Mika, el POUM y el trotskismo. Una respuesta a Elsa Osorio

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La escritora Elsa Osorio ha dejado un comentario en mi blog a propósito de la breve reseña que hice a la publicación en Argentina –por primera vez– de las memorias de Mika Etchebéhère, Mi guerra de España. En su breve comentario, Osorio niega que Mika haya sido trotskista durante la guerra civil española (1936-1939), le niega también ese carácter al POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), y aduce que un amigo de Mika, poeta y depositario de sus papeles personales, afirma lo mismo: que Mika no fue trotskista.

Para comenzar a aclarar esta discusión, me parece lo mejor dejar que hable la misma Mika, desde su libro. (Extrañamente, el Diccionario biográfico de la izquierda argentina, Bs. As., Emecé, 2007, adjudica a Hipólito Etchebéhère el carácter de militante trotskista… pero a Mika no. Extraño, ya que ambos se conocieron de muy jóvenes y pasaron por las mismas experiencias vitales y de militancia hasta la muerte de Hipólito, en plena guerra civil.)

Esto relata Mika, cuando ya estaba establecida –luego de la pérdida de su camarada y compañero Hipólito, y tras el episodio del cerco de los franquistas a la Catedral de Sigüenza– como líder militar de fama extendida (debido a que, además de argentina, es mujer), sobre la campaña de calumnias que lanza el estalinismo (el Partido Comunista español, aprovechando la llegada de armas desde la URSS a la necesitada España, junto a agentes de la policía política, la GPU):

“Entre nuestros hombres hay una decena pertenecientes a las Juventudes Socialistas Unificadas, que se incorporaron a nuestra columna al comienzo de la guerra civil, en el tren que nos llevaba a Guadalajara. Los comunistas tienen ahora gran influencia en su organización, pero hasta el presente ellos han combatido a nuestro lado. Esta noche piden hablarme.

–Es para decirte –articula penosamente el delegado– que estamos obligados a irnos de la columna del POUM.

–¿A causa de…?

–A causa del POUM –contesta el delegado–. Parece que el POUM no es una organización revolucionaria. Lo dicen nuestros responsables. El POUM es trotskista, y Trotsky es un contrarrevolucionario enemigo del proletariado que han tenido que echar de la Unión Soviética. Entonces nosotros no podemos quedarnos en la columna del POUM.

Dominando la cólera que comienza a invadirme, trato de convencerlos explicándoles que Trotsky fue el organizador del Ejército Rojo soviético, el compañero de Lenin, el revolucionario más grande del mundo, pero enseguida dejo de hablar, porque leo en sus ojos tercos que lo que quieren es irse cuanto antes.

Este incidente demuestra que ya ha comenzado una campaña contra el POUM, una campaña taimada, sorda todavía. Está lejos aquel día de julio en que la Pasionaria dijo a Hippo que todos estábamos empeñados en el mismo combate, los trotskistas como los otros. Con los tanques y las ametralladoras rusas llegan los métodos estalinistas, la máquina de triturar que está liquidando a la vieja guardia bolchevique en la URSS.

Mirando de frente al grupo de hombres mudos y visiblemente incómodos, le digo que si es su voluntad pueden irse.

–Pero hemos decidido llevarte con nosotros. Nuestros responsables están de acuerdo, y la comandancia de milicias también. Tendrías el mismo grado y hasta más, porque te lo mereces.

¿Qué decir a estos pobres muchachos cuya ignorancia política raya en la inocencia?

–Pero yo soy trotskista.” (pp. 171-172 de la edición de la española Plaza y Janés, de 1987)

Dice Mika más adelante:

“[…] volveré a mis extremeños que aceptaron voluntariamente seguir defendiendo la ciudad sitiada. Son hombres rudos, herméticos, orgullosos y doloridos, difíciles de tratar en las horas de calma, obedientes, serenos y valerosos en el combate. Sumarles los milicianos de ‘Artes Blancas’ sería un error porque habría una incompatibilidad total, sin contar las posibles fricciones políticas por pertenecer la mayoría de los nuestros al POUM, una organización que los comunistas se disponen a poner en el banquillo. Ya se fue de nuestras filas un grupo de la JSU por imposición de su partido, a causa de nuestra filiación trotskista. Sería lamentable que un incidente de este tipo ser produjera en el frente. Mejor no correr el riesgo.” (p. 217)

