#Poesía: Daniel Freidemberg

MAYO (XVI)

La oscuridad en

las cosas en

la luz

MAYO (XVII)

¿No queda ahí,

en las cosas

en la luz

fría de mayo,

oscuridad?

¿resaca de lo que fue la noche?

MAYO (XVIII)

¿No vienen

de la noche, las

cosas? ¿No van?

ABRIL (X)

¿Poesía para conmover? Sí, como quien abre

la puerta del ascensor, la de la calle, y sale.

¿Como a las sombras sale

de casa la amada? Como quien

salió, sí, y

    no tiene ya a dónde.

¿Como el que arrojar, dijo, el

cuerpo en la lucha? Como quien

tiene un cuerpo para perder, y

lo sabe, o un alma.

Poesía de un alma que sale a perderse, acá.

ABRIL (XII)

Poesía, para con-

mover? Hipó-

crita lector, lo

toma o lo

deja, el destino

ladra en

el horizonte

abandonado.

Eso que ardió en

la pira de

las palabras

no ardió, no

pasó nada,

pero ardió.

Ahora vengan

y digan lo que

corresponda,

ladra eldestino en

el horizonte, las

horas y los años pasan

en ese o en

otro horizonte,las

horas y los años pasan

en ese o en

otro horizonte, y

se van, como

se van yendo

las palabras. Ardió.

Daniel Freidemberg, En la resaca (2007), en Antología poética, Bs. As., FNA, 2015, pp. 145-149.


Hoy, 21 hs., Sarau Brasil e Argentina


#Colombia: Juan Manuel Roca (La casa sin sosiego)

* Visto y leído en el blog de Esteban Moore. (Publicado originalmente en La Otra, revista de México.)

Juan Manuel Roca

“Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”.                                                                     

