Philip Roth relee (y escribe sobre) ‘El lamento de Portnoy’

1416940053_326992_1416940805_noticia_normal* Leemos hoy en El País:

 

Al volver a leer El mal de Portnoy 45 años después, estoy sorprendido y contento: sorprendido de que pudiese haber sido tan temerario, y contento por haberlo sido. Desde luego, mientras trabajaba no era consciente de que, a partir de ese momento, nunca me iba a librar de este paciente psicoanalítico al que llamaba Alexander Portnoy; de que, de hecho, estaba a punto de intercambiar mi identidad por la suya y de que, posteriormente, muchas mentes considerarían que su personaje y toda su parafernalia eran míos, y de que mis relaciones con gente conocida y desconocida cambiarían en consecuencia.

El mal de Portnoy fue el cuarto de mis 31 libros. Al escribirlo, solo pretendía liberarme del escritor que había empezado a ser en mis tres primeros libros. No buscaba una catarsis como neurótico o hijo, como algunos dieron a entender, sino más bien una emancipación de los métodos narrativos tradicionales. Aunque es posible que el protagonista se esfuerce por huir de su conciencia moral, yo trataba de liberarme de una conciencia literaria construida por mis lecturas, mi educación y mi meticulosidad, de mi habitual sentido del decoro prosístico. Mi impaciencia con las virtudes de la progresión lógica hacía que quisiese renunciar al desarrollo ordenado y coherente de un mundo imaginado, y hacía que quisiese avanzar atropelladamente, frenéticamente, como el clásico paciente de psicoanalista progresa idealmente en plena libertad asociativa.

Retraté a un hombre habitado por toda clase de pensamientos inaceptables, a un hombre de 33 años poseído por sensaciones peligrosas, opiniones desagradables, quejas despiadadas, sentimientos siniestros y, cómo no, acosado por la implacable presencia de la lujuria. En resumidas cuentas, escribí sobre la parte antisocial que anida en casi todo el mundo y a la que cada uno se enfrenta con distintos grados de éxito. Aquí logramos oír a Portnoy en la improvisada tarea del paciente de un psicoanalista de llevar bien (o mal llevar) su trastorno.

Portnoy está tan lleno de ira como de lujuria. ¿Y quién no? Miren si no la traducción de La Ilíada de Robert Fagles. ¿Cuál es la primera palabra? “Ira”. Así es como empieza toda la literatura europea: cantando la ira viril de Aquiles.

Uno escribe un libro repulsivo (y muchos consideraban que El mal de Portnoy era únicamente eso) no para ser repulsivo, sino para representar lo repulsivo, para airear lo repulsivo, para exponerlo, para revelar a qué se parece y qué es. Chejov aconsejaba sabiamente que la tarea del escritor no consiste en resolver problemas, sino en presentar adecuadamente el problema.

Puesto que el principio básico freudiano establece que no hay nada en una historia personal que sea demasiado insignificante o vulgar para hablar de ello y que, asimismo, no hay nada demasiado monstruoso o fabuloso, la sesión de psicoanálisis me proporcionó el recipiente apropiado para contenerlo todo. La consulta del psicoanalista, el escenario del libro, es ese lugar en el que uno no tiene que censurar nada. La norma es que no hay normas, y esa es la norma que seguí para describir la burla satírica que hace un hijo de su familia judía, en la que el objeto de burla más cómico resulta ser el propio hijo que satiriza. La violenta agresión de la sátira unida al hiperrealismo satírico —el retrato rayano en la caricatura, el cómico deseo de lo extravagante— no fue, por supuesto, del gusto de todo el mundo. Yo, por otra parte, me alejé de mis tres primeros libros decentes llevado por las alas del júbilo.

La grotesca idea que Portnoy tenía de su vida se debía mucho a las normas, a las inhibiciones y a los tabúes que ya no predominan entre los jóvenes eróticamente liberados ni siquiera en las aldeas estadounidenses más remotas. Sin embargo, durante una adolescencia en la posguerra estadounidense en la década de 1940 —más de medio siglo antes de que se soñase siquiera con la pornografía de Internet— estas restricciones imperaban en la jurisdicción limitada en la que Portnoy estaba alcanzando la mayoría de edad con tanta ira. Debido a esta drástica alteración de la perspectiva moral a lo largo de los últimos 45 años, la noticia sexual que parecía tan desastrosa cuando Portnoy relató su historia fálica por primera vez a su psicoanalista en 1969 ahora ha perdido su impacto. En este sentido, mi inmoderado libro está ahora tan desfasado como La letra escarlata o como su camarada de finales de la década de 1960, Parejas de Updike, otra novela genital por aquel entonces que sigue siendo lo bastante escandalosa como para poner en duda algunas certezas sociales ya resquebrajadas sobre los límites del eros y las prerrogativas de la lujuria.

Alexander Portnoy, R.I.P.

 

Traducción de News Clips.


Philip Roth cumple 80 años (algunas notas de diarios)

Leemos hoy en el ABC de España:

Hoy, 19 de marzo, Philip Roth cumple 80 años. El mismo escritor que escribió en su novela «Elegía» que la «senectud no es una batalla, la senectud es una masacre», parece estar lidiando con su avanzada edad como quien atraviesa la crisis de la mediana edad: haciendo aquello que hasta ahora había tenido por impensable.

Lo primero ha sido colaborar -y por tanto convertir en «autorizada»- en la biografía que el autor Blake Bailey está preparando. La segunda fue participar en la elaboración de un documental sobre su carrera realizado por la cadena de televisión pública estadounidense PBS. «En los próximos años me enfrentaré a dos calamidades: la muerte y una biografía. Espero que la primera llegue antes», explica sardónico Roth al inicio del documental titulado «Philip Roth: Unmasked» (Philip Roth: Desenmascarado).

La cinta es, a grandes rasgos, un paseo cronológico por la vida y la trayectoria de Roth, en la que el literato nos lleva de la mano, menudeando lo que estima significativo y desechando lo que considera sobrevalorado. Sin embargo, Roth no evita adentrarse en algunos de los puntos más polémicos de su carrera, como el hecho de que por su primer cuento se ganase la fama de judío antisemita; ni de sí mismo, como sus depresiones, el haber tenido ideas suicidas o cómo sus sesiones de psicoanálisis le ayudaron a reinventar su estilo literario.

Roth tampoco trata de ocultar las características que lo han hecho único como escritor -lo que él define como una falta absoluta de vergüenza a la hora de escribir-; ni esconder que la idea de la muerte ha ganado prestancia en su vida en los últimos años. «Mirar tu agenda es como dar un paseo por un cementerio», explica Roth, quien reconoce que es una «putada, pero tus amigos mueren. Y el pronóstico de la muerte genera miedo, tristeza, el deseo de volver a tenerlo todo de nuevo, pero no ira. No estoy preocupado. Estoy triste, pero no estoy preocupado».

Completo acá.

 

En La República, de Perú:

En su novela debut, Goodbye, Columbus (1959), Roth narra la historia de un joven judío de Newark en plena ebullición sexual. En tanto, en su último libro, Némesis (2010), un profesor de Newark debe enfrentar una epidemia de poliomielitis.

Pasó medio siglo entre un libro y el otro y su autor está en las puertas de una nueva década. Hoy cumple 80 años considerado como el mejor escritor vivo de EEUU. Así lo ratificó una encuesta de la revista The New Yorker, realizada a inicios de marzo, que convocó a 28 escritores. Entre ellos, Salman Rushdie, Martin Amis y Bret Easton Ellis. Ganador de premios como el Pulitzer, Booker y Príncipe de Asturias, el 97% de los consultados votó porque merece el Nobel de Literatura.

