Una propuesta divina (Martín Kohan)

* Leemos hoy en Perfil:

Uno de los aspectos que me resultan atractivos en la Iglesia Apostólica Romana es justamente el del celibato. Me atrae esa determinación, la de entregarse por completo a Dios, es decir en cuerpo y alma. Porque el que se dispone a entregarse en alma, que es lo profundo y trascendente, ¿cómo no habrá de hacerlo en cuerpo, que es lo eventual y transitorio? Para aquellos que postulan una versión metafísica de la vida y la existencia humanas, aplicarse a la contención física no puede ser sino un asunto elemental. Se casan con Dios: metáfora cabal de una entrega que no admite infidelidades ni audacias de parejas abiertas, impropias de un enlace en escala divina.

El voto de castidad es, a mi juicio, una decisión adecuada para los ministros de una doctrina que ve en el cuerpo y en sus tentaciones, en las fiebres de sus deseos, en tocar o entrar sin procrear, tan sólo ardides de Lucifer. Allí donde la disciplina del cuerpo es suprema virtud resulta finalmente adecuado que existan quienes quieran llevar ese ejemplo hasta lo máximo.

Se dirá, se dice, se dijo: que al prescindir del matrimonio terrenal, los curas al final desbarrancan en atroces pedofilias, abusos y aberraciones por demás abominables. Pero, ¿qué clase de argumento es ese? Más parece una amenaza, más parece una extorsión: pretender que conviene renunciar a la virtud y el bien para evitar males mayores.

Yo pienso que el que se une a Dios no debería declararlo insuficiente ni mostrar que semejante unión no le basta. Valoro que, con esa entrega de espíritu, asuma una renuncia del cuerpo. Y quienes sienten que no pueden hacerlo, pues entonces que no lo hagan y no sean curas o monjas. Y si resulta que ninguno puede, entonces que ninguno lo haga, entonces que ninguno lo sea.

Habrá llegado entonces la hora de un mundo sin sacerdotes, tal vez de ninguna religión, y de ver qué tal nos va: si mejor o peor que hasta ahora.


Trotsky y la literatura


Por Demian Paredes

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Hablar de Trotsky y la literatura (y, también, de Trotsky en la literatura) es, se podría decir, un tema clásico, conocido, visitado… y –como hacemos acá– revisitado.

Se puede comenzar por él mismo: como se sabe, Trotsky fue un atento lector; un gran lector –además de escritor–, tanto de escritores clásicos rusos (como Tolstoi y Gogol) como de contemporáneos (Esenin, Maiakovsky, Céline, Malraux, Jack London, los surrealistas). Sobre ellos escribió –antes, durante y después de la Revolución Rusa de 1917–, y, con muchos, tuvo además encuentros y relaciones políticas. Y a esto debemos sumar sus conocidos trabajos como Literatura y revolución, y los agrupados bajo el título de Problemas de la vida cotidiana, donde se ve (se lee) a las claras su atención para con los temas del arte y la cultura –a los que además se podría sumar el por entonces novísmo psicoanálisis–. De conjunto tenemos entonces a un revolucionario marxista que, lejos de la manipulación del arte y sus expresiones –como hizo la burocracia stalinismo con el tristemente célebre “realismo socialista”– tuvo una amplia mirada (y diversas propuestas políticas) sobre éstos, e incluso fue el autor, junto a André Breton, en México, en 1938, del “Manifiesto por un arte revolucionario independiente” (un conocido texto del que ha dado cuenta recientemente un artículo en la revista mensual Ideas de Izquierda). Tan es así que hasta el día de hoy, muchas décadas luego, muchísimos escritos siguen dando cuenta de la potencia, de la vigencia, de muchos planteos de Trotsky en estos terrenos, y por supuesto también de su vida revolucionaria y lucha consecuente contra la degeneración del Estado obrero ruso.

 

“El arte verdadero, es decir, el que no contenta con variaciones sobre modelos ya hechos, sino que se esfuerza por dar una expresión a las necesidades interiores del hombre y de la humanidad de hoy, no puede no ser revolucionario, es decir, no aspirar a una reconstrucción completa y radical de la sociedad, aunque solo fuese para liberar a la creación intelectual de las cadenas que la atan y permitir a toda la humanidad elevarse a alturas que solo unos cuantos genios aislados han alcanzado en el pasado.”

