Editorial Audisea: una muestra de poesía “siglo XXI”

poetas

El pasado sábado 24 de septiembre, por la noche, en Vivaldi Bar, frente a la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, se llevó a cabo una lectura de poesía, segundo día de unas jornadas organizadas por la editorial Audisea. Participaron de la misma Javier Galarza, Natalia Litvinova, Fernando Herrera, Paz Busquet y Óscar de Pablo, este último escritor y poeta que viajó especialmente desde México para participar de la actividad –el día previo, en la primera jornada, en el Château Amalio Russo, se comentaron los libros de las y los poetas publicados por Audisea, se leyeron poemas y se cerró con la puesta de una obra de teatro, Tengo un apuro de un siglo–.

Luego de una pequeña presentación por parte de Audisea –editorial que, como se comentó, se lanzó a publicar debido a la sugerencia e impulso que dio del poeta chileno Raúl Zurita– se dio inicio a la lectura: Galarza (1968) comenzó diciendo que no quiere ver más tanquetas policiales en la Biblioteca Nacional –recordando los hechos de hace unos meses, tras el cambio de administración, los despidos y el hostigamiento a los trabajadores de la Biblioteca–. Leyó poemas de Atenuado, publicado en 2014, donde un “yo” observa la exterioridad y dialoga (o señala, o interpela) a diversos “tú”, aludiendo posesiones, dominios y dominaciones. Leyó también algunos poemas inéditos.

* Sigue la breve crónica que escribí, publicada el día de ayer, en La Izquierda Diario.


Congreso Gombrowicz

Quiénes son, qué hacen, etc.

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#Cine: ‘El botón de nácar’ (Patricio Guzmán, 2015)

el_boton_de_nacar_the_pearl_button-302899222-largeA raíz de los comentarios que hice a la última película del director y realizador chileno Patricio Guzmán –publicados en la sección Cultura de La Izquierda Diario-, me preguntaron dónde se podía ver la película… Dejo un link.


Fausto(s)

El sábado pasado cubrí, para La Izquierda Diario, la presentación del libro Fausto, publicado por la editorial Caterva, con dos versiones: el clásico criollo de Estanislao del Campo, publicado en el siglo XIX, y un Fausto sudaca, escrita ahora, en el siglo XXI, por el chileno Omar Saavedra Santis. (Este tema clásico, incluso, tiene su versión fílmica -criolla-, realizada en 1979.) A continuación, algunos fragmentos de la nota.

Noé Jitrik, agradecido por la invitación, y tras bromear sobre “lo fáustico de su situación” con su edad, y ante la “gente joven” que veía a su alrededor, dijo que recuperaría durante la charla “lo que está en mi memoria, lo que está en mi imaginario sobre la cuestión del Fausto propiamente dicho”.
Tras comentar que el Fausto, proveniente de una leyenda a través de los siglos, se ha transformado en mito, y compararlo con el de Ulises tapándose los oídos “para no ceder a las tentaciones de las sirenas”, Jitrik explicó que “la perduración del mito es porque toca algunas zonas que parecen inherentes al ser humano y a las relaciones que este entabla con la naturaleza, con el tiempo, con la muerte y con la vida. Es una especie de coagulado de todas esas cosas, y eso garantiza esa transmisibilidad, esa perduración. El mito de Fausto atravesó los siglos y lo interesante es que además se liga –no sé si conscientemente, en el caso de Goethe es más evidente, y en el caso de Marlowe, que es el antecedente del drama de Goethe– con el mito de la juventud, y con la Fuente de la Eterna Juventud. Eso que funcionó mucho durante la Conquista y que dio lugar a esa empresa, totalmente utópica, de Ponce de León buscando la fuente de la Eterna Juventud en la Florida, y perdiendo la vida buscando la fuente de la Eterna Juventud”. Y otro chiste: “La verdad es que, buscando la Fuente de la Eterna Juventud, uno se hace viejo. Se convierte en viejo. No hay modo de escapar de esta cuestión. Pero ahí está: la juventud. Y lo que implica, las características o los atributos tan atractivos de la juventud”.