En noviembre pasado, Roth anunció su retiro en una entrevista con la revista Les Inrockuptibles y el diario NY Times: “La lucha contra la escritura ha terminado”. Y agregó: “Némesis es mi último libro”. Algunos le creyeron. Otros no. Las sospechas volvieron con el estreno, en el Film Forum de Nueva York, del documental Philip Roth: Desenmascarado. Su protagonista dice ante las cámaras: “Sigo escribiendo, nunca lo dejé. Mis peores momentos son cuando no escribo. Entonces soy infeliz, depresivo y ansioso”.

 

Y en La Jornada, de México:

Parece que a Philip Roth le sienta bien el paso de los años. A lo largo de su vida, el novelista estadunidense escribió sobre sus torturadores miedos y pasó mucho tiempo solo, junto a su máquina de escribir, en una casa de campo.

Ahora, apartado de la escritura, incluso está dispuesto a celebrar su cumpleaños 80. Su ciudad natal, Newark, ha convocado para este martes a invitados de todo el mundo para rendir homenaje a su hijo predilecto. Y Roth, quien siempre intenta pasar desapercibido, participará.

Newark sólo está separada de Nueva York por el río Hudson. Pero entre esta ciudad industrial venida a menos y el pujante Manhattan hay un mundo de diferencia.

Roth creció en el seno de una familia humilde de inmigrantes judíos en el barrio obrero de Weequahic. Y ya en su primer libro abordó las discrepancias entre sus orígenes y la vida al otro lado del río. Goodbye, Columbus es un retrato de la sociedad judeoestadunidense en Nueva York. Y con él, el joven autor de 26 años se alzó en 1960 con uno de los galardones literarios más prestigiosos del país.

Ganador de dos premios National Book, un Pulitzer, dos del National Book Critics Circle y tres PEN/Faulkner, Philip Roth se sitúa en el olimpo de la literatura contemporánea.

Entre los galardones más recientes que ha recibido figuran el premio alemán Franz Kafka, el británico Man Booker y el Príncipe de Asturias de las Letras. Sólo le falta el Nobel de Literatura, en cuyas quinielas aparece desde hace años como eterno candidato.

Durante su carrera literaria, Roth ha escrito 31 libros, a menudo uno por año. Su salto a la fama internacional llegó en 1969 con El mal de Portnoy (1969), una novela provocadora, tan celebrada como destrozada por la crítica, en la que plasmaba las confesiones de intelectuales judíos adictos al sexo en el diván del sicoanalista.

Rutas literarias en autobús

Como en Goodbye, Columbus, muchas de las novelas, ensayos y relatos de Philip Roth transcurren en el Newark de su juventud. Actualmente, la ciudad ofrece rutas literarias en autobús por los lugares en los que se enmarcan sus narraciones.

Y es que las historias de Roth se mueven entre lo autobiográfico y la ficción, con frecuencia de forma divertida, sarcástica y a la vez llena de melancolía. Ya desde muy temprano, el New York Times alabó su capacidad para transformar una inagotable amargura en arte.

Entre las principales obras de Roth destaca la trilogía compuesta por El escritor fantasma, Zuckerman desencadenado y La lección de anatomía, escritas entre 1979 y 1983. Como epílogo, añadió dos años después La orgía de Praga, con la que cierra definitivamente el ciclo. Más tarde llegaron las premiadas El teatro de Sabbath, protagonizada por un libidinoso titiritero, y Pastoral americana, sobre la integración de los inmigrantes judíos en Estados Unidos.

La novela forma parte de su trilogía estadunidense, que completan Me casé con un comunista –un anecdótico punto final a su matrimonio con la actriz británica Claire Bloom– y La mancha humana, una radiografía de la sociedad estadunidense en la segunda mitad del siglo XX.

En Elegía y La humillación, dos de sus novelas más recientes, el autor aborda los temas del amor y de la muerte, mientras en Sale el espectro (2007), acaba con su alter ego Nathan Zuckerman.

Queda por ver si el hasta ahora último libro de Philip Roth, Némesis (2011), es realmente el final de sus cinco décadas de creación literaria.

Tras anunciar que dejaba definitivamente la escritura, el autor confesó al New York Times que se sentía feliz de tener finalmente tiempo para leer. Escribir es una frustración, una frustración diaria, sin contar con la humillación.


Fresán sobre Philip Roth y su “retiro”…

Leemos en el suplemento Radar:

(…) de pronto, un casi octogenario Philip Roth –a diferencia de lo hecho por sus maestros Saul Bellow y Bernard Malamud– anuncia que no va más, que se va, que ha llegado el momento de bajar la persiana y que sigan otros, porque él ya dio todo lo que tenía para dar. Antes, Roth se releyó marcha atrás in toto (revisando de paso las versiones definitivas de sus títulos, ascendiendo al altar de la Library of America) para comprobar si había dado lo mejor de sí. El veredicto fue positivo, el diagnóstico favorecedor y, así, adiós, adiós, adiós al último titán de su generación, con Thomas Pynchon y Don DeLillo cuidándole las espaldas, mientras esperamos el inevitable y cáustico twit de Bret Easton Ellis.

Las sensaciones ante la mala nueva son variadas. Pena, sospecha, irritación y, de nuevo, pena empezando de inmediato a fantasear –morbosamente– con papeles póstumos y todo eso. Y como seguidor/lector, se espera que no sea más que la resaca por los efectos del huracán Sandy sobre su Nueva Jersey natal o un berrinche pasajero porque volvieron a NO darle el Nobel. Pero está claro que este último es un argumento infantil (tampoco se lo dieron a Updike, quien luchó pluma en mano hasta el último aliento) y cuya posibilidad de ser cierto se agota pronto. Porque la cosa viene de antes. Sus últimos títulos publicados reincidían en la ceremonia de la despedida (desactivó a su alter ego Nathan Zuckerman en Sale el espectro, de 2007), volvían una y otra vez al tema de la enfermedad y de la decadencia física y, de un tiempo a esta parte, Roth parecía un hombre desencantado y cansado de vivir en un mundo donde “el problema es que el hábito de la lectura se ha esfumado. Como si para leer necesitáramos una antena y la hubieran cortado. No llega la señal. La concentración, la soledad, la imaginación que requiere el hábito de la lectura. Hemos perdido la guerra. En veinte años, la lectura será un culto… Los lectores van a desaparecer. Seguirá habiendo novelistas que seguirán escribiendo, pero serán leídos por menos y menos gente…”

La nota completa acá.


¿Philip Roth se “jubila”?

Leemos (vía Julio Rovelli@jprovell) la siguiente nota en el diario El País, acerca de “el retiro” de Phlip Roth. (¿Se le habrá acabado la imaginación? Raro… ya que decía otra cosa hace muy poco tiempo…)

Philip Roth, centauro de las letras estadounidenses, el penúltimo de una estirpe de novelistas que definió el siglo XX, dice adiós. Se retira de la literatura. El anuncio fue hecho hace más de dos semanas por el propio autor a la revista francesa Les Inrockuptibles. ¿Una boutade de creador? No desde que ayer fuera confirmado el extremo por Lori Glazer, vicepresidenta de la editorial Hougton Mifflin. “Se acabó. Némesis ha sido mi último libro”, declaró Philip Roth en una entrevista que extractó la web estadounidense Salon.

A los 79 años, el autor confiesa que es consciente de que se le acaba el tiempo, por lo que ya solo relee sus novelas favoritas. Lo mismo que hace con sus libros, pero en inverso orden cronológico al que fueron creados. “Quería saber si había perdido el tiempo escribiendo”, explica en la entrevista. “La verdad”, reconoce, “es que creo que he sido exitoso”. El escritor recurre entonces al boxeador Joe Louis y su célebre cita: “hizo su trabajo lo mejor que pudo con lo que tuvo”. “Eso es exactamente lo que diría de mi trabajo”.

“He dedicado mi vida a la novela: he estudiado, he enseñado, he escrito y he leído. He dejado fuera casi todo lo demás. Ya basta. Ya no siento ese fanatismo por escribir que sentía antes”, confiesa el gran novelista. Roth, a quien se le escapa el Nobel cada año, fue galardonado con el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012, pero no pudo recogerlo el mes pasado en Oviedo por estar recuperándose de una intervención quirúrgica.

