Mika Etchebéhère: revolución, guerra, pasión

 

–¿Por qué razón has venido a luchar aquí con nosotros? –me preguntó un día Ramón.

–Porque soy revolucionaria.

–Pero España no es tu país, no estabas obligada…

–España, Alemania o Francia, el deber del revolucionario lo lleva allí donde los trabajadores se ponen a luchar para acabar con el capitalismo.

 

 

Por Demian Paredes

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Sólo una pasión revolucionaria podía escribir de tal manera. Qué pasó, cómo, por qué… Acciones, pensamientos, sentimientos. Todo, en el drama histórico del período de entreguerras, de la guerra civil española (1936-1939).

Acaba de publicarse por Eudeba –una iniciativa de la editorial Milena Caserola y Motoneta Cine, quien además produjo el documental, ya comentado en La Verdad Obrera del 27 de marzoMi guerra de España, las memorias de Mika Etchebéhère, militante argentina, libertaria y trotskista, la única mujer con el grado de capitana durante la guerra civil. Una importante iniciativa ya que el libro, escrito y publicado originalmente en Francia, en 1976, sólo contaba con una edición al castellano por una editorial española en 1987. Así, el libro (y el documental) viene(n) a reparar una omisión –histórica, política, ideológica– que solamente puede explicarse por las últimas décadas de restauración conservadora, neoliberal, donde el marxismo, su tradición y la lucha de clases han estado a la defensiva, en retroceso. Y si bien la novela de Elsa Osorio publicada hace pocos años, Mika, logró cierta repercusión e interés por la figura de la miliciana del POUM, faltaba este (su) testimonio, que viene acompañado de un “apunte biográfico” de ella e Hipólito, su compañero de vida y militancia. Otro “extra” que trae es una carta de Julio Cortázar, de comienzos de la década de 1970, impresionado tras leer el manuscrito del libro: dice que este va “más allá de la guerra de España” ya que “toca de lleno los problemas de nuestro tiempo, su incesante desgarramiento y su invencible esperanza”.

Ese tiempo, donde se cruzan la esperanza (revolucionaria) con los desgarros de los golpes contrarrevolucionarios, tiene, en la intensa escritura de Mika, basamento en el álgido proceso español, donde masas, clases, organizaciones (políticas, sindicales, militares) y dirigentes actuaron. Donde el fascismo español –el Ejército de Franco, apoyado por la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler– se enfrentó con el despertar de las masas obreras y campesinas; y donde todo se trastoca y transforma: no sólo las relaciones económicas y políticas sino también la relación entre hombres y mujeres, jóvenes y viejos, y todos estos con las “tradicionales” instituciones como la familia y la Iglesia.

 

El “patrimonio cultural” y la guerra, la Iglesia y las costumbres

Ahí está por ejemplo la duda de Mika acerca de la quema de iglesias: “¿Es un acto revolucionario?”, y la respuesta de Hipólito: “Sí, y no se te ocurra decir a esta gente, como ya lo estás pensando, que dentro hay obras de arte que no merecen perecer. Mala suerte para las obras de arte. La Iglesia siempre ha servido a los ricos contra los pobres en España, siempre ha sido un arma de la opresión. Deja que quemen sus iglesias”. O los tres curas vigilados por un miliciano que ve Mika en una estación ferroviaria. Explica: “Es casi seguro que a los dos más jóvenes los fusilarán porque los campesinos los acusan de haber tirado en sus aldeas contra personas de izquierda. El viejo se salvará gracias al testimonio de su sobrino ferroviario, miliciano de la primera hora, que mostró una carta en la que su tío le decía que debía servir a la República”.

Al mismo tiempo –y también como lo discutió Trotsky en sus escritos de 1920 sobre la Rusia posrevolucionaria, Problemas de la vida cotidiana–, Mika señala una paradoja que demuestra lo profundamente arraigadas que pueden estar algunas “costumbres” en el ser humano: “Aunque casi todos [los milicianos] cuentan que han matado a curas, más de uno da la vuelta a la mesa para poner en la debida posición el pan colocado al revés. El ser de izquierdas no consigue anular el reflejo condicionado por tantas bofetadas maternas”.

Hombres y mujeres: el mismo derecho a morir con un arma en la mano

El tema del machismo y la opresión a la mujer, por supuesto, también se manifestó (infinidad de veces) durante la guerra civil. Ejemplo: llegan dos mujeres a la columna del POUM. Una explica: “Soy de la columna ‘Pasionaria’ [el apodo de una famosa dirigente stalinista, NdeE], pero prefiero quedarme con vosotros. Aquéllos nunca quisieron dar fusiles a las muchachas. Sólo servíamos parea lavar los platos y la ropa”. Un viejo objeta: “Ni siquiera saben manejar un fusil”. La otra contesta, rápido, “Claro que sabemos, y hasta desmontarlo, engrasarlo, todo”… Pero cede y está dispuesta a quedarse “para guisar y barrer”. Ante esta posibilidad, la primera mujer se indigna: “Eso sí que no. He oído decir que en vuestra columna las milicianas tenían los mismos derechos que los hombres, que no lavaban ropa ni platos. Y no he venido al frente para morir por la revolución con un trapo de cocina en la mano”.

Concluye Mika: “Ha ganado, ganado por la gracia de su habla castiza el derecho de morir por la revolución con un arma en la mano, y los hombres aplaudieron gritándole ‘¡Olé tu madre’”.

La misma Mika, que debe afrontar la muerte de Hipólito a menos de un mes de empezar los combates, se ganará el respeto y generará “leyenda” entre las milicias ante su decisión de permanecer en la columna del POUM, tomando su lugar de mando (un lugar “de hombres”), permaneciendo en las trincheras, combatiendo codo a codo con ellos, en vez de permanecer en las comandancias. (Incluso ante diversos planteos de que se retire del frente de combate y vaya, por ejemplo a militar a Francia –como le proponen sus amigos Marguerite y Alfred Rosmer, opositores al stalinismo y amigos del Trotsky y Natalia Sedova– ella responde: “Mientras dura la guerra no puedo vivir más que en España”.) Un miliciano, contándole a Mika que “el viejo Saturnino” le ha cosido las medias, y que él se las ha lavado, le dice: “De todo se habrá visto. Una mujer manda la compañía y los milicianos le lavan los calcetines. ¡Para revolución ya es una grande!”.

 

El stalinismo: una traición más y van…

Pero por supuesto, se jugaba acá mucho más que una cuestión “cultural”, en medio de una crisis económica internacional y del avance del fascismo en Europa. El libro de Mika deja bien claro el rol del stalinismo en España. Todos: milicianos, sindicalistas y dirigentes políticos de diversas tendencias sabían lo que se avecinaba. La España revolucionaria (y revolucionada) necesitaba, urgentemente, ante el retroceso de las milicias en los combates, armas. Como recuerda Mika que explicó un poumista: “Todavía hay hombres que llegan al frente sin fusil, y muchos de los que lo tienen no han aprendido a usarlo. No se hable de las ametralladoras que datan de la guerra del 14, que se encasquillan a la primera ráfaga. Armados, mejor dicho desarmados de esta suerte contra un ejército disciplinado, bien encuadrado, provisto de un material abundante y moderno, estamos condenados al desastre”.

La pérfida complicidad de los imperialismos “democráticos” con el fascismo, como Francia, quien se justificaba usando el “principio” de “no intervención”, hacían esta necesidad más urgente y dramática. La URSS stalinista, que al principio retaceaba la ayuda, finalmente se decidió por el envío de ayuda: armas y armamento pesado, como tanques… y “controladores” del proceso político.

Como una revolución triunfante en base a los consejos de campesinos y obreros significaría un (potencial) peligro para el régimen burocrático de la URSS, con las armas llegaron también los “chequistas”: agentes de la policía política de Stalin, para regimentar y controlar la lucha (militar y política) y sus resultados –lo que incluyó para ello campañas de calumnias y el asesinato–. Mika recuerda una discusión, donde Juan Andrade decía, ante la consolidación del stalinismo, respecto a otras fuerzas: “No me hago ilusiones sobre la ayuda [ante la campaña de difamación del PC contra el POUM] de los anarquistas, y tampoco sobre la de los socialistas. Unos y otros pagan las armas rusas al precio de una dimisión total”. Como se sabe, la consolidación del Frente Popular desarmó las milicias, regimentó el proceso, deteniéndolo en una “etapa democrática”, de “ganar la guerra por la República” para “después luchar por el socialismo”… y eso permitió el frenar a las masas y el posterior avance de Franco y triunfo de su dictadura.

Para Mika, quien junto a Hipólito vivió la derrota previa del poderoso proletariado alemán en 1932 –producida por la política sectaria del stalinismo y la debacle, una más, del PS–, la derrota española, tal como se lo explica a un periodista, se debe a que las organizaciones en lucha, previo al fortalecimiento del stalinismo, “tomaron las armas, pero no el Gobierno. Fíjate que digo Gobierno, no el poder, porque en realidad instauraron un poder revolucionario en los primeros días y hasta en las primeras semanas. Pero dejaron el Gobierno en manos de los mismos políticos burgueses”. ¿Era posible otra alternativa; se podría haber formado alguna clase de “junta revolucionaria” que ganara la guerra? Mika responde: “No sé si se habría ganado, pero sí cambiado el curso con toda seguridad. De no haber frenado el Gobierno ese empuje revolucionario que reconquistó Cuartel de la Montaña, rescató tantos pueblos y ciudades, inició la defensa de Madrid cuando el gobierno salió huyendo a Valencia, las milicias hubiesen ganado más territorio y habría conservado ciudades que se perdieron a causa de las dilaciones impuestas por el Gobierno”.

Los anarquistas y sindicalistas de la CNT-FAI, los socialistas, el POUM –que, siendo la organización más de izquierda de España, y simpatizando con muchas de las políticas de Trotsky no era “trotskista” sino centrista; es decir, oscilante entre posiciones revolucionarias y reformistas–, no pudieron remontar el proceso. A sus políticas se sumó la traición del stalinismo y la ofensiva del fascismo, con la complicidad de los imperialismos “democráticos”. Con todo esto a cuestas, escribió Mika recordando aquella encrucijada que vivió: “¿Qué conclusiones saco de este balance negativo? ¿Que perderemos la guerra? Es probable que la perdamos. Ahora bien, aun así, los trabajadores españoles habrán lavado la derrota sin combate de los trabajadores alemanes e inscrito en los anales de las luchas obreras las páginas más fulgurantes de su historia”.

El libro de Mika tiene “brillo propio”, hace un luminoso aporte a la lucha de clases y a su historia, plasmando sus convicciones, su pasión revolucionaria e internacionalista.


Esteban Volkov y Jose Antonio González de León envían saludos desde México por la aparición de ‘Mi vida’, de Trotsky

* La presentación de Mi vida de Trotsky, realizada el pasado 4/12 con la presencia de Gabriela Lizst (del CEIP “León Trotsky”), Christian “Chipi” Castillo y Jorge Altamira, se puede ver completa acá.


Abajo, el saludo de Esteban Volkov, nieto de Trotsky, y de Jose Antonio González de León, director del Museo-Casa de León Trotsky.

 


Presentación de ‘Mi vida’, de León Trotsky, el martes 4/12, con Christian Castillo y Jorge Altamira

* En el Auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales, sede Constitución (Santiago del Estero 1029), a las 19 hs., presentación de Mi vida, Tomo 2 de las Obras Escogidas de León Trotsky, publicadas por el CEIP “León Trotsky” y Ediciones IPS, en coedición con el museo casa de México.

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Ante la crisis actual, resurge la avidez por el arsenal ideológico de Trotsky (La Jornada)

Presentaron el tomo I de las Obras escogidas del revolucionario ruso, a 72 años de su asesinato

Ante la crisis actual, resurge la avidez por el arsenal ideológico de Trotsky

Esteban Volkov, nieto del fundador del Ejército Rojo, manifestó beneplácito por la publicación

Fabiola Palapa Quijas

A 72 años del asesinato de León Trotsky, en México, el pasado martes presentaron el libro Stalin: el gran organizador de derrotas, que el revolucionario ruso escribió en 1928, cuando la fracción estalinista había triunfado sobre la Oposición de Izquierda y el partido bolchevique fundado por Lenin.

El volumen fue coeditado por el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones León Trotsky (CEIP), de Argentina, que tiene representación en México, y el Museo Casa de León Trotsky-Instituto del Derecho de Asilo, con sede en Coyoacán.

En el acto, realizado en el museo que lleva el nombre del fundador del Ejército Rojo, Esteban Volkov recordó las últimas frases de su abuelo en el lecho de muerte sobre el augurio del triunfo de la Cuarta Internacional, y señaló que ésta es la tarea pendiente detodos lo que se dicen seguidores de Trotsky.

Volkov criticó a los grupos que se nombran revolucionarios, porque se sienten superiores y sólo buscan satisfacer su ego, cuando en realidad están alejados de las preocupaciones de las masas y clases obreras. Asimismo, manifestó su beneplácito por la edición del libro que pone al alcance de las nuevas generaciones el arsenal ideológico de Trotsky.

El director del Museo Casa León Trotsky, José Antonio González de León, sostuvo que el recinto colaborará con el CEIP para dar seguimiento y actualidad al pensamiento de Trotsky.Es un museo de ideas, agregó.