(Fragmento del “Manifiesto…” de Trotsky y Breton.)

 

Pienso ahora rápidamente en una posible “lista” de importantes escritores y escritoras que tomaron “la historia y vida de Trotsky”; como también de quienes lo abordaron desde diversos ángulos específicos las últimas décadas:

Tenemos por ejemplo La segunda muerte de Ramón Mercader, una novela “policial” (o “trhiller político” se se prefiere) del escritor español ya fallecido Jorge Semprún (quien además, años después, en Federico Sánchez se despide de ustedes –una de sus novelas autogiográficas– rememora las visitas al museo-casa de Trotsky en México, con sus aires de “templo revolucionario”…). Semprún, que fue –además de guionista del conocido director de cine Costa-Gavras– del PC, y luego del PS (es decir, se fue cada vez más hacia la derecha), mantiene sin embargo un respeto enorme por la figura de Trotsky.

Otras obras de escritoras y escritores son:

Tres tristes tigres, novela del gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, donde hay toda una “sección” del libro dedicada a parafrasear a varios escritores, “parodiando” su estilo, y dando cuenta del asesinato de Trotsky;

En estado de memoria, narraciones de Tununa Mercado, donde también se menciona al museo-casa de México como un sitio al que toda persona de izquierda, todo humanista y/o socialista no puede dejar de ir;

Los dos cuentos del jujeño Héctor Tizón publicados en No es posible callar, sobre el sicario stalinista Ramón Mercader;

El relato de Silvia Molloy –también sobre el museo-casa– en Varia imaginación;

La novela de Martín Kohan Museo de la revolución;

Varias novelas de Andrés Rivera, como Nada que perder y El verdugo en el umbral;

Laguna, de la norteamericana Barbara Kingsolver;

El profeta mudo, una novela inédita, que salió el año pasado por una editorial española, del escritor centroeuropeo Joseph Roth;

Y a todo esto hay que sumar la famosa El hombre que amaba a los perros, del cubano Leonardo Pardura.

Junto a esto, no podemos dejar de mencionar tampoco los textos que produjeron el ensayista y sociólogo Eduardo Grüner (“Trotsky, un hombre de estilo”), y el escritor Noé Jitrik –quien nos ha dado unos 5 o 6 textos los últimos años, en muchos casos tomando como referencia o disparador publicaciones del CEIP “León Trotsky” y Ediciones IPS: Mi vida, la biografía de Lenin, y El caso León Trotsky, entre otros–.

 

Para ir finalizando esta lista –que, por supuesto, no es exhaustiva–, podemos sumar un texto más, un capítulo sobre la “cuestión judía” en la autobiografía del escritor, ensayista y crítico George Steiner –llamada Errata–, quien, contra “la barbarie, la estupidez y la ignorancia” propone recordar un fragmento de “un tal Liev Davidovich Bronstein (también conocido como Trotsky). Un texto escrito en el fragor de batallas” “encarnizadas”:

 

“El hombre asumirá como propia la meta de dominar sus emociones y elevar sus instintos a las alturas de la conciencia, de tornarlos transparentes, de extender los hilos de su voluntad hasta los resquicios más ocultos, accediendo de este modo a un nuevo plano […]

El hombre será inconmensurablemente más fuerte, más sabio y más sutil; su cuerpo se tornará más armónico, sus movimientos, más rítmicos, su voz más, melodiosa. Los modos de vida serán más intensos y dramáticos. El ser humano medio alcanzará la categoría de un Aristóteles, un Goethe, un Marx. Y sobre este risco se alzarán nuevas cimas.”

 

Este es el final del libro Literatura y revolución, donde Trotsky proyecta, imagina, cómo será la vida del ser humano, una vez acabado el capitalismo –una vez terminado el régimen de explotación asalariada–, en la sociedad comunista. Un “sueño” de una gran potencia, que ha sido destacado una y otra vez por su belleza y su fuerza imaginativa.

