#Poesía: “Mientras tomo una taza de café…” (Óscar Oliva)

 

Mientras tomo una taza de café…

 

Mientras tomo una taza de café repaso los poemas

que he escrito

¡Cuánta confusión! ¡Cuántas palabras perdidas!

¿Bajo qué impulso lancé mi pecho mis descomposturas

a la búsqueda de ese mar que no es claro ni habitable?

SI he dicho soledad árbol o cieno

fueron palabras imprecisas para extender mis brazos

para darle un vuelco al reloj y mostrar su desnudez

y sus caminos

He tomado conciencia de mis obligaciones

y he querido dar a los hombres nada más un relámpago

 

Debajo de una imagen ahora me duermo

ahora la doblo ahora la subrayo

 

Mañana despertaré en un mundo nuevo

 

 

Óscar Oliva, poema de Áspera cicatriz, en Ocupación de la palabra (1965), reproducido en AA.VV., Poesía en movimiento. México 1915-1966, Selecciones y notas de Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Ardijis, Prólogo de Octavio Paz, México D.F., [1° ed.] 1966, p. 65.


“La mesa está servida” (sobre Darío Canton, en “Radar libros”)

El pasado domingo se publicó en el suplemento “Radar libros” de Página/12 una versión adaptada del prólogo que hice para la merecidísima reedición de La mesa, poema de Darío Canton, próxima a salir de imprenta por la editorial Zindo & Gafuri. (Además, se publicaron fragmentos del largo poema.)

Escrito hace cincuenta años –la redacción del poema, tal como está fechado, se terminó el 28 de junio de 1969–, La mesa es el cuarto libro de poesía que publicó Darío Canton, en 1972, por una recién fundada editorial Siglo XXI de Argentina. Antes, habían aparecido en otros sellos La saga del peronismo, Corrupción de la naranja y Poamorio, en 1964, 1968 y 1969, respectivamente. Como ocurre en amplias áreas o zonas del arte, la literatura y la poesía, y como relata Canton en el segundo tomo de su monumental autobiografía De la misma llama, Los años en el Di Tella (1963-1971), el libro “nació de un sueño”: “Una noche, la del sábado 26 de junio (de 1967), después de haber terminado el trabajo, me fui a acostar, supongo que no más allá de las 24. Al rato me desperté diciéndome internamente, a oscuras, unas líneas sobre la mesa. Sonaba de lo más extraño pero igual encendí el velador (…) tomé papel y bolígrafo (‘birome’) y escribí durante algo más de una hora. (…) Al terminar puse la hora, 2.30 a.m., y la fecha, que anoté mal y corregí días después, inicialmente sólo había puesto el mes. Apagué la luz y me dormí”. Y continúa el relato: “A la mañana siguiente releí lo que había escrito y me fui hasta la salita, habitación contigua al comedor (…), para consultar el tomo correspondiente del Diccionario Enciclopédico Espasa. Encontré muchas referencias vinculadas con la palabra mesa, voces afines, etc. Estoy seguro de que pensé que tenía un filón, la punta de un ovillo a desenrollar. Nada hice con él, sin embargo, en lo inmediato, puesto que estaba demasiado ocupado. Ese manuscrito original  tenía unas 160 líneas aproximadamente, sin contar la mayoría de las interpolaciones”.

Luego se reproducen en el tomo autobiográfico esas líneas primigenias y otros manuscritos, y más narraciones en torno a un trabajo ininterrumpido –aun con vaivenes– durante dos años.

Finalmente, La mesa tendrá 2604 versos, con listados de descripciones, comparaciones, parentescos, asociaciones y “deformaciones” (masa, misa, mosa –por moza–, musa…); “catalogando”, “historiando”. Con versos con “definiciones” sorprendentes, paradojales, como aquellos que hablan de la muerte y el catafalco que sostiene el ataúd como algo que sería “el comienzo/ de la vida subterránea”. También, tipos de mesas: “mesas de dibujo/ mesas de operaciones/ mesas de torturas/ mesas de saldos/ mesas de correos”, entre muchas más. Y originales hallazgos: “mesántropo/ híbrido de mesa y hombre”; con todo tipo de paráfrasis irónicas y humorísticas; en varios casos, tomando frases célebres, como las de Mahoma, Heráclito, Galileo Galilei, Ortega y Gasset (“¡Argentinos, a las mesas!”). Es un trabajo imaginativo y proliferante, abarcador y amplio, potente.

Tras varios intentos y propuestas de publicación en instituciones y editoriales de Argentina y de otros países, desde México, el mítico editor Arnaldo Orfila Reynal responderá al envío de Canton (poema y carta fechada el 13 de agosto de 1970) favorablemente, quedando en manos de la filial argentina de Siglo XXI la concreción de la publicación, ocurrida finalmente en 1972. El autor, a posteriori, hizo un descubrimiento: “sólo siete años más tarde supe que aquél lo había dado a leer en México a Gabriel Zaid, quien había recomendado su publicación”.

