#24M | “Se espera un golpe sangriento para marzo” (Haroldo Conti)

En cuanto a la situación aquí, las cosas marchan de mal en peor. Me acaba de informar muy confidencialmente […] [un amigo] militar, que se espera un golpe sangriento para marzo. Inclusive los servicios de inteligencia calculan una cuota de 30 mil muertos. Esto coincide con las apreciaciones de nuestros compañeros que evalúan la situación constantemente. […]

 

* Carta de Haroldo Conti, del 2 de enero de 1976, dirigida a Roberto Fernández Retamar, director de Casa de las Américas (La Habana, Cuba).

 

Palabra viva. Textos de escritoras y escritores desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado. Argentina 1974/1983, Bs. As., SEA, 2009 [3° ed.], p. 63.


Islandia, 1975: El día en que las mujeres hicieron huelga (The Guardian)

Islandia 

El día en que las mujeres hicieron huelga

10/10/2016 | Annadis Rudolfsdottir

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El 24 de octubre de 1975, el 90 % de las mujeres islandesas se negaron a trabajar, cocinar y cuidar a los niños. El efecto fue increíble, como nos recuerda Annadis Rudolfsdottir.

Gudrun Jonsdottir todavía recuerda lo que llevaba puesto el 24 de octubre de 1975. Contaba 21 años de edad, era recién casada y tenía un niño pequeño; ese día no pensaba cocinar, limpiar ni ir a trabajar. Tampoco mi madre, ni las madres de mis amigas, las empleadas de los supermercados, las maestras… en suma, alrededor del 90 % de las mujeres de Islandia. Una vecina, madre de tres niños revoltosos, se fue de casa a las ocho de la mañana y no volvió hasta el anochecer, dejando a la familia que se las compusiera por sí misma. Curiosamente, pese a que la sociedad islandesa quedó casi paralizada ese bonito día, sus mujeres nunca se habían sentido tan vivas y resueltas.

Cuando Naciones Unidas proclamó 1975 Año de las Mujeres, se formó un comité con representantes de cinco de las principales organizaciones de mujeres de Islandia con vistas a organizar actos conmemorativos. Un movimiento de mujeres radical, llamado Medias Rojas, fue el primero en formular la pregunta: “¿Por qué no vamos todas a la huelga?” Eso sería, según ellas, un fuerte toque de atención a la sociedad sobre el papel que desempeñan las mujeres en su funcionamiento, sobre sus bajos salarios y el escaso valor que se otorga a su trabajo dentro y fuera del hogar. La idea se propagó y finalmente el comité la aprobó, aunque solo después de que la palabra “huelga” fuera sustituida por “un día libre”. Pensaban que esto permitiría que la idea calara más fácilmente entre las masas y pondría en un aprieto a las empresas, que podían despedir a las mujeres que hicieran huelga, pero tendrían problemas si les denegaban “un día libre”.

En los días anteriores al 24 de octubre se formaban corros de mujeres en todas partes, tomando café y fumando sin parar, pero hablando mucho de forma agitada. Mi abuela, que realizaba un trabajo increíblemente duro en una factoría de pescado, no pensaba tomarse el día libre, pero las cuestiones planteadas por los movimientos de mujeres le fueron rondando la cabeza. ¿Por qué los hombres jóvenes se embolsaban salarios más altos que ella si su tarea no era físicamente menos extenuante? Mi madre, que tenía entonces 28 años y trabajaba en una granja lechera, tuvo que hacer uso de todo su arte negociador para convencer a su jefa, una mujer muy trabajadora que superaba la cincuentena, de que ese día debían dejar de trabajar. Cuando mi madre fue a la casa de su jefa para proponerle acudir a una concentración convocada en el centro de Reykjavik, la encontró expiando su sentimiento de culpa por no trabajar cocinando como loca.

En Reykjavik se concentraron unas 25 000 mujeres para escuchar discursos, cantar y debatir: un número espectacular, teniendo en cuenta que la población islandesa sumaba entonces poco menos de 220 000 habitantes. Las mujeres procedían de todos los ámbitos: jóvenes y viejas, abuelas y escolares; algunas llevaban su uniforme de trabajo, otras se habían arreglado. “Fue realmente la base popular”, recuerda Elin Olafsdottir, quien contaba entonces 45 años de edad y más tarde representó a la Alianza de Mujeres en el ayuntamiento de Reykjavik. “Fue, y lo digo en serio, una revolución tranquila.” Este sentido de unidad, de calma y firmeza tranquila es lo que recuerdan la mayoría de mujeres de aquella jornada. Gerdur Steinthorsdottir, que era estudiante de 31 años en la Universidad de Islandia y ahora es maestra, ayudó a organizar la concentración. Afirma que la participación fue tan amplia porque las mujeres de todos los partidos políticos y de los sindicatos se sintieron capaces de cooperar entre ellas y hacer que sucediera.

La atmósfera en la concentración fue increíble. Sigrun Bjornsdottir era una estudiante de 19 años y acababa de descubrir que estaba embarazada. Fue un tiempo difícil, recuerda, pero participar en la concentración le hizo sentir que estaba conectada con una fuerza mayor, que estaba empoderada. Mientras, Gudrun Jonsdottir, de 21 años, se encontraba en medio de la muchedumbre, llorando en silencio. No podía creer que una vieja amiga de la familia, Adalheidur Bjarnfredsdottir, fuera una de las principales oradoras del encuentro. Representaba a Sokn, el sindicato de las mujeres peor pagadas de Islandia. La lectura de su primer discurso público provoca ahora escalofríos. “Los hombres gobiernan el mundo desde tiempos inmemoriales y ¿qué ha sido de este mundo?”, preguntó con su voz profunda y áspera. Respondiéndose a sí misma, describió un mundo ensangrentado, una tierra contaminada y explotada casi hasta la ruina. Una descripción que hoy parece más cierta que nunca.

Los hombres islandeses casi no daban abasto. La mayoría de empresas no montaron ningún escándalo por el absentismo de las mujeres, sino que trataron de prepararse para la llegada de niños sobreexcitados que tendrían que acompañar a sus padres al trabajo. Algunos de estos salieron a comprar dulces y reunieron lápices y papel en un intento de mantener a la prole ocupada. Las salchichas, la comida preparada favorita de la época, se agotaron en los supermercados y muchos maridos acabaron sobornando a los niños mayores para que cuidaran de sus hermanos pequeños. Las escuelas, tiendas, guarderías, factorías de pescado y otros establecimientos tuvieron que cerrar o funcionar a medio gas.

Las mujeres responsables de componer el Morgunbladid, uno de los periódicos más leídos de Islandia, volvieron al trabajo a medianoche, como Cenicienta. Al día siguiente, el diario tenía la mitad de páginas y los artículos solo hablaban de la huelga. Las cajeras de los bancos que vieron cómo sus puestos estaban ocupados por sus superiores hombres, se dieron el gustazo de acudir al banco y hacerles trabajar. Para muchos padres, que al final del día estaban exhaustos, aquello fue un momento de la verdad. No es extraño que ese día fuera bautizado más tarde por ellos con el nombre de “el largo viernes”.

¿Qué ganaron las mujeres islandesas con todo esto? Para muchas, fue un aldabonazo que les abrió los ojos. Yo, como muchas mujeres de mi generación, ese día me volví feminista, a mi tierna edad de 11 años, y eso a pesar de que tuve que quedarme en casa sola con mi hermana de 9 años, enfadada por no poder asistir a la concentración. Fue un acicate para la acción y muchas sienten que la solidaridad que mostraron ese día las mujeres abrió el camino para la elección, cinco años más tarde, de Vigdis Finnbogadottir, la primera mujer del mundo elegida democráticamente presidenta. Finnbogadottir también lo cree firmemente. “Después del 24 de octubre, las mujeres pensaron que era hora de que una mujer fuera presidenta”, dice. “El dedo me apuntó a mí y yo acepté el reto.”

Sin embargo, 30 años después también hay una sensación de decepción. Bjornsdottir, la estudiante embarazada que ahora se encarga de las relaciones públicas del departamento de educación del ayuntamiento de Reykjavik, está triste porque su hija ya no se ha beneficiado de lo que ocurrió. Una estadística muy comentada estos días muestra que las mujeres islandesas cobran en promedio tan solo un 64,15 % de lo que suelen percibir los hombres. Así que hay un llamamiento para que el próximo lunes, cuando se celebra el 30º aniversario de aquella huelga, las mujeres abandonen su puesto de trabajo a las 14 horas y 8 minutos, pues a esa hora ya se habrían ganado su salario si ganaran lo mismo que los hombres. Tienen planeado saquear previamente su cocina y llevarse cazos y sartenes al trabajo para organizar caceroladas y armar mucho ruido. Está por ver si las autoridades les escucharán.

18/10/2005
Traducción: VIENTO SUR

“Años perdidos, decepción y promesa” (Noé Jitrik)

CONTRATAPA

Años perdidos, decepción y promesa

Por Noé Jitrik

na40fo01Gracias al buen gusto y al afecto de mi amigo Demian Paredes, de inagotable curiosidad por la buena literatura, pude conocer a lo largo de los últimos años varios textos inexcusables, tanto como inexcusable fue no haberlos conocido antes.

En particular, pero no sólo en ese ámbito, literatura concerniente a lo que fue la Unión Soviética, en ese poderoso momento de su creación y luego en su exilio, durante la larga noche estalinista. Parecía obvio que Demian me hiciera llegar nuevas ediciones de obras de Leon Trotsky, en un proyecto editorial del sello IPS, en el que colabora, pero luego textos de otros autores recogidos en envidiables andanzas libreriles.

En cuanto a los de Trotsky leí una original biografía de Lenin, que comenté, nuevamente la extraordinaria Mi vida así como reuniones de artículos sobre España, México y, por supuesto, sobre el estalinismo, por no mencionar Literatura y revolución, tan discutible como apasionante. Pude volver en estos días a un fragmento de ese libro, una discusión que mantuvo en 1925 con un grupo de escritores: es increíble la continuidad de sus ideas, el vigor sin desfallecimiento de la formulación, la seguridad en sus juicios, no se me ocurre otra palabra que “genialidad” para calificar esa intervención y esa personalidad. Más allá de las tesis de orden político, nunca ausentes de todas sus intervenciones, en todos los textos a los que pude acercarme brota, si la vieja definición de estilo sigue siendo útil, una poderosa individualidad y, correlativamente, una fuente de escritura que, en su caso, unió casi sin fallas cantidad con calidad.

