“No tenemos más casa, ni país… el arte está prohibido” en Afganistán

Afp y Reuters

Periódico La Jornada
Domingo 5 de septiembre de 2021, p. 6

Venecia. Con un conmovedor testimonio, dos jóvenes cineastas afganas suplicaron solidaridad ayer en el Festival de Cine Venecia por la dramática situación de la cultura en Afganistán tras la toma del poder de los talibanes, lo que podría dejar a ese país literalmente sin artistas.

En sólo dos semanas, las figuras más brillantes del país se fueron, lamentó Sahraa Karimi, de 38 años, la primera mujer al frente de la Organización del Cine de Afganistán.

“¡Imagínense, un país sin artistas!” lamentó la directora de cine ante un grupo de periodistas y cineastas, entre ellos el director de la Mostra, Alberto Barbera.

La joven describió un cuadro lúgubre: Todo se detuvo en el espacio de unas horas. Los archivos están bajo el control de los talibanes. El trabajo de los directores se desvaneció, declaró.

Todos saben que existen las listas negras, lamentó la realizadora que en 2019 compitió en la sección Horizontes de Venecia con Hava, Maryam, Ayesha.

Por primera vez en la historia del cine afgano una película había sido invitada al festival francés de Cannes. Teníamos en proyecto adaptar 11 cortos sobre cuentos afganos. Estábamos preparando la segunda edición del premio nacional de cine, contó la cineasta que el domingo 15 de agosto tuvo que abandonar sus proyectos y salir en pocas horas de su país.

Ha sido la decisión más difícil de mi vida: quedarme o salir de mi país, confesó.

No tenemos más casa, ni país (…). El arte está prohibido. Mi generación no quiere eso, deploró Karimi al apelar a la solidaridad a la comunidad internacional.

La nota sigue, en el diario La Jornada


“El cyberabismo” (Ilán Semo)

El cyberabismo

Ilán Semo / II

Si algo ha mostrado la pandemia del Covid-19 es que, acaso, vivimos una era distópica. En la actualidad, la gente alberga una visión en la que el futuro ha dejado de ser el lugar de una sociedad mejor para reducirse, tan sólo, a una estación donde lo único que se espera es salir vivos del trance. Sea donde sea, Berlín, Washington o París, el discurso que se escucha desde el Estado es siempre el mismo: la solución está en la vacuna. Una vez inoculada la mayoría de la población, estaremos del otro lado.

Como si el antígeno fuera una suerte de fetiche mágico-religioso. No es que los antídotos no ayuden, pero todas las discusiones sobre la forma en cómo llegamos hasta aquí han sido relegadas o abiertamente reprimidas, como ha sido el caso en Colombia o en Bélgica: la crisis ecológica, la matanza de animales, la descomposición de las redes de salud pública, el anacronismo de las actuales escuelas, la futilidad del hiperconsumismo. Y, sobre todo, la estadística central de la pandemia: en México, por ejemplo, 93 por ciento de las defunciones corresponden a personas sin estudios de primaria, es decir, los ámbitos de la pobreza o la miseria.

Mientras tanto, los políticos fascinados con la canción de la vacuna que todo lo puede. Las poblaciones pueden enloquecer, pero nunca han sido imbéciles. Ni en París, ni en Berlín, ni en México o Estados Unidos. En este último 40 por ciento de la población se niega a inocularse; en México la mayor parte de los padres de familia no enviarán a sus hijos a las escuelas; en Alemania, las cuarentenas cuasi militares de Angela Merkel han derrumbado su histórico rating. Tal vez estemos frente a un fenómeno mucho más complejo que una crisis de confianza. Y en principio, por su tenacidad, se podría hablar de una huelga contra el cinismo de Estado. La pregunta es: de dónde proviene la supina creencia en la legitimidad del discurso sobre la cura inmediata que deja intocadas a las estructuras profundas de la sociedad.

Sus orígenes se encuentran probablemente en el contra-mundo que hoy define la forma en cómo la pandemia ha transformado cada uno de los confines de la vida cotidiana y el trabajo: el mundo digital. La pandemia, es decir, el autoencierro, ha provocado una aceleración desconcertante en el proceso de digitalización del mundo, cuyo corazón se encuentra en la mano de cada quien: el teléfono celular. ¿Por qué la gente no puede desprenderse de sus celulares? ¿Por qué la mitad de la población occidental se arroja en promedio cuatro horas y media diarias al sumidero digital? ¿Por qué se autoconfinan en la denominada jaula 5.0?

Las razones no son evidentes, aunque algunas sean consignables.

1. La era de la técnica, escribe Heiddeger, corresponde a la clausura de la metafísica. Léase: el fin de las certidumbres suprasensibles. Ni la religión, ni la ciencia, ni el progreso ofrecen certidumbre alguna. El teléfono celular, en cambio, es un dispositivo que produce la fantasmagoría de que nos encontramos conectados de manera instantánea con nuestros otros significantes, por quiénes más tememos. Es decir, podríamos responder a su cuidado. Además, es el centro de todo lo que se anuncia como un sistema de seguridad/certidumbre.

2. El teléfono celular no sólo es un dispositivo tecnológico, es un objeto trascendental: prolija el sentimiento de que no estamos solos. Una premisa que es la base de cualquier forma religiosa. Además, alivia la soledad inmediata, así sea por unos cuantos minutos.

3. Es un dispositivo de placer instantáneo, es decir de la forma más tóxica y adictiva del placer, el goce. A cada carácter, su goce. Sea el generoso, el sádico, el avaro, el militante o el hombre de fe. Su plasticidad al respecto es infinita. Y en una sociedad donde se exige que la satisfacción del deseo sea instantánea –es decir, que no conoce ese tipo de anacronismos como el de la voluntad de una vida, etcétera–, es predecible que su noción de cura y sus expectativas correspondan a esta misma intensidad.

4. Contiene toda la logística (y la hermenéutica) del control en sociedades de control. En las sociedades disciplinarias del siglo XIX no habría tenido sentido alguno. Así como la máquina de vapor no lo tuvo entre los griegos, que la profetizaron desde entonces. Sus órdenes de control permiten al jefe controlar a sus subordinados; al maestro a sus alumnos; el doctor a sus pacientes, pero sobre todo ofrecen al mundo subalterno la posibilidad de escabullir (y por ende resistir), simulando, el control de las jerarquías.

5. Garantiza un blindaje emocional impresionante. Todo lo que en otras épocas eran catástrofes emocionales o sentimentales, hoy aparecen como caídas o recaídas superables en la licuefacción de las relaciones personales.

6. Tiene un efecto sólo atribuible al mundo del arte: permite suprimir la tiranía del yo sobre el yo mientras se navega sin rumbo por alguna de sus redes.

7. Por último, el corazón de la filosofía de Hegel sobre el espíritu lleva un nombre preciso: el reconocimiento. Toda la fantasmagoría del like está destinado a ponerla al servicio de cual sea.

Estas son partes de la estructura profunda del cyberabismo, cuyos límites resultan hoy indefinibles.


Hoy, 21 hs., Sarau Brasil e Argentina


#Colombia: Juan Manuel Roca (La casa sin sosiego)

* Visto y leído en el blog de Esteban Moore. (Publicado originalmente en La Otra, revista de México.)

Juan Manuel Roca

“Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”.                                                                     