Irreverente, dedicado a retratar la vida de los judíos estadounidenses —en ocasiones de manera casi autobiográfica—, Roth ha publicado 31 novelas en las que ha escudriñado con maestría el alma humana y le han convertido en el máximo exponente de la herencia de la gran literatura de su país, siguiendo la estela de Fitzgerald, Hemingway o Saul Bellow.

Nacido en Newark (Nueva Jersey) el 19 de marzo de 1933, en el seno de una familia de origen judío emigrada de Ucrania, Roth publicó su primer libro, Adiós, Columbus (1959), poco después de haber cumplido los 26 años, “por ambición, para ver si podía hacerlo y por un deseo de hacerlo tan bien como pudiera”. Desde entonces, y a pesar de que en anteriores ocasiones manifestó su deseo de abandonar la escritura, ha dado títulos tan importantes como Pastoral americana (1997), novela con la que se llevó el premio Pulitzer y que precedería a Me casé con un comunista (2000) y La mancha humana (2001), que conformaron una laureada trilogía sobre la historia reciente de Estados Unidos.

Roth es de los últimos grandes escritores estadounidenses vivos junto a Thomas Pynchon, Don DeLillo y Richard Ford, tras la muerte de John Updike en 2009. Durante este siglo, cada año se ha esperado un libro suyo. Y la calidad del resultado ha sido una montaña rusa que ha terminado en lo más alto con Némesis (2011), donde aborda el problema de la culpa, con una historia desarrollada durante la Segunda Guerra Mundial. Una profusión de libros en una “incansable labor de derrotar al tiempo”, en la descripción del crítico José María Guelbenzu. Excelentes, muy buenas, buenas o regulares, el nivel más bajo de las obras de Roth es más alto que el de una gran mayoría de escritores.

Si a los autores les suele rondar la idea de que siempre hacen variaciones de la misma obra, en Roth algunas de sus últimas novelas giran alrededor de un hombre mayor que ha sido más o menos exitoso profesionalmente, hasta que se derrumba, se deprime o se decepciona de la vida y del mundo, pero que se topa con el amor, la pasión o el deseo sexual por una mujer que emerge como aparente salvadora. Una bifurcación de sensaciones y sentimientos con una presencia fuerte: la muerte.

Profesor universitario que dejó la docencia para dedicarse a la escritura, Roth es padre de criaturas memorables de la historia de la literatura contemporánea, como Nathan Zuckerman y David Kepesh.

Bibliografía de un gran novelista

Némesis (2011)

La humillación (2010)

El juicio de la historia: Escritos 1920-1939 (2009)

Engaño (2009)

Indignación (2009)

Lecturas de mí mismo (2008)

Nuestra pandilla (2008)

Los hechos (2008)

Sale el espectro (2007)

El profesor del deseo (2007)

Deudas y dolores (2007)

Elegía (2006)

La conjura contra América (2005)

Patrimonio. Una historia verdadera (2003)

El oficio: Un escritor, sus colegas y sus obras (2003)

El animal moribundo (2002)

La mancha humana (2000)

Me casé con un comunista (1998)

Pastoral americana (1997)

El teatro de Sabbath (1997)

Operación Shylock (1996)

Decepción (1990)

La contravida (1987)

La lección de anatomía (1983)

Zuckerman (1981)

Zuckerman encadenado (1981)

El escritor fantasma (1979)

Mi vida como hombre (1975)

La gran novela americana (1974)

El pecho (1972)

El lamento de Portnoy (1969)

Cuando ella era buena (1967)

Huida (1962)

Goodbye, Columbus (1960)


Philip Roth y una frase ‘que lo pinta de cuerpo entero’

Aunque con ella alcanza, posteamos un fragmento de la nota que salió hoy en La Vanguardia:

Nueva York. (EFE/Teresa de Miguel).- A pocos meses de celebrar su ochenta cumpleaños, el escritor estadounidense Philip Roth no suelta la pluma que le ha valido el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012 pese a confesar que “si pudiera dejar de escribir lo haría”.

“Tengo 79 años, ¿si (escribir) es tan frustrante y difícil para mí, qué me ha llevado a seguir haciéndolo?. Y la respuesta es muy tonta, es que no sé cómo parar. Si pudiera dejar de escribir lo haría, pero no sé cómo hacerlo”, explica Roth en una entrevista con Efe en su apartamento en el barrio neoyorquino del Upper West Side.

Con una voz suave que esconde la feroz ironía que se desprende de sus novelas, esta leyenda viva de la literatura describe como una “agonía espontánea” su proceso creativo, que arranca con un primer año de trabajo “extremadamente difícil, extremadamente frustrante y poco satisfactorio”.

Pero, no contento hasta que no resuelve “los desafíos literarios” que se le presentan, Roth va hilando puntada a puntada esas primeras ideas impulsado por una “perseverancia” y un “afán de perfeccionismo” con los que va descubriendo un libro que al principio se antoja “turbio y nublado”.

Luchando contra ese proceso agónico, este eterno candidato al Nobel ha publicado ya 31 novelas en las que ha escudriñado con maestría el alma humana y que le han convertido en el máximo exponente de la herencia de la gran literatura estadounidense, en línea con Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway o Saul Bellow.

Nacido en Newark (Nueva Jersey) el 19 de marzo de 1933 en el seno de una familia de origen judío emigrada de Ucrania, Roth publicó su primer libro, “Adiós, Colón” (1959), poco después de haber cumplido los 26 años, “por ambición, para ver si podía hacerlo y por un deseo de hacerlo tan bien como pudiera”.

Desde entonces no ha podido dejar de ponerse a prueba a sí mismo escribiendo obras como “Pastoral Americana” (1997), con la que se llevó el premio Pulitzer y que precedería a “Yo me casé con un comunista” (2000) y “La mancha humana” (2001), que conformaron una laureada trilogía sobre la historia reciente de Estados Unidos.

Completa acá.


Carta abierta a Wikipedia (Philip Roth), en español

* Como se hizo público desde The New Yorker, Philip Roth escribió una carta a Wikipedia a raíz de un artículo que hacía referencia a la novela La mancha humana. Allí Roth desmiente la fuente de inspiración atribuida al escritor Anatole Broyard, explica en quién sí se basó, y de paso brinda una interesante lección de literatura y de historia norteamericana.

Según este artículo, aunque Wikipedia insólitamente pidió “fuentes secundarias” ante el pedido de corrección de Roth, finalmente, tras la “carta abierta”, el artículo se ha enmendado.

La traducción al español de la carta la hizo la amiga Celeste Murillo.

*   *   *

Carta abierta a Wikipedia

De Philip Roth

Estimada Wikipedia,

Soy Philip Roth. Recientemente, tuve la oportunidad de leer por primera vez la entrada que discute mi novela The Human Stain [La mancha humana]. La entrada contiene un error grave que me gustaría solicitar que se elimine. Este elemento entró en Wikipedia no mediante el mundo de la verdad sino el del balbuceo del chisme literario; no hay absolutamente nada de verdad en él.

Aun así, cuando solicité recientemente, a través de un interlocutor oficial, a Wikipedia que borre este error, junto con otros dos, “el administrador de Wikipedia en inglés” –en una carta fechada 25 de agosto y dirigida a mi interlocutor– le dijo a mi interlocutor que yo, Roth, no era una fuente confiable: “Entiendo su planteo de que el autor es la mayor autoridad sobre su propio trabajo”, escribe el administrador de Wikipedia, “pero requerimos fuentes secundarias”.

Así surgió el motivo de esta carta abierta. Después de no conseguir realizar el cambio por los canales normales, no sé cómo proseguir.

Mi novela The Human Stain fue descripta en la entrada como “presuntamente inspirada por la vida del escritor Anatole Broyard”. (Esta formulación precisa ha sido modificada por la edición colectiva de Wikipedia, pero la falsedad se mantiene.)

