#Entrevista con Leonardo Padura: “Percibir la realidad cubana a través de la literatura”

lo prometido es deuda…

LITERATURA // ENTREVISTA

Leonardo Padura: “Percibir la realidad cubana a través de la literatura”

De paso por la Argentina unos pocos días para participar de la entrega de un premio literario, conversamos con el escritor cubano Leonardo Padura. Su último libro publicado, la novela que está escribiendo actualmente y su trabajo en el cine son algunos de los temas tratados.

Demian Paredes
@demian_paredes

 

Fotografía: Lucía Feijoo

 

La primera pregunta que quiero hacerte es sobre tu último libro publicado aquí este año, Aquello estaba deseando ocurrir. ¿Cómo y cuándo surgió la intención de publicarlo? Abarca nada menos que ¡veinticuatro años! El cuento más antiguo data de 1985, y el último de 2009.

Este es un libro que tiene una historia larga. Es realmente una especie de antología personal de mis cuentos. Desde hace 10, 12 años, estamos con el plan de publicarlo por Tusquets –mi editorial habitual–. Pero como iban saliendo novelas, siempre se posponía la salida del libro de cuentos. Y en ese período, escribí dos, tres cuentos más, porque últimamente me cuesta mucho escribir cuentos: las historias que se me ocurren son historias de cuatrocientas páginas; y entonces, finalmente, cuando publicamos Herejes, sabíamos que íbamos a tener un espacio de tiempo sin que saliera ninguna novela –como de hecho ha ocurrido–, porque estoy, apenas, en el principio de una nueva novela. Estuve trabajando mucho en los guiones de cine –una serie de cuatro películas con el personaje de Mario Conde–, y, finalmente, vimos que era un momento adecuado para sacar el libro. Y creo que toda esa demora actuó a favor del libro…, porque si lo hubiéramos publicado hace 10, 12 años, yo todavía no era el autor de El hombre que amaba a los perros. Y salió siendo yo el autor de El hombre que amaba a los perros y, por ejemplo, en España, donde vender cuentos es tan difícil, en un mes se vendieron tres ediciones. Ha circulado aquí en Argentina bien, ya la traducción al francés está lista –sale a principios del año próximo–, va a salir en alemán también –por mi editorial también habitual en Alemania–, y ha tenido muy buena suerte el libro. Así que me parece que, lo que a veces a uno le desespera un poco que ocurra, “estaba deseando ocurrir” en el momento determinado.

En este libro se nota cierta “trasposición” de las cuestiones sociales e históricas de Cuba en la amplia mayoría de los cuentos…

Es que eso siempre está en mi literatura, Demian. No podemos ver los cuentos desligados de mi otro trabajo literario. Son una parte, que se resuelve en muchas menos páginas. Pero las preocupaciones sociales, literarias, humanas, el carácter de los personajes… hay muchos personajes aquí que perfectamente podrían estar en algunas de mis novelas, y es parte de la totalidad, del conjunto de mi percepción de la realidad cubana a través de la literatura.

Y sobre esta nueva novela que estás escribiendo, ¿de qué va la cosa?

Estoy muy al principio. Muy al principio… A ver: se me va creando una especie de sentimiento de ansiedad cuando pasa un tiempo y todavía no he empezado una novela nueva. Porque creo que todos los novelistas nos hacemos la misma pregunta: Terminé esta novela, ¿seré capaz de escribir otra?, y si la última novela que has escrito ha sido una novela que ha funcionado bien, entonces te haces dos preguntas: ¿Seré capaz de escribir otra novela?, y ¿Seré capaz de escribirla mejor que la anterior? Porque yo siempre trato de retarme; trato de retarme en cada caso. Y en un momento en que hubo un espacio de tiempo, de dos o tres meses, en el tiempo de escritura que me llevaron estos guiones (que me llevaron bastante tiempo: los escribí con mi esposa, Lucía López Coll), pues tenía una vieja idea y dije: “Dejá probar, a ver si funciona”. Y bueno: tengo escritas setenta, ochenta páginas de lo que es el primer borrador del principio de la novela. Justamente eso es lo que me da la certeza de que puedo escribir la novela. Y es una novela en la que regreso con el personaje de Mario Conde –porque lo tenía muy manoseado en este trabajo de escritura de los guiones–, y es una novela mucho más social que las anteriores, creo que estoy viviendo un proceso en el que cada vez más lo policial interior; es interior el enigma… la búsqueda de la verdad es una esencia de historia –y no “parte” de la estructura–; y como te digo es muy social, porque me muevo por La Habana: de La Habana que se ha ido enriqueciendo en estos últimos años, a La Habana que se ha ido empobreciendo –en estos años– a niveles de pobreza realmente sorprendentes para Cuba. Niveles de pobreza que durante cuarenta años yo no vi en Cuba.

Y en medio de eso hay un objeto: a mí me encantan los objetos perdidos (un cuadro de Rembrandt, una pintura de Matisse, un Buda chino… en fin); y, en este caso, es una virgen negra catalana. De las originales. Que son muy pocas. Y que llegó a Cuba por una historia que no te voy a contar ahora –porque si no estaría revelando una parte importante de la novela–. Y Conde va a buscar esa virgen negra que se la han robado a un viejo amigo de él, pensando que está buscando una Virgen de Regla: una estatua muy común en Cuba, porque es una virgen negra, que viene de Andalucía –la Virgen de Regla es andaluza–, y que tiene muchos fieles en Cuba.
Y buscando esa virgen, que tiene un valor especial, para ese amigo suyo, realmente lo que está buscando es una virgen medieval, con un valor material altísimo, y con un valor cultural incalculable porque de esas vírgenes quedan realmente muy pocas en el mundo.

