Michael Löwy: “Georg Lukács sobre Hölderlin y el Termidor: respuesta a Slavoj Žižek”

Georg Lukács sobre Hölderlin y el Termidor: respuesta a Slavoj Žižek

Georg Lukács sobre Hölderlin y el Termidor: respuesta a Slavoj Žižek

Los escritos de Georg Lukács de la década de 1930, a pesar de sus limitaciones, contradicciones y concesiones (al estalinismo), no son por ello menos interesantes. Es el caso, en particular, de su ensayo de 1935 sobre [el poeta Friedrich] Hölderlin, titulado L’“Hyperion” de Hölderlin, traducido al francés por Lucien Goldmann e incluido en el volumen Goethe et son époque (1949)Lukács se muestra literalmente fascinado por el poeta, a quien califica de “uno de los poetas elegiacos más puros y profundos de todos los tiempos”, cuya obra tiene “un carácter profundamente revolucionario”1/. Sin embargo, contrariamente a la opinión general de los historiadores de la literatura, se niega obstinadamente a considerarlo un autor romántico. ¿Por qué?

Desde el comienzo de la década de 1930, Lukács había comprendido, con gran lucidez, que el romanticismo no era una simple corriente literaria, sino una protesta cultural contra la civilización capitalista en nombre de valores –religiosos, éticos, culturales– del pasado. Asimismo estaba convencido de que, por sus referencias al pasado, se trataba de un fenómeno esencialmente reaccionario.

El término “anticapitalismo romántico” aparece por primera vez en un artículo de Lukács sobre Dostoyevski, en el que tacha al escritor ruso de “reaccionario”. Según este texto, publicado en Moscú, la influencia de Dostoyevski se debe a su capacidad de convertir los problemas de la oposición romántica al capitalismo en problemas espirituales; a partir de esta “oposición intelectual pequeñoburguesa anticapitalista romántica (…) se abre una amplia avenida hacia la derecha, hacia la reacción, hoy hacia el fascismo, y, en revancha, un sendero angosto y difícil hacia la izquierda, hacia la revolución”2/. Este “sendero angosto” parece desaparecer cuando escribe, tres años después, un ensayo sobre “Nietzsche, precursor de la estética fascista”. Lukács presenta a Nietzsche como un continuador de la tradición de los críticos románticos del capitalismo: al igual que ellos, “opone cada vez a la incultura del presente la alta cultura de los periodos precapitalistas o del comienzo del capitalismo”. A su juicio, esta crítica es reaccionaria y puede conducir fácilmente al fascismo3/.

Hallamos aquí una asombrosa ceguera: Lukács no parece percibir la heterogeneidad política del romanticismo y, en particular, la existencia –junto al romanticismo reaccionario, que sueña con un imposible retorno al pasado– de un romanticismo revolucionario, que aspira a un desvío por el pasado en dirección a un futuro utópico. Este rechazo es tanto más asombroso, cuanto que el propio Lukács, en sus obras de juventud, como por ejemplo en su ensayo Teoría de la novela (1916), pertenece a este universo cultural romántico/utópico4/.

Esta corriente revolucionaria está presente en los orígenes del movimiento romántico. Sirva de ejemplo el Discurso sobre la desigualdad entre los hombres, de Jean-Jacques Rousseau (1755), que cabe considerar una especie de primer manifiesto del romanticismo político: su feroz crítica de la sociedad burguesa, de la desigualdad y de la propiedad privada la realiza en nombre de un pasado más o menos imaginario, el estado de naturaleza (aunque inspirado en las costumbres libres e igualitarias de los indígenas caribeños). Ahora bien, contrariamente a lo que pretenden sus adversarios (¡Voltaire!), Rousseau no propone que las sociedades modernas vuelvan a la selva, sino que sueña con una nueva forma de igualibertad de los salvajes: la democracia.

Encontramos el romanticismo utópico, con distintas formas, no solo en Francia, sino también en Inglaterra (Blake, Shelley) e incluso en Alemania: ¿Acaso el joven Schlegel no era un ardiente partidario de la Revolución Francesa? También fue el caso, por supuesto, de Hölderlin, poeta revolucionario, quien, sin embargo, al igual que muchos románticos desde Rousseau, está poseído por “la nostalgia de los días de un mundo originario” (ein Sehnen nach den Tagen der Urwelt)5/.

Lukács tuvo que reconocer, a regañadientes, que en Hölderlin encontramos “rasgos románticos y anticapitalistas que entonces no tenían todavía un carácter reaccionario”. Por ejemplo, el autor de Hyperion también odia, al igual que los románticos, la división del trabajo capitalista y la estrecha libertad política burguesa. No obstante, “en su esencia, Hölderlin (…) no es un romántico, por mucho que su crítica del capitalismo naciente no esté desprovista de ciertos rasgos románticos”6/. En estas líneas, que afirman una cosa y la contraria, se siente el apuro de Lukács y su dificultad para señalar claramente la naturaleza romántica revolucionaria del poeta. ¿Quiso decir que en una primera época el romanticismo “no tenía todavía un carácter reaccionario”? ¿Significa esto que todo el Frühromantik, el periodo inicial del romanticismo, a finales del siglo XVIII, no era reaccionario? En este caso, ¿cómo se puede proclamar que el romanticismo es, por su naturaleza, una corriente retrógrada?

En su intento, contra toda evidencia, de disociar a Hölderlin de los románticos, Lukács menciona el hecho de que el pasado a que se refieren no es el mismo: “La diferencia en la elección de temas entre Hölderlin y los escritores románticos –Grecia frente a la Edad Media– no es, por tanto, una mera diferencia de temas, sino una diferencia de visión del mundo y de ideología política.” (p. 194) Ahora bien, si muchos románticos se remiten a la Edad Media, no es el caso de todos: por ejemplo, Rousseau, como hemos visto, se inspira en el modo de vida de los “caribeños”, aquellos hombres libres e iguales. También encontramos románticos reaccionarios que sueñan con el Olimpo de la Grecia clásica. Si contemplamos el llamado neorromanticismo de finales del siglo XIX –de hecho, la continuación del romanticismo con nuevas formas–, encontraremos a auténticos románticos revolucionarios, como el marxista libertario William Morris o el anarquista Gustav Landauer, fascinados por la Edad Media.

En realidad, lo que distingue el romanticismo revolucionario del reaccionario no es el tipo de pasado al que se remiten, sino la dimensión utópica del futuro. Lukács parece darse cuenta, en otro pasaje de su ensayo, cuando evoca la presencia, en Hölderlin, tanto de un “sueño de retorno a la edad de oro” como “de la utopía de un más allá de la sociedad burguesa, de una liberación real de la humanidad”7/. Asimismo percibe, con perspicacia, el parecido entre Hölderlin y Rousseau: en ambos hallamos “el sueño de una transformación de la sociedad”, con la que esta “volverá a ser natural”8/. Lukács, por tanto, está a punto de darse cuenta del ethos romántico revolucionario de Hölderlin, pero su prejuicio obstinado contra el romanticismo, catalogado de reaccionario por definición, le impide llegar a esta conclusión. Esta es, a nuestro juicio, una de las principales limitaciones de este ensayo, por lo demás brillante…

 

