#24M | “Se espera un golpe sangriento para marzo” (Haroldo Conti)

En cuanto a la situación aquí, las cosas marchan de mal en peor. Me acaba de informar muy confidencialmente […] [un amigo] militar, que se espera un golpe sangriento para marzo. Inclusive los servicios de inteligencia calculan una cuota de 30 mil muertos. Esto coincide con las apreciaciones de nuestros compañeros que evalúan la situación constantemente. […]

 

* Carta de Haroldo Conti, del 2 de enero de 1976, dirigida a Roberto Fernández Retamar, director de Casa de las Américas (La Habana, Cuba).

 

Palabra viva. Textos de escritoras y escritores desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado. Argentina 1974/1983, Bs. As., SEA, 2009 [3° ed.], p. 63.


Islandia, 1975: El día en que las mujeres hicieron huelga (The Guardian)

Islandia 

El día en que las mujeres hicieron huelga

10/10/2016 | Annadis Rudolfsdottir

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El 24 de octubre de 1975, el 90 % de las mujeres islandesas se negaron a trabajar, cocinar y cuidar a los niños. El efecto fue increíble, como nos recuerda Annadis Rudolfsdottir.

Gudrun Jonsdottir todavía recuerda lo que llevaba puesto el 24 de octubre de 1975. Contaba 21 años de edad, era recién casada y tenía un niño pequeño; ese día no pensaba cocinar, limpiar ni ir a trabajar. Tampoco mi madre, ni las madres de mis amigas, las empleadas de los supermercados, las maestras… en suma, alrededor del 90 % de las mujeres de Islandia. Una vecina, madre de tres niños revoltosos, se fue de casa a las ocho de la mañana y no volvió hasta el anochecer, dejando a la familia que se las compusiera por sí misma. Curiosamente, pese a que la sociedad islandesa quedó casi paralizada ese bonito día, sus mujeres nunca se habían sentido tan vivas y resueltas.

Cuando Naciones Unidas proclamó 1975 Año de las Mujeres, se formó un comité con representantes de cinco de las principales organizaciones de mujeres de Islandia con vistas a organizar actos conmemorativos. Un movimiento de mujeres radical, llamado Medias Rojas, fue el primero en formular la pregunta: “¿Por qué no vamos todas a la huelga?” Eso sería, según ellas, un fuerte toque de atención a la sociedad sobre el papel que desempeñan las mujeres en su funcionamiento, sobre sus bajos salarios y el escaso valor que se otorga a su trabajo dentro y fuera del hogar. La idea se propagó y finalmente el comité la aprobó, aunque solo después de que la palabra “huelga” fuera sustituida por “un día libre”. Pensaban que esto permitiría que la idea calara más fácilmente entre las masas y pondría en un aprieto a las empresas, que podían despedir a las mujeres que hicieran huelga, pero tendrían problemas si les denegaban “un día libre”.

En los días anteriores al 24 de octubre se formaban corros de mujeres en todas partes, tomando café y fumando sin parar, pero hablando mucho de forma agitada. Mi abuela, que realizaba un trabajo increíblemente duro en una factoría de pescado, no pensaba tomarse el día libre, pero las cuestiones planteadas por los movimientos de mujeres le fueron rondando la cabeza. ¿Por qué los hombres jóvenes se embolsaban salarios más altos que ella si su tarea no era físicamente menos extenuante? Mi madre, que tenía entonces 28 años y trabajaba en una granja lechera, tuvo que hacer uso de todo su arte negociador para convencer a su jefa, una mujer muy trabajadora que superaba la cincuentena, de que ese día debían dejar de trabajar. Cuando mi madre fue a la casa de su jefa para proponerle acudir a una concentración convocada en el centro de Reykjavik, la encontró expiando su sentimiento de culpa por no trabajar cocinando como loca.

En Reykjavik se concentraron unas 25 000 mujeres para escuchar discursos, cantar y debatir: un número espectacular, teniendo en cuenta que la población islandesa sumaba entonces poco menos de 220 000 habitantes. Las mujeres procedían de todos los ámbitos: jóvenes y viejas, abuelas y escolares; algunas llevaban su uniforme de trabajo, otras se habían arreglado. “Fue realmente la base popular”, recuerda Elin Olafsdottir, quien contaba entonces 45 años de edad y más tarde representó a la Alianza de Mujeres en el ayuntamiento de Reykjavik. “Fue, y lo digo en serio, una revolución tranquila.” Este sentido de unidad, de calma y firmeza tranquila es lo que recuerdan la mayoría de mujeres de aquella jornada. Gerdur Steinthorsdottir, que era estudiante de 31 años en la Universidad de Islandia y ahora es maestra, ayudó a organizar la concentración. Afirma que la participación fue tan amplia porque las mujeres de todos los partidos políticos y de los sindicatos se sintieron capaces de cooperar entre ellas y hacer que sucediera.