José Eustasio Rivera 


Crear arte en Colombia, y tomo la poesía como nombre genérico para él, muchas veces nos remite a la divisa que René Char dejó registrada para hombres de diferentes entornos y sociedades: “La lucidez es la herida más cercana al sol”.
Ejercer esa lucidez en medio de un país cruento, donde la guerra siempre viene después de la postguerra, no resulta propicio cuando ese mismo país parece fijo, como una bicicleta estática, a un paisaje de barbarie acrecentado por diferentes fases de la violencia: la partidista, la guerrillera, la de la delincuencia común, la del terrorismo de estado y sus eslabones paramilitares, la del narcotráfico… La masacre de hoy borra la masacre de ayer pero anuncia la de mañana.
El creador de poesía tendría que ser muy ciego para que todo ese entorno no se filtrara en su obra. Aunque hay quienes parecen habitantes del país de Catatonia. Son muchos los que operan a la inversa del hombre que come una alcachofa: éste la deshoja hasta encontrar su centro, su corazón. Los poetas en mención, por el contrario, le agregan hojas y hojas a ese centro hasta ya nunca percibir su aliento, su respiración. Por supuesto que la falsa y preconcebida poesía, que quiere a todo trance hacer el registro sociológico de la vida del país, anclándose en una mirada puramente historicista, ha dejado momentos de precaria realización, en los que cuenta más el qué decir que el cómo hacerlo.
La pregunta de Hölderlin, “¿para qué la poesía en tiempos sombríos?”, acá tiene unos matices particulares, lo que nos llevaría a un silogismo y a pensar que nunca tendría sentido la lírica en estos feudos. No voy a intentar, ni lo quisiera, hacer una vez más el diagnóstico de nuestra violencia. Trato, mejor, de señalar esta escindida razón de ser de la poesía en tiempos en los cuales está en crisis la palabra.
Esta doble condición parece antípoda: por una parte el deseo del canto en medio de la guerra, por otra la expresión poética ahogada dentro del caos y la crisis que jalona la falta de credibilidad en el lenguaje, cuando la palabra pan no reemplaza al pan, cuando la palabra libertad casi siempre está en boca de carceleros, cuando la palabra paz está deshabitada. Con la palabra paz, o con la idea de que impera la paz, nos estamos engañando “sólo porque todavía podemos salir a comprar el pan sin que nos acribille un tirador emboscado”, dice Hans Magnus Enzensberger ante las guerras civiles posteriores a la Guerra Fría. Son palabras, ojalá globalizadas, que debían tener fuerte resonancia en un país como Colombia donde, cada vez más, la guerra toca a nuestras puertas, cerca de los reductos urbanos en los que nos creemos a resguardo de una mayor barbarie.
Palabra en crisis
Por esa suerte de vasos comunicantes, casi siempre paradójicos, que hay entre la realidad más inmediata y la poesía que intenta trasgredir y ampliar la realidad, la crisis de la palabra resulta un difícil estímulo —riesgoso o delirante pero estímulo— para buscar el habla justa y las esencias que hay bajo su piel. Se trata de intentar un lenguaje que no sea cortina de humo a la manera de los políticos de tribuna, gentes de la contingencia inmediata que tienen el dudoso don de hacer espuria toda palabra.
Si nos adentramos un poco en la poesía colombiana del siglo pasado, a partir de la llamada generación del Centenario, podemos encontrar cambios estéticos en la manera de abordar uno de los temas más recurrentes en la vida republicana: la violencia. No en vano parece un lema, una divisa para el país, la frase de Rivera que encabeza este texto: “Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, con la que comienza La vorágine, publicada en 1924. Pero aun en tiempos de los centenaristas, confundían la oratoria y la poesía. El tono altisonante de una y de otra retrasaron la entrada en la modernidad lírica de un país siempre a deshoras.
Decir que cada sociedad comporta su estética no es más que una tautología, una reiterada verdad. Acá la premisa de Walter Benjamin[1]: “Hay una esfera hasta tal punto no violenta de entendimiento humano que es por completo inaccesible a la violencia: la verdadera y propia esfera del entenderse, la lengua”, se intuye poco practicable. Las palabras que no se cumplen, los falsos entendimientos y acuerdos en nuestra vida política, son otra forma de la violencia. De ahí la eterna pregunta sobre el quehacer de la poesía en un medio de tal naturaleza ilegítimo e intolerante. Parece ser que la pregunta canónica del poeta romántico, “¿para qué poesía en tiempos sombríos?”, se respondiera a sí misma, como si fueran de la misma materia lo sombrío de todos los tiempos y la necesidad de oponerle, sin grandes ademanes optimistas o mesiánicos, el poema.
La poesía que en Colombia se ha referido a la violencia resulta menos estudiada que su narrativa. Pero hay muestras claras de ese registro desde la Colonia, como el poema “ cautiva”, de Torres y Peña, que escribía versos contra Simón Bolívar, a quien llamaba “fiera que aborta Venezuela”, y en las “Sextinas” escritas por indígenas paeces, donde se registra la violencia española y se elogia al Libertador. Me remito a este paraje tan lejano con el fin de señalar las diferencias al mirar el tema de las luchas violentas que desde la fundación del país nos han asolado. Violenta fue la forma como Luis Vargas Tejada pedía descuartizar a Bolívar para encontrar la paz, durante los sucesos septembrinos de 1828. Vargas, poeta y autor de sainetes teatrales y políticos, participó con otros poetas en la conspiración contra Bolívar. Así trazó sus versos:
Improvisación
(En la última junta que precedió a la conjuración del 25 de septiembre)
 Si a Bolívar la letra con que empieza,
y aquella con que acaba le quitamos,
oliva, de la paz símbolo hallamos.
Esto quiere decir que la cabeza
al tirano y los pies cortar debemos,
si es que una paz durable apetecemos.
La guerra toca a la puerta
Suenan muy lejos los perdigones de esas guerras frente a las nuevas violencias, después del 9 de abril de 1948, cuando sube el calibre de las balas, pocas veces recogido en poemas. El poema de Jorge Artel, “El 9 de abril en Colombia”, cuyo título, de puro escueto parece noticioso, no resultaría particularmente memorable de no ser uno de los pocos escritos a la muerte del caudillo liberal. La vehemencia de sus versos, que señalan lo que Vidales llamó “la insurrección desplomada”, esto es, la falta de norte de la revuelta gaitanista, le otorgan a Artel una voz para ironizar sobre los líderes que, según su entender, “se cruzaban de brazos”: Eduardo Santos y Darío Echandía, son su blancos preferidos y, por supuesto, Mariano Ospina Pérez, son descritos con nombres propios en algo que podría llamarse poesía, de emergencia, aquel mandato individual o colectivo que obliga al poeta al habla sin mediar ni el reposo ni el rigor. Como si en su arrebato no recordara que casi siempre es más importante la mano que borra que la que escribe.
Entre los poetas que señalaron su hora de violencias, Darío Samper, miembro de la generación de Piedra y cielo, logró poemas de mayor fortuna, en ritmos cercanos a las coplas populares, donde se rastrean duras huellas de la violencia. Y lo mismo ocurre con Eduardo Cote Lamus, de la generación de Mito.
“Como si todos los Rivera, Nicanor, Eustaquio, los Granados/ don Ignacio juntos se mataran sin por qué;/ como si todos los niños no nacidos/ y esparcidos en la imaginación de las muchachas/ comenzaran a llorar; como si los árboles/ de pronto se volvieran horcas”. Así veía Cote Lamus la violencia desde una aproximación goyesca, en un poema, “Bábega”, que además es una evocación al hombre del campo. Cote Lamus era militante del Partido Conservador, como algún otro de los escritores de la revista Mito, pero su poema no resulta sesgado ni partidista. Registra allí la violencia de los años cincuenta, tratada por la novela hasta el punto de convertirse, a veces, en un mal endémico de la literatura colombiana.
Lo mismo hace Jorge Gaitán Durán cuando habla del guerrero: “Lleva la muerte en su espalda quien por amor debe morir/ O matar lo que ama, magnánimo en su pena/ Pues no busca olvido sino infierno./ Si el arma hunde en otro pecho, en su pecho la aloja,/ Mas la carroña no es suya sino definitivamente ajena”.
Héctor Rojas Herazo, el poeta que en su novela Respirando el verano traza una saga familiar con el telón de fondo de una de nuestras guerras civiles, decía alguna vez, en un gesto de hondo humanismo, que “ninguna gran idea merece un cadáver”, entre otras cosas, porque los muertos no tienen ideología y pasan a ser militantes del vacío.
Ya Luis Vidales había denunciado el espejismo de la paz donde se esconde el cuchillo: “Lejos, en las ciudades populosas, la paloma de la paz ponía huevos de víbora y había hecho su nido sobre el techo de Tartufo”.
Sí, ocurre que contra las lenguas del terror, la palabra poética, muchas veces sin pretenderlo, sin un acento programático, se opone al “empleo sin escrúpulos de la violencia”, aunque muchas veces sea ella misma, la poesía, una forma de la violencia transgresora de la realidad inmediata. Hablo, claro está, de la poesía insumisa, de la que está lejos de la hipnosis que sufren los poetas cortesanos, siempre alquilando la cabeza para comprarse un sombrero, siempre tras el mejor postor, que casi siempre es el mayor impostor; “cadáveres aplazados”, según el decir de Pessoa. Por algo, Samuel Vásquez dice que sobremuere “en este país que es paisaje, pero nunca patria” y que, a veces, agregamos, ni siquiera es paisaje, ante la imposibilidad del viaje a zonas vedadas por la guerra.
Las diferentes formas de la violencia no tienen ese carácter puramente físico que hacen los largos empadronamientos de muertos desde el trasunto de la historia y de la sociología. No es ese su único registro. También la educación, esa empresa tantas veces deformadora, es un estadio larvado de la violencia institucional, aunque no deja huellas tan evidentes como las de la guerra, tal como ocurre con la crítica sesgada y caprichosa, aquella cuya mayor carencia es su carácter “doctrinario”. Esa supuesta crítica, a veces peor que la ausencia total de ella, es otra cara de la violencia, tiene el acento paródico de la corte. Y a todas estas, “los disparos son la partitura del himno nacional”, diría un poema de Mery Yolanda Sánchez.
La lectura de la poesía colombiana desde el ámbito de la violencia lleva a pensar que no es sencillo para el poeta realizar su obra, tan llena de intuiciones, de alumbramientos muchas veces dictados por la esfera de lo irracional, para, a un mismo tiempo, volcarse hacia el ejercicio de una reflexión sobre su época. En el cuerpo de esta poesía ocurre a veces, como sucede con la plástica, que hay atmósferas abstractas de violencia, pero otras veces se establece una suerte de figuración. Atmósferas veladas, como las de Carlos Obregón: “Todo es la lucha, la violencia del sueño/ donde una fuerza ciega nos crece y nos integra/ en el rumor del bosque/ y en su lenta espesura hoy se escucha el viento/ venir desde más lejos, venir/ vivir la tierra, sus huesos siderales/ los héroes y los potros que marcaron las sendas”. O descarnadas atmósferas figurativas en las que José Asunción Silva habla de un recluta muerto: “Destrozada la cabeza/ por una bala de rémington;/ con la blusa de bayeta/ y la camisa de lienzo,/ un escapulario santo/ colgado al huesoso cuello/ los pantalones de manta/ manchados de barro fresco,/ y la sangre, ya viscosa/ pegándole los cabellos”.
Acá bien vale la pena preguntarse por el trato de lo social en el poema, ¿cómo hacer para que esa irracionalidad a favor, que algunos llaman inspiración o rapto poético, pase por una suerte de aduana del pensamiento y se pueda mirar un entorno, un rastreo de lo que nos ocurre en el otro? ¿Cómo creer en las voces que le piden a la poesía una única utilidad pública y programática, si muchas veces la utilidad de la poesía es de otro orden, de un orden que hace tangible lo intangible? ¿Cómo andar al mismo tiempo en dos orillas de la realidad? ¿Cómo moverse en medio de lo que Simone Weil[2] llama “una comunidad ciega”, escindidos entre la realidad y el deseo? Se puede hacer una relación estrecha entre lo que señala la misma Weil: “cuando se sabe que es posible matar sin arriesgar castigo, ni censura, se mata; o por lo menos se rodea de sonrisas de invitación a hacerlo a los que matan”, y un poema de Omar Ortiz titulado “El espejo”:

No es verdad que los ojos sean el espejo del alma.
Si tal ocurriera, los asesinos caerían fulminados
y nada sucede cuando el torturador cruza y se peina.

