Comentarios de libros en suplemento “Radar”, de Página/12 (Bernhard, Grüner, Auerbach, Magnus)

Thomas Bernhard

La plaza de los héroes

En 1988, a cincuenta años de la entrada de Hitler en Viena y a punto ya de morir, Thomas Bernhard publicó el drama Heldenplatz, donde el suicidio de un profesor judío convoca los fantasmas del pasado y las asperezas del presente. Un Bernhard de pura cepa en lucha contra los poderes y las instituciones, que ahora vuelve en una oportuna edición en castellano.

 

Por Demian Paredes

Austria, en las décadas de 1920 y 30, fue codiciada y reclamada por el fascismo alemán. Pequeña nación alpina, su geografía y materias primas la hicieron estratégica y económicamente importante, “apetecible”, para las potencias imperialistas en Europa. El historiador Ian Kershaw, en su gran biografía sobre Hitler, consigna que en la primera página de Mi lucha, publicado en 1925, Austria aparece como objetivo: “La Austria alemana debe regresar a la gran patria alemana, y no debido a ninguna consideración económica. Una sola sangre exige un solo Reich”.Tanto la política del nazismo (el interés económico y el antibolchevismo de Göring) como su doctrina e ideología racista llevaron, en 1938 a la “anexión” (Anschluss) de Austria al Tercer Reich. Cincuenta años después, “conmemorando” aquellos hechos históricos (doscientos cincuenta mil austriacos vitoreando a Hitler cuando este llegó a Viena, el 15 de marzo), el escritor Thomas Bernhard entrega lo que será su última obra antes de morir, situada en el mismo presente de 1988: el drama Heldenplatz.

Publicada por la editorial argentina El cuenco de plata (que ha seguido de inmediato con otro libro de Bernhard, En las alturas), Heldenplatz toma y discute los tópicos preferidos-permanentes de Bernhard, sea en su teatro, en su obra narrativa o poética: la aniquilación sin remedio que persigue al ser humano,las catástrofes políticas (el fascismo, las guerras) que hunden a millones en la crisis y corroen, individuo por individuo, su existencia, su espíritu y mente. Las instituciones, de las que es enemigo acérrimo, la Iglesia y el Estado. La gran farsa que es la existencia humana y todo su sistema social-económico-político-cultural-artístico. En definitiva, desarrolla una negatividad pura y dura, completamente desesperanzada, oscura; una crítica feroz, sin compasión alguna, por el individuo y sus anhelos, la sociedad, su ideología, moral e instituciones. En 1977, en una “conversación nocturna” en su propia casa de Ohlsdorf, con Peter Hamm, Bernhard dijo que en su país “todos hablan siempre de gasear”. Hamm le dijo: “¿El cura de su pueblo habla de gasear? Eso es imposible”. A lo que Bernhard replicó: “¿Por qué? En Austria, casi todos, sin pensarlo mucho, hablan siempre de gasear. ‘Ese se le cayó a Hitler de la parrilla’ o ‘Habría que gasearlos’”.

Heldenplatz propone nada más y nada menos que un suicidio –el de un profesor judío que se vio obligado a emigrar por varias décadas, Josef Schuster– para comenzar a desarrollar la obra, en la que distintas generaciones y temperamentos discuten alrededor del muerto, recién enterrado, pero también de los vivos, los motivos o causas que pudieron haber llevado todo a tal desastre. La viuda, por su parte, tiene una enfermedad mental monstruosa: no puede dejar de oír, cuando está en Viena, por la ventana que da a la “Plaza de los Héroes” –la Hendelplatz–, a las muchedumbres vitoreando, exaltadas, al Reich aquel año 38.

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Eduardo Grüner

La imaginación dialéctica

En Iconografías malditas, imágenes desencantadas, que acaba de publicar la editorial de Filosofía y Letras, el sociólogo y ensayista Eduardo Grüner indaga en los síntomas de la cultura entendida como un campo de batalla. Un recorrido por monstruos, metamorfosis e imágenes malditas y desencantadas en un mundo de terror global.

 

El nacimiento de Venus de Botticelli
El nacimiento de Venus de Botticelli 

La editorial de la Facultad de Filosofía y Letras (EUFyL) acaba de publicar Iconografías malditas, imágenes desencantadas, de Eduardo Grüner. Allí, el sociólogo, ensayista y crítico cultural reúne y enlaza diversos trabajos entre artículos publicados e inéditos, conferencias y apuntes, intervenciones en mesas redondas, entre otros, revisados y reescritos, desarrollando diversas temáticas: teóricas y políticas, literarias e históricas, culturales y críticas. Todos con un mismo objetivo: interrogar las imágenes ante sus múltiples (re)presentaciones: pintura, cine, literatura, música.

Para Grüner, la cultura (y en especial cada obra de arte) es un campo de batalla. Una zona donde “se juega el combate por las representaciones del mundo y del sujeto, de la Imagen y de la Palabra”. De ahí la posibilidad (propuesta desde el subtítulo) de desarrollar una “política warburguiana” –a combinarse con la “dialéctica negativa” de Adorno–, a partir de algo que halla en el Atlas Mnemosyne, la colección de más de dos mil imágenes (de muy variado origen y características) que Aby Warburg organizó (“a su manera”) sobre tela negra. En el “entre”, en los hiatos, en lo inesperado del espacio “en blanco” (“en negro”, en este caso) que hay entre las imágenes –contiguas pero no unidas–, Grüner ve la posibilidad de hacer emerger nuevas lecturas y asociaciones, de permitir “el retorno de lo reprimido” y explorar así obras como las de Pasolini, Lanzmann y Antonioni, de John Cage (con la “silenciosa elocuencia” de su obra de cuatro minutos con treinta y tres segundos para piano) y, en la literatura, de Kafka y Beckett.

Tomando El nacimiento de Venus, de Botticelli –tema warburguiano si los hay–, Grüner intenta (ensaya) una “filosofía crítica de la cultura” (también llamada por él “antropología conflictiva de las imágenes”), estableciendo relaciones entre esta obra del Renacimiento y “la modernidad”. Encuentra significativo la indócil cabellera de Venus, azotada por vientos de direcciones contrarias, en una interpretación que señala la “anticipación del arte” de épocas venideras. En el mismo sentido, Goya y “El sueño de la razón produce monstruos” alude, ya desde el propio título, a las contradicciones de la “época moderna”, donde la sociedad, que se pretende apacible y estable, alberga su “otro yo”, inescindible y relegado: libros como Drácula y Frankenstein lo expresarían simbólicamente. Grüner tiene por objetivo mostrar –vía ejemplos “indirectos”, comentando distintas obras, polémicas y teorías–  que “la Modernidad consiste en esa indecisión entre el esplendor de sus sueños y el abismo pavoroso de sus monstruos”. A los monstruos ya mencionados se suma “lo kafkiano”: el bicho de La metamorfosis, y la maquinaria burocrática de El castillo; y también la “desolación” y “descolocación” humana ante el (casi) desértico páramo de Esperando a Godot –con sus absurdas y vanas esperanzas por alguien (o algo) que nunca llega. Más que “artísticas” metáforas, podrían ser –es la “trans-esteticidad” de las obras– elocuentes “síntomas” del mundo actual: una “modernidad” en la que, explica Grüner, “cuando se limpia el concepto de idealizaciones y eufemismos, quiere decir capitalismo. Y también colonialismo, imperialismo, etnocentrismo racista, genocidio organizado, y otras lindezas por el estilo”.

