“La justicia, para dios, es una palabra vana” (José Saramago)

Le cuenta uno de los ángeles a caín:

“Entonces el señor le dijo a satán, Todo lo que le pertenece [al siervo job] está a tu disposición, pero a él no lo puedes tocar. Satán lo oyó y se fue, y nosotros aquí estamos, Para qué, preguntó caín, Para que satán no se exceda, para que no vaya más allá de los límites que el señor le marcó. Entonces caín dijo, Si he entendido bien, el señor y satán han hecho una apuesta, pero job no puede saber que ha sido objeto de un juego entre dios y el diablo, Exactamente, exclamaron los ángeles a coro, A mí no me parece muy limpio por parte del señor, dijo caín, si lo que he oído es verdad, job, pese a ser rico, es un hombre bueno, honesto, y para colmo muy religioso, no ha cometido ningún crimen, pero va a ser castigado sin motivo alguno con la pérdida de sus bienes, tal vez, como tanta gente dice, el señor es justo, pero a mí no me lo parece, esto me hace recordar lo que le sucedió a abraham, al que dios, para ponerlo a prueba, ordenó que matara a su hijo issac, en mi opinión, si el señor no se fía de las personas que creen en él, no veo por qué esas personas tienen que fiarse del señor, Los designios del señor son inescrutables, ni nosotros, ángeles, podemos penetrar en su pensamiento, Estoy cansado de esta cháchara de que los designios del señor son inescrutables, respondió caín, dios debería ser transparente y límpido como cristal en lugar de este continuo pavor, de este continuo miedo, en fin, dios no nos ama, Él fue quien te dio la vida, La vida me la dieron mi padre y mi madre, juntaron carne con carne y yo nací, no constan que dios estuviese presente en el acto, Dios está en todas partes, Sobre todo cuando manda matar, un solo niño de los que murieron abrasados en Sodoma bastaría para condenarlo sin remisión, pero la justicia, para dios, es una palabra vana, ahora hará sufrir a job por una apuesta y nadie le pedirá cuentas […]”
José Saramago, Caín, Bs. As., Alfaguara, 2010 (ed. original 2009), pp. 153-154.

“Qué extraña idea de lo justo parece tener el señor [dios]” (José Saramago)

“[…] Al contrario de lo que suele decirse, el futuro ya está escrito, aunque nosotros no sepamos cómo leer la página, dijo caín mientras se preguntaba de dónde habría sacado la revolucionaria idea, Y qué piensas del hecho de haber sido elegido para vivir esa experiencia, No sé si fui elegido, pero algo sé, algo sí he aprendido, Qué, Que nuestro dios, el creador del cielo y de la tierra, está rematadamente loco, Cómo te atreves a decir que el señor dios está loco, Porque sólo un loco sin conciencia de sus actos admitiría ser el culpable directo de la muerte de cientos de miles de personas y se comportaría luego como si nada hubiese sucedido, salvo que, y pudiera ser, no se tratara de locura, la involuntaria, la auténtica, sino de pura y simple maldad, Dios nunca podría ser malo, o no sería dios, para malo ya tenemos al demonio, No puede ser bueno un dios que le da a un padre la orden de que mate y queme en una hoguera a su propio hijo simplemente para poner a prueba su fe, eso no se le ocurriría ni al más maligno de los demonios, No te reconozco, no eres el mismo hombre que dormía antes en esta cama, dijo lilith, Ni tú serías la misma mujer si hubieras visto lo que yo he visto, los niños de Sodoma carbonizados por el fuego del cielo, Qué Sodoma era ésa, preguntó lilith, La ciudad donde los hombres preferían a los hombres en vez de a las mujeres, Y murieron todos sus habitantes por eso, Todos, no escapó ni un alma, no hubo supervivientes, Hasta las mujeres que esos hombres despreciaban, volvió a preguntar lilith, Sí, Como siempre, a las mujeres, si por un lado les llueve, por otro les viene viento, En cualquier caso, los inocentes ya están acostumbrados a pagar por los pecadores, Qué extraña idea de lo justo parece tener el señor, La idea de quien no tiene la menor noción de lo que podría ser una justicia humana, Y tú, la tienes, preguntó lilith, Yo no soy nada más que caín, el que mató a su hermano y por ese crimen fue juzgado, Con bastante benignidad, dígase de paso, observó lilith, Tienes razón, sería el último en negarlo, pero la responsabilidad principal la tuvo dios, ese al que llamamos señor […]”
José Saramago, Caín, Bs. As., Alfaguara, 2010 (ed. original 2009), pp. 146-147.