Luego Jitrik recordó distintas versiones de Fausto: desde la ópera de Gounod –que es la que utiliza Del Campo como motivo o “disparador” para su propia versión– al extraordinario Doktor Faustus, de Thomas Mann. Y el enfrentamiento de “principios” que hay: “la lucha, una ancestral lucha que tiene dos principios, que tiene curso incluso hasta nuestros días: la oposición entre pensamiento y acción. Pensamiento o ‘ciencia’, y fe como ‘vida’, como atractivo vital. Eso está gobernando lo que hay en el drama de Goethe”. Y otra cosa: “la aparición encubierta del romanticismo. Goethe está a caballo del racionalismo clásico, y del romanticismo que está despuntando”.

Yendo al poema de Estanislao del Campo, donde centró su charla, Jitrik recordó la época en que se publicó, y la situación a la que se alude al comienzo del mismo poema paródico: una larga fila de autos, y mucha gente amontonada, en la puerta del “tiatro de Colón”. Algo que plantea “no en materia de mercancías sino en términos de cultura, las tradicionales relaciones entre la cultura local y la cultura exterior. En otro términos, entre los ‘modelos foráneos’ –por decirlo de alguna manera- y la capacidad propia de elaboración”. “Está en ciernes un estado de ánimo de lo que después, posteriormente, se pudo haber llamado “la oligarquía”, o que podríamos llamar, más bien, la aristocracia argentina, con nuevas fortunas, con la ganadería, que ya empieza a proyectarse… en fin: con la acumulación de riqueza a la que el poema de Estanislao del Campo alude. Como cuando se menciona a ‘Anchorena’. Es 1866. Ya Anchorena es un punto de referencia en cuanto a la riqueza. O cuando habla de Lezama. Cuando menciona al pasar a Lezama. Y esto marca una diferencia con el Fausto sudaca. Estanislao del Campo maneja estas alusiones con una delicadeza extraordinaria, como para que las podamos entender; mientras que el chileno pega golpes; no hace alusiones, sino declaraciones muy estrepitosas”.

 

La nota completa en La Izquierda Diario.


“Aula Aristóteles” (Tununa Mercado)

El recuerdo y la narración de la experiencia Tununa Mercado en su adolescencia, en tiempos de estudiante, tras asistir a una conferencia de Jorge Luis Borges.
Escritora
Sábado 25 de junio | Edición del día

arton42782-e0d1cEn el primer semestre de 1957, en la ciudad de Córdoba, el diario La Voz del Interior, que por su nombre dice tanto sobre la realidad provinciana como sobre los avatares de un espíritu que se concibe hacia adentro y en profundidad, el interior siendo lo inaudible que pretende hacerse oír por la capital de un país, y al mismo tiempo el sitio desde donde el alma susurra su estupor por el destino del ser que la cobija, apareció el anuncio de una conferencia de Jorge Luis Borges sobre las paradojas de Zenón de Elea. En ese entonces la Facultad de Filosofía y Letras estaba en una casa viejísima del centro, espacio ya insuficiente para una generación de estudiantes que desbordaba los patios y asistía de pie a las clases y que aún no me incluía entre sus huestes. Estudiante secundaria y foránea, entré a la casa de estudios con bastante anticipación, para colarme en algún banco de alguna fila, y pasar inadvertida. El principal temor era que alguien pudiera descubrir que no tenía estatuto universitario y que no vacilara en burlarse de mi apetito de saber desubicado y prematuro. La conferencia de Borges fue en el Aula Aristóteles, magna por ser la habitación más amplia pues el edificio no tenía otra solemnidad que la de ser viejo y, ciertamente, por el nombre que la había laureado desde los orígenes de la Facultad. No podía yo imaginar entonces que los dos nombres, Zenón y Aristóteles, viejos amigos, habían dialogado en el Parménides de Platón, ni tampoco prever que esa unión fortuita Borges-Zenón-Aristóteles tal vez era un tramo de aquel diálogo de la antigüedad clásica cuyo relato rashomónico, vale la pena recordarlo, empieza con lo que cuenta Céfalo que le dijo Antifón, el herrero a quien le había contado Pitodoro acerca de la llegada de Zenón y Parménides a Atenas. Que se alojaron en casa de Pitodoro, textualmente en extramuros de la ciudad, en el Cerámico, decididos, como quien acomete una batalla, a escuchar la lectura de los escritos de Zenón, tal y como ahora estábamos, ni más ni menos, los estudiantes cordobeses escuchando a Borges. En aquella reunión, tan ficcional como la que para mí tenía lugar en torno a Borges, tan de escena teatral como la que podría construirse al infinito en ese Aula de Córdoba, habría estado también Sócrates, inquisitivo, se diría el disparador del debate sobre los seres múltiples y de la pregunta acerca de su semejanza o desemejanza. El Zenón paradójico que contaba Borges, cuenta Antifón sofista que Pitodoro no menos sofista le dijo, era un cuarentón esbelto, de aspecto encantador, que pasaba por haber sido en su juventud el favorito de Parménides el Viejo, quien en la circunstancia evocada tenía noble figura y la cabeza enteramente blanca. Acaso también, y no estábamos en condiciones de anticiparnos a ello, ni tampoco Borges, en esa reunión tan festiva, se estaría gestando el Libro Segundo de la Poética de Aristóteles sobre la risa que tantas lamentables muertes produjo en El nombre de la rosa.