Esta presunta acusación no se sostiene mediante ningún hecho. The Human Stain fue inspirada, más bien, por un lamentable acontecimiento en la vida de mi amigo (ya fallecido) Melvin Tumin, profesor de sociología en Princeton durante treinta años. Un día del otoño de 1985, mientras Mel, que era meticuloso en todas las cosas grandes o pequeñas, toma lista meticulosamente en una clase de sociología, notó que dos de sus estudiantes no  se habían presentado a una sola clase o intentado verlo para explicarle por qué no habían podido ir, aunque ya era entonces la mitad del semestre.

Una vez que terminó de tomar lista, Mel preguntó a la clase sobre estos dos estudiantes a quienes nunca había conocido. “¿Alguien los conoce? ¿Existen o son espectros? –desafortunadamente, las mismas palabras que Coleman Silk, el protagonista de The Human Stain pregunta en su clase en Athena College en Massachusetts–.

Casi inmediatamente Mel fue llamado por las autoridades de la universidad para justificar el uso de la palabra “espectro”, ya que los dos estudiantes que no acudían a las clases, eran ambos afroamericanos, y “espectros” fue en un momento en Estados Unidos una forma peyorativa de referirse a las personas negras, un veneno hablado más suave que “nigger” [absolutamente un insulto, NdT] pero intencionalmente degradante de igual forma. Durante los siguientes meses se desató una caza de brujas de la que el profesor Tumin –al igual que el profesor Silk en The Human Stain– resultó inocente, pero solo después de presentar una serie de largos alegatos declarándose inoncente de la acusación de discurso de odio.

Abundaron las ironías, cómicas y graves, mientras Mel había ganado prominencia nacional entre sociólogos, organizadores urbanos, activistas por los derechos civiles, y políticos liberales, por primera vez con la publicación en 1959 de su innovador estudio sociológico “Desegregation: Resistance and Readiness”, y luego en 1967 con “Social Stratification: The Forms and Functions of Inequality”, que rápidamente se transformó en un texto sociológico de referencia. Además, antes de llegar a Princeton, había sido director de la Comisión municipal sobre Relaciones raciales, en Detroit. Sobre su muerte, en 1995, el titular de su obituario en el New York Times decía: “Melvin M. Tumin, 75, especialista en relaciones raciales”.

Pero ninguna de estas credenciales sirvió cuando los poderes de ese momento buscaron derribar al profesor Tumin de su alto puesto académico sin ninguna razón, más o menos como es derribado el profesor Silk en The Human Stain.

Y es esto lo que me inspiró a escribir The Human Stain: no algo que podría o no podría haber sucedido en la vida de la figura literaria cosmopolita de Manhattan Anatole Broyard sino lo que en realidad pasó en la vida del profesor Melvin Tumin, sesenta millas al sur de Manhattan en la ciudad universitaria de Princeton, New Jersey, donde conocí a Mel, su esposa, Sylvia, y sus dos hijos cuando fui escritor residente por primera vez en Princeton a comienzo de los años 60.

Así como sucede con la distinguida carrera académica del personaje principal de The Human Stain, la carrera de Mel, aunque se había desarrollado por más de cuarenta años como erudito y maestro, fue mancillada de la noche a la mañana por haber supuestamente rebajado a dos estudiantes negros, a quienes nunca había visto, al llamarlos “espectros”. Hasta donde yo sé, ningún acontecimiento remotamente similar a esta arruinó la extensa y exitosa carrera de Broyard en las más altas esferas del mundo del periodismo literario.

Este hecho de los “espectros” es el incidente inicial de The Human Stain. Es el núcleo del libro. No existe novel sin él. No hay Coleman Silk sin él. Cada cosa que nos enteramos sobre Coleman Silk durante las 361 páginas comienza con la persecución injustificada por decir “espectros” en voz alta en un aula universitaria. En esa sola palabra, pronunciada de forma inocente, yace la fuente de la ira de Silk, su angustia, y su caída. Su atroz e innecesaria persecución proviene de ello, así como sus inútiles intentos de renovación y regeneración.

Irónicamente, eso y no su enorme secreto de toda la vida –es el hijo de piel clara de una respetable familia negra de East Orange, New Jersey, tres hijos de un mozo de carro comedor de ferrocarril y una enfermera, que se hace pasar, con éxito, por blanco desde el momento en que ingresa en la Marina de Estados Unidos a los diecinueve años– es la causa de su final humillante.

En lo que concierne a Anatole Broyard, ¿estuvo alguna vez en la Marina? ¿En el Ejército? ¿En prisión? ¿Escuela de posgrado? ¿Partido comunista? ¿Tuvo hijos? ¿Fue alguna vez la víctima inocente del acoso institucional? No tengo idea. Apenas nos conocemos. Durante más de tres décadas, me crucé con él, casual e inadvertidamente, quizás tres o cuatro veces antes de una larga batalla con el cáncer de próstata que terminó con su vida en 1990.

Coleman Silk, por otro lado, es asesinado malévolamente, en un choque de auto planificado con anticipación mientras manejaba con su amante inverosímil, Faunia Farley, jornalera y portera en la misma universidad donde él había sido decano de alta estima. Las revelaciones que derivan de las circunstancias específicas del asesinato de Silk aturdieron a sus sobrevivientes y llevaron a la conclusión ominosa en un lago desolado y cubierto de hielo, donde se produce un enfrentamiento entre Nathan Zuckerman y Faunia y la ejecutora de Coleman, el exmarido de Faunia, el violento y atormentado veterano de Vietnam Les Farley. Ni los sobrevivientes de Skill ni su asesino ni su amante portera encontraron su fuente en ninguna otra parte que no fuera mi imaginación. En la biografía de Anatole Broyard no hay gente o hechos comparables hasta donde sé.

No supe nada de las amantes de Anatole Broyard o, si alguna vez tuvo alguna, quiénes eran o si una mujer como Faunia Farley, herida y acosada por los hombres desde los cuatro años, lo haya ayudado a sellar salvajemente su destino como lo hizo ella como el de Coleman Silk y el suyo. No supe absolutamente nada de la vida privada de Broyard –de su familia, sus padres, hermanos, parientes, su educación, amistades, su matrimonio, sus asuntos amorosos– y aun así los aspectos privados y más delicados de la vida privada de Coleman Silk constituyen prácticamente toda la historia narrada en The Human Stain.

Nunca he conocido, hablado o, que yo sepa, he estado en compañía de un solo miembro de la familia Broyard. Ni siquiera sabía si tenía hijos. La decisión de tener hijos con una mujer blanca y quedar posiblemente expuesto como un hombre negro por la pigmentación de su descendencia es causa de gran temor para Coleman Silk. Si Broyard sufrió tal temor no tenía forma de saberlo y sigo sin tenerla.

Nunca compartí una comida con Broyard, nunca fui con él a un bar, a un partido, a una cena o a un restaurante, nunca lo vi en una fiesta. Puedo haber coincidido en los ’60 cuando estaba viviendo en Manhattan y rara vez socializada en una fiesta. Nunca vi una película o jugué a las cartas con él o fui a algún evento literario donde él fuera participante o espectador. Hasta donde sé, no vivimos cerca el uno del otro durante diez y tantos años a finales de los años ’50 y durante los años ’60 cuando vivía y escribía en New York y él era un crítico de libros y de cultura para el New York Times. Nunca me crucé con él por accidente en la calle, aunque una vez –si recuerdo bien, en los años ’80– nos encontramos una vez en la tienda para hombres de Paul Stuart en la Av. Madison, donde me estaba comprando zapatos. Dado que Broyard era por entonces el crítico de libros con más estilo intelectual del Times, le dije que me gustaría que se sentara a mi lado y me permitiera comprarle un par de zapatos, con la esperanza de que, admití francamente, para aumentar su estima por mí para mi próximo libro. Fue un encuentro gracioso, divertido, duró diez minutos como mucho, y fue el único que tuvimos.