La atmósfera en la concentración fue increíble. Sigrun Bjornsdottir era una estudiante de 19 años y acababa de descubrir que estaba embarazada. Fue un tiempo difícil, recuerda, pero participar en la concentración le hizo sentir que estaba conectada con una fuerza mayor, que estaba empoderada. Mientras, Gudrun Jonsdottir, de 21 años, se encontraba en medio de la muchedumbre, llorando en silencio. No podía creer que una vieja amiga de la familia, Adalheidur Bjarnfredsdottir, fuera una de las principales oradoras del encuentro. Representaba a Sokn, el sindicato de las mujeres peor pagadas de Islandia. La lectura de su primer discurso público provoca ahora escalofríos. “Los hombres gobiernan el mundo desde tiempos inmemoriales y ¿qué ha sido de este mundo?”, preguntó con su voz profunda y áspera. Respondiéndose a sí misma, describió un mundo ensangrentado, una tierra contaminada y explotada casi hasta la ruina. Una descripción que hoy parece más cierta que nunca.

Los hombres islandeses casi no daban abasto. La mayoría de empresas no montaron ningún escándalo por el absentismo de las mujeres, sino que trataron de prepararse para la llegada de niños sobreexcitados que tendrían que acompañar a sus padres al trabajo. Algunos de estos salieron a comprar dulces y reunieron lápices y papel en un intento de mantener a la prole ocupada. Las salchichas, la comida preparada favorita de la época, se agotaron en los supermercados y muchos maridos acabaron sobornando a los niños mayores para que cuidaran de sus hermanos pequeños. Las escuelas, tiendas, guarderías, factorías de pescado y otros establecimientos tuvieron que cerrar o funcionar a medio gas.

Las mujeres responsables de componer el Morgunbladid, uno de los periódicos más leídos de Islandia, volvieron al trabajo a medianoche, como Cenicienta. Al día siguiente, el diario tenía la mitad de páginas y los artículos solo hablaban de la huelga. Las cajeras de los bancos que vieron cómo sus puestos estaban ocupados por sus superiores hombres, se dieron el gustazo de acudir al banco y hacerles trabajar. Para muchos padres, que al final del día estaban exhaustos, aquello fue un momento de la verdad. No es extraño que ese día fuera bautizado más tarde por ellos con el nombre de “el largo viernes”.

¿Qué ganaron las mujeres islandesas con todo esto? Para muchas, fue un aldabonazo que les abrió los ojos. Yo, como muchas mujeres de mi generación, ese día me volví feminista, a mi tierna edad de 11 años, y eso a pesar de que tuve que quedarme en casa sola con mi hermana de 9 años, enfadada por no poder asistir a la concentración. Fue un acicate para la acción y muchas sienten que la solidaridad que mostraron ese día las mujeres abrió el camino para la elección, cinco años más tarde, de Vigdis Finnbogadottir, la primera mujer del mundo elegida democráticamente presidenta. Finnbogadottir también lo cree firmemente. “Después del 24 de octubre, las mujeres pensaron que era hora de que una mujer fuera presidenta”, dice. “El dedo me apuntó a mí y yo acepté el reto.”

Sin embargo, 30 años después también hay una sensación de decepción. Bjornsdottir, la estudiante embarazada que ahora se encarga de las relaciones públicas del departamento de educación del ayuntamiento de Reykjavik, está triste porque su hija ya no se ha beneficiado de lo que ocurrió. Una estadística muy comentada estos días muestra que las mujeres islandesas cobran en promedio tan solo un 64,15 % de lo que suelen percibir los hombres. Así que hay un llamamiento para que el próximo lunes, cuando se celebra el 30º aniversario de aquella huelga, las mujeres abandonen su puesto de trabajo a las 14 horas y 8 minutos, pues a esa hora ya se habrían ganado su salario si ganaran lo mismo que los hombres. Tienen planeado saquear previamente su cocina y llevarse cazos y sartenes al trabajo para organizar caceroladas y armar mucho ruido. Está por ver si las autoridades les escucharán.

18/10/2005
Traducción: VIENTO SUR

“Años perdidos, decepción y promesa” (Noé Jitrik)

CONTRATAPA

Años perdidos, decepción y promesa

Por Noé Jitrik

na40fo01Gracias al buen gusto y al afecto de mi amigo Demian Paredes, de inagotable curiosidad por la buena literatura, pude conocer a lo largo de los últimos años varios textos inexcusables, tanto como inexcusable fue no haberlos conocido antes.