Pablo Langer Oprinari, del CEIP, explicó que en el volumen Trotsky hace una crítica profunda de la política del Partido Comunista y de la Internacional Comunista estalinizada, y en particular de la reaccionaria teoría del socialismo en un solo país, que se había convertido en la cobertura teórica del conservadurismo burocrático.

Trotsky discute los combates de la clase obrera de esos años, problematiza la causa de sus derrotas y analiza las consecuencias de los errores cometidos por la dirección de Stalin, desde el punto de vista de la estrategia revolucionaria, señaló Langer Oprinari.

Despertar en la juventud

El tomo I de las Obras Escogidas de Trotsky es una aportación en el terreno de la estrategia de la revolución socialista, hecha por uno de los arquitectos centrales de la insurrección de 1917.

Langer Oprinari subrayó que la publicación del libro no es casual, pues “vivimos acontecimientos históricos: el quinto año de la crisis capitalista, procesos de la lucha de clases como en Egipto, Túnez, en las 18 huelgas generales en Grecia, por mencionar algunos. Y un despertar en la juventud, en muchos países como Estados Unidos, Chile, el mundo árabe, y en México, con los jóvenes del #YoSoy132 y su lucha contra la imposición y la antidemocracia.

Al calor de esto y del desprestigio de las ideologías burguesas, reaparece la avidez en Marx y en Trotsky, quien se hace notar por su propio peso, por su historia de lucha inclaudicable contra el estalinismo y el capitalismo, como un referente de rebeldía y cuestionamiento radical a lo existente.

El CEIP también ha publicado la conocida biografía Mi vida y El caso León Trotsky, primera traducción completa al español del Informe Dewey; próximamente planea publicar Historia de la Revolución RusaLa revolución traicionada y Escritos sobre España.


León Trotsky: pasión, militancia (revolucionaria) e historia

* En el marco de mi interés por las relaciones entre los artistas y escritores con Trotsky, y algunas discusiones sobre publicaciones y discusiones contemporáneas, hice, a modo de homenaje, este texto “de misceláneas”.

 

Tengo en mis manos un librito, publicado en 1993, de poco más de 120 páginas.

Me lo dio una amiga, Juana Droeven.

Allí, la contratapa la escribe Fogwill.

Y comienza así:

“En las memorias de Molinier jamás llueve, ni hace calor agobiante o frío. Nadie bebe ni fuma. Como en su vida, hay una sola atmósfera: el combate”.

Más allá de que el autor de Los pichiciegos haya sido –según él mismo declaró en algunos reportajes– trotskista en la década de 1960, ¡qué impresionado estaba de conocer en Argentina, en plena década neoliberal, a un militante trotskista de larga tradición!…

Y de pasión militante…

Fogwill dijo de Molinier: “es un hombre de acción: lo encontré en Buenos Aires en 1986, y a sus ochenta y cuatro años estaba concentrado en el seguimiento de la prensa soviética, a la espera del surgimiento de focos revolucionarios en la URSS para brindarles su asistencia. Hombre de acción, sus memorias –material de discusión para trotskistas y obra de consulta para quienes historien la contrarrevolución europea– son un relato de la voluntad […]. Hay un encuentro producido en 1916 que liga irreversiblemente su voluntad con la figura de Trotsky”.

Fechas:

1916 –dos años pasaron desde que comenzó la Primera Guerra Mundial: allí un jovencísimo Molinier repartía, con pasión militante, volantes llamando a la rebelión contra la carnicería imperialista… Volantes que fueron redactados por el propio Trotsky–;

1986 –setenta años después, Fogwill se entera de que Molinier, de nuevo: con pasión militante, está dispuesto a “brindar asistencia” si una revolución política en la URSS contra la burocracia stalinista lo requería–;

1993 –aparición de este libro que estamos citando, llamado Trotsky vive. 50 años después. Memorias de un militante trotskista–.

Así, los grandes hechos de la historia se entrelazan con la militancia, con la cultura, el arte; y estos hilos (que son, ni más ni menos, anécdotas, memorias, libros…) que de alguna manera se referencian en Trotsky, se mantienen y llegan a nuestros días. ¿O acaso –para poner un ejemplo– dos de los más importantes dramaturgos del siglo XX, Bernard Shaw y Bertolt Brecht no alegorizaron en sus obras Santa Juana y Galileo Galilei, respectivamente, el moderno drama histórico que se condensaba en las personalidades enfrentadas de Trotsky y Stalin?

***

Otro importante escritor, el francés André Gide estuvo dispuesto a visitar y conocer a Trotsky, cuando éste estaba –cuando el revolucionario del planeta sin visado había logrado conseguir un permiso para instalarse– en México. Cuenta sobre esto uno de los principales secretarios del revolucionario ruso, Jean van Heijenoort:

“André Gide tenía la intención de venir a México; pero cada vez posponía el viaje. En noviembre, el proyecto de Gide pareció precisarse. Trotsky […] redactó un proyecto de carta que comenzaba por ‘Querido maestro’ y detallaba todo lo que podía incitar a Gide a venir. La carta iba a ser firmada por varios artistas y escritores mexicanos, entre otros Diego Rivera, Salvador Novo y Carlos Pellicer. No me acuerdo si verdaderamente fue enviada; pero aun cuando lo hubiera sido, la carta no sirvió para nada, pues, como pronto lo supimos, Gide había cambiado bruscamente sus planes y había partido para África”.

Otro encuentro fue el de Trotsky (junto a su compañera Natalia y el mismo Van) con el pintor José Clemente Orozco. (Comparando a Rivera con Orozco, Van dice: “por su carácter, sus gustos, su modo de vida, el estilo de pintura, se situaban en dos polos opuestos. Orozco era un introvertido atormentado mientras que Rivera era un extrovertido jovial. El hecho mismo de ser los dos más grandes pintores del país no podía sino crear entre ellos una especie de rivalidad, tenían entre sí pocas relaciones personales, o ninguna”.) Al salir de la entrevista (una “charla amena”, recuerda Van en su libro), Trotsky les exclamó a sus dos acompañantes: “¡Es un Dostoievsky!”.

Otro escritor, en este caso el norteamericano Waldo Frank, también quiso entrevistarse y conocer a Trotsky. Relata Van en el mismo trabajo citado (que es el libro publicado en 1978 Con Trotsky, de Prinkipo a Coyoacán. Testimonio de siete años de exilio, traducido del francés por la escritora argentina Tununa Mercado):

“En febrero [de 1937] se encontraba en México un escritor norteamericano, Waldo Frank. Tenía lazos personales con los stalinistas de los Estados Unidos y de América Latina, pero los procesos de Moscú lo habían dejado perplejo. Vino a ver a Trotsky una o dos veces. Las conversaciones fueron animadas, pero quedaron en el aire. De Nueva York, John Dewey invitó a Frank a quedarse en México para participar en los trabajos de la comisión de investigación cuando sus representantes llegaran a México. Frank encontró un pretexto para zafarse. Tenía una gran vanidad. Había escrito a Trotsky pidiéndole una entrevista. Antes de decidirse, Trotsky me pidió que fuera a ver a Frank a la ciudad para tantear el terreno. Lo encontré en el vestíbulo de su hotel. Lo primero que me dijo para presentarse, sabiendo que yo era francés, fue: ‘Yo, sabe usted, soy el André Gide de las Américas’”.

Lamentablemente en las Memorias (publicadas póstumamente –acá en nuestro país en 1975 por la Editorial Sur–) de Frank no hay nada (en los capítulos “México y Don Quijote”, y “Triunfo y derrota en Argentina”) referido al stalinismo, a los Juicios de Moscú… ni a su intención de conocer a Trotsky.

Y sin embargo, Waldo Frank (un importante socio de la empresa cultural y política de Victoria y Silvina Ocampo y cía. –obvio: hablamos del Grupo Sur–) es otro nombre, junto al de Gide y Orozco, seguramente menos conocidos y mencionados en las tradicionales listas de personalidades que visitaron, congeniaron y/o se pelearon con Trotsky: Breton, Malraux, Georges Simenon, Diego Rivera, Frida Khalo, John Dewey, etc., etc., etc. Una galería de “personalidades”, de artistas e intelectuales (que pareciera) interminable. Artistas que, en medio de las tensiones de entreguerras no dejaban de ser deslumbrados por la figura, la historia y la obra de Trotsky, aunque muchos más se mantuvieran fieles a la asociación de “Amigos de la URSS” y a Stalin. (Por poner un ejemplo de lo que generalmente se producía entre los artistas del, por así decir,“establishment de izquierda”, el reconocido –y exsurrealista– Paul Élouard escribía este ¿poema? en 1949:

“Y Stalin disipa hoy la desdicha / La confianza es el fruto de su mente de amor / El racimo razonable, a tal punto perfecto. / Gracias a él vivimos sin conocer otoño / El horizonte Stalin renace sin cesar / Vivimos sin dudar y aun en el pozo de la sombra / Producimos la vida y arreglamos el porvenir / No hay para nosotros día sin mañana / Aurora sin mediodía frescura sin calor […] / Pues la vida y los hombres han elegido a Stalin / Para representar en la tierra su esperanza sin límites”.

Se puede imaginar, por lo tanto, lo sacrílego que era interesarse, visitar y/o reivindicar a Trotsky…)

***

Ahora, ¿un poco más de historia? Esto relata Isaac Deutscher en el tercer (y último) tomo de la monumental y conocidísima biografía de Trotsky, El profeta desterrado (1929-1949) acerca del combate perdido contra Stalin y el destierro que sufrió el creador del Ejército Rojo de la URSS, y sobre lo que significaba su nombre para fascistas e imperialistas:

“¿Cuán definitiva e irrevocable fue la derrota? Ya hemos visto que, mientras Trotsky vivió, Stalin nunca lo consideró finalmente vencido. El temor de Stalin no era una simple obsesión paranoica. Otros actores principales del drama político lo compartían. Roberto Couloundre, embajador francés ante el Tercer Reich, ofrece un interesante testimonio en una descripción de su última entrevista con Hitler en vísperas del estallido de la segunda Guerra Mundial. Hitler se jactó de las ventajas que había obtenido como resultado de su pacto con Stalin, que acababa de firmar, y trazó un grandioso panorama de su futuro triunfo militar. En respuesta, el embajador francés apeló a su ‘razón’ y habló de los trastornos sociales y la revolución que podrían seguir a una guerra prolongada y terrible y barrer a todos los gobiernos beligerantes. ‘Usted se ve a sí mismo como vencedor…’, dijo el embajador, ‘pero, ¿ha considerado usted otra posibilidad: la de que el vencedor sea Trotsky?’ Al escuchar esas palabras, Hitler se puso de pie de un salto (como si lo ‘hubiesen golpeado en la boca del estómago’) y gritó que esa posibilidad, la amenaza de la victoria de Trotsky, era una razón más para que Francia y la Gran Bretaña no fueran a la guerra contra el Tercer Reich. Así, el amo del Tercer Reich y el emisario de la Tercera República, en sus últimas maniobras, durante las últimas horas de paz, trataron de intimidarse el uno al otro, y al gobierno de cada uno, invocando el nombre del solitario proscrito atrapado y enclaustrado en el otro extremo del mundo. ‘Los acosa el espectro de la revolución, le dan el nombre de un hombre’, comentó Trotsky cuando leyó el diálogo”.

O sea que al modo en que Jacques Derrida comentaba, en la década de 1990, en plena reacción ideológica antimarxista, que no habría ninguna muerte de Marx sino al contrario, que al menos seguiría existiendo uno de “sus muchos espectros”, alimentado por la existencia misma del sistema capitalista, Trotsky fue (y es) el espectro de la revolución obrera, de la sublevación popular de las masas contra el hambre y las miserias (las crisis económicas, las guerras) del sistema. Del triunfo de las perspectivas del socialismo y el comunismo, y de las luchas contra la burocratización y el poder despótico (tal como lo demostró en su implacable lucha –pagada con la pérdida de sus camaradas, familiares… y su propia vida– contra el totalitarismo stalinista).

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Y si pensamos la historia de este fantasma llamado Trotsky desde el presente, nos encontraremos con una serie de trabajos de (supuestos) “sovietólogos”, que no son más que propagandistas de las mentiras de liberales, maoístas y stalinistas contra quien dirigió junto a Lenin la Revolución Rusa de 1917. Entre ellos está el historiador inglés Robert Service, quien después de haber hecho biografías de Stalin y Lenin, hizo una de Trotsky que tuvo bastante repercusión y debates. Por ejemplo, un episodio ocurrió en Alemania, donde un grupo de 14 historiadores escribió una carta a la prestigiosa y reconocida Editorial Suhrkamp ante la inminente publicación local de Trotsky. Una biografía, cuestión que logró retrasar su aparición… pero no impedirla: finalmente salió publicado este nuevo libro –lleno, como dice la carta de los historiadores, de errores, falsedades, acusaciones e injurias, tal como es también Lenin. Una biografía– de Service. Hay decenas de artículos (y algunos libros) discutiendo las decenas y decenas de errores y calumnias arrojadas por Service.

Una muestra.

Dice Service en las páginas 635 y 636 de la edición en español:

“Una de las razones por las que Trotsky merece que se le rescate de este olvido cada vez mayor es que él nunca fue exactamente lo que decía ser, ni lo que los demás decían que era. Estaba cerca de Stalin tanto en intenciones como en prácticas. No estaba más interesado que él en la creación de una sociedad de socialismo humanitario, por mucho que así lo asegurara y asumiera. Trotsky fracasó a la hora de pensar en el pasaje de la dictadura de partido a la libertad universal. Se deleitaba con el terror”.