¿Esta historia sigue la línea temporal de Herejes, de alguna manera? ¿Mario Conde sigue vendiendo libros usados?

Avanza en el tiempo. Posiblemente la historia se cierre en el 2014, justo antes de que comiencen las conversaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Porque creo que a partir del 17 de diciembre de 2014 empieza un proceso histórico diferente en Cuba; del cual no me atrevo a escribir porque siento que estamos como que poniendo las bases de ese proceso y que todavía no se ha desarrollado. Y sería muy desatinado escribir sobre algo que todavía está ocurriendo.

Me interesa ahora charlar un poco sobre vos y el cine. ¿Te considerás cinéfilo (de alguna especie)?

Cinéfilo sí, seguro. Absoluto.

Soy un gran consumidor de cine que está viviendo en estos momentos una crisis de identidad, porque estoy prefiriendo las series. Hay series que son realmente muy buenas. Series danesas, norteamericanas, suecas, que me están centrando la atención últimamente y es lo que más estoy consumiendo. Pero soy un consumidor diario –diario– de cine. Leer y ver películas, para mí, son mis dos complementos culturales básicos. Yo puedo pasarme tiempo sin ir a un museo, sin ir a un concierto; pero no puedo pasarme sin leer y sin ver cine.

Y durante años yo he tratado de escribir guiones; he escrito guiones para algunos documentales en Cuba, que se han hecho –algunos con bastante éxito–, pero en los últimos tiempos he tenido dos experiencias (o tres) muy importantes. Una fue coordinar y escribir con mi esposa Lucía López Coll algunos guiones para la película coral que se llama 7 días en La Habana. Son pequeñas historias para las cuales escribimos nosotros varios argumentos, y tres de los guiones, de los siete que tiene la película.

Después y a partir de eso, escribí para Laurent Cantet el guión de una película que se llama Regreso a Ítaca. Esa película ganó un premio importante en Venecia, ganó el premio del Festival de Biarritz, ha sido una película muy polémica porque en Cuba fue sacada de la programación del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano –se exhibió, finalmente, en la Semana de Cine Francés–, y es una película muy dura, muy visceral… Muy dura por los conceptos. A nivel de imagen la forma es muy tradicional, en el sentido de que es una reunión de amigos en una azotea de La Habana, y lo importante son los personajes, no la forma en que está hecha la película. Creo que quedó muy bien, Cantet es un gran director, con una gran capacidad de trabajo con los actores.

Y después hemos escrito –Lucía y yo– cuatro guiones para una serie de cuatro películas con mis primeras novelas: Pasado perfecto, Vientos de Cuaresma, Máscaras y Paisaje de otoño. Ya vimos el primer corte de una película, la de Vientos de Cuaresma, y realmente estamos muy satisfechos con lo que vimos.

Y esta es una serie española. Según leí, hay otro proyecto de serie también, producido por Estados Unidos y Canadá.

Esa serie está muy en su principio. Tan en su principio que todavía no está escrito el guión del primer capítulo de la primera temporada. Es una serie que se está pensando con gran ambición de llegar incluso a cinco temporadas –si fuera posible–, de diez capítulos cada una, el productor ejecutivo es Antonio Banderas –que hará el personaje de Mario Conde, además–, y está en proceso de creación. Va a ser un producto que va a partir de las novelas, para crear toda una serie de historias –a diferencia de la serie española, que está más basada en los libros (y más cerca de la realidad cubana, en la medida en que Lucía y yo fuimos quienes escribimos los guiones)–.

Respecto a Cantet –de quien supongo apreciás favorablemente su cine–, ¿él dirigió uno de los cortos de 7 días en La Habana; esa fue tu primera experiencia con él? Porque dirigió el corto “La fuente”…

No, ese corto él lo escribió. Él escribió el guión. Yo había escrito un guión para el corto que él iba a filmar, que terminó siendo el largo Regreso a Ítaca. Porque cuando él empezó a montarlo se dio cuenta de que no podía en 15 minutos resolver aquel conflicto y que necesitaba más tiempo.

La relación entre Cantet y yo ha sido muy hermosa. Muy hermosa. Porque partió de la admiración mutua que nos tenemos como artistas. Yo había visto su cine, y me encantaba su cine. Él había leído mis libros, y le encantaban mis libros. Y unos amigos comunes nos pusieron en contacto, y en ese contacto empezó una relación de amistad, y por eso es que cuando a él lo invitan a participar de 7 días en La Habana dice: “Pero con una sola condición”. “¿Cuál?”, le preguntan. “Trabajar con Leonardo Padura”. Y ha sido una relación muy respetuosa. Muy respetuosa: Cantet es un verdadero intelectual –en el sentido más amplio del término–, y es sobre todo una gran persona; y por eso hemos tenido peleas, que nos hemos puesto, y él dice: “Esto es así”, y yo le digo “Esto no puede ser así”, y hemos peleado, siempre desde el respeto, siempre desde el tratar de lograr que sea la mejor película. Y mí, que no me gusta mucho escribir para el cine, si Cantet me dijera “Vamos a trabajar otra vez”, trabajaría otra vez con él.