José Eustasio Rivera 


Crear arte en Colombia, y tomo la poesía como nombre genérico para él, muchas veces nos remite a la divisa que René Char dejó registrada para hombres de diferentes entornos y sociedades: “La lucidez es la herida más cercana al sol”.
Ejercer esa lucidez en medio de un país cruento, donde la guerra siempre viene después de la postguerra, no resulta propicio cuando ese mismo país parece fijo, como una bicicleta estática, a un paisaje de barbarie acrecentado por diferentes fases de la violencia: la partidista, la guerrillera, la de la delincuencia común, la del terrorismo de estado y sus eslabones paramilitares, la del narcotráfico… La masacre de hoy borra la masacre de ayer pero anuncia la de mañana.
El creador de poesía tendría que ser muy ciego para que todo ese entorno no se filtrara en su obra. Aunque hay quienes parecen habitantes del país de Catatonia. Son muchos los que operan a la inversa del hombre que come una alcachofa: éste la deshoja hasta encontrar su centro, su corazón. Los poetas en mención, por el contrario, le agregan hojas y hojas a ese centro hasta ya nunca percibir su aliento, su respiración. Por supuesto que la falsa y preconcebida poesía, que quiere a todo trance hacer el registro sociológico de la vida del país, anclándose en una mirada puramente historicista, ha dejado momentos de precaria realización, en los que cuenta más el qué decir que el cómo hacerlo.
La pregunta de Hölderlin, “¿para qué la poesía en tiempos sombríos?”, acá tiene unos matices particulares, lo que nos llevaría a un silogismo y a pensar que nunca tendría sentido la lírica en estos feudos. No voy a intentar, ni lo quisiera, hacer una vez más el diagnóstico de nuestra violencia. Trato, mejor, de señalar esta escindida razón de ser de la poesía en tiempos en los cuales está en crisis la palabra.
Esta doble condición parece antípoda: por una parte el deseo del canto en medio de la guerra, por otra la expresión poética ahogada dentro del caos y la crisis que jalona la falta de credibilidad en el lenguaje, cuando la palabra pan no reemplaza al pan, cuando la palabra libertad casi siempre está en boca de carceleros, cuando la palabra paz está deshabitada. Con la palabra paz, o con la idea de que impera la paz, nos estamos engañando “sólo porque todavía podemos salir a comprar el pan sin que nos acribille un tirador emboscado”, dice Hans Magnus Enzensberger ante las guerras civiles posteriores a la Guerra Fría. Son palabras, ojalá globalizadas, que debían tener fuerte resonancia en un país como Colombia donde, cada vez más, la guerra toca a nuestras puertas, cerca de los reductos urbanos en los que nos creemos a resguardo de una mayor barbarie.
Palabra en crisis
Por esa suerte de vasos comunicantes, casi siempre paradójicos, que hay entre la realidad más inmediata y la poesía que intenta trasgredir y ampliar la realidad, la crisis de la palabra resulta un difícil estímulo —riesgoso o delirante pero estímulo— para buscar el habla justa y las esencias que hay bajo su piel. Se trata de intentar un lenguaje que no sea cortina de humo a la manera de los políticos de tribuna, gentes de la contingencia inmediata que tienen el dudoso don de hacer espuria toda palabra.
Si nos adentramos un poco en la poesía colombiana del siglo pasado, a partir de la llamada generación del Centenario, podemos encontrar cambios estéticos en la manera de abordar uno de los temas más recurrentes en la vida republicana: la violencia. No en vano parece un lema, una divisa para el país, la frase de Rivera que encabeza este texto: “Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, con la que comienza La vorágine, publicada en 1924. Pero aun en tiempos de los centenaristas, confundían la oratoria y la poesía. El tono altisonante de una y de otra retrasaron la entrada en la modernidad lírica de un país siempre a deshoras.
Decir que cada sociedad comporta su estética no es más que una tautología, una reiterada verdad. Acá la premisa de Walter Benjamin[1]: “Hay una esfera hasta tal punto no violenta de entendimiento humano que es por completo inaccesible a la violencia: la verdadera y propia esfera del entenderse, la lengua”, se intuye poco practicable. Las palabras que no se cumplen, los falsos entendimientos y acuerdos en nuestra vida política, son otra forma de la violencia. De ahí la eterna pregunta sobre el quehacer de la poesía en un medio de tal naturaleza ilegítimo e intolerante. Parece ser que la pregunta canónica del poeta romántico, “¿para qué poesía en tiempos sombríos?”, se respondiera a sí misma, como si fueran de la misma materia lo sombrío de todos los tiempos y la necesidad de oponerle, sin grandes ademanes optimistas o mesiánicos, el poema.
La poesía que en Colombia se ha referido a la violencia resulta menos estudiada que su narrativa. Pero hay muestras claras de ese registro desde la Colonia, como el poema “ cautiva”, de Torres y Peña, que escribía versos contra Simón Bolívar, a quien llamaba “fiera que aborta Venezuela”, y en las “Sextinas” escritas por indígenas paeces, donde se registra la violencia española y se elogia al Libertador. Me remito a este paraje tan lejano con el fin de señalar las diferencias al mirar el tema de las luchas violentas que desde la fundación del país nos han asolado. Violenta fue la forma como Luis Vargas Tejada pedía descuartizar a Bolívar para encontrar la paz, durante los sucesos septembrinos de 1828. Vargas, poeta y autor de sainetes teatrales y políticos, participó con otros poetas en la conspiración contra Bolívar. Así trazó sus versos:
Improvisación
(En la última junta que precedió a la conjuración del 25 de septiembre)
 Si a Bolívar la letra con que empieza,
y aquella con que acaba le quitamos,
oliva, de la paz símbolo hallamos.
Esto quiere decir que la cabeza
al tirano y los pies cortar debemos,
si es que una paz durable apetecemos.
La guerra toca a la puerta
Suenan muy lejos los perdigones de esas guerras frente a las nuevas violencias, después del 9 de abril de 1948, cuando sube el calibre de las balas, pocas veces recogido en poemas. El poema de Jorge Artel, “El 9 de abril en Colombia”, cuyo título, de puro escueto parece noticioso, no resultaría particularmente memorable de no ser uno de los pocos escritos a la muerte del caudillo liberal. La vehemencia de sus versos, que señalan lo que Vidales llamó “la insurrección desplomada”, esto es, la falta de norte de la revuelta gaitanista, le otorgan a Artel una voz para ironizar sobre los líderes que, según su entender, “se cruzaban de brazos”: Eduardo Santos y Darío Echandía, son su blancos preferidos y, por supuesto, Mariano Ospina Pérez, son descritos con nombres propios en algo que podría llamarse poesía, de emergencia, aquel mandato individual o colectivo que obliga al poeta al habla sin mediar ni el reposo ni el rigor. Como si en su arrebato no recordara que casi siempre es más importante la mano que borra que la que escribe.
Entre los poetas que señalaron su hora de violencias, Darío Samper, miembro de la generación de Piedra y cielo, logró poemas de mayor fortuna, en ritmos cercanos a las coplas populares, donde se rastrean duras huellas de la violencia. Y lo mismo ocurre con Eduardo Cote Lamus, de la generación de Mito.
“Como si todos los Rivera, Nicanor, Eustaquio, los Granados/ don Ignacio juntos se mataran sin por qué;/ como si todos los niños no nacidos/ y esparcidos en la imaginación de las muchachas/ comenzaran a llorar; como si los árboles/ de pronto se volvieran horcas”. Así veía Cote Lamus la violencia desde una aproximación goyesca, en un poema, “Bábega”, que además es una evocación al hombre del campo. Cote Lamus era militante del Partido Conservador, como algún otro de los escritores de la revista Mito, pero su poema no resulta sesgado ni partidista. Registra allí la violencia de los años cincuenta, tratada por la novela hasta el punto de convertirse, a veces, en un mal endémico de la literatura colombiana.
Lo mismo hace Jorge Gaitán Durán cuando habla del guerrero: “Lleva la muerte en su espalda quien por amor debe morir/ O matar lo que ama, magnánimo en su pena/ Pues no busca olvido sino infierno./ Si el arma hunde en otro pecho, en su pecho la aloja,/ Mas la carroña no es suya sino definitivamente ajena”.
Héctor Rojas Herazo, el poeta que en su novela Respirando el verano traza una saga familiar con el telón de fondo de una de nuestras guerras civiles, decía alguna vez, en un gesto de hondo humanismo, que “ninguna gran idea merece un cadáver”, entre otras cosas, porque los muertos no tienen ideología y pasan a ser militantes del vacío.
Ya Luis Vidales había denunciado el espejismo de la paz donde se esconde el cuchillo: “Lejos, en las ciudades populosas, la paloma de la paz ponía huevos de víbora y había hecho su nido sobre el techo de Tartufo”.
Sí, ocurre que contra las lenguas del terror, la palabra poética, muchas veces sin pretenderlo, sin un acento programático, se opone al “empleo sin escrúpulos de la violencia”, aunque muchas veces sea ella misma, la poesía, una forma de la violencia transgresora de la realidad inmediata. Hablo, claro está, de la poesía insumisa, de la que está lejos de la hipnosis que sufren los poetas cortesanos, siempre alquilando la cabeza para comprarse un sombrero, siempre tras el mejor postor, que casi siempre es el mayor impostor; “cadáveres aplazados”, según el decir de Pessoa. Por algo, Samuel Vásquez dice que sobremuere “en este país que es paisaje, pero nunca patria” y que, a veces, agregamos, ni siquiera es paisaje, ante la imposibilidad del viaje a zonas vedadas por la guerra.
Las diferentes formas de la violencia no tienen ese carácter puramente físico que hacen los largos empadronamientos de muertos desde el trasunto de la historia y de la sociología. No es ese su único registro. También la educación, esa empresa tantas veces deformadora, es un estadio larvado de la violencia institucional, aunque no deja huellas tan evidentes como las de la guerra, tal como ocurre con la crítica sesgada y caprichosa, aquella cuya mayor carencia es su carácter “doctrinario”. Esa supuesta crítica, a veces peor que la ausencia total de ella, es otra cara de la violencia, tiene el acento paródico de la corte. Y a todas estas, “los disparos son la partitura del himno nacional”, diría un poema de Mery Yolanda Sánchez.
La lectura de la poesía colombiana desde el ámbito de la violencia lleva a pensar que no es sencillo para el poeta realizar su obra, tan llena de intuiciones, de alumbramientos muchas veces dictados por la esfera de lo irracional, para, a un mismo tiempo, volcarse hacia el ejercicio de una reflexión sobre su época. En el cuerpo de esta poesía ocurre a veces, como sucede con la plástica, que hay atmósferas abstractas de violencia, pero otras veces se establece una suerte de figuración. Atmósferas veladas, como las de Carlos Obregón: “Todo es la lucha, la violencia del sueño/ donde una fuerza ciega nos crece y nos integra/ en el rumor del bosque/ y en su lenta espesura hoy se escucha el viento/ venir desde más lejos, venir/ vivir la tierra, sus huesos siderales/ los héroes y los potros que marcaron las sendas”. O descarnadas atmósferas figurativas en las que José Asunción Silva habla de un recluta muerto: “Destrozada la cabeza/ por una bala de rémington;/ con la blusa de bayeta/ y la camisa de lienzo,/ un escapulario santo/ colgado al huesoso cuello/ los pantalones de manta/ manchados de barro fresco,/ y la sangre, ya viscosa/ pegándole los cabellos”.
Acá bien vale la pena preguntarse por el trato de lo social en el poema, ¿cómo hacer para que esa irracionalidad a favor, que algunos llaman inspiración o rapto poético, pase por una suerte de aduana del pensamiento y se pueda mirar un entorno, un rastreo de lo que nos ocurre en el otro? ¿Cómo creer en las voces que le piden a la poesía una única utilidad pública y programática, si muchas veces la utilidad de la poesía es de otro orden, de un orden que hace tangible lo intangible? ¿Cómo andar al mismo tiempo en dos orillas de la realidad? ¿Cómo moverse en medio de lo que Simone Weil[2] llama “una comunidad ciega”, escindidos entre la realidad y el deseo? Se puede hacer una relación estrecha entre lo que señala la misma Weil: “cuando se sabe que es posible matar sin arriesgar castigo, ni censura, se mata; o por lo menos se rodea de sonrisas de invitación a hacerlo a los que matan”, y un poema de Omar Ortiz titulado “El espejo”:

No es verdad que los ojos sean el espejo del alma.
Si tal ocurriera, los asesinos caerían fulminados
y nada sucede cuando el torturador cruza y se peina.