He aquí una repetición de lo ya escrito por Service en sus dos anteriores biografías. Trotsky sería, tal como Lenin y Stalin, un mero (e idéntico) engranaje de la maquinaria del “comunismo autoritario”, y los tres, sea por la razón que fuere, tenían motivos de sobra (algún pretendidamente científico por Service, y en realidad superficial, “rasgo psicológico” de sus infancias y juventudes –todas ellas bien distintas–) para pretender saciar una sed de venganza que se desarrollaría tras la toma del poder por los soviets y el Partido Bolchevique.

En esta discusión sirve ver (una vez más) la real política de Trotsky en el “terreno cultural”, y ligarla a su política más general.

No es la que dice Service (páginas 416 y 417): “Trotsky deseaba una alta cultura subordinada a los propósitos del partido. Asumía que iban a pasar muchos años antes de que la ‘cultura proletaria’ pudiera alcanzarse”; “en resumidas cuentas, fue Trotsky quien sentó las bases filosóficas para el estalinismo cultural”. Trotsky ni pensaba en una “cultura proletaria” ni tenía nada que ver con el stalinismo y su “socialismo en un solo país”: al contrario: el objetivo de la futura sociedad comunista implicaba la desaparición de “connotaciones clasistas” en el arte, ya que sería este “arte del futuro” producido y disfrutado por todos. La dictadura del proletariado (como ofensiva y mantenimiento de un gobierno de las mayorías populares –desde la organización soviética– contra las clases explotadoras), como régimen transicional (como una “trinchera” en el desarrollo de la lucha de clases internacional –único modo de avanzar hacia la construcción del socialismo–) implicaba al mismo tiempo una ampliación de las libertades y posibilidades de los sujetos y grupos artísticos para que todos se desarrollaran. De ahí que Trotsky estuviera por la libertad de todas las tendencias artísticas y considerara al “arte proletario” una corriente más con derecho propio a la existencia… aunque no debía ser la única ni “la oficial del Estado” (Trotsky siempre explicaba que hay terrenos de la actividad humana donde, por las propias características de tal o cual actividad –la ciencia, el arte–, el partido revolucionario no puede más que seguir, observar, opinar… pero no necesariamente dirigir ni crear). El stalinismo sí que fue “totalitario”, tanto en el arte como en la política: manipulación ideológica (“arte proletario”, “culto a la personalidad”, falsificación permanente en los libros de historia, en las estadísticas, en las fotografías, etc.) y cerrazón nacionalista, que llevó a brutales contradicciones internas a la URSS, al “dirigismo” en el arte –es decir, a la falta de libertad para las masas y para los artistas– y, como ya es historia, a la decadencia y posterior caída del Estado obrero.

Service, que pretende “patear el tablero”, desmontando (supuestos) “mitos” y “caracterizaciones políticas establecidas” acerca de estos grandes revolucionarios modernos (Lenin y Trotsky, aclaro por las dudas), termina repitiendo y acercándonos un largo rosario para leer una diatriba tras otra sobre la egomanía, el fanatismo desbocado y la improvisación permanente de estos dirigentes marxistas. ¡Cuán distinto es el juicio que surge de un trabajo realmente serio, como el de Deutscher! (Y hablamos de alguien que fue durante un tiempo militante trotskista y de la IV Internacional, pero que luego viró hacia posiciones de simpatía a favor de una “auto-reforma” de las burocracias rusa y china, y acusó a Trotsky de “voluntarista” por haber puesto en pie una nueva internacional revolucionaria en 1938.)

Para Deutscher: “La vida y la obra enormes de Trotsky son un elemento esencial de la experiencia de la Revolución Rusa e, indudablemente, de la sustancia de la civilización contemporánea. La singularidad de su destino y las extraordinarias cualidades morales y estéticas de su ejecutoria hablan por sí mismas y atestiguan la significación del hombre. No puede ser, sería contrario a todo sentido histórico, que una energía intelectual tan poderosa, una actividad tan prodigiosa y un martirio tan noble no hayan de tener ricas consecuencias a la larga. Ese es el material de que están hechas las leyendas más sublimes e inspiradoras. Sólo que la leyenda de Trotsky se compone de principio a fin de hechos registrados y verdades comprobables. En ella, ningún mito revolotea sobre la realidad, sino que la realidad misma se eleva a la altura del mito”.

Este mito hecho de historia viviente comenzó en 1905 –y aun antes–, cuando tras décadas de reacción (tras el aplastamiento de la Comuna de París en 1871) Rusia vivió su primera huelga general y el surgimiento de soviets. Trotsky fue presidente del soviet de la ciudad de Petrogrado en un país conmocionado por la guerra y su respuesta social y política: la revolución. (Revolución que, vale la pena recordar, fue saludada calurosamente por socialistas norteamericanos; un grupo donde estaba el escritor Jack London, autor de El talón de hierro, novela que Trotsky dos décadas después leerá y elogiará en una carta dirigida –ya el autor de Martín Eden había fallecido en 1916– a Joan London.)

Continuó Trotsky su apasionada (y apasionante) vida militante en 1917, y siguió, en la teoría, en la práctica, en el programa y la estrategia. Fundador de la III y IV Internacionales; conocedor de las realidades e historias nacionales de importantes países del mundo como Inglaterra, Francia, España e Italia, además de China e India; analista de la cultura y la vida cotidiana en la Rusia posrevolucionaria (por su parte, Literatura y revolución es un verdadero clásico, sutil, versátil y profundo, de análisis marxista sobre la literatura, la cultura, y sus complejas relaciones con los grandes acontecimientos históricos); jefe militar en 1917, en la guerra civil 1918-1921 y ante la última revolución alemana, en momentos donde comenzaba a desarrollarse el nazismo, en 1923; y analista de las realidades latinoamericanas, acuñando la aún hoy útil categoría de bonapartismos sui generis (de derecha o “de izquierda”) para analizar el nacionalismo burgués de Lázaro Cárdenas en México. A lo que hay que sumar sus trabajos claves como La revolución permanente y el Programa de Transición. Van Heijenoort dijo que “Los grandes libros fueron Mi vida, la Historia de la revolución rusa, La Revolución traicionada y, posteriormente, el Lenin y el Stalin”. (En particular, La revolución traicionada es un pormenorizado análisis del Estado obrero degenerado por el stalinismo, con una profunda discusión teórica e ideológica acerca del Estado, el socialismo y el comunismo.)

Trotsky fue asesinado por un sicario de Stalin. A su funeral, en Coyoacán (México D. F.), concurrieron cerca de 300.000 personas –en una ciudad que tenía entonces 4 millones de habitantes–.

Por todo esto (y mucho más) la pasión militante y revolucionaria de Trotsky es imperecedera…

Si hoy, con la histórica crisis económica internacional estamos viendo el despertar de las masas, con gran protagonismo de la juventud; si estamos viendo en Europa el resurgir de huelgas generales y manifestaciones obreras; si la juventud estudiantil sale a luchar, como en Estados Unidos (Occupy Wall Street), Canadá, España, México (el “#YoSoy132”) y Chile, entre otros países; si hay un renovado interés en la obra de Marx (se vuelven a vender el Manifiesto Comunista y El capital). En fin: si estamos yendo (¿o regresando?) a tiempos más convulsivos, Trotsky es la mejor “guía de aprendizaje” para quien quiera ser “parte activa” de los grandes acontecimientos que están (re)apareciendo.

Tal es la pasión que, a mi modo de ver, debe unir, a quien milita, con la historia.


Surrealismo e trotskismo: os caminhos cruzados antes do Manifesto da FIARI (1938)

http://cephs.blogspot.com.br/2011/12/surrealismo-e-trotskismo-os-caminhos.html

por Thyago Villela, estudante de pós graduação em artes visuais pela USP

Somos especialistas da Revolta. Não há um meio de ação que não sejamos capazes de empregar, se necessário…
O surrealismo não é uma forma poética.
É um brado do espírito que se volta para si mesmo e está nitidamente decidido a romper desesperadamente seus entraves.
E se necessário com martelos materiais.
(Declaração surrealista de 27 de janeiro de 1925)
A análise do movimento surrealista, se encarada mediante uma perspectiva retrospectiva superficial, pode desembocar facilmente na simples conclusão de que o devir natural do grupo, e sua realização última enquanto tal, repousa em sua articulação ao materialismo dialético – este enquanto guia de ação capaz de abarcar e enriquecer todas as aspirações dos poetas e artistas plásticos surrealistas de então. O Manifesto da FIARI (escrito por Leon Trotsky e André Breton em 1938, na cidade de Coyocán, México) é utilizado largamente para exemplificar os laços firmados entre ambos, muitas vezes no sentido de simplesmente enaltecer os surrealistas pela adesão ao léxico e à prática revolucionária (e muitos destes enaltecedores tampouco conhecem o surrealismo como prática artística), e raras vezes no sentido de enaltecer uma síntese da série de contradições que se abriram na esquerda artística e política do começo do século XX. A esta primeira leitura mistificadora e de caráter teleológico, que faz da história do grupo surrealista uma límpida história linear e sem tensões, proporemos uma breve abordagem do movimento que procura, ao contrário, apreender as contradições intestinas ao mesmo, bem como reconstruir os momentos de aproximação e distanciamento deste da esquerda organizada e, por fim, no que cabe aos desígnios deste artigo, do trotskismo. A questão chave aqui é apontar qual a relação que o surrealismo manteve com o trotskismo antes do tão citado Manifesto do México.
Em um primeiro momento, cabe pontuar que o surrealismo, enquanto desenvolvimento de uma ruptura no interior do movimento Dadá provocada por discordâncias quanto à filosofia e prática meramente destrutiva dos últimos, segundo os dissidentes1, não se desenrola para o campo da prática política imediata, ou para um ideário de “politização da estética”, como proporia posteriormente Walter Benjamin; mas, antes, para a radicalização de procedimentos artísticos já iniciados no dadaísmo, incorporação e criação de novas estratégias criativas e alargamento da crítica Dadá até uma positivação da mesma, ou seja, até um rompimento com seu imaginário niilista em prol de uma prática vital que combatesse o homem do pós-guerra e suas misérias e, centralmente, o campo moral da classe burguesa em sua racionalização mercantil. Se o dadaísmo não fora senão “uma maneira de sentar-se”, como escreveu André Breton em 1923, é possível que o mesmo poeta analisasse o “período heróico do surrealismo” (entre os anos 1923-1925), conforme denominado por Maurice Nadeau, como expressão da mesma postura de relaxamento, em seu sentido estritamente político.2
É fato que a Revolução Russa, ainda não degenerada, não fora objeto de exaltação por parte do grupo. Ao contrário: entendida enquanto uma mera transposição de poderes, cuja única tônica repousava no aspecto econômico, não merecia destaque para os mesmos, que almejavam uma Revolução completa, do espírito humano, que passaria a incorporar o aspecto inconsciente da vida, a supra-realidade. Lê-se, por exemplo, em La Revolutión Surrealiste no. 4:
Não existe revolução total, há unicamente a Revolução perpétua, vida verdadeira, como o amor, deslumbrante a todo momento. Não existe ordem revolucionária, há apenas desordem e loucura. A guerra da liberdade deve ser conduzida com cólera e conduzida sem cessar por todos que não aceitam…
(Apud NADEAU, 1985, p. 76)
A idéia sobre uma Revolução social, desta maneira, passava por matizes idealistas, no sentido de que adquiria o aspecto de uma revolta sem consciência, um valor transcendente, sem alcance, perpétua em seu sentido longínquo, inalcançável.3 A “criação de um mito coletivo”, idéia cara ao grupo, era entendida enquanto desvinculada e às vezes antagônica com a proposição de uma insurreição armada acaudilhada pelo proletariado para a tomada de poder das mãos da burguesia. Os intensos debates promovidos pelos surrealistas na época, tais quais se o surrealismo consistiria em si uma revolução ou não, foram acelerados pelos rumos da situação internacional, de maior dinamização da luta de classes. A Guerra do Marrocos assume importância central no giro do movimento às questões mais propriamente políticas, a partir de uma aproximação e colaboração do grupo com a revista Clarté e seus editores.4
É deste período uma proclamação inteiramente nova aos surrealistas, que marca a passagem de uma concepção mais abstrata do sentido de uma Revolução para a de uma subversão do modo de vida fincada em bases materiais: “Não somos utopistas: esta Revolução não a concebemos senão sob sua forma social.” (NADEAU, 1985, p. 83).5 Não se trata mais de uma “revolução do espírito” sem mudar “o que quer que seja na ordem física e aparente das coisas” (Idem, ibidem). É significativo que no mesmo período André Breton tenha lido Lenin, escrito por Trotsky, o que se faz notar neste trecho, por exemplo, do Manifesto lançado pelo grupo em 1925, A Revolução primeiramente e sempre:
Há mais de um século a dignidade humana é rebaixada à categoria de valor de troca. Já é injusto, é monstruoso mesmo, que quem nada possui seja escravizado por quem possui, mas quando essa opressão ultrapassa o quadro de um simples salário a pagar e toma, por exemplo, a forma de uma escravidão que as altas finanças internacionais fazem incidir sobre os povos, é uma iniqüidade que nenhum massacre poderá expiar.
(Apud NADEAU, 1985, p. 83)
A passagem da Revolução de valor transcendente até a adesão dos surrealistas ao princípio do materialismo dialético marca o “período raciocinante” do grupo, conforme nomeado pelo próprio Breton. Interessa notar que, enquanto a maior parcela da intelectualidade francesa aderiu à consigna de “defesa da pátria” mediante a Guerra do Marrocos, os surrealistas se alinharam prontamente em favor dos insurgentes marroquinos, aproximando-se deste modo do Partido Comunista Francês e de seus intelectuais. A filiação do grupo ao PCF dá-se paulatinamente, e até 1927, quase todos os seus membros remanescentes já eram militantes. No mesmo ano, entretanto, em função da crescente stalinização das fileiras do Partido, boa parte dos surrealistas rompe com seu aparato burocrático.6


