#Fragmentos de ‘La nieta de Trotsky’, de Jeanne Molinier

(En torno a la valija, de esa valija que ha sido tu legado, papá, se ha ido formando un campo de fuerza que es el campo narrativo del que surge este texto. Desde el momento en que aparece la valija, incluso en su forma anterior cuando eras un niño, esa palabra se carga de una fuerza especial, de una potencia relevante que se convierte en una fuera magnética, un nudo de vínculos invisibles, que busco desentrañar en estas líneas. Me sirvo de esa metáfora para confesarte que en este libro busco encontrar un hombre que se sacaba y ponía distintas máscaras, que se metamorfoseaba. He tratado de llevar adelante lo que pienso que tiene que ver con algunas voces que me ayudaron a rememorar tu historia, a convocar fantasmas que pretendo develar).

[…]

Supimos desde ese día que una trama política se sobreponía a nuestra vida familiar, aún antes de nuestro nacimiento. Entonces me enteré de que aquel por el que tanto preguntábamos y nos contaban historias de su vida, de la familia, no era nuestro abuelo. Le decía el Viejo y para nosotros era nuestro abuelo, pero en realidad, era Lev Davidovich Bronstein. Tampoco Natalia era nuestra abuela, ni Zina ni Lyova a quienes llamábamos tíos lo eran. Sieva no era nuestro primo hermano. Los que habían sido nuestros parientes pasaron de ser nuestra familia a ser los ‘camaradas’ de militancia de mi padre. En esta historia están incluidos Jeanne, la que había sido mujer de mi padre y después lo fue de Lyova. También aclaró roles más destacados, Vera Lanis, a quien llamaban Tatá, y mi medio hermano Raymond, Zazá; además de Gala, hermana de Vera, Allan su hijo, y la que nosotros llamábamos la Poeta, una compañera de ellas de andanzas desde la época en que eran actrices. Una francesa de la Rive Gauche que pertenecía al grupo de poetas surrealistas de esa época. Estos conformaban nuestra recolección de conversaciones en la mesa donde se atravesaba la historia a través de anécdotas y escuchábamos atentos.

Jeanne Molinier, La nieta de Trotsky [biograficción], Bs. As., Voria Stefanovsky, 2020, pp. 115-116 y 128.


Venta indigna de Siglo XXI (Elena Poniatowska)

Elena Poniatowska

 

¡Qué capacidad de destruirnos tenemos los mexicanos! Esa habilidad se evidenció ahora con la venta de la editorial Siglo XXI por su pésimo director Jaime Labastida. ¿Consultó a los accionistas? ¿Los previno que algo podrido se estaba gestando?

Una de las confrontaciones más hermosas entre el gobierno de México y los intelectuales en 1966, durante el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, fue la lucha de más de 300 escritores, científicos, pintores, investigadores, universitarios y politécnicos (como asienta Iván Restrepo en su artículo del lunes 15 de marzo en estas páginas). Alzaron su voz indignada contra el atraco del gobierno de Díaz Ordaz, quien quitó la dirección del Fondo de Cultura Económica (FCE) a don Arnaldo Orfila Reynal por haber publicado Los hijos de Sánchez, del antropólogo Oscar Lewis.

–¡Vamos a hacer otra editorial que va a dirigir Orfila! –propuso Guillermo Haro.

El apoyo de intelectuales a Orfila fue definitivo. Jesús Silva Herzog, Guillermo Haro, Fernando Benítez, Fernando Canales, Carlos Fuentes, Enrique González Pedrero, Víctor Flores Olea, Carlos Monsiváis y Vicente Rojo se indignaron. Don Arnaldo tenía fama de ser el mejor editor de América Latina y lo comprobó en Siglo XXI, última editorial que habría de dirigir durante 20 años en los que publicó 21 colecciones, mil 700 títulos, 6 mil ediciones, un tiraje de 20 millones de ejemplares.

Ganar la batalla a la injusticia y a la ignorancia, y fundar una editorial con una emoción sólo superada por la indignación que causaba la destitución de Orfila Reynal fue el punto de arranque de la editorial Siglo XXI.

Una pésima noticia vuelve a indignarnos en marzo de 2021 después de más de 50 años, la venta de Siglo XXI. Muchos la consideramos una victoria sobre la injusticia. El más entusiasta de los fundadores, don Jesús Silva Herzog, creador de Cuadernos Americanos, hizo oír su voz de órgano catedralicio en esa primera reunión en el Club Suizo. Los intelectuales pusieron en Orfila toda la fe del nuevo siglo y llamaron a la editorial Siglo XXI.

Ya Javier Aranda publicó en La Jornada su opinión sobre esta infamia que constituyó una bárbara traición a la cultura.

Consumada la venta de Siglo XXI, su director, Jaime Labastida, nos comunica su venta para que sólo nos quede lamentarla. Si 1964 anticipó la intolerancia que habría de seguir en nuestro país hasta llegar al movimiento estudiantil en 1968, este aciago año para la cultura de 2021 confirmo que no sabemos ni actuar en defensa propia.

Con la dirección de Orfila Reynal, el FCE lanzó Los hijos de Sánchez, que denuncia la miseria de una vecindad cercana a la cárcel de Lecumberri y describe el hacinamiento de hombres, mujeres y niñas sujetas a un padre machista. La Sociedad de Geografía y Estadística acusa el libro de difamatorio y condena a Oscar Lewis. La expulsión del FCE de don Arnaldo Orfila Reynal actúa como condena final.

La indignación en la voz de Jesús Silva Herzog y la capacidad de Guillermo Haro logró reunir a un grupo de intelectuales. Fernando Benítez, primer orador; Pablo González Casanova; Fernando Canales, entonces gerente del periódico Novedades; Víctor Flores Olea, y Enrique González Pedrero se reunieron para decirle a Orfila:

–Pronto tendrá una nueva editorial. Vamos a levantarla nosotros.

Ofrecí la casa de mi hijo mayor, Mane, en la calle de Morena 430, esquina con Gabriel Mancera. ¡Qué padre, una editorial financiada por intelectuales! Laurette Sejourné y Arnaldo se instalaron en el segundo piso; Siglo XXI lanzó su primer libro y la cochera se llenó de libros bien impresos y empaquetados. Arnaldo publicó en noviembre de 1966 la primera novela de Fernando del Paso, José Trigo, fenómeno literario

* La nota sigue, completa en La Jornada.


Checoslovaquia y Karel Kosík (Rebelión)

Entrevista a Fernando de Valenzuela

Checoslovaquia y Karel Kosík

Por Gerard Marín | 31/10/2020 | Cultura

Fuentes: Karel Kosík. Decencia y crítica

 

Nacido en España y crecido en Argentina, Fernando de Valenzuela ligó su vida a la cultura checa cuando se marchó a estudiar filosofía a la Universidad de Carlos de Praga a mediados de los sesenta.

