“Desapareció mi nombre de la memoria” (Peter Weiss)

Abel, Babel y Cabel

[…] Cuando uno hablaba callaban los otros dos y escuchaban o miraban a su alrededor y oían otra cosa, y cuando el uno había terminado de hablar, hablaba el segundo, y luego el tercero, y los otros dos escuchaban o pensaban en otra cosa. […]

Una vez fui por una ciudad, fue una caminata que se prolongó durante muchos días y noches. Me había bajado de un autobús, tras haberme preguntado el cobrador varias veces por mi destino, y finalmente, como yo no lo podía decir, haberme echado. Llegué a lugares, donde había diques y astilleros, y al tropezarme varias veces al mismo guardia, en un camino circular, me paró y me pidió papeles. Los tenía, y también sabía cómo me llamaba aunque me era indiferente. Aún no había olvidado mi nombre, pero había olvidado por qué andaba por ahí, y en qué ciudad me encontraba, como mis papeles estaban en orden pude seguir. La primera noche la pasé en una habitación encima de un bar, el suelo descendía en declive, todo estaba inclinado, en la cama al principio estaba con la cabeza hacia abajo, cambié entonces de posición, oí hasta el amanecer el escándalo y los gritos de abajo. Sobre un caballete de tres patas había una jofaina, la puerta del pequeño armario de la esquina estaba encajada con un trozo doblado de papel de periódico, del techo colgaba una bombilla con una pantalla verde,  y detrás de la ventana se podía ver un trozo de río, a veces con un remolcador, una barcaza. La habitación era excepcionalmente pequeña, por la mañana conocía cada una de las desgastadas tablas de madera del suelo, cada trozo de papel pintado de flores, con sus manchas de grasa, huellas dactilares, clavos y grietas, era como si hubiese pasado aquí toda una vida. Al día siguiente por la noche pasaron junto a mí de vez en cuando por la derecha y por la izquierda algunas formas grandes, únicamente las sentí, no las vi. No sé dónde pasé la noche siguiente, creo que dormí por ahí en la escalera de un embarcadero, recuerdo el agua amarilla debajo de mí, una anilla de hierro, en la que me apoyé, el ruido de los botes de motor que pasaban por delante. Hasta la noche del tercer día no me desapareció mi nombre de la memoria, saqué mis papeles, leí la filiación apuntada, no me dijo nada. Cuando estuve cansado me eché, donde estaba en aquel momento, en la proximidad del agua, en una parte asfaltada de la calle, con grietas, escupitajos, boñigas de caballo. Allí me quedé y estaba despierto, me encontraba bien, pero desde lejos, me veía desde lejos tumbado ahí, no me movía. Llegaron algunos hombres y se agacharon sobre mí, sus manos estaban ennegrecidas de aceite, llevaban puesto un cubretodo azul oscuro, gorros azules de visera, con el emblema de una compañía naviera. Cuando dijeron que me querían tirar al agua, no me moví, sabía que únicamente querían ponerme a prueba. Me levantaron, me llevaron hasta el borde del muelle, me balancearon un par de veces de un lado a otro, y yo consentí que hicieran todo conmigo. Entonces me dejaron muy cerca del borde del muro, y se fueron. Cuando volvía mi cara de lado, veía el agua abajo junto a las piedras, con basura arrastrada, trozos de madera, latas de conserva, papel descolorido, un zapato sin suela, cáscaras de naranja, espuma.

 

Peter Weiss, La conversación de los tres caminantes, Barcelona, Seix Barral, 1969, pp. 9 y 39-40.