Es una clara alusión a esa “comunidad ciega” que no se reproduce en los espejos, que no es castigada por el reflejo de la culpa.
Si bien ya no se expulsa al poeta de La República de Platón, que en nuestro caso podría ser la república de Plutón, el disenso incomoda a los generadores de violencia, por una parte, y a los agentes de una supuesta paz, por el otro. El temor a la ambigüedad, a las verdades que no pertenecen al orden de lo comprobable, la falta de rigor científico y otros aparatos del concepto lógico que le enrostran a la poesía, es otra forma de violencia cultural, es decir, de imposición.
Cómo no señalar a estas alturas al elusivo, al evocador poeta del Sur, Aurelio Arturo. Los primeros poemas suyos, publicados a finales de los años veinte y comienzo de los treinta, son poemas que registran de manera lírica la violencia en Colombia. Su tono, sus no pocas atmósferas, los usos de un lenguaje transparente, son una suerte de umbral que anuncia su espléndida obra de Morada al sur. La recopilación que hizo Santiago Mutis Durán en un pequeño cuaderno titulado Primeros poemas, publicado en 1994, revela la preocupación que nuestro gran lírico tenía entonces por la suerte del país levantado en armas. Baladas como la dedicada a Juan de la Cruz Varela, el legendario guerrillero del Sumapaz, o como la “Balada del combate”, rematan con la “Balada de la Guerra Civil”.
Si me apresurara a decir dónde radica el poder transformador de la poesía, diría que está en lo que queda por fuera de lo ya visto, en lo que suscita la duda. El poema de Fernando Charry Lara, ya citado, “Llanura de Tuluá”, es una larga pregunta sobre la muerte violenta vista desde un estadio amoroso. En su lenguaje hay una andadura entre dos orillas que crean una atmósfera de trágica belleza y la narración episódica de un hecho. Esas dos orillas se mezclan en una condición elusiva del lenguaje, en una sutil manera de pastorear silencios. Se trata de uno de los más intensos poemas de la violencia colombiana, que no hace concesiones a lo tópico, al lugar común, a una simbología de fácil recibo que en poetas como Carlos Castro Saavedra se hace en exceso repetitiva: “fusiles y luceros”. Y no hay en esto una repulsa a la memoria, la desmemoria histórica es una forma de la violencia: mientras la memoria pone cimientos, la viga maestra, la techumbre a su casa, la desmemoria socava sus bases, pudre sus vigas, destecha lo que podría darle cobijo a una identidad.
Por eso el intenso poema de Emilia Ayarza, “A Cali ha llegado la muerte”, sobrecoge. Hay allí una memoria de sangre y polvo, cuando el estallido de un camión de dinamita durante el régimen del general Gustavo Rojas Pinilla estremeció a la capital del Valle del Cauca: “La ciudad era un racimo de plomo derretido/ y la muerte le salía a bocanadas”.  
De alguna manera, lo que más impregna la poesía de la violencia en el pasado de Colombia es la muerte provocada por segmentos partidistas, liberales y conservadores. Ya esto no ocurre, porque como bien lo señala Enzensberger[3] en su lúcido ensayo “Perspectivas de guerra civil”, “en las actuales guerras civiles ha desaparecido todo vestigio de civilización. La violencia se ha desligado totalmente de las justificaciones ideológicas”. ¿No parece hablar del momento colombiano? Ahora, entreverados los conceptos de víctimas y victimarios, opresores y oprimidos, desvanecidas las orillas para la fundación de una tercera orilla del horror, la violencia nace de la lucha por un botín particular. Ante esto, el escritor, aturdido y perplejo, opera como el hombre incongruente que al ver su casa sucia y sabiendo que la van a quemar, duda entre limpiarla o luchar. Pero una cosa es la duda saludable y otra la impotencia castradora. Tal vez por esto, en la poesía colombiana, repito, hay atmósferas que van desde un expresionismo abstracto —poetas que esconden el tema pero no lo ignoran— hasta poetas figurativos que se vuelcan de manera más explícita; esto es, de la elusiva carga de violencia interior ya señalada en Carlos Obregón, a la descripción violenta en poemas como el de Cote Lamus.
En la más reciente poesía colombiana aparece la violencia al unísono con los cambios del tramado social. Así se filtra el tema de los sicarios; de esa forma pérfida de la guerra, ya no sólo en el campo, sino en las ciudades. Algo que me hace recordar el fragmento de un poema escrito por un niño de Medellín: “El mundo es grande para la guerra y pequeño para la vida”. Dice un poema de la poetisa antioqueña Liana Mejía anunciando la abominable presencia de estos nuevos señores de vidas y de bienes:
Desde las alcantarillas
sicarios que se sabencobradores de viejos
errores
asedian la ciudad. (“Desde las alcantarillas”)
Lejos de la ya un tanto resabida fórmula de la novela de sicarios en Colombia, que en buena parte se ha vuelto, al igual que cierto cine, una especie de complejo de Eróstrato, de éxito asegurado para el voyerismo de la violencia, los tratos del lenguaje, de la imagen y el distanciamiento de la crónica roja, hacen que el poema sacuda nuestra indiferencia sin un naturalismo de jergas y cuchillos. No le hace eco a aquello que señala Enzensberger: “La masacre se ha convertido en entretenimiento de masas. El cine y el video compiten por convertir al sicario, al secuestrador, al asesino, en héroe público”. El perverso trato de héroes que se hace de los sicarios, la sociopatía apoyada por los medios de comunicación que valoran un filme por el número de actores muertos después de filmado (Rodrigo D., no futuro o  La vendedora de rosas), la mitología exacerbada del terrorista y del mafioso, hacen diana en las mentes adolescentes que piensan con ironía que “tiene más futuro la semana pasada” y que por ello cultivan de manera fundamentalista una pasión por la muerte. “La espera de lo que vendrá —señala Simone Weil— ya no es esperanza, sino angustia”. Todo esto deviene en miedo. Ni qué decir del método facilista de la sicaresca antioqueña, la de los sicarios y sicarias de todos los tamaños y edades adosados a narraciones  a lo Rosario Tijeras.
Ese mismo miedo, que es una especie de hijo bastardo de las violencias, aparece en una buena lonja de poemas recientes: “La ciudad por entonces ardía en los puñales/ y el miedo se quedaba tras los pasos” (Luis Aguilera); “Miradme; en mí habita el miedo” (María Mercedes Carranza). De la misma Carranza ya registramos un poema que registra la muerte del político liberal Luis Carlos Galán y que resulta una suerte de pintura tenebrista.
Es el sobresalto, la irrupción del victimario que en Jaime Jaramillo Escobar asalta sus palabras: “Voy a dar la vuelta cuando ¡zas!, el hombre,/ me lo encuentro a boca de jarro, detrás de una columna,/ me está esperando para matarme, tiene el cuchillo en la mano/ me coge por la cabeza,/ en la ventanilla de los tiquetes no hay nadie,/ el asesino, tranquilo, me mira”. Se trata de la violencia urbana del extramuro, la de los nuevos asentamientos de gentes desplazadas cuyo temor es el otro. Es la atmósfera de terror que se recoge en “La balada de los pájaros” de Mario Rivero y que en uno de sus fragmentos habla de la “Medianoche de toque a muerto/ del tañido a sangre/ del hombre turbado en su sueño”. Pájaros era el nombre que se daba en los años cincuenta a los que hoy se llaman paramilitares: gavillas de asesinos amparados por algunos terratenientes y políticos. O la violencia registrada en los números fríos de las estadísticas, a los que Piedad Bonnett quita hibridez para hacerlos materia poética.
Nuestra larga guerra ya no tiene heroísmos ni grandeza, está lejos de cualquier épica, tanto de las gestas libertarias de Independencia como de una romántica y legendaria guerrilla que en el imaginario del país engloba el talante altivo de Guadalupe Salcedo al de Camilo Torres Restrepo. Quizá sea por esa falta de grandeza en la contienda que haya cierta actitud refractaria a cantar desde la épica.
En todo esto parecen ponerse de presente los vasos comunicantes que existen entre la realidad —no necesariamente como una forma de servil naturalismo— y el sentir individual, que a fuerza de necesidad se hace colectivo. “A la lectura de tanteo y falansterio”, de la que hablaba José Martí, le han salido autores que intentan no escamotear lo que tiene ocurrencia en sus conglomerados sociales. Si bien en Colombia siempre está en vilo la vida, como en pocas partes, sí es una aventura descabellada intentar una cultura orgánica en un país inorgánico, y a sabiendas de lo expresado por Borges acerca de cómo “la realidad no es verbal”, hay zonas jamás nominadas por la palabra a las que aspira a llegar la poesía.
La vertiginosa violencia que en los últimos años ha cambiado el perfil de esta nación nos obliga a algo casi siempre desdeñado en el medio, a una permanente reflexión. Si Hegel señalaba que el primer paso en la comprensión de algo está en negarlo, en verlo desde su negación crítica, a la violencia, que ya hemos empezado a llamar una forma de cultura, es posible negarla desde la afirmación del arte. Decía César Fernández Moreno que “la poesía se politiza en vez de poetizarse la política”, algo que como hecho programático podría resultar lamentable. Como lamentable resulta —valga la digresión— que se satanice la poesía política: adiós Ritsos, Hikmet, Char, Cesaire, Brecht, Vallejo y hasta Rimbaud, desde la orilla de los satisfechos.
La violencia en la poesía muchas veces está más bajo la piel del lenguaje, en las atmósferas y en los silencios, que en los enunciados directos, propagandísticos, de quienes adhieren a la idea de ser boca de partido. Pero es rastreable la violencia en la poesía no partidista ni panfletaria; como en los versos de un poema de Samuel Jaramillo que dan cuenta de la geografía de un país en acoso:
Odiamos a quienes nos regalan
con esta cosecha siniestra.
La poesía nos aproxima a esa pulsión entre la palabra y el morir. Aldo Pellegrini, el poeta y ensayista argentino que impulsó el surrealismo, decía que “como organismo vivo, toda cultura está expuesta a la ley de la evolución y de la muerte”. Si acá lo está a causa de los múltiples factores sociales que generan la violencia, resulta cierto que ella intenta crear sus defensas, su estado de alerta o de emergencia para vigorizarse e interpretar la realidad. La poesía ha dado cuenta de esto, quizá de manera no menos explícita que a través de quienes realizan una escritura testimonial o novelar, y como respuesta a una sociedad de viejo cuño. Y no por adentrarse en temas que para algunos aparecen como vedados a la lírica, es decir, por quienes creen ver en ella un aparato verbal distante de lo cotidiano, deja, en los casos que he citado y en otros momentos que se me escapan, de tener un rigor formal.
Nadie, desde la poética, querría señalar la violencia como si fuese un prontuario. No imagino a alguien pensando: voy a escribir un poema sobre la violencia en la lucha de clases o sobre la violencia del poder, uno más sobre las insurrecciones populares y la violencia revolucionaria, acá alguno sobre las guerras civiles, la delincuencia o el crimen organizado del narcotráfico. Sin embargo, es difícil que una de esas formas, o varias, no golpeen y se filtren en las preocupaciones de quien intenta una expresión artística. La crítica política sólo considera un balance de los contenidos, de sus fines. La poética piensa que una verdad mal dicha puede volverse mentira. Piensa, con Raúl Gustavo Aguirre, que “lo inexpresable también forma parte de la realidad del hombre”.
Pero no puede negarse que en la poesía colombiana se refleja el campo minado de nuestra violenta realidad, como ocurre en el poema “Los que tienen por oficio lavar las calles”, de José Manuel Arango:

Los que tienen por oficio lavar las calles
(madrugan, Dios les ayuda)
encuentran en las piedras, un día y otro, regueros de sangre
 Y la lavan también: es su oficio
Aprisa
No sea que los primeros transeúntes la pisoteen.

El poeta, como los lavadores de calles del poema de Arango, ha madrugado en una visión franca del país y lo registra como una memoria en tiempos del olvido. El inxilio, el exilio interior, es posible que lo asedie, pero aún le queda el exorcismo del poema.
“Es un tiempo en que resulta aterrador estar vivo, cuando es difícil pensar en los seres humanos como racionales. Donde quiera que dirijamos la mirada veremos brutalidad y estupidez, tal parece que no hay otra cosa que ver: por todas partes un descenso a la barbarie, que somos incapaces de contener”, dice Doris Lessing en Cuando en el futuro se acuerden de nosotros.
Habría que agregar que si hay futuro, si hay quien se acuerde, si merecemos llamarnos nosotros, a lo mejor alguien pensará que a pesar de todo, y de ser tan inútil como el intento de descarrilar un tren atravesándole una rosa en la carrilera, la poesía se dio en tiempos aciagos, en tiempos de muerte y de letargo.
[1]              Walter Benjamin, escritor y filósofo nacido en Berlín en 1892. Se suicidó en 1940 en Portbou (España), tras ser detenido por paramilitares franquistas cuando huía con un grupo de perseguidos judíos.
[2]              Simone Weil (1909 – 1943), escritora, filósofa y revolucionaria francesa de origen judío. Luchó en la Guerra Civil española en el bando republicano escribiendo la legendaria columna anarquista “Durruti”.
[3]              Hans Magnus Enzensberger, poeta, humanista, nacido en Alemania en 1929. Quizá su más grande poema sea “El hundimiento del Titanic”


Colombia: “cacerolazo sinfónico” (video)

* Video a modo de acompañamiento/ilustración de la nota que se publicó ayer en el suplemento “Radar” de Página/12, a propósito de los cuerpos que luchan y resisten la represión en Colombia, y que crean y recrean la cultura en el marco de la movilización y la protesta.

Periódico SURCOS

SURCOS comparte esta muestra de unidad musical que expresa la determinación de seguir por una sociedad justa. Enviado por Óscar Jara Holliday.

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El 5 de mayo, Susana Boreal dirigió a más de doscientos intérpretes en la plaza. Parches, cuerdas y vientos. El repertorio lo constituyeron el himno nacional colombiano –“deconstruido”, con la inserción de un pasaje de la “Marcha imperial” de La guerra de las galaxias–, “Colombia tierra querida”, “Bella Ciao”, y “El pueblo unido jamás será vencido”. Miles de personas participaron con esta última canción, con energía y entusiasmo –como se puede apreciar en los videos que circulan por internet–, escuchando y cantando, y la joven directora, que cuenta con decenas de miles de seguidores en Twitter, se refirió en los medios a la crítica situación del sector de la música: “se ha visto muy afectado, incluso desde antes de la pandemia; hay un déficit muy grande a escala artística en el que muchos de los artistas que conozco, que además son muy tesos (tenaces), se han visto obligados a trabajar en call centers o a renunciar a sus carreras para dedicarse a ser domiciliarios (repartidores)”.

https://www.pagina12.com.ar/342158-la-cancion-de-protesta-llego-a-colombia


“En los límites del control” (Hermann Bellinghausen)

Lo bueno para nuestros antepasados, incluidos los más recientes, es que ya no están aquí para ver en lo que andamos. Algunos lo previeron, con la esperanza de equivocarse. En lo que nos hemos convertido. Avanzamos cada día más rápido hacia los establos del control, y conforme pasa el tiempo, de mejor gana. Si nos falta entusiasmo es indolencia, ni siquiera fatalismo. Nos han curado del espanto de pensar que la vigilancia y el control constante son enemigos de lo humano. Aprendemos que la libertad es relativa, no muy importante. Preferimos la seguridad. Cómplice clave del control es el miedo.

Se trivializa lo ominoso y todos tranquilos. La omnipresencia del Gran Hermano de George Orwell y la limitación del pensamiento en Farenheit 451 hace rato se cumplieron, son antecedentes de una realidad más obtusa, y sin embargo más sofisticada. La intimidad, la soledad y el derecho al secreto desaparecen rápidamente, con el total respaldo de las víctimas que lo ven como algo lleno de ventajas. Ríanse del síndrome de Estocolmo. Estamos enamorados de los carceleros y en el fondo soñamos con ser como ellos.

Del panóptico en prisiones, clínicas y cuarteles pasamos al mercado libre, o el mercado negro, gracias a la obligación de entregar nuestros datos biométricos y existenciales. La unicidad de nuestro rostro es detectable en medio de una multitud y la meta es que pronto no haya calle, corredor, rincón, sótano o ático fuera del alcance de cámaras, micrófonos y alarmas.

Colaboramos alegremente; sin que nos lo pidan hacemos pública y notoria nuestra localización exacta todo el tiempo. Si alguien quisiera clavarnos un misil en la mollera ahora mismo, sólo necesitaría una rápida consulta a las bases de datos para dispararlo derechito y sin daños colaterales, o no muchos; los drones antiislámicos de Israel y Estados Unidos tienen cierto margen de error en bodas y entierros donde los objetivos se confunden con familiares e invitados.

Si alguien quiere halagarnos o envenenarnos, sabe perfectamente qué nos gusta más comer y cómo. Pero no temamos, las intenciones son buenas. Nos conviene. Si el banco y las aduanas ya poseen nuestra huella, nuestro rostro y nuestro antecedentes íntimos, qué más da que los grandes consorcios y los gobiernos nos tengan bien checados. De por sí saben dónde localizarnos, es inútil esconderse. Traemos la señal en el bolsillo o pegada al oído, cerca del cerebro.

Las nuevas generaciones desconocen qué era lo clandestino, lo privado, lo secreto, lo oculto, lo especial y único en las zonas de júbilo o refugio. De manera automática lo personal deviene clientelar (ya no político, como proclamábamos hace medio siglo).

