“La silla” (Henri Michaux)

 

La silla

 

Orígenes de la silla.

Dwa y Dwabi han caminado todo el día.

Cansados, se sientan sobre una piedra; el frío sube a sus muslos.

Entonces Dwa: ‘Escucha, Dwabi: tú sabes que Dwa es más fuerte que Dwabi; así que ponte de rodillas y baja de tal suerte que yo pueda sentarme sobre tu espalda tibia’.

Así se hizo. Es la primera silla.

 

¡Hum!

Más bien a un reumático, atribuyo la idea de la silla.

Ahí donde se sentaba, sentía las piernas como perforadas por flechas.

Sólo la madera seca le era amigable.

Secciona un tronco de árbol, lo hace rodar hasta su caverna, y ahí se sienta sin dolor.

Esa fue la primera silla.

 

¡Que no! Jamás una invención salió de un trabajo premeditado.

Érase un niño, el pequeño Hanali; acababa de comerse media cabra, y hacía la digestión, y jugando paría leña, mezclaba los pedazos.

Resulta que quedan trabados en un montoncito, aguantan bajo sus golpes, bajo su peso.

Como para maravillarse: era un trípode.

 

¿Un haragán, el inventor de la silla?

¿Para qué? Ya había inventado el catre.

Sobrevino el hombre activo, levantó el catre, lo hizo silla.

 

De descubrimiento, en eso no hubo nada.

Nos descansamos tendiéndonos.

Si el suelo es plano, el hombre queda recostado.

Si no, queda sentado.

La naturaleza del suelo hace al lecho y al asiento.

 

Al artista pertenece la creación que otros utilizan.

Dwa manosea, arquea un largo pedazo de madera.

Tras tomar distancia, piensa: ‘Caramba, esto se parece a madre cuando, inclinada hasta el suelo, hace la recolección de los champiñones’.

Entra Dwabi: ‘¡Qué es eso!’, dice.

Dwa: ‘Dwabi, ¿no es así como se ve nuestra madre, cuando, inclinada hasta el suelo, hace la recolección de los champiñones?’.

‘Glu glu –dice Dwabi–, no es más que madera de haya curvada’.

Apoya el pie encima, después las nalgas; y ahora todo el mundo dice que fue Dwabi el que inventó la silla.

 

Henri Michaux, Los que fui, precedido de Los sueños y la pierna, Fábulas de los orígenes y otros textos, Bs. As., Paradiso, 2018, pp. 71-72.


#Poesía: “El sueño de la poesía” (Horacio Armani)

 

El sueño de la poesía

Las grandes antologías están muertas, cementerios

de poetas, osamentas de poetas, fantasmas

de poemas amados emergen de sus páginas:

el tiempo ha consumido para siempre sus versos

que están muertos y han muerto su recuerdo y el mar de sus palabras.

y ruedan por las hojas infinitas sus cánticos

sin destino en el tiempo, tan solos y tan muertos.

 

Millares de poetas escribieron para nadie sus versos,

para el olvido, para la nada donde nada el tiempo

y están secas sus sílabas flotantes en el polvo del tiempo.

 

Poetas, las palabras

terminan con nosotros, las palabras que un día

creíamos eternas en el delirio que une la belleza y el sueño,

el dolor y la sed, la pasión del misterio.

Y nosotros yaceremos con ellas en el polvo de las antologías

cada vez más remotos, más solos y más muertos

Pero la poesía –inasible victoria– debe continuar

aunque el sueño de la poesía haya acabado.

 

Horacio Armani, En la sangre del día [1988], en Antología poética [Poetas argentinos contemporáneos 2], Bs. As., FNA, 1996, p. 111.


#Poesía: un fragmento de ‘Las Críticas de Chile’ (Armando Uribe)

 

1/Henos aquí, en la ratonera

del país que es un gato arestiniento

a la espera de vernos

acercarnos al queso y roerle la cáscara

para el zarpazo darnos en el cuello

y en seguida comernos, y al osario.

 

2/Estamos no pertenecemos

al país donde estamos ¡esta no es norteamérica!

y sin embargo hay edificios de Wall Street

(se pronuncia güólstrit), este es el caso:

se produjo la quiebra de todo, el golpe universal

de estado, estamos entre los escombros

que quedaron, las féminas con cintas de colores

se pasean con tacos aguja, sus abuelas con palillos

tejen cartílagos y sus amantes de camisa con rayas

ya no usan pantalones y lucen espinillas atractivas

y los sexos se creen carismáticos.

 

3/La dictadura

no fue un error, tiene apellidos,

como colas de rata o lagartija,

y su elenco de honor para asesinos

los regocija todavía, y dura

indefinidamente; no fue un malentendido

sino la voluntad de pasar una lija

de hierro por encima de los niños.

 

 

Armando Uribe Arce, Las Críticas de Chile, Santiago de Chile, Be-uve-dráis, 1999, p. 15.


#Poesía: “Cementerio obrero Mina El Aguilar” (Rodolfo Alonso)

 

“Cementerio obrero Mina El Aguilar” [1958]

 

cerros libres

 

injurias

 

vida

dura

 

y se me rompe la canción

 

 

Rodolfo Alonso, Entre dientes, Buenos Aires, Alción Editora, 2014, p. 43.


#Poesía: “Lejana Buenos Aires” (Rodolfo Alonso)

 

Lejana Buenos Aires

 

todos

esperan algo

de la ciudad

 

todos

esperamos

un viento

un roce

una palabra

 

una cama de amor

un pan brillante

 

ah

la ciudad

que nunca

alcanzaremos

 

la ciudad que nos suelta

y nos deja

solos

entre todos

temblando

esperando algo

 

 

De Hablar claro (1959-1963), en Antología poética [col. “Poetas argentinos contemporáneos” 1],

Bs. As., FNA, 1996, p. 54.

 


“Plegaria vespertina” (Günter Grass)

Plegaria vespertina

Lo que de niño

me asustaba hasta ponerme el miembro tieso

era una frase  –‘Dios lo ve todo’–

escrita en los muros con letra picuda;

pero ahora –desde que Dios ha muerto–

da vueltas arriba un dron no tripulado,

que no me pierde de vista

con un ojo sin pestañas que no duerme

y todo lo almacena, no puede olvidar nada.

 

Me vuelvo infantil,

tartamudeo plegarias incompletas incoherentes,

quiero pedir gracia y absolución

lo mismo que mis labios en otro tiempo al acostarme

pedían indulgencias tras cada caída.

Me oigo susurrar en el confesionario:

Ay, querido dron,

te pido perdón

para poder ir al cielo de rondón.

 

Günter Grass, De la finitud, Bs. As., Alfaguara, 2016, p. 16.


#Documental: “Raúl Zurita. Escribir en el Desierto”

Publicado el 9 nov. 2017