Victor Serge: tomando mate frente al río Nevá

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Días atrás Página/12 publicó en su contratapa “Años perdidos, decepción y promesa”, de Noé Jitrik. Allí comenta un libro que le presté: Los años sin perdón, novela del militante y escritor (de nacionalidad belga-rusa) Victor Serge.

Como una forma de retribuir la generosidad de Noé, y para los lectores interesados en lo que contó, quiero sumar algunos datos acerca de este libro y su autor, y cerrar con una anécdota muy particular sobre el mismo, la que aludo en el título.

Serge, nacido en 1890 en Bélgica, fue socialista desde muy joven, apenas adolescente. Con su familia, en una situación de humildad y penurias, recorrió varios países de Europa (Francia, España), y fue anarquista por esos años. Conoció la cárcel en varias oportunidades y, en 1917, con la Revolución Rusa, se hace bolchevique: llegó a Rusia en 1919 y trabajó junto a Máximo Gorki. Fue parte de la Internacional Comunista, también conocida como III Internacional. Fue editor, traductor y periodista. Estuvo junto a Gramsci y Lukács, e integró, durante un tiempo, la Oposición de Izquierda de León Trotsky, en lucha contra la burocracia de Stalin. Nuevamente encarcelado, encerrado en el gulag, hacia fines de la década de 1930 una amplia campaña internacional pidiendo por su libertad –con importantes personalidades de la cultura– consigue sacarlo, y Serge, aunque debió dejar (perder) varios libros terminados, que le confiscaron, partió al exilio, para terminar recalando en México.

Junto a Los años sin perdón, una novela publicada en la colección de Ficción de la Editorial de la Universidad Veracruzana en 2015, y El caso Tuláyev, novela inspirada en el “affaire Kirov”, Serge es autor de otros libros. Junto a su literatura (que recoge temas y “estilos”: la novela “psicológica”, el “thriller político”; ciertos “aires” que recuerdan a otras importantes escrituras, como las de Sebald y Semprún, además de John Dos Passos, influencia reconocida por Serge, aunque su “impresionismo literario” no le gustaba; tenemos “una mirada excepcionalmente refinada y sabia”, como dice Noé), las obras más “puramente” históricas y políticas se destacan por su calidad, contundencia y precisión. Se encuentra, por ejemplo, Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión, un pequeño folleto, también llamado La lucha contra el zarismo, que da cuenta de los métodos y el accionar de la Ojrana, la policía secreta del Zar, tras poder acceder, luego de la revolución, a los documentos y archivos, donde encontraron “biografías y hasta buenos tratados de historia de los partidos revolucionarios” y “entre treinta y cuarenta mil expedientes de agentes provocadores que habían sido activos durante los últimos veinte años”. Otro libro fundamental es El año I de la revolución rusa, un importante trabajo del mismo parangón que los Diez días que conmovieron al mundo de John Reed, aunque aquí, claro, el imponente fresco histórico recorre todo un año (Serge, además, fue quien recibió a Reed cuando llegó a Rusia). (El año II de la revolución rusa, quedó perdido, y seguramente destruido para siempre, entre otros libros, por obra y gracia de la burocracia estalinista.) Está también Literatura y revolución, “‘librito’ que se alzaba contra el conformismo de lo que llamaban la ‘literatura proletaria’”. Y tenemos Vida y muerte de León Trotsky, una obra que si bien no tiene la monumentalidad de la famosa trilogía de Isaac Deutscher, es sumamente valiosa, habida cuenta de los largos párrafos –entrecomillados– de Natalia Sedova, la compañera de Trotsky, quien charló largamente con Serge y dio su testimonio, recogido en el libro.

Serge también publicó su autobiografía, intitulada Memorias de mundos desaparecidos, renombrada posteriormente Memorias de un revolucionario. En esa apasionante historia que cuenta, la suya y la de las primeras cuatro convulsivas décadas del siglo XX (“crisis, guerras y revoluciones”, decía, sumamente sintético, Lenin), Serge da cuenta o explicita su ruptura con Trotsky, por diferencias políticas, nada menores por cierto; por ejemplo qué política tener, en medio de la guerra civil española, ante el gobierno del Frente Popular (mientras que Trotsky y los suyos criticaron al POUM de Andrés Nin, Serge estaba de acuerdo con que esta fuerza política, “filotrotskista” por así decir, ingresara al gobierno, a la Generalitat de Cataluña, para intentar “controlar e influir en el poder desde el interior”).