Allí, mientras se gestaba la Primavera, fue alumno de Karel Kosík y Jan Patocka, bajo cuya dirección terminaría doctorándose. Además de con ambos, trabaría una honda amistad con el escritor Milan Kundera. La obra de todos ellos, y de muchos más, como Jaroslav Hasek o Bohumil Hrabal, traduciría más tarde al castellano, a lo largo de los años. Sobre sus vivencias y experiencias en Checoslovaquia durante esa época, que novelaría recientemente en Un largo hilo verde, hablamos en esta entrevista, poniendo especial énfasis en su relación con Kosík.

 

1. Usted ha hablado de Karel Kosík, en distintas ocasiones, como uno de sus “profesores predilectos” en la universidad, en Praga, donde se marchó a estudiar filosofía gracias a una beca. ¿Durante qué período fue su alumno, y cómo eran sus clases? ¿Qué posición tenía entonces como filósofo en su país?

Desde que empecé la facultad, en el 66, hasta que terminé el doctorado, en el 72. A partir de entonces nos vimos casi todos los años en Praga y en dos o tres ocasiones lo invité a participar en el seminario de la Asociación de Periodistas Europeos sobre Europa Central, que yo dirigía en San Sebastián. Asistían cada año unas treinta personalidades destacadas: checas, eslovacas, polacas y húngaras, presidentes de la República, de los Gobiernos, ministros, directores de cine, intelectuales diversos y hasta algún premio nobel, pero Karel siempre fue la estrella de las sesiones. Oírlo pensar en voz alta siempre fue un espectáculo.

Kosík tenía por entonces cuarenta años, había llegado a lo más alto de la carrera académica, era uno de los intelectuales más influyentes del país, miembro de la Academia de Ciencias y del equipo de dirección del Diario Literario (Literarni Noviny) de la Unión de Escritores, un semanario que vendía más de cien mil ejemplares y cuya tirada se agotaba todos los jueves. Sus columnas sobre “Nuestra crisis actual” [1] arrancaban en la portada de Literarni Noviny, continuaban en las páginas interiores y marcaban la agenda del debate político nacional. Allí escribían los mejores intelectuales checos, entre otros su gran amigo – nuestro gran amigo – Milan Kundera.

2. Más allá de su relación como alumno y profesor durante estos años, también ha expresado que con el tiempo se convertirían en buenos amigos. En un punto de su novela filosófica Un largo hilo verde, describe cómo en cierto momento Kosík tiene incluso una fotografía suya encima de su mesa de trabajo, en su altillo de la plaza del castillo de Praga. ¿Cómo se forjó tal relación con él? ¿Tuvo que ver en ello la militancia política? ¿Cómo era Kosík, en lo personal?

Lo de la foto es gracioso. Me la hizo en una plaza de Pontevedra un viejo fotógrafo ambulante de aquellos que llevaban un trípode de madera, disparaban con una cerilla el fogonazo del magnesio, revelaban la foto cubiertos por una misteriosa capa, la observaban con cara de admiración por el milagro oficiado y te la entregaban a cambio de unos pocos duros. Yo iba vestido con un uniforme militar que me quedaba un poco grande, una gorra que me iba más bien pequeña y todo el llamativo correaje de la infantería española, tan parecido a la indumentaria que, a principios del siglo pasado, llevaban los soldaditos del Imperio Austrohúngaro que, como el buen soldado Svejk, se esforzaban por servir lo menos posible al anciano emperador y a sus decrépitos familiares.

Creo que el parecido de su discípulo con el soldado Svejk – lo comentamos largo rato y nos reímos mucho – fue lo que más gracia le hizo y si puso la foto en su mesa fue para evitar los excesos de seriedad ontológica que con frecuencia nos afectan a los que estamos enamorados del saber. Como bien sabían Kosik y Svejk, la risa libera.

Nuestra relación se forjó a partir de muchas coincidencias en nuestras historias personales y en nuestras maneras de pensar. Los dos éramos de izquierdas, marxistas, rebeldes y revoltosos y a los dos nos parecía que la filosofía era la clave para hacer un mundo “poéticamente habitable”, que diría él.

Karel hablaba en un tono pausado, contaba lo que en ese mismo momento estaba pensando, le gustaba escuchar y preguntar. Me preguntaba por mi padre, un escritor gallego que había sido capitán de estado mayor del ejército republicano antes de ser instructor del maqui francés, luego condenado a muerte y más tarde exiliado en Argentina. Sus comentarios eran tan breves como: ”Todos somos exiliados”. Y Karel en efecto lo fue durante muchos años, lo fue sin necesidad de abandonar su patria. Llega un momento en la vida del hombre, que diría Jaroslav Hasek, en que uno ya ni sabe de cuantas patrias ha tenido que exiliarse.

Karel y yo coincidíamos en nuestra admiración por Hasek y su soldado Svejk. Coincidíamos en no compartir la imagen que del buen soldado tenía la mayoría de los checos, basada en las caricaturas del dibujante Lada, que lo representó como un soldado bajito y rechoncho, gracioso y bonachón.

Para nosotros era más bien un joven robusto y atlético, “de muslos poderosos”, como lo describe la señora Katy, una de las amantes del teniente primero Lukas, el superior directo de Svejk, quien le había encargado a su ayudante satisfacer hasta los menores deseos de la joven, atrincherada en la casa del teniente primero para evadir la persecución de su marido.

“¿Han sido muchos los deseos?”, le preguntó el teniente primero a Svejk en cuanto regresó a su domicilio. “Unos seis”. Esta sencilla frase de ocho letras deja perfectamente en claro cuál es la imagen que el autor tiene de su personaje, uno de los más destacados de la literatura del siglo XX, uno de los más destacados de la historia de la literatura. Karel y yo teníamos razón. (Ver Los destinos del buen soldado Svejk durante la guerra mundial, ed. Acantilado, pag. 202 y ss.)

La militancia política tiene que ver con todo. Como él decía, “no hay que olvidar que política viene del griego polis y no del inglés police«. En lo personal Karel era extraordinariamente discreto, ingenioso y encantador, tres cualidades que no siempre son fáciles de compaginar.

3. Profundizando en esta militancia, ¿cuál fue el lugar de Kosík en el proceso de renovación filosófica y política en los años inmediatamente anteriores a la Primevera de Praga? ¿Qué recepción tuvo en Europa Occidental?

El comienzo de la década de los cincuenta del pasado siglo fue una época clave para la evolución del pensamiento marxista. El estalinismo, hasta entonces indiscutido e indiscutible, que bajo el dominio de Stalin y Beria, del Politburó y la KGB, decidía lo que un filósofo marxista podía no solo decir sino también pensar, empieza a perder su poder absoluto. Es la época del XX Congreso del PCUS, organizado por Nikita Krushchov. La resistencia del estalinismo es feroz, las idas y vueltas son constantes. Es también la época de la invasión de Hungría. Pero lo cierto es que el estalinismo ya nunca volverá a ser lo que era, la intelectualidad rusa ha despertado de su letargo y, con ella, los intelectuales de los demás países del bloque.