Es una clara alusión a esa “comunidad ciega” que no se reproduce en los espejos, que no es castigada por el reflejo de la culpa.
Si bien ya no se expulsa al poeta de La República de Platón, que en nuestro caso podría ser la república de Plutón, el disenso incomoda a los generadores de violencia, por una parte, y a los agentes de una supuesta paz, por el otro. El temor a la ambigüedad, a las verdades que no pertenecen al orden de lo comprobable, la falta de rigor científico y otros aparatos del concepto lógico que le enrostran a la poesía, es otra forma de violencia cultural, es decir, de imposición.
Cómo no señalar a estas alturas al elusivo, al evocador poeta del Sur, Aurelio Arturo. Los primeros poemas suyos, publicados a finales de los años veinte y comienzo de los treinta, son poemas que registran de manera lírica la violencia en Colombia. Su tono, sus no pocas atmósferas, los usos de un lenguaje transparente, son una suerte de umbral que anuncia su espléndida obra de Morada al sur. La recopilación que hizo Santiago Mutis Durán en un pequeño cuaderno titulado Primeros poemas, publicado en 1994, revela la preocupación que nuestro gran lírico tenía entonces por la suerte del país levantado en armas. Baladas como la dedicada a Juan de la Cruz Varela, el legendario guerrillero del Sumapaz, o como la “Balada del combate”, rematan con la “Balada de la Guerra Civil”.
Si me apresurara a decir dónde radica el poder transformador de la poesía, diría que está en lo que queda por fuera de lo ya visto, en lo que suscita la duda. El poema de Fernando Charry Lara, ya citado, “Llanura de Tuluá”, es una larga pregunta sobre la muerte violenta vista desde un estadio amoroso. En su lenguaje hay una andadura entre dos orillas que crean una atmósfera de trágica belleza y la narración episódica de un hecho. Esas dos orillas se mezclan en una condición elusiva del lenguaje, en una sutil manera de pastorear silencios. Se trata de uno de los más intensos poemas de la violencia colombiana, que no hace concesiones a lo tópico, al lugar común, a una simbología de fácil recibo que en poetas como Carlos Castro Saavedra se hace en exceso repetitiva: “fusiles y luceros”. Y no hay en esto una repulsa a la memoria, la desmemoria histórica es una forma de la violencia: mientras la memoria pone cimientos, la viga maestra, la techumbre a su casa, la desmemoria socava sus bases, pudre sus vigas, destecha lo que podría darle cobijo a una identidad.
Por eso el intenso poema de Emilia Ayarza, “A Cali ha llegado la muerte”, sobrecoge. Hay allí una memoria de sangre y polvo, cuando el estallido de un camión de dinamita durante el régimen del general Gustavo Rojas Pinilla estremeció a la capital del Valle del Cauca: “La ciudad era un racimo de plomo derretido/ y la muerte le salía a bocanadas”.  
De alguna manera, lo que más impregna la poesía de la violencia en el pasado de Colombia es la muerte provocada por segmentos partidistas, liberales y conservadores. Ya esto no ocurre, porque como bien lo señala Enzensberger[3] en su lúcido ensayo “Perspectivas de guerra civil”, “en las actuales guerras civiles ha desaparecido todo vestigio de civilización. La violencia se ha desligado totalmente de las justificaciones ideológicas”. ¿No parece hablar del momento colombiano? Ahora, entreverados los conceptos de víctimas y victimarios, opresores y oprimidos, desvanecidas las orillas para la fundación de una tercera orilla del horror, la violencia nace de la lucha por un botín particular. Ante esto, el escritor, aturdido y perplejo, opera como el hombre incongruente que al ver su casa sucia y sabiendo que la van a quemar, duda entre limpiarla o luchar. Pero una cosa es la duda saludable y otra la impotencia castradora. Tal vez por esto, en la poesía colombiana, repito, hay atmósferas que van desde un expresionismo abstracto —poetas que esconden el tema pero no lo ignoran— hasta poetas figurativos que se vuelcan de manera más explícita; esto es, de la elusiva carga de violencia interior ya señalada en Carlos Obregón, a la descripción violenta en poemas como el de Cote Lamus.
En la más reciente poesía colombiana aparece la violencia al unísono con los cambios del tramado social. Así se filtra el tema de los sicarios; de esa forma pérfida de la guerra, ya no sólo en el campo, sino en las ciudades. Algo que me hace recordar el fragmento de un poema escrito por un niño de Medellín: “El mundo es grande para la guerra y pequeño para la vida”. Dice un poema de la poetisa antioqueña Liana Mejía anunciando la abominable presencia de estos nuevos señores de vidas y de bienes:
Desde las alcantarillas
sicarios que se sabencobradores de viejos
errores
asedian la ciudad. (“Desde las alcantarillas”)
Lejos de la ya un tanto resabida fórmula de la novela de sicarios en Colombia, que en buena parte se ha vuelto, al igual que cierto cine, una especie de complejo de Eróstrato, de éxito asegurado para el voyerismo de la violencia, los tratos del lenguaje, de la imagen y el distanciamiento de la crónica roja, hacen que el poema sacuda nuestra indiferencia sin un naturalismo de jergas y cuchillos. No le hace eco a aquello que señala Enzensberger: “La masacre se ha convertido en entretenimiento de masas. El cine y el video compiten por convertir al sicario, al secuestrador, al asesino, en héroe público”. El perverso trato de héroes que se hace de los sicarios, la sociopatía apoyada por los medios de comunicación que valoran un filme por el número de actores muertos después de filmado (Rodrigo D., no futuro o  La vendedora de rosas), la mitología exacerbada del terrorista y del mafioso, hacen diana en las mentes adolescentes que piensan con ironía que “tiene más futuro la semana pasada” y que por ello cultivan de manera fundamentalista una pasión por la muerte. “La espera de lo que vendrá —señala Simone Weil— ya no es esperanza, sino angustia”. Todo esto deviene en miedo. Ni qué decir del método facilista de la sicaresca antioqueña, la de los sicarios y sicarias de todos los tamaños y edades adosados a narraciones  a lo Rosario Tijeras.
Ese mismo miedo, que es una especie de hijo bastardo de las violencias, aparece en una buena lonja de poemas recientes: “La ciudad por entonces ardía en los puñales/ y el miedo se quedaba tras los pasos” (Luis Aguilera); “Miradme; en mí habita el miedo” (María Mercedes Carranza). De la misma Carranza ya registramos un poema que registra la muerte del político liberal Luis Carlos Galán y que resulta una suerte de pintura tenebrista.
Es el sobresalto, la irrupción del victimario que en Jaime Jaramillo Escobar asalta sus palabras: “Voy a dar la vuelta cuando ¡zas!, el hombre,/ me lo encuentro a boca de jarro, detrás de una columna,/ me está esperando para matarme, tiene el cuchillo en la mano/ me coge por la cabeza,/ en la ventanilla de los tiquetes no hay nadie,/ el asesino, tranquilo, me mira”. Se trata de la violencia urbana del extramuro, la de los nuevos asentamientos de gentes desplazadas cuyo temor es el otro. Es la atmósfera de terror que se recoge en “La balada de los pájaros” de Mario Rivero y que en uno de sus fragmentos habla de la “Medianoche de toque a muerto/ del tañido a sangre/ del hombre turbado en su sueño”. Pájaros era el nombre que se daba en los años cincuenta a los que hoy se llaman paramilitares: gavillas de asesinos amparados por algunos terratenientes y políticos. O la violencia registrada en los números fríos de las estadísticas, a los que Piedad Bonnett quita hibridez para hacerlos materia poética.
Nuestra larga guerra ya no tiene heroísmos ni grandeza, está lejos de cualquier épica, tanto de las gestas libertarias de Independencia como de una romántica y legendaria guerrilla que en el imaginario del país engloba el talante altivo de Guadalupe Salcedo al de Camilo Torres Restrepo. Quizá sea por esa falta de grandeza en la contienda que haya cierta actitud refractaria a cantar desde la épica.
En todo esto parecen ponerse de presente los vasos comunicantes que existen entre la realidad —no necesariamente como una forma de servil naturalismo— y el sentir individual, que a fuerza de necesidad se hace colectivo. “A la lectura de tanteo y falansterio”, de la que hablaba José Martí, le han salido autores que intentan no escamotear lo que tiene ocurrencia en sus conglomerados sociales. Si bien en Colombia siempre está en vilo la vida, como en pocas partes, sí es una aventura descabellada intentar una cultura orgánica en un país inorgánico, y a sabiendas de lo expresado por Borges acerca de cómo “la realidad no es verbal”, hay zonas jamás nominadas por la palabra a las que aspira a llegar la poesía.
La vertiginosa violencia que en los últimos años ha cambiado el perfil de esta nación nos obliga a algo casi siempre desdeñado en el medio, a una permanente reflexión. Si Hegel señalaba que el primer paso en la comprensión de algo está en negarlo, en verlo desde su negación crítica, a la violencia, que ya hemos empezado a llamar una forma de cultura, es posible negarla desde la afirmación del arte. Decía César Fernández Moreno que “la poesía se politiza en vez de poetizarse la política”, algo que como hecho programático podría resultar lamentable. Como lamentable resulta —valga la digresión— que se satanice la poesía política: adiós Ritsos, Hikmet, Char, Cesaire, Brecht, Vallejo y hasta Rimbaud, desde la orilla de los satisfechos.
La violencia en la poesía muchas veces está más bajo la piel del lenguaje, en las atmósferas y en los silencios, que en los enunciados directos, propagandísticos, de quienes adhieren a la idea de ser boca de partido. Pero es rastreable la violencia en la poesía no partidista ni panfletaria; como en los versos de un poema de Samuel Jaramillo que dan cuenta de la geografía de un país en acoso:
Odiamos a quienes nos regalan
con esta cosecha siniestra.
La poesía nos aproxima a esa pulsión entre la palabra y el morir. Aldo Pellegrini, el poeta y ensayista argentino que impulsó el surrealismo, decía que “como organismo vivo, toda cultura está expuesta a la ley de la evolución y de la muerte”. Si acá lo está a causa de los múltiples factores sociales que generan la violencia, resulta cierto que ella intenta crear sus defensas, su estado de alerta o de emergencia para vigorizarse e interpretar la realidad. La poesía ha dado cuenta de esto, quizá de manera no menos explícita que a través de quienes realizan una escritura testimonial o novelar, y como respuesta a una sociedad de viejo cuño. Y no por adentrarse en temas que para algunos aparecen como vedados a la lírica, es decir, por quienes creen ver en ella un aparato verbal distante de lo cotidiano, deja, en los casos que he citado y en otros momentos que se me escapan, de tener un rigor formal.
Nadie, desde la poética, querría señalar la violencia como si fuese un prontuario. No imagino a alguien pensando: voy a escribir un poema sobre la violencia en la lucha de clases o sobre la violencia del poder, uno más sobre las insurrecciones populares y la violencia revolucionaria, acá alguno sobre las guerras civiles, la delincuencia o el crimen organizado del narcotráfico. Sin embargo, es difícil que una de esas formas, o varias, no golpeen y se filtren en las preocupaciones de quien intenta una expresión artística. La crítica política sólo considera un balance de los contenidos, de sus fines. La poética piensa que una verdad mal dicha puede volverse mentira. Piensa, con Raúl Gustavo Aguirre, que “lo inexpresable también forma parte de la realidad del hombre”.
Pero no puede negarse que en la poesía colombiana se refleja el campo minado de nuestra violenta realidad, como ocurre en el poema “Los que tienen por oficio lavar las calles”, de José Manuel Arango:

Los que tienen por oficio lavar las calles
(madrugan, Dios les ayuda)
encuentran en las piedras, un día y otro, regueros de sangre
 Y la lavan también: es su oficio
Aprisa
No sea que los primeros transeúntes la pisoteen.

El poeta, como los lavadores de calles del poema de Arango, ha madrugado en una visión franca del país y lo registra como una memoria en tiempos del olvido. El inxilio, el exilio interior, es posible que lo asedie, pero aún le queda el exorcismo del poema.
“Es un tiempo en que resulta aterrador estar vivo, cuando es difícil pensar en los seres humanos como racionales. Donde quiera que dirijamos la mirada veremos brutalidad y estupidez, tal parece que no hay otra cosa que ver: por todas partes un descenso a la barbarie, que somos incapaces de contener”, dice Doris Lessing en Cuando en el futuro se acuerden de nosotros.
Habría que agregar que si hay futuro, si hay quien se acuerde, si merecemos llamarnos nosotros, a lo mejor alguien pensará que a pesar de todo, y de ser tan inútil como el intento de descarrilar un tren atravesándole una rosa en la carrilera, la poesía se dio en tiempos aciagos, en tiempos de muerte y de letargo.
[1]              Walter Benjamin, escritor y filósofo nacido en Berlín en 1892. Se suicidó en 1940 en Portbou (España), tras ser detenido por paramilitares franquistas cuando huía con un grupo de perseguidos judíos.
[2]              Simone Weil (1909 – 1943), escritora, filósofa y revolucionaria francesa de origen judío. Luchó en la Guerra Civil española en el bando republicano escribiendo la legendaria columna anarquista “Durruti”.
[3]              Hans Magnus Enzensberger, poeta, humanista, nacido en Alemania en 1929. Quizá su más grande poema sea “El hundimiento del Titanic”


#Poesía: Paul Celan

* Breve selección de poemas de Paul Celan, que originalmente iban a acompañar la nota que se publicó hoy en “Radar libros”, a propósito de la reciente publicación de una antología poética por parte de Alción Editora.