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La otra limitación se refiere más bien al juicio histórico-político de Lukács sobre el jacobinismo obstinado –postermidoriano– de Hölderlin, comparado con el “realismo” de Hegel: “Hegel acepta la época postermidoriana, el final del periodo revolucionario de la evolución y construye su filosofía precisamente sobre la comprensión de este nuevo giro de la evolución de la historia universal. Hölderlin no acepta ningún compromiso con la realidad postermodoriana; se mantiene fiel al antiguo ideal revolucionario de un renacimiento de la democracia antigua y se ve contrariado por una realidad que ya no tenía cabida en sus ideales, ni en el plano poético ni en el ideológico.” Mientras que Hegel comprendió “la evolución revolucionaria de la burguesía como un proceso unitario en que el terror revolucionario, del mismo modo que el Termidor y el Imperio, no fueron más que fases necesarias”, la intransigencia de Hölderlin le llevó a “un impás trágico. Desconocido, llorado por nadie, cayó como un Leónidas poético y solitario del pedestal de los ideales del periodo jacobino a las Termópilas de la invasión termidoriana.”9/

¡Reconozcamos que este fresco histórico, literario y filosófico no carece de grandeza! Pero no por ello es menos problemático… Y, sobre todo, contiene implícitamente una referencia a la realidad del proceso revolucionario soviético, tal como existía en el momento en que Lukács escribía su ensayo. Esta es, en todo caso, la hipótesis –un poco arriesgada– que traté de defender en un artículo publicado en inglés bajo el título “Lukács and Stalinism”, e incluido en un libro colectivo titulado Western Marxism, a Critical Reader, Londres, New Left Books, 1977. Lo incluí asimismo en mi libro sobre Lukács, publicado en francés en 1976 y posteriormente también en Inglaterra, en 1980, con el título Georg Lukács. From Romanticism to Bolshevism. Reproduzco un pasaje que resume mi hipótesis con respecto al fresco histórico esbozado por Lukács en el artículo sobre Hölderlin:

El significado de estas observaciones en relación con la URSS en 1935 es transparente; baste añadir que Trotsky había publicado justamente en febrero de 1935 un ensayo en el que utiliza por primera vez el término “Termidor” para caracterizar la evolución de la URSS después de 1924 (Estado obrero, termidor y bonapartismo). Salta a la vista que los pasajes citados son la respuesta de Lukács a Trotsky, ese Leónidas intransigente, trágico y solitario que rechaza el Termidor y se ve condenado al impás. Lukács, en cambio, como Hegel, acepta el fin del periodo revolucionario y basa su filosofía en la comprensión del nuevo giro de la historia universal. Señalemos de paso, sin embargo, que Lukács parece aceptar, implícitamente, la caracterización trotskista del régimen de Stalin de termidoriano…10/.

No sin cierto asombro he leído en un libro reciente de Slavoj Žižek un pasaje en que habla del ensayo de Lukács sobre Hölderlin y donde retoma, casi palabra por palabra, mi hipótesis, aunque sin citar la fuente:

Es evidente que el análisis de Lukács es profundamente alegórico: lo escribió algunos meses después de que Trotsky lanzara su tesis de que el estalinismo era el Termidor de la revolución de Octubre. El texto de Lukács debe leerse como una respuesta a Trotsky: acepta la definición del régimen estaliniano de “termidoriano”, pero dándole un sentido positivo. Más que deplorar la pérdida de energía utópica, deberíamos aceptar, de una manera heroicamente resignada, sus consecuencias como el único espacio real del progreso social11/.

No creo que Žižek haya leído mi libro sobre Lukács, pero es probable que tenga conocimiento de mi artículo publicado en el libro colectivo Western Marxism, de amplia difusión. Dado que Žižek escribe mucho, y muy rápido, es comprensible que no siempre tenga tiempo para citar sus fuentes…

La nota sigue, completa en la web de Viento Sur.


“Además de comprender las contradicciones actuales, el propósito del pensamiento ecológico marxista es trascenderlas” (John Bellamy Foster)

“Además  de comprender las contradicciones actuales, el propósito del pensamiento ecológico marxista es trascenderlas”

John Bellamy Foster (Seattle, 1953) me escribe antes de salir de Eugene, en Oregón: “Tuvimos que evacuar y tenemos un largo camino por delante. Pero intentaré enviarte la entrevista por la mañana”. Los incendios masivos en la costa oeste de Estados Unidos habían disparado el índice de calidad del aire (ICA) hasta valores de 450, sobre un máximo de 500; situación extremadamente peligrosa para la salud. 40.000 personas habían dejado sus casas y otro medio millón esperaba para huir si la amenaza crecía. “Así es el mundo del cambio climático”, sentencia Foster. Profesor de sociología en la Universidad de Oregón y editor de la emblemática revista Monthly Review, hace veinte años revolucionó el ecosocialismo marxista con La ecología de Marx 1/Su libro, junto a Marx and Nature de Paul Burkett, abrió el marxismo a una segunda ola de crítica ecosocialista que enfrentó todo tipo de paradigmas enquistados sobre el propio Marx, para elaborar un método y un programa que impactaron con fuerza en todo el panorama ecologista, como continúan haciéndolo hoy.

El gran desarrollo del ecologismo marxista en años recientes –que ha puesto de manifiesto cómo, a pesar de escribir en el siglo XIX, Marx resulta fundamental para reflexionar sobre la degradación ecológica– es en parte producto de aquel cambio protagonizado por Foster y otros autores vinculados a Monthly Review. Su corriente, que vino a denominarse la escuela de la fractura metabólica, por la noción central que Foster rescató del tomo 3 de El Capital, ha desarrollado todo tipo de líneas de investigación ecológico-materialistas en las ciencias sociales y naturales: desde el imperialismo o el estudio de la explotación de los océanos a la segregación social o la epidemiología (sobre este tema, véase Grandes granjas, grandes gripes, de Rob Wallace, de próxima publicación en castellano).

Lamentablemente, la extensa y muy destacada contribución de Foster y su corriente aún no ha sido lo suficientemente traducida a nuestro idioma. Obras tan importantes para explorar cuestiones centrales al ecosocialismo como, por poner solo dos ejemplos, The Ecological Rift (2010) o The Robbery of Nature (2020) –el primero de Foster, Brett Clark y Richard York; el segundo de Foster y Clark–, aún esperan su oportunidad para ser mejor descubiertas en nuestro contexto. Con motivo de la publicación de su último libro, The Return of Nature, una genealogía monumental de grandes pensadores ecosocialistas que le ha llevado veinte años completar, Foster nos habla del camino que recorrieron estos, desde la muerte de Marx hasta la eclosión del ecologismo en los 60 y 70, así como de la relación de su nuevo libro con La ecología de Marx y con los debates más destacados del ecologismo marxista actual. Sus reflexiones sirven así para repensar el significado de este legado ante la necesidad urgente de un proyecto que trascienda las condiciones que amenazan hoy la existencia en el planeta.

Alejandro Pedregal: En La ecología de Marx rebatiste algunas conjeturas sobre la relación entre Marx y la ecología muy establecidas, tanto dentro como fuera del marxismo, como que el pensamiento ecológico era algo marginal en Marx; que sus pocas ideas ecológicas se encontraban en su obra temprana; que mantenía puntos de vista prometeicos sobre el progreso; que veía en la tecnología y el desarrollo de las fuerzas productivas la solución a las contradicciones de la sociedad con la naturaleza, y que no mostró un interés científico genuino por los efectos de las intervenciones antropogénicas sobre el medio ambiente. Tu trabajo, junto a otros, refutó estos supuestos y modificó muchos paradigmas asociados a ellos. ¿Crees que estas ideas persisten en los debates actuales?