Crítica, discusión, polémica: tras las huellas de la Escuela de Frankfurt (Benjamin, Horkheimer, Marcuse), Grüner retoma y reactualiza los planteos de la “teoría crítica”. Hoy, bajo un régimen del “ocularcentrismo”, plantea que la “implicación mutua entre cultura y capitalismo ha creado una nueva ‘máquina’ de totalitarismo visual/informático/comunicacional”. Y que ello forma parte (activa) de nuestra diaria tragedia (“moderna”): el Terrorismo –incluyendo el que ejercen los Estados– y un nuevo fascismo. (Soportamos un “régimen de Terror” global; asistimos a un momento de “guerra civil mundial”.) Recordando una pregunta básica de Lévi-Strauss, se trata del futuro y posibilidades de la especie humana en el planeta o, como hubiera dicho un revolucionario ruso, es la catástrofe que nos amenaza y que hay que combatir.

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Erich Auerbach

Hacer historia

Por primera vez se reúnen en un volumen, ahora traducido al castellano, los textos que Erich Auerbach concibió en Turquía, al mismo tiempo y bajo circunstancias similares a la escritura de Mímesis. La cultura como política ofrece conferencias, clases y artículos que el gran romanista dedicó a temas de la guerra y la literatura y el surgimiento de las lenguas nacionales, y a autores como Dante, Maquiavelo, Voltaire y Benedetto Croce.

 

Turquía, durante la década de 1930, recibió a dos exiliados famosos: a León Trotsky, llegado de la URSS en 1929 (comenzando un largo periplo que lo llevaría de la isla Prinkipo a Francia, en 1933, como lo cuenta Jean van Heijenoort, un secretario del revolucionario ruso, en su libro de memorias De Prinkipo a Coyoacán), y a Erich Auerbach, expulsado de su país por el nazismo. En una Europa convulsionada, camino a una segunda guerra, mientras unos partían –para seguir viaje– otros llegaban: el romanista y filólogo arribó en 1935, afincándose en Estambul. Allí concibió su libro más famoso, Mímesis. Verdadero prodigio (su autor lo produjo en precarias condiciones: sin biblioteca propia, sin acceso a revistas académicas ni a ediciones actualizadas de “los clásicos”), Mímesis es un asombroso despliegue de erudición y agudeza. Como “lado B” de lo que es ese recorrido por grandes obras y autores de las principales “épocas literarias” de la humanidad (occidental y cristiana), existe una serie de trabajos más breves, paralelos, del “período turco” de Auerbach (discursos y conferencias, artículos y ensayos), que se encontraban dispersos. Reunidos por primera vez bajo el título La cultura como política: Escritos del exilio sobre la historia y el futuro de Europa 1938-1947, aparecieron en alemán hace unos años; y ahora El cuenco de plata lo traduce y publica en castellano.

Agrupados en dos grandes secciones, una desarrolla magistrales discusiones de índole histórica y sociológica en su relación con el lenguaje y la literatura (como el notable “Literatura y guerra”); la otra, consiste en el tratamiento de varios autores y de sus obras –Maquiavelo y Rousseau, Voltaire y Croce–, en distintos momentos, desde los comienzos hasta el presente de la actual “modernidad”. La cultura como política contiene indagaciones de procesos históricos (el tránsito del feudalismo al mundo burgués; la presente crisis de la guerra y la posguerra), buscando indagar la relación entre lengua y nación (y nacionalismo), y la significación que posee la literatura, más que como documento o mera “expresión” individual, como elemento actuante (en lo ideológico, político, social) en determinada situación.

El mismo Auerbach realizó estos estudios “en situación”: exiliado, pero como integrante de una institución académica. De ahí que pueda inferirse cierta polémica (o puntos de vista opuestos o alternativos) ante algunas de las medidas “modernizadoras” y tibiamente “laicizantes” del líder Mustafa Kemal Atatürk, respecto a la “lengua oficial”. O el mismo balance que hace, en tono “de funcionario”, de actividades académicas: “nuestro objetivo no es formar eruditos –como se nos reprocha de vez en cuando– ni enseñarles francés antiguo a los estudiantes. Todo lo que pretendemos es que se desarrollen conforme a las necesidades de la época”; “en el ámbito de la lengua y la literatura, ese desarrollo sólo es posible con conocimientos históricos. De lo contrario, en nuestro intento de formar expertos en lengua y literatura no habremos preparado más que un grupo de diletantes”. Pareciera que Auerbach buscara acompañar dicho proceso “modernizador” del país, ¿tal vez a modo de “contribución humanista”? En “El surgimiento de las lenguas nacionales” dice: “La tarea de los reformadores es, por un lado, darle alas al sentimiento nacional para acelerar el desarrollo de la lengua nacional, y por otro, conferir una dirección y una forma correcta a las reformas”. De ahí la importancia que da al “punto de vista histórico” en/para la “formación” de un país, principalmente ejemplificando (o aleccionando) alrededor de la biografía de “personajes célebres” de la política y la cultura, como Dante o Montaigne. A Walter Benjamin –colega y amigo, como se sabe por las pocas piezas de correspondencia rescatadas hasta el momento–, otro exiliado, le escribió en diciembre de 1936: “aquí han lanzado toda la tradición por la borda, dado que quieren edificar un tipo de Estado europeo –nacionalista turco extremo– racionalizado hasta en el más mínimo detalle. Se avanza de manera increíble e inquietantemente rápida”. A lo que agrega: “La ‘romanología’ es prácticamente un lujo y soy, entre los europeos recién contratados, el único verdadero especialista en ciencias humanas”.

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Ariel Magnus

Novela de ajedrez

En El que mueve las piezas, Ariel Magnus cruza con originalidad y destreza la pasión por el ajedrez, la guerra y la genealogía familiar en la figura de su abuelo, que llegó a la Argentina huyendo del nazismo y escribió un diario que llegará intacto al presente.