Y, ¿dónde estaban las obras del joven Marx?, ¿donde estaban depositados los manuscritos (los Grundrisse) que habían servido de base a El Capital, mucho más ricos, más matizados, más ligados al pensamiento filosófico y a la herencia de Hegel? Las obras del joven Marx, obtenidas antes de la guerra o después de ella por los soviéticos en las bibliotecas de las universidades alemanas estaban en poder de la Academia de Ciencias soviética, como textos ideológicamente peligrosos, fuera del alcance de los investigadores.

Pero en ese momento cae oficialmente el estalinismo. Y es precisamente en ese momento, cuando Karel llega a Moscú. A una universidad donde naturalmente se plantea la necesidad de una revisión no estalinista de la obra de Marx sobre la base de todos sus textos.

La obra de Kosik recibe el inmediato reconocimiento de los marxistas italianos y franceses, donde las ideas de Marx están ligadas a la cultura antifascista y antiautoritaria de la resistencia, y Karel se convierte en un referente de la renovación del pensamiento de la izquierda.

4. Algunos historiadores han considerado que la generación de Kosík, muchos miembros de la cual veinte años antes de la Primavera de Praga habían celebrado la llegada del socialismo “que vino del frío”, se revuelta en cierto modo contra sí misma en 1968. En un libro de entrevistas publicado este mismo año, Antonin J. Liehm y Kosík hablan de las dificultades intelectuales y morales que supone el tránsito de una visión del mundo a otra en oposición. A partir de 1948, Kosík se mantiene en general a favor filosófica y políticamente del régimen establecido, hasta el punto de escribir públicamente a favor del proceso Slanský y de participar de actividades de rechazo a la figura de Masaryk tan tarde como en 1954. Pese a que en los últimos años de su vida reflexionará en público, en profundidad, sobre su niñez o su militancia adolescente en la resistencia antinazi, no me consta que haga lo mismo sobre esta otra parte de su vida. ¿Podría explicarnos qué visión tenía, en el tiempo en que le conoció, de aquella parte de sí mismo y cómo se relacionaba íntimamente con ella? 

Liehm, Kundera y Kosik fueron militantes comunistas en su juventud y no se avergonzaban ni tenían motivos para avergonzarse de ello. Y no hay tampoco motivos para reprochárselo. Entre otras cosas porque ninguno de los tres fue de los que se sumaron a la primavera de Praga; los tres fueron de los que la idearon, la prepararon y la hicieron posible, y eso lo hicieron durante el estalinismo. Y ningún estalinismo, ni el descerebrado estalinismo residual de Novotny ni el de Husak es, precisamente, un juego de niños. Lo contrario sería como reprocharle a Dubcek no haber expresado todas sus ideas con claridad cinco años antes. Si lo hubiese hecho no hubiera habido primavera de Praga, al menos no tal como la hemos conocido. Y sin la primavera de Praga no se hubiera puesto de manifiesto la gravedad de la crisis civilizatoria por la que atraviesa la sociedad moderna ni la posibilidad y la urgencia de evitar el diluvio que viene (ver Karel Kosik, Reflexiones antediluvianas, Ed. Itaca).

5. En relación a esto, en las reflexiones de Kosík a partir de 1956 el Partido había visto disminuir paulatinamente su peso hasta llegar a desaparecer como palabra en Dialéctica de lo concreto, de 1963. Y parece que más tarde, después de la reinstauración del capitalismo de mercado en su país, tampoco volvería a contar con él. Sin embargo durante la Primavera de Praga vuelve al Partido y, entre 1968 y 1969 llega a desempeñar, incluso, un “cargo directivo” político, en el Comité Central. ¿Qué esperaba del Partido y de su participación en él con respecto a la revolución? Y, ya que la mencionaba anteriormente, ¿qué visión terminaría por desarrollar sobre la Primavera de Praga? Aparentemente, pese a que, en una conversación con usted, en 1993, Kosík afirmaba sentirse como esos revolucionarios checos “que, después del levantamiento de 1848, ya no fueron capaces de asimilar la nueva situación” y “se convirtieron en personajes pintorescos cuya única referencia era la revolución de 1848”, lo cierto es que nunca dejó de destacar “las posibilidades que entonces se abrieron”, un “valor permanente” [2].

Karel no volvió al partido. El nuevo partido de Dubcek anuló su expulsión, le ofreció un puesto en su comité central y organizó la resistencia de una sociedad desarmada contra la ocupación soviética. Los soldados del Pacto de Varsovia eran muchos más de medio millón, estaban armados hasta los dientes y, efectivamente, Karel ya no vio concretarse las posibilidades enormes que se habían abierto. Yo tampoco, pero eso no las hace menos ciertas ni menos actuales, si acaso más.

* La nota sigue, completa en Rebelión.


León Ferrari, artículos: “Sobre el infierno” y “Carrió y el diablo” (2004)

* Dos artículos, en el marco de la polémica y los ataques religiosos y reaccionarios por la muestra retrospectiva del Recoleta en el año 2004, para homenajear al gran León Ferrari (1920-2013) en su centenario (y aquí, las actividades, exhibiciones y muestras del MNBA).

 

 

“Sobre el infierno”

[Artículo publicado en Página/12 el 16 de diciembre de 2004.]

 

1) En una nota publicada en Clarín, el vocero del Episcopado Guillermo Marcó dice que no tiene que pedir perdón (por la responsabilidad de la Iglesia durante la dictadura) porque tenía dieciséis años cuando ocurrió el golpe de 1976. Marcó desvía el debate: nadie le pidió que pida perdón por algo que no hizo. A la Iglesia se le pide mucho más, se le pide que diga todo lo que supieron y saben de los 250 capellanes que visitaban los 300 chupaderos o vivían en ellos, y los sacerdotes y obispos que se reunían con los criminales uniformados en fiestas religiosas y militares en la Casa Rosada y en la Catedral, sin que nunca denunciaran los crímenes. La Iglesia no se sacará esa mancha mientras no ayude a las Madres a castigar a los responsables y a las Abuelas a encontrar los chicos robados. Me parece lamentable que se recurra a Angelelli para justificar a los Pío Laghi, Tortolo y Quarracino.