Con todo, Victor Serge continuó siendo hasta el último día de su vida un férreo opositor al sistema capitalista, un marxista y un libertario (“sufrí un poco más de diez años de cautiverios diversos, milité en siete países, escribí veinte libros. No poseo nada”, escribió en la autobiografía. Y también, que sus libros, “completamente documentados, escritos con la única pasión de la verdad, han sido traducidos en Polonia, en Inglaterra, en Estados Unidos, en Argentina, en Chile, en España: nunca, en ninguna parte, han impugnado una sola línea, nunca me han opuesto un argumento. Nada más que la injuria, la denuncia y la amenaza”). Finalizó sus días como un militante más de la clase trabajadora, en 1947, en México. El mismo México que recibió a Trotsky, y que fue testigo, unos años atrás, del encuentro entre éste y el “pope” del surrealismo, André Breton, y vio nacer, junto con la participación del muralista Diego Rivera, el “Manifiesto por un arte revolucionario independiente”. (Una historia que se puede conocer en una publicación recientemente aparecida de Ediciones IPS/CEIPEl encuentro de Breton y Trotsky en México, que trae además un excelente ensayo introductorio de Eduardo Grüner.)

Para finalizar: la anécdota. Cuenta el mítico “boedista” Elías Castelnuovo, en una semblanza de Serge, que lo conoció cuando viajó a Rusia, hacia finales de 1931: “Residía entonces en la ciudad de Leningrado y se hallaba aún, aparentemente, en buenas relaciones con el partido”. Serge presidía la Asociación de Hispanistas, una “agrupación de intelectuales integrada por setenta rusos que hablaban todos perfectamente el castellano”. Castelnuovo estaba instalado en Dom Uchoney, en un “viejo edificio” frente al río Nevá. Y relata: “Yo me había llevado de aquí un cilindro de yerba, conocida allí por paraguaysky chay, té del Paraguay, y a cada hispanista que me visitaba lo recibía como si hubiese estado en la República Argentina. Esto es: encendía el calentador y le cebaba mate. Confieso que experimenté más de un fracaso en este sentido. A pesar de la curiosidad que mostraban todos por conocer ‘eso’ que únicamente conocían a través de las novelas de Eduardo Gutiérrez o de Benito Lynch, algunos, no bien chupaban un poco la bombilla y le sentían instantáneamente el gusto al yuyo paraguayo se ponían colorados de golpe y escupían violentamente el líquido contra el piso como si hubiesen ingerido un veneno. Otros, más precavidos, succionaban con cautela, mas, en cuanto tragaban un poco, estiraban el pescuezo y se quedaban duros. Para disimular su impresión, éstos, en vez de ponerse colorados, se ponían amarillos”.

Termina Castelnuovo: “Serge por el contrario, se había aficionado al mate en España y se prendía al cimarrón exactamente igual que un criollo”.

Son para sumarse los deseos de Noé Jitrik de que la obra de Victor Serge –alguien que no es “reclamado” ni en Rusia, ni en Francia o Bélgica, ni en España– se pueda recuperar y volver a publicar, que se difunda y conozca.


“Años perdidos, decepción y promesa” (Noé Jitrik)

CONTRATAPA

Años perdidos, decepción y promesa

Por Noé Jitrik

na40fo01Gracias al buen gusto y al afecto de mi amigo Demian Paredes, de inagotable curiosidad por la buena literatura, pude conocer a lo largo de los últimos años varios textos inexcusables, tanto como inexcusable fue no haberlos conocido antes.

En particular, pero no sólo en ese ámbito, literatura concerniente a lo que fue la Unión Soviética, en ese poderoso momento de su creación y luego en su exilio, durante la larga noche estalinista. Parecía obvio que Demian me hiciera llegar nuevas ediciones de obras de Leon Trotsky, en un proyecto editorial del sello IPS, en el que colabora, pero luego textos de otros autores recogidos en envidiables andanzas libreriles.