Pero no sólo eso mi amigo me acercó: si he mencionado a Trotsky a quien me refiero ahora es Victor Serge, que fue su amigo, partidario, y todo lo que se puede decir de una asociación político-ideológica-filosófica, incluso de a ratos conflictiva, como todo lo relacionado con Trotsky: en una composición sobre tela que hizo Magdalena Jitrik, las efigies de ambos personajes, a partir de la correspondencia que mantuvieron durante mucho tiempo, se contraponen y se complementan y en el espacio que se establece entre ellas las figuras de otros bolcheviques configuran una especie de olimpo revolucionario pero entregado a la muerte a la que Stalin, con dudosa (tramposa) argumentación condujo a todo el conjunto.

Sólo leí dos libros de Serge; el primero fue El caso Tulaiev, de 1947; el otro, Los años sin perdón, terminado en 1946. Sobre El caso escribí hace un tiempo una nota que publiqué en este mismo diario; brevemente, ficcionaliza un hecho determinante en la historia soviética, el asesinato de Kirov, un prominente cuadro del estalinismo, proyectado a sucesor del todopoderoso georgiano: el crimen fue el comienzo de los paranoicos juicios que acabaron con lo que quedaba de los primeros y revolucionarios bolcheviques, menos con Trotsky a quien la mano vengadora terminó por acabar unos pocos años después. Serge realiza en esta historia lo que después de su auge la novela policial puso en evidencia, o sea que la novela policial es política aunque dio vuelta los términos, abordó lo político por el camino de los procedimientos narrativos de lo policial de un modo diferente al que singulariza la obra de los maestros de esta especie narrativa, tan atractiva. Este giro le permitió acercarse y apartarse de los crudos hechos que son su punto de partida y trazar un cuadro tan animado como certero de esos duros años para el mundo en general y para la Unión Soviética en particular. Lo que pude observar, considerando los modos predominantes del relato soviético, fue que Serge procedía con un saber implícito de la literatura contemporánea, en un camino que no podía ser juzgado como de posvanguardia pero sí como de posrealismo, lejos tanto de la disidencia, tipo Pasternac, Solyenitsin o Nabokov, como de los cultores del realismo socialista, cuyo “teórico” fue el olvidado Zdanov.

La otra novela, Los años sin perdón, escrita antes, tiene una estructura más compleja pero, sobre todo, un lenguaje desbordante que me remite, tal vez es arbitrario de mi parte, a la lección joyceana, un relente de escritura automática pero no como flujo incontrolado de inconciencia sino, al contrario, por un desborde objetivo, de descripciones minuciosas y relieves poéticos tanto en relación con lo ambiental, el cruel sistema persecutorio soviético, la helada destrucción de Alemania después de los bombardeos de 1944, la lujuriante naturaleza mexicana, la angustiosa soledad de los fugitivos, la orfandad de las traiciones, como producto de una mirada excepcionalmente refinada y sabia.

Pero no, esa mirada, como un intento panorámico acerca de ese mundo al que Serge había en parte contribuido a construir y que luego, lamentable, tristemente, iba siendo destruido sin que esa destrucción tocara las convicciones, eso, por ejemplo, que Trotsky había seguido sosteniendo obstinadamente acerca del destino histórico de la sociedad, la “revolución permanente” y ese conjunto de tópicos que, al parecer, Serge pone por otra parte en cuestión por el camino de la decepción y la melancolía. Casi, inclusive, alguien, incidentalmente en la novela, se atreve a dudar, una herejía para un universo de afirmaciones rituales, acerca de la eternidad del pensamiento de Marx, sabiendo, el narrador, que eso implica un futuro desolado, un destino incierto y que concluye, nuevamente, como un anticipo de lo que se desprende en El caso Tulayév, en la muerte, como si la muerte, política, fuera el broche de lo que se presentaba como la alborada gloriosa de una humanidad mejor.

Lo que leí sobre esta novela –hubo comentarios en su momento y años después, lo que se conoce como “crítica”– la describe en sus partes y en sus personajes: ahorraré esa facilidad; sólo puedo apuntar que si hay, habría que demostrarlo, una conexión con el proceso literario europeo heredero de la vanguardia, también de lo que abrió el psicoanálisis que, como se sabe, no había cundido en la Unión Soviética pero que penetró en la literatura al introducir una dimensión subjetiva que el realismo tradicional había ignorado.

De ello resulta, en esta novela, no sólo una denuncia sino una idea de destino, que quizás retomó años después Vassili Grossman, en una doble vertiente, por un lado lo que pudo ser ese sueño de redención social, perseguido durante siglos y comenzado en ese país contradictorio, campesinos proletarios atrasados y elites de pensamiento refulgente y hecho trizas, convertido en un mero aparato de control y de persecución; por el otro, el de los concretos protagonistas que iluminados por una doctrina que todo lo preveía y consideraba pensaron que estaban a punto de consumarlo, su destino no fue esa gloria sino el pelotón de fusilamiento o la muerte anónima en un perdido arrabal del mundo. La novela relata, sin declararlo, esa suerte en un tono líricamente pesaroso que establece una pálida atmósfera de pérdida y de tristeza que bien puede ser lo que las tragedias del siglo veinte, la frustración comunista, el ascenso del fascismo, la implacabilidad del sistema, aportaron a la historia de la cultura mundial.

Señalé al pasar que se comentó, módicamente, esta novela: uno no se resigna a admitir que lo que siente como un hecho de peso haya podido ser ignorado o menospreciado por quienes deberían considerarlo del mismo modo aunque no por eso crea en las luces que lo que se designa como crítica hayan sido por fuerza enceguecedoras. Pero de ahí a la ignorancia total hay un paso y, al menos, llama la atención cuando se verifica. Desde luego, esa atención raramente es universal, seguramente lo que consideramos un hecho literario de indiscutible valor en la Argentina es más que probable que no reciba ni siquiera una mirada en Finlandia o en Siria o en China, pero debería recibirla en la Argentina. Análogamente, que un hecho literario vinculado con la Unión Soviética, o con Rusia, haya sido ignorado en la Unión Soviética no puede ser indiferente. Es lo que creo que ha ocurrido con Victor Serge o, al menos, lo que pude vislumbrar al asomarme a la información que proporciona, a falta de mi parte de otras fuentes, el servicial pero también elemental Google: en ningún repertorio de literatura soviética o rusa figura, el borramiento es notorio, pareciera que lo que quisieron hacer con él en la noche staliniana irradió sobre su obra literaria y la hizo, a medias, desaparecer.

Digo a medias porque recuperar a un autor tan representativo de una manera de ser intelectual del siglo XX y que, por añadidura es un gran novelista, comienza a ser un proyecto importante: pasó con Marái, puede pasar con Serge. Lástima, solamente, que él no lo puede ver.


Falleció el cineasta Adolfo García Videla

Captura de pantalla 2016-01-21 a la(s) 16.34.55El pasado domingo 17 de enero falleció el cineasta, profesor universitario y activista Adolfo García Videla. Autotitulado “argenmex” –“nacionalidad” adoptada por tantas y tantas personas que tuvieron que exiliarse de Argentina tras el golpe militar, y aun antes–, García Videla llegó ese mismo año del golpe, 1976, a México, país donde se radicaría definitivamente.

“Siempre escribí. Aterricé en el cine allá por los 18 años de edad”, comentó en una obra inédita, Detrás del miedo, aludiendo a sus comienzos en la actividad artística. Como director, productor, guionista deja más de media docena de obras, entre documentales, series y películas, como La Venus maldita (1967, inédita en nuestro país), Los paseos con Borges (1975-77, disponible online) y Testimonios Zapatistas (1987). Su cortometraje Del viento y del fuego obtuvo, en 1984, el premio Ariel al Mejor Cortometraje Educativo, Científico o de Divulgación Artística. La Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC) hizo público su pesar ante el fallecimiento del cineasta.

En 2006 García Videla lanzó Trotsky y México. Dos revoluciones en el siglo XX. Ese mismo año, presentando su película en Buenos Aires, en el Hotel Bauen (recuperado por sus trabajadores), junto a Esteban Volkov –nieto de León Trotsky, también radicado en México–, explicó en un reportaje: “lo que me interesaba fundamentalmente era reconstruir esta historia en este momento como una posibilidad de volver a pensar el socialismo y los caminos posibles, los errores cometidos. Trotsky era un gran defensor de la democracia dentro del socialismo. Y cuando le gana Stalin, ya sabemos que se forma una dictadura feroz, cerrada, vertical absolutamente. Entonces, ése es uno de los factores por los que lucha. Repensar esto era mi idea fundamental”.

La nota completa, en La Izquierda Diario.


Videos: Modos de ver (John Berger), BBC, 4 episodios

* A modo de homenaje al gran John Berger, que está cumpliendo 89 años.

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 1 Psychological Aspects

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 2 Women in Art

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio Collectors and Collecting

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 4 Commercial Art

 


“El farmer”: un discurso de la memoria (y del poder)

TEATRO // OBRA EN CARTEL

“El farmer”: un discurso de la memoria (y del poder)

Comentarios a partir de la obra basada en la novela de Andrés Rivera, puesta en escena de miércoles a domingo, a las 20 hs., en la Sala Casacuberta del Teatro General San Martín.

El telurismo de una serie de novelas de Andrés Rivera de las décadas de 1980 y 90 (La revolución es un sueño eterno, El amigo de Baudelaire, La sierva, El farmer, Ese manco Paz), se abre o presta a la dramaturgia y al cine: ya pasó con La sierva, puesta en escena varias veces, al igual que con La revolución…, dirigida por Raúl Serrano y también llevada al cine por Nemesio Juárez (en 2010), y con El farmer (por ejemplo en 2002, por Adrián Blanco), esta vez recreado-adaptado por Rodrigo de la Serna y Pompeyo Audivert, quienes también actúan y, junto a Andrés Mangone, dirigen la obra.

