gritos (y el odio en el corazón),

más desnudo se vuelve el desierto

de la tarde en donde el habitual

 

y perezoso susurro se ha extinguido…

 

He aquí quienes son los ejemplares vivos,

vivos de una parte muerta de nosotros

que nos había ilusionado con su novedad,

 

–para siempre están privados de ella.

Por el contrario, entrevista inesperadamente

en esta plaza oriental, he aquí, espesa,

 

la multitud aullando, que enloquece anunciando

la salud como signo de una raza

que en el pueblo es oscura alegría

 

y en ella triste la oscuridad.

Y su energía es sólo debilidad,

ofensa sexual, ya que no tiene

 

otro camino para llegar a ser pasión

en su encendida mente, acciones demasiado

lícitas o ilícitas: aquí grita tan sólo

 

la burguesa impotencia de trascender

la especie, la confusa fe que la exalta,

y que, desesperadamente, crece en el hombre

que no sabe qué luz lleva dentro de sí.

 

*   *   *

[…]

 

Pier Paolo Pasolini, Las cenizas de Gramsci, Madrid, Visor [n° 58], 1975, pp. 47-49.


#Poesía: “El silencio” (Anne Sexton)

 

El silencio

Mientras más escribo, más parece que el silencio me carcome.

C.K. Williams

 

Mi dormitorio es blanco

tan blanco como la casa de una estación rural

e igualmente silencioso;

más blanco que huesos de pollo

blanqueándose a la luz de la luna,

basura pura,

e igual de silenciosa.

Hay una estatua blanca detrás de mí

y plantas blancas

creciendo como vírgenes obscenas,

extendiendo sus lenguas de goma

pero no dicen nada.

 

Mi pelo es el único oscuro.

Ha sido quemado en el fuego blanco

y es sólo un carbón.

Mis cuentas son negras también,

veinte ojos arrojados

desde el volcán,

bastante retorcido.

 

Estoy llenando el dormitorio

con las palabras de mi lapicera.

Las palabras se fugan de ella como un aborto.

Estoy lanzando palabras al aire

y retornan a mí como pelotas de frontón.

Sin embargo hay silencio.

Siempre silencio.

Como una tremenda boca de bebé.

 

El silencio es la muerte.

Llega cada día con su escándalo

a posarse sobre mi hombro, un pájaro blanco,

a picotear los ojos negros

y el vibrante músculo rojo

de mi boca.

 

Anne Sexton, La muerte de los padres (antología), Bs. As., Zindo & Gafuri, 2018 [versión de Verónica Zondek], pp. 68 y 69.