Y esto dijo –según relata Mika, sin corregir ni negar nada– Adalberto Miranda sobre la situación que creó el estalinismo con(tra) el POUM:

“[…] los que tienen la sartén por el mango son los comunistas gracias a las armas que vienen de la Unión Soviética. ¿Qué somos nosotros? Cuatro gatos que se han batido el cobre desde el primer día de la guerra civil. La historia no dirá nada de nosotros, porque somos del POUM, trotskistas. No dirá que en proporción al puñado que somos, tenemos más bajas en combate que cualquier unidad comunista. Esto tampoco lo dirá nadie, porque somos los leprosos, los traidores…”. (p. 219)

Podríamos agregar varias citas más, pero creo que estas ya ilustran claramente cuál fue la identidad política que adoptó Mika Etchebéhère: trotskista.

Por supuesto que, tal como señala Osorio, no todo grupo político anti-estalinista era, solo por oponerse a la burocracia totalitaria de la URSS, trotskista. No.

Pero también es cierto que una gran cantidad de organizaciones, agrupamientos y personalidades tuvieron diversos tipos (y períodos) de afinidad y simpatías con Trotsky, con su personalidad y sus ideas. Los centenares de artículos, folletos y cartas que dejó el revolucionario ruso –muchas veces en crítica y polémica–, reunidos en los Escritos 1929-1940, demuestran el valor político que tenían Trotsky y su corriente, la Oposición de Izquierda (luego IV Internacional) ante la lucha que libraban estos contra el estalinismo, en la URSS y en el mundo.

A fines de 1937 esto señalaba Trotsky en un artículo sobre el accionar estalinista, en España y el mundo:

“En España, el P.O.U.M., que mantiene una implacable lucha contra la IVª Internacional, ha sido calificado de «trotskysta». Después del P.O.U.M., le ha llegado el turno a los anarcosindicalistas, e incluso a los socialistas de izquierda.

Actualmente se califica de «trotskystas» incluso a gentes que sólo se han limitado a protestar contra la represión emprendida contra los anarquistas. El número de fusilamientos y de crímenes aumenta a un ritmo acelerado. Bien es verdad que ciertos detalles escandalosos pueden achacarse al excesivo celo de ciertos agentes, pero, en su conjunto, el trabajo está estrechamente centralizado y dirigido por un plan elaborado en el Kremlin. El pasado 21 de abril tuvo lugar en París un pleno extraordinario del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. Las sesiones fueron estrictamente secretas. A la prensa internacional no se filtró sino un breve comunicado que indicaba que los trabajos se habían dedicado a la lucha contra el «trotskysmo». Stalin había enviado directamente las instrucciones desde Moscú.

No se han publicado ni los debates ni las decisiones. Según los testimonios que hemos recogido, y según los acontecimientos posteriores, es evidente que este pleno era en realidad un congreso de los responsables internacionales de la G.P.U. y que su tarea consistía en la preparación de una campaña de calumnias, de denuncias y de asesinatos contra los adversarios del estalinismo en el movimiento obrero mundial.”

En el caso del POUM, si bien este no fue trotskista, surgió de la fusión de la Oposición de Izquierda Española/Izquierda Comunista Española, trotskista –de Nin, Andrade y Gorkín–, con el Bloque Obrero y Campesino –de Maurín–. Incluso Trotsky, además de mantener durante años una relación política con Nin, aseguraba que en el POUM, especialmente, había cantidad de seguidores y simpatizantes del trotskismo. (Es bien conocido que, en el proceso de radicalización español, la juventud del Partido Socialista, sensible –como toda juventud impactada por la lucha de clases– a los grandes cambios políticos, desfilaba en las calles llevando retratos de Trotsky. Éste, que buscaba fortalecer una corriente política para mejor luchar contra el estalinismo, propuso una táctica de entrismo.) Con el correr de los años, y con la derrota del proceso español, Trotsky será durísimo –al mismo tiempo teniendo un lamento respetuoso y principista ante el asesinato por parte del estalinismo de Nin– en el balance que haga de la actuación del POUM y su decisión de ceder al estalinismo y al Frente Popular (el mismo Nin llegó a entrar como ministro al gobierno del Frente Popular). Entonces, la afirmación de Osorio debemos relativizarla o, mejor dicho, completarla: el POUM no fue trotskista, y sí un partido de carácter centrista –oscilante entre posiciones reformistas y revolucionarias–, con un origen trotskista (todo un sector fundante del POUM, proveniente de la Oposición de Izquierda).

