#24DeMarzo: Ricardo Piglia sobre Estado y dictadura, sociedad y relato(s), política y ficción

* Fragmentos de dos entrevistas:

[1984]

La concepción conspirativa de la historia tiene la estructura de un melodrama: una fuerza perversa, una maquinación oculta explica los acontecimientos. La política ocupa el lugar del destino. Y eso en la Argentina no es una metáfora: en los últimos años la política secreta del Estado decidía la vida privada de todos. Otra vez la figura de la amenaza que se planifica desde un centro oculto (en este caso ‘la inteligencia del Estado’) y se le impone a la realidad. Es lo que sucedió con el golpe de 1976. Antes que nada se construyó una versión de la realidad, los militares aparecían en ese mito como el reaseguro médico de la sociedad. Empezó a circular la teoría del cuerpo extraño que había penetrado en el tejido social y que debía ser extirpado. Se anticipó públicamente lo que en secreto se le iba a hacer al cuerpo de las víctimas. Se decía todo, sin decir nada.

 

[1987]

[…] diría que la nueva marca en el discurso intelectual es una suerte de conformismo general y de sometimiento al peso de lo real. En lo que se llama ‘los 60’ había un espacio de reflexión diferente que, por no estar conectado a la política inmediata, permitía poner en el centro del debate temas que hoy han sido clausurados, como el de las transformaciones y la revolución.

[…]

El poder también se sostiene en la ficción. El Estado es también una máquina de hacer creer. En la época de la dictadura, circulaba un tipo de relato ‘médico’: el país estaba enfermo, un virus lo había corrompido, era necesario realizar una intervención drástica. El Estado militar se autodefinía como el único cirujano capaz de operar, sin postergaciones y sin demagogia. Para sobrevivir, la sociedad tenía que soportar esa cirugía mayor. Algunas zonas debían ser operadas sin anestesia. Ese era el núcleo del relato: país desahuciado y un equipo de médicos dispuestos a todo para salvarle la vida. En verdad, ese relato venía a encubrir una realidad criminal, de cuerpos mutilados y operaciones sangrientas. Pero al mismo tiempo la aludía explícitamente. Decía todo y no decía nada: la estructura del relato de terror.

Con la transición de Bignone a Alfonsín [cambia ese relato]. Ahí se cambia de género. Empieza a funcionar la novela psicológica, en el sentido fuerte del término. La sociedad tenía que hacerse un examen de conciencia. Se generaliza la técnica del monólogo interior. Se construye una suerte de autobiografía gótica en la que el centro era la culpa; las tendencias despóticas del hombre argentino; el enano fascista; el autoritarismo subjetivo. La discusión política se internaliza. Cada uno debía elaborar su relato autobiográfico para ver qué relaciones personales mantenía con el Estado autoritario y terrorista. Difícil encontrar las responsabilidades. Resulta que no eran los sectores que tradicionalmente impulsan los golpes de Estado y sostienen el poder militar los responsables de la situación, sino ¡todo el pueblo argentino! Primero lo operan y después le exigen el remordimiento obligatorio.

 

 

Ricardo Piglia, Crítica y ficción, Bs. As., Debolsillo, 2014 [ed. original 1986; nueva versión 2000], pp. 34, 100, 101.


Trailer: ‘327 cuadernos’, sobre los diarios de Ricardo Piglia, de Andrés Di Tella

Trailer de ‘327 cuadernos’, de Andrés Di Tella
http://www.cinenacional.com/pelicula/…


Ricardo Piglia sobre la escritura de Rodolfo Walsh: “Una lección de estilo, un intento de condensar el cristal de la experiencia”

Leemos hoy en el suplemento ADN-Cultura:

Quisiera analizar el modo que tiene un escritor de contar una experiencia extrema y transmitir un acontecimiento que parece de antemano imposible de narrar. Me refiero al modo en que Walsh cuenta la muerte de su hija Vicky -la joven guerrillera que muere en un enfrentamiento con la represión militar- y escribe lo que se conoce como “Carta a Vicky”, que circuló clandestinamente en 1976.