El declive

Junto a mí vives tú, igual que yo: como una piedra

en la mejilla hundida de la noche.

Oh este declive, amada, donde rodamos sin cesar, nosotros piedras,

de arroyo en arroyo.

Más redondas cada vez. Más parecidas. Más extrañas

Oh este ojo ebrio

que deambula aquí como nosotros y de cuando en cuando nos mira absorto.

Habla también tú

Habla también tú, habla como el último, di tu sentencia.

Habla.

Mas no separes el no del sí.

Dale sombra suficiente,

dale tanta

cuanta sabes distribuida en torno tuyo entre la medianoche y el mediodía y la medianoche.

Mira alrededor:

mira cómo cobra vida por doquier. ¡En la muerte! ¡Viva!

Verdad habla el que sombras habla.

Mas ahora se encoge el sitio donde estás parado: ¿Hacia dónde ahora, despojado de sombras, hacia dónde? Escala. Palpa arriba.

¡Más delgado te vuelves, más irreconocible más fino! Más fino: un hilo,

por el que quiere bajar, la estrella:

para nadar abajo, abajo,

donde se ve relumbrar; en el oleaje de las palabras errantes.

A la altura de la boca

A la altura de la boca, palpable: tumor sombrío.

(No necesitas luz, buscarlo, sigues siendo el hilo de nieve, retienes

tu presa.

Ambos cuentan:

lo tocado y lo intocado.

Amos hablan con culpa del amor, ambos quieren ser y morir.)

Nervaduras, brotes, pestañas.

Parpadeantes, ajenas al día. Vaina, abierta y real.

Labio sabía. Labio sabe. Labio lo calla hasta el final.


#Poesía: Carlos Nejar

LA GENEALOGÍA DE LA PALABRA

Mi muerte comienza a madurar y después voy

a comerla como una pera, escupiendo el carozo y

después va venir una semilla con el mismo nombre

que va a crecer y madurar.

Pero ya no es mi muerte – es la sorpresa de la tierra

apenas – descendencia de una muerte futura.

Después las generaciones pierden de vista la propia muerte

que aparece como un hilo de agua en medio de las

piedras, visible a uno y otro profeta.

Pero nada afectará a la especie: la vida también fue

vista como un hilo de agua en medio de las piedras.

Sólo que no se podían distinguir los hilos y las aguas.

que conversaban entre sí, sin prejuicios. Y hasta

moraban juntos, una que otra vez.

Después mi muerte va a madurar de nuevo pero

no será de la misma naturaleza. Y aprenderé a hablar

con el mundo.

Y el mundo va a madurar como una pera y después

va a venir una semilla con el mismo nombre.

Y sin embargo, ya seré eterno.

[Poema inédito]

EL PODER ESTÁ SUELTO

El poder está suelto

Es un loco en las calles

un loco buenazo

en los palacios

y gubernamental

cerca de la aurora

Pero esta es de jardines

Impresiones digitales     cárceles

vilezas     violencias

en el alambre de secar

y secretos rencores

América de la aurora

donde aferré

el clavo de tu nombre

Y te     guardo

en sobresalto

y corro amedrentado

por el pecho

El poder está suelto

casa a casa

o en las armas

de un reino precavido

Está en el teléfono

oyendo el amor

y el sospechoso aire

de quien vigila

por los techos

sobornos de voluntad

o de fe silenciosa

América era un patio

donde retuve

mi     amor

en los labios

El poder nos juzgó

y el desvendado mundo

en nosotros

Está suelto el poder

– es un animal

América sembrada

en el relincho

de un caballo

¿Cómo agarrar el mar

sino en la playa?

América del mar

que me bañaba

El poder sólo se prende

cuando muerde

o esparce su mensaje

América yo excavo

otra América

yo excavo

las florestas

     este miedo

yo excavo

los remiendos

de la historia

excavo     excavo

el esclavo

que muele

la palma

de mis sueños

yo excavo

a tu abismo

y el ritmo

de lo que te llama

No hay corazón

igual al tuyo

Y te excavo

No hay poder

Apenas cómplices

[De Un país el corazón (1980)]

* Algunos poemas más, y datos biográficos mínimos, en el blog de Esteban Moore.


#Poesía: Homero Aridjis

Signos

las cosas que vemos cada día en su silencio

los seres que vienen cada día a visitarnos

la luz que llega para entrar y salir de lo que amamos

lo que va hacia adentro

y lo que nos atraviesa para seguir al infinito

 

 

Descomposición con risa

le quitan las orejas

le sacan los ojos

le quitan los brazos

se llevan su pecho

le desaparecen la cabeza

le quitan el tronco

lo desaparecen completo

y se queda riendo

y sigue riendo

e invisible

ríe a lo lejos

 

De Ajedrez-Navegaciones (1969), en Antología poética (1960-1994), México D.F., FCE, [1° ed.] 1994, pp. 88-89.


#Poesía: José Luis Díaz-Granados

 

Palabras

 

Yo miro las palabras,

su signo, su estatura,

su forma. Yo las oigo:

me excita su armonía,

su sapiente misterio.

Yo digo las palabras,

las pronuncio, las huelo,

vocalizo sus sílabas:

palabras. Yo adivino

su resplandor perdido,

su melodía inexacta,

su murmullo de ángeles,

su juego demoníaco,

eco de alas atávicas.

Yo canto las palabras

las escribo, las vivo,

las maltrato, las tiño

con afeites inútiles.

Ellas se nombran solas,

se inventan en el sueño,

habitan la obsesión

y peregrinas danzan

por las hojas en blanco

donde descansan ávidas,

esperando unos ojos

que las vuelvan a la vida.

Yo amo las palabras:

uso y abuso de ellas.

Soy su loco, su idólatra,

su marioneta tímida.

En esta estación blanca

me detengo con ellas,

hasta un próximo rito

de duendes liberados.

 

 

Luces de la ciudad

Vivo

entre felicidades y polémicas,

entre catedrales y lagartijas,

intenso entre el deseo sutil

o patético en las madrugadas.

 

Sueño

entre sinfonías y cooperativas,

entre teléfonos y suspiros,

lleno de códigos y cabelleras,

ávido de alas y mandarinas.

 

Trabajo

entre estadísticas y sonrisas,

entre tazas de tinto y metodologías,

sumergido en caricias y máquinas.

 

Canto

entre las tinieblas y los amaneceres,

entre papeles y tragos de ron,

definitivamente recorriendo

mejillas y columnas vertebrales.

