David Foster Wallace sobre las ceremonias de los premios Oscar

Todas las primaveras, la Academia de las Artes y de las Ciencias Cinematográficas presenta sus premios a los logros más significativos en todos los aspectos del cine comercial. Se trata de los Premios de la Academia. El cine comercial es una de las industrias más importantes de Estados Unidos, igual que los Premios de la Academia. El célebre comercialismo e hipocresía de los Oscar asquea a muchos de los millones y millones y millones de espectadores que sintonizan su emisión en plena hora de máxima audiencia para ver las presentaciones. No es coincidencia que la ceremonia de los Oscar tenga lugar durante la Semana de Sondeos de la televisión. Casi todos la ponemos, a pesar de lo grotesco que resulta ver a una industria felicitándose a sí misma por fingir que todavía es una forma de arte, oír gente con vestidos de cinco mil dólares invocar pomposos tópicos de sorpresa y humildad escritos por publicistas, etcétera –todo ese rollo cínico y posmoderno–, y sin embargo parece que todos la miramos. A todos pareced importarnos. Por mucho que duela la hipocresía, por mucho que los ingresos brutos de los estrenos y las estrategias de marketing ya sean más noticia que las películas en sí mismas, por mucho que Cannes y Sundance se hayan convertido en nada más que zonas empresariales. Pero la verdad es que la cosa ya no entraña más diversión genuina que esa. Y lo que es peor, parece haber una enorme conspiración implícita en virtud de la cual todos seguimos fingiendo que la cosa es divertida. Que nos hace gracia que Bob Dole haga un anuncio de Visa y que Gorbachev se haga pasar por un cliente entusiasta de Pizza Hut. Que toda la cultura de la fama comercial vaya como loca por hacer dinero y al mismo tiempo se felicite a sí misma por fingir que no va a por el dinero. En el fondo, sin embargo, sabemos que es todo una mierda.

 

DFS, “Gran hilo rojo” (1998), en Hablemos de langostas, Bs. As., Debolsillo (Colección 21), 2008, pp. 9 y 10.


Guerra (cinematográfica) contra el terrorismo

El Pentágono y su “brazo audiovisual”

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La noche más oscura (Zero Dark Thirty), de Kathryn Bigelow, película recientemente estrenada en nuestro país, muestra al equipo de “inteligencia” que, en operación secreta, encontró y asesinó a Osama Bin Laden el 1° de mayo de 2011. En dos (largas, densas, oscuras) horas y media, se ve a Maya (Jessica Chastain), agente “novata” de la CIA, seguir de forma obsesiva las pistas que terminarán descubriendo al oculto líder de Al Qaeda.

Claro que “las pistas” surgen, como en la realidad, no sólo desde el monitoreo y la vigilancia más elemental (satélites, cámaras, teléfonos “pinchados”), sino también de la tortura.

Tras su estreno en algunas salas “selectas” en Estados Unidos, en noviembre pasado, y luego en el resto del país y del mundo, La noche más oscura desató una gran polémica acerca de la apología sobre la tortura utilizada por la CIA y los militares: cómo Bigelow y el guionista Marc Boal (quien fue periodista “empotrado” al ejército yanqui en 2004 en Irak) presentan a ésta, la justifican, como consecuencia directa (“inevitable”) de los atentados a las Torres Gemelas el 11S (la película comienza con los audios de los ataques terroristas para pasar de ahí al cuarto de una “zona negra” donde se tortura a un prisionero ligado a Al Qaeda: submarino, golpes, humillaciones y un brutal encierro).

La película, nominada para 5 premios Oscar, incluso generó discusiones al interior de la Academia de Hollywood: por ejemplo uno de sus seis mil miembros, el actor David Clennon, hizo público su rechazo: dijo que La noche más oscura “no admite en ningún momento que la tortura es inmoral y criminal. La representa como algo que da resultado”. Por otra parte, dentro de las corporaciones políticas, los republicanos denunciaron al gobierno de Obama y a los demócratas por haber facilitado “secretos de Estado” a Boal y Bigelow –se admitió una reunión de 45 minutos de éstos con el jefe de operaciones especiales del Pentágono, Michael Vickers–. Y Leon Panneta, Secretario de Defensa, dijo, aclarando que no es un documental, que le pareció “una buena película”, y que “ciertos pasajes dan una imagen fiel de cómo funcionan las operaciones de inteligencia”: en concreto, en relación a las llamadas eufemísticamente “técnicas de interrogatorio bajo presión”, dijo: “Es indiscutible que algunos elementos (las pistas sobre el paradero de Bin Laden) son resultado de algunos de esos métodos”.

Es más, el Pentágono admitió tener estrecho contacto con Hollywood cuando el “producto” toca estos temas (políticos, militares, históricos), e incluso si es un producto masivo (“asesoraron” también en las películas Transformers y El hombre araña). En este caso ¡se trataría de salvaguardar “la imagen” de agentes y soldados en la cruzada del imperialismo yanqui contra el “terrorismo global”!

