Un excelente ‘tour de force’ interpretativo

Acerca del monólogo de Molly Bloom, con Cristina Banegas

Acciones (presentes y pasadas), discursos y sensaciones, pensamientos y recuerdos, canciones (cantadas) y mucho más hay en Molly Bloom, la puesta en escena del monólogo final de Ulises (1922), conocida novela universal de James Joyce –y que fuera llevada al cine en varias oportunidades, e injusta y sectariamente condenada por la burocracia stalinista en la URSS desde la década de 1930, junto a las geniales obras de Franz Kafka y Marcel Proust, por expresar “la decadencia burguesa”–.

Aquí tenemos a la literatura de inicios del siglo pasado en sus primeras manifestaciones “modernas”, expresando el llamado “fluir de la conciencia”: en este caso, el de la esposa de Leopold Bloom, protagonista de la novela. El llamado “discurso de Molly Bloom” corresponde al final de esta historia, es el último capítulo de la novela, que consta de decenas y decenas de páginas sin puntuación. Leopold regresa por la madrugada a dormir al lecho conyugal, y Molly, desvelada, comienza… a manifestarse.

Así, este soliloquio o “monólogo interior” tendrá (desarrollará) toda clase de recursos: onomatopeyas y “ruidos”, cantos y melodías, susurros, críticas y gestos airados contra su entorno social, acompañando una situación de matrimonio en crisis, donde Molly tiene un amante, una hija adolescente lejos y un hijo fallecido. Los “deberes de toda mujer” en el hogar, las relaciones entre hombres y mujeres, Dios y el rol reaccionario de curas y monjas son algunos de los tópicos que interpreta excelentemente Cristina Banegas. Lo que Joyce logra originalmente en el excursus final, por medio de fragmentos unidos en un (por momentos insólito y llenos de sorpresas) continuum, se traspasa al teatro en las tonalidades discursivas (acompañadas por un efecto de micrófono para resaltar un sincero inconsciente –lleno de auténticos deseos–) que logra concretar Banegas. La “tarea imposible” de “traducir la palabra escrita a la voz hablada”, como ha escrito la misma intérprete, en este caso se ha conseguido, y de manera brillante.

El machismo, el patriarcado, la familia (la que la crió y la quisiera tener), el amor y el sexo aparecen en esta discurso, al que no le falta ironía, humor y sorprendentes asociaciones que (seguramente) expresa(rá)n el sentir y la percepción, en varios aspectos, de muchos/as hoy. En su momento de aparición, a inicios del siglo XX, significó un auténtico escándalo, y aún hoy la obra de Joyce nos habla de cómo se vive… y cómo se querría vivir –partiendo de la óptica de una señora “madura” de 34 años, de clase media, que anhela menos tapujos, prejuicios e hipocresías, provenientes de la moral victoriana–.

Este discurso, un clásico que ya ha sido puesto en escena un sinnúmero de veces en distintos países con el correr de los años –en este caso con la adaptación de Laura Fryd, Cristina Banegas y Ana Alvarado, y la dirección de Carmen Baliero–, se da en el Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543), los viernes, sábados y domingos.


Crisis de las formas (familiares)

Imperdible obra de Alberto Ure

El living de un departamento es el escenario –de guerra- en el que transcurre La familia argentina, única obra escrita por Alberto Ure (gran maestro de actores, director y teórico de la dramaturgia desde fines de los ‘60). Interpretada por Luis Machín, Claudia Cantero y Carla Crespo, esta obra se estrena por primera vez en Buenos Aires (a mediados de 2010 fue puesta en escena en Rosario por Rody Bertol) y cuenta con la dirección de Cristina Banegas[1]. (La actriz además impulsa la edición de lo que llama “las obras completas” de Ure –quien padeció un accidente de ACV en 1998-, plasmadas hasta el momento en los imprescindibles volúmenes Sacate la careta y Ponete el antifaz; obras que no sólo hablan de dramaturgia sino también de la televisión y los medios, de política y sociedad, de historia y, obviamente, del mundo y la profesión teatral.)

La familia argentina consta de un acto y un epílogo, y, en apariencia, “sólo” es un clásico triángulo amoroso. Pero no: una pareja se separa, y el hombre –un psicoanalista amargado, escéptico, impasible- desarrolla una relación amorosa con su (ahora ex) hijastra. La madre de ella (ahora ex esposa del padrastro) se presenta en el departamento para presenciar eso que no entiende –ni acepta-. Y allí comienza el drama, matizado –si es que esta palabra puede caber en el teatro, en el espíritu y las concepciones de Ure- con agudas ironías y amargas humoradas de los personajes.

Situada entre el agotamiento de la “primavera democrática” alfonsinista y la década infame menemista, Ure se anticipa a lo que luego el periodismo, la sociología y otras disciplinas llamarán “familias ensambladas”, y su resultado: las “familias disfuncionales”. Tal es la crisis en/de los roles, intereses y vínculos cambiantes, que las escenas de dolor y sufrimiento de esta familia de clase media acomodada son llevadas por sus protagonistas –como ha dicho la misma joven actriz Claudia Cantero- “en carne viva”.

En un texto, Ure dice: “Me reprochan la violencia de mis puestas en escena pero no las puedo imaginar de otro modo: me crié en una familia donde cada almuerzo, cada navidad era peor que todo lo que pueda hacer hoy en un escenario. Y, sin embargo, nos queríamos mucho.

Por lo demás, ¿de qué violencia me hablan? ¿De jugar a que una herida duele?”. Como si fuera Andrés Rivera respondiendo respecto a su cruda literatura como “realismo sucio”, dijo también Ure: “Ahora, yo vivo en un país de una violencia desmesurada que se mantiene así desde que surgió como nación: no puedo hablar de otra cosa”.

La violencia acá se da en un “micromundo”, entre individuos que tiene asignados responsables roles (profesional, madre, padre, hija obediente, etc.) que entran en completa crisis. ¿Incesto? ¿Perversión? ¿Ansias de libertad(es) ante los mandatos y estructuras familiares/sociales? ¿Inconsciencia, impulsos “animales”? ¿Búsqueda de  respuestas ante la implacable –y trituradora, desgastante- rutina de la vida cotidiana? Éstos, son algunos interrogantes (o sólo “sensaciones”, incomodidades) que puede despertar la obra.

El desafío de los dos personajes más rebeldes y transgresores, el del ex padrastro su la hija/novia, tiene un final imprevisible…

***

La familia argentina, estrenada en febrero, continúa todos los sábados y domingos en el Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543).


NOTA:

[1] Dijo Banegas en un reportaje: “conocía el texto, lo tenía guardado en el ‘archivo Ure’ que es una especie de caja mágica o caja de Pandora. La escribió entre el ‘89 y el ‘90, pero nunca la terminó. […] Con producción de Domingo Romano, que viene de trabajar con Bartís, junto a Claudia Canteros, Luis Machín y Carla Crespo empezamos en octubre: hicimos una secuencia de trabajo sobre improvisación y algunas intervenciones en la obra. De hecho había que definir el último cuadro que tenía dos versiones. Creo que quedó una dramaturgia poderosa. Ure es un Strindberg criollo o un González Castillo del siglo XXI”.