Y cierra Steiner ese capítulo diciendo: “Absurdo. ¿Verdad? Pero un absurdo por el que vivir y morir”.

*   *   *

 

* Este texto es la base de una columna realizada para el programa radial “Pateando el Tablero”, que puede escucharse en el siguiente link: http://pateandoeltablero.com.ar/2013/08/24/la-columna-de-arte-y-cultura-trotsky-en-la-literatura/


Martín Kohan sobre ‘Mi vida’, de Trotsky

Leemos:

Sabemos demasiado bien que Stalin terminó por alterar el curso de la vida de Trotsky. Lo cierto es que también alteró el curso de Mi vida de Trotsky. Lo hace pasar del registro autobiográfico y épico al género del alegato político. La narración política y la argumentación ideológica, soportes de una evocación monumental, se ven forzadas hacia el final, no menos que su autor, a deslizarse a la autodefensa: refutar calumnias, enderezar tergiversaciones, denunciar infamias, apelar.

Stalin y sus mentiras obligan a desmentir. Stalin y sus invectivas personales obligan al descargo personal. Stalin y su desfiguración histórica obligan a refrendar una figuración histórica. Trotsky asume esa tarea, desde su destierro en Turquía, como seguirá haciéndolo en Noruega o en México, con la firmeza del que tiene una convicción y con la rabia del que sufre una injusticia. Responderá pacientemente a las mentiras, a las invectivas personales, a la desfiguración histórica. Pero cuando esa necesidad se impone en las páginas de Mi vida, cuando la épica biográfica de la revolución y los destierros debe hacerle un lugar a la resuelta desintegración de las infamias, el relato que ha ido tramando Trotsky cuenta ya con una comprensión impar de lo que es la verdad (la que proviene de un cierto poder alquímico para extraer verdad de lo que empieza como mentira), con una elaboración singular de lo que es lo personal (la que proviene de la evidencia fáctica de que lo personal no es político, sino que cede a lo político), con un tramado especial de la figuración histórica (la que proviene de una combinación política de mostración y ocultamiento).

La primera vez que Trotsky suministra un nombre falso a sus compañeros de lucha, lo que siente es remordimiento: “Cuando conocí a Mujin y a sus amigos me presenté con el nombre de Lvov. Esta primera mentira de conspirador no fue fácil: me dolía verdaderamente ‘engañar’ a las personas con las cuales yo me entendía para una causa tan grande y buena” (147). Claro que no tarda en advertir que en esa “mentira de conspirador” está la verdad de la conspiración: la falsificación del nombre es garantía de autenticidad política. No es extraño, por lo tanto, que en la siguiente ocasión consiga establecer otra clase de conexión entre lo azaroso y lo definitivo, entre lo fingido y lo cierto: “En el bolsillo llevaba un pasaporte extendido con el nombre de Trotsky, que había escrito al azar, sin prever que este nombre permanecería conmigo para toda la vida” (171). El nombre falso resulta el verdadero, cifra misma de la conversión política, o bien de la política (de la política revolucionaria) como una conversión: “Desde el inicio del movimiento revolucionario, en 1902, me fugué después de fabricarme un pasaporte falso con el nombre de Trotsky; de allí viene mi seudónimo, que rápidamente se convirtió en mi verdadero nombre” (30). La falsedad del pasaporte, no menos que la del nombre, define de por sí una impugnación de base a un régimen político en cuyas normas no se cree. ¿Qué podría significar un pasaporte legal, si lo expide el régimen ilegítimo del zar? Dialéctica de la documentación personal: la falsificación del pasaporte falso señala una verdad política. Y dialéctica de los nombres y los seudónimos: la falsificación del nombre falso se asienta como verdad revolucionaria.

Es Martín Kohan, reflexionando tras la lectura de la reciente publicación del CEIP “León Trotsky” y Ediciones IPS, en el Blog de debate del IPS.

La nota completa acá.