 

Y amo

la inminencia de las historietas,

la solidaridad de los aromas,

las autopistas llenas de risas

en las bocas de los centauros.

 

Porque espero

la reforma de los paisajes,

la entronización de la ternura

y la alegría en todos los idiomas.

 

[de Rapsodia del caminante, Bogotá, Proyecto Editorial “Famas y Cronopios”, 1996]

 

 

Artificios

Ocurre que cada día mudamos de entusiasmo,

y al borde de los versos uno olvida

la ropa, los recibos, los mandados,

porque el poema atormenta las horas,

el minuto feliz, ese frágil momento

en que se nos escapa el milagro

o inventamos la magia, y el secreto florece.

 

Entonces la noche se enciende tajante

y esas dulces lucecillas de bengala

regalan esplendor a las más viejas ruinas.

 

[de Silencio y memoria, Bogotá, Editorial Oinopa Pontos, 2006 (Colección El Mar de Oscuro Vino)]

 

José Luis Díaz-Granados, El laberinto. Antología poética, 1968-2008 [con prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda], Bogotá, FCE, 2014, pp. 56-57, 58-59 y 136


Vicente Franz Cecim: “Canción de Arena”

* Traducción publicada recientemente en el blog del poeta Esteban Moore.

 

Vicente Franz Cecim: Canción de Arena*

 

Después, el silencio volvía. Las voces paraban.

Y entonces, fue que comenzaron a oír, comenzaríamos a Oír aquel canto.

En él, tú verás, aquellos adormecidos irían a hablar con la carne, decirle cosas, hacer preguntas a ella.

Uno de los adormecidos, abriendo los labios, dejaba oír, en un murmullo: Canción de arena

Y el canto estaba comenzando, en la Residencia en las Tinieblas:

 

Vivir cada día el más extraño oro, ellos cantaban

Ellos cantarían: La concebida arena.

y al caminante alrededor de la piedra, la arena

y el viento alrededor de la piedra

 

y en la arena

y reunida la arena, la carne

 

Y la concebida del ala,

 

y en la arena todavía

la reunida arena

 

Volvía el silencio. Una pausa. Y el canto volvía

 

Fuimos aquellos que primero aullaron para ti,

en la primera noche, el que primero rio en los tiempos

Fuimos a nuestros arrepentidos huesos curvos

pues tú trituras amorosamente lo que contienes, e incontenida

 

Silenciosos bajo el silencio de la hierba: sensibles

al dolor y a tu hierba

Silenciosos hasta la altura de las ramas vueltas

para el naciente, grande es la cara que te espía de la otra orilla

 

Pues si de las cosas tenemos un sol caído, y la descendida

Sombra

y el canto degradado de la voz ronca

y todavía los ojos de la primera vez

de la primera, ay inolvidable

y sin podernos ver

 

tumbados sobre el silencio de la hierba, y sensibles a lo que somos

Al aullido a los huesos a la cara a la hierba

 

Nuevo silencio. Y el canto:

 

Por los tiempos y los glaciares,

Animales hicieron la curva luminosa de tu espalda

 

Verano sobrenatural: no damos un paso

sin tu compañía

 

Por lo espeso: de él la espesura se desprende

en la forma de los olores salvajes que tanto

empalidecieron la noche:

cada uno de nosotros es un destello visto a la distancia

 

Tú eres el escándalo de dios que se deshizo

del lado mudo de sus goznes. Y se abre

la puerta oscura de este hombro,

fatigado por los campos

sembramos nuestros huesos más humanos

en los lugares donde tenemos labios y se resecan de la oración

 

El canto, Los adormecidos

 

Si estás acostada, es cuando eres la belleza

 

aunque en el cuerpo en movimiento habite un músculo

de seducción

 

Si viene la muerte:

es que te estás ejercitando en el cansancio

 

Cayese algo allí, pero estando de espaldas no verías

 

Si se curva el árbol, el agua reduce

su ritmo de la música

a cada hombre otro de la mano

Si las piernas lo abandonan,

 

la oscura luz que asusta

 

Pues vuelto el rostro para una pared

y tu vida está pasando y ves

pasar un insecto

salido del más extraño sueño, que es estar vivo

 

Existe un paso que no existe

 

Volvía el silencio, toda la cada parecía adormecerse,

pero la boca de uno de los adormecidos hacía nuevamente

aquel sonido de aguas, y volvía el canto:

 

Porque tuya es la sombra,

 

y tu desierto recorrido dice:

la concebida de la arena

 

y en la arena la reunida arena, la carne

 

El canto otra vez elevándose:

 

Tu lentitud me atraviesa por el camino mío,

los pasos son antiguos en este oro

 

y aunque se tenga un sol y una baranda de apoyo

para todo

al ausente esmerándose

a la sombra

 

No pasaría si otro conspirase

En el nombre que es la señal de la inmensa floración

 

aunque una vena da sentido a lo único

 

Capas tras capas, las invisibles tintas cubriéndote,

no sabría un hombre nunca cual sería: la nave la Floración

desde que un pie arrastrado por la luz

se quiso allí en las aguas, el árbol de tu savia viniendo

al encuentro de los más jóvenes, emergiendo

 

Si debíamos estar vestidos para la fuente,

es que la transformación del oro en hierros, en todo eso,

es lo que menos nos oprime el ancla de la vida

 

El canto. Sus cantos. Aquello sería así en aquella casa entre árboles. Este otro ahora:

 

Tu agua estancada está bebiendo en lo oscuro

un animal de bruma

Los ausentes dejaron sus aromas

 

allí, unos huesos esperan sólo la fiebre para desmoronar

Aquí la piel es la residencia, en ella habitan

una alegría, y zarzas, el músico

 

Su música: tus animales están pateando

la música: paredes que golpean unas en otras

 

El cuerpo es sólo un hombre junto a su piedra de ternura

 

Aquellos adormecidos hablando con la carne. El canto:

 

Estás acumulando lentamente una herida en la espada Real

de tu verano

 

Desde aquí podemos ver que el día coagula

 

Y aves como hombres baten las alas, para elevarse

nuestro anzuelo de nubes

un rostro y piedra mirando para el cielo

un paseo de monstruos caminando dentro

Baja la sombra de la sentencia sobre la mano que agita adiós

 

Que no pase el próximo minuto sin que suene

la voz de la deshojada

La espada es la oferta de un grito: por los ojos,

cuando es aún más bella la estación de las fiebres,

por los tiempos, se fue la más antigua raíz que dio frutos

 

El canto: eso nos retiene, eso nos retiene, eso nos retiene

 

Tenemos para ti la consideración de un vaso

donde está depositada la especie

 

pero abriéndose, la tierra Se muestra al bosque de los hombres

que se extiende

 

La piel, la helada residencia

Y el cuerpo busca otros pasajes clandestinos

para la región del fondo del pecho,

su Claridad de incendios,

fluctuando en un mar de corchos, cediendo

a los silbidos de esta noche

 

Ritual de velos: el lodo

Pues sueñas en ti mismo tu visibilidad

si sueñas el barro

 

Una ave nuevamente estaría revoloteando en su jaula,

tal vez otro sueño de la carne perseguida,

y nosotros

continuábamos allí oyendo aquel canto,

 

la carne de los

adormecidos hablando con la carne

 

Pues si también es forma sólida de la música: o sino,

y el hombre es la planta en su temporada de fruta

 

de lo alto de las atenciones simuladas, sin el artificio nulo

conspirando por el tallo de tu cuerpo

perdida está toda la cosecha

 

Te llama la voz anunciando la quebradiza que se dobla,

inmóvil junto a un muro está el mudo

 

-Señal, entonces anunciaría una voz entre los adormecidos. Y todos los adormecidos respondían:

-La señal es no soñar tu nombre.

