León Ferrari, el “hilo rojo” del arte argentino

Por Demian Paredes

La muerte de todo gran artista convoca a “repasarlo” o conocerlo; a difundirlo y rememorarlo.

Ése es el caso de León Ferrari.

El genial artista ha fallecido: el pasado jueves 26, a los 92 años, (nos) dejó una obra inmensa, producto de seis décadas de consecuente y comprometida labor.

Esculturas, textos y montajes (de toda clase de íconos y materiales: fotos de las más diversas procedencias, incluyendo a grandes dictadores y genocidas, como Hitler y la Junta Militar argentina; reproducciones de pinturas clásicas –entre ellas, religiosas–; titulares y notas de diarios; elementos y aparatos de cocina; santos, muñecos y objetos “cualesquiera” –¡y también algún que otro animal!–) fueron los “vehículos expresivos” de Ferrari.

Como recuerda la crítica Andrea Giunta en su libro Vanguardia, internacionalismo y política, en la década de 1960, cuando Ferrari había comenzado a exhibir sus primeras esculturas y caligrafías (“cartas”), el arte, en sus diversas expresiones y búsquedas –individual y colectivamente–, se gestaba, en Argentina, “desde la más absoluta heteronomía”; se renovaba temática y formalmente: “dejaba de ser una máquina visual para convertirse en una máquina conceptual. La realidad invadía su territorio de manera cruda, directa y sin mediaciones del lenguaje, funcionando la obra a partir del montaje”. Los golpes militares en Latinoamérica, la revolución cubana y los ataques que recibía del imperialismo norteamericano, junto a la –justamente: cruda– guerra de Vietnam, fueron los hechos que marcaron época, y que Ferrari “asumió” mediante una serie de obras, donde una se destaca y es la más conocida: “La civilización occidental y cristiana”, un montaje compuesto por un cristo de santería crucificado en un avión bombardero FH107: una clara alusión a la guerra de Vietnam y al papel “santificador” de la Iglesia. (La obra fue una de las propuestas de Ferrari para el Premio Nacional del Instituto Torcuato Di Tella, en 1965, que sufrió la censura del pope del arte Jorge Romero Brest. Ferrari tuvo que retirar esa obra –hoy famosa mundialmente– que ni el “vanguardista” Instituto aceptó.)

Con el golpe militar de 1976 Ferrari y toda su familia –menos un hijo, que era militante montonero, y que fue desparecido– se exiliarán. A Brasil. Y allí el artista seguirá creando: de esa época datan sus “esculturas sonoras” (imponentes metales y tubos exhibidos y “habilitados”/pensados generosamente para “ser tocados y que suenen”), y también una serie de heligrafías y “planos arquitectónicos” que funcionan como un (alucinado y alucinante) señalamiento de la “locura cotidiana” (alienación) que se vive en –y fundamentalmente por– la “organización funcional” de las ciudades modernas, y que Roberto Jacoby comentó en un artículo de 1987: “la clave: se trataba de una vasta cárcel (…): el dispositivo panóptico donde un ojo soberano vigila sin ser visto, mientras que los observados no se conectan entre sí más que parcialmente. Un territorio que se ordena a fin de disciplinar. El caos que trata de evitar no devendría solo de la acción incontrolada de la muchedumbre, sino de cada minúsculo vínculo de unos con otros”. Hay aquí una crítica aguda al sistema capitalista.

La caída de la dictadura argentina permitió que León Ferrari regresara al país.

Y que siguiera trabajando.