Luego de reconstruir el momento en que se entera de la muerte y el gesto que acompaña esa revelación (“Escuché tu nombre mal pronunciado, y tardé un segundo en asimilarlo. Maquinalmente empecé a santiguarme como cuando era chico”), Walsh escribe: “Anoche tuve una pesadilla torrencial en la que había una columna de fuego, poderosa, pero contenida en sus límites que brotaba de alguna profundidad”. Una pesadilla casi sin contenido, condensada en una imagen casi abstracta. Y después escribe: “Hoy en el tren un hombre decía ‘Sufro mucho, quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año'”. Y concluye Walsh: “Hablaba por él pero también por mí”.

Quisiera detenerme en ese movimiento, ese desplazamiento, darle la palabra al otro que habla de su dolor, un desconocido en un tren, que dice “Sufro, quisiera despertarme dentro de un año”. Es casi una elipsis, una pequeña toma de distancia respecto de lo que está tratando de decir, un deslizamiento de la enunciación, alguien habla por él y expresa el dolor de un modo sobrio y directo y muy conmovedor. Hace un pequeñísimo movimiento pronominal para lograr que alguien por él pueda decir lo que él quiere decir. Una lección de estilo, un intento de condensar el cristal de la experiencia.

El mismo desplazamiento utiliza Walsh en el texto donde cuenta las circunstancias en las que muere Vicky, “Carta a mis amigos”. Narra el cerco militar a la casa, la resistencia, el combate. Y para describir lo que ha sucedido nuevamente le da la voz a otro. Dice: “Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto”. Y transcribe el relato del que estaba ahí sitiando el lugar. “El combate duró más de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba. Nos llamó la atención la muchacha, porque cada vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía”. La risa está ahí, narrada por otro, la extrema juventud, el asombro, todo se condensa. La impersonalidad del relato y la admiración de sus propios enemigos refuerzan el heroísmo de la escena. Los que van a matarla son los primeros que reconocen su valor, en la mejor tradición de la épica. Al mismo tiempo el testigo certifica la verdad y permite al que escribe ver la escena y narrarla, como si fuera otro. Igual que en el caso del hombre en el tren, acá también hace un desplazamiento y le da la voz a otro que condensa lo que quiere decir.

Quizás ese soldado nunca existió, como quizá nunca existió ese hombre en el tren, lo que importa es que están ahí para poder narrar el punto ciego de la experiencia. Puede entenderse como una ficción, tiene por supuesto la forma de una ficción destinada a decir la verdad, el relato se desplaza hacia una situación concreta donde hay otro, inolvidable, que permite fijar y hacer visible lo que se quiere decir.

Es algo que el propio Walsh había hecho muchos años antes, en 1964, cuando trataba de contar el modo en que había sido arrastrado por la historia. En el prólogo a la tercera edición de Operación Masacre Walsh narra una escena inicial, narra digamos su ficción del origen, y condensa así la entrada de la historia y de la política en su vida. Está en un bar en la ciudad de La Plata, un bar al que va siempre a hablar de literatura y a jugar al ajedrez y una noche de 1956 se oye un tiroteo, hay corridas, un grupo de peronistas y de militares rebeldes asalta al comando de la Segunda División del Ejército, es el comienzo de la fracasada revolución de Valle que va a concluir en la represión clandestina y en los fusilamientos de José León Suárez sobre los que Walsh realizará la denuncia en Operación Masacre.

Esa noche Walsh sale del bar con los otros parroquianos, corre por las calles arboladas y por fin se refugia en su casa, que está cerca del lugar de los enfrentamientos. Y entonces narra. “Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: ¡Viva la patria!, sino que dijo: No me dejen solo, hijos de puta”. Una lección de historia pero también otra lección de estilo. Una vez más el desplazamiento que condensa un sentido múltiple en una sola escena y en una voz. Este otro conscripto que está ahí aterrado, que está por morir, es el que cristaliza una red múltiple de significaciones. Un movimiento que es interno al relato, otra elipsis, que desplaza hacia el otro la experiencia de la historia.

Walsh hace ver de qué manera podemos mostrar lo que parece casi imposible de decir. La literatura sería el lugar en el que siempre es otro el que viene a decir. O mejor, el estilo sería ese movimiento hacia otra enunciación, una toma de distancia respecto de la palabra propia.

La nota completa acá.