En particular, pero no sólo en ese ámbito, literatura concerniente a lo que fue la Unión Soviética, en ese poderoso momento de su creación y luego en su exilio, durante la larga noche estalinista. Parecía obvio que Demian me hiciera llegar nuevas ediciones de obras de Leon Trotsky, en un proyecto editorial del sello IPS, en el que colabora, pero luego textos de otros autores recogidos en envidiables andanzas libreriles.

En cuanto a los de Trotsky leí una original biografía de Lenin, que comenté, nuevamente la extraordinaria Mi vida así como reuniones de artículos sobre España, México y, por supuesto, sobre el estalinismo, por no mencionar Literatura y revolución, tan discutible como apasionante. Pude volver en estos días a un fragmento de ese libro, una discusión que mantuvo en 1925 con un grupo de escritores: es increíble la continuidad de sus ideas, el vigor sin desfallecimiento de la formulación, la seguridad en sus juicios, no se me ocurre otra palabra que “genialidad” para calificar esa intervención y esa personalidad. Más allá de las tesis de orden político, nunca ausentes de todas sus intervenciones, en todos los textos a los que pude acercarme brota, si la vieja definición de estilo sigue siendo útil, una poderosa individualidad y, correlativamente, una fuente de escritura que, en su caso, unió casi sin fallas cantidad con calidad.

Pero no sólo eso mi amigo me acercó: si he mencionado a Trotsky a quien me refiero ahora es Victor Serge, que fue su amigo, partidario, y todo lo que se puede decir de una asociación político-ideológica-filosófica, incluso de a ratos conflictiva, como todo lo relacionado con Trotsky: en una composición sobre tela que hizo Magdalena Jitrik, las efigies de ambos personajes, a partir de la correspondencia que mantuvieron durante mucho tiempo, se contraponen y se complementan y en el espacio que se establece entre ellas las figuras de otros bolcheviques configuran una especie de olimpo revolucionario pero entregado a la muerte a la que Stalin, con dudosa (tramposa) argumentación condujo a todo el conjunto.

Sólo leí dos libros de Serge; el primero fue El caso Tulaiev, de 1947; el otro, Los años sin perdón, terminado en 1946. Sobre El caso escribí hace un tiempo una nota que publiqué en este mismo diario; brevemente, ficcionaliza un hecho determinante en la historia soviética, el asesinato de Kirov, un prominente cuadro del estalinismo, proyectado a sucesor del todopoderoso georgiano: el crimen fue el comienzo de los paranoicos juicios que acabaron con lo que quedaba de los primeros y revolucionarios bolcheviques, menos con Trotsky a quien la mano vengadora terminó por acabar unos pocos años después. Serge realiza en esta historia lo que después de su auge la novela policial puso en evidencia, o sea que la novela policial es política aunque dio vuelta los términos, abordó lo político por el camino de los procedimientos narrativos de lo policial de un modo diferente al que singulariza la obra de los maestros de esta especie narrativa, tan atractiva. Este giro le permitió acercarse y apartarse de los crudos hechos que son su punto de partida y trazar un cuadro tan animado como certero de esos duros años para el mundo en general y para la Unión Soviética en particular. Lo que pude observar, considerando los modos predominantes del relato soviético, fue que Serge procedía con un saber implícito de la literatura contemporánea, en un camino que no podía ser juzgado como de posvanguardia pero sí como de posrealismo, lejos tanto de la disidencia, tipo Pasternac, Solyenitsin o Nabokov, como de los cultores del realismo socialista, cuyo “teórico” fue el olvidado Zdanov.

La otra novela, Los años sin perdón, escrita antes, tiene una estructura más compleja pero, sobre todo, un lenguaje desbordante que me remite, tal vez es arbitrario de mi parte, a la lección joyceana, un relente de escritura automática pero no como flujo incontrolado de inconciencia sino, al contrario, por un desborde objetivo, de descripciones minuciosas y relieves poéticos tanto en relación con lo ambiental, el cruel sistema persecutorio soviético, la helada destrucción de Alemania después de los bombardeos de 1944, la lujuriante naturaleza mexicana, la angustiosa soledad de los fugitivos, la orfandad de las traiciones, como producto de una mirada excepcionalmente refinada y sabia.