 

Por Demian Paredes

Ariel Magnus –que en su nueva novela tiene al ajedrez como un motivo central– no se mantiene fijo en ninguna casilla del tablero literario: sus libros pueden ocupar tanto una referida a las letras de las canciones de los Redonditos de Ricota como otra donde se compila determinado tema (la misantropía o el humor). Otros libros pueden ocupar la casilla “concentrados de lenguajes específicos”, como en La 31, una novela precaria y en A Luján, una novela peregrina (donde absorbe y recrea pero no mimetiza –sino más bien parodia, juega con– determinados “tipos” orales), o contar en La abuela la historia de esa mujer llegada a la Argentina, a fines de la década de 1930, sobreviviente de Auschwitz. O, también, desarrollar en clave “realismo delirante” hechos conocidos (el “caso Fosforito”, en Un chino en bicicleta), o contener una “biografía literaria” del cordobés Juan Filloy. En El que mueve las piezas, subtitulada “novela bélica”, Magnus, bajo la historia real, la que efectivamente sucedió y fue (la Segunda Guerra y los exilios de europeos hacia América; su abuelo Heinz Magnus huyendo del fascismo y posteriormente dejando un diario personal que se salteará una generación hasta llegar al nieto que no conoció) articula otras tantas historias, cada cual con su propio estatuto de realidad: las que están en Novela de ajedrez, de Stefan Zweig, en Borges (con sus paradojales juegos de infinitas “relaciones” y asociaciones entre azares y dioses que mueven las piezas de los tableros), en libros de Sonja Graf, en Cortázar, y así siguiendo. Magnus recompone la atmósfera de una Buenos Aires lejana en lo geográfico pero igualmente ligada y expectante ante la inminente guerra (siendo al mismo tiempo escenario en el que se juega otra guerra, otros combates: los de las partidas del Torneo de Ajedrez de las Naciones); entrelazando intrigas diplomáticas (políticas) con la cultura de la época y las “vivencias familiares”, vía la traducción del alemán de numerosos pasajes del diario de Heinz.

Si, como suele decirse, en la novela –como género– entra todo (o de todo), Magnus hace lo propio: acopio de materiales (los cuadernos del abuelo y otros papeles encontrados), y construye su libro desde diversas fuentes, estableciendo relaciones y asociando; leyendo, traduciendo e imaginando: aparecen y desfilan “personajes” (y sus escritos e ideas) como Ezequiel Martínez Estrada, Witold Gombrowicz –quien llegaría, también por barco como el abuelo Heinz a la Argentina, algunos años después–, Macedonio Fernández, Miguel de Unamuno, Martin Buber. Artículos de los diarios de la época, Roberto Arlt, un Renzi (aunque no el de Piglia), un periodista, Yanofsky, de Crítica, el Mirko Czentovic de la novela de Zweig… todos ellos de algún modo interactúan y conviven con los recién llegados polacos, alemanes, austriacos, judíos, con anarquistas locales. Como se ha señalado muchas veces, es la verdad de la ficción, y la ficción de la verdad, ambas dimensiones tan necesarias para el artista y su obra: tal como advierte Magnus al comienzo de su libro, este consiste en ser una ficción “de punta a punta”, aunque se base en “personajes reales”. Magnus recorre, hila su historia, pero se permite disquisiciones, proyecciones temporales (el café Rex, cercano a la zona del Teatro Politeama donde se realiza la competencia ajedrecística, donde ocurrirá a posteriori la traducción del Ferdydurke de Gombrowicz), y –en más de un caso– sorprendentes conexiones entre las informaciones y personajes con los que trabaja.

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Feria del libro: presentación el 8/5 de las Obras Escogidas de León Trotsky

* Más información sobre este libro que se presenta en la página de Ediciones IPS, y en la del CEIP “León Trotsky”

 

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Trotsky y la literatura


Por Demian Paredes

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Hablar de Trotsky y la literatura (y, también, de Trotsky en la literatura) es, se podría decir, un tema clásico, conocido, visitado… y –como hacemos acá– revisitado.

Se puede comenzar por él mismo: como se sabe, Trotsky fue un atento lector; un gran lector –además de escritor–, tanto de escritores clásicos rusos (como Tolstoi y Gogol) como de contemporáneos (Esenin, Maiakovsky, Céline, Malraux, Jack London, los surrealistas). Sobre ellos escribió –antes, durante y después de la Revolución Rusa de 1917–, y, con muchos, tuvo además encuentros y relaciones políticas. Y a esto debemos sumar sus conocidos trabajos como Literatura y revolución, y los agrupados bajo el título de Problemas de la vida cotidiana, donde se ve (se lee) a las claras su atención para con los temas del arte y la cultura –a los que además se podría sumar el por entonces novísmo psicoanálisis–. De conjunto tenemos entonces a un revolucionario marxista que, lejos de la manipulación del arte y sus expresiones –como hizo la burocracia stalinismo con el tristemente célebre “realismo socialista”– tuvo una amplia mirada (y diversas propuestas políticas) sobre éstos, e incluso fue el autor, junto a André Breton, en México, en 1938, del “Manifiesto por un arte revolucionario independiente” (un conocido texto del que ha dado cuenta recientemente un artículo en la revista mensual Ideas de Izquierda). Tan es así que hasta el día de hoy, muchas décadas luego, muchísimos escritos siguen dando cuenta de la potencia, de la vigencia, de muchos planteos de Trotsky en estos terrenos, y por supuesto también de su vida revolucionaria y lucha consecuente contra la degeneración del Estado obrero ruso.

 

“El arte verdadero, es decir, el que no contenta con variaciones sobre modelos ya hechos, sino que se esfuerza por dar una expresión a las necesidades interiores del hombre y de la humanidad de hoy, no puede no ser revolucionario, es decir, no aspirar a una reconstrucción completa y radical de la sociedad, aunque solo fuese para liberar a la creación intelectual de las cadenas que la atan y permitir a toda la humanidad elevarse a alturas que solo unos cuantos genios aislados han alcanzado en el pasado.”

(Fragmento del “Manifiesto…” de Trotsky y Breton.)

 

Pienso ahora rápidamente en una posible “lista” de importantes escritores y escritoras que tomaron “la historia y vida de Trotsky”; como también de quienes lo abordaron desde diversos ángulos específicos las últimas décadas:

Tenemos por ejemplo La segunda muerte de Ramón Mercader, una novela “policial” (o “trhiller político” se se prefiere) del escritor español ya fallecido Jorge Semprún (quien además, años después, en Federico Sánchez se despide de ustedes –una de sus novelas autogiográficas– rememora las visitas al museo-casa de Trotsky en México, con sus aires de “templo revolucionario”…). Semprún, que fue –además de guionista del conocido director de cine Costa-Gavras– del PC, y luego del PS (es decir, se fue cada vez más hacia la derecha), mantiene sin embargo un respeto enorme por la figura de Trotsky.