Nunca nos molestamos en tener una conversación seria. Las bromas al pasar era nuestra especialidad, con el resultado de que nunca supe de parte de Broyard quiénes eran sus amigos o sus enemigos, no sabía dónde o cuándo había nacido o se había criado, no sabía nada sobre su situación económica en su infancia o en su vida adulta, no sabía nada de sus políticos o equipos deportivos favoritos o si tenía algún interés en algún deporte. Ni siquiera sabía dónde vivía actualmente o aquel día cuando le ofrecí comprarle un par de zapatos costosos. No sabía nada sobre su salud mental o su bienestar físico, y solo me enteré de que tenía cáncer varios meses después de que haya sido diagnosticado, cuando escribió sobre su lucha con la enfermedad en la New York Times Magazine.

Nunca fui invitado a su casa o él en la mía, lo conocía solamente como –a diferencia de Coleman Silk, un decano revolucionario en Athena College en la región oeste de Massachusetts, donde es el centro de la controversia sobre asuntos universitarios comunes como el curriculum y los requisitos para la titularidad– como un crítico en general generoso de mis libros. Después de admirarlo por su coraje en su artículo sobre su inminente muerte, conseguí el número de la casa de Broyard mediante un conocido en común y lo llamé. Esta fue la primera y última vez que hablé con él por teléfono. Era encantadoramente vivaz, asombrosamente exuberante, y se rió con ganas cuando le recordé nuestros años mozos, arrojando una pelota de futbol en la playan en Amgansett en 1958, que era donde y cuando nos vimos por primera vez. Tenía entonces 25 años, él 38. Era un hermoso mediodía de verano, y recuerdo que me acerqué a él en la playa para presentarme y decirle cuánto había disfrutado su brillante “What the Cystoscope Said”. La historia había aparecido en mi último año de la universidad, en 1954, en cuarto verano de la más excelente revista literaria de la era, la masiva Discovery.

Pronto éramos cuatro de nosotros –escritores recién publicados casi de la misma edad– bromeando mientras arrojábamos la pelota de futbol por la playa. Esos veinte minutos arrojando la pelota constituyó la relación más íntima que tuvimos con Broyard y duró un total de treinta de minutos que nunca más pasaríamos en compañía uno del otro.

Antes de irme de la playa ese día, alguien me dijo que se rumoreaba que Broyard era un “octoroon” [mulato, N de T]. No presenté mucha atención o, en 1958, le di mucho crédito a la característica. Por mi experiencia, mulato era una palabra que raramente escuchaba en el sur de Estados Unidos. No es imposible que hubiera tenido que buscarla en el diccionario para estar seguro de su significado preciso.

Broyard era en realidad el hijo de dos padres negros. No lo sabía entonces, sin embargo, cuando empecé a escribir The Human Stain. Sí, alguien una vez me había dicho al pasar que el hombre era el hijo de un cuarentón y una negra, pero esa pizca incomprobable de rumores poco probables era toda la sustancia que alguna vez supe sobre Broyard –eso y lo que escribió en sus libros y artículos sobre literatura y el carácter literario de su época.

En las dos historias cortas excelentes que Broyard publicó en Discovery –la otra, “Sunday Dinner in Brooklyn”, apareció en 1953– no había razón para creer que la característica central de su familia de Brooklyn era, como el autor, ciento por ciento blanca.

Por otro lado, a lo largo de los años, no poca gente se había preguntado si, por ciertos aparentemente características negras –sus labios, su cabello, su tono de piel– Mel Tumin, que era categóricamente judío en la abrumadoramente WASP [sigla utilizada para definir Blanco Anglosajón y Protestante, muy común para describir un ambiente social de mayoría blanca, N de T] Princeton de su era, no podría haber sido  afroamericano que se hacía pasar por blanco. Este era otro hecho de la biogragía de Mil Tumin que alimentó mis primeras ideas de The Human Stain.

Mi protagonista, el académico Coleman Silk, y el verdadero escritor Anatole Broyard primero se hicieron pasar por blancos en los años antes de que el movimiento de los derechos civiles empezara a cambiar la naturaleza de ser negro en Estados Unidos. Aquellos que eligieron pasarse (esta palabra, por cierto, no aparece en The Human Stain) imaginaron que no tendrían que compartir las privaciones, humillaciones, insultos, injurias e injusticias que probablemente hubieran sufrido si mantenían la identidad que tenían. Durante la primera mitad del siglo XX, no había solo Anatole Broyard –había miles, probablemente decenas de miles de hombres y mujeres de piel clara que decidieron escapar a los rigores de la segregación institucionalizada y a la fealdad de Jim Crow al sepultar par siempre sus vidas negras originales.

No tenía idea de cómo era para Anatole Broyard huir de su negrura porque no sabía nada de la negrura de Broyard, o, para el caso, de su blancura. Pero sabía todo sobre Coleman Silk porque lo había inventado de cero, así como lo había hecho durante el periodo de cinco años antes de la publicación en 2000 de The Human Stain había inventado al titiritero Mickey Sabbath de Sabbath’s Theater (1995), el fabricante de guantes Swede Levov de American Pastoral (1997), y los hermanos Ringold en I Married a Communist (1998), uno profesor de inglés de secundaria y el otro una estrella de radio en sus buenos tiempos. Ni antes ni después de haber escrito estos libros fui titiritero, fabricante de guantes, profesor de secundaria o estrella de radio.

Finalmente, para estar inspirado para escribir todo un libro sobre la vida de un hombre, uno debe tener un interés considerable en la vida del hombre, y para ser sincero, a pesar de que admiré particularmente la historia “What The Cystoscope Said” cuando se publicó en 1954, y así se lo dije al autor, a lo largo de los años no tuve un interese particular en Anatole Broyard. Ni Broyard ni nadie asociado a él tenía nada que ver con mi imaginación sobre nada en The Human Stain.

La escritura de una novela, para el novelista, es un juego de “hagamos de cuenta que”. Como muchos otros novelistas que conozco, una vez tuve lo que Henry James llamó “el germen” –en este caso, la historia de Mel Tumin de aturdimiento en Princeton– procedí a “hacer de cuenta que” e inventar a Faunia Farley; Les Farley; Coleman Silk; la historia familiar de Coleman; las novias de su juventud; su breve carrera profesional como boxeador; la universidad donde llegó a ser decano; sus colegas tanto hostiles como comprensivos; su campo de estudio; su atormentada esposa; sus hijos tanto hostiles como comprensivos; su hermana maestra de escuela, Ernestine, quien lo juzga con mayor dureza en la conclusión de libro; su hermano enojado que lo desaprobaba; y cinco mil más de esas cosas biográficas que de conjunto forman el carácter ficcional en el centro de una novela.

Lo saludo atentamente,

Philip Roth


Imperio y literatura (en el siglo XX)

Leemos esta nota de The Guardian en el sitio de Ñ:

El 27 de enero se convirtió en el día negro de la literatura estadounidense. Ese día del año 2009 murió John Updike; el primer aniversario de esa pérdida estuvo señalado por la noticia de que J.D. Salinger había muerto. Es una coincidencia artificial –un tipo de casualidad de la que autores tan buenos como Updike y Salinger se hubieran burlado en sus relatos–, pero los fallecimientos con escasos intervalos de tiempo de los miembros de las generaciones literarias nacidos en las décadas de 1910, 1920 y 1930 tienen un significado simbólico. Y si a ello agregamos las muertes en 2007 –con un lapso de cuatro meses entre ambas– de Norman Mailer y Kurt Vonnegut (miembros como Salinger del grupo de escritores estadounidenses importantes que prestaron servicio en la Segunda Guerra Mundial) es evidente que una época de la literatura estadounidense está llegando a su fin.