2) En varios programas radiales he repetido que el mayor desacuerdo que tengo con el cardenal Bergoglio se reduce a una diferente opinión sobre la tortura. Marcó parece no saber que la Iglesia sostiene en el Catecismo editado por la Conferencia Episcopal Argentina, de la cual el cardenal Bergoglio es su presidente, prologado por Juan Pablo II, que La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno (n. 1035). Esto significa que hay millones de almas que son castigadas en algún lugar desde hace años, siglos o milenios, que están esperando que llegue el Juicio Final para recién entonces ser juzgados, luego de resucitados sus cuerpos, y sometidos a un nuevo suplicio en carne y hueso (n. 1038). Con las obras de la Recoleta quiero decir lo contrario: estoy, como muchos habitantes del planeta, contra toda tortura, física o mental, a buenos o malos, católicos o ateos, aquí o en el más allá. No creo en el infierno, pero creo que discriminar a la humanidad en buenos y malos y alentar el castigo al diferente es una de las causas de los exterminios que jalonan la historia del cristianismo.

3) ¿Cómo explica la Conferencia Episcopal la contradicción de respaldar los derechos humanos en este mundo y violarlos en el más allá?

***

 

“Carrió y el diablo”

[Artículo publicado en el diario Página/12 el 20 de diciembre de 2004.]

 

La señora Carrió, en el programa de Grondona, se pronunció contra la muestra retrospectiva, clausurada a instancias de la Iglesia, porque, según ella, ataca a los católicos, porque se hace en una sala del gobierno en ‘tiempo de adviento’, y porque está cerca de la Iglesia del Pilar donde ella escucha misa. Dijo que es una ‘imbecilidad’ que el gobierno la haya permitido y expuesto.

En la Iglesia del Pilar, como en muchas iglesias en todo el mundo, se repite y predica la campaña de la Iglesia en contra de los anticonceptivos, es decir, se promueve la muerte de víctimas del sida y de abortos clandestinos. Carrió, ¿usted acepta que en el Pilar se apoye esa forma cristiana de matar gente pero cree que es una imbecilidad que el gobierno permita una muestra donde se expone una foto del Papa sobre un frasco con preservativos? ¿Es necesario que le explique que el significado de ese frasco es sólo una condena a aquella campaña?

En el Pilar, y en tantas otras iglesias, se leen en Pascua (como lo indica la edición del 2004 del Calendario Litúrgico editado por la Conferencia Episcopal Argentina) los cinco versículos de Hechos en los que Pedro repite la acusación de que los judíos mataron a Jesús. Carrió, ¿usted no cuestiona que en el Pilar se siga haciendo antisemitismo pero no admite que el Gobierno de la Ciudad me permita hacer una muestra que ataca ese racismo, porque está cerca del Pilar?

En todas las iglesias y en el Pilar se reitera la amenaza del castigo en el más allá a los llamados pecadores, castigo que, si bien la Iglesia atenuó (ya no es el fuego que anunció Jesús, pintó Miguel Ángel y describió la Virgen de Fátima, ahora es ‘sólo’ un sufrimiento mental), la actualiza el ‘Catecismo de la Iglesia Católica’ –editado por la Conferencia Episcopal que preside el cardenal Bergoglio y prologado por el papa Juan Pablo II– donde se afirma que las almas de los que mueren en pecado mortal son castigadas en el infierno y que, una vez resucitados, los cuerpos son torturados en carne y hueso en la eternidad. Diputada, ¿usted cree conmigo que esto significa que hay una multitud de almas que en este momento están siendo castigadas? ¿Usted no cree que sería más pertinente que usted se ocupe de esa pobre gente, en lugar de tratar de impedir que el Gobierno de la Ciudad respete la libertad de opinión permitiéndome exponer mis críticas a la tortura, esa arma principal usada por la Iglesia durante dos milenios para evangelizar a nuestro prójimo?

Los cambios de opinión pueden hacerse en varios niveles, el académico, el coloquial, y el que usted usa que puede llamarse de la ‘imbecilidad’. Carrió, ¿si yo me comunicara con usted en su lenguaje de la ‘imbecilidad’, qué adjetivo le parece que podría usar para calificar su singular idea de que los pintores no podemos exponer nuestras obras en una sala pública si no son antes revisadas o aprobadas en alguna forma que no explicó? Dicho de otro modo, ¿cuál es la palabra al nivel de ‘imbecilidad’ que puede describir sus ideas sobre el arte y la libertad de expresión?

 

León Ferrari, Prosa política, Bs. As., Siglo XXI, 2005, pp. 232-233 y 234-235.


#24M | “Se espera un golpe sangriento para marzo” (Haroldo Conti)

En cuanto a la situación aquí, las cosas marchan de mal en peor. Me acaba de informar muy confidencialmente […] [un amigo] militar, que se espera un golpe sangriento para marzo. Inclusive los servicios de inteligencia calculan una cuota de 30 mil muertos. Esto coincide con las apreciaciones de nuestros compañeros que evalúan la situación constantemente. […]

 

* Carta de Haroldo Conti, del 2 de enero de 1976, dirigida a Roberto Fernández Retamar, director de Casa de las Américas (La Habana, Cuba).

 

Palabra viva. Textos de escritoras y escritores desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado. Argentina 1974/1983, Bs. As., SEA, 2009 [3° ed.], p. 63.


Islandia, 1975: El día en que las mujeres hicieron huelga (The Guardian)

Islandia 

El día en que las mujeres hicieron huelga

10/10/2016 | Annadis Rudolfsdottir

huelga-mujeres-islandia-1975

El 24 de octubre de 1975, el 90 % de las mujeres islandesas se negaron a trabajar, cocinar y cuidar a los niños. El efecto fue increíble, como nos recuerda Annadis Rudolfsdottir.

Gudrun Jonsdottir todavía recuerda lo que llevaba puesto el 24 de octubre de 1975. Contaba 21 años de edad, era recién casada y tenía un niño pequeño; ese día no pensaba cocinar, limpiar ni ir a trabajar. Tampoco mi madre, ni las madres de mis amigas, las empleadas de los supermercados, las maestras… en suma, alrededor del 90 % de las mujeres de Islandia. Una vecina, madre de tres niños revoltosos, se fue de casa a las ocho de la mañana y no volvió hasta el anochecer, dejando a la familia que se las compusiera por sí misma. Curiosamente, pese a que la sociedad islandesa quedó casi paralizada ese bonito día, sus mujeres nunca se habían sentido tan vivas y resueltas.

Cuando Naciones Unidas proclamó 1975 Año de las Mujeres, se formó un comité con representantes de cinco de las principales organizaciones de mujeres de Islandia con vistas a organizar actos conmemorativos. Un movimiento de mujeres radical, llamado Medias Rojas, fue el primero en formular la pregunta: “¿Por qué no vamos todas a la huelga?” Eso sería, según ellas, un fuerte toque de atención a la sociedad sobre el papel que desempeñan las mujeres en su funcionamiento, sobre sus bajos salarios y el escaso valor que se otorga a su trabajo dentro y fuera del hogar. La idea se propagó y finalmente el comité la aprobó, aunque solo después de que la palabra “huelga” fuera sustituida por “un día libre”. Pensaban que esto permitiría que la idea calara más fácilmente entre las masas y pondría en un aprieto a las empresas, que podían despedir a las mujeres que hicieran huelga, pero tendrían problemas si les denegaban “un día libre”.