A expressão mais significativa e mais citada deste desenvolvimento do ideário surrealista, feito mediante uma série de conflitos internos e distanciamentos e aproximações de outros artistas do grupo inicial, é o Segundo Manifesto do Surrealismo, que data de 1929. Neste, Breton declara abertamente a adesão do grupo ao materialismo dialético, bem como empreende críticas ao PCF.7 Cabe comentar também que é neste manifesto que pela primeira vez surge no interior do grupo a definição de arte enquanto processo de sublimação, definição esta que reaparecerá no Manifesto da FIARI, de 1938, redigido com Trotsky. Um elemento seu pouco comentado, no entanto, diz respeito à qualidade desta adesão ao materialismo. Escreveu Breton:
Como admitir que o método dialético só possa aplicar-se validamente à solução de problemas sociais? A ambição maior do surrealismo é fornecer-lhe possibilidades de aplicação de modo algum concorrentes no domínio consciente mais imediato. Em que pese a certos revolucionários de espírito acanhado, não compreendo por que nos absteríamos de colocar, desde que o abordássemos do mesmo ponto de vista do qual eles – e também nós – o fazem, que é o da Revolução, os problemas do amor, do sonho, da loucura, da arte e da religião.
(BRETON, 2001, p. 169)
O caráter afirmativo do grupo se manifesta, ao que nos parece, de modo a subordinar o materialismo dialético à Revolução Surrealista desejada, e não o contrário. A Revolução Comunista, desta maneira, e a luta por sua realização, vem como ampliação do ideário surrealista, e não enquanto propósito maior ao qual o surrealismo comporia. Retomando-se a idéia de “resolução dos problemas fundamentais do homem”, presente no Primeiro Manifesto (de 1924), os surrealistas aderem ao marxismo com o intuito de, primeiramente resolver os fundamentos materiais da existência, para assim abrirem caminho para a verdadeira revolução do espírito em sua totalidade. Eis uma das chaves para a compreensão da defesa incessante que farão acerca da necessária autonomia de suas atividades artísticas, cada vez mais cerceadas pela burocracia que se cristalizava no PCF:
(…) existe também a experiência surrealista. Ela já deu resultados e em nada se opõe à Revolução. Segundo Breton, até ultrapassa por sua amplitude a estreita especialização do econômico e do social e não seria pequeno o risco se se confundisse com ela, se se limitasse a ela. Aqueles que quisessem considerá-la como um simples anexo da ação revolucionária se enganariam, e Breton previne seus amigos políticos a não esperarem de sua parte nem desaprovação dessa ação, nem renúncia. É útil, é necessário que a experiência surrealista prossiga seu caminho.
(NADEAU, 1985, p. 87)
Em confluência com o desenvolvimento das idéias do grupo, acerca da autonomia artística frente aos partidos, percebe-se um notório paralelismo nas elaborações de Leon Trotsky sobre o tema, contraposto, neste arcabouço teórico, às teorias sobre a cultura proletária e a arte proletária, embriões da futura política soviética de coerção à produção artística e eliminação física dos artistas.8 Ao abuso cometido nestas linhas, com a imediata e mecânica associação entre o campo da economia e da cultura, e uma mesma política estatal e partidária que deveria se guiar igualmente nos dois sentidos, Leon Trotsky oporá a mais ampla liberdade à criação artística: se reivindica, por um lado, a economia planificada, reivindica a anarquia criativa e intelectual. O revolucionário, que desde 1923, ironizava e criticava a pobreza das teorizações sobre a cultura proletária, no sentido da impossibilidade histórica da mesma e da contradição que mantinha com a teoria marxista9, se colocará até sua morte, em 1940, contra a política cultural desenvolvida no interior da Rússia e assumida pelos demais Partidos Comunistas a partir da Internacional Comunista. Escreverá em 1923:
No fim da guerra civil, quando abordávamos uma nova fase da nossa atividade, a tentativa de criar uma “doutrina militar proletária” foi a expressão mais clara e mais gritante da incompreensão das tarefas da nova época. Os orgulhosos projetos que visam criar uma “cultura proletária” em laboratório partem da mesma incompreensão. Em meio à busca pela pedra filosofal, o nosso desespero perante nosso atraso une-se a uma crença no milagre, que é ela própria um sinal desse atraso. Mas não temos nenhuma razão para nos desesperar; é mais do que tempo de nos libertarmos dessa crença em milagres, dessas práticas pueris de curandeiros, do gênero da “cultura proletária” ou da doutrina militar proletária. Para fortalecer a ditadura do proletariado é preciso desenvolver um militantismo cultural cotidiano, o único que pode garantir um conteúdo socialista para as conquistas fundamentais da revolução. Quem não compreendeu isso, representa um papel reacionário na evolução do pensamento e do trabalho do partido.
(TROTSKY, 2009)10
Na mesma trilha, publicará no ano seguinte Literatura e Revolução, obra lapidar no combate à coerção da produção artística e a mencionada tentativa de se “criar em laboratório” uma nova cultura de classe:
Isso quer dizer que o Partido, contradizendo seus princípios, adota uma posição eclética nos domínios da arte? O argumento que parece fulminante é meramente infantil. O marxismo oferece diversas possibilidades: avalia o desenvolvimento da nova arte, acompanha todas as suas mudanças e variações por meio da crítica, encoraja as correntes progressistas, porém não faz mais que isso. A arte deve abrir por si mesma seu próprio caminho. Os métodos do marxismo não são os mesmos da arte. (…) A arte não é um domínio que se chame o Partido a comandar.
(TROTSKY, 2007, p. 173 – grifos nossos)
Embora Literatura e Revolução só tenha sido publicado na França em 1964 (pela tradução do também primeiro historiador do surrealismo: Maurice Nadeau), a série de debates travados no período pela intelectualidade francesa indica que suas teses centrais, se não lidas, já haviam sido apreendidas e incorporadas nas discussões (GOUJON, 1994). O alinhamento entre o grupo e as idéias de Trotsky, entretanto, não se dá apenas no que toca mais diretamente o campo da arte. O próprio estreitamento dos surrealistas à Clarté dá-se mediante a reivindicação, em primeiro lugar, dos nomes de Vladimir Lenin e de Trotsky, enquanto seu continuador revolucionário. Em 11 de março de 1929, por exemplo, Breton chama uma reunião do grupo com o intuito de discutir e examinar criticamente a “sorte dada recentemente a Leão Trotski” (NADEAU, 1985, p. 115), referindo-se à expulsão do revolucionário da Rússia pela burocracia soviética, ou ainda, a título de outro exemplo, a já mencionada leitura apaixonada de Breton sobre o livro Lenin, sobre o qual comentará, em 1925:
No plano moral onde resolvemos nos colocar, está claro que um homem como Lenin é absolutamente inatacável. E à objeção de que, conforme este livro, Lênin é um tipo e os ‘tipos não são homens’, pergunto: Qual destes novos bárbaros sofistas terá a ousadia de sustentar que há algo a reprovar nas apreciações gerais emitidas ocasionalmente por Trotski sobre os outros e sobre ele mesmo?
(Apud FACIOLI, 1985, p. 76)
Poderíamos citar ainda o manifesto Planeta sem Passaporte, de 1934, no qual o grupo coloca-se novamente em defesa do dirigente do exército vermelho e contrário à negativa de permissão de asilo político da França ao mesmo; ou ainda o conhecido Manifesto da FIARI, escrito no México em 1938 por Breton e Trotsky – expressão mais bem acabada dos esforços de ambos os revolucionários no campo de uma elaboração programática referente às artes (“toda a licença em arte”).
Importa notar, por fim, que, mesmo durante o período de ingresso do grupo no PCF, os surrealistas sempre foram marginalizados no interior do partido em função de suas atividades artísticas, entendidos enquanto grupo de matriz pequeno-burguesa, sem disciplina revolucionária, etc. Os surrealistas parecem se preparar a todo o momento para um ataque dos demais militantes e da comissão editorial da Clarté, de onde resulta a série de cartas, tomadas de posição e intimações que formam a brochura Au Grand Jour, de 1927:
Por que, perguntam a Marcel Fourrier, somos utilizados apenas para uma “tarefa literária”? É dessa maneira que compreendeis a especialização? Será que servimos somente para amenizar as áridas páginas políticas de Clarté? Por outro lado, por que vos mostrais tão tímido a tomar a nossa defesa? Se até nós temos de ser defendidos contra a estreiteza de espírito de militantes que não apreciam a mensagem de libertação humana que Sade e Lautréamount lhes transmitiram, por que não nos defendeis aberta e responsavelmente, e com conhecimento de causa, já que de maneira nenhuma vos somos desconhecidos?
(Apud NADEAU, 1985, P. 97)
A linha política do PCF no período, ainda que não orientada tal qual depois de 1934, para a perseguição dos artistas de vanguarda que não tivessem aderido à estética estatal do realismo-socialista, já poderia conter elementos de perseguição neste sentido, informação da qual se carece de fontes.
A série de tensões, entretanto, que permearam o desenvolvimento do movimento surrealista em contato íntimo com a intelligentsia comunista francesa já nos remete a uma perseguição, ainda que informal, dos quadros do partido a estes artistas, como colocado acima. O trotskismo, neste sentido, oferecia uma possibilidade alternativa, ao menos teoricamente – na medida em que muitos dos quadros e dirigentes trotskistas (incluso o ex-surrealista Pierre Naville11) perseguirão artistas – com relação à articulação arte e política. A revisão historiográfica crítica sobre tais processos é tarefa premente para os revolucionários, no sentido de “escovar a contrapelo” a relação mantida entre o trotskismo e as vanguardas artísticas, bem como o debruçar sobre as elaborações de Leon Trotsky sobre o tema, e da necessária independência artística para a revolução, não apenas tática, mas estrategicamente.
Referências
ARTAUD, Antonin. Linguagem e vida. São Paulo: Perspectiva, 2004.
BRETON, André. Manifestos do surrealismo.Rio de Janeiro: Nau, 2001.
FACIOLI, Valentim (Org.). Breton-Trotsky: Por uma arte revolucionária independente. São Paulo: Paz e Terra; Cemap, 1985. 218 p.
COGGIOLA, Osvaldo (Org.). Trotsky hoje. São Paulo: Ensaio, 1994. p. 203-216.
GOUJON, Gerard. Trotsky e a “literatura proletária” na França. In: COGGIOLA, Osvaldo (Org.). Trotsky hoje. São Paulo: Ensaio, 1994. p.193-202.
KLINGSOHR-LEROY, Cathrin. Uma nova declaração dos direitos do homem. In:Surrealismo. Singapura: Taschen, 2007.
LOWY, Michael. Estrela da manhã: surrealismo e marxismo. Rio de
Janeiro: Civilização Brasileira, 2002.
NADEAU, Maurice. História do surrealismo. São Paulo : Perspectiva, 1985.
TROTSKY, Leon. Literatura e revolução. Rio de Janeiro : Zahar, 2007.
______________. Questões do modo de vida / A moral deles e a nossa. São Paulo: Instituto José Luís e Rosa Sundermann, 2009.
______________. Textos sobre arte, cultura y literatura. Córdoba: Jorge Sarmiento, 2008.
Notas:
1 André Breton, Louis Aragon, Paul Eluárd e Benjamin Péret, em 1922.
2 Ressalta-se que a afirmação realizada não implica em um desmerecimento da obra artística dos surrealistas no mesmo período. Neste, as empreitadas estéticas dos mesmos, centradas na narração dos sonhos, na escrita automática e na destruição da forma romance, bem como intervenções em espaços públicos, expressam seguramente uma grande riqueza de conteúdo. Não se pretende, nesta análise, um debruçar-se sobre as obras, mas, antes, sobre a atuação e posição política do grupo.
3 Exemplo notório desta concepção de mundo que permeava o grupo encontra-se na carta de Antonin Artaud de 8 de janeiro de 1927, que se refere a sua expulsão do grupo surrealista: “Para mim há muitas maneiras de se entender a Revolução e dentre estas maneiras a Comunista me parece de longe a pior, a mais reduzida. Uma revolução de preguiçosos. Não me importa absolutamente, eu o proclamo bem alto, que o poder passe das mãos da burguesia para as do proletariado. Para mim a Revolução não está aí. Ela não está em uma simples transmissão de poderes. (…) Por ora, direi que a Revolução mais urgente a realizar está em uma espécie de regressão no tempo. Que nós voltemos à mentalidade ou simplesmente aos hábitos de vida da Idade Média (…), e julgarei então que nós teremos efetuado a única revolução de que vale a pena que se fale.” (ARTAUD, 2004, p. 39).
4 Periódico que orbitava em torno do Partido Comunista Francês, que assumirá posteriormente tendências oposicionistas.
5 Importa pontuar que nos referimos, neste texto, à ala majoritária dos surrealistas, e daí as generalizações. LOWY (2002) refere-se a três frações consolidadas no seio do movimento surrealista entre os anos de 1925 e 1926: uma primeira, que se assentava predominantemente no aspecto mágico e inconsciente do surrealismo, a ponto mesmo de expressar um niilismo frente ao aspecto político que o movimento começara a esboçar, da qual participava, entre outros, Antonin Artaud e Philipe Soupault (o qual deixará esta fração e se tornará mais politizado); a segunda – que se fundamentava predominantemente em um marxismo de ranço determinista e mecanicista, chegando mesmo a censurar o aspecto amplamente subjetivo preconizado pelo grupo, representado principalmente por Pierre Naville; e o terceiro, que abrangia a maior parte dos surrealistas, que procurava unir o campo objetivo ao subjetivo, afirmando a irmandade existente entre poesia e revolução, como André Breton e Benjamin Péret. As frações não foram, obviamente, estáticas, mas muito dinâmicas, de onde pode provir uma certa confusão em caracterizar tal ou qual artista surrealista, ou de fixá-lo em uma fração até o final de sua vida.
6 Rompe primeiramente com o PCF a ala “dirigente” dos surrealistas então, da qual fazia parte André Breton, Yves Tanguy, René Crevel, Paul Eluárd, Pierre Yoyotte e Pierre Naville, dentre outros. O rompimento em definitivo de quase todo o grupo se dará em junho de 1935, após o Congresso dos escritores em defesa da cultura (FACIOLI, 1985, p.15).
7 “Como não nos preocuparmos terrivelmente com tamanho rebaixamento do nível ideológico de um partido que, não faz muito tempo, saíra tão brilhantemente armado de duas das melhores cabeças do século XIX?!”(BRETON, 2001, p. 172)
8 Alexander Bogdhanov e Nicolai Bukhárin se lançarão à frente do debate com a elaboração dos conceitos de cultura proletária arte proletária, do primeiro derivado, ambos fundamentados em um raciocínio mecânico de contraposição à cultura burguesa, fundamentados na filosofia empiriomonista de Bogdhanov. Deste modo, o caráter de classe da produção artística caracterizada como burguesa (o que passava, imediatamente, pelas experiências vanguardistas do período) seria contraposto pelo caráter coletivista e propagandístico de uma arte proletária, elaborada por operários e camponeses, que fosse capaz de dar conta de um elogio à classe e da captação de seu espírito revolucionário. Contraditoriamente, a forma pela qual se daria este renovação estética seria, em sua maior parte, pelo resgate formal do realismo e do neo-classicismo do século XIX, ainda que negasse fundamentalmente seus autores, como Balzac e Flaubert, enquanto meros burgueses. Assim, estaria garantida a participação ativa do povo na vida cultural e a negação de todos os “influxos reacionários”, “formalistas”, neste campo.
Francisco Posada atenta para a identidade muitas vezes presente nas teorias estéticas marxistas entre o conservadorismo e uma teoria global da decadência burguesa, pontuando o caráter mecânico que muitas vezes assumem estas ponderações ( nas quais decadência burguesa geraria imediatamente arte decadente). Cf. POSADA, 1970..
9
Conforme colocou Victor Serge, em 1925: “a tarefa do proletariado na escala da história não tem sido a de criar uma sociedade do proletariado, mas uma sociedade sem classes, na qual a cultura será, não qualificativa e restritiva, mas uma ocupação de todos, de toda a humanidade (Apud GOUJON, 1994, p.196). Importa assinalar, igualmente, que nas elaborações de Marx e Engels sobre o campo cultural está presente o descompasso de tempos entre a política, a economia e a cultura. Desta forma, um autor reacionário politicamente poderia produzir obras revolucionárias objetivamente (como Balzac), bem como uma época histórica de refluxo ou decadência econômica poderiam ser a base para obras artísticas de elevada qualidade (como a Grécia antiga, em seu declínio). Cf. MARX,K;ENGELS,F. __________
10 Em 1929, voltando ao Segundo Manifesto do Surrealismo, André Breton, a par das elaborações trotskianas escreverá, em tom similar: “ (…) tão falso quanto qualquer tentativa de explicação social, excetuada a de Marx, é, para mim, qualquer ensaio de defesa e ilustração de uma literatura e uma arte dita “proletárias”, numa época em que ninguém pode invocar a cultura proletária, pela simples razão de que esta cultura não existe nem mesmo em regime proletário”. (BRETON, 2001, p.187)
11 No conhecido caso em que Naville barra o ingresso do surrealista Benjamin Péret à Liga Comunista Francesa (trotskista) em função de suas atividades artísticas.