Existe la tentación de creer que estos autores formaron –junto con otros que pelearon en la guerra (por ejemplo, Saul Bellow y Gore Vidal, que murió esta semana) o que fueron adolescentes en aquellos años (Philip Roth)– la generación literaria más importante que Estados Unidos haya tenido nunca y que quizá no volverá a tener. Esta actitud triunfalista pero nostálgica sostiene que estos escritores contaron con el poder geopolítico de su nación –y con una cultura media y una base importante de lectores de libros que juzgaban seriamente a los escritores serios–para crear una superpotencia de la pluma que igualara el dominio financiero y militar de los Estados Unidos durante lo que se dio en llamar “el siglo americano”.

La refutación de este argumento es que aquel ejército de ex combatientes era muy macho y masculino y blanco y tenía las convicciones que correspondía tener, sólo atemperadas por la admisión (a regañadientes) a los salones de la fama a algunas escritoras, como Toni Morrison y Joyce Carol Oates; y que la narrativa estándar de la literatura estadounidense del siglo XX es parcial y distorsionada.

Bien podría argumentarse que en la ficción estadounidense el cambio de guardia no es generacional sino cultural. Tal vez el gran público lector que antes llenaba sus estanterías con Rabbit Quartet, de Updike; Herzog, de Bellow; Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer; El lamento de Portnoy, de Philip Roth, y otros best-séllers de verdadero mérito literario, hayan emigrado hacia los thrillers de lectura rápida (como los de Dan Brown) y los diarios íntimos de tono confesional.

Mi definición de la literatura moderna estadounidense se concentra en autores cuyas primeras obras aparecieron después de 1945, que de alguna manera fue un hito de cambio. En La conjura contra América, Philip Roth imagina que un gobierno proteccionista evitó que Estados Unidos entrara en la Segunda Guerra Mundial en el momento en que debiera haberlo hecho. Pero si aquello hubiera sido una realidad histórica, La conjura contra América no es la única novela estadounidense importante de la que podríamos haber carecido. Los grandes novelistas estadounidenses de mediados del siglo XX son, de diversas maneras, beneficiarios directos de la participación de su país en ese conflicto bélico.

Norman Mailer prestó servicio en el 112ª Escuadrón de Caballería en el frente del Pacífico, donde Gore Vidal, enrolado en la Unidad de Reservistas del ejército estadounidense, era capitán de una nave de abastecimiento. Joseph Heller fue tripulante de un bombardero en el 12ª Escuadrón de la Fuerza Aérea; y Kurt Vonnegut, soldado raso en la 106ª División de Infantería. Jerome David Salinger, destacado en la 4ª División de Infantería del 12º Regimiento de Infantería, combatió en el “Día D”. Saul Bellow, aunque canadiense por nacimiento y mayor que los otros, se alistó para la Marina Mercante.

Con excepción de Salinger, este escuadrón de futuros novelistas tuvo poca acción militar. Mailer fue utilizado principalmente como cocinero, y Vonnegut se convirtió rápidamente en prisionero de guerra, pero todos encontraron material para escribir sus relatos. Era evidente que Mailer se había alistado en el ejército con la esperanza de escribir la novela que luego se llamaría Los desnudos y los muertos (1948). La primera novela de Bellow, Dangling Man, está inspirada en el período de guerra; y las experiencias de Gore Vidal en el mar le brindaron el título para un libro de memorias –Pont to Point Navigation– y un diario de combatiente desde el escéptico y agrio punto de vista que habría luego de informar su larga serie de novelas históricas sobre el crecimiento de la ambición militar de los Estados Unidos: Crónicas del imperio.

Nota completa acá.


Philip Roth x 2 (reportajes)

Leemos:

¿Te divertís al escribir?
Rara vez. Salvo algunas pocas excepciones, cada uno de mis libros fue un calvario. Hay oficios muy pesados, ¡y escribir es uno de ellos! Si el libro no te agota al escribirlo, entonces dudo de su calidad. Por ejemplo, Patrimonio. Una historia verdadera: lo escribí a medida que avanzaba la enfermedad de mi padre. Lo veía todos los días y estaba tan movilizado a la noche que no quería ver a mis amigos, ni mirar un partido de baseball, ni nada. Lo único que podía hacer era escribir, pero sin saber que estaba haciendo un libro… Entonces no lo concebí en el dolor, pero tampoco en la felicidad. El libro que más me divirtió, con el que todavía me río, es El teatro de Sabbath, en el que pongo en escena a un personaje desprovisto del sentimiento de vergüenza y que blasfema contra la gente decente.

¿Hay escenas que te gustan escribir más que otras?
Sí, y son las escenas a las que nadie les presta atención. Como en Me casé con un comunista, cuando mi personaje va a ver a un taxidermista. Me encantó consultar a uno para mi libro. Lo que más me gusta es escribir escenas que requieran asesoría profesional. En Indignación, el hijo de un carnicero le cuenta a una chica la forma en la que se entrega la carne… Creo que la gente pasa mucho tiempo pensando en cosas tan cotidianas. EnElegía, el padre tiene una joyería. Me encantó ir a una joyería, pretendiendo que quería comprar un anillo de compromiso para mi novia.

(…)

Cerca de cumplir ochenta años, ¿qué aprendiste de la vida?
Que voy a odiar abandonarla… No es que todo haya sido color de rosa, pero nada es tan apasionante como el estado de conciencia. Fui educado continuamente, una y otra vez en mi vida por los sucesos, por las personas. Aprendí dándome golpes. La verdad nos llega a los golpes. Lo más absurdo es que creemos que la lección va a ser útil para la próxima experiencia, pero nunca es así ya que cada vez las cosas son diferentes… Si hubiera una vida después de la muerte y me preguntaran “¿Qué querés ser ahora?”, respondería “Cualquier cosa menos escritor”.

¿No exagerás un poco?
Sí, puede ser. Lo cierto es que me gustaría tener el mismo estatus, pero no ser escritor: fue muy arduo. Cuando empezás tenés que extraer tu mejor libro de las tonterías que escribís: un trabajo muy difícil. Solo al escribir aprendés qué tipo de escritor sos. Por ejemplo, no sabía que podía ser gracioso por escrito en mis primeros tres libros. Era un joven serio que quería ser un escritor serio. Solo con El mal de Portnoy supe que podía abrir mi campo de escritura a la comedia.

* Es el genio de Philip Roth, en una entrevista publicada en Los inrockuptibles.

Completa acá.

** Y acá, otra entrevista recientemente subida a Libros colgados, que dice ser una entrevista “completa” aparecida en su momento en el diario español El Mundo.


Una muerte y un premio (literarios)

Ambas –junto al 75 aniversario del asesinato Federico García Lorca– fueron algunas de las “noticias culturales” de la semana: la muerte de Ray Bradbury, a los 91 años, y el premio Príncipe de Asturias (en literatura) para Philip Roth.

Respecto a Bradbury, están las notas de Ñ, Página/12 (que destaca algunas deplorables simpatías políticas del autor de Crónicas marcianas: Gorbachov, Reagan y Bush Jr.), del diario español El país (que además, entre otras cosas, brinda en PDF el prólogo de Bradbury al cómic de Fahrenheit 451) y del mexicano La Jornada, que además de mostrar algunas ideas progresistas del autor de Las doradas manzanas del sol, reproduce un fragmento del posfacio de Fahrenheit…

De Roth, destaco un par de notas (más bien convencionales), la de Ñ y Página, y lo que se publica en La Jornada, donde se lee:

“En el caso de Roth, se trata de un personaje molesto para el establishment por sus duras y certeras críticas hacia la corrupción y otras políticas de Estados Unidos. Poseedor de un espíritu demoniaco, como lo considera The New York Times, desde hace muchos años está en las listas de merecedores del Premio Nobel de Literatura.

No obstante, el escozor que causa incluye sectores literarios, capillas, grupos sociales y fuerzas vivas a quienes su personalidad, su estilo sin tapujos y los temas que trata (la falsa moralidad de la sociedad estadunidense, la familia judía como criadero de neuróticos, la búsqueda de la felicidad mediante la satisfacción sexual, la enfermedad, la decadencia, la muerte), realmente los incomodan.”