Otras obras de escritoras y escritores son:

Tres tristes tigres, novela del gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, donde hay toda una “sección” del libro dedicada a parafrasear a varios escritores, “parodiando” su estilo, y dando cuenta del asesinato de Trotsky;

En estado de memoria, narraciones de Tununa Mercado, donde también se menciona al museo-casa de México como un sitio al que toda persona de izquierda, todo humanista y/o socialista no puede dejar de ir;

Los dos cuentos del jujeño Héctor Tizón publicados en No es posible callar, sobre el sicario stalinista Ramón Mercader;

El relato de Silvia Molloy –también sobre el museo-casa– en Varia imaginación;

La novela de Martín Kohan Museo de la revolución;

Varias novelas de Andrés Rivera, como Nada que perder y El verdugo en el umbral;

Laguna, de la norteamericana Barbara Kingsolver;

El profeta mudo, una novela inédita, que salió el año pasado por una editorial española, del escritor centroeuropeo Joseph Roth;

Y a todo esto hay que sumar la famosa El hombre que amaba a los perros, del cubano Leonardo Pardura.

Junto a esto, no podemos dejar de mencionar tampoco los textos que produjeron el ensayista y sociólogo Eduardo Grüner (“Trotsky, un hombre de estilo”), y el escritor Noé Jitrik –quien nos ha dado unos 5 o 6 textos los últimos años, en muchos casos tomando como referencia o disparador publicaciones del CEIP “León Trotsky” y Ediciones IPS: Mi vida, la biografía de Lenin, y El caso León Trotsky, entre otros–.

 

Para ir finalizando esta lista –que, por supuesto, no es exhaustiva–, podemos sumar un texto más, un capítulo sobre la “cuestión judía” en la autobiografía del escritor, ensayista y crítico George Steiner –llamada Errata–, quien, contra “la barbarie, la estupidez y la ignorancia” propone recordar un fragmento de “un tal Liev Davidovich Bronstein (también conocido como Trotsky). Un texto escrito en el fragor de batallas” “encarnizadas”:

 

“El hombre asumirá como propia la meta de dominar sus emociones y elevar sus instintos a las alturas de la conciencia, de tornarlos transparentes, de extender los hilos de su voluntad hasta los resquicios más ocultos, accediendo de este modo a un nuevo plano […]

El hombre será inconmensurablemente más fuerte, más sabio y más sutil; su cuerpo se tornará más armónico, sus movimientos, más rítmicos, su voz más, melodiosa. Los modos de vida serán más intensos y dramáticos. El ser humano medio alcanzará la categoría de un Aristóteles, un Goethe, un Marx. Y sobre este risco se alzarán nuevas cimas.”

 

Este es el final del libro Literatura y revolución, donde Trotsky proyecta, imagina, cómo será la vida del ser humano, una vez acabado el capitalismo –una vez terminado el régimen de explotación asalariada–, en la sociedad comunista. Un “sueño” de una gran potencia, que ha sido destacado una y otra vez por su belleza y su fuerza imaginativa.

Y cierra Steiner ese capítulo diciendo: “Absurdo. ¿Verdad? Pero un absurdo por el que vivir y morir”.

*   *   *

 

* Este texto es la base de una columna realizada para el programa radial “Pateando el Tablero”, que puede escucharse en el siguiente link: http://pateandoeltablero.com.ar/2013/08/24/la-columna-de-arte-y-cultura-trotsky-en-la-literatura/


Videos: presentación de las ‘Obras selectas’ de Lenin en la Feria del libro

Presentación en la Feria del Libro de las “Obras selectas de Lenin”, con Christian Castillo, Eduardo Grüner y Cecilia Feijoo. Realizada el Viernes 26 de abril, 20.30 hs. Sala José Hernández, Pabellón Rojo, Feria del Libro

* Videos de Tv PTS

 

* Ver acá fotos de la presentación.

** Ver acá reportaje a los compiladores de la obra.

*** Ver acá presentación e índices de los dos tomos.


Fotos: presentación de las ‘Obras selectas’ de Lenin en la Feria del libro

La importancia de la reedición de la obra de Lenin

Con la Sala José Hernández del Pabellón Rojo de la Feria del Libro llena, se presentó la reedición de la obra de Lenin. Una presentación a cargo de Eduardo Grüner, Christian Castillo y Cecilia Fijoo, la compiladora. Esto se realizó el viernes 26 de abril de 2013 a las 20.30hs.

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Fotos: Romina Vermelha
Contacto: tvptsfotos@yahoo.com.ar

* Link a todas las fotos: https://www.facebook.com/media/set/?set=a.496674013715414.1073741900.447915911924558&type=3


Otro crimen social más y van… (Eduardo Grüner)

1.

Otra vez. No terminamos de procesar lo de Once, y siguen los muertos. A esta altura ya es una perogrullada decir que –si bien todos los muertos son indignantes porque son todos igualmente víctimas de la perversión del sistema- son siempre los trabajadores, los pobres, los sectores marginados y excluidos los que sufren las peores consecuencias: no solo porque son más vulnerables y están más desprotegidos por las deficiencias edilicias, la escasez de infraestructura o la precariedad (cuando no directa inexistencia) de sus servicios asistenciales; también por su carencia de recursos simbólicos, de acceso a la opinión pública, de organización social, en fin, por el hundimiento en aquello que clásicamente Oscar Lewis llamaba cultura de la pobreza . Una “cultura” que se ha terminado transformando en una verdadera “segunda naturaleza”, que les impide hacer frente adecuadamente a la “primera”, cuando esta se derrumba sobre sus cabezas, y que ninguna AUH alcanzará, y cada vez menos, a paliar. Es una consecuencia perfectamente lógica del capitalismo, desde ya: el capitalismo no es únicamente un modo de producción extractor de plusvalía, sino –como efecto multiplicado de su “base económica”- un sistema sociometabólico (como lo llama Istvan Meszarós) que afecta a la totalidad de la vidade todos los que vivimos atrapados en sus mallas, pero de manera especialmente dramática a los “humillados y ofendidos” por necesidad del sistema: desde el deterioro de las condiciones de vivienda hasta la caóticamente desigual distribución del espacio urbano, desde la peligrosidad de las redes de transporte a la sobrecontaminación del aire o la superpolución sonora, y por supuesto la insuficiencia de elementales defensas eficaces contra las inundaciones y otras catástrofes “climáticas”, los efectos de un sistema en el cual –como decía el Marx de los Grundrisse – “el hombre es apenas un medio , y el fin es la reproducción de la ganancia”, se hacen sentir de manera trágica sobre aquellos hombres y mujeres que son más medios que otros. Si hay capitalismo, no hay “catástrofes naturales”: los desastres meteorológicos también son una materia prima y un escenario de la lucha de clases. Siempre hay que estar repitiendo estas generalidades, porque siempre corren el riesgo de quedar desplazadas de la vista por las disquisiciones ad infinitum o las discusiones bizantinas (con todo el debido respeto a la exquisita cultura bizantina) a propósito de quien / es detenta / n las responsabilidades particulares e inmediatas. Pero, atención: al mismo tiempo hay que saber que, en sí mismas, son generalidades que corren su propio riesgo, inverso al anterior: el de transformarse en abstracciones verdaderas, sí, pero que terminen diluyendo en la generalización las responsabilidades particulares e inmediatas, que efectivamente existen. Las sociedades capitalistas no son todas iguales: Amsterdam, por caso, es una ciudad virtualmente construida sobre el agua, y donde llueve mucho; nunca se ha sabido que un día de precipitaciones pluviales excesivas causara medio centenar de muertos. Aquí no se trata de postular las ventajas de un mundo “primero” sobre otro “tercero”, mucho menos de afirmar que hay capitalismos “mejores” que otros –después de todo, un país de imperfectísimo “socialismo” y de desarrollo económico y tecnológico incomparablemente menor no digamos ya a Holanda, sino a la Argentina, como Cuba, ha podido capear con menos pérdidas humanas temporales y huracanes mucho peores que las lluvias de Buenos Aires o La Plata: simplemente, les importa un poco más eso que se llama “la gente”-. Pero sí se trata de decir que, si todo capitalismo es por definición “salvaje”, en el nuestro el salvajismo descontrolado de las complicidades entre las clases dominantes, el Estado y los cómicamente denominados “representantes” del pueblo y de la clase política transforma a esa entente (lo supimos siempre, lo supimos de nuevo hace poquito por Once, lo seguimos sabiendo hoy mismo) en una horda “objetivamente” –y a veces muy subjetivamente- embarcada en la siniestra serialidad de los “crímenes sociales”.