Y volviendo a la literatura ¿qué estás leyendo actualmente; hay algo que quieras destacar? ¿Y en qué otros proyectos estás trabajando?

Mira, trato de leer lo más que puedo. Justamente ahora estuve como jurado de un concurso del periódico Clarín, lo cual me llevó un tiempo de lectura. Me llegan con cierta frecuencia los libros de amigos que me piden que los lea –hago el esfuerzo, y en algunos casos los leo–, estoy investigando para la novela de la que te hablé que quiero escribir –porque todo ese fenómeno de esas vírgenes negras tiene un trasfondo histórico y místico muy importante–, y ahora trato de leer literatura. Literatura: toda la que puedo. A veces la más ligera que encuentro; a veces la más complicada –depende–.

He hecho algo que ha resultado para mí muy interesante. Y es que estoy preparando un curso, que debo dar el año próximo, en la Universidad de Puerto Rico y en la Universidad Menéndez Pelayo, en España, y es un estudio acerca de para qué se escribe una novela. Y lo hago con mi novela Herejes, y con otras dos novelas que son: La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, y Asesinato en el Comité Central, de Vázquez Montalbán. Son dos novelas que tienen un contenido político evidente. Pero son dos grandes novelas. Y por eso quise analizar para qué fueron escritas esas novelas, y ha sido un ejercicio muy útil. Muy útil porque me ha develado estrategias literarias utilizadas por estos dos escritores, en las cuales, uno, como lector, no suele detenerse en ellas. Así que la literatura y el estudio forman una parte muy importante de mi trabajo.

Como una “clínica literaria”.

Se trata de desmontar. Voy a tratar de desmontar esas dos novelas, desde la estructura, hasta el narrador y los personajes, para llegar a la comprensión de la intencionalidad de las novelas. Kundera habla de “novelas que piensan”. Y Vázquez Montalbán habla de “novelas intencionadas”. Y un poco ahí está la esencia del curso.

 

Leonardo Padura sobre Trotsky: “Siguió creyendo en su ideología, en sus principios revolucionarios”

Fragmento de una entrevista inédita realizada en mayo de 2014, en el marco de la participación del escritor cubano Leonardo Padura en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Demian Paredes
@demian_paredes

 

Te pregunto sobre tu novela El hombre que amaba a los perros: ¿por qué y para qué quisiste rescatar a la figura de Trotsky?

La quise rescatar porque yo necesitaba cumplir una necesidad que era conocer la historia de Trotsky. La historia de Trotsky en Cuba era totalmente desconocida y fue lo que motivó mi primera curiosidad por el personaje.

Después que fui conociendo, que supe que Mercader había vivido en Cuba –y que había muerto en Cuba–, pues ya comencé un proceso de investigación en el que fui clarificando las perspectivas de a dónde quería llegar. Y creo que más que una novela sobre Trotsky es una novela sobre el estalinismo y sobre las formas en que el estalinismo pervirtió la posible utopía igualitaria del siglo XX. Y ahí era a dónde quería llegar al final.

Además, no es la primera vez que se plantea desde tu literatura el problema del estalinismo. En tu libro Adiós, Hemingway hay una discusión, una pelea de John Dos Passos con Hemingway a propósito de la guerra civil española…

Sí. Eso ya venía persiguiéndome desde hacía muchos años.

¡Claro!, “cosa lógica”, ¿no?

Sí: viviendo en Cuba… (Risas.)

Quedándonos en este libro, pero yendo al famoso tema de la “representación en la literatura”, ¿cómo trabajaste esa tensión que surge entre los personajes históricos (ya consolidados, conocidos, presentados por la historia, las biografías y documentales, etc.) y tu propia imaginación y tu propia la necesidad de desarrollar la historia desde determinados ángulos necesarios?

Hay algo cuando uno trabaja con personajes históricos; es algo que complica mucho el trabajo del escritor. Y es que la vida no se rige por los códigos dramáticos con que se rige una obra literaria. Entonces muchas veces los momentos más importantes de la vida de un personaje pueden ser hasta anti-dramáticos. Y tienes entonces que empezar a hacer una construcción de esas vidas para que funcionen en el territorio de la novela que es donde tú los has ubicado.
En este libro había un problema fundamental: y es que tenía dos personajes históricos de carácter completamente diferente. No por ideología, sino por sus características en cuanto a personas, y por la propia lectura histórica que se puede hacer de ellos. De un lado está Trotsky, que es un hombre que está biografiado prácticamente cada día de su vida –incluso hasta el año 1929 existe su autobiografía, que la cierra en el momento del destierro en Alma Ata–, y del que existen numerosísimas biografías sobre él; y por otro lado está Ramón Mercader, que es un personaje que entra en la historia después de que mató a Trotsky; si no llegaba a matar a Trotsky, tal vez nunca habríamos sabido que Ramón Mercader hubiera existido. Habría pasado como una persona más.
Y este personaje hubo que reconstruirlo, a partir de unos pocos datos precisos, y el resto en función de lo que pudo haber sido la vida de Ramón Mercader, a partir de las investigaciones que fui realizando a lo largo de tres, cuatro años.
Entonces, son dos personajes que me exigieron tensiones creativas completamente diferentes. Y fue mucho más amable en el caso de Ramón Mercader, que al haber tantos vacíos, esos vacíos se llenan con ficción; y la ficción entonces me ayudaba a que tuviera un comportamiento mucho más dramático, que en el caso de Trotsky, a quien tuve que ir forzando y encontrando, cortando y modelando su vida en función dramática.

