Malcolm Lowry: poema (III)

 

Pensamientos para borrar de mi destino

 

El futuro poeta lee y lee,

quizás esta misma antología.

Diez años después

–ha tenido tiempo de madurar–

vuelve a leer y a releer, pero no entiende nada,

se siente extraño, en otro mundo.

Vuelve a leer, como si tratase de encontrar

algo entre esas líneas

de las que apenas adivina su sentido.

Las lee pero no entiende nada.

Hasta que, por fin, en un fragmento de una biografía,

encuentra unas palabras que sí entiende:

“Se dio la muerte con su propia mano”.

 

Malcolm Lowry, El trueno más allá del Popocatépetl. Poemas escogidos, Barcelona, Tusquets, p. 59.


Malcolm Lowry: poema (II)

 

Rilke y Yeats

 

Ayúdenme a escribir

muéstrenme las puertas

que conducen al orden

y rescaten mi alma

de esta jaula

donde mi valor

aúlla entre rejas.

 

Malcolm Lowry, El trueno más allá del Popocatépetl. Poemas escogidos, Barcelona, Tusquets, p. 57.


Malcolm Lowry: poema (I)

 

Un extraño poema

 

Conocí a un hombre sin corazón:

decían que los niños se lo habían arrancado

y se lo dieron a un lobo hambriento

que se lo llevó y desapareció.

 

Y los niños desaparecieron

y lejos huyó el lobo

y el hombre sin corazón

se tambaleaba como un borracho.

 

El otro día encontré a aquel hombre,

caminando con un grotesco orgullo,

su corazón restaurado y alegre su semblante:

a su lado el lobo caminaba dócilmente.

 

Malcolm Lowry, El trueno más allá del Popocatépetl. Poemas escogidos, Barcelona, Tusquets, p. 55.


Bajo el volcán (fragmento del cuento II)

“El camión corría precipitado.

Yvonne flaqueaba a la vez de vergüenza y alivio. Trató de que Hugh la viese, pero como él se había arrellanado con tanta furia en el asiento, sentía temor de hablarle o siquiera de tocarle. Trató de encontrar alguna justificación a su propia conducta en la común decisión de las ancianas de no intervenir para nada en todo aquel asunto. ¡Con qué sentido de cofradía habían asido sus canastas de aves, o paseado la mirada en busca de sus propiedades al husmear el peligro! Luego, habían permanecido sentadas, como ahora, impávidas. Para ellas era como si, al través de las diversas tragedias de la historia mexicana, la conmiseración –el impulso de acercamiento- y el terror –impulso de alejamiento-, según lo había Yvonne aprendido en la universidad, hubieran sido al fin reconciliadas por la prudencia, por la convicción de que es mejor permanecer en donde se está”

Malcom Lowry, Bajo el volcán (Cuernavaca, 1939).

* Tomado de Bajo el volcán, Bs. As., Editorial Galerna, 1967, pp. 58 y 59.

* El dibujo fue tomado de este blog.


Bajo el volcán (fragmento del cuento I)

“En el mercado se detuvieron para que subiesen unas indias cargadas de canastas con aves. Sus rostros vigorosos tenían el color de la cerámica de barro. Se acomodaron en el asiento con pesados movimientos. Dos o tres llevaban tras la oreja colillas de cigarro, y otra mastica una vetusta pipa. Aunque sus rostros de ídolos viejos, llenos de buen humor, se arrugaban con el sol, no sonreían.

Luego, como alguien se rio, las demás caras se hendieron lentamente hasta manifestar el júbilo: el camión fundía a las viejas en una comunidad. Dos de ellas hasta lograron mantener ansiosa conversación a pesar de la barahúnda.

Saludándolas con cortés inclinación de la cabeza, abrigó el Cónsul un deseo de volver también a su casa. Pero se pregunta quién había sugerido hacer ese lúgubre viaje a la fiesta en Chapultepec, precisamente cuando el coche estaba descompuesto y no podía conseguirse taxis. El esfuerzo de no beber un solo trago durante el día, aun en provecho de su hija y su novio (que había llegado esa mañana de Acapulco), resultaba mucho mayor de lo que hubiera creído. Acaso no contara tanto esfuerzo de mantenerse simplemente sobrio, cuanto afrontar el legado de inminente fatalidad que le dejaran las juergas sin precedente de últimas fechas. El Cónsul sonrió con desánimo cuando Yvonne le señaló por quinta vez el Popocatépetl. Chimborazo, Cotopaxi… ¡y allí estaba! Ante sus ojos asumía el volcán un aspecto siniestro: como una especie de Moby Dick, parecía invitarlos, a la vez que se mecía de un lado al otro del horizonte, rumbo a un único e irremediable desastre”

Malcolm Lowry, Bajo el volcán (Cuernavaca, 1939).

* Tomado de Bajo el volcán, Bs. As., Editorial Galerna, 1967.