Si alguien cultiva algún vicio o peca de tal o cual modo propio, está en condiciones permanentes de pasar al dominio público. Vivimos la ilusión de que todo lo visible está permitido. Uno se masturba en público si quiere, y si no quiere también. El infierno omnímodo de Los juegos del hambre (Suzzane Collins, 2008) puede ser un blando paraíso, según anuncian quienes dicen protegernos: Evitemos que los delincuentes se salgan con la suya; suavecito y cooperando, total no tenemos nada que esconder. Y nos conviene acumular puntos sociales (¿recuerdan Black Mirror?) Claudicamos ante el control sin la necesidad de conceder un clic.

La nota sigue, completa en La Jornada.


León Ferrari, artículos: “Sobre el infierno” y “Carrió y el diablo” (2004)

* Dos artículos, en el marco de la polémica y los ataques religiosos y reaccionarios por la muestra retrospectiva del Recoleta en el año 2004, para homenajear al gran León Ferrari (1920-2013) en su centenario (y aquí, las actividades, exhibiciones y muestras del MNBA).

 

 

“Sobre el infierno”

[Artículo publicado en Página/12 el 16 de diciembre de 2004.]

 

1) En una nota publicada en Clarín, el vocero del Episcopado Guillermo Marcó dice que no tiene que pedir perdón (por la responsabilidad de la Iglesia durante la dictadura) porque tenía dieciséis años cuando ocurrió el golpe de 1976. Marcó desvía el debate: nadie le pidió que pida perdón por algo que no hizo. A la Iglesia se le pide mucho más, se le pide que diga todo lo que supieron y saben de los 250 capellanes que visitaban los 300 chupaderos o vivían en ellos, y los sacerdotes y obispos que se reunían con los criminales uniformados en fiestas religiosas y militares en la Casa Rosada y en la Catedral, sin que nunca denunciaran los crímenes. La Iglesia no se sacará esa mancha mientras no ayude a las Madres a castigar a los responsables y a las Abuelas a encontrar los chicos robados. Me parece lamentable que se recurra a Angelelli para justificar a los Pío Laghi, Tortolo y Quarracino.

2) En varios programas radiales he repetido que el mayor desacuerdo que tengo con el cardenal Bergoglio se reduce a una diferente opinión sobre la tortura. Marcó parece no saber que la Iglesia sostiene en el Catecismo editado por la Conferencia Episcopal Argentina, de la cual el cardenal Bergoglio es su presidente, prologado por Juan Pablo II, que La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno (n. 1035). Esto significa que hay millones de almas que son castigadas en algún lugar desde hace años, siglos o milenios, que están esperando que llegue el Juicio Final para recién entonces ser juzgados, luego de resucitados sus cuerpos, y sometidos a un nuevo suplicio en carne y hueso (n. 1038). Con las obras de la Recoleta quiero decir lo contrario: estoy, como muchos habitantes del planeta, contra toda tortura, física o mental, a buenos o malos, católicos o ateos, aquí o en el más allá. No creo en el infierno, pero creo que discriminar a la humanidad en buenos y malos y alentar el castigo al diferente es una de las causas de los exterminios que jalonan la historia del cristianismo.

3) ¿Cómo explica la Conferencia Episcopal la contradicción de respaldar los derechos humanos en este mundo y violarlos en el más allá?

***

 

“Carrió y el diablo”

[Artículo publicado en el diario Página/12 el 20 de diciembre de 2004.]

 

La señora Carrió, en el programa de Grondona, se pronunció contra la muestra retrospectiva, clausurada a instancias de la Iglesia, porque, según ella, ataca a los católicos, porque se hace en una sala del gobierno en ‘tiempo de adviento’, y porque está cerca de la Iglesia del Pilar donde ella escucha misa. Dijo que es una ‘imbecilidad’ que el gobierno la haya permitido y expuesto.

En la Iglesia del Pilar, como en muchas iglesias en todo el mundo, se repite y predica la campaña de la Iglesia en contra de los anticonceptivos, es decir, se promueve la muerte de víctimas del sida y de abortos clandestinos. Carrió, ¿usted acepta que en el Pilar se apoye esa forma cristiana de matar gente pero cree que es una imbecilidad que el gobierno permita una muestra donde se expone una foto del Papa sobre un frasco con preservativos? ¿Es necesario que le explique que el significado de ese frasco es sólo una condena a aquella campaña?

En el Pilar, y en tantas otras iglesias, se leen en Pascua (como lo indica la edición del 2004 del Calendario Litúrgico editado por la Conferencia Episcopal Argentina) los cinco versículos de Hechos en los que Pedro repite la acusación de que los judíos mataron a Jesús. Carrió, ¿usted no cuestiona que en el Pilar se siga haciendo antisemitismo pero no admite que el Gobierno de la Ciudad me permita hacer una muestra que ataca ese racismo, porque está cerca del Pilar?

En todas las iglesias y en el Pilar se reitera la amenaza del castigo en el más allá a los llamados pecadores, castigo que, si bien la Iglesia atenuó (ya no es el fuego que anunció Jesús, pintó Miguel Ángel y describió la Virgen de Fátima, ahora es ‘sólo’ un sufrimiento mental), la actualiza el ‘Catecismo de la Iglesia Católica’ –editado por la Conferencia Episcopal que preside el cardenal Bergoglio y prologado por el papa Juan Pablo II– donde se afirma que las almas de los que mueren en pecado mortal son castigadas en el infierno y que, una vez resucitados, los cuerpos son torturados en carne y hueso en la eternidad. Diputada, ¿usted cree conmigo que esto significa que hay una multitud de almas que en este momento están siendo castigadas? ¿Usted no cree que sería más pertinente que usted se ocupe de esa pobre gente, en lugar de tratar de impedir que el Gobierno de la Ciudad respete la libertad de opinión permitiéndome exponer mis críticas a la tortura, esa arma principal usada por la Iglesia durante dos milenios para evangelizar a nuestro prójimo?

Los cambios de opinión pueden hacerse en varios niveles, el académico, el coloquial, y el que usted usa que puede llamarse de la ‘imbecilidad’. Carrió, ¿si yo me comunicara con usted en su lenguaje de la ‘imbecilidad’, qué adjetivo le parece que podría usar para calificar su singular idea de que los pintores no podemos exponer nuestras obras en una sala pública si no son antes revisadas o aprobadas en alguna forma que no explicó? Dicho de otro modo, ¿cuál es la palabra al nivel de ‘imbecilidad’ que puede describir sus ideas sobre el arte y la libertad de expresión?

 

León Ferrari, Prosa política, Bs. As., Siglo XXI, 2005, pp. 232-233 y 234-235.


Nelly Richard: “Tendremos que hacer reaparecer el deseo en medio de la necesidad”

Entrevista a Nelly Richard, ensayista, crítica cultural chilena
“Tendremos que hacer reaparecer el deseo en medio de la necesidad”

Por Marcelo Expósito
Publicado en http://www.nodalcultura.am/ 12 de junio de 2020

Existe la percepción generalizada de que las medidas de control que se están aplicando para garantizar la cuarentena global resultan inevitables pero también preocupantes. Comienza a tomarse cada vez más en consideración el impacto que estas restricciones puedan tener en un futuro inmediato sobre las libertades y los derechos. Es un debate que se está dando en todas partes pero que adopta un dramatismo especial en Chile, porque las políticas derivadas de la cuarentena han vaciado las calles y las plazas que hasta un minuto antes estaban ocupadas por la onda expansiva del estallido social que sacudió el país en octubre de 2019. El detonante original de esta insurgencia ciudadana fue la subida de los precios del transporte público de Santiago. Pero el lema principal de la protesta, “Chile despertó”, remitía a la imagen de un país que permanecía adormecido, acallado pero con una desafección y una frustración latentes derivadas de las limitaciones democráticas y las servidumbres impuestas sobre la vida cotidiana de la gente por el agresivo neoliberalismo chileno. Ese prolongado neoliberalismo se afianzó durante la democracia pero hunde sus raíces en el régimen pinochetista. Resulta conocido que los Chicago Boys, la escuela antikeynesiana de los halcones formados por el economista Milton Friedman, desembarcó en Chile con el golpe de estado de 1973. Convirtieron el país en uno de los primeros laboratorios mundiales del neoliberalismo.

Pero lo cierto es que Chile llevaba tiempo despertando. La historia de las resistencias simultáneamente contra la dictadura y el neoliberalismo es profunda en Chile. Y ha resonado más recientemente en los diversos estallidos estudiantiles sucedidos en el país durante las dos décadas de este siglo, especialmente el movimiento estudiantil del año 2013 que transformó el sistema de partidos heredado de la transición a la democracia. Cuando nos dimos cuenta de que la covid-19 constituía ya una amenaza global, Chile se encontraba en un momento particularmente complejo aunque también esperanzador. Como resultado de las protestas, un amplio acuerdo parlamentario había asumido en noviembre la posibilidad de sustituir la Constitución chilena de 1980 que había sido impuesta por la dictadura de Augusto Pinochet. Un plebiscito nacional abriría paso a un proceso constituyente que estaba previsto el pasado 26 de abril. En su lugar, la ciudadanía chilena ha tenido que permanecer confinada en sus domicilios, las calles se han vaciado y las urnas no se han instalado. Lo que sucederá a partir de ahora es motivo de tensa disputa política y social.