“El señor [dios] enloquece a las personas” (José Saramago)

“[…] El lector ha leído bien, el señor ordenó a Abraham que le sacrificase al propio hijo, como quien pide un vaso de agua cuando se tiene sed, lo que significa que era costumbre suya, y muy arraigada. Lo lógico, lo natural, lo simplemente humano hubiera sido que Abraham mandara al señor a la mierda, pero no fue así. A la mañana siguiente, el desnaturalizado padre se levantó temprano para poner los arreos en el burro, preparó la leña para el fuego del sacrificio y se puso en camino hacia el lugar que el señor le había indicado, llevando consigo dos criados y a su hijo Isaac. Al tercer día de viaje Abraham vio de lejos el sitio señalado. Les dijo entonces a los criados, Quedaos aquí con el burro que yo voy hasta más arriba con el niño para adorar al señor y después regresaremos hasta donde estáis. Es decir, además de ser tan hijo de puta como el señor, Abraham era un refinado mentiroso, dispuesto a engañar a cualquiera con su lengua bífida, que, en este caso, según el diccionario privado del narrador de esta historia, significa traicionera, pérfida, alevosa, desleal y otras lindezas semejantes. Llegando así al lugar que el señor le había hablado, Abraham construyó un altar y acomodó la leña encima. Después ató al hijo y lo colocó en el altar, sobre la leña. Acto seguido levantó el cuchillo para sacrificar al pobre muchacho y ya se disponía a cortarle el cuello cuando sintió que alguien le sujetaba el brazo, al mismo tiempo que una voz gritaba, Qué va a hacer, viejo malvado, matar a su propio hijo, quemarlo, otra vez la misma historia, se comienza por un cordero y se acaba asesinando a quien más se debería amar, Ha sido el señor quien me lo ha ordenado, se debatía Abraham, Cállese, o quien mate aquí seré yo, desate ya al niño, arrodíllese y pídale perdón, Quién es usted, Soy caín, soy el ángel que le ha salvado la vida a Isaac. No, no era cierto, caín no es ningún ángel, ángel es este que acaba de posarse con un gran ruido de alas y que comienza a declamar como un actor al que le acaban de dar el pie, No levantes la mano contra el niño, no le hagas ningún daño, pues ya veo que eres obediente al señor, dispuesto, por su amor, a sacrificar a tu único hijo, Llegas tarde, dijo caín, si Isaac no está muerto es porque yo lo he impedido. El ángel puso cara de contrición, Siento mucho haber llegado tarde, pero no ha sido culpa mía, cuando venía hacia aquí me surgió un problema, mecánico en el ala derecha, no sincronizaba con la izquierda, lo que ha dado como resultado continuos cambios de rumbo que me han desorientado, en verdad me las he visto y me las he deseado para llegar aquí, para colmo no me habían explicado bien cuál de estos montes era el del sacrificio, si he llegado ha sido por un milagro del señor, Tarde, dijo caín, Vale más tarde que nunca, respondió el ángel con fatuidad, como si acabara de enunciar una verdad primera, Te equivocas, nunca no es lo contrario de tarde, lo contrario de tarde es demasiado tarde, le respondió caín. El ángel murmuró, Eres un racionalista, y, como todavía no había terminado la misión que le había sido asignada, soltó el resto del recado, He aquí lo que me mandó decir el señor, Ya que has sido capaz de hacer esto y no dudaste en matar a tu propio hijo, juro por mi buen nombre que he de bendecirte y he de darte una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo o como las arenas de la playa y ella tomará posesión de las ciudades de sus enemigos, y más, a través de tus descendientes se han de sentir bendecidos todos los pueblos del mundo, porque tú obedeciste mi orden, palabra del señor. Así son, para quien no lo sepa o finja ignorarlo, las cuentas dobles del señor, dijo caín, si en una hay ganancia, en la otra no pierde, en cualquier caso no entiendo cómo van a ser bendecidos todos los pueblos del mundo sólo porque Abraham obedeciera una orden estúpida, A eso lo llamamos nosotros en el cielo obediencia debida, dijo el ángel. Cojeando del ala derecha, con el mal sabor de boca por el fracaso de su misión, la celestial criatura ase fue, Abraham y el hijo también van ya de camino al lugar donde los esperan los criados, y ahora, mientras caín coloca las aguaderas en el lomo del jumento, imaginemos un diálogo entre el frustrado verdugo y la víctima salvada in extremis. Preguntó Isaac, Padre, qué mal te he hecho para que quisieras matarme, a mí que soy tu único hijo, Mal no me has hecho, Isaac, Entonces por qué quisiste cortarme el cuello como si fuese un borrego, preguntó el chiquillo, si no hubiera aparecido ese hombre, a quien el señor cubra de bendiciones, para sujetarte el brazo, estarías ahora llevando un cadáver a casa, La idea fue del señor, que quería la prueba, La prueba de qué, De mi fe, de mi obediencia. Y qué señor es ese que ordena a un padre que mate a su propio hijo, Es el señor que tenemos, el señor de nuestros antepasados, el señor que estaba aquí cuando nacimos, Y si ese señor tuviera un hijo, también lo mandaría matar, preguntó Isaac, El futuro lo dirá, Entonces el señor es capaz de todo, de lo bueno, de lo malo y de lo peor, Así es, Si tú hubieras desobedecido la orden, qué habría sucedido, Lo que el señor suele hacer es mandar la ruina o una enfermedad a quien le falla, Entonces el señor es rencoroso, Creo que sí, respondió Abraham en voz baja, como si temiese ser oído, para el señor nada es imposible, Ni un error, ni un crimen, preguntó Isaac, Los errores y los crímenes sobre todo, Padre, no me entiendo con esta religión, Haz por entenderte, hijo mío, no tendrás otro remedio, ahora voy a hacerte una petición, una humilde petición, Cuál, Que olvidemos lo que ha pasado, No sé si seré capaz, padre, todavía me veo sobre la leña, atado, y tu brazo levantado, con el cuchillo reluciente, El que estaba ahí no era yo, en mi perfecto juicio nunca lo haría, Quieres decir que el señor enloquece a las personas, preguntó Isaac, Sí, muchas veces, casi siempre, […]”