John Bellamy Foster: En los círculos socialistas y ecológicos de habla inglesa, y creo que en la mayor parte del mundo, estas primeras críticas a Marx sobre ecología están hoy refutadas. Están completamente contradichas por la muy poderosa crítica ecológica del propio Marx, que ha sido fundamental para el desarrollo del ecosocialismo y, cada vez más, para todo enfoque científico-social sobre las rupturas ecológicas generadas por el capitalismo. Esto es particularmente evidente en la influencia creciente y generalizada de la teoría de la fractura metabólica de Marx, cuya comprensión sigue expandiéndose, y que se ha aplicado a casi todos nuestros problemas ecológicos actuales. Fuera del mundo de habla inglesa, uno todavía encuentra ocasionalmente algunos de esos conceptos erróneos porque las obras más importantes hasta ahora han sido en inglés y gran parte de ellas aún no se ha traducido. Pero creo que podemos tratar esas críticas anteriores casi universalmente como inválidas, no solo por mi trabajo, sino también por el de Paul Burkett en Marx and Nature, Kohei Saito en Karl Marx’s Ecosocialism 2/y muchos otros. Casi nadie es tan simplista hoy para ver a Marx como un pensador prometeico, que promovía la industrialización por encima de todo. Existe una comprensión generalizada de cómo la ciencia y la concepción materialista de la naturaleza entraron en su pensamiento, reforzada por la publicación de algunos de sus cuadernos de extractos científicos y ecológicos en el proyecto Marx-Engels Gesamtausgabe (MEGA). Por tanto, no creo que la opinión de que el análisis ecológico de Marx sea algo marginal tenga mucha credibilidad, y esa idea está retrocediendo en todo el mundo (mientras el marxismo ecológico es cada vez más relevante). La única forma en que pudiera verse así sería adoptando una definición extremadamente estrecha y contraproducente de la ecología. Además, en ciencia a menudo son las percepciones más marginales de un pensador las que resultan más revolucionarias y avanzadas.

¿Por qué tantos autores estaban convencidos de que Marx ignoró la ecología? Creo que la respuesta más directa es que la mayoría de socialistas simplemente hicieron la vista gorda al análisis ecológico en Marx. Todo el mundo leía las mismas cosas de forma prescrita, saltándose lo que entonces se consideraba secundario. Otros problemas se debían a la traducción. En la traducción inglesa de El Capital, el uso Stoffwechsel o metabolismo por Marx se tradujo como intercambio material, lo que obstaculizaba más que ayudaba a su comprensión. Pero también había razones más profundas, que pasaban por alto lo que Marx entendía por el propio materialismo, y que abarcaba no solo la concepción materialista de la historia, sino también la concepción materialista de la naturaleza.

Lo importante de la crítica ecológica de Marx es que está unida a su crítica político-económica del capitalismo; de hecho, una no tiene sentido sin la otra. La crítica del valor de cambio bajo el capitalismo no tiene sentido fuera del valor de uso, relacionada con las condiciones naturales y materiales. La concepción materialista de la historia no tiene sentido al margen de la concepción materialista de la naturaleza. La alienación del trabajo no puede entenderse sin la alienación de la naturaleza. La explotación de la naturaleza se basa en la expropiación por parte del capital de los obsequios gratuitos de la naturaleza. La propia definición de Marx de los seres humanos como seres automediadores de la naturaleza, como explicó István Mészáros en La teoría de la alienación en Marx, se basa en una concepción del proceso de trabajo como metabolismo entre seres humanos y naturaleza. La ciencia como medio para mejorar la explotación del trabajo no puede separarse de la ciencia como dominio de la naturaleza. La noción de metabolismo social de Marx no puede separarse de la cuestión de la fractura metabólica. Y así sucesivamente. En Marx estas cosas no estaban separadas unas de otras, sino que fueron los pensadores de izquierda posteriores, que generalmente ignoraron las cuestiones ecológicas, o que emplearon perspectivas idealistas, mecanicistas o dualistas, quienes lo hicieron, y así despojaron a la crítica de la economía política de su base material real.

A. P.: A propósito del prometeísmo, en tu obra mostraste cómo las reflexiones de Marx sobre Prometeo debían leerse en relación con su propia investigación académica sobre Epicuro (y con Lucrecio) y repensarse vinculadas al conocimiento secular de la Ilustración, más que como defensa ciega del progreso. No obstante, el uso dominante del término prometeico sigue siendo muy común, también en la literatura marxista, lo que da pie a que ciertas tendencias aceleracionistas y tecno-fetichistas reivindiquen a Marx. ¿Debería disputarse esta noción de forma más efectiva, al menos en relación con Marx y su materialismo?

J. B. F.: Este es un tema muy complejo. Marx elogiaba a Prometeo y admiraba el Prometeo encadenado de Esquilo, que releía con frecuencia. En su tesis doctoral comparó Epicuro con Prometeo, y el propio Marx fue caricaturizado como Prometeo por la supresión de la Rheinische Zeitung [Gaceta Renana]; imagen que aparece en el volumen 1 de las Obras completas de Marx y Engels. Por tanto, fue común que algunos críticos, dentro y fuera del marxismo, caracterizaran a Marx como prometeico, en particular para sugerir que veía al productivismo extremo como el objetivo principal de la sociedad. Al no tener prueba de que Marx antepusiera la industrialización a las relaciones sociales (y ecológicas), sus críticos emplearon el término prometeico para exponer su punto de vista sin evidencia alguna, aprovechando esta asociación común.

Sin embargo, esto era una gran distorsión. En el mito griego, el titán Prometeo desafió a Zeus al entregar el fuego a la humanidad. El fuego, por supuesto, tiene dos cualidades: una es la luz y la otra es la energía o el poder. En la interpretación del mito en Lucrecio, Epicuro era tratado como el portador de la luz o el conocimiento en el sentido de Prometeo, y fue de esta idea que Voltaire tomó la noción de Ilustración3/. Es en este mismo sentido que Marx elogió a Epicuro como Prometeo, celebrándolo como la figura ilustrada de la antigüedad. Además, las referencias de Marx al Prometeo encadenado siempre enfatizaron al protagonista como revolucionario, en desafío a los dioses olímpicos.

Obviamente, durante la Ilustración Prometeo no se veía como un mito de la energía o la producción. Walt Sheasby, con quien trabajé al comienzo de Capitalism, Nature, Socialism mientras yo editaba Organization and Environment, escribió un artículo extraordinario para esta revista en 1999, demostrando que hasta el siglo XIX la noción prometeica era utilizada principalmente en ese sentido ilustrado. No estoy seguro cuándo cambió el uso, pero con Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley y Filosofía de la miseria de Proudhon, lo prometeico pasó a simbolizar la revolución industrial, viéndose a Prometeo como sinónimo de energía mecánica. Es interesante que Marx desafiara el prometeísmo mecanicista de Proudhon, atacando todas esas nociones en Miseria de la filosofía. Pero el mito de Prometeo se reificó como historia de industrialización, algo que los antiguos griegos nunca podrían haber imaginado, y la identificación de Marx con Prometeo se convirtió, por tanto, en una forma de criticarle por motivos ecológicos. Curiosamente, en Leszek Kolakowski, Anthony Giddens, Ted Benton y Joel Kovel esa acusación fue dirigida exclusivamente contra Marx y no contra ningún otro pensador, lo que apunta al carácter ideológico de tal acusación.