Además de obras de tono humorístico como “Los músicos”, o las que tienen cucarachas de plástico (en una serie que metaforiza claramente al imperialismo norteamericano como “gran plaga invasora del mundo”) y aviones de guerra adornados con coloridas “plumas fashion”, proliferaron –junto a nuevas cartas– sus “cuadros escritos” (cuadros únicos e irrepetibles –y muchas veces “ilegibles”–, definidos por la escritora Tununa Mercado como una escritura que posee, por sus formas y características –y por los mismos caracteres– “una significación avasalladora por ausencia, es decir capaz de desmoronar todo lo que previsiblemente podía haberse erguido en el camino para significar, colocando en su lugar la pura significación de la forma”). Y también siguieron las pinturas, los montajes (muñecos de cristo, curas, monjas, gorilas y mamaderas ingeniosamente “llenadas”, adornadas con estampitas) y collages denunciando a la Iglesia y su aval a la dictadura (y antes, en Alemania, al fascismo), como hizo también ilustrando una reedición del Nunca Más. La muestra retrospectiva de 50 años de trabajo, exhibida en el Centro Cultural Recoleta a fines del año 2004, pasó a la historia por los sucesivos ataques y censura que recibió por parte del fundamentalismo católico y donde el entonces arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio –hoy papa Francisco, jefe del Estado Vaticano– envió una “carta abierta” a todas las iglesias, llamando a la muestra de Ferrari “blasfemia”.

En síntesis, la obra de Ferrari, surgida de tiempos sociales convulsivos, atravesó la dictadura y el último “período democrático”; recibió –aunque tarde– reconocimientos internacionales como el del New York Times (“uno de los 5 artistas plásticos más importantes del mundo”) y el “León de Oro” en la Bienal de Venecia de 2007; y se mantuvo fiel a su espíritu creador, lúdico y crítico (fundamentalmente a los poderes militares y “celestiales”), profundo y abierto a interpretaciones y matices.

Más allá de la mercantilización y de los usos que este gobierno gobierno (y otros) haga(n), la obra de Ferrari quizas sea la más dificil de “asimilar”, de comercializar y/o “institucionalizar”. ¿Quién de los actuales gobernantes y homejeantes “de buena fe” colgaría un “cristo asesino” en su lujoso despacho, si están corriendo al Vaticano, a los pies de Bergoglio/Francisco?

Contra las modas en el arte y los valores establecidos en la sociedad capitalista, la obra de Ferrari sigue siendo poderosamente subversiva.

Ése es su legado.


Año 2004: el cardenal Bergoglio contra León Ferrari

El día en que el (actual) Papa censuró al arte

Leon Ferrari

Una muestra más del carácter retrógrado y antidemocrático de la Iglesia lo tenemos en su actuación durante el año 2004, en el marco de la inauguración de la muestra del genial artista León Ferrari en el Centro Cultural Recoleta (CCR). Retrospectiva: Obras 1954-2004 incluía, desde el “clásico” La civilización occidental y cristiana, de 1965 (el gigante cristo de santería “crucificado” sobre un avión de guerra norteamericano), pasando por las heliografías y collages, hasta las series del año 2000, tituladas Ideas para infiernos, que contienen, principalmente, figuras de santos, vírgenes y Cristos dentro de licuadoras, tostadoras, sartenes y ollas. (Esta muestra, realizada en una institución pública, además aclaraba a los potenciales visitantes, en la entrada de la misma, que se podría ver afectada su –para quien la tuviera– “sensibilidad religiosa”.)

¿Quiénes “llevaron adelante la campaña más activa contra la exhibición”? Según recuerda la crítica de arte Andrea Giunta –a la sazón, curadora de aquella muestra de Ferrari–, en un artículo de su libro Poscrisis. Arte argentino después de 2001, fueron los más activos el cardenal Jorge Bergoglio y La Nación. Justamente ese diario reproducía una “carta pastoral” de Bergoglio, que, entre otras cosas, decía: “Hoy me dirijo a ustedes muy dolido por la blasfemia que es perpetrada en el Centro Cultural Recoleta con motivo de una exposición plástica. También me apena que este evento sea realizado en un Centro Cultural que se sostiene con el dinero que el pueblo cristiano y personas de buena voluntad aportan con sus impuestos”. Y agregaba: “frente a esta blasfemia que avergüenza a nuestra ciudad, todos unidos hagamos un acto de reparación y petición de perdón el próximo 7 de diciembre”.