Nelly Richard (nacida en Caen, Francia, 1948; residente en Chile desde 1970) está reconocida como una de las críticas culturales más importantes de los últimos cincuenta años en América Latina. Estudiante de la Sorbona de París, fue después compañera de viaje del CADA, el legendario Colectivo de Acciones de Arte que operó contra la dictadura chilena a partir del año 1979 formando parte de lo que ella denominó Escena de Avanzada, la constelación de prácticas artísticas contra la dictadura en cuya narración historiográfica el trabajo de Nelly ha sido determinante. Se contó entre la organizadoras del Primer Congreso de Literatura Femenina Latinoamericana de 1987, uno de los actos de resistencia cultural más significativos contra el pinochetismo. En 1990, el mismo año en que finalizó formalmente la dictadura, fundó la Revista de Crítica Cultural, una influyente publicación de pensamiento que dirigió hasta 2008. Ha escrito decenas de libros, muchos de ellos mediante la colaboración y el diálogo intelectual, entre los que se cuentan títulos clave como La insubordinación de los signos (cambio político, transformaciones culturales y poéticas de la crisis) (1994), y más recientemente dos recopilaciones de sus ensayos, Fracturas de la memoria: arte y pensamiento crítico (2007) y Crítica de la memoria (1990-2010) (2010), así como su biografía intelectual bajo la forma de una larga entrevista titulada Crítica y política (2013). Esta enumeración de sus méritos no alcanza sin embargo para representar una práctica intelectual que ha aferrado con determinación las herramientas del feminismo, la crítica cultural o la crítica de la historia y de la memoria para batirse con ellas siempre en el ojo del huracán de las aspiraciones emancipatorias. Nuestra conversación tuvo lugar el lunes 25 de mayo de 2002, estando ella en su domicilio de Santiago y yo en el mío de Barcelona.

Nelly, la última vez que nos encontramos en persona fue en Santiago, en noviembre de 2019. Hacía poco más de un mes que había estallado la revuelta ciudadana chilena. Las calles estaban todavía ocupadas por un hormigueo insurrecional, sobre todo en el epicentro del movimiento, la Plaza Italia que había sido rebautizada popularmente como Plaza de la Dignidad. Se acababa de firmar el acuerdo parlamentario por el que se convocaría un primer plebiscito en abril de 2020. Su resultado debería haber abierto, deseablemente, un proceso constituyente. Sin embargo, estoy hablando contigo ahora que te encuentras en un Santiago cuyas calles están vacías con la gente recluida en sus casas por la cuarentena, el plebiscito se ha pospuesto y las correlaciones de fuerza partidarias y parlamentarias están sufriendo modificaciones. Pero antes de que entremos en detalles, ¿cómo te encuentras? Has pasado la cuarentena en tu casa, rodeada por fortuna de tu bonito jardín medio salvaje. ¿En qué estado se encuentra el ánimo de tu entorno y, a grandes rasgos, cuál está siendo la situación sanitaria en Chile en estos meses?
Estoy bien… por el momento. Hay que subrayar “por el momento” porque todo es más provisorio que nunca. Efectivamente, hablo desde Santiago, que desde hace quince días recién está en cuarentena total. El Gobierno de Sebastián Piñera, que es un gobierno arrogante, soberbio, desafiante, quiso “innovar” con respecto a los demás países copiando a Suecia —como si nuestras realidades sociales tuviesen algo que ver— y entonces se decretaron cuarentenas graduales, parciales, móviles, dinámicas que se le llama, con la pretensión de aislar, no ciudades enteras sino comunas o incluso sólo unas partes de ellas. Parece que la estrategia no ha dado los resultados esperados así que ahora se decretó una cuarentena total en Santiago que no sabemos cuánto va a durar. En todo caso, entre cuarentenas parciales y totales llevo dos meses no saliendo de mi casa. Desde el punto de vista cotidiano, esto no cambia demasiado mis hábitos ya que escribo, leo, etc. desde mi casa, salvo en lo que respecta a los viajes: debería estar en este preciso instante dictando un seminario en el marco de la Cátedra de Políticas y Estéticas de la Memoria que coordino en el Museo Reina Sofía de Madrid, viaje que obviamente se suspendió. En todo caso, creo que lo que atañe a mi situación cotidiana no tiene mayor relevancia si pensamos en la amargura de saber que mucha, mucha gente lo está pasando muy mal en viviendas miserables, con despidos masivos, la cesantía, el hambre, etc., y que vienen tiempos muy adversos, muy castigadores de las clases más desfavorecidas.

En lo personal me siento viviendo en suspenso, en espera, aunque no sé muy bien de qué. Me lo preguntaba, en rigor. No sé si en espera de no contagiarme, que no se contagie nadie cercano, saber cuándo termina la cuarentena, ver qué ocurre con el desconfinamiento o constatar qué forma va a tomar el mundo después de todo esto, no sé. Acuérdate además que el desfase de estaciones significa para nosotros en el Cono Sur asistir de modo anticipado, a través de las imágenes que vemos de Europa, a lo que precisamente nos espera. Así que estoy viviendo todo esto con relativa calma, sin dramatismo, pero sin la excitación del suspenso ligado a algún presagio de lo nuevo. En ese sentido no alcanzo a compartir la sensación de Bifo, tu primer invitado a esta serie de conversaciones, que decía estar experimentando la “alegría de lo impredecible”. Pienso que quizá tenga razón en que la crisis de la pandemia abra la posibilidad de un futuro en el que, como él dice, el capitalismo ya no será inevitable (Marcelo Expósito, “El capitalismo ya no es inevitable. Una conversación con Franco Bifo Berardi”, CTXT, 30/04/2020). Pero confieso que para mí estas señales son demasiado remotas, difusas o equívocas. Así que en mi caso prevalece no el entusiasmo sino la tensa calma.

Cuando te propuse que registráramos esta conversación me respondiste que me mandarías previamente algunas notas que habías escrito durante las últimas semanas. Y me has hecho llegar más de diez páginas que me han dejado sin aliento. Haces hincapié en varios aspectos importantes en los que me voy a apoyar, claro está, para que nos orientemos ahora. Podemos empezar fantaseando la escena de esta conversación inspirándonos en Walter Benjamin —ya que compartimos interés por él—, quien planteaba que la tarea del historiador crítico consiste en dar un golpe seco al flujo temporal para provocar una interrupción. Si el golpe sucede en el momento correcto, los acontecimientos quedan congelados conformando una constelación, un diagrama de elementos dispuestos sobre esa imagen detenida. Y las relaciones entre esos elementos detenidos se deben interpretar correctamente. Describes muy bien en tus anotaciones que la revuelta ciudadana había impulsado un “tiempo intenso, energético, acelerado y casi frenético”. El freno impuesto por la cuarentena te ha servido para leer con un detallismo preciosista la imagen congelada que por el momento nos ha quedado de ese tiempo energético anterior. Y te aplicas a interpretar la revuelta de octubre de 2019 como un “archivo”. ¿Qué contiene ese archivo?
Linda la metáfora que armas desde la impronta benjaminiana, porque mencionas la palabra “detención” como este golpe seco a la temporalidad, al flujo temporal, aunque esta detención no podría haber ocurrido de modo más imprevisto y devastador a la vez, tan fulminante como ha acontecido con esta paralización a escala planetaria de las distintas fábricas de presente. Pero es una detención que viene también a dislocar los imaginarios de futuro que estábamos acostumbrados a forjar históricamente. Entonces, sí, está este golpe seco de la interrupción y de la detención, del congelamiento, y me imagino que tienes razón en que deberíamos aplicarnos a convertir lo abrupto de este corte en un diagrama analítico y reflexivo. Pero este diagrama no podría, creo yo, desligarse de la experiencialidad de los cuerpos, de esta puesta en suspenso de la vida, omitiendo las preguntas sobre la humanidad o inhumanidad de esta vida. Como tú muy bien lo mencionas, la revuelta que se inicia en Chile el pasado 18 de octubre y que se extiende muy vertiginosamente a un país entero, termina haciendo converger sus distintos reclamos contra la hegemonía neoliberal: contra el sistema de pensiones, educación, trabajo, salud, etc., en el llamado a una asamblea constituyente que entierre para siempre la Constitución de 1980 firmada en dictadura por Pinochet. Entonces, la consigna que suena en esa Plaza de la Dignidad que mencionas y en el país entero, es “Chile despertó”. Un Chile que habría despertado del mal sueño de una oferta neoliberal hecha de abusos, engaños, fraudes, confiscaciones, etc. Esa consigna inicia un camino que, en medio de múltiples obstáculos debería desembocar en una nueva Constitución. Y eso hace entonces que este tiempo energético al que te referías fuera efectivamente un tiempo que se vivió durante los meses anteriores a la pandemia como un tiempo inaugural, refundacional, de promesas abiertas que convocan lo que está por venir. Entonces, siento que quizá lo más sensible de lo ocurrido en Chile —como bien dices, a diferencia de lo sucedido en otras latitudes— haya sido este colapso vital del tiempo y de los tiempos en acción. Un colapso que nos llevó tan súbitamente de la movilización de los deseos colectivos de octubre de 2019 a la inmobilización forzada y a la reclusión individual de marzo de 2020. Es decir, pasamos dramáticamente de la expectación despertada por un futuro a construir entre todos a la resignación del estar cada uno preso de un tiempo detenido. Pasamos de ese tiempo hiperactivo, deseante, voluntarioso, el tiempo de la insubordinación política, a este otro tiempo de la cuarentena que es un tiempo resignado, estacionario. Y, bueno, pasamos también del revivir del “Chile despertó” a un tiempo de cómo sobrevivir, sabiendo que lo que Piñera llama irónicamente “el retorno seguro” va a suponer la vuelta a una realidad aún más indigna y peligrosa que la de antes.