2.

Hubiera sido patético, ridículo y hasta risible –si no fuera por la abyecta obscenidad que implica en medio de otra de esas “tragedias inevitables”- ver en los medios a funcionarios del gobierno nacional, de los provinciales y / o municipales, etcétera, invocando a una climatología “imprevisible” y simultáneamente pateándose entre ellos las responsabilidades, deméritos, ineficacias o inoperancias (¿en qué quedamos?: o es igualmente imprevisible para todos, o si hubo inoperancia es que se podía prever). Desde luego que nadie pretende –sería absurdo- que admitan en voz alta que la culpa es de ese capitalismo pluscuamsalvaje que ellos encarnan a plena conciencia y satisfecha corrupción, y con el cual todos -hay grados, como siempre, pero sin diferencias de “naturaleza”, valga la expresión- se han complicado a imagen y semejanza de sus padres y abuelos (porque se trata de una auténtica tradición nacional). Ni nadie pretende –sería impensable- que confiesen públicamente que los impuestos que pagan los ciudadanos, o los dólares con los que practican una retención obsesiva-anal, lejos de invertirse en las obras de infraestructura que pudieran protegerlos mejor contra los “imprevistos”, se usen para seguir pagando (con intereses, como Dios manda) a los fondos buitres (¿se ve la extrema finura de la perversión? al igual que al obrero, no contentos con extraerle plusvalía, se le hace pagar IVA para comprar la mercancía que él mismo elaboró, al pobre tipo que le aumentaron 500 por ciento el ABL lo ahogan , literalmente, porque su dinero fue a parar a las arcas imperialistas que, mediante las correspondientes “correas de transmisión” locales, van a seguir explotando a sus parientes, a su clase, a su pueblo, a su nación). Nadie pretende –sería inconcebible- que reconozcan que la propia lógica, ella sí “inevitable”, de los ultrasalvajes negocios inmobiliarios y la especulación con las tierras urbanas de las que son socios por acción u omisión impiden -no es solo un tema de “voluntad política”- una planificación racional de las estructuras urbanas que solo sería presuntamente posible bajo el control estricto y autónomo de los ciudadanos, los usuarios y los sectores populares más “afectables”. Nadie pretende –sería ingenuo- que expliciten las conexiones (no tan) “secretas” entre este desastre “ecológico” y la “ecología” económica y política que dirige a la megaminería y el genocidio de los Qom. Nadie pretende –sería inimaginable- que se autocritiquen de estar transformando una gran tragedia nacional causada por ellos mismos (continúan las finuras perversas) en un repugnantemente mezquino tironeo para ver quién consigue mejor posición negociadora en la Sociedad de Irresponsabilidad Ilimitada que continuará sin cambios sustanciales después de las elecciones de octubre. Nadie pretende nada de eso. Y sin embargo, nada de eso se puede dejar de decir. No se puede dejar de decir que, si no bastaban los hechos sociales para dejar en claro los límites infranqueables de los múltiples “relatos” con que nos atosigan, ahora llegó la mismísima naturaleza para anegar con su furia las imposturas –queridas o no, tanto da- de unos y otros socios de la gran estafa. Con los “derechos humanos” atragantados de las aguas servidas y las miasmas de nuestras polis, ¿dirán ahora que la Naturaleza misma está entrando en Plaza de Mayo “vestida de rojo”? ¿Estarán pensando en aplicarle la Ley Antiterrorista?

3.

Ahora bien: si se me permite parodiar afectuosamente una probadamente eficaz campaña publicitaria, ¿quiénpodrá decir todo esto? Para volver al principio de esta nota: ¿quién  podrá reconectar aquellas “generalidades abstractas” con estas “particularidades concretas”, enunciando con rigor y consecuencia las articulaciones entre ambas que hagan reconocibles e irrefutables los límites “narrativos” –y desde luego fácticos- de la fina perversión que nos rodea? Respuesta obvia: Nosotros, la Izquierda. Y absolutamente nadie más. Ya sé que en estos mismos momentos se está haciendo, que partidos, organizaciones, agrupamientos están produciendo sus declaraciones y documentos en esta dirección, “más allá de sus diferencias”. Pero justamente, ante una circunstancia como la presente –así como sucedió ante Once o ante Mariano Ferreyra-, se debería estar más acá de las diferencias. Se requiere una movilización conjunta de todas las energías de la izquierda –al menos la agrupada en el FIT, si no fuera posible por ahora más amplitud- que “saque a la calle”, por así decir, esta discusión por todos los medios posibles (desde los propiamente “mediáticos” a los actos públicos, desde los manifiestos unitarios a las asambleas en fábricas, barrios, universidades, etcétera) para mostrar que, en efecto, solamente la izquierda está en condiciones de denunciar con argumentos sólidostodo lo que este nuevo episodio condensa en materia de responsabilidades tanto “coyunturales” como “estructurales”, y todo lo que significa como nueva insistencia de una materialidad siniestra que ya ningún “relato” alcanza para desviar de la vista. ¿Sería esto, además de muchas otras cosas, también una “campaña política” con vistas a octubre? Claro que sí. Solo que con la radical diferencia de que permitiría dejar nítidamente establecido que esta campaña no es por una mayor porción de la torta asesina, sino para demostrar que la única manera de que la “torta” no siga matando es cambiando de cuajo los ingredientes y, sobre todo, la receta. Que de no ser así, seguirán ocurriendo “tragedias inevitables”. Y que eso, ni un milagro del Papa nacional y popular podrá evitarlo.

