Los sueños de Buñuel después de muerto (Javier Aranda Luna)

 

Los sueños en realidad no son efímeros; no siempre son materia del olvido. En 1928 dos amigos quisieron fijar un par de sueños que los habían sacudido. Uno había soñado con una mano perforada en la palma por la que salían hormigas; otro con una mujer que lo veía de frente mientras, sin que ella se inmutara, le abrían los párpados de un ojo para vacíarselo de un tajo con una navaja de afeitar.

Esas dos imágenes oníricas forman parte de una de las cintas más breves e indelebles en la historia del cine. Cuando la filmaron Luis Buñuel y Salvador Dalí, que se habían conocido en la Residencia de Estudiantes de Madrid, no tenían un clavo en los bolsillos. Los 17 minutos fueron financiados por la madre del primero. Las 25 mil pesetas que les diera han sido, al parecer, el capital mejor invertido en esta industria.

Un perro andaluz que originalmente pensaron titular El marista en la ballesta y Es peligroso asomarse al interior se grabó en dos semanas y fue estrenada el 6 de junio de 1929 en el Studio des Ursulines de París a instancias de Louis Aragon y Man Ray a quienes había entusiasmado la cinta.

Buñuel recordaba que a aquel estreno asitió la flor y nata de París: Max Ernst, André Breton, Paul Eluard, Tristán Tzara, Rene Char, Pierre Unik, Tanguy, Jean Arp, Máxime Alexandre, Rene Magritte, Picasso, Le Corbusier, Cocteau, Christian Bérad y Georges Auric.

En Mi último suspiro Buñuel recuerda que el día del estreno se llenó las bolsas de los pantalones con piedras porque ese público selecto podía ser intransigente y agresivo si algo no le gustaba. Lo aturdieron sí, los aplausos. Después de esa apoteotica exhibición Un chien andalou se exhibió de manera ininterrumpida durante nueve meses en el Studio 28 de París.

Desde el estreno de Un perro andaluz Buñuel fue admitido en las reuniones del famoso café Cyrano donde el grupo surrealista acostumbraba reunirse todos los días.

Para este cineasta que enriqueciera como pocos al cine mexicano y que muriera hace 30 años en esta ciudad, los sueños eran la única clave verdadera de la vida. Adoro mis sueños, aunque mis sueños sean pesadillas las más de las veces. Recordarlos era la única forma de darles existencia. Quizá por ello los rescató de manera constante en sus películas. Allí aparecen y van trastocando o construyendo historias o simplemente nos muestran la presencia del misterio en nuestras vidas.

¿Qué habrá visto Buñuel en El acorazado Potemkin que la consideró la mejor película de la historia? ¿La vecindad de imágenes para crear atmósferas, discursos, narrativas e incluso otras imágenes como ocurre con los ideogramas chinos?

Su segunda película, La edad de oro, ya no dejó lugar a dudas sobre la estética del cine de Buñuel: el deseo, el sueño, la crueldad, el fanatismo como bestia apocalíptica y el humor negro se convirtieron en sus señas de identidad. La derecha arremetió contra la cinta y sus copias fueron confiscadas. Algo similar ocurrió con Viridiana: las peripecias de una joven novicia provocó simultáneamente la furia del Vaticano y el aplauso unánime en Cannes. Mereció el máximo reconocimiento del festival y la condena pública de la Iglesia por abordar el suicidio, la violación y sobre todo, al parecer, por una última cena realmente apocalíptica.

Otro trabajo esencial en la cinematografía de Buñuel fue, sin duda, Los olvidados, una de las tres cintas consideradas por la Unesco como Memoria del Mundo. La película da cuenta del peladaje adolescente de la ciudad de México que las autoridades y las buenas conciencias ni siquiera se atrevían a nombrar.

Según él todas sus cintas se construyeron a partir de situaciones cómicas arropadas algunas veces como tragedias. Y tal vez ese era el misterio que encerraban: la imaginación como búsqueda de la libertad, ese imposible que, pese a todo, siempre procuró. Para él todo deseo tiene un objeto oscuro y todo erotismo el sentimiento del pecado.