Al parecer ya entonces mi retentiva era fugaz y dispersa en el orden de la acumulación de saber, y no podía entender todavía que ese atributo que en apariencia se me negaba, en realidad tenía su propia forma compensatoria de proceder por saturación y decantamiento y que trabajaba para un futuro que sólo cuando lo fuera, es decir cuando adviniera, habría de dar cuenta de sus frutos. No creo que en 1958 Borges hubiera sido ya sacralizado por la academia, y menos aún que yo supiera entonces de sacralizaciones y mitos. Yo era demasiado inocente para detectar cualquier toma de distancia o inquina política respecto de él, y sólo muchos años después supe qué se le pedía, detrás de cuáles filas y de cuáles posiciones se pretendía que él se encolumnara. Borges era Borges y es difícil que la imagen de aquella tarde pudiera haberse separado con una entidad propia de las imágenes que año a año habrían de sumarse a la gran constitución del Borges concebido como modelo y, sin embargo alguien, yo en la circunstancia, la había aislado sin saberlo como destello de un instante y de un acontecimiento; la había desprendido para que tuviera esa ulterioridad que ahora ejecuto en el presente y ella, la imagen, había quedado suspendida en una especie de borrón grisáceo en medio de la gente que le abría paso, una aparición que sólo rompería su niebla mediante la voz que empezaba a brotar desde muy atrás de la garganta. Como una tubería de órgano arranca desde la reserva de aire que empuja el sonido en su ascenso y lo vuelve música encadenada, esa voz de Borges, inconsciente aún de ser borgiana, salía en esa tarde, casi anochecer porque era invierno en Córdoba, como desde el nacimiento de la lengua, constituyéndose espasmódica, recuperando el aliento en una cadencia constantemente interrumpida, poblada de comas en su ritmo, con esa modulación que es propia de los poetas cuando dicen sus versos y que no deja de ser ligeramente enfática, entre el canto y el recitado. Esa nube grisácea que apareció entre hombres de letras y que algunos apenas pudimos ver por recato o por real interferencia de público, estaba ahora profiriendo esa plegaria acompasada que se cortaba en jadeo o se entrecortaba en comas y puntos suspensivos y luego proseguía, dando la impresión de que buscaba decir lo que decía en algún depósito e, incluso, que entraba en él trastabillando, con andar ciego, para hacer la lengua, que es lo que finalmente se sentía que estaba sucediendo: el efecto de una operación tangible de la mente que extraía de sí, dictaba, conferenciaba o confería sentido a las palabras y signos de la lengua. Podía sentirse, si se agudizaba la percepción, que la voz de Borges en ese final de tarde estaba siendo incorporada en varios de los presentes como objeto de imitación, arte que en Córdoba tuvo siempre sus cultores virtuosos en las mesas de café y en las casas de familia, y no tardaríamos mucho tiempo en saber que había quienes “hacían” también a Borges en un repertorio que incluía a Neruda o a Perón.