Lo más próximo a que Marx fuera prometeico (como glorificación de la industrialización) sería su panegírico a la burguesía en la primera parte del Manifiesto comunista, pero aquello era solo un preludio de su crítica a la propia burguesía, y páginas más adelante introducía todas las contradicciones del orden burgués: el aprendiz de brujo, las condiciones ecológicas (ciudad y campo), los ciclos económicos y, por supuesto, el proletariado como sepulturero del capitalismo. No hay ningún sitio donde promueva la industrialización como objetivo en sí mismo en oposición al desarrollo humano libre y sostenible. Explicar todo esto, sin embargo, lleva tiempo y, aunque he mencionado todos estos puntos en varias ocasiones, por lo general es suficiente con mostrar que Marx no fue en absoluto un pensador prometeico, si nos referimos a la adoración a la industria, la tecnología y al productivismo, o a la creencia en un enfoque mecanicista del medio ambiente.

A. P.: Veinte años después de La ecología de Marx, el abundante trabajo de la escuela de la fractura metabólica ha transformado los debates sobre marxismo y ecología. ¿Cuáles son las continuidades y los cambios entre aquel contexto y el actual?

J. B. F.: Hay diferentes líneas de debate. En parte se debe a la gran cantidad de investigación sobre la fractura metabólica como forma de entender la actual crisis ecológica planetaria, y a cómo construir un movimiento ecosocialista revolucionario en respuesta a ella. Básicamente, lo que ha cambiado es el espectacular auge de la propia ecología marxista, que ilumina tantas áreas diferentes, no solo en las ciencias sociales, sino también en las naturales. Por ejemplo, Mauricio Betancourt acaba de publicar un maravilloso estudio, “The Effect of Cuban Agroecology in Mitigating the Metabolic Rift”. Stefano Longo, Rebecca Clausen y Brett Clark aplicaron el método de Marx a la fractura oceánica en The Tragedy of the Commodity. Hannah Holleman lo utilizó para explorar los efectos dust bowls 4/ pasados y presentes en Dust Bowls of Empire. Un número considerable de trabajos han utilizado la fractura metabólica para comprender el problema del cambio climático, incluido nuestro The Ecological Rift, que escribí con Brett Clark y Richard York, y Facing the Anthropocene de Ian Angus. Estas obras, junto a otras de Andreas Malm, Eamonn Slater, Del Weston, Michael Friedman, Brian Napoletano y un número creciente de académicos y activistas, pueden verse desde esta perspectiva. Una organización importante en esa línea es la Global Ecosocialist Network, donde John Molyneux tiene un papel destacado, junto a System Change, Not Climate Change! en EE UU. El trabajo de Naomi Klein se ha basado en el concepto de fractura metabólica, y también ha jugado un papel en el Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra (MST) en Brasil y en los debates sobre la civilización ecológica en China.

Otra línea ha explorado las relaciones entre la ecología marxista, la teoría de la reproducción social feminista marxista y los nuevos análisis del capitalismo racial. Estas tres perspectivas se han basado en el concepto de expropiación de Marx como parte integral de su crítica, yendo más allá de la explotación. Estas conexiones nos motivaron a Brett Clark y a mí a escribir nuestro The Robbery of Nature, sobre la relación entre el robo y la fractura; es decir, la expropiación de la tierra, los valores de uso y los cuerpos humanos, y su relación con la fractura metabólica. Un área importante es el ámbito del imperialismo ecológico y el intercambio ecológico desigual en el que he trabajado con Brett Clark y Hannah Holleman.

Han surgido algunas críticas nuevas, dirigidas a la teoría de la fractura metabólica, planteando que es más dualista que dialéctica. Esto es algo erróneo, porque para Marx el metabolismo social entre la humanidad y la naturaleza (extrahumana), a través del proceso de trabajo y producción, es por definición la mediación de naturaleza y sociedad. En el caso del capitalismo, esto se manifiesta como una mediación alienada en forma de fractura metabólica. Este enfoque, centrado en el trabajo/metabolismo como mediación dialéctica de la totalidad, no podría ser más opuesto al dualismo. Otros han dicho que si el marxismo clásico hubiera abordado las cuestiones ecológicas, habría aparecido en análisis socialistas posteriores a Marx, pero no lo hizo. Esa posición también está equivocada. De hecho, eso es lo que abordo en The Return of Nature, con la intención expresa de explorar la dialéctica entre continuidad y cambio en la ecología socialista y materialista durante el siglo posterior a las muertes de Darwin y Marx, en 1882 y 1883 respectivamente.

A. P.: Efectivamente, en La ecología de Marx te centrabas en el desarrollo del materialismo de Marx en correlación con el de la teoría de la evolución de Darwin y Alfred Russell Wallace, para terminar con la muerte de los dos primeros. Ahora partes de este punto para hacer una genealogía intelectual de pensadores ecosocialistas fundamentales, hasta la aparición del movimiento ecologista en los años 60 y 70. Durante mucho tiempo, algunas de estas historias no recibieron suficiente atención. ¿Por qué llevó tanto tiempo recuperarlas? ¿Cómo nos ayuda el redescubrimiento de estos vínculos a comprender de forma diferente el surgimiento del movimiento ecologista?

J. B. F.: The Return of Nature es una continuación del método de La ecología de Marx. Esto se puede ver al comparar el epílogo del libro anterior con el argumento del último. La ecología de Marx, aparte de su epílogo, termina con la muerte de Darwin y Marx. The Return of Nature comienza con sus funerales y con la única persona que estuvo presente en ambos: E. Ray Lankester, el gran zoólogo británico, protegido de Darwin y Thomas Huxley y amigo cercano de Marx. No se centra solo en el desarrollo de ideas marxistas, sino en los socialistas y materialistas que desarrollaron lo que hoy llamamos ecología como una forma crítica de análisis. Y podemos ver cómo estas ideas se transmitieron de una manera genealógico-histórica.

Como toda historiografía marxista, esta es una historia de orígenes y de la dialéctica entre continuidad y cambio. Presenta una genealogía en gran parte ininterrumpida, aunque de forma compleja, desde Darwin y Marx hasta la explosión de la ecología en los años 60. Parte de mi argumento es que la tradición socialista en Gran Bretaña, desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX, fue crucial en eso. No solo fue este el principal período de desarrollo del socialismo británico, sino que el trabajo más creativo en las ciencias fue producto de una especie de síntesis de Darwin y Marx a lo largo de las líneas ecológico-evolutivas. Los científicos marxistas británicos estaban estrechamente relacionados con los pensadores marxistas revolucionarios de la fase temprana y más dinámica de la ecología soviética, pero a diferencia de estos, los británicos sobrevivieron y desarrollaron sus ideas, marcando el comienzo de perspectivas socioecológicas y científicas fundamentalmente nuevas.

Desde el principio, una crítica común a La ecología de Marx fue que incluso si Marx hubiera desarrollado una poderosa crítica ecológica, esta no se había completado en el pensamiento socialista posterior. Había dos respuestas a esto. La primera estaba en la afirmación de Rosa Luxemburg de que la ciencia de Marx había ido mucho más allá del movimiento inmediato y los problemas de la época, por lo que, a medida que surgieran nuevos desafíos, se encontrarían nuevas respuestas en su legado científico. Y es cierto que la percepción de Marx de la crisis ecológica del capitalismo, basada en las tendencias de su tiempo, estaba muy por delante de su desarrollo histórico; lo que hace a su análisis aún más valioso, no menos. Pero la otra respuesta era que la presunción de que no hubo un análisis ecológico socialista era falsa: de hecho, la ecología, como campo crítico, fue en gran parte creación de los socialistas. Ya había intentado explicar esto en el epílogo de La ecología de Marx, pero se necesitaba mucho más. El desafío estaba en destapar la historia de la ecología socialista y materialista en el siglo posterior a Marx. Pero esta era una empresa enorme, ya que no había literatura secundaria, excepto, en cierto sentido, el maravilloso Marxism and the Philosophy of Science de Helena Sheehan.