Consultado por e-mail, Gabriel Zaid tuvo la gentileza de responder. Esto escribió el poeta y ensayista: “Me alegra que La mesa se reedite, y lamento no recordar si presenté un dictamen escrito. Pero sí recuerdo mi argumento central: Es una poesía completamente distinta de la que se está haciendo”. Estas son palabras recientes, de comienzos de 2019, producidas por una impresión todavía viva en el recuerdo, tras casi medio siglo transcurrido; y –un detalle a señalar– coinciden con la autoevaluación que hiciera Canton en su momento. En la carta a Orfila Reynal le dijo respecto al libro: “Creo que es algo que vale, bastante insólito y experimental y que apunta a una renovación en muchos terrenos”.

Como parte de la colección “Mínima”, el libro contó con una peculiaridad que llamó la atención y generó preguntas y cuestionamientos (públicos y privados) por entonces: no llevó el nombre del autor, ni en la tapa ni dentro del volumen. La portada, además, reproducía tres naranjas, en alusión (muy deliberada) a un libro anterior. Pese al anonimato, poco tiempo después, comenzarían a llegarle a Canton –por distintas vías– valiosas repercusiones.

RECEPCIONES Y REACCIONES

Entre las lecturas, reacciones y comunicaciones que generó La mesa tras su aparición  –recopiladas en el tercer tomo de De la misma llama, De plomo y poesía (1972-1979), alojadas también en http://www.dariocanton. com–, se pueden destacar algunas:

La de la crítica y ensayista Josefina Ludmer, publicada en junio de 1973 en la revista Latinoamericana: “se suscita, mediante una extraordinaria parodia del pensamiento universitario, una relación cognoscitiva que trabaja sobre la afirmación-negación permanente de lo ya sabido, que ‘sabe’ porque ‘rememora’ no una entidad (la mesa como objeto) sino un sintagma: ‘la mesa’, y convoca a la totalidad del ‘saber’ para construir un tipo de ciencia materna que es poesía, negando específicamente la escisión que practicaba la sociedad burguesa entre lo poético y lo prosaico, lo culto y lo popular, lo divertido y lo instructivo”.

La del poeta y periodista Efraín Huerta, en el Diario de México, en dos entregas, el 21 y 22 de marzo de 1973. En la primera dice de La mesa: “es un librito en versos libérrimos cortitos, certeros y absolutamente lógicos”. “Pero fue el epígrafe el que me dejó lelo. Es un texto sociológico, filosófico y económico, firmado por ¡Carlos Marx! La última relación entre El Capital y una mesa”. En la segunda, luego de la cita correspondiente de El capital, prometida en la nota anterior, afirma sobre Canton y su libro: “armado hasta los dientes de la lógica, el autor juega de maravilla con el vocablo mesa; lo exprime, deshace, rehace, como cuando habla de los científicos mexicanos que descubrieron el mesomerismo, o teoría de la mera mesa… Hay que leer este librito, al amparo de la sabia y simpática santa de habla española del siglo XVI: Santa Mesita de Luz. Y reír: hasta el paroxismo humorístico”.

La del poeta y escritor José Emilio Pacheco, vía carta personal, fechada en México D.F. el 20 de abril de 1973. Allí le dice: “Es un libro que me hubiera gustado escribir y que por desgracia no podré hacer nunca”. A lo que agrega: “El despliegue de imaginación, de inteligencia, de vocabulario me deja atónito. No sé si es prosa o poesía o algo más, pero me doy cuenta perfectamente que sólo podría existir en esta forma. Me sorprende y me agrada que el libro sea anónimo”.

La del crítico David Musselwhite desde Kingston, Jamaica, también como comunicación personal, ese mismo año 1973, fechada el 2 de febrero. Haciendo asociaciones con Derrida, Saussure y Freud, le recuerda también que Foucault, en Las palabras y las cosas, utilizó el mismo objeto, una mesa, en pasajes de su libro. Concluye: “creo que implícita en La mesa está la idea de que todo puede ser derivado de una palabra original y nuclear”.

La nota completa acá.

Y acá, los fragmentos y secciones de La mesa.


Discurso para la presentación de El escritor, soñaba, novela de Juan Maldonado


Invitación: se presenta “El escritor, soñaba”, novela de Juan Maldonado (viernes 10 de mayo, 19 hs.)


#Poesía: “El gran mínimo” (G. K. Chesterton)

 

El gran mínimo

 

No ha sido poca cosa llorar como lloramos,

no ha sido poca cosa hacer lo que hemos hecho,

no ha sido poca cosa mantenerse despierto

mientras todos los hombres dormían,

o contemplar estrellas que nunca han visto el sol.

 

No ha sido poca cosa oler la rosa mística,

aunque se haya tronchado

y solamente queden las espinas,

no ha sido poca cosa sentir un hambre igual

a la de quienes probaron el pan que hacen los dioses.

 

Haberte visto a ti, tu rostro inolvidable

–valiente como el solo de clarines

que llama a la lucha,

puro cual lirio blanco junto al agua–,

no ha sido poca cosa, aunque de mí

te separaras hoy, ya para siempre.