Borges hablaba sobre las paradojas de Zenón, sin saber que esa para él “joya” del espíritu, cuya perduración a través de los siglos celebraba y cuyo fulgor eran capaces de reconocer quienes habían estudiado a los clásicos en esa misma Aula Aristóteles, estuviera creando en la conciencia adolescente de algunos de los que allí estábamos, una carga tan explosiva de nihilismo. El razonamiento se desplegaba de manera envolvente e iba creando una sucesión de pequeñas muertes encerradas en la recursividad de una partícula que nace, avanza y se aniquila en la propia evolución de su ser. Íbamos de la A a la B como quien ingenuamente se propone unir dos puntos para justificar una recta, la línea se disponía al transcurso, la mano al movimiento, pero algo se fracturaba en el entendimiento primario, un estupor quebraba la razón, como si cabalgáramos sobre un caballo que devorara su propio galope en la marcha, creyera avanzar pero se mantuviera, estupefacto, en el mismo lugar, con los ojos espantados y la crin al viento, ahora mármol inmóvil.No sé si Borges se levantó en algún momento para escribir en el pizarrón que estaba a sus espaldas, a unos pasos del estrado, las cifras de su progresión. Allí debieron estar sin embargo esos trazos diminutos, demasiado cerca unos de otros, verticales y en hilera, como batallón de insectos, dibujando un infinito, erigiendo una escritura autodevorante y suicida de números que se anulan. Creí entender que lo que estaba produciéndose en ese momento era una revelación cuya adopción sería imposible en lo inmediato, pero que había que guardarla para después; que esos corredores de distancias se encontrarían con otros que tenían la misma ambición de superar marcas anteriores insuperables, como el de aquel chiste que Macedonio Fernández, Zenón criollo, clasificó como “representante del no-en-seguida-chiste”: “Disparaba tan ligero y tanto, que de repente tuvo el susto de si no había dado vuelta el mundo y estaba a un centímetro de embestir su espalda”; que el escándalo que desataba la revelación antedicha tenía que ver con categorías que podrían volverse obsoletas en un parpadeo: un Dios derrotado frente a la Razón; una Razón genuflexa ante la Poesía, un principio de certeza arrollado por la magia y el misterio de unas paradojas, una Luz que se extingue y enciende por obra de su propia extinción, y así siguiendo; que esa proyección contagiada años después de otra más inteligible pero igualmente corrosiva –un paso hacia atrás para avanza luego dos hacia adelante– habría de tener investidura de sistema, es decir obrar como una estructura que se habilita cada vez que la condición humana siente, piensa, sueña, discurre.

* Fragmentos iniciales de “Aula Aristóteles”, de Tununa Mercado, reproducido aquí con la autorización de la autora. El texto se encuentra publicado en los libros Relaciones literarias entre Jorge Luis Borges y Umberto Eco (Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla, 1999) y Narrar después (Rosario, Beatriz Viterbo, 2003).


A 50 años de ‘Antiestética’: diálogo con “Yuyo” Noé

antiestetica1-67b9a9df7916843383464c3473bb3088-1024-1024* Publicado en la sección Cultura de La Izquierda Diario

Conversar con Yuyo Noé es intenso. (Ya habíamos tenido otro diálogo, extenso, de corte autobiográfico, también publicado en La Izquierda Diario, a comienzos de 2015) Activo, lleno de planes, Noé nos muestra una mesa repleta de papeles, impresos y manuscritos –fragmentos y borradores de libros–, y conversa sobre la reciente reedición de Antiestética (por Ediciones de la Flor) y varios proyectos y actividades: nuevos libros y reediciones, nuevas muestras, y toda clase de planteos y reflexiones sobre arte, historia y política. También, brinda un recuerdo sobre Gyula Kosice, Arte concreto y Madí. Una charla con un amplio abanico de temas, donde Yuyo, a sus 83 años, sigue creando obras, y además anticipa sus próximos planes: una muestra este año, en la Galería Rubbers –su galería habitual–, y otra en el Museo Nacional de Bellas Artes, para 2017.