Comencé la investigación para The Return of Nature en el año 2000, cuando se publicó La ecología de Marx. La idea siempre fue explorar más a fondo las cuestiones del epílogo, centrándome en el contexto británico. Pero cuando comencé este trabajo, asumí el cargo de coeditor (y, con el tiempo, editor único) de Monthly Review, y eso naturalmente me devolvió a la economía política, que gobernó mi trabajo durante años. Además, cuando escribí sobre ecología en estos años tuve que lidiar ante todo con la crisis que venía, así que solo pude trabajar en un proyecto tan intensivo cuando la presión era baja, durante breves vacaciones en la docencia, por ejemplo. El trabajo avanzó lentamente. Nunca lo hubiera terminado sin el estímulo de algunos amigos (particularmente John Mage), y por el hecho de que el problema ecológico creció tanto que para Monthly Review la crítica ecológica acabó siendo tan importante como la de la economía política, lo que hacía más necesario que nunca un sistemático enfoque histórico.

Sin embargo, la razón principal por la que el libro tardó tanto fue porque estas historias no se conocían y requerían una enorme investigación archivística y cantidad de fuentes desconocidas; obras que nadie había leído desde hacía más de medio siglo. El papel de J. B. S. Haldane, Joseph Needham, J. D. Bernal, Hyman Levy y Lancelot Hogben en el desarrollo del pensamiento ecológico, a pesar de la relevancia que alcanzaron en su día, fue ignorado después; en parte debido a las luchas intestinas dentro del propio marxismo. También fueron olvidados los grandes clasicistas de izquierda como Benjamin Farrington, George Thomson y Jack Lindsay. Así, captar el vasto alcance de los análisis, colocados en el contexto histórico adecuado, tomó tiempo. Pero los vínculos históricos definitivamente estaban ahí. La historia lleva al final a Barry Commoner y Rachel Carson, y también a Stephen Jay Gould, Richard Levins y Richard Lewontin, Steven y Hilary Rose, Lindsay y E. P. Thompson, que se convirtió en el principal activista antinuclear de Gran Bretaña. La respuesta más sucinta a cómo esta historia puede ayudarnos en las luchas de hoy, quizás la encontremos en Quentin Skinner, a quien cito, que dijo que el único propósito de tales historias es demostrar “cómo nuestra sociedad impone limitaciones a nuestra imaginación”, y que “todos somos marxistas en este sentido”.

 

* La larga y muy interesante entrevista sigue, completa en Viento Sur.


Checoslovaquia y Karel Kosík (Rebelión)

Entrevista a Fernando de Valenzuela

Checoslovaquia y Karel Kosík

Por Gerard Marín | 31/10/2020 | Cultura

Fuentes: Karel Kosík. Decencia y crítica

 

Nacido en España y crecido en Argentina, Fernando de Valenzuela ligó su vida a la cultura checa cuando se marchó a estudiar filosofía a la Universidad de Carlos de Praga a mediados de los sesenta.

Allí, mientras se gestaba la Primavera, fue alumno de Karel Kosík y Jan Patocka, bajo cuya dirección terminaría doctorándose. Además de con ambos, trabaría una honda amistad con el escritor Milan Kundera. La obra de todos ellos, y de muchos más, como Jaroslav Hasek o Bohumil Hrabal, traduciría más tarde al castellano, a lo largo de los años. Sobre sus vivencias y experiencias en Checoslovaquia durante esa época, que novelaría recientemente en Un largo hilo verde, hablamos en esta entrevista, poniendo especial énfasis en su relación con Kosík.

 

1. Usted ha hablado de Karel Kosík, en distintas ocasiones, como uno de sus “profesores predilectos” en la universidad, en Praga, donde se marchó a estudiar filosofía gracias a una beca. ¿Durante qué período fue su alumno, y cómo eran sus clases? ¿Qué posición tenía entonces como filósofo en su país?

Desde que empecé la facultad, en el 66, hasta que terminé el doctorado, en el 72. A partir de entonces nos vimos casi todos los años en Praga y en dos o tres ocasiones lo invité a participar en el seminario de la Asociación de Periodistas Europeos sobre Europa Central, que yo dirigía en San Sebastián. Asistían cada año unas treinta personalidades destacadas: checas, eslovacas, polacas y húngaras, presidentes de la República, de los Gobiernos, ministros, directores de cine, intelectuales diversos y hasta algún premio nobel, pero Karel siempre fue la estrella de las sesiones. Oírlo pensar en voz alta siempre fue un espectáculo.

Kosík tenía por entonces cuarenta años, había llegado a lo más alto de la carrera académica, era uno de los intelectuales más influyentes del país, miembro de la Academia de Ciencias y del equipo de dirección del Diario Literario (Literarni Noviny) de la Unión de Escritores, un semanario que vendía más de cien mil ejemplares y cuya tirada se agotaba todos los jueves. Sus columnas sobre “Nuestra crisis actual” [1] arrancaban en la portada de Literarni Noviny, continuaban en las páginas interiores y marcaban la agenda del debate político nacional. Allí escribían los mejores intelectuales checos, entre otros su gran amigo – nuestro gran amigo – Milan Kundera.

2. Más allá de su relación como alumno y profesor durante estos años, también ha expresado que con el tiempo se convertirían en buenos amigos. En un punto de su novela filosófica Un largo hilo verde, describe cómo en cierto momento Kosík tiene incluso una fotografía suya encima de su mesa de trabajo, en su altillo de la plaza del castillo de Praga. ¿Cómo se forjó tal relación con él? ¿Tuvo que ver en ello la militancia política? ¿Cómo era Kosík, en lo personal?

Lo de la foto es gracioso. Me la hizo en una plaza de Pontevedra un viejo fotógrafo ambulante de aquellos que llevaban un trípode de madera, disparaban con una cerilla el fogonazo del magnesio, revelaban la foto cubiertos por una misteriosa capa, la observaban con cara de admiración por el milagro oficiado y te la entregaban a cambio de unos pocos duros. Yo iba vestido con un uniforme militar que me quedaba un poco grande, una gorra que me iba más bien pequeña y todo el llamativo correaje de la infantería española, tan parecido a la indumentaria que, a principios del siglo pasado, llevaban los soldaditos del Imperio Austrohúngaro que, como el buen soldado Svejk, se esforzaban por servir lo menos posible al anciano emperador y a sus decrépitos familiares.

Creo que el parecido de su discípulo con el soldado Svejk – lo comentamos largo rato y nos reímos mucho – fue lo que más gracia le hizo y si puso la foto en su mesa fue para evitar los excesos de seriedad ontológica que con frecuencia nos afectan a los que estamos enamorados del saber. Como bien sabían Kosik y Svejk, la risa libera.