En los días anteriores al 24 de octubre se formaban corros de mujeres en todas partes, tomando café y fumando sin parar, pero hablando mucho de forma agitada. Mi abuela, que realizaba un trabajo increíblemente duro en una factoría de pescado, no pensaba tomarse el día libre, pero las cuestiones planteadas por los movimientos de mujeres le fueron rondando la cabeza. ¿Por qué los hombres jóvenes se embolsaban salarios más altos que ella si su tarea no era físicamente menos extenuante? Mi madre, que tenía entonces 28 años y trabajaba en una granja lechera, tuvo que hacer uso de todo su arte negociador para convencer a su jefa, una mujer muy trabajadora que superaba la cincuentena, de que ese día debían dejar de trabajar. Cuando mi madre fue a la casa de su jefa para proponerle acudir a una concentración convocada en el centro de Reykjavik, la encontró expiando su sentimiento de culpa por no trabajar cocinando como loca.

En Reykjavik se concentraron unas 25 000 mujeres para escuchar discursos, cantar y debatir: un número espectacular, teniendo en cuenta que la población islandesa sumaba entonces poco menos de 220 000 habitantes. Las mujeres procedían de todos los ámbitos: jóvenes y viejas, abuelas y escolares; algunas llevaban su uniforme de trabajo, otras se habían arreglado. “Fue realmente la base popular”, recuerda Elin Olafsdottir, quien contaba entonces 45 años de edad y más tarde representó a la Alianza de Mujeres en el ayuntamiento de Reykjavik. “Fue, y lo digo en serio, una revolución tranquila.” Este sentido de unidad, de calma y firmeza tranquila es lo que recuerdan la mayoría de mujeres de aquella jornada. Gerdur Steinthorsdottir, que era estudiante de 31 años en la Universidad de Islandia y ahora es maestra, ayudó a organizar la concentración. Afirma que la participación fue tan amplia porque las mujeres de todos los partidos políticos y de los sindicatos se sintieron capaces de cooperar entre ellas y hacer que sucediera.

La atmósfera en la concentración fue increíble. Sigrun Bjornsdottir era una estudiante de 19 años y acababa de descubrir que estaba embarazada. Fue un tiempo difícil, recuerda, pero participar en la concentración le hizo sentir que estaba conectada con una fuerza mayor, que estaba empoderada. Mientras, Gudrun Jonsdottir, de 21 años, se encontraba en medio de la muchedumbre, llorando en silencio. No podía creer que una vieja amiga de la familia, Adalheidur Bjarnfredsdottir, fuera una de las principales oradoras del encuentro. Representaba a Sokn, el sindicato de las mujeres peor pagadas de Islandia. La lectura de su primer discurso público provoca ahora escalofríos. “Los hombres gobiernan el mundo desde tiempos inmemoriales y ¿qué ha sido de este mundo?”, preguntó con su voz profunda y áspera. Respondiéndose a sí misma, describió un mundo ensangrentado, una tierra contaminada y explotada casi hasta la ruina. Una descripción que hoy parece más cierta que nunca.

Los hombres islandeses casi no daban abasto. La mayoría de empresas no montaron ningún escándalo por el absentismo de las mujeres, sino que trataron de prepararse para la llegada de niños sobreexcitados que tendrían que acompañar a sus padres al trabajo. Algunos de estos salieron a comprar dulces y reunieron lápices y papel en un intento de mantener a la prole ocupada. Las salchichas, la comida preparada favorita de la época, se agotaron en los supermercados y muchos maridos acabaron sobornando a los niños mayores para que cuidaran de sus hermanos pequeños. Las escuelas, tiendas, guarderías, factorías de pescado y otros establecimientos tuvieron que cerrar o funcionar a medio gas.

Las mujeres responsables de componer el Morgunbladid, uno de los periódicos más leídos de Islandia, volvieron al trabajo a medianoche, como Cenicienta. Al día siguiente, el diario tenía la mitad de páginas y los artículos solo hablaban de la huelga. Las cajeras de los bancos que vieron cómo sus puestos estaban ocupados por sus superiores hombres, se dieron el gustazo de acudir al banco y hacerles trabajar. Para muchos padres, que al final del día estaban exhaustos, aquello fue un momento de la verdad. No es extraño que ese día fuera bautizado más tarde por ellos con el nombre de “el largo viernes”.

¿Qué ganaron las mujeres islandesas con todo esto? Para muchas, fue un aldabonazo que les abrió los ojos. Yo, como muchas mujeres de mi generación, ese día me volví feminista, a mi tierna edad de 11 años, y eso a pesar de que tuve que quedarme en casa sola con mi hermana de 9 años, enfadada por no poder asistir a la concentración. Fue un acicate para la acción y muchas sienten que la solidaridad que mostraron ese día las mujeres abrió el camino para la elección, cinco años más tarde, de Vigdis Finnbogadottir, la primera mujer del mundo elegida democráticamente presidenta. Finnbogadottir también lo cree firmemente. “Después del 24 de octubre, las mujeres pensaron que era hora de que una mujer fuera presidenta”, dice. “El dedo me apuntó a mí y yo acepté el reto.”

Sin embargo, 30 años después también hay una sensación de decepción. Bjornsdottir, la estudiante embarazada que ahora se encarga de las relaciones públicas del departamento de educación del ayuntamiento de Reykjavik, está triste porque su hija ya no se ha beneficiado de lo que ocurrió. Una estadística muy comentada estos días muestra que las mujeres islandesas cobran en promedio tan solo un 64,15 % de lo que suelen percibir los hombres. Así que hay un llamamiento para que el próximo lunes, cuando se celebra el 30º aniversario de aquella huelga, las mujeres abandonen su puesto de trabajo a las 14 horas y 8 minutos, pues a esa hora ya se habrían ganado su salario si ganaran lo mismo que los hombres. Tienen planeado saquear previamente su cocina y llevarse cazos y sartenes al trabajo para organizar caceroladas y armar mucho ruido. Está por ver si las autoridades les escucharán.

18/10/2005
Traducción: VIENTO SUR

“Años perdidos, decepción y promesa” (Noé Jitrik)

CONTRATAPA

Años perdidos, decepción y promesa

Por Noé Jitrik

na40fo01Gracias al buen gusto y al afecto de mi amigo Demian Paredes, de inagotable curiosidad por la buena literatura, pude conocer a lo largo de los últimos años varios textos inexcusables, tanto como inexcusable fue no haberlos conocido antes.