Pero no, esa mirada, como un intento panorámico acerca de ese mundo al que Serge había en parte contribuido a construir y que luego, lamentable, tristemente, iba siendo destruido sin que esa destrucción tocara las convicciones, eso, por ejemplo, que Trotsky había seguido sosteniendo obstinadamente acerca del destino histórico de la sociedad, la “revolución permanente” y ese conjunto de tópicos que, al parecer, Serge pone por otra parte en cuestión por el camino de la decepción y la melancolía. Casi, inclusive, alguien, incidentalmente en la novela, se atreve a dudar, una herejía para un universo de afirmaciones rituales, acerca de la eternidad del pensamiento de Marx, sabiendo, el narrador, que eso implica un futuro desolado, un destino incierto y que concluye, nuevamente, como un anticipo de lo que se desprende en El caso Tulayév, en la muerte, como si la muerte, política, fuera el broche de lo que se presentaba como la alborada gloriosa de una humanidad mejor.

Lo que leí sobre esta novela –hubo comentarios en su momento y años después, lo que se conoce como “crítica”– la describe en sus partes y en sus personajes: ahorraré esa facilidad; sólo puedo apuntar que si hay, habría que demostrarlo, una conexión con el proceso literario europeo heredero de la vanguardia, también de lo que abrió el psicoanálisis que, como se sabe, no había cundido en la Unión Soviética pero que penetró en la literatura al introducir una dimensión subjetiva que el realismo tradicional había ignorado.

De ello resulta, en esta novela, no sólo una denuncia sino una idea de destino, que quizás retomó años después Vassili Grossman, en una doble vertiente, por un lado lo que pudo ser ese sueño de redención social, perseguido durante siglos y comenzado en ese país contradictorio, campesinos proletarios atrasados y elites de pensamiento refulgente y hecho trizas, convertido en un mero aparato de control y de persecución; por el otro, el de los concretos protagonistas que iluminados por una doctrina que todo lo preveía y consideraba pensaron que estaban a punto de consumarlo, su destino no fue esa gloria sino el pelotón de fusilamiento o la muerte anónima en un perdido arrabal del mundo. La novela relata, sin declararlo, esa suerte en un tono líricamente pesaroso que establece una pálida atmósfera de pérdida y de tristeza que bien puede ser lo que las tragedias del siglo veinte, la frustración comunista, el ascenso del fascismo, la implacabilidad del sistema, aportaron a la historia de la cultura mundial.

Señalé al pasar que se comentó, módicamente, esta novela: uno no se resigna a admitir que lo que siente como un hecho de peso haya podido ser ignorado o menospreciado por quienes deberían considerarlo del mismo modo aunque no por eso crea en las luces que lo que se designa como crítica hayan sido por fuerza enceguecedoras. Pero de ahí a la ignorancia total hay un paso y, al menos, llama la atención cuando se verifica. Desde luego, esa atención raramente es universal, seguramente lo que consideramos un hecho literario de indiscutible valor en la Argentina es más que probable que no reciba ni siquiera una mirada en Finlandia o en Siria o en China, pero debería recibirla en la Argentina. Análogamente, que un hecho literario vinculado con la Unión Soviética, o con Rusia, haya sido ignorado en la Unión Soviética no puede ser indiferente. Es lo que creo que ha ocurrido con Victor Serge o, al menos, lo que pude vislumbrar al asomarme a la información que proporciona, a falta de mi parte de otras fuentes, el servicial pero también elemental Google: en ningún repertorio de literatura soviética o rusa figura, el borramiento es notorio, pareciera que lo que quisieron hacer con él en la noche staliniana irradió sobre su obra literaria y la hizo, a medias, desaparecer.

Digo a medias porque recuperar a un autor tan representativo de una manera de ser intelectual del siglo XX y que, por añadidura es un gran novelista, comienza a ser un proyecto importante: pasó con Marái, puede pasar con Serge. Lástima, solamente, que él no lo puede ver.


Falleció el cineasta Adolfo García Videla

Captura de pantalla 2016-01-21 a la(s) 16.34.55El pasado domingo 17 de enero falleció el cineasta, profesor universitario y activista Adolfo García Videla. Autotitulado “argenmex” –“nacionalidad” adoptada por tantas y tantas personas que tuvieron que exiliarse de Argentina tras el golpe militar, y aun antes–, García Videla llegó ese mismo año del golpe, 1976, a México, país donde se radicaría definitivamente.

“Siempre escribí. Aterricé en el cine allá por los 18 años de edad”, comentó en una obra inédita, Detrás del miedo, aludiendo a sus comienzos en la actividad artística. Como director, productor, guionista deja más de media docena de obras, entre documentales, series y películas, como La Venus maldita (1967, inédita en nuestro país), Los paseos con Borges (1975-77, disponible online) y Testimonios Zapatistas (1987). Su cortometraje Del viento y del fuego obtuvo, en 1984, el premio Ariel al Mejor Cortometraje Educativo, Científico o de Divulgación Artística. La Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC) hizo público su pesar ante el fallecimiento del cineasta.