Nuestra relación se forjó a partir de muchas coincidencias en nuestras historias personales y en nuestras maneras de pensar. Los dos éramos de izquierdas, marxistas, rebeldes y revoltosos y a los dos nos parecía que la filosofía era la clave para hacer un mundo “poéticamente habitable”, que diría él.

Karel hablaba en un tono pausado, contaba lo que en ese mismo momento estaba pensando, le gustaba escuchar y preguntar. Me preguntaba por mi padre, un escritor gallego que había sido capitán de estado mayor del ejército republicano antes de ser instructor del maqui francés, luego condenado a muerte y más tarde exiliado en Argentina. Sus comentarios eran tan breves como: ”Todos somos exiliados”. Y Karel en efecto lo fue durante muchos años, lo fue sin necesidad de abandonar su patria. Llega un momento en la vida del hombre, que diría Jaroslav Hasek, en que uno ya ni sabe de cuantas patrias ha tenido que exiliarse.

Karel y yo coincidíamos en nuestra admiración por Hasek y su soldado Svejk. Coincidíamos en no compartir la imagen que del buen soldado tenía la mayoría de los checos, basada en las caricaturas del dibujante Lada, que lo representó como un soldado bajito y rechoncho, gracioso y bonachón.

Para nosotros era más bien un joven robusto y atlético, “de muslos poderosos”, como lo describe la señora Katy, una de las amantes del teniente primero Lukas, el superior directo de Svejk, quien le había encargado a su ayudante satisfacer hasta los menores deseos de la joven, atrincherada en la casa del teniente primero para evadir la persecución de su marido.

“¿Han sido muchos los deseos?”, le preguntó el teniente primero a Svejk en cuanto regresó a su domicilio. “Unos seis”. Esta sencilla frase de ocho letras deja perfectamente en claro cuál es la imagen que el autor tiene de su personaje, uno de los más destacados de la literatura del siglo XX, uno de los más destacados de la historia de la literatura. Karel y yo teníamos razón. (Ver Los destinos del buen soldado Svejk durante la guerra mundial, ed. Acantilado, pag. 202 y ss.)

La militancia política tiene que ver con todo. Como él decía, “no hay que olvidar que política viene del griego polis y no del inglés police«. En lo personal Karel era extraordinariamente discreto, ingenioso y encantador, tres cualidades que no siempre son fáciles de compaginar.

3. Profundizando en esta militancia, ¿cuál fue el lugar de Kosík en el proceso de renovación filosófica y política en los años inmediatamente anteriores a la Primevera de Praga? ¿Qué recepción tuvo en Europa Occidental?

El comienzo de la década de los cincuenta del pasado siglo fue una época clave para la evolución del pensamiento marxista. El estalinismo, hasta entonces indiscutido e indiscutible, que bajo el dominio de Stalin y Beria, del Politburó y la KGB, decidía lo que un filósofo marxista podía no solo decir sino también pensar, empieza a perder su poder absoluto. Es la época del XX Congreso del PCUS, organizado por Nikita Krushchov. La resistencia del estalinismo es feroz, las idas y vueltas son constantes. Es también la época de la invasión de Hungría. Pero lo cierto es que el estalinismo ya nunca volverá a ser lo que era, la intelectualidad rusa ha despertado de su letargo y, con ella, los intelectuales de los demás países del bloque.

Y, ¿dónde estaban las obras del joven Marx?, ¿donde estaban depositados los manuscritos (los Grundrisse) que habían servido de base a El Capital, mucho más ricos, más matizados, más ligados al pensamiento filosófico y a la herencia de Hegel? Las obras del joven Marx, obtenidas antes de la guerra o después de ella por los soviéticos en las bibliotecas de las universidades alemanas estaban en poder de la Academia de Ciencias soviética, como textos ideológicamente peligrosos, fuera del alcance de los investigadores.

Pero en ese momento cae oficialmente el estalinismo. Y es precisamente en ese momento, cuando Karel llega a Moscú. A una universidad donde naturalmente se plantea la necesidad de una revisión no estalinista de la obra de Marx sobre la base de todos sus textos.

La obra de Kosik recibe el inmediato reconocimiento de los marxistas italianos y franceses, donde las ideas de Marx están ligadas a la cultura antifascista y antiautoritaria de la resistencia, y Karel se convierte en un referente de la renovación del pensamiento de la izquierda.

4. Algunos historiadores han considerado que la generación de Kosík, muchos miembros de la cual veinte años antes de la Primavera de Praga habían celebrado la llegada del socialismo “que vino del frío”, se revuelta en cierto modo contra sí misma en 1968. En un libro de entrevistas publicado este mismo año, Antonin J. Liehm y Kosík hablan de las dificultades intelectuales y morales que supone el tránsito de una visión del mundo a otra en oposición. A partir de 1948, Kosík se mantiene en general a favor filosófica y políticamente del régimen establecido, hasta el punto de escribir públicamente a favor del proceso Slanský y de participar de actividades de rechazo a la figura de Masaryk tan tarde como en 1954. Pese a que en los últimos años de su vida reflexionará en público, en profundidad, sobre su niñez o su militancia adolescente en la resistencia antinazi, no me consta que haga lo mismo sobre esta otra parte de su vida. ¿Podría explicarnos qué visión tenía, en el tiempo en que le conoció, de aquella parte de sí mismo y cómo se relacionaba íntimamente con ella? 

Liehm, Kundera y Kosik fueron militantes comunistas en su juventud y no se avergonzaban ni tenían motivos para avergonzarse de ello. Y no hay tampoco motivos para reprochárselo. Entre otras cosas porque ninguno de los tres fue de los que se sumaron a la primavera de Praga; los tres fueron de los que la idearon, la prepararon y la hicieron posible, y eso lo hicieron durante el estalinismo. Y ningún estalinismo, ni el descerebrado estalinismo residual de Novotny ni el de Husak es, precisamente, un juego de niños. Lo contrario sería como reprocharle a Dubcek no haber expresado todas sus ideas con claridad cinco años antes. Si lo hubiese hecho no hubiera habido primavera de Praga, al menos no tal como la hemos conocido. Y sin la primavera de Praga no se hubiera puesto de manifiesto la gravedad de la crisis civilizatoria por la que atraviesa la sociedad moderna ni la posibilidad y la urgencia de evitar el diluvio que viene (ver Karel Kosik, Reflexiones antediluvianas, Ed. Itaca).

5. En relación a esto, en las reflexiones de Kosík a partir de 1956 el Partido había visto disminuir paulatinamente su peso hasta llegar a desaparecer como palabra en Dialéctica de lo concreto, de 1963. Y parece que más tarde, después de la reinstauración del capitalismo de mercado en su país, tampoco volvería a contar con él. Sin embargo durante la Primavera de Praga vuelve al Partido y, entre 1968 y 1969 llega a desempeñar, incluso, un “cargo directivo” político, en el Comité Central. ¿Qué esperaba del Partido y de su participación en él con respecto a la revolución? Y, ya que la mencionaba anteriormente, ¿qué visión terminaría por desarrollar sobre la Primavera de Praga? Aparentemente, pese a que, en una conversación con usted, en 1993, Kosík afirmaba sentirse como esos revolucionarios checos “que, después del levantamiento de 1848, ya no fueron capaces de asimilar la nueva situación” y “se convirtieron en personajes pintorescos cuya única referencia era la revolución de 1848”, lo cierto es que nunca dejó de destacar “las posibilidades que entonces se abrieron”, un “valor permanente” [2].