Esa es la paradoja, efectivamente, y es el choque vital entre experiencias del tiempo disociadas. Y sí, tienes razón, empleo la palabra “archivo” a propósito de la revuelta, en el sentido de una reserva de huellas grabadas, acontecimientos, sueños, experiencias, saberes, pasiones, etc., que creo debemos saber retener en la memoria. Cuando digo “retener” quiero decir “guardar”, “cuidar” una memoria que debe mantenerse disponible, ahora que no hay cómo dirigir la energía que motivó esa revuelta hacia una exterioridad pública, para poder reinterpretarla después. Digo “reinterpretar” porque implica un gesto más complejo que simplemente recuperar o utilizar. El archivo tiene que ver con el material consignado en una fuente documental que retiene las huellas de lo grabado y que evita que se disipe su fuerza y su latencia, entendiendo por latencia lo que media entre la huella del pasado y su futura inscripción en nuevos soportes que transfigurarán su recuerdo. De ahí la importancia de que no se desvanezca el repertorio de prácticas y de saberes corporalizados durante la revuelta, pero sabiendo también que la reemergencia de las fuerzas será distinta a lo acontecido en la revuelta de octubre 2019 y que llevará necesariamente las trazas de esta completa desorientación en la que estamos sumergidos.

Sigue la nota, completa en “Letras”.


Reproducción social y pandemia (entrevista a Tithi Bhattacharya por Sara Jaffe)

Entrevista a Tithi Bhattacharya

Reproducción social y pandemia

10/04/2020 | Sarah Jaffe

La pandemia del coronavirus ha demostrado a muchas de nosotras, con una claridad brutal, la rapidez con que la sociedad puede cambiar y qué necesitamos –y no necesitamos– para vivir. Resulta que gran parte de una economía capitalista puede mantenerse paralizada en tiempos de crisis, mientras que los recursos se encaminan a la atención sanitaria. Muchas cosas que antes nos decían que eran imposibles –desde liberar presos de las cárceles hasta suspender alquileres e hipotecas y desembolsar a cada habitante del país un dinero en efectivo–, ahora se están haciendo.

Tithi Bhattacharya lleva pensando desde hace tiempo en cómo sería una sociedad centrada en la vida humana y no en las necesidades del Mercado Todopoderoso. Es profesora de historia y directora de estudios globales de la Universidad Purdue, así como coautora del Manifiesto de un feminismo para el 99 %, miembra del consejo editorial del nuevo periódico Spectre y editora de un libro reciente titulado Social Reproduction Theory: Remapping Class, Recentering Oppression. Hemos hablado con ello sobre lo que nos puede enseñar la teoría de la reproducción social con respecto al periodo actual, a las demandas que debería avanzar la izquierda en estos momentos y a cómo podemos aprovechar estas lecciones para prevenir una catástrofe climática.

Sarah Jaffe: Para empezar, explícanos brevemente qué es la teoría de la reproducción social.

Tithi Bhattacharya: La mejor manera de definir la reproducción social es decir que son las actividades e instituciones que se requieren para crear vida, mantener la vida y reemplazar la vida generacionalmente. Las llamo actividades de creación de vida.

Crear vida en el sentido más directo es dar a luz. Pero para mantener esta vida necesitamos toda una ristra de otras actividades, como limpiar, alimentar, cocinar, lavar la ropa. Hay instituciones físicas que se precisan: una vivienda; transporte público para acudir a diversos lugares; instalaciones recreativas públicas, parques, programas extraescolares. Escuelas y hospitales son algunas de las instituciones fundamentales que se requieren para mantener y crear vida.

Estas actividades e instituciones que están implicadas en este proceso de creación de vida las llamamos trabajo de reproducción social e instituciones de reproducción social. Pero la reproducción social también es un marco; es una lente a través de la cual contemplamos el mundo que nos rodea y tratamos de comprenderlo. Nos permite ubicar la fuente de riqueza en nuestra sociedad, que es tanto la vida humana como el trabajo humano.

El marco capitalista o la lente capitalista es lo opuesto a la creación de vida: es creación de cosas o generación de ganancias. El capitalismo pregunta: “¿Cuántas cosas más podemos producir?”, porque las cosas generan ganacias. No se piensa en el impacto de esas cosas en la gente, sino en la creación de un imperio de cosas en el que el capitalismo es el nigromante que reina soberano.

La mayoría de estas actividades y la mayor parte del empleo en el sector de la reproducción social –como los cuidados, la enseñanza, la limpieza– corre a cargo de mujeres trabajadoras. Y puesto que el capitalismo es un sistema de hacer cosas y no de hacer vida, estas actividades y estas trabajadoras están gravemente infravaloradas. Las trabajadoras del sector de la reproducción social son las peor pagadas, son las primeras en irse, se enfrentan a un constante acoso sexual y a menudo a una violencia directa.

Jaffe: Nos hallamos en un momento en que hay espíritus malignos como Glenn Beck diciendo que darían la vida por que el capitalismo siguiera funcionando, más claro el agua.

Bhattacharya: La crisis del coronavirus ha sido trágicamente esclarecedora en dos sentidos. En primer lugar, ha aclarado lo que las feministas de la reproducción social vienen diciendo desde hace un tiempo, a saber, que la labor de cuidados y la de crear vida son los trabajos esenciales de la sociedad. Ahora mismo, cuando estamos en confinamiento, nadie dice: “¡Necesitamos corredores de bolsa y bancos de inversión! ¡Mantengamos abiertos estos servicios!” La gente dice: “Que sigan trabajando las enfermeras, las trabajadoras de la limpieza, los servicios de recogida de basuras, la producción de alimentos.” Comida, combustible, cobijo y limpieza: estos son los servicios esenciales.

La crisis también ha revelado trágicamente la total incapacidad de capitalismo para afrontar una pandemia. Lo que busca es maximizar el beneficio y no mantener la vida. [Los capitalistas afirman] que las principales víctimas de todo esto no son las innumerables vidas que se pierden, sino la maldita economía. La economía, parece, es el bebé más vulnerable que todos, desde Trump hasta Boris Johnson, están dispuestos a proteger con espadas afiladas. Mientras, el sector sanitario ha quedado devastado en EE UU debido a las medidas de privatización y austeridad presupuestaria. La gente dice que las enfermeras tienen que hacer máscaras en casa. Siempre he dicho que el capitalismo privatiza la vida y la creación de vida, pero pienso que hemos de reformular la frase después de la pandemia: “El capitalismo privatiza la vida, pero también socializa la muerte.”

Jaffe: Quería hablar más sobre la manera en que se minusvalora el trabajo de cuidados y esas otras formas de reproducción social. El gobernador de Pensilvania tenía una lista detallada de actividades esenciales para mantener la vida a las que autorizó a permanecer abiertas. El personal de limpieza abandonó el trabajo por carecer de equipos de protección individual. Nuestra tendencia a minusvalorar esta clase de trabajo está afectada por y también afecta a lo que pensamos de las personas que lo llevan a cabo.

Bhattacharya: Las residencias de ancianos y el sector de cuidados asistidos acogen actualmente a unos cuatro millones de personas en EE UU. En su mayoría están afiliadas a Medicare. El New York Times informó hace poco de que todos los años mueren 380.000 pacientes a causa de una infección en las residencias permanentes, que a menudo se resisten a invertir en los debidos procedimientos de higiene y salud. Estas instituciones influyen de modo importante en la propagación de epidemias. Esto se agrava sabiendo que en EE UU hay 27 millones de personas que carecen de seguro médico.

Cerca del 90 % del personal sanitario y auxiliar de clínica que presta servicio a domicilio en EE UU son mujeres. Más del 50 % de estas son mujeres de color. No estoy segura –nadie lo está– cuántas de ellas están indocumentadas. Son vulnerables por partida doble, tanto a la pérdida del empleo como a las redadas de los agentes de inmigración. En promedio, ganan unos 10 dólares la hora, y en la mayoría de los casos no tienen derecho a la paga en caso de baja por enfermedad ni seguro médico. Estas son las mujeres cuyo trabajo sostiene tantas instituciones de cuidados en nuestro país.

He seleccionado algunas de las categorías de trabajos que figuran en la lista de servicios esenciales que publicaron Indiana y Pensilvania y he comparado los salarios del personal de estos servicios esenciales con los de los altos ejecutivos. La diferencia es astronómica. Las trabajadoras de estos servicios que ahora nos dice que son esenciales –y que las feministas y socialistas sabemos desde siempre que son esenciales– perciben menos de 10 dólares la hora, mientras los banqueros permanecen sentados en casa.