***

* Artículo tomado del blog de debate del IPS “Karl Marx”.


Eduardo Grüner: su “balance” de 2012

Leemos en el sitio de la Agencia Paco Urondo un texto de Eduardo Grüner, sociólogo, ensayista, e integrante de la Asamblea de intelectuales, artistas y docentes en apoyo al Frente de Izquierda (FIT), a modo de respuesta a partir de una serie de preguntas que le hicieron:

1 – ¿Cuál cree que fue el tema político del año?
2 – ¿Cuál es su visión sobre la ruptura del kirchnerismo con un sector del sindicalismo (Moyano)? ¿Qué cree que expresa la división del sindicalismo en cuatro centrales (2 CGT y 2 CTA)?
3 – ¿Cómo analiza las movilizaciones opositoras (13S, 8N)? ¿Y el acto en Plaza de Mayo del 9D?
4 – ¿Qué evaluación hace de lo que es la disputa en torno a la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual?
5 – ¿Cuáles cree que siguen siendo los temas pendientes en el país?
6 – ¿Qué expectativas tiene para lo que será el escenario político en 2013?

“Decido responder (casi) todo más o menos junto, puesto que evidentemente las preguntas están combinadas, si bien “desigualmente”:

Me parece bien interesante, para empezar –, y me permito hablar respetuosamente de un lapsus – que bajo la rúbrica “movilizaciones opositoras” se pregunte por el 13S y por el 8N, pero no por el 20N. También lo es, en verdad, que se diga “la ruptura del gobierno con Moyano”, y no al revés (¿o alguien cree que un gobierno peronista no hubiera querido seguir teniendo a Moyano de su lado?). “Síntoma”, en efecto, y tal vez “denegatorio”: sencillamente, no se puede creer que una movilización de una parte de la clase obrera y los sectores populares (con los dirigentes que tienen, claro: no perdamos tiempo en aclarar lo que todos sabemos) haya mostrado su oposición a ciertas políticas económicas del gobierno. Este es, desde mi perspectiva, el “tema político del año”: justamente aquel por el cual no se preguntó. ¿Por qué? Pues porque, signifique lo que signifique desde el punto de vista ideológico-político –eso lo veremos-, es un quiebre visible de la supuesta unanimidad de esos sectores sociales en su apoyo al gobierno. Los dirigentes, todos los dirigentes, decíamos, son lo que son. Pero los reclamos eran más que justos. Por sólo mencionar uno, que después de nueve años siga existiendo el mal llamado “impuesto a las ganancias” mientras sigue no existiendo un impuesto a la renta financiera y una profunda reforma impositiva, debería ser una señal clara de cuál es esa política económica. Y voten lo que voten esos sectores el año que viene (tampoco hay tanto para elegir) han empezado a comprender que cuando los reclamos son justos no pueden ser “psicopateados” con el argumento de que se les da pasto a las fieras clarinescas, o cualquier otra falacia por el estilo, que llevada al límite implicaría que no se puede protestar ni siquiera cuando es justo, porque eso beneficia a los “enemigos” del gobierno. Que es, en definitiva, lo que dicen todos los gobiernos –con lo cual hay que concluir que hoy , este es un gobierno más , como cualquiera, aunque no igual a cualquiera, porque los gobiernos son todos distintos-. Esto último es importantísimo, me permito abundar sobre ello en lo que sigue.

En otras ocasiones hemos insistido –no solo nosotros, evidentemente- en que el elenco K, a partir de 2003, fue el que más inteligentemente percibió que –después de las críticas jornadas de diciembre de 2001 y los procesos del 2002- el sistema político argentino requería urgentemente de una normalización para que el sistema económico (capitalista, se sobreentiende) pudiera volver a funcionar. Desde ya –esa fue la mayor inteligencia de los K- eso no se podía lograr haciendo como si nada hubiera pasado. Como si Néstor Kirchner, ganador de las elecciones del 2003 en las más extremas condiciones de debilidad política, no hubiera asumido aún llevando en sus oídos la “maravillosa música” del Que se vayan todos. Hubo que hacer concesiones (a los Derechos Humanos, a ciertos sentimientos antiimperialistas de la sociedad, al enojo con las privatizaciones menemistas, a las necesidades de los sectores más desprotegidos, etcétera) que aceitaran lo más posible las tuberías de la normalización sin que la lógica básica de la recomposición burguesa se viera dramáticamente afectada. No nos metemos aquí con la cuestión de hasta qué punto esas medidas provinieron de convicciones sinceras o fueron puramente instrumentales: es muy probable que haya habido una mezcla desigual de ambas cosas, pero no podemos saberlo ni importa mucho. El hecho es que estuvieron nítidamente inscriptas en el proyecto global de normalización burguesa. Que incluye, desde luego, al 40 % -entre desocupados estructurales y trabajadores “en negro”-, que no son ninguna “anomalía”, sino la muy necesaria exclusión incluida que disciplina a los trabajadores “blancos”.

Y bien, esta normalización ha quedado hoy plenamente completada (lo que no significa decir que vivamos en un país “normal”, sea lo que sea eso) incluso en el discurso oficial, y ello gracias al “20-N”. Hasta hace un tiempo todavía alguien podía atreverse a emprender sutiles debates semióticos, retóricos, hermenéuticos o estilísticos a propósito de cuánta distancia y / o contradicción podía haber (o no) entre el “relato” K y los hechos reales (ciertamente, “hechos” como la ley antiterrorista o la de las ART deberían haber terminado de liquidar tales debates: pero la ideología, se sabe, suele tener tiempos más lentos que los hechos). Ya no. La semiótica, la retórica y el estilo de todos los funcionarios K, de la presidente para abajo, a propósito de sus críticas al “parazo” del 20N, fue unánime y monocorde: provocación, extorsión, patoterismo, cortes y piquetes que impidieron ir a trabajar a los que lo deseaban (la inmensa mayoría, se supone, o al menos el 54 %), la injusticia de hacerle semejante bolonqui al gobierno “nac & pop”, la perversidad de “hacerle el caldo gordo a Clarín”, su carácter “claramente político” –chocolate por la noticia- y via dicendo.