Trotsky y la cultura, los escritores y el futuro

Noé Jitrik ha escrito una nota, “Íconos y alcohol”, publicada en Página/12 el pasado 26 de abril, que comienza refiriéndose a mí.

No puedo dejar de emocionarme al leer ese primer párrafo –sensible, imaginativo, poético– que, pensándolo desde otro ángulo, no sólo habla de mí (y de la amistad, y de la militancia), sino también del mismo Noé. Quiero decir: habla del rango de sus preocupaciones vitales –o existenciales, si se prefiere el (como lo llamarían muchos) “arcaísmo setentista”–, y que son, ni más ni menos, las que hacen al destino de las sociedades contemporáneas y al de los seres humanos insertos en ellas, viniendo (como venimos) de más de tres décadas de restauración capitalista neoliberal.

Como escritor y crítico literario agudo que es (y ya sé que acá no dije nada original), Noé Jitrik observa, analiza, señala, como si por momentos hablara de un Aleph, algún aspecto llamativo (para el presente) de la vida y obra de León Trotsky (como Noé mismo lo recuerda, ya escribió sobre la biografía de Lenin escrita por Trotsky; sobre las actas del “contraproceso” en México, y ahora de cómo Trotsky pensó en cambiar la vida cotidiana de las amplias masas, intentando reemplazar la iglesia y el alcohol con el cine); cuestión que se emparenta con toda una importante tradición del siglo XX, que es la historia de las profusas relaciones –directas e “indirectas”– de Trotsky (y también los trotskistas) con los artistas en general, y con los surrealistas en particular.

Variopinta lista: André Malraux, H. G. Wells, Pierre Naville, Diego Rivera, André Breton, Frida Kahlo, el filósofo John Dewey y hasta Georges Simenon fueron algunos de los importantes artistas y personalidades –entre ¿decenas, cientos?– que tuvieron contacto, relación política, intercambios y debates varios con Trotsky a lo largo de su vida. Yendo a la corriente surrealista, es conocida la declaración de título –si se quiere– tan poético, “Planeta sin visado”, que Breton y su grupo dieron a conocer en 1934, cuando Trotsky fue expulsado de territorio francés, proveniente de un difícil y duro periplo que había comenzado en 1928, cuando el régimen burocrático de Stalin lo había desterrado de la URSS a Alma Atá, a más de 3.000 kilómetros de Moscú; un pueblo cercano a la frontera con China. Y en 1936 los surrealistas también denunciaron la farsa stalinista (y trágica: con fusilamientos de la “vieja guardia” bolchevique) de los Juicios de Moscú, afirmando al mismo tiempo que Trotsky, acusado también él, junto a su hijo León Sedov, de “terrorista”, estaba “muy por encima de cualquier sospecha”, y que era para ellos “un guía intelectual y moral de primer orden”.

Tenemos entonces lo que se suele llamar “el Trotsky cultural”: un campo donde abundan los escritores y escritoras y se puede incluir desde un George Orwell (recordar al cerdo que enfrenta a “Napoleón” en Rebelión en la granja, o el “Goldstein” –apellido muy parecido al original de Trotsky, Bronstein– conspirador y supuesto causante de todos los males del régimen del Gran Hermano en 1984), pasando por gente tan disímil como los brasileros Humberto de Campos y el surrealista Benjamin Péret, el español Jorge Semprún, el genial cubano Guillermo Cabrera Infante con su sección de parafraseos en Tres tristes tigres, la argentina Tununa Mercado, los argentinos Luis Franco, Héctor Tizón, Andrés Rivera, Martín Kohan, hasta Sylvia Molloy… todos y todas han hecho referencia a Trotsky en sus obras, y en algunos casos, más de una vez.

Esta tradición, la de Trotsky como sujeto de fascinación para los artistas (lo hayan conocido en persona o no), se mantiene en el presente: sumemos, por ejemplo, a El hombre que amaba a los perros, novela del cubano Leonardo Padura –quien tiene el mérito de hacer una gran novela policial… superando nada menos que el pequeño gran escollo de que al comenzar la historia, el lector ya sabe quién es el asesino–, y a Laguna, otra novela, de la norteamericana Barbara Kingsolver. Y, como contracara reaccionaria de esto, están la pésima comedia canadiense titulada The Trotsky (2009), y Liova corre hacia el poder, olvidable novela del escritor liberal Marcos Aguinis.

A propósito de todo esto Maurice Blanchot, en un notable ensayo titulado “Los grandes reductores”, señaló que existe “un período en que Trotsky da miedo y en que no tiene más compañero en literatura que André Bretón y luego un período en que como revolucionario, daría miedo todavía, pero, acogido ceremoniosamente en el panteón de los escritores, tranquiliza en su papel de hermoso muerto apacible”. Y sigue: “¿Qué es lo que nos tranquiliza, hoy en día, en ese Trotsky de buena sociedad? La respuesta es fácil: es un escritor que tiene estilo, un literato de gran clase (…), un crítico que sabe hablar de literatura como hombre del oficio”. Y sin embargo, dice Blanchot, Trotsky también es quien “con Lenin, decidió la insurrección de octubre y, antes que Lenin, sacó todas las consecuencias de la declaración de revolución permanente, ya propuesta por Marx, dirigente inflexible de una Revolución no precisamente moderada, (y) quiere concedernos ‘una libertad total de autodeterminación en el dominio del arte’”.

Blanchot critica entonces las “tranquilidades” de las “reivindicaciones parciales” de Trotsky, proponiendo tomar conciencia de que no habría “inocencia” alguna en las libertades u opciones de la escritura y las artes bajo el régimen de explotación capitalista: lo que se hace juega a favor o en contra del sistema. Y sin embargo, en el presente, tenemos la siguiente paradoja: la de que la mayoría de los trabajos literarios, según anotó el historiador Paul Le Blanc (en “Trotsky: realidad y ficción”), son más verídicos que los de los historiadores “sovietólogos”. Éstos, un bando “anti” (anti-Trotsky, anti-Lenin, anti-Revolución Rusa, etc.), defenestran (y falsean) a la historia y a las personalidades dirigentes de Octubre de 1917: Richard Pipes, Orlando Figes y Robert Service son algunos de los que, como indicó en su último trabajo el historiador –fallecido en 2005– Pierre Broué, “brillan por su ignorancia” al desconocer y desestimar por completo la riqueza de información que hay –y ellos han estado ahí– en los archivos abiertos desde 1991 en la ex URSS y en los Estados del Este europeo.

Por ello, y más allá de la (supuesta) “comodidad” de que se mantenga a Trotsky sólo como una personalidad en el “campo cultural”, no deja de ser significativo cómo los artistas han captado, en una importante cantidad de casos, mucho mejor que los historiadores “profesionales” y “científicos” la esencia (profundamente humana, realista, ambiciosa) de Trotsky y su proyecto revolucionario y socialista, tal como lo hizo Jitrik respecto al recurso de echar mano al cine, a mediados de la década de 1920 en la heroica (y pobre) Rusia soviética; y por supuesto también en sus otros artículos.

Ahora que la crisis económica internacional, comenzada en 2008, hizo –o está posibilitando–, entre otras cosas, en medio de rebeliones y revoluciones en Medio Oriente, acampes y ocupaciones de “indignados” en Estados Unidos y Europa (que vive cada tantas semanas alguna gran huelga, parcial o general), el llamado “regreso de Marx”, también podría estar propiciando el “regreso de Trotsky” –como se ve, con admiradores y detractores–.

Es que hay en el revolucionario ruso una cantidad (prácticamente inabarcable, por su gigantesco volumen) de escritos y temas: un impresionante corpus de reflexiones teóricas y políticas, todas ligadas, de una manera u otra, al cambio social revolucionario. ¿No tenemos allí, entonces, un valioso patrimonio político (y cultural) de la humanidad? Yo creo que sí, y de ahí el proyecto de Ediciones IPS junto al CEIP “León Trotsky” y la Casa-museo de México de lanzar una gran colección –que ya comenzó– de Obras escogidas, para que los trabajadores y la juventud puedan acceder fácil y directamente a Trotsky. A las obras de un revolucionario que, desde la perspectiva del socialismo y el comunismo, ambicionaba, como escribió en un impresionante texto de 1939, “El marxismo y nuestra época”, que las palabras “pobreza”, “crisis”, “explotación” salieran de circulación.

Grandes objetivos, que son también –o deberían– un tema “cultural”: el del futuro de la sociedad… y las palabras que la describirán.