En cuanto a los de Trotsky leí una original biografía de Lenin, que comenté, nuevamente la extraordinaria Mi vida así como reuniones de artículos sobre España, México y, por supuesto, sobre el estalinismo, por no mencionar Literatura y revolución, tan discutible como apasionante. Pude volver en estos días a un fragmento de ese libro, una discusión que mantuvo en 1925 con un grupo de escritores: es increíble la continuidad de sus ideas, el vigor sin desfallecimiento de la formulación, la seguridad en sus juicios, no se me ocurre otra palabra que “genialidad” para calificar esa intervención y esa personalidad. Más allá de las tesis de orden político, nunca ausentes de todas sus intervenciones, en todos los textos a los que pude acercarme brota, si la vieja definición de estilo sigue siendo útil, una poderosa individualidad y, correlativamente, una fuente de escritura que, en su caso, unió casi sin fallas cantidad con calidad.

Pero no sólo eso mi amigo me acercó: si he mencionado a Trotsky a quien me refiero ahora es Victor Serge, que fue su amigo, partidario, y todo lo que se puede decir de una asociación político-ideológica-filosófica, incluso de a ratos conflictiva, como todo lo relacionado con Trotsky: en una composición sobre tela que hizo Magdalena Jitrik, las efigies de ambos personajes, a partir de la correspondencia que mantuvieron durante mucho tiempo, se contraponen y se complementan y en el espacio que se establece entre ellas las figuras de otros bolcheviques configuran una especie de olimpo revolucionario pero entregado a la muerte a la que Stalin, con dudosa (tramposa) argumentación condujo a todo el conjunto.

Sólo leí dos libros de Serge; el primero fue El caso Tulaiev, de 1947; el otro, Los años sin perdón, terminado en 1946. Sobre El caso escribí hace un tiempo una nota que publiqué en este mismo diario; brevemente, ficcionaliza un hecho determinante en la historia soviética, el asesinato de Kirov, un prominente cuadro del estalinismo, proyectado a sucesor del todopoderoso georgiano: el crimen fue el comienzo de los paranoicos juicios que acabaron con lo que quedaba de los primeros y revolucionarios bolcheviques, menos con Trotsky a quien la mano vengadora terminó por acabar unos pocos años después. Serge realiza en esta historia lo que después de su auge la novela policial puso en evidencia, o sea que la novela policial es política aunque dio vuelta los términos, abordó lo político por el camino de los procedimientos narrativos de lo policial de un modo diferente al que singulariza la obra de los maestros de esta especie narrativa, tan atractiva. Este giro le permitió acercarse y apartarse de los crudos hechos que son su punto de partida y trazar un cuadro tan animado como certero de esos duros años para el mundo en general y para la Unión Soviética en particular. Lo que pude observar, considerando los modos predominantes del relato soviético, fue que Serge procedía con un saber implícito de la literatura contemporánea, en un camino que no podía ser juzgado como de posvanguardia pero sí como de posrealismo, lejos tanto de la disidencia, tipo Pasternac, Solyenitsin o Nabokov, como de los cultores del realismo socialista, cuyo “teórico” fue el olvidado Zdanov.

La otra novela, Los años sin perdón, escrita antes, tiene una estructura más compleja pero, sobre todo, un lenguaje desbordante que me remite, tal vez es arbitrario de mi parte, a la lección joyceana, un relente de escritura automática pero no como flujo incontrolado de inconciencia sino, al contrario, por un desborde objetivo, de descripciones minuciosas y relieves poéticos tanto en relación con lo ambiental, el cruel sistema persecutorio soviético, la helada destrucción de Alemania después de los bombardeos de 1944, la lujuriante naturaleza mexicana, la angustiosa soledad de los fugitivos, la orfandad de las traiciones, como producto de una mirada excepcionalmente refinada y sabia.

Pero no, esa mirada, como un intento panorámico acerca de ese mundo al que Serge había en parte contribuido a construir y que luego, lamentable, tristemente, iba siendo destruido sin que esa destrucción tocara las convicciones, eso, por ejemplo, que Trotsky había seguido sosteniendo obstinadamente acerca del destino histórico de la sociedad, la “revolución permanente” y ese conjunto de tópicos que, al parecer, Serge pone por otra parte en cuestión por el camino de la decepción y la melancolía. Casi, inclusive, alguien, incidentalmente en la novela, se atreve a dudar, una herejía para un universo de afirmaciones rituales, acerca de la eternidad del pensamiento de Marx, sabiendo, el narrador, que eso implica un futuro desolado, un destino incierto y que concluye, nuevamente, como un anticipo de lo que se desprende en El caso Tulayév, en la muerte, como si la muerte, política, fuera el broche de lo que se presentaba como la alborada gloriosa de una humanidad mejor.

