Un “derrotado”… pero también gran músico y artista: Leonard Cohen

Cohen, con nuevo disco  -acá se puede escuchar un tema-, y bastante “dark”, dio una conferencia de prensa. Pego abajo la crónica del periodista Miguel Mora, aparecida en el diario El País.

La compañía discográfica en pleno y una docena de periodistas esperan al maestro canadiense en la sala dorada de un hotel de lujo de París para escuchar con él su último disco, Old ideas. En una pantalla de plasma se ve la portada, una foto suya sentado en el jardín de su casa, vestido como los Blues Brothers. Cuando Leonard Cohen traspasa el umbral, suena una ovación. El músico, de 77 años, va tocado con su sombrero, de ala más corta que su nariz. Se lo quita y se inclina para saludar. Debe de pesar 55 kilos. Con su vozarrón grave, dice: “Gracias por venir, algunos desde tan lejos. No voy a miraros mientras escucháis para no controlar vuestras caras de aprobación o rechazo. Luego hablamos”. Se sienta y cierra los ojos. Pasará así los siguientes 40 minutos, sin mover ni un centímetro del largo cuello. El disco, mejor decirlo ya, es un monumento dividido en diez tomas que probablemente entrará en la historia del blues más exquisito.

La primera canción dice Leonard, lazy bastard (vago cabrón), Cohen recita, casi susurra, muy despacio y a caballo de un coro casi gospel femenino y de un piano que transporta a un viejo club de blues. El texto es fabuloso. Habla de amor, tragos, dolor, depresión, sacrificios, regresos a casa, recuperación: “Un manual para vivir con la derrota”, dice. Ironía, sarcasmo, flagelación. Y vida recobrada.

El segundo tema tiene cierto aire de corrido y country. Más canción que recitado. Sobre melancólicos violines mexicanos y hay un solo de trompeta final escalofriante, el tempo y el quejido remiten a la hondura de Tom Waits y Rancapino. “Tell me what you want me then, hey man”. “¡Dímelo otra vez cuando los restos del carnicero se hayan limpiado en la sangre de la tierra!”. La emoción dura siete minutos, y de ella se pasa a estos escalofriantes versos: “Enséñame el lugar al que quieres que vaya tu esclavo, enséñame el sitio donde empezó el sufrimiento”. Entre efluvios dylanescos (de Bob Dylan y de Dylan Thomas), Cohen afirma en otra de las canciones: “No tengo futuro, el pasado durará pero la maldita oscuridad también”.

Hay banjos, baterías de aire jazzy, platillos, recitados eróticos, guitarras españolas y ternura de cazalla y de coñac. El órgano Hammond preside la despedida. “Tú quieres cambiar la forma en que hacemos el amor, yo prefiero dejarlo como está”. Es el tema loco del disco, Cohen parece a punto de arrancarse a una marcha desenfrenada, pero al final se contiene, como siempre.

Acaba la escucha de las diez sublimes piezas y suena otra ovación. Más fuerte que la primera, da paso a las preguntas. Un periodista de Radio France charla con el genio, y Cohen dice que él es su “juez más severo”, pero que está “contento de que nadie se haya ido en mitad de la audición”. Como Woody Allen, cuenta que se siente espléndidamente en Francia y en Europa: “Aquí la tradición de mi música se entiende desde hace generaciones, no tengo nada que explicar. Con el público de Estados Unidos tengo una sensación menos familiar que en Europa”.

La siguiente, inevitable, es sobre el retiro, sobre su afición semirreligiosa a vivir alejado del mundo, en un monasterio rodeado de hielo. Su representante contará luego que el viaje a Europa ha estado a punto de cancelarse porque Cohen salió a subir montañas heladas y se cayó, por suerte, sin romperse nada. El hombre cree que que Cohen saldrá de gira este año. Pero, ¿podrá aguantarla?, le pregunto. “Tenemos miedo por la banda no por él. Es un toro”.

“Me gusta poco lidiar con las urgencias de la vida real”, dice él. “Sé muy bien que la edad tiene mucho que ver con mi actual libertad, y también sé que a medida que te haces viejo se van muriendo las neuronas de la ansiedad. Mi retiro, y mi maestro, no tienen nada que ver con la religión, sino con el estado de la naturaleza de las cosas, con la relación que mantienen los objetos y los sujetos. No hay dogma, ni rezos, se basa en análisis personales. Es más bien científico. Quizá el bienestar depende de la disciplina. Aunque creo que depende más del estado de las neuronas de la ansiedad”.

¿Y a su edad, todavía aprende cosas? “Uno nunca se libera de su propia estupidez”, responde con un deje de sátira. “Nuestra incompetencia siempre nos da nuevas oportunidades para humillarnos, y esa realidad nunca es mala para el intenso y doloroso proceso de autocrítica”.