Las obras de Trotsky (Página/12)

EL PAIS

Las obras de Trotsky

Stalin, el gran organizador de derrotas. Así se llama el libro publicado por Ediciones IPS-CEIP León Trotsky, que será presentado hoy a las 20.30 en la sala Jorge Luis Borges, del pabellón Rojo de la Feria del Libro. El texto contó con el apoyo de Esteban Volkov, niego de Trotsky, y es el primero de la colección de Obras Escogidas del revolucionario ruso.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-192949-2012-04-29.html


Íconos y alcohol: Noé Jitrik sobre León Trotsky

* El escritor y crítico literario Noé Jitrik escribió la siguiente nota aparecida hoy en Página/12. Como es mi amigo me menciona; pero allí, en realidad, están (estamos) representados cientos de militantes del PTS y la FT-CI, que reivindicamos –y recreamos y luchamos por– el legado de León Trotsky y los trotskistas, contra la explotación del capitalismo y el imperialismo, y contra toda burocracia y formas de opresión.

Demian Paredes intenta, y a veces lo logra, hacerme compartir su fascinación por la figura de León Trotski, su vida, su obra y aun, y sobre todo para él, la trascendencia que tendría su pensamiento político en su proyección sobre el presente y el futuro de la sociedad, de la traumatizada y permanentemente en crisis sociedad marcada, determinada y sofocada por el capitalismo y los férreos sistemas que engendró. Esa fascinación ordena su vida, lo cual es sorprendente porque es joven y, como a muchos otros, esa tríada los atrae y los significa, responde a un deber ser moral muy fuerte que no se contradice en su caso con el mundo de deseos propios de la juventud: música, literatura, cine, amores, viajes, amigos y la larga serie de satisfactores que los seres humanos persiguen para sentir que pisan el suelo del vasto mundo.

Si bien yo había leído algunos libros de Trotski –el extraordinario Mi vida sobre todo– así como de sus comentadores y exegetas –Deutscher, Broué y Naville– distaba de conocer toda la vastedad de su escritura; Paredes me fue acercando otros en los que me detuve, de una manera u otra: una biografía de Lenin, sobre la cual escribí; lasActas del Juicio que se llevó a cabo en México, en 1938, presidido famosamente por el filósofo norteamericano John Dewey, productos de un plan editorial (Ediciones IPS) que, dada la dimensión de la obra, tiene para un rato largo y, en estos días, un par de artículos escritos en lo que podríamos considerar la segunda etapa de su curso vital: la primera, prerrevolucionaria, de formación y preparación fue la anterior a 1917, la segunda ya en el poder y en la oposición, la tercera en el exilio que va de 1927 a su muerte.

No me propongo considerar si hay o no unidad de pensamiento en los escritos que produjo incesantemente en las tres etapas; es más que probable que las condiciones exteriores propias de cada una determinaran el giro que tomaba su pensamiento y su actitud analítica –que las recorre a todas como una constante– así como su retórica y, en consecuencia, que haya diferencias importantes entre la masa de sus escritos, sin contar con el valor que le atribuía a la práctica de la escritura, en diapasón con una idea o concepción que se va instalando en la conciencia intelectual desde comienzos del siglo XVIII y se expande hasta las primeras décadas del XX.

Lo que, en particular, me suscita, es ese artículo de 1924, ahora recuperado. Hay que señalar, ante todo, que en ese año, en pleno ascenso de la influencia –o más bien apropiación– de Stalin en todos los organismos de Partido Comunista y él en la llamada “Oposición de Izquierda”, hablaba desde lo que podríamos llamar, al menos considerando este artículo, las finalidades de un cambio revolucionario en el proletariado urbano y campesino, como objetivo y consecuencia del sistema que la Revolución de Octubre había iniciado y que no le resultaba fácil implementar ni consolidar. Le preocupaban las formidables carencias culturales de un proletariado que, si bien había por eso mismo sido lo que había posibilitado la revolución ahora, en las vías de la construcción comunista, eran impedimentos, casi irreductibles zonas de alienación: llevar a ese proletariado tan particular a una conciencia política debía estar en el programa, pero, al mismo tiempo, exigía una respuesta que no podía ser mecánica ni ritual ni menos aún forzada.

El artículo, que salió publicado en Pravda, tiene una estructura argumentativa rigurosamente marxista: de una aclaración conceptual inicial desciende a un problema particular, examina sus rasgos y propone, imaginativamente, una solución. No tiene un tono admonitorio ni recriminatorio, más bien se parece a una invitación a pensar, nada extraordinario en sus escritos pero sí en relación con un contexto difícil, en plena crisis por la implantación de la “Nueva Política Económica”, que alguna urgencia tendría para el común de la gente, y las internas de un partido que pronto se vería ensangrentado por decisiones que llegarían a lo criminal. Y el problema, que seguramente todo político se plantea si no está tan sólo en el poder para su mero aprovechamiento, es cómo hacer para que el alcoholismo y la religión dejen de ser una rémora para la realización del programa de transformación de la sociedad que tiene como fin al ser humano.

La palabra “política” tiene dos sentidos o alcances según Trotski: uno general, amplio y que sale de su fondo semántico mismo, a saber que lo que marca la existencia misma de la sociedad es lo político o, como diríamos ahora, la politicidad: toda sociedad humana está fundada en ese concepto; el otro tiene que ver con una actividad precisa y particular, que para muchos es una vocación y para otros una profesión, sea cual fuere el sentido que se le da, y que busca formas que se quieren racionales y universales: el desideratum es que quienes son el objeto y los protagonistas y aun los beneficiarios de un cambio poderoso, o sea proletarios, como el que se propone realizar el grupo bolchevique, se incorporen a tales formas y contribuyan a fortalecerlas; implícitamente, que esa práctica no quede sólo en manos de un grupo de elegidos, o decididos, que por lo general proceden de la burguesía o de sus detractores iluminados, en uno u otro sentido. Lo que no se debe hacer, postula Trotski, es imponer tal incorporación. Pero ¿cómo hacer para lograrlo?

Apartar del alcoholismo y de la religión. Por algo una cosa y la otra tienen tanta fuerza y mueven multitudes, lo que no quiere decir que se las acepte complacida o resignadamente como, con cierta dosis de realismo o de cinismo, hicieron y hacen muchos que, o bien siempre lo habían aceptado, o bien no tuvieron más remedio que hacerlo, la soga en el cuello. El alcohol, razona Trotski, proporciona felicidad inmediata, autoconfirmación exaltada, olvido de las penurias, obnubilación intelectual, elusión de la muerte; la religión, a su vez, entretenimiento, contacto humano, alienación confortable, garantía de afecto, espacio tranquilizador de la fiesta: ni el alcohol es un bien indiscutible ni la religión necesariamente una comprensión de la trascendencia. Dicho esto, se le ocurre una salida realmente genial: el cine.

Es cierto que ya Lenin lo había exaltado: “De todas las artes el cine es para nosotros la más importante”, proclamó, seguramente en el contexto de las necesidades de hallar medios de propaganda eficaces para el proceso que se iniciaba y que necesitaba consolidarse. También lo es que ya existían salas de cine y en cantidad y algunas productoras rusas, pero todo indicaba que debían adaptarse, sin duda con pocas ganas, para satisfacer los objetivos revolucionarios. Y no menos cierto es que el enunciado de Trotski tuvo una ejecución tan sistemática como dirigida a otros fines en la férrea época de Stalin.

Pero volvamos a 1924. El cine era una realidad y ya había dado pruebas de su poder: ¿habría visto Trotski las películas de David Griffith, de Abel Gance o las del expresionismo alemán, el alucinante Gabinete del doctor Caligaris o El Golem? No lo puedo saber, pero, en todo caso, tiendo a pensar que cuando escribió sobre el asunto debía tenerlas en mente y de ahí que las considerara un eficaz medio para distraer, suspender hábitos y, sobre todo, para hacer entrar en dimensiones inesperadas y desconocidas de modo que el sabor del alcohol dejara de atraer, así sea por un momento, y la embriaguez eclesial reducirse a lo indispensable o irrenunciable que, sometido a ese examen de imaginario, terminaría por convertirse en un puro resto. Propone, sobre este razonamiento, instalar salas de cine cerca de las iglesias y las tabernas y no duda de que por el lado de la pantalla el ingreso a la política se produzca sin que obreros y campesinos que no quieren ser llevados a ella por la fuerza entren por propio desarrollo intelectual.

De aquí se sacan varias consecuencias. La primera es que Trotski tenía una mirada que podemos llamar “moderna”, sabía que pasaban cosas en el mundo cuyo valor no podía ser ignorado y que lo más inteligente era acercarse a ellas y apropiarse de lo que proporcionaban, imaginación, cambio, suspensión, distracción, fantasía. También que hay algo de utópico o de candoroso en la pretensión de quitar del alcoholismo y de la religión a una población más bien ruda y enemiga de que se toquen esas sagradas costumbres pero, en su favor, hay que reconocer que tanto él como quienes lo acompañaban en esa empresa de construir una nueva sociedad habían heredado del Romanticismo la caliente imagen de la utopía y les resultaba muy duro renunciar a ello (no le costó tanto a Stalin). Pero lo que me parece más importante todavía es que eso que le atribuye al cine puede aplicarse a toda manifestación artística y literaria y de lo cual surge algo análogo a una definición acerca de la función del arte. En esa idea de detener el saber de la experiencia concreta y cotidiana, sea cual fuere, proponiendo un pensar que se infiltre en las cabezas y las lleve a dejar entrar imágenes, dimensiones desconocidas de la realidad, posibilidades imaginarias, saltos al vacío conceptuales, residiría una esencial virtud, un poderoso agente de cambio que actúa en las sombras del inconsciente y que hace que los seres humanos comprendan más de lo que son y de lo que los rodea. El arte y la literatura, en suma, serían de acuerdo con esta lectura las puertas de entrada a un reino de libertad que operando en el sujeto y su experiencia estética momentánea se transmitiría a la sociedad en la que vive y le daría solidez a una voluntad consciente sin la cual ningún cambio podría tener fundamento.

Está fuera de mi alcance saber si Trotski conocía, y estimaba, lo que estaban haciendo los llamados “formalistas”, espontáneos descubridores de, al menos, las propiedades básicas de la materia literaria, o los suprematistas, que acarreaban la revolución a una idea de la pintura que cuestionaba seriamente el realismo transcriptivo; ambos intentos, así como la música que, como se sabe, introdujeron una mirada moderna, fueron en la era staliniana borrados y algunos de sus promotores terminaron en Siberia. Quizás algo de eso, así sea como resto, se puede ver en las discusiones de Trotski en México con André Breton y Diego Rivera. En todo caso, creo que no se puede desconectar la idea de 1924 de una problemática mayor, que atañe a la difícil cuestión de la función del arte, ese grano duro para toda reflexión sobre una cultura, sus necesidades y su forma en todo momento de su existencia. Y, por añadidura, que una reflexión como ésa pueda reconocerse en Trotski lo saca del encierro en el que se lo pone en un exclusivo coto de caza de una acción política que no termina de comprenderse muy bien.


Entrevista a Emilio Albamonte: Táctica y Estrategia en la época imperialista

Los días 18, 19, 20, y 21 de febrero se realizó en el salón principal del Hotel Bauen el seminario “La concepción de estrategia en el marxismo de León Trotsky” coordinado por Emilio Albamonte, del que participaron más de 200 de los principales dirigentes y cuadros del PTS de todo el país y delegaciones de la Fracción Trotskysta – Cuarta Internacional (FT-CI) del Partido de Trabajadores Revolucionarios (PTR-CcC) de Chile y de la Liga Estratégia Revolucionária (LER-QI) de Brasil. Como bibliografía de base para la discusión se tomó el libro de Trotsky “Stalin, el gran organizador de derrotas. La III Internacional después de Lenin” de 1928, así como “Lecciones de Octubre” y “El ‘tercer período’ de los errores de la Internacional Comunista”. Para este número de La Verdad Obrera entrevistamos a Emilio Albamonte, dirigente del PTS y de la FT-CI sobre algunos de los principales debates que atravesaron las cuatro jornadas del seminario.

 

El seminario comenzó con la pregunta sobre qué es el marxismo ¿nos podrías contar brevemente en que consistió este punto?

Partimos de una definición analítica de qué es el marxismo a partir de cuatro componentes. Por un lado, el marxismo como “concepción del mundo” cuyo fundamento más general es la dialéctica materialista. Es decir, la dialéctica rescatada por Marx de su cautiverio idealista y vuelta hacia el mundo de la materia, para la cual ni Dios, ni el Espíritu Absoluto, ni ningún demiurgo de la historia pueden ni tienen nada que hacer. Dentro de esta concepción marxista del mundo, el materialismo histórico es la aplicación de la dialéctica materialista a la sociedad humana y su desarrollo.

Por otro lado, el marxismo es una crítica científica a la economía política y a través de ella a los fundamentos del capitalismo, cuya sistematización fundacional fue realizada por Marx en El Capital. Pero también es una crítica a la teoría política, al contrario de quienes opinan que el marxismo solo cuenta con la apropiación-reproducción de filósofos anteriores como Rousseau. Contiene una crítica de la política, del derecho y del Estado burgués, que no solo atraviesa las principales obras de análisis político de Marx y Engels, sino el propio “El Capital”, y que posteriormente, al igual que en la crítica a la economía política fue enriquecida y desarrollada por los “marxistas clásicos” del siglo XX y muy en especial por León Trotsky con sus análisis del fascismo, la URSS, los bonapartismos sui generis en los países semicoloniales, que permiten entender gobiernos como el Cárdenas o el de Perón, etc. A su vez, el marxismo es una teoría de la revolución que partiendo de las conclusiones más avanzadas de su época de surgimiento, a mediados del siglo XIX, condensa la experiencia histórica de más de 160 años de lucha de la clase obrera moderna. Una síntesis teórica de las lecciones estratégicas fundamentales de la lucha del proletariado.