 

Aprender los asuntos, cerrados a los débiles,

pasiones milenarias, arriesgadas,

altas y misteriosas,

no es poco ser más sabio que este mundo,

no es poco ser más viejo que los cielos.

 

En un tiempo de escépticas polillas

y de cínicos óxidos,

y de vidas cebadas y hastiadas de dulzor,

en un mundo de amores huidizos

y ansias que se diluyeron,

no es poco estar seguro de un deseo.

 

Benditos sean nuestros oídos pues ellos escucharon,

benditos sean nuestros ojos pues también ellos vieron.

Dejemos que el relámpago y el trueno

descarguen sobre el hombre, y la bestia, y el pájaro.

No ha sido poca cosa haber vivido.

 

G. K. Chesterton, El gran mínimo. Antología poética, Salto de página, 2014, [Selección, traducción y prólogo de Miguel Sala Díaz], pp. 131-132.


#Poesía: [sin título] (Ben Lerner)

 

En esa época, la desnudez parcial estaba permitida,

siempre y cuando los pechos en cuestión fueran de indígenas.

 

Las nubes tenían facilidad de dicción,

y a la muerte le iba muy bien con las mujeres

y por las noches nuestros documentos se abrían

para emitir sus fragrantes confesiones.

 

En esa época, se sumergían cebollas enteras y pueblos enteros

en grasa transparente y semisólida de cerdo.

Los niños aspiraban líneas de oro en polvo,

inhalaban pegamento hecho de tachas,

fumaban mirra sepulcral y luego tiraban unos tiros

en sus escuelas.

 

En esa época, la policía se llevó detenidos a todos los insectos, luego a los pájaros, después a las estrellas,

y el cielo se escapó bajo la tierra.

 

The litchenberg figures [2004], en Ben Lerner, Elegías doppler, Bs. As., Zindo & Gafuri, 2015 [traducción de Ezequiel Zaidenwerg], p. 39.

 


#24DeMarzo: Ricardo Piglia sobre Estado y dictadura, sociedad y relato(s), política y ficción

* Fragmentos de dos entrevistas:

[1984]

La concepción conspirativa de la historia tiene la estructura de un melodrama: una fuerza perversa, una maquinación oculta explica los acontecimientos. La política ocupa el lugar del destino. Y eso en la Argentina no es una metáfora: en los últimos años la política secreta del Estado decidía la vida privada de todos. Otra vez la figura de la amenaza que se planifica desde un centro oculto (en este caso ‘la inteligencia del Estado’) y se le impone a la realidad. Es lo que sucedió con el golpe de 1976. Antes que nada se construyó una versión de la realidad, los militares aparecían en ese mito como el reaseguro médico de la sociedad. Empezó a circular la teoría del cuerpo extraño que había penetrado en el tejido social y que debía ser extirpado. Se anticipó públicamente lo que en secreto se le iba a hacer al cuerpo de las víctimas. Se decía todo, sin decir nada.

 

[1987]

[…] diría que la nueva marca en el discurso intelectual es una suerte de conformismo general y de sometimiento al peso de lo real. En lo que se llama ‘los 60’ había un espacio de reflexión diferente que, por no estar conectado a la política inmediata, permitía poner en el centro del debate temas que hoy han sido clausurados, como el de las transformaciones y la revolución.

[…]

El poder también se sostiene en la ficción. El Estado es también una máquina de hacer creer. En la época de la dictadura, circulaba un tipo de relato ‘médico’: el país estaba enfermo, un virus lo había corrompido, era necesario realizar una intervención drástica. El Estado militar se autodefinía como el único cirujano capaz de operar, sin postergaciones y sin demagogia. Para sobrevivir, la sociedad tenía que soportar esa cirugía mayor. Algunas zonas debían ser operadas sin anestesia. Ese era el núcleo del relato: país desahuciado y un equipo de médicos dispuestos a todo para salvarle la vida. En verdad, ese relato venía a encubrir una realidad criminal, de cuerpos mutilados y operaciones sangrientas. Pero al mismo tiempo la aludía explícitamente. Decía todo y no decía nada: la estructura del relato de terror.

Con la transición de Bignone a Alfonsín [cambia ese relato]. Ahí se cambia de género. Empieza a funcionar la novela psicológica, en el sentido fuerte del término. La sociedad tenía que hacerse un examen de conciencia. Se generaliza la técnica del monólogo interior. Se construye una suerte de autobiografía gótica en la que el centro era la culpa; las tendencias despóticas del hombre argentino; el enano fascista; el autoritarismo subjetivo. La discusión política se internaliza. Cada uno debía elaborar su relato autobiográfico para ver qué relaciones personales mantenía con el Estado autoritario y terrorista. Difícil encontrar las responsabilidades. Resulta que no eran los sectores que tradicionalmente impulsan los golpes de Estado y sostienen el poder militar los responsables de la situación, sino ¡todo el pueblo argentino! Primero lo operan y después le exigen el remordimiento obligatorio.

 

 

Ricardo Piglia, Crítica y ficción, Bs. As., Debolsillo, 2014 [ed. original 1986; nueva versión 2000], pp. 34, 100, 101.