Fue el “santo y seña” para que se desplegara todo un accionar “militante” católico contra el artista –que estuvo exiliado en Brasil entre 1976 y 1991, y que tiene un hijo desaparecido–: diversas personas ingresaron a la muestra, al grito de “¡Viva Cristo rey, carajo!, y rompieron varias obras; tiraron bombas de olor e incluso hicieron presentaciones judiciales. (Como recuerda Giunta, los representantes de la Asociación Cristo Sacerdote contabilizaron “51 insultos a Jesucristo, 24 a la Virgen María, 27 a los ángeles y santos, 3 directamente a Dios y 7 al Papa”.) La jueza Liberatori –es toda una ironía su apellido– dio lugar al pedido de que se retiraran de la muestra algunas obras “ofensivas”, e incluso dio más de lo que pedían los católicos: directamente, el 17 de diciembre, mandó a colocar fajas de clausura y cerró la muestra.

Hubo entonces un acto de apoyo a la muestra, con 5.000 personas, el 19 de diciembre, y finalmente otro fallo judicial permitió que la muestra se reabriera y continuara. (Luego el mismo León Ferrari, ante las permanentes amenazas telefónicas de bomba al CCR, decidió terminar antes la exposición.) Como resume el artículo de Poscrisis, durante los 40 días que la muestra “estuvo efectivamente abierta al público convocó a 70.000 espectadores, generó largas y demoradas colas para ingresar en la sala, fue recorrida por jueces y camaristas, sufrió la destrucción de obras, motivó cuatro manifestaciones multitudinarias en su respaldo y una misa y una manifestación en su contra, dio lugar a casi 1.000 artículos en diarios y revistas, recibió más de 1.000 mensajes de apoyo o de repudio enviados a las casillas de correo electrónico del CCR, originó una solicitada en su defensa con 2.800 firmas, e hizo necesario extender el horario de exhibición hasta pasada la medianoche. En los últimos días, se realizó una encuesta que fue respondida por 1.800 personas, el público llenó cuatro libros con sus opiniones sobre las obras exhibidas, y programas de periodismo político que nunca habían dedicado espacios al arte organizaron paneles de opinión. La exposición estuvo varias veces en las primeras planas de los principales diarios argentinos, e incluso Le Monde de París; fue clausurada y luego reabierta por la justicia”.

En este conflicto entre “libertad de expresión” y “orden público”, Bergoglio jugó, amparado por este último término (un término-ficción, ya que estamos en una sociedad que legaliza un “orden” de explotación asalariada, opresión y la violencia, y que promueve constantemente el individualismo y el consumismo), en contra de la libertad de expresión, y de la libertad creadora de un gran artista, de larga trayectoria y de talento indiscutible. (En 1982 Ferrari explicaba en una entrevista el espíritu y la conciencia que animan su arte: “Evidentemente, no se usan sólo los materiales técnicos, sino todo lo que quedó de los años vividos en la Argentina… eso está dentro de quienes salieron de allá. Yo siento la necesidad de expresar todo lo terrible que fue y sigue siendo aquello… pero si no se hace con un lenguaje que tenga el mismo nivel de fuerza, es difícil reflejar esa realidad. No conozco nada en el plano expresivo que tenga la fuerza de la represión en la Argentina”.)

Tiempo después Ferrari dijo: “El cardenal Bergoglio escribió una carta en contra la muestra que leyeron en todas las iglesias diciendo que era blasfemo. La blasfemia en la religión se paga con la muerte por lapidación. Así que cuando procesaron a los muchachos que rompieron algunas obras, pensé que tendrían que haberlo condenado al cardenal Bergoglio porque él había incitado a esta gente para que las rompiera. Por suerte no me rompieron la cabeza”.

Ahora, este “suertudo” artista, ante la elección del nuevo Papa, anticipa, con pleno conocimiento de causa: “Va a ser un Papa muy autoritario, con seguridad”.

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