Surge el tabú: la depresión. Cohen lo lidia con arte: “Es una cosa seria, no es lo mismo que tener una mala cita con una chica. Mi pasado ha estado marcado por una depresión clínica muy larga. No alcanzas el placer, todas tus estrategias se derrumban. Ahora estoy muy agradecido a mis maestros y a la suerte por tener solo una depresión en pequeñas dosis. Parece que aquella ya no vuelve con la ferocidad que marcó gran parte de mi vida. Aparentemente, se fue. Espero que no vuelva más”.

Luego, una periodista israelí pregunta por su reciente concierto benéfico y por la paz, en el que hubo 55.000 personas. Cohen, poco militante, aclara que lo hizo para explicar que la música es “una de las pocas cosas que permite comunicarse entre palestinos e israelíes, y aunque no hay esperanza de llegar a una solución está bien hacer algo así de vez en cuando”. Sobre el título del disco, confiesa no tener mucha idea de dónde viene, aunque apunta: “Había un par de temas viejos y todavía hay muchas cosas inacabadas en el cajón que seguramente haremos en un disco que saldrá más o menos dentro de un año. Sin la música se vive bien, pero he llegado a la conclusión, a regañadientes, de que voy a morir. Y esto a veces produce pensamientos. Espero que no sean demasiado morbosos”.

¿Qué hará en la próxima vida? “No entiendo bien el proceso de reencarnación pero me gustaría convertirme en el perro de mi hija”.

Llega el turno del sur y le preguntan por su amor a las músicas de raíz, el flamenco, el fado, el blues, y por este Old ideas que suena más hondo y alegre que casi todos los anteriores. “El blues, el fado, el flamenco, el country, la música popular griega, esas músicas son las que más me han gustado siempre y a las que siempre vuelvo en busca de la estabilidad emocional. Uno de los primeros discos que compré era de Amália Rodrigues. No podía permitirme comprar muchos, y lo escuché una y otra vez, me emocionó. Adoro el flamenco, y cuando nadie me ve me atrevo a tocar un poco con la guitarra. Uno de los grandes privilegios de mi vida fue oír a Enrique Morente traduciendo mis canciones al lenguaje del flamenco en Omega”.

“Morente fue el mejor cantaor de su generación”, prosigue, didáctico. “Adaptó todas las influencias musicales al flamenco sin sacrificar su significado ni su pasión originales. Debo decir también que el cante que me dedicó Duquende en Asturias me emocionó hasta la médula. El flamenco me sigue emocionando”.

De modo que Old ideas es un manual para vivir con la derrota. “Las canciones operan en distintos niveles. Sirven para el corazón y las derrotas, aunque a veces también es útil lavar los platos. Para curar el dolor y dar vigor, la música es lo mejor. Y para el sufrimiento y el amor. No creí estar en ese estado cuando escribí estas canciones, pensé que estaba de buen humor. Pero es verdad que la cualidad de la tristeza está en todas las canciones que nos gustan si las cantamos despacio. Incluso el Jingle bells o el cumpleaños feliz de Marilyn pueden ser tristes y eróticas a la vez. La música es como el tofu: se impregna del material que tiene cerca. Y su impulso erótico cura la depresión y la soledad. Todas las canciones buenas hacen eso. Pero déjenme decirles que para verme hoy como un seductor de damas necesito una gran cantidad de sentido del humor”.


Leonard Cohen y “la gran e inevitable derrota que nos espera a todos”

Leemos: “Fue sólo cuando leí, incluso en una traducción, los trabajos de (Federico García) Lorca, que entendí que había una voz. No quiero decir que copié su voz; no me hubiera atrevido. Pero él me dio permiso para encontrar una voz, localizar una voz, encontrar un yo, un yo que no es fijo, que lucha por su propia existencia.

Al hacerme mayor supe que las instrucciones venían con esa voz. ¿Y qué instrucciones eran ésas? Nunca lamentarse. Y si uno debe expresar la gran e inevitable derrota que nos espera a todos, debe hacerlo dentro de los estrictos confines de la dignidad y la belleza.”

Completo acá; Leonard Cohen hace un bello (y agradecido) discurso al recibir el Premio Príncipe de Asturias.


“Leonard” (Hermann Bellinghausen)

Leemos: Bien extraño que resulta que ahora esté en boca de todos porque lo condecoró la realeza española, que qué puede saber de estas cosas. El gambito de los príncipes oportunistas no debería poner serio a Leonard Cohen (1934). No a él, rey del cool, asceta, triste y esteta en la lumbre de su crudeza. La ironía como relámpagos. Eso le bastó para convertirse en un artista significativo del fin de siglo. Muy al modo moderno, desde el show bizz y su espacio sonoro. Ya era novelista prometedor, y poeta en estado puro con obras memorables como Flores para Hitler La caja de especias de la Tierra, cuando en 1966 dio un giro radical a su persona.