 

Y el canto, prosiguiendo:

 

Libélulas de los huesos, libélulas de la cara cuando la

medianoche se estremece de ansiedad en sueños

El revuelo de tus deseos me supera

en mucho las costas vueltas para la casa

de mis padres: el reloj antiguo de sombras

 

El canto: eso nos invade, quiere habitarnos los oídos para siempre

 

Pues es tu sombra y la sombra

 

y en la arena

la reunida arena, la carne

Y la concebida ala,

 

y en la arena aún la reunida ala de arena

 

¿Iríamos también a adormecernos oyendo aquel canto, aquellas voces? ¿Nunca más, nunca más saldríamos de aquella casa?

Saber que la carne tenía que decirnos,

sí, eso nosotros queríamos.  ¿Pero vendría entonces a nosotros, negro, un miedo

 

Que nunca más saldría de aquí? El canto:

 

No nos deja olvidar la casa alta,

allá el tiempo repite: cortezas,

 

aunque nacidas piel clara e incluso

se yergue en el aire a nuestra infancia

 

Y hay vientos en las ramas, la arena de tu sueño

 

Pues una es la ley severa que se expresa: si

reverdecen inclinándose hacia la muerte serán hombres

si oscurecen y puntiagudas son espinos

Pero la floresta genuina se extrañará

 

Tenemos las aberturas del ser para observar de los ojos

a los otros seres,

tanto mejor para la euforia de la tierra

Hierba del destino suculento, ven a mí, lenta

antes de la noche lenta

 

¿No terminará nunca aquel canto, no iría nunca a acabar?

 

En ti estoy plantado por los huesos hasta los sueños,

temeroso de las lluvias, y un extraño para los peces,

 

aquellos adormecidos cantaban.

 

Andaba cantaba para la carne en aquella casa.

Y antes de adormecernos para siempre, nos apartaríamos de allí

 

Pues tuya es la sombra

y en la arena la reunida arena, la carne

 

aún oiríamos, lejos

 

 

* Literatura Imaginal, de Viagem Andara oO livro invisível

 

Versión: Demian Paredes, Buenos Aires, 2020

Material enviado por Edson Cruz, poeta y editor del sitio web “Musa Rara” (www.musarara.com.br).

 

Vicente Franz Cecim/Cecim da AmazoOnia (1946) nació y vive en la Amazônia, en Belém. La transfigura en la región metáfora de la vida Andara: una Floresta Verbal. Es el creador de Viajem a Andara oO livro invisível, no libro, no escrito, puramente imaginal, de donde emergen los libros visibles de Andara, estos, los que el autor escribe desde 1979. Recibió de la Asociación Paulista de Críticos de Artes el Gran Premio de la Crítica, en 1988, por Viagem a Andara, y Revelación de Autor, en 1980, por Os animais da terra y, con su libro K O escuro da semente, fue uno de los cuatro finalistas al mejor libro de poesía, en 2016. Fue publicado en Brasil y en Portugal.


#Poesía: Marcelo Ariel

El espantapájaros

Para los niños

 

en medio del basural

 

visto de lo alto

 

un pantalón y una camisa

 

Son la

evocación del cuerpo

de un hombre

sin zapatos

 

sus manos

 

dos buitres desgarrando un saco

 

su cabeza

 

un rato

 

 

Motor discontinuo

 

La máquina de despertar

dentro de la máquina

de respirar

La máquina

de hablar

Dentro de la máquina

de pensar

La máquina

de andar

Dentro de la máquina

de cansarse

En la máquina de ser

La máquina de estar

Dentro de la máquina de dormir

y soñar con

La vida afuera

de la máquina de morir

En la máquina de soñar

 

 

Cangrejos aplauden Nagasaki

Para Gilberto Mendes & Mano Brown

 

(Villa Socó)

Cuerpos en llamas se tiran al barro

mujeres y niños primero

cangrejos aplauden Nagasaki

bebé de ocho meses es calcinado

en cuanto Beatriz

ahora entiende el poema último

Beatriz madre soltera antes de morir dio un inútil puntapié en la puerta

 

En el aire

gritos mudos

la noche blanca de humareda envuelve todo

alguien en el bar de la esquina

piensa en Hiroshima

en las voces

horror y curiosidad despertaron la ciudad

mezclándose

dentro del infierno ojos claman

por teléfono

el ministro es informado

–El fuego los consume…

La sirena de las fábricas no

silencia

Dos serafines pasando por el lugar

susurran en el oído

del Creador

“Villa Socó: mi amor”

Una vieja permaneció acostada

alrededor de la cabeza en la aureola

el último pensamiento pasa

el coro de las sirenas

en medio del campo iluminado

una garza vuela asustada

con los humanos y su infierno creado

en el manglar el viento mueve las hojas

 

Un bombero grita:

–¡KSL! El fuego está contra el viento. Cambio…

 

Fue Dios quien quiso

dice el mendigo

que sobrevivió porque estaba durmiendo en la alcantarilla de la avenida.

Un orgasmo es cortado al medio

cuando la pareja percibe el fuego

quemando el espejo.

Retrocediendo en el tiempo

lamentamos

el movimiento del gas

ligerísimo iceberg

que convirtió fuego en fuego, horror en horror

 

Villa Socó

Estacionó en la Historia

al lado de Pompeya, Joelma y Andrea Doria

Pensando en eso

levanto en este poema un memorial

para nosotros mismos

víctimas vivas

del tiempo

donde se moviliza la muerte esparciéndose en el paisaje

como el gas

que también incendia al sol

(bomba de extensión infinita)

 

Beatriz se sentó cerca de la puerta y quedó mirando el fuego.

Hasta que invade la escena la luz suave de otro sol frío.

Fin del juego.

 

(Lo que no quema)

 

Beatriz ahora es otra cosa y contempla:

rayos negros en un cielo negro

después blancos en un cielo blanco

suavemente penetré en un jardín

donde un único árbol existe.

 

(El incendio acaba y la garza se posa en el mangue, donde los ángeles sueñan)

 

En aquella noche uno se despertó

anduvo en medio de las llamas

y las llamas

lo quemaron.