Lo que leí sobre esta novela –hubo comentarios en su momento y años después, lo que se conoce como “crítica”– la describe en sus partes y en sus personajes: ahorraré esa facilidad; sólo puedo apuntar que si hay, habría que demostrarlo, una conexión con el proceso literario europeo heredero de la vanguardia, también de lo que abrió el psicoanálisis que, como se sabe, no había cundido en la Unión Soviética pero que penetró en la literatura al introducir una dimensión subjetiva que el realismo tradicional había ignorado.

De ello resulta, en esta novela, no sólo una denuncia sino una idea de destino, que quizás retomó años después Vassili Grossman, en una doble vertiente, por un lado lo que pudo ser ese sueño de redención social, perseguido durante siglos y comenzado en ese país contradictorio, campesinos proletarios atrasados y elites de pensamiento refulgente y hecho trizas, convertido en un mero aparato de control y de persecución; por el otro, el de los concretos protagonistas que iluminados por una doctrina que todo lo preveía y consideraba pensaron que estaban a punto de consumarlo, su destino no fue esa gloria sino el pelotón de fusilamiento o la muerte anónima en un perdido arrabal del mundo. La novela relata, sin declararlo, esa suerte en un tono líricamente pesaroso que establece una pálida atmósfera de pérdida y de tristeza que bien puede ser lo que las tragedias del siglo veinte, la frustración comunista, el ascenso del fascismo, la implacabilidad del sistema, aportaron a la historia de la cultura mundial.

Señalé al pasar que se comentó, módicamente, esta novela: uno no se resigna a admitir que lo que siente como un hecho de peso haya podido ser ignorado o menospreciado por quienes deberían considerarlo del mismo modo aunque no por eso crea en las luces que lo que se designa como crítica hayan sido por fuerza enceguecedoras. Pero de ahí a la ignorancia total hay un paso y, al menos, llama la atención cuando se verifica. Desde luego, esa atención raramente es universal, seguramente lo que consideramos un hecho literario de indiscutible valor en la Argentina es más que probable que no reciba ni siquiera una mirada en Finlandia o en Siria o en China, pero debería recibirla en la Argentina. Análogamente, que un hecho literario vinculado con la Unión Soviética, o con Rusia, haya sido ignorado en la Unión Soviética no puede ser indiferente. Es lo que creo que ha ocurrido con Victor Serge o, al menos, lo que pude vislumbrar al asomarme a la información que proporciona, a falta de mi parte de otras fuentes, el servicial pero también elemental Google: en ningún repertorio de literatura soviética o rusa figura, el borramiento es notorio, pareciera que lo que quisieron hacer con él en la noche staliniana irradió sobre su obra literaria y la hizo, a medias, desaparecer.

Digo a medias porque recuperar a un autor tan representativo de una manera de ser intelectual del siglo XX y que, por añadidura es un gran novelista, comienza a ser un proyecto importante: pasó con Marái, puede pasar con Serge. Lástima, solamente, que él no lo puede ver.


Victor Serge y su ‘Literatura y revolución’, reeditado: prólogo de Pepe Gutiérrez-Álvarez

* Leemos en Kaos en la red este (muy) buen artículo (que oficia de prólogo a la reciente reedición de Literatura y revolución, aparecido originalmente en 1932) de Pepe Gutiérrez-Álvarez sobre Victor Serge, con un exhaustivo comentario bibliográfico sobre el mismo (y las últimas reediciones), y discutiendo y comentando en relación a personajes histórico-políticos e intelectuales como Natalia Sedova-Trotsky, A.Koestler, André Gide, Susan Sontag…

(Incluso, compara las Memorias de un revolucionario de Serge con -nada menos- Mi vida, de Trotsky…)

*   *   *

Literatura y revolución, el libro que ahora edita La Cosecha Anticapitalista, apareció originariamente en 1932 en los Cahiers Blue de la editorial de George Valoios.

Prólogo de Pepe Gutiérrez-Álvarez

Literatura y revolucion, de Víctor Serge. Una introducción.