Karel no volvió al partido. El nuevo partido de Dubcek anuló su expulsión, le ofreció un puesto en su comité central y organizó la resistencia de una sociedad desarmada contra la ocupación soviética. Los soldados del Pacto de Varsovia eran muchos más de medio millón, estaban armados hasta los dientes y, efectivamente, Karel ya no vio concretarse las posibilidades enormes que se habían abierto. Yo tampoco, pero eso no las hace menos ciertas ni menos actuales, si acaso más.

* La nota sigue, completa en Rebelión.


Spinoza, pensador de la libertad burguesa (Ernest Mandel)

* https://vientosur.info/spinoza-pensador-de-la-libertad-burguesa/

[La obra de Ernest Mandel ha sido inmensa, como recuerda Manuel Kellner en el artículo que hemos publicado con motivo del 25 aniversación de su fallecimiento. Hemos considerado de especial interés publicar en este número este artículo suyo, inédito en castellano, porque nos ofrece su mirada, abierta y crítica a la vez, sobre una figura fundamental en la historia del pensamiento político.]

 

Heraldo de la libertad de religión y de culto 1/, ferviente defensor de la libertad de opinión, de expresión, de imprenta y de educación (Spinoza, 1951: vol. 1, 259), decidido defensor de la libertad de establecimiento y de comercio, así como defensor del armamento general del pueblo; sin duda Spinoza fue el precursor del liberalismo moderno en prácticamente todos los ámbitos de la vida social. De él se ha dicho incluso que fue el primer pensador político moderno que se declaró demócrata (Feuer, 1958: 101) 2/, y que expresó abiertamente su preferencia por la forma de Estado democrático.

Sin embargo, sus obras políticas, el Tractatus Theologico-Politicus y el Tractatus Politicus, parecen estar marcadas por una profunda contradicción. Numerosos autores tratan estas obras como un compromiso entre, por una parte, la proclamación de la soberanía suprema, casi ilimitada, de un Estado absoluto, similar a la del Leviatán de Hobbes, y, por otra parte, la insistencia en los derechos individuales tal como los desarrollarían más tarde los pensadores revolucionarios franceses de la segunda mitad del siglo XVIII como Jean-Jacques Rousseau (Spinoza, 1951). Estos autores subrayan que Spinoza hizo hincapié en el deber de obedecer a toda autoridad estatal. Algunos llegan incluso a considerarle un opositor declarado del pensamiento subversivo, o incluso un pensador y político antirrevolucionario 3/.

Sin duda, en los escritos de Spinoza se pueden encontrar pasajes que permiten ambas interpretaciones 4/. Pero, ¿existe una verdadera contradicción entre estos dos conjuntos de puntos de vista y opiniones? ¿Es Spinoza, en cierto sentido, un pensador esquizofrénico? Dada la estricta lógica del pensamiento que caracteriza todas sus obras, esta tesis es difícil de aceptar. Cuesta imaginar que el propio Spinoza no hubiera reparado en estas contradicciones. Por tanto, hay que intentar explicarlas y averiguar si existe una coherencia subyacente más profunda. En otras palabras: ¿se trata de contradicciones reales o aparentes? ¿Es o no Spinoza un defensor consecuente de la libertad burguesa y de la libertad de los ciudadanos y del individuo burgués?

Por lo que conozco, hasta ahora ha habido dos intentos de desentrañar la aparentemente contradictoria relación de Spinoza con la libertad burguesa. El primer intento es una interpretación psicológica. Se basa en la transposición de algunas de sus ideas filosóficas al campo de la teoría política. Dado que, según la Ética de Spinoza, la libertad reside en la comprensión racional y el creciente control que el individuo puede adquirir sobre las pasiones egoístas que impulsan sus acciones elementales, la libertad es una función de la racionalidad individual, el esfuerzo individual y la inteligencia personal. Esto significa que la libertad es un don reservado a una élite intelectual (Spinoza, 1922: 242, 274, 275). Por definición, las amplias masas, sujetas a pasiones primitivas, no serían libres (Spinoza, 1951: 289). Según su filosofía, esencialmente pesimista e incluso misantrópica, Spinoza no podría haber defendido consistentemente la concepción optimista y burguesa de la libertad. Algunos escritores concluyen que Spinoza no fue en absoluto un pensador liberal (Vernière, 1954: 681).

Contra esta interpretación de las convicciones filosóficas y políticas de Spinoza pueden encontrarse numerosas afirmaciones del propio gran pensador que no dejan la menor duda sobre la orientación general de sus convicciones políticas. Spinoza dice directamente que el verdadero propósito del Estado es la libertad para todos. Un Estado todopoderoso se apoya únicamente en el miedo, y la persona gobernada por el miedo no puede ser gobernada por la razón (Spinoza, 1951: 313). Así pues, el mejor Estado debe apoyarse en una multitud libre (Spinoza, 1951). Definir a Spinoza, que expresó tales opiniones revolucionarias más de un siglo antes de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, como un elitista que despreció la democracia no hace más que aumentar la contradicción en lugar de resolverla. Lejos de seguir los pasos de Hobbes como admirador de una autoridad estatal absoluta, Spinoza da un paso gigantesco hacia la proclamación de los derechos de los ciudadanos contra el Estado (Spinoza, 1951: 341).

Podríamos describir el segundo intento de resolver la contradicción como historización. Supuestamente, en el Tractatus Theologico-Politicus, la concepción de Spinoza sobre el Estado se desarrolla a partir de Hobbes, quien junto con Maquiavelo fue sin duda el punto de partida de la filosofía política de Spinoza, quien constantemente intentó superarlo 5/. Sus ideas estaban todavía en proceso de elaboración y finalización, y evolucionando hacia la democracia política. Más tarde vino la conmoción por el asesinato de su amigo, el estadista republicano Johan de Witt 6/, por una turba feroz. Como resultado, Spinoza habría modificado algunas de sus ideas. Habría pasado a creer que el pueblo no estaba preparado para los derechos políticos. De ahí el tono neutral, incluso escéptico, del Tractatus Politicus, que supuestamente sería menos democrático, e incluso menos liberal que el Tractatus Theologico-Politicus. Esto supondría un paso atrás hacia una especie de realismo maquiaveliano 7/. A partir de entonces, la pregunta ya no sería: “¿Cuál es el mejor régimen político?”, sino “¿Cómo puede funcionar cualquier régimen político (monarquía, oligarquía, aristocracia o democracia) de manera estable y sobrevivir? 8/”.

Esta es la interpretación que en parte se propone en la impresionante obra del profesor Feuer (Feuer, 1958: 150, 151), en nuestra opinión, el mejor estudio hasta la fecha del pensamiento político de Spinoza. Pero se pueden formular objeciones de peso contra esta interpretación. Un análisis textual exhaustivo no permite considerar el Tractatus Politicus como un paso atrás en la defensa de las libertades civiles respecto al Tractatus Theologico-Politicus. Los dos libros tienen funciones políticas claramente distintas. El Tractatus Theologico-Politicus es una obra pragmática, concebida con un objetivo concreto: la defensa de la facción del Estado y el entorno de Johan de Witt contra las fuerzas calvinistas. El Tractatus Politicus, por otra parte, tiene un alcance teórico más general, si bien en su producción jugó un papel el intento de encontrar una explicación a la derrota del partido republicano Staatsgezinde en 1672 (Feuer, 1958: 153).