Se mencionó lo telúrico. Hay que agregar algunas palabras más: criollismo, poder, crueldad. Si la escritura de Rivera se caracteriza por el discurso seco, casi lacónico (al mismo tiempo directo y punzante), por una crudeza que desnuda en muchos casos alguna crueldad, ello se hace más patente cuando toma carnadura, especialmente, en personajes poderosos, en lo político y económico, en nuestro siglo XIX (sean comerciantes o patrones de estancia, como Saúl Bedoya, o militares y políticos, como –el también estanciero– Rosas).

La amargura al final de la vida, la reflexión y la autoreflexión –como temas y práctica “universal”– sostienen esta obra: son los últimos momentos de Juan Manuel de Rosas, exiliado en Southampton, Reino de la Gran Bretaña. Así, la puesta en escena de De la Serna y Audivert, toma la nouvelle de Rivera para realizar un nuevo montaje –o un re-montaje, o una rearticulación– de ese fluir discursivo del General Rosas, caído en desgracia ya hace más de veinte años. Es discurso, declamación, exhorto (político) incluso, que busca, rememora, su vida personal-familiar y la pública, en el ejercicio del poder, ahora perdido. (Sarmiento, indudablemente, será, además de respetado y casi admirado por su pluma, permanentemente recordado como enemigo implacable.)

El soliloquio y la polifonía de voces que acompañan los recuerdos de Rosas (interlocutores que aparecen fantasmáticamente: varios visitantes ingleses, su hija Manuelita, su madre) se sostienen en el cuerpo de los dos actores (donde De la serna tiene un papel muy dinámico, de metamorfosis para esas apariciones), que encarnan al mismo hombre devenido –como se dice en las “Palabras de los directores”, texto del programa de mano– en “el doble mítico”. Hay un Rosas, entonces, real, concreto: un viejo decrépito que, junto a sus recuerdos, sigue pendiente del presente ante los peligros y amenazas al orden que surgen (como la insurrecta Comuna de París, como los panfletos y llamamientos de Marx y la Primera Internacional obrera); y otro, un “otro yo”, joven y aguerrido Rosas, en la cúspide de su poder (al mando de la Confederación Argentina), que acompaña y recrea aquella gobernanza durante la época de “la suma del poder público”, las montoneras, y los conflictos y guerras entre unitarios y federales. El contrapunto y contrastes entre ambos Rosas ofrecen un caleidoscopio del personaje histórico –juventud y cambio de apellido incluidos–, no sin alguna adaptación significativa para con nuestro presente y actualidad. Por ejemplo: declama –o mejor, proclama– en un momento el Rosas de De la Serna: “Demoré una vida en reconocer la más simple y pura de las verdades patrióticas: quien gobierne podrá contar, siempre, con la cobardía incondicional de los porteños”. Y sin embargo –aunque no existía todavía como tal el “Estado argentino”–, el libro original de Rivera habla de “la cobardía incodicional de los argentinos”, queriendo significar otra cosa (una denominación más abarcativa o global). Cuando lanza, feroz, indignado, la acusación este “joven Rosas”, el público –porteño en gran medida– reacciona ante lo dicho.

También, el Rosas viejo y derrotado recuerda una orden dictada: el fusilamiento de Camila O’Gorman –embarazada– y su amante el cura Gutiérrez (tema caro al surrealismo argentino, en las obras de Enrique Molina y Aldo Pellegrini). Dice el libro, y se dice en la obra: “Yo, de puertas adentro, señores míos, permití que el Demonio habitase a quien quiera cediese a la lascivia y la obscenidad. De puertas afuera, no. De puertas afuera, decencia.

Y cuando ordeno que se fusile a Camila y su amante, el mestizo Gutiérrez, proclaman que soy una bestia sedienta de sangre. ¿Acaso lord Palmerston no me dijo que Romeo y Julieta, la más aplaudida obra de teatro del canciller Bacon, justifica la ejecución de los dos amantes cuando sus procacidades afligieron a la sociedad veneciana?

¿Acaso son sordos? Si no lo son, escuchen mi consigna:

“El que está abajo, respeta al que está arriba”.

Este bonapartismo, este ejercicio del poder –que se jacta de velar (y también de “conocer”, por espiar, para vigilar y castigar) “el sueño de los argentinos”–, preocupado por la Internacional (“una máquina de guerra destinada a abolir el capital e instaurar el comunismo”), lleva a este exiliado Rosas de Rivera a sostener: “Escribo que la circular de M. Favre menciona que los comités, caudillos y cómplices de la Internacional funcionan en Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica, Rusia, Suiza, Austria, Italia y España.

Escribo que la Internacional exige la legislación directa del pueblo por el pueblo, la supresión de la herencia individual, el ingreso del suelo en las propiedades colectivas.
Escribo: Cuando en las clases vulgares desaparecen el respeto al orden, las leyes y el temor a las penas eternas, sólo los poderes extraordinarios, en manos de los jefes de las naciones cristianas, restaurarán la obediencia a los mandamientos de Dios.
Escribo: En Londres vive el más insidioso, petulante y audaz apologista de la Comuna. Vive, me informan, en Maitland Park Road, y lo vigilan, discretamente, policías que ni siquiera llevan garrotes en la cintura. Ese intenso apologista no es inglés: es, como yo, un desterrado. Me informan que los aberrantes panfletos que escribe son una prosa como no hay otra en Europa. Me informan que The Times acoge y publica algunas de sus incesantes cartas. La reina Victoria es una mujer bondadosa.

Dicen de ese conspirador, quienes me informan, que es un soñador que piensa, un pensador que sueña. Escribo que, por lo tanto, es inofensivo. Escribo: No lo pierdan de vista. Vigílenlo.

Escribo: No hay en el mundo enemigo más esforzado de las asociaciones clandestinas, de la anarquía y del comunismo, que el general Rosas”.

El Rosas de El farmer es un exponente de cómo es en su conjunto, cómo está articulada, toda la literatura de Rivera: como un mecanismo narrativo (una historia, una vida o personaje, un discurso, una anécdota) que conecta, remite y asocia otros hechos y épocas históricas. Así, el derrotado de la batalla de Caseros (1852) mantiene el nervio, la atención, ante lo que se destaca políticamente en Europa y Gran Bretaña. Así, es posible un Rosas coqueteando con (y al mismo tiempo condenando a) Marx.

Otro ejemplo/otro tema: esto lanza el “Rosas joven”:

“¿Cómo es, señores, cuando se tira, a los ríos, amarrados dentro de una bolsa, a los subversivos?

¿Cómo es cuando se los capa?

¿Cómo es, señores, cuando se les corta la lengua?”.

¿Acaso la primera pregunta no (nos) remite a otros “subversivos”, a otras “tiradas al río”, por ejemplo a las que se ejecutaban bajo órdenes de la última dictadura militar?

La imaginación de Rivera genera un destilado, verosímil, posible. Rivera le hace decir (elegir, definirse) breve y sencillamente a este Rosas: “El manejo del Estado me apasiona. El manejo de los intereses del Estado me apasiona. No la guitarra. No el sexo”.

Si este Rosas, expansivo en amores y odios –también, como ocurre con las otras obras de cierta similitud temática, ya mencionadas al comienzo de esta nota–, abrió o abre cierta oportunidad al “revisionismo histórico” contra la “historiografía liberal” (es decir, la representante de los vencedores de Rosas en Caseros), para discutir nuevamente “nuestra historia nacional” y el accionar de sus hombres más salientes, con poder y capacidades dirigentes, en realidad El farmer y la literatura de Rivera cruzan o planean por sobre ese debate dicotómico, lo superan, apuntando hacia otra cuestión: la de una historia (proveniente del pasado, también presente) de los humillados y ofendidos, por una parte (la clase trabajadora, los sectores populares, las grandes personalidades revolucionarias), y, por otra, la de esos mismos poderes que dominan (sea el zarismo ruso y el pogrom, un terrateniente o empresario, un policía o burócrata sindical). Mediante una poderosa fuerza histórica (y biográfica, personal) que la anima, la literatura de Rivera se cincela mediante un fino discurso, delineado por el sentimiento y la pasión que expresan cada uno de sus personajes. Y la Historia, como telón de fondo; cada época, deja su marca en la subjetividad de los personajes (que al mismo tiempo reactúan sobre la realidad en la que están, y la hacen). Y el conflicto, el disfrute o el padecimiento del poder –de poder ejercerlo o de tener que sufrirlo (se luche o no)– es la clave o centro del discurso.

El Rosas de Rivera es un “campesino” o farmer muy particular, instalado en la lejanía, abandonado por sus viejos “socios”, mencionados a los gritos por el Rosas joven cuando recuerda el viejo cómo lo olvidaron; apellidos como Anchorena, el del General Pacheco, Chilavert…

Un Rosas desterrado, agobiado, destemplado –pese al gran brasero donde quema el carbón, y alguna otra cosa, mientras cae la nieve–, en Inglaterra. Con un discurso –un largo sueño–, en la realidad del exilio, referido a la memoria y al poder, y a la pérdida del mismo


Ida y caída: Leopold Trepper en el dentista

LIBROS // HISTORIA(S)

Ida y caída: Leopold Trepper en el dentista

A propósito de la experiencia de ir al dentista, pensé qué historias se encuentran en los libros acerca este tema. Y el episodio que ahora –y siempre– recuerdo es uno histórico: el de Leopold Trepper. Cuenta Gilles Perrault en su libro La Orquesta Roja que Trepper, cabeza de los servicios de espionaje e información soviéticos –quien se ganó el apodo entre amigos y enemigos de “el Gran Jefe”–, no le quedó más remedio, un día, que ir al dentista. En ese momento (hablamos de fines de la década de 1930 y comienzos de la siguiente), Trepper estaba siendo perseguido por los nazis, quienes avanzaban en ocupar Francia, Holanda y Bélgica, y se dedicaban también a destruir “la orquesta”, descubriendo y capturando a diversos músicos-cofrades del Gran Jefe (especialmente a los “pianistas”, los agentes que transmitían telegráficamente información vital de los alemanes a la URSS, desde sótanos y trastiendas de comercios).