En poco tiempo había escrito dos novelas estupendas: El juego favorito Hermosos perdedores, esta última precisamente de 1966, igual que Suzanne, la canción donde comienza el Cohen definitivo. Perdimos al escritor: no volvió a la narrativa, dejando dos rabiosas, divertidas y trágicas historias con el aliento de Henry Miller y la inventiva de Georges Bataille.

Hijo de clase media acomodada e ilustrada, salió de su natal Montreal a merodear revoluciones en Cuba, triunfante, y Grecia, aplastada. Perdió sus pasos en París y Nueva York, vio crecer el fenómeno Bob Dylan y se dijo: si él canta sus poemas, ¿por qué yo no? Produjo su primer disco, el célebre Songs of Leonard Cohen (1967), y optó por habitar los escenarios como cuartos de hotel (no todos nacen con voz de oro) y se dejó llevar.

(…) Pasajero habitual de las obsesiones de judío con culpa y sin Freud, tuvo debilidad por el martirologio de las vírgenes cristianas (Juana de Arco, la santa mohawk Catherine Tekawita). Fascinación perversa por el verdugo nazi. Misticismo insuficiente, por mucho zen que invirtiera. Siempre cantor del amor profano. Sugerente, ladies man confeso, extranjero en tránsito con un horario de trenes a la mano y una manera filosa de decir la verdad carnal, aun mintiendo. Pero como declara en la grabación reciente de un concierto en Londres (2009), ya probó de todo: prozac, paxil, bifexor, ritalin, focalin; también extenuó la filosofía de las religiones. Y no le queda sino confesar que no hay curación para el amor (There Aint’t No Cure For Love).

Completo acá.


Leonard Cohen, “hijo literario” de García Lorca, solidario con los “indignados”

Leemos: El poeta y músico canadiense Leonard Cohen también se reconoce como hijo literario de Federico García Lorca, por sus evocaciones poéticas plagadas de un paisaje tremendamente familiar y muy cercano al silencio.

Cohen, emblema de la contracultura occidental de la segunda mitad del siglo XX y desde hace unos años asceta budista, recibirá el viernes en Oviedo, capital de Asturias, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2011.

Cohen está en España, pero no es la primera vez que visita el país ni es nueva su vinculación a su literatura y cultura. Su admiración por García Lorca, el poeta granadino que fue ejecutado por franquistas en un descampado de la sierra durante la Guerra Civil española (1936-1939), es añeja, cuando tenía sólo 15 años y cayó en sus manos uno de sus poemarios, donde leyó por primera vez sus evocaciones sobre el amor, el silencio y la muerte.

A su primera hija le puso por nombre Lorca, como un homenaje a ese autor que lo deslumbró tan joven y que no ha dejado de leer desde entonces.”

“Cohen, sensible a lo que ocurre en el planeta, también quiso lanzar un mensaje de solidaridad y apoyo al movimiento de los indignados, que nació en España en mayo pasado y que se ha extendido al resto del planeta.

‘Todos tenemos un amigo que sufre porque se ha quedado sin trabajo o sin oportunidades’, explicó el poeta y músico, quien también lamentó los severos recortes a la cultura de prácticamente todos los gobiernos de los países en crisis, pero también advirtió que si alguien quiere crear y expresar algo, al final lo hará, con o sin apoyos.”

Y acá: “La tendencia mundial a recortar presupuestos en cultura también ocupó minutos de análisis: ‘Sí, por supuesto. Uno lamenta el que se retiren los fondos a los artistas. Pero creo que las obras saldrán con o sin los gobiernos. No creo que el espíritu de un país dependa de la afirmación concreta de un gobierno’.”


“Cómo decir poesía” (Leonard Cohen)

“¿Qué expresión podría definir a nuestra época? Nuestra época no tolera expresión alguna. Todos hemos visto fotografías de madres asiáticas desoladas, así que no nos interesa la agonía de tus órganos achacosos. Nada de lo que puedas expresar con tu cara tiene parangón con el horror de nuestro tiempo. No lo intentes siquiera. Sólo merecerías el desprecio de los que han sido tocados en lo más hondo. Todos hemos visto noticieros con seres humanos embargados por el dolor y la desazón. Todos sabemos que comes como Dios manda y que hasta te pagan para que te subas a un escenario. Estás tocando para gente que ha vivido catástrofes, así que tranquilízate. Di las palabras, transmite los datos y hazte a un lado.”

* Fragmento de un texto -que hay que leer íntegro- de Leonard Cohen, reproducido en el suplemento Radar (5/6/2011).