La cuestión es ser fiel ¿a qué?, ¿al personaje histórico o al personaje novelado?

Ser fiel a la verdad histórica. Cuando Trotsky piensa en un momento determinado sobre la relación –por ejemplo– de la filosofía marxista o el poder proletario con el arte, es porque existe un documento de Trotsky en el cual está tratado ese tema. Yo no invento nada para la cabeza de Trotsky. Puede ser que a lo mejor ese documento lo haya escrito seis meses antes o seis meses después; pero existe ese pensamiento en la cabeza de Trotsky y yo lo ubico dramáticamente en función de que es un personaje que está apareciendo en una novela.

Tengo una frase de tu intervención en Café Gijón del año pasado [2013] –cuando diste una charla con Paco Taibo II–, cuando dijiste que escribiste esta novela “por la ignorancia que había sobre Trotsky en Cuba”, como venimos charlando. Ahora que ya salió la novela –y se leyó y discutió, se analizó, y te han preguntado, obligándote a repensar muchas veces–, para vos ¿quién es Trotsky?

Ayer justo hablaba sobre este tema. ¿Trotsky era un “hereje” o un “creyente”? Porque alguien me dijo: “Bueno, porque en todas tus novelas tus personajes son herejes. Y en el caso de Trotsky, también es un hereje”… Y dije: no. Tengo que decir que creo que Trotsky es más un creyente que un hereje. Fue un hombre que hasta el final de su vida –y en los momentos más difíciles– siguió creyendo en su ideología, en sus principios revolucionarios, y si hay algún “hereje” en esa relación es Stalin, no Trotsky, porque Stalin es el que traiciona de una manera alevosa y criminal los principios de la revolución. Por lo tanto creo que Trotsky es un ejemplo de una persistencia en una idea y en una ideología llevada hasta las últimas consecuencias. Incluso cuando estaba más solo, cuando no tenía seguidores –o sus seguidores desaparecían– él seguía empeñado en su proyecto de la revolución, de la dictadura del proletariado, de la toma del poder por los humildes… en fin: mantuvo hasta el final sus convicciones.

¿En este caso sería un “ortodoxo” con el que vos simpatizarías?

Es un ortodoxo al que lo obligaron a ser un heterodoxo. Y simpatizo con él porque creo que alguien que cree tan firmemente en lo que piensa merece el respeto de los demás, aunque uno no esté esencialmente de acuerdo con determinadas ideas suyas.

 


[Video] Entrevista con Leonardo Padura

 

A modo de anticipo, algunos momentos de la entrevista realizada con el escritor cubano Leonardo Padura, que se publicará en La Izquierda Diario (http://laizquierdadiario.com).

Cámara -fotografía y video-: Lucía Feijoo.


Trotsky y la literatura


Por Demian Paredes

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Hablar de Trotsky y la literatura (y, también, de Trotsky en la literatura) es, se podría decir, un tema clásico, conocido, visitado… y –como hacemos acá– revisitado.

Se puede comenzar por él mismo: como se sabe, Trotsky fue un atento lector; un gran lector –además de escritor–, tanto de escritores clásicos rusos (como Tolstoi y Gogol) como de contemporáneos (Esenin, Maiakovsky, Céline, Malraux, Jack London, los surrealistas). Sobre ellos escribió –antes, durante y después de la Revolución Rusa de 1917–, y, con muchos, tuvo además encuentros y relaciones políticas. Y a esto debemos sumar sus conocidos trabajos como Literatura y revolución, y los agrupados bajo el título de Problemas de la vida cotidiana, donde se ve (se lee) a las claras su atención para con los temas del arte y la cultura –a los que además se podría sumar el por entonces novísmo psicoanálisis–. De conjunto tenemos entonces a un revolucionario marxista que, lejos de la manipulación del arte y sus expresiones –como hizo la burocracia stalinismo con el tristemente célebre “realismo socialista”– tuvo una amplia mirada (y diversas propuestas políticas) sobre éstos, e incluso fue el autor, junto a André Breton, en México, en 1938, del “Manifiesto por un arte revolucionario independiente” (un conocido texto del que ha dado cuenta recientemente un artículo en la revista mensual Ideas de Izquierda). Tan es así que hasta el día de hoy, muchas décadas luego, muchísimos escritos siguen dando cuenta de la potencia, de la vigencia, de muchos planteos de Trotsky en estos terrenos, y por supuesto también de su vida revolucionaria y lucha consecuente contra la degeneración del Estado obrero ruso.

 

“El arte verdadero, es decir, el que no contenta con variaciones sobre modelos ya hechos, sino que se esfuerza por dar una expresión a las necesidades interiores del hombre y de la humanidad de hoy, no puede no ser revolucionario, es decir, no aspirar a una reconstrucción completa y radical de la sociedad, aunque solo fuese para liberar a la creación intelectual de las cadenas que la atan y permitir a toda la humanidad elevarse a alturas que solo unos cuantos genios aislados han alcanzado en el pasado.”