En 2006 García Videla lanzó Trotsky y México. Dos revoluciones en el siglo XX. Ese mismo año, presentando su película en Buenos Aires, en el Hotel Bauen (recuperado por sus trabajadores), junto a Esteban Volkov –nieto de León Trotsky, también radicado en México–, explicó en un reportaje: “lo que me interesaba fundamentalmente era reconstruir esta historia en este momento como una posibilidad de volver a pensar el socialismo y los caminos posibles, los errores cometidos. Trotsky era un gran defensor de la democracia dentro del socialismo. Y cuando le gana Stalin, ya sabemos que se forma una dictadura feroz, cerrada, vertical absolutamente. Entonces, ése es uno de los factores por los que lucha. Repensar esto era mi idea fundamental”.

La nota completa, en La Izquierda Diario.


Videos: Modos de ver (John Berger), BBC, 4 episodios

* A modo de homenaje al gran John Berger, que está cumpliendo 89 años.

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 1 Psychological Aspects

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 2 Women in Art

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio Collectors and Collecting

 

Ways of Seeing de John Berger: Episodio 4 Commercial Art

 


“El farmer”: un discurso de la memoria (y del poder)

TEATRO // OBRA EN CARTEL

“El farmer”: un discurso de la memoria (y del poder)

Comentarios a partir de la obra basada en la novela de Andrés Rivera, puesta en escena de miércoles a domingo, a las 20 hs., en la Sala Casacuberta del Teatro General San Martín.

El telurismo de una serie de novelas de Andrés Rivera de las décadas de 1980 y 90 (La revolución es un sueño eterno, El amigo de Baudelaire, La sierva, El farmer, Ese manco Paz), se abre o presta a la dramaturgia y al cine: ya pasó con La sierva, puesta en escena varias veces, al igual que con La revolución…, dirigida por Raúl Serrano y también llevada al cine por Nemesio Juárez (en 2010), y con El farmer (por ejemplo en 2002, por Adrián Blanco), esta vez recreado-adaptado por Rodrigo de la Serna y Pompeyo Audivert, quienes también actúan y, junto a Andrés Mangone, dirigen la obra.

Se mencionó lo telúrico. Hay que agregar algunas palabras más: criollismo, poder, crueldad. Si la escritura de Rivera se caracteriza por el discurso seco, casi lacónico (al mismo tiempo directo y punzante), por una crudeza que desnuda en muchos casos alguna crueldad, ello se hace más patente cuando toma carnadura, especialmente, en personajes poderosos, en lo político y económico, en nuestro siglo XIX (sean comerciantes o patrones de estancia, como Saúl Bedoya, o militares y políticos, como –el también estanciero– Rosas).

La amargura al final de la vida, la reflexión y la autoreflexión –como temas y práctica “universal”– sostienen esta obra: son los últimos momentos de Juan Manuel de Rosas, exiliado en Southampton, Reino de la Gran Bretaña. Así, la puesta en escena de De la Serna y Audivert, toma la nouvelle de Rivera para realizar un nuevo montaje –o un re-montaje, o una rearticulación– de ese fluir discursivo del General Rosas, caído en desgracia ya hace más de veinte años. Es discurso, declamación, exhorto (político) incluso, que busca, rememora, su vida personal-familiar y la pública, en el ejercicio del poder, ahora perdido. (Sarmiento, indudablemente, será, además de respetado y casi admirado por su pluma, permanentemente recordado como enemigo implacable.)

El soliloquio y la polifonía de voces que acompañan los recuerdos de Rosas (interlocutores que aparecen fantasmáticamente: varios visitantes ingleses, su hija Manuelita, su madre) se sostienen en el cuerpo de los dos actores (donde De la serna tiene un papel muy dinámico, de metamorfosis para esas apariciones), que encarnan al mismo hombre devenido –como se dice en las “Palabras de los directores”, texto del programa de mano– en “el doble mítico”. Hay un Rosas, entonces, real, concreto: un viejo decrépito que, junto a sus recuerdos, sigue pendiente del presente ante los peligros y amenazas al orden que surgen (como la insurrecta Comuna de París, como los panfletos y llamamientos de Marx y la Primera Internacional obrera); y otro, un “otro yo”, joven y aguerrido Rosas, en la cúspide de su poder (al mando de la Confederación Argentina), que acompaña y recrea aquella gobernanza durante la época de “la suma del poder público”, las montoneras, y los conflictos y guerras entre unitarios y federales. El contrapunto y contrastes entre ambos Rosas ofrecen un caleidoscopio del personaje histórico –juventud y cambio de apellido incluidos–, no sin alguna adaptación significativa para con nuestro presente y actualidad. Por ejemplo: declama –o mejor, proclama– en un momento el Rosas de De la Serna: “Demoré una vida en reconocer la más simple y pura de las verdades patrióticas: quien gobierne podrá contar, siempre, con la cobardía incondicional de los porteños”. Y sin embargo –aunque no existía todavía como tal el “Estado argentino”–, el libro original de Rivera habla de “la cobardía incodicional de los argentinos”, queriendo significar otra cosa (una denominación más abarcativa o global). Cuando lanza, feroz, indignado, la acusación este “joven Rosas”, el público –porteño en gran medida– reacciona ante lo dicho.