Trepper había logrado organizar desde Bruselas una extensa red de informantes que incluía todos los estamentos sociales y todos los países ocupados, y él mismo se hacía pasar por empresario proveedor para el Ejército alemán, brindando en noches de gala con el alto mando nazi tras la firma de algún contrato… El enojo y frustración de Hitler lo llevaron a reconocer (públicamente) que, en algo, eran superiores los rusos a los alemanes: en el espionaje.

La cuestión es que Trepper, aun con bajas (encarcelados sus agentes y colaboradores, torturados y amenazados sus seres queridos, obligados a actuar como “dobles agentes”, enviando datos falsos hacia Rusia –en una operación que los nazis llamaron Funkspiel–), mantiene como puede la actividad y envío de información, y cuando concurre al dentista, por una (des)afortunada combinación de informaciones que obtienen sus enemigos, van a esperarlo allí y consiguen capturarlo. Vigilado entonces las veinticuatro horas del día por la Gestapo, Trepper asombra a sus vigilantes e interrogadores comentando sus métodos de trabajo, y la profunda infiltración de la que son –vaya paradoja– víctimas, y comienza, tras simular la aceptación de su derrota, “el gran juego”. (Una década después, tras el resonante éxito que tuvo La Orquesta Roja de Perrault, quien había entrevistado al mismo Trepper para hacer su libro, el Gran Jefe también escribirá y publicará sus memorias, a mediados de la década de 1970, con el título de El gran juego.)

En este “juego” (a vida o muerte) entre Trepper y los nazis el primero saldrá triunfante: no sólo logró engañar y huir de sus captores (en una maniobra simple pero genial) sino que mantuvo el envío de informaciones bajo reclusión: incluso llegó a anticiparle a Stalin (al “enterrador de la revolución”, al “astro gemelo” de Hitler –León Trotsky dixit–) la fecha exacta del ataque alemán: el comienzo de la “Operación Barbarroja”. El Gran Burócrata ruso, inepto, cobarde, paranoico, desconfiado, desestimó el anuncio: proveniente de “borrachos o traidores” calificó la información que le llegó de Trepper. (La Orquesta Roja supo del fin del pacto nazi-soviético; incluso se aprovechaban las contradicciones y desavenencias de los generales nazis, disconformes con decisiones del líder imperial del III Reich: opinaban que era una locura –militar– pretender que Alemania mantuviera dos guerras al mismo tiempo, en los frente Occidental y Oriental…)

Tras su huida, Trepper logrará, al fin de la Segunda Guerra Mundial, regresar a la Unión Soviética. Formó fila en una oficina de reclamos y protestó por el ninguneo a sus mensajes y avisos, que tanto podrían haber cambiado los hechos y episodios de la guerra que todos conocemos. ¿Cuál fue el resultado del enojo de este auténtico luchador y patriota soviético? Diez años de cárcel, nada menos que en Lubianka.

Cuando logró salir de allí vivió en su Polonia natal, recluido, hasta que Perrault y su libro le granjearon una nueva notoriedad, y luego terminó en Jerusalén. El gran juego es un libro impresionante; una joya de la memoria militante. Cuenta Trepper que, en sus comienzos, como joven minero en Medio Oriente, lustros previos a su llegada al espionaje, llegó a organizar comités conjuntos de trabajadores judíos y palestinos (luego los gobernantes británicos lo expulsarían, teniendo que recalar en Francia). Toda su vida está relatada en ese libro, y es para destacar la evaluación que hace de los trotskistas en la URRS, a quienes conoció en la cárcel. Habla Trepper de la “revolución degenerada [que] había engendrado un sistema de terror y horror, en el que eran escarnecidos los ideales socialistas en nombre de un dogma fosilizado que los verdugos tenían aún la desfachatez de llamar marxismo”; hace un mea culpa (“Todos los que no se alzaron contra la máquina stalinista son responsables, colectivamente responsables de sus crímenes. Tampoco yo me libro de este veredicto”) y pregunta: “¿quién protestó en aquella época? ¿Quién se levantó para gritar su hastío?”. Y responde: “Los trotskistas pueden revindicar este honor. A semejanza de su líder, que pagó su obstinación con un pioletazo, los trotskistas combatieron totalmente el stalinismo y fueron los únicos que lo hicieron. En la época de las grandes purgas, ya sólo podían gritar su rebeldía en las inmensidades heladas, a las que los habían conducido para mejor exterminarlos. En los campos de concentración, su conducta fue siempre digna e incluso ejemplar. Pero sus voces se perdieron en la tundra siberiana.

Hoy día los trotskistas tienen el derecho de acusar a quienes antaño corearon los aullidos de muerte de los lobos. Que no olviden, sin embargo, que poseían sobre nosotros la inmensa ventaja de disponer de un sistema político coherente, susceptible de sustituir el stalinismo, y al que podían agarrarse en medio de la profunda miseria de la revolución traicionada. Los trotskistas no ‘confesaban’, porque sabían que sus confesiones no servirían ni al partido ni al socialismo”.

Afortunadamente, contra esa pérdida de la historia combatiente del trotskismo contra el stalinismo están, por ejemplo, los trabajos del historiador francés Pierre Broué, ya fallecido, además de la inmensidad (monumental) de libros y otros escritos, documentos y cartas que dejó el mismo Trotsky. Es para subrayar lo que dice Trepper: contra la “revolución degenerada”, “traicionada” (tal como tituló Trotsky uno de sus grandes trabajos: La revolución traicionada, de 1936), existía sin embargo “un sistema político coherente”, alternativo (socialista), el de los trotskistas, para sustituir al del totalitarismo stalinista…

Nacido en 1904 en Galitzia (hoy parte de Polonia y Ucrania), Leopold Trepper falleció en 1982. En su libro autobiográfico pretende, según afirma en el Prefacio, aliviado de no tener nada que ocultar (los –pocos– miembros que quedaban vivos de la Orquesta Roja ya no corrían peligros para ese entonces), “decir la verdad acerca de los cincuenta años de mi vida militante”.


#Entrevista a Darío Canton: “En la ciudad de Buenos Aires se respiraba mucho tango”

OCHENTA AÑOS SIN CARLOS GARDEL

Darío Canton: “En la ciudad de Buenos Aires se respiraba mucho tango”

Entrevista en el bar La Paz con el poeta y sociólogo Darío Canton, a propósito del nuevo aniversario de la muerte de Carlos Gardel. Una charla, desbordante de memoria, sobre tangos y vivencias, libros y poesía.

Darío, quiero que comentes cómo es la historia de tu libro sobre Gardel.

El libro que salió con Ediciones de la Flor, con el título de Gardel, ¿a quién le cantás?, es de 1972. El título se le ocurrió a Daniel Divinsky, y supongo que pensó que era un título ganchero. Y tuvo una ilustración de Oscar Smöje, que hoy es el director del Palais de Glace. Smöje hizo una tapa con los colores de la camiseta de Boca. Supongo que también pensando que eso iba a favorecer la venta. (Risas.)

El trabajo que aparece allí fue redactado en Estados Unidos, hacia 1961-62. Lo hice para “Sociología de la cultura”, una de las materias que daba un exiliado alemán, Leo Löwenthal, del grupo de [Theodor] Adorno. Con ese trabajo me fue muy bien: no solo obtuve una nota excelente, sino que me permitió ser ayudante de investigación por el mérito que se le atribuyó.

Sin embargo tu relación con el tango viene previo a esto…

¡Claro, claro!

Lo escuchabas de chico…

Exactamente. Lo tengo que haber escuchado en la radio. Estuve en 9 de julio hasta 1935. Hasta mitad de año quizás. Y seguramente lo escuchaba en la radio, porque me sabía de memoria “Cuesta abajo” y otros tangos que cantaba Gardel. E incluso una persona que se llamaba José Altare, que era chofer de mi padre (que era médico, e iba en auto a las distintas consultas –incluso al campo–), me llevaba desde donde yo vivía, en la mitad de la cuadra, a una panadería que estaba en la esquina. Me sentaba sobre el mostrador y yo cantaba con una guitarrita que tenía… Esa guitarrita la he conservado, y aparece una mención a ella, también una foto junto con una pequeña anécdota vinculada con [Héctor A.] Murena en el libro Los años en el Di Tella, 1963–1971 [páginas 33 y 44], a propósito de esta guitarra.

Entonces: yo tenía parte del repertorio de Gardel. Y después, ya de adolescente, cuando estaba de vacaciones en Uruguay, en la casa de mis abuelos, iba por las tardes –me parece que entre las 3 y las 5 de la tarde, aproximadamente– una audición de radio (que no puedo saber cuál era) en que pasaban todos los discos de las distintas orquestas de tango. Las recientes grabaciones. Y yo oía permanentemente eso. Conocía a los cantores de las distintas orquestas, repertorios… Y además en la ciudad de Buenos Aires se respiraba mucho tango porque se tocaba tango en muchos lugares; en bares, acá en el centro.
Digo: el tango era una cosa omnipresente. Porque además coincidía con los años de la Segunda Guerra Mundial. Había menguado mucho la llegada de “novedades discográficas” de Estados Unidos y de muchos países de Europa. Entonces había una gran actividad tanguera.

Y había programas muy lindos. Había por ejemplo un programa que se llamaba “Ronda de Ases”, que iba dos veces por semana, e iba el público al teatro Casino –que era un teatro que estaba, me parece, en Maipú, entre Corrientes y Sarmiento–. Y ahí competían orquestas de tango, y el público votaba. Entonces había un público fervoroso que aplaudía a rabiar a sus favoritos –la orquesta por la que hinchaban… porque cada una tenía su hinchada, por así decir–. Era un clima muy festivo y muy competitivo a la vez. Entonces las distintas orquestas tenían sus seguidores…

Sus fans.

¡Exactamente! No era lo mismo D’Arienzo, que Troilo, que Caló, que Pugliese… Cada orquesta tenía “su sello” y sus cantores también. Era todo algo muy lindo y disfrutable, y los que nos interesábamos por eso conocíamos los tangos y había una especie de “sabiduría tanguera” que hacía que nos valiéramos –por así decir– de esos códigos o de esas letras.