Y en este sentido, como decía Lenin “una guía para la acción”. Esto no significa que contenga un “manual de procedimientos” que nos señale cómo actuar en todo tiempo y lugar, sino que el conocimiento de la experiencia anterior lo que nos permite es justamente no tener que pensar todo de nuevo cada vez que nos enfrentamos a una determinada situación de la lucha de clases.

Acá llegamos a un cuarto aspecto del marxismo, que se relaciona más con el arte que con la ciencia, un arte que a diferencia de otro no actúa sobre una materia inerte sino sobre las relaciones humanas buscando la destrucción de ciertas relaciones y la construcción de otras nuevas. Nos referimos al arte de la estrategia, cómo decía Trotsky: “no puede aprenderse el arte de la táctica y la estrategia, el arte de la lucha revolucionaria, más que por la experiencia, por la crítica y la autocrítica” (“Una escuela de estrategia revolucionaria”). Estos cuatro componentes, el marxismo como concepción del mundo, como crítica a la economía política y a la teoría política, como teoría de la experiencia del proletariado, y como arte de la estrategia, tienen para nuestra definición de marxismo una unidad inescindible. Estamos en las antípodas de lo que discutían los neokantianos que las primeras diez “Tesis sobre Feuerbach” eran científicas pero que la Tesis XI (donde Marx plantea “la transformación del mundo”) era simplemente un imperativo moral. Para nosotros el marxismo es justamente esta unidad, es una teoría de la práctica y un arte de la estrategia fundado sobre bases científicas (entendiendo esta última, desde ya, no en su estrecha y vulgar acepción positivista).

También en el seminario planteabas la necesidad de desarrollar un marxismo con predominancia estratégica ¿a qué te referías?

La necesidad del desarrollo de un marxismo con predominancia estratégica (la cual por supuesto es inescindible del programa) parte justamente de la unidad entre los elementos que señalaba antes, que llevan a concebir al marxismo como una teoría orientada a hacer la revolución.

Hasta la III Internacional el concepto de estrategia era prácticamente ajeno al marxismo. Se discutía en términos de táctica, no había diferenciación entre uno y otro concepto. Sobre este punto quiero traer algunas citas que tomamos en el seminario. En el “Stalin, el gran organizador de derrotas”, Trotsky señala como en la época de la II Internacional “la labor estratégica se reducía a nada, se disolvía en el ‘movimiento’ cotidiano con sus fórmulas cotidianas de táctica. Solo la III Internacional restableció los derechos de la estrategia revolucionaria del comunismo, a la cual subordinó completamente los métodos tácticos.” Esto no era casual, tenía que ver con la entrada en lo que Lenin llamó la “época de crisis, guerras, y revoluciones” y con la enorme experiencia adquirida a partir de revolución de octubre, y en general con los grandes enfrentamientos entre revolución y contrarrevolución que se sucedieron.

Trotsky señala esto para introducirse en una de las críticas fundamentales que le hará al proyecto de programa redactado por Bujarin para el VI Congreso de la Internacional Comunista. Trotsky parte de reconocerle a Bujarin que bajo el título “La ruta hacia la dictadura del proletariado” por lo menos incluyó en el programa una parte referida a la estrategia, pero a renglón seguido le plantea que “en lo que concierne a los problemas estratégicos, propiamente dichos, el proyecto se limita a dar modelos apropiados para las escuelas primarias”, como por ejemplo “Conquistar (?), influenciar en vastos círculos de trabadores en general…”. Es decir, frases generales para todo tiempo y lugar.

Y luego agrega que “se examina el problema fundamental del programa, es decir, la estrategia del golpe de estado revolucionario (las condiciones y los métodos para desencadenar la insurrección propiamente dicha, la conquista del poder) con aridez y parsimonia […] se consideran los grandes combates del proletariado sólo como acontecimientos objetivos, como expresión de ‘la crisis general del capitalismo’, y no como experiencia estratégica del proletariado”.

Es decir, mientras que Trotsky consideraba que la estrategia (las condiciones y los métodos) para la conquista del poder es el problema fundamental del programa que solo puede ser analizado a la luz de las lecciones de las principales batallas de la clase obrera; para Bujarin estos combates solo contaban como una expresión de la crisis general del capitalismo. Esto nos lleva a la relación entre estrategia y programa. Trotsky le da una importancia fundamental a la estrategia, a la que entiende como algo que no es reductible a los objetivos y los fines que se establecen en el programa. La diferencia refiere a la que existe entre “qué pretendemos conquistar” pregunta propia del programa y “cómo nos proponemos conquistarlo” pregunta propia de la estrategia.

Que sean dos elementos diferenciados no significa para Trotsky que sean escindibles, sino todo lo contrario. Una estrategia sin programa se reduce a una técnica cualquiera, pero un programa que no examina la estrategia es “un documento diplomático”. Trotsky justamente considera su profunda relación cuando sostiene que el examen de los problemas de estrategia es una de las partes fundamentales de cualquier programa que se precie de revolucionario.

Es por esto que en el seminario desarrollamos el estudio de los problemas fundamentales de táctica y estrategia.

¿Esto no está claro hoy? ¿En qué consiste la actualidad de este debate?

Tenía razón Perry Anderson cuando en su libro “Consideraciones sobre el marxismo occidental” planteaba que uno de los problemas fundamentales del marxismo en la pos segunda guerra mundial había sido el divorcio estructural entre teoría y práctica. Anderson desarrolla fundamentalmente la crítica a lo que denomina “marxismo occidental” donde señala no solo la reclusión de los teóricos en las universidades mientras que los PC dominaban la arena política, sino el desplazamiento de las propias temáticas desde la economía y la política hacia la filosofía, y la estética o las superestructuras culturales. De conjunto en este escenario los problemas de la estrategia quedaban fuera del campo de lo pensable.

Pero también es importante señalar la debilidad que desde este punto de vista tuvieron las propias corrientes que se reivindicaban del trotskismo. La media general consistió en relegar el desarrollo teórico del marxismo y no se produjeron obras importantes. Se tenga la opinión que se tenga sobre sus obras, hubo excepciones como Isaac Deutscher, Román Rosdolsky, o el propio Ernest Mandel. Pero tampoco éstos se pararon sobre los hombros de Trotsky en tanto estratega para formular una nueva síntesis capaz de nuevos desarrollos de la estrategia marxista. Más bien lo que primó fueron corrientes que sostuvieron el programa revolucionario en general pero subestimando gravemente la estrategia quebrando la unidad entre programa y estrategia. El resultado fue la adaptación a otras estrategias, como por ejemplo la estrategia guerrillera que eran producto de revoluciones donde primaba el peso del semiproletariado y el campesinado, dirigidas por partidos-ejércitos; revoluciones triunfantes que expropiaban a la burguesía constituyendo nuevos estados obreros pero que desde su misma génesis nacían burocratizados.

El internacionalismo que dominó la estrategia revolucionaria de la III Internacional en sus primeros años dejaba su lugar al “tercermundismo” en la periferia, a la adaptación a los Partidos Comunistas en el centro, y en el caso de los estados obreros, se extendió aquello que Trotsky planteaba en su “Crítica al programa de la Internacional Comunista”, en el año1928, que: “La nueva doctrina dice: puede organizarse el socialismo en un Estado nacional a condición de que no se produzca una intervención armada. De ahí puede y debe desprenderse una política colaboracionista hacia la burguesía del exterior, a pesar de todas las declaraciones solemnes del proyecto de programa”

La derrota del asenso de iniciado en 1968, y la ofensiva imperialista de las tres décadas que le siguieron, no hizo más que profundizar la ausencia generalizada de un pensamiento estratégico en el marxismo revolucionario. El desarrollo de los problemas de estrategia que para Trotsky era uno de los principales logros de la III Internacional, hoy, hasta en corrientes que se reivindican trotskistas pareciera ser una especie de excentricidad.

Este tipo de posturas no pueden contrastar más a la hora de ir a la lectura de Trotsky. Por ejemplo, cuando cuenta: “Un numeroso grupo de personas, reunido en torno a la sociedad de ciencias militares, emprendió en 1924 una obra colectiva para elaborar las normas de la guerra civil, es decir, una guía marxista sobre los problemas de los choques directos entre clases y de la lucha armada por la dictadura. Sin embargo, este trabajo chocó pronto con la resistencia de la Internacional Comunista (esta resistencia formaba parte del sistema general de lucha contra el trotskismo), después se liquidó completamente esta actividad. Sería difícil concebir un acto realizado a la ligera más criminal que este.” (L. Trotsky, “Stalin, el gran organizador de derrotas”)

En el contexto de la crisis histórica que atraviesa actualmente el sistema capitalista y partiendo de la debilidad histórica del marxismo en el desarrollo de estos problemas desde la segunda posguerra hasta acá, no solo es indispensable sino cada vez más apremiante el desarrollo de un marxismo con predominancia estratégica.

El año pasado coordinaste un seminario para el estudio del estratega prusiano Karl von Clausewitz y su obra principal, “De la Guerra”. Ahora el tema fue el estudio de la concepción de estrategia en el marxismo de Trotsky. ¿Cuál es la relación entre ambos seminarios?

Este seminario es complementario del que hicimos el año pasado. Sobre estos debates estamos escribiendo un libro donde abordamos a algunos de los principales conceptos de los teóricos de la estrategia militar, y en especial Clausewitz, así como los debates más importantes de estrategia que hubo dentro del marxismo, donde sin duda la figura de León Trotsky como estratega del proletariado tiene un lugar fundamental.

Como señala Trotsky en una de las citas que leímos antes, fue muy importante para la III Internacional la apropiación que hizo de determinados conceptos de la teoría militar. A su vez, tanto de parte de Lenin como de Trotsky hay una profunda apropiación, en particular, de muchos elementos del pensamiento de Clausewitz, empezando por las propias definiciones de estrategia y táctica. Pero de más está decir que esta apropiación se da en el marco de profundas diferencias.

Por ejemplo, si bien Clausewitz tomó la revolución como fundamento del cambio de época en lo militar y de la potencia del ejército napoleónico, el Estado como unidad política y la “paz civil” en su interior fueron la base de todos sus desarrollos estratégicos. La conceptualización sobre irrupción del pueblo “con peso propio” lo distingue cualitativamente como estratega e intérprete de las guerras napoleónicas. Sin embargo, nunca sobrepasó los marcos de una reflexión de éste como una “masa de maniobra” capaz de desarrollar una “intención hostil” en consonancia con la política del gobierno. Nuestro punto de partida de radicalmente diferente. La política no es para nosotros “la inteligencia personificada del Estado” como señalaba Clausewitz, sino que está inescindiblemente ligada a la lucha de clases al interior de las fronteras estales y a su vez tiene un carácter internacional. Y fundamentalmente, como decía Trotsky “la historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos” (Historia de la Revolución Rusa). A diferencia del “pueblo”, que es el tercer componente de la “trinidad” desarrollada por Clausewitz junto con “el gobierno” y “los generales y sus ejércitos”, la clase trabajadora nunca puede ser pensada como “base de maniobra” por el marxismo revolucionario. La historia de la lucha revolucionaria de la clase obrera más bien se ha distinguido por su capacidad de desarrollar organismos de autoorganización de tipo soviético. Ésta, así como las relaciones entre estos organismos y el partido revolucionario, son las grandes diferencias entre la “trinidad” elaborada por Clausewitz y la de “clase, partido y dirección” que Trotsky desarrolla especialmente, por ejemplo, en el “Clase, partido y dirección: ¿por qué ha sido vencido el proletariado español?”.

Es ilustrativo como planteaba sobre este punto Trotsky que “En la acción, las masas deben sentir y comprender que el soviet es su organización, de ellas, que reagrupa sus fuerzas para la lucha, para la resistencia, para la autodefensa y para la ofensiva. No es en la acción de un día ni, en general, en una acción llevada a cabo de una sola vez, como pueden sentir y comprender esto, sino a través de experiencias que adquieren durante semanas, meses, incluso años, con o sin discontinuidad”. (L. Trotsky, “Stalin, el gran organizador de derrotas”)

No quiero desarrollar en profundidad estos puntos acá porque entiendo que supera los objetivos de la entrevista pero de estos puntos se desprenden toda una serie de diferencias que hacen justamente a la cuestión de por qué el marxismo revolucionario no puede ser reducido bajo ningún punto de vista a un mero militarismo.