2bbd4e4981c8a9feb2d18dcff8b0e4ce_XLEl nombre de Victor Serge fue uno de los que, ya por entonces, comenzaron a “sonar” en nuestros círculos compuestos por estudiantes desafiantes y por jóvenes obreros ávidos de conocimientos. Por este hilo me viene a la memoria que por allá 1966 o 1967 uno de mis amigos universitarios llegó a una de nuestras reuniones con uno libro de Víctor Serge, y además publicado legalmente, algo que siempre suscitaba el comentario de alguien que decía algo así como: “Vaya usted a saber”.

Aún y así, nuestro grupo de lectores ávidos, ya un tanto distanciados de los jóvenes comunistas, tan entusiastas como ajenos a aquel afán por leerlo, se había aclarado sobre la cuestión. La habíamos tenido con una revista igualmente legal llamada Índice que no nos ofrecía precisamente confianza a pesar de que algunos de sus artículos, como los que Juan Gómez Casas sobre el sindicalismo revolucionario, nos había servido para debatir de lo lindo, e incluso habíamos hecho copias a máquina y en papel cebolla. Ya sabíamos que el régimen había aprendido de la derecha internacional en general, y de sus colegas norteamericanos, a instrumentalizar autores revolucionarios contra el “comunismo” donde nosotros ya habíamos establecido una férrea distinción con el “estalinismo” que según y cómo, podía ser justo lo contrario. A veces decíamos cosas muy fuerte, tales como “!Stalin ha matado más comunistas que Hitler y Franco juntos¡”, que dejaba bocabierto a nuestros amigos del partido.

El título de aquel ejemplar era El caso Tulav, obra escrita por Víctor Serge poco antes de su muerte (1947) y editada por la no menos equívoca editorial Luis de Caralt en 1954 (en traducción de Jesús Ruíz), y mi amigo universitario aseguraba que era mucho mejor que El cero y el infinito, de Arthur Koestler, y con esta recomendación me quede con ella unas semanas durante las cuales pude percibir que Serge tenía más claro que nosotros la diferencia entre “comunismo” y “estalinismo”. En líneas generales, mantengo la memoria de que Serge ofrecía una panorámica de Rusia de finales de los años treinta, rememora con detalle las trágicas consecuencias de las “purgas” de la que se había librado en 1936 gracias a las gestiones de André Gide y de una potente campaña internacional ya que Serge, aunque ciudadano del mundo, era medio francés y escribía en esta lengua. También sabíamos que había escrito un potente testimonio de la huelga general española de agosto de 1917 en El nacimiento de nuestra fuerza de la que existía una edición de 1931, y que alguien guardaba tenía por algún sitio, quizás el “compañero García”, el veterano cenetista que era algo así como una biblioteca andante, primero porque te pasaba los libros caminando, luego porque todo aquello, parecía un riesgo mayor que cualquier aventura del caballero de la Triste Figura.

También recuerdo un largo capítulo sobre la derrota de la revolución española y las implicaciones del aparato estalinista en la Barcelona que había sido obrera, y como se pasa a un ambiente que preludia los prolegómenos de la II Guerra Mundial. En éste contexto es donde tiene lugar el asesinato de Tulaev, émulo de Serguei Kirov, que había sido uno de los hombres de Stalin, y que sirve de pretexto para un alud de detenciones, destierros y ejecuciones, de un monstruoso agujero negro que acabará con toda la generación revolucionaria. No había una sola línea del libro que no estuviese escrita desde la perspectiva de un antiguo anarquista nacido en el seno de una familia de emigrados rusos ferviente antizaristas.

No hace mucho que requería a Juan Manuel Vera, de la Fundación Andrés Nin madrileña un ejemplar de la novela que figuraba en su catálogo (pero que ya no tenía), y menos todavía cuando conversaba con Andy Durgan las posibilidades de editar Ciudad sitiada en la magnífica traducción del poeta republicano Tomás Segovia (y en manos extraviadas en los vericuetos de las sugerencias a El Viejo Topo), y Andy que la había leído en fechas más recientes, me aseguraba que el caso Tulaev, con toda probabilidad, era la mejor novela que se había escrito sobre el “gran terror” estaliniano. Lejos quedaban los tiempos que la Fundación había publicado al menos un par de “dossier” sobre Víctor Serge que, entre los primeros compañeros de Trotsky y de Nin en la Oposición de Izquierdas rusa e internacional, el mejor amigo del POUM. De ahí que todos los poumistas fueran del maíz que fueran, hablaran con entusiasmo de él y con él ya que mantuvo una extensa correspondencia con algunos de ellos..