Como lo demuestran las citas de Mika, y las de otros militantes del POUM que hay en Mi guerra de España, los poumistas se asumían no solo como anti-estalinistas, sino como trotskistas… pese a que su dirección haya tenido una política diferente a la que sostenía el mismo Trotsky.

¿Y esto es raro? Se puede decir que no, si observamos que hasta la misma Mika –lamentablemente– diferenciaba y hasta separaba (demasiado) como “dos mundos” el plano militar (el combate día a día, semana a semana –“hay que vivir al día”, era un dicho además de realista, habitual–) del político. Esto dice Mika –y no es la única afirmación que hace en este sentido–, cuando comenta uno de sus encuentros con sus amigos franceses Marguerite y Alfred Rosmer, un matrimonio de origen anarco-sindicalista… militantes de la Oposición de Izquierda y amigo del matrimonio Trotsky:

“Ya sé que Alfred me reprochará el no estar bien enterada de las presiones políticas que están iniciando los comunistas a cuenta de la ayuda soviética. Pero trataré de explicarle cómo, hasta aquí, en el frente, al menos donde yo estaba desde el comienzo, la política no era nuestra preocupación mayor.” (p. 122)

Más allá de esto –de ciertos límites políticos–, Mika tenía, como “estrategia” para el proceso español… una que la emparentaba con Trotsky: que se desarrollen las juntas obreras y campesinas como órganos de autogobierno de las masas en lucha. (Por ejemplo, le pregunta a Mika un joven periodista “¿Tú crees verdaderamente que, de haber destituido al Gobierno republicando, instalando en su lugar una junta revolucionaria, digamos, a estas horas se habría ganado la guerra?”. Y ella responde: “No sé si se habría ganado, pero sí cambiado el curso con toda seguridad. De no haber frenado el Gobierno ese empuje revolucionario que reconquistó el Cuartel de la Montaña, rescató tantos pueblos y ciudades, inició la defensa de Madrid cuando el gobierno salió huyendo a Valencia, las milicias hubiesen ganado más territorio y habrían conservado ciudades que se perdieron a causa de las dilaciones impuestas por el Gobierno.”) Lamentablemente, las comillas en “estrategia” están para significar que, en España, faltaba algo muy importante –y que para Trotsky era fundamental, y que Mika parece, al menos en su libro de memorias, subestimar–: un partido revolucionario, una organización que adoptara, justamente, un programa y una estrategia de poder basado en las juntas y milicias obreras y campesinas, y que se opusiera al desarme de las mismas que terminó imponiendo el gobierno del Frente Popular, freno al proceso revolucionario –y que permitió la posterior embestida de Franco y su dictadura, que se mantuvo por décadas–.

Y al mismo tiempo, en esta ¿sutil? diferencia, Mika “deja de ser trotskista” y se acerca más a alguna clase de “anarquismo” o posición “libertaria”, al exaltar el proceso de masas y sus luchas, sin ver que también actúan sobre éstas los partidos, sus programas y estrategias. Y que sin un partido revolucionario, trotskista, el proceso sería conducido por otros partidos y organizaciones… como efectivamente ocurrió en la España revolucionaria. Las masas dieron todo de sí, lo que faltó fue una dirección revolucionaria.