También, el Rosas viejo y derrotado recuerda una orden dictada: el fusilamiento de Camila O’Gorman –embarazada– y su amante el cura Gutiérrez (tema caro al surrealismo argentino, en las obras de Enrique Molina y Aldo Pellegrini). Dice el libro, y se dice en la obra: “Yo, de puertas adentro, señores míos, permití que el Demonio habitase a quien quiera cediese a la lascivia y la obscenidad. De puertas afuera, no. De puertas afuera, decencia.

Y cuando ordeno que se fusile a Camila y su amante, el mestizo Gutiérrez, proclaman que soy una bestia sedienta de sangre. ¿Acaso lord Palmerston no me dijo que Romeo y Julieta, la más aplaudida obra de teatro del canciller Bacon, justifica la ejecución de los dos amantes cuando sus procacidades afligieron a la sociedad veneciana?

¿Acaso son sordos? Si no lo son, escuchen mi consigna:

“El que está abajo, respeta al que está arriba”.

Este bonapartismo, este ejercicio del poder –que se jacta de velar (y también de “conocer”, por espiar, para vigilar y castigar) “el sueño de los argentinos”–, preocupado por la Internacional (“una máquina de guerra destinada a abolir el capital e instaurar el comunismo”), lleva a este exiliado Rosas de Rivera a sostener: “Escribo que la circular de M. Favre menciona que los comités, caudillos y cómplices de la Internacional funcionan en Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica, Rusia, Suiza, Austria, Italia y España.

Escribo que la Internacional exige la legislación directa del pueblo por el pueblo, la supresión de la herencia individual, el ingreso del suelo en las propiedades colectivas.
Escribo: Cuando en las clases vulgares desaparecen el respeto al orden, las leyes y el temor a las penas eternas, sólo los poderes extraordinarios, en manos de los jefes de las naciones cristianas, restaurarán la obediencia a los mandamientos de Dios.
Escribo: En Londres vive el más insidioso, petulante y audaz apologista de la Comuna. Vive, me informan, en Maitland Park Road, y lo vigilan, discretamente, policías que ni siquiera llevan garrotes en la cintura. Ese intenso apologista no es inglés: es, como yo, un desterrado. Me informan que los aberrantes panfletos que escribe son una prosa como no hay otra en Europa. Me informan que The Times acoge y publica algunas de sus incesantes cartas. La reina Victoria es una mujer bondadosa.

Dicen de ese conspirador, quienes me informan, que es un soñador que piensa, un pensador que sueña. Escribo que, por lo tanto, es inofensivo. Escribo: No lo pierdan de vista. Vigílenlo.

Escribo: No hay en el mundo enemigo más esforzado de las asociaciones clandestinas, de la anarquía y del comunismo, que el general Rosas”.

El Rosas de El farmer es un exponente de cómo es en su conjunto, cómo está articulada, toda la literatura de Rivera: como un mecanismo narrativo (una historia, una vida o personaje, un discurso, una anécdota) que conecta, remite y asocia otros hechos y épocas históricas. Así, el derrotado de la batalla de Caseros (1852) mantiene el nervio, la atención, ante lo que se destaca políticamente en Europa y Gran Bretaña. Así, es posible un Rosas coqueteando con (y al mismo tiempo condenando a) Marx.

Otro ejemplo/otro tema: esto lanza el “Rosas joven”:

“¿Cómo es, señores, cuando se tira, a los ríos, amarrados dentro de una bolsa, a los subversivos?

¿Cómo es cuando se los capa?

¿Cómo es, señores, cuando se les corta la lengua?”.

¿Acaso la primera pregunta no (nos) remite a otros “subversivos”, a otras “tiradas al río”, por ejemplo a las que se ejecutaban bajo órdenes de la última dictadura militar?

La imaginación de Rivera genera un destilado, verosímil, posible. Rivera le hace decir (elegir, definirse) breve y sencillamente a este Rosas: “El manejo del Estado me apasiona. El manejo de los intereses del Estado me apasiona. No la guitarra. No el sexo”.