En particular, pero no sólo en ese ámbito, literatura concerniente a lo que fue la Unión Soviética, en ese poderoso momento de su creación y luego en su exilio, durante la larga noche estalinista. Parecía obvio que Demian me hiciera llegar nuevas ediciones de obras de Leon Trotsky, en un proyecto editorial del sello IPS, en el que colabora, pero luego textos de otros autores recogidos en envidiables andanzas libreriles.

En cuanto a los de Trotsky leí una original biografía de Lenin, que comenté, nuevamente la extraordinaria Mi vida así como reuniones de artículos sobre España, México y, por supuesto, sobre el estalinismo, por no mencionar Literatura y revolución, tan discutible como apasionante. Pude volver en estos días a un fragmento de ese libro, una discusión que mantuvo en 1925 con un grupo de escritores: es increíble la continuidad de sus ideas, el vigor sin desfallecimiento de la formulación, la seguridad en sus juicios, no se me ocurre otra palabra que “genialidad” para calificar esa intervención y esa personalidad. Más allá de las tesis de orden político, nunca ausentes de todas sus intervenciones, en todos los textos a los que pude acercarme brota, si la vieja definición de estilo sigue siendo útil, una poderosa individualidad y, correlativamente, una fuente de escritura que, en su caso, unió casi sin fallas cantidad con calidad.

Pero no sólo eso mi amigo me acercó: si he mencionado a Trotsky a quien me refiero ahora es Victor Serge, que fue su amigo, partidario, y todo lo que se puede decir de una asociación político-ideológica-filosófica, incluso de a ratos conflictiva, como todo lo relacionado con Trotsky: en una composición sobre tela que hizo Magdalena Jitrik, las efigies de ambos personajes, a partir de la correspondencia que mantuvieron durante mucho tiempo, se contraponen y se complementan y en el espacio que se establece entre ellas las figuras de otros bolcheviques configuran una especie de olimpo revolucionario pero entregado a la muerte a la que Stalin, con dudosa (tramposa) argumentación condujo a todo el conjunto.

Sólo leí dos libros de Serge; el primero fue El caso Tulaiev, de 1947; el otro, Los años sin perdón, terminado en 1946. Sobre El caso escribí hace un tiempo una nota que publiqué en este mismo diario; brevemente, ficcionaliza un hecho determinante en la historia soviética, el asesinato de Kirov, un prominente cuadro del estalinismo, proyectado a sucesor del todopoderoso georgiano: el crimen fue el comienzo de los paranoicos juicios que acabaron con lo que quedaba de los primeros y revolucionarios bolcheviques, menos con Trotsky a quien la mano vengadora terminó por acabar unos pocos años después. Serge realiza en esta historia lo que después de su auge la novela policial puso en evidencia, o sea que la novela policial es política aunque dio vuelta los términos, abordó lo político por el camino de los procedimientos narrativos de lo policial de un modo diferente al que singulariza la obra de los maestros de esta especie narrativa, tan atractiva. Este giro le permitió acercarse y apartarse de los crudos hechos que son su punto de partida y trazar un cuadro tan animado como certero de esos duros años para el mundo en general y para la Unión Soviética en particular. Lo que pude observar, considerando los modos predominantes del relato soviético, fue que Serge procedía con un saber implícito de la literatura contemporánea, en un camino que no podía ser juzgado como de posvanguardia pero sí como de posrealismo, lejos tanto de la disidencia, tipo Pasternac, Solyenitsin o Nabokov, como de los cultores del realismo socialista, cuyo “teórico” fue el olvidado Zdanov.

La otra novela, Los años sin perdón, escrita antes, tiene una estructura más compleja pero, sobre todo, un lenguaje desbordante que me remite, tal vez es arbitrario de mi parte, a la lección joyceana, un relente de escritura automática pero no como flujo incontrolado de inconciencia sino, al contrario, por un desborde objetivo, de descripciones minuciosas y relieves poéticos tanto en relación con lo ambiental, el cruel sistema persecutorio soviético, la helada destrucción de Alemania después de los bombardeos de 1944, la lujuriante naturaleza mexicana, la angustiosa soledad de los fugitivos, la orfandad de las traiciones, como producto de una mirada excepcionalmente refinada y sabia.

Pero no, esa mirada, como un intento panorámico acerca de ese mundo al que Serge había en parte contribuido a construir y que luego, lamentable, tristemente, iba siendo destruido sin que esa destrucción tocara las convicciones, eso, por ejemplo, que Trotsky había seguido sosteniendo obstinadamente acerca del destino histórico de la sociedad, la “revolución permanente” y ese conjunto de tópicos que, al parecer, Serge pone por otra parte en cuestión por el camino de la decepción y la melancolía. Casi, inclusive, alguien, incidentalmente en la novela, se atreve a dudar, una herejía para un universo de afirmaciones rituales, acerca de la eternidad del pensamiento de Marx, sabiendo, el narrador, que eso implica un futuro desolado, un destino incierto y que concluye, nuevamente, como un anticipo de lo que se desprende en El caso Tulayév, en la muerte, como si la muerte, política, fuera el broche de lo que se presentaba como la alborada gloriosa de una humanidad mejor.

Lo que leí sobre esta novela –hubo comentarios en su momento y años después, lo que se conoce como “crítica”– la describe en sus partes y en sus personajes: ahorraré esa facilidad; sólo puedo apuntar que si hay, habría que demostrarlo, una conexión con el proceso literario europeo heredero de la vanguardia, también de lo que abrió el psicoanálisis que, como se sabe, no había cundido en la Unión Soviética pero que penetró en la literatura al introducir una dimensión subjetiva que el realismo tradicional había ignorado.

De ello resulta, en esta novela, no sólo una denuncia sino una idea de destino, que quizás retomó años después Vassili Grossman, en una doble vertiente, por un lado lo que pudo ser ese sueño de redención social, perseguido durante siglos y comenzado en ese país contradictorio, campesinos proletarios atrasados y elites de pensamiento refulgente y hecho trizas, convertido en un mero aparato de control y de persecución; por el otro, el de los concretos protagonistas que iluminados por una doctrina que todo lo preveía y consideraba pensaron que estaban a punto de consumarlo, su destino no fue esa gloria sino el pelotón de fusilamiento o la muerte anónima en un perdido arrabal del mundo. La novela relata, sin declararlo, esa suerte en un tono líricamente pesaroso que establece una pálida atmósfera de pérdida y de tristeza que bien puede ser lo que las tragedias del siglo veinte, la frustración comunista, el ascenso del fascismo, la implacabilidad del sistema, aportaron a la historia de la cultura mundial.