He conocido gente mayor que se valía del Martín Fierro para su “filosofía cotidiana”, por así decir: “Hacete amigo del juez, que siempre es bueno tener palenque ande ir a rascarse” y equivalentes… Todavía tienen vigencia. Pero eso era más en mis mayores; la gente de mi generación –por lo menos los que vivíamos acá en Buenos Aires– estaba mucho más ligada con el tango. Y con las cosas del tango. (Me adelanto al decir algo, alterando la temporalidad: hace dos años, más o menos, descubrí, un día, después de ir al baño, que había sangre en mis heces. Y ahí ¿de qué me acordé? Me acordé de “Cotorrita de la suerte”, que es un tango que cantaba Gardel. “Cotorrita de la suerte” dice algo así: “Pasa un hombre quien pregona: ‘¡Cotorrita de la suerte! Augura la vida o muerte. ¿Quiere la suerte probar?’”. Recordé ese tango porque pensé “¡Sangre! Capaz que me saqué la lotería de un cáncer…” Y lo primero que hice –el tango no lo tenía… digo: lo sabía de memoria–, ese día, o al día siguiente, fue ir a [la disquerías y librería] Zivals, que me queda a dos cuadras de donde vivo, a comprar el tango cantado por Gardel. Y ahí lo tengo… Con esto quiero decir hasta qué punto el tango forma parte de mi vida).

Antes me había referido a la adolescencia. En mi adolescencia, uno de los tangos –¡uno de los grandes tangos!– es “Malena”. A mí me gustaba mucho Troilo –entre otros; pero me gustaba mucho Troilo–. Y hay un solo suyo en “Quejas de bandoneón”, que yo en algún momento, en una audición a la que me invitaron para una entrevista, tenía que llevar sugerencias de música que quisiera oír, y elegí ese; porque me parece que hay un solo de bandoneón sensacional.
Y de esos años es “Malena”, que yo hasta hace no mucho estaba tratando de confirmar qué Malena es la del tango de Manzi. Porque Nelly Omar, en más de una ocasión, reivindicó ser ella. Bueno, no: no era ella; era una mujer que se llamó Malena de Toledo. Pero entonces yo eso, no hace mucho, seguía dando vueltas con esa interrogación, por esa afirmación de Nelly Omar.

Así que el tango era cosa de todos los días. Recuerdo que estaba en Carmelo, en el año ‘40 o ‘41, cuando se inauguró la Radio Carmelo, con mucho bombo, y fue una delegación de artistas argentinos. Y como parte de la delegación que fue estaba Mercedes Simone, que esa noche cantó en el teatro Uamá, y entre las cosas que cantó estaba “Negra María”, una milonga de [Lucio] Demare y [Homero] Manzi. A mí me gustaba mucho su timbre de voz –por ejemplo no me gustaba Libertad Lamarque, que fue mucho más popular. El timbre de voz de Libertad Lamarque no me gustaba–. Esto es más o menos hasta los quince años, dieciséis… Y después siempre seguí interesado. Me gustó mucho [Astor] Piazzolla… (Fracasé con Piazzolla: intenté que le pusiera música a La saga del peronismo, y no fue así.) Y después escuché a gente como Eduardo Rovira, que era menos conocido pero también me parecía muy interesante. Lo escuché una noche, en un local que aparentemente todavía existe, en la calle Paraná, entre Corrientes y Sarmiento: un sótano. Creo que ahora hacen jazz allí.
Bueno: Piazzolla, Rovira, Troilo, Pugliese… Y luego escuchar a Julio Sosa.

¡Al que le decían “el varón del tango”!

¡Sí! “El varón del tango” (Risas.) En un local acá, por la calle Corrientes, de la mano del teatro Metropolitan, más o menos a esa altura… era un galpón enorme, y ahí cantaba Julio Sosa. Lo fui a escuchar una noche con Gerardo Andújar, un gran amigo mío.

Con Gerardo Andújar compartíamos el “conocimiento” de las letras del tango. Y él lamentablemente –en mi opinión– había adoptado excesivamente la “filosofía tanguera”, que es más bien derrotista (o era).

Y volviendo a tu Gardel ¿a quién le cantás?

Y el libro sobre Gardel sale de ese trabajo que yo hice en los Estados Unidos, que era un poco un reexamen (como otros trabajos que hice allí mismo) de parte de mi historia personal. Y en ese sentido puedo decir que me saqué de encima una serie de elementos negativos; así como también trabajé –por ejemplo– sobre los conflictos en las universidades… todo lo que yo había vivido hasta ese momento surgió o afloró mientras yo estudiaba. Y el tango tiene que ver con eso.
Después, cuando se publicó como libro, que fue una idea de Daniel Divinsky, le agregué un prólogo. Ese prólogo está en el tomo [de la serie de libros autobiográficos, llamada De la misma llama] que cubre del ‘72 al ’79 [entre las páginas 15 y 22]. Y en ese libro se rescataron los tangos que son parte de la investigación.

Se reproducen las letras.

Se reproducen las letras. Ahí hay un tema con las letras, y yo en algún lado también lo he mencionado. Una persona que me escribió, que se llamaba Miguel Santamaría me advirtió que varios de los tangos que yo ponía (eran como cien, y él me señalaba unos siete u ocho) no habían sido cantados jamás por Gardel. Bueno: le agradecí mucho y dejé constancia de eso. Lo que pasa es que me había llevado un librito del Alma que canta, que era una revista dedicada a eso, donde se publicaban las letras; y ahí ese librito le adjudicaba esos tangos a Gardel. Digo: haber sido cantados por Gardel. No hice el cotejo puntual y entonces… bueno, dejé constancia de eso.

¿Y el libro cómo funcionó?

El libro funcionó bien. Pero la gente más del “medio tanguero” lo criticó. Porque yo hacía recuentos de los tangos, poniendo que cada tipo de tema aparecía tantas veces…

Una clasificación.

Exacto. Y eso les parecía una “herejía”, que era una incomprensión total de lo que el tango y lo que Gardel… en fin. Ese tipo de personas lo descalificaron totalmente. Después otra gente lo apreció, incluso hace poco tuve una conversación con Julio Schvartzman, que trabaja este tema, desde un ángulo más académico, y me dijo que ese trabajo alguna gente lo apreciaba mucho.


* La página web del escritor: http://dariocanton.com/

 


Günter Grass: el dolor que emana la Historia

Literatura // Obituario

Günter Grass: el dolor que emana la Historia

Algunas notas y reflexiones sobre la vida y obra del autor, entre decenas de títulos, de la renombrada novela ‘El tambor de hojalata’.

Por Demian Paredes, para La Izquierda Diario

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Ante el deceso de Günter Grass (escultor, poeta, ensayista, dibujante, dramaturgo, narrador) el pasado 13 de abril, la “excusa” es buena –ya que la noticia mala– para (re)visitarlo o conocerlo. Sólido escritor, novelista de peso, ganador de los premios Nobel de literatura y Príncipe de Asturias de las Letras, autonominado “discípulo” de Alfred Döblin, con más de 30 títulos publicados, Grass es parte de la gran literatura europea del siglo XX que integran otros grandes como Hermann Hesse, Thomas Mann, Hermann Broch y Thomas Bernhard. Surgido de las cruentas experiencias del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, nacido en 1927 (en Danzig, actual Gdansk), Grass enfrentó nada menos que aquella famosa sentencia de Theodor Adorno, dura, pesimista, que hablaba de la imposibilidad de la poesía tras la inmensa muerte, producida a gran escala, industrialmente, perpetrada en Auschwitz y el sistema de campos.

Grass de joven estudió escultura y dibujo, e integró el Grupo 47, un colectivo de escritores que buscaba irrumpir en la (bucólica) situación cultural alemana, hija de la derrota en la guerra (la pax de los cementerios), el lastre de la ignominia moral (mundial) de haber “generado” a Hitler y al fascismo, y las tendencias autoritarias y moralistas en la República Federal de Alemania, emanadas del gobierno de Konrad Adenauer. Como explicó Grass en una entrevista publicada en 2010 en Der Spiegel: “El idioma alemán había sido dañado durante el período nazi. Pero nosotros, los autores jóvenes –incluyendo Martin Walser y Hans Magnus Enzensberger– no queríamos sentirnos constreñidos y nos negábamos a condenar el lenguaje. Como resultado, mi estilo rebosaba de la intención de querer desplegar todo lo que el lenguaje tenía para ofrecer”. Las vivencias bajo el nazismo y la guerra estarán presentes en toda la producción del artista, desde su primera novela especialmente, El tambor de hojalata, publicada en 1959 (luego llevada al cine y ganadora del Oscar a la mejor película –y también llevada a los tribunales, acusada de “pornógrafa” y “blasfema”–). Y, entre las siguientes, se destacan las dos más importantes y conocidas obras de los 70 y 80: El rodaballo y La ratesa (“novelas épicas”, en palabras del propio autor).

Grass combina sutil y agudamente –y al mismo tiempo con esa “exuberancia” o “abundancia” de lenguaje– experiencias de la historia con el día a día, con la vida cotidiana de sus personajes (en sus “modos” y mentalidades), logrando obras a un tiempo sensibles y asombrosas. Ahí está por ejemplo Mi siglo (1999), colección de pequeñas “viñetas literarias”, una por cada año del siglo XX (recordar por ejemplo “1908”, con el niño sobre los hombros de su padre ante un discurso de Liebknecht). Junto a esto, la fábula, la alegoría y el recurso a “lo fantástico” en varios de sus libros (a la manera de Rabelais, de los hermanos Grimm y otros) no le quitan rigor sino que suman creatividad a esta narrativa que tiene su núcleo viviente en los grandes dramas históricos. Por todo esto, por ser una voz original y potente, y por la temática específica que trató, terminó ocupando un lugar (entre la llamada opinión pública) donde, además de su arte, su “conciencia moral” o “ética” jugaba un rol, tenía un peso (de época), como tantos otros escritores y/o filósofos a lo largo del siglo XX, desde Sartre y Camus a Saramago; desde García Márquez y Juan Gelman al fallecido el mismo día que Grass, Eduardo Galeano. En la tradición de lo que se conoció como “intelectual comprometido”, Grass fue militante afiliado (del Partido Socialdemócrata) mucho tiempo, dio discursos y debates, escribió y habló para la prensa y demás medios, y articuló diversas relaciones con el mundo de la política y los sindicatos.