Para finalizar: un dato más para Elsa Osorio, tomado del apéndice biográfico de la edición argentina de Mi guerra de España (Bs. As., Eudeba, 2014). Allí se cuenta que, décadas más tarde, Mika, tras haber participado de las barricadas del Mayo francés –ya sexagenaria– y en vísperas de publicar sus memorias, se afiliará a un nuevo partido, nacido hace poco: la Liga Comunista Revolucionaria (LCR). ¿Su carácter? Una organización trotskista.


Un comentario de Elsa Osorio a mi nota sobre Mika Etchebéhère

* Posteo el comentario que dejó en este blog la escritora Elsa Osorio a mi nota sobre las memorias de Mika Etchebéhère, recientemente publicadas.

En un próximo post, mi respuesta.

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Mika Etchebéhère: revolución, guerra, pasión

 

–¿Por qué razón has venido a luchar aquí con nosotros? –me preguntó un día Ramón.

–Porque soy revolucionaria.

–Pero España no es tu país, no estabas obligada…

–España, Alemania o Francia, el deber del revolucionario lo lleva allí donde los trabajadores se ponen a luchar para acabar con el capitalismo.

 

 

Por Demian Paredes

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Sólo una pasión revolucionaria podía escribir de tal manera. Qué pasó, cómo, por qué… Acciones, pensamientos, sentimientos. Todo, en el drama histórico del período de entreguerras, de la guerra civil española (1936-1939).

Acaba de publicarse por Eudeba –una iniciativa de la editorial Milena Caserola y Motoneta Cine, quien además produjo el documental, ya comentado en La Verdad Obrera del 27 de marzoMi guerra de España, las memorias de Mika Etchebéhère, militante argentina, libertaria y trotskista, la única mujer con el grado de capitana durante la guerra civil. Una importante iniciativa ya que el libro, escrito y publicado originalmente en Francia, en 1976, sólo contaba con una edición al castellano por una editorial española en 1987. Así, el libro (y el documental) viene(n) a reparar una omisión –histórica, política, ideológica– que solamente puede explicarse por las últimas décadas de restauración conservadora, neoliberal, donde el marxismo, su tradición y la lucha de clases han estado a la defensiva, en retroceso. Y si bien la novela de Elsa Osorio publicada hace pocos años, Mika, logró cierta repercusión e interés por la figura de la miliciana del POUM, faltaba este (su) testimonio, que viene acompañado de un “apunte biográfico” de ella e Hipólito, su compañero de vida y militancia. Otro “extra” que trae es una carta de Julio Cortázar, de comienzos de la década de 1970, impresionado tras leer el manuscrito del libro: dice que este va “más allá de la guerra de España” ya que “toca de lleno los problemas de nuestro tiempo, su incesante desgarramiento y su invencible esperanza”.

Ese tiempo, donde se cruzan la esperanza (revolucionaria) con los desgarros de los golpes contrarrevolucionarios, tiene, en la intensa escritura de Mika, basamento en el álgido proceso español, donde masas, clases, organizaciones (políticas, sindicales, militares) y dirigentes actuaron. Donde el fascismo español –el Ejército de Franco, apoyado por la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler– se enfrentó con el despertar de las masas obreras y campesinas; y donde todo se trastoca y transforma: no sólo las relaciones económicas y políticas sino también la relación entre hombres y mujeres, jóvenes y viejos, y todos estos con las “tradicionales” instituciones como la familia y la Iglesia.

 

El “patrimonio cultural” y la guerra, la Iglesia y las costumbres

Ahí está por ejemplo la duda de Mika acerca de la quema de iglesias: “¿Es un acto revolucionario?”, y la respuesta de Hipólito: “Sí, y no se te ocurra decir a esta gente, como ya lo estás pensando, que dentro hay obras de arte que no merecen perecer. Mala suerte para las obras de arte. La Iglesia siempre ha servido a los ricos contra los pobres en España, siempre ha sido un arma de la opresión. Deja que quemen sus iglesias”. O los tres curas vigilados por un miliciano que ve Mika en una estación ferroviaria. Explica: “Es casi seguro que a los dos más jóvenes los fusilarán porque los campesinos los acusan de haber tirado en sus aldeas contra personas de izquierda. El viejo se salvará gracias al testimonio de su sobrino ferroviario, miliciano de la primera hora, que mostró una carta en la que su tío le decía que debía servir a la República”.