Y la frutilla “filosófico-política” del postre: la respuesta la daremos en las urnas, como buenos republicanos para quienes la política –esa que, ya sabemos, “retornó” en el 2003 sin que sepamos adónde se había ido- se hace una vez cada dos o cuatro años, durante los minutos que lleve poner una papeleta en la cajita de cartón (en el cuartito oscuro, “solo con su conciencia”, como quien se confiesa). En suma: exactamente lo mismo que vienen diciendo (desde 1890, por decir algo) todos los gobiernos burgueses, sin distinción –en este rubro, entendámonos- entre conservadores, liberales, radicales, militares –salvo por las urnas, claro-, centroizquierdistas, centroderechistas, nacionalpopulistas, neo-libe-conserva-pops o lo que diantres fuere, para desacreditar la poca elegancia de las manifestaciones de protesta auténticamente populares. La mayor “sutileza” que algunos se permitieron (o pudieron pergeñar) fue que las “multitudes” del 20-N eran una “bolsa de gatos” inimaginable donde convivían la izquierda revolucionaria con Buzzi, Barrionuevo y el Momo Venegas (contrachicana obvia: si nos atenemos al relato oficial, ¿la convivencia en los aparatos del Estado, no en la unidad de acción en la calle, de Cristina e Insfrán, de Kiciloff y Caló, de Abal Medina y Gerardo Martínez, y así, hay que suponer que es el colmo de coherencia y homogeneidad político-ideológica? Es muy gracioso que desde el kirchnerismo se suela fustigar a la izquierda por su “purismo utópico”, pero si la izquierda, atemperando ese “purismo”, se une en la acción -no orgánicamente, por supuesto, como hace el gobierno- con otros, entonces es “oportunista” y “se ensucia las manos” ).

Un argumento “desacreditador” contra la izquierda fue, hay que reconocerlo, bien interesante como síntoma de toda una lógica de razonamiento: ¿cómo es posible que, por ejemplo, los partidos revolucionarios se hayan dejado “dirigir” por la Sociedad Rural? ¡”Dirigir”! Un psicoanalista ahí, por favor: es otro estupendo lapsus , revelador de una incapacidad congénitamente burguesa para siquiera imaginar que la clase obrera en su conjunto –no digamos ya la petite izquierda exenta de grandes aparatajes- pueda organizar, conducir, planificar y garantizar paros y piquetes (el tema “piquetes” merecería todo un ensayo irónico: una metodología de autodefensa que la clase obrera utiliza por lo menos desde las revoluciones de 1848 o la Comuna de Paris de 1870 resulta que ahora es –se escuchó así, aunque cueste no creer en una alucinación auditiva- algo “inédito / novedoso / impensable / inaudito”). Para los sedicentes ex montoneros, combativos “peronistas de izquierda”, cultores de “la columna vertebral del movimiento”, adoradores fetichistas de la “masa sudorosa”, un paro nacional obrero y popular sólo podía ser dirigido por la Sociedad Rural, o por Buzzi, o en todo caso por Clarín, y en el mejor de los casos por Moyano y la CTA-Micheli (a quienes, al revés, el gobierno debería agradecerles que el paro no fuera aún más importante, ya que se desvivieron por mantenerlo dentro de una “razonabilidad” que no cerrara todas las vías de negociación). Los oportunistas no son la SR, Buzzi y Clarín, que se “prenden” con el objetivo espúreo de llevar agua al molino de sus tironeos intra-burgueses con el gobierno, sino ¡la izquierda!. ¿Identificación especular invertida, dijo alguien? ¿Hacía falta algo más para certificar sin vuelta atrás la plena solidez de la “normalización burguesa”, al punto de que ya ni siquiera se escamotea en los pliegues discursivos? Say no more.

Por supuesto, es una normalización fallida. Mucho se habló, en su momento, del famoso discurso de Harvard, en el que la presidente argumentó que si fuera cierto que la inflación argentina es superior al 25 %, el país estallaría. Y bien: ahí está. No es, claro, que el país haya exactamente estallado: no hay situación prerrevolucionaria, ni volvió diciembre de 2001 (aunque en cierto sentido se abre potencialmente una situación mejor a la de entonces: ya diremos algo más al respecto). Pero el gobierno, y las fracciones burguesas que él representa, están en serios problemas. Si el 8-N, por su carácter claramente “gorila” y propatronal, con una base social y unas consignas y demandas –muchas de ellas autocontradictorias- que mayoritariamente correspondían a mezquindades materiales y simbólicas propias de cierta pequeña burguesía “antipolítica” (y es por todo eso que la izquierda no tenía que hacerse presente allí), si el 8-N, decíamos, pudo todavía, con grandes esfuerzos comunicacionales, presentarse como poco más que un picnic (gigantesco, eso sí) de “señoras gordas”, el 20-N es otro cantar. No importa cuál fuera –que la hubo, y es un tema que da para discutir mucho- la utilización que una parte de la burocracia sindical y de la centroizquierda hiciera para sus propios intereses particulares dentro de la política sistémica, la gran protagonista de esa jornada fue la clase obrera , levantando reivindicaciones no sólo legítimas en sí mismas sino que tienden a poner en cuestión la lógica y la orientación del “modelo” (y es por eso que la izquierda sí tenía que hacerse presente allí, asumiendo todos los riesgos de que las operaciones político-mediáticas, especialmente las oficialistas, la presentaran como subordinada a los “sellos” burocrático-políticos –, operaciones, por otra parte, a las que la izquierda ya debería estar acostumbrada-).

Más allá de esas dimensiones materiales, hubo un potencialmente poderoso efecto simbólico: es la primera vez en nueve años que el gobierno (y las fracciones burguesas que él representa, repitamos) se ve confrontado por un paro nacional –bien “piqueteado”, para colmo- del pueblo trabajador que supuestamente es el (“¡principal!”) beneficiario del “modelo”. No es que diversos indicadores no fueran perceptibles desde antes; pero esta vez los “indicadores” salieron juntos y encarnados a bloquear calles y rutas, y eso es un primer impulso hacia el canónico “salto cualitativo”.

No es cosa, pues, de minimizar un importante síntoma de resquebrajadura de la identificación masiva que el gobierno –con mayor o menor sincero autoconvencimiento- creía que esos sectores tenían con él. Hay que anotar que este quiebre se produce a pesar de que la “macroeconomía” (en el sentido plenamente patronal) aún no registra una gran crisis, e incluso hay todavía algún resto de “colchón” para otorgar módicas concesiones si fuera necesario (quizá a inicios del año próximo se discuta el vergonzoso impuesto al trabajo –es decir, el tributo que los trabajadores deben pagar… para ser explotados- repugnantemente llamado “a las ganancias”): pero, precisamente, cuando en una situación nacional que todavía dista mucho de ser una crisis terminal (ni hablar de la comparación con el sur de Europa) se puede producir un 20-N, tiene que significar que las papas queman mucho más de lo que el “autorrelato” K se imaginaba. Tiene que significar que las “molestias” que antes sólo se toleraban de mala gana (la inflación, los impuestazos, las misérrimas jubilaciones, las inundaciones, lo que fuera) porque parecían compensadas por los beneficios del modelo ya no lo parecen tanto, y se están volviendo intolerables. Tiene que significar que ya ni siquiera las burocracias sindicales, sean más o menos pro-“K”- alcanzan para contener el agua que empieza a colarse por la grieta en la pared, ensanchando cada vez más el agujero. Y tiene que significar, en fin, que junto a los límites del “modelo” asoman cada vez más nítidos los límites de las pretensiones “bonapartistas”: cuando las papas queman, no hay lugar para la ilusión de que se las pueda reacomodar cuidadosamente, una por una, para emparejar el calorcito.