Pero a todo esto hay que sumar otra dimensión de su obra: la abiertamente autobiográfica. Desde Pelando la cebolla (2006) a los siguientes títulos (La caja de los deseos, De Alemania a Alemania –sus diarios sobre el proceso de reunificación del este y oeste germanos en 1990– y el tomo sobre los hermanos Grimm, todavía inédito en castellano), el escritor repasa su vida, volviendo a la experiencia de la regimentación nazi. Desde que se publicó Pelando la cebolla, con la narración detallada de cómo el autor fue parte, en su infancia y juventud (desde los 11 años), del sistema de reclutamiento de las Juventudes Hitleristas, que luego lo llevaría a integrar las Waffen-SS hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, la polémica se transformó en una acusación de ocultamiento (hubo incluso quienes pidieron que se le retirara el premio Nobel), agravada por una (supuesta) hipocresía de haber sido (casi) lo mismo que otros políticos y personajes públicos, que fueron objeto de crítica y condena por Grass: un exmilitante nazi. Aunque no es cierto tal “ocultamiento” (varias veces el escritor admitió o comentó sus vivencias de adolescente –esto está publicado en revistas e incluso en las solapas de sus libros; ver la primera edición deLa ratesa, Madrid, Alfaguara, 1988, por ejemplo–), Grass no entró en combate, terminó huyendo –y compartió un momento con otro recluta, un tal Joseph Ratzinger– y, siendo herido, terminó prisionero del Ejército norteamericano. Luego trabajador minero por un tiempo, Grass con su primer libro demostró preocupación por resituarse y mostrar ese pasado reciente silencioso (silenciado por vergüenza, social y masivamente); a fin de cuentas, Óskar Matzerath, el protagonista de El tambor de hojalata, aunque fue inspirado por un niño que Grass vio a comienzos de los ‘50, alegre con su juguete, es él mismo: la mezcla de fantasía y violencia, de niñez y manu militari, el redoble del tambor como un constante llamado de atención (y alusión) al régimen del Tercer Reich; esa historia que se cuenta (además de los gritos destructores de vidrios de este singular niño que no quiso crecer más, en una sutil referencia a la tristemente célebre “noche de los cristales rotos”) es parte de ese temprano proceso de catarsis del artista, con esebatir el parche ante las atrocidades del régimen nazi. (Otra cuestión es la ligada a la “elaboración” personal, a lo largo del tiempo, de su propia individualidad como parte integrante del sistema nazi –y su tardío relato autobiográfico–, en donde no tuvo sin embargo ninguna responsabilidad, ni política ni efectiva, por muerte alguna.) Esa “mancha”, esa experiencia juvenil (al parecer no muy entusiasta ni convencida), de la que él mismo dijo ser luego plenamente consciente, no empaña ni anula –ni en parte ni en todo, a juicio de quien escribe– el conjunto de su obra, ni sus compromisos con los problemas de su época.

Grass, tras el episodio de 1953, el levantamiento popular y la oleada de huelgas de los obreros berlineses (orientales) contra la burocracia estalinista –un potencial peligro de “revolución política”– terminaría respondiendo críticamente a la pasiva actitud de Bertolt Brecht ante esos hechos con su obra dramática Los plebeyos ensayan la rebelión, escrita en 1964. Siendo un socialista moderado (del SPD, el Partido Socialdemócrata), Grass nunca ahorró críticas, incluso dentro del propio partido del que formaba parte (aunque devolvió el carnet a comienzos de los ‘90), y se pronunció ante cada coyuntura histórica o hecho relevante de la política mundial: desde la “reunificación alemana” (a la que él se opuso y fue crítico, viendo en la restauración capitalista un futuro ciclo de neoliberalismo y pobreza para el Este) y la guerra en Yugoslavia (donde tuvo una posición errada, avalando la acción de la OTAN y el Vaticano), pasando por la guerra de Irak y Afganistán y la política de Bush y Cía. (criticadas), la situación de los inmigrantes encarcelados y deportados en Alemania, hasta el penoso papel de Angela Merkel ante el affaire de escuchas y espionaje y la crisis económica internacional (¡Grecia!). Entre sus últimos planteos y preocupaciones el que más trascendió fue uno en 2012, cuando se publicó (y tradujo de inmediato para todo el mundo –aunque en Argentina extrañamente, o tal vez no tanto, no se le prestó la menor atención a la polémica–) el poema en prosa “Lo que debe ser dicho”. Allí criticaba al Estado de Israel, por su violencia y militarismo, y alertaba del peligro nuclear que representaba (y representa).

Las preocupaciones de Grass consistieron en defender la tradición y recuperar la historia; los trabajadores y sus organizaciones sindicales, sus grandes referentes (Bebel, Liebknecht) fueron siempre tratados. Hizo este planteo: “Los mismos partidos socialistas o socialdemócratas se han creído la tesis de que con la caída del comunismo no queda ya lugar para el socialismo en este mundo; y perdieron toda confianza en el movimiento obrero, que por cierto existe desde mucho antes que el comunismo. Cuando uno abandona su tradición, se entrega a la nada. En Alemania, por ejemplo, apenas si hubo intentos de organizar a los desocupados. Hace años que trato de convencer a los sindicatos de que no pueden representar a los trabajadores mientras tienen trabajo, y abandonarlos cuando son excluidos del mundo laboral. Tenemos que ofrecer resistencia al neoliberalismo global. […] Hay que decir las cosas como son. Y dudo que podamos dejarlas libradas exclusivamente a lo intelectual”.

La vida y la política, la ética y la estética, el análisis, la teoría y la práctica, eran inseparables para él.

Permanentemente contemporáneo, vivaz y atento, crítico, artista de cruces y fusiones (entre prosa y lírica, entre escritura y dibujo), Grass representa con su arte los signos que aluden (a) y recorren las catástrofes del siglo XX (como en la Trilogía de Danzig: El tambor de hojalata, El gato y el ratón y Años de perro). Él sostuvo: “la historia no se puede dar por concluida. Porque nos alcanza… No se trata de un mea culpa continuo, sino de la conversión del sentimiento de culpa en sentido de la responsabilidad”. Ante la destrucción sufrida y las perspectivas del abismo (que se mantienen, acechan y actúan) Grass rescató la tradición y, haciendo sonar persistentemente su tambor, nos contó historias, muchas, con el objetivo de rememorar ese dolor y no olvidar.


Darío Canton y ASEMAL: una experiencia de poesía y riesgo

A 40 años del Tentempié de poesía

 

Por Demian Paredes para La Izquierda Diario

(notas publicadas el pasado viernes 10 y sábado 11 de abril)

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Tres notas de lectura (primera parte)

Introducción

El célebre postulado de los surrealistas, corriente sobresaliente/integrante de las históricas vanguardias artísticas de comienzos del siglo XX, con el objetivo –ante la imperiosa-urgente necesidad– de “unir el arte y la vida”, tuvo, por así decir, (un) su revival–entre todo lo que se puede encontrar (y contar) durante los llamados “sesenta” y “setenta”– con la extraordinaria experiencia lanzada, desde Argentina, en 1975, por el escritor (y también sociólogo) Darío Canton: ASEMAL. Tentempié de poesía.

Ese proyecto, que logró una conexión muy particular entre autor y lector/es (mucho más directa que la que permiten los canales oficiales/tradicionales del circuito comercial) fue republicado, el año 2000, por el sello Mondadori: están a disposición desde entonces los 20 números, con sus (varios) bonus track (“El cuento del poema” y otras hojas de comunicación, “extra”) y una selección de la profusa e interesantísima (por lo vital, inteligente, variada) correspondencia y respuestas que generó este (literal) arrojo poético de Canton, que duró hasta 1979 y que se extiende/mantiene por diversos “hilos” y “canales” hasta el presente (este Tomo La historia de ASEMAL y sus lectores es el cuarto de la serie autobiográfica de Canton, intitulada De la misma llama).

Los comienzos/posibilidades de algo como ASEMAL surgen cuando, durante unas vacaciones (en febrero de 1974), Canton –quien estaba publicando ya su quinto libro: Poemas familiares– pegó sobre el vidrio del departamento que ocupaba, que daba a la calle, algunas hojas con poemas. Fueron leídos: “bastantes personas se detenían”, dice; e incluso más: “Hasta hubo quien golpeó y entró: era alguien que también escribía y me invitó a cenar con otros amigos para leer en compañía nuestras cosas, algo que nunca había hecho”. Esto, y la existencia de tres autoproducidas “carpetas-libros” de poemas (Personajes, Cuaterno o Puntos Cardinales, y Anatonuestra), cuyas copias circulaban entre una quincena de amigos y conocidos de Canton, lo decidieron a lanzar el tentempié. (Al recibir poca respuesta o “eco”, el escritor decide “liberar los poemas de los tres libros y, tomándolos uno por uno, clasificarlos en grandes rubros o secciones que serían las que aparecerían en ASEMAL”.) Unas hojas, una publicación entonces, unipersonal, producida por él mismo, con su impronta y objetivos. Hay aquí una intervención, una innovación, un desafío si se quiere, a nivel sistémico –esto es, el mercado de la literatura, con sus circuitos de producción-circulación-consumo, sus instituciones académicas, monopolios de publicidad, mediáticos, etc.– vía la conexión y una rejerarquización de/con la experiencia individual; el objetivo que persigue Canton con ASEMAL consiste –nada menos–, tal como lo explica en la “Presentación” del número 1, en “una tentativa de acortar la distancia temporal entre escritura y lectura”. Además de esta “aceleración” de este “otro-ritmo”, desde el contenido,a nivel comunicación, se busca, alrededor de las reacciones y manifestaciones que puedan surgir: “algún eco, de aceptación, rechazo o reciprocidad, cosas todas que suponen intercambio”. Los poemas, y la particular difusión de ellos, enviados cada número como correspondencia a amigos y conocidos –y a conocidos de estos conocidos y amigos: unos 700 al comenzar, finalizando, con altibajos y diversas cifras, en una edición de casi 630–, formando una moderna “red social” avant la lettre, entrelazó todo un mundo de gente, donde los roles de lectores y escritores se confundieron, se fusionaban, alternaban/combinaban, y donde el arte poético se integraba, se hacía un componente más, de la vida misma, con todos sus avatares.