Durante la crisis hemos de plantear reivindicaciones como la institución inmediata de lo que llamo una paga pandémica para las trabajadoras de cuidados esenciales. Están arriesgando sus vidas. Necesitan salarios mucho más altos. Inviertan de una vez en hospitales y servicios médicos, traten de nacionalizar la sanidad privada, como ha hecho España. Aseguren el cuidado de la infancia y la ayuda económica a todo el mundo, especialmente las trabajadoras y trabajadores que tienen que ir a trabajar. Y déjense de redadas y deportaciones de inmigrantes. Esto es algo que disuade a la gente de acudir a la asistencia médica: tienen miedo de ir al médico y llamar la atención de las autoridades de inmigración. Irlanda y Portugal han promulgado leyes que prorrogan todos los visados y anulan la condición de inmigración indocumentada. Estos son los modelos que hemos de seguir.

Jaffe: Uno de los grandes brotes en el Estado de Washington se produjo debido al pluriempleo de muchas asistentas sanitarias a domicilio que llevaron el virus a numerosas residencias de ancianos. La insuficiencia de la paga que reciben en un solo puesto de trabajo favorece la propagación del virus.

Bhattacharya: El virus, en cierto modo, es democrático. Ha infectado incluso al príncipe Charles. Sin embargo, esto no debe engañarnos hasta el punto de creer que el acceso a la curación será igual de democrático que el virus. Como sucede con todas las demás enfermedades bajo el capitalismo, la pobreza y el acceso al tratamiento determinarán quién vive y quién muere.

Esto tendrá un efecto devastador en mi país, India. El primer ministro fascista Narendra Modi acaba de decretar 21 días de confinamiento. Todas las ciudades han cerrado básicamente las empresas. ¿Qué será de los trabajadores migrantes? ¿Tiene Modi un plan para ellos? No. Millones de trabajadores y trabajadoras migrantes cruzan literalmente el país a pie para volver a sus aldeas, filas de gente caminando por las carreteras, de oeste a este. Modi ha prohibido todas las formas de transporte público y privado para que no vuelvan a casa, ya que pueden propagar el contagio. En cambio, Modi se ha asegurado de que los ciudadanos indios que viven en el extranjero –gente de clase media alta– pudieran volver en avión. Se fletaron vuelos especiales, se dieron permisos excepcionales para permitir que los aviones aterrizaran a pesar del cierre anunciado de los aeropuertos y se extendieron visados especiales.

Este es el modo en que una serie de gobiernos capitalistas del Sur global van a tratar a la gente pobre. Veremos cómo la enfermedad acecha en los arrabales de Calcuta, Mumbai, Johanesburgo, etc. Ya nos llegan declaraciones de nuestros gobernantes de que el virus es una manera de que el planeta se recupere, que se deshaga de los indeseados. Es un llamamiento eugenista a la limpieza social para eliminar a la gente más vulnerable y débil.

Jaffe: Lo que esto demuestra no es que las emisiones disminuyan por la falta de gente, porque la mayoría de la gente no muere; lo que demuestra es que el mundo está mucho más sano sin tanto trabajo, porque la gente solo lleva a cabo, como dijiste antes, el trabajo de crear vida.

Bhattacharya: Este argumento de que el coronavirus es un botón de reset para el mundo es un argumento ecofascista. Lo que debería ser es un botón de reset para la organización social. Si el virus se va y volvemos a la vida de antes, entonces es que no nos ha enseñaddo nada. Puesto que se ha vuelto necesario que nos quedemos en casa, somos capaces de hallar la belleza y el tiempo para gozar de aquellas personas con las que compartimos nuestro hogar. Pero no podemos olvidar que en el capitalismo los hogares, al tiempo que nos proporcionan cobijo y seguridad, también son escenarios de una violencia increíble. Hace dos días recibí un correo electrónico de un refugio local para víctimas de la violencia machista en que yo solía hacer voluntariado, preguntándome si podría plantearme volver allí porque prevén un repunte de casos.

Mis compañeras feministas de Brasil, Sri Lanka e India, todas me dicen lo mismo: un repunte de los abusos domésticos debido a la olla a presión que supone que todos permanezcan en casa. No necesitamos el aislamiento social. Necesitamos aislamiento físico y solidaridad social. No podemos olvidarnos de la vecina anciana que vive enfrente; puede que para ella no sea seguro ir a la tienda. No podemos olvidarnos de nuestra colaboradora que viene demasiado maquillada alrededor de los ojos y dice que se ha golpeado la cabeza contra una puerta. Tenemos que verlas regularmente.

La gente lo hace voluntariamente a pesar de que nuestros gobernantes apenas muevan un dedo para animarles realmente. Hay docentes que se acercan en coche a casa de sus alumnas y alumnos, les saludan con la mano y les dicen “¡vamos a salir de esta!” Mi distrito escolar, como muchos otros, suministra comidas a todas las personas menores de 18 años. En mi Estado, las entregan a domicilio. Es algo que ni el gobierno federal ni ningún político ha hecho. Son el personal docente y los distritos escolares que deciden hacerlo por su cuenta. Hay brillantes actos de solidaridad y amor y asistencia que florecen en medio de esta tremenda crisis. Estas son nuestras fuentes de esperanza.

 

La entrevista sigue; completa en la web de Viento Sur.


México: Anne Waldman anunció el programa del Festival Poesía en Voz Alta.17

Anne Waldman anunció el programa del Festival Poesía en Voz Alta.17 en la Casa del Lago

Los participantes emergen de tradiciones muy diversas, pero su obra ofrece un hilo conductor: parten de la convicción de manifestar la verdad, la belleza y el humor frente al poder y la violencia

Las lenguas originarias del país están consideradas, pues el compromiso es por la diversidad cultural

Foto

En el actual gobierno federal estadunidense, encabezado por Donald Trump, hay mucha confusión, pues estamos hablando de un presidente que definitivamente no lee, expresó la poeta Anne Waldman (Nueva Jersey, 1945)
Foto Natalia Gaia/ Casa del Lago
Carlos Paul – Periódico La Jornada
Martes 28 de marzo de 2017, p. 6

Para la poeta perfomática Anne Waldman (Nueva Jersey, 1945), quien ha colaborado con creadores como Bob Dylan y Allen Ginsberg y es calificada de gigante contracultural, por Publisher’s Weekly, hay mucha confusión en el actual gobierno federal estadunidense encabezado por Donald Trump, ya que estamos hablando de un presidente que definitivamente no lee.

De acuerdo con Waldman “es importante destacar ciertos logros, como el rechazo a suprimir por su gobierno el Obamacare (Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible). Muchos creadores siempre estamos haciendo algo en contra del gobierno. Me siento esperanzada que en el mundo en el que vivo, sí hacemos cosas, pues por ejemplo sabemos también que el recorte a las becas es una gran pérdida, por lo que hay que trabajar más en organizaciones locales, en iglesias o en lugares que no sean tan costosos.

“Apoyamos a las ciudades santuarios. Pero, sobre todo, como creadores de lo que se trata es de salvar la mente. Eso es lo más importante. Ahora hay artistas que se están volviendo abogados.”

Difusión de la poética indígena

Como adelantamos ayer en estas páginas, Anne Waldman se encuentra en México para participar en el Festival de Poesía en Voz Alta.17, que se desarrollará del 29 de marzo al 2 de abril en la Casa del Lago Juan José Arreola de la Universidad Nacional Autónoma de México, foro durante el cual se podrá apreciar también el trabajo de diversos creadores y estéticas como la de las mexicanas Coral Bracho y Natalia Toledo, el chileno Raúl Zurita, la también estadunidense y reconocida saxofonista Joy Harjo, así como Guillerno Gómez-Peña, director de la Pocha Nostra.

Waldman es la programadora este año del Festival de Poesía en Voz Alta.17, el cual es coordinado por Ana Franco, y tiene como programador de poesía en lenguas originarias a Mardonio Carballo, aspecto que se debe destacar, ya que abre un espacio a esa poética como parte del compromiso del festival con la diversidad cultural del país.

En contraste con el reconocimiento a la riqueza cultural del país, de la que siempre se hace mucho alarde, prácticamente hoy seguimos desconociendo a qué suenan las lenguas originarias y su poética, dijo Carballo, quien participará en el festival.

Anne Waldman, en charla con los medios para dar a conocer los detalles del mismo, explicó que la idea es dar voz a los poetas que se manifiestan contra un mundo cada vez más hostil. De acuerdo con la poeta estadunidense, los participantes emergen de tradiciones muy diversas, pero su obra tiene un hilo conductor: parten de la convicción de manifestar la verdad, la belleza y el humor frente al poder y la violencia.

Tiempos críticos

Anne Waldman, quien vive y trabaja en Nueva York, es cofundadora –junto con Allen Ginsberg– de la Escuela Jack Kerouac de Poesía Desencarnada. “Estos son tiempos críticos en el mundo y es momento de que la voz del poeta sea, aún más, un toque de trompeta para una mayor conciencia, una visión alternativa y lúdica, y una compasión hacia los ciudadanos del planeta Tierra.

“La rúbrica para Poesía en Voz Alta.17 corresponde a los retos del Antropoceno, al de un mundo que se encuentra cada vez más a merced de la ‘mano del hombre’. Hoy todo tiene el sello humano, lo cual se puede ver reflejado en los problemas climáticos, provocados por el capitalismo, al que llamo una especie de pensamiento-zombi.

Tenemos que reflexionar al respecto, sobre cuáles son los propósitos a futuro. Cuestionarnos qué es ser humano en la actualidad. La poesía no debe estar en peligro, sobre todo en esta época, la cual, como dice un amigo, puede aliviar el dolor de estar vivo ante la falta de sensatez.

Para mayores detalles sobre los horarios y la programación del Festival Poesía en Voz Alta. 17