Al mismo tiempo –y también como lo discutió Trotsky en sus escritos de 1920 sobre la Rusia posrevolucionaria, Problemas de la vida cotidiana–, Mika señala una paradoja que demuestra lo profundamente arraigadas que pueden estar algunas “costumbres” en el ser humano: “Aunque casi todos [los milicianos] cuentan que han matado a curas, más de uno da la vuelta a la mesa para poner en la debida posición el pan colocado al revés. El ser de izquierdas no consigue anular el reflejo condicionado por tantas bofetadas maternas”.

Hombres y mujeres: el mismo derecho a morir con un arma en la mano

El tema del machismo y la opresión a la mujer, por supuesto, también se manifestó (infinidad de veces) durante la guerra civil. Ejemplo: llegan dos mujeres a la columna del POUM. Una explica: “Soy de la columna ‘Pasionaria’ [el apodo de una famosa dirigente stalinista, NdeE], pero prefiero quedarme con vosotros. Aquéllos nunca quisieron dar fusiles a las muchachas. Sólo servíamos parea lavar los platos y la ropa”. Un viejo objeta: “Ni siquiera saben manejar un fusil”. La otra contesta, rápido, “Claro que sabemos, y hasta desmontarlo, engrasarlo, todo”… Pero cede y está dispuesta a quedarse “para guisar y barrer”. Ante esta posibilidad, la primera mujer se indigna: “Eso sí que no. He oído decir que en vuestra columna las milicianas tenían los mismos derechos que los hombres, que no lavaban ropa ni platos. Y no he venido al frente para morir por la revolución con un trapo de cocina en la mano”.

Concluye Mika: “Ha ganado, ganado por la gracia de su habla castiza el derecho de morir por la revolución con un arma en la mano, y los hombres aplaudieron gritándole ‘¡Olé tu madre’”.

La misma Mika, que debe afrontar la muerte de Hipólito a menos de un mes de empezar los combates, se ganará el respeto y generará “leyenda” entre las milicias ante su decisión de permanecer en la columna del POUM, tomando su lugar de mando (un lugar “de hombres”), permaneciendo en las trincheras, combatiendo codo a codo con ellos, en vez de permanecer en las comandancias. (Incluso ante diversos planteos de que se retire del frente de combate y vaya, por ejemplo a militar a Francia –como le proponen sus amigos Marguerite y Alfred Rosmer, opositores al stalinismo y amigos del Trotsky y Natalia Sedova– ella responde: “Mientras dura la guerra no puedo vivir más que en España”.) Un miliciano, contándole a Mika que “el viejo Saturnino” le ha cosido las medias, y que él se las ha lavado, le dice: “De todo se habrá visto. Una mujer manda la compañía y los milicianos le lavan los calcetines. ¡Para revolución ya es una grande!”.

 

El stalinismo: una traición más y van…

Pero por supuesto, se jugaba acá mucho más que una cuestión “cultural”, en medio de una crisis económica internacional y del avance del fascismo en Europa. El libro de Mika deja bien claro el rol del stalinismo en España. Todos: milicianos, sindicalistas y dirigentes políticos de diversas tendencias sabían lo que se avecinaba. La España revolucionaria (y revolucionada) necesitaba, urgentemente, ante el retroceso de las milicias en los combates, armas. Como recuerda Mika que explicó un poumista: “Todavía hay hombres que llegan al frente sin fusil, y muchos de los que lo tienen no han aprendido a usarlo. No se hable de las ametralladoras que datan de la guerra del 14, que se encasquillan a la primera ráfaga. Armados, mejor dicho desarmados de esta suerte contra un ejército disciplinado, bien encuadrado, provisto de un material abundante y moderno, estamos condenados al desastre”.

La pérfida complicidad de los imperialismos “democráticos” con el fascismo, como Francia, quien se justificaba usando el “principio” de “no intervención”, hacían esta necesidad más urgente y dramática. La URSS stalinista, que al principio retaceaba la ayuda, finalmente se decidió por el envío de ayuda: armas y armamento pesado, como tanques… y “controladores” del proceso político.