Esperemos que esta edición sea algo así como la señala para otros libros, al igual que sucedió en los años sesenta-setenta con parte de su obra, entre ellas El año 1 de la revolución rusa (Siglo XXI, Madrid, 1972), uno de los mejores libros sobre Octubre; Los años sin perdón (Planeta, Barcelona, 1977), que abunda en la misma materia, sin olvidar Medianoche en el siglo (Ayuso, Madrid, 1976), dedicado a los líderes del POUM asesinados o encarcelados…Como no podía ser menos, Fontamara publicó Todo lo que un revolucionario debe saber sobre la represión, un breve estudio sobre los métodos de la policía zarista sobre el que la LCR hizo un uso de manual como lo habían hecho los camaradas galos. Lástima que no se hiciera de sus Memorias de un revolucionario, igualmente traducida también por Tomás Segovia, y sobre la que Siglo XXI de México ha hecho una reedición reciente ilustrada con dibujos de su hijo, el destacado pintor Vlady Serge. Estas memorias han contado finalmente con una muy cuidada edición española en la editorial Veintisiete Letras y que recomendamos con la convicción de que se trata de unas memorias comparables a Mi vida, de Trotsky, aunque con más perspectiva por lo demás sobre el inicio del gran terror estalinista contra la vieja guardia bolcheviques.

Dada la infame sequía editorial que ha conocido su obra en los últimos treinta años, no debe de haber muchos jóvenes que conozcan a este singular escritor exiliado de nacimiento, ligado a la subversión prácticamente desde su más temprana infancia, alguien como Serge sobre el que Susan Sontang dice en su muy anticomunista y discutible prólogo: “Serge fue para mí un ejemplo de la fusión de dos cualidades opuestas: la intransigencia moral e intelectual con la tolerancia y la compasión. Aprendí que la política no es sólo acción…” Y yo añado: del que también podría haber aprendido que puede (y deber ser) acción colectiva, debatida e ilustrada, amante de la verdad, algo a lo que la muy individualista escritora norteamericana no siempre resulta fiel, no hay más que leer algunos de sus totalmente injusto y falsos comentarios sobre Trotsky.

Nacido en 1890 en Rusia, criado en Bélgica, militó a comienzos del siglo XX en la radicalizada Joven Guardia socialista de Bruselas, pero no tardó en ligarse con los anarquistas franceses, concretamente con los llamados “ilegalistas”, allí conoció al padre de Jean Vigo, y conoció la cárcel durante 5 años por sus no probadas implicaciones con la audaz banda de Bonnot. Escritor militante desde que nada más salir denunció el sistema penal francés en Los Hombres en la cárcel (y que según nos cuenta Carmen Castillo, se ha convertido en una suerte de best seller entre los presos, y se vinculó con los internacionalistas que se oponían a la “Unión Sagrada”, época en la que colaboró con grandes del sindicalismo revolucionario galo como Alfred Rosmer y Pierre Monatte, y con un tal Trotsky. Viajero incansable, Víctor vivió en la Rosa de Fuego donde se hizo amigo de Salvador Seguí. Sería en Barcelona donde nació como Víctor Serge ya que adoptó el seudónimo para escribir en el semanario Tierra y Libertad y como tal firmó la ya cita páginas catalanas de El nacimiento de nuestra fuerza, obra que está esperando su reedición (y nueva traducción) a gritos.

No hace mucho que el urbanista (y antiguo izquierdista luego moderado y finalmente resucitado) Jordi Borja, la citaba en uno de su artículo, ¿Hay un camino a la izquierda?:

La ciudad fue nuestra universidad política y como los ciudadanos de la revolución francesa nuestra patria fue la izquierda, la resistencia al franquismo, las causas populares, las esperanzas generadas por las ideas y los combates compartidos. Recuerdo haber leído hace muchos años El nacimiento de nuestra fuerza de Victor Serge, crónica novelada de la Barcelona obrera de 1916, relato dominado por la presencia de Darío, que así llama al líder sindicalista el Noi del Sucre. Darío, contemplando la ciudad desde la montaña le dice al cronista: esta ciudad la hicimos los trabajadores, la burguesía nos la ha arrebatado pero un día la conquistaremos, y será nuestra”.