(Fragmento del “Manifiesto…” de Trotsky y Breton.)

 

Pienso ahora rápidamente en una posible “lista” de importantes escritores y escritoras que tomaron “la historia y vida de Trotsky”; como también de quienes lo abordaron desde diversos ángulos específicos las últimas décadas:

Tenemos por ejemplo La segunda muerte de Ramón Mercader, una novela “policial” (o “trhiller político” se se prefiere) del escritor español ya fallecido Jorge Semprún (quien además, años después, en Federico Sánchez se despide de ustedes –una de sus novelas autogiográficas– rememora las visitas al museo-casa de Trotsky en México, con sus aires de “templo revolucionario”…). Semprún, que fue –además de guionista del conocido director de cine Costa-Gavras– del PC, y luego del PS (es decir, se fue cada vez más hacia la derecha), mantiene sin embargo un respeto enorme por la figura de Trotsky.

Otras obras de escritoras y escritores son:

Tres tristes tigres, novela del gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, donde hay toda una “sección” del libro dedicada a parafrasear a varios escritores, “parodiando” su estilo, y dando cuenta del asesinato de Trotsky;

En estado de memoria, narraciones de Tununa Mercado, donde también se menciona al museo-casa de México como un sitio al que toda persona de izquierda, todo humanista y/o socialista no puede dejar de ir;

Los dos cuentos del jujeño Héctor Tizón publicados en No es posible callar, sobre el sicario stalinista Ramón Mercader;

El relato de Silvia Molloy –también sobre el museo-casa– en Varia imaginación;

La novela de Martín Kohan Museo de la revolución;

Varias novelas de Andrés Rivera, como Nada que perder y El verdugo en el umbral;

Laguna, de la norteamericana Barbara Kingsolver;

El profeta mudo, una novela inédita, que salió el año pasado por una editorial española, del escritor centroeuropeo Joseph Roth;

Y a todo esto hay que sumar la famosa El hombre que amaba a los perros, del cubano Leonardo Pardura.

Junto a esto, no podemos dejar de mencionar tampoco los textos que produjeron el ensayista y sociólogo Eduardo Grüner (“Trotsky, un hombre de estilo”), y el escritor Noé Jitrik –quien nos ha dado unos 5 o 6 textos los últimos años, en muchos casos tomando como referencia o disparador publicaciones del CEIP “León Trotsky” y Ediciones IPS: Mi vida, la biografía de Lenin, y El caso León Trotsky, entre otros–.

 

Para ir finalizando esta lista –que, por supuesto, no es exhaustiva–, podemos sumar un texto más, un capítulo sobre la “cuestión judía” en la autobiografía del escritor, ensayista y crítico George Steiner –llamada Errata–, quien, contra “la barbarie, la estupidez y la ignorancia” propone recordar un fragmento de “un tal Liev Davidovich Bronstein (también conocido como Trotsky). Un texto escrito en el fragor de batallas” “encarnizadas”:

 

“El hombre asumirá como propia la meta de dominar sus emociones y elevar sus instintos a las alturas de la conciencia, de tornarlos transparentes, de extender los hilos de su voluntad hasta los resquicios más ocultos, accediendo de este modo a un nuevo plano […]

El hombre será inconmensurablemente más fuerte, más sabio y más sutil; su cuerpo se tornará más armónico, sus movimientos, más rítmicos, su voz más, melodiosa. Los modos de vida serán más intensos y dramáticos. El ser humano medio alcanzará la categoría de un Aristóteles, un Goethe, un Marx. Y sobre este risco se alzarán nuevas cimas.”

 

Este es el final del libro Literatura y revolución, donde Trotsky proyecta, imagina, cómo será la vida del ser humano, una vez acabado el capitalismo –una vez terminado el régimen de explotación asalariada–, en la sociedad comunista. Un “sueño” de una gran potencia, que ha sido destacado una y otra vez por su belleza y su fuerza imaginativa.

Y cierra Steiner ese capítulo diciendo: “Absurdo. ¿Verdad? Pero un absurdo por el que vivir y morir”.

*   *   *

 

* Este texto es la base de una columna realizada para el programa radial “Pateando el Tablero”, que puede escucharse en el siguiente link: http://pateandoeltablero.com.ar/2013/08/24/la-columna-de-arte-y-cultura-trotsky-en-la-literatura/


Premio Nacional de Literatura de Cuba a Leonardo Padura

 

Leemos en el sitio de la revista Ñ:

El escritor, periodista y crítico literario Leonardo Padura ganó el Premio Nacional de Literatura 2012, máximo galardón de las letras cubanas. Otorgado cada año por el Instituto Cubano del Libro (ICL) y el Ministerio de Cultura, el galardón reconoce la obra de aquellos escritores que enriquecieron la cultura cubana con el aporte de una obra literaria trascendente.

“El autor de célebres novelas policiales que le ganaron los favores del gran público ha seguido lo mejor de la tradición de la novela negra para ahondar en preocupaciones sociales”, señaló en una nota el ICL, que concedió el premio. Padura fue seleccionado por mayoría entre unas 18 propuestas presentadas por diversas instituciones literarias del país. El jurado fue encabezado por el escritor Reynaldo González, Premio Nacional de Literatura 2003, e integrado además por Denia García Ronda, Jorge Fornet, Víctor Fowler, Cira Romero, Astrid Santana y Marylin Bobes.