Sobre esto último, y marcando las diferencias entre el pensamiento militar convencional y el marxismo revolucionario, Trotsky decía: “el ejército es una organización de violencia, está obligado a combatir. Una represión militar muy dura amenaza a los recalcitrantes. Ningún ejército puede existir de otra manera. Pero en un ejército revolucionario la principal fuerza motriz es su conciencia política, su entusiasmo revolucionario, la comprensión de parte de la mayoría del ejército del problema militar que espera y de la voluntad de resolverlo. ¡Cuánto importa esto a las luchas decisivas de la clase obrera! No hay derecho a forzar a nadie a hacer una revolución. No existen instrumentos de represión. El éxito no se basa más que sobre la voluntad de la mayor parte de los trabajadores, en intervenir directa o indirectamente en la lucha para ayudarle a vencer” (L. Trotsky, “Escuela de estrategia revolucionaria”)

El “Stalin, el gran organizador de derrotas” fue el texto principal que se discutió en el seminario, de señalaste varias citas a lo largo de la entrevista, pero ¿por qué basarse en un texto de 1928 para el seminario?

Aunque es cierto que varios de los elementos que están planteados en este libro luego Trotsky los desarrollará mucho más en obras posteriores, sin embargo, es muy interesante estudiar la obra de Trotsky de estos años. Es una época repleta fenómenos históricos de gran trascendencia no solo por la existencia de la URSS y los procesos en su interior, sino también por los múltiples procesos revolucionarios que se desarrollan. El libro de Trotsky toma como punto de partida la derrota de la revolución alemana de 1923 y los 5 años posteriores están llenos de lecciones estratégicas. Con la III Internacional burocratizada, Trotsky va a ser el único que encara en profundidad el balance de estos procesos enriqueciendo enormemente el acervo estratégico del marxismo.

Es muy interesante ver la compleja relación que establece Trotsky entre lo político y lo económico, entre lo objetivo y lo subjetivo, entre la crisis capitalista, los momentos de estabilización y el papel que cumplen en estos las derrotas de la clase obrera. Por ejemplo dice: “‘no hay situaciones absolutamente sin salida’. La burguesía puede escapar de una manera duradera a sus contradicciones más penosas únicamente siguiendo la ruta abierta por las derrotas del proletariado y los errores de la dirección revolucionario. Pero lo contrario también puede suceder. No habrá nuevos progresos del capitalismo mundial […] si el proletariado sabe encontrar el medio de salir por el camino revolucionario del presente equilibrio inestable.” Es evidente que Trotsky no puede estar más lejos de esas caricaturas que se hacen del marxismo donde las crisis harían que el capitalismo “se caiga por sí solo”.

Durante el período que toma el libro se dan procesos fundamentales como la revolución alemana del ’23, huelga general en Inglaterra en el ‘26, la revolución China del ’25-’27.

El combate al ultraizquierdismo había posibilitado avanzar en la construcción de un partido fuerte en Alemania, sin embargo, la revolución de 1923 muestra que la dirección del partido alemán se había vuelto incapaz de deshacerse de la rutina y de esta forma la táctica termina desplazando a la estrategia. Trotsky es muy agudo en señalar este problema cuando dice que “La lucha cotidiana por conquistar las masas absorbe toda la atención, crea su propia rutina en la táctica e impide ver los problemas estratégicos que se deducen de las modificaciones de la situación objetiva”. (L. Trotsky, “Stalin, el gran organizador de derrotas”)

En Inglaterra, la táctica del Frente Único deja de servir para fortalecer la propia fuerza de los comunistas y conseguir aliados para la vanguardia proletaria para convertirse en su contrario. El Comité angloruso con las direcciones de las trade unions deja de ser una coalición temporal para transformarse en un acuerdo estratégico que lleva a la derrota del movimiento huelguístico más importante de Inglaterra en el siglo XX. Otro tanto sucede en la revolución China con la resolución de la IC que ordenaba al Partido Comunista Chino subordinarse política y organizativamente a Chang Kai Chek, y luego a Wan Tin Wei. Lo cual tuvo como consecuencia catastrófica la masacre de los comunistas chinos a manos del Kuomintang. Trotsky justamente desarrolla críticamente este derrotero donde la táctica termina subordinando a la estrategia, donde los acuerdo circunstanciales como el Comité angloruso son transformados en alianzas estratégicas. Sin embargo, este curso oportunista no le impide a la burocracia de la IC, combinarlo con salidas ultraizquierdistas. Después de haber dejado pasar la situación revolucionario a Alemania sin lucha, se lanza a acciones ultraizquierdistas como el atentado en la catedral de Sofía en el ’24. Lo mismo en China, luego de que la vanguardia sufriese golpes fundamentales producto de la política de subordinación al Kuomintang, y para cubrir las consecuencias de esta política se lanza la insurrección en Cantón que, lanzada a destiempo termina en una nueva derrota.

Un curso típico del centrismo que sostiene una política de derecha que lleva a la derrota y una vez concretada esta y modificada desfavorablemente la relación de fuerzas se lanza a aventuras ultraizquierdistas para cubrir las consecuencias de sus propios actos.

Estos son algunos de los puntos por los cuales todo militante serio debería revalorizar este texto de Trotsky, que luego continuará y desarrollará en sus análisis sobre asenso del fascismo en Alemania, sobre la revolución española, etc.

Estas elaboraciones son de suma importancia ya que muestran claramente al Trotsky estratega que ha sido reducido muchas veces por gran parte de las organizaciones que se reivindican del trotskismo por una especie de escolástica.

Y a su vez, muestran la superficialidad de las reconstrucciones del marxismo del siglo XX como la que expone José Aricó en sus lecciones del curso dictado en México en el ’77, recientemente publicadas bajo el título Nueve lecciones sobre economía y política en el marxismo, donde pareciera que Trotsky muere junto con Lenin y en el ’24 deja de ser parte de la historia del marxismo, lo cual demás está decir no alcanza la más mínima seriedad teórica.

En el seminario haciendo un paralelo con ciertas discusiones de teóricos de la estrategia militar hablabas de teorías “combatocéntricas” ¿Opinás que este concepto puede ser utilizado para la Teoría de la Revolución Permanente? En otras palabras, ¿es “combatocéntrica” la Teoría de la Revolución Permanente?

El término “combatocéntrico” surge en realidad para describir el tipo de pensamiento estratégico que inaugura Karl Clausewitz. Uno de los que lo toma es un intelectual del imperialismo norteamericano especialista en Clausewitz que sostiene que “así como el sistema de Copérnico se describe como heliocéntrico, también debemos pensar el sistema de Clausewitz como combatocéntrico […] si tuviéramos que eliminar la lucha o la violencia del sistema de Clausewitz este se derrumbaría” (A. J. Echevarria II, “Clausewitz. Contemporary War”)

Tomando esta acepción podríamos decir que la Teoría de la Revolución Permanente en tanto teoría programa ligada a la estrategia en un sentido es combatocéntrica y en otro no.

¿En qué sentido sí? En tanto teoría programa ligada a la estrategia elaborada para la época imperialista. Lo es en el sentido que parte de que las posiciones conquistadas sindicales, parlamentarias, etc., así como los mismos aliados, y el tipo de organizaciones revolucionarias a construir deben ser pensadas en función de su utilidad para el combate. En este sentido la rutina de la táctica no debe hacernos perder de vista este elemento. La burguesía le obliga al proletariado a pensar en un marxismo de este tipo para enfrentar masacres monumentales como las dos guerras mundiales, a contrarrevoluciones fascistas, sufrimientos inauditos productos de crisis como la del ’30 (que en su profundidad es comparada con la crisis actual no solo por nosotros sino por muchos de los analistas burgueses). En el “Stalin, el gran organizador de derrotas”, por ejemplo, Trotsky desarrolla pormenorizadamente la relación entre una “posición” como la que representa la conquista del poder en un país y la necesidad de ponerla al servicio de la revolución internacional. Sin embargo, no hay que confundir esto con el combate permanente. Tampoco, desde luego, hay que confundir la Teoría de la Revolución Permanente con que la revolución esté planteada en todo tiempo y lugar o con una especie de voluntarismo.

La época imperialista con su crisis y guerras plantea la actualidad de la revolución proletaria. Dentro de la propia III Internacional hubo sectores ultraizquierdistas que interpretaron la “actualidad” de la revolución proletaria en la nueva época como sinónimo de “inminencia”, como fundamento para la teoría de la “ofensiva revolucionaria” permanente. A una variación más grotesca tuvo que enfrentarse Trotsky con el comienzo del “tercer período” y sancionó como política oficial la orientación ultraizquierdista de “clase contra clase”.

Como señalara Trotsky: “El carácter de la época no consiste en que permite realizar la revolución, es decir, apoderarse del poder a cada momento, sino en sus profundas y bruscas oscilaciones en sus transiciones frecuentes y brutales” (L. Trotsky, “Stalin, el gran organizador de derrotas”). Desde ya, estas características, estuvieron mediadas en mayor o menor medida en cada una de las etapas en las que se dividió la época de crisis, guerras y revoluciones, sin embargo, su comprensión nunca dejó de ser fundamental. Trotsky, en el mismo libro plantea como “Si no se comprende de una manera amplia, generalizada, dialéctica, que la actual es una época de cambios bruscos, no es posible educar verdaderamente a los jóvenes partidos, dirigir juiciosamente desde el punto de vista estratégico la lucha de clases, combinar exactamente sus procedimientos tácticos ni, sobre todo, cambiar de armas brusca, resuelta, audazmente ante cada nueva situación.” ¿En qué sentido no es combatocéntrica la Teoría de la Revolución Permanente? En tanto que es una teoría de la revolución socialista internacional, y como tal incluye el aspecto militar (guerra civil, insurrección, etc.) pero éste constituye solo una parte de un todo donde la primacía es de la política. La Teoría de la Revolución Permanente parte de la lucha de clases a escala nacional, se desarrolla en el terreno internacional y solo culmina con la centralización de las fuerzas productivas a nivel internacional, con la extinción de estado, las clases, la explotación y la opresión. En este sentido, podemos decir parafraseando a Pierre Naville en su prólogo a “De la Guerra”, que es una teoría de la “política absoluta” en tanto antítesis del concepto de Clausewitz de “guerra absoluta”. Es una teoría que busca el fin de todo aquello que oficia de causa para las guerras.

Para terminar, podrías comentarnos brevemente las conclusiones a las que llegaron en el seminario.

Si, como decía, empezamos con una definición analítica del marxismo, tratamos de llegar al final del seminario a una definición sintética de lo que significa un marxismo con predominancia de la estrategia. Preferimos hacer hincapié en el marxismo como una corriente que sintetiza la experiencia teórico-práctica del proletariado del último siglo y medio. Un marxismo que plantea como medios estratégicos el derrocamiento del Estado burgués y la creación de estados obreros transicionales, es decir dictaduras del proletariado basadas en organismos de tipo soviético hasta lograr la centralización y planificación de las fuerzas productivas a escala mundial como fundamento material para crear una sociedad de productores libres y asociados. Es decir, empezar a concretar el comunismo.

En nuestra definición los medios estratégicos (dictadura del proletariado) y el objetivo o “fin político” (comunismo) que coincide con la extinción del estado, de las clases y de la explotación del hombre por hombre, están indisolublemente ligados.

En el 2010 Paidós justamente publicó en castellano un simposio “Sobre la idea de Comunismo”, organizado por Badiou y Zizek un año antes. Nosotros estamos en las antípodas de lo que sostiene el filósofo francés Alain Baudiou que: “la Idea comunista es la operación imaginaria mediante la cual una subjetivación individual proyecta un fragmento de lo real político en la narración simbólica de una Historia […] Hoy es esencia comprender claramente que ‘comunista’ ya no puede ser el adjetivo que califica una política”.

Cuando señalamos que la Teoría de la Revolución Permanente es una teoría de la “política absoluta”, lo que queremos destacar es la ligazón concreta que hay entre nuestro programa y nuestra estrategia con el “objetivo político” del comunismo. Con esto no pretendemos acercarnos a las visiones idealistas del estilo Tony Negri que postulan el comunismo “aquí y ahora” y que se terminan adaptando a las variantes “progresistas” de la burguesía, sino todo lo contrario.

Nuestra concepción está ligada a los conceptos de táctica y estrategia. Tanto para Trotsky como para Clausewitz, mientras que la táctica es la conducción de los combates aislados, la estrategia es la que liga esos combates al “objetivo político”. Para nosotros el comunismo no representa una Idea con mayúscula, ni una palabra vacía, sino nuestro “objetivo político” más elevado. En tanto tal sostenemos que el marxismo revolucionario no debe perder de vista este objetivo en el fragor de las batallas y conquistas parciales.

Esto no es para nosotros una consideración abstracta sino parte de nuestro balance de la deriva, luego de la segunda guerra mundial, de las corrientes que se reivindicaban trotskistas pero que sin embargo sostuvieron un marco estratégico característico de la etapa según el cual el socialismo se extendía a través de “revoluciones cualquiera” con “direcciones cualquiera”. El gran valor de la teoría de la revolución permanente para nosotros está justamente en este punto: el ser una teoría programa ligada a la estrategia que pone las conquistas parciales, por ejemplo, la toma del poder en un país en función del objetivo de la revolución mundial y del proceso de cambios sociales, políticos, y culturales que luego de la toma del poder se orienten a la extinción misma del estado, las clases, la explotación y la opresión, e incluso del propio marxismo. Como señala Terry Eagleton en la misma compilación: “El socialismo es un proyecto que se deroga a sí mismo. Esta es una de las razones por las cuales ser socialista no tiene nada que ver con ser judío o musulmán. El marxismo mismo pertenece a la época de la prehistoria. En una sociedad comunista, su tarea es desvanecerse lo más pronto la decencia se lo permita.”