“Las secretarias de Lenin” (Martín Kohan)

Leemos: “Lenin a esta altura ya es un héroe tan cierto como irreversible, pero lo aqueja una enfermedad no menos cierta y no menos irreversible que lo reduce prácticamente a la invalidez. La asistencia de sus secretarias empieza a ser en consecuencia mucho más determinante, se diría que vital. Los impedimentos de la enfermedad le complican en especial el acceso a la palabra: a Lenin le cuesta hablar, a Lenin le es imposible escribir. ¿Qué puede hacer, sin las palabras, el líder de una revolución?”

* Un Fragmento del artículo del escritor Martín Kohan publicado ayer en el diario Miradas al sur.

* Para una exposición bastante completa de la situación de Lenin ante el ascenso de Stalin al poder, puede verse, entre otros, el libro de Moshe Lewin, El último combate de Lenin.

* Acá y acá, dos artículos sobre la obra de Martín Kohan (las novelas Museo de la revolución y Cuentas pendientes). Y acá, sobre la película La mirada impasible, inspirada en la novela Ciencias morales.


La mirada impasible

Acerca de la película La mirada invisible

Entrar por “otro lugar” a la última dictadura argentina; usar el “Proceso” militar como “contexto”, fue lo que hizo el director Diego Lerman, aprovechando que el escritor Martín Kohan (Dos veces JunioMuseo de la revoluciónCuentas pendientes[1]) lo hizo primero en la novela Ciencias morales[2].

“Siento que todavía hay mucho discurso por generar. Desde las instituciones, los sistemas, los lugares, los engranajes que armaron el sistema represivo”, explicó el director[3].

Así tenemos la historia del Colegio Nacional Buenos Aires, en 1982, donde María Teresa, una joven preceptora de 23 años, debe vigilar (y castigar) a los estudiantes. Modales, vestimenta, apariencia (el largo del pelo), son las tareas que cumple “Marita” –llamada así en su casa, y luego por el jefe de preceptores, el “señor Biasutto”-. ¿Quién es este personaje? La novela lo explica: “El señor Biasutto (…) cuenta con gran prestigio en el colegio porque es sabido que, hace unos años, fue el responsable principal de la confección de listas. (…) es una especie de héroe entre las autoridades del colegio; él hizo listas y ese mérito, aunque rumoreado, a nadie se le escapa”[4]. Marita tratará de congraciarse cuando, a la búsqueda de “efectividad” en su “trabajo”, decida ir a fondo en su pesquisa: ingresa al baño de varones, para tratar de descubrir a los que (supuestamente) fuman.

El clima cerrado, monacal, oscuro, queda claramente marcado, muy bien logrado. Sin embargo la riqueza expresiva, en cuanto a la ideología que contienen los pocos personajes de la novela, se pierde, (tal vez) al confiarse mucho en las imágenes.

La instrumentalización, el dominio sobre la juventud, queda mejor expresada en algunas líneas de la novela que el guión no contempla[5]. La película de tan cerrado clima obtura la posibilidad de entender los “engranajes” del mecanismo: nos muestra algo del mecanismo mismo en funcionamiento. Por ello la escena donde se anuncia a los preceptores que los alumnos a la salida de una jornada se retirarán por otra puerta, por “disturbios” en Plaza de Mayo, pierde discursos como este: “Tengan presente, señores preceptores, que el adolescente es un ser humano curioso por naturaleza y rebelde por naturaleza. Adviertan a los alumnos que no pueden acercarse a la Plaza de Mayo de ninguna manera, pero tengan cuidado y no vayan a dejarlos intrigados por eso. Lo que tienen que transmitirles no es curiosidad, sino miedo. Háganles saber que es peligroso acercarse a la Plaza de Mayo en estos momentos”[6].