 

Cain-Saramago-lusofonias* José Saramago, Caín, Bs. As., Alfaguara, 2010 (ed. original 2009), pp. 89-94.

 

 

* Esta versión de Caín (uno “bueno”, que discute y discrepa con Dios, y que muestra que su destrucción es muchísimo mayor comparado con el asesinato de un sólo ser humano -su hermano Abel-) la recordé a propósito del reciente estreno de la obra teatral Terrenal (Pequeño misterio ácrata), de Mauricio Kartun, donde están como protagonistas los dos hermanos de la historia bíblica; obra de la cual hice una reseña que salió hoy en La Izquierda Diario.


León Ferrari: “uno de los mejores premios que me han dado”

* Hoy se cumple un año de la muerte del gran León Ferrari (y, “extrañamente” –¿algún “efecto papa Francisco”?– nada ha salido este día en la prensa…).

** Dejo –por falta de tiempo para hacer un artículo– el link a la nota que hice tras su fallecimiento, y un breve fragmento de una entrevista.

 

“[…] los otros días un amigo me contaba que en la televisión, mientras pasaban las noticias sobre la marcha del orgullo gay mostraron un camión lleno de tipos y uno pedía a los gritos: ‘Silbidos para el cardenal Bergoglio, un aplauso para León Ferrari’. Es uno de los mejores premios que me han dado.”

 

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León Ferrari: “todavía quedan muchos creyentes que convencer. Una charla con Fernando García, Bs. As., Capital Intelectual, 2008, p. 21.


Una propuesta divina (Martín Kohan)

* Leemos hoy en Perfil:

Uno de los aspectos que me resultan atractivos en la Iglesia Apostólica Romana es justamente el del celibato. Me atrae esa determinación, la de entregarse por completo a Dios, es decir en cuerpo y alma. Porque el que se dispone a entregarse en alma, que es lo profundo y trascendente, ¿cómo no habrá de hacerlo en cuerpo, que es lo eventual y transitorio? Para aquellos que postulan una versión metafísica de la vida y la existencia humanas, aplicarse a la contención física no puede ser sino un asunto elemental. Se casan con Dios: metáfora cabal de una entrega que no admite infidelidades ni audacias de parejas abiertas, impropias de un enlace en escala divina.

El voto de castidad es, a mi juicio, una decisión adecuada para los ministros de una doctrina que ve en el cuerpo y en sus tentaciones, en las fiebres de sus deseos, en tocar o entrar sin procrear, tan sólo ardides de Lucifer. Allí donde la disciplina del cuerpo es suprema virtud resulta finalmente adecuado que existan quienes quieran llevar ese ejemplo hasta lo máximo.

Se dirá, se dice, se dijo: que al prescindir del matrimonio terrenal, los curas al final desbarrancan en atroces pedofilias, abusos y aberraciones por demás abominables. Pero, ¿qué clase de argumento es ese? Más parece una amenaza, más parece una extorsión: pretender que conviene renunciar a la virtud y el bien para evitar males mayores.

Yo pienso que el que se une a Dios no debería declararlo insuficiente ni mostrar que semejante unión no le basta. Valoro que, con esa entrega de espíritu, asuma una renuncia del cuerpo. Y quienes sienten que no pueden hacerlo, pues entonces que no lo hagan y no sean curas o monjas. Y si resulta que ninguno puede, entonces que ninguno lo haga, entonces que ninguno lo sea.

Habrá llegado entonces la hora de un mundo sin sacerdotes, tal vez de ninguna religión, y de ver qué tal nos va: si mejor o peor que hasta ahora.