Como una revolución triunfante en base a los consejos de campesinos y obreros significaría un (potencial) peligro para el régimen burocrático de la URSS, con las armas llegaron también los “chequistas”: agentes de la policía política de Stalin, para regimentar y controlar la lucha (militar y política) y sus resultados –lo que incluyó para ello campañas de calumnias y el asesinato–. Mika recuerda una discusión, donde Juan Andrade decía, ante la consolidación del stalinismo, respecto a otras fuerzas: “No me hago ilusiones sobre la ayuda [ante la campaña de difamación del PC contra el POUM] de los anarquistas, y tampoco sobre la de los socialistas. Unos y otros pagan las armas rusas al precio de una dimisión total”. Como se sabe, la consolidación del Frente Popular desarmó las milicias, regimentó el proceso, deteniéndolo en una “etapa democrática”, de “ganar la guerra por la República” para “después luchar por el socialismo”… y eso permitió el frenar a las masas y el posterior avance de Franco y triunfo de su dictadura.

Para Mika, quien junto a Hipólito vivió la derrota previa del poderoso proletariado alemán en 1932 –producida por la política sectaria del stalinismo y la debacle, una más, del PS–, la derrota española, tal como se lo explica a un periodista, se debe a que las organizaciones en lucha, previo al fortalecimiento del stalinismo, “tomaron las armas, pero no el Gobierno. Fíjate que digo Gobierno, no el poder, porque en realidad instauraron un poder revolucionario en los primeros días y hasta en las primeras semanas. Pero dejaron el Gobierno en manos de los mismos políticos burgueses”. ¿Era posible otra alternativa; se podría haber formado alguna clase de “junta revolucionaria” que ganara la guerra? Mika responde: “No sé si se habría ganado, pero sí cambiado el curso con toda seguridad. De no haber frenado el Gobierno ese empuje revolucionario que reconquistó Cuartel de la Montaña, rescató tantos pueblos y ciudades, inició la defensa de Madrid cuando el gobierno salió huyendo a Valencia, las milicias hubiesen ganado más territorio y habría conservado ciudades que se perdieron a causa de las dilaciones impuestas por el Gobierno”.

Los anarquistas y sindicalistas de la CNT-FAI, los socialistas, el POUM –que, siendo la organización más de izquierda de España, y simpatizando con muchas de las políticas de Trotsky no era “trotskista” sino centrista; es decir, oscilante entre posiciones revolucionarias y reformistas–, no pudieron remontar el proceso. A sus políticas se sumó la traición del stalinismo y la ofensiva del fascismo, con la complicidad de los imperialismos “democráticos”. Con todo esto a cuestas, escribió Mika recordando aquella encrucijada que vivió: “¿Qué conclusiones saco de este balance negativo? ¿Que perderemos la guerra? Es probable que la perdamos. Ahora bien, aun así, los trabajadores españoles habrán lavado la derrota sin combate de los trabajadores alemanes e inscrito en los anales de las luchas obreras las páginas más fulgurantes de su historia”.

El libro de Mika tiene “brillo propio”, hace un luminoso aporte a la lucha de clases y a su historia, plasmando sus convicciones, su pasión revolucionaria e internacionalista.


Mika: capitana en la guerra y revolución de España

MikaHeroico y emocionante documental

 

La gran experiencia militante de Micaela Feldman (luego Mika Etchebéhère) durante la primera mitad del siglo XX ha resurgido los últimos años: primero con la novela de Elsa Osorio, a veinte años de su muerte, Mika[1], y ahora, con el documental de Fito Pochat y Javier Olivera, Mika. Mi guerra de España, y la edición, la primera del libro de mismo nombre, publicada ahora en nuestro país. (Las memorias de Mika, Mi guerra de España, fue publicado originalmente en Francia en 1976, en 1987 en España y luego tuvo una edición catalana y otra alemana.)