Y también, la columna de opinión aparecida en El país –que además trae una entrevista a Roth de 2011–, “Un guerrero de la escritura”, donde se destaca que “Sus primeras novelas ya le proporcionaron notoriedad, sobre todo por su desenfadado tratamiento de la sexualidad: Goodbye Columbus y El lamento de Portnoy; sin embargo en ellas ya aparece con claridad su actitud de testigo moral de la vida (norte)americana. (…) Philip Roth se muestra como un intelectual judío liberado de las ataduras de la religión, que contempla el hundimiento del sueño americano.” Para luego, en los ’90, “pasa de ser un excelente escritor a crear una serie casi ininterrumpida de obras maestras. La mejor de todas ellas es Pastoral Americana (…).”


Reportaje a Philip Roth (en Babelia)

* Nota de tapa en el suplemento del diario español El País.


Es el último novelista vivo de una luminosa generación de escritores estadounidenses. Philip Roth tuvo como amigos y maestros a autores como Bernard Malamud y Saul Bellow, y junto a otros contemporáneos suyos como Thomas Pynchon, John Updike y Normal Mailer abrieron una nueva senda en busca de la gran novela norteamericana. En esta entrevista, en su casa de Nueva York, Roth habla de su último libro, Némesis, de lo que significa para él la escritura y la literatura, de la culpa y del paso del tiempo.

Su fama, no solo literaria, le precede. Desde que en 1959 publicó Adiós Columbus, la polémica y el éxito han marcado la carrera de Philip Roth (Newark, 1933) como la de ningún otro escritor. La impúdica e hilarante diatriba de su personaje Alexander Portnoy con su psiquiatra, a finales de los años sesenta, fue el pistoletazo que le colocó a ojos de la crítica a la altura de Styron o de su coetáneo Updike. Roth, admirador y amigo de Malamud y Bellow, inauguraba una nueva senda en la novela americana.

Con El lamento de Portnoy también puso en pie de guerra a un grupo de rabinos que le acusaron de antisemita. Las feministas del momento no se quedaron atrás y le señalaron como un flagrante misógino. Los títulos que publicó en la siguiente década azuzaron los furibundos ataques. De la mano de Zuckerman, en nueve de sus novelas, tensó la frontera entre realidad y ficción. Su divorcio de la actriz británica Claire Bloom, y las nada elogiosas memorias que ella publicó poco después, alimentaron los cotilleos. Pero Roth no se arredró. Plantó cara a las sucesivas batallas con genio, a golpe de novela, probando una y otra vez que “la literatura no es un concurso de belleza en el plano moral”. En la farsa, la sátira o la tragedia, el escritor se ha declarado enemigo de lo simple, de la dicotomía entre blanco y negro, y trabaja como pocos la gama de grises que tiñen la conciencia.

A diferencia de John Updike, el prolífico cronista de la clase media americana y exquisito crítico, Roth, el chico malo sin pelos en la lengua, satírico, irreverente, crudo, sexual y rabiosamente judío ha concentrado toda su energía en la ficción. El acoso y las peleas públicas nunca le empujaron a la misteriosa reclusión del vanguardista Thomas Pynchon. El héroe de Newark construyó su leyenda con la apabullante fuerza de sus libros, demostrando que no tenía ningún camino prohibido, que su ficción podía crecer y abarcarlo todo. En su obra ha explorado la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial o el macartismo, ha buceado e investigado con ahínco. “Su chorro de creatividad es casi shakespeareano”, declaraba a finales de los noventa el crítico Harold Bloom. “Están DeLillo, Pynchon, Cormac McCarthy, pero en términos de diseño total y de inventiva y de originalidad, creo que Philip es lo que está más cerca de lo mejor”.

Treinta y tres títulos después de su debut, el autor de Pastoral americana o La mancha humana, es el único novelista vivo cuyo trabajo está siendo publicado por Library of America, un proyecto similar a La Pléiade que reúne la obra completa de los mejores escritores estadounidenses (quitar en ediciones anotadas). Además, Roth cuenta en su haber con una impresionante lista de galardones -en la que solo falta el Nobel- y millones de lectores en todo el mundo. A los más jóvenes les cuesta entender la controversia que despertaron sus primeras obras. Quizá haber forzado el estereotipo de inmigrante judío de segunda generación hasta derribar ese muro sea una de las mayores victorias de este escritor. Con Némesis, su último libro, cierra el ciclo de cuatro novelas cortas que arrancó con Elegía y regresa al escenario de su infancia, en el Newark de la década de los cuarenta durante la epidemia de polio.

El escritor se retiró al campo en Connecticut hace más de diez años, pero pasa los inviernos en la ciudad. Al oeste de Central Park, en el Upper West Side, se encuentra su apartamento neoyorquino. Un gran ventanal con una impresionante vista al sur domina un luminoso y amplio salón de suelos de madera clara y exento de librerías. A la derecha, un flexo ilumina el escritorio de cristal. Falta el ordenador, una pieza clave para Roth desde los noventa, que vino a sustituir una sólida máquina de escribir -“como un cañón, grande, negra, inamovible”-. Antes tuvo una Olivetti portátil -“maravillosa, podías empujarla por la mesa, escribir y empujar”- y, por insistencia de sus amigos, dejó el papel y la tinta y se pasó a la pantalla y el teclado -“lo mejor que le ha pasado a mi escritura”-, algo que le permite reescribir mientras avanza. El oficio de escritor para Roth tiene algo de combate físico. Trabaja cada día, todo el día y, durante muchos años, lo hacía siempre de pie. Ahora, solo la mitad del tiempo. “Empecé porque tenía problemas de espalda. Me encanta no estar metido en el hoyo. Si te atascas puedes caminar y quitártelo de encima”.

El sofá se encuentra en el otro extremo del salón. Roth, alto y delgado, camina sin zapatos por la casa. Viste un pantalón de pana y jersey de lana gruesa beis. Mientras habla, sentado en una butaca de cuero negro, juega con las gafas que le cuelgan del cuello y clava la mirada. Agudo y ágil conversador, intercala bromas y carcajadas, pero evalúa sin piedad a su interlocutor y no duda en recordar aquel tiempo en que no se mostraba tan cortés en las entrevistas -“me levantaba, me marchaba de un portazo, si me preguntaban si hacía lo mismo que mis protagonistas les gritaba que sí, exactamente, ¡al pie de la letra!”-. Esta tarde se muestra más sereno. Habla con admiración de la correspondencia de Bellow recientemente publicada y asegura que lo suyo, sin embargo, nunca fueron las cartas, ni los diarios: le cuesta encontrar el tono y siempre está tentado de reescribir, quitar -como todo lo demás-. Aunque hay un ejemplar de The Paris Review bajo su asiento, dice que no ha leído nada nuevo en ficción desde hace tiempo, ni Jonathan Franzen, ni Foster Wallace -“la última gran novela que leí fue Submundo de DeLillo”-.

PREGUNTA. En Némesis habla del miedo, un asunto central en Estados Unidos después del 11-S.

RESPUESTA. La polio atacó América en la primera mitad del siglo XX y las advertencias paternas sobre la enfermedad fueron el coro de fondo de mi infancia. Cuando se descubrió la vacuna en 1955, ya me había licenciado en la universidad. No necesitaba el 11-S para escribir este libro.

P. ¿Es la literatura una buena brújula para entender el presente desde el que se escribe?

R. ¿Pienso que la ficción refleja el momento en que ha sido escrito sin importar en qué época esté situada la acción del libro? No. Yo quería describir 1944 en Newark. Leí mucho y me entrevisté con un par de tipos de mi edad que tuvieron la polio. Cuando trabajo pongo mucho cuidado en recrear con fidelidad una época. Si el presente en el que escribo también queda reflejado no es un algo deliberado.