Si este Rosas, expansivo en amores y odios –también, como ocurre con las otras obras de cierta similitud temática, ya mencionadas al comienzo de esta nota–, abrió o abre cierta oportunidad al “revisionismo histórico” contra la “historiografía liberal” (es decir, la representante de los vencedores de Rosas en Caseros), para discutir nuevamente “nuestra historia nacional” y el accionar de sus hombres más salientes, con poder y capacidades dirigentes, en realidad El farmer y la literatura de Rivera cruzan o planean por sobre ese debate dicotómico, lo superan, apuntando hacia otra cuestión: la de una historia (proveniente del pasado, también presente) de los humillados y ofendidos, por una parte (la clase trabajadora, los sectores populares, las grandes personalidades revolucionarias), y, por otra, la de esos mismos poderes que dominan (sea el zarismo ruso y el pogrom, un terrateniente o empresario, un policía o burócrata sindical). Mediante una poderosa fuerza histórica (y biográfica, personal) que la anima, la literatura de Rivera se cincela mediante un fino discurso, delineado por el sentimiento y la pasión que expresan cada uno de sus personajes. Y la Historia, como telón de fondo; cada época, deja su marca en la subjetividad de los personajes (que al mismo tiempo reactúan sobre la realidad en la que están, y la hacen). Y el conflicto, el disfrute o el padecimiento del poder –de poder ejercerlo o de tener que sufrirlo (se luche o no)– es la clave o centro del discurso.

El Rosas de Rivera es un “campesino” o farmer muy particular, instalado en la lejanía, abandonado por sus viejos “socios”, mencionados a los gritos por el Rosas joven cuando recuerda el viejo cómo lo olvidaron; apellidos como Anchorena, el del General Pacheco, Chilavert…

Un Rosas desterrado, agobiado, destemplado –pese al gran brasero donde quema el carbón, y alguna otra cosa, mientras cae la nieve–, en Inglaterra. Con un discurso –un largo sueño–, en la realidad del exilio, referido a la memoria y al poder, y a la pérdida del mismo


Ida y caída: Leopold Trepper en el dentista

LIBROS // HISTORIA(S)

Ida y caída: Leopold Trepper en el dentista

A propósito de la experiencia de ir al dentista, pensé qué historias se encuentran en los libros acerca este tema. Y el episodio que ahora –y siempre– recuerdo es uno histórico: el de Leopold Trepper. Cuenta Gilles Perrault en su libro La Orquesta Roja que Trepper, cabeza de los servicios de espionaje e información soviéticos –quien se ganó el apodo entre amigos y enemigos de “el Gran Jefe”–, no le quedó más remedio, un día, que ir al dentista. En ese momento (hablamos de fines de la década de 1930 y comienzos de la siguiente), Trepper estaba siendo perseguido por los nazis, quienes avanzaban en ocupar Francia, Holanda y Bélgica, y se dedicaban también a destruir “la orquesta”, descubriendo y capturando a diversos músicos-cofrades del Gran Jefe (especialmente a los “pianistas”, los agentes que transmitían telegráficamente información vital de los alemanes a la URSS, desde sótanos y trastiendas de comercios).

Trepper había logrado organizar desde Bruselas una extensa red de informantes que incluía todos los estamentos sociales y todos los países ocupados, y él mismo se hacía pasar por empresario proveedor para el Ejército alemán, brindando en noches de gala con el alto mando nazi tras la firma de algún contrato… El enojo y frustración de Hitler lo llevaron a reconocer (públicamente) que, en algo, eran superiores los rusos a los alemanes: en el espionaje.

La cuestión es que Trepper, aun con bajas (encarcelados sus agentes y colaboradores, torturados y amenazados sus seres queridos, obligados a actuar como “dobles agentes”, enviando datos falsos hacia Rusia –en una operación que los nazis llamaron Funkspiel–), mantiene como puede la actividad y envío de información, y cuando concurre al dentista, por una (des)afortunada combinación de informaciones que obtienen sus enemigos, van a esperarlo allí y consiguen capturarlo. Vigilado entonces las veinticuatro horas del día por la Gestapo, Trepper asombra a sus vigilantes e interrogadores comentando sus métodos de trabajo, y la profunda infiltración de la que son –vaya paradoja– víctimas, y comienza, tras simular la aceptación de su derrota, “el gran juego”. (Una década después, tras el resonante éxito que tuvo La Orquesta Roja de Perrault, quien había entrevistado al mismo Trepper para hacer su libro, el Gran Jefe también escribirá y publicará sus memorias, a mediados de la década de 1970, con el título de El gran juego.)