Lo mismo ocurre con un encuentro fuera del colegio entre Biasutto y Marita: “Biasutto ha concebido una comparación: la subversión, le explica, a ella que es novata, es como un cáncer, un cáncer que primero toma un órgano, supongamos la juventud, y la infecta de violencia y de ideas extrañas; pero luego ese cáncer hace además sus ramificaciones, que se llaman metástasis, y a esas ramificaciones, que parecen menos graves, hay que combatirlas de todas maneras, porque en ellas el germen del cáncer late todavía, y un cáncer no se acaba hasta tanto se lo extirpa por completo. El señor Biasutto desliza un dedo lento por su bigote oscuro, en actitud de recuerdo. Ya pasó la etapa, dice, en que teníamos que perseguir actividades ilegales y secuestrar materiales de alta peligrosidad (algún día, le dice confidente, bajando el tono y hablando al oído de María Teresa, le haré ver esos materiales, que conservo en un archivo de penetración ideológica). El colegio, y el país, han podido salir airosos de ese período, pero de qué serviría haber atacado el cáncer si vamos a despreocuparnos de sus ramificaciones”. “Otra comparación nace al instante de la inspiración del señor Biasutto: la subversión es un cuerpo, pero también es un espíritu. Porque el espíritu sobrevive y alguna vez bien puede reencarnar en un nuevo cuerpo”[7].

Para Biasutto, que los chicos fumen “es el espíritu de la subversión que nos amenaza”. Mientras que en la película dice simplemente que fumar en el colegio es el cáncer mismo…

 

Sutilezas de guión aparte, Lerman (Tan de repenteMientras tanto) ya llevó otras obras literarias a la pantalla, como La guerra de los gimnasios de César Aira, en un corto homónimo de media hora. Con La mirada invisible el resultado ha sido dispar, al igual que la crítica. Hay quien dijo que la película es mejor que la novela[8]. Se dijo –más “equilibradamente”- que el hecho de “traicionar” la novela logró cosas destacables y otras malas[9].

El final, que es completamente diferente al de la novela, fue justificado así por Lerman: “Necesitaba que María Teresa reaccionara, no que sólo padeciera. Que fuera capaz de tomar una decisión y ponerla en acción. (…) tenía que empezar la película siendo una y terminarla siendo otra”[10].

Y esto es justamente lo peor de la película: a la correcta actuación de Osmar Nuñez como Biasutto (“el lado carismático del demonio”, en palabras de la protagonista) se suma la de una demasiado bucólica Julieta Zylberberg. El personaje “original” de la preceptora tiene más “acción”, cambios repentinos, decisiones que tomar.

 

Se puede decir entonces que, La mirada invisible, no sirve mucho como puente, acercamiento, a (la mejor) Ciencias morales.



NOTAS:

[1] Ver la reseña de Cuentas pendientes en http://pts.org.ar/spip.php?article15968

[2] Martín Kohan, Ciencias morales, Bs. As., Anagrama, 2010 (ed. original 2007).

[4] Ídem. 2., pp. 25 y 31.

[5] “El señor Biasutto tiene más años vividos que María Teresa y por lo tanto también otra sabiduría. Los chicos del presente son más buenos y más dóciles, pero no por eso dejan de estar a merced del daño de las ideas foráneas, o del daño que produce la ebullición hormonal. Aquellos peligros, siendo mayores, eran también más evidentes. Estos otros progresan bajo la forma del trabajo de hormiga y exigen una vigilancia tanto más puntillosa y continua.

-Lea la historia, María Teresa: es de lo más edificante. Cada vez que se gana una guerra, lo que sigue es la persecución de los últimos focos de resistencia del que perdió. Francotiradores, piquetes perdidos, los desesperados. Más se parece a una limpieza que a una batalla; ¡pero cuidado! Todavía forma parte de la guerra” (ídem. 2, p. 151).

[6] Ídem. 2, p. 32.

[7] Ídem. 2, pp. 48 y 49.


Una historia ¿sencilla?