Actualmente, es uno de los escritores cubanos más laureados en la actualidad y es el primero de su generación que gana el Premio Nacional de Literatura. Ha recibido también los premios UNEAC (1993), Café Gijón (1995), Dashiell Hammett (1998), de Periodismo Cultural José A. Fernández Castro (2005), de la Crítica Literaria y Roger Caillois en 2011.

Una de sus obras más leídas y recientes es El hombre que amaba los perros, una narración histórica sobre la vida y conducta política de Trotsky, cuyo verdadero nombre fue Liev Davidovich Bronstein. Publicó, entre otros títulos, La novela de mi vida y la tetralogía Paisaje de OtoñoMáscarasPasado Perfecto y Vientos de Cuaresma. “En la literatura digo casi todo lo que pienso, y si digo ‘casi’ es porque creo que nadie dice jamás todo lo que piensa”, comentó a la prensa a raíz de un homenaje reciente que recibió en La Habana.

* Más info, acá, acá y acá.

** Y acá, mi reseña a la novela de Padura El hombre que amaba a los perros.


Una vez más, Trotsky, Mercader… y Stalin: nota de Hinde Pomerianec sobre la novela de Padura

Les dejo, por si no la vieron, el link a la nota sobre El hombre que amaba a los perros, aparecida el sábado pasado, “Matar y morir por una idea”, y también al reportaje que le hizo (vía mail) la periodista a su autor, el cubano Leonardo Padura.

Y acá y acá, dos notas mías referidas al tema: mi reseña de la novela, y la restauración de un mural de Siqueiros (pintor… y stalinista que comandó el primer atentado contra Trotsky en México), en Argentina, donde estuvieron el (ahora ex) presidente Calderón y Cristina Kirchner…


¿“Deshielo” en la isla?

* Nota escrita especialmente para el blog Cuba Revolución.

La difusión (vía literaria) de Trotsky en Cuba

En un reciente artículo, el periodista argentino de la extinta agencia TASS, Isidoro Gilbert (en la revista Ñ del 2 de abril), toma nota de los datos de la Feria Internacional del Libro de La Habana, donde se agotaron los 4.000 ejemplares de la edición local, a cargo de la Editorial Unión, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba –prevista en realidad para 2010-, de El hombre que amaba los perros, del reconocido escritor cubano Leonardo Padura –novela sobre Trotsky, su asesino y la realidad cubana de las últimas décadas-; donde circulan ediciones apócrifas y la española del sello Tusquets; y donde la presentación de esta novela contó con la participación del viceministro de Cultura, Fernando Rojas, el escritor Reynaldo González, premio nacional de literatura, y el ex diplomático Raúl Roa Kourí.

Padura, lógicamente feliz de poder presentar el libro en su país, dijo: “Es una historia escrita desde el sentimiento, la experiencia, la cultura, la participación y desde la vida cubana para las personas que como ustedes comparten esa experiencia, esa vida, esa existencia cubana durante todos estos años”. Y que el personaje cubano que en la novela conoce a Mercader en la isla es “metafórico”, que une el “espíritu y la experiencia” de toda una generación de cubanos como él.

Padura también dijo que había gente que creía que la novela nunca podría publicarse por los temas tratados: nada menos que la verdadera historia acerca de la lucha política de Trotsky y sus camaradas; la burocracia stalinista y su freno, su rol contrarrevolucionario a escala mundial; y la similitud de la isla con la URSS en cuanto a burocratización, mentira y despotismo.

Sin embargo la novela se publicó, y fue “habilitada” por el gobierno cubano.

Esto hizo que Gilbert preguntara –tomando afirmaciones de que se estaría en una situación similar a la de la “apertura” en la URSS con Breznev a inicios de la década de 1960- acerca de la posibilidad de un “deshielo” en Cuba. Pero ¿es realmente un deshielo… o es un “deshielo cultural” para ocultar un mazazo económico (restauracionista)?

En realidad, está ocurriendo otra clase de “deshielo”: estamos hablando de una “apertura” que hace la burocracia parasitaria a las inversiones privadas imperialistas, del despido de hasta 1.500.000 trabajadores y trabajadoras estatales y del fomento del cuentapropismo (en 178 rubros); todos ataques que ahora están –en palabras de Raúl Castro- en un “ajuste” de “cronograma”. Como explica en esta nota Diego Dalai, “la burocracia cubana ahora pretende ‘suavizar’ o ‘reprogramar’ un severo recorte que tendrá durísimas consecuencias para las masas. Esto no cambia la dinámica restauracionista del gobierno y su objetivo de descargar la crisis sobre las masas, pero trata de dilatar en el tiempo sus efectos más catastróficos como serían cientos de miles de despidos en pocos meses. Es que teme como a la peste una posible respuesta de los trabajadores cubanos. Esta enorme fuerza social que ha resistido por casi 50 años el criminal bloqueo y demás agresiones imperialistas, aún no ha hecho oír su voz en estos años desde que Raúl anunció los “cambios estructurales y de concepto” (en otras palabras, el ajuste y la liquidación de conquistas actuales)”. No por nada ya en 2001 la Biblia del neoliberalismo, The Economist, llamaba en 2001 a las Fuerzas Armadas cubanas –base del bonapartismo burocrático castrista- “pioneros del capitalismo”.