Conmocionado con la Revolución rusa como tantos otros, Serge se incorporó a las tareas revolucionarias en Rusia aprovechando tanto su carácter de políglota como sus variadas relaciones con el anarcosindicalismo y el sindicalismo revolucionario, fracciones que desde la naciente Internacional Comunista se consideraban capitales para contrarrestar la previsible influencia socialdemócrata En Moscú trató nuevamente con su alma gemela, Alfred Rosmer, personaje no menos legendario, entre otras muchas cosas, autor de uno de los testimonios más fehacientes de aquellos primeros años: Moscú en tiempos de Lenin (Ed. ERA, México, 1982, tr. de Ana Mª Palos), con Nin y con Joaquín Maurín, que años más tarde escribió que “Víctor Serge era claro y sincero; señalaba los defectos y las virtudes, los errores y los aciertos”.

Con semejantes actitudes y con un entusiasmo a toda prueba, Víctor Serge desarrolló una intensa actividad en la Internacional, de entrada fue el principal animador de La Correspondencia Internacional(Imprecor), revista prestigiosa en su tiempo. Por entonces, Zinoviev le confió misiones importantes en Berlín y en Viena, ciudades que vivían una notable efervescencia revolucionaria. Sacando tiempo del sueño, escribió obras como El año I de la Revolución rusaPetrogrado en peligro (1919), amén de toda clase de ensayos, por ejemplo sobre la revolución china de 1927, una faceta sobre la que se ha hablado poco pero sobre la que existe un hermoso libro publicado en Italia. Su nombre figuraba también entre los artistas y poetas y fue amigo de poetas Esenin y Mayakovsky, así como de escritores como Pasternak y Mandelstan. Años más tarde, su testimonio sería fundamental para mantener la memoria de lo que había sido la literatura rusa de los primeros años más creativos de la revolución.

Serge fue entonces abogado de anarquistas y anarcosindicalistas, muchos de los cuales no le perdonaron su adhesión al bolchevismo, su apreciación de figuras como Lenin y Trotsky, pero su impronta libertaria se hizo notar como militante de la Oposición de izquierdas rusa desde el primer momento. Luego, ya en los años 1927-1930, cuando Stalin comenzaba a deportar a los oposicionistas rusos, pero que no se atrevía aún a perseguir a los revolucionarios extranjeros conocidos, Víctor Serge y Andrés Nin, amigos fraternales desde 1921, constituyeron, con Alejandra Bronstein (primera esposa de Trotsky), uno de los escasos núcleos de resistencia organizada al despotismo burocrático. Sobre estos años, Víctor será, después de Trotsky, el más infatigable e informado opositor. Obras como las de Panait Istrati (Vers l´autre flame) de la que Victor Serge fue coautor aunque eso no consta en la edición, o elRegreso de la URSS, de Gide, por no hablar de la temprana biografía de Stalin que escribió Boris Souvarine, le deben mucho a sus consejos e influencia.

Nuevamente liberado, Serge asumió con una voluntad de hierro y una energía sorprendente una labor excepcional de desmitificación del estalinismo y la defensa de sus compañeros, militantes e intelectuales perseguidos, deportados y asesinados. Poco antes de su deportación, Serge había logrado enviar una carta-testamento a la entonces trotskista, la escritora Madeleine Paz, en la que decía que era “un resistente absoluto en tres principios: defensa del hombre, defensa de la verdad y defensa del pensamiento”. Tanto es así, que en cuanto se produjo el primer proceso de Moscú, Serge creó el “Comité de defensa de la libertad de opinión en la Revolución” y publicó Dieciséis fusilados. El proceso Zinoviev-Kamenev-Smirrnov, el primer análisis serio y preciso sobre el terror estalinista y los procesos de brujería que organizó la GPU y contra los que sólo se levantaron el POUM en España y pequeñas minorías del movimiento obrero y algunos pocos intelectuales de izquierda, sobre todo los surrealistas con los que Serge tuvo una poderosa afinidad a pesar de que su escritura es más deudora de Balzac y de Zola que del fantástico.

Muy poco tiempo después, ese mismo Comité tuvo que promover una fuerte campaña internacional en solidaridad con el POUM, para exigir una investigación sobre el paradero de Andreu Nin. En aquella época, Serge mantuvo una intensa correspondencia y un arduo debate con Trotsky en el que sobresalieron dos puntos: la cuestión del POUM, al que Serge apoyaba sin condiciones, y las condiciones para crear una nueva internacional, proyecto que Serge estimaba como precipitado y estrecho. Víctor Serge prosiguió incansablemente su actividad en defensa de sus camaradas de la URSS y de España. “Fue verdaderamente -escribió Serge años después- la lucha de un puñado de conciencias contra el aplastamiento completo de la verdad, en presencia de crímenes que decapitaban a la URSS y preparaban para pronto la derrota de la República española”.