Sobre la novela Cuentas pendientes, de Martín Kohan
“-Lo llevo a los años de las dictaduras: ¿Cómo pesan en el escritor esos sucesos? ¿Y en la sociedad?
-A mí, en la literatura, me es tremendamente útil y tremendamente necesario a la vez; me parece que hay algo del orden del mal, en algunos casos, de la opresión, en otros, del malestar, algo del autoritarismo instalado en esa cultura del miedo que me resulta tremendamente fructífero. No estoy saldando cuentas con la dictadura a través de la literatura, porque no creo que la literatura tenga que ocuparse de ese tipo de cuestiones, sino más bien interrogar, acechar, indagar con matices distintos de libro en libro.
Si pienso a la dictadura sobre esta sociedad, me parece muy clara la tensión entre la exigencia de olvido, que es muy fuerte y, por otro lado, la presión muy legítima y objetiva de que hay resonancias y marcas sobre el presente y que es necesario volver sobre la dictadura por una exigencia del presente y no sólo por una voluntad retrospectiva”
Martín Kohan(1)
Una narración constante, ininterrumpida, es lo que ofrece Martín Kohan en su última novela -de título “andrésrrivereano”- Cuentas pendientes: un incesante describir la vida y el entorno del personaje principal -en la primera mitad del libro-.
Con mucha crudeza y humor negro; con algo de ironía, Kohan relata los entresijos de una existencia miserable, paupérrima por momentos; los de una persona que está, casi, al filo de la vida. Será esta la constante del relato.
Insistentemente, un narrador en primera (que parece tercera) persona –en indirecto libre- describe la vida (la ruina, sería más preciso decir), de Lito Giménez, un jubilado “solo”, de casi 80 años.
Lo de solo entre comillas tiene que ver con que su esposa y suegra viven en otro departamento, en el mismo edificio –y le complicarán la existencia-; además de recibir visitas de la hija.
Otra será –en su momento- la visita del “Dueño”: una presencia, la mitad primera de la historia, que amenaza tomar carnadura en cualquier momento: Lito le debe 4 meses de alquiler.
Lito tiene además una changa: marcar clasificados para un militar retirado, que además le “consiguió” la hija.
Kohan nos da casi desde el principio varias pistas para comprender el calibre del protagonista: pequeños, breves comentarios, que señalan el “perfil” de Giménez.
Por ejemplo, cuando Lito está en el departamento de su ex mujer cuidando a su suegra, nos encontramos con que “está prendido un velador, y también, la radio a transistores, donde justo en este instante una voz nocturna y grave explica a los noctámbulos que no habrá remedio posible para el flagelo de la delincuencia en la Argentina mientras las leyes sigan permitiendo que los criminales entren por una puerta y salgan por la otra, se deduce que de la cárcel”(2). Y al rato:
“La voz de la radio, que en verdad nunca cesó, se deja oír otra vez en el resuello de la habitación.
-Si los violadores no tienen curación, ¿qué esperan nuestros legisladores para votar la pena de muerte?”(3)
Kohan, desde referencias a la “sencilla” cotidianidad del personaje, busca pintarlo en cuerpo y alma: como cuando va a bar a buscar en los avisos clasificados ofertas de autos usados para que el militar haga sus negocios. La mente de Lito registra entonces luego de una puntualización que gusta de hacer de las noticias policiales, el problema general de la sociedad: “las mentiras de la política, el deporte que es ahora puro negocio, la manga de desviados que sale en la televisión y el cine, la droga en el rock and roll, el sida. Un mundo en crisis, le propone a Salazar (el cajero del bar), que ajusta el concepto con la sugerencia de que la crisis es moral antes que nada”(4).
Como si aún hiciera falta nos acercamos a la subjetividad de Lito por los comentarios despectivos que hace de todos (los que no son ni piensan como él): desde los “zurdos” (“el tiempo pasa, como dice aquella canción que tanto cantan los zurdos”) hasta las inmigrantes que se ofertan en los clasificados de “servicios personales” (“¡Boliviana! ¡Y lo dice!”; “paraguayas no”; “rebeldes no”; “¡190! Paraguayas no”).
O en el baño, cuando, leyendo una Reader’s Digest “se entretiene Giménez, a la par que se cultiva, con dos breves páginas que demuestran acabadamente que no era menos asesino Trotski que su camarada Stalin”(5).