Señalé al pasar que se comentó, módicamente, esta novela: uno no se resigna a admitir que lo que siente como un hecho de peso haya podido ser ignorado o menospreciado por quienes deberían considerarlo del mismo modo aunque no por eso crea en las luces que lo que se designa como crítica hayan sido por fuerza enceguecedoras. Pero de ahí a la ignorancia total hay un paso y, al menos, llama la atención cuando se verifica. Desde luego, esa atención raramente es universal, seguramente lo que consideramos un hecho literario de indiscutible valor en la Argentina es más que probable que no reciba ni siquiera una mirada en Finlandia o en Siria o en China, pero debería recibirla en la Argentina. Análogamente, que un hecho literario vinculado con la Unión Soviética, o con Rusia, haya sido ignorado en la Unión Soviética no puede ser indiferente. Es lo que creo que ha ocurrido con Victor Serge o, al menos, lo que pude vislumbrar al asomarme a la información que proporciona, a falta de mi parte de otras fuentes, el servicial pero también elemental Google: en ningún repertorio de literatura soviética o rusa figura, el borramiento es notorio, pareciera que lo que quisieron hacer con él en la noche staliniana irradió sobre su obra literaria y la hizo, a medias, desaparecer.

Digo a medias porque recuperar a un autor tan representativo de una manera de ser intelectual del siglo XX y que, por añadidura es un gran novelista, comienza a ser un proyecto importante: pasó con Marái, puede pasar con Serge. Lástima, solamente, que él no lo puede ver.


Falleció el cineasta Adolfo García Videla

Captura de pantalla 2016-01-21 a la(s) 16.34.55El pasado domingo 17 de enero falleció el cineasta, profesor universitario y activista Adolfo García Videla. Autotitulado “argenmex” –“nacionalidad” adoptada por tantas y tantas personas que tuvieron que exiliarse de Argentina tras el golpe militar, y aun antes–, García Videla llegó ese mismo año del golpe, 1976, a México, país donde se radicaría definitivamente.

“Siempre escribí. Aterricé en el cine allá por los 18 años de edad”, comentó en una obra inédita, Detrás del miedo, aludiendo a sus comienzos en la actividad artística. Como director, productor, guionista deja más de media docena de obras, entre documentales, series y películas, como La Venus maldita (1967, inédita en nuestro país), Los paseos con Borges (1975-77, disponible online) y Testimonios Zapatistas (1987). Su cortometraje Del viento y del fuego obtuvo, en 1984, el premio Ariel al Mejor Cortometraje Educativo, Científico o de Divulgación Artística. La Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC) hizo público su pesar ante el fallecimiento del cineasta.

En 2006 García Videla lanzó Trotsky y México. Dos revoluciones en el siglo XX. Ese mismo año, presentando su película en Buenos Aires, en el Hotel Bauen (recuperado por sus trabajadores), junto a Esteban Volkov –nieto de León Trotsky, también radicado en México–, explicó en un reportaje: “lo que me interesaba fundamentalmente era reconstruir esta historia en este momento como una posibilidad de volver a pensar el socialismo y los caminos posibles, los errores cometidos. Trotsky era un gran defensor de la democracia dentro del socialismo. Y cuando le gana Stalin, ya sabemos que se forma una dictadura feroz, cerrada, vertical absolutamente. Entonces, ése es uno de los factores por los que lucha. Repensar esto era mi idea fundamental”.

La nota completa, en La Izquierda Diario.


Videos: Modos de ver (John Berger), BBC, 4 episodios

* A modo de homenaje al gran John Berger, que está cumpliendo 89 años.

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 1 Psychological Aspects

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 2 Women in Art

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio Collectors and Collecting

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 4 Commercial Art

 


“El farmer”: un discurso de la memoria (y del poder)

TEATRO // OBRA EN CARTEL

“El farmer”: un discurso de la memoria (y del poder)

Comentarios a partir de la obra basada en la novela de Andrés Rivera, puesta en escena de miércoles a domingo, a las 20 hs., en la Sala Casacuberta del Teatro General San Martín.

El telurismo de una serie de novelas de Andrés Rivera de las décadas de 1980 y 90 (La revolución es un sueño eterno, El amigo de Baudelaire, La sierva, El farmer, Ese manco Paz), se abre o presta a la dramaturgia y al cine: ya pasó con La sierva, puesta en escena varias veces, al igual que con La revolución…, dirigida por Raúl Serrano y también llevada al cine por Nemesio Juárez (en 2010), y con El farmer (por ejemplo en 2002, por Adrián Blanco), esta vez recreado-adaptado por Rodrigo de la Serna y Pompeyo Audivert, quienes también actúan y, junto a Andrés Mangone, dirigen la obra.

Se mencionó lo telúrico. Hay que agregar algunas palabras más: criollismo, poder, crueldad. Si la escritura de Rivera se caracteriza por el discurso seco, casi lacónico (al mismo tiempo directo y punzante), por una crudeza que desnuda en muchos casos alguna crueldad, ello se hace más patente cuando toma carnadura, especialmente, en personajes poderosos, en lo político y económico, en nuestro siglo XIX (sean comerciantes o patrones de estancia, como Saúl Bedoya, o militares y políticos, como –el también estanciero– Rosas).

La amargura al final de la vida, la reflexión y la autoreflexión –como temas y práctica “universal”– sostienen esta obra: son los últimos momentos de Juan Manuel de Rosas, exiliado en Southampton, Reino de la Gran Bretaña. Así, la puesta en escena de De la Serna y Audivert, toma la nouvelle de Rivera para realizar un nuevo montaje –o un re-montaje, o una rearticulación– de ese fluir discursivo del General Rosas, caído en desgracia ya hace más de veinte años. Es discurso, declamación, exhorto (político) incluso, que busca, rememora, su vida personal-familiar y la pública, en el ejercicio del poder, ahora perdido. (Sarmiento, indudablemente, será, además de respetado y casi admirado por su pluma, permanentemente recordado como enemigo implacable.)

El soliloquio y la polifonía de voces que acompañan los recuerdos de Rosas (interlocutores que aparecen fantasmáticamente: varios visitantes ingleses, su hija Manuelita, su madre) se sostienen en el cuerpo de los dos actores (donde De la serna tiene un papel muy dinámico, de metamorfosis para esas apariciones), que encarnan al mismo hombre devenido –como se dice en las “Palabras de los directores”, texto del programa de mano– en “el doble mítico”. Hay un Rosas, entonces, real, concreto: un viejo decrépito que, junto a sus recuerdos, sigue pendiente del presente ante los peligros y amenazas al orden que surgen (como la insurrecta Comuna de París, como los panfletos y llamamientos de Marx y la Primera Internacional obrera); y otro, un “otro yo”, joven y aguerrido Rosas, en la cúspide de su poder (al mando de la Confederación Argentina), que acompaña y recrea aquella gobernanza durante la época de “la suma del poder público”, las montoneras, y los conflictos y guerras entre unitarios y federales. El contrapunto y contrastes entre ambos Rosas ofrecen un caleidoscopio del personaje histórico –juventud y cambio de apellido incluidos–, no sin alguna adaptación significativa para con nuestro presente y actualidad. Por ejemplo: declama –o mejor, proclama– en un momento el Rosas de De la Serna: “Demoré una vida en reconocer la más simple y pura de las verdades patrióticas: quien gobierne podrá contar, siempre, con la cobardía incondicional de los porteños”. Y sin embargo –aunque no existía todavía como tal el “Estado argentino”–, el libro original de Rivera habla de “la cobardía incodicional de los argentinos”, queriendo significar otra cosa (una denominación más abarcativa o global). Cuando lanza, feroz, indignado, la acusación este “joven Rosas”, el público –porteño en gran medida– reacciona ante lo dicho.