Yuyo, para empezar, comentá esta reedición

- Este libro, Antiestética, fue publicado hace cincuenta años. El año pasado se cumplieron los cincuenta años, y por eso lo reedité.

¿Y le cambiaste algo, le sacaste, agregaste…?

- No cambié absolutamente nada. Eso sí: tiene muchos prólogos esto. Está mi primer prólogo. Mi segundo prólogo, que se llama “Prólogo a la reincidencia” [de 1988]. Y este tercer prólogo, para esta edición, y dos prólogos más: uno de Cecilia Ivanchevich, colaboradora mía, y otro de [Eduardo] Stupía.

Stupía considera que este libro es de una época. Y que es distinta la época actual. Esta reedición la ve como una cosa de concepto histórico. En cambio, Cecilia lo ve como un presente –como me lo dice mucha gente–.

 

¿Y vos cómo lo ves?

- Yo lo veo como presente. Como un presente que no es anecdóticamente presente. Quiero decir: acontecen muchas cosas, y uno por ejemplo las responde; pero luego acontecen otras. Pero esas otras que acontecen después, y que parecen cambiar el panorama, tienen que ver implícitamente con esas primeras. Porque todo está generado por algo. Entonces, si querés, esto es un tiempo anterior a un tiempo presente; pero el tiempo anterior a nuestro presente está presente. Y tiene que ver con mi teoría del caos. Y creo que, en cierto modo, es actual en la medida en que preveo cosas que luego han ocurrido después.

Pero claro: es una época. Yo, cuando hice este libro, estaba haciendo obras muy caóticas, en el sentido de que eran obras complejas, que se relacionaban entre sí, pero hacían una. Instalaciones que continuaban por la pared, por el techo, por el piso… Luego, en un momento, esas cosas las tenía en Estados Unidos, porque fui con la Beca Guggenheim, en el año 65, 66…

Es un momento donde la teoría acompañaba a la práctica

- Sí, sí. Y entré en crisis después. Porque se veía que algo no lo podía concretar. Porque eran obras que hacía y deshacía. Pero estaba en mi espíritu el que no me importara deshacerlas. Porque sentía que todo cambiaba y que yo cambiaba también con el tiempo. Y me fui politizando cada vez más. Fue un momento en el que después publiqué un folleto que se llamó El arte de América latina es la revolución. Como que el arte refleja una sociedad, y si la sociedad no está constituida realmente con una presencia de poder, de poder ser –“poder” en el sentido de poder ser–, no puede generar nada. ¡Si no puede generar realmente poder ser cómo va a manifestarse como es! Entonces esa era la idea de esta segunda etapa. Una segunda etapa que me llevó a escribir un libro, que no publiqué, que se llamaba El arte entre la tecnología y la rebelión. Lo escribí, estaba casi terminado. Fue entre el 67 y el 72, aproximadamente. Pero por algo no lo publiqué. Lo podría haber terminado, pero no lo publiqué porque creo que lo que planteaba lo hacía muy lúcidamente; pero las respuestas eran candorosas. O sea: lo que deseaba… Es que toda la época en torno a lo que se llama “el 68”… Más candoroso no podía ser.

Hay una visión equivocada del 68. Primero se cree que el 68 aconteció en París. El 68 es un eco de lo que estaba aconteciendo en los Estados Unidos, en las universidades –en Berkeley, en Columbia–, y que era la resistencia la guerra de Vietnam. Más un espíritu de época que hacía como un replanteo de muchas cosas.

Si vos ves la causa de la rebelión francesa, es totalmente mínima: era un problema del planteo de una ciudad universitaria. Si podían llevar chicas a los cuartos, porque no podían.

Bueno, eran derechos que pedían los jóvenes estudiantes para su vida cotidiana… algo que fue parte de lo que se conoció como “revolución sexual”…

- Era una tontería en cierto modo, comparado con la otra cosa. Era como un teatro, como una representación. Y como toda representación, termina.