Al momento de regresar su señora de la iglesia nos enteramos por boca ella que, “en la iglesia castrense del Cabildo, (…) el párroco decidió que quedaran vacíos los asientos que usualmente ocupan los patriotas ahora perjudicados por la prisión domiciliaria”(6).
Así configurado su “mundo”, Lito Giménez asiste a un breve encuentro donde Vilanova, el militar retirado, está enardecido ante la militancia y reclamos de las Madres e HIJOS. Despotrica guarramente e incluso se mete en un tema caro, muy caro, al protagonista:
“Ahora, ¿qué? ¡Los bebitos! Qué ironía, masculla el coronel, aunque ninguna expresión de ironía le suaviza el rostro. El aborto les importa tres reverendos carajos, pero resulta que se preocupan como locas por los pobres bebitos. Que ya no son ningunos bebitos, por otra parte; ya son unos tremendos huevones. Lito, qué cosa (…). El aborto les parece bien: asesinar bebitos a indefensos. Pero salvar a otros bebitos, rescatarlos y ponerlos en manos de alguna buena familia que los cuide y que los quiera, ¡todo eso les parece mal! De los fetos asfixiados y tirados a la basura no dicen ni mu. Y en cambio no paran de romper los quinotos con los bebitos que dicen que son suyos. Bebitos cuidados y educados por tantas familias de bien”(7).
Luego de esto la historia tomará un giro y cambiará la narración de perspectiva: será desde el “Dueño”, en primera persona, que asiste a una especie de “duelo verbal” –no exento de equívocos, que por momentos configurarán un diálogo de sordos- con Lito, donde se hablará –deuda de varios meses por medio- de la TV, algunos (discutibles) personajes y sus “costumbres”(8), de la profesión del dueño (profesor de literatura) y un compromiso de pago futuro.
Mal posicionado, el profesor sufrirá a una suerte de derrota en su lucha por cobrar el alquiler.
***
Ahora bien, ¿dónde se inscribe esta nueva obra de Martín Kohan? Ya sabemos que desde Dos veces junio, pasando por la muy lograda Museo de la revolución –que incluye una elaboración teórica acerca de las “temporalidades de la revolución”, con textos de autores clásicos: Marx, Lenin y Trotsky- hasta Ciencias morales (ambientada en el Colegio Nacional durante la guerra de Malvinas y el fin de la dictadura), Kohan ha hecho resonar el tema del genocidio 1976-’83 de distintas maneras(9). Y ha dicho: “Existen, claro está, cuentas pendientes: No sabemos dónde están los desaparecidos, ni quiénes fueron los padres biológicos de los hijos adoptados por la dictadura. En los 80, vivimos la autodefensa, no sabíamos nada como sociedad y tras una década de impunidad fáctica y olvido con Menem, la literatura comienza ahora a tratar aquellos tiempos”(10).
Aunque aquí discrepo: porque incluso en los ’60 y ’70; es decir, previo al golpe de Videla y Cía., la literatura se ocupó de retratar la creciente violencia (basta mencionar El fiord de Lamborghini o El frasquito de Luis Gusmán). También los ’80 y ’90 dieron más que un buen puñado de obras, desde Los pichiciegos de Fogwill hasta las ácidas parodias de Guebel (como El terroristaEl perseguido –obras donde se habla y se ataca a la revolución y a la militancia política de izquierda, completamente en sorna-), El fin de la historia de Liliana Heker, Mares del sur de Noé Jitrik -una novela policial “no convencional” con un “subtexto” referido a la dictadura- o los relatos autobiográficos de Tununa Mercado, por nombrar algunas (otros “clásicos” que también “trataron aquellos tiempos” son Nadie nada nunca, de Saer, o Respiración artificial de Piglia).
Es decir que la literatura trató ampliamente (tan ampliamente como son los autores citados, donde son bien diversos en trayectoria, intereses estéticos, estilísticos y políticos) el problema de la violencia y, más o menos explícitamente, el tema de la dictadura en Argentina, la militancia y sus resultados.