También, el Rosas viejo y derrotado recuerda una orden dictada: el fusilamiento de Camila O’Gorman –embarazada– y su amante el cura Gutiérrez (tema caro al surrealismo argentino, en las obras de Enrique Molina y Aldo Pellegrini). Dice el libro, y se dice en la obra: “Yo, de puertas adentro, señores míos, permití que el Demonio habitase a quien quiera cediese a la lascivia y la obscenidad. De puertas afuera, no. De puertas afuera, decencia.

Y cuando ordeno que se fusile a Camila y su amante, el mestizo Gutiérrez, proclaman que soy una bestia sedienta de sangre. ¿Acaso lord Palmerston no me dijo que Romeo y Julieta, la más aplaudida obra de teatro del canciller Bacon, justifica la ejecución de los dos amantes cuando sus procacidades afligieron a la sociedad veneciana?

¿Acaso son sordos? Si no lo son, escuchen mi consigna:

“El que está abajo, respeta al que está arriba”.

Este bonapartismo, este ejercicio del poder –que se jacta de velar (y también de “conocer”, por espiar, para vigilar y castigar) “el sueño de los argentinos”–, preocupado por la Internacional (“una máquina de guerra destinada a abolir el capital e instaurar el comunismo”), lleva a este exiliado Rosas de Rivera a sostener: “Escribo que la circular de M. Favre menciona que los comités, caudillos y cómplices de la Internacional funcionan en Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica, Rusia, Suiza, Austria, Italia y España.

Escribo que la Internacional exige la legislación directa del pueblo por el pueblo, la supresión de la herencia individual, el ingreso del suelo en las propiedades colectivas.
Escribo: Cuando en las clases vulgares desaparecen el respeto al orden, las leyes y el temor a las penas eternas, sólo los poderes extraordinarios, en manos de los jefes de las naciones cristianas, restaurarán la obediencia a los mandamientos de Dios.
Escribo: En Londres vive el más insidioso, petulante y audaz apologista de la Comuna. Vive, me informan, en Maitland Park Road, y lo vigilan, discretamente, policías que ni siquiera llevan garrotes en la cintura. Ese intenso apologista no es inglés: es, como yo, un desterrado. Me informan que los aberrantes panfletos que escribe son una prosa como no hay otra en Europa. Me informan que The Times acoge y publica algunas de sus incesantes cartas. La reina Victoria es una mujer bondadosa.

Dicen de ese conspirador, quienes me informan, que es un soñador que piensa, un pensador que sueña. Escribo que, por lo tanto, es inofensivo. Escribo: No lo pierdan de vista. Vigílenlo.

Escribo: No hay en el mundo enemigo más esforzado de las asociaciones clandestinas, de la anarquía y del comunismo, que el general Rosas”.

El Rosas de El farmer es un exponente de cómo es en su conjunto, cómo está articulada, toda la literatura de Rivera: como un mecanismo narrativo (una historia, una vida o personaje, un discurso, una anécdota) que conecta, remite y asocia otros hechos y épocas históricas. Así, el derrotado de la batalla de Caseros (1852) mantiene el nervio, la atención, ante lo que se destaca políticamente en Europa y Gran Bretaña. Así, es posible un Rosas coqueteando con (y al mismo tiempo condenando a) Marx.

Otro ejemplo/otro tema: esto lanza el “Rosas joven”:

“¿Cómo es, señores, cuando se tira, a los ríos, amarrados dentro de una bolsa, a los subversivos?

¿Cómo es cuando se los capa?

¿Cómo es, señores, cuando se les corta la lengua?”.

¿Acaso la primera pregunta no (nos) remite a otros “subversivos”, a otras “tiradas al río”, por ejemplo a las que se ejecutaban bajo órdenes de la última dictadura militar?

La imaginación de Rivera genera un destilado, verosímil, posible. Rivera le hace decir (elegir, definirse) breve y sencillamente a este Rosas: “El manejo del Estado me apasiona. El manejo de los intereses del Estado me apasiona. No la guitarra. No el sexo”.

Si este Rosas, expansivo en amores y odios –también, como ocurre con las otras obras de cierta similitud temática, ya mencionadas al comienzo de esta nota–, abrió o abre cierta oportunidad al “revisionismo histórico” contra la “historiografía liberal” (es decir, la representante de los vencedores de Rosas en Caseros), para discutir nuevamente “nuestra historia nacional” y el accionar de sus hombres más salientes, con poder y capacidades dirigentes, en realidad El farmer y la literatura de Rivera cruzan o planean por sobre ese debate dicotómico, lo superan, apuntando hacia otra cuestión: la de una historia (proveniente del pasado, también presente) de los humillados y ofendidos, por una parte (la clase trabajadora, los sectores populares, las grandes personalidades revolucionarias), y, por otra, la de esos mismos poderes que dominan (sea el zarismo ruso y el pogrom, un terrateniente o empresario, un policía o burócrata sindical). Mediante una poderosa fuerza histórica (y biográfica, personal) que la anima, la literatura de Rivera se cincela mediante un fino discurso, delineado por el sentimiento y la pasión que expresan cada uno de sus personajes. Y la Historia, como telón de fondo; cada época, deja su marca en la subjetividad de los personajes (que al mismo tiempo reactúan sobre la realidad en la que están, y la hacen). Y el conflicto, el disfrute o el padecimiento del poder –de poder ejercerlo o de tener que sufrirlo (se luche o no)– es la clave o centro del discurso.

El Rosas de Rivera es un “campesino” o farmer muy particular, instalado en la lejanía, abandonado por sus viejos “socios”, mencionados a los gritos por el Rosas joven cuando recuerda el viejo cómo lo olvidaron; apellidos como Anchorena, el del General Pacheco, Chilavert…

Un Rosas desterrado, agobiado, destemplado –pese al gran brasero donde quema el carbón, y alguna otra cosa, mientras cae la nieve–, en Inglaterra. Con un discurso –un largo sueño–, en la realidad del exilio, referido a la memoria y al poder, y a la pérdida del mismo