1.
La poesía
Uno de los tonos que tendrán los poemas de ASEMAL –entrando ahora a comentar algunos (pocos) entre el amplio abanico de temáticas, registros, “temperamentos” y enfoques que se irán ofreciendo número tras número, y que llegaron a la cantidad conjunta de 240 textos– es el de la ironía inteligente y aguda, generada desde una atenta observación del discurrir de la vida diaria y la reflexión/comparación (y, también, del “golpe breve”). Por ejemplo, en la sección “Avisos y prevenciones”, en el número 1, fechado en mayo de 1975, el poema “¡Cuidado!” observa (o mejor, alerta): “Lavarse la cara/ ciertos días/ es/ un rito/ cruel:/ recuerda/ demasiado/ al llanto”.
En el número 2, de 1975 también, en lo que será una “sección fija” de tapa, “Vida cotidiana”, se propone un tópico (que también fue objeto de la poesía de Marechal, por ejemplo en “El amor navegante”): el uno que en realidad es dos, que es par(eja)… aunque acá Canton plantea esta cuestión “en situación” –en una situación, podría decirse, complicada–. En el poema, el “Discurso del viudo” consiste en preguntar(se) cómo “volver a ser uno/ cuando uno era dos”. Otra sección, rotulada simpáticamente “Viajes y turismo”, ofrece, en “Saliendo temprano”, una sorprendente comparación/metáfora por parte de un “sujeto poético” que perfectamente podría ser algún protagonista de un “cuento de oficina” (sea de Roberto Mariani, sea de Abelardo Castillo), o un pobre flâneur asalariado “modelo siglo XX”. Observa que: “Las manijas del subte se mueven/ como las chicas del Maipo/ desparejas”. Y la mirada, desde el rutinario trajín del transporte público, de que alguien que lee el diario y bosteza, además, “se está quedando pelado”…
Junto a esto convive el poema referido a Borges, en la sección “Nuestro vecindario”, donde este idealista (“puro espíritu”), esta “polilla de Alejandría” –como risueñamente ¿y con alguna malicia? lo apostrofa Canton– es también un “Edipo aprovechado”, quien “a cuestas de su madre marcha”. Y está “Ernest Hemingway”, de quien los versos dicen que “un día se propuso olvidar”… y, cuando lo hizo, sencillamente “miró los caños de frente”. En “Taller”, una de las secciones fijas “de contratapa”, nos da un “Credo” (urbano). El “objeto” (u objetivo) es el chofer de colectivo, quien “nos devuelve a casa/ puntual/ con la mano firme/ de un padre/ que guía a su hijo/ al hogar”.
En el poema “Inducción”, título que aduce al sentido de los versos enumerando una situación, al llegar al último concluirá, convencido (o resignado): “Habrá que nacer”.

ASEMAL número 8, de diciembre del 75, desde su “primera página”, siempre desde la “Vida cotidiana”, (se) postula en el poema, contra “los gritos de los carteles, que dicen “mañana será mejor”, así sea “por lo bajo”, la defensa y perspectivas del presente: “hoy”. En “Ayeres”, la sección contiene el poema “Final de Antonio Machado” (cuya “cocina” se podrá conocer en el Tomo I de la serie De la misma llama, referido al período de Canton en Berkeley). Y los versos de “Estaciones”, aparecidos en el ASEMAL que siguió, el número 9, publicado y enviado para el período abril-mayo de 1976, se dedicaban a elogiar los dones, las esencias, de la naturaleza; de “la ciruela y el higo”, saboreados: “iguales/ sin cambios/ eternos”. Y, una vez más, habrá un tratamiento del fin de la vida, en clave humorística: el “Taller” de ese número trae un “Poema con hoy y ay”, donde se lee: “El chino/ en el nicho/ se revuelve/ –¿seré yo?/ ¿será hoy?/ ¡Ay!/ Ya no”.

Con la dictadura plenamente instalada, ASEMAL 10, fechado junio-julio de 1976, tendrá, en “Vida cotidiana” un poema con una palabra faltante. Una propuesta de “concurso” (una maniobra) para evitar censuras, persecuciones y demás peligros, Canton propondrá que se complete/adivine la palabra ausente del poema: “El _____ como un manchón/ de tinta se fue extendiendo/ negra/ cubriéndolo todo”. (La palabra original del autor era miedo; hubo incluso quien acertó, aunque indudablemente había más de una opción “correcta” para colocar ahí, ante las vivencias y sentires de entonces.) En el ASEMAL siguiente volveremos a encontrar este tema (mortuorio), nuevamente desde “la vida cotidiana” y con un toque de humor, en el “Aviso” de una línea de colectivos: “Se ruega/ a los señores pasajeros/ que corran a sus muertos/ hacia el interior del coche/ para que puedan/ ascender los vivos”.

ASEMAL 12 (octubre-noviembre de 1976) tendrá, entre otras cosas, poemas dedicados a Caín y a Abel, y a Juana de Arco (otros personajes célebres “poetizados” en anteriores números son: Paul Eluard, Picasso, Rubens, Bach, Verlaine y Rimbaud, Antonio Machado y Richelieu). Y además de esto, se harán “dos anuncios”: la próxima salida del “Diccionario médico Canton” –un nuevo libro–, y un “Pedido de confirmación de suscripción por escrito”, que generará un nuevo ciclo de cartas al autor –muchas, de gente que nunca le escribió–, junto a tres preguntas que esperan respuesta, referidas a la posibilidad de encontrarse para preguntar y reportear a escritores, para escucharlos dar testimonio sobre la “cocina” de la poesía, de la hechura de los versos, y sobre la posibilidad de ir a escuchar a poetas contemporáneos/as “con diálogo posterior”.
En ASEMAL 13, por ejemplo, aparecen, como ya es habitual, los versos con paradojas (por ejemplo: sección “Definiciones”, poema “¡Atención”!: “Eternamente/ es una palabra/ de duración limitada”) con otras referencias y enfoques (o “cierres”) más serios (en el “Taller” de este número, “Parques y paseos” se deleita describiendo cómo reciben cada día las plazas porteñas a personas –adultos y niños– y animales. Con una nota o “recordación” final: “En esos lugares/ no hace tanto/ se fusilaba”).
El ASEMAL 18, del segundo cuatrimestre de 1978, trae en “Vida cotidiana” una ingeniosa “Copla coja”: “El día que nací yo/ a punto de ser/ mi padre/ al ver que ella no llegaba/ debió salirme de madre” (luego será “explicada” en el suplemento “El cuento del poema” que traerá el ASEMAL siguiente). Una nota de melancólica exaltación (valga el oxímoron) hay en la sección “Abstracciones” con “La memoria”: “Diosa/ del olvido y del recuerdo/ como el mar/ te vas y vuelves/ borrando las marcas en la arena/ nos dejas primigenios/ rebosando asombro/ prodigiosa”. Y “Confines”, trae bastante desasosiego… ante la humanidad; nos sindica como posibles (y simplones) “aprendices de payaso/ que equivocan bocadillos”.
En ASEMAL 19 (tercer trimestre de 1978) aparece en “Ayeres” una “canción-poema”, señalando a “La muerte/ ese animal contagioso”. Además de una sección con varios poemas agrupados bajo “Corrupción de la naranja”, título de un poemario suyo. “La vejez” reconoce, con pesar, que esta nos pone en una (lamentable, inevitable) situación: una “pulseada que se resuelve/ lenta, inevitable/ en favor del otro”.
Finalmente, y con un “espíritu”, una intención o tono similar al del “concretismo” brasilero, Canton se despide en el número 20, entre varios poemas, humilde, en la sección “Poeta restante” –imposible no recordar el “poetamenos” de Augusto de Campos–. Allí un Cantonvenido a menos, sin embargo maduro, ante el paso del tiempo, sabe que ella, la poesía, “inalcanzable/ lejana tras sus velos:/ me sabe su fiel amante”.

Firme en sus objetivos poéticos, rumbeando para el mismo lado, siempre, Canton en el último ASEMAL ofrece su “Balance y despedida”. Allí mismo anticipa que quiere “escribir un libro tomando numerosos ejemplos como los que han ilustrado el suplemento ‘El cuento del poema’, a los que espero armar a través de una especie de autobiografía intelectual ([…] algo que tiene que ver con la ‘cocina’ del ‘oficio’ […] sobre lo que siempre pensé que alguna vez daría testimonio)”. También prometía un nuevo número de ASEMAL, un 21, “para que lo conozcan quienes jamás lo recibieron”.

El número 21 –al menos por el momento– no llegó. Pero sí, desde 2000 en adelante, ocho tomos (siete ya publicados, el octavo en marcha) de esta “autobiografía intelectual”, de esta odisea poética que Canton ya perfilaba, a la par que (la) vivía, a fines de los ‘70.

2.

Los/as corresponsales

asemalSi (re)unir en un libro el conjunto de los textos de una experiencia poética (con toda su amplísima cantidad de riesgos) que duró cuatro años fue (y es) necesario, imprescindible fue también que Canton incluyera, ya pasados esos años, una selección de los más destacables ecos, reverberaciones, “efectos” y respuestas, provocados por su proyecto artístico.

La poesía de Canton y la vida: la vida de cada individuo-lector (a veces escritor y/o artista también; corresponsal-amigo/a directo(s) o “por terceros”), surgen, se comunican, entrelazan, y dejaron una inmensa (y muchas veces intensa, emocionante) constelación –o cuadro de época– de saberes y vivires, imaginativos, jugados –no hay que olvidar que estos intercambios se desarrollaron en su mayor parte durante la dictadura–. Cartas, postales, poemas, libros y comunicaciones de todo el país y de otros: Brasil, Estados Unidos, Uruguay, México, Venezuela, Costa Rica, España y más. Sorprenden la cantidad y variedad de asuntos que se tratan, desde los refinamientos del arte y de la escritura (las motivaciones que provocan los diferentes poemas, las asociaciones y comparaciones –Borges, Leónidas Lamborghini y Nicanor Parra se mencionan–, las relaciones entre el arte y la vida, entre las personas), pasando por cuestiones más mundanas como la financiación –hablando de las altruistas motivaciones– del proyecto de ASEMAL, hasta cuestiones más políticas (la situación social, los males del sistema que se padecen), y de la vida cotidiana (familia, trabajo, anhelos, simpatías y deseos de conocer-profundizar la relación con Canton vía encuentro personal –además de lo epistolar mismo–, etc.).