Al mismo tiempo, Serge siguió trabajando como escritor, traduciendo a Trotsky al francés, suya es la mejor versión que se conoce de La revolución traicionada, obra que, por cierto fue traducida al castellano por Juan Andrade y estaba de publicarse en la Editorial Marxista cuando estallaron las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona y todo lo demás. . También hizo obra propia, títulos como los ya mencionados, y otros como De Lenin a Stalin, Retrato de Stalin, así como Destino de una Revolución,recuperada por Los Libros de la Frontera (Barcelona, mayo 2010) en una edición muy cuidada, con prólogo de Wilebaldo Solano que falleció antes de ver la edición en las librerías …La ocupación alemana le llevó al México de Lázaro Cárdenas donde falleció en 1947 después de una última fase en la que reconsideró algunas de sus concepciones marxistas para adoptar otras de mayor vocación humanista. Es evidente que la experiencia estaliniana le marcó profundamente, sin embargo, en sus novelas no se aportó ni un milímetro de las ideas ni de la gente con las que había combatido. Nunca habría aceptado esa frívola amalgama entre verdugos y víctimas que plumas como la de Susana Sontang (y no digamos otras todavía menos rigurosas), pueden llegar a decir o a casi decir.

Antes escribió junto con Natalia Sedova, un libro fundamental: La vida y la muerte de León Trotsky...Un pequeño dato que desdice algunas de las opiniones aventuradas que Susan Sontag destila en su brillante pero a veces extrañamente mal informado prólogo de esta edición de El caso Tuláyev en traducción de David Huerta, y que recomiendo con el mismo entusiasmo con que lo leí hace añora cerca de cuarenta años, y por lo que he podido comprobar, se trata de un entusiasmo ampliamente compartido. Tanto es así que la editorial Capitán Swing la ha vuelta a publicar…

Literatura y revolución, el libro que ahora edita La Cosecha Anticapitalista, apareció originariamente en 1932 en los Cahiers Blue de la editorial de George Valoios. Algunos de sus capítulos fueron traducidos por Juan Andrade para la revista Comunismo, órgano teórico de la Izquierda Comunista española liderada por Nin y Andrade. Hubo una nueva edición francesa en 1976 en chez François Maspero. En mayo de 1978 la publicó Editorial Fontamara de Barcelona, y casi al mismo tiempo apareció de la Biblioteca Júcar. En traducción de Eduardo Méndez Riestra, que comprendía además un apéndice¿Literatura proletaria?, y un anexo con comentarios del traductor en los que reafirma la autonomía de la escritura en relación a cualquier otro factor, incluyendo la revolución proletaria. Dado que existe otra materiales de Victor Serge sobre estas cuestiones, hemos preferido realizar una edición juntando el citado apéndice y estos materiales.

Hay que entender Literatura y revolución, como una suerte de prolongación de la famosa homónima de León Trotsky, su principal camarada de aquellos años. Aborda casi los mismos problemas y debate con las mismas escuelas, e igualmente, refleja un punto de vista que tanto Trotsky como el propio Serge, modificarían en los años treinta como consecuencia de sus propias reflexiones y del curso que había tomado la URSS bajo el mandato totalitario de Stalin. Obviamente, tanto los temas como muchos de los autores con los que polemiza, quedan actualmente muy lejanos cuando no son pastos del más absoluto olvido. Incluso algunos de los más renombrados del momento como Julien Benda, han quedado apartados de la historia. Pero esto no desmerece el interés de esta obra que aborda, entre otras muchas cosas, el papel de los escritores e intelectuales en el sistema capitalista, los problemas de los trabajadores para acceder a la cultura, etc.

Inmerso en un activismo extraordinario, Serge demuestra que no se ha olvidado de estar al tanto de la marcha de las letras en la URSS y en Francia, ni ha dejado de preocuparse por los problemas teóricos y éticos que plantea este debate.

En su preparación, hemos tratado de corregir las erratas originales y las propias del escaneado, también hemos ordenado las notas a pie de página de una manera que nos ha parecido más clara y asequible.