Pero lo interesante es ese espíritu, que en cierto modo continúa, de otra manera. Siempre las cosas continúan, pero de otra manera.

Y volviendo al libro: no lo publiqué porque las respuestas me parecían candorosas. Pero creo hay muchas cosas que las tengo todavía. Las publiqué en cierto modo, en parte, en Noescritos sobre eso que se llama arte, que tiene el material recopilado de cosas escritas por mí, del año siguiente en que escribí este libro [Antiestética]; es decir desde el 66, hasta el 2006.

La nota completa acá.


Victor Serge: tomando mate frente al río Nevá

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Días atrás Página/12 publicó en su contratapa “Años perdidos, decepción y promesa”, de Noé Jitrik. Allí comenta un libro que le presté: Los años sin perdón, novela del militante y escritor (de nacionalidad belga-rusa) Victor Serge.

Como una forma de retribuir la generosidad de Noé, y para los lectores interesados en lo que contó, quiero sumar algunos datos acerca de este libro y su autor, y cerrar con una anécdota muy particular sobre el mismo, la que aludo en el título.

Serge, nacido en 1890 en Bélgica, fue socialista desde muy joven, apenas adolescente. Con su familia, en una situación de humildad y penurias, recorrió varios países de Europa (Francia, España), y fue anarquista por esos años. Conoció la cárcel en varias oportunidades y, en 1917, con la Revolución Rusa, se hace bolchevique: llegó a Rusia en 1919 y trabajó junto a Máximo Gorki. Fue parte de la Internacional Comunista, también conocida como III Internacional. Fue editor, traductor y periodista. Estuvo junto a Gramsci y Lukács, e integró, durante un tiempo, la Oposición de Izquierda de León Trotsky, en lucha contra la burocracia de Stalin. Nuevamente encarcelado, encerrado en el gulag, hacia fines de la década de 1930 una amplia campaña internacional pidiendo por su libertad –con importantes personalidades de la cultura– consigue sacarlo, y Serge, aunque debió dejar (perder) varios libros terminados, que le confiscaron, partió al exilio, para terminar recalando en México.

Junto a Los años sin perdón, una novela publicada en la colección de Ficción de la Editorial de la Universidad Veracruzana en 2015, y El caso Tuláyev, novela inspirada en el “affaire Kirov”, Serge es autor de otros libros. Junto a su literatura (que recoge temas y “estilos”: la novela “psicológica”, el “thriller político”; ciertos “aires” que recuerdan a otras importantes escrituras, como las de Sebald y Semprún, además de John Dos Passos, influencia reconocida por Serge, aunque su “impresionismo literario” no le gustaba; tenemos “una mirada excepcionalmente refinada y sabia”, como dice Noé), las obras más “puramente” históricas y políticas se destacan por su calidad, contundencia y precisión. Se encuentra, por ejemplo, Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión, un pequeño folleto, también llamado La lucha contra el zarismo, que da cuenta de los métodos y el accionar de la Ojrana, la policía secreta del Zar, tras poder acceder, luego de la revolución, a los documentos y archivos, donde encontraron “biografías y hasta buenos tratados de historia de los partidos revolucionarios” y “entre treinta y cuarenta mil expedientes de agentes provocadores que habían sido activos durante los últimos veinte años”. Otro libro fundamental es El año I de la revolución rusa, un importante trabajo del mismo parangón que los Diez días que conmovieron al mundo de John Reed, aunque aquí, claro, el imponente fresco histórico recorre todo un año (Serge, además, fue quien recibió a Reed cuando llegó a Rusia). (El año II de la revolución rusa, quedó perdido, y seguramente destruido para siempre, entre otros libros, por obra y gracia de la burocracia estalinista.) Está también Literatura y revolución, “‘librito’ que se alzaba contra el conformismo de lo que llamaban la ‘literatura proletaria’”. Y tenemos Vida y muerte de León Trotsky, una obra que si bien no tiene la monumentalidad de la famosa trilogía de Isaac Deutscher, es sumamente valiosa, habida cuenta de los largos párrafos –entrecomillados– de Natalia Sedova, la compañera de Trotsky, quien charló largamente con Serge y dio su testimonio, recogido en el libro.