En este “juego” (a vida o muerte) entre Trepper y los nazis el primero saldrá triunfante: no sólo logró engañar y huir de sus captores (en una maniobra simple pero genial) sino que mantuvo el envío de informaciones bajo reclusión: incluso llegó a anticiparle a Stalin (al “enterrador de la revolución”, al “astro gemelo” de Hitler –León Trotsky dixit–) la fecha exacta del ataque alemán: el comienzo de la “Operación Barbarroja”. El Gran Burócrata ruso, inepto, cobarde, paranoico, desconfiado, desestimó el anuncio: proveniente de “borrachos o traidores” calificó la información que le llegó de Trepper. (La Orquesta Roja supo del fin del pacto nazi-soviético; incluso se aprovechaban las contradicciones y desavenencias de los generales nazis, disconformes con decisiones del líder imperial del III Reich: opinaban que era una locura –militar– pretender que Alemania mantuviera dos guerras al mismo tiempo, en los frente Occidental y Oriental…)

Tras su huida, Trepper logrará, al fin de la Segunda Guerra Mundial, regresar a la Unión Soviética. Formó fila en una oficina de reclamos y protestó por el ninguneo a sus mensajes y avisos, que tanto podrían haber cambiado los hechos y episodios de la guerra que todos conocemos. ¿Cuál fue el resultado del enojo de este auténtico luchador y patriota soviético? Diez años de cárcel, nada menos que en Lubianka.

Cuando logró salir de allí vivió en su Polonia natal, recluido, hasta que Perrault y su libro le granjearon una nueva notoriedad, y luego terminó en Jerusalén. El gran juego es un libro impresionante; una joya de la memoria militante. Cuenta Trepper que, en sus comienzos, como joven minero en Medio Oriente, lustros previos a su llegada al espionaje, llegó a organizar comités conjuntos de trabajadores judíos y palestinos (luego los gobernantes británicos lo expulsarían, teniendo que recalar en Francia). Toda su vida está relatada en ese libro, y es para destacar la evaluación que hace de los trotskistas en la URRS, a quienes conoció en la cárcel. Habla Trepper de la “revolución degenerada [que] había engendrado un sistema de terror y horror, en el que eran escarnecidos los ideales socialistas en nombre de un dogma fosilizado que los verdugos tenían aún la desfachatez de llamar marxismo”; hace un mea culpa (“Todos los que no se alzaron contra la máquina stalinista son responsables, colectivamente responsables de sus crímenes. Tampoco yo me libro de este veredicto”) y pregunta: “¿quién protestó en aquella época? ¿Quién se levantó para gritar su hastío?”. Y responde: “Los trotskistas pueden revindicar este honor. A semejanza de su líder, que pagó su obstinación con un pioletazo, los trotskistas combatieron totalmente el stalinismo y fueron los únicos que lo hicieron. En la época de las grandes purgas, ya sólo podían gritar su rebeldía en las inmensidades heladas, a las que los habían conducido para mejor exterminarlos. En los campos de concentración, su conducta fue siempre digna e incluso ejemplar. Pero sus voces se perdieron en la tundra siberiana.

Hoy día los trotskistas tienen el derecho de acusar a quienes antaño corearon los aullidos de muerte de los lobos. Que no olviden, sin embargo, que poseían sobre nosotros la inmensa ventaja de disponer de un sistema político coherente, susceptible de sustituir el stalinismo, y al que podían agarrarse en medio de la profunda miseria de la revolución traicionada. Los trotskistas no ‘confesaban’, porque sabían que sus confesiones no servirían ni al partido ni al socialismo”.

Afortunadamente, contra esa pérdida de la historia combatiente del trotskismo contra el stalinismo están, por ejemplo, los trabajos del historiador francés Pierre Broué, ya fallecido, además de la inmensidad (monumental) de libros y otros escritos, documentos y cartas que dejó el mismo Trotsky. Es para subrayar lo que dice Trepper: contra la “revolución degenerada”, “traicionada” (tal como tituló Trotsky uno de sus grandes trabajos: La revolución traicionada, de 1936), existía sin embargo “un sistema político coherente”, alternativo (socialista), el de los trotskistas, para sustituir al del totalitarismo stalinista…

Nacido en 1904 en Galitzia (hoy parte de Polonia y Ucrania), Leopold Trepper falleció en 1982. En su libro autobiográfico pretende, según afirma en el Prefacio, aliviado de no tener nada que ocultar (los –pocos– miembros que quedaban vivos de la Orquesta Roja ya no corrían peligros para ese entonces), “decir la verdad acerca de los cincuenta años de mi vida militante”.