El documental cuenta la vida de Mika recorriendo sus primeros pasos en política, llegando como joven estudiante anarquista desde Rosario a una Buenos Aires que atravesaba su “semana roja” (o “trágica”), en 1919. Allí conoce a Hipólito Etchebéhère y juntos serán parte del Insurrexit (ala izquierda del movimiento de la Reforma Universitaria), para luego ingresar al recién fundado Partido Comunista –una experiencia que durará muy poco tiempo ya que se irán ante las “malas directivas” de la dirección y el “espíritu libertario” que prevalecía en la pareja–.

Tras una estadía en el sur argentino, en Santa Cruz, (donde, además de trabajar para ahorrar dinero recogerán testimonios de los pasados fusilamientos de peones en la Patagonia rebelde) se irán a la convulsionada Europa: “nos habíamos impuesto otro destino: el de luchar por la revolución”, dice Mika en su libro y en el documental (basado en el mismo), con la voz en off de la actriz Cristina Banegas.

Luego de una breve estadía en Alemania –previo paso por España y Francia–, en 1932, cuando la criminal política del estalinismo dejó impotente al proletariado más poderoso del mundo ante el ascenso del nazismo, Mika e Hipólito se incorporarán a las milicias del POUM (una organización centrista que tenía relación con Trotsky) para combatir en la guerra civil española. Serán parte de una columna motorizada de 150 combatientes, con Hipólito como jefe de la misma.

Muerto Hipólito a poco de comenzar los combates, al mes, Mika deberá elegir qué hacer: se quedará con los milicianos y milicianas, luchando en Cigüenza, retrocediendo ante la ofensiva de los fascistas –encerrada ella, las milicias y el pueblo en la Catedral de esa ciudad– y consiguiendo, con mucho esfuerzo, huir hasta llegar a Madrid. Seguirá combatiendo hasta el año de la derrota, 1939.

Una “anécdota”: arrestada tras “la broma” (tal como le ocurrirá al protagonista de la conocida novela del escritor checho Milan Kundera) de un compañero suyo, que grita varias veces “¡Viva Trotsky!” en una cantina donde estaba el ejército del Frente Popular (con peso del traidor estalinismo), Mika, derrotada la revolución (como lo muestra por ejemplo el conocido film de Ken Loach Tierra y libertad[2]), volverá a Francia y escribirá luego sus memorias.

El documental, utilizando ese libro, consiguiendo dos joyas como una entrevista que le hacen para la Tv francesa (en blanco y negro) en los ‘70, y luego (ya a color) en España, en los ‘80, combina varios elementos: el relato histórico, con un gran material de archivo de la guerra civil (y también de la Alemania de los ‘30), fotografías, la (intensa, emocionante) voz de Banegas, y otro “personaje”: Arnold, sobrino de Hipólito, quien recorrerá el periplo que hizo la pareja (y luego el de Mika, ya sola), permitiendo así contrastar las imágenes actuales (en Argentina y Europa) con las históricas. Lo esencial, la guerra civil y la experiencia de la única mujer con grado de capitana en las milicias del bando republicano, logra permear el (prácticamente permanente) suspenso que hay en el libro original de Mika, teniendo que enfrentarse a mil y un problemas (políticos, militares y hasta culturales –como el machismo–) durante el proceso revolucionario español.

Pasión, coraje, solidaridad internacionalista, convicciones políticas contra toda adversidad: una gran historia combatiente y militante que, incluso, continúa: Mika participará, a sus 66 años, de las barricadas del Mayo Francés, y luego, en 1976, de las primeras protestas en Francia contra la dictadura militar argentina. Una gran vida[3] retratada en este más que recomendable documental.

 

[1] Elsa Osorio, Mika, Bs. As., Seix Barral, 2012. (La edición española de Siruela se llama La capitana.)

[2] Puede verse al respecto sobre el proceso español el libro La victoria era posible (AA.VV., Bs. As., Ediciones IPS/CEIP “León Trotsky”, 2006) y la película de ContraImagen Revolución y guerra civil en España (disponible on line en tvpts.tv).

[3] Hay entradas en el Diccionario biográfico de la izquierda argentina. De los anarquistas a la “nueva izquierda” (1870-1976) tanto de Mika como de Hipólito (Bs. As., Emecé, 2007, pp. 207-209 y 202-204, respectivamente).