Bigelow se defendió de las críticas diciendo que “mostrar no es avalar”… pero esa supuesta “imparcialidad” u “objetividad” se muestra falsa, imposible, cuando se observa cómo decide la directora mostrar la búsqueda de Bin Laden: por medio de personajes “sensibles” (indignados y dolidos por el 11S, en un continuum de ataques terroristas con bombas en varios países y ciudades), patriotas, realistas y, al mismo tiempo, “profesionales”… ¡Incluso los intentos de “humanización” de algunos personajes llegan a la cima (de la ridiculez) cuando otra mujer de la CIA –con final trágico– es capaz de cocinarle una torta a un supuesto informante árabe para agasajarlo! Si a esto sumamos las declaraciones de Bigelow (“una obra muy humana”; “una historia de determinación”; “un homenaje real a los hombres y mujeres en la comunidad de Inteligencia, que obviamente tienen que, por la naturaleza de su tarea, trabajar en absoluto secreto”; “una muestra de respeto y gran gratitud”) está claro que hay una total empatía e intencionalidad de mostrar dos bandos, donde los norteamericanos son (una vez más, y van…) “los buenos”.

La noche más oscura, al proponer, sea o no verdad, como protagonista que dirigió la operación, a una mujer, vuelve a utilizar lo que se suele llamar “políticamente correcto” (“No imagino que las mujeres no puedan ir al frente de batalla”, dice Bigelow, en el mismo sentido –imperialista– del “quiero ver a más mujeres competir por las posiciones más altas en sus países”, de la ahora ex Secretaria de Estado de EE.UU., Hillary Clinton). Lo mismo hizo Hollywood en 2010, al entregar el premio Oscar como mejor directora –el primero en la historia adjudicado a un mujer– a la misma Bigelow por Vivir al límite (película reseñada en su momento en el semanario La Verdad Obrera 368), otro film que intenta “humanizar” una invasión militar imperialista: en este caso, la ocupación de Irak.

¿Ganará el Oscar como “mejor película”? Más allá de los premios y debates –como el que surgió recientemente con el libro No easy day–, es un buen “ejercicio” comparar La noche más oscura con la película (obviamente mucho menos publicitada y difundida) El camino a Guantánamo (2006), de Michael Winterbottom y Mat Whitecross. Basada en testimonios reales (como el que hay en el documental A usted no le gusta la verdad: 4 días en Guantánamo (2010)), con imágenes duras y contadas desde el punto de vista de cuatro jóvenes de origen árabe residentes en Londres, está mucho más cerca de la verdad que cualquier (maniqueo) “éxito” (bélico) hollywoodense.


Las (nada banales) ganancias de las empresas que acompañan a los Oscar

Leemos: “Kilómetros de alfombras vendidas, listas de espera para limusinas así como cientos de diseñadores, electricistas, cocineros y técnicos hacen su agosto en febrero, en la temporada de premios que termina con los premios Óscar y que tiene a Hollywood tapizado de rojo. […]

Los primeros que pisan una alfombra roja son los inmigrantes que las instalan. La mayoría de los cientos de técnicos que consiguen empleo durante la vendimia hollywoodense son latinoamericanos.

También son muy buenos tiempos para las empresas que alquilan limusinas.

“Se requiere el trabajo de todas las compañías del condado de Los Ángeles y de Orange que las rentan para manejar el enorme volumen que genera la temporada”, así como recurrir a afiliados o subcontratistas, dijo Jonna Sabroff, presidenta de Integrated Transportation Services, quien agregó que sus choferes trabajan 10 horas diarias para recoger a una estrella en el aeropuerto, llevarla al hotel, acompañarla de compras o a alguna fiesta y finalmente conducirla a la ceremonia de premiación.

La empresa trabaja de la mano con Sequoia Productions, que desde hace 23 años produce la cena de gala conocida como la Governors Ball, la fiesta por excelencia de los directores de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas –organizadora de los Óscar–, la cual tiene lugar después de la premiación del domingo, con mil 500 invitados.

“La Governors Ball contrata 150 técnicos, 400 cocineros y 30 productores”, informó Gary Levitt, vicepresidente de la empresa. La semana pasada anunció que la decoración y el menú de la gala estarán a cargo del mediático chef austriaco Wolfgang Puck. […]

Los bares son un sitio importante en el teatro. “Los abrimos desde temprano y servimos champaña”, cuenta Smith. La idea es que si ya están abiertos, los invitados pasen más rápidamente a la sala y no se demoren en la alfombra roja. Pero la táctica no funciona toda la noche. “Quince minutos antes de que comience el espectáculo, los invitados deben pagar sus bebidas y dirigirse a sus butacas”.

El teatro posee capacidad para más de 3 mil personas, entre los palcos y la platea. Muchos asientos rojos no son muy cómodos. Los nominados suelen sentarse en la platea, cerca del pasillo.

Una vez entregadas las estatuillas, la celebración no acaba. “Hay muchas fiestas”, cuenta Smith; entre ellas, la oficial, el Governors Ball, en el piso superior del teatro, la cual suele ser planeada con nueve meses de anticipación y la sala se prepara dos semanas antes. Se invita a mil 500 personas.

Ahí, un espectáculo puede costar 30 millones de dólares, dice Smith, y el Governors Ball, si bien los organizadores no brindan cifras exactas, más.”

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* En el diario mexicano La Jornada, “Detrás de los Óscar, ganancias para las empresas de la banalidad”. Nota completa acá.