Alguna vez confesó a The New York Times que pese a esa búsqueda permanente de libertad el hombre nunca es libre. Sin embargo el surrealismo le enseñó que pese a ello vale la pena luchar por eso que no puede ser.

Cineasta excepcional que creyó que los sueños eran parte esencial de la vida, supo que la realidad sin la imaginación es la mitad de la realidad.

Este amigo de Federico García Lorca y Salvador Dalí, nos dejó poderosas imágenes que han servido para ensanchar nuestro espacio y multiplicar nuestros días. Piense si no en el glóbulo ocular de Un perro andaluz, en la desnuda Catherine Deneuve sentada al piano, en El Jaibo interpretado por Roberto Cobo, en la última cena de Viridiana o en Silvia Pinal vestida de Jesucristo en Simón del desierto con los senos al aire. ¿Y qué decir de esa no secuencia lógica de sus películas, cuyas historias se desarrollan como movidas por las pulsiones del deseo? Aunque muerto hace 30 años los sueños de Luis Buñuel permanecen vivos.

* http://www.jornada.unam.mx/2013/08/14/opinion/a07a1cul


… y San Luis Buñuel subió a los altares (Carlos Saura)

Hoy se cumplen 30 años de la muerte del director de películas como ‘Un perro andaluz’, ‘Viridiana’ o ‘Él’. Carlos Saura firma una aproximación muy personal a la dimensión humana y artística de un grande del séptimo arte

 

29 JUL 2013 – 00:48 CET

Cuando en 1960 conocí personalmente a Luis Buñuel, en el festival de Cannes, me di cuenta de que el ciclón de la Guerra Civil que quebró ilusiones y asesinó a algunos de sus mejores retoños no pudo con algunos poderosos árboles que hendían sus raíces en las entrañas de la tierra y que, al final de la contienda, como suele pasar a menudo, los perdedores habían ganado una guerra fratricida que dejó el suelo de España asolado y ensangrentado.

Ahora que el olvido de muchos, el alzhéimer de otros, la amenaza de la próstata y que los huesos que se derriten o anquilosan precipitan al olvido, convendría recordar que, como émulo y paisano de don Francisco de Goya y Lucientes, a Luis Buñuel Portolés le tocó vivir en el centro de un huracán que sacudió el mundo. Fue testigo de tres horribles guerras y sus secuelas: dos europeas —la última, saldada con más de 50 millones de muertos, una cifra que da vértigo y que pone en duda la inteligencia del ser humano—, la otra, una guerra próxima, la Guerra Civil española, que segó la vida de familiares y amigos. No es de extrañar que siendo testigo de esa barbarie, Buñuel detestara la tecnología, a la que solía emparentar con la muerte y la destrucción, quizá olvidando que también esa tecnología, que al fin y al cabo no es más que ciencia y por tanto conocimiento, podía servir, también, para evitar el sufrimiento y ampliar nuestro conocimiento y saber.

En sus últimos años, como un monje ermitaño y medieval, añoraba la vida conventual y por eso se refugiaba para trabajar en México y en Madrid en lugares silenciosos y solitarios, quizá acompañado de ese “ruido de los pensamientos” que dijera San Juan de la Cruz. “Si yo me muero ahora, pues nada, bien, ya he vivido lo suficiente, sería horrible ser inmortal”, decía a sus 70 años. Pero compensaba esos retiros místicos con comidas regadas con vino blanco de Yepes y tinto de Rioja, y charlas con sus amigos, charlas interminables, maravillosas conversaciones de una persona que ha vivido con pasión una época de intensos cambios, convulsiones sociales, movimientos artísticos y descubrimientos científicos, que han marcado definitivamente este siglo.