Entre las primeras respuestas se encuentra una de Noé Jitrik, exiliado en México. Allí, además de destacar los libros Poamorio y La mesa –por su “juego semántico” y por tener “la tematización como investigación”– plantea que, la sustancia poética y los métodos de Canton contienen una “destrucción-construcción que se resuelve en un plano superior. Poesía hegeliana la tuya”, le dice, “por la que tu espíritu de precisión, por otra parte bien conocido y característico circula con comodidad”.

Un lector, desde Ciudadela, le dice, luego de referirse a los poemas: “Tal vez lo que más me gustó fue esa tu idea de sembrar poesías entre los amigos”; “me sentí muy cerca de ti. Me agradó esa manera que inventaste para acercarte a la gente”. En el mismo sentido, una carta de Enrique Oteiza dirá: “El modus operandi me parece adecuado, porteño y expeditivo. Buena la diagramación”. Y Oscar Lavapeur: “condice contigo esa idea extravagantemente linda de editar poemas a domicilio. Hace bien”. Desde el mismo ángulo, Raúl Castagnino saludará esas “cuotas mensuales de aire fresco” y arriesgará: “La experiencia, por desusada, podría abrir una nueva vía a los poetas, que ya las tienen todas cerradas los pobres”. Un tal “Pucho”, un ordenanza del Banco de la Provincia de Buenos Aires, además de destacar en su carta “Temporalidad” (un poema situado espacialmente en Chacarita y temporalmente en muy diversos años) dice: “Tengo la necesidad de felicitarlo por esa forma tan original de hacerse conocer, además opino que la idea de enviar ASEMAL me resulta brillante y hasta revolucionaria en la literatura”. Ángel Núñez, autodefinido “crítico literario casi de profesión” confirma el proyecto de Canton al analizar: “Uno de los grandes problemas del poeta es –en la Argentina al menos, y salvo casos muy especiales– el de concretar una efectiva comunicación. Ni la misma publicación del libro garantiza el circuito, debido a las razones que también sabemos. Su intento me parece importante”. Desde Chubut, Juan Carlos Moisés le dice: “si algo me ha parecido bueno, aparte de su poesía en sí, es su manera de propagar su poesía, que en definitiva es la poesía, la de todos”. El escritor mexicano José Emilio Pacheco dice, en carta del 22 de diciembre de 1975: “Me parece admirable que en medio de todo lo que pasa como un héroe tengas en pie a la poesía. Es un acto de fe y una esperanza no tanto en la poesía como en la gente”. Y sobre el proyecto: “La idea me parece genial, mucho mejor que un libro, mucho más democrático y de alcance imprevisible pues la lee más gente de la que te imaginas y ya hay intentos mexicanos de imitarte”. En sentido similar piensa Angélica Gorodischer, quien escribe –y sueña y proyecta (así sea a contracorriente de la situación)– desde Rosario, el 18 de marzo del ‘76: “Su idea de la hoja de poesía me parece formidable. Ojalá se pudiera hacer lo mismo con los cuentos. […] lo que en verdad me gustaría sería sentarme en una esquina o en una plaza a contar mis cuentos. Por cierto que terminaría presa por subversiva y/o pornográfica, pero sería estupendo agarrar una de aquellas sillitas bajas en las que se sentaban las costureras, llevarla a una esquina céntrica y sentarse tranquilamente a contar cosas. Con que hubiera uno o dos oyentes me conformaría. Ellos podrían sentarse en el suelo, o en el cordón de la vereda y escuchar, e incluso hacer sugerencias. […] yo podría contar mi cuentos y usted decir sus poemas. […] Y esperemos que los cofrades nos imiten y que en cada esquina haya un cuentista o un poeta diciendo cosas”.

Respecto al “tema económico”, un corresponsal de Mendoza le pregunta “¿de dónde sacás la guita para esto? ¿Sos loco o millonario?” Y Oscar Giardinelli: “¿cuánto le sale este chiste? Mi admiración no puede menos que crecer”. Y desde San Juan: “¿Cómo te las vas a arreglar con el rodrigazo para imprimir-enviar?”.

Volviendo al contenido, Basilio Uribe ve en la publicación algunos casos de “poesía experimental” y, más en general, que “todos los poemas mostrados” en ASEMAL “son siempre frescos y vitales”. Junto a esto, destaca “Felis ber to”, dedicado al escritor uruguayo. Y Marcelo Abadi, enfocando la dimensión “existencial”, le dice: “no sé, en realidad, qué diablos pasa con esas malditas palabras. Uno siente que tiene que decir dos o tres de ellas antes de morirse. Y lucha por decirlas”.

Desde Campinas, Brasil –país desde el cual Canton tendrá una importante cantidad de respuestas–, el joven veinteañero Eustáquio Teixeira Gomes, asalariado y padre de familia, inicia una correspondencia con Canton: hablan de libros, poesías, y le propone participar de un proyecto de revista literaria sudamericana que quiere organizar. Canton, entre otras cosas (suyas personales, de traducción poética y de la hoja), le explica: “ASEMAL es ‘la mesa’ al revés; también una palabra cuyo sonido me gusta; por último, una desmentida respecto a tantas cosas que, según la propaganda comercial o las versiones oficiales, invariablemente nos hacen ‘bien’. Y además: “soy ‘joven’ por mi inquietud, por lo que trato de hacer y porque sólo ahora estoy volcado a la poesía –la escribo desde hace 25 años–, cuando antes trabajé mucho en sociología, pero cumpliré 47 el mes que viene”. Para el 24 de noviembre de 1976, en una nueva carta, Canton le dirá que “la situación política y económica acá está a mi juicio peor que el año pasado y no hay mucho ánimo ni tiempo para la literatura en general y menos para la poesía”, y el joven Teixeira Gomes le dirá, lapidariamente, preso de contradicciones y planes incumplidos, dónde está la fuente de su sufrimiento: “La fábrica me continúa matando”.

Ricardo Talesnik –el autor de la recordada obra de teatro y cine La fiaca– envía también una carta, “25 años antes del 2000”, dando “Gracias por las gracias”. El escritor Vicente Battista envía saludos desde las Islas Canarias. Y Raúl Gustavo Aguirre, poeta y editor, también dirige saludos y felicitaciones, y califica el proyecto deASEMAL de “odisea gráfica”. La Editorial Peña Lillo también envió líneas de apoyo y, por su parte, la escritora Martha Mercader, en mayo de 1975, aludiendo a las matanzas de la Triple A se sorprende: “¿jugar con palabras, con el abecedario, mientras por las calles andan sueltas tres letras que ametrallan y aniquilan? Y sí, también”, y le envía un poema. La escritora y dramaturga Griselda Gambaro le agradece ASEMAL y dice: “No son Tentempiés de poesía, son poesías en pie”. Y además: “A veces pienso que hacés una quijotada, útil e inútil, tan inútil en esta época accidentada que siempre pretende llevarnos por delante”. Y hablando de atropellos, aunque también sea gracioso/anecdótico (visto a la distancia), hay en La historia de ASEMALy sus lectores una carta del joven Pablo Beer, “acantonado en la benemérita Sociedad Rural de Bahía Blanca”. En la posdata habla de un libro de Canton: “Corrupción de la naranja nos ha acompañado en esa estadía en el interior, en momentos difíciles, extraños, novedosos… ‘¿Pero Beer, usté lee esto? Guárdelo o tírelo, porque le van a hacer una ‘información’. Este es comunista…”.

Ricardo Monti, “Pepe” Nun, Santiago Kovadloff, Héctor Schmucler, un tal Alberto Estanislao Sileoni (¿será el actual ministro?) y un joven poeta de 20 años, Daniel Chirom, serán otros corresponsales, entre decenas y decenas, además de “lectores y amigos que no se expresaban por escrito”, como comenta y lista brevemente Canton al final de su libro: Ramón Alcalde, Josefina Ludmer, Héctor Libertella, Amanda Toubes y Ricardo Piglia, entre otros/as. Como se puede ver, en este breve y rápido racconto de la correspondencia, no hay nada que no se haya discutido: la situación del arte en general y de la literatura y la poesia en particular. Qué métodos, iniciativas e inventivas puede haber para difundir el arte; qué pasa entre la política y la vida cotidiana; qué relaciones se establecen entre el arte y la vida, y hasta el sentido mismo de esta última (en medio de la dictadura). Toda la corresponsalía publicada en La historia de ASEMAL y sus lectores es una montaña (de dimensiones cordilleranas) de experiencias, escrituras e intercambios.

3.

Palabras finales

Darío Canton y su proyecto intitulado globalmente De la misma llama, donde La historia de ASEMAL y sus lectores es el comienzo de una serie que se continúa con la publicación del Tomo I, referido a su período de estudiante, joven sociólogo y poeta, es un constructo verbal y documental, en verdad monumental. (Incluso, ya con el “suplemento natural” de ASEMAL, “El cuento del poema”, Canton demostró, con estas “yapas” –tal como lo hizo últimamente con los dos volúmenes extra que sumó recientemente al plan autobiográfico–, generosidad y valentía, arrojo y creatividad en medio de las situaciones difíciles, duras, complicadas –por decir lo menos–, de la dictadura. En pocas palabras, se manifestó, contra viento y marea, la persistencia poética del escritor.)

Como ya he señalado en otro lugar –a propósito de la presentación, a fines de 2014, del Tomo VII de De la misma llama: el primer volumen de La Yapa–, el proyecto de Darío Canton es proustiano y benjaminiano al mismo tiempo: documenta y va incrustando, a modo de collage (como en el célebre Libro de los Pasajes), fragmentos de su historia y la de los suyos, de su poesía, sus trabajos y afanes, y del entorno social/epocal, mediante variados documentos, fotos, cartas, citas de libros. Rememora y cuenta sin descanso (nos lo ofrece en estos tomos), en una suerte de búsqueda del tiempo vivido.