Serge también publicó su autobiografía, intitulada Memorias de mundos desaparecidos, renombrada posteriormente Memorias de un revolucionario. En esa apasionante historia que cuenta, la suya y la de las primeras cuatro convulsivas décadas del siglo XX (“crisis, guerras y revoluciones”, decía, sumamente sintético, Lenin), Serge da cuenta o explicita su ruptura con Trotsky, por diferencias políticas, nada menores por cierto; por ejemplo qué política tener, en medio de la guerra civil española, ante el gobierno del Frente Popular (mientras que Trotsky y los suyos criticaron al POUM de Andrés Nin, Serge estaba de acuerdo con que esta fuerza política, “filotrotskista” por así decir, ingresara al gobierno, a la Generalitat de Cataluña, para intentar “controlar e influir en el poder desde el interior”).

Con todo, Victor Serge continuó siendo hasta el último día de su vida un férreo opositor al sistema capitalista, un marxista y un libertario (“sufrí un poco más de diez años de cautiverios diversos, milité en siete países, escribí veinte libros. No poseo nada”, escribió en la autobiografía. Y también, que sus libros, “completamente documentados, escritos con la única pasión de la verdad, han sido traducidos en Polonia, en Inglaterra, en Estados Unidos, en Argentina, en Chile, en España: nunca, en ninguna parte, han impugnado una sola línea, nunca me han opuesto un argumento. Nada más que la injuria, la denuncia y la amenaza”). Finalizó sus días como un militante más de la clase trabajadora, en 1947, en México. El mismo México que recibió a Trotsky, y que fue testigo, unos años atrás, del encuentro entre éste y el “pope” del surrealismo, André Breton, y vio nacer, junto con la participación del muralista Diego Rivera, el “Manifiesto por un arte revolucionario independiente”. (Una historia que se puede conocer en una publicación recientemente aparecida de Ediciones IPS/CEIPEl encuentro de Breton y Trotsky en México, que trae además un excelente ensayo introductorio de Eduardo Grüner.)

Para finalizar: la anécdota. Cuenta el mítico “boedista” Elías Castelnuovo, en una semblanza de Serge, que lo conoció cuando viajó a Rusia, hacia finales de 1931: “Residía entonces en la ciudad de Leningrado y se hallaba aún, aparentemente, en buenas relaciones con el partido”. Serge presidía la Asociación de Hispanistas, una “agrupación de intelectuales integrada por setenta rusos que hablaban todos perfectamente el castellano”. Castelnuovo estaba instalado en Dom Uchoney, en un “viejo edificio” frente al río Nevá. Y relata: “Yo me había llevado de aquí un cilindro de yerba, conocida allí por paraguaysky chay, té del Paraguay, y a cada hispanista que me visitaba lo recibía como si hubiese estado en la República Argentina. Esto es: encendía el calentador y le cebaba mate. Confieso que experimenté más de un fracaso en este sentido. A pesar de la curiosidad que mostraban todos por conocer ‘eso’ que únicamente conocían a través de las novelas de Eduardo Gutiérrez o de Benito Lynch, algunos, no bien chupaban un poco la bombilla y le sentían instantáneamente el gusto al yuyo paraguayo se ponían colorados de golpe y escupían violentamente el líquido contra el piso como si hubiesen ingerido un veneno. Otros, más precavidos, succionaban con cautela, mas, en cuanto tragaban un poco, estiraban el pescuezo y se quedaban duros. Para disimular su impresión, éstos, en vez de ponerse colorados, se ponían amarillos”.

Termina Castelnuovo: “Serge por el contrario, se había aficionado al mate en España y se prendía al cimarrón exactamente igual que un criollo”.

Son para sumarse los deseos de Noé Jitrik de que la obra de Victor Serge –alguien que no es “reclamado” ni en Rusia, ni en Francia o Bélgica, ni en España– se pueda recuperar y volver a publicar, que se difunda y conozca.