Lamentablemente, pese a la lectura de las obras “clásicas” (incluyendo las biográficas y autobiográficas) de Trotsky y el trotskismo, Padura no registra la magnitud del ataque de la burocracia –aunque la defina bien: como “una deformación económica y social que todavía estamos sufriendo”- y sueña (una utopía pequeñoburguesa de “democratización” pacífica) con que el régimen “cambie la mentalidad” –tal como tiene que hacer el pueblo-, dé el “paso inevitable” de una Internet libre (¿pero acaso la burocracia del PC chino la da?) y deje de intentar preservar privilegios y prebendas. Aún reconociendo cierta incertidumbre respecto a las “tensiones sociales” que podrían producirse con los cambios económicos, el escritor se dice “optimista”.

Padura, ya lo escribimos, aún defendiendo la “utopía de un mundo mejor”, y siendo crítico de la burocracia como Pablo Milanés o Silvio Rodríguez en la actualidad, “es profundamente escéptico sobre las alternativas” a la burocracia. “Porque él, al igual que muchísimos artistas y escritores de décadas pasadas, toma a Trotsky únicamente como un ‘personaje trágico’.” El personaje Iván (cínico y descreído) retrata, como lo reconoce el mismo Padura, a él mismo y a toda su generación.

El creador del detective Mario Conde explicó así su oficio en un reciente reportaje: “Escribo novelas (…) porque quiero reflexionar sobre la realidad cubana. La realidad cubana es muy peculiar; las voces oficiales dan solamente una visión… las voces desde otras perspectivas dan una visión completamente contraria. A veces se llega un poco a la imagen de que Cuba es o el paraíso o el infierno. Y yo entre otras cosas trato de demostrar en mi novela que Cuba no es ni uno ni lo otro, sino que es más bien el purgatorio”. Lamentablemente, el “paso por el purgatorio”, en manos de la burocracia no garantiza ningún “cielo” o “paraíso” para las masas cubanas. Más bien, lleva al infierno la restauración del capitalismo en la isla. Lucharemos para no tener que ver escrita esa (otra) triste novela.


El exilio y el reino (de la mentira y la muerte)

Otra novela sobre Trotsky, su asesino y el destino de la revolución

 

 

-¿Alguna vez has oído hablar de Ramón Mercader?

-No –admití, casi sin pensarlo.

-Es normal –musitó el otro, con un convencimiento profundo y una pequeña sonrisa, más bien triste, en los labios-. Casi nadie lo conoce. Y otros hubieran preferido no conocerlo. ¿Y qué sabes de León Trotski?

Yo recordé mi contacto fugaz con el nombre y algunos momentos de la vida de aquel personaje turbio, medio desaparecido de la historia, impronunciable en Cuba.

-Poco. Que traicionó a la Unión Soviética. Que lo mataron en México –rebusqué un poco más en mi memoria-. Claro, que participó en la revolución de Octubre. En las clases de marxismo nos hablaron de Lenin, un poco de Stalin, y nos dijeron que Trotski era un renegado y que el trotskismo es revisionista y contrarrevolucionario, un ataque a la Unión Soviética…

-Veo que aquí os enseñan bien –admitió López

Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros (ed. Tusquets, 2010)

 

 

El reconocido escritor cubano de policiales ha logrado, introduciéndose en los grandes dramas (políticos, intelectuales, sociales y militares) del siglo XX, una impactante obra. Una obra que retrata desde acontecimientos “externos” y más o menos conocidos (la revolución rusa de 1917, el fascismo, la guerra civil española, la II Guerra Mundial) hasta los más “íntimos” y “personales”, reconstruyendo la subjetividad y voluntad activas de los personajes/protagonistas que relata. Padura ha hecho mucho más que una mera “novela histórica”: ha penetrado en el mismísimo nervio de los grandes combates (revolucionarios y contrarrevolucionarios) de la historia, pensando seguramente en la propia: la de su Cuba burocratizada; el destino del Estado obrero nacido en 1959.

La novela, de casi 600 páginas impecablemente llevadas, descansa sobre un trípode narrativo; aunque hay dos ejes centrales: la vida y acción de León Trotsky y sus seguidores, desde su destierro del Estado obrero a fines de los ’20, y el de Ramón Mercader, militante del PC cooptado para los servicios secretos stalinistas a inicios del proceso revolucionario en España (donde participará –junto al tristemente célebre stalinista argentino Vittorio Codovilla- del asesinato del dirigente del POUM, cercano por momentos a Trotsky, Andrés Nin).

Lo que hará de (nueva) conjunción a estas dos historias que, indefectiblemente se unirán a fines de los ’30 en México será la del escritor frustrado Iván, cuando a fines de los ’70 conoce en las playas de Cuba a un hombre con dos galgos rusos, y comenzará a revelarle a Iván la historia del asesino de Trotsky.