En su despertar mañanero se miraba al espejo y se reconocía poniéndose una mano en el pabellón de la oreja y accionando el audífono se preguntaba: “Luis, ¿cómo estás hoy, por la mañana?”. “Bien, bien, estoy bien”, respondía. En ese reconocimiento estaba implícita la sorpresa del alumbramiento de cada día. “Esta noche he soñado con carnuzo, es un sueño recurrente, montones de carne, de sebo, de grasa…”. Leí en alguna parte que cuando nos despertamos rompemos la frágil telaraña de los sueños. Los sueños son evanescentes, y al igual que los recuerdos los manipulamos a nuestro antojo; quedan restos de imágenes, sensaciones, terrores ancestrales, miedo a la oscuridad, caídas en el vacío… De sueños, pesadillas y alucinaciones sabía mucho don Luis.

En la oscuridad de la cueva, monoshombres de la odisea del espacio escrutan la negrura de los sueños: sueños eróticos imposibles, escaladas de poder, asesinos que pergeñan terribles crímenes en la oscuridad, pensamientos que anidan venganzas por las humillaciones sufridas… y también remansos de felicidad y placer; playas con sus palmerales y aguas transparentes, desiertos al amanecer, brumas nórdicas, bosques iluminados, y la esperanza en una vida mejor, el amanecer de un nuevo día, tal vez de un nuevo milenio… Dalí levanta la piel del mar Mediterráneo y debajo, sobre la arena, yacen Luis Buñuel y Federico García Lorca.

Luis Buñuel y sus compañeros de viaje: Lorca, poeta de Nueva York y de canciones populares acompañadas al piano; Bergamín, tan delgado y elegante, tan fino y educado, de palabra fácil y aguda. Julio Alejandro, Sender, Pitaluga, Picasso, Miró, Dalí, Pau Casals, León Felipe, Cernuda, Alberti, Villegas López, Carlos Velo, ¡y tantos otros de una generación inolvidable! ¡Qué contraste su vitalidad con nuestra generación de velatorio, desencantada y aburrida, de los años de posguerra!

Recuerdo una penosa proyección de Él, la película que Luis Buñuel dirigió en México, en donde críticos de campanillas del momento, y algunos amigos, dijeron inenarrables tonterías de esa obra maestra. Pero la vida es así, y como rectificar es de sabios, ahora “San Luis Buñuel” se entroniza en los altares de una cultura masificada. Muchos dirán que le conocieron bien —yo me adelanto para decir que solo conocí una pequeña parcela de su vida y la amistad que él me regaló—, y en este ágape dirán que tienen la clave de cómo era, cómo comía, cómo bebía, cómo pensaba… Se nombrarán comisiones laudatorias, monumentos, panegíricos… Y Luis Buñuel, desde las alturas del cumplido centenario sonreirá, con esa sonrisa suya simpática, cazurra, aragonesa, y soltará alguno de sus temibles consejos amistosos: “Carlos, si me dieran el Oscar, lo arrojaría indignado al suelo y me marcharía”. “No hagas nunca publicidad de tu película, eso está bien para los mediocres”. “La Palma de Oro de Cannes, nada, nada, malo… El Premio Especial del Jurado, bueno, porque ese no depende de las intrigas. Aunque a mí los premios, ya sabes: vanidad de vanidades…”. “La pasión es lo único que lo justifica todo, hasta el más horrible de los crímenes”. “Los católicos han inventado la confesión para poder controlar el último reducto de nuestra libertad: la imaginación; he tenido malos pensamientos, confesaba de chico, atormentado por las llamas del infierno”. “¿Qué pensamientos eran esos, hijo?”, me preguntaba el cura. “Mujeres desnudas, el sexo, me masturbaba”. “Bueno, aquí uno podía decir todo tipo de barbaridades, por ejemplo: que en mis pensamientos había matado a mi padre, que me acostaba con mi hermana… etcétera”. La imaginación, como decía Goya, no tiene límites.

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* http://cultura.elpais.com/cultura/2013/07/28/actualidad/1375030190_410803.html