 

* Más poesía traducida e información sobre Marcelo Ariel, en el blog de Esteban Moore.


Sobre Anaquel de vasos canopos, de Darío Canton (Alberto Silva)

Un acontecimiento para la poesía latinoamericana. Sobre Anaquel de vasos canopos, de Darío Canton

DISCUSIÓN

Alberto Silva

Las familias egipcias guardaban los tesoros más preciados de sus difuntos en recipientes de arcilla artísticamente cincelados. Este conocido uso nobiliario resume con silencio elocuente el gesto doble, a menudo oximorónico, propio de cualquier poesía. De modo explícito en el caso de Anaquel de vasos canopos (Librería Hernández, 2020), la reciente “cantología poética 1975-2019” de Darío Canton. Esta obra tiene algo de cierre, de despedida, aunque en arte nunca conviene creer del todo a quien se despide (al arte, que yo sepa, nadie le dice adiós). Sea como sea, es la obra de su vida, la prolífera vida de Darío Canton. En ella emprende una crónica premeditadamente prosaica de la caducidad. Digamos que es ese el tema recurrente de los poemas de las cuatro décadas largas cubiertas por la selección, entre 1975 y 2019. A la vez que da cuenta de cada evento de una peripecia común y corriente, la voz del narrador esculpe sobre ella, verso a verso, la fantasía de una duración si es posible milenaria, efigie de una eternidad pretendida o soñada. Esta se grafica en el juego ruso de muñecas que se embuten en los versos con que el libro da testimonio de la relación de Canton con la poesía. Los textos (cantologados de publicaciones anteriores, según detallan con precisión la presentación y el índice) toman la forma de unitario libro canopo distribuido a lo largo y lo alto de una estantería. En el ensueño del autor, esta crece y crece hasta volverse monumento de una recordación, la suya propia. Acto seguido, dicha construcción la envuelven los lectores en el manto de interés compartido que de a poco despiertan sus textos. Y así, su dedicación cierra el imaginario círculo, de modo que la lectora o lector se descubren arropando esos poemas y de paso al poeta que respira detrás de los versos.

¿Es lo que Canton finalmente quería? Así sospecho cuando tomo en cuenta la que parece una intención nada escondida de su proyecto. Pero el amor del lector, si cabe emplear un término cursi (Darío lo tiene clarísimo, de puro añorar el escatimado afecto de sus mayores), sólo puede reclamarlo quien se atreve a ser, a la vez, atrevido e irónico. Para lograr tan sencilla y difícil hazaña hay que ser un poco “serio-cómico”, como Diógenes de Sínope le exigía al que quiere forjar un lenguaje entrador y veraz. Canton actúa en sus versos como el sabio cínico alejandrino. Es una cualidad de esta antología: no querer probar virtus expresiva. Se limita a manifestar la que tiene, la que ha circulado a su vista. Muy informado en materia retórica, se atiene al consejo de Ezra Pound: mostrar, no demostrar.

Y no cabe duda de que se ha atenido a mostrar (y mostrarse, sin remilgos) con un entusiasmo y una consecuencia cuyo resultado es una multitud de páginas que, si bien suman una cantidad (alrededor de cinco mil), en realidad son inagotables, quizá porque los elementos que contienen pueden asociarse siempre de nuevas maneras y producir nuevos efectos. Por él mismo y por sus lectores cuidadosos (ver los ensayos recopilados por Demian Paredes en Cantón lleno, Cuenco de Plata, 2017) sabemos de sus filiaciones, afinidades, lecturas, métodos de escritura y composición poética, de sus búsquedas verbales e ironías. Experimentador juguetón, objetivista amoroso, lírico conceptualista, materialista que reunió sensibilidad e intelecto en libros pioneros de la literatura en español como La saga del peronismoCorrupción de la naranja, La mesa, Poamorio, Fuero íntimo, Cantón el poeta tomó, como Francis Ponge pero con otros acentos, el partido de las cosas. Naturalmente, en esto concurrieron su profesión de sociólogo (el autor de estudios como Elecciones y partidos políticos en la Argentina 1900-1966, por nombrar sólo uno, el interlocutor y adversario de Gino Germani, el profesor del Di Tella) y la actividad de director y factótum de Asemal, el “Tentempié de Poesía” que él hacía completo y enviaba por correo, y que revolucionariamente y con expresa vocación “teofilantrópica”, combinaba, como dijo Julio Schvartzman, las propiedades de la poesía, la prensa y la comunicación postal.

Todas las combinatorias que Canton puso en ejercicio se han ido sumando, como se sabe, en los ocho tomos y nueve volúmenes de De la misma llama, esa grandiosa suerte de autobiografía tan profusa en materiales de vida, contexto y circunstancias que el narrador parece un guía embozado. Sólo lo parece. Seguramente es parte de lo que pretendía. Canton ha sido un disciplinado, persistente archivador de objetos de distintos géneros y especies. En De la misma llama hay poemas en sus versiones primeras, alternativas y finales (algunas manuscritas), traducciones de poemas de otros autores, cartas enviadas y recibidas, ensayos propios y fragmentos de ensayos ajenos, entrevistas, fotos, dibujos, planos y mapas, cuadros sinópticos, fragmentos de diarios, revistas y libros, boletas de compra, anotaciones sueltas (“notas al pie” de una experiencia), extensas reflexiones previas o posteriores a la terapia grupal, memoranda, declaraciones colectivas, prólogos, reseñas, reproducciones de tapas de libros y discos, fotogramas de películas y más. Este despliegue documental, la heterogeneidad de formatos discursivos y recursos gráficos y tipográficos, todo atenta contra la percepción del carácter de “largo monólogo mental, de carácter reiterativo, obsesivo” que tiene la autobiografía, que además contiene, como anotó Daniel García Helder, numerosos pasajes metadiscursivos: “¿Cómo se construye el mundo de una persona, de todos sus pensamientos?, ¿cómo se los eslabona?, ¿cómo hacer para que tenga sentido la anotación suelta que se encuentra en el borde de una revista, la que está en un cuaderno, todo eso que va dibujando un itinerario, o hilos principales?”. Para despejar las confusiones que la heterogeneidad de los materiales, más los saltos de la máquina del tiempo, pudieran ocasionar a la lectura lineal, cronológica, el narrador en primera persona intercala en cada tomo no sólo muchos de los poemas del correspondiente período sino libros enteros, algunos reproducidos facsimilarmente. Con lo que la autobiografía de Canton, concluye García Helder, vendría a ser también su Poesía Completa.

Canton tiene ahora noventa y dos años. De modo que las discretas ochenta y dos páginas de Anaquel son un acontecimiento. Lejos de ser un colofón, es un libro de lo pasajero, de los pormenores sobrepasados y vencidos por la historia y que sólo la poesía resguarda. Atención, cuidado, persistencia en la sintonía, la emisión y el ritmo para enaltecer lo que aparece, prospera y caduca.

La nota completa, en Otra Parte, acá.