Tal vez la repetición del tópico en Kohan –y en toda una serie de escritores; lo que llevó a que el recientemente fallecido y polémico Fogwill los criticara en diversos reportajes y charlas por “comerciales”: por “poner un desaparecido en cada novela a pedido del editor que hay en España”- se deba más a la “rehabilitación” que hizo el Estado y el gobierno de Kirchner desde 2003, avalando la discusión de “los ‘70”, con un relato a la izquierda de Alfonsín, los liberal-reformistas (como Sarlo era entonces) y la “teoría de los dos demonios”. Un relato donde el gobierno buscó, mediante la reivindicación acrítica (y falseada: ya que según el discurso estatal los sectores que tomaron las armas en los ’70 lo habrían hecho para tener el actual capitalismo “neodesarrollista” –y semicolonial, subordinado al imperialismo-) aliados entre los organismos de DD.HH. y entre los sectores “progres” de las clases medias y la juventud.
Este “clima”, pos 19 y 20 de diciembre de 2001, bien podría ser el verdadero contexto de Cuentas pendientes y de las decenas de obras de similar temática aparecidas estos últimos años.
En definitiva, Kohan retoma algo que la literatura nunca dejó de mencionar (con diferentes estrategias narrativas), en este caso mostrando, a modo de espejo ante la debacle neoliberal pos 2001 en nuestro país, a un sujeto configurado las últimas décadas a la derecha, donde un sentido común banal e individualista se impuso –y se busca recrear constantemente mediante los medios masivos de comunicación-, tras la derrota de las luchas pasadas.
Así, todo un sector de la narrativa argentina contemporánea viene expresando, como una “caja de resonancia”, muchas discusiones sobre “cuentas pendientes”.
Notas:
1) Reportaje en http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1258191
2) Cuentas pendientes, Bs. As., Anagrama, 2010, pp. 18 y 19.
3) Ídem., p. 22.
4) Ídem., p. 28. A esto llega Lito cuando “Revisa el diario un poco someramente, porque lo único que de veras le interesa de la actualidad del país y del mundo es el avance incontenible de la delincuencia armada. De eso se informa a conciencia: un asalto con toma de rehenes en Burzaco, un joven de diecinueve años al que le pegaron un tiro para robarle la bicicleta, un linchamiento vecinal en Núñez al presunto violador que asuela el barrio, una banda de asaltantes de blindados que ejecutan con todo éxito su tercer golpe consecutivo, el auge del pungueo descuidista en los andenes de las estaciones de tren. Comenta un poco con Salazar, el de la caja, que nunca deja de darle la razón, la desgracia de tener una justicia que es blanda o cómplice y le hace el caldo gordo a los criminales atando de pies y manos a la fuerza policial” (ídem., p. 27).
5) Ídem., p. 90.
6) Ídem., p. 66.
7) Ídem., pp. 109 y 110.
8- Dice Lito: “Mariano Grondona es profesor, lo mismo que vos. Sabe latín, sabe de dónde viene cada palabra que usamos. Te explica la democracia, te explica la demagogia, te explica todo, leyó a Platón. Es doctor. Es un hombre grande” (p. 143).
Y también: “yo sé que ahí en la televisión se manejan vagones de plata. Los autos que usan los famosos por la calle, el Volkswagen Passat, el Renault Megane, son los coches de medio pelo. Usan ésos para que no los fichen en la calle y después no lo secuestren. Pero en el garaje de la casa guardan los Mercedes, guardan los Audis, guardan los Beemes. Los encanutan” (p. 156).
9) Beatriz Sarlo ha opinado que la elección de Kohan sería más ética que artística: “Kohan no quiso prescindir de esto que podría juzgarse innecesario: el carácter miserable de la vida de Giménez y su ideología decrépita no obligaban a que también fuera un apropiador. Sin embargo, la inclusión del tema asordinado es la marca que la historia deja en la novela que, de otro modo, hubiera podido transcurrir casi en cualquier momento del siglo. La cronología agrega algo que, justamente porque no es indispensable, se vuelve significativo. Kohan no quiso prescindir de esa cronología, aunque su novela habría podido escribirse sin ella. Cuando hablamos de marcas de la historia en la literatura son éstas, precisamente, las que no pueden expulsarse ya que están más allá de una función narrativa. Son más éticas que representativas. La historia sucedió y, en algunas conciencias, sigue sucediendo
(http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0458/articulo.php?art=20893&ed=0458).
10) Reportaje en
http://www.tribunalatina.com/es/notices/_la_literatura_comienza_ahora_a_tratar_la_dictadura_de_videla_24555.phpp