Iván era una “promesa” como joven literato y, similar a lo que ocurre con el personaje del escritor checo Milan Kundera en La broma, Ludvik, comenzará a ser defenestrado y castigado por el burocrático partido en el gobierno: en este caso el castigo no será por una carta con una broma a la novia que diga “¡Viva Trotsky!”, sino por expresar sus propias opiniones ante el “desplazamiento” de dos docentes: Todo empezó cuando me atreví a comentar, en el círculo de amigos, que había otros profesores a quienes, gracias al carné rojo que llevaban en su bolsillo, se les permitía seguir dando clases cuando todo el mundo sabía de sobra que eran más incapaces docentemente que los trasladados por ser religiosos, y que había otros, también sobrevivientes y portadores de carné, con más pinta de maricones y tortilleras que las dos profesoras fumigadas”.

Su “destierro interno” a una provincia remota, a escribir folletos de veterinaria, permitirá sin embargo que descubra a este “López” (rápidamente sospechado por los lectores y el propio Iván como Mercader) y conozca la historia. Habrá a lo largo del libro descripciones de los períodos y momentos en la isla; un aludir constante (implícito o explícito) a la burocracia: como cuando se cierra un capítulo con Iván y su novia moribunda en los ’90 y éste le confiesa sus encuentros con López/Mercader: ella le dice que por qué no escribió un libro con semejante historia e Iván le dice “No lo escribí por miedo”.

El terror a la burocracia cubana es el mismo (o peor) que a la stalinista en Rusia: Padura describe (a veces minuciosamente) los grandes combates de Trotsky contra una burocracia que se alza ante la sociedad rusa como árbitro inapelable (suicidio del gran poeta Maiakovski incluido); y cómo –además de las montañas de mentiras, calumnias y difamaciones del aparato stalinista contra el compañero de Lenin- hay una verdadera “guerra interna” en el Partido bolchevique contra toda la “vieja guardia” militante. Esto, acompañado con traiciones gigantes a escala mundial, como la de la guerra civil española o ante el ascenso del fascismo en Alemania. El registro dramático de Padura logra unificar monumentales hechos como los mencionados y los (para nada) “pequeños” golpes que reciben Trotsky y sus seguidores: como cuando una de sus hijas, Zina, se suicida, “proscrita por la única culpa de ser parte de su familia”: “Para su dolor, Liev Davídovich (Trotsky) debía reconocer que tan culpable de la muerte de Zinushka era Iósif Stalin como los supuestos comunistas que, en el Congreso partidista recién clausurado, lo proclamaban, en un desbordamiento de desvergüenza, ‘Genio de la Revolución’ y ‘Padre de los Pueblos Progresistas del Mundo’, mientras millones de campesinos morían de hambre en todo el país, cientos de miles de hombres y mujeres languidecían en los campos de trabajos forzados y en las colonias de deportados, millones de personas vagaban sin zapatos, y la política soviética ofrecía el destino de los obreros alemanes y europeos a la voracidad nazi.

Las secretarias prepararon las copias que al día siguiente salieron hacia Moscú y para los periódicos, partidos y agrupaciones políticas de Europa. Liev Davídovich confiaba en que la muerte de Zina tuviera la resonancia que no logró el asesinato de Blumkin, la capacidad de conmoción que no había generado su propio destierro… Pero, otra vez, la Historia vino a gritarle en los oídos, y el eco de acontecimientos más atronadores sepultó sus esperanzas, pues al tiempo que sus cartas salían de Prinkipo, una ola de justificado temor recorría Europa y el mundo: Hitler se había proclamado canciller de Alemania y las banderas fascistas inundaban el país entre vítores de millones de alemanes. Berlín era la ciudad de un Hitler vencedor, no la de una joven comunista proscrita y suicida”.

Padura ha realizado una importante lectura de muchísimos textos conocidos (teóricos, políticos, históricos) para lograr una completa “reconstrucción de época” en su novela. Este –para decirlo teatralmente– “material de utilería” es valiosísimo: no sólo permite introducirse en el drama de la época (social e individual) sino que permite, una vez más, volver a lo que fueron los combates pasados para pensar (y preparar) los futuros –aunque sería bueno sin las perspectivas del novelista-.

 

La narración y el narrador: a la derecha con Deutscher y por izquierda contra Fidel

Porque Padura, que hace una crítica a la burocracia cubana vía la crítica al stalinismo (y en este sentido es otro artista que, como Pablo Milanés o Silvio Rodríguez, se refiere al tema de manera crítica), es profundamente escéptico sobre las alternativas a la misma. Porque él, al igual que muchísimos artistas y escritores de décadas pasadas, toma a Trotsky únicamente como un “personaje trágico”.

La mayoría, inspirados en la monumental trilogía biográfica escrita por Isaac Deutscher a fines de los ’50, habla de Trotsky como un “profeta desarmado y desterrado”: sin posibilidades reales de ser alternativa al stalinismo (Deutscher opinó que fundar la IV Internacional en 1938 era un acto de “voluntarismo”). Y esto en la realidad no fue así: el trotskismo fue la única corriente militante organizada y preparada por el mismo Trotsky –incluso dentro de la URSS- para intervenir activamente durante la II Guerra Mundial y la posguerra; cosa que se hizo, contra a la persecución –ya previa incluso- del stalinismo y el imperialismo juntos. Todo el trabajo analítico y político, programático y organizativo (que Padura consciente o inconscientemente deja entrever) no vale nada para el final de esta historia, que termina con un amargado escritor amigo de Iván pensando que todo, todo, es un completo fracaso.

El logro literario de Padura es proporcional a la desesperanza que va in crescendo, desde el inicio, hasta el final de la novela.