No obstante, no se puede considerar que el Tractatus Politicus sea menos liberal o menos democrático que el Tractatus Theologico-Politicus. En el Tractatus Theologico-Politicus encontramos pasajes que expresan aún un escepticismo más marcado que el que encontramos en el Tractatus Politicus sobre la capacidad política de las masas 9/. Y, como intentaremos demostrar a continuación, el Tractatus Politicus contiene un elemento democrático-revolucionario que constituye un paso adelante extraordinariamente importante con respecto al Tractatus Theologico-Politicus.

Frente a estos dos intentos, ahora queremos presentar nuestra propia interpretación. Se puede resumir de la siguiente manera: Spinoza fue un defensor consistente y revolucionario de la libertad burguesa. Las aparentes contradicciones entre el principio de libertad y algunas de sus ideas políticas reflejan las limitaciones inevitables y objetivamente inherentes al concepto burgués de la libertad en general, especialmente en los siglos XVII y XVIII.

Para apoyar esta interpretación, presentaremos varias argumentaciones.

En primer lugar, la crítica textual debe considerar las circunstancias políticas prácticas en las que se publicaron las obras políticas de Spinoza. Es cierto que en torno a 1670 la República Holandesa era sin duda el Estado más libre de Europa. Sin embargo, la libertad de expresión pública y de prensa estaba bajo constante presión calvinista y era mucho más limitada que en muchos países occidentales en el siglo XVIII, por no hablar del siglo XX. No debemos olvidar que el Tractatus Theologico-Politicus tuvo que ser publicado anónimamente. De ello podemos concluir que, por motivos de seguridad, varios pasajes de ambos tratados fueron escritos, por así decirlo, con cierta retranca. Esto era necesario para proteger de la persecución al autor, a sus amigos políticos y a sus editores. En lugar de interpretarlos literalmente como la opinión de Spinoza, debemos tratar estos pasajes como una formulación irónica.

Madeleine Francès da un buen ejemplo de ello en el párrafo 9 del capítulo III y en el párrafo 6 del capítulo IV del Tractatus Politicus, en los que el poder absolutamente ilimitado del Estado se defiende aparentemente con un recurso sofístico a la ley natural: todo lo que el Estado puede hacer está dentro de sus derechos (Francès, 1958). Esas líneas van seguidas inmediatamente de un pasaje que ha sido interpretado por diferentes personas, entre ellas Emilia Giancotti-Boscherini, como un derecho a la insurrección, un derecho a la revolución:

“Hay que considerar, en tercero y último lugar, que cuanto provoca la indignación en la mayoría de los ciudadanos, es menos propio del derecho de la sociedad. No cabe duda, en efecto, que los hombres tienden por naturaleza a conspirar contra algo cuando les impulsa un mismo miedo o el anhelo de vengar un mismo daño. Y como el derecho de la sociedad se define por el poder conjunto de la multitud, está claro que el poder y el derecho de la sociedad disminuyen en cuanto ella misma da motivos para que muchos conspiren lo mismo” (Spinoza, 1958: 113, 305, 312).

Esto se expresa aún de manera más clara más adelante. Tengamos en cuenta que una proclamación del derecho a la insurrección contra un gobierno al que se opone la mayoría de la población y que no ofrece una vía legal para reemplazarlo solo se afirmaría un siglo después de la redacción del Tractatus Politicus, en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América en 1776. ¡Suficiente para hacernos una idea de la audacia de las ideas políticas de Spinoza!

En ocasiones se ha sugerido que tales ideas son solo una extensión de la doctrina del tiranicidio, que había formado parte de la teoría política desde la antigüedad y que durante las guerras de religión del siglo XVI, en particular tras la Noche de San Bartolomé 10/, fue elaborada con particular agudeza por los hugonotes franceses (cf. el famoso De Vindiciae contra tyrannos de 1579).

En nuestra opinión, esto subestima el progreso radical que representa la filosofía política de Spinoza. Mientras que la doctrina de la rebelión legítima contra los tiranos se sigue derivando directamente de una disposición de la soberanía del rey (que se declara limitada), la legitimidad de la revolución de Spinoza se basa en una doctrina de la esencia del Estado como servicio al bienestar de sus ciudadanos. Cuando ya no cumple esa función, los ciudadanos tienen derecho a rebelarse.

* El artículo sigue, completo en la web de Viento Sur.


Fredric Jameson: elogio y crítica a la Escuela de Frankfurt; dialéctica entre “alta cultura” y “cultura popular”

“[…] considero de máximo interés el análisis que hace la Escuela de Frankfurt acerca de la estructura mercantil de la cultura de masas. Si más adelante propongo una forma algo diferente de considerar el mismo fenómeno, no es porque sienta que su enfoque se ha agotado. Al contrario, apenas si hemos comenzado a extraer todas las consecuencias de tales descripciones, y no digamos formular un inventario exhaustivo de modelos variables y de otras características –además de la reificación mercantil– en cuyos términos tales artefactos podrían ser analizados.

Lo que resulta insatisfactorio de la posición de la Escuela de Frankfurt no es su aparato negativo y crítico, sino más bien el valor positivo del cual este último depende, o sea la valorización del tradicional arte alto modernista como locus de cierta producción estética ‘autónoma’, genuinamente crítica y subversiva. En este punto, la obra posterior de Adorno (así como La dimensión estética, de Marcuse) señala un retroceso respecto de la evaluación dialécticamente ambivalente del logro de Arnold Schoenberg formulada en La filosofía de la música moderna: lo que se ha omitido en los juicios posteriores es precisamente el descubrimiento fundamental de Adorno de la historicidad, y en particular del irreversible proceso de envejecimiento de las más grandes formas modernistas. Pero si ello es así, entonces la gran obra de la alta cultura moderna –ya se trate de Schoenberg, Beckett o aun el propio Brecht– no puede servir como un punto fijo o un criterio eterno con el cual medir el status ‘degradado’ de la cultura de masas. Por cierto, algunas tendencias en la producción artística reciente –el hiper-realismo o el foto-realismo en las artes visuales; la ‘nueva música’ al estilo de Lamonte Young, Terry Riley o Philip Glass; textos literarios posmodernistas, como los de Pynchon–, fragmentarias o todavía no desarrolladas, sugieren una creciente interpenetración entre la cultura alta y la de masas.

Por todas estas razones, me parece que debemos repensar la oposición entre alta cultura y cultura de masas, de manera tal que el énfasis en la evaluación al que tradicionalmente ha dado lugar, y el que comoquiera que el sistema binario de valores opere (la cultura de masas es popular y por lo tanto más auténtica que la alta cultura, la alta cultura es autónoma y por consiguiente es cabalmente inconmensurable con una degradada cultura de masas) tiende a funcionar en un reino intemporal de juicio estético absoluto, sea reemplazado por un enfoque genuinamente histórico y dialéctico de esos fenómenos. Tal enfoque exige que consideremos la cultura alta y la de masas como fenómenos objetivamente relacionados y dialécticamente interdependientes, como formas gemelas e inseparables de la fisión de la producción estética bajo el capitalismo. En ésta, la etapa tercera o multinacional del capitalismo, el dilema del doble criterio de la alta cultura y la cultura de masas sin embargo se mantiene, pero ha dejado de ser el problema subjetivo de nuestros propios criterios de juicio para convertirse en una contradicción objetiva que tiene sus propios fundamentos sociales.”

 

IMAG0866Fredric Jameson, Signaturas de lo visible, Bs. As., Prometeo, 2012 (ed. original 1992), pp. 48 y 49.