P. ¿Opina lo mismo como lector?

R. Si es sutil, a lo mejor, con el paso del tiempo puedes ver que algunas cuestiones históricas determinaron que los escritores estuvieran interesados en ciertos temas.

P. ¿Cómo ha afectado el 11-S a la literatura norteamericana?

R. Algunos escritores lo han usado en sus libros. Pero, en general, la literatura no funciona así. Yo tardé 65 años en hablar de la polio y ese es más o menos el margen. El paso del tiempo deja espacio para la cavilación y llega una generación de escritores que pueden capturar el hecho, que no suele ser la misma que estaba en su madurez cuando ocurrió. ¿Cree algo de lo que digo?

P. En algunos de sus libros parece que hubiera una advertencia: cuidado con la bondad.

R. Sí, una buena frase. El teatro de Sabbath es el reverso: abraza la maldad.

P. Harold Bloom considera que ese es su mejor libro.

R. Es bueno. Estoy a punto de releerlo y yo nunca releo mis novelas.

P. ¿Por qué no?

R. A menudo es doloroso, ves lo que no conseguiste hacer y el lenguaje que usaste puede resultar un poco embarazoso. Uno no siempre está en buenos términos con sus libros del pasado.

P. ¿Por qué lo está releyendo?

R. Alguien me lo sugirió, mientras yo estaba criticando algo de mi obra. El impulso detrás de Sabbath fue fuerte y nuevo. El nivel de invención es muy alto. Cuando lo publiqué lo odiaron.

P. En un ensayo sobre Bellow habla de su transformación revolucionaria con Auggie March. ¿Piensa en su propia obra en estos términos?

R. Bueno, El lamento de Portnoy fue algo totalmente distinto de mi obra anterior. Vine a Nueva York en 1963 y daba clases en Princeton. Conocí a un grupo de tipos, todos judíos y un poco mayores que yo. Nos reuníamos y teníamos unas juergas hilarantes, enlazando un tema detrás de otro con historias extravagantes. Después de dos o tres años pensé que por qué no escribía eso, y decidí llevar a la página el comedor del restaurante. Aquello fue el comienzo de una explosión que duró unos doce años. Intenté empujar el elemento cómico tan lejos como pudiera.

P. ¿Para defenderse?

R. No, era una ofensiva en todos los sentidos. La idea era “si no te gusta el tipo que escribió Portnoy, vas a odiar al que escribió esto”. Me liberé de mi decorosa educación literaria. El siguiente gran cambio llegó con La contravida, a mediados de los ochenta, un nuevo acto de apertura. Me sentía expansivo cuando escribía y las palabras llegaron.

P. ¿Qué se propuso hacer en esta serie de Némesis?

R. En los noventa Bellow estaba escribiendo novelas cortas. Recuerdo que le pregunté cómo lo hacía y él, como siempre, se rió. En aquel momento en mis libros yo buscaba ampliar y seguir incluyendo cosas que nada impedía que metiera. Pensé, ¿puedo recortar todo y escribir a pequeña escala? ¿Cómo destilo y comprimo?

P. Y llegaron estas cuatro novelas.

R. No sabía que serían cuatro. Empecé con Elegía. Quería contar la vida de un hombre a partir de sus enfermedades. Me divirtió especialmente imaginar ese discurso acusatorio y furioso de la mujer contra el adúltero. Fue divertido asumir ese papel, porque no he tenido muchas oportunidades.

P. Después vino Indignación.

R. Quise escribir sobre lo que era ir a una universidad en el tiempo en que yo fui, a principios de los cincuenta. Esos campus convencionales eran sofocantes y detrás de esa asfixia estaba la maldita guerra y la represión sexual. Todo era tan reprimido que ni siquiera sabíamos lo reprimidos que estábamos.

P. Le ha dedicado bastante atención a la explosión de aquello.

R. Si el bang de 1963, 1964, 1965… Yo estaba en la treintena y ver aquello fue vertiginoso, daba mareo. Fue increíble.

P. ¿Ha habido una regresión desde entonces?

R. No. Lo que pasó en los años sesenta fue tímido y templado si lo comparamos con cómo viven ahora los jóvenes. Aquello fue la primera salida de la cárcel sexual y fue emocionante.

P. El nuevo libro transcurre durante un verano muy caluroso en Newark, como Adiós Colombus su primera historia publicada.

R. Aquello lo escribió un chico que no había oído hablar de la muerte. El escritor de Némesis sí ha oído de ella.

P. El doctor, uno de los personajes, advierte al protagonista de lo que debilita un sentido erróneo de responsabilidad.

R. Bucky se siente responsable de cosas que no le corresponden. Y este sentimiento de responsabilidad es insaciable.

P. ¿Asumir la responsabilidad es una forma de eludir el caos y el azar, de crear la ilusión de control del destino?

R. Exactamente, y la polio es un ejemplo perfecto: es caos y azar, aunque él se sienta responsable. La culpa da sentido a muchas cosas.

P. ¿Da por terminada esta serie?

R. Sí. Quería tratar en breve una cierta preocupación fatalista. Chéjov en uno de sus cuentos dice que detrás de la puerta en la casa de cada hombre rico debería haber alguien con un martillo que espera para darles en la cabeza y recordarles que la gente sufre. En cada uno de estos cuatro libros la Némesis espera, un cataclismo.

P. ¿Trata siempre los mismos asuntos desde distintos ángulos?

R. ¿Eso piensas tú? Creo que cada uno tiene un cubo lleno de temas, que son tuyos porque excitan tu energía verbal. Vas sacándolos y usándolos. Llegas al final del cubo y no quedan muchos. Esto es lo que les pasa a los escritores mayores. Tienes un número limitado de temas, diez, seis o veinte, y ese es tu número. Yo no sé cuántos tengo, pero supongo que uno vuelve a trabajar sobre algunas ideas. Mi autorreflexión sobre mi trabajo también tiene un límite.

P. Mientras escribe, ¿lee sobre el tema del libro en el que trabaja?

P. Sí, y cuando no tengo más leo otras cosas, mucha historia y biografías. Leí hasta hace unos años ficción, pero todo cambia. Hace diez años empecé a releer y fue maravilloso. Pasé entre seis meses y un año con cada escritor, por ejemplo, Dostoevski y Conrad.

P. ¿Y la literatura actual?

R. Pareces mi doctor. No leo novela actual desde hace unos veinte años, solo cosas de amigos. No estoy al día de lo que ocurre.

P. Hace poco aseguraba que leer novelas se acabará convirtiendo en una actividad casi de culto. ¿No hay una interminable necesidad de historias?

R. Sí, y el cine la satisface. Las películas no requieren el mismo nivel de concentración y sutileza de mente que una novela seria.

P. En todos los campos, incluso en la política, se habla de la fuerza de la narrativa de un determinado partido o candidato, hasta de un jugador de fútbol.

R. ¿No es extraordinario? ¿Cuándo empezó? Lo oigo todo el tiempo en la radio. Me doy la vuelta un momento y ocurre esto… No pasaba en los viejos tiempos.

P. En Los hechos dice que ocupa el punto medio entre el exhibicionismo de Mailer y la reclusión de Salinger. La eterna cuestión sobre autobiografía y novela, sobre Roth y Zuckerman, ¿no es un éxito para un novelista tener un personaje que el público cree que existe y no es ficción?

R. No. Esto solo ha sido una gigantesca distracción. La gente encuentra una manera de hablar de los libros sin hablar de ellos, es cotilleo. Fue una gran pérdida de tiempo, como la cuestión judía, pero estas cosas componen la vida de uno. No puedes escapar.

Roth da por terminada la entrevista y se dirige hacia la puerta. La despedida recuerda al precioso ensayo sobre Malamud y su último encuentro, en el que le enseñó las pocas páginas que había escrito y él fue incapaz de ofrecerle el aliento que reclamaba. “Desearía que lo que le dije hubiese sido más”, escribe Roth, “y que si lo hubiera dicho, él me hubiese creído”.