El gobierno, por cierto, ha tomado nota. Incluso de una manera un poquitín “desesperada”. Como saben los lingüistas y los semiólogos, los tonos discursivos de la enunciación forman parte del sentido de los enunciados. Ante el 13-S y aún ante el 8-N aún prevalecía el sarcasmo, la socarronería, el “gaste” a los chetos finolis que no pisan el césped. Ante el 20-N la tonalidad dominante es la rabia, la frustración, la “firmeza” defensiva / reactiva (“A mí no me van a mover con aprietes”), cuando no el reproche plañidero de los padres decepcionados por el nene desobediente (¿cómo ellos nos van a hacer esto a nosotros, que les dimos la vida, que nos sacrificamos por su futuro?). Y es que la propia composición social mayoritaria del 20-N le quitó al gobierno de debajo de los pies el felpudo “clasemediero” sobre el cual podía ironizar como se hace con un adversario despreciable –se habrá observado que en el relato “pluriclasista” K la única clase que realmente existe es la “media”: es decir, justamente aquella que no es “clase” alguna-. No es nuestra intención seguir practicando psicoanálisis al paso, pero cuesta resistir la tentación de “interpretar” esos brotes de fastidio políticamente, como la bronca, atravesada por la “herida narcisista”, del que empieza a sentir que la posibilidad del “arbitraje” estatal ya empezó a hacer agua (para insistir con las metáforas hidráulicas), y corre el riesgo de que se la tome cada vez menos en serio.

Es por todo lo anterior, y tantas otras cosas que se podrían citar, que nos atrevíamos a decir que la situación –al menos en potencia, o como plataforma de ciertas condiciones de posibilidad- es mejor que la de diciembre del 2001. Tal vez es menos espectacular, menos convulsiva, menos inmediatamente explosiva. Pero está mucho más “estructurada” : la clase obrera está más armada, ha aumentado mucho su presencia en los lugares “fijos” de trabajo, por lo tanto ha aumentado también su presencia sindical (en parte por mérito del propio gobierno, cómo no, aunque sin olvidar que la “informalización” de una fuerza de trabajo superexplotada no ha disminuido). Hay nuevas camadas de obreros jóvenes –y buena porción de los “mayores”- que, después de haber pasado por las jornadas del 2001 / 2002, y se reconozcan o no como “kirchneristas”, ya no se someten tan “automáticamente” a la patronal, a la burocracia sindical o al mismísimo Estado como antes. Y, a riesgo de ser cargosos, repitamos que el “relato” K ya no les suena tan convincente como en los buenos tiempos del primer Néstor, “a la salida del infierno”: después de casi una década, al fin y al cabo, la reiteración ritual y machacona de los argumentos comparativos (con la dictadura y el menemato, con el delarruismo o el duhaldismo, últimamente con la crisis europea) empieza a sonar como una cantilena abstracta y previsible, tediosa, vacía de sentido, mientras a las masas se les hace cada vez más evidente la asociación del gobierno con el gran capital concentrado (“nacional” tanto como externo: Barrick Gold, Monsanto, etcétera) y su subordinación a la lógica financiera global, más allá de los tironeos de siempre, o de los pataleos de un juez yanqui de cuarta categoría (que por otra parte fue rápidamente “puesto en caja” por sus patrones, lo cual no es un azar, sino una demostración de que hay que contar con el gobierno “K” para el salvataje –si todavía se puede- de las grandes finanzas globales). Las masas, hay que convencerse, viven al día: les importa ante todo lo que les pasa hoy.

En suma: el 20N, como quiera que se lo juzgue, es lo más importante de este último período, porque es un acontecimiento inaugural: se cruzó una raya, aunque sería prematuro decir exactamente hacia dónde. Pero la cosa se mueve, después de mucho tiempo en que tuvimos que tolerar el mitologema dicotómico según el cual en la Argentina sólo había “K” (= “progresismo”) o “anti-K” (= “derecha”). El 13S y el 8N, en cambio, no aportaron nada nuevo (salvo quizá, en el segundo caso, el número). ¿El 9D? Fue un acto bien masivo, sin duda es una indicación de que el gobierno sigue contando con numeroso apoyo, aunque no se puede comparar a las otras fechas: fue un acto organizado “desde arriba” por el Estado, con abundante desembolso, y con códigos mucho más “festivos” que militantes, y que además tuvo que cargar con la frustración del sobredimensionado 7D. Como sobre este último alfanumérico también se omite prolijamente toda pregunta, aclaro: no soy de los que piensan que el asunto “Clarín” carece de importancia, en una época (mundial, y no solo local) en que vivimos sometidos a lo que sin sonrojo podemos denominar fascismo mediático. (Paréntesis más o menos teórico: soy adversario del concepto “medios de comunicación”; aquí me pongo en buen marxista –en todo lo demás soy malo- y elijo decir medios de producción de contenidos ideológicos comunicables. “Medios de comunicación” alude a la esfera de distribución y consumo –es decir, al mercado -, cuando desde el capítulo I de El Capital queda claro que el secreto está en la esfera de la producción -y sus “relaciones de”-. Ahora bien, ¿estamos bien seguros de que después de tres años de seudoaplicación de la bendita Ley, y aún si se barriera bajo la alfombra a Clarín, hemos afectado en un ápice esa esfera? ¿Lo harán Cristóbal López, Vila-Manzano, Haddad? ¿Podemos decir, con una mano en el corazón, que los medios pro-“K” actúan bajo una lógica radicalmente diferente en la producción de sus “contenidos ideológicos comunicables”?). Retomo: el affaire Clarín puede ser muy importante, pero elegirlos como prácticamente el único blanco (perdón, ahora también está la “corpo” judicial) de las batallas homéricas del gobierno, ¿no es una admisión implícita de que efectivamente hemos alcanzado la plena normalización burguesa (recuerdo al pasar que todos los gobiernos burgueses tuvieron algún problema con los medios, como es lógico; a decir verdad, este fue uno de los que menos problemas tuvo… hasta el 2008)?

En fin, ¿temas pendientes? En cierto sentido, ninguno. Esto es “lo que hay”, como diría mi querido amigo Horacio González. El gobierno no tiene “faltas” que “profundizar”, porque la lógica del “modelo” es esta, y sus “límites” son necesidades de esa lógica de “normalización burguesa”. En otro sentido, por supuesto, está todo pendiente”.